*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in
memoriam
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160
Lingüística*
Las palabras se gastan
una vez entendidas,
no en lo que declaran
sino en los resultados,
es lo que la gente
solía tener la buena costumbre
-caída en desuso-, de
hacer comparaciones
usando la memoria.
Incluso hubo
degenerados
que llevaron
minuciosos diarios de gastos
que mostraban la caída
en el nivel de vida,
y se hizo evidente la
escisión en el sentido,
por eso las palabras
se cambian cada tanto
por raros eufemismos.
El patrón oro se hizo
insostenible y se
amarró el valor del dólar
al barril de petróleo.
En quemar combustible
fósil, en fabricar
armas para enajenarlo,
y en extinguir los
lenguajes se sostiene
el libre mercado
capitalista.
*De Horacio
Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com
-Horacio
nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz
Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en
cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y
Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras
de piedra (Baobab, 1999), Media baja
(Dunken, 2012) y La insistencia de la
desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy
Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese
mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. -En el 2024 publicó
su libro de cuentos La oscuridad de los
hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.
Antes
de ser parte del viento *
Hace años mientras escuchábamos “Avellaneda
blues” de Manal, jugamos a imaginar formas fantásticas en los hilos de humo del
cigarrillo. Le pregunté a Kalman si creía seres que apenas se dejan ver antes
de ser parte del viento.
Kalman tenía padres y abuelos nacidos en la
Europa central. Ha escuchado de ellos algunas leyendas populares que se
transmiten en forma oral. Sus abuelos vivieron en Sniatyn que al tiempo del
nacimiento de sus padres quedaba en Polonia.
En aquella geografía se mezclaban en
extraordinario sincretismo creencias, leyendas, idiomas. Sus abuelos paternos
hablaban Idish pero las brujas que los mayores del pueblo relataban a los niños
para encantarlos o asustarlos eran polacas.
-Si no recuerdo mal - dice Kalman- la
Czarodziejka podía transformarse en lo que quisiera, ¡incluso ser humo!
La Czarodziejka podía estar en cualquier
parte sin ser reconocida incluso salir de un repollo o vivir en el tronco de un
árbol.
Una vez, el viejo Wojciech les dijo a unos
chicos -entre los que estaba el padre de Kalman- que si se reunían hombres a
fumar con sus pipas en un claro del bosque bajo la luz de las estrellas. Ella
tomaba la forma de una seductora mujer que desprendida del humo les dejaba ver
su sonrisa. Los hombres de la pipa sabían desde niños que era un maravilloso
acontecimiento. Una única vez en la vida.
La leyenda les advertía que si la buscaban
por el bosque se extraviarían sin remedio a un tiempo desconocido.
Así que se quedaban allí mismo sin moverse
fumando sus pipas, dejaban que la Czarodziejka siguiera su paso de
encantamientos bajo una noche estrellada por aquel bosque que ahora queda en
Ucrania.
*De Eduardo
Francisco Coiro.
https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar
*
Vine hasta esta tierra para observar
un pájaro un cactus un fósil
cambié de clima, me volví exótica,
hubo una luz repentina, un cielo claro
el zorzal batiendo el ala junto al agua
se rompió el horizonte en una tormenta
digo que el clima reflejó el momento:
nada que ver con la paz
nada que ver
con lo que algunos llaman descanso.
Avanzó la muerte
como un animal embestido en la ruta
un día menos
¿qué deparan los hombres
qué hacen los felinos
que se agitan entre los arbustos?
A veces no son felinos, dicen,
son serpientes
se defienden atacando.
Para los humanos es distinto: una confusión
de términos
la extrañeza de la lengua
que recorre un cuerpo y habla.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
-Autora de los libros Grow a lover y La gota en la
piedra. Colaboradora en Revista Ñ. Escribo poesía, narrativa y ensayo. Soy
magíster en gestión cultural. Algunos de mis trabajos periodísticos pueden
leerse aquí: https://www.clarin.com/autor/mercedes-alvarez.html
Imparto talleres de escritura grupales e
individuales y tengo una amplia trayectoria en el ámbito de la cooperación y el
desarrollo de programas y actividades en el marco de las relaciones
bilaterales.
EL
PRESAGIO DE LOS QUE OLVIDAN*
Entre el corazón y la cabeza
habita la memoria
partidos hemisferios
donde el humo todo lo cubre
cerrado puño
imaginario destino
claridades en el aposento de la sombra.
Pregunto por aquel fuego
y por la ceniza que avanza por todo mi ser
Muerte y tierra sin retorno.
Repetí la lección mil veces
El presagio de los que olvidan.
Hay cadáveres en el ojo
Memoria en busca de primitivas
Palabras.
*De Carlos
Norberto Carbone.
*
A veces
olvido
que escribir
es apenas
dejar unas miguitas
en el bosque más
profundo del lenguaje
por si un niño, un
pájaro, un poeta
anda perdido también.
*De Mariana
Finochietto. mares.finochietto@gmail.com
-Mariana
nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente
vive en City Bell.
Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)
Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú,
2015)
La hija del pescador (La Magdalena, 2016)
Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)
El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)
Madura (Sudestada, 2021)
Quiero sacar la cabeza
por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)
Patio (elandamio ediciones, 2024)
Poesía reunida (Medusa editores, 2024)
Trinchera (Sudestada, 2025)
Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)
CACERÍA*
Era día de caza. Preparamos los arneses
necesarios, no sin recelo. Debíamos ser rápidos y contundentes. La intemperie
era malsana, entre otras cosas, por los hedores. Visualizamos la presa y en
diez minutos estábamos celebrando.
Fuimos recibidos como siempre: aplausos y
que se repita. Comimos hasta saciarnos. Guardamos el resto, ya cocido. No hay,
en esta época, refrigeradores; no hay bosques, no hay animales ni aves y pocos
insectos.
Escasea el agua sana.
Debemos estar atentos, dijo el líder del
grupo. En cualquier momento somos presa de alguien.
*De Oscar
A. Agú.
Santo Tome. Santa Fe.
El fuego*
La explicación que encontró la ciencia a la
aparición
del fuego
consiste en el impacto de un rayo sobre
restos de elementos
de la naturaleza que combustionaron luego
de la ignición
y todo eso que ya sabemos
Por la noche me abrigó del frío
y me protegió de las bestias que merodeaban
la cueva
pero algo más profundo se instaló con
fuerza dentro de mí:
el fuego es transformación
como las palabras que incendian en tu
interior.
*Andrés Bohoslavsky.
* El
mundo es un poema inconcluso y otros fragmentos oníricos.
Leviatán, 2023
El
mecanismo del mundo no da abasto*
*Por Miriam
Cairo.
Es cerca de medianoche y he decidido no
moverme del bar. Desde las diez lo he decidido para no privarme de este momento
de lucidez en que bebo un café metalizado que sabe a ron y observo el mundo
desde adentro. Desde las diez estoy haciendo autopsias del aire que la gente
respira. Todo es muy extraño en estas noches. Salgo de casa para no escribir.
Para no caer en la cuenta de que escribir es mucho más de lo que ocurre.
En la mesa de al lado, Nelson come una
tarta de queso y bebe su café express. Nelson le hace reverencias a la tarta de
queso cuando llega Haroldo. Está nervioso y no puede controlar su tic. Sin
dejar de sacudir la cabeza dice:
-Bueno, Haroldo, fui a ver al hijo de puta.
Me concedió una entrevista.
-Creí que ya no recibía a nadie.
-Pero me recibió. Ahora tengo que publicar
el reportaje. No sabe escribir, Haroldo. No tiene vocabulario, no tiene estilo.
-Nada. Sólo vomitar y follar y putear,
Nelson, eso es todo...
Yo los escucho desde mi mesa y maldigo las
traducciones españolas de Bukowski. También los maldigo a Nelson y a Haroldo
porque el hijo de puta no es sólo una máquina de follar, sino también de
juguetear con el dedo índice en el botoncito de lilas de la muchacha más bella
de la ciudad.
Mientras leo, escribo. Mientras escucho,
leo y escribo. Mientras desprendo los botones, escribo. Mientras decido no
escribir, escribo. Es inaudito. Para mí tiene algo de milagro. Algo de maligno.
El bar es el peor sitio para dejar de escribir. Sería mejor salir a caminar.
Quien camina en la noche tiene las estrellas contadas. En sueño muchas cosas se
comprenden, pero la realidad es un estanque donde todos los días se encuentran
dos o tres ahogados. Me asomo, por pura curiosidad y veo los cadáveres flotando
como plantas acuáticas. Yo tampoco soy una mujer completa, pero he oído que la
desdicha de todos los seres humanos es la dicha de la humanidad.
Ahogada también la mujer tres partes niña
que todas las tardes ensaya en la esquina un paso de baile.
La muchacha púber, que no encuentra al príncipe
Adán entre tanta gente, flota como planta acuática en el estanque.
Oh, Yeats, Cass, la chica más linda de toda
la ciudad, ahogada también en el estanque.
Un hombre de negro mira con ojos los
cadáveres flotantes y se lleva el susto a otro lado.
Nadie se rompe la cabeza por una metáfora,
Ingeborg. Insensata. Intemperie. Intratextual. Indómita. Nadie, ni tampoco
nosotras, no vaya a ser que resultemos algo mejor de lo que esperan.
Parece que la vida es así a propósito. Pase
lo que pase me pone a escribir en el mismo bar en el que había decidido hacerle
autopsias al aire para no escribir. Para no darme cuenta de que escribir es más
de todo lo que ocurre.
Es un hecho. Aquí y allá los perros viejos
tienen mucha dignidad. El mundo es un mecanismo perfecto: cuando un perro viejo
empieza a llorar, otro perro viejo deja de llorar en otra parte. Lo mismo
ocurre con la palabra perro. Pero cuando una poeta austríaca muere, ¿nace una
poeta austríaca en otra parte?
El mecanismo del mundo no da abasto.
El perro viejo avanza cojeando. ¿Por qué no
duerme? Se detiene delante de alguien que lo ignora. Se pregunta si no va a
llegar nunca la noche. Calcula mentalmente las horas. El hombre que lo ignora
no es del lugar.
El perro mira a su alrededor. Hoy todo lo
ve negro. El hombre no es del lugar. No sabe que esto es el crepúsculo
clavándole el espolón a la madrugada. El perro debe prestar más atención, de lo
contrario nunca llegará la noche. El hombre no se da cuenta de que la oscuridad
galopa sobre la perra blanca. Definitivamente no es del lugar.
Tanto andar en la sombra de la sombra, lo
inaudito se vuelve cotidiano. Mis libertades me llevan a vivir situaciones muy
peligrosas. Esta noche me he propuesto tomar venganza de la noche. Escribir es
más de todo lo que ocurre. Los tijeretazos plateados de la luna cortan los
hilos que me atan al mundo.
No escribo para no nombrar lo que no
existe.
Un desmayo definitivo no alcanza a dormirme
definitivamente.
Mientras decido no escribir sigo mi camino.
Descubro dos barbudos semidesnudos que me atan las manos. El café con sabor a
ron me retrasa las palabras y no logro preguntar si soy yo, o es Ingeborg la
que gime. No sé en qué momento estos dos desconocidos empezaron a tratarme con
excesiva confianza. Uno de ellos tiene un tic. Mueve la cabeza como un pájaro carpintero.
El otro sacude la lengua como un perro. Los dejo trabajar un rato fingiendo
estar dormida. Dejo que jueguen con mis huesos brillando en la noche. Ya no es
la hora inocente. Es la hora de los rostros doblados donde no puedo verlos.
Esta lila caliente. Este corazón
misterioso. Estos barbudos en la zona de fuego. Esta poeta que no muere.
"No más dulces, muchachos", les
digo mientras rompo con todas mis fuerzas los lazos que me atan a la noche y
cierro las piernas.
Los barbudos se echan hacia atrás. "Hombres
hambrientos. Les he dado los huesos, les he dado el dulce, les he dado el
crepúsculo. Es hora de amanecer. Se terminó el insomnio. Tengo que escribir y
despertar, o despertar y escribir. Vaya a saber qué cosa ocurre primero u
ocurre mejor." Y con la cabeza gacha los barbudos vuelven inmediatamente a
los libros de donde nunca debieron haber salido.
*Fuente: Rosario/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-40855-2013-10-05.html
KronoX*
Las generaciones futuras no recordarán mi
nombre (y en el fondo, quizá sea mejor así), pero yo inventé una máquina del
tiempo (a esta altura, utilizar el artículo la sería –probablemente- inexacto.
Y algo pedante por mi parte). Por otra parte, esta denominación –máquina del
tiempo- quizá tampoco sea del todo correcta. El lector juzgará una vez conozca
los hechos. Sin más preámbulos, procedo a relatar la historia.
Mi pretensión, en pocas palabras, era crear
un nuevo software, capaz de recrear el pasado y actuar sobre él. Sólo
virtualmente, claro (o eso me decía a mí mismo, pero la esperanza, esa
maldita…). Tardé años en definirlo, en atreverme a postular una ecuación
irresoluble. En el transcurso de mis investigaciones hubo altibajos. Tan pronto
creía haber hecho un descubrimiento asombroso, como me abandonaba a la
desesperación por no sentirme preparado para llevar a cabo tan magna empresa.
Una de esas veces, en medio de la fiebre nocturna, producto, sin duda, de una
indigestión, soñé o imaginé que el viaje podría ser real y tener lugar en un
único sentido –al pasado- y sólo una vez. Es decir: sin regreso.
Al día siguiente, sin embargo, no me atreví
a reírme de tal disparate. Algo había en mi planteamiento –algo que no era
capaz de recordar y, no obstante, me corroía por dentro. Aun así, no quise
pensar más en ello: Tener una única oportunidad me pareció estadísticamente
arriesgado. Ese fue un inconveniente que no supe solventar en la vigilia. El
desánimo de esas horas posteriores estuvo cerca de hacerme desistir. Luego,
pensé que no tenía derecho a renunciar. Tal vez con base en mi proyecto, me
dije, alguien conseguiría solucionar ese defecto formal. (Entonces era joven e
irresponsable. Lo sé ahora. Sólo descubrimos eso cuando ya es tarde. Un motivo
más para implicarse en la invención de mi máquina).
Pero la amargura no desapareció. Durante
unos meses, el vodka y los antidepresivos fueron mis más cercanos compañeros.
Con ayuda de una mujer cuyo nombre y rostro (me avergüenza confesarlo) se
mezclan en mi memoria con otros muchos nombres y rostros, de otras muchas
mujeres, todas ellas memorables sin duda, conseguí salir de ese vil estado y
retomar mi trabajo.
Comento ahora otro punto sobre el que
medité mucho: El ser humano es capaz de darle un mal uso al mejor de los
inventos, es sabido. La Historia lo atestigua sobradamente. ¿Debería eso
detenerme? La respuesta lógica, racional (más aún si lo pienso ahora, cuando ya
nada tiene remedio), hubiera sido: SÍ. Pero el deseo del inventor es
impermeable a razones que le alejen de su objetivo. De nada sirve pensar en
Hiroshima.
Así pues, emprendí la tarea. Fueron años de
caos, esfuerzo, dedicación, fiebre, noches en vela, soledad (porque hube de
alejarme de todo cuanto pudiese distraerme de mi meta), multitud de preguntas
cuya respuesta sabía informulable, fracasos, depresión y cansancio. Pero lo
logré.
Antes de continuar escribiendo este relato
de los hechos –o cualquier otro, en cualquier otro lugar-, debería hablarles de
la máquina, detallar su funcionamiento, explicar las fases de su construcción…
Pero no lo haré. No sé si esta omisión es una especie de escudo ante mi mala
conciencia, aunque de sobra sé –ahora- que nada me justifica. Esta narración
sólo es informativa. Ni espero ni deseo ser perdonado o comprendido. El perdón
o incluso la tolerancia ante mis actos, lo confieso, me parecería injusta.
Voy pues, a los hechos: El día señalado
llegó. El momento definitivo –eso creía yo en mi ingenuidad. Me coloqué el
casco, programé una fecha y un lugar y presioné el botón Play.
Ese instante se eternizó. Cerré los ojos,
asustado, esperanzado, ansioso. Muchas imágenes pasaron por mi cabeza. Muchas
posibilidades entrecruzándose, como trenes en la estación de una metrópoli.
Respiré hondo y abrí los ojos.
Había funcionado.
Estaba en el lugar y tiempo programados.
Con precisión cronométrica. Para esta primera prueba, es obvio, había buscado
una fecha lo más próxima posible y un lugar conocido: El día de ayer, en mi
taller. En la pared oriental, el reloj marcaba la hora exacta que yo había
previsto. Podía moverme, tocar los objetos (el tacto de la mesa me resultó
extraño, como si en lugar de madera se tratase de plástico o algún material
sintético), oír los sonidos provenientes de afuera. También sentía los
diferentes olores. Sopesé tomar un trago de agua; la botella estaba ahí, sobre
la nevera. Pero no me atreví. El deseo fue más débil que el miedo. No sabía qué
podría ocurrir (Durante la ejecución del programa, uno no es consciente de
estar viviendo una simulación. Esa agua, para mí, era real. Pensé que beber de
ella podría acarrearme algún efecto secundario indeseado). Sólo fue un acto
instintivo, irracional. Seguí moviéndome por la sala. Reconociendo los objetos.
Algunos de ellos estaban marcados (para comprobar si la simulación funcionaba,
había señalado con tiza roja algunas cosas y luego las había cambiado de sitio)
y ocupaban el lugar donde ayer mismo habían estado. Lo maravilloso era la
sensación de realidad. Me asomé a la ventanita y pude contemplar el paisaje ya
conocido, sólo un poco ensombrecido por las nubes (ayer estuvo nublado todo el
día, aunque no llovió), pero tan nítido como en cualquier otro momento. Después
de un rato dando vueltas por toda la habitación, satisfecho y moderadamente
feliz, decidí regresar (por así decirlo).
Me quité el casco, abrí los ojos. Fui a la
nevera y descorché la botella de champán. Es triste beber solo, ya se dijo.
Pero me sentía eufórico. A la embriaguez por el descubrimiento, se unió la
otra, más concreta: la etílica. Terminé tirado en el sofá, en una posición
ridícula e incómoda. En medio de la exaltación y las burbujas, yo tenía un algo
removiéndose en mis entrañas y no sabía qué. Lo achaqué a la emoción del
momento y me dormí, entreviendo con detalle una sala de variedades parisina que
jamás había visitado.
Repetí el experimento varias veces, siempre
satisfactoriamente. Al principio fueron “viajes” (los llamo así porque no se me
ocurre otra manera mejor) cortos: Unos pocos días atrás, lugares cercanos. Como
si esa prudencia fuese necesaria. Como temiendo perderme y previniendo ese azar
mediante la proximidad geográfica y temporal. Poco a poco, previsiblemente,
extendí el campo de mi experimento. Quise ir cada vez más lejos, tanto en el
espacio como en el tiempo. Visité (¿de qué otro modo llamarlo?) Rosario a
finales del siglo XX, cuando el Museo de Arte Contemporáneo todavía no estaba
ahí. Cuanto más lejos iba, más extraña era la sensación que experimentaba
dentro de esa realidad virtual. Cada una de estas recreaciones era como una victoria.
¿Una victoria sobre el tiempo? Creo que mi vanidad no era tanta. Más bien me
sentía un jugador inmerso en una partida que no terminaba de comprender. Y
ganaba siempre. Embriagado por el éxito, me planteé retos cada vez más
difíciles. Fui a Mendoza meses antes de la construcción del Arco del
Desaguadero. Y en efecto, no estaba. A Buenos Aires hacia finales del siglo
XIX, cuando aún no existía la Avenida de Mayo.
Yo esperaba que, al irme alejando en el
tiempo, y teniendo en cuenta que los datos suministrados al programa eran, en
muchos casos, fotos en sepia y documentos sacados de archivos municipales, no
del todo bien administrados –es el caso decirlo-, los objetos, los lugares,
irían perdiendo nitidez. Es decir: Se verían como en esas fotos y esas
descripciones. Pero (esto debió alertarme) no era así en absoluto. Todo era
como debió ser en realidad. Algunos edificios, algunas esculturas, hoy
corroídos por la erosión implacable, se veían nuevos, radiantes, en la
recreación. Mi juguete cada vez me emocionaba más.
Una tarde de 1876 me encontré paseando por
Barcelona. La Sagrada Familia aún era un proyecto en la mente del gran Gaudí.
También me aventuré en París, en New York, en Londres, siempre buscando fechas
anteriores a la construcción de edificios o monumentos emblemáticos, sólo por
el placer de ver cómo fue aquello antes de ser como es ahora (si es que aún
puedo pronunciar la palabra ahora sin cometer un terrible anacronismo). Mi
ambición me llevó a Granada en el siglo XII, Pisa en el XI y hasta la China
anterior a la Gran Muralla. Me sentí colmado. Salí del taller y me di cuenta de
que llevaba allí encerrado más de un mes, comiendo mal y durmiendo peor. Pero
era feliz.
Decidí dejar de lado mi pasatiempo, al
menos durante unas semanas. Ver a unos pocos amigos, salir con una mujer,
distraerme. Fue en vano: Dos días más tarde estaba de nuevo sentado en el
sillón de terciopelo rojo, con el casco en mi cabeza y viviendo momentos de
otro siglo y otro lugar. Me había vuelto un adicto.
Entonces recordé –cegado por la euforia,
había llegado a perder de vista el objetivo principal- el motivo que me empujó
a emprender este proyecto.
Los hechos capitales en la vida de todo ser
humano son pocos. El descubrimiento del amor, la primera visión del mar, la
pérdida de un ser querido, un éxito de tipo deportivo o social… En la mía, el
hecho trascendental fue una despedida. Ocurrió en el año 1960, en la estación
José Ramón Sojo, cerca de Saladillo, en la provincia de Buenos Aires. Era
invierno o así lo he recordado siempre. Ahora ya no sé qué pensar. Ni sé si
invierno y verano son conceptos diferentes. Ella (una mujer, sí; no podía ser
de otro modo. Ya lo dijo Aristóteles) se llamaba Natalia y durante los cuatro
años anteriores a ese momento crucial había ocupado cada minuto de mi vida y
también de mis pensamientos. Por ello, su marcha me resultó inconcebible. Como
un mal sueño del que muy pronto iba a despertar. Desde entonces habían
transcurrido más de cuarenta años y la pesadilla continuaba.
Otro, tal vez, se hubiese abandonado a la
locura. Yo, en cambio, diseñé una máquina para reparar ese instante del pasado.
Si se mira bien, quizá ambas cosas vengan a ser equivalentes, después de todo.
Ese fue, es preciso contarlo –por más que la vergüenza me oprima al
confesarlo-, el único objetivo de mi invención.
Al pensar con espíritu crítico en ese
olvido, no me fue difícil llegar a la conclusión obvia: No es que hubiese
olvidado el porqué del experimento. Simplemente, había ido posponiendo el viaje
importante. Por miedo, sin duda. Tememos enfrentarnos a nuestros más fervientes
deseos, casi tanto como desafiar a nuestras fobias crónicas. Mientras visitaba
otras ciudades y otras épocas remotas, mientras me maravillaba ante la visión
de lugares que ningún otro ser humano vivo había podido contemplar, ese
invierno de 1960 y esa estación casi jubilada (un año después –si la palabra
año todavía significa algo para mí- dejó de utilizarse) estaban siempre ahí,
esperándome. Como la musiquilla pertinaz que siempre retorna y nos acompaña,
sin que acertemos a recordar dónde la oímos o a que hecho va asociada.
La partida de Natalia fue más dolorosa
porque me quedó la sensación de haber podido hacer algo para evitarla. No pensé
entonces (lo repito, era joven, era inexperto) que tal vez se fue solamente porque
ya no encontraba ningún aliciente en nuestra relación. Más bien creí que todo
fue culpa mía y, de haber actuado de otro modo, las cosas se hubieran arreglado
y la tan amarga separación nunca hubiese tenido lugar. Por eso, debía volver.
Para saber. Siempre queremos saber, encontrar una respuesta, aun cuando sepamos
que ésta no va a ser satisfactoria. Me obsesioné con esa idea en el pasado.
Después no sé. Quizá simplemente actuaba por inercia. O por obstinación.
Había llegado, pues, el momento: Con ansiedad,
con temor, introduje la fecha y las coordenadas de la estación. Pulsé el botón.
Esperé. Abrí los ojos. Natalia estaba a pocos pasos, mirándome, como extrañada.
Sentí que estaba de nuevo allí. Reviviendo
–en toda su magnitud- el momento atroz de la despedida. Me acerqué a ella,
pronuncié algunas palabras –imposible recordar cuáles desde este presente
borroso, si presente es la palabra, si recordar es el verbo-. Ella –igual que
entonces- meneó la cabeza a izquierda y derecha un par de veces. En sus ojos se
apreciaba el dolor producido por esa negativa inevitable. Regresé. Abatido, con
el peso de los muchos años transcurridos oprimiendo mi corazón. Desolado. Bebí,
dormí. Después amaneció y volví a intentarlo. El resultado fue idéntico.
Aplaqué mi decepción con otros viajes, pero cada mañana volvía a ese invierno,
a esa estación, a Natalia negando, al tren moviéndose, lento, sobre las vías,
iniciando el viaje sin retorno.
El dolor por esa separación multiplicada,
no me dejó ver, al principio, otro detalle más atroz. En alguna parte había
leído que todo acto conlleva consecuencias que ni alcanzamos a sospechar. Yo
había actuado, sin saberlo, de forma imprudente. Pronto iba a darme cuenta.
El primer indicio me causó perplejidad. Fue
en una cafetería, a media tarde. Estaba leyendo el periódico cuando mis ojos se
posaron en una imagen: Era París y el lugar de la Torre Eiffel estaba ocupado
por un edificio de ladrillo claro. Alrededor todo tenía unos colores
mortecinos. Parpadeé un par de veces, incrédulo. Examiné la foto con atención.
No había dudas: Ése era el sitio de la Torre y no estaba. Supuse que se trataba
de una imagen trucada; ahora todo el mundo maneja programas de retoque
fotográfico. Pero ¿en el diario? No me quedó otra que leer todo el artículo, para
averiguar el motivo de esa usurpación. En vano. No había allí la menor
explicación. Me encogí de hombros. Ni siquiera me dio por pensar que yo tuviese
algo que ver con tal misterio.
Unos días más tarde, escuché una
conversación en el metro. Eran dos hombres y hablaban en voz muy alta; era
imposible sustraerse a sus palabras. Todo el vagón fue testigo de la discusión.
Ésta versaba sobre política y en ella se mencionaba el nombre de algunos
dirigentes de países vecinos. No reconocí ni uno solo. Tampoco esto me pareció
relevante, porque no suelo prestar mucha atención a las noticias relacionadas
con asuntos políticos. No era extraña mi ignorancia acerca de tales nombres.
Pero mentiría si afirmase que ese desconocimiento no me causó cierto
desasosiego. Podría ser simple desidia, pero tal vez otra cosa. En mi estómago
se cocía una verdad que no estaba dispuesto a admitir sin resistencia.
El hecho definitivo, el que me abocó a esta
sinrazón que hoy es mi vida, fue algo en apariencia trivial: Marqué el número de
mi amigo Celso, a quien llevaba tiempo sin ver, y una voz agria me respondió
que no había allí nadie con ese nombre. Revisé mi agenda. Volví a marcar, uno a
uno, los números allí anotados. Con sumo cuidado, para no equivocarme. La misma
voz. Esta vez acompañó la negativa con un insulto. Desistí. Conjeturé un cambio
de número, nada más lógico. Llamé a información telefónica y pregunté: Nadie
así llamado tenía vinculado un número de teléfono en toda la ciudad, ni
siquiera en la provincia. ¿Deseaba consultar la guía nacional?, me preguntaron.
En otras circunstancias, me hubiese mostrado irónico y dudado de la eficiencia
del operador que me suministró la información, tal vez hubiera insistido o
vuelto a llamar, por ver si esta vez daba con un telefonista más eficaz. Pero
de pronto, la verdad me explotó en pleno rostro: En mi ventana, el paisaje no
era el de siempre. No supe precisar qué era, pero no hizo falta: Algo no era
igual, algo había cambiado. Las imágenes, las palabras, se agolparon en mi
cabeza. Esta realidad ¡cómo admitirlo! era otra.
Salí a la calle, poseído por la fiebre. A
causa de mi despiste, no me había dado cuenta antes, pero era cierto. Nada
estaba en su lugar. Me pregunté cómo, cuándo, qué… pero ni siquiera atinaba a
formular las preguntas. Todo era demasiado inverosímil. Un tipo que no reconocí
me dio un abrazo en la entrada a un pasaje que nunca había visto. En un cine
daban Terciopelo azul, pero en los carteles, el director no era David Lynch.
Recorrí la ciudad hasta el cansancio. Quizá era sólo eso lo que buscaba:
Agotarme hasta caer rendido, evitando así el caos reinante en mi mente.
Caminé y bebí. Hice preguntas estúpidas,
sólo para comprobar que las respuestas no eran las ya conocidas por mí. En
algún momento quise creer que todo era un complot de mis conciudadanos para
volverme loco. Llegué a casa - ¿De verdad podía aún llamar casa a algún lugar?
- y me dejé caer en el sofá.
La frontera entre el mundo virtual y el
llamado, tal vez erróneamente, real, es más fina de lo que jamás hubiésemos
sospechado. Sabemos que son posibles múltiples mundos virtuales, por así
llamarlos. Pero nunca imaginamos que pudiesen combinarse o invadir el mundo
real. Yo ¡irresponsable! lo había hecho. Al despertar lo vi claro. Cada
recreación erigía una nueva realidad -o una nueva ficción, ahora ambos términos
vienen a ser sinónimos- y yo iba saltando de una a otra sin percibirlo. Me
pregunté si en verdad estaba mirando el río desde mi ventana o permanecía
sentado en el sillón, con el casco puesto y buscando una salida.
Desde entonces –y ahora la palabra entonces
ha perdido su significado, lo mismo que la palabra ahora- vivo recreando esa
escena ocurrida en la estación, sin impaciencia, porque la verdad desplegada
ante mis ojos –la coexistencia de múltiples vidas (o reflejos)-, me dice que
hay una esperanza. Y sueño con Natalia cambiando ese gesto de negación. Sueño
su sonrisa y su mano aferrando la mía, sus palabras diciendo que todo es aún
posible, sueño ese tren partiendo sin ella…
Sólo una cosa me inquieta: Si eso llega a
suceder, ¿Tendrá esa Natalia algo que ver con la original? ¿Será la misma de
quien tanto tiempo estuve enamorado? Y yo mismo: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo?
¿Soy acaso aquel que sufrió la decepción y el abandono? ¿El autor de estas
líneas? ¿La misma persona que proyectó la máquina? ¿O sólo el fantasma de
alguien, vagando por dimensiones infinitas y haciéndose preguntas sin
respuesta?
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
Fueguito*
Es una noche cualquiera. Usted está en un
lugar cualquiera, un bosque, la costa de un río, el jardín de la casa de algún
amigo. Junta hojas y ramas secas, hace una buena pila. Se arrodilla sobre la
tierra, acerca un fósforo a las hojas y espera. Su figura -rápidamente lo
descubre- tiene la reverente actitud de alguien que aguarda un milagro. Tal vez
se trate de una vieja ceremonia a la que está acostumbrado, y le baste forzar
un poco la memoria para descubrir un vasto mapa de fogatas a lo largo de su
historia. Pero esta noche -siempre suele ser así- vuelve a sorprenderlo y a
exaltarlo igual que la primera vez. Ante
el crepitar de la llama, usted se siente extrañamente en casa. Es como volver
de una larga ausencia. Un reencuentro en el que, con el concurso de la noche y
el silencio, se va desanudando un lenguaje al mismo tiempo familiar y secreto,
alimentado de certeza y plenitudes breves.
El fuego crece y mantiene un monologo en el que usted encuentra una
correspondencia exacta. El fuego es puro movimiento y usted no es más que sus
ojos y el calor de su piel. Rodeados por la oscuridad, protegidos, suspendidos,
están en el centro del mundo. Usted siente que nada puede tocarlo. Escucha su
mente desbrozar trabajosamente una idea: no soy el que fui ni soy el que seré.
Simultáneamente toma conciencia de la banalidad de todo pensamiento.
A esta altura, usted es una sola cosa con
el fuego, un presente inevitable. Se entrega, se abandona. Sin embargo, cree
comprender que de esa comunión se desprende un sentimiento más amplio, que
trasciende esta hora. A través del trabajo del fuego parece surgir una medida
de orden. Los ojos fijos, subyugado, sin cambiar de posición, usted piensa que,
detrás de su persistencia, el fuego es fundamentalmente inocencia, un regreso a
la limpidez del origen, al remoto albergue de toda posibilidad. Y comienza a
percibirse usted mismo inocente, como una hoja en blanco donde todo puede ser
escrito, donde todo está por ser iniciado. Y acá es donde vuelve a reconocerse.
Y a reconocer los términos que han marcado sus pasos a través de los días, los
meses y los años: permanecer desposeído, abierto a lo imprevisto, alerta, en
permanente sospecha. Son principios de una doctrina que se ha ido forjando y
cuyo sentido ahora el fuego le devuelve.
Comprende que también en usted ha ardido siempre parte de ese fuego. Que
esa es una llama de consumación. Una llama donde usted se ha sacrificado
siempre a sí mismo, ha sacrificado su vida, las posibilidades de su vida, los
accidentes de su vida, tal vez con el único fin de deshacerse de su historia o
de construir una historia diferente. Es
posible que oiga voces a través del aire nocturno, sin saber si se trata de
amigos que vienen a buscarlo o si son llamados que llegan desde otros años,
desde otros ámbitos, suscitados por otros fuegos. Acomoda algunas ramas y
piensa que cuando todo está dicho es bueno regresar al fuego, al origen.
Que es bueno, muy bueno, volver a
arrodillarse ante su voracidad, estudiar su movimiento y el núcleo cambiante de
su centro. Que es bueno para sus alegrías y para sus dudas. Que ahí, libre de
toda esperanza, puede limitarse a mirar y a no pensar. Y en esa llama sin tiempo ve arder también el
ciclo que termina precisamente esta noche, el ciclo que comienza, los muchos
que vendrán con sus cargas de confusiones y riquezas, lo que ha sido, lo que
será, y todo cuanto alberga la oscura, invencible memoria o nostalgia de la
sangre.
*De Antonio
Dal Masetto.
-Fuente: Contratapa de Página/12.
APOCALYSE NOW*
Empezó como suelen empezar las cosas, con
signos mínimos, insignificantes, casi invisibles. Una automotriz anunció que
dejaba de fabricar su auto más vendido. Le siguieron otras.
Esto pasó muchas veces en la historia del
capitalismo, es una rutina naturalizada del ave fénix. Un producto que deja de
generar dinero no se produce más.
El mundo, la inmensa fábrica y arsenal de
mercancías tenía una industria clave: producir ese artefacto de cuatro ruedas
que pudiera ser símbolo de status y quizás tener un valor de uso importante.
La nueva crisis, cuyo contagio no pudo ser
aislado comenzó en un país sudamericano.
Una mujer de unos 70 años golpeaba furiosa
con un palo a un auto que le dejaron estacionado en la calle obturando la
salida de su garaje. La mujer había hecho la lógica: llamar a la policía para
denunciar que el auto estaba allí. El gentil oficial Kurtz le explicó que
"de la nada" los abandonos de autos se habían multiplicado.
Ahora el mundo será “un caracol que se arrastra por el filo de una navaja de afeitar”.
Eran autos impulsados a combustible fósil.
Aunque los vehículos con motores eléctricos tampoco podían ser utilizados por
la cíclica falta de energía en extensas zonas.
Las personas abandonaban sus autos al
terminarse el combustible. No les importaba ninguna consecuencia como la
pérdida de un valor. Algunos más conservadores dejaban sus autos en sus
jardines. Allí con el paso del tiempo eran cubiertos por plantas. Las flores
cubrían en primavera las manchas de óxido. Los cementerios de autos crecían. La
crisis fue contagiando al modo de producción de un modo ilógico e inexplicable.
Un profeta había anunciado el retroceso a
una época de carretas tiradas por bueyes.
*De Eduardo
Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
ESTACIÓN
DEL ABSURDO*
“Nada os pertenece en
propiedad más que vuestros sueños”. (Nietzsche)
ESTACIÓN DE LA ESPERA
Intentó mirar las sombras tras espejos
trizados.
Estaba allí, agazapado, toro negro a la
espera.
-En la segunda noche, lo soñó-
-En la tercera noche, ella durmió sobre la
barba de la piedra.
ESTACIÓN DE LOS SUEÑOS
ROBADOS
Lo soñó tanto y tanto, hasta robar su
sueño.
Día y noche. Ojos. Ojos y una terrible
espera.
Dulce y amarga muerte hasta doblar la
esquina.
De los bosques sagrados surgen las manos
húmedas.
ESTACIÓN DEL DESEO
Y lo amó tanto y tanto hasta robar su amor.
Y no había tú y yo. Macho ni hembra. Me
amas y te amo.
Los ojos aterrados de deseo. Enfermos.
Locos. Espectrales.
Solo queda esto: subsistencia. Y soñaban,
que es un sueño la muerte.
ESTACIÓN DEL ABSURDO
¿Y los sueños donde el musgo estalla? ¿Las
revoluciones de la carne?
¿El costo devaluado de las utopías?
¿Los vientres arrancados de cuajo? ¿Los
dientes?
Lluvia verde de mierda. Verde mierda. Un
solo, absurdo, desolado grito.
Y lloraban besando sus voces con sus
cuerpos, cabalgando esqueletos.
-Quizás un grito de fusil baste, si apuntas
en el pecho. –
*De Amelia
Arellano.
San Luis.
*
Nos quedarán los
asépticos bosques de la virtualidad, pero acaso, ¿hay algo más? Algún día
encerrados no sabremos si hay más.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
Osvaldo*
Nos reuníamos todas las tardes de aquel
caluroso verano en el baldío del ferrocarril. Eran pocos los programas de televisión
para chicos en esa época y sólo teníamos a los vecinos del barrio y a nuestra
imaginación para entretenernos.
Había chicos de varias edades. Yo era uno
de los mayores. Tenía once años y me sentía superior, porque al año siguiente
terminaría la primaria. Venían después
los mellizos, de diez, y el colorado y el Leo, de nueve. El más chico era el
Osvaldo, de ocho, que se sumaba a todas las expediciones y juegos, aunque su
estatura no lo ayudara.
Todos los días había que inventar algo
nuevo, que nos motivara lo suficiente para pasar las tórridas tardes de ese
verano cruel. La sequía había convertido la tierra en un polvo extremadamente
fino y volátil y los árboles agobiados soportaban el sol con sus hojas sucias y
descoloridas.
Esa vez la idea fue mía. De alguna forma
había aparecido una hendidura al costado de las vías, más o menos a dos metros.
Se me ocurrió cavar un pequeño pozo, rectangular y desafiar al grupo para que
alguno se meta adentro y permanezca allí mientras pasara el tren.
Todos quedaron en silencio cuando lo
expuse, pero el menos indicado aceptó la prueba. Osvaldo se anotó primero. Me
sorprendió la respuesta, pero luego lo comprendí: el deseo de ser igual a
nosotros, de conseguir la admiración de los mayores y…algo más. La
inconsciencia. Pero me di cuenta después.
Ese desafío no tenía las limitaciones que
Osvaldo podía haber encontrado en los otros: No se trataba de tamaño ni de
peso, ni de alguna destreza que, por su corta edad, todavía no había adquirido.
Esta vez se necesitaba solamente valentía. Y mucho coraje. Osvaldo sonrió
cuando lo ayudamos a meterse en el pozo. Habíamos hecho un entramado de ramas
de palmera para taparlo, lo que le daba mayor dificultad a la prueba.
El tío de Leo, que vivía a la vuelta, nos
prestó una pala y cavamos un hoyo no demasiado profundo, de casi un metro.
Osvaldo se acostó, totalmente extendido, dentro del pozo. Se sonrió cuando le
preguntamos si ya estaba listo. Y por encima, al ras del suelo, colocamos las
ramas.
Nos quedamos apartados, como a 20 metros,
aguardando ansiosos el momento en que pasara el tren. Y allí venía. Diez
minutos después de que el Osvaldo había entrado a esa especie de sarcófago
natural, hecho de tierra, raíces y ramas de árboles.
La locomotora irrumpía la tarde muda con
una larga sirena, lo más fuerte posible, por si algún desprevenido no se
acordara la hora de su paso. Ese tren que movía todo, sacudía todo.
Nos quedamos expectantes, esperando. El
poco pasto que desafiaba el tremendo sol y se levantaba sobre la tierra seca
nos pinchaba la panza.
A los tres o cuatro minutos que empezó a
pasar por al lado nuestro, nos dimos cuenta de que toda la tierra que sacamos
al hacer el pozo había quedado a un costado, en el borde. No tuvimos la
suficiente prudencia para retirarla y, por la vibración del tren, estaba
cayendo arriba del pozo.
Fue muy rápido. Corrimos hasta allí,
sacamos furiosamente la tierra y las ramas y debajo, acurrucado y mudo, estaba
Osvaldo.
Lo ayudamos a salir. Estaba totalmente
cubierto de tierra y temblaba. Lo limpiamos como pudimos. Con mi pañuelo le
despejamos la nariz y la boca. Después de una urgente sacudida, ya casi no
quedaba tierra y el Osvaldo regresó lentamente a su casa, sin mirarnos.
Nunca más volvió a juntarse con nosotros,
aunque había pasado la prueba de la valentía: se había quedado en el pozo
mientras pasaba el tren.
A veces andábamos cerca de su casa y lo
veíamos a través del tejido, en el patio. Siempre sentado, leyendo, o jugando
con su gato. Lo saludábamos desde la vereda y él nos respondía levantando muy
despacio la mano, pero sin una palabra.
Sabíamos que no éramos culpables; nadie lo
convenció para que se metiera en el pozo. Sin embargo, cada vez que lo veía
solo, sentado en su patio, sacando briznas de pasto, no podía dejar de sentir
una opresión en mi pecho, algo así como un mudo reproche, un helado dedo que se
clavaba en mi interior, fuerte y estremecedor, como la sirena de un tren.
*De Cecilia
Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar
-Próxima
estación:
GOBERNADOR
UDAONDO.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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