sábado, agosto 29, 2020

EL ESTRUENDO LEVE DEL SILENCIO...


*Foto de Belén Dezzi.








*


Una nevada sutil de láminas de hielo crujiendo al caer.
Una lluvia de cenizas blancas y negras bajo el zumbido de los aviones hidrantes yendo de acá para allá.
Una brisa suave que desparrama los pétalos blancos del ciruelo emprimaverado al ritmo constante del bisbiseo de las abejas.

Todo esto se vive en sólo una semana con la espalda fundida en la tierra y la cara al cielo.
Un mundo de sensaciones.
Sepan.


*Belén Dezzi
La Cumbre










¿Viste el humo en nuestro cielo?*



Además de la pandemia, allá afuera están incendiando el mundo. Aún entre estas paredes, en el centro de manzana del centro de Santa Fe, llegan las cenizas a rodar por el patio, y la casa se llena de un olor acre. El humo de las quemas trae su angustia hasta los gorriones ciudadanos, las torcazas alimentadas con arroz.

Se entiende que los ganaderos quieran limpiar los campos y recurran a los incendios para acabar con la vegetación que les resulta inútil, aunque esté prohibido, aunque arrasen con los nidos de las perdices, las vidas de todos los animalitos que no pueden escapar a tiempo.

Puedo entender que los que hacen grandes negocios inmobiliarios deseen destruir el ecosistema para que esas hectáreas no sean ya más grandes reservas y ellos puedan plantar allí sus countrys o canchas de tenis.

No lo justifico ni creo que pueda ser tolerado, pero lo comprendo porque tiene lógica. El delito debe traer beneficio económico a quien lo comete para ser comprensible; pero además del tema de los humedales, están incendiando terrenos cercanos a la ciudad, en zonas de recreo, y hasta patios de personas que tienen rejas, y eso permite acercarle un papel encendido a las ramas secas.

Entonces, mientras muere gente y se pasea el fantasma del virus por las calles, las llamas forman también un cerco a nuestro alrededor, aumentando el horror de los días.

No quiero ver las imágenes de los animales arrojándose al río, los cuerpitos calcinados. Es un desastre tanto más aterrador cuanto que no puedo explicarme las causas. Quizás sea todo cierto, sea verdad que los ganaderos aprovechan para limpiar los campos, que las inmobiliarias destruyen las reservas, que la gente replica las llamas porque sí, por agregar más caos a este mundo que se ha desacomodado, que nos muestra las entrañas.

Y mientras tanto, el humo sigue enturbiando el cielo.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com














XIII*



En el cielo
rugían los aviones
sin pájaros
sin nubes.
Sólo esos pájaros
de acero refulgente
que obstruían el sol
y enceguecían
rostros
asombros
miserias
pajaritos.


*De Jorge Isaías. jisaias4646@gmail.com
-De El vuelo de la abeja. Ciudad Gótica. 2008













EL BOSQUE DE LOS CEREZOS HA PARTIDO*



Me desperté asustada por el estruendo leve del silencio.
El bosque de los cerezos ha partido.
Ha partido. Ay sin despedirse.
También se ha ido el hombre del sombrero roto.
Se lleva, Ay se lleva la huella de la última nevada.
Los viñedos, inútilmente extendieron sus brazos.
Ay no pudieron, no.
Reclusos crepitan en la pasión dorada del otoño.
El sol, indeciso muerde una manzana de oro.
Ay una manzana de oro.
La esclavitud sonríe en la pausa fresca.

El bosque de los cerezos ha partido.
Ha partido. Ay sin despedirse.
El amor y el olvido, mustios
Caminan aferrados al hombre del sombrero roto
Y se llevan, Ay se llevan la huella de la última nevada.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@gmail.com













FRESNOS DE OTOÑO*

A mi hermano y a su pasión por los árboles.

Los fresnos- me dice mi hermano- en este tiempo, tienen las hojas doradas.
Y yo me imagino a los que están frente a la casa y que plantó mi padre.
Hay dos o tres más, en el terreno, que plantó mi hermano, aunque son muy chicos, pero un día serán señores árboles.
Pero hoy, cuando escribo fresnos, pienso de inmediato en esos otros, muy añosos.
Dos, que antes fueron tres, pero –siempre según mi hermano- que entiende de árboles, el del medio no crecía lo suficiente y molestaba los espacios a los otros dos, por lo cual en un momento lo que hizo fue arrancarlo, no sin dolor.
Mi padre no tenía mucha noción del futuro, al menos con los árboles. Cerca de la parrilla plantó los sauces, que hoy están inmensos, pero se molestan entre sí, con sus ramas. Con los sauces no se pude hacer nada, pero con los fresnos que crecen más lentos, sí.
Con ser el otoño la estación más bella, me enteré tarde de su existencia.
Antes de entrar a la escuela primaria, casi con seguridad, me veo conversando en la chacra de familia Milani, con un viejecito italiano que haría las livianas tareas de quinta y gallinero, como era usual en esa época.
Me veo interrogado, tal vez de diversos temas, pero retengo esta pregunta:
-¿Cuántas estaciones hay?
-Primavera, verano, invierno
Contesto tomándome los dedos de a uno hasta contar tres
- Te olvidaste de uno, me dijo, paciente.
Y ante mi insistencia, el mismo fue contando con sus dedos gastados de trabajar la tierra y concluyó:
-Te falta el “outono”
Cuando volví a mi casa y pregunté a mi madre, me respondió:
-Otoño
Y siguió en el minuciosos zurcido de una media con la cual precisamente había rodeado un mate calabacita en desuso..
Si bien yo tenía en ese tiempo el oído afinado para reconocer y aún entender esos dialectos itálicos, de los más variados y entonces, aunque predominaban abruzzeses en la zona, no pude reconocer esa palabra. Por una simple razón: nunca la había escuchado antes.
De este remotísimo recuerdo, casi de mi prehistoria, infiero que me enteré tardíamente de la existencia de las más bella estación, la que tanto le gustaba a Neruda y a tantos grandes poetas y de entre ellos recuerdo al más grande entre los nuestros, claro que nombro a Juan Laurentino Ortiz, a quien sus amigos llamaban Juanele.
Entonces, cuando visito mi casa paterna, y piso ese espesor dorado de fresnos que en el suelo se pone alfombra para recibirme, doy razón a mi padre y celebro esos árboles, que como nunca enseñorean con sus hojas doradas de otoño.
El fresno es el primero que pierde las hojas y las pierde rápidamente, cosa que siempre enfatizaba mi padre.
Lo cierto es que cuando uno traspone la humilde puertita de tejido esos fresnos lo reciben como a un Dios o un caballero, mientras el verdor esplendente de sus hojas lo permita. Pero cuando los fresnos se nos muestran sin hojas, en su elementalidad más vegetal, más excluyente de ternura, es “como una mujer desnuda arrojada al camino”, dice Pedroni en un magnifico verso que quiere expresar al desamparo más terrible. Eso es lo que son los fresnos hoy, en este tiempo.
Ya dejó todo su ropaje vistoso en el suelo, ya nos ofrece ese piso dorado como si fuéramos reyes, como para que uno se olvide la pobreza ritual de esas ramas, de ese tronco ya indiferente a las hormigas, a las calandrias y a las más humilde torcacita.
Esto en cuanto a los dos que plantó mi padre, hace décadas, pero los otros que plantó mi hermano hace poco, son fresnos de hojas verdísimas. ¿Qué pasa entonces con esta naturaleza tan sabia que destruye el cartesianismo grosero de uno? ¿Por qué los fresnos más jóvenes no muestran la amarillez de sus hojas? ¿Por qué siguen tan verdes, como si fuera verano rabioso y no este otoño tristón, que se arrastra por nuestros pies como una culebra de fuego dorado?
Hay preguntas que uno se hace y que no encuentra respuestas, pero importa poco porque en su lugar encuentra belleza.
Y es, en este mundo, más que suficiente.
Aunque no le encontremos razón, en este caso, da lo mismo.
Otro de los árboles que comparten ese espacio con fresnos, ceibos, aromitos, siempreverdes, moras y lapachos, es este apaleado aguaribay “juanelesco” y sobre todos ese palo borracho que se vino adulto muy pronto y prominente, será un árbol machazo, por ahora protegido por esas tuyas que lo salvan de los vientos del sur y ese tunal en que se convirtió la penca que hace tres décadas puso mi madre, seguramente con amor, como siempre ella trataba la cosas que la ataban a la tierra que amaba.
Muchas veces pensé, qué cosas diría si viera cómo le ganamos los lugares donde estuvieron la quinta y el gallinero con árboles de distintas variedad y espesura.
Seguramente aprobaría sin chistar, este berretín de sus hijos, con una alegre sonrisa en su cara morena.


*De Jorge Isaías. jisaias4646@gmail.com













Manifiesto del verbo*



Debo cruzar el río de palabras a contracorriente
buscando la indulgencia de la orilla
donde la voz de la realidad no duela tanto.
Esta doliente realidad sobre mi tierra
en la presente morada de la Desesperanza.

Saber que sólo queda un tragaluz cerca del cielo
por donde no se ve aún la luz que me permita
entender el lado oculto de las verdades que creí
y que dejaron de ser.

Necesario sería revivir la historia desde el vamos:
y abrir jaulas -cerrar fosas de odio- respirar un aire
que jamás volviera a tener vestigios de napalm
ni acostumbramientos de pólvora.

Necesario sería no tener recuerdos de guerras.
O sí, para no repetir el oprobio de ser
humanidad transitada por el constante error...
¿Es posible pedirle a la historia que detenga su marcha?

Este es el lugar y estoy aquí. Soy esta y soy aquel
con mi hambre y con su hambre, compartiendo
el pan duro de las promesas hechas. Y queriendo saber
si puede la letra contra el acero, hacerse visible, audible, real.

Con este manifiesto del verbo declaro:

Se necesita urgente un territorio abarcativo
que ampare las diversas orfandades
donde nadie venga a prometernos nada,
donde se haga; se cante, se incluya, y se trabaje.
Y no sea el hombre animal sin esperanza.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar












El banquete*


Después de la gran hecatombe nuclear los Plumkier, aristócratas de cuna, se reúnen cada tercer viernes de mes alrededor de una mesa, tal como venían haciendo desde el principio de los siglos. Cubertería de plata, copas de cristal de Murano y vajilla de porcelana de Sèvres. Etiqueta y traje largo.
Una enorme bandeja de plata con un asado de carne en el centro de la mesa.

Intentan que las cosas sigan como siempre y que las tradiciones se mantengan. Únicamente hay tres cambios que no pueden obviar: No hay pan, la carne no es de ternera sino de animales más pequeños y se ha instaurado un rezo antes de comenzar las comidas:

"Te damos las gracias señor por los alimentos que vamos a tomar y te rogamos que no sean tan radioactivos como el mes pasado", recitan mientras se contemplan las terribles quemaduras, las pústulas y la perdida de dientes.


*De Joan Mateu.














ORFANDAD*



Llegaste como un árbol gigantesco
antes de la anaconda y del caimán.
Te amparaba la noche, la penumbra y la sed de padre.
No lo sabía aún, pero venías de la idílica raza de la infancia.
Un soplo tembloroso
me arrojó a la umbría sombra de tus ojos.
Traías la fuerza del cardón y la obsidiana.
La pasión del monte enardecido.
Remolinos sedientos encendieron en vino
un circulo de sangre olvidado,
la música de antaño, el canto mas antiguo.
Quedaron estaciones en blanco.
Un país de aguas turbias, rojos ríos de llanto.
Esa región ignota ¿Dónde estaba?
¿Quién encendía el vino?
¿Quién bebía en al aire los musicales sorbos?
¿Quién soplaba la consumida brasa de la piel de mi madre?
¿Quién eras cuando no eras?
Hechizo, incendio huracanado, quemazón en la roca
insólito esplendor de la rosa mosqueta.
Amanecer,
insaciable sed de gorriones morunos trasnochados.

¡Ah, tus ráfagas! Dionisio. Violento y apacible.

Atropella ciegamente la noche.
Su grito de orfandad es un cuchillo
que degüella los pájaros nocturnos.
Y estremecidamente, entiendo:
No tenemos arraigo,
ni padre,
ni madre.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@gmail.com











*


Practicó infinidad de veces. Y lo logró. Se trasladaba en el espacio con sólo pensarlo. Pensaba: Ascochinga y ya estaba caminando en una de las calles de las serranías cordobesas. Pensaba: Niágara y estaba contemplando las cataratas.
Lo que no había desarrollado era la clarividencia. Esa tarde pensó: Luna. El aerolito, diminuto pero contundente, fue certero.









Inventren


-Próxima estación.
En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Midland:


ELÍAS ROMERO.

KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.
LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



**


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CARLOS BEGUERIE.  

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
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martes, agosto 25, 2020

EN EL SUAVE FLUIR DE LAS COSAS...


*Dibujo de Erika Kuhn. https://obraerikakuhn.blogspot.com/











Ronda infantil*


Por aquellos tiempos no comprendíamos al espantapájaros
lo mirábamos de cerca y nos preguntábamos
habrá escuelas para espantapájaros ??
habrá trabajo para los espantapájaros ??
existirá el sindicato de espantapájaros ??
tendrán templos/ altares/ cementerios especiales
para ellos ??
alguien contemplará sus concupiscencias ??

era imprescindible abanicar los
sentimientos
conspirar con las uñas sucias
y los labios lastimados...
hasta que un día lo vimos llorar
el silencio asfixiaba como nunca esa tarde.


*De Hernán  Alberto Melfi. impresentable14@yahoo.com.ar














EL AUTOBÚS, BEATRIZ Y YO*



Beatriz se apoya de uno de mis hombros para levantarse de la silla de ruedas. Me da un beso. Y sonríe con esa sonrisa electrizante de la cual no he podido escapar desde aquel día que la conocí cuando bajaba de un autobús en la Bloomington Avenue con Sandusky Street. Quién iba a pensar que esa mujer hermosa terminaría casándose conmigo. Ahora, veinte años más tarde está postrada en una silla de ruedas padeciendo de los estragos de una Esclerosis Múltiple, avanzada, pero aún así, no ha perdido ni una sola pizca del optimismo que hace mágica su personalidad. Me pide que la ayude cambiarse el collar que lleva puesto por otro de grandes turquesas que compró en un viaje que hicimos a Santa Fe, Nuevo México ocho años atrás. Le digo, que, resulta mucho más fácil para mí, si permanece sentada en el borde de la cama. Empiezo a peinar su profusa cabellera negra con un grueso cepillo. Me reprocha en broma, que la peino como si estuviera peinando a un caballo. Pongo cara de enojo. Y luego sonrío. Salgo al patio y corto una de sus rosas favoritas, y se la coloco en la parte superior del moño. Se ve sencillamente maravillosa. Y su alegría me contagia por su manera única de reírse. A mis ochenta años, contrario a lo que fue mi juventud; vivo la etapa más hermosa de mi vida acompañado por la mujer que amo enfrentando junto a ella los grandes desafíos de cada día como si fueran regalos. Algunas veces fingimos que peleamos. Luego, ella deja que pasen unos minutos y la oigo que dice: Ven aquí, tonto! Me le acerco bromeamos como dos adolescentes que fuman de la pipa de la paz después de haber hecho la guerra. Mi Beatriz no será como la de Dante, pero para mí representa todo el cosmos. Es, una mujer que fue marcada por el destino a una edad muy temprana. Que batalló con la figura de un padre que aunque presente nunca estuvo en su vida. Lo mismo que contra los demonios de una madre llena de excusas para justificar su alcoholismo. Prácticamente, Beatriz se hizo a sí misma, porque asistió a la secundaria en la escuela de una reservación india Pueblo de Arizona graduándose con honores. Más tarde, estudió Educación en un Community College de Tucson e hizo una maestría en Desarrollo Infantil en la universidad del Paso, Texas. Y terminó trabajando por muchos años en distintos centros educativos repartidos por toda la geografía del estado. Ahora el monstruo se estaba devorando su capacidad motora progresivamente, pero aún así, su espíritu de mujer guerrera no se dejaba doblegar ni arrinconar. Ni siquiera por un segundo. Su determinación era la piedra angular de mi vida y estoy seguro que lo sabia. Tal vez, fue por eso, que su empeño por vivir era tan grande. Yo, en cambio, era un hombre al que las dudas y los problemas con la violencia política por poco le cuestan la vida. Que tuvo dos matrimonios anteriores que habían terminados en colosales divorcios. Sin hijos y lo que es aún peor; que estuvo vagando sin horizonte por muchos años hasta que la conocí. Su presencia lo revolucionó todo en mi vida, a pesar de las diferencias entre nosotros, como por ejemplo, de edad y culturales. Pero ahora nos encontramos ante una gran encrucijada; su salud se deteriora a cada día más. Y yo, que aunque me siento como un adolescente de espíritu, físicamente, no cuento ya con la energía para continuar cuidando de Beatriz como se merece. Odio tener que hablar de esto con ustedes, pero creo que tendré que empezar a buscar un lugar de cuidados para las personas de la tercera, pero no sé si nos aceptarán juntos. Yo no podré vivir lejos de su presencia ni tan siquiera por un día, pero solo pensar en ello me causa un dolor en lo más profundo de mí ser. Es, como si alguien me clavara un cuchillo directamente en el corazón. Imagínese cómo me siento, como ahogándome en un insondable océano de arena movediza, inmóvil, y sin saber qué hacer. Perdóneme, pero desearía que nos fuéramos juntos a dormir para no despertar jamás continuando con la odisea de nuestro amor en el más allá tal como la hemos vivido aquí, entre ustedes. Mi Beatriz y yo.



*De Daniel Montoly.











*


El amor,
como la muerte,
prescinden
de consentimientos.
Nos excluyen
del uso de la razón,
ese bastión humano
que nos mantiene a salvo
del instinto de la bestia
que duerme en cada ser.
Tal vez
el mito de la felicidad
sea sólo ese aprendizaje.
Dejarnos caer,
en el amor, en la muerte,
desprendidos del pensamiento,
entregados,
disueltos,
en el suave fluir de las cosas.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com


- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell.
Publicó: Cuadernos de la breve ceguera  (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)
La hija del pescador  (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018)
Su último libro publicado es El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.
















VISITA A LOS DIOSES*



El río es marrón, pero si habría que usar los colores para retratarlo en una tela, entonces viene el problema de ponerle blanco a veces, otras un increíble tono malva, y otras ese celeste engañoso con el que suele espejar el cielo. No se deja apresar este río, no se deja definir, fluye, cambia, se desprende de la piel y muta para confirmar a Borges que confirmó a Heráclito que dijo lo que todos sentimos alguna vez mirando el agua, que el río es el mismo, que el agua pasa, que la ilusión de bañarse en las mismas aguas es la mentira de creer que se puede detener el tiempo, que se lo puede volver atrás; la mentira de pretender que la forma mantenga el contenido en este colador que es el tiempo, que es la historia, que es este río que se precipita por la llanura, sobre el continente, a través de la inasible Historia.
Verlo desde la costa no es transitarlo en bote de madera. No es para nada, contemplarlo desde la orilla, sentir el ruido del motor Villa explotando en un escándalo continuo, recibir con eco los sonidos de los chicos morenos pescando en la barranca, los pájaros que gritan sus cosas allá arriba, las olitas que se enmudecen pero persistentemente agregan un sordo tamborileo que trepa por las tablas despintadas.
Hay que hacer el viaje en bote de pescador, bote hecho a mano para que las curvas tablas encajen y formen la silueta primordial del pez. En una lancha rápida, en un barco, en un velero, se puede llegar a creer que se entiende algo. En el bote de pescador la lentitud, la vista a ras del agua aquieta la soberbia, uno se conforma con formular apenas alguna pregunta cuya respuesta conocerán los dioses.
La borda fue amarilla, fue roja, ahora es las dos cosas y tiempo y viajes. La pintura descascarada corresponde con los remos macizos en el fondo, con las tablas un poco carcomidas, con este río que tiene agua nueva y es viejo como los mares océanos.
El bote avanza por la orilla que se derrumba. Barranca entrerriana a dos colores, arriba una tierra blanca que supongo calcárea, y abajo la arcilla que cede y forma cuevas y se termina tirando al río con la melena de pasto y algún árbol que se inclina y moja la copa y al fin acaba en el agua que todo lo devora.
Brazo ancho que cruzan los caranchos en planeo extático de depredador.
Brazo ancho el de este río navegado por camalotes.
Y basta hallar una boca, y meterse en el arroyo serpenteante. Las orillas ya con una dimensión humana, las riberas con camalotes floridos, un sendero de agua declaradamente marrón en el medio, estrecho, marcando los sinuosos visajes con la senda justa para el bote. Las flores flotantes agrupadas en varas violáceas, bellas, perfectas, ofrecidas al amor de los insectos y a la admiración de los hombres.
En los lados, el verde perfecto.
Los árboles se rizan en enredaderas que forman tiendas, que crean la sombra y el escondite. Entre el verde compacto se encienden unas hojas que al secarse se colorean de un naranja de fuego. Otras son llamas rojas imposibles. Otras hojas son amarillas. Pero el verde ejerce su dominio heterogéneo. Hay muchos verdes; cada planta contribuye con su hebra para formar un dibujo incognoscible.
La canoa entre los camalotes en la orilla. El asado que humea blanco y sabroso. Las libélulas, las mariposas, los hongos de sombrero blanco, de sombrero marrón. El sapito en la grieta de la arcilla con sus ojos desorbitados. Las pisadas del carpincho que subió del agua. Los cardenales de rojas cabezas persiguiéndose entre las vertiginosas ramas de un árbol. Mi presencia insignificante.
El día que gira con truenos lejanos.
Hay que empujar el bote para sacarlo del barro, hay que bogar con el remo que se hunde en el cieno flojo para que la hélice no se enrede en los camalotes.
El glorioso cielo de la tarde que cae cuando es la vuelta.
En el reflejo de las nubes sobre el agua veo las torres y cimas de la ciudad de los inmortales. Había intentado ser puerilmente feliz. Mancillada de civilización, viciada de literatura, me resigno a llevar mi mundo sobre los hombros. Cómo verá al mundo, cómo me verá a mí el Martín Pescador sobre la inmóvil rama del poniente.
No me hago el propósito de regresar. Cualquier propósito de la voluntad humana es ridículamente infantil frente a la inmensidad de los elementos.
Los hombres azules dicen en el Sahara "el desierto es más grande" para marcar la omnipotencia de ese vasto ser que dispone de las míseras suertes de hombres y de camellos. Miro en derredor y pido clemencia a este otro Dios que se recuesta sobre la América.
Yo me digo que el Paraná, el arroyo, los pájaros y los insectos son ahora sólo imágenes en mi memoria endeble. Yo, condenada a la desaparición, acabo diciendo, diciéndome, "el río es más grande".



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

















SI ABRIERAS EL ADIOS*



Si abrieras el adiós
y de su oscuro pliegue
me dieras la ausencia,...
recuérdame alzar mi nombre
de la arena
y colocarlo en mi piel
para que otros sepan
cómo llamar la sombra
que andaría por la piedra.
Si abrieras el adiós
como un ala siniestra,
habría una religión sin dogmas
y sin fieles, de catedrales quietas.
Y en su estéril silencio,
una sola conversa.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar














Un animal muy grande para un texto muy pequeño*


“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Mientras ella se pintaba, él le dijo, estás linda, a vos no te pasa el tiempo, a vos tampoco, le contestó ella, los dos sonrieron.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar












*


Es bella la vida con música en los ojos
la sonrisa hablándole a la vida
y tú, cantándole
a la princesa bella del alba
al amanecer límpido de voces.
La vida es bella
como bello es el amor
ante la sedienta tristeza que se apaga
por banales esquirlas.
Colgaremos cada pena
en el cordón de la desmemoria
para soñar el cielo que abre las estrellas
en la sonrisa del sueño.
Y tú y yo desde esta distancia
recordaremos una utópica vida de amor
sin dudas. Sin presagios.
La vida de amor y esta música
alimentan cada primavera del alma
no deja de dar vueltas y vueltas.
Cierra cada párpado a la lágrima marina
en la tibia conciencia alegremente saludable
de sabernos vivos amor
de sabernos...


*De Ana Lía Gattás. al_gz@yahoo.com.ar














HÍMERO*


El hombre se parece a Neruda.
Me mira con ojos escarpados.
Conozco esa mirada.
Me entrego al abrazo torpe, casi filial.
¿Sexo o amor? Toda la cuestión es esa.
“¿Temor a algo después de la muerte?”
No cordero. No oveja. Cabra de los montes, quizás.
Guarda la lujuria en su bolso de sílice.
Entrega a su hija la regla.
Ella, mide cuadrantes de rayuela.

La mujer se desnuda y corre al fuego.
Su hermana le coloca un vestido de malvas.
Su cabellera negra es exorcismo.
Arranca un mechón y lo arroja a un pozo triangular.
Ingresa. Saca y hunde la cabeza. Una y otra vez.
Salen brazos del costado del pozo.
La pintura de Picasso es un collage hambriento.
Siniestramente bello. Doloroso, sensual.

El hombre juega a la rayuela de palabras.
Me entrega un fajo de dólares.
Huelo el verde y me sabe a nada.
El hombre domina con el hambre: gana.
En mis manos un pequeño puñado de monedas.
Huelen a sal.

Aparece un árbol con flores azuladas.
Distante. Intocable .Casi ausente.
Me entrego a su contemplación.
Conozco esa mirada.
Guardo las congojas y el adiós en mi bolso.
El oráculo ha hablado


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@gmail.com
















*

El pensamiento es un orden que nunca nos pertenece del todo.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com








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ELÍAS ROMERO.

KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
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ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
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