Sunday, April 01, 2018

EDICIÓN ABRIL 2018



*Foto de Silvana Surra.














4 poemas de Cecilia Romana que  pertenecen a su libro Callao 1824.




La carta que dejó



Tres líneas legibles. El resto, Dios sabe.

Es Ramón Estomba, el que ya no habla.

Díaz, Lista, Videla, Reaño, anota

con caligrafía minúscula sobre un papel

gorrino. Manuel, abogado, ¿por qué no vio

al enemigo? Y esa mujer,

¿qué hacía allí esa mujer? María del Valle, escribe.

María. No india, no mestiza. María,

y dos hijas.

Hace memoria. Eran dos, y el español cayendo

sobre todos como una gran frazada.

Se esfuerza, Ramón Bernabé Estomba,

piensa, en su lugar qué hubiera hecho, Dios mío,

que habré hecho mañana.

Escupe en la punta de su pluma.

Firma.

Más tarde agrega: nadie tiene culpa en lo que hago, ni hoy,

ni nunca.

El punto final es una mancha.

En instantes, será un agujero.








El derecho

de propiedad




Alguien te nombra

y el cuello de tu saco

deja de ser completamente mío.

Así ocurre: anotan tus iniciales

y mi propiedad caduca.

Cualquiera puede verte,

opinar por sí o por no

acerca de tus cosas.

Cualquiera le pone precio

a lo que te costó años,

décadas.

Pero mi ley es diferente.

Yo no considero por sobre

mis derechos

los del prójimo

no importa quién sea.

Bastaría con que me dijeras lo contrario

para cambiar de parecer.

Pero tampoco sería justo.

¿En qué mundo viviríamos

si no hubiera ley, si no existiera

acaso

la mismísima regla que nos mantiene separados?











La casaca de Luna

en manos de Manuel Silvestre Prudán



San Silvestre instauró el domingo como día sagrado.

Murió santo, pero no mártir.

Sin conocerlo, Prudán hizo al revés, porque su vida

no tuvo ni una pizca de santidad.

El heroísmo no cuenta. Era joven

y su mayor pecado fue recibir una casaca nueva

para ponerla encima de la que estaba usada.









El tema es

Estomba




Es complejo tratar de encuadrarte

en un libro. Te vas

siempre de tono.

No importa qué corrija, cómo tuerza la verdad

para convertir lo negro en blanco, lo inaceptable

en cosa corriente.

Más allá de la métrica –que me importa

cada día menos-, el tema

es modificarte de forma tal

que entres en cuadro.



*De Cecilia Romana. ceciliaromana@gmail.com






-Cecilia Romana nació y vive en Buenos Aires.
Es escritora y licenciada en Artes y Ciencias del Teatro. Lleva publicados siete libros de poesía, cuatro de relatos infanto-juveniles y varios volúmenes escolares para nivel inicial, primario y secundario en Kapelusz y Santillana. Ha ganado el Premio de Poesía Iberoamericana Sor Juana Inés de la Cruz (2006), el Jaime Sabines (2006) –ambos en México-, y dos veces el Segundo Premio del Fondo Nacional de las Artes en Poesía. Sus poemas han sido traducidos al francés, inglés, portugués, italiano y polaco, y forman parte de antologías argentinas, latinoamericanas y estadounidenses. Colabora asiduamente en las revistas Fénix (Córdoba), Espacio Murena y Hablar de Poesía (Buenos Aires), como así también en el diario El Litoral, de Santa Fe.
Los poemas de esta selección pertenecen a su libro Callao 1824 próximo a salir por editorial Leviatán.













LOS AMIGOS*


Para Roberto Vega y Toto Míguez




Cuando mi cuerpo descansa bajo esa larga sombra que proveen los fresnos y ese orgulloso ibirá pitá, cuando recostado en esa reposera que fue de mi padre y que yo usufructo imperioso y sin piedad, cuando el bullicio de los pájaros arremolina plumas solitarias, con las luchas de las calandrias y las pirinchas y los pacíficos horneros que picotean el césped recién cortado por mi hermano, y comen de allí bichitos de la tierra, alguna lombriz sola como indio loco, dicen en mi pueblo, una lombriz solitaria pero no en el sentido de una Taenia saginata, sino de una habitante de la tierra cada vez más sola, perseguida por los pesticidas al uso.
A veces paso mucho tiempo para visitar mi pueblo, mi barrio de cuatro manzanas, mi parva de recuerdos, mis amigos que ralean cada vez más con sus partidas, con su reunión en el cielo de los pobres, que no debe ser tan intolerable, aunque es definitivo. Tan definitivo como el sol que rueda detrás de las altas casuarinas oscuras, los eucaliptus y los pinos solitarios en el río ancho de ese atardecer que viene pus y sangre encima nuestro.
Me cuesta mucho trabajo, un esfuerzo cada vez mayor para imaginar esta calle hoy pavimentada y muy concurrida por todo tipo de vehículos, con ese recuerdo de cuando era una cortada que cubría un leve manto de gramilla. Esa gramilla que conocía el peso de nuestros pies descalzos en la levedad furtiva de nuestras espontáneas travesuras.
Recientemente, en un encuentro con mis amigos de siempre –Toto Míguez y Roberto Vega– que le debemos a la generosidad de Marcelito Fiordani, repasamos aquella infancia que me parece sueño. Sin embargo, ellos están allí, firmes con sus anécdotas, para dar fe de que no vivo en un ensueño, en una burbuja que tantos años de ciudad me produce. Y hablamos como si todavía estuviera esa hilera de paraísos coposos que alguien había plantado un poco simétricamente, en lo que podríamos decir con recuerdos y sigilo, “la vereda de mi casa”. En una siesta yo esperaba a Roberto que había iniciado su venta de helados Balagué, con su carrito que tiraba un caballo macilento, con su toldito blanco, cuando lo veo ingresar a esa cortada donde yo lo esperaba para pedirle un trozo de hielo que llevaba para conservar los helados, y eventualmente un pequeño helado de 50 centavos, con la crema al medio y las tapitas que la protegían. Recordamos la anécdota, yo, descalzo, el mancarrón, nervioso, se espantaba las moscas y de pronto me pone una pata sobre mi pie descalzo y me lastima. Roberto me puso sal, que ayudaba a mantener el hielo, y el hielo mismo para que me refrescara. Curioso, le pregunto por su edad al comprobar que la anécdota era recordada por él. “Yo tenía 9 años”, me dice, y yo le contesto: “¡Y ya trabajabas! Entonces yo tenía 6”, le digo, “qué suerte, porque actuaste como un hermano mayor”. Él vivió unos años frente a mi casa hasta que se mudó de barrio, pero nunca se olvidó de nosotros, y jugamos al fútbol en el mismo equipo, con Toto también, hasta que me vine.
Roberto siempre jugó de arquero. Más preocupado por lesionar a un rival en el área cuando salía a tapar un centro y que a veces se le escapaba la pelota de la mano. Esta vez me traje una anécdota que no conocía. El equipo del club llegó a una final cuando yo ya no estaba. El partido –me dicen– se jugó en Gödeken. Y uno de los adversarios le pegó muy mal a Pili Míguez, hermano menor de Toto, produciéndole una larga herida a lo largo de toda la pierna. Roberto, calentón y fiel con los amigos, se cruzó la cancha y lo quería pelear. Cambiaron unas palabras y el árbitro puso orden.
– ¿Vos sos guapo?– le espetó el otro.
– Muy guapo, te espero en el área.
Y así fue que, en una pelota de alto, mi amigo Roberto, el arquerito heroico, fue con los dos puños no a la pelota, sino al rostro del delantero y lo noqueó. Lo durmió, y lo sacaron en camilla, olvidándose de la pelota que quedó picando y otro delantero la empujó a la red. No obstante, ganamos dos a uno.
Lo que no entendían ni Toto ni Roberto al recordarlo era cómo el árbitro no vio el golpe de Roberto, o tal vez lo vio y prefirió enfriar el partido porque era muy áspero hasta allí y se trataba de una final.
Reflexiono, pienso, no sé si le conté a otro amigo entrañable, el querido Negro Cárdenas que vive en Posadas, por qué ellos están –digo, Roberto y Toto– en el rincón más primario, más íntimo, son como la certificación hecha acto y figura de que yo tuve una infancia. Era en un pueblo de llanura cruzado por los pájaros, los patos que chillaban en la noche, yendo a dormir a los cañadones llenos de juncos y espartillo, las noches modestas en nuestras casas humildes de toda condición, que recibían nuestros sueños grandes sin saber entonces si alguna vez se cumplirían.



*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar













LA CORDILLERA*



Al norte de los montes pelados, allí donde la vegetación se adueña de las piedras y cubre los caminos con su suave pero ineludible abrazo, hay un pueblecito.
Se trata de una pequeña aldea formada por un rudimentario templo que data de épocas remotas y un puñado de construcciones antiguas, fabricadas toscamente con barro y piedras, que se encuentran dispuestas alrededor de la iglesia. Visto desde el aire, el conjunto pudiera parecer una galaxia de planetas negros sometidos a la atracción de un sol apagado, ya que los muros de la iglesia, de un marrón oscurecido, delatan su edad, la acción del clima siempre húmedo de estas regiones y la falta de cuidados.
Frente a la puerta de la antigua capilla se extiende una amplia plazoleta cuyo centro adorna una hermosa fuente de piedra, no menos antigua que los edificios circundantes, de la que no cesa de manar un agua fresca y cristalina.
Las construcciones que rodean la plaza son fuertes y austeras, con paredes muy gruesas y enormes chimeneas por las que, en invierno, puede verse surgir un humo denso y oscuro, producto de la combustión de los tarugos de leña, algo húmedos en esas fechas a causa de las heladas y de la nieve que poco a poco va blanqueando los tejados negros y cambiando el aspecto del poblado. Es un pueblecito aislado al que sólo puede accederse por un intrincado camino de algo más de metro y medio de anchura al que los aldeanos denominan pomposa y llanamente “carretera”.
“...No, señor. No somos muchos los que vivimos aquí. No más de dos o tres cientos, casi todos tan viejos como yo. Pero no crea que, aun siendo tan pocos, nos conocemos todos. ¡Qué va! Siempre está viniendo gente, como si aquí hubiera algo... Sí, vienen de otras aldeas pobres como la nuestra, de la sierra de abajo. Y también, fíjese, de la ciudad. Sí, sí, como le cuento. Pero siempre vienen del sur”.
Invariablemente del sur... Hacia el norte se halla la cordillera.
Nadie sabe qué hay al otro lado. De cuando en cuando, llegan hombres curiosamente ataviados, con largas barbas grises. Van provistos de extraños artefactos con los que parecen medir algo. Después de un par de días disfrutando de la hospitalidad de los aldeanos, famosa en todo el contorno, y trabajando con sus instrumentos que califican como “de alta precisión”, se marchan aparentemente satisfechos, pero unos meses más tarde vienen otros hombres con idéntica apariencia, con similares aparatos, con parecidas maneras y el mismo propósito. Realizan, con igual concentración, con pareja entrega, las ya sabidas mediciones y vuelven a marcharse hacia el sur del que vinieron. En sus rostros se refleja el sabor del éxito. Las investigaciones han debido ser fructíferas. Pero al poco tiempo, un nuevo equipo visita la zona.
“... y así desde hace años. Pero, ¿sabe? Algunos se quedan aquí en secreto. Abandonan sus modales, su pedantería y muy pronto se confunden con nosotros. Pero nunca conseguimos enterarnos de nada. No sabemos qué es lo que miran y remiran tantas veces por los aparatos. En el pueblo se dice que igual quieren saber cómo son de altas las montañas. Cuando llegan se les ve ansiosos, preocupados. Se ponen a trabajar como si no hubiera otra cosa en la vida, sin importarles que pueda descargar una tormenta, noche y día, hasta que encuentran o creen que han encontrado algo. A veces se pasan tres o cuatro días sin probar bocado, y eso que nuestras mujeres les llevan algo de comer, ya sabe, somos buena gente. No duermen. Sólo están pendientes de la montaña, como si hubiera ahí algo que nosotros no podemos ver y que es importante. Yo, la verdad, no creo que estén midiendo las montañas. El viejo Colás me dijo una tarde que lo que hacen es mirar a través de ellas para saber qué es lo que hay al otro lado. Debe ser algo muy bonito, digo yo, cuando todos se van tan contentos. Aunque mi hermana dice que son los guisos que preparamos para ellos lo que les pone de tan buen humor. Dice que en la ciudad se come muy mal. Y ella debe saberlo, porque estuvo una vez.”
Otros ancianos, más leídos, consideran que se trata de hacer un estudio sobre la composición de la roca que forma la cordillera, para excavar un túnel o abrir un acceso a través de la piedra. Desde tiempo atrás, dicen, corre el rumor de que el gobierno está construyendo una carretera que ha de atravesar la montaña y que pasará muy cerca de la aldea. Pero todo son conjeturas de viejos y rumores de gente desocupada cuya única función parece ser la de sentarse a las puertas de sus hogares, bajo los porches de piedra y tejas negras, viendo pasar los días y las estaciones y entablando largas conversaciones mil veces repetidas con sus vecinos más cercanos o con aquellos que se detienen a descansar un rato de su paseo matutino. Eso en verano, porque durante el invierno no son muchos los que se aventuran a alejarse de sus casas.
Los jóvenes, ante la falta de expectativas, se van hacia el Sur o hacia el Este, donde se dice que hay trabajo en la industria y buenos salarios; pero siempre regresan, cansados, viejos y sin riquezas, a su pequeño pedazo de tierra apenas cultivable. A veces, en la madrugada, es posible ver a alguno de los aldeanos con un macuto al hombro dirigiéndose hacia el Norte, hacia la cordillera. Nunca regresan. Jamás envían correspondencia.
“... Al principio organizábamos batidas por el bosque, rastreábamos las laderas y las cuevas, buscábamos en el riachuelo, pero nada. Nunca les encontrábamos. Al final, hasta de eso nos cansamos. Ahora ya no buscamos a nadie. Quien se va, sabrá por qué lo hace. Antes nos asustábamos. Ahora ya no se preocupa nadie. Sabemos que no han de volver y por eso nos hemos ido haciendo a la idea de que es algo natural. Los primeros días, su familia los echa de menos, pero muy pronto se acostumbran a la ausencia y todo vuelve a ser como antes...”
Desde tiempo inmemorial, estas escenas se vienen repitiendo año tras año como en una secuencia interminable. Siempre con idénticos resultados. En verano, muchos vienen a la aldea para, desde aquí, intentar el ascenso a las escarpadas cumbres de la cordillera. Todos los días llegan automóviles cargados de personas provenientes de los llanos del sur. Todos vienen ligeros de equipaje. Los automóviles, una vez que todos los pasajeros se han apeado, giran en la plaza y parten de nuevo por el camino en dirección a las ciudades del llano, en busca quizá de más intrépidos escaladores. A la mañana siguiente, los aventureros parten hacia la cordillera para no regresar.
“... En todas las conversaciones se habla de lo mismo. Nos preguntamos qué puede ser lo que hay al otro lado. ¿Qué es eso que hace que quienes se marchan decidan no volver nunca más? A muchos de nosotros nos gustaría verlo, pero somos demasiado viejos y el ascenso parece bastante difícil. Lo mismo no podíamos subir ni las primeras cuestas, que según se dice son las más tendidas. Aunque, entre nosotros, el viejo Colás, que estudió en la capital cuando era joven, dice que sí, que también nosotros, cuando nos llegue el momento, subiremos a esas montañas y pasaremos al otro lado aunque no seamos tan ágiles y nuestros huesos pesen demasiado.”
De momento, el pueblo se está quedando desierto. Los jóvenes se van al valle, a buscarse la vida en las ciudades. Y los viejos a la montaña. La tarde, ahora que se acerca el otoño, apenas logra reunir a media docena de ancianos en torno a la antiquísima fuente de piedra o en las toscas sillas de madera y anea de la taberna. Allí, sentados, van dejando pasar los largos inviernos y las hermosas primaveras mirando por las ventanas y hablando del tiempo y de los forasteros, en espera de lo que el viejo Colás llama el momento definitivo: El momento en que cada uno de ellos, cada uno de nosotros, sentirá la llamada en su interior. Entonces, aunque el día sea frío, aunque nieve y los senderos estén helados, meteremos en una bolsa los recuerdos y partiremos, con las primeras luces del alba y sin una lágrima, hacia las altas cumbres, en busca quizá de otros bosques, de otros valles, de otros barrancos y hondonadas, al otro lado de la Cordillera.



*©De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com













*



De pequeña
soñé con puentes,
con blandos puentes de madera tendidos en las calles,
brotados entre los plátanos y los fresnos.
En mi sueño,
corría descalza sobre las casas,
suspendida,
yo también
entre cielo y tierra.
Mi paso soñado
jamás quebró la calma de las siestas.
Veía
la red de puentes dormidos sobre los techos,
adivinaba
en el horizonte el río,
y más allá, la ruta, y dios qué sabe.

Yo podía mirarlos
desde arriba,
porque a veces también me soñaba libre y pájaro,
y a veces,
aún sueño que me crecen
unas alas pequeñas,
tan pequeñas,
y yo debo escapar
y ya no hay puentes que me alejen de casa.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com














Presagio de luz*



En adelante
niña
soltarás tu vestido
y dejarás que el viento haga lo suyo
las sedas bailarán con soltura
y aflojarás la tensión de tus dedos
practicando caricias generosas
entregarás tu tacto a las pieles más amables.

De a poco
niña
la tela de tus ropas soltará sus arrugas
y secarán al sol la humedad acumulada
luego de tanto lodo
cuidarás tus bordados
el perfecto delineado sobre el blanco
y recordarás usar tus dedos
solo para acariciar.

La alegría te visitará
muy pronto
niña
y se quedará a vivir en el rincón
que escogiste para ella
—cuando salías de la cueva ¿te acordás?—
justo detrás de tu lóbulo derecho.

Encontrarás más espacio
entre tus pechos
niña
y la gracia se colgará de los altos de tus piernas
así
la locura anidará entre tus hebras erizadas.

Recobrarán el brillo los colores de tu casa
y las plantas harán fotosíntesis a la luz de la luna
sabrás niña
que el clima oscurecerá de repente
y sabrás también
que no hay que temerle a las tormentas
—las peores ya pasaron—

La amargura se escabullirá entre las piedras del suelo
y brotarán espinas en cantidades exponenciales
que no podrán lastimarte
tan lejos del suelo.

Las flores parirán hijos acuáticos
y nadarás con ellos en los espejos que formarán
las hojas
sudando aguas
los ríos subterráneos seguirán corriendo
pero esta vez conseguirás sumergirte
niña
sin ahogar el aire en tus poros.

Sabrás que el otro lado de tu mundo seguirá allí
avergonzado
y podrás brillar
en el intersticio entre el sueño y la vigilia
brotarán tus ideas más prodigiosas
intentarás extender este espacio
y crecerás como nunca
guardando en tu cartera estrellas inexploradas.

Entre tus brazos, burbujas enormes
oscilantes
te transportarán de un hogar a otro
y tu sensualidad cobrará fulgor
inspirarás a mil soles
recogiendo la luz de los que reconozcan tu encanto.

Serás más bella ahora, niña
evaporados de tu rostro los gestos solemnes
y tus ojos iluminarán como luna llena.

No podrás ocultar tus emociones
porque tu brillo será sincero, izará corazones
así encontrarás seis parejas que harán de ti
una mujer
niña
y serás niña mujer eternamente.



*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com
-Poema incluido en Intemperie.  Viajera Editorial. 2016


















PIEDRITAS*



Nosotras fuimos creciendo juntas
un poco gauchas
un poco guachas cuando él se fue.

Me refiero al padre.
No pudo quedarse en el pueblo sin agua.

Paco nuestro perro, era el hombre de la casa.
Ladraba por nosotras en la noche densa.

La oscuridad baldía.
El frío del invierno bajaba de los altos techos.

Un día él llamó.
Según dijo se sentía sólo.
Había parado el auto en la banquina por Salto.


Otra vez sé que preguntó: - ¿Y tu madre?
¿Cómo está tu madre?


Podría ir a la casa familiar
allá en el  delta y sentarme en la costa
del Luján a ver pasar la tarde, la lancha y el remo.

Pero tengo miedo
de tirar piedritas al río
que en el círculo del agua aparezca
que de la corriente
salpique una piedra
y duela sobre mi cabeza.



*De Adriana Saliche. adrianasaliche@hotmail.com
Chivilcoy.












Piropo con rima*



Salimos de la iglesia un sábado a la tarde. Como en los últimos meses de su vida el tío venía caminando sosteniéndose con su mano izquierda en mi antebrazo derecho casi llegando a la muñeca, todavía me parece sentir la fuerza con la que su mano se aferraba. Al llegar a la parada del colectivo que lo llevaba a su casa el tío vio pasar en bicicleta a la mujer con calzas. Ahí nomás soltó su piropo con rima:

"Como quisiera ser asiento para llevar ese flor de pensamiento".

Nos reímos un poco. Pero mi risa no era cierta, sentía una amargura de despedida en cada paso que dábamos. No podía reconocer la épica de un viejo de casi 90 años por mantener su picardía intacta.
Luego llegó el colectivo, lo sostuve con una mano en su espalda para que superara los dos primeros escalones. Pude ver cuando se sentó en el primer asiento y saludo desde la ventanilla levantando el bastón mientras el colectivo se ponía en marcha.



*De Eduardo Francisco Coiro.













*


Anoche llovió. Yo agarré la tijera y otra vez me corté el flequillo, ahora está demasiado corto. Aparecieron las primeras puntas de los brotes de acelga. Son verdes y fuertes. En cambio, las primeras hojas de lechuga son delicadas, parecen cisnes sobre la tierra negra. Son los días en que tengo la ventana abierta para sentir los primeros fríos. Algún vecino debe estar cocinando pollo asado, y eso que es muy temprano para el almuerzo. Mi perra Roma se está poniendo vieja pero levanta su hocico y busca. A veces dejo registro de la vida cotidiana para darme cuenta de que sigo acá.


*De Valeria Pariso.



-Valeria Pariso nació en 1970 en la provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado,
"Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares.
-Tiene inéditos los libros "Uva negra" y "Mascarón de proa".
Varios de sus poemas fueron traducidos al portugués y al italiano.
En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge. Coordina talleres de poesía.
Sus blogs:








Inventren








SE SENTÓ A MI LADO*


*De Ines Legarreta. ineslegarreta@yahoo.com.ar




"Siempre viaja a esta hora?", me preguntó para romper el silencio en el que yo, con obstinación, me resguardaba. “Una joven como usted viajando sola en este horario... y con el frío que hace; uno o dos grados bajo cero, fíjese que los vidrios de las ventanillas están escarchados, y afuera, mire la helada en los pastos, blanco, todo blanco; no entiendo cómo esa gente puede dormir hacinada bajo cuatro chapas”. El tren había aminorado la marcha porque atravesábamos una zona de inundación y aunque el agua se había retirado podían desmoronarse los terraplenes de manera que avanzábamos muy despacio y la villa miseria pareció extenderse indefinidamente. “Pero dentro de poco los sacamos”, dijo, y me miró. No esperó que le contestara. “Los vamos a sacar porque es una vergüenza que si viene gente de afuera, extranjeros, vean este espectáculo y crean que Buenos Aires, que la Argentina es esto”. “Uhmm”, fue toda mi respuesta.
“¿Pero todavía estás dormida o te comieron la lengua los ratones?” Giró con brusquedad el cuerpo y como era robusto, de piernas y brazos largos quedé, en cierta forma, arrinconada contra la ventanilla. Me había caído mal de entrada. Y después eso. Esto. Que eligiera sentarse a mi lado, o sea en la fila de los asientos para dos personas, cuando prácticamente el vagón entero estaba vacío. Éramos, creo, cinco en total: una señora mayor envuelta en una manta de pies a cabeza, dos hombres que no hablaban entre sí aunque tenían puesto el mismo uniforme de trabajo: campera y pantalones grises y un bolso en bandolera con el nombre de la compañía impreso; y del otro lado, una chica más o menos de mi edad que se había estirado en un asiento para tres personas para poder dormir mejor.
Todos estábamos adormilados cuando subió. Subió en Haedo con el tren en marcha. A mí siempre me gustó ver al jefe de estación, con la gorra puesta, dando la señal de partida: dos o tres tirones como calcados de la cadena, el balanceo exacto de la campana de bronce lustrada, brillante, y ese sonido agudo que soltaba el badajo, aquel talán, talán, talán hería el aire llamando a los retrasados pero me llenaba de alegría: era la señal de que salíamos de viaje, de que dejaríamos el pueblo atrás, de que atravesaríamos la pampa, verde, vacas pastando, un paisano a caballo, caminos de tierra, ¿abuela cómo se llama esta estación?, ¿mami, vamos al coche comedor?, ¿qué es aquello, papá?, ¿aquella torre que se ve a lo lejos es la basílica de Luján?, ¿en Buenos Aires vamos a ir al zoológico?, ¿me vas a comprar el vestido para mi cumpleaños?, ¿adónde queda el baño?, ¿cuánto falta, falta mucho para llegar? ; la campana de la estación había sonado, sacaba la cabeza por la ventanilla para saludar a la gente en el andén, todo el mundo levantaba la mano y saludaba hasta que el tren se perdía de vista y luego, inmediatamente, correr bamboleándonos para elegir los mejores lugares, pe-learnos con mis hermanos para no ocupar el asiento del medio aunque al rato me daba igual, caminaba por el vagón, iba y venía, no molestes me decía mamá, pero la gente me daba charla y yo charlaba, era charlatana y por eso me hacía de amigos y el viaje se acortaba entre preguntas y pedidos y retos y cuando menos lo esperaba mamá empezaba a bajar los bolsos del portaequipajes y la abuela insistía en que me pusiera el abrigo mientras trataba de arreglarme el moño que sostenía mi trenza porque ya estábamos entrando en Once, estábamos en la Capital. Era una fiesta.
Por mi infancia abrí los ojos, me despegué del asiento y limpié con la mano el vidrio empañado, el puntito inicial se fue agrandando en círculos concéntricos hasta despejar el cuadro: ¡tantos momentos felices! Las campanadas que acababa de oír eran como las de la niñez; seguían siendo las mismas pero ahora viajaba en sentido contrario: de Buenos Aires a mi pueblo y no era precisamente festivo este regreso precipitado. ¿En qué estación estamos?  Haedo. Faltaban dos horas y media para llegar; nunca el viaje me había parecido tan largo, tan inclemente. Ahora hacía un frío húmedo que calaba hasta los huesos y afuera la neblina desdibujaba la estación y cubría a los pocos hombres y mujeres que esperaban en el andén, sombras que desaparecieron en instantes pero su voz, una voz a la que había que prestar atención dijo: ‘’Me permite ‘’. Era una fórmula que no admitía respuesta. Se sentó a mi lado.
Segundos antes, al voltear la cabeza para volver a reclinarme sobre el asiento mi mirada se había enfrentado a la de un hombre parado justo en el medio del vagón; estaba midiéndonos, comparando su persona con nosotros, los otros, en esa madrugada de invierno. Me bastó verlo para rogar a Dios que le hiciera pensar que era preferible para alguien como él la calefacción y la mullida comodidad de las butacas de los vagones de primera clase o que apareciera el guarda pidiendo los boletos y le indicara que él no, en segunda clase no, ‘’el señor tiene pase libre, sírvase acompañarme, por favor’’ pero era demasiado temprano para que el guarda se molestara en pedir los boletos y en cuanto a Dios - sonreí por dentro con amargura - Dios no daría abasto con los pedidos de ayuda, de misericordia, de piedad.
‘’Te tuteo‘’, me dijo acercando su cara a la mía, ‘’porque sos muy joven, podrías ser mi hija‘’.  ‘’No tanto‘’,  le contesté, ‘’soy joven pero no tanto como usted cree, en realidad, parezco más joven de lo que soy‘’. Sabía que debía decirlo, decirle lo siguiente: ‘’Y usted no puede ser mi padre, mi padre es mucho mayor que usted‘’.  Me miró con evidente satisfacción y yo aproveché para sentarme con las piernas cruzadas de modo que no tuvo más remedio que abrir el cerco donde pretendía encerrarme. ‘’¿Fumás?’’, con un gesto le indiqué que no fumaba (sí fumaba), ‘’mejor, no es bueno para la salud‘’, dijo mientras sacaba un Dupont de oro del bolsillo interior del impermeable azul oscuro que llevaba encima de un traje a la última moda; se desprendió los botones del saco para exhibir la pistola, para que viese la empuñadura que sobresalía y el correaje de cuero pero yo no hice ningún comentario, sólo dije: ‘’tengo sueño, no estoy acostumbrada a madrugar‘’ y cerré los ojos. Prendió el cigarrillo, cuando terminó de fumarlo apagó la colilla en el piso; al rato prendió otro y después otro, fumaba un cigarrillo tras otro, aplastaba las colillas en el suelo, se revolvía en el asiento; yo seguí haciéndome la dormida hasta que el guarda entró al vagón y empezó a golpear con el picaboletos los barrotes de metal para que los pasajeros se despertaran.
‘’¿Dormiste bien?‘’, y luego se apresuró a decir: ‘’qué suerte que tenés, yo no duermo nunca, ni de día ni de noche’’, pero eran gajes del oficio – por eso no se quejaba - me explicó. ‘’ Uno tiene que estar siempre listo, operativos hay a cada rato; al final te acostumbrás, con dos horas por día ya está. Por más que quiera dormir no puedo. Por ejemplo, ahora que voy para mi campito - me compré regaladas unas trescientas hectáreas cerca de Suipacha - yo allá, en medio de tanta tranquilidad tendría que poder dormir pero igual no hay caso. Ni con pastillas duermo. Uno vive acelerado, qué le vas a hacer. ¿Conocés Suipacha? Un pueblo de mierda como todos los pueblos, ¿no serás de Suipacha vos, no? No, claro, te tendría vista si fueras de Suipacha’’. El guarda esperaba que terminara de hablar, no se animaba a interrumpirlo y entonces él le preguntó con sorna si se pensaba quedar parado ahí toda la vida a lo que el pobre hombre contestó con un gesto dubitativo, como dándole la razón, y luego recuperándose me dijo: ‘’su boleto, señorita ‘’.
‘’Perdón, lo molesto ‘‘; pero a él no, al tipo no le molestaba que tuviera que estirarme por sobre su cuerpo para mostrarle mi boleto al guarda que lo marcó casi sin mirar mientras le decía lo que yo había pensado que iba a decirle: ‘’Señor, adelante están los vagones de primera clase, si usted quiere...’’ ‘’Café quiero, adónde está el cafetero; hágame el favor de mandármelo para acá así convido a la joven con un café ‘. El tren se detuvo. Hacía rato que venían apareciendo casitas, construcciones, galpones; el maquinista había ido disminuyendo la velocidad de manera que el chirrido de los frenos fue leve y los vagones se detuvieron despaciosamente. Miré por la ventanilla, reconocí la estación sin necesidad de leer el gran cartel a un costado de las vías y pensé que todavía me faltaba una hora: una hora soportándolo. Había amanecido. El sol iluminaba el andén solitario donde un perro dormía acurrucado con la cola entre las patas. Era la imagen misma de la soledad, del desamparo. Juan Luis. Nosotros. Yo, con la cola entre las patas. Hasta ese momento había logrado detener toda sensación, todo recuerdo, todo pensamiento que no fuera trivial, práctico, conducente. Y de pronto se me llenaron los ojos de lágrimas: no sabía si era rabia o dolor. ‘’Hijo de puta‘’, pensé, con los ojos llenos de lágrimas. ‘’
Este hijo de puta sentado a mi lado‘’. Juan Luis estaba sujeto con varias vueltas de alambre a un poste telefónico, una oreja cortada, quemaduras, cuatro balazos en el pecho: cerca de la medianoche alguien dio aviso. Iba a su entierro. Al entierro de un amigo de toda la vida, asesinado. No lo podía creer, no lo puedo creer, es increíble.
‘’Problemas?’’ Me observaba: no iba a pasar por alto que me pusiera los anteojos de sol. No podía decirle me molesta el sol, le dije: ‘’sí’’. ‘’Con razón tan callada, un café te va a sentar bien‘’. Tomé el vasito, el café estaba recalentado, asqueroso, tragué un sorbo sin respirar como venía haciendo con cada palabra que pronunciaba el tipo, era de ‘’ la pesada ‘’, no había dudas, tenía que ganar terreno antes de que se pusiera a indagar de manera que susurré: ‘’¿tiene hijos?‘’. ‘’Uno, pero vive con la madre‘’. ‘’ Varón o mujer?’’. ‘’ Varón, gracias a Dios’’. Y agregó: ‘’No, yo con una hija mujer me hubiese vuelto loco, ahora se ve cada cosa, te encontrás con cada cosa‘’. Suspiré. Un suspiro hondo, verdadero. Entonces lo ataqué, le dije: ’’Estoy embarazada y no sé qué hacer, no sé cómo decírselo a mis padres’’ Se quedó mudo, entre sorprendido y defraudado; lo veía, veía lo que pasaba por su cabeza, la súbita reacción: el cachetazo, la bofetada del derecho y del revés y después el grito acusador, quién, quién te hizo semejante cosa, te casás, se casan por la iglesia, vos no sos una cualquiera... hasta hacía minutos había estado tratando de seducirme y ahora era El Padre, se sentía mi padre, un padre con una hija embarazada, justo lo que él no quería; eso indeseado le pasaba a él, no, a él eso nunca le pasaría. ‘’Tu novio, me imagino que no te dejó, ¿qué opina?, ¿está con vos ése o piensa rajarse?‘‘; supe que preguntaría de la misma forma en los interrogatorios, cantá lo que sabés, cantá todo, con cada pregunta incrementaría los voltios, la brutalidad,  mirá que te la meto hasta el cogote; ‘’ ¿se van a casar por la iglesia?’’. ‘’Sí ‘’.
Había logrado su cometido y se quedó tranquilo. Un buen rato estuvo callado y yo simulé dormir de nuevo. El tren, a todo esto, había parado en dos estaciones y vuelto a reanudar su marcha pero yo ni me moví, la cabeza apoyada contra el vidrio, los brazos cruzados, las piernas contraídas; él fumaba como al principio un cigarrillo tras otro y de tanto en tanto me miraba. Pero ya no se podía quedar quieto, en un momento se levantó y pasó al vagón de adelante donde se puso a hablar con el guarda; yo escuchaba palabras sueltas y sin embargo todas convergían en una sola: impunidad. Era la demostración pública y abierta de su poder. Que todos en el tren se enteraran de que lo iban a estar esperando, la comisaría local tenía órdenes expresas de ponerle un auto a su disposición, él disponía a su antojo de recursos y personal porque no cualquiera hacía lo que él: jugarse la vida por el país.
‘’Suipacha‘’, gritó el guarda. ‘’Los que bajan en Suipacha‘’. Se bajaba en Suipacha. Por fin, pensé, por fin. Además se creía un caballero, estaba convencido de serlo y cumplía con las normas: vino a despedirse. Me tendió la mano, no podía negarme a darle la mano, pero traté de que el contacto fuera mínimo. Entonces bajando un tono la voz condescendió a explicarme: ‘’Mirá nena, tus viejos te van a entender; de entrada a lo mejor se calientan, y con razón’’, dijo mirándome a los ojos, ‘’con razón’’, repitió, ‘’porque para un padre que una hija... pero al final te van a entender ‘’, y me dio dos palmaditas en la cara. ‘’Suerte, piba’’. Me hubiese gustado ser gitana para maldecirlo por toda la eternidad, hubiese querido ser bruja para poder hacer un conjuro que lo paralizara y lo desmembrara y lo disecara, deseaba con toda el alma ser uno de esos experimentos de laboratorio que salen mal: la mujer radiactiva. Y él había estado sentado a mi lado. Pronto, muy pronto, en una o dos horas se desvanecería en el aire como si nunca hubiese existido. Pulverizado por mi cercanía, por haberse sentado a mi lado.
Un patrullero mal estacionado dificultaba el paso de la gente que se dirigía a la fila de los taxis. A unos pocos metros del patrullero había otro auto. No bien descendió del tren se abrieron las puertas traseras de ese auto y dos tipos saltaron como resortes del interior; mientras uno corrió hacia él y cargó con el minúsculo bolso de viaje, el otro se apostó en el ángulo que dejaba la puerta entreabierta y el techo del vehículo, dispuesto a disparar ante el menor movimiento sospechoso. Era la táctica de costumbre: sembrar miedo. Subió al auto, dieron marcha atrás y se alejaron a toda velocidad seguidos por el patrullero.
El jefe de estación tocó la campana. ¿Cómo era posible que siempre sonaran igual, tocara quien las tocara y habiendo pasado tanto tiempo y tantas cosas? El tren volvió a ponerse en marcha. Abrí la ventanilla para tomar aire fresco. Me inundó el olor a campo, a eucaliptos, a tierra húmeda. El cielo ya pintaba diáfano, el día iba a ser uno de esos días radiantes de invierno, de una luz que de tan transparente se torna irreal. ‘’Dios  mío‘’, pensé, ‘’ ¿por qué en un día así?’’,¿ por qué así?, ¿cuándo acabará esto?’’.
El traqueteo de los vagones, el silencio de la gente, nadie miraba a nadie. De pronto lo supe. Sonreí con amargura por ese resto de inocencia que todavía aparecía de cuando en cuando: aquella niña de la infancia que viajaba en tren – mágicamente - lo había hecho desaparecer. Pero no. No había logrado conjurarlo.
Y sentí como si la luz invernal fuera urdimbre y no transparencia, como si la neblina de la madrugada no se hubiera levantado ni hubiera sol ni yo estuviese llegando a mi pueblo ni caminando por el andén buscando entre caras conocidas a los pocos amigos con quienes nos juntaríamos en un abrazo que era más que un abrazo.  Lo supe.
El viaje apenas comenzaba.





-Inés Legarreta nació y reside en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Su libro de cuentos “En el bosque” (1990) obtuvo el Premio Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y la Faja de Honor de la SADE. En 1993 ganó la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes. En 1997 publicó “Su segundo deseo” (cuentos) que mereció el Tercer Premio de Literatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y una Mención de Honor en el Premio Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2000 le otorgaron Medalla de Plata como Mujer Destacada Bonaerense. En 2004 publicó “La Dama habló “(cuentos) que mereció el Premio Único del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En 2008 y 2010 publicó las nouvelles “El abrazo que se va” y “Tristeza de verse lejos”; en 2012 publicó “La turbulencia del aire” (cuentos) y en 2014 el libro de sueños “La imprecisa voz que me sueña”. En 2015 recibió la Medalla de Oro como Mujer Destacada Bonaerense. En 2016 publicó “La puntada invisible”, libro de poemas. Ha obtenido numerosos premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Primer Premio Nacional de Los Cuentos de la Granja, Segovia, España, en 1989 y 1993. Co-dirigió desde 2005 hasta 2012 la revista literaria Fledermaus. Coordinó talleres de escritura y de lectura. Algunos de sus textos han sido traducidos al inglés, al alemán y al italiano.




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JUAN ATUCHA.

–Por Ferrocarril Provincial-


 Próximas estaciones literarias en el Ferrocarril Provincial


JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.




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KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
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JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
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