domingo, enero 18, 2015

COMO LA LLAMA OPACA DE UN SUEÑO...



*Obra de Claudia Marting.
Rosario. Argentina.






TRENES*



José Dalonso me pregunta si yo saco mis temas de ese rincón perdido de mi pueblo y que persiste sólo en mi memoria.
Esos cinco techos y ese camino solitario son míos, repetía Pavese, refiriéndose a Santo Stefano Belbo, y nadie podrá quitármelos.
Y José arriesga algo a lo que no puedo responder: si en ese tiempo niño yo tenía conciencia que iba a contar la historia de todos mis amigos. La pregunta me descoloca y le digo la verdad: a mí en aquellos tiempos sólo me importaba jugar a la pelota, tal eufemismo suplantaba a la palabra fútbol. Todos, incluso yo, soñábamos ponernos un día la casaca roja de nuestro club que combinaba con unos pantaloncitos blancos y unas medias del mismo color. Equipo que luego de usado, el domingo, nuestras madres primorosamente lavaban y planchaban para el próximo partido. En el club al parecer no había dinero para pagar una lavandera.
Mi amigo José Donati que vestía la albiazul de los primos “del otro lado de las vías”, me repite cuando lee mis escritos: qué suerte que tuvimos la riqueza de ser pobres porque hoy podemos recordar todo con una sonrisa,  para todo aquello  que logramos con mucho esfuerzo,  en el camino quedan los errores, las hilachas y retazos de sueños como banderas sobre el polvo, para decirlo de una manera faulkneriana. Pero esos ramalazos de la vida mantuvieron siempre en alto el orgullo del origen y recuerdo las palabras que siempre dice Miguel Albanesi con los ojos húmedos. ¿Qué tuvo, qué tiene aquel rincón perdido que no podemos sacarlo nunca de nuestra mente?
Y está la nostalgia agridulce, pero nunca idealizada. Tal vez porque tuvimos que irnos del pueblo para poder valorarlo bien.
Como cualquier pueblo de llanura tenía sus vías y su estación, y ese gran tanque que almacenaba agua para la sed de las locomotoras a vapor que se detenían en las noches, si el tren era de carga,  y luego daba dos pitazos roncos que perforaba la noche en que dormíamos  con la pesadez de piedra que sólo guarda la poca edad y que de adultos se perderá para siempre. Esas pitadas eran el pedido de paso para seguir viajando, que el cambista procedía a autorizar con su lámpara que fulguraba en la noche como una gran luciérnaga. Luego el ronco andar y el traqueteo hasta que tomaba velocidad en la casa de Domingo Fusco pero para ese entonces ya el sueño nos había vencido del todo como a un pájaro que se le tira una parva encima.
Las locomotoras a vapor venían como anunciándose con un penacho de humo y nosotros en la estación sumábamos adrenalina a la ansiedad cuando íbamos a ver pasar los trenes. Porque nosotros, es decir, mis amigos y yo casi nunca viajábamos. Sólo la ingenuidad de ver otras caras fugazmente en esa ventanilla que iba directo hasta el olvido. Pero nos gustaba ver todo el movimiento: la llegada del cartero, de los comisionistas con sus carros o sus autos viejos, alguna chatita desvencijada o algún sulky de algún chacarero que espera un pariente viajero que se aventuraba desde Rosario con ese tren que cruzaba sembrados y dejaba pasar por sus ventanillas la flor blanca de los panaderos y entraba orondo hasta el andén aventando sombreros y papeles.
Para terminar diré que estas antiguas locomotoras que comenzaron a rodar en el siglo XIX por “esos caminos de hierro” como gustaba decir Sarmiento,  a mediados del siglo XX, se las reemplazó por las que iban a diesel. A las que mi madre no sin gracia llamaba los trencitos y que hoy a través de estas palabras desfleco para ustedes el intenso placer que siempre sentí por los trenes a vapor que se anunciaban de lejos, como la llama opaca de un sueño.



*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







COMO LA LLAMA OPACA DE UN SUEÑO…








RETIRO VOLUNTARIO*



Juan decidió presentarse para el retiro voluntario. No soportaba la idea de tener que adaptarse a otro tipo de trabajo, a otras caras, a otra rutina. Hacia más de veinte años que estaba en ese lugar, en esa tarea y con esos compañeros de trabajo. No podía aceptar lo otro. Pensó para sí: con el dinero del retiro pongo algún comercio en el barrio, alguno que haga falta y me quedo con la patrona atendiéndolo. Basta de renegar con horarios y todo eso.
Cuando llegó a su casa se lo comentó a Inés. No fue fácil. A lo largo de los días discutían esa posibilidad y discutían las alternativas. ¿Y si nos va mal? Decía Inés. ¿Qué hacemos? Y Juan no tenía respuestas seguras, sólo creía que no le iba a andar mal. Que los chicos ya no lo eran y ya tenían algunos ingresos por trabajo. El menor de todos estaba terminando el secundario. Así que eso ayuda, decía él, para afrontar una posibilidad de cambio. Ser cuentapropista no está mal. Y dale con la misma matraca. Así fue un día, otro día y otro más. Pasó una semana y otra y otra más. Al final Inés cedió y Juan presentó el papeleo para adherirse al retiro voluntario. Toda su cara era sonrisa. Y se abocó a la tarea de poner su negocio en el barrio.
Lo que Juan no evaluó fue el hecho de que en muchas empresas del estado se ofrecía esa posibilidad del retiro voluntario y, además, que muchos tenían pensado lo mismo que Juan: poner un negocio como en su caso o comprarse un coche y hacer de remisero. Así fue que en el barrio, diez cuadras a la redonda, hubo varios Juanes intentando lo que Juan.
Al principio todo fue viento a favor. El primer mes, salvamos lo que invertimos. Es el primer mes. Ya nos iremos afirmando y empezaremos a tener ganancias. Lo que me dicen  conocidos comerciantes es que, normalmente, el primer o primeros meses uno sale empatado. Y así fue. Pero, claro, había que comer, vestirse, pagar servicios o impuestos. Y ya estamos metiendo mano a lo que te sobró del retiro voluntario, decía Inés. Si seguimos así, agregaba, nos quedamos sin nada y sin poder reponer mercadería en el kiosco. Esto no va. Y Juan intentaba apagar el fuego: que no te preocupes, que ya vamos a salir, que la cosa está brava en todos los lugares, que…; que… y que... Más, el kiosco, no daba.
No podía entender la situación. No podía entender. Si el Ministro decía que todo va bien. Si el Presidente agregaba que estamos fundando otra república y esto es para bien de todos. Que no puede ser. Y no entendía. Y ya pasó un año que estamos empatando, refunfuñaba Inés. Es más, agregaba, en el último mes, perdimos como cinco a cero. Así no va. ¿Qué vamos ha hacer, Juan? ¿Qué vamos ha hacer? Y a Juan no se le encendía la lamparita para nada. Preguntó, como al descuido a un viejo compañero de trabajo, qué posibilidades había de volver. Difícil, le dijo. La mayoría se fue a cubrir otros puestos en otras dependencias y los que nos quedamos estamos bajo patrones privados. Y eso es otra cosa. Además, ellos, contratan gente joven por seis meses y chau pichu. Tal vez, tiempo después, lo vuelvan a contratar. Nosotros estamos en la cuerda floja. Decí que firmaron un pacto con los políticos y no nos tocan… por ahora.
Y Juan no preguntó más.
Dormir era una tortura. Además, aguantar los reproches de ella, todas las noches, como una letanía. Se había ido levantando un muro entre ambos. Muy sutil pero muy firme. Los hijos lo percibieron y notaron, además, ese trato forzado de no querer hablar, de no querer expresar nada. Se fueron alejando y tratando de hacer sus proyectos. Empezaron a darse cuenta que no podían contar con sus padres y que ellos mucho no podían hacer más que acompañarlos.
El mayor un día avisó que se iba a vivir más cerca de su trabajo para ahorrar el pasaje del cole. Su hermana le siguió tiempo después; se fue a vivir con su novio con el que trabajaba en el mismo lugar. El más chico, ya terminado su secundario, ronroneaba aún por la casa pero buscando dónde ir a parar. Inés envejeció: en su pelo tenía canas al por mayor. Juan, depresivo, había adelgazado más de diez kilos y se enfermaba por cualquier cosa. Ya no había ingresos firmes en la casa. Ya no había voces de saludo ni de pequeñas rencillas familiares que se arreglaban con un abrazo.
Primero le cortaron la luz. Después dejo de pagar el cablevideo. Ese mes se juntó lo del teléfono impago y la nota de la empresa de gas reclamando. Ni que hablar de los comerciantes del barrio. Fueron tres meses duros, sin respiro. Al final, el benjamín de la familia se fue a otra provincia donde tenía una oportunidad laboral. Quedaron solos, con las visitas esporádicas de sus otros dos hijos que siempre traían algo; en otras palabras, traían ocupadas sus manos por eso pateaban la puerta para que se la abrieran. Así pudieron comer algo.
Inés, de puro corajuda, se ofreció como empleada doméstica. Y no le fue mal. Pero no alcanzaba. Seguía recriminando a Juan por su decisión. Y Juan se hundía cada vez más y más.
Inés volvió a casa ese día un poco más tarde de lo esperado. Se quedó haciendo un par de horas extras en la casa donde trabajaba. Al volver Juan no estaba. Sólo una nota: Me voy. No me busques. Ya no soy el que era.
Hijos y esposa lo buscaron pero no apareció. Hicieron la correspondiente denuncia. Pegaron fotos en árboles y edificios públicos de la ciudad, hablaron por radio y TV, los entrevistaron en el diario local pero no hubo ninguna resonancia sobre su paradero. Con el tiempo, su ausencia se fue haciendo un callo de resignación en todos.
Pasaron muchos años. Estoy caminando por esta populosa ciudad. Hombres y mujeres que caminan, hablan por celulares, venden, compran, se ríen, beben, se besan, llevan a sus bebés, manejan vehículos. Todo un mundo en ebullición. Voy caminando para conocer un poco. De pronto, en ese portal de un viejo garaje, un hombre parado con un ato de ropa en sus manos. Barbudo, sucio, mal vestido, con una sonrisa triste en su rostro. Lo reconocí porque grabo los rostros en mi memoria. Era Juan. Lo llamé por su nombre y me miró. Me miró largamente. ¿Cuándo te dije mi nombre? No te conozco. Necesito dormir. Y se echó en el piso con su ato de ropas.

Fue la última vez que vi a mi cumpa de trabajo.


*De Oscar Ángel Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar








*


No hay una hora cierta.
No hay un espacio azul
donde un adiós
no hiera.

En este caos sereno
donde nace el olvido,
y se abren las calles
que no
caminaremos;
no dejes de abrazarme;
no me sueltes,
que hay tiempo
para abrazar la nada
que algún día
seremos.



*De MARIANA FINOCHIETTO. mares.finochietto@gmail.com













*


Son

lo que no se puede mirar



LAS QUE ENTORNAN EL DESEO



[Pasto pequeño,  con su placenta de
hojas de bosque
[dejan marcas como un terciopelo
cortado en  hebras,
se vuelcan, se enredan
[se abren.
Pasean por animales ásperos  y dulces.
Un revuelo de pestañas para el mercado de
flores, otro para la mesa servida por Babette.
Caminan por el
organismo vivo de las palabras

nos
salvan
de la mirada desnuda.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar












Voces*



-Recordando a Osvaldo Soriano
(Mar del Plata, 6 de enero de 1943 – Buenos Aires, 29 de enero de 1997)


Si algo no me gustaba de mi padre era esa voz de trueno que tenía cuando se enojaba. Golpeaba la mesa y gritaba: "¡No me voy a morir en esta miseria!" o "¡Todas las lonjas salen del mismo cuero!". Lanzaba esa y otras imprecaciones que le venían de un abuelo que yo no alcancé a conocer. Casi siempre agregaba un sonoro carajo y asentía con la cabeza. También solía decir que "Lo que natura non da Salamanca non presta", y a veces se exaltaba con una tira de Rico Tipo o un poema de Quevedo.
En ese tiempo ni siquiera conocíamos la televisión en aquellos parajes, y si alguien levantaba la voz los hombres del general lo hacían callar enseguida.
Entonces mi padre gritaba de pura impotencia y por eso siempre me dio pena la gente que alza el tono para imponerse. Si no lo toreaban hablaba tan bajito que casi no se le oía.
Recuerdo el día en que vinieron a interrogarlo. Se encerró en el escritorio con dos inspectores llegados de Buenos Aires y aunque yo me quedé al otro lado de la puerta apenas pude escuchar sus respuestas.
Trataba de no humillarse. Eran los tiempos de la caza de brujas y la ejecución de los Rosenberg en los Estados Unidos. Acá todo sucedía en un estilo más criollo. Perón perseguía a los rojos pero no había silla eléctrica ni tribunales como el del senador Joseh McCarthy. Socialistas y comunistas se quedaban sin trabajo y si insistían en pelear por un sindicato tarde o temprano los guardaban a la sombra.
A mediados de 1951 llegó a San Luis un porteñito de apellido Perco. Era tan pedante y pizpireto que pasaba por ser socialista de Palacios. A lo mejor no más que imitarlo: lucía bigote afrancesado, se perfumaba como una señorita y a veces, los domingos, se lo veía pasear sin corbata por la vuelta del perro. Se decía que tenía un éxito bárbaro con las mujeres. Algo de eso había: una tarde me llevó en la camioneta de Obras Sanitarias y no sé con qué excusa estuvo media hora dando vueltas alrededor de la misma manzana.
Por fin, a la hora de la siesta, apareció en el umbral la rubia esposa del peluquero Mazza, que daba solfeo en el Conservatorio de señoritas. Salió con las carpetas de música y miró sobre el hombro, como si esperara a alguien.
Perco estacionó junto a la plaza, bajo la copa de un árbol y me dijo que lo esperara un rato, que tenía que llevarle algo a un amigo. Abrió un portafolios de cuero, revolvió entre los papeles y se fue con paso apurado a buscar a su rubia. Hacía tanto calor que bajé de la camioneta y fui a sentarme en un banco a releer el Rayo Rojo que llevaba en el bolsillo.
Aquellos sobresaltos me marcaron la vida; los cuadritos del Fantasma Vengador y Perco con la rubia prohibida. ¿Qué le pasaría en el próximo capítulo a mi héroe de historieta? ¿Y si ahora, con este sol, se aparecía el peluquero Mazza empuñando un revólver?
Pensaba en eso cuando llegaron dos tipos con caras de policías. Eran los mismos que después iban a caer por casa a interrogar a mi padre. Los vi acercarse a la camioneta, abrir una puerta y revolver los papeles del portafolios. Nada más recuerdo de aquella tarde como no sea el carmín de ella en el bigote del porteño. Le avisé de la mancha y de los tipos y me dijo que lo olvidara, que eran viejas cuentas que arrastraba de Buenos Aires.
Esa breve explicación de rencores y lejanías me iluminó aquellas largas vacaciones de verano. Mi padre no simpatizaba con el forastero. Era joven y tenía muchas cosas que él había perdido en el camino. Para peor ostentaba un título de contador nacional y siempre llevaba bajo el brazo un libro que mi padre no había leído.
Ahora me parece que sería de Maupassant o de Conrad, porque cada vez que venía a almorzar contaba maravillosas historias que fascinaban a mi madre y trastornaban la siesta de mi padre. Un día nos habló de unos escritores socialistas que ya no recuerdo y del portafolios sacó un ejemplar de Sur. Ya entonces el peronismo recelaba de los libros. Victoria Ocampo había pasado unas noches en la comisaría por alborotar la vía pública pero peor le había ido al comunista Alfredo Varela, el autor de El río oscuro, que estaba de veras entre rejas. Todo aquello parecía trágico y definitivo porque todavía era inimaginable que los libros se quemaran en público y la gente desapareciera para siempre.
Igual, no era tema para sacar en 1951 el de los escritores socialistas. Creo que mi padre se asustó porque ese gesto del porteño buscaba más complicidad que comprensión. Fue hasta la biblioteca y se puso a hojear un viejo Sinclair Lewis, que era uno de los pocos autores de ficción que tenía. Perco lo miró con una ironía algo insolente y cambió de conversación. Ahora me doy cuenta de que mi padre vivía con temor, que debe ser la peor manera de vivir. Dependía de un sueldo de empleado público para mantenernos a mi madre y a mí. Había gastado el entusiasmo de la juventud en los opacos años del general Justo y lo recuperó recién al final, cuando ya no le quedaba nada por perder. Así que ese día dejó que el porteño se fuera con la impresión de que él no estaba dispuesto a jugarse el puesto de sobrestante por una charla sobre literatura socialista.
Como lo vi preocupado le conté el encuentro de Perco con la profesora de música pero no quise decirle que le seguían los pasos. Lo de la rubia lo enfureció: era demasiado tímido para que esas cosas pudieran pasarle a él y entonces la envidia se le subía a la cabeza. Muchas veces lo sorprendí mirando embobado a una chica, hablando en voz baja consigo mismo.
Lo que pasó la noche en que vinieron a interrogarlo lo recuerdo de manera oscura y fragmentaria. Fue después de la cena, poco antes de que empezaran las clases. Así como odiaba a nazis y fascistas, durante muchos años mi padre iba a desconfiar de todo lo que sonara a socialista y no fuera el Che Guevara. Hasta el final siguió creyendo en Sinclair Lewis, en la libre empresa y en el Parlamento que había idealizado por Lisandro de la Torre.
Nunca mencionó aquel interrogatorio peronista aunque podría haberlo cotizado muy alto en tiempos de la Libertadora.
En verdad no estuvo tan sólido y coherente como Dashiell Hammett ante McCarthy, pero no tenía alma de buchón. Enseguida que se encerraron pegué la oreja a la puerta y escuché que los tipos se decían sumariantes de Obras Sanitarias. Preguntaron si Perco era tan apegado a los dineros de la repartición como a las mujeres de otros.
"Consulten al gerente", contestó mi padre con tono glacial. Y así estuvo todo el tiempo. "Consulten al gerente", repetía, hasta que uno de ellos insinuó: "¿No será comunista el pibe ese?". Hubo un silencio en el que mi padre debía estar abriendo el tercer paquete de cigarrillos. Y de golpe inventó esto: "Nunca fueron mujeriegos los comunistas". Otro silencio y después una risa del interrogador: "¡Mierda que no! ¡Y drogadictos también!".
Eso aflojó la tensión y las voces se distanciaron un poco. Hablaron vaguedades; Fanny Navarro, los Cinco Grandes y el Segundo Plan Quinquenal.
Las pocas cosas que hacían la vida de los años peronistas. De pronto, el que menos había hablado endureció el tono: "Y usted, che, ¿se daría cuenta si un socialista viene a envenenarle el agua a la gente?". Mi padre no era rápido para la ironía. Se había formado con Sandrini, Ángel Vargas y el Patoruzú.
Como el Peludo Yrigoyen, pensaba que era feo salir en los diarios. Escuché el ruido de una silla que se movía y el puñetazo contra la mesa, igual que cuando se enojaba con nosotros: "¡No le permito, pedazo de insolente! ¡Acá al último comunista lo tiramos a la pileta y todavía está nadando por ahí!
¡Afuera, vamos!".
Salieron en silencio, cerca de medianoche. No teníamos teléfono para llamar un taxi y se fueron a pie por el medio de la calle. Yo estaba en mi cuarto, con la luz apagada, tratando de buscarle un sentido a lo que había escuchado. Mi padre se quedó un rato en el escritorio sin música ni visitas.
Después, mientras trataba de dormirme, oí que se encerraba en el baño, abría las canillas y tosía hasta ahogarse.
Esa semana estuvo insoportable y para evitarlo mi madre y yo nos metíamos en el cine de la otra cuadra.
Unos meses después, a fines del otoño, el peluquero Mazza se apareció con una escopeta y sorprendió a su mujer en los brazos de Perco. No se habló de otra cosa aquel último año que pasamos en San Luis.


*De "Cuentos de los años felices"










Primero buscaron...*



*De Héctor Cepol. hectorcepol@gmail.com
 (descontando que Brecht no se enojaría)



primero buscaron las tierras árabes
para pagar sus occidentales crímenes
incluído no gastar ni una bomba
sobre los rieles que llevaban a Auschwitz
y no dije nada porque yo no era árabe

luego vinieron por su civilización
que ya tejía su propia historia
despertando con dinero y odio fundamentalismos
que no tenían y no dije nada
no era gente democrática

luego vinieron por los palestinos y sus hijos
y no dije nada porque desde luego
no soy antisemita

luego vinieron por esas rurales fiestas de bodas en Pakistán
que destripaban con sus drones y no dije nada
porque soy occidental y creo en los colaterales daños

luego vinieron por las torres y los dibujantes
y ahora no sé qué pensar
no sé si queda tiempo
para que los poderosos no vuelvan a depurar sus balances
con otra guerra y con mi sangre






INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


Estación Hortensia*

(De la estación Hortensia – Ferrocarril Midland)



“Hermoso día para pasear”, piensa, mientras el sol les arde sobre la piel, gradual pero implacable, en esta calurosa mañana de enero. Su hermosa y vivaz hijita de casi tres años lo toma de la mano y no deja de relatarle lo que ve, excitada y con ojos asombrados.

-¡Papi, unos pajaritos! ¡Uuuuuhhh! -, y agrega con decisión: –Yo voy a volar como los pajaritos.

-¿Y si en lugar de volar por el aire, volamos en un tren? -, propone él, midiendo la distancia que les resta: detrás de la arboleda de araucarias se encuentra la estación.

-¡Un tren, sí! Me encanta viajar en tren-, y se cuelga de su brazo, apurando la marcha.

Una suave brisa mitiga el progresivo calor de la mañana. Mire donde mire, estallan los colores bajo el poderoso sol del verano. Y al acercarse a los límites de la estación, contempla casi como al descuido, a un costado del camino de grava, un enorme macizo de hortensias que lo proyecta abruptamente hacia el pasado…

…¿Cuánto tiempo hace que no piensa en aquellas hortensias del jardín de su casa, en Mar del Plata? En aquel sendero de ladrillos húmedos que llevaban hasta el quincho, donde chirriaban las brasas de la parrilla, su padre acomodaba el fuego, y el asado con los chorizos se iba cocinando lento y parejo debajo de un cartón extendido. En la sombra mohosa de aquel pino centenario, cuya frescura regaba hacia las tres casas vecinas. En las ligustrinas que se desbordaban, aferradas con firmeza al alambre tejido. En la ropa limpia que su abuela había colgado de la soga que cruzaba el parque. En las rejas nuevas que su padre había hecho instalar pocos años antes, a raíz de los robos cometidos en el barrio, incluso en aquel mismo jardín, del que unos malditos rateros se habían llevado durante la noche un secarropas, algunas herramientas, varias reposeras plásticas, y la mesa de tablones de madera que conservaban desde hacía décadas.

¿Cuánto tiempo…? Los recuerdos le resultan extraños, como si perteneciesen a otra vida, o quizás a otra persona. ¿Acaso fuera así? ¿Cuántas cosas le han ocurrido durante aquellos años, desde la última vez que pisara aquel entrañable parque cubierto de hortensias? ¿Cuántas vivencias, compartidas o en soledad? Aunque a él le costara recordar momentos de soledad; siempre había preferido evocar momentos compartidos con sus afectos, tener más presente una risa que un silencio. Recuerdos de sus tres hermanos menores, recorriendo las parquizadas cuadras del Barrio Constitución hasta la playa, mientras cargan con el mate, a veces la sombrilla, y comentan películas vistas, o libros e historietas leídos. De su abuela, quien hoy ya no está, preparando las mismas tortas fritas con grasa vacuna que solían amasar y cocinar a la par en aquel campo de Entre Ríos, escuchándola decir que “al menos, con eso los chicos tenían un alimento para la tarde”. De su padre, acompañándolo a hacer compras a bordo de una vetusta camioneta Datsun, que continúa funcionando de manera inexplicable, escuchándole narrar las mismas anécdotas de siempre, referidas a su pasado familiar o laboral –vinculado de por vida con el ferrocarril-, ayudándolo a terminar las frases y recibiendo como habitual corolario la pregunta: “¿Cómo: ya te lo conté?”.

“¿Dónde se ha ido todo eso?”, se pregunta, hipnotizado por las frondosas hortensias, oyendo muy a lo lejos el incesante parloteo de su hijita, aferrada de su mano mientras ingresan a la estación, recorren el pasillo de la boletería cerrada, se acercan al andén. “¿En qué me convertí?”

Imágenes sin conexión aparente se le presentan delante de sus ojos; escenas editadas de diferentes películas conforman en un caos particular su propia película, la de su vida, tan errática y variada como la de cualquiera, con una enorme cantidad de detalles que la terminan haciendo única. Recuerdos de sus afectos primarios, claro está, pero también de sus amigos, sus ex parejas, sus compañeros y compañeras de trabajo… Todos aquellos que alguna vez, en determinado momento, han sido significativos en su vida y le han dejado una marca, que por pequeña que sea, hace una enorme diferencia: la de que hoy, él sea de esta manera y no de otra…

-Ahí viene el tren -, se escucha decir, al arrodillarse junto a su hijita y señalar con el brazo extendido hacia el horizonte, donde la inconfundible silueta del frente de una locomotora diesel se recorta contra la profundidad de la vía, haciendo sonar su estridente silbato en la distancia.

El se ha convertido en esto: hoy es padre de familia. Además de ser amigo inclaudicable de sus amigos, de atesorar el cariño hacia sus hermanos -aunque se vean poco, y dos de ellos también hayan sido padres-, de agradecerle a sus padres todo lo que han hecho por él –con sus aciertos y sus errores-, de ejercer con su título profesional y poder vivir de eso –algo que hasta hace unos años no le parecía muy tangible-, además de todo eso tiene una familia que adora, una hija que lo enternece como nadie pero que también lo saca de quicio, una mujer a la que considera un par y en quien confía plenamente.

El, de alguna forma, ha dejado de ser hijo y se ha convertido en hombre. Y la evocación de las hortensias se lo recuerda de manera inexorable.

-Vamos a volar…¡en tren! -, grita ella, agitando los brazos, dando emocionados saltitos a su lado.

-Si, hijita -, murmura él, mirando hacia el futuro. –Vamos a volar…



*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar
Marzo de 2011



Próxima estación para escribir:
  
J.J. ALMEYRA.

Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

***

-Próximas estaciones literarias por visitar en el ferrocarril  Provincial:

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar



InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar


viernes, enero 16, 2015

PARA SABER QUE NO ESTAMOS SOLOS...

*Obra de Claudio Uzal. ©
Gijón.







Incidente*



*Por Hector Cepol. hectorcepol@gmail.com



Linda noche para estirar las piernas. Una chicharra en el jardín, estrellitas, una vereda que elige el rumbo, y allá vamos. El cuore tranqui, ensimismado, como chupando un chocolate. A la distancia uno que viene y una sensación ligera de calle invadida. Pero volvemos al chocolate, a corretear mentalmente. Aunque vigilamos. Trae pequeñoburguesamente un perrito, no inquieta, pero viene pegado a la pared. Nosotros también. Otra ráfaga de sabor dulce nos envuelve pero con cierto aire a despedida como los soldados en la estación. Está más cerca y no larga la pared. ¿Se creerá dueño de la calle, de la noche? Estamos a tres metros.

No exagero. Son tipos peligrosos, títeres y a la vez hacedores de fragmentación social. Porque, carajo, no está lloviendo, es de noche y no hay solazo, es una pura defensa animal del territorio. Y no se te acercan con prepotencia, solo con firmeza autoritaria, y antes de eso con falsa amabilidad, y antes, con cara de poker.

Pero este pasó esas etapas.

–Disculpe –me dice con la mirada y un gesto elocuente con el brazo–, tengo la derecha.

Sí, casi roza la pared con ese brazo. Pero no somos vehículos, somos seres humanos.

–No diga, ¿anda con registro para circular?

Y ahí, este falto de toda urbanidad, extrajo (porque no sacó, los delincuentes siempre extraen) extrajo una cimitarra y cortó en dos la noche.

Me agaché y saqué mi Kalashnikov AK-47 y lancé una ráfaga.

Se agachó, extrajo un lanzamisiles y gatilló. Me hice a un lado pero en dos saltos volví al jardín y saqué mi tanque alemán Leopard 2A5. Quiera que no, le dio tiempo
para aprestar un helicóptero Apache. Ahí dije, basta, si querés violencia… largué el tanque y con los vecinos solidarios que ya se habían asomado montamos a caballo y lanzamos un ataque como aquel de los mujaidines afganos con lanzamisiles en Rambo III (…aquellos admirables combatientes de Bush que, bueno después le derritieron las torres gemelas, nada es perfecto).

Fue un ramalazo. En un instante volvió la noche tranquila, y él estaba a un paso, y me hice a un lado.

– ¡Buenas noches!, le dije.

– ¡Buenas noches…! me dijo.








PARA SABER QUE NO ESTAMOS SOLOS…









SOBRE MI CORAZÓN SE HA POSADO EL VIENTO*



Amor, sobre mi corazón se ha posado el viento.
Infancia aletargada. Matuasto al sol.
Valle de umbrío lecho. La luna está tan lejos.
Ya no están las rocas solitarias.
Aquellas, las amadas.
Yacen, cubiertas de ceniza.
O vuelan, ahogadas por las rosas mosquetas.
El viento borra todo. Todo.
El valle se ha marchado. Los álamos, tan altos.
La lluvia ha cerrado los ojos y el alba no despierta.
Está tan frío. Gotea, lentamente la sangre del dragón.
Oscuros féretros calientan el hogar.
El jinete, tan callado, cabalga.
Pasa de largo. No detiene su paso. Se va.
Amor, sobre mi corazón se ha posado el viento.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar












Ahora ya hasta los parques son hostiles*




Ahora ya hasta los parques son hostiles.

Todo me lo cambiaron.
Los árboles, impíos, me aviolentan
desde el faro impersonal de su estatura.
No tiembla ni una hoja.
(Pero ¿no eran los árboles
movidos por el viento del otoño,
mis viejos aliados?)

No. No era esto. El verde
es un verde yacente, casi decapitado.
Ni una flor me amenaza
con su efímero roce, con su breve fragancia.

No consigo encontrarme.
Todo me lo cambiaron.

Hay viejos en silencio y bancos despintados
y piedras que destellan y macizos de flores
sin la antigua belleza que impregnaba sus pétalos.

Hay niños bulliciosos y mujeres cansadas,
y mientras, lentamente, el verano agoniza.

No, no era así; los parques de otro tiempo
solían ser refugio, atalaya, horizonte...

Pero hoy los parques niegan ese ansiado consuelo.
Tal vez sea yo el muerto.

Ahora las piedras callan
y los viejos, los bancos, los frondosos rosales,
rechazan mi amargura con un rictus cansado.

Todo me lo cambiaron y la tarde declina
y la sombra insinúa el inflexible retorno.

Todo murió y las calles
(hoy de nuevo enemigas)
van quemando la estela de ese amargo regreso
al lugar donde yace mi cuerpo destronado.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com








*


hay una mujer que se repite infatigablemente.
como una tabla de multiplicar se repite.
está en cada ciudad de América del norte
y de América Central y de América del Sur.

esta mujer se condiciona a condición de que
los árboles den frutos rojos sobre su vientre verde.
es toda ella naturaleza maculada y pura
a tal punto que los pájaros la consideran una de sus
tantas notas musicales

en cada hombre de millones de hombres que
salen de debajo de la tierra a ganarse el pan de
cada día hay esta mujer, sobreviene ella con sus
ojos de panales con su boca de jarrones con
su sexo del fin del mundo

el viento a veces le tira del cabello para galantear con
las palomas
o para llenar los caminos que unen pueblitos perdidos con
el aroma insospechable del crimen de la belleza.

hay una cosa del sexo femenino que gime o maúlla o canta
o brama o para peor se queda callada y entonces es ahí cuando
los barcos a modo de protesta golpean con sus proas los
débiles brazos de los muelles
para que el continente entero se sacuda de miedo y de
vergüenza/


*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar










Biblioteca cuerpo casa*



Los  libros se aduelan de la casa que es como un adueñarse con pena porque  son nómades, libres, no esperan ser amos, les gusta desparramarse como el agua,  van desde  la multiplicidad hacia las manos y los ojos y  se derivan en tiempo, azar, deseo, memoria. Hay una biblioteca que sube  escalón por escalón a la promesa de cielo, siempre  incumplida. Estantes blancos que abrazan los vacíos. Mis libros preciados, están adelante, enfrentados con  el jardín, abriendo diálogos vegetales. Se cuentan un origen común. En ese espacio que es como un balconeo de cuerpo femenino  nutricio. Libros que hablan sobre libros, miniaturas de cuentos,  fragmentos y esas lecturas de placeres textuales, los que producen cierta exaltación, van y vuelven, a la cama, al sillón rojo del dormitorio .Hay varios en juego, para darles pequeños mordiscos, o tocarles las páginas hasta que suelten un olor, un secreto, una caricia.. Son los elegidos que comparten ese amoroso abrazo con la biblioteca del dormitorio, la de adelante se pronuncia, me incita. La de atrás, poesía; la del consultorio, psicoanálisis. La de otro mueble biblioteca,  temas sociales,  los libros del ausente, sus marcas, los que nunca leí. Hay una biblioteca, viva, vital y otra que casi no se toca y otra más, detrás de un mueble como un secreto inmovilizado, mudo. Porqué dejaremos en la oscuridad ciertas zonas, ciertos libros, en este caso la dificultad de acceso  parece justificarlo, aunque lo perdido, lo soslayado, no siempre tiene lógica. Pensarlo angustia, esa ciudad que no vimos, el lugar al que no llegamos, lo que ya no conoceremos. Los  oscuros- claros, la civilización y la barbarie, el cerrado espacio sin salida. Del lado de la luz, la mesa con su mantel bordado de flores de Guatemala tiene cajitas que guardan poemas y pequeños textos que convido. Como bombones. En un labrado porta Corán se ofrecen  servilletas  y  poemas, asoma un Borges  dando  inesperados giros. A veces, a  cierta distancia, me parece ver un barco entre los libros. Me gustaría tomarlo, escribir lo que queda del día, navegar ese mar de lenguaje y convidar. Convidar palabras, muelle, mórbido, huella, preciosa, almohada, hada, Alhambra  como un palacio de las 1000 y una y contar, leer, escribir, infinitos cuentos. Una noche más  para gozar de la felicidad clandestina de los libros que se pierden y recobran. Una noche más, que han quedado tantos sin leer en los recovecos de mi propia casa. Una noche más.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar










Abundancia*



se me ha dado todo
la inmensa sonrisa
el corazón avaro
el amor de los hombres
su brutalidad
se me ha dado todo
la fertilidad
y la poca paciencia
para las labores maternales
se me ha dado todo
la familia ensamblada
un hermano en cada continente
la fragilidad en cada hueso
y la poca sobriedad
en el lenguaje diario
se me dado todo
todo
pero en porciones
que no puedo digerir



*De Carolina Quiroga. carolinq73@hotmail.com








*


Voy a comprar regalos... el gasto...  la debacle... el hipotecarse entero... el desperdicio final...  el camino al suicidio... el mar de los pedigüeños... la pobreza absoluta... el bolsillo vacío... el pasar hambre...  el régimen alimenticio obligatorio... el despiporre baldío... el gastar por gastar... el camino al desastre.. .la obligación de quedar bien... la contrapartida del obsequio... el sentirse acabado... la calentura del monedero... el crematorio de la visa... el adiós a la calderilla... el bolso inútil...  el comprar por gastar... la inflación de la deuda... la inmolación de las carteras... el suicidio de las tarjetas de crédito... el préstamo obligatorio... la hipoteca para regalos... la póliza de descubierto incubrible... el camino a la locura...la posesión compulsiva... el escaparate total... el virus del gasto...   el Hamlet de escoger... el deambular por grandes almacenes... la búsqueda de las tallas... la persecución de las ofertas... la carrera tras las promociones... el paradigma de la pobreza... la carencia del pecunio... de aquí a la monjas... el Camelot del desastre... la Santa comedia... la borrachera de pagos... la demanda a todos los amigos... la obligación de regalar... la fiebre del gasto... el sendero a la perdición... la inquisición de las tiendas... la tentación de las marcas... el perfume de narices... la ultima peseta... sólo compro lo caro... la enfermedad del gasto... la idiotez de la compra... la cara de burro... la oferta y la oferta... el comprador compulsivo... el "nunca lo podré pagar"... la futilidad del regalo... el peculio volátil... el monedero vacío... la bolsa y la vida... el nacer para comprar... la negación del ahorro...  el nacer para sufrir... la oportunidad de gastar... el sueño de las mujeres... el delirio del vendedor... no llegaré a rebajas... jamás dejaré de comprar... la maldición de la familia numerosa... el regalo a la suegra... el amigo invisible... este es el ultimo año... siempre gasto más de lo que puedo... sería mejor no hacer regalos... la cacofonía de la caja registradora... la constatación de la falta de liquidez... la comprobación de la American Express,... el recorrido del atasco en taxi... el pago del parking... la confraternización de los compradores... el sueño del naufrago... que lo haga Papa Noel... nunca querré ser Rey mago... oh dios, otra corbata... cuanto más pequeño es el perfume más caro ... envuelva para regalo... Feliz Navidad... In feliz , ya es Navidad... sería mejor irse de viaje... juraría que llevaba más dinero... la finiquitación del sueldo... la hipoteca infalible... el cabreo seguro... la depresión ... la locura pobre... la pobreza provocada... el inicio de la mendicidad... la indigencia próxima... la comida del hogar del indigente...  el camino al calvario... la constatación de que no llegas... la deprimente sensación de gilipollez... el pensar que eres tonto y seguir comprando... el sufrimiento estoico del deudor... la mejor forma de dejar de pagar las hipotecas... la suerte de que me queda medio depósito... el exceso del límite... la ampliación del límite.... el exceso de la ampliación del límite... la segunda ampliación del límite... el exceso de la segunda ampliación del límite.. la denegación de más riesgo... la caída en la depresión por exceso... el arrepentimiento por pedir ampliaciones de límite... aun faltan los regalos de los niños... dios, ¿porque hiciste los grandes almacenes?... el dinero de plástico... la deuda de plástico...los intereses de plástico... yo soy de plástico.... nunca pensé poder gastar tanto.... solo salí a comprar tabaco... el despiporre del gasto... el vicio de la compra... el cambio de la cartera por un clip... el record de los idiotas... el Guinness de las compras... la quiebra... la bancarrota...


*De Joan Mateu. joan@cimat.es











Soledades*



-Recordando a Osvaldo Soriano
(Mar del Plata, 6 de enero de 1943 – Buenos Aires, 29 de enero de 1997)


Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar.
Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación. Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la soledad de estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu, la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista.
Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal. Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el cigarrillo.
Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa  con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más, palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa.
La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional  a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el poder, para ser tal, excluye el amor en
cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.
En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."
Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre a la correntada.


*De "Piratas, fantasmas y dinosaurios"










INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


La crisis del chocolate*


(De la estación Herrera Vegas - ferrocarril Midland)



*Por  hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com
&  Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com



-1-


¿Por qué íbamos a preveer errores, si avanzábamos sobre teorías sólidas?... La crisis del chocolate se extendía a nivel mundial. Parecía que las plantas de cacao se hubiesen puesto en huelga hasta que las especies transgénicas, introducidas a cada país con tratados de libre comercio, renunciaran a sus patentes en el mercado.

Eran esos tiempos futuros, o arcaicos (nadie lo sabe bien), en que el chocolate era valorado más que el oro u el cobre en estos días. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se vieron obligados a intervenir para rescatar al país de lo que los expertos ya llamaban "La Crisis del Chocolate", elaborando un oportuno plan, como en casos similares suelen ser elaborados.

Las ya tradicionales opciones fueron consideradas: instaurar una dictadura militar, despidos masivos, privatizaciones, permitir que una potencia invada al país para rescatarlo, incrementar la deuda externa... Incluso la opción de dejar al mercado nacional sin protección del Estado, para que por un milagro del mercado mundial se estabilizara el país y lo sacara de esta terrible crisis; algo así como cuando los extraterrestres secuestran a las personas (principalmente mujeres, aunque luego suele haber equivocaciones), y usando técnicas de inseminación artificial les dejan preñadas, solo que en este caso: usando dinero y países para los experimentos.
La crisis avanzaba rápidamente, y el plan debía ser definido; pero la experiencia histórica frenaba cada opción al recordar que ninguna de ellas, ni todas implementadas al mismo tiempo, resolvían crisis alguna y sólo protegía los intereses de los grandes capitalistas. Fue entonces que la respuesta que se buscaba, aquella que aportaría la evidencia rotunda de lo acertado de las doctrinas neoliberales, apareció para salvar al país: se adoptarían todas las opciones tradicionales, pero además, y ésta fue la gran respuesta, se construiría una fábrica de chocolate.
Y así fue: la construcción se inició un par de horas después de consumado el golpe militar. La localidad elegida fue el pueblito de Herrera Vegas, junto a la vieja estación abandonada del ferrocarril. Su construcción traería desarrollo y empleos a la localidad, además de chocolate a la nación.

Lo que causó la primera sorpresa fue el gran letrero a la entrada de la fábrica, que anunciaba el nombre: "Alfonso Luis Herrera"; que hacía recordar esos tiempos de la revolución mexicana de 1910, donde el tercer mundo había intentado definir una ciencia que se distinguiera del resto por haberse originado en un país llamado "subdesarrollado", y por haber intentado unificar la experiencia y expectativas del pueblo con las explicaciones naturales del Universo:



FÁBRICA DE CHOCOLATE "ALFONSO LUIS HERRERA"

Auspiciada por el Banco Mundial.

Herrera Vegas, Buenos Aires. República Argentina.

"El patriotismo tiene una base química, pues nuestras cenizas irán a formar parte de nuestros descendientes; estamos formados con detritus de nuestros antecesores y otros seres y minerales de nuestra patria. Después de una guerra, las sales de los muertos, por medio de los vegetales, el trigo, el pan, etc., nutrirán los futuros pobladores de la región en que se dieron las batallas, lo que significa una reconciliación química profunda de las razas combatientes" (Alfonso L. Herrera)





-2-


A poco de andar, nos dimos cuenta con Astrid que el proyecto real no iba a ser aceptado ni entendido. Aún en ese mismo Centro de Investigación Avanzada, donde se desarrollaban ideas muy audaces.
¿Cómo podíamos aceptar ser auditados por los organismos que financiaran las obras y el equipamiento? Tuvimos que fabricar chocolate -el oro de la época- para poder sostener la investigación básica.
¿Como explicar que el proyecto contaba con la colaboración de una civilización extraterrena?
¿O que nuestras creaciones genéticas estaban poblando el planeta incubadora Gl 581 C?






-3-


Al poco tiempo, las cosas marchaban como era de esperarse: la crisis poco o nada se había resuelto, las medidas adoptadas sólo habían logrado dar estabilidad a los grandes capitalistas, los pobres trabajaban más y comían menos, y la deuda externa se había incrementado en algunos millones de dólares. Todos llegaban a la estación Herrera Vegas con la curiosidad de saber qué se hacía en la fábrica, pero quienes lograban entrar salían siendo personas completamente distintas, aún cuando seguían siendo los mismos (algo por demás extraño de explicar).
Los rumores comenzaron a causar desconfianza, pues nadie había visto por la región algún chocolate de los producidos por la fábrica, y regularmente eran observados cargamentos que llegaban al ferrocarril, transportando equipos de laboratorio, secuenciadores de genes, sustancias químicas y demás cosas que pasarían inadvertidas, si a donde eran llevadas no fuera una fábrica de chocolate.
Y es que dentro de ésta, colocado inmediatamente en la entrada, se encontraba un espejo que tenía la curiosa propiedad de invertir la simetría de las moléculas en todo aquello que se reflejara en él. Este espejo era utilizado con el fin de invertir la simetría quiral en los seres vivos, pues una propiedad de todos ellos es que los elementos moleculares que los constituyen, en cuanto a los aminoácidos que forman parte de las proteínas y los azúcares que componen el material genético (ADN y ARN), se orientan a un lado en particular: los aminoácidos en los sistemas biológicos son izquierdos (levógiros), y los azúcares son derechos (dextrógiros). Bien, el espejo invertía esta simetría (esta quiralidad), en todo ser vivo que se reflejaba en él.





-4-


Nosotros trabajábamos en la inversión y/o modificación genética de la vida. No imaginábamos que nuestros procedimientos alteraran la ideología de los sujetos. El marco teórico nos llevaba a suponer que la ideología de los sujetos es más dura e inmutable que su genética.
Así pensábamos hasta poco tiempo atrás, cuando en el marco de la visita de un economista, jefe del Banco Mundial, ocurrió un acontecimiento imprevisto: Mientras el hombre recorría la línea de producción de monedas de chocolate -las cuales pueden ser consumidas o utilizadas como medio de pago hasta la fecha de vencimiento, pues vale aclarar que en nuestra época, el dinero es comestible y tiene fecha de vencimiento en su utilización- fue entonces cuando notamos que el espejo inversor había quedado descubierto por una esquina, y sin poder evitarlo, el economista se reflejó en él. Cruzamos miradas de pánico pero no ocurrió nada, todo siguió aparentemente igual.

Al final de la visita, Astrid acompañó al hombre hasta la estación. Para el horario de llegada del tren faltaban unos 20 minutos. Al rato de llegar, el hombre se disculpó un momento para ir al baño de la estación. Caminó hasta el muro lateral -pintado impecablemente de color arena- y allí, a la vista de muchos pasajeros que aguardaban el tren al igual que él. Extrajo de sus ropas un aerosol de pintura. ¿Lo había robado de nuestra fábrica, en la sección donde rotulan la producción embalada en cajones?
Astrid saco fotos con la cámara de su teléfono celular mientras el tipo pintaba el muro, y  al graffiti finalizado:


"La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados"

-Marx y Engels-


"El capitalismo es una mafia"


"Lea El Capital y El Manifiesto Comunista".



Ha pasado algún tiempo y todavía no tenemos una explicación confiable a este suceso.




Próxima estación para escribir:
  
J.J. ALMEYRA.

Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

***

-Próximas estaciones literarias por visitar en el ferrocarril  Provincial:

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

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