viernes, enero 22, 2010

EDICIÓN ENERO 2010.


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS. (CUBA)


*


El frío se agolpa de una manera brutal, intenso, grueso, convocante a los interiores de todo tipo. No es fácil persistir; no es imposible, por ello.
Recuerdo, si, esos enormes fríos mañaneros en Hersilia, patria de mi primera infancia, donde caminaba junto a los bretes del ferrocarril, cruzando la vía, para ir a la escuela fiscal. Iba solo, con mis siete años a cuestas. Era otro mundo. Mi madre me abrigaba: guantes de lana, pulloveres, medias pesadas tres cuartas –los niños no usábamos pantalones largos hasta los catorce años- y, arriba de todo, el poncho. El mío era un poncho azul con líneas decorativas, dos o tres, blancas. Azul profundo. Tenías, además, algunas pintas rojas o coloradas, como decíamos antes.
No era el único que iba con poncho. No, porque era un atuendo normal. Nos cubría del frío y de la fina llovizna, cuando ella aparecía y se desbarrancaba sobre el llano.
El poncho, además, nos daba una identidad. Cada cual tenía el suyo con variaciones de colores y de flecos. De lejos sabíamos quien venía.
A esta vestimenta la vi en los arrieros cuando pasaban, con la tropa, frente a la que era mi casa, camino a los bretes. Entre el mugido de los animales, el ladrido de los perros que ayudaban iban ellos: los laderos y los de fondo, entremedio del polvaderal, protegido con los ponchos.
Niños, aún, miraba su paso escuchando los gritos azuzando a los animales, sin reconocer el cansancio de horas en esas tareas pero admirando la misma. Siempre alguno saludaba, chambergo en alto, fusta en mano, levantando el costado del poncho como un ala y, en la punta, la mano, supongo áspera, como una caricia a la joven vida.
El frío sigue azotando estos sures litoraleños. Espío por la ventana el patio, opacado su verdor. Cubren mis piernas un poncho salteño que supe comprar en uno de mis tantos viajes.
Y de pronto, mi patria de infancia.




*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
Julio/agosto 2009










La cañería*







A raíz de la propuesta de un amigo, que me invitó a ducharnos juntos para oir lo bien que canta tangos, es que escribo esta sucesión de hechos que nada tienen que ver con la ficción y, sin embargo, es lo más parecido a ella que me ha sucedido en años.



Hace dos semanas que estoy bañándome como los gatos, a las lamidas -es un decir- considerando el agua que puedo usar, previamente calentada en una olla bien grande, esas para locro o puchero sobre el mechero de la cocina a gas, eso si, no hubo necesidad de cortar el gas.



He mudado gran parte de la cocina al living y para enjuagar los platos y demás utensilios que uso, debo hacerlo en el baño, el único lugar donde hay agua, pero fría.



El edificio en el que vivo tiene cuarenta años o algo más, cuarenta años mal vividos y la cañería de agua caliente nos cantó “las cuarenta” y dijo basta, ergo, entró al edificio la tropa de cañistas, cañoneros, cañicultores… plomeros.



El primer golpe de los muchachos fue para romper azulejos, paredes y cielorrasos. Gracias a ello, ahora estamos todos los vecinos del ala CD comunicados. Mi hermana, que vive en el departamento de al lado, me da los buenos días introduciendo el rostro por el agujero negro situado a ras del piso, en la cocina. La madre de Atún, el gato de arriba, se entera de cada comida que preparo por el aroma que sube y se expande para bien y para mal, digo para mal por otra cuestión, pero, que tiene que ver con el agujero en el techo, cuando los muchachos trabajan en su departamento, llueven piedras del tamaño de una pelota de tenis las más grandes, otras se hacen polvillo, cuestión, que para hacer la comida me traslado al living o al dormitorio, donde suelo picar cebollas y ajos sobre la mesa de la computadora mientras leo los envíos y me engancho a escribir algún comentario.



El perro de mi hija, convidado de piedra en la casa los días de semana, los sábados y domingos, anda en estas horas muy desasosegado, como alma en pena con tanto ir y venir, entrar y salir de los plomeros. Tan perdido estaba hoy con los acontecimientos que relato, que le temblaban las orejas como nunca y yo no sabía que contestarle porque no hablo su idioma y a mi también me temblaban las orejas.



Los muchachos se retiraron de mi departamento a las dos de la tarde. El caño, por suerte, ya está colocado, con sus codos y juntas a punto para que pase el agua que, si Dios quiere y los muchachos, la darán mañana. Pero a las tres de la tarde, cuando gozaba de una relativa calma y comía algo, de parada, apoyado el plato en la mesada de la cocina cayó la primera piedra seguida de un aluvión de piedrecitas. Lo interpreté como una despedida, me acostumbré a mirarlas cuando caen y, seguramente las voy a extrañar cuando tapen los agujeros y ya no estemos comunicados los vecinos. Dejaremos de ser fraternos y nos saludaremos parcamente al cruzarnos en el hall de entrada.



Lástima que mi amigo vive tan lejos, sino, tal vez, hubiera aceptado su invitación. Un baño de ducha con abundante agua es lo que más deseo. No ha de cantar tan mal.







*de Ana Maria Diaz Velo. anadiazvelo@hotmail.com











VERDADES REVELADAS*


“Cuando se miran de frente, los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades, las bárbaras, terribles , amorosas crueldades...”

GABRIEL CELAYA



En la Escuela de mi pueblo me enseñaron muchas cosas.
Los 10 mandamientos por ejemplo.
El 5º, el 2º y el 4º no se hacen.
El 3º ni el 7º, no se dicen.
El 1º, el 2º, el 6º, ni el 8º, no se no se preguntan.
No se hace, no se dice, no se pregunta, no, no.
Dogmas de la fe, decían.
Aprendí que la gente cuando se muere se la entierra.
Se coloca en su tumba su nombre y apellido.
Se la invoca, se le reza.


Me enseñaron que había una vez.
Que América era un crisol de razas.
Que había un país de plata, plata robada, argenta.
Que Haití es un paraíso Terrenal.
Que hay guayabas, frutos del pan, mangos, muchos mangos.
(El mango es una fruta, aclaro)
Que hay flamencos, pelícanos y garcetas.
(Que los flamencos tienen las patas rojas, por mentir)


Con la adultez a cuestas, aprendí.
Que hay blancos que son negros y negros que son blancos.
Que en Haití una lengua oficial es la castilla.
Que en criollo se le llama Repiblik Dayti.
Que el patrón vive en el norte del Norte.
Que hay más negros que blancos.
Que la esperanza de vida es de 40 años.
Que hay más pobres que ricos.
Que de mil niños mueren 80.


Aprendí de las guerras.
Aprendí, que algunas, figuran en los anales de la Historia.
Otras, las mas pequeñas, no registran nombre, ni apellido.
Que hay hombres que sólo son un número.
Un número más, un número menos.
Mas por menos, siempre da mas.
Aprendí “que hoy he mirado los ojos claros de la muerte”
Y he repetido, sollozante, la verdad revelada por un cholo peruano.
“¿Con que valor voy a hablar de psicoanálisis?”



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-San Luis- Argentina.









ANTONELLA*



Esa niña

Antonella

todos los días pulsa el botón del timbre de mi casa.
Extraño el sonido cuando no lo hace; un extrañamiento
de que el día no fue completo.
Esa niña sólo pide algo “pa´comer”. No otra cosa. Y reja
de por medio, marcando distancias entre su mundo y el mío,
trato de complacerla.

Es una niña que sólo pide.

Y aquí, enredado entre las tripas del día,
no percibo que sólo pide. Tal vez, sí, exija un poco de
atención; un reconocimiento de ¡Aquí estoy!, de “yo también soy
el mundo”.
Lo hace desde su inocencia infantil, desde su mirar de ojos amarronados,
pelo negro recogido, carita redonda.

Y, azorado desde mi edad, desde mi estar, sólo respondo a su pedir.

Respondo levemente, casi con vergüenza por los abismos de los mundos
de cada uno.
Un levísimo hilo hace de puente.
Su sonrisa es la que extraño
cuando no suena el timbre.



*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar









Lluvia terrorista*



El Gobierno de los Estados Unidos de América a declarado enemigo público a la Lluvia. Después de una ardua investigación, la CIA ha presentado un amplio dossier con pruebas en las que se demuestra las ingerencias de la lluvia en los secretos de estado. Tachándola de entrometida y curiosa, dice haber detectado que se cuela por todas partes, accediendo a los archivos más secretos y deteriorando pruebas y documentos.

Como medidas para la lucha contra ella, el Consejo de Seguridad ha ordenado que a partir de la fecha los expedientes y demás documentos de rango secreto se utilice únicamente papel secante y en casos extremos papel parafinado.

Como complemento a estas medidas preventivas, se ha puesto en alerta al departamento de investigación para dotar al país de medidas protectoras contra la lluvia, de forma que su concentración y su libre circulación no pusiera en peligro los secretos patrios. Al cabo de dos meses se presentó el producto diseñado para esta lucha antiterrorista, con su diseño y plan de implantación. Seguramente hará falta la aprobación de un presupuesto extraordinario por parte del Congreso, pero este escollo será fácilmente
salvado debido a la concienciación del pueblo en estos asuntos.

A pesar del secretismo lógico en estos temas, se ha podido saber que el nombre del producto propuesto es "Alcantarilla" y parece ser que se refiere a un aparato de hierro con rendijas que se aplica directamente al suelo.


*de Joan Mateu. joan@cimat.es







Aparición de la Otra*



*Cuento de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar



Aquel viernes la mujer cerró su estudio contable y viajaría a la costa sin manejar su auto. Ya saliendo de Buenos Aires en el último asiento de un ómnibus, a media tarde presintió el fin del verano. Ella andaba cerca de cumplir cincuenta años, temible divisoria entre mujeres, y aquello también rondaría la inevitable discusión que tendría con su marido en la casa de veraneo. Algo nada agradable.

Unos futbolistas en los asientos cercanos quizá le aturdirían el viaje pero el hombre a su lado, sobre el pasillo, le sonrió que los muchachos viajaban cerca y le ofreció acomodarle el bolso en el portaequipaje. ‘Sí, gracias’ dijo y no sospechó nada en la tibia demora sobre su mano. Por una hora larga fueron cambiando frases de ocasión: ella habló de su hija de veinte años y no mencionó estar casada con un político ‘siempre en campaña’, y el hombre, algo menor, reconoció ser un perpetuo viajante ‘por ahora en seguros’ y divorciado hacía mucho tiempo. El ómnibus iba a buen ritmo hacia cuando el día cae plomizo sobre el campo, y al descender el grupo futbolero y acallado el murmullo, los dos quedaron en el último asiento lejos y apartados del resto.

Al rato y tal vez no de improviso, el hombre le tomó una mano con decisión y le habló sonriendo ‘al fin solos’. Acaso ella fingió distraerse pero más bien nadie vería cuando él musitó ‘permiso’ al quitarle los anteojos. Ni apenas atinó al usual ‘¿qué hace?’ sin convicción al ablandar los labios al imprudente beso y como si obrara por reflejo, aflojó una mano hacia el pecho del hombre debajo la camisa. Se apartaron a mirarse en los ojos y ya retomaron el juego que les conmovería más allá de la boca, creciente impulso tras ocultos fervores que refrena la especie. ‘Nuestra pasión también somos nosotros’, le recordó esa otra mujer que contuviera ella.
- Carlos- pronunció él al separarse y rozar suave sus ojos con dos dedos.
- Daniela- pronunció por primera vez en tanto él ambulaba su mano infructuosa en destrabarle un cierre. Y de haber sabido eso, la otra, Daniela, hubiera vestido una falda liviana en lugar de ese incómodo pantalón vaquero, sonrió…

Bajaron en el primer pueblo y entraron a una hostería donde él solía dormir. Sin demasiado preámbulo, en la habitación Carlos se adelantó a moderar el agua para bañarse juntos y al quitarse íntegramente la ropa, ella se alegró que ‘la otra’ le dispusiera esa libertad. Y juntos derivaron a linderos con incitaciones que en sus sueños ella anhelaría traspasar. Sin apremios cada uno ahondaría la intimidad sin límite o precepto, hasta culminar en el primer temblor tan ajeno a misa y confesiones, y gloria de compartir aquel desborde entre desconocidos.

Desde empezar el viaje hubo horas en un tiempo sin medida relojera, y no por ser llamada diferente se sintió feliz. Ella o aquella imaginaria recién aparecida, amada con la intensidad que prometen los sueños, se convirtió en hembra plena con más gemidos que palabras en aquel regodeo de explorar socavones de su cuerpo. Y quizá tan sólo descubrieras eso, le diría Daniela…

Al anochecer pidieron algo de comer, coincidieron en dos copas ‘del mejor vino blanco frío’ y charlando con alguna ternura al paso, se durmieron. Tal vez abrazados por un rato. A la mañana el hombre prometió ver a un cliente y volver pronto, la besó al salir y le puso en la mano sus datos y teléfonos ‘por cualquier cosa’. Ella dobló la tarjeta sin leerla y al verlo irse la dejó por ahí. Después recompuso su maquillaje, acomodó sin apuro el bolso de mano y dejó la habitación.

- ¿A qué hora hay micro a Buenos Aires? –preguntó.
- En veinte minutos – le dijeron. Así que tuvo tiempo para un jugo de fruta y subir al ómnibus que llegó puntual.


(enero 2010)

*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.









Deseos*



Quisiera ser tu fiesta, una guirnalda de flores rojas que encienda las mañanas. Una mesa con manteles blancos. Mar cálido que te acune en el vaivén. Lluvia que limpia. Una negra bahiana que bambolea en su cuerpo la música del mundo y te guarda esencias escondidos en el escote. Para jugar al tesoro escondido. Puntillas, filigranas, agujeritos para espiar. Una voz para contarte como se viaja a Itaca en el borde del poema. Quisiera ser telas, una seda para las caricias, terciopelo para el roce casual, la carta de Seda para leerte por teléfono. La selva con su techo de hojas y la luz que se filtra y el rumor de los insectos y la flor abierta y el lugar entre los árboles donde te espero para leerte en las manos, antes de liberarse las caricias.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







EL LEGADO*



Confieso, te idolatraba, Janus.
Te veía llegar entre cerezos.
Con pan envuelto en diarios.
Con el agua del río entre tus manos.
Entibiando pezones y polleras.
Buscando un cielo de huertos y de siestas:
Durazneros, vendimias en las grutas.
Amaba tu calendario de arenas y lagartos.
De estrellas degolladas. De brújulas.
Tu piel era mi frente y tus manos mis ojos.
A veces sorprendía tus rostros pensativos.
Dos puertas. Una llave. Abierto corazón de niña.
Comienzos y finales.
Te veía llegar y ya temía tu partida.
Las puertas se abrían en las guerras.
Con la paz, venía tu partida.
Partido corazón, manos partidas.
Aun lastimas mis sienes con tu flecha rota.


Confieso, te idolatraba Janus.
Mas, nunca me entregué.
Nunca dije por ejemplo un te quiero.
No se si lo entendiste.
Mi forma de amor es el repudio.


Yo aun no comprendía y me dolía enero.
No comprendía.
Que traías un comienzo de claveles rojos.
Que en granate mutaba, finalmente.


Aun no entiendo la partida.
Pero, sé, vendrán otros eneros y el legado.
Rojo clavel granate.
Dos puertas, una llave...y el asombro.
Clavado asombro en los ojos de los niños de enero.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








EL VIEJO*

A esa historia que escuche en la radio del niño que veía y conversaba con su abuelo
que hacía cinco meses había fallecido.




Se llenó de polvo y silencio,
la casa que a puertas cerradas
dejó de latir una mañana.
Dicen que alguien vio cuando se alejaba,
lo hizo en medio de la noche silenciosa,
una luna testigo le guardó el secreto.
Su nieta lo observó por la ventana
de la amplia cocina donde ardía un hogar.
Volteó la mirada hacia donde estaba la niña
y a modo de saludo dibujó una sonrisa.
Esta fue la última vez que lo vieron.
Después la pequeña dijo: “abrió unas alas enorme y voló al cielo”.
Nunca antes le habían contado sobre la muerte de su abuelo.



*de Melisa Ferraris. flordeloto1980@hotmail.com








La historia del ángel niño*


Robertico


Sobrevivió milagrosamente, al menos en sus primeros doce años, al exceso de amor que sentía por él.

Era hijo del mayor de mis medio hermanos, su padre sobrepasaba a mi madre en algunos años... Yo no entendía mucho esto de tener nueve hermanos adultos. Mientras otros niños cargaban a sus hermanitos, a mí me presentaban sobrinos del doble de mi edad, algunos a través de fotos. Como la mayoría de ellos se interesaba bien poco por mi vida, terminé ignorándolos.

Roberto fue el único que me tomó afecto, le llamaba “mi hermano”, a pesar de sus canas. Miraba confiada sus ojos azules, acompañados de un aire de tristeza que no pasaba ni cuando sonreía. Era un miembro más de mi extraña familia. Tengo fotos de él jugando conmigo a las muñecas.

Su hija mayor, Cary, era una jovencita muy pagada de su belleza, me llamaba “tía” en tono de burla. El menor, Robertico, contemporáneo conmigo, sufrió de poliomielitis al año de nacido y quedó confinado a una silla de ruedas. Se decidió trasladarlo a la capital para ser sometido a varias operaciones; las de los brazos le dieron un poco más de movilidad, las de las piernas jamás dieron resultado. Los períodos de recuperación y rehabilitación, los pasaba en mi casa.

Yo no soportaba la idea de que mi sobrinito, con esa sonrisa de ángel, no fuera capaz de caminar. Me propuse lograrlo, ¡y vaya si lo intenté! Me gané buenos regaños por sacarlo de la silla, hasta que aprendí que debía dejarlo en su trono de rueditas... pero esto no fue suficiente: si bien no podía caminar, esto no le impediría disfrutar de los placeres de los demás niños. La madre, que se desvivía por él, solía decirme que yo era como un virus, porque contagiaba a su hijo con mi exceso de energía. Déjalo, Nenita - me decía -, él tiene que aprender a ser feliz tal como es.

Un día mi sobrino me vio salir de la ducha, envuelta en mi bata. Expresó su contrariedad por no poder hacer lo mismo; a él lo bañaban en la cama, sobre una sábana de hule, a base de paños tibios. Aprovechando un descuido de los mayores, lo introduje con silla y todo en el baño, abrí las llaves, y lo dejé disfrutar de la primera ducha de su vida. Recuerdo como aplaudía, a pesar de estar medio ahogado por la presión del agua. Tanto fue mi entusiasmo, que entré a jugar con él, bata de felpa y zapatillas incluidas. Nos descubrieron porque el agua comenzó a llegar a la sala. Algo ganamos: a partir de ese día lo dejaron disfrutar del agua corriente.

En una ocasión nos llevaron a la playa y me dio pena mirar como se le perdía la vista tras las olas. Nunca supe dónde se metían nuestras madres: fui arrastrando su toalla, paso a paso, hasta llegar a la orilla; ahí lo fui introduciendo en el agua, confiada en que mis brazos podían sostenerlo, sabía que los cuerpos pesan menos en el agua. Obvié que debido a su inmovilidad era un niño obeso... tragamos tanta agua que no fue necesario castigarnos; hablo en plural porque con el tiempo nos castigaban a los dos, a mí por las ideas y a él por seguirlas con tanto entusiasmo y no gritar pidiendo auxilio.

Pero nada se compara con la tarde en que, ayudada por mis amigos, logré bajarlo a la calle. Él se quedaba mirándonos jugar desde el balcón, y se limitaba a decirnos adiós cuando pasábamos en nuestros patines, carriolas o bicicletas. Aquella tarde me habían dejado con la enorme responsabilidad de cuidarlo… tuve cuidado de bajarlo sin un rasguño. Había pensado hacerlo feliz, y así fue al inicio. Mas, al rato, lo noto cabizbajo y le pregunto qué le pasa. Me señaló la competencia de carriolas a punto de comenzar. ¡No llores, Rober! ¡Ya verás! Hoy corres, con carriola o sin ella – afirmé empujando la silla calle arriba, a donde los muchachos del barrio se estaban colocando en la línea de arranque.

Al conteo de ¡Uno, Dos y Tres!, salimos disparados. Mi genial idea fue usar la silla como carriola, afincando un pie en la parte trasera, impulsándome con el otro, las manos firmes en las dos agarraderas, asegurando el cinturón de mi copiloto para que no fuera a salir disparado con el arranque. No pensamos en la posibilidad de ganar, la silla con su ocupante pesaban demasiado, pero no recuerdo haberlo visto tan contento, ni siquiera el día de la ducha.

En ese momento llegaban las madres, recuerdo haber entrevisto la palidez del rostro de la suya y la mirada de furia de la mía. El susto me hizo perder el control de nuestra carroza, que siguió calle abajo conmigo aferrada, ambos pies subidos al tubo trasero, pensando que aquel era el último día de nuestras vidas. Nos salvaron unos transeúntes que corrieron a detenernos, porque con el impulso y la velocidad que habíamos conquistado, no funcionaba ni el freno de la silla, ni mi inventiva.

Esa noche, con las posaderas ardiendo y frente al televisor apagado, nos miramos sonrientes.

- ¡Cómo me divertí! Pensé que me moría... lo mejor es que estabas ahí y no me dio miedo – susurró.
- ¡Yo también! – suspiré, reclinando la cabeza en su débil hombro – Hubiera sido lindo morirnos juntos...
- Cuando me vaya para el otro mundo, voy a irme contigo.

Una vez probado que no había cura para su mal, volvieron a su casa y no lo vi más que en las pocas visitas que hice a mi familia materna. La última vez fui con mi hijo mayor, entonces de dos años, quise que mi pequeño conociera aquel mundo fascinante, correteara entre aves, cargara corderitos, sostuviera en sus manos un cerdito chillón y escurridizo, mirara el mundo desde la altura fascinante del lomo de un corcel… pero fuimos a una finca lejos del pueblo. Vi a mi sobrino sólo media hora antes de tomar el ómnibus de regreso y esa media hora la pasamos abrazados.

No volví al campo y él no regresó a la capital. Nunca dejamos de escribirnos, de enviarnos postales, o de llamarnos.

Me enteré de su agravamiento, quince años después, cuando no me daba tiempo a llegar a su lado. Es uno de los dolores más fuertes que he experimentado. No quería dejarlo ir, no era justo. Esa noche, soñé que un ave volaba a mi encuentro y cuando le tendía las manos para recibirla, se elevaba hacia el infinito. Desperté y fui a sentarme en la sala, había entendido la señal.

No paré visualizarme tomando su mano, hasta que recibí la llamada que me trajo la noticia: su paso por este mundo había concluido, ahora era capaz de volar.



*de Marié Rojas Tamayo.






ELLOS USAN ZAPATOS DE DOS TONOS*



No importa si salen con el pie derecho
O con el izquierdo


Lo de ellos es trazar el territorio
La comarca que les pertenece
Revalidar la asignatura pendiente


Ellos hacen el país
La postguerra
La economía y las rondas nocturnas


Tentados por la hoja que silba
Se han sentado en las aceras
Miran pasar el cadáver de sus amigos
Y se juran la sangre
Que a veces mancha
Los zapatos de dos tonos.



*de Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu









MIL PÁJAROS DE FUEGO*



Esa mujer es una revolución.
De ríos subterráneos. De espejos. De volcanes.
Sabe que no ha nacido para.
Que no ha nacido de.


Que puede ser madre bendecida. Célula madre.
Amada. Venerada. Idolatrada.
Madre de mayo. Madre de alquiler. Puta madre.
Santa venerada. Santa bárbara. Santa Juana de Arco.
Hécate. Hechicera. Súcubo.
Que puede ser Lilith y expulsada de las sagradas escrituras.
Repudiada maldita. Amante descastada.


Sabe que puede ser paloma: tibia y quieta.
Que puede tener la fuerza de un león.
Que pude ser alondra. Camalote. Hiedra.
Que con su legua pude voltear un potro a latigazos.


Pero ella busca el fuego. El vuelo.
El trueno y las voces de las nubes.
Se encuentra con el infierno congelado del Dante.
Desempolva retratos. Genes. Sabias manos nudosas.
Cubre con cortinas de lienzo. Paradojas. Cerrojos y anatemas.


Y busca porque encuentra, encuentra porque busca:
Hoy le han legado mil pájaros de fuego.
Mil pájaros de fuego que caben en el hueco de la mano.
Mil trigales, mil esperas, mil estrellas.
El fuego la rodea, la rodean los vuelos.
Se alejan los inviernos de pedradas lentas.
De helados médanos. De chapas escarchadas.
De putas tristes. De borrachos alegres.
De rodillas rapadas. De piojos. De salitre.
De basurales con fábulas dolientes.
De hospitales. De esputos. De violencia.


Se revuelca en gloriosa soledad de orfebre.
Revive los pájaros y el fuego.
Toma, con manos frías, la lumbre, la llave y la bengala.
Mira como van cayendo, una a una, estrellas en el mar.


Cuando las noches se vuelvan oscuras profecías.
Allí estarán, lo sabe.
Allí estarán, al alcance de su vuelo.
El trueno, las voces de las nubes
Y el esplendor de mil pájaros de fuego.
...mil pájaros de fuego...



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






NIÑO DEL TREN*



A Carlos Ramírez Tamayo



Niño del Tren,
Nacido en casa tan pobre
Que no la abatían las tormentas:
Como ella, entre miserias, resistía.
A su lado, paralelas, las líneas escoltaban su mirada.


Acunado por la nana del camino de hierro
Soñaba partir rumbo a lo desconocido.
Esperando el momento de la huida
En busca de quién sabe qué destino no dictado
Por humanos.


Sabía - el canto de los rieles lo susurraba en su oído -
Que su hado estaba en el vagón aquel,
Inalcanzable y cercano,
Cargado de ajadas sonrisas.


Un día, subió a lomos de la bestia mecánica.
¿A dónde lo llevó?
Nadie lo sabe.
Sólo conocemos que viró crecido, feliz,
Iluminado.


La historia de lo que aconteció
Al que corría descalzo siguiendo los raíles,
Quedó en ellos.


El Niño del Tren no llegó siquiera a ser anciano,
Ni siquiera sus hijos lo recuerdan, mas
Cuentan las estrellas que el carril llora su ausencia:
Su triste canto
Arranca lágrimas a la madrugada.



*de Marié Rojas.
(1999)







LA CASA*


La casa ya no existe. Fue tirada abajo y no quedan sino algunos escombros entre los altos yuyales bajo un pequeño montecito de acacias salvajes, un par de higueras, tal vez del mismo origen, y, un alto sauce cuasi centenario, que es o debe ser, con seguridad, lo único que queda de la antigua doble hilera que venía del camino y directamente desembocaba en el patio.
Si la casa no existe, sólo yo estoy en condiciones de reconstruirla. Yo, o el “Pichón” Bucelli que la habitó casi treinta años.
Si empezamos por la cocina tenía una ventana que daba al sur, y debajo de ella un gran cajón de madera pintado de verde, que oficiaba de depósito de marlos para la brillante cocina económica, una Carelli Nº 2, que se fabricaba (y tal vez se siga fabricando) en la ciudad de Venado Tuerto. Si uno miraba por esa ventana, lo primero que veía era esa construcción de varias casitas para los ponedoras y las cluecas, una larga hilera de dos pisos, y un poco más allá los enrejados de palo que hacían de gallinero, todo debajo de un montecito de paraísos copiosos, y allá junto al alambrado que limitaba de un alfalfar fragante, lleno de florcitas blancas, las dos casitas de esos inmensos perros guardianes: el León (negro, mandíbula inmensa, tal vez una bull dog, y el Capitán, un hermoso “manto negro” de estilizada y vigorosa figura) . Estaban –ambos- con un collar y una gruesa cadena al cuello, sujeta a su vez por medio e una argolla a un largo alambre que se sostenía por dos estacas de hierro, bien clavadas al piso de tierra. Eran perros guardianes, muy de vez en cuando los soltaban, según me contaron, pero yo siempre los vi atados.
De esa cocina, siempre poniéndose de espaldas a esa gran ventana que traté de describir recién, saliendo hacia el patio, es decir hacia el norte, tenía tres puertas, a la derecha una que estaba cubierta de una cortina verde y se usaba como depósito de las ricas facturas de cerdo, bien fresca, con su pequeña ventanita que cubrían tres copiosos paraísos. Enfrente la puerta de la izquierda desembocaba en el comedor, que se usaba solamente para las grandes ocasiones.
La otra puerta daba hacia una habitación de paso hacia el patio, y con otras dos puertas que comunicaban a dos habitaciones más.
En ese espacio había un baño, y afuera una bomba de mano, con una pileta de portland donde se ubicaba un pequeño jarrito de aluminio, para beber agua.
Ya en el patio, algunos fresnos daban sombra y a la vuelta, hacia la izquierda y sin comunicación directa pero en el mismo edificio la habitación de los arneses, donde una pequeña cama de hierro y un baúl de inmigrante, daba refugio al lombardo Francisco Cantoni y a quien todos llamaban “Chiquín”, mezcla de mensual y protegido. Enfrente, el galpón para depósito de bolsas de cereal. Yendo hacia el este, y siempre en la misma construcción, el garaje donde se guardaba un pequeño tractorcito “Pampa”, con el color verde original de fábrica y un Ford T a bigotes, pintado de verde mugre, un verde casi color tierra, un verde muy triste, un verde muy solo ¿o era negro, como ordenaba su inventor John Ford? Se mezclan aquí los recuerdos. Pero eso, ya, carece de verdadera importancia.
El espacio de la quinta, todo verde, todo fresco, estaba justo frente a la casa cruzando el patio que orillaban los limoneros y las mandarinas. Esa quinta estaba siempre rezumando agua, no se si provista por un caño desde el molino cercano, o bien con una bomba de mano en el mismo centro de la quinta, entre tomatales, pimientos, tomillos, zapallitos y repollos. Pero me vuelve siempre en el recuerdo de ese breve charco, producto del riego tal vez excesivo donde merodean abejas y mariposas. Una nube de mariposas blancas y amarillas. Esa quinta estaba rodeada por un alto tejido en todo su perímetro, pero no era muy breve.
Hacia el monte el corral de los caballos que se usaban de tiro, de los llamados percherones, robustos y rústicos, con los garrones peludos, llenos de abrojos y restos de barro seco. Más allá el potrero de alfalfa donde pastaban al atardecer, hasta ser nuevamente encerrados en el patio, con sus grandes bebederos, junto al molino, con su vástago golpeando, sus inmensas aspas que el viento movía a voluntad. Su estrecha escalerilla que atraía como un imán, porque desde allí se veía todo más hermoso: los sembrados, los chiqueros, los potreros, y el techo de la casa donde un molinillo nervioso proveía fluidos eléctricos a una batería que llamaban “acumulador” y servía para cargar electricidad a la radio.
Inútil repetir que en esa chacra pasó lo mejor de mi vida, mis primeros doce años. Me llevaron allí de bebé porque mis padres eran juntadores de maíz, y en esas jornadas de meses vivíamos allí.
En el centro de la troja de maíz se elevaba un mástil de hierro altísimo, con su cable de acero para el carrito volcador de espigas, y a lo alto un trapo blanco, atado a una caña, que llamaban “la bandera” y se usaba para ser izada cuando el mediodía llegaba y había que cortar el trabajo para almorzar, Pero en mi caso se usaba también cuando yo lloraba como un chino y entonces llamaban a mi madre para que me diera de mamar. Como ven, fui siempre celoso con mi estómago, tal vez de allí nació mi ansiedad. De la espera hasta que mi madre rehiciera esos 300 o 400 metros que la separaban de la casa y que trataba de acortar con pasos ligeros.
De la hilacha más supina parte este recuerdo. Allí se reúnen: el molino, la quinta y la puerta de la tranquera del corral, desde donde se estiraba un solo hilo de alambre de púas para inducir a la tropa de caballos hacia el potrero donde pastaban hasta el atardecer y luego se los volvía a su lugar, donde dormían, frente a los bebederos. Como ese hilo era atado al poste de la quinta y luego quitado ya que era el camino a las parvas, un día tropecé con él y dí con mi rostro distraído, ya que montado en mi indómito corcel de caña era en ese preciso momento perseguido por toda una tribu de comanches. Reboté literalmente y con el rostro sangrante. Empecé a llorar y gritar, fruto más del susto fue por la breve lastimadura en la mejilla izquierda. Si hubiese ido mirando hacia el frente me habría evitado el susto, ya que conocía de sobre su existencia. “Pichón” y Domingo, que controlaban el desenfrenado tumulto de la caballada ya que olían pasto fresco me auxiliaron enseguida. Domingo me llevó ante la tía María quien me hizo las primeras curaciones y “Pichón” corrió hasta el mástil de la troja a levantar la “bandera” para avisar a mi madre. Era mediatarde y ella se preocupó bastante y vino corriendo. Al final, no era nada, sólo un susto y una breve cicatriz en la mejilla izquierda, que a veces se deja ver. Es decir no dejó ninguna consecuencia.
Pero la herida del alma, la que se siente en brasa viva cada vez más que cuando recuerdo aquella casa que hoy no existe y mi vida feliz allí; en los primeros cabales, doce años de mi vida, eso ya no tiene retorno. Y como supo rematar un poema Facundo Marull: “y es triste, en verdad, es triste”.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar









YO Y EL OTRO*



Al otro, a Rubén Vedovaldi, es a quien le trabaja el nombre o su eco. Yo camino por la vieja casa y me doy a ver como crece el lapacho rosado que me regalaron como bonsái y puse en libertad en la tierra del lote. De Vedovaldi tengo noticias por el correo, por Internet, por teléfono, y leo sus versos publicados en tal libro, en tal periódico, en tal otra revista. Me gustan las tetitas de las quinceañeras en flor, las piernas de las locas perdidas, el cine de Polansky, las canciones de los Betales y Almendra, el olor de una tira de asado en la parrilla, y la voces de Gelman y Galeano; el otro comparte o no comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Nuestra relación no es hostil, yo sobrevivo, yo despierto del sueño, para que Vedovaldi pueda estrofar su obra más o menos literaria y eso más o menos me justifica.
Ha logrado ciertas páginas más o menos válidas, entre montañas de hojarasca prescindible, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo aprobado ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y del siglo. Yo estoy destinado a perderme, y sólo algún instante de mí podrá trascender en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su viciada costumbre de juguetear con la lengua y el habla.
Heráclito entendió que todo cambia; la piedra antes no era piedra y después dejará de ser piedra; el río antes no era río y, si el planeta se calcina, dejará de ser río.
Yo he de quedar en Vedovaldi, no en mí (si es que alguien soy), aunque me reconozca menos en sus libros que en los de otras y otros o que en un solo salvaje de saxo.
Traté de liberarme de él, y pasé del delirio surrealista a la búsqueda de una síntesis, al ejercicio del estrato fónico y del significante, pero esos ejercicios y piruetas de estilo son de Vedovaldi ahora y tendré que idear otras para mi, para el estilo de mi muerte.
Mi vida es una estrella más o menos roja, más o menos difusa. Ni Dios ni el Diablo creen en mi. Todo lo pierdo en los basurales del mercado. Todo es del olvido o de la AFIP, o del otro.
Uno es descendiente de campesinos italianos, el otro se tiene que inventar su propia patria e historia.
Uno siembra y canta en el desierto, el otro recoge placer y dolor del cuerpo; desaciertos, desconciertos, melancolías y malentendidos. No sé cuál de los dos está más solo, más lejos.




*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar












Los genealogistas*









Juana, mi madre, ocupaba los días con sus noches en el asunto de la filiación y en la búsqueda se remontaba hasta la cuarta o quinta línea en la ascendencia de familias, que tenían en común un personaje eminente.



Su obsesión, lejos de decrecer iba en aumento, de proponerse un tiempo para el estudio de cada genealogía y respetarlo, pasó a investigar tres y hasta cuatro en forma simultánea, lo que le ocasionaba infantiles rabietas cuando se le cruzaban sus integrantes.



Los elegía al paso en su afán por encontrar al pariente ilustre, inaugurando la pesquisa con Nicolás Avellaneda porque vivimos en la calle que lleva su nombre y lo sentía caro a sus afectos. Al no hallar resquicio alguno siguió con Mitre, avenida del barrio, ubicada unas veinte cuadras al oeste. Decepcionada después de enterarse que éste fue vencido por aquél en las elecciones de l874, pasó a Virrey Olaguer y Feliú, cinco a la derecha, a quien pronto abandonó porque se sentía criolla a ultranza. Desviándose dos a la izquierda se enfrentó con San Martín y sin atreverse, siquiera, a fijar la mirada en el cartel de la calle, cruzó con los ojos cerrados y continuó dos más hasta Urquiza, a quien descartó por manifiesta prole.



Volvió sobre sus pasos y por Libertad salió a Domingo Faustino Sarmiento, se sintió molesta, no había terminado la secundaria. Retrocedió de espaldas una cuadra y dobló a la derecha hasta Hilarión de la Quintana, brigadier uruguayo, segundo de Santiago de Liniers, francés. Paralela a la anterior, cuatro al fondo, cinco con el pasaje. -¡Extranjeros no!- afirmó en voz alta. Ese día volvió a casa hecha una furia, más temprano que de costumbre.



Durante un tiempo se abocó al estudio de genealogías que tenía en carpeta, pero luego retomó el hábito de ir y venir por el barrio buscando los nombres y los hombres que le despertaran curiosidad. En sus caminatas llegó a las puertas de la Capital Federal. En este punto, lista a adentrarse en el intrincado laberinto de sus calles, se maravilló con la avenida Maipú, ancha, bien iluminada, de doble mano y varios carriles. Desesperada la encontré una tarde preguntándose a los gritos quien había sido Maipú, no dispuesta a aceptar que su nombre evocaba una memorable batalla.



Debido al acontecimiento que relato fue necesario internarla. Su comportamiento fue objeto de estudio, un trastorno difícil de tipificar, coincidían los médicos.



Supe por ella que la visitó en la clínica un prestigioso siquiatra venido de Alemania para asistir al simposio realizado en Las Leñas, sobre los avances en el tratamiento de la claustroágorafobia asintomática. El médico, enterado de su caso, no dudó en correrse hasta Buenos Aires para asistirla.



En su charla con el doctor ella le contó que no tenía dudas sobre su origen , la dificultad consistía en dilucidar de quien era tataranieta o, eventualmente, chozna. Y fijando su mirada penetrante en los ojos rasgados del facultativo, mi madre le preguntó si él no era su padre. El médico le respondió que no, dada la diferencia de edades, sesenta largos ella, alrededor de cuarenta él. Convencida por razón de tamaño peso volvió a la carga por el lado de la descendencia.

-Cuando era muy joven- le confió- mi primer marido se fue con mi hijo que hoy tendría su edad. –Doctor- inquirió- ¿cómo es que siendo alemán tiene usted ojos tan oscuros? ¿Tomaría a mal decirme dónde nació? ¿Tiene mamá? ¿Su padre viene de un matrimonio anterior, es morocho, usa lentes, tiene una mancha de nacimiento en la espalda?



Andanada de preguntas sin respuesta, no había forma de apaciguarla y que su interés derivara en otro tema. El médico, tal vez subyugado por la historia que le contaba, balanceando la cabeza, con gesto risueño -musitó-si-, un si para si mismo, de asombro por alguna coincidencia, quizás. -¡Sí! -le contestó ella con énfasis-. Un si obstinado, categórico, y llorando agregó. -Hace muchos años partió a Alemania llevándote, hijo mío, querido hijo, por fin te encuentro.



Emocionada por lo trascendente de su descubrimiento mi madre volvió a casa tranquila, bien medicada y feliz. -Ya no más investigaciones- me prometió y comenzó a escribir cartas y más cartas a un destino improbable.



Ayer, algo excitante ocurrió en el vecindario. A la casona de enfrente se mudó una familia que, a juzgar por el apellido es de abolengo. Por mi cuenta decidí investigar su genealogía y hoy, acompañado por el canto del jilguero, ya estoy planificando las salidas.



Bien temprano me llegaré hasta el Registro Nacional de las Personas, antes debo hacer algunas averiguaciones en la biblioteca Delom, mejor voy a la tarde, allí abren a las diez. En la Capital iré a buscar antecedentes a la biblioteca Nacional; tengo previsto, además, pasar por la Casa de los Inmigrantes y de estar en tiempo, a la vuelta me corro hasta el Archivo General de la Nación, sino mañana, que sólo debo visitar un par de Embajadas y el Registro Civil de Balvanera, completo lo que quede de hoy…







*de Ana Maria Diaz Velo. anadiazvelo@hotmail.com











GOTERAS*


Anoche llovió y no pude dormir. La tapa de la cafetera que es mi casa tiene una gotera y, por desgracia, ésta se encuentra exactamente sobre la cabecera de mi cama.

Ya sabía que eso pasaría, mi hogar lo encontré en la alacena de una casa abandonada, nunca me pregunté por qué dejaron esa cafetera ahí, ahora lo sé: Porque era una porquería.

Levanté el colchón, que tenía más agua que una sopa, y lo puse en la entrada a coger sol. Luego fui al baño para ducharme un poco y poner a secar la ropa. Estaba embullado mientras me lavaba, ya que me imaginaba arreglando la tapa de mi casa, dejándola como nueva; al terminar ya la cama estaría seca y podría dormir tranquilo; pero mi fantasía cesó al sentir un ruido en la entrada.

Salí envuelto en la toalla, con el jarro de bañarme en mano, dispuesto a golpear a quien me atacase. Abrí la puerta lanzando un grito de guerra mientras movía mi arma de forma amenazante. Solo que mi grito de batalla se tornó muy pronto en un alarido de histeria: El colchón no estaba.

Mientras me golpeaba la cabeza con la jarra, culpándome por ingenuo, encontré un zapato tirado en la entrada, al parecer se le cayó al ladrón al salir corriendo. Recordé entonces que esa noche, aunque reparara el techo, no podría dormir pues el piso es húmedo y las sillas son muy incómodas, incluso para una siesta larga.

Cerré la puerta de un tirón, diciendo barbaridades, y me senté a relajarme mientras me ponía hielo en la frente. Entre tanto, deseaba todo tipo de desgracias imaginables al ladrón.

Cuando me aburrí de despedazar mentalmente de varias maneras al ratero, encendí la radio para entretenerme y dejar de pensar en mi siesta de la tarde. Tomé algunas herramientas, anudé fuertemente mi toalla, subí al tejado y me dispuse a empezar.

El hoyo era grande pero eso no me importó, tomé una chapa de refresco que vi cerca y la puse de forma que tapara el hueco. No sabía como unirlos, hasta que se me ocurrió clavarlo.

Me costó algo de trabajo, pese a que el parche que empleé es de un metal suave, el de la tapa de mi cafetera no, así que varias veces me martillé los dedos, sin contar que la mano con la que martillaba se me entumeció.

Tuve que recurrir al método de ponerme hielo para calmar el dolor que sentía en las manos. Me sentía satisfecho de mi trabajo y lo admiraba orgulloso: La abertura ya no se notaba y no había forma de que entrara agua, lo único malo era que las puntas de los clavos sobresalían bastante, ya que eran de buen tamaño. Los tenía guardados para clavar la planta baja de mi casa al suelo si había un torrencial fuerte.

Ya era medio día, decidí hacer café para alegrarme un poco la tarde, además, la música de la radio no era mala y eso de estar en el sofá refrescándome con una cazuela llena de hielos me empezaba a gustar. Por desgracia me relajé demasiado y me quedé dormido. Al despertar sentí un olor raro...

- ¡El café, se me quema! - fue todo lo que atiné a decir antes de que la cafeterita explotara, al igual que la estufa.

Por suerte la detonación me lanzó a la calle y no me mató, pero por desgracia la toalla en la que estaba envuelto se enganchó en uno de los clavos que sobresalían del techo.

La vecina de enfrente me vio parado en la calle dándome golpes de rabia y, como era de esperar, llamó a la policía. Me llevaron a prisión por estar exhibiéndome ante un miembro honorable de mi especie... Ni que lo fuera, vive en una caja de zapatos pasados de moda y se cree importante porque se ha hecho un balcón techado con una lata de atún: mejor estar desnudo en plena calle que vestido con el horrible pañuelo de flores que ella usa como túnica.

Ya dentro de lo que sería mi hogar por unos años, vestido a la moda de los inquilinos de aquí, me acosté en el colchón que se encontraba en el suelo.

- Después de todo, la lengua larga de enfrente me hizo un favor - me dije para consolarme -, este lugar es más grande que mi quemada casa, me dan comida gratis y tengo una cama. ¿Qué más puedo pedir?

En eso pude oír que daban un anuncio en la radio, por lo visto uno de los guardias tenía uno portátil: uno de nuestra especie había muerto de forma terrible, una lata de atún le había caído encima. Al cadáver le faltaba un zapato, esto se sabía porque los pies eran las únicas partes sanas que sobresalían del amasijo envuelto en una tela de flores que había debajo de los escombros; en el sitio había sido encontrado un colchón húmedo, de tan buena calidad que había sobrevivido al impacto.

Esa noticia me alegró de forma increíble. Me dirigí al lavamanos y abrí la pila, tomé una silla que estaba cerca, me senté y metí la manos en el agua helada para relajarme mientras disfrutaba viendo mi nueva cama... al menos en la cárcel no hay goteras.



*de RAY RESPALL ROJAS.
(A los 15 años)








Reyes magos*

a mi hijo Manu


Cortamos un manojo de pasto verde
llenamos una lata con agua
y colocamos todo cerca de la puerta/
después nos sentamos a escribir la carta:
- ¿que le vas a pedir a los reyes?-
- justicia papá - me dijo
- no, pero eso es muy difícil -
- cómo, ¿no son magos? -
- sí, pero... -
- no me dijiste que pasan por el ojo de la cerradura
porque es más fácil eso/ a que un rico entre al reino de los cielos -
- tenés razón Manu, le pediremos justicia -
y cerré la carta con un "que así sea".


A la mañana siguiente
el padre de Carlitos
consiguió trabajo en la fábrica de papel.-




NOTA: hace poco me enteré que mi hijo menor, sabía la "verdad" sobre los Reyes Magos hacía mucho tiempo, cuando le pregunté porqué no me lo había dicho, me dijo: "no quería romper tu ilusión".


Un abrazo impetuoso.
*de Aldo Luis Novelli aldonovelli@yahoo.com
/desde los bordes del desierto.






SUSANA Y EL UNICORNIO*


A Eduardo Coiro y su hija Paula



Ese amanecer, cuando fue con su padre a la cuadra, se sorprendió al ver un unicornio pastando entre los caballos.

Le gustaba ir bien temprano para escoger el animal de su gusto; le complacía ver como los ensillaban y ayudaba a cepillar sus crines. Pero esa mañana se había quedado sin palabras, contemplando el brillo de nube de aquel ser de leyenda, mezclado entre los caballos que se alquilaban para hacer prácticas de equitación.

- A esta niña parece que los ratones le comieron anoche la lengua – le dijo el granjero - ¿A quién te ensillo hoy?
- Por favor, quiero que me ensille al unicornio.
- ¿Qué? – dijeron su padre y el granjero al unísono.
- Aquel blanco, brillante...

Iba a decir “del cuerno en la frente”; pero se percató de que nadie más lo veía.

- ¿El nuevo? – sonrió el granjero - No le habíamos puesto nombre; el dueño lo vendió porque no sirve como animal de tiro... las patas muy finas. Le pondremos Unicornio, si te parece bien, aunque no sé si se deje montar por una niña, es un poco rebelde.

Susana corrió junto al unicornio.

“Lo has visto, ¿verdad?”, le dijo él con voz que ella comprendió que nadie más escuchaba.

- Pero... ¿por qué yo?

“El hombre solamente puede ver aquello en lo que cree, por eso ha dejado de ver ángeles, demonios, hadas y unicornios. Al ser ignorados nos vamos adocenando, terminamos trabajando para él, hasta que un día nos llega el olvido. Cada vez somos menos, apenas quedan dos hadas, excelentes niñeras; un demonio se alquila en fiestas como tragafuegos, conozco un ángel trapecista... Soy el último de mi especie. Si alguien nos ve, nuestra tristeza aumenta, una niña que aún cree en la magia no puede torcer el rumbo de lo ya escrito”.

Susana no tenía palabras, se acercó y le acarició las crines. Él posó mansamente la cabeza en su hombro.

- ¿Quién lo diría? – dijo el granjero acercándose – ¿Probamos a ensillarlo?
- No sé... – dudó ella, mirando al unicornio.

“Acéptalo. Mejor que sea contigo”.

Hasta que el sol le anunció que era hora de regresar, cabalgó en el unicornio, sintiendo su paso que apenas rozaba la hierba, disfrutando su voz como música, descansando para verle beber del arroyuelo, sin saber como agradecer aquel regalo que le llegaba en los umbrales de su adolescencia, momento en que sería obligada a incorporarse al mundo de los mayores, mundo que su madre no supo aceptar y que ella tendría que asumir, aunque para ello tuviera que admitir que donde veía unicornios había caballos, que donde hadas, señoras paseando cochecitos de bebés, que donde ángeles vendedores de globos... “Dales lo que te pidan, amor mío”, le parecía escuchar la frase de despedida de su madre antes de emprender el vuelo.

“No querrás terminar como ella”, le decía alevosamente la vecina cuando la veía hablarle a las muñecas. Pero sabía que su madre no era aquella mujer sin expresión que languidecía en un asilo de dementes, aquello era sólo la cáscara que había quedado cuando voló su alma. Su madre, compañera de las hijas del aire, disfrutaba al verla cabalgar en un unicornio.

Su felicidad se mezclaba con lo irremediable: Al terminar sus vacaciones tendría que volver a su rutina y el unicornio sería un simple caballo de alquiler. Éste era un lujo que apenas podía permitirse dos meses al año, y esos dos meses tocaban a su fin.

- Te quiero - le dijo mientras marchaban en trote suave.

“Si de veras me amas, hay una cosa que puedes hacer por mí: trae mañana una lima resistente, de las que cortan las más gruesas cadenas”.

No dijo más, se encerró en un triste mutismo mientras era desensillado, llevado a la cuadra y encerrado en su cuartón. Allí quedó resplandeciente, inconfundible entre los caballos. Susana había comprendido.

- Vendré temprano – le susurró antes de marcharse.

Una vez en casa, comió apresurada y dijo que tenía sueño; el padre lo entendió, había estado todo el día cabalgando. Era un alivio la afición de su hija por los caballos, así podía adelantar los trabajos de mantenimiento del parque, sabiendo que ella estaba en buena compañía... La de él, a pesar de todo su amor, no era la mejor desde el día en que tomaron la decisión irrevocable.

La niña sintió los pasos alejarse de su cuarto y saltó de la cama, para ir de puntillas hacia la caja de herramientas. Tomó lo que había ido a buscar y regresó a dormir.

Era noche aún cuando abrió los ojos, sabía que los peones y el granjero llegaban al romper el alba, así que debía apresurarse. Con una linterna en la mano emprendió el camino, tan conocido que podía haberlo hecho a oscuras. Saltó la cerca con facilidad y se encaminó a la puerta por donde asomaba aquella cabeza tan distinta de las otras. No temía a las reprimendas, estaba saldando una antigua deuda del hombre con sus creaciones... Sin decir palabra, comenzó a limar la pesada cadena.

“Susana, ¿recuerdas que nuestra mayor tristeza es ser reconocidos?”

Ella asintió sin dejar de limar.

“Detente y mírame: serás el último ser humano en ver un unicornio”.

Ella obedeció, con lágrimas en los ojos, comprendiendo que la lima no estaba destinada a cadena alguna. Pensando en lo que sucedería si un poeta, un músico, un pintor, o quizás otro niño que había crecido entre cuentos de hadas, llegara un día a esta cuadra, o a cualquier otra - siempre sería atrapado - y distinguiera aquel unicornio ensillado, cabizbajo, trotando en círculos alrededor de la pista... “No se trata de ver unicornios donde caballos”, sentía la voz de su madre, “sino de ver en cada corcel el sortilegio del unicornio”.

- Entonces... – dijo, conservando aún una gota de esperanza.

“¿Te importaría cortarme el cuerno?”



*de Marié Rojas.







EL QUE VUELVE SIEMPRE*



Ellos han estado aquí desde siempre. Yo soy el que va y viene.
Cuando llego al bar del Club (“la sede” la llama el “Negro” Bonomi) están todos allí, como esperándome. Como si yo nunca hubiera partido, y cuando se recuerdan tiempos y cosas y yo hago mi esfuerzo por recordar y no logro ver aquellos rostros o rescatar aquella anécdota, mi amigo Miguel, con una casi ternura implacable, me advierte: “no, vos ya no vivías acá, ya te habías ido” yo, casi con culpa acepto esa disposición aclaratoria de mi amigo, que, lo sé, no lo hace para lastimarme, sino para que no hurgue en mi recuerdo con tanto inútil ahínco.
No sé si fui muy estricto con la verdad más arriba. Porque en verdad - siguiendo al Maestro Troilo en este caso- “Yo nunca me fui del Barrio”, que en este caso concreto y específico se llama “El Jazmín” y su camiseta, orgullosamente, ostenta los colores rojiblancos.
-Yo elegí los colores me repite siempre mi amigo Roberto Escudero, primo por otra parte del inefable Miguel.
“Cholo” Belluschi, de imbatible memoria para los que en el mundo han sido, titular del “Ramos Generales Belluschi”, gran contador de cuentos y virtuoso amateur del bandoneón, y gran organizador de partidos de fútbol de toda la pibada jazminera, en esta ocasión pagó riguroso el importe de las siete camisetas, y fue, no podía ser de otra manera el Delegado natural en todas las transacciones deportivas del equipo “El Jazmín”.
Cuando mandó a mi amigo Roberto al bazar “La Primitiva” de don José Bessone, padre de Ibis, esposa del mismísimo “Cholo”, es decir, a casa de su propio suegro a comprar las amadas camisetas, lo mandó, según mi amigo, para que él eligiera. Habrá que creer entonces en el libre albedrío que practicaba el “Cholo”, y en la palabra de mi amigo.
-Vi unas camisetas de Estudiantes –las vi, me gustaron y las compré.
Ël, mi amigo, tendría doce años, era hincha del Huracán Foot Ball Club, y esos son sus colores. Es más, esas camisetas de Estudiantes se usaba a veces en algunos partidos como alternativa a la rojasangre con vistos blancos que era la habitual.
Hasta aquí los hechos digamos “institucionales”, porque bien sabemos que un club en ciernes, aún con mero equipo, no existe hasta que todos se pongan la misma camiseta, valga la expresión, es decir, los mismos colores. Hasta entonces, por más voluntad que haya, es un triste rejuntado. El otro dato no menor, es que había tantos chicos que jugaban muy bien en el barrio que daba para armar tres o cuatro equipos, que se organizaban y jugaban con otros nombres, entre esa legión de “mulettos” estaba obviamente yo.
Como mi barrio, el barrio “El Jazmín” se alzaba con todos los campeonatos , una vez quisieron comprar al arquero. Un puesto donde curiosamente no había reemplazante. O era Adelqui Mansilla, o nadie. Como éste estaba lesionado recurrieron a un morocho taimado de otro barrio, que, pese al soborno no perdió el invicto. Le habían prometido diez pesos, y un pantalón de fútbol.
En el partido siguiente salimos campeones ya con nuestro legítimo y querido arquerito.
Ese equipo –lo recuerdo- jugó hasta pasado el límite que permitía el reglamento, por edad. “Ese pibe, está pasado en edad”, se decía cuando se quería descalificar a alguien. Pero no sé por qué no se recurría al trámite expeditivo del documento prueba incontrarrestable.
Pero sucede que estos campeonatos no eran sino reuniones deportivas de verano, organizado por la Cooperativa Agrícola Federal de mi pueblo, tanto para alentar a esos bravos muchachitos que irían a la canteras de los clubes locales.
En ese equipo –no olvido sus nombres- estaban Adelqui Mansilla, al arco, en defensa Héctor Pezzoni, a quien decían, nunca sabré por qué, “Loca mía”, Edgardo Santos (Santitos), “Nino” Míguez, Roberto Escudero. Y en la delantera goleadora y eficaz: Roberto Ellena (“El Flaco Lenita”), “Chocho” Faravelli y Lorenzo Miranda. Hay una foto que fue tomada en la cortada de mi casa, y están rodeados por toda la pibada menor: “Tago” Sánchez, “Chorchi” López, “Chajá” Correa, los hermanos “Pili” y “Toto” Míguez y un servidor.
Cuando pienso en aquellas épocas tan lejanas, que parecen imposibles de haber sido reales, lo hago con la intención de no idealizar aquella niñez de muchas carencias, que no olvido, sino que me empeño en recuperar aquellas pequeñas alegrías que para nosotros era un mundo y sobre todo lo hago para que vuelvan las que están olvidadas.
Es casi como querer rescatar de un gran puñado de cenizas, algún palito, alguna hierba que se salvó del juego implacable de los años.
¿Qué derecho tengo yo de traer del pasado tanta anécdota perdida?
Porque esas vivencias fueron en verdad compartidas por un grupo de chicos, hijos todos de gente de trabajo, obreros, changadores, jornaleros, que hacía como podían sus pininos en esta vida de dureza que todos transitamos con mayor o menor fortuna.
El barrio “El Jazmín”, mi barrio, el fue el núcleo donde tuve mi primer contacto con el mundo de los otros, que eran como yo. Antes que la propia escuela primaria que transité con sumo placer.
Y en esas calles, bajo ese cielo sin color casi del verano, transité, corrí, jugué, me entreveré con mis amigos, sudorosos y descalzos tras una pelota de trapo.
Y la gloria esperada era marcar ese último gol de la tardecita, cuando las sombras de la noche nos corrían antes que el chistido admonitorio de nuestra madre.
Y en esa gradación estaba la máxima gloria, vestir la casaca roja del Huracán: que traspiré más tarde en esa escalera.
A mí me hicieron saltar un peldaño: nunca tuve el honor de vestir la camiseta del barrio, y es en verdad irreparable, es para siempre y convengamos también que es una reiterada tristeza que llevaré siempre como una mochila en mi espalda.


*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar










Retirados, no del todo*



Si nos quiere, llame:
somos los veteranos de más de cuatrocientas guerras
sobrevivientes de incontables catreras de batalla
cada cual con su sello porno-trapecista
estelares acróbatas ensartadores
rudos domadores polimorfos
en protagónicos papeles lucimos
inagotabilidad y envergadura


o porno-asistencialistas (los demás de nosotros, de este gremio)
que con inclinación de aficionados encarnábamos "el pueblo"
los que cumpliendo sus contratos "de bolo" (o relleno)
nos prendíamos en orgías exponenciales
reservadas generalmente para los grandes finales
de los sucesivos porno-derramadores
de la fuente de la vida
ficcional.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





OCTAEDROS*


“El mar no es mas que un pozo de agua amarga…”
IDEA VILARIÑO



Una navaja.
Raspa la garganta de la noche.


Un pensamiento de cristales octaedros
Rueda por la pendiente de la desolación.
Nítidos contornos.
Aguas claras. Amor oscuro.
Una iguana con precario equilibrio
Incrustado tatuaje de ocho triángulos equiláteros
Ocho triángulos equiláteros iguales.


Y una duda, amor, miénteme.


El pensamiento se hace carne y sangre
Atraviesa el precario equilibrio.
Afuera, solo queda la cola de la iguana.
Y una voz.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar




*



Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 24 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor música del compositor español Tomás Garrido. Las poesías que leeremos pertenecen a Alfredo Pérez Alencart (Perú) y la música de fondo será de Tarpuy (Perú). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org


Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067




*



Inventren Próxima estación: EDUARDO CASEY.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar


INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar

miércoles, diciembre 30, 2009

EDICIÓN DICIEMBRE 2009.



*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL. (CUBA)


Letanía*




Será porque estoy sola,
Será porque es invierno,
Será que te deseo.

Será por este encierro…

Será que anhelo verte,
Será que me desmiento.
Será, tal vez, ¿quién sabe si sería?

Será porque no duermo,
Será porque te sueño,
Será porque despierto.

Será porque ahora llueve,
Será porque no vuelo,
Será que aquí no nieva.


Será porque estás lejos,
Será que escapa el tiempo,
Será que siento miedo.


Será, porque te amo…


Será porque estoy triste,
Será por no saberlo,
Será, alguna vez, ¡quién lo supiera!

Será que nada espero,
Será porque no sabes,
Será porque estoy viva.

Será porque no sé cómo decirte que te quiero.



*de Marié Rojas.






De LA PALOMA PERDIDA



POEMA I*


El principio
está en algún lugar
aun que unido a otro principio.
Raros malabares
construyen cruces con ellos,
se tocan, se sienten.
El sentir contornea un nido
que arrulla lágrimas reprimidas
que se mueven medrosas buscando un hombro
donde reposar tristezas.
A veces son esperanzas encarceladas
que invocan la libertad
bajo algún signo.
Por una cruz surgió la coincidencia nueva
creando entre dos el infortunio.
Largo camino fue la búsqueda
de la puerta abierta
al infinito.



POEMA II*


Una enorme caja de Pandora
fue necesario abrir
para explicar los signos.
Pero no estaban todas las verdades,
sólo algunos credos
y otros mitos.
Pudimos entender que la existencia
valía la pena,
por mí, por ti,
tal vez por sí misma.
Debíamos bañar en mar las dudas,
tostar al sol egoísmos troquelados,
blandir una bandera sin fronteras,
al abismo arrojar resentimientos.
¡Qué difícil ocultar las llagas,
secar la sangre con salitre líquido!



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








Saliendo de la escuela nocturna*



El frío ganó las calles
habita el silencio
roto por asincrónicos ronroneos de vehículos
rumbo a mejor cobijo.
La ciudad duerme.


Unas muchachas ofrecen sus servicios
-no estoy excluido del ofrecimiento-
en esquinas precisas de la urbe.
Años que paso y están.
¿Qué habrá sido de aquellas, hace 20/
años?
¿Qué será de estas en 20 años?


Un grupo de niños, sobrevivientes
anudan la noche y el frío
inhalando el espíritu oculto en bolsitas
¿Qué cuántos son? Quince, uno más o menos.
Y yo en medio de ellos
¿Qué puedo hacer?


La ciudad, duerme.




*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar





La caricia*




Estaba en la cama con el camisón blanco de seda que era el preferido de su marido. Le gustaba esperarle mientras se lavaba los dientes, completaba su higiene y se ponía el pijama en el cuarto de baño. Reconocía cada uno de los sonidos y mentalmente los iba identificando como si de un ritual se tratara.

El hombre asomaba por la puerta y se acercaba a la cama, la besaba dulcemente en la frente y bordeaba el lecho hasta su lado que tenía las sábanas primorosamente abiertas en un triangulo perfecto. Se introducía en la cama y se acercaba a ella con aquel aplomo y sensualidad que le hacía desearlo y entregarse.

Una vez compartido su amor, se retiraba a su lado y apoyaba suavemente el codo sobre ella. Este gesto la complacía tanto que no hubiera podido dormir sin que lo hiciera. Tener el brazo de su marido sobre ella la confortaba porque entendía que era algo natural, íntimo y que establecía una complicidad entre los dos.

El hombre cerraba los ojos descansando el cuerpo sobre el mullido colchón, y pensaba en la suerte que tenía de estar casado con aquella mujer que nunca había protestado porque le apoyara el codo en su vientre. Se lo agradecía en silencio cada noche porque era la única manera de calmar los dolores de aquella lesión que se hizo en el codo jugando a tenis con su amante.




*de Joan Mateu. joan@cimat.es






Acaso fuera otoño*



*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar



Mi soledad hoy convoca al color de unos ojos,
y a un húmedo paisaje de arroyo y arboleda.
Inicial abordaje entre cuerpos flamantes
de pieles imbatibles y una fuga de pájaros.


Las voces que dijimos son pasado perpetuo
porque el ayer no otorga ni el más leve latido.
Después, habremos sonreído al abrochar tu falda
y jamás olvidarnos, tomados de la mano.


Quizá la noche seguiría detrás de nuestro paso
y tal vez fuera otoño. Tampoco lo recuerdo.


Cada inicial acorde del ‘amor para siempre’,
lo mismo que tu nombre se ha vuelto desmemoria.
Esa despótica más cruel que el mismo olvido,
que a veces nos apiada y nos perdona.


(dic.2009)

*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.





DESMURAMOS*


“La poesía empieza allí, donde la última palabra
no la tiene la muerte”
ODYSSEAS ELITIS




Ya no quiero más muros, corazón
Pircas, de ideas, de silencios ¡Tantos muros, tantos!
Condenada al muro de lamentos:
A un campo santo de ausencias y distancias.
A una horda de olvidos. A manos separadas, a un pañuelo negro.
A la esquizofrenia. A un basilisco multicéfalo.
A la placidez embriagada de la adormidera verde.
A un yacuzi sin agua, con algas babosas y ojos de pescado.
A un galeote. Sin remos. Sin rumbo.
Sin bandera.
A un buitre con cara de rectángulo.
Convidada a comer entre los muertos.
A un viejo verso aprendido en mi infancia
“Piden pan, no le dan; piden queso, les dan hueso
y les cortan el pescuezo”
A una torre de Babel. Ignorado. Ignorante. Ignoto.
A un león domesticado, con su lacia melena peinada por Giordano.
A una vaca cansina con sus ubres repletas y el ternero muerto.
A una actual Sodoma en el mar muerto.
Sin Viagra. Sin Champagne. Sin siliconas.
A un pastor sin rebaño. A una noche sin luna.
A un poeta sin versos.


Desmuremos, mi sol.
Desmuramos.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Olvidados del Límite Central*




Mi mascota es una col.
Todos los días le saco a pasear
Y a ella parece agradarle.


Mi mascota,
Que es una col,
Gusta el recordarme tu piel
Cuando le encuentro
Dormida sobre mi cama.


Luego la bajo a reprimendas
Y se esconde detrás del sillón
Donde algún día ella escribió
Tomando un crayón con sus hojitas tiernas:
"Así son las cosas"



Pero yo sé que un día alguien las entenderá
Y podremos decir:
Hay quien las entiende.
Y mi col y yo
Iremos a visitarle.



Mi mascota,
Una col,
Conoce tu nombre de memoria
Y al escucharlo el corazón verduzco
Parece salírsele entre saltos:
¿Qué sería de ella
si conociera tu etéreo aroma moreno?



Mi col sabe leer los libros del estante
Que está al fondo de la morada.
Sabe lo básico del Comunismo,
Y cree en la generación espontánea.



Para mi col,
Toda una vida cabe en una semana.
Aunque desconoce los detalles del primer día
Que resbaló de tus manos,
Por haber llegado al día siguiente.




*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






SOY *


“Dios dijo: Ama a tu prójimo, como a ti mismo.
En mi país el que ama a su prójimo se juega la vida.”
GIOCONDA BELLI -Nicaragua



Soy mi Dios.
El que decide los tiempos de mi lengua.
Tiempos de bonanza. Tiempos de sequía.
El que permite mi preñez de oveja negra.
El que ve más allá de los silencios.
El que rompe los breteles de la silueta ingrávida.
El que todo lo puede cuando no puedes nada.
El que enciende, implacable, los cirios de la aurora.
El que da vuelta el rostro cuando tu miedo implora.
El que corta cabezas.
Sandías recostadas a la vera del sueño.
El que tira cenizas donde duerme la lluvia.
El que corta la mano y el anillo.
El que lo engarza en un muñón de jade.
El que patea el último perro, en su última noche de agonía.
El que copula con la extranjera muerte.
Y la besa y la ensalza y la vuelve ventisca.
El que tira el tarot con los santos evangelios.
El que sabe que soy bruja, prostituta y madre bendecida.
El que deletrea los signos de mi nombre.

Soy mi Dios. Mi único Díos...y mi único Demonio.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar









Etimología*




Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos.

Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a una de sus innumerables conferencias.

En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.

Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."

"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier - "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"

La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.





*de Joan Mateu. joan@cimat.es








no dicha*




y si alguna vez

una palabra no dicha

nunca dicha

que no sea dicha

hallara el intersticio entre silencio y milagro

del segundo antes de decirlo

de la hora precedente al impulso

del siglo antecesor de la desgracia

del infinito ancestral de todos los tiempos humanos

que andamos errando?



*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com




*



¿Vendrás a buscarme
en barco de papel
o en nube rosada?
Tal vez me separes
de mi ensueño nocturno
con prepotente gesto.
No puedo imaginarte
aunque a veces llorando
reclamo tu presencia,
tu rostro está vedado
por designio del Supremo
que te ordena y te oculta.
Quisiera te anunciaras
con la flor negra del rito
tiempo antes, sin apuro



*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar







PLUMAS EN LA LUNA*




Vivía yo con mi familia en un clásico barrio, cercano a las vías del tren.

Todas las tardes, al volver de la escuela y después de la merienda, nos juntábamos los chicos de la cuadra.
Todos guardábamos en algún bolsillo un pedazo de torta, algún bizcocho, o simplemente un pedazo de pan. Y para allá corríamos a la tapera de Pancho, debajo de un árbol al lado de las vías.

Pancho era el linyera, el “croto”, como le decíamos en mi infancia, que todos queríamos y para él vaciábamos nuestros bolsillos.
Debajo de una descuidada barba, que podría ser blanca, sus mandíbulas, con increíble y buena dentadura, trituraban con fruición los dulces, mientras convidaba trocitos a sus cinco compinches, cinco perros flacos y pulguientos que lo acompañaban en sus aventuras por las calles de la ciudad y cuidaban de las estrafalarias pertenencias de Pancho.

Alto, flaco, algo encorvado, de caminar lento, ojos claros casi escondidos bajo las tupidas cejas, de largos cabellos atados a la espalda con un piolín, Pancho tenía una mágica atracción para nosotros. Sentados en rueda a su alrededor, escuchábamos sus relatos y nuestra imaginación se regocijaba con las aventuras que nunca pusimos en duda. Si el tema era estar frente a un león, en plena selva, creíamos en sus poderes de hacerlo volver a su guarida sin chistar.

Antes que oscureciera, nos despedíamos de Pancho, asintiendo a su orden de portarnos bien y hacer los deberes.
Una tarde, lo encontramos ocupado en raros artefactos de alambre que, nos dijo, serían alas para volar hacia la luna. Nos pidió le lleváramos plumas, y al otro día, todos los chicos aportamos una buena cantidad de ellas.

Las gallinas se habían alarmado de nuestro ahínco en limpiar de plumas los rincones, y alguna de las pasaban cerca, sintieron los manotazos.
En mi casa no había gallinero, pero abuela Sofía, como buena idish, tenía un acolchado de plumas que trajo de su país, que misteriosamente quedó menos abultado.

Durante una semana asistimos y aportamos a la realización de las grandes alas que ya tenían buenas formas.
Una fuerte tormenta nos mantuvo en nuestra casa, y al otro día, cuando llegamos a la tapera, sólo encontramos algunas plumitas embarradas y los perros, que nos saludaron con alegres ladridos, mientras comían lo que había en nuestros bolsillos. Pancho no estaba, tampoco las alas.
Volvimos durante unos días, en especial llevando algo de comer a los perros, que ya no eran cinco. Algunos también nos habían abandonado.
Mamá, notando mi tristeza, una noche de luna llena me invitó a mirarla, y descubrimos las barbas de Pancho. Me alegró mucho saber que había llegado.
Hoy, ya hombre, intactas mis emociones infantiles, levanto mis ojos hacia la luna y mi corazón se comunica con Pancho, alejando por unos minutos los ingratos sucesos de este siglo XXI, cada vez más agobiante.

Comparto la ilusión con mis dos hijos que olvidan sus guerreros y monstruos electrónicos y apaciguan sus fantasías escuchando, por enésima vez, alguna de las aventuras de Pancho, que ya incorporaron a sus recuerdos. Por supuesto que conocen de los cráteres de la luna y su gaseoso entorno, pero nos entibiamos el espíritu y por unos minutos vemos las barbas, y tal vez, algún guiño de Pancho, que todavía, a pesar de los años, deja deslizar alguna plumita, que encuentro debajo de un árbol o posada, etérea, sobre las violetas del jardín.



*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com







HISTORIAS*




El arcón de las ausencias

deja asomar historias,

pequeñas y largas historias

inconclusas en el tiempo.

Contarlas no tiene objeto,

serían olvidos negados

por quienes nunca partieron

en busca de un unicornio blanco.

Y echarlas a volar al viento,

se confundirían con palomas

pero al volver no habría nido

que protegiera su insomnio.

Así que cierro mi arca

y acuno historias de olvido.




*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





LO INEVITABLE DEL OFICIO DE POETA*


A Tolo Adrover



Alguien sueña con un amor que dejó en Praga,
La vieja ciudad ha olvidado ya sus pasos;
Un suicida echa un poema en una botella,
Sin saber que un día, un fragmento de su botella será perla.


Una amiga habla con Dios, allá en su cuarto
Y Dios no la escucha, está dormido,
Cansado de tanto error de sus criaturas, duerme...
Yo batallo contra un verso que me acosa:
Leer poesía contagia a escribir poesía.



Me persigue una historia de pozos, brocales,
La imagen de dos que se juran amor bajo la luna.
Cuando parte la diosa tras la nube,
Permanecen abrazados junto al brocal.
El reflejo que se ausenta del pozo, no lo sabe:
La luna es sólo un astro inhabitado.


No cuenten esto a los amantes,
Dejen que esta oscuridad les pertenezca,
Porque el mañana pertenece a dioses sordos...



Permanezco atada al poema, no quiero saber
Qué fue de los amantes, no siempre los finales son felices.


Es demasiado amplio el cielo para el vuelo de un ave
El alma abarca más cuando se pierde.
Ansío volver a aquella página...



Si no hubiera un Dios… sin Praga, sin la Luna,
Nos queda la vida, el insomnio, el hábito, el oficio,
El “no saber qué hacer si no hago un verso”.


Y aún si marchasen los recuerdos,
Si no quedaran siquiera nuestros nombres,
Tomemos un poema, uno cualquiera:
Leer poesía es buen remedio.


*de Marié Rojas.
(2004)






EL GRINGO*



a la memoria de don Lorenzo Tossini
a Fanny y Edgardo



El hombre dejó la lapicera de pluma cucharita sobre el tintero de mármol que reproducía un motivo mitológico, pasó el papel secante sobre las últimas cifras escritas y cerró ese inmenso libro de tapas duras donde con letra perfecta y números parejitos asentaba a diario, desde hacía cincuenta años, los movimientos comerciales de la casa cerealista .
Tomó de la percha su sombrero oscuro y se lo calzó, verificó que todo estuviera en orden, apagó las luces, atravesó el gran salón donde funcionaba un almacén de “ramos generales”, totalmente en sombras ahora, apenas iluminado magramente por los haces intermitentes de la lamparita que bailoteaba en el centro de la esquina y salió al exterior.
Era siempre el último en irse, cuando ya el resto del personal hacía por lo menos dos o tres horas que lo había hecho.
Al salir a la calle, un viento helado le cortó la cara y lamentó no haber traído un sobretodo, aunque más no fuera esa manta de vicuña que le había regalado para un cumpleaños doña Celia, su esposa a quien había conocido púber y le había dado dos hijos: una mujer y un varón.
Enfrente de la cerealera estaban las vías y si cruzaba sesgado y a la izquierda, se toparía con la estación de trenes, bajo la sombra cerrada.
Va a pisar entonces ese inmenso durmiente que oficia de escalón para ascender a la plataforma cubierta de granza rojiza, y luego sí, el ruido agradable que harán sus zapatos sobre el piso que luego de la granza se transforma en silencio de grandes baldosas grisáceas.
Sorteará el molinillo, desembocará en la pequeña plazoleta de palmeras escuálidas que rodean un aguaribay coposo, cruzará la calle desierta del invierno y sin mirar los grandes letreros de la tienda Blanco y Negro, haciendo ochava con la ferretería de Titín Pozzi, caminará cincuenta metros y allí estará su destino: el Club.
Como no tiene sino que cruzar la calle para estar en su casa, a la hora de cenar, su esposa mandará a alguien a buscarlo o ella misma se llegará hasta allí y lo distraerá de su partida de truco, para decirle que la cena se enfría.
Luego de cenar volverá a hacerse otra partida –esta vez de póker- y por dinero fuerte.
Es proverbial su frialdad para el juego: nunca lleva más que un billete de los grandes, si gana se queda y si lo pierde se va a dormir. Es una conducta. Nunca insistió frente a la suerte esquiva. Puede por lo tanto, quedarse cinco minutos, cinco horas o cinco días jugando.
Cultiva un nada deliberado perfil bajo: no fuma, no bebe, no tiene automóvil, ni sabe siquiera conducir, pero todos saben que es un caudillo respetado en el pueblo.
En su vida sostuvo tres pasiones: el peronismo, el club del que fue fundador y el juego de azar. En el 46 fue electo presidente comunal por el Partido Laborista, y del club fue varias veces presidente y su principal aportante de dinero. Pagaba de su propio bolsillo algunos jugadores en cada campeonato, cuando era menester reforzar el equipo.
Nosotros, de chicos, deliberadamente merodeábamos al heladero en la cancha –el inefable “Chelita”, cuyo apellido se me perdió en la memoria-. Era un muchachón rubio, de cara redonda, siempre vestía de blanco como compete a un auténtico “heladero”. Llegaba con su triciclo también blanco voceando sus “cremas heladas Laponia”.
Cuando el hombre entraba y nos veía arracimados ahí, sin una triste moneda, nos preguntaba con aire inocente:
- ¿Y pibes, de quién son hinchas ustedes?
-¡De Huracán, don Lorenzo! Gritábamos casi al unísono, sin vacilar.
Y él, sonreía, feliz.
- A ver pibe, - ordenaba a Chelita - una vuelta para todos!
La tarde estaba salvada y aunque suene a herejía, era casi una anécdota el resultado del partido ese día. Nosotros estábamos hechos.
Su gusto más grande era ver la sede del club siempre llena de gente, aunque eso afectara su propio bolsillo. Y las anécdotas llueven a la hora de graficar su generosidad.
Cinco colegios de los pueblos vecinos vienen al club al desarrollar una competencia de voley femenino. Delegaciones de chicas del último año de la antigua “escuela media” se arremolinan con sus ropas chillonas, sus cuerpitos perfectos, sus gritos y sus risas llenando la cancha de básket.
Llega don Lorenzo y pregunta al conserje que tiene la concesión del bar del club:
- ¡Qué pasa Carluncho?
- Juegan un campeonato de voley, don Lorenzo...
- Bueno. Yo invito a la merienda.
- Mire que son casi ciento cincuenta las pibas, don Lorenzo...
- ¿ Y qué? Vamos a andar con chiquitas en el club acaso?
- Está bien, don Lorenzo, como usted diga.
Y mi amigo el Nene Croatto me cuenta otra. Cuando pasaban películas o había función de teatro en la sala y él estaba vendiendo entradas en la boletería, se le aparecía siempre don Lorenzo, a última hora, a veces en pijama y le preguntaba:
- Y pibe, cómo anda el “borderó”?
- Y, medio flojón, don Lorenzo
- Bueno, sumalo a lo que hay entonces.
Y sacando la billetera ahí nomás arrimaba una suma a veces mucho mayor que la que mi amigo había recaudado.
Juan Carlos Lallana, un crack internacional que salió de nuestro club me refirió esta anécdota.
Se avecinaba un clásico y el Gringo (o el “Tigre” como lo apodaban algunos) lo llamó aparte.
- ¿ Y, Lallana? ¿ Ganamos el domingo? Mirá que yo le juego fuerte al equipo...
- Métale don Lorenzo, somos fija.
El resultado nos fue grato. Les hicimos tres goles –dos Lallana y uno el Negro Duran – a los albiazules.
Ya en el vestuario, el gringo se le acercó a Lallana con un puñado de billetes que puso en una de sus manos.
- ¿Y esto, don Lorenzo?
- Es para vos. Te los merecés.
- ¡ Pero no se lo puedo aceptar, es mucha plata!
- Mirá pibe – le dijo, paternal, el Gringo – yo gané mucho más, así que agarrá y no se hable más del asunto.
Eran cinco billetes de 500 pesos de entonces. Lo que Lallana ganaba jugando todo un campeonato.
Corrían los últimos meses del aciago año 1955, grupos contrarios a Perón y obviamente al Gringo, presentaron una lista opositora en las elecciones a presidente del club.
El Gringo les ganó las elecciones con más de 600 votos contra 72. La cosa estaba muy álgida, la política separaba las familias y hasta se metía con sus pasiones en las internas de los clubes del pueblo (nuestro caso no fue el único).
Ellos se fueron, y como era gente más pudiente del club, le compraron un local a don Bernardino Giglio, quien acababa de cerrar su almacén de ramos generales. Se había jubilado y se iría a radicar a Rosario. No era cualquier local, allí había funcionado un hermoso teatro, el primero que tuvo el pueblo, en la década del veinte.
Pero no crecieron nunca y además en el pueblo durante décadas se los llamó “El club de los setenta y dos”. Hoy el teatro sigue inactivo y solo funciona el bar, donde algunos van a jugar a las cartas y a comer la mejor pizza del pueblo, que a la sazón cocina uno de los hijos de Omar Bellini y de mi amiga María Elena Paggi.
Después de treinta años hubo algún acercamiento que truncó la muerte del Gringo.
No se pudo dar el último gusto: reunir otra vez en el club de sus amores, pasión de su vida, a los fieles y a los díscolos.
Sólo esa gran alegría le faltó para morirse tranquilo, a este hombre que pudiendo gozar del dinero que ganaba como socio gerente de la Casa Arregui Hermanos y Cía, prefirió hacerlo rodar como una gracia que dan los hombres a la generosidad.
La misma que hoy hace imborrable su recuerdo en todos los que lo conocimos.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar










CASBAS*



En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.
En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un expreso de medianoche.
Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.
Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén sin trenes.
Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aun. Todavía hace falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.
En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que ahora se que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.
La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí.

No necesita transporte para escapar hacia adentro.







*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com









Exilio y metáfora*

(Los puentes de Fayad)


*Por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com
http://juliopinomiyar.blogspot.com



El poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875 - 1926) escribió que “lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible”. Saber ver, contemplar hasta el fin, allí donde cada primavera nos revela su misión, aquí donde las cosas nos muestran su horror, es la tarea esencial que hace de la poesía un modo de estar en el mundo y de entregarle una justificación a la existencia. Por eso el poeta necesita de los versos, son vehículo de algo que de otra forma jamás podría ser expresada, y donde se hace visible su extraordinario periplo en vías del lejano sueño de sí mismo.
El poeta católico cubano Cintio Vitier (1921 - 2009), escribió que, “en todas las teogonías el hombre es siempre el expulsado”. Existe un credo milenario sobre la condición humana que nos fue remitido mediante un plano simbólico -¿literario?-, el cual relata el origen dramático del cosmos y la vida. El cielo, en su inaccesibilidad, se convierte así en la suprema metáfora concebida por el hombre; entre tanto, todo expulsado es un buscador de significados, alguien a quien el extravío de su existencia no le ha hecho olvidar completamente la antigua condición de su naturaleza. Es la experiencia del exilio la que mayor concomitancia posee con ese hondo sentimiento metafísico, con esa alegórica caída al abismo que en El Antiguo Testamento se representa como la pérdida del paraíso, la devastación sucesiva del templo en Jerusalén y el éxodo varias veces repetido. Las piedras de Jerusalén que son lanzadas sobre los cuerpos de los inocentes, configuran la memoria cristalizada de esa excomunión original; la metáfora devuelta a su realidad primordial de guijarro.
Hay un exilio nuclear para los poetas que se establece como escenario providencial de la Modernidad literaria y artística: París. Pero obviamente, París no es Jerusalén, podría ser, incluso, su antípoda. La Ciudad de los profetas resuelve su significado como resolución en la tierra del cometido del cielo; allí se va a orar y a acercarse al sentido ulterior, transmundano de las metáforas, mientras se hace patente la ausencia que dejaran siglos de silencio y de muerte. Si Jerusalén sobrevive en el sueño abstracto de las tres grandes religiones monoteístas, París, sensual y pagana, disfruta, por su parte, de ese politeísmo típico de una profana Modernidad cultural. Sin embargo, hay un modo especial de sensibilidad que, en ocasiones, colinda con el sentimiento metafísico propio de las religiones y, a veces, no hay nada más significativo que el contexto en el que el artista ha decidido inscribir su sensibilidad y sus búsquedas estéticas más originales. De esta manera, las persistentes lloviznas sobre los rojos tejados y la frialdad de las brumosas mañanas parisinas, evocan la fe nacida en los días inclementes de Jerusalén. Julio Cortázar definió la Ciudad de un modo con el que puede ser también definida la Ciudad de las tres religiones: “una inmensa metáfora”. La simetría es exacta: Jerusalén es el mítico lugar de la expulsión; París, ese no menos mítico lugar en el mundo donde van los expulsados. La Ciudad del Sena es un lugar fundamental porque en ella nada -ni siquiera el dolor- es ajeno. Por eso, cuanto se dice de París deviene en expresión alegórica, incluyendo las formas más simples y elementales de la vida; un sitio donde la mirada moderna reconoce en cada signo los designios de su propia conciencia cultural, de la misma manera que la llegada de las primeras lluvias y la caída de las últimas nieves, anuncian el retorno invariable de la primavera.
En París uno de los más importantes poetas cubanos de la segunda mitad del siglo XX, Fayad Jamís (1930 - 1988), escribió en su poemario Los puentes, lo que podría ser tomado como una anotación efímera, casi circunstancial, pero que revela el espíritu mismo de su relación personal con la Ciudad y que fue expuesto en el más elemental y mundano de los versos: “(…) alguna vez la lluvia arrastrará las hojas secas”. Un verso como este parece anunciar la aparición de los poetas conversacionales, coloquiales, en el sentido que lo pedía Antonio Machado: la más simple y, a la vez, la más íntima de las alocuciones. Vuelve a decirnos Fayad a la manera de un paseante solitario que anota en su cartera de estudiante sus visiones, como un boceto perdurable del vasto cosmorama en el que se inserta por derecho su poesía: “Esta mañana el Sena corría/ bajo los puentes como un camino solitario/ las flores de los álamos caían sobre el agua gris/ Los mendigos dormían al sol en la orilla (…)”
Fayad, nacido en Zacatecas, México, de origen libanés, cubano por adopción y convicción, poeta y pintor, en los años 50’ del pasado siglo vivió una larga temporada en Francia. La escritura de un texto de características tan poco frecuentes como Los puentes, contextualizado en París y publicado en La Habana en una fecha tan temprana como 1962, coloca al poeta, y a su poesía, en una peculiar situación, preámbulo, o antecedente literario, quizás de un exilio mucho más definitivo, ya que el poemario posee la maleabilidad que permite una doble interpretación. Si bien en primera instancia, Los puentes en su momento histórico fue una evidente alusión al fin del exilio intelectual, en vías de un compromiso efectivo con la nueva sociedad emergida a partir de la Revolución de 1959, el carácter abiertamente exógeno del poemario brinda una segunda lectura: Las visiones de la capital francesa evocan con demasiada fuerza un mundo paralelo al nuestro, a veces transido, pródigo en su inevitable lejanía, promiscuo en su culta naturaleza, tolerante y ameno en sus divagaciones ociosas, disfrutable en sus constantes ejercicios de soledad, aunque no por ello menos inusual: en ese mundo que el poeta nos dibuja se puede vivir asombrosamente solo, sintiéndose sumergido en la marea de los accidentes culturales, encontrarse descifrando hermosos deslizamientos de sentido, porque otros soles y estaciones nos acompañan siempre, dormitando desnudo sobre el puro placer de la expresión. Hay mucho de estas cosas en Los puentes, que, como su nombre lo indica, ponen en riesgo lo preestablecido al tender caminos, puentes entre ambas riveras, entre lo conocido y lo por conocer; Cuba y el resto del mundo: Los puentes es quizás el texto más foráneo de la llamada literatura cubana de la Revolución. A pesar de esto, los fundamentos éticos que permean desde el principio la escritura le imponen a Fayad el retorno y la conciliación con esa sustancia rugosa y medular que está más allá del lenguaje, y para eso no importa que el instante que el poeta le dedica a las palabras abarque toda una vida, singularmente son lo accidental de esa vida, el cultivado hito entre la reflexión y la realidad.
Vuelve de nuevo a decirnos Fayad: “Hay que decir la verdad aún cuando en la noche terrible/ no sabemos si el amor el olvido o la muerte nos esperan (…) como las velas de los barcos/ desgarrándose en la furia del aire”. ¿Pudiera Los puentes ser leído como una experiencia límite de la existencia, acaso de la palabra? Si Jerusalén conserva entre sus anales el Libro de Job no es porque sea el más bello de los textos, sino porque pocos documentos en la historia expresan con tanto vigor el grado de desertificación a que puede llegar la conciencia humana; ese apartamiento insustancial que priva al hombre de naturaleza y omite de paso sus significados. El miedo milenario al desierto, -padecido por Job ciego- “es el miedo a quedarse sin imágenes”; cuando el poeta José Lezama quiso hablar del horror vacui lo expresó de esa forma. El Sáhara se vuelve así en la otra “inmensa metáfora” que rodea peligrosamente las ciudades de los hombres, y se refleja en la paradójica historia de un pueblo del desierto -el judío- que se prohibió a sí mismo las imágenes. Por eso, si como exilio se entendiese la des-realización de la conciencia y esa tenaz despersonalización de los afectos que nos obliga a buscar pobres sucedáneos en las cosas más heteróclitas, y donde la vida se fija a un antes y un después cardinal, indiscutiblemente, ese no sería nunca el exilio experimentado por Fayad. Ya que para cada palabra París guardaba una resonancia, pues allí toda expresión encontraba su objeto y cada objeto su poética inevitable. De este modo nos corrobora el poeta, estableciendo la indisoluble unidad entre la Ciudad y el hombre; la imagen y el calor del fuego: “en la ciudad y el corazón arde la misma llama”.
“Frente a uno de esos puentes escogeré mi casa/ tal vez aquella de la cortina roja en la ventana”. Leyendo esta última línea se podría preguntar, ¿no es acaso la búsqueda de un domicilio definitivo la tarea capital de la poesía? ¿La llegada al hogar después de años de éxodo y desamparo, felizmente dispuesto para una nueva comunión con la palabra? ¿Pudiera significar París el fin del exilio? Responde el poeta: “(…) Yo regresaré a La Habana en una bicicleta/ Las mujeres que pasan por la acera/ van dejando una estela de fuego blanco”. Lo excepcional es que el retorno que propone Fayad, es un retorno lúdico, irreverente, sin concesiones porque él se ha ido a París a vivir una de las más intensas experiencias poéticas, y el regreso no estaría justificado si no trajese de vuelta las porciones más irreductibles de esa estancia. En los largos paseos por senderos citadinos que reavivaban la experiencia pura de la poesía, la sensibilidad ha descubierto bifurcaciones que alteraban sus visiones, y en cada accidente del paisaje el poeta hallaba los dones siempre en gestación de la insólita subrealidad: “Aquel que no había dormido/ porque andaba buscando el delgado cristal/ que se extiende como una daga entre el sueño/ y la realidad/ se detuvo por un instante en la puerta del café (…)”
Fayad, extraviado entre los puentes y los bulevares, supo poner tasa a su lejanía por medio de las palabras. El poeta nos habla de un París donde la irremediable soledad del artista tenía el contenido de una gran misión, y en el que lo asistía un estado de gracia que le permitía ofrecer sosegado testimonio a través de sus más variadas visiones. Mas, ¿es ciertamente el poeta el gran ingenuo de la palabra? Si la vida como la historia fuesen saharizadas, desvirtuadas en sus postulados más intrínsecos, nunca se nos facilitaría una salida inocente, debido a que el ángel que pudo vislumbrar nuestra mirada era el más terrible, aquel que los poetas intuyeron en la inopia de las tardes vacías. “A los asesinos es fácil descubrirlos”, nos recuerda Rilke, como queriendo expresar lo pavoroso e incierto que se oculta, y nos acecha, en los intersticios en sombra de la poesía.

(…)

De visita en La Habana hace escasos años tuve la ocasión de darle a leer a un amigo un poemario personal, el cual tenía como exergo unos versos de Los puentes. Mi amigo me miró dubitativo y escéptico, y me hizo la observación crítica que mi experiencia del exilio en nada se asemejaba a la de Fayad. Redactando este ensayo pude constatar la diferencia abismal que separan mis años vividos en los Estados Unidos, del París de las grandes remembranzas y las hondas experiencias poéticas. Entonces, ¿por qué ese empeño en pensar y repasar Los puentes? Hacer o leer poesía es un modo legítimamente humano de luchar contra la alienación, mas, sobre todo, se lee y se escribe para saber que no estamos solos, que hay algo irreductible que busca darle sentido incluso a la más aviesa soledad. El exilio no es sólo el más largo viaje, es un estado de conciencia, a veces una mala conciencia; un prolongado sentimiento de abandono y expiación. Pero las lluvias más inclementes son las que mejor alimentan el pensar metafórico, no importando en qué región del mundo nos encontremos. Vagando ocioso por las calles y los puentes de una de las barriadas más pintorescas y tranquilas de Miami Beach, la callada contemplación del paisaje me hizo evocar algunos de los versos más cercanos de Fayad:

“Allá arriba cantan los niños/ el viento huele a pan fresco (…)”/ “Tú no oirás el último sollozo del mendigo (…)”/ “Tú no oirás el ruido de ese tren que se aleja”






DE LA FUERZA DEL NOMBRE*



I


El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: "¿Podés escribirme algo sobre Casbas?". El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: "¿Por qué no?", pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión.

Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: "¿Te llevo?". Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. "¿Qué es?", me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. “Te gustarán”, le digo.

Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca.

Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.

Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.



II


Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: "Pero ¿Casbas de España o de Argentina?" digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.

Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: "¿Acaso quieres tomarme el pelo?". Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. "¡Poeta!" dice él. "¡Poeta!" repite. "No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza". Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: "Ahora lo veremos". Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.

Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, “¡qué linda era!”, exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: "...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria" se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. "Y, entonces, de pronto, llegué aquí" dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. "De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces".

No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com






De la vieja Suiza*



Mientras corto, prolija, las rodajas de pan que había sobrado estos últimos días, la cocina se inunda del aroma de la manteca en la sartén. Uno a uno voy dorando los redondeles mientras por la ventana del departamento, se desliza el anémico sol invernal.
En una ollita está hirviendo un buen vino tinto con el azúcar de un desbordado tazón y dos preciosas y enigmáticas ramitas de canela. Disuelvo cuidadosamente tres gordas cucharadas de harina en una taza de agua y la agrego a la pócima de vino, convirtiendo todo en una inquietante jalea del color de las violetas. Acomodo los dorados pancitos en una fuente honda y les zampo la crema caliente. Primero se resisten, pero, luego, alertados del perfume y sabor del regalo, van absorbiendo, conformando un exquisito Budín de pan borracho.
¡Que rico, el postre de la Oma!
-Dirán mis niños, mientras guardan sus útiles escolares.
Y volverán, rápido, a sus vasos de leche y al dulce trozo que les espera.
Sé que por aquí cerca, un duende menudo e inquieto, de blanco rodete y ojos celestes, detendrá su andar y sonreirá feliz.
Su nieta, como su madre allá en las montañas suizas, gozaba en recibir a sus pequeños con aquel dulce. Ya no recordaba como lo llamaba, el idioma natal se escapó tras la nebulosa de los años, pero el olorcito la atraía del más allá, y compartía en espíritu la reunión familiar. Mientras recogía las migas, una tibia brisa olor a manzana y lavanda rozó mi cara.

Chau, Oma, ya nos encontraremos, lo sé, estarás sentada en aquel sillón de mimbre leyendo, debajo del limonero.

Espérame.


Dedicado a mi bisabuela Elizabetta Haas



*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com





Olivia*


Desde su infancia, Olivia escuchaba dos voces, una masculina y una femenina, conversando con ella, haciéndole sugerencias, aconsejándola... a veces no se ponían de acuerdo entre ellas y tenía que esperar a que terminaran de discutir. También intervenían en sus sueños, pero era agradable no estar sola en aventuras y pesadillas.

Se considera aceptable que un niño hable solo, tenga compañeros imaginarios... mas cuando creció y siguió conversando con algo invisible, sus padres se alarmaron. Olivia descubrió que aquello que consideraba muy normal era una aberración de su mente. Intentó acallarlas y, reconociendo su impotencia, se dejó arrastrar de psicólogos en psiquiatras, asesorar, hipnotizar, entrevistar, medicar... hasta que al fin pudo silenciarlas, con lo cual fue considerada apta para reincorporarse a la sociedad.

Pretendió entablar conversación con sus padres y amigos, pero estaban muy ocupados; trató de hacerse escuchar por los médicos que la habían ayudado, pero ya estaba considerada cuerda; procuró nuevas amistades, mas cada cual estaba inmerso en sus problemas... Todo ser humano parecía estar demasiado atareado para hablar con nadie. Comprendió que estaba sola.

Los demás siempre lo habían estado, no parecían entender su desesperación, lo raro era buscar compañía en un grado tan profundo como para compartir el alma... Con hablar del clima, la obligada pregunta de ¿cómo van las cosas? y algún otro comentario banal cuya respuesta ni siquiera era atendida, parecía bastar entre ellos. Ella siempre tuvo dos amigos, que si bien a veces eran atorrantes, no la dejaban abandonada como ahora lo estaba haciendo el mundo que le había impulsado a alejarlos.

Se sintió triste, arrepentida de haberlas expulsado, pero no había remedio. Aprendió a vivir con ella misma, dejándose acompañar por los demás en el modo en que podían. Se volvió una joven melancólica... “Estuvo loca, es normal que le cueste adaptarse”, decían los que la rodeaban.

Años después, las voces regresaron sin previo aviso. Su alegría fue tan grande que casi les grita un saludo. Pero miró hacia fuera, ahí estaba ese mundo de personas solas, distantes, que no consideraban aceptable estar todo el tiempo compartiendo el alma... Prudentemente, calló su voz externa y con la voz de su interior, les dio la bienvenida. Desde entonces conversa con ellas, en silencio, y puede contarles lo que sea, pues siempre le prestan atención, le dan consejos, le cuentan historias y la escoltan hasta en sueños.

Olivia ha vuelto a sonreír, a veces ríe a solas. Pero ya no habla en voz alta y si le preguntan por las voces, niega su existencia. “Al fin se ha recuperado del todo”, dicen los que la rodean, satisfechos, y continúan sus vidas de soledad en compañía.



*de Marié Rojas Tamayo.





Escribir*



escribir
es tener a quién decirle
a quién contarle esta noche
pero no contarle algo esta noche
sino contar la noche misma
porque hay sueños que se duermen temprano
y no ven el resplandor
de la luna demorada
que pinta rojos
en la estrella más temprana
perezosa
que se viste todavía de crepúsculo
y antares desafiando brillo a brillo
le presta un guiño a la maría
de las tres marías más despierta
y marca un juego de elástico de niñas
con el extremo sur más sur
de la cruz del sur
y es el día que parece más temprano
o la noche que parece menos tarde
o el silencio
que parece menos solo
solo
sólo por escribir



*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com






DE GRANDES Y PEQUEÑAS LLUVIAS*



Entonces vi caer la lluvia violenta, como grandes hilachas de sábana líquida.
Caía sobre el campo mudo, con una violencia desmedida y corría desde la canaleta del techo con un chorro interminable y potente sobre el patio de ladrillos brillantes.
El ruido sobre la galería de chapas era ensordecedor, pero grato. Nunca supe qué insondables misterios nos mueven –algo oscuro, arcaico- cuando en esa soledad sentimos lo que debió el primer hombre que la observó atónito, atemorizado desde la boca de la caverna.
Los anillos caían hasta juntarse en el jardín llevándose las hojas secas, las pequeñas hierbas, los pétalos caídos del rosal que la madre cuidaba.
Los teros, guarecidos bajo el ceibo troncoso, espinudo, hacían coraza con sus plumas acostumbradas desde siempre a la intemperie.
Las gallinas -pensé- buscarán refugio arracimándose bajo esas tres coposas plantas de granada, viendo pasar indiferentes un brilloso ejército de sapos, únicos seres contentos con este diluvio.
Lo bueno vendría al escampe, cuando reunidos sin previa cita en la esquina de esa cortada rica en gramillas, estrenaríamos los extraños barcos que fabricábamos con restos de maderas, corchos o cualquier otra materia flotante.
La lluvia sin embargo nos ponía contentos. Andar descalzos entre el barro que prometía porrazos a cada tranco no omitía las carreras al costado del hondo zanjón donde las improvisadas embarcaciones competían tratando de llegar a la otra esquina donde se juntaban varios desaguaderos hacia el canal y los campos.
Ganar una competencia no dependía tanto de la habilidad para armar un objeto más o menos flotante solamente, sino de otras muchas razones, como ser el azar de la corriente o una mata imprevista o inoportuna de gramilla que la fatalidad pusiera en el camino (ese camino de agua transitoriamente tumultuosa).
Quitar el barquichuelo, posarlo nuevamente en el centro del cauce era perder el tiempo y puntaje, porque se consideraba una trampa elegir el centro rápido de la corriente para ganar el tiempo perdido.
De todos modos la ansiedad nos ponía incansables y era cosa de volver a empezar luego de la primera carrera, volviendo al punto de partida, esa curva donde el agua venía con una fuerza considerable.
Muy pocas veces parábamos y era para saltar el cerco de tejido y espinas de la quinta de don Clemente Gerlo y hurtarle alguna fruta para la merienda. Ninguna otra fruta tuvo en la vida el sabor inigualable de aquéllas que le sacábamos al pobre italiano que vivía de esa magra venta por las calles indiferentes del pueblo.
¿Qué sadismo especial, qué inoportuna travesura nos hacía robarle frutas a ese pobre hombre que vivía con su mujer –doña Marianna- en esa humilde casa hecha de sombras y sombras de recuerdos y de olvidos de una península cada vez más lejana?. No lo sé.
Tal vez –lo digo para defender a aquellos niños de entonces- la propia inocencia nos hacía tan crueles.
Cuánta maldad inocente cometimos en esas vandálicas incursiones, que a veces –muy pocas- se organizaban de forma más “científica”. Y era, entrando de a uno para llenar los bolsillos y repartir luego equitativamente. O más bien diremos, casi equitativamente, porque se sabe que el riesgo es como una victoria que no da derechos pero sí prebendas.
Bueno, eso creo yo, porque además nosotros aún no habíamos leído La guerra de las Galias.
Esa actitud, o mejor esa actividad de pequeños depredadores nos ponía siempre en desventaja con respecto a las acciones futuras, ya que una infidencia a los padres nos valdría una paliza. ¡Y qué palizas pegaban los padres de entonces!.
De todos modos la tentación era grande y lo peor es que esas mismas frutas estaban en nuestras casas, pero como el lector sabe, no tenían el mismo sabor que las que le hurtábamos al pobre don Clemente.
Esas brevas goteando su miel delicada, dulce y ambarina. Esas naranjas con su jugo para la extenuación de los juegos, esas tunas tan ricas y pulposas, los melones que sonaban contra el suelo y una vez partido era el elixir amarillo seccionando en dos las siestas caniculares de diciembre.
Y en invierno era la delatadora mandarina, sus cáscaras que tirábamos en el hueco musgoso de las alcantarillas que no guardaban el grillo cantor de la noche.
Pero los días de lluvia tenían un encanto muy particular, porque tal vez vendrían mis primas con una fuente repleta de empanadas que hacía tía Ita, tan buena. O mi madre reinando entre hojaldres y azúcares nos pondría pronto en la cima más extática del mundo: en la perfección y la armonía que ya perdimos para siempre: esos pastelitos de dulces membrillescos, con su poca o su abundosa azúcar impalpable caída como nievecilla preciada.
En el ámbito de la pequeña y humosa cocina donde la Istilart Nº 1 consumía sus marlos blanquísimos o su leño seco de acacia y déle crepitar aventando los malos humores que podrían sobrevolar en esas tardes de reunión holgazana en la humilde vivienda de mi más humilde familia.
Convoco hoy ese espacio -único, impoluto, irrepetible- tal vez para parapetarme del caos del tiempo, de la corrosión de los años y para que este recuerdo sea una moneda brillante entre el barro que nos tapa las paredes del alma.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







RÉQUIEM PARA UN ÁNGEL NIÑO*


Para Roberto Rojas Vergara




Pequeño rey en trono de rueditas,
Niño eterno, Peter Pan,
¿Es suficiente un verso para cantar tu despedida?



Que la última hora en este mundo
De bandidos y princesas
Te sea leve.



Que la oscura mensajera llegue,
Tan sutil como tu sombra
En el castillo sin almenas ni banderas.



Que el arco iris matutino,
Reciba tu alma pura.
Que no lloren las estrellas,
Los caracoles que escondimos.
Que canten los unicornios,
Las flores que sembramos.
Que no gima el mar tu ausencia,
Navegante en barcazas de corcho.
Que no te cubra la noche una vez más.



Parte en calma, dulce amigo,
Mi alma volará esta noche en sueños
Para dejar en tu frente el beso
Que aún te debo.


*de Marié Rojas.
(2005)





PROTOHISTORIA*



“Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces.”
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA



Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.
Cuanto daría, cuanto.
Pajonal jadeante. Oscuridad.
Abrumadora soledad del médano.
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.


Aullido martillo. Viento pujante.
Jano mira hacia el Este.
Desnudez fecundada.
Rosa abierta, desangrada y expuesta.
Morir / nacer / penumbra / luz.
Pájaros de papel buscan el crepúsculo sangrante
del día.
La muerte no tiene futuro.
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.


Han partido los huéspedes de sombra.
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.
El cardal y una rama de sauce.
Un país desconocido aguarda
Cuánto daría por que vuelva esa noche.
Cuánto daría, cuánto.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Aquella luz de abril*





*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Antes los crepúsculos rodaban como peñones violetas sobre todas las conciencias en los atardeceres íntimos, quietos y un poco desolados. Era cuando el mundo comenzaba y, no era entonces importante un poco o mucho de tristeza, porque siempre había un motivo cierto de alegría, y también el sueño de uno que se inscribía en otro más alto, más grande, que abarcaría todo el futuro, donde los niños volverían a nacer perfectos, diremos parafraseando a César Vallejo.
De todos modos, optimismo y juventud iban de la mano, aunque Borges supo decir no sin razón que a cierta edad temprana de la vida se sienta la vocación del sufrimiento, cuanto más gratuito y cuanto más pegado a los ideales, mejor.
No era entonces raro -no podía serlo que tras una ilusión no importa si lejana, no importa que irrealizable, lo bueno era que una circunstancia feliz nos ponía con la energía a mil. Podía ser -según la edad una promesa, la de un juguete, por ejemplo, que nunca teníamos, o una salida al cine a ver una película esperada, o un viaje, o, ya más grandes, una fiesta, un baile, lo posible ponerse de poder mirar unos ojos anhelados y que, en lo posible, esos ojos nos miraran. Aunque sea, un poco, nada más.
Todo esto nos serviría para esperar el sueño blando con una sonrisa que nuestra madre adivinaba en la profunda oscuridad.
También estaba aquella pasión excluyente de entonces, el fútbol.
Ya como meros espectadores, como hinchas o también como protagonistas de los picados de potrero o con los equipos: camisetas, pantaloncito y botines, se entiende.
También estaba aquello de cierta luz evanescente, que subía en los atardeceres del mismísimo pasto ya expuestos o expectantes de rocío, que vendría en poco tiempo a fecundar esas hojitas verdísimas, alegres de tanto sol, de tanta luz, la misma luz que encendía hasta las más oscuras conciencias y las haría despertar.
Era la luz sin embargo la que iba cambiando la ilusión de las cosas y a veces las trasportaba en mera ilusión de los sentidos, sobre todo en las siestas, cuando la luz densa de octubre filtraba ese polvillo que el poder de las flores diseminaba en el aire, y el polvillo que los vehículos esparcían sobre los seres, las plantas y las cosas mismas lograban un ámbito de inusitada rareza, algo que nosotros percibíamos aún sin observar demasiado.
Esa es la luz que llevo conmigo, la misma luz que envolvía a mi madre, a sus quehaceres humildes pero fundamentales para que toda la casa funcionara como una pequeña orquesta, pero en esa misma pequeñez oficiaba de orden para que el universo funcionara, los animales parieran y los pájaros cantaran en su
plena testarudez, con o sin sentido, con alegría obcecada, porque sí, porque obedecen a un orden que está por encima de la estupidez humana como esa pequeña florcita de malvón que no llega a rojo, pero se le aproxima cuasi pálido, no ostentoso, humilde, pero pleno en su esplendor que arrasa toda prevención, y alienta todo desatino, desde esas ollas viejas que ofician de macetas, y que mi madre dejó al pie del ceibo que sus manos plantaron y las dejó allí, con intenciones de seguir regándolas todas las mañanas, pero un día no pudo, y no por olvido voluntario, sino porque de improviso emprendió ese camino que le quitó de nuestro amor para siempre, aunque duela y no haya resignación posible y uno deba recordarla -como era- en un pasado que se torna irremediable a fuerza de ser inquirido.
Pero así son las cosas. Así deberemos aceptarlas.
Sin embargo, otro día, otra tarde se apea en mi recuerdo y no en octubre sino abril y media tarde. El perro ladra, un sulky se aproxima lentamente por esa cortada cubierta de gramilla donde nunca llega nadie, sólo tía Argía, muy de vez en cuando y lo hace en sus viajes al pueblo desde aquella chacra lejana, más lejana y sola en mi memoria.
El caballo se detiene al chasquido seco de su látigo que golpea el aire seco, duro, como una lámina estática de aceite.
Yo estoy feliz, y no sé por qué. Tal vez alguna víspera de un encuentro futbolístico, tal vez alguna expectativa de una salida al cine ya que rara vez me concedían ese esperado permiso.
No sé, no sé.
A veces vuelve esa tarde y vuelve esa luz que no eludía mariposas porque no era la época, pero sí los pájaros que en ese tiempo eran numerosos y esquivaban limpiamente los temibles gomerazos que dirigíamos a esa felicidad desprevenida que ostentaban un evidente desenfado, y, de vez en cuando uno
caía con el piquito en sangre, asesinado.
¿Pagaré alguna vez aquella punta de gorriones que se transformaban en almuerzos de mi gato?
Hoy, adulto, apelo a mi inconciencia de niño, para dar una razón, a tanto daño inútil, evitable. Pero muchas veces uno -más en ese tiempo actúa por mera imitación, lo cual no quita la culpa, tal vez la morigera.
Con esto quiero dejar constancia que un día de abril pudo ser confundido con el día de un octubre cualquiera, por la confusión de aquella luz que ponía vida, esplendor y alegría sobre las cosas.
O, a lo mejor, digo, la alegría en mí por alguna cosa que ya no recuerdo, seguramente fútil, o no, tal vez son importantes en ese tiempo y hoy ya he olvidado, como tantas cosas en la vida.





EVOCACIÓN DE LA TIERRA MEDIA*



When Bilbo opened his eyes, he wondered if he had.

The Hobbit
J. R. R. Tolkien



Soñoliento, el sol se iba tras las colinas.
Las hogueras comenzaban a llenar los agujeros negros
Dejados por el éxodo de la claridad.


Enormes mariposas sobrevolaban los rosales.
El trigo, al ser mecido por el viento,
Generaba una melodía plena de nostalgia.


Alguien se preparaba para contar una antigua romanza
Con palabras siempre nuevas.


Al calor de las llamaradas, nos prestábamos a escucharle
Con oídos siempre nuevos.


Una historia es como un río: irrepetible,
Única,
Aunque cambie de nombre al pasar de pueblo en pueblo.


Pensé: "Si pudiese retener una imagen
Eterna en mis pupilas, sería ésta.
Si me fuera dado elegir el momento
Para abandonar el mundo, sería
Este atardecer perfecto, rodeado de alas,
rosas, trigo, brisa,
De palabras en fuga al compás de la danza de las flamas".


Cerré los ojos, aspiré el humo de mi pipa.
Y los abrí naciendo en esta vida.



*de Marié Rojas





PALOMA NEGRA*


“...tengo miedo de buscarte y encontrarte...”
CHABELA VARGAS



Traigo una paloma negra.
Sangrándome en el pecho.
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.
Aletea. Cae. Garabatea mi inocencia con minúscula. Se levanta.
Evita los abismos de mi carne.
Sabe. No se improvisa el vuelo. Tampoco, hay cumbres imposibles.


Hay un afuera que golpea. Golpea, muy adentro.
Hay mujeres con zodíacos truncados.
Dioses de cenizas. Pórticos cerrados.
Manos con anillos, zurcidoras de azahares.
Vientre madre sandía, mente padre lenteja.
Cleopatra copula en los andamios.
Blanca nieve es supervivencia. No enloquecer, enloqueciendo.
Isadora aun no emprende el vuelo.
El letargo tiene sabor amargo.
La “casa del hornero” está vacía.
Barby vive en un hospicio de 10 pisos.
Tanto mides. Tanto pesas. Tanto vales.
María soledad vende su hambre.
Mitos y mordazas hacen olas.
Un solo hombre. Un solo bote.
Solo cabe una. Arriba o abajo.
Una sola: Eva o Lilith. Lilith o Eva.


Hay un adentro afuera.
Un adentro que se desborda en verde.
Un silencio de máscaras mayas.
Una alborada fecundada en la sed y en la lluvia.
Un hechizo de vuelos de caballos.
Un pájaro en la mano de una rama.
Un pulso de saliva y greda.
Pezones tibios. Sangre leche.
Una niña, un niño, una huella.
Que pronuncia tu nombre y el Nombre de tu nombre.
Un secreto sabor. Un coloquio entre tres.
Un as de bastos, una espada.
Un oro y una copa. Un grial que se derrama.


Traigo amorosas palomas en mis siete mares.
Vuelos. Tenues galopes, entrañables hiedras.
Pero mi madera memoriosa, no es velamen de olvido.
Traigo una paloma negra.
Sangrándome en el pecho.
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





CUANDO NO TE PERTENEZCA*




Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada.
Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece lo mismo pero no es igual.
Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud, por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura, sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.
No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel desgarrada.
Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.
Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de felicidad.
Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a todos, y a todos los sigo queriendo.
No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio, esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una caricia lejana.
Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.
Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.




*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







LOS GANSOS Y EL RUISEÑOR*



Un ganso que se enriquecía vendiendo plumas, enseñó a sus hijos desde muy pequeños el mismo oficio, enriquecerse desplumando a los demás.
Una tarde de verano, después de haber comido hasta más no poder, tomaban el fresco soltando algún que otro graznido insulso sobre los negocios, cuando oyeron los melodiosos trinos del ruiseñor.
El padre ganso lo llamó al cantor y le dijo que estaba muy deseoso de proteger el arte y que tenía suficiente fortuna para hacerlo, Le ofreció un puesto de maestro de música de sus hijos, la remuneración sería generosa y le daría casa y comida todo el tiempo que el aprendizaje durara.
El ruiseñor no necesitaba mucha casa ni mucha comida, pero, artista incipiente, era tan pobre que aceptó.
Al día siguiente empezó a querer dar lecciones a los gansos, pero por mucho que se esforzara nunca pudo conseguir que sus discípulos soltaran otra cosa que espantosos graznidos de ganso.
El maestro, desanimado, probó un día y otro hasta que se fue a ver al padre de los gansos y le dijo:
-Mire, señor, usted tendrá las mejores intenciones de fomentar el arte pero yo renuncio aquí mismo.
-Pero, escúcheme, maestro ruiseñor, por qué va a renunciar? ¿No le conviene?
-No hay caso, señor. Prefiero renunciar antes de perder mi garganta con esos alumnos. Sus hijos, como usted, han nacido sólo para ganar plata, no trate de hacer de ellos artistas.



*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar




*



Inventren Próxima estación: EDUARDO CASEY.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/



*


Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 3 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor colombiano Jesús Pinzón Urrea. Las poesías que leeremos pertenecen a Flora Chavarry (Guatemala) y la música de fondo será de Rubén Carrasco (Argentina). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org


Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067



InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar


INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión las colaboraciones literarias que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.