INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar
*
Entre algunos versos
de este libro,
sin ninguna palabra que los nombre,
cruzan trenes en la
noche.
-¿Estás despierta?
-te pregunto,
mientras los árboles
murmuran
y los silbos revuelan
en nosotros.
Entre algunos versos
y olvidos,
el aire trae un tono,
un augurio
-sones y ecos de las sombras-,
que respiramos y se
pierden
en lo lejano y lo
impensado,
sin ninguna palabra
que los nombre.
*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com
-En "Nidia". Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007
Vivir en el silencio*
Quien vive en el silencio
conoce su propia tormenta.
Hay un cúmulo de gritos reprimidos,
expresión desatada de sorda rebeldía,
siempre envuelta en harapos,
siempre ahogada en susurros.
El corazón ansía vendavales,
huracanes de luz, sombras mortales.
Busca infiernos el alma donde arder,
mares donde nadar y naufragar, espacios
para batir sus alas impotentes.
Sólo existe quietud, todo es un vaso
de plomo derretido.
¿Quién desnudará tu grito?
¿Quién se amarrará a tu labio?
¿Quién, en las noches insomnes,
se acercará a tu voz y a tu delirio?
*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
Estación RANCAGUA
*
Diez de la mañana sobre la pampa húmeda. El primer sol primaveral reverdece en las copas de los árboles, el trino de los pájaros adormece la visión del caminante, y la llanura es cortada por la mitad por una tenue línea irregular. Son los restos del antiguo ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril General Manuel Belgrano, desmantelado desde hace décadas, descomponiéndose en medio del paisaje como el atroz cadáver de un pordiosero sin nombre.
De pronto, sobre la monotonía del horizonte comienza a distinguirse una silueta que se acerca, sin prisa pero sin pausa. Al comienzo se asemeja a una aparición espectral, difusa, intangible. Pero a poco de avanzar, se concretiza, sólida, oscura, con una vaga oscilación que recuerda al rítmico sube y baja de los pistones de un motor de combustión. Sobre aquel paisaje desolado se materializa una zorra ferroviaria manual, impulsada por un par de siluetas, esforzadas y persistentes.
Poco a poco van delineándose las figuras: son un par de hombres, vestidos con deslucidos mamelucos grises, moviéndose con una monotonía tan decidida como sudorosa. De espaldas a la vía, con la vista fija en el ayer, Eduardo Coiro –alias “Educoiro”- mueve la palanca arriba y abajo, con un brillo alucinado en la mirada y un peso inimaginable sobre ambos brazos, ya casi acalambrados. De cara al futuro, dejando atrás un pasado que ya no volverá, Alberto Di Matteo –alias “Aldima”- reproduce el movimiento alternado de su compañero, resoplando mientras hombros y espalda se le contracturan, y deja vagar la imaginación como una sutil manera de que el impulso cobre mayor fuerza.
-¡Vamos, Di Matteo, no me afloje! -, exclama Coiro. -¡Hay que volver a fundar estos ramales ferroviarios, olvidados por la desidia de los prostitutos de siempre!
-No sé cómo vamos a llegar hasta el final -, replica Di Matteo, con un quejoso murmullo y la vista fija en la palanca. -¿Quién más va a sumarse en esta patriada?
-¡Eso no importa, compañero! ¡Hay que trazar un camino, crear con sentimiento, desplegar el sueño y la fantasía sobre este bendito país!-. Y de pronto, suelta la mano derecha, eleva la vista al cielo, y apunta hacia arriba con el dedo índice, cual si pontificara sobre una tribuna política: -¡Hagamos el esfuerzo, carajo! ¡Claro que vale la pena! ¡Nos cansaremos de triunfar!
Di Matteo también suelta su mano derecha, pero para tomar un marcador que lleva sobre el bolsillo superior izquierdo, y con él comenzar a garabatear las inspiradas frases de su amigo sobre la manga izquierda de su mameluco, que luego transcribirá oportunamente, elaborando inspirados textos que los movilicen a soñar a ambos –y a sus lectores- con estar dando los primeros pasos para el lanzamiento de una revolución cultural que rescate aquellas antiguas glorias de un país que quizá ya no exista, pero que bien vale la pena homenajear. Resopla agotado, guarda el marcador en el bolsillo, y continúa impulsando la zorra hacia delante, inclinando la cabeza.
Sólo entonces descubre el singular detalle, incrédulo por no haber reparado en ello antes. Lo que se extiende a espaldas de Coiro, en esa porción de llanura que aún no han recorrido pero que se les avecina a gran velocidad, son las carcomidas ruinas de lo que otrora fuese una vía: fragmentos de rieles oxidados, tacos de durmientes comidos por las termitas, pajonales por doquier… ¿Cómo es posible que se lancen hacia semejante incertidumbre, sin sucumbir en el intento? Sin embargo, al hundir la cabeza entre los hombros y espiar a través de sus piernas flexionadas, advierte que debajo del paso de la zorra, por detrás del impulso que van desgranando sobre la pampa húmeda, los rieles brillan con una intensidad inusual, como si los hubiesen acabado de fijar al suelo, aunque relucientes por el uso continuo.
-¡Refundemos un proyecto ferroviario, aunque sólo sea en el plano de nuestros sueños, con la mágica potencia de la literatura!-, vocifera Coiro por delante suyo, a espaldas del mañana.
Entonces Di Matteo fija la mirada sobre la oscilante palanca y cree estar viendo algo muy distinto al acero habitual con el que ignotos ingenieros europeos han construido estos vehículos. La barra parece estar conformada por un material extraño, parecido a una red, un tejido, un entramado de elementos misteriosos. Presta mayor atención, entrecerrando los párpados que le arden a causa de las densas gotas de sudor, y sorpresivamente cae en la cuenta de su propio delirio: aquello no es una red de filamentos metálicos, ni siquiera la fragmentación atómica de los elementos, sino un macizo conglomerado de frases, letras y palabras, unidas entre sí…
Inmediatamente, ambos escuchan un estridente silbato, imposible de confundir, proveniente del lugar que acaban de abandonar.
-¡ES EL (Inven) TREN!-, aúlla Coiro, agotado pero inmensamente feliz, espiando hacia atrás por sobre el hombro de su compañero. -¡LO HEMOS CONSEGUIDO, DI MATTEO! ¡EL (Inven) TREN VUELVE A CORRER CON INDUDABLE DIGNIDAD SOBRE ESTAS VÍAS!
Di Matteo vuelve la cabeza y contempla en pleno día el nítido faro de una locomotora diesel a unos trescientos metros de distancia, que se acerca a una velocidad mucho más intensa que la que ellos desarrollan manualmente, sin intención alguna de detenerse al alcanzarlos, en una suerte de criollo remedo de la horrible criatura generada por el Profesor Víctor Frankenstein.
-¡Va a pasarnos por arriba!-, exclama, con un último aliento.
-¡Por eso mismo, Di Matteo: ponga huevo y siga adelante! ¡Hay que llegar a Rancagua antes de que nos aplaste! ¡El (Inven) tren se ha convertido en una fuerza imposible de parar!!! ¡Síííííííííííi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
“¿Quién me obligó a meter en este quilombo?”, piensa Di Matteo, bufando y sin dejar de agilizar esa barra manual que ya casi parece moverse sola, aunque todavía necesite del impulso humano para darle impulso.
Coiro comienza a reírse de felicidad, con genuina satisfacción. El cuerpo le estalla en una dolorosa contractura, el sudor se le adhiere sobre la piel, y el aire le quema los pulmones. Pero a pesar de todo, se siente tan contento como si volviese a tener siete u ocho años, y su padre le hubiese regalado un lujoso tren Lima, con decenas de vagones y tres modelos de locomotoras diferentes, acompañados por maquetas de estaciones y demás construcciones aledañas, todo ello dispuesto para establecer sobre una amplia mesa y dejarla allí, para jugar hasta muy tarde por las noches, o alegrar una borrascosa tarde de lluvia con el cautivante hechizo de un circuito ferroviario de juguete.
El sudor les chorrea a mares desde las frentes, descendiendo por los cuellos, creando enormes aureolas oscuras bajo las axilas, afincándose en las palmas, asidas con obstinada firmeza a la barra de la palanca, mientras la locomotora Werkspoor 4613 se les abalanza voraz, cada vez más cercana. Y aunque cada uno resopla por causas diferentes, aunque las motivaciones sean tan variadas para cada uno de los dos, algo los une en una misma empresa: el placer por inventar, por divertirse, por delirar juntos de manera creativa…
-¡No afloje, Di Matteo, no afloje!!!
-Sos un dictador, Coiro… Siempre decidís por tu cuenta…
Así es como la zorra parece adquirir una velocidad autónoma al impulso manual que ejercen sobre ella, aunque ello no impida que el parachoques a rayas rojas y blancas de la locomotora les dé un topetazo por detrás, sólo para impulsarlos unos metros más, hasta llegar a destino.
Irrumpen de manera tan vertiginosa en los terrenos aledaños a la Estación Rancagua, que hasta por un segundo les parece que allí no existía nada hasta ese preciso instante. La zorra se desmaterializa en forma inmediata, mientras ambos caen rodando sobre un andén muy pulcro, y a su alrededor se esparce una caótica lluvia de fragmentos de frases sin utilizar, ideas sin desarrollar y comentarios al margen. La locomotora a vapor ensordece el espacio con un silbido en extremo estridente, como el primer chillido emitido por un recién nacido, urgido de alimento, y avanza desbocada hacia el horizonte sobre unos rieles recién estrenados, dejando a su paso un ardiente halo de carbón quemado que les inunda la nariz.
Coiro incorpora a medias el tronco sobre el andén, mientras Di Matteo aún intenta recuperar el aliento del último impulso, con la mente agotada de tanto delinear frases dignas y coherentes, cuando contemplan azorados algo que jamás hubieran podido imaginar por cuenta propia.
Al otro extremo del andén ven surgir, como otra aparición fantasmal, la solitaria silueta de un ciclista, ataviado por colores absurdos y chillones, como es la costumbre, y un oblongo casco azul con antiparras, quien sin frenar siquiera al ingresar en la Estación, incorpora el torso, alza los brazos y mantiene el equilibrio en los últimos metros del recorrido, mientras exclama:
-¡Sí, señores!!! ¡Treinta y cuatro kilómetros después, he creado la Bicisenda Ferroviaria!!!
Se desliza a su lado como una díscola irrupción “sorianesca”, y desaparece en la primer curva, sin que ellos consigan llamarle la atención y preguntarle siquiera cuál es su nombre.
Ambos se ayudan mutuamente para incorporarse, sucios y maltrechos, y avanzan a los tropezones y en silencio, apoyados uno contra el otro, rodeándose los hombros en un fraternal abrazo, resoplando agitados, hasta salir de la Estación, como un par de ignorados espectros, sin cruzarse con nadie. Al llegar a la calle de tierra, divisan en la vereda de enfrente un boliche de campo. Y hacia allí van, aún con ciertas frases colgándoles del overol, a la espera de tomar algo que los reconforte.
Acodados en la barra, por detrás de la reja que los separa del dependiente a la manera de una pulpería, ambos piden una ginebra “dalmasettiana”. Como el hombre no tiene idea de qué le están hablando, se conforman con un breve vaso de caña. Y una vez servidos, mientras recuperan el aliento y observan el paisaje que los rodea con ojos curiosos, dignos de lingüísticos exploradores, se miran el uno al otro, con un extraño brillo de complicidad, como si se adivinasen el pensamiento.
-Che -, alcanzan a decirse, al mismo tiempo-: ¿Y si proponemos un nuevo "Inventren"?
*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
EL MAIZAL ENCANTADO*
A Samuel Sánchez, por deslumbrarnos con sus invenciones.
Era como viajar entre dos murallones verdes, erectos y en permanente balanceo, sólo la faja negra del asfalto y nosotros rompíamos esa monotonía especial del maizal, que se unían allá, en los confines, con la traza del camino. Ni pájaros, ni cantos, ni trinos, ni zorrino cruzando la ruta, ni lagartijas aplastadas y secas, nada.
-¿Por estos lugares se vino a vivir el Cina-Cina?
-Si. No le quités la mirada al croquis, que en una de esas por charlar nos pasamos.
-Hay que tener ganas y no se qué en la cabeza, para elegir este paraje para vivir y decir, cuando te mandó el croquis o esa especie de semi mapa en la carta, que le encantaba el lugar. Vaya encanto.
-Lo que pasa que vos no lo conocés al Cina-Cina, es un tipo especial, ya vas a ver, te va a encantar.
-Pero debe ser de antaño, si era conocido del Porfirio, tu Viejo, y ya era nombrado, -insistía la mujer del Negro que viajaba incómoda y medio de prepo.
A pesar de los diálogos que mantenía con su mujer, el Negro se andaba rodeando de silencios, orillaba ese territorio, solo eso, por ahora; pensaba, y pensar así, orillando los silencios, era una señal no visible de que en cualquier momento se rajaba, no cualquiera, desde afuera, detectaba ese tránsito. Todo se mezclaba en el Negro, era un revoltijo de cosas pasadas, presentes, el devenir, como si una cinta transportadora los expusiera, cuestiones mixturadas con anhelos, frustraciones, interrogantes.
El silencio avanzaba. Rumiaba. Le molestaba la incomodidad de su mujer, no entendía nada. Decidió, por fin hablarle del Cina-Cina, en una de esas se calma y lo deja masticar los silencios tranquilo más tarde.
-Es un tipo especial, -comenzó- siempre lo fue. Lo conocí por los sesenta.
Se presentó en la oficinas Centrales del Ferrocarril Belgrano. De entrada, como pidiendo contraseña, me preguntó sí yo era hijo del Porfirio y sobrino del Cacho. Al responderle que sí, que lo era, dio media vuelta y se fue. Al rato regresó.
-Fui al mingitorio, no daba más. Tengo derecho a mear, y en definitiva prefiero pasar por guarango y no que se me reviente la vejiga, además, el aguantar te jode la próstata.
Se paró bien de frente a mi escritorio. Estaba trajeado, por esos tiempos fumaba, de piernas abiertas balanceaba el cuerpo, de manera que su badajo cayera a plomo, y se moviera libre. Se vestía como un ciudadano, pero era un tape (gaucho del noreste), la parada lo denunciaba. Me interrogó, preguntó
por mi viejo y mi Tío, sus amigos, eran amigos del pago, San Cristóbal, al norte de la provincia de Santa Fe. Vaya a saber desde cuando, la misma maestra, los tres ferroviarios. Yo escuchaba. Y lo seguí escuchando desde ese día siempre, en sus cuentos, narraciones, invenciones, en sus fantásticas mentiras; toda una cultura, donde se mezcla la imaginación del que escucha con la del que transmite, en su narración o cuento, y que es, seguramente, parte de la imaginación colectiva. El arte de escuchar y acumular, es primario al de inventar, es que por esos parajes, primero se aprende a escuchar y luego, cuando el escuchador se siente pleno habla, todo un encantamiento.
El Cina-Cina, anduvo y vivió por todos lados, se jubiló en Córdoba, se había hecho medio cordobés, pero seguía siendo un tape.
Enriqueció por esos aires su caja de cosas escuchadas, y en una de esas aparece en Mendoza. Los hijos lo convocaron con sabiduría, querían que sus descendientes, es decir, los nietos del Cina-Cina, aprehendieran cosas que sólo el sabía y podía contar.
-No debe ser para tanto, -dijo la mujer del Negro que se llamaba Isabel- debe ser medio charlatán, engrupidor y encima de andar chocheando; también, con los años que calza, como para no.
-Fíjate en el croquis no sea cosa que nos pasemos, el callejón tiene un cartel que dice: Estación El Maizal. -Mirá el nombre que le vino a poner al callejón, original.
-Lo volví a encontrar en tierras mendocinas. Estaba igual, -mi mujer me fastidiaba, así que decidí seguir hablando- parece que de noche dormía dentro de un tonel con grasa, ni una arruga, lisito, la misma percha, pero siempre tape; andaba medio incómodo con los menducos (mendocinos), no lo entendían, decía: -Fijate mi rutina, me levanto temprano, verdeo en la cocina, hojeo el diario "Los Andes", salgo a caminar, al regresar me dedico al jardín, a los pájaros -me miró y prosiguió, yo comenzaba a abrir la boca en trance de ser pitonizado- Les cambio el agua a los pájaros, es que les puse unos tarritos en las horquetas de los árboles junto a otros con alpiste, mijo, maíz partido, cuando termino la preparación ritual, les silbo y se desprenden de los álamos, aguaribay o los eucaliptos en bandadas y es una sinfónica de trinos; aunque yo esté encaramado todavía entre las ramas invaden el árbol, pasan por encima de mi osamenta y si tengo algún granito de suelto lo picotean, no se asustan. Eso sí, ellos esperan mi silbido y recién se largan como escuadrillas en picada. Me bajo, los miro, los escucho y me digo: -No tenés pajarera Cina-Cina... A veces se descuelga algún atrevido gorrión antes que los otros, lo reto, pero no se vuela, me mira con ese rostro plumudo y percibo sus gestos de avergonzado en el movimientos de sus
pequeñas plumas. El otro día, esperando al menduco que camina conmigo todas las mañana encontré a dos perros atorrantes meándome los rosales. Cuando salí por la puerta que da al patio, embocadura por donde mi mujer me indica que la mateada ha terminado y me raja, ya no me soporta, es el momento
cuando comienzo a volar con mis fantasías mañaneras, tantos años escuchando lo mismo, como para no. Bueno, decía que salía y es cuando sorprendo a dos perros callejeros con las patas levantadas meta mear. Me quedo quieto, por eso de que es muy jodido y hace mal interrumpir el meo de golpe, sea perro o
humano. Esperé. Bajaron la pata y salí. Se sorprendieron. Quisieron rajarse. Les grité:
¡Alto!, quedensé donde están. Se quedaron. Se acomodaron frente a mí, patas y manos abiertas, las cabezas medio gachas y con los ojos bien abiertos. Les dije y bien fuerte: se me sientan -se sentaron-, no les da vergüenza andar meando plantas ajenas, esos son mis rosales. Vean, vean como los cuido, tiene hasta un anillo de algodón en el tronco con DDT para las hormigas, ustedes vienen lo mean y a la mierda el DDT, las hormigas agradecidas, no me vengan con el verso de que quieren marcar territorio.
El menduco que camina todas las mañanas con el Cina-Cina presenciaba la escena desde la iniciación con la boca abierta, un rato más y se le llenaba de moscas. Los perros ante cada afirmación del Cina-Cina se miraban de reojo girando un poco el pescuezo, movían sus cejas, gruñían despacio pero escuchaban atentamente, con la cola tiesa.
-Yo nunca los agredí -proseguía el Cina-Cina-, ni les tiré piedras, ni les puse carne envenenada como algunos hijosdeputa de por aquí, que cuando los vi, fui y los putié, la recogí y la enterré, y ustedes vienen ahora y mean mis rosales, que sea la última vez, ahora tomensen el raje. Los chocos se pararon en posición normal, antes de girar contestaron con dos ladridos, esa fue la respuesta, saltaron el cerco de ligustrines y se perdieron por un callejón.
-He visto todo, -dijo el menduco- usted es igual que Esopo, habla con los animales.
-No, yo no soy igual, él escribió sobre animales, yo hablo con ellos, no se si catea cual es la diferencia.
-¿...?
-No me mire así compadre, entienda, todos somos animales, la diferencia está en la palabra, hay que entenderse, esa es la cuestión; algunos tienen plumas, otros ladran, otros tienen escamas y viven en el agua, yo estoy parado, tomo mate y camino con usted. Digo, ¿comprenderán estos plumudos o
ladradores porqué salgo a caminar con usted?, Yo todavía no, pero, a pesar de todo, lo espero todas las mañanas.
-Al otro día, no se porque cuestión, salgo más temprano al jardín, hago la rutina, regreso a la cocina a tomarme otro verde, estaba fresco, el Tunpungatito enviaba un aire seco. Uno veía desde donde yo vivía, Chacras de Coria, el recorte del cerro precordillerano, azul, muy azul. Cuando estaba adentro siento unos ladridos, salgo y veo, los dos perros atorrantes en medio de la calle, me ven, dan dos ladridos más y corren hasta dos enorme eucaliptos, levantan la pata y lo mean, arañan la tierra con las manos, dos
ladridos más, esta vez si mueven la cola, y se van lo más campantes por el callejón.
-Hasta más ver, les contesté, nos vamos entendiendo. Entré de nuevo a la casa, busqué una palangana vieja de aluminio, la llené de agua y la coloqué debajo del eucalipto meado, donde marcaron su territorio.
-¿Eso te contó el Cina-Cina ese? Vos, seguro que lo escuchaste embobado, y te imaginaste perro o pájaro, menos mal que no habló de lagartijas o de iguanas, ya te veo con la cola larga...
Es mi mujer, no es mala, pero no entiende, es una urbana que no comprende que detrás de ese mundo masivo hay otro, distinto y hermoso, pensaba para adentro el Negro, como iniciando un camino. Al hablar de esa forma, la Isabel, daba la sensación de que un pequeño temor la iba penetrando; debía
ser por la convocatoria del Cina-Cina, el maizal y por él mismo, ya que para ella era un desconocido. El temor a sentirse desprotegida, digo, porque la conozco. Es que uno al vivir en esas inmensas ciudades y educado en ellas, cree ser poseedor de grandes y pequeños pensamientos, pero uno no se da
cuenta que no son de uno, sino de la multitud que cree ciegamente en las fuerzas de las instituciones y de su moral, y no percibe el poder de policía de esas instituciones que te moldean el pensamiento y tu opinión a través de la supuesta protección. Por eso, el valor, la compostura, la confianza, las
emociones y los principios están regidos por esa urbanidad que el mismo hombre ha creado para defender sus intereses. Por eso la existencia de Isabel y de otros, y la mía, -a pesar de haber vivido en zonas rurales, y haber sido educado con sus maneras- en las grandes urbes se vuelve insignificante y se puede vivir únicamente dentro la compleja organización de las multitudes organizadas. Por eso el sólo contacto con la naturaleza, a Isabel, le producía súbitas y profundas inquietudes en su corazón. Es que uno se siente solo, aislado de su especie urbana, a ésto se le suma la percepción de soledad, sus propios pensamientos y las sensaciones urbanas que lo abandonan, porque por aquí, por estos parajes, son inútiles. A la negación de lo habitual, que es lo seguro, se añade la afirmación de lo inusual que es lo peligroso. Miraba a Isabel de soslayo y la veía en franca transformación, un rictus distinto aparecía, duro y profundo. Comencé a aflijirme. No sea cosa que por mis locuras encantadas arruine a la otra
persona que vive conmigo, que es mi mujer, pero que no entiende algunas cuestiones. El paisaje le era extraño, hostil, a lo que se le sumaba, la desconocida personalidad del Cina-Cina.
-Este monte de maíz..
-No es un monte, -le contesté.
-Bosque de...
-Tampoco es un bosque.
-¿Entonces, qué es?
-Un maizal, eso, un maizal.
-¿...?
-El maizal es compacto, uniforme, no tiene lugares ralos, es disciplinado, nacen casi todos los granos al mismo tiempo, sus penachos se mecen como una danza, no es un mar verde y tiene una gran vida interior, es silencioso a las brisas, es una de las plantas más antiguas de América. Guarda en sus entrañas toda la sabiduría de las civilizaciones pasadas y seguía con mis desvaríos.
-Parece que vos fueras de maíz. Mirá que hay que tener ganas de venir a vivir en medio de un maizal en la soledad más absoluta, sin televisión, sin vecinos, ni cine, ni teatro, ni revistas...
-Fíjate en el croquis no sea que nos pasemos...
-No nos vamos a pasar, vamos a llegar. Hace horas que vamos dentro de este callejón de maíz. Vos fíjate en la ruta y en los caminos de la izquierda. Se conversaba, como una distracción. Ella era cada vez más consciente de que todo se volvía inexplicable, al maizal misterioso lo sentía, y esa sensación la hacía insignificante. Una fuerte inquietud avanzaba sobre Isabel, más, sabía por el tiempo que en cualquier momento aparecería el cartel que diría: Estación El Maizal. Venía de muy lejos y sentía cada vez más la aprehensión de desamparo, impresión que nunca había avistado en su mundo interior, y la presunción de que una misteriosa vida albergaba en el maizal. El Negro se tornaba cada vez más silencioso, observaba mortificado el asfalto y el maizal. Sabía que el Cina-Cina enfrentó este cambio con entereza, a pesar de ser un tape hecho y derecho. Enfrentarse con la naturaleza, aunque sólo sean problemas materiales, exige una cuota mayor de coraje y serenidad de espíritu. Ellos dos eran incapaces de una lucha semejantes, venían de otro lado. De otra sociedad, que por otras razones, no de ternura precisamente, había cuidado de ambos prohibiéndole todo pensamiento independiente, toda iniciativa, toda desviación de rutina. Solo podían seguir viviendo a condición de ser como máquinas. Y ahora libres, en medio de un maizal inacabable, no sabían como utilizar su libertad, su verdadera libertad. Sus facultades urbanas no funcionaban, eran inútiles, no detentaban otras, y cuando aparecía el desamparo, no sabían qué hacer. Todo ocurría en silencio. Los dos, al no tener práctica, eran incapaces de pensar por sí mismos, de balbucear un pensamiento nuevo. La aflicción ante lo desconocido los iba abrumando, los hacía impenetrables, aunque en forma desigual. Una especie de arrepentimiento invadía al Negro por arrastrar a la Isabel a esta locura de ver al Cina-Cina. Es que la carta invitación más el croquis los había encantado, era como una expedición de esas que se ven en las películas, que ni hormigas hay en el campamento, donde Deborah Kerr se pasea envuelta en gasas, Steward Granger de botas limpias y lustrosas y presume a la pelirroja y un negro les sirve un whisky con hielo, (¿hielo?).
Aquí por el momento no había hormigas, pero los rodeaba una soledad verde del carajo. Iban cada vez más adentro en ese mar de especulaciones, no había contención alguna.
-El cartel, -gritó Isabel- el cartel, doblá, doblá...
Encararon por el callejón de tierra negra, apretada por el peso de los carruajes de llantas de hierro, cóncava, huellas secas. Aquí sí apareció la vida, pájaros revoloteando, cuises corriendo de orilla a orilla, espantados por el ruido del traqueteo de la camioneta; de pronto, la aparición sorpresiva de algún campesino saliendo del interior del maizal como si fuera un desprendimiento, saludaba con el machete en una mano y con la otra hacía flamear un manojo de maloja, estaba desyuyando los surcos. Otros, les hacían señas de que más allá estaba la Estación, como si supieran que ellos vendrían...
La tranquera era un paso a nivel, como Dios manda, con la barrera y el gancho para el farol, los contrapesos y una campana como llamador. Pintada de negro y amarillo como dios manda, o mandaba. Los privados le cambiaron el color.
El Cina-Cina estaba ahí, sonriente, acicalado, lustroso, con su camperita de cuero, parado a lo tape, con el badajo al medio sintiendo el balanceo en el entrepiernas, los recibió con un abrazo de aquellos, bien apretado, lleno de gusto; sin soltarme le dio la mano a Isabel en forma reverencial, bien a lo tape, respetuoso, los invitó a trasponer el paso a nivel, digo, la tranquera.
-Mi señora nos espera, está desde esta mañana temprano metida en la cocina, no quiere que falte nada. Pasemos, yo voy en la bici, son como doscientos metros hasta la casa. Desde lejos se veía a la estación partida en dos en forma longitudinal, se recortaba sobre el verde maizal que daba al norte;
todo era bien nítido, un andén, las palancas de las señales, una balanza para pesar encomiendas, una carretilla para llevar equipaje, campana, dos faroles de barreras y otros enseres. Todo me intrigaba a medida que íbamos cruzando el cuadro de la estación. Al llegar vi dos letreros, uno en cada costado, Estación El Maizal, recién pintados, con letras y medidas reglamentarias.
Una parte del edificio era la estación, el otro, es decir la otra mitad, la casa donde vivía el Cina-Cina. Los ladridos de los perros alertaron a la señora de Cina-Cina que salió refregándose las manos en un repasador.
-Pasen, pasen, refresquensén un poco, en el baño hay agua limpia y fresca, hay una palangana y toallas, apuren, la mesa está servida. Todo pasaba repentino, como si el tiempo se acelerara. La palangana enlozada como los viejos baños de los coches dormitorios, con el contorno labrado con espigas
de trigo en relieve, y en el fondo, una dama envuelta en gasas o una rosa gigante, toallero, inodoro, ducha, era un baño ferroviario; al ver esto me dije y muy afligido, que algo desconocido y no tanto, aparecería. A pesar de ser ferroviario, presagiaba que se venía un viaje fantástico, digo: viaje, porque uno siempre viaja y sabe de los misterios que guarda el tren y lo que lo rodea, es la alienación del ferroviario, incurables.
Isabel, poco a poco entró en la cocina, se preocupó de los aromas nuevos e ingredientes. Lo miré al Cina-Cina, movía la cabeza y éste me respondió con una sonrisa de tape ladino, como diciendo: después viene lo mejor. Comimos humita en chala, choclos asados, otros hervidos, sopa de crema de maíz, un corderito con ensalada de granos de choclos y porotos, todo bien regado. El Cina-Cina ante mi llegada se había pertrechado de un buen vino. Era la ocasión, se festejaban años de amistad y de reencuentros. La
sensación de soledad fue mermando con la presencia de esta gente, el rostro de Isabel mejoraba, pero a mí me entraba otra intriga, despacio, como un puñal de hielo.
El Cina-Cina sonreía. Esperaba el tape, eran sus tiempos, llenos de pausas, en cambio los míos estaban cargados de ansiedad ciudadana. Años cargando comportamientos tabulados, llevándolos a cabo como si fueran propios, personales, opinaba y creía que mi opinión era original, inteligente, independiente; pero no, opinaba como el aparato de la sociedad estipulaba, decía las mismas boludeces que todos pronunciaban y votaba al candidato de todos, aunque portara otro apellido, que lo parió. Estaba libre de toda atadura y no sabía que hacer con mis manos libres. Liberadas. Con Isabel no sabíamos, éramos incapaces de poner en funcionamiento los mecanismos de la verdadera libertad, que estaba allí, en medio de un maizal. Éramos la inutilidad urbana.
Se durmió la siesta, digo, ellos, yo despierto y elucubrando sobre como el Cina-Cina había superado el cambio de la ciudad al campo, y me preguntaba, ¿qué fuerza interior lo empujó y determinó que ése era su lugar? Cuántos interrogantes. El Cina-Cina dormía. Viejo apodo que le venía de niño. Mi viejo comentaba que era tan flaco que se le asomaban los huesos por la piel como espina de cina-cina, un arbusto espinudo. Yo no sé bien si era de San Cristóbal, pero podía haber nacido por ahí cerca, Huanqueros, Ñanducita, Ceres, porque mi viejo nació en San Cristóbal pero mi abuela Elena, que era
toba, lo anotó en Ceres y por las dudas, porque no se acordaba bien, lo anotó también en San Cristóbal, en Ceres como Pedro Alejo y en San Cristóbal como Porfirio. De grande mi viejo eligió, se quedó con el Porfirio, éste tenía historias. También era contador de historias de ajenas, propias, inventadas, mentirosas y de las que raye, era de la zona, por donde dicen , anduvieron mucho los andaluces. Me arrullé pensando en mi viejo; se mezclaba el sueño, el Cina-Cina, el Porfirio, el maizal y me inquietaban las reacciones de Isabel. Siesteamos, luego mateamos, y empezó un largo viaje narrativo del Cina-Cina ante una pregunta, que él ya esperaba.
-No me llevaba con los menducos, no son mala gente, sólo que no me llevaba, sólo éso. Conversé con ella y rumbié para Buenos Aires. Fui a ver a tus amigos de la Administración de los Ferrocarriles, los que manejan los inmuebles, y como estaban vendiendo de todo, escuché que se vendían estaciones, ¿estaciones? ¡qué los parió! Me atendieron bien. Algunas la tienen las municipalidades, funcionan como oficinas de turismo, otras son museos, las conservan y las han arreglado, otras son criadores de chanchos, otras no las quiere nadie, otras se venden por dos mangos.
-El Negro me dijo que ustedes me aconsejaran.
-Bueno, mirá, aquí hay una que se vende con el cuadro de estación y todo, de barrera a barrera, es mucho terreno. -Macanudo, ¿cuánto vale?
-Casi nada, el precio es simbólico, es casi nada.
-¿Cómo que simbólico?.
-Si, tiene la estación partida, partida por la mitad, en forma longitudinal, hay que arreglarla. Mirá el plano. Está cerca de la Estación Monte Maíz, en medio de un maizal, se te puede hacer llegar luz eléctrica como tenía antes.
-¿Por qué se partió la estación? -fue la pregunta de rigor del Cina-Cina.
-A esa estación la construyeron los ingleses. Aquí cargaban la cosecha del maíz, trigo, cebada; todo el cuadro de estación era un lugar de acopio, en tiempos de recolección era un gigantesco campamento de cosechadores, crotos, linyeras bohemios que no eran otros que anarquistas sembrando sus ideas.
Hacían representaciones teatrales con sus conjuntos filodramáticos, donde actuaban los cosechadores y participaban en la construcción de los guiones para la obra. Cuando fueron a construirla se encontraron con un gigantesco magín...
-¿Qué es una magín?
-Es un inmenso agujero en la tierra, más grande que una vizcachera, algunos tienen fin otros no. Por el medio pasaba la traza de la vía, pero los constructores, creyendo que era peligroso la corrieron y en su lugar edificaron la estación con una base antisísmica, es decir un encofrado de cemento y ladrillo bajo tierra, por medio de este sistema construyeron la estación. En cambio si el tren lo atravesaba, por su estrépito y vibración podía hundirse, por eso desplazaron la traza, para evitar accidentes.
-Sí, pero no me dicen porque se partió longitudinalmente y no transversalmente la estación, eso es lo que quiero saber. Sino, no la compro.
-Nadie lo sabe, solo se sabe que justo por entre los dos edificios pasaba el viejo diseño de traza, entre ellos cabe el gálibo de un vagón de trocha ancha... Aquí el Cina-Cina sospechó. Esto no es cosa de humanos simples, aquí anda el duendaje suelto. Esto es cosa de ellos, están volviendo, y no es casual que yo esté justo con estos planos, en este lugar y que me haya enviado el Negro, no, no es casual.
-La compro, hagan el recibo. Todos sonrieron. Mas sospechó el Cina-Cina del duendaje, se habían soltado, era tiempo. Vine a verla, estaba derruida, la medí con los pasos, trancos largos, pedazos de cañas añadidas, me asomé al magín, y me dije aquí me quedo. Otro se hubiera rajado. Un sulky esperaba
con paciencia, su dueño le aflojó el freno al matungo para que pastoreara, mientras observaba, no se le escapó ni uno de mis movimientos. Regresé al pueblo y le envié un telegrama a mi mujer: empacá todo, que el Ñato te haga la mudanza, encontré el lugar. Y aquí estamos, disfrutando de la naturaleza.
Reparé los edificios, los peones de por aquí me ayudaron, cavaron alrededor del magín, corrieron la Estación con rollizo de troncos, ya que se podía desplazar, la calzamos y como ves, le hicimos un andén. Desde Buenos Aires me enviaron una mesa de auxiliar, un manipulador para el telégrafo, el teléfono de pared y el aparato stays para colocar la vía libre, los arcos para dársela a los maquinistas, el mueble portaboletos, un fechador, en fin, como ves está completa.
Lo miraba y lo miraba al Cina-Cina, porque además era cierto, estaba todo reconstruido, e imaginaba a la vez que algo en mi estadía iba a comenzar.
-Al comenzar la reconstrucción, se arrimaron comedidos para ayudarme y contarme, así es, contar era el interés central de éstos ayudantes, narrar sin afirmar, sino diciendo: ¨dicen que...¨
-Fijesé Don, dicen que en temporada el tren del maíz pasa por aquí. -Dejó colgando el fijesé Don, uno de ellos, el más suelto de lengua. Esperó mi reacción, se la manifesté con rapidez, no iba a andar tanteando, si el había jugado fuerte.
-¿Y cuándo es la temporada?, así nos preparamos, que joder, - dije desafiante.
-Para el fin de la cosecha. Cuando ésta termina, el tren cosechero o el maicero aparece; viene recogiendo la siega en las estaciones acopiadoras. Por eso este inmenso playón. En el galpón esa noche, antes de que pase el último tren, se hace una fiesta, una galponeada como le dicen, con choclo
asado, unos corderitos, vino, se viene el canto y los abrazos de los cosechadores que tienen el mono listo y se van para otra colecta: Algunos se separan, y eso es doloroso, laburando de sol a sol juntos, hablando de a sorbos todos los días, y de noche a tragos largos, y ahora la necesidad los separa, es fuerte el desgarro porque ha sido fuerte la amistad, fijesé Don.
-Entonces, cuánto tiempo tengo ¿ah?
-Veamos, se labra la tierra, rastrilla, se surca, se limpia donde se siembra, aparecen los sembradores, y a partir de los primeros brotes cuente, no es el mismo tiempo cada año, según las lluvias, seis meses, depende, aquí el tiempo se mueve de otra forma.
-Comencé a laburar mirando el crecimiento del maíz, este me marcaba los tiempos, todos los días los observaba, el horizonte se alzaba verde lentamente, y yo, meta aflijirme, -nos contaba el Cina-Cina- y la gente de campo que seguía viniendo a echarme una mano. Aparecieron los maquinistas, ferroviarios no, sino los que manejan las cosechadoras, las trilladoras, las sembradoras, esos. Con ellos creció la solidaridad, y cuando la fecha se aproximó dijeron:¨ nos vamos a la cosecha, esté atento cuando vea que
voltean la trinchera del último maizal, que antes se pone amarillento, -es un aviso- justo por donde pasa la traza de la vía, y los loros ya no revolotean por esa zona, son señales, el tren ya se aproxima, repitieron.
Isabel y yo con la boca abierta. Era la primera tarde del primer día, todos los temores de la ruta, el miedo a lo nuevo se fue diluyendo, nos entraba una especie de encantamiento, incrédulos en un principio, luego, crédulos a medias. Isabel se volvió hacendosa, su rostro se enterneció, dejó de rezongar, a mí me entró por pensar de otra manera. Salía a caminar sólo cuando los interrogantes me atoraban, el Cina-Cina, sonreía, siempre sonreía este carajo, algo veía en mí que yo no percataba. Cada vez echaba de menos más y más lo cotidiano de la ciudad, el club, las librerías, algunas charlas de café, monótonas, estériles, los chismes del laburo, las pequeñas enemistades, la cuestiones familiares, todo se diluía. Isabel ni se acordaba de sus amigas. Verla a ella era un poco como verme en un espejo. Nos renació el amor, la pasión y el deseo de estar juntos, ya no nos abarcaba la histeria diaria que anulaba todo acto de ternura. Era como si todo recién empezara...
-¿Cómo fue el primer tren que viste pasar Cina-Cina?
-Dentro de unos días te cuento, todavía no, falta poco para que te cuente y te transmita, y falta poco para que sientas, no para que veas al primer tren. Comenzó la cosecha...
Pasaron unos días y el Cina-Cina comenzó a limpiar toda la estación, silbando, canturreando. Apartado lo observaba, sino me convidaba al silbo yo me quedaba así, haciéndome el distraído. Cayó la última trinchera de maíz, se amarilló el horizonte y se aplanó, se llenó de máquinas y de ruidos metálicos. Los maquinistas pasaron por medio del playón, ¡estense atento Don! en dos días pasa, ¡estense atento! Partían hacia otro maizal.
-A los dos día, por la tarde, el Cina-Cina preparó el arco de la vía libre, llenó los faroles con kerosén, les recortó la mecha, los prendió y al atardecer se fue solo, sin convidarme, primero a la del sur, luego a la barrera norte. Iluminó la estación, regó el andén, todo estaba listo.
-Hoy pasa el tren. Vamos a comer, de paso les digo algo. Nos sentamos en silencio. Él silbaba, su mujer canturreaba y nosotros intrigadísimos.
-Esta noche pasará el primer tren de la cosecha. Cuando esto ocurra, ustedes se quedarán aquí adentro, porque aunque salgan no lo van a ver, y si ellos los ven y ven que son extraños y no gente preparada, se disuelven, porque se va el encanto, yo les explico después. Eso sí, lo van a sentir, cuando pase el tiempo lo podrán ver, pero para éso falta.
El Cina-Cina era de esos ferroviarios que se había tragado al ferrocarril con gente y todo, con sus fantasías, imaginerías y las esperanzas de décadas. Era su sujeto, y el misterio del tren se le incorporó en todo su ser, como a otros muchos, el misterio de adiós que guarda el tren, se le ampliaba. Es cierto, el tren circula de noche lleno de misterios, va cargado de vida y muerte, de noticias amargas o dulces, se nutre y siembra a su paso. Las mejores historias se desarrollan dentro de él, las más grandes
confabulaciones, asesinatos, amores, con música de fondo que es el traqueteo de su rodar. Sino que le pregunten a la Agatha Cristie, si hasta ella es ferroviaria, ningún otro medio está tan lleno de misterio y encantamiento como el tren, ninguno. Y nosotros, los ferroviarios, éramos parte de ese misterio y de ese encanto. Entendí, casi antes de que pasara el tren, que no por casualidad estaba ahí, que no por casualidad me invitó el Cina-Cina a pasar unos días con él en ese lugar y en ese tiempo, si éste hablaba con los perros, yo era cosa fácil.
Terminamos de cenar, bebimos bien, todo medio en silencio; nosotros mudos, el Cina-Cina y la señora normales, sólo nos miraban más de la cuenta.
Nosotros éramos la preocupación, no el tren, él, ya era rutina en tiempos de cosecha.
De repente comenzó a vibrar todo, suavemente, un sonido de cosas rozándose, el poderío crecía y el roce se transformó en tintineo sin interrupciones, era un tembladeral.
-Es el tren, -dijo el Cina-Cina- no salgan, recomendó de nuevo, tomó el arco con la vía libre y un papel enrollado, como si fuera un mensaje, de esos que les dan a los maquinistas con observaciones, y se paró en el andén de la estación con las piernas abiertas, haciendo balancear su badajo de puro tape no más. El jadeo estrepitoso del tren se aproximaba, era como un ronquido que brotaba de la tierra. Cuando pasó el tren parecía que entraba al comedor, todo un estrépito, el silbato a pleno y un olor azufrado penetró
en la habitación como un vapor, pero no era vapor, era humo de caldera, la locomotora era a vapor. Entró el Cina-Cina sonriente, con la otra vía libre en la mano, la que le tiraron los conductores del tren. Se sentó, se calmó, se tomó un largo trago de vino y por fin nos miró y escuchó nuestro silencio. Eso sí, ni nos acordábamos de la sociedad de multitudes, esto nos superaba.
-Pueden salir, -nos dijo. Salimos. La noche estaba clara, fresca, se iba terminando el verano, se doraban las plantas, y el cielo y las estrellas y la miniatura de uno ante tanta inmensidad, y de qué me caliento si sólo soy apenas un grano de maíz y no entiendo un carajo....
-Mañana la seguimos, trabajé mucho hoy, es el primer tren de la temporada, después todo es rutina, hasta mañana.
Cina-Cina, viejo zorro del monte, nos dejó cargados de interrogantes, nunca en mi vida había tenido tantos. Pero eso de la inutilidad ciudadana frente a la naturaleza se iba acabando, y este acabar era obra de él, me la pasaba reflexionando y hurgando mi vida anterior, todos los días me daba pie. Y la
Isabel andaba cavando estacas para armar un gallinero, punteaba la tierra para sembrar verduras; de noche venía cargada de aromas verdes, uno podía adivinar los andares de su día de solo olerla, de hocicar entre sus cabellos, de verla extenuada pidiéndote amor.
-Buenos días, ¿durmieron bien?, preguntó el zorro. Y estaba mateando sentado en la galería de la casa.
-Escúchame Cina-Cina, anoche escuchamos el tren, no lo vimos, pero ¿y las vías?, y el maizal del norte aún está en pie, nadie lo aplastó, ¿cómo es todo ésto?
-Todo esto tiene que ver con la terquedad de la esperanza, como dice mi amigo Luis, que es de Córdoba. Las vías están ahí, debajo del maizal, el maizal no es aplastado porque se acuesta al paso del tren, si te fijás está medio inclinado, recién para el medio día se pone derechito. El tren aparece y se esfuma con la complicidad del maizal, de la gente que lo habita, de los maquinistas de las máquinas agrícolas, de su solidaridad, de soñar juntos, de recrear lo mejor de nuestro pasado, para no olvidarnos, nunca de nuestras raíces; el maíz es el símbolo de la unidad, de la vida y todo esto alimenta nuestra imaginería, se potencia de tal manera que hacemos regresar el tren, a los crotos, a los anarquistas cantando en los fogones como docentes, llenos de fuego y pasión. Es una manera de vivir, la de no dejarse vencer nunca. Escuchar el tren es un paso, verlo es otro. No dejarse arrebatar ni los sonidos, ni los sueños, ni los cantares, ni el anhelo de ser hombres libres, esto tan sencillo es una proeza, como la pretensión de ver al tren. Isabel y yo, casi en ayunas escuchábamos atentos. Absortos ante las palabras del Cina-Cina, embrujados. No éramos los mismos, nunca más lo seríamos, pero las dudas del mundo nos carcomían. ¿Cómo qué es pura pasión?, si yo escuché el pito de la locomotora, la casa trepidó y percibí el olor a
humo de leña. ¿Era el misterio que guarda el tren, el encantamiento del maizal?, o somos nosotros y nuestra terquedad, esa que portan los ferroviarios hace más de cien años.
-Dicen que por Avía Terai, Rincón del Quebracho, Pluma de Pato, Negro Quemado, Añatuya, Chañar Ladeado y otros lugares, anda apareciendo el tren.
Que los tanques y cisternas tienen agua y que sus mangas gotean de nuevo. Que todo recién empieza, que es cuestión de tiempo, el tiempo de la gente. Como siempre, casi todo se inicia por los sueños, luego a uno le renace la esperanza, más tarde la aspiración por concretarlo y aunque parezca lejano, nada es lejano cuando los hombres y mujeres sueñan sueños que tienen que ver con la vida. Por eso, querido Negro, estás en este lugar, nos cobija el encanto del maizal, el encanto de sus habitantes es tan grande que hace
funcionar el tren, como un deseo fuerte que toma cuerpo y forma, aroma y música en su trepidar, como el que tenemos nosotros, los ferrucas, la gente de los pueblos sedientos, los que se quedaron sin agua, sin poder visitar al de más allá: víctimas de la desconexión entre pueblos...
-¡Frená, frená, pará! estás alucinado, ¿no te diste cuenta de todo lo que hablaste? Tenés los ojos vidriosos, estás tieso. Has hablado sin parar todo el viaje ¿Te acordás de lo que contaste sobre el tren fantástico que pasó por el medio de la casa del Cina-Cina? -¿Te acordás? le reclamaba Isabel a
viva voz para hacerlo volver, se había ido el Negro en el relato o monólogo, o lo que sea. El Negro sintió el reclamo, comenzó a volver, abandonaba poco a poco el territorio de los silencios; frenaba pausadamente la camioneta, pestañeaba de nuevo, salía de una rigidez particular, aspiraba profundo;
retornaba lentamente de algún lugar de silencios que solo él conocía.
Porque a pesar de haber parloteado sin parar, no había sido claro, es que no podía ser claro, aquí no había transmisión oral de una imaginación a otra, el que da y el que espera, el intercambio, la mixtura no se producía, la imaginería colectiva no cuajaba, todo era incoherente. Sus palabras estaban llenas de encantamiento, partían de otro sitio, venían de muy adentro, o de muy afuera, adentro estaba él, afuera el maizal. Detuvo la marcha, y le dijo a Isabel: yo vi y sentí el tren que pasó por la casa del Cina-Cina, por el medio de la estación partida. Vi y sentí el tren, olí el vapor de los cilindros y el humo denso de la caldera. Isabel, acordate, todo oscilaba, todo era vaivén...vos estabas conmigo. La miró, abrió más los ojos y se calló.
El Negro temblaba, estaba como afiebrado, apoyó la cabeza sobre el volante, lo aferró fuerte con sus manos, tomó mucho aire y gritó: ¡qué lo parió, era un sueño carajo! y quedó jadeante, se fatigaba, y en cada espasmo, miraba a su mujer solicitando cariño, afecto, tolerancia. Isabel lo miró con una
inmensa ternura, lo acarició y despacio, paso a paso, lo calmó, lo apartó de la excitación, aprovechó ese momento de sosiego y le dijo:
-Tranquilo, calma, aún no llegamos a la casa del Cina-Cina, todavía vamos por entre los murallones del maizal, descansá, es largo el viaje; es que el maizal y el asfalto se parecen a una larga traza de vía, y esto te confundió, es eso, el maizal y el asfalto te desorientaron y te vino el desconcierto; por eso te alucinaste, digo, te confundiste...es eso, nada más que eso; mejor dicho: es por el maizal y los sueños del Cina-Cina.
*de Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar
Correo:
30 años sin el Tren…*
7 de Julio 1977 - 2007
…a 30 años del ultimo viaje del Ferrocarril Provincial
La Plata – Avellaneda - Meridiano Vº
Cultura – Identidad – Memoria
Por la recuperación del patrimonio de la Estación
Charlas - Muestra fotográfica - Mate con historias –
Teatro Comunitario – Material de época - Ferromodelismo
Sábado 7 de Julio 12 hs.
Centro Cultural Estación Provincial – 71 y 17 La Plata
www.estacionprovincial.com.ar
Patrimonio Barrial
Los esperamos con Empanadas y Guiso
Organizan: "Centro Cultural Estación Provincial", Grupo de Teatro Comunitario los "Okupas del Andén", “Protren” Club Platense de Amigos del Ferrocarril
6 de Julio de 1977: último viaje del Ferrocarril Provincial
En la Jornada recaudamos útiles Escolares para la Escuela N° 509 del Hospital de Niños
El Centro Cultural Estación Provincial, el club “Protren” y el grupo de Teatro Comunitario los "Okupas del Anden" junto con los vecinos del barrio Meridiano V, decidimos organizar esta jornada cultural que llamamos "30 años sin el tren" para recordar la última vez que lo veríamos partir. Desde ese momento, todos los sueños del Ferrocarril Provincial, quedarían en el recuerdo.
Por este motivo entre todos, hemos buscado fotos y material de aquella época (entre ellos, el video del último viaje en 1977 registrado por un aficionado) e intentamos mantener viva la memoria colectiva.
Desde el arte, el grupo de Teatro Comunitario "Los Okupas del Andén" recrearán aquellos tiempos a través de la obra "Historias Anchas en Trocha Angosta" y nos vendrán a visitar para exponer su problemática los vecinos del pueblo de Bavio que hace años están luchando por la vuelta del tren además de contar con la presencia del grupo “Recuperemos el Tren” (compuesto por Pasajeros del Roca, Grupo Suer y Mejoremos el Tren) que vienen manifestándose por mejorar el servicio de la línea Roca.
Desde 1998, año que se crea el “Centro Cultural Estación Provincial”, los vecinos de Meridiano V venimos trabajando por recuperar el patrimonio (tangible e intangible) de la querida Estación.
Más allá de varias promesas, no hemos logrado que el Estado se responsabilice por recuperar este hermoso edificio que es patrimonio histórico y cultural del barrio y de nuestra ciudad. De hecho, además de no contar con el apoyo por mantener la estructura edilicia, las autoridades municipales, han intentado cambiarle el nombre al edificio, desconociendo que "Estación Provincial", no es un nombre caprichoso, sino que representa la historia del barrio.
Un poco de historia…
El 6 de Julio de 1977, es la fecha del último viaje que realizó el Ferrocarril Provincial a causa de las políticas implementadas durante la última dictadura militar a través de su ministro de Economía, Martínez de Hoz, siendo éste el inicio del desmantelamiento del sistema ferroviario Argentino.
El Ferrocarril Provincial se inauguró el 17 de marzo de 1912; la provincia de Buenos Aires concibió una red ferroviaria de trocha angosta cuya dimensión, si se hubiera concretado en su totalidad, habría modificado sustancialmente el panorama ferroviario bonaerense. A partir del puerto y de la ciudad de La Plata llegaba a Mirapampa, en el límite provincial.
El comienzo del fin…
El tren funcionó adecuadamente hasta 1961 , cuando el "Plan Larkin" que implementó el presidente Arturo Frondizi -a instancias de su ministro Álvaro Alsogaray y de Thomas Larkin, general estadounidense enviado al país como "asesor en Transporte" por el Banco Mundial- eliminó un tercio de los ramales y despidió a 70 mil ferroviarios. El ramal La Plata - Avellaneda (lo único que quedaba hasta ese momento en funciones) fue cerrado definitivamente el 6 de julio de 1977. Así se llega, en la etapa menemistas y las prácticas económicas neoliberales a terminar de clausurar los ferrocarriles que quedaban, "ramal que para, ramal que cierra". De este modo, muchas localidades se convirtieron en " pueblos fantasmas" a raíz de la desaparición de los ramales y así sus habitantes perdieron, no sólo su fuente laboral, sino un medio de transporte esencial para el encuentro de la comunidad.
La Estación Provincial : su presente…
Para la Estación Provincial "del Meridiano Vº" de La Plata se tejieron mil destinos posibles pero ninguno se concretó. Sólo el ímpetu de los vecinos por mantenerla viva a logrado abrir las puertas del olvido convirtiendo este espacio en el "Centro Cultural Estación Provincial".
Con el cierre definitivo del Ferrocarril en 1977 la zona tuvo una gran depresión económica. Hoy, la perseverancia y la tarea sostenida de las organizaciones barriales ligadas a la cultura, hemos logrado construir una identidad cultural que no sólo se reconoce en la ciudad, sino que gracias a la repercusión que ha tenido este emprendimiento en medios locales y nacionales, hemos logrado que gran cantidad de gente venga especialmente a La Plata desde distintos puntos del país a conocer la "Estación Recuperada por los Vecinos" fomentando el turismo y el empleo en la zona.
En esta gestión vecinal se crean lazos de solidaridad y encuentro para la comunidad teniendo como ideal hacer de la estación un espacio donde la cultura y el arte sean los motores del barrio renovando así el espíritu del lugar. Hoy se sigue trabajando para que esos sueños se hagan realidad…
Más información: www.estacionprovincial.com.ar
EXPOSICIONES:
* Documentales: “Memorias del Provincial” (Gamarra – Galvagni), “Centro Cultural Estación Provincial”,
* Vecinos de Bavio.
* Colectivo “Recuperemos el tren” de usuarios del ferrocarril Roca
* Miguel Grinberg, escritor y periodista
* Ferromodelistas: Club “Protren” e invitados
* "Los Okupas del Andén" Teatro Comunitario
* Documental Fotografico: Gonzalo Mainoldi / Juan Manuel Rosas / Pablo Busti / Ignacio Dillon.-
Contactos:– Juan Montiel (0221) 15 547 4194 - 4513707 – Fermín Mendizábal (0221) 15 -523 9639 - Sol Matoffi (011) 15 315-64508 - 424 5008 - Rodrigo Fuente (0221) 15 5890896
estacionprovincial@yahoo.com.ar
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 8 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Miguel del Aguila, Milton Esteves, Carlos Sánchez-Gutierrez y Ricardo Zohn-Muldoon. Las poesías que leeremos pertenecen a Vicente Girarte Martínez (México) y la música de fondo será de Alma del Sur (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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viernes, julio 06, 2007
miércoles, julio 04, 2007
EDICIÓN JULIO.
INVENTIVASocial
Edición JULIO 2007
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*
Rosados los malvones,
rojo,
esta tarde es rojo
tu deseo,
y altos, desean brillar
aún
más altos, los racimos
morados
del arbusto que se abre
en el jardín.
Pero rojo, rojo,
y color
llaga o color lengua,
no silencio,
soledad,
acaso encías,
boca,
vísceras removidas
de volcán,
o de mujer que
mira
el reloj, el cielo
y las brumas,
pronta a abrir
una puerta,
la mirada,
y decir una palabra
y repetirla
hasta olvidarla,
ante un horizonte
que arde
a su hora -aún
sin estrellas,
aún con sus leños,
su contraste-,
más acá de la
muerte
y de los hechos
más comunes
o más sórdidos.
Como otra flor
abismada y rosada
que se abre.
*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com
-En "Nidia". Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007
PÁJAROS Y MEMORIA*
Laurie Anderson escribió en su espectáculo "Homeland" una historia con la que comienza el show. En ella los pájaros, que existían antes de que el mundo exista, vuelan sin tener más que aire y ningún lugar donde posarse. El problema surge cuando el padre de una de las aves muere, y no saben qué hacer con el cadáver ya que es una nueva cuestión, algo que los sorprende por ser la primera vez que algo así les ocurre. Finalmente, un pájaro decide sepultarlo en la parte trasera de su propia cabeza, y ello marca el inicio de la memoria.
Magnífica poeta, maravillosa creadora Laurie, que nos muestra los cadáveres de nuestros padres en las nucas abultadas.
Historias, olores, sabores de antes, pasado y putrefacción, dichas que ya fueron y dolores que retornan. Las voces que no murieron, los asombros, las caricias de manos que no conocimos. Todo detrás de la cabeza, todo allí apretadamente emplumado, tibio y gélido, maravilloso y atroz.
El cadáver del padre. El cuerpo muerto de las generaciones. Los días que gastaron otros, los que pasamos sin advertirlos, las tramas sobre lo minucioso cotidiano, los hilos que conectan continentes, las palabras de las que desconocemos el significado y sin embargo siguen allí, en la nuca, peso y alivio.
Tan cerca que lo sentimos detrás de las orejas, tan lejos como esa propia nuestra espalda que no podemos ver. La memoria.
Cuántas veces habrá deseado el pájaro arrancarse el cadáver de su padre.
Tantas como las que le llevó comprender que ya no hay retorno cuando el hombre comienza a conocer cuando reconoce.
Y llevamos, es cierto, más cadáveres de los que sabemos detrás de los ojos. Alegrémonos si nos ayudan a mirar.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Suspiro*
Mujer-agua, suspiro de noche,
viento que galopa como caballo exaltado,
mujer que late como remolino
y nadie la escucha.
Hablas para ti,
y dilatas tu cuerpo todas las mañanas
como cíclope cansado de vagar en la penumbra.
Te tiendes al Sol con la nostalgia de junio,
del camino por las calles largas, del fruto en la mesa,
del calor en tus manos.
Nada se ha dicho y estás aquí -tan pequeña-,
con rostro de madera y alas de pino,
y me miras con tus ojos fatigados por la vigilia,
inventas signos y exhalas en mi pecho.
Mujer, te reconozco tras el espejo-agua
porque te traigo dentro,
como lluvia de mi sed.
*de Lady López Zepeda. ladylz954@yahoo.es
En un instante la vida gira*
Aquí en mis plegarias
Empañada la zozobra
Aún mi hijo está asustado
Huye del dolor escondiéndose
En el recuerdo de su prisión
Conectado a un drenaje:
Su pulmón se desinfló
Y otras manos estudiosas
Cocieron sus membranas.
Tantas noches sin dormir
Demasiadas esperanzas
Deshacían en sonidos metálicos
De hospital
Y yo,
En medio de ese surco
Entre la vida y la muerte
Estuve encendida como robot
No era yo, no era nadie,
Nada, ninguno.
La intranquilidad llevó su aire
Por alguna razón
El destino casi casi
A mi hijo lo robó.-
*de Azul. azulaki@hotmail.com
Caballo en el salitral*
*de Antonio Di Benedetto
El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
¿Será Zanni..., el volador?
No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al "tren del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática.
Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da olor al campo".
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede ser; sin embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado , como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el
campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja.
Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: "¡ Será ! . . . "
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.
Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil todavía beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal.
Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los
tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa.
Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante.
Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.
Un setiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo.
Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana.
Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.
*de "El cariño de los tontos", de Antonio Di Benedetto. 1961. © Herederos de Antonio Di Benedetto.
*Fuente: http://www.literatura.org/DiBenedetto/adbTexto2.html
Investirme*
Con ropas oscuras
Con iluminaciones momentáneas
Que engañen a la vista
Que solo desean resguardar de tanta sombra
Me pongo así cada día distintos vestidos
Cambio colores, texturas, adornos
Debe ser agradable a la mirada
¿O se traslucirá el vacío lleno de desazón?
Por si acaso no pregunto
Mas adornos cada día, mas colores a combinar
Miro la mirada de los otros, que a veces ni siquiera me ven
Algunas veces prefiero no ser advertida
Y esas veces vuelvo corriendo al refugio
A renovar las investiduras
Otras no, me siento un cuadro donde todos, aunque sea de reojo,
Paran a mirar
Y ya no vuelvo corriendo
Camino por donde sea para alimentarme de esa energía
Me siento una mas, parecida a alguien.
Con mi ropaje de cada día
Con el ruedo descocido
Intento desesperadamente
Colocarme una combinación
Como la que usaba mi abuela
Es que a veces, abuela, la ropa no llega a cubrirme
Tanta angustia
*De Silvia Irigaray. silviairigaray@arnet.com.ar
El milagro secreto*
*Jorge Luis Borges
Y Dios lo hizo morir durante cien años
y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.
Alcorán, II, 261.
La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.
El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.
El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.)
Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.
Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.
Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...
El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.
El universo físico se detuvo.
Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladík entendiera.
Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.
No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.
Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.
*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/milagro.htm
*
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Rosados los malvones,
rojo,
esta tarde es rojo
tu deseo,
y altos, desean brillar
aún
más altos, los racimos
morados
del arbusto que se abre
en el jardín.
Pero rojo, rojo,
y color
llaga o color lengua,
no silencio,
soledad,
acaso encías,
boca,
vísceras removidas
de volcán,
o de mujer que
mira
el reloj, el cielo
y las brumas,
pronta a abrir
una puerta,
la mirada,
y decir una palabra
y repetirla
hasta olvidarla,
ante un horizonte
que arde
a su hora -aún
sin estrellas,
aún con sus leños,
su contraste-,
más acá de la
muerte
y de los hechos
más comunes
o más sórdidos.
Como otra flor
abismada y rosada
que se abre.
*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com
-En "Nidia". Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007
PÁJAROS Y MEMORIA*
Laurie Anderson escribió en su espectáculo "Homeland" una historia con la que comienza el show. En ella los pájaros, que existían antes de que el mundo exista, vuelan sin tener más que aire y ningún lugar donde posarse. El problema surge cuando el padre de una de las aves muere, y no saben qué hacer con el cadáver ya que es una nueva cuestión, algo que los sorprende por ser la primera vez que algo así les ocurre. Finalmente, un pájaro decide sepultarlo en la parte trasera de su propia cabeza, y ello marca el inicio de la memoria.
Magnífica poeta, maravillosa creadora Laurie, que nos muestra los cadáveres de nuestros padres en las nucas abultadas.
Historias, olores, sabores de antes, pasado y putrefacción, dichas que ya fueron y dolores que retornan. Las voces que no murieron, los asombros, las caricias de manos que no conocimos. Todo detrás de la cabeza, todo allí apretadamente emplumado, tibio y gélido, maravilloso y atroz.
El cadáver del padre. El cuerpo muerto de las generaciones. Los días que gastaron otros, los que pasamos sin advertirlos, las tramas sobre lo minucioso cotidiano, los hilos que conectan continentes, las palabras de las que desconocemos el significado y sin embargo siguen allí, en la nuca, peso y alivio.
Tan cerca que lo sentimos detrás de las orejas, tan lejos como esa propia nuestra espalda que no podemos ver. La memoria.
Cuántas veces habrá deseado el pájaro arrancarse el cadáver de su padre.
Tantas como las que le llevó comprender que ya no hay retorno cuando el hombre comienza a conocer cuando reconoce.
Y llevamos, es cierto, más cadáveres de los que sabemos detrás de los ojos. Alegrémonos si nos ayudan a mirar.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Suspiro*
Mujer-agua, suspiro de noche,
viento que galopa como caballo exaltado,
mujer que late como remolino
y nadie la escucha.
Hablas para ti,
y dilatas tu cuerpo todas las mañanas
como cíclope cansado de vagar en la penumbra.
Te tiendes al Sol con la nostalgia de junio,
del camino por las calles largas, del fruto en la mesa,
del calor en tus manos.
Nada se ha dicho y estás aquí -tan pequeña-,
con rostro de madera y alas de pino,
y me miras con tus ojos fatigados por la vigilia,
inventas signos y exhalas en mi pecho.
Mujer, te reconozco tras el espejo-agua
porque te traigo dentro,
como lluvia de mi sed.
*de Lady López Zepeda. ladylz954@yahoo.es
En un instante la vida gira*
Aquí en mis plegarias
Empañada la zozobra
Aún mi hijo está asustado
Huye del dolor escondiéndose
En el recuerdo de su prisión
Conectado a un drenaje:
Su pulmón se desinfló
Y otras manos estudiosas
Cocieron sus membranas.
Tantas noches sin dormir
Demasiadas esperanzas
Deshacían en sonidos metálicos
De hospital
Y yo,
En medio de ese surco
Entre la vida y la muerte
Estuve encendida como robot
No era yo, no era nadie,
Nada, ninguno.
La intranquilidad llevó su aire
Por alguna razón
El destino casi casi
A mi hijo lo robó.-
*de Azul. azulaki@hotmail.com
Caballo en el salitral*
*de Antonio Di Benedetto
El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
¿Será Zanni..., el volador?
No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al "tren del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática.
Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da olor al campo".
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede ser; sin embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado , como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el
campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja.
Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: "¡ Será ! . . . "
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.
Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil todavía beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal.
Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los
tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa.
Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante.
Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.
Un setiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo.
Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana.
Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.
*de "El cariño de los tontos", de Antonio Di Benedetto. 1961. © Herederos de Antonio Di Benedetto.
*Fuente: http://www.literatura.org/DiBenedetto/adbTexto2.html
Investirme*
Con ropas oscuras
Con iluminaciones momentáneas
Que engañen a la vista
Que solo desean resguardar de tanta sombra
Me pongo así cada día distintos vestidos
Cambio colores, texturas, adornos
Debe ser agradable a la mirada
¿O se traslucirá el vacío lleno de desazón?
Por si acaso no pregunto
Mas adornos cada día, mas colores a combinar
Miro la mirada de los otros, que a veces ni siquiera me ven
Algunas veces prefiero no ser advertida
Y esas veces vuelvo corriendo al refugio
A renovar las investiduras
Otras no, me siento un cuadro donde todos, aunque sea de reojo,
Paran a mirar
Y ya no vuelvo corriendo
Camino por donde sea para alimentarme de esa energía
Me siento una mas, parecida a alguien.
Con mi ropaje de cada día
Con el ruedo descocido
Intento desesperadamente
Colocarme una combinación
Como la que usaba mi abuela
Es que a veces, abuela, la ropa no llega a cubrirme
Tanta angustia
*De Silvia Irigaray. silviairigaray@arnet.com.ar
El milagro secreto*
*Jorge Luis Borges
Y Dios lo hizo morir durante cien años
y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.
Alcorán, II, 261.
La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.
El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.
El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.)
Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.
Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.
Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...
El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.
El universo físico se detuvo.
Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladík entendiera.
Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.
No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.
Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.
*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/milagro.htm
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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lunes, julio 02, 2007
A DAY IN THE LIFE
El pie*
La larga mesa del agasajo largo (la palabra homenaje suena a muerte). Los que allí están, hace poco se han conocido. Puede ser esto una fugacidad, o un momento fundante.
Pasan los platos, las palabras, las horas.
Frente a mí, una mujer reciente mira mis manos, mientras la punta de su pie indaga mis tobillos.
Me concentro en las maniobras manuales sobre la comida. Sé que si levanto la mirada, será un acuerdo.
Después, tres años de volcán, con su habitual residuo de lava retorcida y penas.
Lo escribo en presente del recordativo. Siento que alguna vez, por un pequeño pie, yo fui dichoso enteramente.
La piel no inscribe los olvidos. Tan sólo las cenizas.
*De Abel Edgardo Schaller. abelnegroschaller@yahoo.com.ar
A DAY IN THE LIFE...
Las doce a Bragado*
por Haroldo Conti*
(A mi tío Agustín, por si algún día para de andar y alcanza a leerlo)
Bien, ahora mismo, desde este invierno que empapa el pavimento y las paredes y las ropas y el alma, si tenemos, lo que sea, esa finita tristeza que se enrosca por dentro como una madreselva y en días así, justo, asoma sus floridas puntas por las orejas y la nariz y los ojos, en días así, digo, cierro los ojos y veo ese largo camino polvoriento del verano que se extiende hasta el horizonte como un río seco bajo el sol. Es el camino de tierra entre Chacabuco y Bragado, ese mismo semejante a una áspera corteza de árbol viejo con tantos y tantos surcos, el almacén de don Luis Stéfano en una esquina de acacias hasta el año 33 y después para siempre en la memoria, y la de Iglesias a la derecha, más adelante, ya por el camino de Sastre, después esa loma que trepa brevemente hacia el cielo y después el puente sobre el río Salado, que es el mismo límite entre los dos partidos, según dicen los carteles de chapa en una y otra punta, y uno imagina que hay en el aire una línea invisible y que el aire es sutilmente distinto a cada lado de esa línea. Y ahora, es lo que veo desde este húmedo y triste invierno, el tío Agustín aparece saliendo de la curva, un poco antes del almacén de Iglesias, a la altura del mojón de hierro fundido que casi tapan los pastos, del lado de Chacabuco todavía. Viene corriendo con sus largas piernas huesudas perseguido por una nubecita de polvo y un perro escuálido que ladra a sus zapatillas de badana.
La gente del almacén lo aplaude hasta que trepa a la loma y se pierde tras ella, plaf, plaf, el tío Agustín, y el viejo Iglesias le grita a sus espaldas: "¡Dale, flaco!". Porque el tío es puro hueso, y una llama bien encendida que alumbra por debajo de su piel. Los ladridos del perro se sofocan detrás de la loma y el tío debe estar cruzando el puente. Hace seis horas que largó punteando desde la plaza San Martín, en Chacabuco, frente a la iglesia de San Isidro Labrador. Hoy es justamente la festividad de San Isidro, 15 de mayo, y se corre la Vuelta del Salado o La Fondo de las 12, es decir, La Carrera de Fondo de las 12 leguas a Bragado. El tío estuvo haciendo trote en la largada una hora antes de la partida. Tenía puesta una camiseta de frisa con el número 14 pintado en la espalda y unos pantaloncitos negros y las zapatillas de badana y cuando el viejo Pelice disparó la bomba de estruendo el tío pegó un tremendo salto y un grito y salió a los trancos, plaf, plaf, plaf, perseguido en la mañana neblinosa por una hilera de hombres semidesnudos, entre ellos el loco Garbarino que no pasaba del cementerio y se cansaba tanto de agitar los brazos y saludar hasta a los perros, dio una vuelta a la plaza y cuando comenzaba a encendérsele aquella blanca llama enfiló por la Avenida Alsina, pasó punteando frente al bar japonés y rumbeó serenamente hacia las quintas. El tío corre con la huesuda cabeza echada hacia atrás como un pájaro y a medida que entra en combustión sus trancos son más largos y más altos.
La gente resbala como una mancha oscura por el costado de sus ojos y, después del hospital municipal, se corta, se disuelve y cuando no hay más gente y sólo queda por delante el camino pelado, el campo húmedo y la mañana olorosa, la llama le brota por los ojos y corre todavía más fuerte, más liviano. Los pasos de badana resuenan suavemente cuando golpean sobre las tablas del puente y cuando el tío se embala por la pendiente de la loma, al otro lado, ya en el partido de Bragado, la llama le brota a chorros a través de la piel, los ojos se le borran con tanto brillo y corre, corre locamente bebiendo el aire perfumado de la mañana, los campos verdes inundados de esa blanda luz de mayo, loco caballo desbocado, loco. En tres horas más, a ese paso, puede estar en Bragado, por lo menos en la laguna, pero un poco antes de Warnes, cuando ya asoman los palos del alumbrado entre los altos y oscuros árboles de la entrada, esto es antes de las vías del ferrocarril Sarmiento, tuerce el tío hacia la izquierda y se lanza sin cambiar la marcha por el estrecho camino que bordea el monte de eucaliptos del campo de Cirigliano cuyos negros árboles saltan desde hace un rato en el hueco encendido de sus ojos. El tío es ahora el tibio camino de tierra cruzado por frescas sombras que atraviesan sus largas piernas. Corre y corre saltando las sombras húmedas, blandos terrones de tierra, solo y alado, sobre este recuerdo, sobre puntos y líneas, sobre el raído invierno de mi tristeza, sobre años y tiempos, siempre volante, eterno, perenne corredor de las 12 a Bragado, el bravo tío Agustín empujando su intensa llama por aquel solitario camino recruzado por espantados cuises y liebres y pájaros que arrancan veloces un poco antes de sus pasos. Salta un alambrado y sigue la carrera a campo traviesa, llama y llama, fuego y fuego. Sólo una vez llegó hasta el Bragado porque el tano Cersósimo, esto es, el Gringo del Pito como se lo conocía por aquellos años, lo siguió con un sulky y cuando se quería desviar le cerraba el paso y lo golpeaba con el látigo y llegó con dos leguas de ventaja sobre el Chino Motta, nada menos, pero cuando la gente lo aclamaba ya y el intendente se paró en el palco con un banderín en la mano no lo pudieron atajar porque saltó sobre la meta con un grito profundo y siguió de carrera hacia 25 de Mayo, muy campeón, el grandes piernas de acero de mi tío, el formidable tío Agustín. Eso fue en el 32, que batió todos los récords, aunque a él no le importaba eso sino tan sólo correr y correr.
Pero las otras veces torció a derecha o izquierda antes del Bragado, aturdido por el campo, y algunos lo vieron y avisaron que el tío iba a los saltos entre las doradas espigas o las oscuras hebras de pasto o las chalas que brillaban como vidrios y azotaban sus duras piernas, espantando liebres y pájaros y cuises, y un día o dos después lo hallaron dormido debajo del álamo carolina, ese que se levanta solitario detrás del campo de Cirigliano y que desde el camino real aparece todo un monte y que para el tío era su única meta reconocida y hasta ella corrió por premio o por mero gusto, acompañado o solo, el día de San Isidro o un día cualquiera mientras le duró, por muchos años, aquel berretín de caballo desbocado.
Yo era pibe entonces y veía al tío, joven, como desde una enorme distancia, a través de nieblas y velos, porque yo estaba por ser, no tenía sombra ni casi historia, era tan sólo presente, pequeño, mero estar y ver y sentir a la sombra de los grandes, mi abuelo, ciego por terquedad que un día prometió rezar un millón de padrenuestros porque dijo que se le había aparecido Jesús, carpintero como él, mi padre, que entonces correteaba para el frigorífico La Blanca montado en un fragoroso Ford A o la tía Juana, por siempre joven, que tenía un cuarto para ella sola y una cama muy alta que olía a jazmín y una escupidera de loza que parecía una sopera y un novio que venía todas las tardes a las cinco y se marchaba apenas caían las sombras en el patio de baldosas con la parra de uva chinche y la bomba pie de molino y por supuesto el tío, tío Agustín, ese ansioso caballo de verano. A veces cuando pateo la calle cierro los ojos, y aun sin cerrarlos lo veo pasar entre la gente, al trote con su pantaloncito negro y la camisa de frisa y el número 14 en la espalda, que siempre me falló en la quiniela, lo veo, por ejemplo, trotar a las zancadas por el medio de Corrientes o trasponer de un salto Alem, en dirección al puerto.Yo me suspendo y pienso, casi grito, ¡Ahí va mi tío, hijos de puta! ¡Miren qué lindo loco! Pasa como entonces con la terca y dura mirada clavada en el horizonte, con las narices anchas de viento, cavando el aire con sus largas, muy largas piernas.
Después crecí, eché sombra como un árbol y hasta yo mismo participé en La Fondo de las 12 a Bragado, pero no pasé del cementerio. Cuando doblé por el hospital y vi a lo lejos los altos humos de los hornos de ladrillo, algo que, supongo, trastornaba al tío, el cual quería darle alcance a cuanto se ponía al fondo del camino, las sienes me empezaron a temblar y me dolían las encías como si fuese a echar un puñado de dientes. Al llegar al cementerio rodé con un grito entre polvo, sudores y piernas que pasaron zumbando al lado de mi cabeza.
El tío, por ese entonces, trabajaba en la carpintería del abuelo, sobre el pasaje Intendente Beltrán, frente a la plaza Gral. Necochea o la Plaza del Mercado donde está hoy la estación de colectivos. Ahora cierro los ojos y me veo en la penumbra del taller con paredes de ladrillo a la vista y un espeso olor a polvo, sillas y elásticos que cuelgan de las vigas y al fondo la mesa de carpintero en la que trabajaba el tío. A veces no recuerdo al tío sino que mi pensamiento se sujeta de un objeto cualquiera y ese objeto cubre casi todo mi día. Hoy, por ejemplo, mientras cruzaba hasta el bar Falucho aguantando el viento que barría la Avenida Santa Fe, me acordé de buenas a primeras de aquella sierra de ingletes o de falsa escuadra que había en una punta de la mesa. El día crece lentamente alrededor de ese objeto, lo rodea como la pulpa de un fruto y el día en todo caso vale nada más que por eso. Aquella sierra que había sido construida en Inglaterra en 1895, que en consecuencia había atravesado el mar embalada cuidadosamente en un cajón de pinotea, me atraía misteriosamente. Era una sierra montada sobre un bastidor, con una empuñadura negra como la de una ametralladora y servía para cortar marcos, escuadras, ángulos, encastres y demás cortes de precisión. La veo ahora mismo en el aire, negra y pulida y, por fuerza, al rato veo en la punta de la empuñadura al tío Agustín. Él se movía silenciosamente de un lado a otro del taller aporreando maderas, reparando vencidos elásticos de cama o reemplazándolos por otros nuevos que estiraba para encajarlos en el armazón en una prensa, especie de potro que giraba con bruscos chirridos metálicos. El tío era de una silenciosa precisión en todo. Yo me maravillaba de que hombre tan silencioso y preciso en sus movimientos produjese a ratos tanto ruido de una vez. Por ejemplo cuando se calzaba un pañuelo negro delante de su aguda nariz y echaba a andar aquella cardadora mecánica que era el supremo orgullo de la mueblería y carpintería El Mercurio. El tío metía la lana apelmazada por un lado y ya mismo salía por el otro en blandos copos que caían lentamente dentro de un corralito de alambre de gallinero. La máquina rechinaba en la punta de las manos del tío. Por aquel tiempo había dejado de correr hasta el álamo carolina, pero después del trabajo emprendía largas caminatas hasta el zanjón o el cementerio o el Prado Español o la quinta de Pastore, o la estación del Pacífico, donde esperaba ver pasar al "Cuyano" que hendía la noche como un carbón encendido aventando sombreros y papeles. Los años lo habían enflaquecido aún más y un día que lo sorprendí inclinado sobre la fabulosa sierra de ingletes le vi brillar las blancas sienes y el emplumado mechón de pelos encanecidos que le caía sobre la frente. Y esa vez sentí verdadero amor por el tío, aquel ansioso caballo del verano que ahora descendía a la carrera la larga cuesta de sus días.Yo, en cambio, trepaba los míos. Esos días me llevaron lejos del pueblo y cuando volví, algún verano después, y entré en el taller penumbroso, el tío levantó la cara por encima de la sierra y me observó con una mansa sonrisa por arriba del armazón de metal de unos lentes. La luz de la tarde penetraba por una claraboya y el tío flotaba, blando y casi transparente, en aquella luz polvorienta. Me preguntó qué tal estaba la ruta 7. Por lo que recuerdo, fue la primera vez que habló conmigo demostrando cierto interés sobre algo concreto. Señal que yo había crecido realmente y ahora era un hombre, al menos para él, que la medida de mi tiempo. Siempre preguntaba sobre caminos. La ruta 7 terminaba de ser reparada entre San Andrés de Giles y Carmen de Areco. Eso lo alegró al tío. Ese mismo año había ido a pie hasta Luján portando el estandarte de la Congregación de San Luis Gonzaga. Me explicó que era cuestión de echarse a andar y no cambiar el paso, vendarse los pies y calzar botines bien armados. Volvió con el Expreso Rojas y recién entonces notó que la ruta estaba levantada en algunos tramos. Fue toda una conversación. Por él me enteré de que el camino entre Chacabuco y Bragado seguía siendo de tierra, pero que ahora le habían puesto la electrificación rural y era probable que en un par de años le echaran encima cemento. Ya no va a ser lo mismo, dijo el tío con tristeza.
Seguía haciendo sus largas caminatas, pero ahora se extraviaba cada dos por tres. Una vez lo trajo un vigilante que lo encontró perdido por el Agua Corriente, y otra el viejo Punta que lo cruzó en el camino a Salto, por el almacén de Cattaneo, y él le preguntó dónde quedaba el Tiro Federal y el viejo entendió el Estadio Municipal y como de todas maneras ambos quedaban para el otro lado, lo subió a la jardinera y lo trajo hasta la mueblería.
Un día el tío, esto lo supe dos veranos después, ya hombre entero y él más viejo y más flaco, y el camino a Bragado todavía sin asfaltar, fue hasta la farmacia de Marino, al otro lado de la plaza, pero cuando llegó a la Avenida Alsina, que fue asfaltada en el 32, bajo la intendencia de don Esteban Cernuda, la encontró de tierra, como cuando era chico y después mozo y corría ya en la Vuelta del Salado. Los charrés y los sulkys iban y venían por la avenida de tierra y algunos jinetes trotaban entre espumosas nubes de tierra. El tío, flaco y encorvado, vio con algo de sorpresa cómo avanzaba por el medio de la calle un landó descapotado como los de la cochería Grossi Hermanos con la señorita Lombardi en su interior. El coche se detuvo justo enfrente del tío y la señorita Lombardi asomó su cabeza cubierta con una capelina de raso y apuntándole con su sombrilla de seda estampada le preguntó por la abuela Adela que había muerto, si mal no recordaba, seis años atrás. Él se quitó el sombrero, sonrió complacido a la tan señorita y se inclinó hasta que la sombra del carruaje desapareció de su vista. Naturalmente, no cruzó la avenida ni fue hasta la farmacia de Marino porque en aquel tiempo la farmacia no existía todavía. Volvió al taller y el resto del día, hasta que vino la luz de la tarde, se sentó en un rincón, detrás de la mesa de carpintero, entre cajas de herramientas y rollos de elásticos y tablones de pino que olían a resina y pensó en la muy dulce señorita Lombardi que para él, el tiempo le daba la razón, no iba a envejecer nunca. Quizá dentro de unos pocos días, pensó, si se entrenaba un poco, podía volver a correr en La Fondo de las 12 a Bragado.Ya no quedaban campeones y en el tiempo que tardaba ahora cualquier buen fondista de la zona él podía llegar a Bragado saltando sobre un pie. Cuando entró aquel melancólico rayo de luz por la alta claraboya, el tío echó a andar hasta el Prado Español.
Días después, al cruzar la plaza, le dio un salto el corazón. Debajo de la pérgola que había sido echada abajo en tiempos de Fresco vio y hasta escuchó a la banda del maestro Marsiletti. La banda tocaba aquel número de fuerza que le hacía temblar las piernas al tío, Tremi gli insani del mio furore, Nabucco, Acto I, y que el maestro Marsiletti tarareaba y por momentos aullaba tratando de imitar a Titta Ruffo. No sólo estaba aquella pérgola, que semejaba una jaula florida, sino que hacia el lado del Palacio Municipal vio brillar entre los oscuros árboles al lago artificial que mandó rellenar el intendente Barcán y en el que el loco Garbarino se zambulló un 25 de mayo. La banda, con el maestro Marsiletti que blandía la batuta y un Avanti que sacudía en la boca al compás de la música, parecía flotar en el aire de la pérgola debajo de una luz amarilla como la que penetraba en la claraboya del taller. Después de Nabucco, tocaron Alegría de la hoguera, una polca-mazurca de Strauss con la cual el maestro Marsiletti parecía remontar un vuelo y la plaza comenzó a poblarse de muchachas y muchachos que en dos hileras giraban por el centro, alrededor de la estatua de San Martín, que de golpe había reemplazado a la pérgola y que en aquel tiempo era pedestre, no ecuestre, según se acostumbra, por razones de economía, pues la partida que votó el Concejo Deliberante no alcanzó para el caballo, lo cual terminó por convertirse en una curiosidad y hasta en una atracción hasta que en tiempo del gobernador Aloé, que era de Chacabuco, le pusieron el caballo y es así como cabalga ahora en el alto cielo de mi pueblo entre las espléndidas copas de los árboles, en dirección a la confitería San Martín, hacia la que apunta un dedo.
En eso el tío vio pasar al Cholo Barrios que, según tenía entendido, porque estuvo en el velatorio, se voló la cabeza mientras probaba una escopeta de un caño, calibre 20, vio al Cholo con sus bigotazos renegridos, rancho, polainas blancas y un bastoncito con el pomo de plata que lo saludó con el brazo en alto, muy en su contexto, lustroso caballero el Cholo, gran amigo de violentas farras y fuerte apostador en las cuadreras y reñideros, propietario de un gallo "Ají Seco", apodado Racoto, de origen peruano, que batió a todos los gallos de combate del 36 al 45.
Otra vez el tío iba para el Círculo Obrero donde estaba cambiando el esterillado de las sillas y no pudo seguir de la Avenida Alsina, pues se tropezó con la procesión de Nuestra Señora del Carmen, con el padre Doglia debajo del palio y los tanos Minervino y Visiconti tocando la gaita a la cabeza, todos muy de solemnis sobre la calle de tierra mientras las campanas de la iglesia batían a fiesta bien pulsadas por el viejo Santiago, gordas palomas de bronce por el aire limpio de la mañana.
El último verano que estuve en el pueblo, este que pasó, fui hasta la vieja casa del abuelo y, como siempre, después de los saludos y los mates penetré en el empolvado taller del fondo. Tardé un rato en acostumbrarme a la penumbra, cegado como entré por el sol del patio, y en aquella momentánea ceguera sentí el tibio olor a maderas y a cola de carpintero y oí el escamoso crujir de las chapas del techo recalentadas por el sol. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a aquel velado y quieto paisaje de objetos sepultados por el polvo descubrí cada cosa en su exacto lugar, como si el tiempo no se hubiese movido y yo tornara de golpe a mi infancia.
Allí estaba la tremenda cardadora a motor, la carcomida mesa de carpintero y sobre ella, en un extremo, mi querida sierra de ingletes que apuntaba hacia la puerta. En la prensa había un elástico a medio tender. Aquella suave pero insistente permanencia de las cosas, luego de tantos años y tantos cambios y tanto y tanto, recuperó por un momento ese firme presente de mi infancia, sin sombras ni pesos, errante edad de mi pueblo. De repente sentí un leve raspón junto al tablero de las herramientas y achicando los ojos vi emerger por detrás de la mesa la blanca cabeza del tío que estaba sentado en un banquito. Parecía un viejo pájaro, uno de esos viejos cóndores que con las raídas alas abiertas toman el sol en la jaula del Zoológico. El tío se caló los anteojos que extrajo lentamente de su estuche a presión y me observó en silencio con sus ojos lagañosos, como de vidrio mellado. "¿De quién sos?", preguntó al cabo de un rato con una voz finita. Quería decir de quién era hijo yo, que es lo que se pregunta o como se pregunta a un muchacho cualquiera de los pueblos. Yo dije "El hijo de Pedro Isidro". Él cabeceó y repitió para sí, sin reconocerme, posiblemente sin reconocer siquiera aquel nombre: "Pedro Isidro...". Pedro Isidro es mi padre, su hermano. Se levantó y caminó hasta mí, encorvado. Me echó una afilada mano encima del hombro y preguntó esta vez: "¿De dónde venís, muchacho...?". No preguntó qué tal estaba la ruta 7, ni tampoco supe si por fin habían asfaltado el fabuloso camino a Bragado.
Luego supe por la tía Teresa que en esos días se había encontrado en la esquina de la tienda Ciudad de Messina con Pepe Provenzano, que pateaba como siempre la calle vendiendo billetes de lotería y con Pancho Tonelli, ambos bien finados, lo mismo que la tienda, que cerró allá por el 58. Después, cuando trató de volver a la casa no dio con la calle y aunque pasó por enfrente de la puerta, al recorrer el pueblo por tercera vez, no acertó a reconocerla. Por suerte se tropezó en la esquina del Almacén Inglés con el gordo De Nigris, otro muertito, que lo condujo, siempre tan gentil caballero, hasta aquella salteada puerta y se lo devolvió a la tía cuando ya oscurecía.
Para Reyes vino la hija de Buenos Aires y el tío se calzó los anteojos y le preguntó de quién era. A partir de ahí empezó a equivocar las puertas y los cuartos y a veces charlaba en los rincones del patio con personajes invisibles. No mucho después, como lo pronosticó la madre Benedicta, ni siquiera reconoció a la tía a la que confundió una vez con Martita Romero, su primer filo, y otra con Filomena Perrone, que fue reina del carnaval del Club Porteño, en el año 38.
Acabo de volver del pueblo y por eso pienso tan fuerte en el tío en esta podrida noche de invierno mientras bebo un semillón en el bar Falucho, en Fitz Roy y Luis María Campos. Cuando fui a ver al tío lo encontré acostado en el medio de esa buena cama inglesa con cabezales de bronce y remaches de cobre y elástico de flejes que perteneció a la familia Mediavilla y compró en un remate de Warnes. Tenía puesto un camisón de frisa y un gorrito de lana y de tan flaquito y huesudo se perdía sobre la pila de almohadas. Hace meses que no sale de ahí. Fuera de los límites de esa cama no reconoce nada en el mundo. A eso se ha reducido el suyo, a aquella buena cama inglesa de bronce bien lustrado. Sin embargo, no la pasa tan mal. Siempre tiene algún muertito con el que charlar y por detrás de la barras de bronce ve cosas de hermosa extravagancia, como el corso del año 23 o el Circo Sarrasani, e incluso el día en que el loco Garbarino ganó de tarro La Fondo de las 12 a Bragado.
*Haroldo Pedro Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en 1925. Fue, entre otras cosas, escritor, guionista, maestro rural y profesor de filosofía. Algunas de sus publicaciones son: La balada del álamo carolina (1967), al que pertenece el cuento "Las doce a Bragado", y las novelas Alrededor de la jaula (1966), En vida (1971) y Mascaró, el cazador americano (1975). En 1976 fue secuestrado por la dictadura militar; permanece desaparecido.
*FUENTE: http://www.me.gov.ar/monitor/nro3/elcuento.htm
El Orden Criminal del Mundo*
"...todo torturado se convierte en novelista...si la tortura torturara sólo a los culpables, entonces no serviría para nada porque su fin es esparcir el miedo..la tortura es un método para prevenir el delito de la DIGNIDAD...ser digno se combate torturando..."
Eduardo Galeano
El programa En Portada de TVE ha puesto en Internet este magnífico documental, en el que algunos intelectuales describen lo que está pasando en nuestra sociedad, en el que el modelo socio-económico que algunos han impuesto nos lleva irremisiblemente a la autodestrucción y por tanto desaparición de nuestra especie sobre el planeta y acaso arrastramos también al resto de los seres vivos. Si esto no se frena nuestro destino está definitivamente marcado, el problema es que cuanto más tiempo tardemos en frenarlo la probabilidad de que esto ocurra aumenta
Mira el video:
Google Video
http://video.google.de/videoplay?docid=-639917879259387994&q=El+Orden+Criminal+del+Mundo
Más información: RTVE - Sala de Prensa
Analiza "El orden criminal del mundo"
"En portada" programa dirigido por Juan Antonio Sacaluga, ofrece el jueves 14 de septiembre a las doce de la noche "El orden criminal del mundo", un reportaje en el que dos figuras internacionales analizan el orden del mundo.El ensayista suizo Jean Ziegler, relator de la ONU, y el escritor uruguayo
Eduardo Galeano, coinciden en calificar el orden del mundo de "criminal".
Ambos ahondarán en todos y cada uno de los extremos de ese "orden criminal": el debilitamiento del estado nacional, el surgimiento de un nuevo tipo de capitalismo y la seducción drástica de derechos en todo el mundo, desmenuzando las causas del miedo cotidiano y la inseguridad global.
Junto a sus voces se escuchan también en el reportaje, como contrapunto, las de la ex ministra de cultura de Malí, Aminata Taoré; el juez Baltasar Garzón; el dirigente campesino colombiano Hector Mondragón, el jurista norteamericano William Goodman o los españoles en África José Collada y Ángel
Olarán.
"El orden criminal del mundo" cuenta con guión de Vicente Romero, imagen de Jesús Mata y Miguel del Hoyo y sonido de Carlos Días Oliván y Francisco Rueda.
*Fuente: ARCOIRIS. TV
http://es.arcoiris.tv/index.php
Lunes, 02 de Julio de 2007
Releer*
*Por Rodrigo Fresán
desde Barcelona
UNO "Lo único que importa es la relectura", dice Michael Ondaatje que dijo Vladimir Nabokov en las páginas de Divisadero, novela que ahora estoy leyendo por primera vez pero que no dejo de releer mientras la voy descubriendo sabiendo que, seguro, la releeré tantas veces.
Y el otro día volvieron a hacerme la más inteligente de las preguntas tontas o la más tonta de las preguntas inteligentes. A saber: "¿Qué libro te llevarías a una isla desierta?" La pregunta me la hicieron los organizadores del festival literario de Parati (FLIP) en Brasil, donde en unos días iré a
responderla en persona sin, espero, necesidad de naufragar antes. Y esta pregunta (que el escritor Eduardo Mendoza desmontó con un tan ingenioso como lógico "Si tuviera que llevarme un solo libro a una isla desierta, preferiría morir en el naufragio") es, en realidad, una pregunta bastante tramposa. Tramposa porque, automáticamente, lleva a responder con títulos que uno considera posibles de numerosas relecturas pero cuya eficacia práctica es puramente teórica. Es que entonces, por lo general, uno responde con opciones a futuro cuando lo lógico sería pensar en ese libro que uno ya ha leído varias veces en tierra firme y disponiendo de múltiples posibilidades, al alcance de la mano, en esa biblioteca que nunca se hunde y que flota mejor que cualquier barco.
DOS Y la relectura es una actividad que suele relacionarse, erróneamente, con la madurez y el crepúsculo. La idea de que recién ahí, sabios por antigüedad, releeremos lo que alguna vez leímos y comprenderemos todo del todo. Pero no: cuando más releemos -hasta la exasperación, sin desmayo,
felices por repetir- es durante la infancia. Primero son nuestros padres quienes -cada vez más agotados- nos releen nuestro inagotable cuento favorito y después nosotros que, sin saber leer, lo recitamos de memoria y luego, habiendo decodificado el perfecto misterio del alfabeto, repasamos
con los ojos lo que alguna vez vivimos con el oído. Y ayer vi en la CNN a Paris Hilton releerle a un resignado Larry King fragmentos de su diario carcelario. Prosa infantil con voz de nena, como si ahora fuera la niña quien quisiera dormir al anciano.
TRES Y no hace mucho leí -y ahora estoy releyendo- un libro del gran crítico norteamericano Sven Birkerts titulado Reading Life: Books for the Ages. El concepto del libro es tan sencillo como fascinante: Birkerts recuerda primero -en sucesivos ensayos- aquellos libros que, durante su juventud, le cambiaron la vida. Birkerts evoca la inolvidable impresión que le causaron, por ejemplo, El guardián entre el centeno, de Salinger; Madame Bovary, de Flaubert; Lolita, de Nabokov, y hasta la fascinante y reiterada imposibilidad de avanzar en Los embajadores, de James. Y luego, aquí y ahora, los relee y cuenta y se sorprende tanto por lo que cambió -por lo que cambió él- como por lo que seguirá allí para siempre. "A veces pienso que el trabajo a largo plazo de la lectura es el de descubrir, uno a uno, aquellos libros que guardan los elementos desparramados de nuestra naturaleza", apunta Birkerts al final de la introducción. Y aquí y ahora a mí se me ocurre que releer es como hacer memoria con la ayuda de otros cerebros.
Inteligencias superiores intentando ayudarnos a tener una vida mejor o, por lo menos, a hacerla mejor soportable y que -leyendo- nos parezca tanto mejor escrita de lo que en realidad está.
CUATRO Porque si bien la realidad no deja de releerse a sí misma, lo cierto es que sus tramas dejan mucho que desear. Y los últimos días han abundado en relecturas. Los mandatarios europeos releyeron el fallido proyecto de constitución europea y decidieron cambiarle el nombre y acortarlo. Los Clinton "releyeron" para Youtube la polémica (a mí me encantó) última escena en el episodio final de Los Soprano (me inquieta un poco que, aunque sea en broma, un ex presidente y una aspirante a futura presidenta se pongan en el lugar de un matrimonio de mediocres mafiosos). Putin -con una ayuda de Bush- parece empeñado en hacernos releer los días más calientes de la Guerra Fría.
La CIA desclasificó los informes donde se informa acerca de sus actividades en los años '60 y '70. Operaciones poco limpias a las que los hombres de "La Compañía" se refieren, con siniestra gracia, como a "las joyas de la familia". Nada que no se supiera ya, está claro. Pero causa gracia pensar que todo esto ya sabido y que cualquier ciudadano del mundo leerá releyendo será toda una novedad para más de un ingenuo norteamericano de bien convencido de que sus presidentes y gobiernos jamás pudieron haber ordenado cosas así. Y es que ciertas relecturas producen un efecto curioso, un fuera del tiempo y del espacio. Esa es la verdadera genialidad del film futurista Blade Runner -que por estos días cumple un cuarto de siglo- al haber promovido por primera vez la idea de un futuro retro donde conviven los
autos voladores con los ventiladores a hélice. Su otro hallazgo -el que las máquinas fueran más sensibles, más humanas que los humanos- no es otra cosa que una relectura de Ridley Scott sobre la computadora HAL 9000 de Stanley Kubrick en 2001: Odisea del Espacio. Posiblemente la película que más veces
he visto en mi vida. Pero releer una película -o una canción como "A Day in the Life" de Los Beatles, ese otro brillante artefacto sobre el tiempo perdido y recuperado mientras se relee en el recuerdo la primera plana de un diario inglés- no es lo mismo que releer un cuento o una novela. Y ahora que
lo pienso, nunca me preguntaron qué película o qué canción me llevaría a una isla desierta. Y, claro, enseguida me respondo: en una isla desierta no tiene por qué haber electricidad. Por suerte, los libros -más allá y por encima de modas pasajeras- continúan siendo unplugged o, mejor dicho, funcionan alimentados por la electricidad de nuestros cerebros. Esos que de tanto en tanto hacen cortocircuito.
CINCO Y por si a alguien le interesa: el libro que escogí -mi respuesta a la pregunta, y del que leeré un fragmento- es Matadero 5 de Kurt Vonnegut.
Volví a leerlo semanas atrás, buscando una frase para el obituario de su autor. Y lo tenía tantas veces leído que no demoré ni un minuto en encontrarla. Es ésta y vuelvo a escribirla aquí por el sólo placer de
releerla: "Los libros tralfamadorianos eran ordenados en breves conjuntos de símbolos separados por estrellas. Cada conjunto de símbolos es un tan breve como urgente mensaje que describe una determinada situación o escena.
Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos al mismo tiempo y no uno después de otro. No existe ninguna relación en particular entre los mensajes excepto que el autor los ha escogido cuidadosamente; así que, al ser vistos simultáneamente, producen una imagen de la vida que es hermosa y sorprendente y profunda. No hay principio, ni centro ni final, ni suspenso, ni moraleja, ni causa, ni efectos. Lo que amamos de nuestros libros es la profundidad de tantos momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo". Y llegado este punto, por supuesto, decido seguir leyendo, releyendo, y buen viaje.
*FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-87489-2007-07-02.html
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Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 1 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música antigua brasilera interpretada por el grupo Quadro Cervantes. Las poesías que leeremos pertenecen a Oscar Ángel Agú (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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La larga mesa del agasajo largo (la palabra homenaje suena a muerte). Los que allí están, hace poco se han conocido. Puede ser esto una fugacidad, o un momento fundante.
Pasan los platos, las palabras, las horas.
Frente a mí, una mujer reciente mira mis manos, mientras la punta de su pie indaga mis tobillos.
Me concentro en las maniobras manuales sobre la comida. Sé que si levanto la mirada, será un acuerdo.
Después, tres años de volcán, con su habitual residuo de lava retorcida y penas.
Lo escribo en presente del recordativo. Siento que alguna vez, por un pequeño pie, yo fui dichoso enteramente.
La piel no inscribe los olvidos. Tan sólo las cenizas.
*De Abel Edgardo Schaller. abelnegroschaller@yahoo.com.ar
A DAY IN THE LIFE...
Las doce a Bragado*
por Haroldo Conti*
(A mi tío Agustín, por si algún día para de andar y alcanza a leerlo)
Bien, ahora mismo, desde este invierno que empapa el pavimento y las paredes y las ropas y el alma, si tenemos, lo que sea, esa finita tristeza que se enrosca por dentro como una madreselva y en días así, justo, asoma sus floridas puntas por las orejas y la nariz y los ojos, en días así, digo, cierro los ojos y veo ese largo camino polvoriento del verano que se extiende hasta el horizonte como un río seco bajo el sol. Es el camino de tierra entre Chacabuco y Bragado, ese mismo semejante a una áspera corteza de árbol viejo con tantos y tantos surcos, el almacén de don Luis Stéfano en una esquina de acacias hasta el año 33 y después para siempre en la memoria, y la de Iglesias a la derecha, más adelante, ya por el camino de Sastre, después esa loma que trepa brevemente hacia el cielo y después el puente sobre el río Salado, que es el mismo límite entre los dos partidos, según dicen los carteles de chapa en una y otra punta, y uno imagina que hay en el aire una línea invisible y que el aire es sutilmente distinto a cada lado de esa línea. Y ahora, es lo que veo desde este húmedo y triste invierno, el tío Agustín aparece saliendo de la curva, un poco antes del almacén de Iglesias, a la altura del mojón de hierro fundido que casi tapan los pastos, del lado de Chacabuco todavía. Viene corriendo con sus largas piernas huesudas perseguido por una nubecita de polvo y un perro escuálido que ladra a sus zapatillas de badana.
La gente del almacén lo aplaude hasta que trepa a la loma y se pierde tras ella, plaf, plaf, el tío Agustín, y el viejo Iglesias le grita a sus espaldas: "¡Dale, flaco!". Porque el tío es puro hueso, y una llama bien encendida que alumbra por debajo de su piel. Los ladridos del perro se sofocan detrás de la loma y el tío debe estar cruzando el puente. Hace seis horas que largó punteando desde la plaza San Martín, en Chacabuco, frente a la iglesia de San Isidro Labrador. Hoy es justamente la festividad de San Isidro, 15 de mayo, y se corre la Vuelta del Salado o La Fondo de las 12, es decir, La Carrera de Fondo de las 12 leguas a Bragado. El tío estuvo haciendo trote en la largada una hora antes de la partida. Tenía puesta una camiseta de frisa con el número 14 pintado en la espalda y unos pantaloncitos negros y las zapatillas de badana y cuando el viejo Pelice disparó la bomba de estruendo el tío pegó un tremendo salto y un grito y salió a los trancos, plaf, plaf, plaf, perseguido en la mañana neblinosa por una hilera de hombres semidesnudos, entre ellos el loco Garbarino que no pasaba del cementerio y se cansaba tanto de agitar los brazos y saludar hasta a los perros, dio una vuelta a la plaza y cuando comenzaba a encendérsele aquella blanca llama enfiló por la Avenida Alsina, pasó punteando frente al bar japonés y rumbeó serenamente hacia las quintas. El tío corre con la huesuda cabeza echada hacia atrás como un pájaro y a medida que entra en combustión sus trancos son más largos y más altos.
La gente resbala como una mancha oscura por el costado de sus ojos y, después del hospital municipal, se corta, se disuelve y cuando no hay más gente y sólo queda por delante el camino pelado, el campo húmedo y la mañana olorosa, la llama le brota por los ojos y corre todavía más fuerte, más liviano. Los pasos de badana resuenan suavemente cuando golpean sobre las tablas del puente y cuando el tío se embala por la pendiente de la loma, al otro lado, ya en el partido de Bragado, la llama le brota a chorros a través de la piel, los ojos se le borran con tanto brillo y corre, corre locamente bebiendo el aire perfumado de la mañana, los campos verdes inundados de esa blanda luz de mayo, loco caballo desbocado, loco. En tres horas más, a ese paso, puede estar en Bragado, por lo menos en la laguna, pero un poco antes de Warnes, cuando ya asoman los palos del alumbrado entre los altos y oscuros árboles de la entrada, esto es antes de las vías del ferrocarril Sarmiento, tuerce el tío hacia la izquierda y se lanza sin cambiar la marcha por el estrecho camino que bordea el monte de eucaliptos del campo de Cirigliano cuyos negros árboles saltan desde hace un rato en el hueco encendido de sus ojos. El tío es ahora el tibio camino de tierra cruzado por frescas sombras que atraviesan sus largas piernas. Corre y corre saltando las sombras húmedas, blandos terrones de tierra, solo y alado, sobre este recuerdo, sobre puntos y líneas, sobre el raído invierno de mi tristeza, sobre años y tiempos, siempre volante, eterno, perenne corredor de las 12 a Bragado, el bravo tío Agustín empujando su intensa llama por aquel solitario camino recruzado por espantados cuises y liebres y pájaros que arrancan veloces un poco antes de sus pasos. Salta un alambrado y sigue la carrera a campo traviesa, llama y llama, fuego y fuego. Sólo una vez llegó hasta el Bragado porque el tano Cersósimo, esto es, el Gringo del Pito como se lo conocía por aquellos años, lo siguió con un sulky y cuando se quería desviar le cerraba el paso y lo golpeaba con el látigo y llegó con dos leguas de ventaja sobre el Chino Motta, nada menos, pero cuando la gente lo aclamaba ya y el intendente se paró en el palco con un banderín en la mano no lo pudieron atajar porque saltó sobre la meta con un grito profundo y siguió de carrera hacia 25 de Mayo, muy campeón, el grandes piernas de acero de mi tío, el formidable tío Agustín. Eso fue en el 32, que batió todos los récords, aunque a él no le importaba eso sino tan sólo correr y correr.
Pero las otras veces torció a derecha o izquierda antes del Bragado, aturdido por el campo, y algunos lo vieron y avisaron que el tío iba a los saltos entre las doradas espigas o las oscuras hebras de pasto o las chalas que brillaban como vidrios y azotaban sus duras piernas, espantando liebres y pájaros y cuises, y un día o dos después lo hallaron dormido debajo del álamo carolina, ese que se levanta solitario detrás del campo de Cirigliano y que desde el camino real aparece todo un monte y que para el tío era su única meta reconocida y hasta ella corrió por premio o por mero gusto, acompañado o solo, el día de San Isidro o un día cualquiera mientras le duró, por muchos años, aquel berretín de caballo desbocado.
Yo era pibe entonces y veía al tío, joven, como desde una enorme distancia, a través de nieblas y velos, porque yo estaba por ser, no tenía sombra ni casi historia, era tan sólo presente, pequeño, mero estar y ver y sentir a la sombra de los grandes, mi abuelo, ciego por terquedad que un día prometió rezar un millón de padrenuestros porque dijo que se le había aparecido Jesús, carpintero como él, mi padre, que entonces correteaba para el frigorífico La Blanca montado en un fragoroso Ford A o la tía Juana, por siempre joven, que tenía un cuarto para ella sola y una cama muy alta que olía a jazmín y una escupidera de loza que parecía una sopera y un novio que venía todas las tardes a las cinco y se marchaba apenas caían las sombras en el patio de baldosas con la parra de uva chinche y la bomba pie de molino y por supuesto el tío, tío Agustín, ese ansioso caballo de verano. A veces cuando pateo la calle cierro los ojos, y aun sin cerrarlos lo veo pasar entre la gente, al trote con su pantaloncito negro y la camisa de frisa y el número 14 en la espalda, que siempre me falló en la quiniela, lo veo, por ejemplo, trotar a las zancadas por el medio de Corrientes o trasponer de un salto Alem, en dirección al puerto.Yo me suspendo y pienso, casi grito, ¡Ahí va mi tío, hijos de puta! ¡Miren qué lindo loco! Pasa como entonces con la terca y dura mirada clavada en el horizonte, con las narices anchas de viento, cavando el aire con sus largas, muy largas piernas.
Después crecí, eché sombra como un árbol y hasta yo mismo participé en La Fondo de las 12 a Bragado, pero no pasé del cementerio. Cuando doblé por el hospital y vi a lo lejos los altos humos de los hornos de ladrillo, algo que, supongo, trastornaba al tío, el cual quería darle alcance a cuanto se ponía al fondo del camino, las sienes me empezaron a temblar y me dolían las encías como si fuese a echar un puñado de dientes. Al llegar al cementerio rodé con un grito entre polvo, sudores y piernas que pasaron zumbando al lado de mi cabeza.
El tío, por ese entonces, trabajaba en la carpintería del abuelo, sobre el pasaje Intendente Beltrán, frente a la plaza Gral. Necochea o la Plaza del Mercado donde está hoy la estación de colectivos. Ahora cierro los ojos y me veo en la penumbra del taller con paredes de ladrillo a la vista y un espeso olor a polvo, sillas y elásticos que cuelgan de las vigas y al fondo la mesa de carpintero en la que trabajaba el tío. A veces no recuerdo al tío sino que mi pensamiento se sujeta de un objeto cualquiera y ese objeto cubre casi todo mi día. Hoy, por ejemplo, mientras cruzaba hasta el bar Falucho aguantando el viento que barría la Avenida Santa Fe, me acordé de buenas a primeras de aquella sierra de ingletes o de falsa escuadra que había en una punta de la mesa. El día crece lentamente alrededor de ese objeto, lo rodea como la pulpa de un fruto y el día en todo caso vale nada más que por eso. Aquella sierra que había sido construida en Inglaterra en 1895, que en consecuencia había atravesado el mar embalada cuidadosamente en un cajón de pinotea, me atraía misteriosamente. Era una sierra montada sobre un bastidor, con una empuñadura negra como la de una ametralladora y servía para cortar marcos, escuadras, ángulos, encastres y demás cortes de precisión. La veo ahora mismo en el aire, negra y pulida y, por fuerza, al rato veo en la punta de la empuñadura al tío Agustín. Él se movía silenciosamente de un lado a otro del taller aporreando maderas, reparando vencidos elásticos de cama o reemplazándolos por otros nuevos que estiraba para encajarlos en el armazón en una prensa, especie de potro que giraba con bruscos chirridos metálicos. El tío era de una silenciosa precisión en todo. Yo me maravillaba de que hombre tan silencioso y preciso en sus movimientos produjese a ratos tanto ruido de una vez. Por ejemplo cuando se calzaba un pañuelo negro delante de su aguda nariz y echaba a andar aquella cardadora mecánica que era el supremo orgullo de la mueblería y carpintería El Mercurio. El tío metía la lana apelmazada por un lado y ya mismo salía por el otro en blandos copos que caían lentamente dentro de un corralito de alambre de gallinero. La máquina rechinaba en la punta de las manos del tío. Por aquel tiempo había dejado de correr hasta el álamo carolina, pero después del trabajo emprendía largas caminatas hasta el zanjón o el cementerio o el Prado Español o la quinta de Pastore, o la estación del Pacífico, donde esperaba ver pasar al "Cuyano" que hendía la noche como un carbón encendido aventando sombreros y papeles. Los años lo habían enflaquecido aún más y un día que lo sorprendí inclinado sobre la fabulosa sierra de ingletes le vi brillar las blancas sienes y el emplumado mechón de pelos encanecidos que le caía sobre la frente. Y esa vez sentí verdadero amor por el tío, aquel ansioso caballo del verano que ahora descendía a la carrera la larga cuesta de sus días.Yo, en cambio, trepaba los míos. Esos días me llevaron lejos del pueblo y cuando volví, algún verano después, y entré en el taller penumbroso, el tío levantó la cara por encima de la sierra y me observó con una mansa sonrisa por arriba del armazón de metal de unos lentes. La luz de la tarde penetraba por una claraboya y el tío flotaba, blando y casi transparente, en aquella luz polvorienta. Me preguntó qué tal estaba la ruta 7. Por lo que recuerdo, fue la primera vez que habló conmigo demostrando cierto interés sobre algo concreto. Señal que yo había crecido realmente y ahora era un hombre, al menos para él, que la medida de mi tiempo. Siempre preguntaba sobre caminos. La ruta 7 terminaba de ser reparada entre San Andrés de Giles y Carmen de Areco. Eso lo alegró al tío. Ese mismo año había ido a pie hasta Luján portando el estandarte de la Congregación de San Luis Gonzaga. Me explicó que era cuestión de echarse a andar y no cambiar el paso, vendarse los pies y calzar botines bien armados. Volvió con el Expreso Rojas y recién entonces notó que la ruta estaba levantada en algunos tramos. Fue toda una conversación. Por él me enteré de que el camino entre Chacabuco y Bragado seguía siendo de tierra, pero que ahora le habían puesto la electrificación rural y era probable que en un par de años le echaran encima cemento. Ya no va a ser lo mismo, dijo el tío con tristeza.
Seguía haciendo sus largas caminatas, pero ahora se extraviaba cada dos por tres. Una vez lo trajo un vigilante que lo encontró perdido por el Agua Corriente, y otra el viejo Punta que lo cruzó en el camino a Salto, por el almacén de Cattaneo, y él le preguntó dónde quedaba el Tiro Federal y el viejo entendió el Estadio Municipal y como de todas maneras ambos quedaban para el otro lado, lo subió a la jardinera y lo trajo hasta la mueblería.
Un día el tío, esto lo supe dos veranos después, ya hombre entero y él más viejo y más flaco, y el camino a Bragado todavía sin asfaltar, fue hasta la farmacia de Marino, al otro lado de la plaza, pero cuando llegó a la Avenida Alsina, que fue asfaltada en el 32, bajo la intendencia de don Esteban Cernuda, la encontró de tierra, como cuando era chico y después mozo y corría ya en la Vuelta del Salado. Los charrés y los sulkys iban y venían por la avenida de tierra y algunos jinetes trotaban entre espumosas nubes de tierra. El tío, flaco y encorvado, vio con algo de sorpresa cómo avanzaba por el medio de la calle un landó descapotado como los de la cochería Grossi Hermanos con la señorita Lombardi en su interior. El coche se detuvo justo enfrente del tío y la señorita Lombardi asomó su cabeza cubierta con una capelina de raso y apuntándole con su sombrilla de seda estampada le preguntó por la abuela Adela que había muerto, si mal no recordaba, seis años atrás. Él se quitó el sombrero, sonrió complacido a la tan señorita y se inclinó hasta que la sombra del carruaje desapareció de su vista. Naturalmente, no cruzó la avenida ni fue hasta la farmacia de Marino porque en aquel tiempo la farmacia no existía todavía. Volvió al taller y el resto del día, hasta que vino la luz de la tarde, se sentó en un rincón, detrás de la mesa de carpintero, entre cajas de herramientas y rollos de elásticos y tablones de pino que olían a resina y pensó en la muy dulce señorita Lombardi que para él, el tiempo le daba la razón, no iba a envejecer nunca. Quizá dentro de unos pocos días, pensó, si se entrenaba un poco, podía volver a correr en La Fondo de las 12 a Bragado.Ya no quedaban campeones y en el tiempo que tardaba ahora cualquier buen fondista de la zona él podía llegar a Bragado saltando sobre un pie. Cuando entró aquel melancólico rayo de luz por la alta claraboya, el tío echó a andar hasta el Prado Español.
Días después, al cruzar la plaza, le dio un salto el corazón. Debajo de la pérgola que había sido echada abajo en tiempos de Fresco vio y hasta escuchó a la banda del maestro Marsiletti. La banda tocaba aquel número de fuerza que le hacía temblar las piernas al tío, Tremi gli insani del mio furore, Nabucco, Acto I, y que el maestro Marsiletti tarareaba y por momentos aullaba tratando de imitar a Titta Ruffo. No sólo estaba aquella pérgola, que semejaba una jaula florida, sino que hacia el lado del Palacio Municipal vio brillar entre los oscuros árboles al lago artificial que mandó rellenar el intendente Barcán y en el que el loco Garbarino se zambulló un 25 de mayo. La banda, con el maestro Marsiletti que blandía la batuta y un Avanti que sacudía en la boca al compás de la música, parecía flotar en el aire de la pérgola debajo de una luz amarilla como la que penetraba en la claraboya del taller. Después de Nabucco, tocaron Alegría de la hoguera, una polca-mazurca de Strauss con la cual el maestro Marsiletti parecía remontar un vuelo y la plaza comenzó a poblarse de muchachas y muchachos que en dos hileras giraban por el centro, alrededor de la estatua de San Martín, que de golpe había reemplazado a la pérgola y que en aquel tiempo era pedestre, no ecuestre, según se acostumbra, por razones de economía, pues la partida que votó el Concejo Deliberante no alcanzó para el caballo, lo cual terminó por convertirse en una curiosidad y hasta en una atracción hasta que en tiempo del gobernador Aloé, que era de Chacabuco, le pusieron el caballo y es así como cabalga ahora en el alto cielo de mi pueblo entre las espléndidas copas de los árboles, en dirección a la confitería San Martín, hacia la que apunta un dedo.
En eso el tío vio pasar al Cholo Barrios que, según tenía entendido, porque estuvo en el velatorio, se voló la cabeza mientras probaba una escopeta de un caño, calibre 20, vio al Cholo con sus bigotazos renegridos, rancho, polainas blancas y un bastoncito con el pomo de plata que lo saludó con el brazo en alto, muy en su contexto, lustroso caballero el Cholo, gran amigo de violentas farras y fuerte apostador en las cuadreras y reñideros, propietario de un gallo "Ají Seco", apodado Racoto, de origen peruano, que batió a todos los gallos de combate del 36 al 45.
Otra vez el tío iba para el Círculo Obrero donde estaba cambiando el esterillado de las sillas y no pudo seguir de la Avenida Alsina, pues se tropezó con la procesión de Nuestra Señora del Carmen, con el padre Doglia debajo del palio y los tanos Minervino y Visiconti tocando la gaita a la cabeza, todos muy de solemnis sobre la calle de tierra mientras las campanas de la iglesia batían a fiesta bien pulsadas por el viejo Santiago, gordas palomas de bronce por el aire limpio de la mañana.
El último verano que estuve en el pueblo, este que pasó, fui hasta la vieja casa del abuelo y, como siempre, después de los saludos y los mates penetré en el empolvado taller del fondo. Tardé un rato en acostumbrarme a la penumbra, cegado como entré por el sol del patio, y en aquella momentánea ceguera sentí el tibio olor a maderas y a cola de carpintero y oí el escamoso crujir de las chapas del techo recalentadas por el sol. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a aquel velado y quieto paisaje de objetos sepultados por el polvo descubrí cada cosa en su exacto lugar, como si el tiempo no se hubiese movido y yo tornara de golpe a mi infancia.
Allí estaba la tremenda cardadora a motor, la carcomida mesa de carpintero y sobre ella, en un extremo, mi querida sierra de ingletes que apuntaba hacia la puerta. En la prensa había un elástico a medio tender. Aquella suave pero insistente permanencia de las cosas, luego de tantos años y tantos cambios y tanto y tanto, recuperó por un momento ese firme presente de mi infancia, sin sombras ni pesos, errante edad de mi pueblo. De repente sentí un leve raspón junto al tablero de las herramientas y achicando los ojos vi emerger por detrás de la mesa la blanca cabeza del tío que estaba sentado en un banquito. Parecía un viejo pájaro, uno de esos viejos cóndores que con las raídas alas abiertas toman el sol en la jaula del Zoológico. El tío se caló los anteojos que extrajo lentamente de su estuche a presión y me observó en silencio con sus ojos lagañosos, como de vidrio mellado. "¿De quién sos?", preguntó al cabo de un rato con una voz finita. Quería decir de quién era hijo yo, que es lo que se pregunta o como se pregunta a un muchacho cualquiera de los pueblos. Yo dije "El hijo de Pedro Isidro". Él cabeceó y repitió para sí, sin reconocerme, posiblemente sin reconocer siquiera aquel nombre: "Pedro Isidro...". Pedro Isidro es mi padre, su hermano. Se levantó y caminó hasta mí, encorvado. Me echó una afilada mano encima del hombro y preguntó esta vez: "¿De dónde venís, muchacho...?". No preguntó qué tal estaba la ruta 7, ni tampoco supe si por fin habían asfaltado el fabuloso camino a Bragado.
Luego supe por la tía Teresa que en esos días se había encontrado en la esquina de la tienda Ciudad de Messina con Pepe Provenzano, que pateaba como siempre la calle vendiendo billetes de lotería y con Pancho Tonelli, ambos bien finados, lo mismo que la tienda, que cerró allá por el 58. Después, cuando trató de volver a la casa no dio con la calle y aunque pasó por enfrente de la puerta, al recorrer el pueblo por tercera vez, no acertó a reconocerla. Por suerte se tropezó en la esquina del Almacén Inglés con el gordo De Nigris, otro muertito, que lo condujo, siempre tan gentil caballero, hasta aquella salteada puerta y se lo devolvió a la tía cuando ya oscurecía.
Para Reyes vino la hija de Buenos Aires y el tío se calzó los anteojos y le preguntó de quién era. A partir de ahí empezó a equivocar las puertas y los cuartos y a veces charlaba en los rincones del patio con personajes invisibles. No mucho después, como lo pronosticó la madre Benedicta, ni siquiera reconoció a la tía a la que confundió una vez con Martita Romero, su primer filo, y otra con Filomena Perrone, que fue reina del carnaval del Club Porteño, en el año 38.
Acabo de volver del pueblo y por eso pienso tan fuerte en el tío en esta podrida noche de invierno mientras bebo un semillón en el bar Falucho, en Fitz Roy y Luis María Campos. Cuando fui a ver al tío lo encontré acostado en el medio de esa buena cama inglesa con cabezales de bronce y remaches de cobre y elástico de flejes que perteneció a la familia Mediavilla y compró en un remate de Warnes. Tenía puesto un camisón de frisa y un gorrito de lana y de tan flaquito y huesudo se perdía sobre la pila de almohadas. Hace meses que no sale de ahí. Fuera de los límites de esa cama no reconoce nada en el mundo. A eso se ha reducido el suyo, a aquella buena cama inglesa de bronce bien lustrado. Sin embargo, no la pasa tan mal. Siempre tiene algún muertito con el que charlar y por detrás de la barras de bronce ve cosas de hermosa extravagancia, como el corso del año 23 o el Circo Sarrasani, e incluso el día en que el loco Garbarino ganó de tarro La Fondo de las 12 a Bragado.
*Haroldo Pedro Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en 1925. Fue, entre otras cosas, escritor, guionista, maestro rural y profesor de filosofía. Algunas de sus publicaciones son: La balada del álamo carolina (1967), al que pertenece el cuento "Las doce a Bragado", y las novelas Alrededor de la jaula (1966), En vida (1971) y Mascaró, el cazador americano (1975). En 1976 fue secuestrado por la dictadura militar; permanece desaparecido.
*FUENTE: http://www.me.gov.ar/monitor/nro3/elcuento.htm
El Orden Criminal del Mundo*
"...todo torturado se convierte en novelista...si la tortura torturara sólo a los culpables, entonces no serviría para nada porque su fin es esparcir el miedo..la tortura es un método para prevenir el delito de la DIGNIDAD...ser digno se combate torturando..."
Eduardo Galeano
El programa En Portada de TVE ha puesto en Internet este magnífico documental, en el que algunos intelectuales describen lo que está pasando en nuestra sociedad, en el que el modelo socio-económico que algunos han impuesto nos lleva irremisiblemente a la autodestrucción y por tanto desaparición de nuestra especie sobre el planeta y acaso arrastramos también al resto de los seres vivos. Si esto no se frena nuestro destino está definitivamente marcado, el problema es que cuanto más tiempo tardemos en frenarlo la probabilidad de que esto ocurra aumenta
Mira el video:
Google Video
http://video.google.de/videoplay?docid=-639917879259387994&q=El+Orden+Criminal+del+Mundo
Más información: RTVE - Sala de Prensa
Analiza "El orden criminal del mundo"
"En portada" programa dirigido por Juan Antonio Sacaluga, ofrece el jueves 14 de septiembre a las doce de la noche "El orden criminal del mundo", un reportaje en el que dos figuras internacionales analizan el orden del mundo.El ensayista suizo Jean Ziegler, relator de la ONU, y el escritor uruguayo
Eduardo Galeano, coinciden en calificar el orden del mundo de "criminal".
Ambos ahondarán en todos y cada uno de los extremos de ese "orden criminal": el debilitamiento del estado nacional, el surgimiento de un nuevo tipo de capitalismo y la seducción drástica de derechos en todo el mundo, desmenuzando las causas del miedo cotidiano y la inseguridad global.
Junto a sus voces se escuchan también en el reportaje, como contrapunto, las de la ex ministra de cultura de Malí, Aminata Taoré; el juez Baltasar Garzón; el dirigente campesino colombiano Hector Mondragón, el jurista norteamericano William Goodman o los españoles en África José Collada y Ángel
Olarán.
"El orden criminal del mundo" cuenta con guión de Vicente Romero, imagen de Jesús Mata y Miguel del Hoyo y sonido de Carlos Días Oliván y Francisco Rueda.
*Fuente: ARCOIRIS. TV
http://es.arcoiris.tv/index.php
Lunes, 02 de Julio de 2007
Releer*
*Por Rodrigo Fresán
desde Barcelona
UNO "Lo único que importa es la relectura", dice Michael Ondaatje que dijo Vladimir Nabokov en las páginas de Divisadero, novela que ahora estoy leyendo por primera vez pero que no dejo de releer mientras la voy descubriendo sabiendo que, seguro, la releeré tantas veces.
Y el otro día volvieron a hacerme la más inteligente de las preguntas tontas o la más tonta de las preguntas inteligentes. A saber: "¿Qué libro te llevarías a una isla desierta?" La pregunta me la hicieron los organizadores del festival literario de Parati (FLIP) en Brasil, donde en unos días iré a
responderla en persona sin, espero, necesidad de naufragar antes. Y esta pregunta (que el escritor Eduardo Mendoza desmontó con un tan ingenioso como lógico "Si tuviera que llevarme un solo libro a una isla desierta, preferiría morir en el naufragio") es, en realidad, una pregunta bastante tramposa. Tramposa porque, automáticamente, lleva a responder con títulos que uno considera posibles de numerosas relecturas pero cuya eficacia práctica es puramente teórica. Es que entonces, por lo general, uno responde con opciones a futuro cuando lo lógico sería pensar en ese libro que uno ya ha leído varias veces en tierra firme y disponiendo de múltiples posibilidades, al alcance de la mano, en esa biblioteca que nunca se hunde y que flota mejor que cualquier barco.
DOS Y la relectura es una actividad que suele relacionarse, erróneamente, con la madurez y el crepúsculo. La idea de que recién ahí, sabios por antigüedad, releeremos lo que alguna vez leímos y comprenderemos todo del todo. Pero no: cuando más releemos -hasta la exasperación, sin desmayo,
felices por repetir- es durante la infancia. Primero son nuestros padres quienes -cada vez más agotados- nos releen nuestro inagotable cuento favorito y después nosotros que, sin saber leer, lo recitamos de memoria y luego, habiendo decodificado el perfecto misterio del alfabeto, repasamos
con los ojos lo que alguna vez vivimos con el oído. Y ayer vi en la CNN a Paris Hilton releerle a un resignado Larry King fragmentos de su diario carcelario. Prosa infantil con voz de nena, como si ahora fuera la niña quien quisiera dormir al anciano.
TRES Y no hace mucho leí -y ahora estoy releyendo- un libro del gran crítico norteamericano Sven Birkerts titulado Reading Life: Books for the Ages. El concepto del libro es tan sencillo como fascinante: Birkerts recuerda primero -en sucesivos ensayos- aquellos libros que, durante su juventud, le cambiaron la vida. Birkerts evoca la inolvidable impresión que le causaron, por ejemplo, El guardián entre el centeno, de Salinger; Madame Bovary, de Flaubert; Lolita, de Nabokov, y hasta la fascinante y reiterada imposibilidad de avanzar en Los embajadores, de James. Y luego, aquí y ahora, los relee y cuenta y se sorprende tanto por lo que cambió -por lo que cambió él- como por lo que seguirá allí para siempre. "A veces pienso que el trabajo a largo plazo de la lectura es el de descubrir, uno a uno, aquellos libros que guardan los elementos desparramados de nuestra naturaleza", apunta Birkerts al final de la introducción. Y aquí y ahora a mí se me ocurre que releer es como hacer memoria con la ayuda de otros cerebros.
Inteligencias superiores intentando ayudarnos a tener una vida mejor o, por lo menos, a hacerla mejor soportable y que -leyendo- nos parezca tanto mejor escrita de lo que en realidad está.
CUATRO Porque si bien la realidad no deja de releerse a sí misma, lo cierto es que sus tramas dejan mucho que desear. Y los últimos días han abundado en relecturas. Los mandatarios europeos releyeron el fallido proyecto de constitución europea y decidieron cambiarle el nombre y acortarlo. Los Clinton "releyeron" para Youtube la polémica (a mí me encantó) última escena en el episodio final de Los Soprano (me inquieta un poco que, aunque sea en broma, un ex presidente y una aspirante a futura presidenta se pongan en el lugar de un matrimonio de mediocres mafiosos). Putin -con una ayuda de Bush- parece empeñado en hacernos releer los días más calientes de la Guerra Fría.
La CIA desclasificó los informes donde se informa acerca de sus actividades en los años '60 y '70. Operaciones poco limpias a las que los hombres de "La Compañía" se refieren, con siniestra gracia, como a "las joyas de la familia". Nada que no se supiera ya, está claro. Pero causa gracia pensar que todo esto ya sabido y que cualquier ciudadano del mundo leerá releyendo será toda una novedad para más de un ingenuo norteamericano de bien convencido de que sus presidentes y gobiernos jamás pudieron haber ordenado cosas así. Y es que ciertas relecturas producen un efecto curioso, un fuera del tiempo y del espacio. Esa es la verdadera genialidad del film futurista Blade Runner -que por estos días cumple un cuarto de siglo- al haber promovido por primera vez la idea de un futuro retro donde conviven los
autos voladores con los ventiladores a hélice. Su otro hallazgo -el que las máquinas fueran más sensibles, más humanas que los humanos- no es otra cosa que una relectura de Ridley Scott sobre la computadora HAL 9000 de Stanley Kubrick en 2001: Odisea del Espacio. Posiblemente la película que más veces
he visto en mi vida. Pero releer una película -o una canción como "A Day in the Life" de Los Beatles, ese otro brillante artefacto sobre el tiempo perdido y recuperado mientras se relee en el recuerdo la primera plana de un diario inglés- no es lo mismo que releer un cuento o una novela. Y ahora que
lo pienso, nunca me preguntaron qué película o qué canción me llevaría a una isla desierta. Y, claro, enseguida me respondo: en una isla desierta no tiene por qué haber electricidad. Por suerte, los libros -más allá y por encima de modas pasajeras- continúan siendo unplugged o, mejor dicho, funcionan alimentados por la electricidad de nuestros cerebros. Esos que de tanto en tanto hacen cortocircuito.
CINCO Y por si a alguien le interesa: el libro que escogí -mi respuesta a la pregunta, y del que leeré un fragmento- es Matadero 5 de Kurt Vonnegut.
Volví a leerlo semanas atrás, buscando una frase para el obituario de su autor. Y lo tenía tantas veces leído que no demoré ni un minuto en encontrarla. Es ésta y vuelvo a escribirla aquí por el sólo placer de
releerla: "Los libros tralfamadorianos eran ordenados en breves conjuntos de símbolos separados por estrellas. Cada conjunto de símbolos es un tan breve como urgente mensaje que describe una determinada situación o escena.
Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos al mismo tiempo y no uno después de otro. No existe ninguna relación en particular entre los mensajes excepto que el autor los ha escogido cuidadosamente; así que, al ser vistos simultáneamente, producen una imagen de la vida que es hermosa y sorprendente y profunda. No hay principio, ni centro ni final, ni suspenso, ni moraleja, ni causa, ni efectos. Lo que amamos de nuestros libros es la profundidad de tantos momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo". Y llegado este punto, por supuesto, decido seguir leyendo, releyendo, y buen viaje.
*FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-87489-2007-07-02.html
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Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 1 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música antigua brasilera interpretada por el grupo Quadro Cervantes. Las poesías que leeremos pertenecen a Oscar Ángel Agú (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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