Sunday, October 29, 2017

UN HILO MÁS ALREDEDOR DE LA NOCHE…



*Dibujo de Erika Kuhn.









*



No es posible

tejer un hilo más alrededor de la noche

la araña terminó su tela

las sábanas lucen como muertas

objetos inanimados sobre la cama.

Creí en un tiempo de fronteras

en la suficiencia

de la barrera del propio cuerpo.

No pensaba que los cuerpos podían derramarse vivos

sobre las sábanas

más allá de sus fronteras.

Ahora permanezco de pie

rígida

En el último resquicio de sombra que queda.



*De  Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com



-Mercedes Álvarez nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, en 1979. Vivió en Mar del Plata hasta los diecinueve años. Entre 1998 y 2006 residió en España, donde se licenció en Sociología por la Universidad Pública de Navarra. Realizó un máster en Gestión Cultural. Publicó los libros Vecinos (Baile del Sol, España, 2010), Historia de un ladrón (Caballo de Troya, España, 2010), Imitación de los pájaros (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2013), Ficciones súbitas (comp., Eds De aquí a la vuelta, Buenos Aires, 2013) y Saigón (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015). En 2013 ganó el premio Edmundo Valadés de cuento latinoamericano con el relato Grow a lover.











UN HILO MÁS ALREDEDOR DE LA NOCHE…










Después de vos *



A veces puedo
cosas simples
adelantarme a los autos
cortar tomate
puedo manejar y cruzar miradas
como si todos fuéramos desconocidos
después de vos
no
quedo burbujeando
en el espacio que ocupabas
te sigo invisible
adentro de mí
lejos por donde te fuiste
floto en el auto amarrada al cinturón
sin aire
sin tu respiración
me pierdo
¿para dónde el guiño?
preguntas irrisorias
una luz roja
no leo las calles
no entiendo el apuro
y es tan difícil
andar así como aprendiendo
mis manos teclean sobre el volante
suspendida en la indefinición
pensando palabras
como si fuera
extranjera
después de vos no.

A veces lo consigo
segundos
y ando
como si nada me perturbara
manejo y cocino
(como si no existieras)
segundos
de una tranquilidad pavorosa
segundos
espejo de plata estático
y llego a casa
corto lechuga
como si eso fuera cocinar
corto bien fino el tomate
y es demasiado
no puedo
porque cae una hoja de lechuga al piso
y la rajadura en el espejo
no puedo
después de vos no quiero.



*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com
2017


















CALLES*




Soy un áspid. Espanto lo que asusta mi miedo.
Soy un áspid y una calle de tierra, sin colmillos.
No hay calle que detenga las arenas de la muerte.
Soy, apenas una hoja de barro.
A veces, solo a veces, un asombro.
Un brote. Un rumor. Un pezón en celo.
Me escondo, me traslado y las calles me recorren toda.
Me alcanzan. Me acarician, me hablan.
Es frecuente que griten.
Paso a paso traen las huellas de mi madre.
El viento vuela el sombrero de mi padre.
De tanto caminarme me han gastado.
Algunas duermen, No amor, no las despiertes. No.
El polvo cubre la cicatriz de Abel.
Cuesta abajo. Puta clara, lluvia oscura.
Lázaro gime y palpita de pasión.
Escucho las pisadas. Huyen. No me esperan.
Hay un ciego que baila. Y un niño.
Tengo sangre en la boca. En el pubis, sangre.
Los amantes yacen en un puente de niebla.
Soy un áspid. Espanto lo que asusta mi miedo.
Soy un áspid y una calle de tierra, sin colmillos.
No hay calle que detenga las arenas de la vida.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@hotmail.com











*


Llueve y estamos a resguardo. Nada importa más que el sonido del agua sobre las plantas. Sólo así podemos sobreponernos de los días difíciles. Cada ínfima gota que cae se convierte en mar, pero antes pudimos escucharla sobre la superficie de la tierra. Por eso el mar suena tan implacable, porque contiene el sonido de cada una de las gotas al caer, y la fuerza que juntamos cuando escuchamos llover.


*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com














MAÑANA, EL HOY MEJORARÁ*



Como a tantas generaciones, se nos cayeron las palabras de las manos y quedaron irremediablemente maculadas.

Ya no hubo forma de recomponer el héroe quebrado en fragmentos, de repintar la deslucida felicidad, de recuperar la honestidad así sin sentirse un tonto, esa palabra honestidad que rodó debajo de una pila de papeles sucios y cáscaras de naranja.

No hemos tenido desde entonces más que recuerdos de bellos conceptos que fueron hecho y vida en el pasado, pero son hoy, para nosotros, nostalgia y recuerdo. Nada es lo que fue, las frutas se nos pudren en los árboles.

Cuántas veces he leído “somos enanos en hombros de gigantes”, gigantes los antepasados, gigantes aquellos hombres y mujeres de proporciones épicas, gloriosos en un ayer iluminado como un cielo que tiene la llama viva del atardecer glorioso y a la vez es ocaso de tiernos, intimistas dorados.

Cuántas veces, al través de los libros y las épocas, hemos escrito la decepción de ver a una juventud sumida en la desintegración y la desidia, mientras que nos enorgullecemos de las indudables virtudes de nuestros abuelos. Nuestros abuelos trabajaron de sol a sol, se esforzaron, sacaron adelante a sus hijos, construyeron y sembraron, no como estos jóvenes que tienen todo servido pero son débiles, inconstantes, desagradecidos.

Pero quien añora un pasado feliz e impoluto añora lo que visto de lejos, engaña. El río Paraná en un día de sol y desde el puente, es celeste, brillante, reluciente de reflejos cristalinos. Espeja el cielo. Desde la orilla, sin embargo, es marrón como todo río que transita pesado y meandroso por la llanura. Y el río es siempre el mismo río, pero no obtenemos la misma impresión desde distintos observatorios.

Así, no vemos en nuestros días más que la corrupción y el desorden, mientras que suponemos que hubo un pasado, alguna vez, en el que las cosas eran justas y razonables. El río espeja el cielo, hacemos que el reflejo de ese pasado nos muestre lo que deseamos, lo que necesitamos ver.

Recuerdo un extenso panegírico de la primera mitad del siglo veinte, de la vida simple, los fuertes valores, la seguridad de los niños jugando en la calle, de la luz en los hogares que no expulsaban a sus viejos ni se desintegraban en divorcios, la comida saludable en cocinas llenas de frascos de vidrio, los juguetes de trapo, la blanca mesa enharinada para amasar, los patios con malvones, la solidez de las maderas macizas en los muebles hechos para durar varias generaciones. En fin, que uno acuerda y se solaza en una visión de la vida como fue y como debería ser. Por debajo, sin embargo, de tanta maravilla, por debajo del reflejo del cielo, del celeste prestado por el cielo, esto es, por la pátina que pone la evocación sobre los hechos concretos, podríamos referirnos a esa primera mitad del siglo con dos guerras mundiales, hornos crematorios, las mujeres sometidas, los pobres analfabetos, los judíos y negros denigrados, despreciados los inmigrantes, miles de niños trabajando en los campos y las fábricas, comunidades aborígenes pereciendo, padres de familia tiranos y violentos con su esposa y su prole. Todo estuvo allí, también, junto a las navidades con cintas y las alegres comparsas.

El pasado fue, el presente es, el futuro será, y la gente sigue cometiendo abominaciones y actos de una majestad redentora. Siempre estamos al final de los tiempos, siempre estamos en la disolución de la sociedad, en el trastocamiento generalizado de las costumbres. Porque el mundo muta y se recompone como las fantásticas composiciones aleatorias de los caleidoscopios, y nosotros, subidos al filo del hoy, queremos que la máquina deje de girar, que la escena se fije en un único instante que corresponde a la brevedad de nuestras pobres vidas.

Y somos tan héroes, tan cobardes, tan traidores, tan generosos y tan humanos como siempre, enanos sobre enanos o gigantes sobre gigantes, qué más da, depende de quién mire y desde cuál atalaya.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
















*


Es tan pequeña cosa la palabra.

Tan limitada a su oficio,

tan certera.

Precaria, yo también,

frente al espejo,

me cubro y me descubro de signos,

buscando no se qué

o la felicidad.

Me permito decir.

Soy la que nombra de este lado del mundo,

donde los cuartos aún conservan el frío,

pero el sol ya está entibiando las ventanas.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com













Me despojo*



De lo oscuro. De las sombras.

De vigilias perforadas por búsquedas

sin raíces-sin frutos-sin jugos terminales.

Por el hambre de saber, me despojo.

Desvestida de tinieblas salgo al encuentro

de un posible lenguaje que se dice

con otras docilidades

tales

como olvidarse de uno

como salir al encuentro de lo mínimo

y dejarse deslumbrar con la luz

con la música de los sonidos

... de todo lo que puede

hacer propicio el encuentro

de nuevas ternuras / con mis ojos añejos.

Para empezar de nuevo, me despojo.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar












*


-Lo inconsciente esta servido.

¿Vas a comer?

¿Vamos a comernos?

¿Con voracidad, como el caníbal hambriento que duerme en el cerebro reptiliano?

¿O lentamente, como esos matrimonios que cuelgan de sus telas de araña acumulando años y polvillo?



*De Urbano & Coiro.














El miedo a la oscuridad*



*Por Carlos Gardini.



Vi la mancha azul cuando lavaba las piedras que había recogido esa tarde en la playa. Caía el sol, y la arena brillaba como vidrio roto.
Los mayores me llamaban desde la sombrilla, pero fingí que no los veía. Me acerqué a la mancha y noté que en realidad era un resplandor que alumbraba la arena desde abajo.
Me puse a escarbar y al rato desenterré una piedra azul, chata y redonda, con una protuberancia en el centro. Me asombró que no fuera brillante, sino opaca. El fulgor azul la envolvía como una nube. No era preciso lavarla, porque no tenía arena pegada. Me la escondí en el pantalón de baño y volví a la sombrilla. Llevaba las otras piedras en una bolsa. Mi padre quiso verlas cuando llegué.
–Mostrame el tesoro de Barbarroja –dijo.
Y Barbarroja le mostró sus piedras, todas menos la azul.
A la noche subí a acostarme apenas terminé de cenar. Ese verano sentía por primera vez el orgullo y la frustración de dormir en un cuarto propio. Había anhelado ese aislamiento. Ahora que mis hermanas y yo habíamos crecido, desvestirse era una complicada serie de maniobras “en salvaguarda de la intimidad”, como decía mi tía. Además, me fastidiaban esos cuchicheos de mujeres en la penumbra.
La soledad, sin embargo, era más hiriente de lo que había imaginado.
Mi dormitorio daba al jardín trasero –así llamaba mi tía a un pastizal lleno de cosas arrumbadas– y por la ventana se veía un árbol nudoso y negro que a veces me paralizaba de miedo. Pero esa noche apoyé la piedra en la cómoda y el miedo y la soledad se disiparon. Dormí como si me protegiera una sombra benigna.
Cuando me levanté, la piedra se había transformado. Ahora era una piedra doble, dos láminas chatas con una protuberancia en el centro, exactamente iguales a la original, unidas por un puente delgado pero firme. Me apoyé la piedra doble en la nariz, como si me probara anteojos, pero en seguida volví a dejarla en la cómoda. En la playa, cuando todos estábamos reunidos bajo la sombrilla, me sentí obligado a contar lo que había ocurrido. Mi tía jugaba a los naipes con mi madre, mis hermanas admiraban furtivamente los músculos de un bañero, mi padre dormitaba en la lona. En voz muy baja, pues casi prefería que no me oyeran, comenté que había encontrado una piedra azul y en la noche se había duplicado.
–Todo puede suceder, con los tiempos que corren –dijo mi tía sin apartar la vista de los naipes.
Pasé el resto del día como envuelto en un capullo. Todo era frágil pero inmenso.
–Hoy no juntaste piedras –observó mi padre después de la cena.
–Colgaron a Barbarroja –le respondí.
–Del cuello hasta morir –rió mi padre.
Un viento fuerte me despertó a medianoche. Miré hacia la ventana: las hojas del árbol negro aleteaban furiosamente, y las ramas parecían brazos velludos. La casona crujía. Aunque mi tía estaba orgullosa de esa propiedad que le había legado la familia, era un edificio destartalado y grotesco. Mi tía tenía más ínfulas que dinero y la casona –aunque ella pronunciara esta palabra con mayúscula– era asfixiante. Pero esa noche el árbol no me asustó. Me sentía amparado por esos ojos azules que brillaban sobre la cómoda y parecían escrutar, en su pétrea placidez, el universo entero.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en el jardín, quise hablar de nuevo sobre la piedra. Mis hermanas escribían cartas a sus novios de Buenos Aires mientras mi tía recitaba antiguas glorias familiares en las que mi madre creía con un candor que entonces me divertía y con el tiempo me resultó alarmante. Me acerqué a mi padre y le repetí la historia de la piedra azul. Me escuchó con una sonrisa.

–Un talismán llegado del mar –exclamó teatralmente.

Mi madre lo miró con tristeza. Mi tía murmuró algo sobre los problemas del crecimiento y las fantasías perniciosas. Aún hoy recuerdo esa palabra, “perniciosas”, como un taladro horadándome el cráneo. Mi padre aceptó subir a mi cuarto para ver el talismán. Mi tía comentó que las extravagancias del hermano siempre habían sido la vergüenza de la familia. Mi madre asintió como quien se resigna a una fatalidad.
–No es un talismán –le dije a mi padre mientras subíamos la escalera. No estaba seguro del significado de esa palabra, pero sospechaba que mi padre no había entendido–. Esa piedra está viva.
–Todos los talismanes están vivos –respondió mi padre. Y añadió, para mi decepción–: En cierto modo.
Arriba le mostré la piedra doble. A mi padre se le borró la sonrisa. Examinó la piedra con admiración y espanto. Tenía la expresión de una fiera, pero hizo un esfuerzo para dominarse. Comentó, casi con desdén, que había otras más bonitas.
–¿Viste el fulgor azul? –exclamé.
–Un fenómeno óptico –explicó vagamente–. Claro que no parece una piedra común. Con razón imaginaste esas cosas. –En seguida se arrepintió de esa frase–. Quiero decir que encontraste algo interesante.
–Cuando la encontré no era doble.
Mi padre no respondió. Le quité la piedra con brusquedad y la apoyé de nuevo en la cómoda. Él extendió el brazo como para recobrarla, pero se puso la mano en el bolsillo.
Más tarde, en la playa, descubrí el esplendor del mundo. Mi piel tocaba la arena, y la arena tocaba el mar, y a lo lejos el mar tocaba otras playas, y la arena de esas playas tocaba la piel de otra gente. Hilos invisibles unían todas las cosas. Recogí arena y la apreté con fuerza.
La arena era la eternidad, y la tenía en un puño.
Esa noche me acosté y me puse a mirar el árbol. A través de las ramas, vi el resplandor lechoso que cuajaba el cielo. Pensé de nuevo en los hilos invisibles y los imaginé como una gran telaraña. Esa telaraña era el mundo, y se segregaba e hilaba a sí misma. Vi un fulgor azulado palpitando en la oscuridad. Los ojos de piedra parpadeaban en la sombra para ver el mundo del que formaban parte.
A la mañana, durante el desayuno, mi tía me preguntó:
–¿Qué es esa costumbre de prender y apagar la luz de noche? ¿No te enseñaron a no gastar electricidad? El despilfarro ha sido la ruina de esta familia.
La miré sin entender.
–Te habrás dormido leyendo y no te diste cuenta –balbuceó mi madre, tal vez para ayudarme.
–Nadie lee prendiendo y apagando la luz –insistió mi tía–. Anoche sentí calores y me levanté. Salí al jardín y vi un reflejo intermitente. Miré tu ventana y el reflejo venía de allí.
–¿Jugás a los fantasmas? –bromearon mis hermanas.
Mi padre callaba pero me observaba con avidez, como si el mundo dependiera de mi respuesta. Me quedé mudo, y mi tía murmuró algo sobre los malos ejemplos y los jóvenes irrespetuosos.
–No lo hago más –dije al fin, para quitármela de encima.
Mi padre me miró defraudado. Una sombra le cruzó la cara.
–¡Bu! –exclamaron mis hermanas.
–Yo no creo en fantasmas –contesté de mal humor.
El mal humor no me duró mucho tiempo.
Cada día, la piedra me revelaba que nuestra soledad es una apariencia.
Una noche, un chasquido en la puerta de mi cuarto despedazó ese milagro. Me desperté, pestañeé y vi a mi tía en el umbral, con la mano en el picaporte. Una luz azul la envolvía, el fulgor palpitante de la piedra. Me quedé quieto para que ella me creyera dormido, pero estaba demasiado perpleja para fijarse en mí. Evidentemente había abierto la puerta de golpe para sorprenderme en mi presunta desobediencia, pero la mirada acusatoria y triunfal se le había borrado. Clavaba los ojos en la luz azul.
Se acercó a la cómoda en puntas de pie. Al principio no se animó a tocar la piedra. Tanteó alrededor de ella como buscando una conexión eléctrica. La piedra dejó de parpadear. Mi tía la tomó con cautela y la soltó como si le diera asco. La piedra parpadeó de nuevo. Mi tía se llevó las manos a la cabeza, y se le desprendió un aro. No se agachó a recogerlo. Abrió la boca para gritar, pero no pudo. El grito (de algún modo hay que decirlo) le salió por los ojos. En la penumbra azulada, sus pupilas centellearon como ascuas.
A la mañana bajé a desayunar con el aro en el bolsillo.
–¿Por qué traés porquerías a mi casa? –rezongó mi tía.
Mi madre se tapó la boca con las manos.
–Querida hermana –dijo mi padre–, empecemos el día en paz. ¿De qué porquerías estás hablando?
–Las piedras. ¿Para qué trae piedras de la playa?
–No tiene nada de malo, y además lo hizo siempre.
Mi tía murmuró algo sobre los padres irresponsables que llevaban a los hijos por la mala senda.
–Son sólo piedras –dijo mi padre–, y están guardadas en una bolsa.
–Ayer entré a limpiar y vi una piedra en la cómoda. ¡En la cómoda!
–¿Te referís al talismán? –preguntó mi padre.
Mi tía lo miró boquiabierta.
–Esa piedra está viva –declaró mi padre, guiñándome el ojo.
Mis hermanas, por contener la risa, se atragantaron con el café.
–¿De qué estás hablando? –preguntó mi tía.
–Es sencillo –explicó mi padre, impostando la voz–. Esa piedra vigila el universo. En ella están los ojos de Dios.
Mi tía se santiguó, murmuró algo sobre herejías y blasfemias y perdió la paciencia.
–Debí imaginarme que vos andabas metido en esa broma pesada –protestó.
–¿Broma? –preguntó mi padre, sinceramente intrigado. Se puso serio de golpe. Mi tía intuyó que había hablado más de la cuenta.
–Vos y tu hijo –masculló–. ¿Por qué no aprenderán de las mujeres de la familia? A vos también te hablo, mocoso –añadió, mirándome con ferocidad–. ¿Por qué no aprendés de tus hermanas, que son unas señoritas?
–No quiero ser una señorita –murmuré.
Mi madre agachó la vista. Mis hermanas se levantaron respetuosamente de la mesa y entraron en la casa. Oí el eco de sus risitas apenas cruzaron la puerta.
–¿De qué broma estás hablando? –insistió mi padre.
Mi tía frunció la cara, no con enfado sino con angustia. Sentía ganas de gritar y el grito, como la noche anterior, le salía por los ojos. Parecía estar viendo el parpadeo de la piedra azul. Yo me irrité al recordar la noche anterior.
–Vos no entraste ayer a limpiar –dije de golpe–. Entraste anoche.
Mi tía murmuró algo sobre calumnias y difamaciones. Qué me había creído, jadeó. Tan luego ella, andar fisgoneando de noche en los dormitorios.
Me enojé tanto que no pregunté qué significaba “fisgoneando”.
–Me despertaste –insistí–. Fuiste a espiarme.
–No inventes cosas –tartamudeó mi madre.
–No sé cómo permitís este bochorno –le dijo mi tía a mi padre–. Siempre dije que este chico fantaseaba demasiado, pero nunca creí que fuera capaz de insultar a sus mayores.
–Yo no fantaseo –protesté–. Anoche, para cenar, te pusiste los aros rojos.
Instintivamente, mi tía se llevó la mano a la oreja.
–Después perdiste uno en mi dormitorio –concluí, tirando el aro sobre la mesa.
–¡Monstruo! –dijo ella.
El desayuno terminó en un revuelo de excusas y acusaciones.
Esa tarde, cuando yo tomaba sol en la playa, mi padre se me acercó.
–La tía quiere que tires las piedras – me susurró al oído.
Alcé la cabeza sobresaltado.
–¿Todas? –pregunté.
–Todas.
–Quiero quedarme con una. Sólo una.
–Tienen que ser todas.
–¿Por qué? ¿Qué tienen de malo las piedras?
–Nada, pero vos sabés que las personas mayores tienen sus cosas.
–¿Qué tienen que ver esas cosas con mis piedras?
Mi padre extendió la mano y me ayudó a levantarme.
–Vamos –dijo–. Yo te acompaño. Quiere que las tiremos al mar.
Caminamos por la playa y la calle de arena hasta llegar a la casona. Mi tía estaba en el porche, sentada en la mecedora, abanicándose. Aferré con desesperación la muñeca de mi padre.
–Amo esa piedra –le dije. Y el amor me quemaba los nervios, me pegaba en las sienes.
Mi padre no respondió.
–Es una lástima que no aproveches la playa –le dijo a mi tía al llegar al porche–. Es un día hermoso.
Ella no dijo nada y desvió los ojos, abanicándose con rabia. Murmuró algo sobre la vejez y los años perdidos.
–Pero la tía no es vieja –le susurré a mi padre mientras subíamos.
–No se lo digas nunca –repuso mi padre–. Ella quisiera ser vieja. Ella quisiera estar muerta.
Y parecía muerta cuando bajamos. Sentada en la mecedora, con el abanico en el regazo, lucía doblemente inmóvil. Tenía los ojos abiertos, pero no nos siguió con la mirada.
En la playa, mi padre y yo vaciamos la bolsa y nos pusimos a arrojar las piedras al mar. Jugamos a ver quién las tiraba más lejos. Las piedras rebotaban en las olas antes de hundirse. Las gaviotas las perseguían, tal vez creyendo que eran peces. La piedra azul quedó para el final. Mi padre la recogió y echó el brazo hacia atrás para arrojarla, pero se arrepintió y me la dio a mí. Miré la piedra doble: había perdido el fulgor, y era como un par de ojos muertos. No quise aceptarla. Mi padre la dejó caer en la arena y se fue hacia la sombrilla. Quise gritarle que era un cobarde, pero mi propia cobardía me lo impidió.

Lagrimeé.

Tomé la piedra y la tiré al mar. Las gaviotas se dispersaron en un estallido de plumas. El cielo parecía un cristal hecho añicos.
En la cena de esa noche, mi tía abusó más que nunca de su papel de anfitriona. Repitió en una sola sesión las historias familiares que siempre nos administraba en dosis homeopáticas. Mi madre le festejaba las bromas con carcajadas histéricas. Mi padre y mis hermanas asentían en silencio. Yo miraba el plato con una sensación de vértigo. Después del postre, dije con timidez que esa noche no quería dormir solo. Pensé que mis hermanas se burlarían de mí, pero ambas me aceptaron con entusiasmo.
–De chico él era igual –dijo mi tía, mirando a mi padre con la ternura de un buitre. Murmuró algo sobre la edad difícil y el miedo a la oscuridad.
Mi padre recordó anécdotas sobre su infancia y juventud. Nunca las había contado antes, y quizá las estaba inventando. Reía, pero cuando fui a despedirme de él y le besé la mejilla noté que la tenía húmeda.
En el dormitorio, antes de acostarse, mis hermanas se pusieron a mirar el mar desde la ventana. Hablaban de películas y actores de cine. Yo estaba echado en un colchón que habían puesto en el suelo y observaba la silueta de ambas perfilada contra el claro de luna. Mis hermanas me llamaron de pronto.
–Mirá eso –exclamaron, señalando unas astillas de luz azul que bailaban en la espuma frente a la playa–. Deben ser medusas.
Mis hermanas se fueron a acostar y yo me quedé junto a la ventana.
Sabía que no eran medusas.
A medianoche vi a mi padre en la playa. Estaba arrodillado de cara al mar, y se quedó allí hasta que la luz azul murió.
Al día siguiente, mientras caminábamos juntos cerca de las rocas, le tomé la mano para demostrarle que no le guardaba rencor. Noté que le temblaba el brazo, y supe que no se había perdonado a sí mismo. Abatido, recogí un puñado de arena y lo apreté con fuerza.

Pero se me escurría entre los dedos, y era sólo arena.













*


“La vida en la tierra sale bastante barata. / Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo. / Por las ilusiones, sólo cuando se pierden. / Por poseer un cuerpo se paga con el cuerpo”.


*De Wislawa Szymborska










Inventren








María Lucila*



"Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste"

Alejandra Pizarnik. -Caminos del espejo-




El hombre con el que me encuentro en el bar se llama Emilio, sabe de mi interés por escribir. Dice que va a contarme algo de su historia personal que sin dudas tiene relación con la antigua estación de trenes. Le aviso que no logro escribir razonablemente bien y que más aún, tengo la sensación de que mi escritura empeora con el tiempo.

-No importa, vengo a contarle esto porque necesito que alguien lo escriba. -me dice con tono de suplica.

-Y porque a mi me duele tanto el pasado que necesito contarlo a quien tenga un rato para escuchar.

Lo que sigue es el relato del hombre, dos horas y media sentados, con tres cafés cortados de por medio que quiso invitarme si o si. -Me ofende si no me permite pagar a mi- dijo para terminar con mi resistencia.

En la estación María Lucila trabajaba su abuelo. Su madre nació allí y la llamaron María Lucila para homenajear a la estación que además de darle trabajo a su abuelo era su vivienda. Pasó en el pequeño pueblo sus primeros años, luego de la nacionalización, al abuelo lo trasladaron un par de veces de estación hasta que se jubiló.
Lo cierto es que su madre pasó su adolescencia y juventud radicada en Avellaneda. Se hizo amiga de la Alejandra Pizarnik, cuando era una chiquilina tímida y tartamuda. Y al menos una vez se fueron en tren a conocer el pueblo que lleva el nombre de mi madre.

El hombre me muestra una foto con dos jóvenes que posan para la cámara haciendo equilibrio sobre el riel, más allá se observa una estación típica del Midland pero es posible ver el lugar donde se colocaba el cartel con el nombre. Atrás de la foto puede leerse "con florita Pizarnik, María Lucila, enero del '53.

Mamá era una mujer hermosa -dice el hombre. Igualita a las chicas que dibujaba Divito.

Por alguna cuestión que desconozco lo único perenne en ella, lo que había echado raíces profundas era la angustia. Su verdad era una cuna de angustias de la que nadie había logrado sacarla.

(....)

Se equivocaron ella y mi padre en casarse. Mi padre era psiquiatra y mi madre su paciente, se enamoraron o se tuvieron lástima -vaya uno a saber- , o quisieron dar vuelta la historia de cada cual que los había llevado en ese punto de encuentro o desencuentro.

Usted sabe que todo, absolutamente todo en el universo se acerca o se aleja, pero nosotros nos ingeniamos para negar esas percepciones incomodas.
Creo que mi padre pensó que la iba a cambiar, no hay héroe más fallido que el que quiere cambiar una persona.
Llego a decírmelo una vez: -lo que no se da espontáneamente bien entre una mujer y un hombre no se lograra jamás. Nadie puede cambiar al otro -ni a sí mismo, según parece. La angustia de mi madre le impedía conectarse plenamente con los otros, estar presente y atravesar los acontecimientos que te van marcando en la vida.
Se fue cuando mi hermano tenía 5 y yo 3 años. Dejo una carta. Mi padre después de leerla ni intento buscarla, entro en un profundo silencio que le duro meses.
Un día nos presento a su nueva mujer: Ella es Natalia, vivirá con nosotros -nos dijo.
Natalia nos crío y malcrío lo mejor que pudo.
Mi hermano creció, estudio ingeniería electrónica y se fue a vivir a Estados Unidos. Vive en Nueva Orleans, tiene mujer e hijos americanos. Un auto y vacaciones.
Mi padre tenia 70 años cuando falleció, era 8 años mayor que mi madre. Yo no había cumplido los 21.
Antes de enfermar, me invito a charlar en un bar. Sin que se lo pidiera me dejo su consejo: -A los 20 años un joven debe elegir si en su vida será un hombre o un marido.  Te recomiendo que seas un hombre...
Creo que le he fallado, no logre ni ser un marido eficiente ni un hombre en el sentido que creo que le daba a esa palabra mi padre con un tono cercano a lo sagrado.

*

De mi madre, quedaron casi todas las preguntas sin respuesta. Nunca sabré si volvió a ver a su amiga Alejandra "la florita" como la llamaban los abuelos. Hay un abismo de treinta años de silencio.
La tía Eugenia -hermana menor de mi madre- logró encontrarla unos meses antes de su muerte. Tuvo una corazonada y la siguió. Volvió a María Lucila 20 años después de que cerraron el ramal los militares y se llevaron las vías. Y allí estaba mamá viviendo en la estación. Sin luz eléctrica, sin vecinos cercanos. Salvo una escuela pública ubicada enfrente de la estación no había nadie a Km. Allí vivía mi madre. Envejecida prematuramente. Sacando agua con una bomba manual, cultivando vegetales en unos pocos metros de quinta. Rodeada de pájaros -tenia muchos en jaulas- y otros que venían a visitarla a los que agasajaba regando la tierra con alpiste, o mijo o arroz según lo que tuviera.
No sabía nada del mundo, ni siquiera quien era el presidente de turno, no tenia radio ni televisión.
¿Sabe cual era una de sus costumbres? Sentarse con una silla a la hora de salida de la escuela y ver el rostro de los niños. Estudiarlos con detenimiento y luego verlos alejarse por el camino de tierra hasta que eran manchas blancas.

(....)

Sabía del suicidio de Alejandra, le dolía como si hubiera pasado apenas unos días atrás:
"Pobre Florita, repetía. Tan lúcida y tan frágil. Pobres todas las personas sensibles del mundo porque no tienen cabida". Eso es lo que me dijo mucho después la tía, a la que hizo jurar que no le diría a nadie donde estaba y como vivía.


*

Esto es lo que la tía Eugenia rescato: unas fotos, unos libros de Pizarnik con anotaciones de mi madre. Una historia clínica que le dieron en el hospital donde se observa que en los últimos años sufrió con su cuerpo.

Muy poco para un enigma de más de 30 años.

El hombre vuelve a abrir el libro que le dejo su madre y lee otra frase de Pizarnik marcada con birome azul:

"Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia"

Así me siento, así me sentí siempre, -escribe al costado mamá- y espero que quienes esperaban algo distinto de mí puedan perdonar esta soledad en la que he hundido mis días.

Emilio derramó lágrimas. Arrugó con rabia una servilleta de papel después de secarse para evitar que sus lágrimas de sal caigan sobre el pocillo de café.
Al rato nos despedimos con un abrazo.

Mientras caminaba por la avenida me di cuenta que ninguna historia de las que he podido contar son historias de vida de gente feliz.






*De Urbano & Coiro.







-Próximas estaciones de escritura:

PLOMER    
-Por Ferrocarril Midland-

JUAN ATUCHA.  
–Por Ferrocarril Provincial-


***
El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

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El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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