martes, enero 10, 2012

EDICIÓN ENERO 2012.



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.






LA MARLERA*


*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Cuando me distraigo es cuando suceden las cosas y todo se vuelve en un cono de magia.

Como cuando me dormía, de niño, sentado sobre la marlera pintada de verde.

Allí, cuando todos se olvidaban de mí, era cuando me sentía más feliz, porque cuando alguien tomaba la palabra y contaba las historias.

¿Ustedes saben qué era una marlera?

Era un gran cajón de madera que se construía ad hoc para guardar marlos en la cocina, combustible para la cocina económica, esas grandes de hierro fundido que producían un gran calor en las casas, en especial las que se levantaban en el campo donde vivían los chacareros con sus familias, más que numerosas según eran los tiempos.

Cuando Roque Vasalli inventó el cabezal maicero que trituraba por un método de absorción la espiga, el marlo quedaba en partículas que se iban diseminando por el campo. Allí aparecieron las primeras cocinas a kerosén y yo contribuí al “progreso” cuando el Taio Peiró, mi patrón de entonces me vendió la suya en cómodas cuotas, para que a su vez comprarse una a gas. Mi padre vendió o regaló nuestra cocina económica número uno, de marca Istilart, que se fabricaba en Tandil o Tres Arroyos, ahora no recuerdo. Y su ausencia, no pudo resolverse con ninguna otra en los últimos cincuenta años.

Era próximo ya el tiempo en que la gente abandonaba los campos para radicarse en los pueblos, para tener más comodidades y sus casas se convertían en taperas habitadas por ratas y arañas pollito. En ese tiempo sin embargo, es decir, en el tiempo de mi relato, los candidatos naturales para reponer los marlos en ese gran cajón que se fabricaba a golpe de martillo, cortes de serrucho y clavos grandes, y se ubicaba en un lugar estratégico de la cocina desde donde se producía todo el calor de la casa, éramos los niños.

Se nos mandaba a la troja con un canasto de mimbre, entre pequeño y mediano hasta volver a cargar hasta el tope ese reservorio natural de energías. Los marlos también se usaban como combustible para los asados. Mi padre decía que era lo único que le daba un sabor natural y y exquisito a la carne.

Si no había niños en las chacras –cosa muy difícil entonces-, los encargados eran los quinteros, refugiados de guerra, inmigrantes ya ancianos, que estaban para las tareas menores y que eran de algún modo protegidos por los chacareros, como si fueran de la familia. Tal el caso de Chiquín Cantoni , con los Clérici o de don José Alberti, en la chacra vecina de los Milani. Don José, ese viejito veneciano que me enseñó la palabra “Otoño“ y su mera existencia, ya que yo suponía al mundo dividido en tres estaciones por entonces: Verano, Primavera e Invierno.

Para nosotros era toda una aventura cruzar con ese canasto al hombro los cien metros o más que separaban la troja de marlos blanquísimos de la casa, ingresar a ella y pasar a esas inmensas cocinas de entonces, con su grandes azulejos blancos, grandes paredes, que estaban orladas de grandes ollas como colgantes a la espera de la exquisitez que hacían nuestras tías y abuelas con el sólo producto de la quinta, industria de sus manos y de la tradición que heredaron de sus mayores, todos venidos del otro lado del mar.

Los olores por lo tanto de esas grandes cocinas eran predominantemente el romero, la albahaca o el laurel, que cultivaban con profusión en esas quintas primorosas y bien regadas, siempre protegidas por plantas frutales y que no era raro que allí, junto a este trío infaltable de condimentos culinarios se mezclacaran el olor de los limoneros, de los mandarinos y de los naranjos en flor, cuyos azahares inundaban el aire bucólico y muy feliz de aquellos tiempos ya perdidos en el arcón tan lejano que sin embargo no me cuesta para nada recordar.

Y viene también con el aroma de los azahares, el vuelo de los pájaros que siempre merodeaban en sus círculos en ese aire límpido, mientras debajo de la bomba de mano se formaban los charcos del agua que iban a beber las abejas, y los perros dormían debajo de las conejeras y allá lejos volaban las cigüeñas, tan grandes que uno podía suponerlas una sábana blanca, suspendida de los últimos cielos altos que tuvimos y perdimos para siempre.










Boletos*


A mi amigo Miguel,
que despertó estas palabras.


No nombraré la ciudad porque la ciudad es múltiple, y porque lo que allí sucede, bien puede suceder a diario en otra ciudad, en otro país. Acaso cambien los nombres, los rostros, los objetos.

Yo, turista en todas partes, eterno extranjero, pertinaz inhabitante, venía caminando hacia la estación, con mi maleta medio vacía (maleta de nómada incurable, brevísimo catálogo de recuerdos y ausencias, inútil equipaje), y un creciente cansancio que se iba acentuando a medida que mis pies cruzaban más fronteras, a medida que mi pasaporte acumulaba sellos. Puesto que aún faltaba más de una hora para la salida de mi tren, tomé asiento en una terraza sombreada. Enfrente, al sol, había varios niños jugando. Niños pobres, harapientos, de los que abundan en los alrededores de casi todas las estaciones del Sur. Cuando pasaba alguien con traje, o con aspecto de turista, uno de ellos se separaba del grupo y se acercaba al desconocido, ofreciéndole un billete de lotería. El timo es antiguo. Se trata de billetes
viejos, sin premio, que los chicos recogen del suelo o de las papeleras y planchan lo mejor que pueden para darles apariencia de nuevos. A veces, algún despistado compra un billete, pero generalmente hay gritos y amenazas, y a menudo, los chicos tienen que salir corriendo para no caer en manos de la policía.

No muy lejos de allí, las máquinas excavaban lo que muy probablemente se convertiría con el tiempo en un centro comercial o un edificio de oficinas.
Quizá a causa del monótono ruido de las excavadoras, me amodorré un poco.

Una voz suave me despertó.

- Señor...

Cuando levanté la vista, una chiquilla morena, con dos trenzas medio deshechas y una mancha oscura en la mejilla, me ofrecía uno de aquellos billetes.

Mi primer impulso fue echarme a reír y despedir a la mocosa con unos céntimos o con la amenaza de la policía, que es el remedio habitual en estos casos, pero algo en su mirada me impedía hacer una cosa así.

- El número es lindo -dijo, tratando de vencer mi indecisión con esas simples palabras.

Entonces la miré con más detenimiento. Sus ojos no eran los de una niñita suplicante, no eran ojos mendicantes, ni ojos víctimas; tampoco eran los ojos pícaros de quien está estafando a un turista crédulo; aquéllos eran los ojos firmes y tranquilos de alguien que sólo pide lo que por derecho le
corresponde.

No lo dudé un instante. Conté algunas monedas y puse en su mano el dinero que costaba el billete. Ella me dio las gracias, sonrió dulcemente y regresó junto a sus amigos. Mientras la miraba alejarse correteando alegremente, guarde el papelito en mi cartera, junto a la fotografía de Mariela.

Miré el reloj. Había que irse. Mi tren estaba a punto de llegar.

Sé que es innecesario contar lo que sigue, decir que aquel fue el primero de una larga colección de boletos caducados, que hubo en mi camino otras muchas estaciones, otros niños y otras excusas, que en cada lugar que visité fui atesorando con avidez los boletos que aquellos niños famélicos me ofrecían,
siempre ante la atenta y burlona mirada de los testigos, ciegos, incapaces de percibir que todos y cada uno de aquellos papelitos medio arrugados tenían un premio mucho más valioso que el que indicaban los números impresos.

Durante años he llevado conmigo ese primer boleto, prueba irrefutable de que la escena anteriormente narrada no fue un sueño. A veces, contemplo la cifra, ("-El número es lindo") como si en ella pudiera leerse algo que no fuese una sucesión más o menos armoniosa de dígitos. A veces, contemplo la cifra como esperando que esos signos revelen algo que en realidad no necesita ser revelado.





-De Prosas breves.


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/











Canción para Acompañar un Sepelio*


[Puede cantarse acompañada de marimba,
o con cualquier instrumento regional]




Se llena de luz,
Tu piel resplandece,
Se hace de lluvia,
Sacia los campos.


Se llena de luz,
Evapora tu carne,
Se entrega tu cuerpo,
Habita en los ríos.


Se llena de luz,
Tu cuerpo insurgente
Quiere ser de maíz,
Quiere nacer de la tierra.


Se llena de luz,
Tus entrañas renacen,
Se pudren como fétido lodo:
Se hacen de luz.


*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com










Entrevista laboral*



Cuarenta años recién estrenados, mente lúcida y reflejos veloces. Frente a él, el psicólogo pone a prueba su autodominio azuzándolo, tratando de hallar en su sólida personalidad un punto que lo haga enojar, que provoque una respuesta descontrolada y reveladora. Busca una grieta en su honestidad.
Eduardo comprende el juego y lo disfruta; se mantiene sereno y esquiva las estocadas hábilmente.
De pronto el psicólogo atraviesa su guardia: Eduardo vuelve a la infancia, a aquella tarde en el patio de su casa, cuando él, todo flequillo, ojazos negros y piernas trepadoras, cortara dos limones del árbol del vecino que estaban del lado “de acá” del tapial. Desde la altura pudo observar el patio ajeno: nadie a la vista... y su mano avanzó y aumentó la cosecha .
Su madre vio los limones y comprendió. Y lo obligó a devolver los frutos mal habidos.
No valieron de nada las protestas de Eduardo ni sus lágrimas: un momento después se empinaba para tocar el timbre de la casa vecina.
- Era un viejo divino, con bigotazos blancos y mirada de abuelo. Me acarició la cabeza y me dijo que en adelante sacara todos los limones que quisiera, que hablaría con mamá para decirle que él me había dado permiso.
Sus ojos toman un brillo húmedo al relatar el episodio que recién en ese momento consigue digerir.
El psicólogo lo mira profundamente:
- Por fin conseguí ver tus cimientos.
Y añade en tono amistoso:
- El martes a las ocho presentate a revisación médica.
Se estrechan las manos sin decir nada más.
No hace falta.



*De María Amelia Schaller. masch@arnet.com.ar









NANA DE LAS PALABRAS*



Mis palabras, suben volando, mis pensamientos se quedan aquí abajo;
palabras sin pensamientos , nunca llegan al cielo.
WILLIAM SHAKESPEARE



Todos los días. Todos.
Menos los tiempos de los errantes miedos.
Ella, encierra todas las mujeres, todas.
Hija, madre, esposa. Nona, hermana.
Acaso amante desterrada.
Las que están acá.
Las que quedaron en la patria lejana.
Las que se fueron en esta nueva tierra.
Guarda sus palabras espejadas.
Ella.

Todo sirve.
El baúl de la abuela.
Las cajitas de sándalo.
Un vaso de cristal de camafeo.
Un cántaro de barro.
Mamushkas.
Una concha de nácar.
Una nuez. Una almendra.
Un poliedro de cuarzo.
Un libro. Un corazón.
Los ojos de un infante dormido.

Las desbroza de penas y las guarda.
Luego las saca, claro.
En tiempos de sequía, en hambrunas.
En éxodos. En destierros.

Algunas, vuelven, en amores tardíos.
Pequeñas rosas negras se enredan en su pelo.
Otras, caen como cascadas de golondrinas blancas.
Salen guaguas, con sabor a frutilla.
Buscan la panza de los niños de barro.
Pájaros surgen. Pañuelitos. Pétalos, Lino. Raso.
Dócilmente calman la exaltación del hombre.
-Saben, que el amor es ardor y ternura-

Las más frágiles, caen en barquitos de papel, al mar.
Ella sube, las acuna, les canta, las escucha, las piensa.
Les da vuelo. Aova.
Deposita nuevamente en la arena...y las nace.
En la arena... las nace...



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar










Territorio de infancia*



*Por Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar



Haciendo caso a Rilke, si no puedo decir nada, puedo decir de mi infancia, porque verme sin escribir se hace muy difícil.
Y uno recurre a contar hechos del pasado. De un mundo que ya fue. Queda el polvo de los recuerdos y, en muchos casos, la nostalgia. Pero, personalmente, no me acuno en ella. Sé que ese mundo ya fue. Con sus códigos, su lenguaje, sus percepciones del mundo y de la vida.
Más allá de ello, convengamos que han sido, cada uno de esos hechos, la materia con la que estamos compuestos en buena parte en nuestra forma de ser y obrar. Y lo están las generaciones que nos siguieron y las que seguirán. El abrazo oportuno de papá y/o mamá, el consejo del abuelo, los juegos con mis hermanos o compañeros de edad y escuela, los viajes, los amigos nuevos, los amores infantiles y los metejones juveniles...
Es cierto, además, que no todos tenemos la misma infancia. Cada uno está signado por el lugar donde nació y creció. Y hay diferencias. Uno las percibe con claridad, ya adulto. De niño solo sabemos que somos niños.
Y los amigos son amigos del alma. Para toda la vida. Eso creemos. Y queremos hacer todo con ellos: ir de paseo, comer un alfajor, tomar la merienda, ir a la escuela, ir a la iglesia para prepararnos para la primera comunión. ¿Cómo no voy a ir con mi mejor amigo? Y ahí fui. La primera vez fue una charla del cura. Como la pasamos bastante bien, lo invité. Y él, sin ninguna traba, aceptó y vino conmigo. La pasamos bien.
Claro, había un detalle: mi amigo era judío. Las nacionalidades y confesiones religiosas siempre las pase por alto pero, los mayores, nos pusieron en regla de adultos. Uno aquí y el otro allá. En los juegos, no había problemas: los piratas, el tren, trepar los árboles, comer frutos silvestres o correr tras la pelota. Pero en lo religioso, nones.
Así fue como empecé a distinguir ciertas diferencias, pero que no me movieron en mis siete: la amistad no tiene religión, ni raza, ni territorio.










Emilse Zorzut en Aurora Boreal*



Poesía Emilse Zorzut




Emilse Zorzut, Argentina. Es psicóloga clínica egresada de la Universidad Nacional de La Plata. Cursó estudios de periodismo en la Escuela del Círculo de Periodismo de la misma ciudad. Incursiona en narrativa. -cuento y novela, poesía, teatro, guiones de cine y televisión. Ha publicadoSobre mundos abismales compartido con la escritora Marta Multini, Al compás de la ronda, Morada de los cuatro vientos, Morada de mi sombra (Premia Platero 2000 - Naciones Unidas - Ginebra, Suiza), Caleidoscpio, Síndrome X, Peregrinaje, Morada de mi ser, Morada mirando al sur.






SOLEDAD DEL POETA


Todo lo que el poeta escriba
está resumido
en una única palabra: Soledad.
Antonio Miranda


Cada palabra una gota
dentro del cántaro
de uno mismo,
cada imagen un suicidio
en tornasoles de grises
que marca el límite.
Habitación cerrada,
puertas y ventanas ficticia;
abrirlas es hallar la nada,
beber la no espera
que confirma el silencio
y nos define solos.
¿Con qué color bautizamos
a la soledad nodriza
que nos acunó en la cuiva
y nos bendijo poetas?








DE OLVIDO Y SOMBRA


Si pudiera de noche,
perdidamente solo
acumular olvido y sombra...
Pablo Neruda


La noche abriga recuerdos
que acunamos en soledad
pretendiendo evaporarlos
y que partan con el día.
Solo que forman esfinges
que se lucen como olvidos
vestidos con añoranzas
que acusan, que lastiman...
Y clamamos por la noche
para que llegue el sueño
siempre solos y con frío;
los cobertores del alma
vuelan siempre al infinito...




MI LÍMITE



Atravesado el límite
encapsulé mis lágrimas
para que nadie supiera
de la orfandad de mis búsquedas.
Era un error abrirse
a toda mirada extraña,
mi cuerpo solo era sombra
confundida en la arboleda.
A nadie importa si el árbol
busca el cielo o lo elude
hundiéndose en la tierra
o decorando el asfalto.
Tampoco importa si vuelo
o me sepulto en abismos,
ni siquiera si sonrío
para eludir alimañas...




-Poemas Soledad del poeta, De olvido y sombra, Mi límite enviados a Aurora Boreal® por Emilse Zorzut.





*Fuente: http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1056%3Apoesia-emilse-zorzut&catid=82%3Apoesia&Itemid=199









AQUEL TIEMPO*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



En ese tiempo traslúcido yo me iba silbando con mi perro y mis tramperas, mis boleadoras de plomo y mi honda matadora de pájaros.
Cuando escribo “en ese tiempo”, es como si no hubiese existido o estuviera allí, esperándome, como una película detenida que espera el accionar de la manivela para que todo vuelva a andar. Si bien los medios de locomoción eran más primitivos con respecto al presente, y la vida más sacrificada, y tal vez gracias a eso había más movimiento y más gente en los negocios y en las calles, que, si no fabulo con el paso de los años, la población era más numerosa. Pero no, no fabulo porque están los censos para atestiguar el lento desgranamiento de numerosas familias que comenzaron a migrar hace setenta años y hoy lo hacen con mayor premura, aunque no se van las enteras familias sino la parte más joven y dinámicamente expectante del pueblo. No obstante, a veces, se me van cruzando algunos nombres, fechas, situaciones que hoy son el olvido y que resultaron interesantes en su momento.
Sé que no conmuevo a nadie si escribo algunos nombres, pero alguien debe hacerse cargo de ejercer una justicia melancólica, o un gesto reparador, pese a los vientos de olvido y desolvido.
¿Quién se acuerda de Adrian Oscare, a quien apodaban “El Juez”, siendo que no era sino un oscuro hombreador de bolsas de la Casa Arregui? ¿Y los hermanos Aróstegui?, Vicente y Ricardo, eran “el Vasco grande” y “el Vasco chico”, respectivamente. ¿Y Faustino Brochero, apodado “Pancita”? Y Cipriano Carmen Herrera, el popular “Chocolate”? ¿Y Rosalino Mansilla, Raúl Cornelio Arias, apodado “El Manco”, y su hermano Albino, negro como la noche, no hacía honor a su nombre?. ¿Y Juan Amalio Herrera a quien todos llamaban “El Chino”, y don Horacio Vega, y el “turco” Abraham Salí, a quien llamaban “El turco sucio”, o a Francisco Alí, a quien decían “El turco Francisco”?
¿Y don Esteban Echeverría casado con doña Dolores Fino que vendía chocolatines y helados en la puerta de la cancha?
Toda esta gente vivía en el pueblo antiguo y sus gestos estaban nimbados como por una luz tan clara que casi siempre enceguecía, como el sol si se mira muy de frente.
Los primeros diecisiete años de mi vida estuvieron absolutamente tiranizados por una sola pasión excluyente: el fútbol.
En el primer equipo que yo vi, el primer equipo al que mi viejo me llevó a mirar como jugaban estaban aquellos ídolos que hoy permanecen intactos en la memoria de los veteranos: Tin Morón, arquerito heroico: en defensa Quique Moreno, Anselmo Vera, a que llamábamos “Verita”, Juicho Becerro,”Tit” Gardella, Capobianco, “Tuto” Vega.
Y adelante: Morenito, Carbonin, Parabatti: Remigio Gramajo, el “Loco” Moreno que se vendió en un clásico y como era ferroviario llamó ese domingo a la 11 de la mañana al club diciendo que había atropellado una vaca y estaba detenido.
¡Las pasiones que producían en ese entonces los clásicos! Empezaban las ansiedades y los pronósticos quince días antes y se comentaba una semana después el terror de la circunstancia de una derrota o las mieles de un triunfo. Todo el barrio “El Jazmín” participaba de los preparativos aunque la emoción ese día tenía que ser agasajada. Doña Emilia Latini de Peralta era nuestra vecina y consultaba a sus amistades, nobles señoras que se fanatizaban por la camiseta roja y entre ellas hacían una cadena de oraciones y en esos días el “Ramos Generales” del Cholo Belluschi incrementaba la venta de velas y se concurría más a la Iglesia para reforzar “in situ” las oraciones.
El reducido, el cuasi recoleto, pero visto a la distancia, el inmenso tiempo de entonces era amplio como el mismo universo, en esas primeras emociones en que todo se daba por amor a una camiseta, no importa si del barrio, o del Club, a esas protoremeras a la cual le colgábamos unas chapas de gaseosas de entonces a modo de distintivo o esas blancas, muy usadas que osábamos pintarle una inscripción o un distintivo porque entre los agujeros que ostentaba su uso auguraba un pronto pase al indecoroso destino del trapo de piso o siquiera repasador que limpiaba la plancha de las cocinas económicas ahítas de marlo o de leña seca esa que no hacía llorar los ojos de las señoras de entonces. Sus lagrimales se preparaban para ser usados oyendo las radionovelas ingenuas: “El paisano mala suerte” con Federico Fábrega y su compañía que recorría los polvorientos caminos de entonces, donde los pueblitos se colgaban en ese bordado asequible y lloroso en el hilo sentimental y cuasi ingenuo a prueba de corazones sensibles.
Nosotros, en ese tiempo, habíamos armado un equipito aguerrido con el cual competíamos en partidos de hacha y tiza con otros barrios de entonces.
Sin embargo, por más que recorro mi memoria quienes eran esos otros pibes que con entusiasmo armaban sus propios cuadros para jugarnos un desafío, han sido olvidados.
Sólo recuerdo como entusiasta “armador” de otros cuadros rivales al buenazo de “Nenucho” Faravelli, a quien todavía suelo ver por las calles de esta ciudad donde transcurrimos nuestro exilio de años. Sin embargo, hace poco le hice esta misma pregunta.¿quienes jugaba con vos contra la barrita dura del barrio “El Jazmín”?. Yo sólo recuerdo a Edgardo Tossini, le digo. Y él siempre amable me dio alguna respuesta que no me satisfizo porque los que me nombró eran muy chicos con respecto a nosotros. Hubo, lo digo amablemente, un desacuerdo o un desacople entre su recuerdo y el mío, que al ser dos subjetividades persiguiendo el retazo percudido de la memoria, es factible que se pierdan en los vericuetos insomnes de la nada.







Ella es*



Ella va por la vida

Con su impronta y energía
Todos la miran, la oyen
Van sus curvas bamboleando
Y sus faroles a punto y a avanzar

Con su risa y su picardía
Recoge las miradas de los varones
Con su instruida seducción
Atropella delicadamente con palabras,
Gestos y mohines

Su vestir, por demás elegante y ajustado
Anuncia, a cada paso, su generosa humanidad
Ondulante, perspicaz y orgullosa.
Con el arte de una mujer policía
Examina como testigo encubierta
A otra buena presa para capturar.-



*De Azul. azulaki@hotmail.com






GOMERA DE JUGUETE*


Si moría el ave, su belleza moría con él…



No podría decir que no tiré nunca con la gomera, pero lo hacía porqué todos los compañeros lo hacían, y me divertía más el hecho mismo de tirar, ver donde iba la piedra, si acertaba, o iba cerca del blanco; pero no sentía ninguna alegría en tirarle a los pájaros.
Más bien nunca les acertaba, un poco porque inconscientemente tiraba quizás a errarle. Me gustaba saber que era capaz de acertarle, pero me conformaba cuando pegaba en la rama donde estaba asentado, o mejor aún cuando el pajarito advirtiendo el disparo, volaba antes que llegara el cascotito, y este cortaba las hojas justo en el lugar que había ocupado.
Me alegraba verlo escaparse.
A lo sumo era un triunfo si le sacaba una pluma, la prueba del acierto, máxime si tenía testigos, que pudieran luego avalar mi pequeña hazaña.
Ver al pájaro muerto me conmocionaba, como que me deprimía. Asumía que entonces su belleza se terminaba, y sentía como que algo me lo recriminaba, incluso de ser cómplice, si estaba junto a quién lo hizo, y no podía dejar de sentirme culpable.
Así y todo me unía a los demás, o incluso sólo me paseaba con mi honda como un arma, pero siempre viendo otras cosas como blanco, y actuaba de ese modo. Tiraba más a las cosas quietas, jugando, o bien tratando sólo de demostrar mi puntería…
Pero sin lastimar a los pájaros…
Los sentía tan llenos de vida.



*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda- Santa Fe; 18/07/2004










En la incerteza de una cifra*



En mi vida tuve muchas, muchas minas
pero nunca un hombre

Tuve muchos, muchos balurdos
pero nunca una sensata concreción

Tuve muchos, muchos chirimbolos
pero nunca una pieza preciada


Muchísimos
nunca tuve
tuve
en mi vida.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar












¿DE DONDE SON LAS GAVIOTAS?*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



¿De dónde salían las gaviotas que vi volar alrededor del arado donde mi abuelo iba sentado, roturando la tierra?

¿De dónde venían, tan blancas, a veces con un pequeño luto en la punta de las alas, siempre voraces, siempre hambrientas?

Tal vez de aquellos cañadones, en cuyas orillas que festonaban los juncos, las espadañas, los espartillos, las plantas acuáticas en medio.

La tierra al ser volcada era muy negra, al paso del sol y de las horas iba tomando un color más claro, tal vez influyeran también los minerales que durante siglos estaban en el vientre del mundo.

Las tres rejas pobrísimas iban dando vuelta la tierra y sacaban al aire los gusanos, gusanillos e isocas blancas que eran el manjar no sólo de las gaviotas sino de numerosos pájaros menores que iban a la arrebatiña que producían las gaviotas con sus gritos y sus vuelos rasantes.

A veces yo seguía a mi abuelo y me ponía a distancia prudente, mi presencia no era respetada por el hambre y la angurria de las aves diversas. Cuando mi abuelo me descubría invariablemente me marcaba de regreso. ¡Cómo me hubiera gustado que me subiera en su falda! Si eran mis tíos los que araban la cosa era distinta. Me alzaban y me sentaban en sus rodillas ya que el aradito tenía un solo asiento, y hasta me dejaban tocar ese doble par de riendas, para darme la ilusión que yo manejaba los ocho percherones que trabajosamente arrastraban esas tres pequeñas rejas de hierro que la tierra ponía brillosa y cuando se dejaba de arar por medio de una palanca se alzaban y el sol se veía allí en su plenitud y lo reflejaba como espejos.

Por el camino rural de vez en cuando se veía una polvareda que se iba acercando y luego al pasar junto al alambrado donde mi abuelo estaba arando el conductor saludaba con un grito, mi abuelo levantaba apenas el látigo a modo de respuesta, y enseguida el silencio del campo que llegaba antes de que el polvo se asentara de nuevo en la calle.

A veces pasaban los obreros de Vialidad Nacional que estaban reparando los caminos con esas grandes aplanadoras “Champion”, o algún jinete de vez en cuando y más raramente aún un auto. Los que sí se veían con más frecuencia eran los pequeños Ford T o la “Justicialista”, una chatita de industria nacional que fue fabricada previamente al popular rastrojero allá por los cincuenta del siglo pasado. Estos vehículos eran más frecuentes porque transportaban tambores de gasoil o de aceite hacia las chacras que las usaban de combustible, o bolsas de harina para amasar el pan, que no entraban en el espacio reducido de un sulky.

Los tractores eran pocos todavía, y sólo muy raros chacareros lo tenían. Estaban los Massey Ferguson, los Hanomag y el popular y criollísimo “Pampa”, todo pintado de verde. Eso recuerdo.

Y volviendo a las gaviotas, aunque no he averiguado el origen, no las supongo sobrevolando las orillas de un mar lejano y creo comprender que éstas de los bañados eran más chicas, y a su vez, alternaban con otras especies como las cigüeñas, los chorlitos, las bandurrias, la diversidad de patos: crestones, picazos, siriríes, zambullidores, maiceros, etc. También con los flamencos blancos y los rosados, y con las garzas blancas y las garzas moras que cruzan el aire solitarias con ese silbido tan triste que zurce el horizonte plano y sangrante del atardecer.

Estas gaviotas merodeaban la tierra cuando todavía se araba porque le producía una vasta y surtida oferta de alimentos para ellas y sus crías que usaban ese graznido tan desagradable y lastimero.

Con lo que ellas dejaban se alimentaba toda familia de pájaros menores menos el biguá que lo hacía estrictamente de los caracoles que pescaban a la orilla de los cañadones donde corría poco el agua.

En los atardeceres cuando mi abuelo levantaba esa palanca y las rejas ya no brillaban al sol porque con su sangre iba pintando los campos, la estribación de los montes, el lomo de los terneros que balaban sangradamente buscando a sus madres y algo de ese fleco rojizo del crepúsculo se posaba en el sombrero lleno de tierra y sus bigotes cansados que a la noche, como siempre, filtrarían el vino antes de pasar airoso y feliz por su garganta italiana.

A lo lejos las luces del pueblo no llegarían a iluminar las numerosas perdices echadas en medio del campo, en silencio como una araña dormida.











DESVELAR*


“Todo número es cero ante el infinito”
VICTOR HUGO



Tengo un número tatuado en mi frente.
Un código de barras en mi espalda.
Me horroriza mi ingenuidad.
Mi inocencia, mí obcecada tendencia a ser ilusa.
A ser más cándida que una infanta dormida.


Que hago yo, me pregunto, con este muro en blanco.
Con mi pupila ciega y mi mano dormida.
Tantas, tantas peleas con molinos de viento.
Tonta necesidad de reconstruir historias.


Un mundo de cosas me rodean.
El otro es no, nulo, inexistente, también yo.
Pozos en la memoria.
Resistir la tentación de levantar los velos.
De raspar mi frente y mi espalda contra el muro.
Teñirlo en sangre.
Teñir el muro hasta el infinito.
Solo un número hueco, solo, vacío.
Luego, partir.
Conjugar los verbos.
Desmurar. Desmorir. Desvelar.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






*

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sábado, enero 07, 2012

A LO MEJOR RESULTA BIEN...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.




ANTIHISTORIA DE UN PRÍNCIPE ENCANTADOR*




*De Marié Rojas.



Como es de esperar, todo comienza en un reino muy, muy lejano, donde un príncipe encantador, hecho a la medida de todos los de su época, aburrido de esperar porque su hada madrina le encontrara la doncella de sus sueños, robó el libro de hechizos, se encerró en la más alta torre del castillo y, sabiendo que el hada no tendría que hacer mucho para encontrarlo, buscó entre las páginas hasta encontrar el adecuado. Lo leyó en voz alta pero, tal vez con el apuro, equivocó algún dato… Y vino a caer en este mes y este año en que están leyendo la historia.

Aterrizó al pie de la ventana del cuarto de una muchacha que se disponía a salir para sus clases de la universidad. Golpeó los cristales hasta llamar su atención, esperó a que abriera y le contó la razón de su presencia. Ella le creyó, porque era muy fantasiosa, porque estudiaba física cuántica, por la vestimenta que ostentaba – incluía un vistoso sombrero de plumas y una espada con puño de rubíes -, la forma de hablar, los gestos y por la cantidad de veces que se arrodillaba a ofrecerle su corazón, por tanto lo dejó entrar a su cuarto, temiendo que los chicos le hicieran burla cuando comenzaran a pasar camino a sus escuelas… Pero comprendió que debía enfrentarse a un problema mayor, ¿cómo esconder a un príncipe en una casa pequeñita, sin pasadizos, ni túneles, ni catacumbas, con el despertador de la madre sonando en el cuarto de al lado y él intentando desenvainar la espada para matar al hechicero que hacía tanto ruido?

Comprendiendo que si lo abandonaba terminaría con una camisa de fuerza o preso por indocumentado, optó por llevárselo… algo se le ocurriría al regresar. Al pasar frente a la madre, el muchacho le dijo con una elegante reverencia: “Oh, mi dulce señora, le ruego que me entregue la mano de su bellísima hija, y le prometo llenar su mansión de herederos”… La joven salió airosa, explicándole a la madre, mientras lo halaba hacia la puerta, que era un amigo que había ido a una fiesta de disfraces y había bebido de más, no pudo recordar su dirección, le encontraron la suya encima, todavía no se le había pasado la resaca y adiós mamita que se nos hace tarde.

Corramos un piadoso velo sobre las peripecias de sacar un príncipe a la calle, en medio del tráfico, las luces del semáforo, los anuncios, las gentes con sus atuendos cómodos, tener que hacer el camino a pie porque le tomó fobia a los autobuses y no tenía dinero para un taxi – igual les hubiera cogido miedo -… y lleguemos al momento en que arriban a la universidad.

Allí fue peor, iba derramando reverencias y les llamaba “dignos y nobles caballeros, donceles, doncellas”, intentó saludar al busto de un pensador, preguntó al profesor de álgebra si era el bufón de la corte – llevaba una camisa floreada -, y peor aún, se arrodillaba cada dos minutos delante de ella. Se fue librando con elegancia, usando lo primero que le venía a la mente: dijo desde que era un primo desquiciado que le habían mandado de provincias y le tocaba cuidarlo hasta que encontraran plaza en el psiquiátrico, hasta que era un actor que había alquilado sus servicios para ensayar su próxima película. Lo mejor era cuando decía bajito, haciendo señas para la empuñadura de la espada, que era una cámara oculta. Se mostraban muy afectados, se acomodaban el pelo y miraban a la cámara con su mejor sonrisa. El profe de la camisa de flores se la abotonó hasta arriba y se caló las gafas doradas, el príncipe lo aplaudió.

Tras una agotadora jornada, regresó casa con el príncipe ya no tan encantador; desarrapado, sin sombrero y molido tras haberlo montado a empujones en el transporte público en la peor hora de abarrotamiento. Por suerte conservaba su espada y su dignidad… hasta que se derrumbó en el sofá.

- Y bien – le dijo alcanzándole un vaso de agua -, es hora de terminar con este hechizo y regresarte a casa, a tu época, a tus botines por conquistar y a tu verdadero amor.
- Me temo que es imposible, mi dulce dama – dijo él mientras se quitaba las botas y se miraba las ampollitas de los dedos.
- ¡Ah, eso no puede ser cierto! – gritó ella corriendo a cerrar la ventana por donde se estaba asomando una vecina - ¿Puedes decirme por qué?
- Por varias razones – suspiró -… ¿Podemos comer antes, mi bella? Desde el faisán relleno de trufas de anoche no he probado bocado.
- Faisán… trufas… - protestó, yendo a preparar dos panes con lechuga y mayonesa y aclarándole con un gesto que uno era para ella - ¿Ahora, me las puedes enumerar?
- Con sumo gusto, mi hermosa doncella – habló chupándose los dedos -. Pero antes quiero decirte que este manjar es delicioso, uno más para tus dones, ¡apuesto a que eres una excelente danzarina!
- Se me da el baile, sí – respondió, sentándose a su lado -, ahora vamos a ver por qué no puedo mandarte de vuelta…
- Número uno: porque he dejado el libro en la torre más alta de mi palacio, y no sé ni un solo conjuro de memoria…
- ¿Y el hada madrina no puede venir a buscarte? – dijo, pensando que algún modo habría de comunicarse con ella, una vela o algo.
- Debe estar tan enfadada que me dejaría aquí, incluso si supiera donde estoy y se lo pidiera de rodillas.
- ¡Ni una rodilla más, te van a salir ampollas ahí también! ¿Y qué más?
- Dos: porque el hechizo se ha cumplido y no hay por qué revocarlo. Pedí conocer a una verdadera princesa y he comprobado que lo eres, más allá de tu educación, tu belleza, tu mirada, tu porte – comenzó a hacer una genuflexión y ella lo detuvo, él se incorporó y señaló un cuaderno donde aparecía su nombre.
- ¿Qué quieres decir?
- El Rey del país vecino tenía ese apellido, su hijo fue raptado y llevado a un incierto destino, pero siempre le aseguraron los magos que seguía con vida y tendría descendencia, una fuerte línea infinita.
- Mi tatarabuelo me decía que su abuelo había sido un pirata que nació príncipe. Pensé que su mente fallaba… tenía cien años.
- Pues ya ves, eres de noble cuna.
- ¡Y no alcanza, incluso si fuera princesa! – se miró al espejo de la sala y corrigió su postura - ¡No puedes quedarte, contempla mi mundo, mira el desastre que te has hecho en solo ocho horas… hago mis deberes ayudándome con la computadora!
- ¿Conoceré a esa dama que te auxilia en los deberes?
- ¿Es que no entiendes? ¡No soy una princesa de tu época!
- Yo tampoco soy un príncipe de tu era. La tercera razón, la más fuerte, es que he encontrado el amor verdadero. No solo eres bella sin par, en el transcurso de esta maravillosa jornada has demostrado ser leal, al mantener tu palabra de ayudarme, al presentarme a tu madre, a los demás doncellas y donceles de tu reino, has probado ser inteligente y creativa al salir airosa de todas las situaciones y, como si fuera poco, has mostrado tu intrepidez en ese monstruo rodante que echa más humo que los dragones, ¿dónde encontrar tantos dones reunidos? – se volvió a arrodillar -. Dulce damisela que ha robado mi corazón, ¿quieres concederme el honor de tu mano?

Ella lo miró… Si obviaba su vestimenta medieval arrugada, la postura, el vocabulario… era bien apuesto, alto, atlético, romántico, sincero, leal, valiente puesto que sobrevivió a una jornada universitaria en un mundo imposible desde su visión, ¿y dónde encontrar en estos tiempos tantos dones reunidos?

- Puede que no sea una doncella de tu época, pero puedo convertirte en un joven de la mía.

Así comenzó una nueva vida para el príncipe, que en su castillo solo hubiera conocido herederas de otros reinos y estaba destinado a ser infeliz para siempre al lado de cualquiera de ellas. La muchacha se afanó tanto en enseñarle el mundo actual y él se aplicó tanto en aprender, que ese fin de semana estaban yendo a una discoteca.

“Colorín colorado, este cuento ha comenzado…”, tecleó en su ordenador el hada madrina de la joven, que se hacía pasar por una vecina común y corriente, cuando los vio salir con camisetas de Megadeth, tarareando algo que sonaba francés, “a tout le monde, a tous les amis”. Y pulsó el botoncito “enviar”. La Maginet trabajaba de maravillas: en un segundo su colega del reino medieval muy lejano, estaba tachando ese asunto pendiente en su agenda y se alistaba para sacar a su cachorro de dragón a las lecciones de vuelo nocturno.


-Marié Rojas.
La Habana. Cuba.










LA TÍA Y EL PELO BATIDO*

Gracias a Gabriela Benítez




Baglietto canta “la vida es una moneda”. Su voz en la radio guía la melodía cómoda, familiar, largamente degustada al través de los años. “La vida es una moneda” –dice- , “quien la rebusca la tiene, ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes”.
Baglieto es una voz en la radio, no lo veo, pero surge en mi mente nítido y preciso en imágenes superpuestas desde el muchachito delgado de cabellos largos hasta este señor pelado de gorrito. Sigue cantando.
“Sólo se trata de vivir, esa es la historia, con un amor sin un amor, con la idiotez y la locura de todos los días…”
La canción relata la vida como un corte de muchas capas. Lo bueno, lo malo, lo admirable, la vida así como esa cosa indefinible por exceso de seres, de situaciones, de historias.
Y Gabriela contó una historia. Era de noche, claro, y era una historia de esas tan a lo Gabriela, tan de pueblo y de viejos, tan breves y extensas, con esa extensión que les da el derramarse sobre muchos recuerdos, penetrar en poros como aceite en la madera, quedar prendidas en la memoria.
“Sólo se trata de vivir” canta Baglietto, y Gabriela cuenta que habló por teléfono con la tía vieja de allá donde la laguna tiene sabor amargo y donde comienza la sequía.
Esta tía tuvo dos hijos. Uno que se fue tempranito a la tierra, otro que emigró a Norteamérica hace un siglo, hace mucho, hace un escándalo de años más tiempo de lo que nadie hubiese debido, y más que nada cuando jamás volvió y allá entre maíz y carreteras crecen dos hijos que nacieron aquí y otros dos ya tan extranjeros, tan otros, dos nietos que la tía de Gabriela no va a conocer, que vivieron en el vientre materno su oscuro mundo de peces y luego fueron arrojados, y lloraron, y crecieron sin un rastro de la laguna amarga, sin historias de pueblos polvorientos, sin abuela.
La tía de Gabriela se quedó sola entonces, y la diabetes la fue dejando casi ciega.
Gabriela, que habló con la tía por teléfono, le preguntó a la mujer vieja, y sola, y rodeada por la penumbra, le preguntó a la tía que cómo había pasado el fin de año.
“Yo tengo muchos amigos” –dijo la tía. “Mucha gente me invitó a ir a su casa, pero yo fuera de mis cosas y mis muebles me pierdo, me tropiezo, no doy con las puertas ni con los cuartos”.
Una de las mujeres que llamó para invitarla convino en que bueno, que está bien, que se quedase sola pero le pidió una cosa. Que no fuera a pensar en lo malo, en lo que le falta, en lo que no fue o se fue o ya no es. Le dijo que por favor pensase sólo en lo bueno que le dio la vida.
Y las palabras le quedaron rondando a la tía. A veces sucede que alguien dice algo y no cae en saco roto, cierta frase, un consejo aparentemente obvio, un salvavidas naranja en el agua marrón rescata un náufrago.
La voz de la tía en el auricular le contó a Gabriela cómo pasó las fiestas. Le dijo que se batió el pelo (lo tiene largo, la ceguera le dificulta ir a la peluquería), se peinó, se puso una blusa y una pollera blancas y negras, unas sandalias blancas, se adornó con los aros y collares del cajón grande de la cómoda, se maquilló, se perfumó, tomó una silla y se fue, como quien sale al baile, a sentarse a la vereda.
La voz de la tía que viene de allá lejos, que atraviesa mil cuatrocientos alambrados, dos riachos y múltiples bañados, la lejana voz de la tía llega al auricular. Y le cuenta a Gabriela “los vecinos me aplaudieron”.
“Sólo se trata de vivir” dice Baglietto en la radio. Con lo que se tiene y se puede. Como se pueda, sólo se trata de vivir, canta Baglietto. Y dice, abriendo los brazos, “a lo mejor resulta bien”.
No le veo la cara, no hace falta, cuando llega a esa estrofa (y escuché esta canción mil veces), cada vez que dice que a lo mejor resulta bien le creo y me convence, y canto con él, y deseo que el sol nos alumbre, y con su sonrisa que no veo pero le oigo en la voz me vuelve a decir que quién sabe, que quizás las cosas al fin y al cabo sí resulten.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com








Reyes Magos*


Hace tiempo que dudaba sobre la existencia de los Reyes. Sospechas tontas, todo por seguir a los adultos. Los adultos a veces se ríen de los niños por sus creencias ¡Pero ellos en cúantas cosas creen que no se sostienen ni siquiera en la magia!.
Hoy 6 de enero una mano maga, reina del espacio abierto del amor, me dejó un regalo de tiempo, un reloj.. Por él me prometo disfrutar y acrecentar mis horas sensibles, las de creer en los reinos invisibles que pueden trasformar un momento cualquiera en un pequeño cielo. Reyes, Quijotes, arte, la belleza , la verdad , la búsqueda de la justicia. Esos ratos, dónde solos, acompañados por pocos, o por multitudes, volvemos a creer en lo que nos dijeron que ya no es creíble, que otra vida y otro mundo son posibles.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







Su vida es aprendizaje y perfeccionamiento de un oficio que ama*



*Por Enrique Pérez Díaz
Fecha: 2012-01-05 Fuente: www.auroraboreal.net
Escritora Marié Rojas Tamayo



Marié Rojas Tamayo: medio centenar de premios internacionales, una decena de libros publicados, una obra sugerente, inquieta, llena de vericuetos imposibles que propician el deleite y crecimiento intelectual del lector.
Una mujer, madre, profesional, amiga, llena de sueños y de memorias que se niega a borrar incluso por dolorosas que resulten. Su vida es aprendizaje y perfeccionamiento de un oficio que ama y que se le da de manera natural. Sus pies se asientan en la realidad de la que toma cuanto puede inspirarla para que su ánima viaje a Fantasía, a reinos por otros impensados que ella habita en varias dimensiones con esa soltura y gracia de los magos. Apenas conocida en Cuba -Gente Nueva publicará en breve su libro emblemático Adoptando a Mini- es, sin embargo, uno de los pocos autores de la Isla en quedar
finalista del Premio Lazarillo de España, del cual fue Mención Especial por unanimidad del jurado. Abrimos al lector, el umbral del Mundomaire, un entorno de duendes, hadas, brujas, elfos, troles y la savia milenaria y milagrosa de que ellos viven: mucho amor por cuanto le rodea.


Marié, se suele decir que en cada libro escrito por nosotros va un gran porcentaje de la personalidad de su autor. ¿Te pareces a sus personajes?


Soy todos mis personajes, todos tienen algo de mí, partiendo de mi luz hasta mis facetas más oscuras. El escritor se desnuda al mundo a través de su obra, es su exorcismo, su emancipación. En mi novela Villa Beatriz, soy la Estrella, la Sota, el arpa, la casa misma. En otra soy el personaje de la Cuentacuentos, pero también soy cada habitante del pueblo, sus episodios son parte de mis recuerdos, desde el hechizo que los rodea hasta el aroma que ronda las calles.


¿Tienes algún modelo ideal de autor para niños?


Andersen, sin duda. Carroll, Tolkien, Ende, creadores de mundos.

¿Reconoces alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?


Los que he mencionado como modelos ideales: lo han sido para mí, los recomiendo a los que se inician en la literatura infantil y espero que sigan siendo inspiración y escuela para generaciones venideras.


¿Qué solías leer cuando pequeña?


Todo lo que me caía en la mano, lo que me prestaban otros niños, lo que me regalaban, lo que tomaba de los estantes de mis abuelos o de mi tía. Era poco selectiva, voraz, desde revistas "Selecciones" hasta novelas policiacas. En primer grado recuerdo haber leído El pequeño príncipe y acto seguido La expedición de la Kon Tikki. Lo mejor fue cuando me hice amiga de la hija de un ginecólogo que me prestaba los libros de su padre. cuando me fueron a explicar ciertas cosas, yo las había visto por fuera y por dentro.
Me gustaban Poe y Quiroga, aunque sus cuentos me robaban el sueño, o tal vez por eso.


¿Qué atributos morales debe portar consigo un buen libro infantil?


Ser creíble, ser sincero. Mostrar respeto hacia el público a quien está dirigido. El escritor de libros infantiles debe amar a los niños.


¿Cuál es tu libro más entrañable y por qué?


Alicia en el país de las maravillas, tengo 4 ejemplares, son sagrados. Uno de ellos vive en mi buró, es un libro de consulta, matemáticamente perfecto, lo vengo leyendo desde los 9 años y siempre descubro algo en sus páginas. No podría decir por qué, tiene la magia de las cosas que amamos sin preguntarnos la razón, la sonrisa de un niño, los atardeceres, acariciar un gato, ver caer una estrella, un beso en los labios, una melodía que nos llega al alma.


¿De qué modo te acercas al inicio de una historia?


Surge en mi mente, como una imagen o la secuencia de una película. Escucho el diálogo, o la narración de fondo, y me siento a escribirla.


¿En qué género te sientes más cómoda?


El cuento breve de carácter fantástico, con final inesperado. Juegos entre fantasía y realidad, algo de ciencia y algo de ficción corriendo por la página.


En tu obra se ve una seria inclinación a dos tendencias fundamentales, primero, una recurrencia evidente al mundo de las criaturas de Fantasía, segundo una literatura que se centra más en los sentimientos y las emociones que en la misma acción. Si tuvieras que salvar solamente diez libros de un naufragio, ¿cuáles escogerías? ¿Cuál de los que has escrito?


Desearía no verme jamás en esta situación, porque si depende del peso de la balsa, me arrojaría al mar para dar cabida a más libros. Colocaría entre los primeros: Alicia en el país de las maravillas, los cuentos completos de Andersen, La historia interminable, Pinocho, La familia Mumín, toda la obra
de Tolkien, El Mago de Oz, Corazón, la obra de los hermanos Grimm, El maravilloso viaje de Nils Holgersson. He mencionado diez, solo voy por la literatura infantil, y me faltan muchos por nombrar. Lo dicho, me hundo por salvarlos.
De mi obra salvaría ese libro misterioso que aún no he escrito. Y solo si pudiera salvarme yo, porque iría dentro de mí.


¿Qué prefieres más de la vida? ¿Qué quisieras borrar para siempre?


El amor, la sinceridad, la capacidad de soñar y de reír. No borraría nada, en especial de mi pasado porque de todo he aprendido y cada momento, por pequeño que haya sido, me ha traído a este instante. Si perder un segundo de tristeza me hiciera borrar un ápice de lo que soy, sería devastador. Borrar
para siempre es algo que me atemoriza, no se puede borrar nada para siempre porque habría que borrar también su recuerdo del pasado -para eliminar el riesgo de que se repitiera-. En su lugar, intentaría hacer mejor, desde mi pequeña posición en el universo, aquello con lo cual no estoy de acuerdo; de
hecho lo intento, y creo que lo intentan muchos, cada vez más. Tal vez un día logremos esa masa crítica de la que hablan los textos de física e iniciemos una reacción en cadena que, sin borrar, sea capaz de sobrescribir.


Una persona tan imaginativa como tú y con tanta carga de inspiración y fantasía en sus obras, ¿de qué modo consigue nutrirse para ellas de la realidad cotidiana?


La realidad, tal como la veo, no es "cotidiana", en el sentido de "rutinaria, vulgar, ordinaria". Es fuente inagotable de inspiración, la magia nos salta a cada paso, lo increíble nace de lo cotidiano que se
renueva constantemente, del modo en que nuestra mente acomoda y rehace los recuerdos. Hay sucesos generadores de historias por doquier, hilarantes, tristes, misteriosos. A nuestro paso vemos casas encantadas, sueños hechos realidad, predicciones que se cumplen, conflictos familiares o sociales, romances que surgen y se deshacen, pasiones que se desatan, miedos, retos: es imposible abstraerse de la realidad al crear la ficción. Cada persona que conozco es un "personaje" a punto de formarse -he convertido a alguien en zarigüeya, a un amigo en dragón y a una amiga en arañita tejedora-, y me ha
sucedido algo mejor: un día tocó a mi puerta un personaje de mis cuentos, lo reconocí al momento pero no se lo dije hasta que nos convertimos en amigos, le mostré historias escritas antes de conocerlo. Fue una experiencia fantástica, como que a la puerta de Spielberg tocara el E.T. pidiéndole el teléfono para llamar a su casa.


¿Podrías hacer un breve recorrido-cuento argumental por tus libros publicados, como si tú misma fueras adentrándote en ellos?


Más que por mis libros publicados, me gustaría viajar por mis libros escritos: Adoptando a Mini soy yo, abandonada a temprana edad en un mundo adverso, siendo adoptada por criaturas mágicas que me educan según su modo de ver la vida. Villa Beatriz es ese mundo, más detallado y lleno de recuerdos, tal como lo veía yo, y como lo sigo viendo en mis recuerdos, sumando experiencias actuales. Arpegios de una melodía solitaria es mi infancia, tal como la verían otros, desde una perspectiva más real, pero no menos extraordinaria. En busca de una historia es el hijo que busca a sus padres para encontrar en sus raíces su propia historia, un viaje interior que nos lleva a universos impensables donde rescribir la fantasía puede transformar la realidad. El libertador del confín es un homenaje a todos los libros que me ayudaron a crecer, lo que sería capaz de hacer por salvarlos.
Laurel y orégano es un recorrido por el poder que habita en las mujeres de mi familia, tal como lo viví en mis vacaciones en el campo, el sortilegio de descubrir y reencontrar el amor a través de un ente que viaja conmigo a través de sucesivas existencias, mis dudas y temores, mi incesante búsqueda de una verdad más allá de la circunscrita. Y están mis libros de cuentos -cuentos de circo, libro inédito escrito contigo; cuentos de ángeles, cuentos de casas, cuentos de gatos, cuentos habaneros, cuentos infantiles.-, de los cuales prefiero Cinco minutos a solas con las musas, De príncipes y princesas y El mundo al revés, episodios de mi vida junto a mi hija Sarah, la princesa majadera; el diario de doce años, aprendiendo de esa pequeña sabia.


¿En otra vida serías escritora?


Sería hacedora de cuentos, siempre. Escribir es la tabla que me salva de los naufragios, es mi burbuja de silencio, mi sinfonía perfecta, mi sortilegio contra todo lo adverso y a favor de todo lo bello, mi modo de ver y comunicarme con el mundo. No sabría ni querría hacer otra cosa.
No sé en qué universo o tiempo podría renacer, o haber nacido antes. Si es un mundo anterior a la escritura sería narradora oral, cuentacuentos, hechicera que cura con historias. Si voy a un mundo más avanzado estaré a favor de la narrativa, sea como sea, creándola a partir de los medios disponibles. Tal vez en un mundo paralelo baste con soñarla y todos los que duerman o descansen, y quieran conectarse con mi mente, puedan hacerlo.
Soñarán mi sueño -tal como ahora nos conectamos a internet o al correo electrónico-, verán las imágenes e historias que pueblan mi mente. Y puedan hasta participar en el proceso de creación, un inmenso e infinito libro interactivo sin soporte físico.



*Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/entrevistas/su-vida-es-aprendizaje-y-perfeccionamiento-de-un-oficio-que-ama/20971.html







LA TORMENTA DEL REY*


*De Anabel Orona


Remolinos de hojas. Relámpagos y truenos empujaban las primeras gotas del día.
El rey entró en la tintorería y llamó al hombrecito que planchaba contra el ventanal de vidrio.
- Eh Yamashiro! dónde estás?
- Acá mi señor, exigiste que en tu traje no quedaran arrugas, encontraste alguna?
- No. Vengo por otra cosa. Compré un libro japonés y exijo que me leas los haikus! - contestó fastidioso.
- Permitime el libro mi señor, a ver a ver... acá dice... dice...mmm... dice...
- Dale! Apurate! sabés que odio esperar! qué cosas dicen los haikus?
- Mi señor... lamento informarte que... es un libro de arquitectura, mirá, aquí dice: modelo casa Takeda,
acá en ésta página, modelo casa Kimoshaki y en ésta otra, modelo casa Fukuda... no hay haikus!
- Será posible que la vendedora haya sido tan inútil?- dijo el rey dando un golpe seco sobre el mostrador.
Alterado se dirigió a la salida y de un portazo se retiró sin saludar. El hombrecito, con la tranquilidad que lo caracterizaba volvió a su plancha mientras las campanillas de la puerta lo devolvían a sus pensamientos de un Agosto Hiroshimado tan lejos del solvente y el vapor. El rey en la vereda necesitó fumar, buscó entre sus ropas el tabaco y encontró el paquete vacío, apretó los dientes y cerrando los ojos pegó un puñetazo contra la pared.
- Será posible?- protestó, luego mientras metía la nariz dentro del paquete, un aroma a menta y chocolate lo fué calmando, abolló el envoltorio y lo arrojó en la alcantarilla.
- ¿En qué cajón habrá quedado mi humor?- se preguntó abatido mientras caminaba suave, por la ciudad del otoño, con la mirada baja. De repente, se descolgó una garúa brillante y fría. Al doblar la esquina se topó con ellos. Los observó espantado. Meditó.
- Qué pareja mas pareja! un drogadicto y una alcohólica! puaj! uno tropieza y la otra se bambolea!
Por Dios qué feos son! por Dios, qué feos! pero... qué hermoso se besan abrazados bajo la llovizna...-
Acomodó la piel de su capa abrigándose y hundió la corona dorada aplastando su largo cabello canoso,
en tanto los enamorados pasaban a su lado, riendo sin poder hallar el equilibrio. Los siguió con la vista
murmurando.
- En qué cajón habrá quedado mi amor?-
El rey levantó su cara al cielo, la lluvia caía desordenada empapando el bigote, la barba, el cuello.
Resignado, cruzó la calle.

La felicidad se movía con el viento y su tristeza, era un gemido que angustiaba la mañana.


- Anabel Orona, provincia de Buenos Aires
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar




*

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viernes, enero 06, 2012

UNA DE ESAS RARAS TARDES SIN TIEMPO...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.



ESTACION DE CUATRO LUNAS Y UNA SOLEDAD MENOS*




Cuando se siembran lunas se desbrozan malezas.



Estación germinal
La niña mira la luna, el burro y la virgen.
La soledad le lastima el pecho.
El niño mira el único satélite natural de la tierra.
Su soledad no la registra el telescopio.


Estación de los brotes
La muchacha lleva la luna entre su pelo.
La soledad cabalga en una yegua mansa.
El joven siente que la luna se le enreda en sus manos.
La soledad huye en un potro de fuego.


Estación de fotosíntesis
La mujer mira la luna en el mar, el mar la llama.
La soledad se aleja en remotas mareas.
El hombre siente que hay una llama que debe encender.
Con su fuego la soledad se esfuma y la luna se arraiga


Estación de la flor y el fruto
La anciana mira la luna en el agua del aljibe.
Hay una cicatriz que solo punza en tiempos de sequía.
El anciano bebe una vez más la luna en manos de mujer.
El pecho le duele de tanto amor y de tanta luna.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-De la serie "TIEMPO DE LAS ESTACIONES"











Viajero soy*



Viajero soy. La ruta es mi destino.
El frenesí del mar, mi desafío.


Viajero soy. En todas partes moro,
y en ninguna. Mi patria es el recuerdo
de tres o cuatro rostros y unos versos
que alguna voz amada pronunció.


Viajero soy. En el confín del mar
está la tierra de mis padres; lejos,
otros mares y otras tierras y otros dioses.
Todo cabe en mi cuaderno de bitácora.


Viajero soy. El horizonte espera
la estela de mis naves, las palabras
que mi pecho proclama, las batallas
que los vates cantarán en la mañana.


Y más allá de todo
rodeada de mar* se alza la etérea
Ítaca, paciente, inamovible,
hermosa al atardecer* eternamente aguarda
el retorno de sus hijos nómadas.



*rodeada de mar y hermosa al atardecer son dos de las formas empleadas para describir a Ítaca en La Odisea.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
-De Arenas de Ítaca. Publicado en el nº 17 de La Buhardilla








Espera*



Te vi una de esas raras tardes sin tiempo,
Eternas en la memoria,
Síntesis perfecta de todas las tardes…
Coqueteabas en inocente armonía con la vida,
y te quedaste siempre cerca...
Alta, blanca, discreta,
Soberbia, palpable, inmaterial...
Duermes mis sueños, me piensas y me olvidas;
Te derramas en cada destello de vida, en los espacios vacíos,
en todas las demoras, en las largas ausencias...
Te ví en los ojos de Nino y en la insolente juventud de Nicolás
¿Estabas también ahí, en el destino de mi próximo viaje?
¿Oculta en la carcajada extravagante de la dicha?
Alta, nívea, infinita...
Sólo esperas...



*De Silvia Alzamora. alzamora_s@yahoo.com.ar






CUENTOS DE LA REALIDAD




Milagro en milan...esas ...*




*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com



Chiquito, es en realidad chiquito. También chiquito de entendederas. Le cuesta, dicen sus hermanos en especial Oscar, que afirma arrastrar un soldado fuera de fila cuando un auto lo rozó en la avenida.

El con un balde, un secador de manos y un trapo rejilla, que deja bastante que desear, limpia parabrisas, focos y todo lo que tenga vidrio en particular, se ve que a él, de lejos, todo lo que relumbra le parece oro. Lo hace en la esquina de Boedo y avenida Hipólito Yrigoyen.

Lo acompaña una banda que encabeza su hermano Oscar gracias a quien sobrevive en el grupo. La ley de la selva, urbana, tiene códigos muy duros, por lo menos para Chiquito y otros como él, que no tienen la suerte de tener un hermano cabecilla.

Se van, cuando los llevan, cerca de la medianoche en el 543 cartel rojo, “el Bustos”, dice chiquito, cuando se precipitan en bandada para ver si la perinola les cae en “toman todo”; por lo menos en este caso, el colectivo es un pasaporte seguro, un DNI que suelen ganar cuando maneja Hugo, del interno 27, un personaje que escucha, por lo menos de noche, radio L, la radio local que él privilegia y obliga aceptar a sus pasajeros como parte del importe del pasaje.

Pero él, otra vez, que se siente por un rato administrador de la pobreza, de bienes y servicios, casi como un CPU, y si me apuran un server, sabe que ese es el último viaje del día, perdón, de la noche, que todo lo paga, y por eso viaja lento, como intentando quedar.

Los chicos, el mayor doce y el resto rozando los siete, arañan como pueden, cuando se sientan en el fondo del micro, aquello que pudieron conseguir. Chiquito, sigiloso, no contó esa noche que uno de los autos – seguro que estaban dados vuelta – dijo para si en voz baja, le dio diez pesos.

Chiquito simuló secar el parabrisas que se escurría en la noche rumbo al sur, en la niebla incierta de un cambio de año, el que fenecía, 2002 titilaba y “Chiquito”siguió simulando para avisarle a Oscar que se iba al baño.

Baño no hay y ningún lugar próximo, llámese como se llame, les da permiso para pasar, pero la mentira esa, fue la única que se le ocurrió.

Caminó pegadito a la pared rumbo a Laprida y se fué directo al restaurante chino, -antes que cierre- se dijo. Entró y como todos los chicos que atienden son iguales, resignó el pedido en voz baja.

Mostró el billete de diez pesos para garantizarle verdades al oriental y, de paso saber para cuanto le alcanzaba en materia de milanesas.

Hacía dos años, según le contó Oscar que no se comía en la casa – decir casa es toda una exageración – “una puta milanesa”.

Guardó el preciado paquete, pidió una bolsa de plástico para proteger la carga y se las ingenió par que los otros al volver no advirtieran nada. Cosas del hambre de la ciudad.

Tuvo suerte, el interno 27 cartel rojo – Bustos - y Hugo que les hacía señales de que se apuraran disolvió la atención. Se acomodó al lado de Oscar, apretujándose lo más que pudo casi hasta despertarle sospechas a su hermano sobre el gesto. Las ternuras están amputadas en la vida de ciertos chicos.

Las cosas se le podían complicar a la hora de bajar, pero otra vez la suerte estuvo de su lado, “el number one”, así se hace llamar a quien siempre llevan como furgón de cola, se bajó dos cuadras antes, porque una bolsita de poxiran lo esperaba cerca de allí.

“El Licenciado”, seguiría dos cuadras más adelante de donde Chiquito y su hermano descenderían, para confirmar que “Santa Marta... no tiene tren... y tampoco tranvía”.

Los apodos los “compraron” de estar sentados en los escalones de la heladería de la esquina de Boedo y Irigoyen , donde hacen pausa, mientras el semáforo está verde rumbo al sur.

Lo curioso es que no invaden jurisdicciones. Ellos trabajan allí y de paso, le cuidan el hueco donde duermen dos duendes de la medianoche, quienes se ”alojan” en la puerta del edificio no habilitado que está sobre Boedo y dispone de una cochera de clandestino servicio, para clientes exclusivos, ¿quien los autoriza en un edificio que no está autorizado?, mas misterios que trae la noche.

Llámeme Licenciado, dice el de anteojitos y remolino erguido, algo obeso para su corta edad y dueño del cuchicheo más famoso de la barra, siempre parece estar revelando secretos, suele ser estentóreo a la hora de hablar en grupo, como si actuara. En realidad la vida de ellos es una actuación perpetua. Su boletería siempre está habilitada y tienen entradas disponibles, porque son quienes se marchan y cierran la función de cada día.

“Chiquito”, a su manera, los quiere a todos; el número de la barra oscila, esa noche eran cuatro incluyendo a “pelusa” y “pelusita”, hermanos que por economía se quedaron con sobrenombres de barrio.

Ese día a todos les fue más a o menos bien. Pero estos chicos gastan mucho y a veces vuelven sin nada o con muy poco, no cultivan el ahorro que, dicen, es la base la fortuna.

Panchos, facturas sobrantes del día y otras delicadezas, son parte de una variada forma de consumir, sin olvidar los helados, pero eso sucede cuando agotaron todos los recursos para quedarse con la comida y la plata, sucumben entonces a la tentación, como tanta otra gente que anda por ahí.

La cuestión es que, a medida que se disgregaban que se disolvían en la oscuridad suburbana, llevaban la orden de “Chiquito” de pasar por su casa un rato más tarde.


Oscar se quedó mirando a su hermano sin entender, porque al llegar seguro, que no sería aprobada esa idea por su familia, de por si numerosa y poco afecta a las invasiones.

“Chiquito” no quería soltar prenda. Llegaron saludaron, el le contó a su mamá, luego de darle el resto del dinero, que cosa había hecho con el “premio de los diez pesos” y mientras, se serenaban los ánimos, porque “Chiquito” no tiene los soldados alineados en su cabeza, pero esta vez por eso mismo, zafó.

La cuestión es que fueron llegando todos y Chiquito muy serio, fue a buscar platitos, de plástico por supuesto y le pidió un cuchillo a su mamá, luego muy serio comenzó a cortar porciones iguales de las milanesas que hizo aparecer como por encanto, el chino ese día le regaló un cucurucho grande de papas fritas algo aceitosas que acompañaron la invitación y tan serio como al inicio, los invitó a comer.

-Hoy es un cumpleaños -, dijo y empezó a comer. Oscar se lo quedó mirando con ganas de preguntar quien cumplía pero se dio cuenta que el hambre era más fuerte, no sólo que el amor.



*


Yon pasó a buscarme al mediodía, yo estaba de buen humor, algo francamente irregular.

Casi lo abrazo, no quise contar nada de lo que me contara Oscar, “fideo fino” le dicen, porque tiene que pasar dos veces por el mismo sitio para hacer sombra. Además el vasco no suele ser demostrativo más que con gestos.

Por ejemplo volver a Ezeiza, para probar, dijo, unos filets de brotola, al parecer imperdibles en una salsa roja y plena de ajo.

El vino quedó en el freezer y pidió que lo sirvieran copa por copa, claro la botella costaba trescientos pesos y eso, aunque no lo paguemos, por causas naturales, también es un exceso, aunque sea Sauvignon blanco.

En medio del parque me pareció ver una falda esquiva escurrirse entre los árboles, dejando tras de si una estela dorada. No era cierto.






Un beso de película*


El le dio un beso, lo llamó el último beso, como era el prinero ella supuso que lo que quiso decir es que sería único. Como ella sabía que el beso único era, a veces, muy consentido y se aferraba y crecía en la memoria de la boca, buscó otros, y los consiguió. Aunque ninguno fue como áquel. Primero, único, último, un beso de película.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







Una rama de alerce*



*Por Juan Forn


Un jefazo de Moscú de paso por Kolymá se queja de que las actividades culturales del campo "cojean de ambos pies". Kolymá es Siberia, el gulag, el infierno blanco, los olvidados de Dios. "Todo, salvo las piedras, nos estaba prohibido", dice Varlam Shalamov. En Kolymá los pájaros no cantan. Las flores, fugaces y anémicas, no tienen olor. Ni los árboles huelen en ese corto verano de aire frío que en realidad es una primavera enceguecedora, sin una gota de lluvia. Pero para el jefazo lo que le andaba faltando a la moral de los presos era actividad cultural. Mandaron llamar al preso encargado de tales menesteres, que en su vida real había sido mayor del Ejército Rojo, el mayor Pugachov, y éste le contestó al jefazo que no se preocupara: "Estamos preparando una obra de la que hablará toda Kolymá". La obra era una fuga. Pugachov y los suyos eran una nueva especie en Kolymá.
Eran, como Shalamov, presos políticos, enemigos del pueblo. Pero no eran como los demás prisioneros políticos llegados desde los años '30 a Siberia: no se derrumbaban moralmente preguntándose qué habían hecho, cómo pudo hacerles eso la Revolución. Eran hombres de acción, puro reflejo animal:
venían de pelear como leones contra los nazis, de arriesgar el pellejo escapando de los lager para volver a sus filas y empuñar de nuevo las armas.
Pero la guerra ya estaba ganada y Stalin los mandó a Siberia. Los mandó cuando acababa el otoño, creyendo que el invierno los quebraría, los igualaría a los demás presos políticos. Ellos se tomaron el invierno para estudiar el terreno, en condiciones infrahumanas, trazaron un plan enloquecido, esperaron el momento oportuno con la llegada de la primavera, y un día se fugaron.
Los agarraron a todos. Los tuvieron que matar para agarrarlos, y al único que agarraron vivo, agonizante, lo revivieron y después lo cosieron a balazos. Se desquitaron con él porque cuando sólo les faltaba encontrar a Pugachov, y lo encontraron, éste se disparó en el paladar la última bala que
le quedaba, mirándolos fieramente a los ojos. Dice Shalamov que cuando se enfrentaron los guardias y los presos fugados, ambos bandos exhibieron equivalente temeridad: los presos porque no iban a entregarse vivos, los guardias porque sabían que serían convertidos en presos en cuanto sus superiores se enteraran de la fuga. Dice Shalamov que su país es un país de esperanzas absurdas, hechas de rumores, sospechas, conjeturas e hipótesis, y que por eso cualquier acontecimiento crece hasta convertirse en leyenda antes de que el informe del jefe local logre llegar, llevado por el más veloz correo, hasta las altas esferas. Eso es la literatura rusa, si se lo piensa un poco (en el final de Los hermanos Karamazov, Dostoievski escribe: "Lo que se dice aquí se oye en toda Rusia"). La fuga de Pugachov, el relato de la fuga de Pugachov, corrió como mercurio derramado por Kolymá, fue la
actividad cultural por excelencia de aquel verano y el invierno siguiente.
Shalamov estaba allí y vivió para contarlo. Lo contó en catorce páginas alucinantes, y en otros setenta cuentos más, que rara vez son más largos, y a veces necesitan apenas tres páginas para llegar hasta el fondo de la médula espinal de quien las lee.
Shalamov había sido deportado a Siberia de jovencito, pasó veinticuatro años allá, pudo volver recién después de la muerte de Stalin: no tenía cincuenta y parecía de setenta (había quedado sordo, perdido la vista de un ojo, tenía Parkinson). Se pasó los ocho años siguientes escribiendo, uno tras otro, setenta cuentos como el de la fuga de Pugachov. Consideraba su vida acabada, sólo le importaba dejar en papel su experiencia en Kolymá y tallaba cada pieza de su mosaico como un miniaturista loco. Hasta que, en noviembre de 1962, la revista Novy Mir publicó un cuento llamado "Un día en la vida de Iván Denisovich" de un desconocido llamado Alexander Solzhenitsyn. Era la primera descripción del gulag que aparecía en letra impresa. Se decía que el propio Kruschev había dado el visto bueno para que se publicara. Shalamov la leyó en su cochambroso cuarto, le escribió a Solzhenitsyn (que era once años
menor y que había pasado diez años menos que él en Siberia), le mostró sus cuentos, le preguntó qué hacer con ellos. Solzhenitsyn le dijo que no eran lo suficientemente "artísticos" (aunque a continuación le propuso que lo ayudara a escribir Archipiélago Gulag; Shalamov le contestó que lo que tenía
para contar sólo podía escribirlo solo). Mientras tanto, Brezhnev eyectó a Kruschev, acabó con el deshielo, convirtió a Solzhenitsyn en una bandera de la disidencia (y lo echó de la URSS cuando él logró filtrar a Occidente y publicar allá su Archipiélago) y Shalamov siguió escribiendo como un muerto en vida sus cuentos. Cada vez escribía menos, hasta que en 1973 no escribió más. Pero algunos de esos cuentos empezaron a circular de mano en mano, en samizdat, alguien los cruzó al otro lado y un periódico de rusos blancos en Nueva York los publicó.
Shalamov repudió la publicación desde Novy Mir. Fue la primera y última prosa suya que vio en letra impresa en su vida. Dijo que no era un disidente, que no era bandera de nadie. Nadie le creyó: o pensaron que era un cobarde o que lo habían obligado a firmar. La mayoría creía que lo habían obligado: en 1979 el Pen Club francés anunció que le daría a Shalamov el Premio de la Libertad. Las autoridades rusas lo internaron en un asilo para débiles mentales, donde murió, ido y solo, tres años después. El último de sus Relatos de Kolymá es la historia de una rama seca de alerce que llega por correo a Moscú. La destinataria la pone en una lata y llena la lata con agua de la canilla, "esa agua muerta de las cañerías moscovitas". Pasan varios días y la mujer se despierta una noche por un vago olor a trementina,
que no sabe de dónde viene. Es la rama de alerce, las ínfimas agujas de pinocha que asoman de sus nudos. El alerce es el único árbol que huele en Kolymá. De allí viene la rama. La destinataria de la rama es la viuda de un poeta que murió en Kolymá. Shalamov no la nombra, pero sabemos que es la extraordinaria Nadezhda Mandelstam, porque en otro cuento relata la muerte del gran Ossip ("sus compañeros de barraca ocultaron su muerte dos días para quedarse con su ración de pan, de modo que el poeta murió dos días antes de su muerte, que lo sepan sus futuros biógrafos"). Dice Shalamov que, al principio, el olor del alerce parece el olor de la descomposición, el olor de los muertos. Pero si uno inspira hondamente y con atención, comprende lentamente que ése es el olor de la vida, de la resistencia, de la victoria.
La literatura rusa está hecha en madera de alerce. Shalamov nos lo enseñó.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-184880-2012-01-06.html







Esa palabra*


Dame esa palabra hermano
esa, la que penetre,
la que indague,
la que hurgue en las entrañas.

Esa palabra creada para llorar,
calentar la sangre
enervar los sentidos.
Esa que usó Whitman,
Benedetti, Rubén Vela.

Y no la busques demasiado.
Está allí, al alcance de tus ojos.
Es la que gastan los poetas
La que molesta a los tiranos.

Murmura esa palabra hermano
o la cantas, o la gritas
hasta quedar sin voz.
Y la escribes en las paredes
en las plazas y veredas.

Paz
Paz
Paz



*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar





*

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martes, enero 03, 2012

LA LITERATURA ES INDISPENSABLE PARA EL MUNDO...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.




NOSTALGIAS*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


De qué amaneceres ateridos venían aquellos caballos que emergían del amanecer, aquellos que mi infancia vio con los belfos babeantes y las narices que producían un intenso vaho tibio cuando el alba aún era una gran sombra profunda y oscura.

Luego del desayuno abundante por las rudas tareas que se avecinaba, el menor de mis tíos montaría el “nochero” como se llamaba al caballo manso que permanecía atado a un palenque e iría a buscar la tropilla que moraba por las noches en un potrero de alfalfa, muy alejado de la casa.

De allí vendría la caballada necesaria para el arado o las rastras, o las carpidoras o la cortadora de alfalfa con su gran lanza que iba hacia un costado produciendo una lluvia verde sobre el campo y un olor penetrante de frescura que tocaban las pituitarias ávidas y con sólo eso uno se sentía bien.

Esto que trato de recordar, esto que trato de narrar de todos modos es de la época en que el viejo, es decir mi abuelo, ya no trabajaba el campo, había delegado esa tarea a sus hijos menores. Todos los mayores habían emigrado y se ocupaban de peones rurales, única tarea que podían hacer por su conocimiento, experiencia y baquía. Como casi ninguno había ido a la escuela o lo habían hecho esporádicamente ya que había que trabajar desde muy chicos, no podían esperar otra cosa. Nunca supe, y ya nunca sabré a esta altura quién le puso en la cabeza a mi abuelo, que había vivido toda su vida en el campo, que podía ponerse al frente de un negocio, él, que era analfabeto, y que –presumo- apenas sabría dibujar su firma y sacar las cuentas, bien elementales. Mi abuela era muy vivaz, más inteligente que él, había aprendido a leer y a escribir sin que nadie le hubiera ensañado nunca. Pero el viejo –que era desconfiado por naturaleza- no le permitía que ella atendiera sola a la clientela. Porque además sospecharía que ella podría distraer algunas monedas para repartir entre sus nietos. Y era verdad esta sospecha porque yo era uno de los beneficiados directos, ya que ella me aseguraba la matinée del domingo, un paquete de maní con chocolate y la revista de historietas del día lunes.

Cuando mi abuelo tomó la decisión de cambiar sus animales, sus escasas maquinarias y sus enseres de labranza, ya que no era dueño del campo, por un almacén y despacho de bebidas, tenía cincuenta y siete años y se sentía viejo y se sentía cansado, tanto trabajar para otro siempre, deslomándose. Alguna vez me contó que cuando era un niño de corta edad su padre lo llevaba al campo para que le ayude a arar. Lo hacían con bueyes. El padre de mi abuelo en la mancera y él manejando los bueyes. Como sus seis años no tenían fuerza para darle latigazos a los animales, mi bisabuelo le pegaba un chicotazo a los bueyes y de paso uno a él, para que aprendiera.

Esto me lo contó casi al final de su vida, cuando pasaba los ochenta, y como nunca fue proclive a las confesiones, yo lo doy como notoria verdad.

Imposible mensurar hoy cuánto sufrieron estos inmigrantes que cruzaron el mar escapando del hambre, y que luego nos engendraron en la tristeza de haber abandonado sus raíces y en la presunción de que nunca serían de un país, que les daría, sí, identidad a sus hijos y a sus nietos.

Pero ellos nunca se adaptaron, creo, y nunca fueron felices.

Mi abuelo al atardecer se sentaba en la galería y miraba el campo.

Es lo que uno creía, pero cuando esa bandera de trigo, tremolaba, él estaría mirando a través de esas olas amarillas, su lejana tierra a la que nunca volvería.

Entonces sacaba su pipa del bolsillo de su chaquetón de brin, metía la cazuela dentro de su tabaquera, luego con parsimonia la llenaba y encendía el tabaco dulzón que se volvía agrio en su boca.

Y a través del campo en reposo miraría esas luciérnagas vivaces que incendiaban los alfalfares y tal vez soñara con su aldea que dejó colgada en su tierra y ahora sólo vivía en su memoria.

En su memoria que sólo de vez en cuando se atrevía a inquietar con recuerdo.










UMBRALES*



“¿Que es un adulto? un niño inflado por la edad”
SIMONE DE BEAUVOIR




Era el deseo frutal y la vendimia.
Vino lento y pasos apurados.
Latido en las entrañas.
Credos. ¿Inmortalidad del beso y de la flor?
No. No. Todo fenece. Todo.


Estación sonora de las manos verdes.
De los sueños de blancas alboradas.
Tiempo de escondidas y secretos.
De metamorfosis y camaleones.
El verde se escondía en el lirio.
El azul en las ranas del río.
El blanco en la flor del Narciso.
Montaban la corriente en la grupa del toro.
En los peces de espuma.
Se colgaban en los gritos de los gansos salvajes.


Pero el árbol del pan les fue negado.
Una manzana en la cabeza.
Una ballesta en la mano del padre.
El azul es cólera. El blanco, olvido.
El verde, una cabellera de moho.



No obstante, aun esperan. Vuelven a la niñez.
Parados, en los umbrales de la palabra nueva.
Esperan. Aun esperan.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







JUSTO AHORA!!! *


Él está acostado en la cama cubierto por una manta.
Ella camina por la habitación alterada y moviendo los brazos para todos lados.
'Justo ahora! - Ella exclama - Irene nos invitó hace un mes, nos hizo prometer que estaríamos a su lado para compartir su dicha, dimos la palabra y justo ahora que invertí casi medio sueldo en ropas y accesorios. ¡Justo ahora!! No puede llover sobre mí tanta desgracia... Me hice ilusiones, me imaginé luciendo radiante entre todas, que me mirarían los hombre codiciosos y que las mujeres me enviarían porque mi cuerpo se mantiene esbelto y mis arrugas se atenuaron gracias a la crema mágica que me regaló Lucía y yo soñaba con una gran noche, una triunfal noche y justo ahora se te ocurre contraer gripe!!!!
El grito de ella choca contra las paredes de la habitación, se toma la cabeza y se deja caer sobre una silla. Ya no grita, solo llora.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







James Baldwin/ Tres poemas *




TÚ ESCRIBES…



Tú escribes para cambiar el mundo, sabiendo

perfectamente bien que probablemente no puedas

hacerlo, pero también sabiendo que la literatura

es indispensable para el mundo... El mundo cambia

de acuerdo a la forma en que la gente lo ve, y

si tú modificas, aunque sea por un milímetro,

el rumbo, la gente lo vería como una realidad;

entonces tú puedes cambiarlo.








LA PASIÓN




La pasión no es amistosa. Es arrogante,

magníficamente despreciativa de todo lo que no es

ella misma, y, como definición de sí,

implica un impulso de libertad, y además tiene un posible

poder intimidante. Contiene un desafío.

Y contiene una esperanza siempre indecible.







TEN CUIDADO


Ten cuidado con lo que pongas en tu corazón,
porque seguramente va a ser tuyo.





*Traducción al español: Eduardo Dalter


-James Baldwin nació en el Harlem, Nueva York, en 1924, y falleció en Francia en 1987. Poeta, cronista, ensayista y narrador. Su poemario Jimmy’s Blues se editó en 1985.




*

Queridos, recordados amigos

Van estos augurios, este saludo, y los tres poemas que incluyo. Con un abrazo fuerte,
un hasta pronto, y recuerdos,


*Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar









PÁJAROS*


Manuelita Sáenz amante de Bolívar. Designada "Caballeresa del sol, al
patriotismo de las más sensibles".


Los pájaros, amor, no hablan, pero se comunican.
Condenados amor, estamos condenados al invierno.
Sella tu boca primavera. Amordázala.
Hablemos con el lenguaje indescifrable de los pájaros.
Vos sabrás, que cuando mi boca muerda las cerezas,
Es tu boca la que muerdo.
Yo sabré, que cuando tus labios
Húmedos, rojo vino, es mi boca la que te deleita.
Estamos condenados al silencio, amor.
Más, podemos hablar con los ojos.
Rozarnos con las alas y con ellas gemir, y con ellas gozar.
Cuando en la muchedumbre, la gente mire, absorta.
Luciérnagas doradas, sabré que han escapado de tus ojos
Y tu vuelo viril se hará suspiro y mi cuerpo se cubrirá de espuma-
Cuando en formal saludo nuestras alas se encuentren,
Y tu vientre galope, palpitando salvaje,
Yo, impávida, diré:
¡Qué hermosa está la noche!



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








DEL VERBO INSTANTE*



si hubiéramos vivido
si hubiéramos sabido
si supieras supieran


la vida entera fueron
contados pocos años
los años fueron días
los días fueron horas nada más


los rostros se escurrieron
el nacer un instante
el morir un instante


si hubiéramos querido
si cada uno quisiera


destruir o crear a cada instante
dar o quitar
convivir o matar en cada gesto


podemos elegir
ser horizonte abierto
o pozo ciego.



*De Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar






Voz*


Sé que me gustó imaginar tu voz
aquella antigua
sin tiempo
creyendo en ella
qué otra cosa pude hacer
que escucharla al trasluz
divisar una acústica sin vuelo
rodeada de sinónimos
qué cosas pude prever
en la sinceridad de homónimos
construídos con lengua materna
arrullado
en el más común de los sentidos
escuché decir lo grave
de verdades vacías
sobrevenidas del decir
explicando el tacto
la piel
supe de algo que dirime cosas encontradas
para quedarnos ambos
sin voz
sin voces que intentaran la palabra
para apenar esta caída.



*De Juan Disante. disante.juan@gmail.com
Buenos Aires - Argentina
www.teoriasyalboroto.blogspot.com







Correo:


Felices Fiestas*


A los amigos virtuales que por esta página he cosechado, les mando mi mas cariñoso saludo para este nuevo año que se inicia y a vos Eduardo el mas entrañable abrazo por la oportunidad que nos das de expresarnos.


*Mirta Alicia Gisondi. mirtagisondi@hotmail.com



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