Tuesday, January 30, 2007

EN EL IMPERIO DE LA NEGACIÓN.

Otredad*


Añoro caminar por otras calles
indagar otros rostros, dispersarme;
abrazar otros cuerpos, adaptarme
al ritmo de otras muchedumbres.

No sé si es escapar o renacerse
pero en mis manos hay palomas
que no son de esta plaza

*de Sergio Borao Llop sergiobllop@yahoo.es



El imperio de la negación...




El imperio del consumo*

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota...


*por Eduardo Galeano

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.

La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos, esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.

Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».

Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30% entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado.
El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.
Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio.
Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas.

Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas.
Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atienden las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?

El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante.

El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza.
Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia.
Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo?

La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.

*Fuente: La Ventana.
http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=3520




CEAMSE*
30/01/07


*Por Sandra Russo

(APE).- Mucho más acá de Gualeguaychú, en La Matanza, el medio ambiente parece ser algo sin valor. Y no es que los vecinos de González Catán no se ocupen de protestar, como los de Entre Ríos. Lo hacen. Todos los lunes se autoconvocan para organizarse y reclamar contra la CEAMSE (Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado), cuyos residuos acumulados contaminan desde 1979 el agua que toman, el aire que respiran y provocan enfermedades concretas: cáncer, leucemia, lupus, afecciones respiratorias.

Pese a que las primeras pericias judiciales les dan la razón, y en consecuencia se habla de personas en riesgo que protestan para defender el elemental derecho a la vida y a la salud, el intendente local los echa a patadas. Los desaloja con la fuerza pública. El motivo esgrimido para la represión es nada menos que la “emergencia ambiental”. El poder político de La Matanza desconoce los efectos de la contaminación, y reprime con el argumento de que la gente en la calle obstaculiza la recolección de más basura.
Un olor agrio se huele en la zona. Hace pesado el aire. Julia Pereyra se abanica con un cuaderno. La mujer tiene los brazos como picados por un montón de mosquitos. Se dirige a la Asamblea de los lunes. Los Vecinos Autoconvocados se reúnen en el cine local para discutir qué hacer con la bla gigantesca de basura putrefacta recibida de siete municipios, entre ellos la Capital Federal. Casi dos mil toneladas diarias de desechos domiciliarios e industriales con los efectos previsibles: la tierra y las napas están contaminadas. Y en el municipio no hay agua de red.
En 2006, a raíz de una denuncia penal sobre las enfermedades que provoca la contaminación de la CEAMSE, el juez Juan Pablo Salas ordenó pericias que demostraron que el agua de pozo de la zona no es apta para consumo humano, y ordenó, en junio, que las autoridades provinciales y municipales proveyeran de agua potable a los vecinos de los tres barrios linderos del basurero: Las Marías, San Enrique y Nicol. Pero hasta ahora, el agua potable no llegó.
El 30 de octubre los vecinos bloquearon la entrada del CEAMSE para pedir su cierre y medidas de saneamiento. Empezaron un lunes y, como tuvieron más adhesión que la esperada, se quedaron el martes y también el miércoles. El jueves ya eran cerca de tres mil personas que la infantería desalojó por la fuerza. Como respuesta, ese mismo día hubo una marcha de repudio de ocho mil manifestantes. ¿Circuló esta noticia? ¿Se habló de esto en las radios? ¿La televisión comentó algo? No. En el verano, la basura se pudre más rápido, pero los medios se ocupan de Nazarena Vélez.

En la Asamblea las víctimas se visibilizan. Ana Carabajal, del barrio San Enrique, perdió el año pasado a uno de sus hijos. Leucemia. “La enfermedad empezó muy rápido, se lo llevó en cinco meses”, dice. En la misma cuadra en la que vive Ana hay otros cuatro casos de cáncer.
Hugo Osores acerca una carpeta con datos técnicos. 'El CEAMSE fue creado en la última dictadura, pero siguió funcionando con todos los gobiernos democráticos. Tiene tres centros de disposición final de residuos, uno de los cuales es el nuestro, el de González Catán. Las empresas del CEAMSE, que está tercerizado, cobran 40 pesos por cada tonelada de basura que traen. El proyecto se impuso con la promesa de que el relleno iba a ser una buena cosa, se suponía que íbamos a tener todo un parque y que no nos iba a contaminar: el verso del famoso cinturón ecológico. El predio debería tener 25 hectáreas pero el Estado les facilitó 50 más. En el área hay cuatro cementerios privados, un negocio de los 90, y un conjunto de barrios sin infraestructura, olvidados del Estado.'
Otra de las vecinas cuenta que, en un colmo de perversión, no tienen dónde atenderse: se inauguró un hospital a veinte cuadras, pero al poco tiempo cerraron los servicios de obstetricia y neonatología. Ahora tampoco hay internaciones. “Es para que no queden registros”.

Entre los autoconvocados hay un alto pocentaje de jóvenes y docentes, muchos de ellos alumnos y maestros de colegios de las zonas afectadas. Se reúnen todos los lunes, a las siete de la tarde, frente a la plaza principal de González Catán. No son víctimas de ninguna empresa finlandesa que opera con desprecio por poblaciones periféricas. Son vecinos de barrios pobres a los que antojadizamente la sociedad les asignó el lugar del que se jode.

Fuente de datos: Agencia de Noticias Argenpress 16-01-07


*FUENTE: AGENCIA PELOTA DE TRAPO
http://www.pelotadetrapo.org.ar/







La religión del automóvil*



*por Eduardo Galeano


I. Liturgia del divino motor

Con el dios de cuatro ruedas ocurre lo que suele ocurrir con los dioses: nacen al servicio de la gente, mágicos conjuros contra el miedo y la soledad, y terminan poniendo a la gente a su servicio. La religión del automóvil, con su Vaticano en Estados Unidos de América, tiene al mundo de rodillas.

Seis, seis, seis

La imagen del Paraíso: cada estadounidense tiene un auto y un arma de fuego. En Estados Unidos se concentra la mayor cantidad de automóviles y también el arsenal más numeroso, los dos negocios básicos de la economía nacional. Seis, seis, seis: de cada seis dólares que gasta el ciudadano medio, uno se consagra al automóvil; de cada seis horas de vida, una se dedica a viajar en auto o a trabajar para pagarlo; y de cada seis empleos, uno está directa o indirectamente relacionado con la violencia y sus industrias. Cuanta más gente asesinan los automóviles y las armas, y cuanta más naturaleza arrasa, más crece el Producto Nacional Bruto.

Como bien dice el investigador alemán Winfried Wolf, en nuestro tiempo las fuerzas productivas se han convertido en fuerzas destructivas.

¿Talismanes contra el desamparo o invitaciones al crimen? La venta de autos es simétrica con la venta de armas, y bien podría decirse que forma parte de ella: los accidentes de tránsito matan y hieren cada año más estadounidenses que todos los estadounidenses muertos y heridos a lo largo de la guerra de Vietnam, y el permiso de conducir es el único documento necesario para que cualquiera pueda comprar una metralleta y con ella cocine a balazos a todo el vecindario.

El permiso de conducir no sólo se usa para estos menesteres, sino que también es imprescindible para pagar con cheques o cobrarlos, para hacer un trámite o firmar un contrato. En Estados Unidos, el permiso de conducir hace las veces de documento de identidad. Los automóviles otorgan identidad a las personas.

Los aliados de la democracia

El país cuenta con la nafta más barata del mundo, gracias a los presidentes corruptos, los jeques de lentes negros y los reyes de opereta que se dedican a malvender petróleo, a violar derechos humanos y a comprar armas estadounidenses.

Arabia Saudita, pongamos por caso, que figura en los primeros lugares de las estadísticas internacionales por la riqueza de sus ricos, la mortalidad de sus niños y las atrocidades de sus verdugos, es el principal cliente de la industria estadounidense de armamentos. Sin la nafta barata que proporcionan estos aliados de la democracia, no sería posible el milagro: en Estados Unidos, cualquiera puede tener auto, y muchos pueden cambiarlos con frecuencia. Y si el dinero no alcanza para el último modelo, ya se venden aerosoles que dan aroma a nuevo al vejestorio comprado hace tres o cuatro años, el autosaurio ése.
Dime qué coche tienes y te diré quién eres, y cuánto vales. Esta civilización que adora los automóviles, tiene pánico de la vejez: el automóvil, promesa de juventud eterna, es el único cuerpo que se puede cambiar.

La jaula

A este cuerpo, el de cuatro ruedas, se consagra la mayor parte de la publicidad en la televisión, la mayor parte de las horas de conversación y la mayor parte del espacio de las ciudades. El automóvil dispone de restoranes, donde se alimenta de nafta y aceite, y a su servicio están las farmacias donde compra remedios, los hospitales donde lo revisan, lo diagnostican y lo curan, los dormitorios donde duerme y los cementerios donde muere.

Él promete libertad a las personas, y por algo las autopistas se llaman freeways, caminos libres, y sin embargo actúa como una jaula ambulante. El tiempo de trabajo humano se ha reducido poco o nada, y en cambio año tras año aumenta el tiempo necesario para ir y venir al trabajo, por los atolladeros del tránsito que obligan a avanzar a duras penas y a los codazos.

Se vive dentro del automóvil, y él no te suelta.

Drive-by shooting: sin salir del auto, a toda velocidad, se puede apretar el gatillo y disparar sin mirar a quién, como se estila ahora en las noches de Los Ángeles. Drive-thru teller, drive-in restaurant, drive-in movies: sin salir del auto se puede sacar dinero del banco, cenar hamburguesas y ver una película.
Y sin salir del auto se puede contraer matrimonio, drive-in marriage: en Reno, Nevada, el automóvil entra bajo los arcos de flores de plástico, por una ventanilla asoma el testigo y por la otra el pastor, que Biblia en mano os declara marido y mujer, y a la salida una funcionaria, provista de alas y de halo, entrega la partida de matrimonio y recibe la propina, que se llama Love donation.

El automóvil, cuerpo renovable, tiene más derechos que el cuerpo humano, condenado a la decrepitud. Estados Unidos de América ha emprendido, en estos últimos años, la guerra santa contra el demonio del tabaco. En las revistas, la publicidad de los cigarrillos está atravesada por obligatorias advertencias a la salud pública. Los anuncios advierten, por ejemplo: "El humo del tabaco contiene monóxido de carbono". Pero ningún anuncio de automóviles advierte que mucho más monóxido de carbono contiene el humo de los coches. La gente no puede fumar. Los autos, sí.

II. El ángel exterminador

En 1992 hubo un plebiscito en Amsterdam. Los habitantes de la ciudad holandesa resolvieron reducir a la mitad el espacio, ya muy limitado, que ocupan los automóviles. Tres años después se prohibió el tránsito de autos privados en todo el centro de la ciudad italiana de Florencia, prohibición que se extenderá a la ciudad entera a medida que se multipliquen los tranvías, las líneas de metro, las vías peatonales y los autobuses. También las ciclovías: pronto se podrá atravesar toda la ciudad sin riesgos, por cualquier parte, pedaleando en un medio de transporte que cuesta poco, no gasta nada, no invade el espacio humano ni envenena el aire, y que fue inventado, hace cinco siglos, por un vecino de Florencia llamado Leonardo da Vinci.
Mientras tanto, un informe oficial confirmaba que los automóviles ocupan un espacio bastante mayor que las personas en la ciudad estadounidense de Los Angeles, pero allí a nadie se le ocurrió cometer el sacrilegio de expulsar a los invasores.

¿A quién pertenecen las ciudades?

Amsterdam y Florencia son excepciones a la regla universal de la usurpación. El mundo se ha motorizado aceleradamente, a medida que han ido creciendo las ciudades y las distancias, y los medios públicos de transporte han cedido paso al coche privado.

El presidente francés Georges Pompidou lo celebraba diciendo que "es la ciudad la que debe adaptarse a los automóviles, y no al revés", pero sus palabras cobraron sentido trágico cuando se reveló que habían aumentado brutalmente los muertos por contaminación en la ciudad de París, durante las huelgas de fines del año pasado: la paralización del metro había multiplicado los viajes en automóvil y había agotado las existencias de mascarillas antiesmog.
En Alemania, en 1950, los trenes, autobuses, metros y tranvías realizaban las tres cuartas partes del transporte de personas; actualmente, suman menos de una quinta parte. El promedio europeo ha caído al 25 por ciento, lo que es todavía mucho si se compara con Estados Unidos, donde el transporte público, virtualmente exterminado en la mayoría de las ciudades, sólo llega al cuatro por ciento del total.

Henry Ford y Harvey Firestone eran íntimos amigos, y ambos se llevaban de lo más bien con la familia Rockefeller. Ese cariño recíproco desembocó en una alianza de influencias que mucho tuvo que ver con el desmantelamiento de los ferrocarriles y la creación de una vasta telaraña de carreteras, luego convertidas en autopistas, en todo el territorio estadounidense. Con el paso de los años se ha hecho cada vez más apabullante, en Estados Unidos y en el mundo entero, el poder de los fabricantes de automóviles, los fabricantes de neumáticos y los industriales del petróleo. De las sesenta mayores empresas del mundo, la mitad pertenece a esta santa alianza o está de alguna manera ligada a la dictadura de las cuatro ruedas.

Datos para un prontuario

Los derechos humanos se detienen al pie de los derechos de las máquinas. Los automóviles emiten impunemente un cóctel de muchas sustancias asesinas. La intoxicación del aire es espectacularmente visible en las ciudades latinoamericanas, pero se nota mucho menos en algunas ciudades del norte del mundo. La diferencia se explica, en gran medida, por el uso obligatorio de los convertidores catalíticos y de la nafta sin plomo, que han reducido la contaminación más notoria de cada vehículo en los países de mayor desarrollo.
Sin embargo, la cantidad tiende a anular la calidad, y estos progresos tecnológicos van reduciendo su impacto positivo ante la proliferación vertiginosa del parque automotor, que se reproduce como si estuviera formado por conejos.
Visibles o disimuladas, reducidas o no, las emisiones venenosas forman una larga lista criminal. Por poner tan sólo tres ejemplos, los técnicos de Greenpeace han denunciado que proviene de los automóviles no menos de la mitad del total del monóxido de carbono, del óxido de nitrógeno y de los hidrocarburos que tan eficazmente están contribuyendo a la demolición del planeta y de la salud humana.
"La salud no es negociable. Basta de medias tintas", declaró el responsable de transportes de Florencia, a principios de este año, mientras anunciaba que ésa será "la primera ciudad europea libre de automóviles". Pero en casi todo el resto del mundo, se parte de la base de que es inevitable que el divino motor sea el eje de la vida humana, en la era urbana.

Copiamos lo peor

El ruido de los motores no deja oír las voces que denuncian el artificio de una civilización que te roba la libertad para después vendértela, y que te corta las piernas para obligarte a comprar automóviles y aparatos de gimnasia. Se impone en el mundo, como único modelo posible de vida, la pesadilla de ciudades donde los autos mandan, devoran las zonas verdes y se apoderan del espacio humano. Respiramos el poco aire que ellos nos dejan; y quien no muere atropellado, sufre gastritis por los embotellamientos.

Las ciudades latinoamericanas no quieren parecerse a Amsterdam o a Florencia, sino a Los Angeles, y están consiguiendo convertirse en la horrorosa caricatura de aquel vértigo. Llevamos cinco siglos de entrenamiento para copiar en lugar de crear. Ya que estamos condenados a la copianditis, podríamos elegir nuestros modelos con un poco más de cuidado. Anestesiados como estamos por la televisión, la publicidad y la cultura de consumo, nos hemos creído el cuento de la llamada modernización, como si ese chiste de mal gusto y humor negro fuera el abracadabra de la felicidad.

III. Los espejos del paraíso

La publicidad habla del automóvil como una bendición al alcance de todos. ¿Un derecho universal, una conquista democrática? Si fuera verdad, y todos los seres humanos pudieran convertirse en felices propietarios de este medio de transporte convertido en talismán, el planeta sufriría muerte súbita por falta de aire. Y antes, dejaría de funcionar por falta de energía. Nos queda petróleo para dos generaciones. Ya hemos quemado en un ratito una gran parte del petróleo que se había formado a lo largo de millones de años. El mundo produce autos al ritmo de los latidos del corazón, más de uno por segundo, y ellos están devorando más de la mitad de todo el petróleo que el mundo produce.
Por supuesto, la publicidad miente. Los numeritos dicen que el automóvil no es un derecho universal, sino un privilegio de pocos. Sólo el 20 por ciento de la humanidad dispone del 80 por ciento de los autos, aunque el cien por ciento de la humanidad tenga que sufrir las consecuencias. Como tantos otros símbolos de la sociedad de consumo, éste es un instrumento que está en manos del norte del mundo y de las minorías que en el sur reproducen las costumbres del norte y creen, y hacen creer, que quien no tiene permiso de conducir no tiene permiso de existir.
El 85 por ciento de la población de la capital de México viaja en el 15 por ciento del total de vehículos. Uno de cada diez habitantes de Bogotá es dueño de nueve de cada diez automóviles. Aunque la mayoría de los latinoamericanos no tiene el derecho de comprar un auto, todos tienen el deber de pagarlo. De cada mil haitianos, sólo cinco están motorizados, pero Haití dedica un tercio de sus importaciones a vehículos, repuestos y nafta. Un tercio dedica, también, El Salvador. Según Ricardo Navarro, especialista en estos temas, el dinero que Colombia gasta cada año para subsidiar la nafta, alcanzaría para regalar dos millones y medio de bicicletas a la población.

El derecho de matar

Un solo país, Alemania, tiene más automóviles que la suma de todos los países de América Latina y África. Sin embargo, en el sur del mundo mueren tres de cada cuatro muertos en los accidentes de tráfico de todo el planeta. Y de los tres que mueren, dos son peatones.
En eso, al menos, no miente la publicidad, que suele comparar al auto con un arma: acelerar es como disparar, proporciona el mismo placer y el mismo poder. La cacería de los caminantes es frecuente en algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde la coraza de cuatro ruedas estimula la tradicional prepotencia de los que mandan y de los que actúan como si mandaran.
Y en estos últimos tiempos, tiempos de creciente inseguridad, al impune matonismo de siempre se agrega el pánico a los asaltos y a los secuestros. Cada vez hay más gente dispuesta a matar a quien se le ponga delante. Las minorías privilegiadas, condenadas al miedo perpetuo, pisan el acelerador a fondo para aplastar la realidad o para huir de ella, y la realidad es una cosa muy peligrosa que ocurre al otro lado de las ventanillas cerradas del automóvil.

El derecho de invadir

Por las calles latinoamericanas circula una ínfima parte de los automóviles del mundo, pero algunas de las ciudades más contaminadas del mundo están en América Latina.

La imitación servil de los modelos de vida de los grandes centros dominantes, produce catástrofes. Las copias multiplican hasta el delirio los defectos del original. Las estructuras de la injusticia hereditaria y las contradicciones sociales feroces han generado ciudades que crecen fuera de todo posible control, gigantescos frankensteins de la civilización: la importación de la religión del automóvil y la identificación de la democracia con la sociedad de consumo, tienen, en esos reinos del sálvese quien pueda, efectos más devastadores que cualquier bombardeo.
Nunca tantos han sufrido tanto por tan pocos. El transporte público desastroso y la ausencia de ciclovías hace obligatorio el uso del automóvil, pero la inmensa mayoría, que no lo puede comprar, vive acorralada por el tráfico y ahogada por el esmog. Las aceras se reducen, hay cada vez más parkings y cada vez menos barrios, cada vez más autos que se cruzan y cada vez menos personas que se encuentran. Los autobuses no sólo son escasos: para peor, en muchas ciudades el transporte público corre por cuenta de unos destartalados cachivaches que echan mortales humaredas por los caños de escape y multiplican la contaminación en lugar de aliviarla.

El derecho de contaminar

Los automóviles privados están obligados, en las principales ciudades del norte del mundo, a utilizar combustibles menos venenosos y tecnologías menos cochinas, pero en el sur la impunidad del dinero es más asesina que la impunidad de las dictaduras militares. En raros casos, la ley obliga al uso de nafta sin plomo y de convertidores catalíticos, que requieren controles estrictos y son de vida limitada: cuando la ley obliga, se acata pero no se cumple, según quiere la tradición que viene de los tiempos coloniales.

Algunas de las mayores ciudades latinoamericanas viven pendientes de la lluvia y el viento, que no limpian de veneno el aire, pero al menos se lo llevan a otra parte. La ciudad de México vive en estado de perpetua emergencia ambiental, provocada en gran medida por los automóviles, y los consejos del gobierno a la población, ante la devastación de la plaga motorizada, parecen lecciones prácticas para enfrentar una invasión de marcianos: evitar los ejercicios, cerrar herméticamente las casas, no salir, no moverse.
Los bebés nacen con plomo en la sangre y un tercio de los ciudadanos padece dolores crónicos de cabeza.

—O usted deja de fumar, o se muere en un año —advirtió el médico a un amigo mío, habitante de la ciudad de México, que no había fumado ni un solo cigarrillo en toda su vida.

La ciudad de San Pablo respira los domingos y se asfixia los días de semana. Año tras año se va envenenando el aire de Buenos Aires, al mismo ritmo en que crece el parque automotor, que el año pasado aumentó en medio millón de vehículos. Santiago de Chile está separado del cielo por un paraguas de esmog, que en los últimos quince años ha duplicado su densidad, mientras también se duplicaba, casualmente, la cantidad de automóviles.


Tomado de Visiones alternativas

*Fuente:La ventana
http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=3495




La lección de los sioux*


*por Osvaldo Pepe | SECRETARIO DE REDACCION DE CLARIN
opepe@clarin.com



Un ritual de los indios sioux servía a los adolescentes para determinar su futuro en la vida. Se los mandaba a un bosque, sin armas y sin otra vestimenta que un taparrabos. Buscaban un sueño, una imagen onírica. Al volver, relataban ese sueño a los ancianos de la tribu. Y eran éstos quienes lo interpretaban y orientaban a los jóvenes acerca del porvenir: si podrían ser cazadores, guerreros, sacerdotes o curanderos.
El dato refleja el relevante carácter de los "venerables sociales" en el proceso de formación de las nuevas generaciones. Por cierto, en las sociedades modernas, entre la prisa existencial y el adelanto tecnológico, esos saberes vitales fueron quedando relegados. Y, con ellos, el rol de los ancianos, proceso agravado con la deserción universal de los estados en las cuestiones de contención social del sector.
En la edición de hoy contamos una interesante experiencia con los llamados "adultos mayores", término que relega tanto al peyorativo "viejo" como al burocrático jubilado. Se trata de 300 de ellos que van a enseñar sus oficios a pueblos del interior amenazados por el olvido (Jubilados enseñan sus oficios en pueblos en vías de desaparición). Un hallazgo: unos y otros se necesitan como en las prácticas de los sioux. La integración de los extremos de la vida genera enriquecimiento social, además de preservar saberes necesarios. Recordemos lo que nos pasó en los 90: era más fácil comprar algo nuevo (importado, claro) que llamar al plomero, al electricista o al carpintero. Así nos fue.
El psicólogo alemán Erik Erikson, quien definió las etapas del crecimiento personal a lo largo de la vida, dijo que el gran aporte del ciclo final de la existencia es "saber ver" a las generaciones más jóvenes. Siempre "malos" para la ortodoxa industria de Hollywood, los sioux dejaron una lección sobre sabiduría y creatividad. Supieron valorar talento y años de quienes enseñan
y transmiten a los que vienen detrás.


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EXPERIENCIAS : HAY MAS DE 600 LOCALIDADES AMENAZADAS EN TODO EL PAIS

Jubilados enseñan sus oficios en pueblos en vías de desaparición

Son unos trescientos, de Capital y GBA. La idea es que la gente del interior aprenda una nueva forma de ganarse la vida y no migre a las grandes ciudades. Es un programa de una ONG lanzado en 2006.


*Carlos Galván cgalvan@clarin.com


Tiene nombre de programa de bricolage -"Enseñando Nuestros Oficios"-, pero en realidad se trata de una flamante iniciativa para evitar que pueblos que se encuentran al borde de la extinción consigan sobrevivir. El proyecto básicamente funciona así: jubilados de la Ciudad de Buenos Aires y del
conurbano viajan a esos pueblos para enseñar los secretos de sus oficios a los habitantes desocupados. La idea es que la gente aprenda una nueva forma de ganarse la vida y no migre a las grandes ciudades en busca de trabajo.
En el programa ya hay anotados casi 300 jubilados que quieren enseñar sus oficios: hay carpinteros, maestros mayor de obra, peluqueras, cosmetólogas, reposteros, electricistas, mecánicos, modistas y pintores.
El programa fue puesto en marcha el año pasado por Responde, una ONG que promueve la recuperación de pueblos que se encuentran en riesgo de desaparición o en grave crisis. Grupos de jubilados ya dieron clases en Villa Antigua (Mendoza), Andalhuala (Catamarca) y otros tres pueblos bonaerenses, Comodoro Py, San Francisco de Bellocq y Francisco Madero.
"Por lo general, en las localidades donde se lleva a cabo el programa hay un cierto estancamiento social, y hasta se llega a observar que los habitantes temen no poder salir del mismo. Cuando llegamos a los pueblos es muy lindo ver la reacción: nos esperan con carteles de bienvenida y con asados", cuenta Damipan Hande, responsable de "Enseñando Nuestros Oficios".
En la Argentina hay 602 pueblos con menos de 2.000 habitantes que se encuentran bajo riesgo de desaparecer de los mapas. ¿Razones? Principalmente la finalización de la principal actividad económica del lugar y el levantamiento del servicio de ferrocarril (Ver "Casi la mitad...«)
Ese es el caso, por ejemplo, de San Francisco de Bellocq, un poblado ubicado a 48 kilómetros de Tres Arroyos. Hoy tiene 576 habitantes. "Quince años atrás tenía el doble", dice Hande.
La suerte de Bellocq quedó casi echada a principios de los '90 cuando cerró sus puertas una cooperativa agrícola, principal fuente de empleo del lugar.
El tren había dejado de pasar en los '50. Del ferrocarril hoy no quedan ni vestigios: las vías fueron levantadas y la antigua estación ahora es un jardín de infantes.
Bellocq está lejos del prototipo del pueblo fantasma: cuenta con infraestructura -tiene, por ejemplo, calles asfaltadas, alumbrado público, recolección de residuos, una unidad sanitaria- y con buenos accesos desde la ruta.
En octubre pasado, un grupo de expertos de Responde recorrieron las calles del pueblo y hablaron con los vecinos y con sus autoridades locales. También registraron que allí había una peluquería, una ferretería, una casa de ramos generales, taller mecánico, gomería y un taller de artesanías.
"La idea era detectar cuáles eran las necesidades de trabajo del pueblo. En otras palabras: como ya había una peluquería no tenía sentido que organizáramos un curso de peluquería", explicó Damián Hande. A Bellocq finalmente viajaron ocho jubilados. Estuvieron allí una semana y dieron cursos de capacitación en carpintería, electricidad, fabricación de artesanías y albañilería.
"Acá si no querés que te coman los piojos sí o sí tenés que saber hacer varias cosas: un poco de albañilería, un poco de plomería, un poco de electricidad. Por eso estos cursos le vinieron muy bien a la gente", explica el delegado municipal Gerardo Chedrese.
David Grosso -40 años, casado, un hijo- hizo el curso de carpintería. "En Bellocq siempre me salían changas de carpintería y yo de caradura nomás las agarraba. Ahora, y gracias a que tuve un instructor sensacional, aprendí en serio el oficio", recuerda. Y agrega: "Ya me contrataron para hacer un
taparrollos y un mosquitero y estoy por arreglar un juego de sillas".
Este año "Enseñando Nuestros Oficios" desembarcará en seis localidades del interior. El listado de pueblos que visitarán no es lo único que crece: también está aumentando la cantidad de jubilados que se ofrecen para dar gratuitamente los cursos. Ahora acaba de sumarse un taxista, que pretende adiestrar a la gente en sus técnicas de manejo.



"Enseñar es llenarnos de vida"

Casi la mitad de las localidades rurales se está extinguiendo




La vieja guardia*


*Eduardo San Pedro esanpedro@clarin.com


En un desmesurado afán por exaltar las virtudes -reales o supuestas- de la juventud, la sociedad actual aún intenta minimizar el rol y la importancia social de los mal llamados "viejos", la gente que atraviesa la tercera edad.
Hay múltiples ejemplos en la vida cotidiana, en algunos medios, en ciertas muestras del peor humor. Pero la vieja guardia no se da por vencida. Existen numerosos proyectos en los que la experiencia de los mayores es fundamental para transmitir conocimientos a las generaciones que vienen detrás. Ahora se
suma esta patriada de enseñar sus oficios en pueblos que están en riesgo de desaparecer. No sólo concretan eso: también transmiten esperanza.

http://www.clarin.com/diario/2007/01/29/sociedad/s-02615.htm





EXPERIENCIAS : PROPUESTAS PARA REVERTIR LA TENDENCIA

Casi la mitad de las localidades rurales se está extinguiendo
Esto sucede en 602 lugares con menos de 2.000 habitantes, en toda la Argentina.

*Graciela Gioberchio ggioberchio@clarin.com


Casi la mitad de las localidades rurales del país está desapareciendo. En esta extinción influye la suspensión del tren y la falta de trabajo y de centros educativos. En busca de un futuro mejor, sus habitantes se van a vivir a las ciudades. Y por lo general son partidas sin retorno, que acrecientan la pérdida de las raíces culturales del lugar.
Esto sucede en 602 pueblos con menos de 2.000 habitantes que están en riesgo de desaparecer; además, 124 no crecieron en los últimos diez años y 90 no figuran en el último censo 2001. Reúnen, en total, a 268.920 personas y representan casi el 40% de los poblados rurales del país. Lo aseguran los especialistas de la Asociación Responde (Recuperación Social de Poblados Nacionales que Desaparecen), luego de cruzar y analizar la información de los últimos censos nacionales.
La mayoría de los pueblos en riesgo (el 60%) pertenece a la región pampeana; el 24% al noroeste argentino; el 6% a la Patagonia; otro 6% a Cuyo y el resto (4%) al nordeste.
La fundadora de Responde, Marcela Benítez, geógrafa del Conicet, asegura que hay posibilidades de revertir esta problemática. Así, en distintas regiones del país la ONG trabaja en propuestas que buscan generar trabajo, comunicación, educación, transporte. Y, además, en diciembre lanzaron una convocatoria nacional para que los pueblos participen en su recuperación. "La idea es identificar a los pueblos dispuestos a trabajar por su futuro", dicen. Con el apoyo de auspiciantes, en los pueblos que obtengan los dos primeros lugares (se sabrá el 1º de abril) se construirá un centro con biblioteca, museo y acceso a Internet.
Los pueblos postulantes deberán autoconvocar a sus habitantes y enviar información y fotos de la reunión y del lugar donde se hará el centro.
También deberán definir qué temática abordará el museo del centro y quiénes serán sus autoridades. El resto de los pueblos, en orden de mérito, tendrán también su centro "en la medida de los apoyos que reciba la ONG".
"Es más barato invertir en desarrollo local que intentar apagar los incendios en las ciudades por la llegada de cientos de miles de personas que buscan trabajo, vivienda, salud", señala Benítez.

Además del programa "Enseñemos Nuestros Oficios", Responde impulsa otras propuestas:

"Turismo en Pueblos Rurales": la gente del pueblo brinda servicios. Abarca Andalhuala (Catamarca), Mechita (Bs. As.), Irazusta y Parera (Entre Ríos), Godoy y Morante (Santa Fe).

"@Responde, Comunidad Virtual": para quebrar el aislamiento de los pueblos.
Hace un año se inauguró en Ñorquin-có (Río Negro) y en marzo estará listo en Andalhuala (Catamarca).


"Diploma para Adultos": ofrece Bachillerato para adultos por Internet. A fines de 2006 arrancó en Ñorquin-có (Río Negro).

"El Coletren": ofrece transporte a los pueblos cercanos a estaciones abandonadas de tren que no tienen otro medio alternativo.

"Alerta Inundación": planes de contingencia; en setiembre de 2006 se realizó en Francisco Madero (Buenos Aires).

"Pueblos Autosustentables" (en investigación): propone el autoabastecimiento a partir de los propios recursos naturales.

Contacto
Responde lanzó la convocatoria "Buscando Pueblos que Responden", hasta el 15 de febrero. Más datos: www.responde.org.ar 0800-777-832567; e-mail: convocatoriapueblos@responde.org.ar.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/01/29/sociedad/s-02701.htm



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Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 78 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Enero/Marzo/2007, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.com en el link:

http://www.euroyage.com/index.php?i=http://www.euroyage.com/xicoatl/78/e_78.php

CONTENIDO:
Mozart: Walkman Amadeus Mozart: Bitácora de una semana. Marcos Aurelio Arcaya Pizarro
Poemario: Poemas. Matilde Casazola Mendoza
Poemario: O "Boca do inferno". Gregorio de Mattos e Guerra
Narrativa: Cuentos. Marcos Rodríguez Leija
Austria: Poemas. Gerold Schodterer

La edición impresa de XICóATL # 77 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail en la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).

Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst Wissenschaft und Kultur.
http://www.euroyage.com/
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
TEL + FAX: (++43) 662 82 50 67




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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar



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