domingo, octubre 29, 2023

SI CADA DÍA ES FLOR QUE FLUYE

 


*Foto de Eduardo Francisco Coiro.

https://www.instagram.com/educoiro/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ODA *

 

 

¿Cómo se va uno

de sí mismo?

¿Qué flor cortar

si cada día

es flor que fluye?

La vida corre ciega

y nadie ha visto

sus ojos ahondarse

y temblar

salvo aquellos que se aman

como si no hubiera tiempo.

 

 

*De Gabriel Francini.

 

-Gabriel Francini nació en 1982 en Buenos Aires. Es bibliotecario. Publicó, entre otros: Nadir de Ardora (Huesos de Jibia, 2014), La plenitud de la ausencia (Cave Librum, 2017), Humo en el humo (Qeja, 2019), Entropía (La Yunta, 2019), Ser con el fuego (Cave Librum, 2019), Entrevisiones y vislumbres (El Mono Armado, 2020), En el río y en el puente (La Yunta, 2021), Cenizas de hojas en blanco (El Mono Armado, 2022).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Les diré:

el vínculo amoroso rara vez

apoyará su paso por la línea

emocionada y blanca que trazamos.

Sin pudor, romperá nuestras costillas,

y torcerá el circuito de la espera.

Hablo del vínculo:

amigas, hijos, esposos, amantes,

madres, padres, hermanas, todos.

¿Cómo saber si el amor es suficiente

como para que el muelle se sostenga

y no caigamos tristes bajo el agua?

¿Cómo saber si es jactancia o abandono

el mensaje que se perdió en el río?

Infortunados del verano,

la vida está llena de nieve.

Solo nos queda confiar.

Estamos vivos,

el amor nos habla en lengua extranjera

y no hay quién entienda

el pedido de auxilio.

 

*De Valeria Pariso. valeriapariso@outlook.com

(Poema de su libro Final francés)

 

 

-Valeria (Muñiz, Provincia de Buenos Aires, 1970)

-Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares, "La trilogía: Uva negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento Ediciones patagónicas (2018), Segunda edición AqL (2020), Zarmina, Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía, del Fondo Nacional de las Artes, año 2019, Ed. Mascarón de proa (2020); "Flores para no regar", Editorial AqL (2021).

- “Final francés”, AqL ediciones, 2023

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La órbita de la materia*

 

Cae una hoja y ese vuelo final, impreciso o no,

nos conmueve de manera desmesurada,

por el presagio de su disolución horizontal.

Nos preguntamos si es por desidia del árbol

o por la ferocidad de la tierra que lo sostiene.

En cierta medida vertical todo vuela o camina

o eso se cree entre otras cosas ilusorias y leves.

Un día el árbol caerá y caeremos también sin rastros

de la sombra y sin memoria alguna de existencia,

de viento, de lluvia, de pájaros, de tormentas,

de nidos, de cantos, de hijos, de frágiles certezas,

de dudas abismales, de memorias de sangres y linajes,

del sentido de las palabras de este lenguaje inexacto,

heridos por ciclos de florecimiento e intemperie.

Caídos igual a cada hoja en su última contingencia

previsible, de muchas precedentes iguales o peores,

que nos amarillearon la fuerza, y, a la vez,

nos concedieron la cabal conciencia de lo absurdo,

de lo aleatorio del caos, del azar extravagante,

y, todo eso junto con la apatía y el cansancio

acumulados que, sin avisar, un día se adueñan.

No es lo perecedero ni lo subjetivo de la hoja,

el árbol, el pájaro y lo humano ni la dura piedra

ni la candente lava; es la tierra y su voracidad

la que vuela y sobrevive atemporal en el vacío 

sujeta a un orden cerrado que se nos niega.

  

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio Rodio es autor de los libros “Palabras de piedra” Ediciones Baobab. Argentina. 1999 / “Media baja” Ediciones Dunken. Argentina. 2012 / “La insistencia de la desdicha” Editorial Ruinas Circulares 2018 / “El cinturón de Orión” Poesía.  Ediciones Las Flores Argentina 2022 / “Ausencia y Error” Novela (Aparece en octubre 2023) Avant Editorial. Madrid. España. 2023

- Autor del libro de poesía “El libro de Hopper” Pierre Turcotte Editor. Quebec. Canadá. 2023 / Autor de la novela “Una sed extraña” La voltereta Almería España 2023

- Primer premio IV concurso “Traspasando fronteras” Universidad de Almería España 2009 - Primer Premio Cuento Concurso “Villa de Errenteria” España. 2013 - Primer Premio Cuento Ciudad de Azul Argentina 2013 - Segundo Premio Municipal CABA Eduardo Mallea CABA Argentina. Bienio 2011/2013 - Primer premio Cuento Floreal Gorini, C.C.C. Argentina 2015 - Mención Cuento Premio Julio Cortázar La Habana Cuba 2015 - Primer Premio Poesía Ciudad de Azul 2015 - Única mención de Honor IV Premio Internacional de Novela Héctor Rojas Herazo 2020. Colombia. -Primer premio de cuento Fundación Gabriel García Márquez. Colombia 2021.- Primer premio libro de poesía. XV Concurso Nacional Adolfo Bioy Casares. Argentina. 2022

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muerte Blanca*

 

 

De los tantos efectos

Que la contaminación de la ciudad provoca,

En particular hay uno

De lo más frecuente:

 

Algunas estrellas

Que bajan más de lo debido a asomarse,

Caen envueltas en la contaminación.

 

A causa de ésta les salen patitas

Y se aferran fuertemente

A las hojas de los árboles

Y son arrancadas cuando el viento arrecia.

 

Pasear por debajo de un árbol

Supone el riesgo

De la caída de una estrella en la cabeza,

Como si fueran azotadores

Que se agarran y se resbalan,

Y son aplastados con regular pasión.

 

Las estrellas:

Tan pequeñitas allá arriba

Y tan diminutas acá abajo,

Que igual nos da si brillan o si hacen cosquillas.

 

Ésta condenada contaminación,

Con su plomo y sus partículas suspendidas

Es la que ayuda prioritariamente

A la extinción de las estrellas:

Mientras más contaminación,

Más estrellas con patitas que caen;

Y a más estrellas con patitas,

Más estrellas aplastadas por un pie.

 

¿Qué irá a ser de ésta ciudad tan contaminada

Que no nos deja saber de dónde venimos

Ni a dónde avanzamos,

O si caminamos a un árbol

¿A recolectar animalitos en un frasco?

 

El tiempo no da respuestas

Ni da manzanas podridas

Para hacerlas composta.

 

Tampoco es cierto eso de que "El Tiempo lo Dirá"

Porque desde pequeño (algunos segundos de edad)

Trae la boca llena de metales pesados,

Y así: ¿Qué nos puede decir?

 

*de hugo ivan cruz rosas. quetzal.hi@gmail.com

Coyoacán. México

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FLORECIDO*

 

La había arrancado de su vida como se arranca a un yuyo indeseable del jardín. Con la misma brutalidad en el tirón, tratando de arrancar la raíz de cuajo. Sin sentir nada. Al otro día, justo al otro día. Plantó en su lecho a una muchacha bella como una azalea. Ella se marchó prontamente sin echar raíces en su vida.

No se quedó quieto. Siguió plantando mujeres que se marchitaban antes del amanecer. Nadie pudo crecer ni florecer. Su vida era un jardín desierto al que regaba inútilmente antes de anochecer.

Hasta que percibió esos movimientos adentro. Esos pujos que sintió por todo su cuerpo que se ramificaban de noche a día con la velocidad implacable de la naturaleza. Eran la luz y esa tibieza que anuncian una primavera cercana.

El hombre vio su rostro a la siguiente mañana en el espejo. Comprendió lo que sucedía. No había logrado extirpar bien las raíces.

Los brotes se abrían paso por sus poros a punto de estallar en flor.

 

-Rogó que sean flores al color de aquellos ojos.

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA MIRADA*

  

He observado los bosques para ver únicamente los árboles de corteza caduca y hojas desnaturalizadas por las babosas. He visto los hongos comiéndose la oscuridad de la tierra, pájaros parasitados y animales moribundos en la maleza. He visto tormentas destructivas en la espesura, y no me es ajena la cicatriz del rayo en los troncos torturados. No me es ajeno el dolor de los bosques, no comprendo cuando dices "mira" y sonríes a tal espectáculo de muerte y sufrimiento. No me es ajeno el espanto de la espesura.

Me muestras los mares, y las olas de sucia espuma rompen en playas formadas por millones de cadáveres calcáreos. Cómo mirar el mar, me pregunto, cómo admirarlo. Cómo evitar en él el naufragio, el llanto de las viudas, la extinción de los roncos mugidos de los cetáceos. No me son ajenos, te digo, los espantos oceánicos.

Diriges mi vista hacia las humanas multitudes. Señalas un niño, veo en él presentes y futuras crueldades, veo la lenta degradación de los órganos, el velo enquistado de los saberes falsos, de la dureza que hará de él soldado de inquisiciones, verdugo y juez de sus semejantes.

Alumbras para mí a un par de enamorados. Se devorarán, te digo, no hay forma alguna de que no acaben tironeando de sus propios despojos. Acabará la caricia en garra, el beso en colmillo, la ternura en cuchilla afilada. No me es ajeno, tampoco, el amor. Que ya lo he visto. No me es ajeno el amor, y no conozco donativo más oneroso.

Meneas la cabeza tristemente. Me dices que tu paisaje es bello, que hay ternura en tu universo, que las sombras están, pero debajo de los claros objetos.

Dichosa de ti, dichosos los dichosos. Cíclope soy. Esto veo.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

LOST IN THE NIGHT. *

 

Nuestra tan esperada cita con La pequeña perla del Mississippi, la ciudad de Memphis no salió como la habíamos planeados. Y las personas que nos prometieron tampoco se aparecieron. La noche del concierto fue todo un fiasco. Aun así, tanto Mary como yo intentamos buscarle el lado luminoso a la masiva oscuridad emocional que nos causó el desastre, así como también a la irrespirable atmósfera de desprecio racial predominante en El Sur. Visible. Respirable incluso desde la perspectiva de dos extranjeros que sólo estaban de paso por Tennessee. Pero lo comprendo porque en las tierras del Sur abundan aún las cicatrices purulentas de la gran catástrofe que Los Confederados les crearon a la nación. Que haya pasado más de un siglo de aquello no ha servido de nada para lavar las manchas sanguinolentas del rostro de estas tierras pobladas por corazones atrapados dentro del vientre de la serpiente de la cual habló Sartre. Por doquier te tropiezas con estatuas dándoles la espalda al norte. Son como relojes de sol o esfinges de sombra que determinan no sólo el curso que ha de seguir la historia, sino también el color de la piel que el tiempo ha de tener. Por tanto, arribar a la ciudad de Memphis fue para mí y para Mary como llegar a un oasis en medio de un desierto de sofocante arena blanca que casi nos llega al cuello. Fue nuestro amor por el blues lo que nos hizo obviar obvio. Luego de un par de horas decidimos salir de la ciudad para no pasar toda la noche manejando en círculo alrededor. Perdidos en las marañas de los pueblos pequeños de Tennessee. Pero estábamos exhaustos por lo que nos paramos en un famoso bar de las afueras de Knoxville en donde la “house band” que tocaba esa noche cubría todo un repertorio de clásicos de los músicos del Delta del Mississippi que iba desde John Lee Hooker a Muddy Waters. Al entrar al centro nocturno, la primera impresión que sentí, fue que a los parroquianos presentes el ver una pareja de extraños biracial les fue de total sorpresa. Pues les costaba comprender cómo nos aventurábamos a desplazarnos a esas horas de la noche por un Estado del Sur. Imagínese usted, Mary, una escultural rubia con cinco pies y onces purgadas de altura con nada que envidiarle a Claudia Schiffer. Con esos ojos azul celeste y su pronunciado acento sueco. Yo, en cambio era un negro caribeño con cinco pies y seis purgadas de altura. De figura rechoncha quince años mayor que ella. Y para peor suerte, mi inglés como todo en mí era de segunda mano. Y ustedes se preguntarán cómo coincidieron nuestras vidas? Bueno, es una larga historia, por lo que, me limitaré a contestarles, que, la soledad del ser “postmoderno” hace que lo imposible sea posible. A Mary la conocí en una tienda de ropas vintages del Alto Manhattan. Después de conversar un poco le pedí su número de teléfono preguntándole qué si había disfrutado alguna vez de la comida dominicana, por lo que la estaba invitando a una cena que tenía planeado preparar para un grupo de amigos. Para sorpresa mía aceptó la invitación. Lo otro no necesitan que se lo explique. Mary al igual que yo, llevaba sólo unos cuantos meses viviendo en la ciudad de Nueva York. Yo, por otro lado, llevaba cinco meses, así que éramos dos almas solitarias en el vientre de una de la ciudad más diversa e indiferente del mundo. Y ahora de regreso hacia a la Gran Manzana el silencio se hizo sepulcral entre nosotros. Era como la Gran Muralla China interponiéndose entre los dos, pero aun así, yo estaba seguro que lo nuestro sobreviviría a tan azaroso viaje.

 

*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEMILLAS*

  

Un pájaro ciego ha huido de mi pecho.

Picotea frutos de arbustos carnívoros. Las uvas están verdes.

¿Qué haré sin vos pájaro de lluvia?...

Mi madre me ha iniciado en el arte de la poda.

Estoy de pie. Frente al espejo que refleja al lobo.

Un hombre, otro hombre, uno más.

Me siguen sus miradas de animal derrotado.

Diosa y Satán. Habitante de la noche. Soy.

Ven…revuélcate en mi fango.

Yo, usurera de amores.

Enfrento al tribunal del inframundo.

Talo cabezas, sandías y “las flores del mal”

Podo todo lo que sobra y falta.

A vos y a mí nos falta un hipocampo.

¡Llora sobre mi pecho ángel de arena!

Dispersa tus migajas en mi cama.

Bebe mí vino. Trinca. Traga.

Ven… hombre universal, guarda las monedas.

En huesos ásperos, la carne se consume.

El mundo que nos habita es una babosa.

No, hijo mío, no toques los albores, aguas vivas, son.

Las siento en mi pubis y en mis voces.

¿Quién arrojó este fuego en mi frontera de agua?

¿Quién me cubrió de esta tristeza insomne?

Líquida. Como una lágrima.

Un jadeo, un beso de amante.

Una hembra ávida de lobos. Soy.

Devuelvo diente por ojo. Ojo por boca.

No creo en los milagros. Bendíceme, oscuridad.

Apaga la luz y las antorchas.

Hay un campanario que pronuncia mi nombre.

Él me ama así. Mujer lóbrega. Umbrosa.

Atrincherada en improvisados lechos.

Lágrimas de cocodrilo. “Nanas de la cebolla”

Compartimos un país alienado.

No hay pañuelos para el desamparo.

Las uvas están verdes.   Ay.

 

*De Amelia Arellano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Problemas de sexo*

 

No tengo tiempo para relacionarme con la gente debido a que mi profesión de escritor me roba todas las horas del día y algunas veces incluso algunas de la noche.

Mi vida sexual no existe. Hace un par de meses que me siento deprimido y triste. Recorrí un largo "vía crucis" de médicos que me hicieron todo tipo de pruebas encontrándome en perfecto estado de salud, por lo que dedujeron que podía padecer tener enfermedad psicosomática. Visité un par de psicólogos y fue un fracaso. Iba a abandonar los intentos por mejorar mi condición, cuando gracias por la insistencia de un buen amigo consentí en visitar a un psiquiatra. Fue un verdadero acierto.

Desde la primera visita me sentí comprendido y en buenas manos. El médico me escuchaba con gran atención y a mí no me costaba mostrarme sin ambages. Esperé ansiosamente el diagnóstico durante un mes. Al final, me lo dijo: "Sufre usted el Síndrome del escritor compulsivo. Una enfermedad muy difícil de curar".

Quedó claro que el médico era todo un profesional y me lo demostró con el tratamiento que me recomendó. Era simple: sólo debía escribir tres cuentos onanistas a la semana con el fin de disfrutar de una excelente vida sexual.

 

*De Joan Mateu.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esteban analista*

 

Kalman recuerda a Esteban en una pequeña historia surgida de su oficio de psicólogo. Julia, la paciente de Esteban no podía dejar de fumar a pesar de los ruegos de su familia. Tanto intentar ir a buscar palabras antes o después del cigarrillo, que un día la mujer dijo la frase terminal para el tema y al poco tiempo después para la terapia:

-Mire licenciado, no me indague más por el fumar:

A mí un solo cigarrillo me da más placer que un hombre.!

La respuesta de Esteban fue inesperada, absurda, por no decir cómica:

- Pero usted me dice que fuma 60 cigarrillos por día.

¿No le parecen muchos hombres?

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/

 

 

 

 

 

 







 

 

Arqueología *

 


Aquellas cosas han quedado disgregadas,

desencajadas, semiocultas o disminuidas,

las mismas de antes y en el mismo sitio,

ellas también han conocido la impiedad

del abandono que mutila y descompone.

El recuerdo las ha movido y deformado,

y para el ojo ajeno son casi inentendibles,

ya vacías de nosotros que si volviéramos

sólo veríamos ruinas íntimas y negadas, 

incompatibles y contrarias a un rescate.

Pensar que eso ha sido nuestro pasado

cotidiano y constitutivo nos hace dudar

si somos sólo espectros con memoria

o una especie de fósiles que caminan

en un paisaje original ya extinguido.

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 







 

 

*

 


Fui obligada a ignorar

la línea

que separa dos hechos importantes.

-No hay remedio- dijo la cerradura-

e hizo desaparecer la puerta.

Dicen que no pasó nada.

No les creas.

Vos prestá atención:

las palabras se mueven

igual que los escarabajos.

Todo lo que nos atrevimos a nombrar

con sus nombres verdaderos

ya no nos pertenece.

No te confíes.

No vayas a creer en la quietud de las palabras.

Pese a mis convicciones,

fui obligada a ignorar el milagro

de haber sabido decir

y haber bailado descalza

sobre una línea en el aire.

Vos que todavía estás a salvo,

estate atento.

Dicen que no hay escarabajos.

Dicen que las palabras no respiran,

no se mueven.

Dicen que no hay puerta.

No les creas.

Me dejaron ciega.

Me dejaron sola de este lado.

Ahora soy dócil como el lomo de un animal.

Dócil, ¿entendés? Dócil.

Pero escucho el ruido de la llave.

 

*De Valeria Pariso. valeriapariso@outlook.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Metamorfosis*

 

Ahora soy una hierba doméstica. Pero supe ser salvaje. Orgías fueron aquellas: no te puedo explicar la de bichos que entonces se balancearon entre mis lianas. Nada que ver con el perejil en que me he convertido.

 

*Esther Andradi. esther@andradi.de

-De "Microcósmicas", Macedonia Ediciones, Morón, 2015-2017.

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 


 

 

*

 

 

"El amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y eterno".

 

¿Dónde había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir? ¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la propia imaginación?

Quizá, lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par de rieles que se pierden en el horizonte.

Subió los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho, eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña sensación la de la pérdida, pensó: te llena la cabeza de virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades.

Eludió a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros, estremeciéndole con un escalofrío.

Un silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para continuar viaje, y se abandonó a sus -cíclicos- erráticos pensamientos.

¿Cómo seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era algo mucho más concreto que cualquier símbolo que pudiese representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades, vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío. Eterno y creciente dolor.

De pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus rasgos. ¿Cómo era posible?

¿Estaría acaso comenzando a olvidarla? Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de la constante presencia de su ausencia.

Clara. Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto.

Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un ovillo contra la ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un acceso hasta entonces velado por el dolor.

Ingresó de pronto en un pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona.

El paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora languidez que le enturbiaba los afectos.

Su rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel, aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo afirmaba, más que su razón.

¿Razón? ¿Existía alguna clase de racionalidad en este momento dentro suyo?

Su mano derecha se aferró aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla, abrazarla.

El calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo, mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta entonces parecía haberse extinguido.

Clara volvía a abrazarlo, a quererlo, a darle más de su calor.

Entreabrió la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un brazo virtual, luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses.

Entonces descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de otoño. Clara se movía sobre sus muslos, sin dejar de adherirse contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido, inmortal.

Los brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se refregaran entre sí, aumentando el imaginable caudal de excitación. Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas piernas para apretarlo cada vez más.

La excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos, sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad.

Hasta que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia, permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor que por siempre existiría dentro suyo.

Recordó la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez e impedía que se desmembrara en su propia confusión. Comprendió el estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche por delante y el sueño resistente a abrazarlo, para conducirlo dentro de ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren sólo sería un vano espejismo de los momentos idos, insustancial y evanescente.

Se resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que él hubiera deseado no se acabase nunca.

Así, mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.

 

 

 *Por Alberto Di Matteo. licaldima@gmail.com

  

-Alberto Di Matteo. Escritor por vocación, y psicólogo de profesión.

Escribe desde principios de su escuela secundaria. Su papá le contaba cuentos (inventados por él) antes de dormir, y de allí Alberto intuye que le surgieron las ganas de contar. Ha participado en diversos certámenes literarios.

-Ha publicado en Inventiva Social cuentos para la serie InvenTren en recorridos literarios iniciados en el año 2002.

Hace suyas las palabras de John Cheever, "escribo para entenderme y entender el mundo".

 

 

 

 

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