miércoles, agosto 08, 2018

EDICIÓN AGOSTO 2018.


*Ilustración de Diego Eguinlian.
(Incluida en Mis Vendavales de Lorena Suez)










*




Ella, como yo, muchas veces se siente desmontada. Igual es valiente. La miro y no puedo creerlo. Sabe trepar macetas, canteros con plantas y arbustos. Sí sí, aunque es una tortuga de edad avanzada puede trepar todas las veces que quiera. Si escucha movimientos de gente en casa se pone en alerta, levanta el caparazón, estira las patitas y saca la cabeza como pidiendo permiso. En esos momentos cuido que el perro no se le acerque porque ella le tiene terror. Ella puede jugar, es una maravilla de tortuga. Algunas tardes le pongo cintitas de colores en las patitas y queda re linda cuando corre. No tengo que ajustarlas mucho porque mamá dice que le corta la circulación pero yo lo hago suavecito, como para ponerla coqueta.
A pesar de tenerle miedo al perro es una súper tortuga. Tiquitiquitiqui es el ruidito que hace cuando corre, tiquitiquitiqui. Yo sé que en general las tortugas andan a
ritmo ti qui ti qui ti qui, o algo así. Pero ella no.


-Fragmento de “Mis Vendavales”-


*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com

-Este SÁBADO 11 de agosto, 17:00 horas puntual, en Biblioteca Casa de la Lectura (Lavalleja 924 CABA)
-Presentación del libro "Mis vendavales"-  Editorial Peces de Ciudad












Un extraño*


“Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.”
Luis Cernuda (1902-1963)


Un día, recorrí mi casa por última vez,
mirándolo todo, desde el frente al jardín.
Tocando las paredes blancas, en silencio,
acariciando los gatos, sus orejas de papel.

Cómo ocultar las lágrimas ¿Para quién?
Si yo quería ofrendarlas, pintar con ellas.
¿Que saben los que se quedan en el andén
de la angustia del que parte para no volver?

Un día, dije adiós a las plantas sin sol,
me despedí de ladrillos y medianeras.
Observé las ventanas como algo nuevo,
cómo las miraría un extraño, como yo.

Cómo desaparecer la angustia ¿Bajo qué?
Si yo buscaba sentirme así, para dolerme,
¿Qué saben de estas heridas sin batalla,
del daño que se causa al amar bajo la sed?

Un día, olvidé para empezar a recordar,
los rostros de lo que alguna vez fue mío.
Erré a tientas como un ciego peregrino,
hacia la impotencia de irme deshojando.

Cómo quitarse el silencio ¿De qué labios?
Si es la impotencia viva, lo que nos muere.
¿Qué saben de las mañanas sin nombre,
que uno va ocultando debajo de la piel?

Un día, recorrí mi casa por última vez,
mirándolo todo, desde el frente al jardín.
Tocando las paredes blancas, en silencio,
acariciando los gatos, sus orejas de papel.


*De © Jorge Lacuadra.  jorgelacuadra@hotmail.com
-2018-










*


Te pregunté en penumbras si sangraba
como si tus ojos pudieran ver
lo que los míos no.
Me respondiste "no puedo verlo"
entonces nos quedó el tacto
pero lo queríamos
para otra cosa.
Que el ojo no tape lo que la mano descubre.
Ya desde el comienzo eras
un puñado de energía desbordada
una vitalidad hecha a contrapelo incluso
de tu propia voluntad. El desborde
se contiene en pedazos de sueño
y hay un río que se cruza a ciegas.
No lo niegues:
hoy todos los pájaros
cantaban como ruiseñores
empujando su canto a golpes
fuera de sus gargantas. Los escuchamos
luego abrimos los ojos y nos contemplamos
cubiertos de manchas rojas.
No lo niegues
no eran sólo ruiseñores
del otro lado de la ventana
no hay ruiseñores.



*De  Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com


-Mercedes Álvarez nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, en 1979. Vivió en Mar del Plata hasta los diecinueve años. Entre 1998 y 2006 residió en España, donde se licenció en Sociología por la Universidad Pública de Navarra. Realizó un máster en Gestión Cultural. Publicó los libros Vecinos (Baile del Sol, España, 2010), Historia de un ladrón (Caballo de Troya, España, 2010), Imitación de los pájaros (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2013), Ficciones súbitas (comp., Eds De aquí a la vuelta, Buenos Aires, 2013) y Saigón (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015). En 2013 ganó el premio Edmundo Valadés de cuento latinoamericano con el relato Grow a lover.










Palomas*


¡Ah, palomas que un día sobrevolasteis mi ciudad!

¡Qué solos están hoy los bancos de la plaza!
Qué inhabitados los rosales y las fuentes
y aun la gravilla del sendero que un día vio alejarse
mi sueño adolescente, la esencia inapresable
de esa otra, mi ciudad, que aún duerme entre las calles,
que calla cuando el alba desparrama sus carnes
sobre las turbulentas avenidas
sembrando el caos, la acelerada rutina,
el presuroso tránsito cuyo destino es sólo aparente.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
-De El rostro prohibido. Poemas de @S_Borao_Llop












*



Quien recuerde la luz,
que se detenga
sencillo al borde de las cosas,
que encienda una manzana,
una tijera,
los restos de la noche en las ventanas,
que nos recuerde que aquí,
sobre la mesa,
debe aguardar un pan.

Quien recuerde,
quien sepa de la luz
que nos entibie
el pecho,
que nos haga preguntarnos porqué
este frío en los huesos,
esta helada compasión donde hubo
una certeza viva,
transparente.

Quien aún recuerde la luz,
que ande de pie
con la mano tendida,
como la lámpara
que se dejó olvidada
antes de partir
y espera
nuestro regreso para iluminarnos.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com













AMEN*



Lo conocí mucho antes del destierro


Antes de la luz.
Estaba en el espacio de un tiempo sin edad.


Habíamos recorrido los cauces del Río del Olvido.
Vimos las huellas de Caín entre amapolas y lirios pisoteados.
Encontramos golondrinas degolladas.
Testigos de la puerta tapiada de la bella durmiente.
Divisamos la morada del lobo y su cortejo.
En nombre del Padre al vacío empujaban el Hijo.
Fuimos al adiós de la rosa impoluta del martirio.


No conocía su voz ni sus silencios.
Oí su voz. ¡Ay! y era mi voz.
Voz silencio de arena y equinoccio de otoño.
Voz de sal y bálsamo en el costado abierto.
Voz de vides, de leños crepitantes.
Voz de puñal de plata.
Voz de grito.


No he tocado las yemas de sus dedos ni sus brotes.
No he tocado sus manos, ¡ay! sus manos. Conocidas, antiguas.
Manos con manchas angustiosas de tinta.
Manos aferradas a las salvajes crines de los vientos.
Manos de ocasos y de auroras.
Manos de pan y vino.


No he tocado las yemas de sus dedos.
Sin embargo, he andado y desandado sus arterias.
He besado el arco tenso de sus sienes.
He recorrido, con mi boca, la alfombra de sus huellas.
He descansado en sus cepas, niña triste de incienso.


Es el mensajero del retorno del agua.
De la palabra nueva. De la sal y la greda.
De la lumbre y el aire.
De la unidad de naipes fragmentados.


Si embargo, quizás nadie lo sepa.
Bajo la piel de árbol milenario, palabras escondidas
Escondidas palabras, saben a veneno, a bilis, a miel amarga.
Nadie ha de saber tampoco, cuando ahueca su mano
(Saciedad hoguera del poeta.)
Muere gota a gota…
Y a la vez renace.
Renace. Bálsamo, savia, zumo de eternidad, amén.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@hotmail.com











Recuerda*



Recuerda y no entregues vanamente,
a los estragos ígneos de la memoria,
el día aquel en trocaste las miradas,
en la cercanía carnívora de un beso.
En mi sueño había árboles inmensos,
altos y viejos como catedrales ciegas,
nos besamos destruyendo un mundo,
nada nos importaba, solo el aliento.
Acapara, el sabor último del labio,
del olvido y la rutina que ya sabes,
la belleza como tú dices es efímera,
solo abandónate a mí en esta noche.
En mi sueño, esquivábamos juntos,
la pérdida de existencia y levedad,
la erosión y el rojo orín del tiempo,
fuimos traslúcidas nubes, cayendo.
Detén tu sol y tu hora en el poniente,
en tu último segundo en esta historia,
concede una sonrisa para compartir
entre mis brazos y aleja los silencios.



*De © Jorge Lacuadra.  jorgelacuadra@hotmail.com
- 2013 -












COMO EN UN CUENTO*



Érase una vez una niña
que intentó la luz en universos paralelos
buscando soles que regalan
pinceladas de cobre al mediodía.
Pesando los sonidos de la tarde
... supo la lumbre de un trino...
Época de flor y anuncio de frutos
en ramas desaparecidas bajo un tumulto
de flores de aromo, amarillas.
La luz les caía encima, líquida
madurando dulces vainas encendidas.
Érase una vez…
cuando todo era lejano todavía.
La luz se presentó desde una congoja muda.
Se desplomó el tiempo, casi a traición.
Cuando la razón fue capaz de entender
las heridas habían hallado su lugar.
Ahora el Tiempo es un Amante de sonrisa
quebrada. A veces, fingimos creernos.
Pero aquella niña que jugó su juego
sabe que no siempre se alumbran
las esquinas de los sueños.
Y que el peso de la lluvia se parece
al sosiego de un gigante bueno.


*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar













Mudanza*



Sale arrastrándose por la puerta que se está desplomando sobre él. Tiene que abandonar su hogar porque algo caído del cielo lo ha destrozado, aplastando la mayor parte de la vivienda. Se aleja despacio, meneando la cabeza de un lado al otro en una negación continua mientras va dejando un rastro de espuma que marca una huella larga y espesa.

Llevaba toda su vida en aquella casa y ahora, solo y desnudo, camina por los bosques y prados en busca de una nueva morada. Se desplaza muy lentamente, pero no se distrae mirando el paisaje porque se sabe vulnerable y precisa encontrar refugio lo antes posible. Su vida peligra.

Inesperadamente se encuentra una casa abandonada y aunque es algo más pequeña que la que tenía hasta ahora tiene que conformarse ya que no puede arriesgarse a pasar más noches fuera debido a los peligros del frío y de los depredadores. Sabe que ha arriesgado mucho y de estar más tiempo al descubierto seguramente no llegaría vivo al día siguiente

Suspirando profundamente se conforma y se prepara para entrar en la nueva casa, ahora vacía. Se arrastra decididamente encarando la puerta, y plegando los cuernos se introduce en la pequeña concha.




*De Joan Mateu. joan@zarca.es













La primavera empuja*




Empuja los colores, las esencias, las telas botánicas, las substancias, con el ardor de lo que se transformará en verano, con el oro lejano del otoño, con músicas que tejen en el cuerpo esplendores de selva, con jardines a tientas, jardines emplumados, jardines de corales en el mar. Explosión, universo, paraíso pequeño. La primavera cuando está por llegar, cuando asoma, es más, anticipa un juego de tardes y de pieles, es un incendio prometido, una revolución que no se estableció, en desequilibrio, con las calles regadas de cantos.
La primavera como la revolución necesita de muchos, de voces, caminatas, flores, sueños, deseos que el invierno adormeció y el sol y el árbol.

La primavera es lo íntimo que se desborda.

Es el adentro y el afuera en la frontera de la piel. La primavera es un comienzo, la pasión incesante de la vida que se entromete, se enseñorea y trama sedosas sensaciones para los paseos de la sangre. Son poros como ventanas, galas, gotas, sonidos.
Lo múltiple, ternura desnuda que busca. La primavera cuando empuja, es un Tsunami, la gran ola de la vida y un pequeño ramito de albahaca.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar











*


Que la última hormiga del planeta transporte la última hoja
hasta llegar al último montículo de tierra
nosotros
antes de la implosión
uterinos seres del planeta tierra
blastocitos y después
de la belleza del cuerpo
camino de animales astronómicos
una constelación
y vos
parado en el último planeta
a punto de saltar hacia otra galaxia
y yo orbitando
por el universo oscuro hasta alcanzar
pupilas de animal diminuto
profundidad de ojos libélula
vos
que ves mi mirada impregnada de luces de noche
y el pelo desastre feliz
por mi modo de caminar y de hablar
de reír y de hacerlo juntos
me ves increíble decís
pero yo me siento
caracol deshabitada
sin lugar entre los animales del camino astronómico
que tengo que abrir la cajita de insectos encantadores
para recordar
recordarme
los filamentos plateados
la iridiscencia de pelitos
caricias en la cara
alas rozándome los hombros
ojito insecto mirándome de frente.
Avanza
mi eclipse
siento que sos
mi sueño
libélula azul
arco del sol
movimiento aparente de estrella
y yo quieta.
Quizá pueda
recobrar la noche
lo que es de la noche
qué será de mí cuando
el sol haya finalizado su arco
mañana
por dónde saldrá
y otro intento
de ser yo quien
salga a volar
pienso entonces
en el planeta errante
habitado por mis días
y un final
de tarde con marea viva
arrancándome los sueños de agua con agua
y yo recostada en la arena
y las alas chiquitas
mojadas
al aire.



*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com


-Lorena Suez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Psicóloga Social. Participa en los talleres de Siempre de Viaje y en los eventos de Viajera Editorial desde el año 2012. Forma parte de la Antología compilada por Virginia Janza, Tetas. Historias de Pecho (Textos Intrusos 2015).
Publicó "Intemperie".  Por Viajera Editorial. 2016.


-El SÁBADO 11 de agosto, 17:00 horas puntual, en Biblioteca Casa de la Lectura (Lavalleja 924 CABA)
-Presentación del libro "Mis vendavales" por Editorial Peces de Ciudad.








Inventren






*




Hay un tren en la montaña que me vio nacer. Antes lo tomaba para pasear o mirar el paisaje del valle desde la cima. Era emocionante la rutina de prepararme para pasear en tren. Y era hipnótico su monocorde ritmo que solía adormecerme.
Una vez viajé lejos. Me alejé de mi familia con determinación porque no querían que me fuera de la montaña.
En el trayecto de regreso al pueblo luego de un viaje distinto durante años, luego de recorrer lugares nuevos y conocer gente diferente, noté desde mi visión lejana, que las vías del tren dibujaban sobre la montaña una línea paralela al valle. No había ascenso, solo una leve inclinación hacia un pico aledaño, que nada tenía que ver con el pico de la montaña que creí, desde siempre, visitar cada vez.
Noté ese rasgo y no dije nada, tampoco avancé en el razonamiento, ni calculé motivos, ni desconfié abiertamente de la inocencia de todos. Tuve como una de esas imágenes, esos pensamientos inconexos que es mejor no pronunciar porque, seguramente, provocarían desilusión, tristeza.
Nunca más sentí el deseo de subirme a ese tren. Tampoco volví a viajar tan lejos.
Por ahora prefiero sentarme, apartada, en la misma piedra que me sostenía cuando era chica, para cerrar los ojos y visitar los destinos reales que guardo en mi memoria, repasar las conversaciones en otros idiomas, los recorridos de trenes agitados, prefiero sentirme extranjera, no ser parte de este tren que se traslada sobre el mismo paralelo y vuelve a abordar al mismo pueblo, una y otra vez, una y otra vez, monocorde como su ritmo.



*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com



-Lorena Suez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Psicóloga Social. Participa en los talleres de Siempre de Viaje y en los eventos de Viajera Editorial desde el año 2012. Forma parte de la Antología compilada por Virginia Janza, Tetas. Historias de Pecho (Textos Intrusos 2015).
Publicó "Intemperie".  Por Viajera Editorial. 2016.


-El SÁBADO 11 de agosto, 17:00 horas puntual, en Biblioteca Casa de la Lectura (Lavalleja 924 CABA)
-Presentación del libro "Mis vendavales" por Editorial Peces de Ciudad






-Próximas estaciones de escritura:


JUAN ATUCHA.

–Por Ferrocarril Provincial-


JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.






***

-Por Ferrocarril Midland-



Km 55


ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.









InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
-Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.





viernes, agosto 03, 2018

EL TIEMPO ES EL ECO DE UN HACHA EN EL INTERIOR DE LA MADERA...


*Obra de Sofía Brunetto.
-Instagram: @sofibrunetto









*



Cuentan que Jeanne
escapó de Saint-Etienne
cuando apenas pisaba los quince años
huyendo del matrimonio o del convento
que,
sabemos,
muchas veces se parecen,
y cruzó el ancho mar para encontrarse
a un pequeño vasco en Entre Ríos,
al que su madre había arrojado sobre un barco
para que no muriera de hambre cerca de ella.
Los que saben,
dicen que se amaron
o juntaron los dos sus soledades
para labrar la tierra
y parir sobre la tierra once hijos.
Jeanne murió. Juan la siguió.
Sus hijos anduvieron por el mundo.
Tuvieron otros hijos.
Sembraron otras soledades
y otras siembras.
Yo crecí acunada por la historia
que me contaban
a la hora de la siesta,
cuando dormir era imposible de veranos.
Tengo su piel, me digo,
y a veces,
sueño con tener el coraje de mi abuela.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com










EL TIEMPO ES EL ECO DE UN HACHA EN EL INTERIOR DE LA MADERA...











La respuesta a todas las preguntas*



La reja negra, de tres metros y medio de ancho, deja entrar los perros pequeños pero no los medianos ni los grandes. El Negritus, una cruza de larga genealogía de callejeros, se acerca gimiendo y agitando la cola desesperado cuando ve a la señora regando las plantas del espacio delantero de la quinta, esos cinco metros que se deben dejar sin edificación según la regulación de esa zona de Rincón.
El perrito que hace unos meses, con esfuerzo, lograba pasar entre los barrotes, ahora engordó, y ya no puede irrumpir en el predio y rascar directamente la puerta de la cocina para obtener sobras de comida, o una ración de alimento de la bolsa que la señora compra para el bicherío, esos perros ajenos semi callejeros que se acercan a mendigar cariño y algo masticable si hay suerte.
La señora le hace unas caricias al Negritus, le dice que espere un poco como toda la gente que dialoga con los animales sin importarle si el entendimiento es completo, pero confiando en que el mensaje es comprendido en líneas generales.
Cuando vuelve a la reja con unos huesos del puchero, grandes y con un caracú que el Negritus advierte con una alegría enorme, la señora se encuentra que al lado del perrito hay una mujer con camisa de mangas largas, pollera por debajo de la rodilla y un librito en la mano.
Atrapada.
En el pilar, del lado de adentro, hay una campana que de afuera no se advierte pero que los amigos conocen. Cuando suenan palmadas la señora no se asoma, y de esta forma evita molestarse atendiendo vendedores o personas que llaman en las otras propiedades que tampoco tienen timbre. Cuando alguien aplaude en la calle, todos se asoman porque no se distingue adónde suena exactamente. La señora, no. Ella sólo acude al tintineo de su campana, y no siempre, ya que la edad la va llevando hacia el aislamiento.
Ahora, la atraparon por culpa del perrito que se queda comiendo sus huesos y sonriendo como si le hiciera gracia haberle gastado una broma a su benefactora.
La mujer con la biblia es una de las personas que como una bandada de pájaros tristes se encuentra distribuida en las puertas, portones y rejas de la cuadra. Pregunta si le dieron la Buena Noticia. La señora la mira sin traslucir desagrado; como buena perdedora reconoce que la testigo de Jehová la pilló y ahora le toca entablar un diálogo.
Intenta explicarle que no cree ni deja de creer, que la cuestión le es indiferente porque sin evidencias en uno u otro sentido, con tratar de ser buena gente le basta. La creyente sigue con sus preguntas, y desarrolla un monólogo intentando convencer a la agnóstica por el bien de su alma inmortal, que de otra manera sufrirá por toda la eternidad en el infierno con llamas, diablos y rechinares de dientes.
La camisa de langas largas es vieja pero está escrupulosamente limpia; el calzado ha dado de sí, se podría poner un poco de tierra para rellenar el espacio que queda entre el pie y los bordes internos de los zapatos. Habla como pobre, la creyente. Con modismos que usan las mujeres que limpian casas; las manos marrones, toscas, sosteniendo el libro de tapas negras.
La señora se quita un mechón gris de la frente, se lo engancha en la oreja, luego advierte que está con los brazos cruzados; los descruza y se apoya en la reja porque siente que de la otra manera es como si estuviera juzgando a la otra mujer, se imagina plantada frente a la otra como un castillo cerrado e inexpugnable, con el puente alzado y el foso repleto de cocodrilos.
Tiene la tentación de hacerle preguntas incómodas, como la procedencia de las mujeres que se casaron con los hijos de Adán y Eva, y cosas por el estilo, pero se obliga a escuchar sin hacer comentarios. Le da pena, le da vergüenza que le de pena la pobreza, le da cansancio de escuchar algo que ya oyó de una u otra manera muchas veces. Atiende con expresión amable.
Finalmente la creyente le pasa una hojita por entre los barrotes (Atalaya, dice el encabezado), y se va.
Con un suspiro, la señora da media vuelta, entra en la casa, y deja la hoja sobre la mesa. No la va a leer, pero tirarla a la basura le parece de mala educación, así que ahí quedará, hasta que eventualmente pueda descartarla sin sentirse observada.
Toma una hoja, una birome, y escribe:
“Puedo dar razones lógicas para explicar hechos inexistentes. Tengo una estructura para ubicar todo accionar humano pasado, presente o futuro, y allanar cualquier intento de originalidad o individualidad en el devenir histórico.
Mi ideología ordena el Universo y me da los argumentos para hablar de lo extenso y vario como si de un alfabeto se tratase. Puedo simplificar, suponer, obviar lo individual, negar lo que pudiese refutar mis sólidas creencias.
Tengo fe ciega ya que me niego a ver. Sigo mi camino mental, sin senderos laterales ni bifurcaciones. Me dirán necia, pero mi alma no conoce la duda y sí la felicidad de la iluminación, esa luz que es tan brillante que no permite grises cobardes ni medias sombras propias de quien no sabe la verdad unívoca, clara y precisa que todo lo abarca”.
Después relee lo escrito, sonríe, sale por la puerta de la cocina, va hacia el fondo, arranca unos yuyos al lado de las juveniles, abre un sillón plegable debajo del álamo, cruza las piernas y mira el cielo. Al rato, se dice en voz alta como todos los que viven solos: “no se, no se, igual prefiero no estar segura de nada, yo.”



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
















Ángeles caídos*



Es el tercer ángel que cae del cielo en una semana. El primero cayó en un parterre de tulipanes, el segundo en el puerto y éste ha caído en el campo de fútbol en la media parte del partido.

El Consistorio está preocupado por estos sucesos y ha constituido un Gabinete de Investigación para esclarecer los motivos de tan extraño fenómeno, pero la investigación se demora y los interrogatorios a los ángeles no aportan nada concluyente.

"Estaba tranquilamente en mi nube y sin darme cuenta me vi rodeado de tulipanes", "Tomaba café sobre un estrato y caí al mar", "No sé decir qué pasó, yo paseaba por un jardín de nubes y me escurrí cayendo al campo de fútbol".

El denominador común de las declaraciones eran las nubes por lo que se incluyó un equipo de meteorólogos en la investigación. Éstos, concluyeron en la teoría de que el fenómeno se había producido por la mala calidad de las mismas. Como había tanta escasez de agua estaban muy mal formadas, débiles y con baja densidad por lo que eran incapaces de mantener a nadie encima.

El Consistorio no comunicó estas conclusiones al pueblo aduciendo que no podía probarse. Por otra parte, tampoco creyó prudente hacerlo ya que los ciudadanos pasaban sed y cada día caían más ángeles sobre la ciudad.

Se ha iniciado un turno de rogativas para la lluvia con romerías a todas las ermitas que hay alrededor de la ciudad y se ha prohibido caminar por espacios abiertos mientras dure la sequía.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es












*


La mujer
que esperaba junto al mar,
la que supo
contar los durmientes en las estaciones,
la que aprendió a hilar,
cansada de mirar ventanas que daban a ningún lugar,
la que se tejía trenzas en el pelo
bajo un árbol en Biella.
La mujer que se marchó cuando debía,
la que lo dejó todo porque no debía,
la que enterró lejos a sus muertos
y se lanzó a vivir.
La que lloró bajito en la cocina,
para que no la escuchen
los hijos y los perros,
ni el hombre que temía despertara.
La mujer que se curvó sobre su vientre
para no perpetuarse
en otra sombra,
la que dejó la mancha de vino en el mantel;
esas mujeres de las vengo,
las que andan
nombrándome la sangre.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com













La torre*



La princesa permanecía  encerrada en la torre  oscura  y triste. En la ventana el sol la esperaba goloso. Sólo podía pasearse sobre ella, desde el gran lazo de la cintura a la cara, cuando se asomaba a la ventana. Dulce, suave caricia, demorada morosa en el escote, en los ojos, el pelo. A veces él subía por la escala, se peleaba con las manos del sol para tocarla, seda, seda, seda. Se peleaba con la boca del sol,  boca, dedos,  boca, labios. Se alimentaba de ella y le traía lo que ella necesitaba, para vivir, un rouge claro, perfumes, libros,  café, quesos, espejos. Ella quería irse pero la puerta estaba  sellada. Pensaba, de los laberintos se sale por arriba. Como a él le gustaba tanto rozarla con pañuelos para adornarla. Ella le pedía más y más  telas, él  las ponía como joyas de belleza  en la piel blanca. Telas y telas con las que ella movía el aire de la tarde y quedaba toda para él  en el crepúsculo. Con cierto rubor le pidió que le comprara lo que se usa debajo  de la blusa. Cuando él fue a la lencería del reino le gustó imaginar. Lo que no entendía era porqué le había pedido tantos, aunque le gustaba comprarlos, y tantos  chales,  pañuelos para el cuello,  telas.
Hasta que un día, ella ya no asomó la mitad del cuerpo en la ventana, el lugar de la cita, ese borde, él se ensombreció. El aire agitaba la extraña y maravillosa  escalera de colores y encajes, sedas y satenes.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar















El Relojero Mayor*



Soy una de las personas más importantes del mundo. El tiempo de la gente despende de mi desde hace 36 años. Cuando me dieron en cargo de Relojero Mayor del Big Ben, pusieron en mis manos, no sólo la responsabilidad de mantener el reloj en marcha sino también la de impedir cualquier variación en el horario. A fin y al cabo todo el mundo se regía por la hora que daba mi reloj. Jamás se adelantó ni retraso un solo segundo en todo este tiempo.

Cuando me anunciaron una jubilación anticipada, el mundo se hundió bajo mis pies ¿acaso no había cumplido mi cometido? ¿No había sido eficiente y fiel? ¿Treinta y seis años de dedicación absoluta no merecían otra recompensa que una jubilación inmediata?. La excusa del cambio de los tiempos y del ordenador que controlaría la hora con "más rigor y seguridad" fue el detonante.

El último día de trabajo, empujado por la sed de venganza, adelanté el reloj una hora creando una cadena de despropósitos increíbles. La bolsa cerró antes con millones de operaciones a medias, los trenes llegaron antes de hora, las bodas se suspendieron, los juzgados no pudieron acabar sus juicios, los colegios dejaron los niños en la calle... El caos.

Con una sonrisa malévola cerré, por última vez, la portalada del Big Ben y me fui a casa. Ahora solamente me quedaba acabar de pasar el resto de mi vida con mi mujer, que pacientemente, se había sacrificado como yo en la exactitud de los horarios durante toda una vida. Cuando abrí la puerta alcance a oír al vecino de al lado que decía desde mi habitación. "Diana, ven rápido que sólo nos queda una hora"



*De Joan Mateu. joan@cimat.es













CADA PRIMERA VEZ*




Me resigno a que sea ésta la última vez en que el milagro se de, en que la maravilla acontezca. Buscaré tus ojos, y será tu mirada, será la primera vez en que sea mirada, será la constatación de la correspondencia, y tu voz dirá las palabras, y tus manos me acariciarán con la perfecta seguridad del deseo. Todo lo guardaré como acto inicial, como justificación de mi existencia. Me buscaré en tu cuerpo, me encontraré en vos completa y feliz, imagen minúscula de camafeo, miniatura atesorada de mi reflejo en tus ojos.
Seremos felices recontando para el otro los saldos de nuestras vidas, evocando niñeces y sucesos olvidados. Te hablaré de aquella vez que, y de aquella otra en que, y me escucharás ávidamente, agradeciendo mi confidencia.
La vida en común será la exploración de una selva virgen, entre los dos cortaremos las lianas que cierren los caminos, desmontaremos el lugar de la edificación de nuestro hogar. Levantaremos paredes contra la intemperie, crearemos bromas y palabras sólo para nosotros, nos asiremos con un lenguaje compartido y prescindiremos de las explicaciones.
En lo cotidiano llegará la dulzura del abrazo, la confortable costumbre del cuerpo recién descubierto y casi ajeno pero milagrosamente próximo. Dibujaré mis brazos en torno a tu figura, serán mis brazos nuevos.
Después la costumbre será costumbre. Ya no estaré en tus ojos, será el fastidio de oír otra vez la misma conocida historia, la broma repetida que ya no causa gracia.
Después vendrá la inútil repetición, la furiosa búsqueda de lo que fue y no puede volver. Noche tras noche agotaremos las ansias de aprehender la felicidad, retorceremos la cuerda, mentiremos instantes que no son el instante, pero fingiremos creer que creemos.
Cuando ya no sea posible, cuando el engaño sea tan evidente que las repeticiones se vuelvan vergüenza y traición, será el momento de encontrar de nuevo la mirada la caricia el completo ser en otros ojos, otras manos, otra voz.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com














Esta es la primera cosa*



Esta es la primera cosa
que yo he entendido:
el tiempo es el eco de un hacha
en el interior de la madera


*Philip Larkin.
(9 de agosto de 1922 - 2 de diciembre de 1985)






Inventren








Clase turista*

Dedicado a los niños de San Antonio de los Cobres, provincia de Salta, Argentina. Pueblo ubicado a 3.775 metros sobre el nivel del mar



Nos movemos con ansiedad, caminamos apresurados hacia la puerta. Abrigados, equipados con cámaras de fotos, filmadoras. Un guía explica: No den dinero a los chicos porque la gente del pueblo no quiere fomentar la mendicidad. Pueden comprar sus artesanías.

Y entonces bajamos del tren por primera vez.
Apenas caminé un paso, me vi rodeada de gran cantidad de niños. Ojos oscuros, mirada clara. Piel morena, sonrisa radiante. Actitud expectante, andar tranquilo. Me envolvieron y me contagiaron su paz.
La gente agolpada comprando, regateando, subestimando. La gente apurada empujando, ignorando, atropellando. El objetivo estaba claro: obtener artesanías a menor precio, plasmar paisajes y rostros de la Puna.
Mi cámara digital fue tomando segundo, tercer, último lugar, hasta quedar relegada sobre mi hombro. Mi atención imperiosa se volcó hacia los pequeños vendedores, quienes extendían sus manitos mostrando gorros, monederos, lapiceras, prendedores; si hasta piedras vendían, limpias y prolijamente exhibidas en cajas.
Retenía los nombres mientras me respondían y luego de unos minutos ya no hubo diferencia entre Cintia, Damián, Lorena, Matías y tantos más. No significaba que los niños fueran iguales, sencillamente mis sentimientos se fundieron con su piel y su calma, con sus miradas curiosas de ojitos vivaces, con sus voces nítidas y sus palabras entrecortadas, con el beso adherido a su sonrisa. Esos niños ocupaban todos mis pensamientos.
Una voz diferente, surgida del silencio atronador de las montañas, me ubicó en la realidad: Señora, suba. Sólo queda usted. Suba ahora señora.
Los chicos no se alejaban y tampoco podía apartarme de ellos.
Ascendí al tren, conmovida, emocionada, aturdida. Mis manos llenas de artesanías y piedras que ni siquiera sabía para quién había comprado.
No tengo demasiada conciencia de lo sucedido durante los pocos kilómetros de marcha hasta la segunda parada. Luego el mismo pedido de los guías: no dar dinero, tomar fotografías, comprar artesanías, deleitarse con comidas regionales. Debía ser un acto simple, una poca cosa.
¿Simple…? No, no fue así. También para mí fue similar: los niños rodeándome y alcanzándome con sus miradas, sus manitos, sus sonrisas. Me inundaron con sus silencios, sus necesidades, su humildad.
Recuerdo la prisa de la niña al comer el chocolate que mi mano temblorosa le entregó, mientras su compañerita averiguaba “¿qué nos da la señora?”, “es chocolate, comé comé”.
Aún escucho y veo a esa otra nena pidiendo “¿tiene algo suyo pa' que me dé?”. Busqué en mi bandolera donde poco tenía -lentes, pañuelo, algo de dinero-, y tan sólo pude darle un lápiz, tan sólo pude preguntarle su nombre.
Recuerdo al chiquitín que me vendía un yuyo, yica-yica. Al preguntarle para qué servía, su vivacidad, su alegría, su voz aguda, todo él involucrado en la respuesta mientras explicaba: “pa' que se haga más güena”.
Y subí al tren por segunda, por última vez. Mis manos nuevamente repletas de artesanías y piedras. El alma abrumada, los sentimientos entreverados, los pensamientos confusos. ¿Acaso los volvería a ver? ¿Acaso sabría algo de ellos en alguna oportunidad? ¿Acaso los podría reconocer?
Cada día pienso en esos niños, evoco sus voces, sus miradas curiosas, sus manitos extendidas. Algunas noches me despierto y los veo correr al lado del tren, saludando y acompañando su marcha durante unos metros.

Yo regresé en ese tren. Mi alma quedó con ellos.


Mayo 2012



*De ©Analía Pascaner








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ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.






***

-Por Ferrocarril Midland-



Km 55


ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
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JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.
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