Thursday, May 10, 2018

LAS INVENCIONES DEL TIEMPO…


*Foto de Karina Giglio.









*


Miraste pasar los pájaros
en fuga
hacia lugares de nunca y hojas verdes
y aferraste en un puño
las últimas verdades que cayeron
desprendidas
con el peso levísimo del aire.
Huir se parece a morir,
pero fingiendo
que no hay coraje posible en el escape,
que ese salto mortal hacia el abismo
sólo requiere una destreza precaria,
insuficiente.
Ahora ves pasar los pájaros.
Quisieras
trepar hasta las torres,
incendiarlas,
arruinarte la vida,
la pequeña sustancia
que estás perdiendo de a poco
y sin notarlo.
Ser por una vez el héroe
de una tragedia que ya no te corresponde.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com











LAS INVENCIONES DEL TIEMPO…









¿A quién le preguntó?*



A veces me parece que anduve por la vida con una memoria vaporosa, una gasa para la red de cazar epifanías, trocitos de sol oliendo a sol,  o besando la roja ebullición de la  Santa Rita en el cielo de mi patio. Cazando con los ojos, o imaginando que lo veía, al  quetzal tan buscado entre lo árboles altos del parque nacional. Mojada la memoria en la   lluvia que  borda un encaje   para la hoja verde. Él se acordaría del resto, la precisión de las fechas y los itinerarios... Ahora no  puedo olvidar la llave salvo que quiera dormir a la intemperie...
¿Y si la intemperie fuera esto: no poder compartir los recuerdos?


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

















El último día de septiembre*



*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



(Parte 7 de 10)








Una vez soñé que tenía cáncer. Soñé que me sentía cansado. En el sueño subía las escaleras hasta la azotea del edificio. Miraba la ciudad, los anuncios, las construcciones más altas y los semáforos. Después, estaba en mi departamento. Había una sensación pesada en mis piernas. Había algo oscuro que se movía en silencio por todo mi cuerpo. Era algo que, en un inicio, identifiqué con somnolencia. Creo que bostecé. Después recuerdo haber caminado hasta la cocina. Mis pasos eran sombras. Mi respiración era un latido perezoso. Entonces, casi al instante, sin otra señal o alguna advertencia, supe que estaba enfermo de cáncer. Avancé más rápido por el departamento; cada habitación, el pasillo central, el recibidor, se extendían hasta semejar las arenas sin forma de un gran desierto. Avancé más lento. El cáncer era, así me pareció, un animal que me había herido y ahora estaba por darme alcance. Me sueño repetir para mí mismo, como un último consuelo: “También yo, también yo”. Mis palabras se impregnaban de un aceite oscuro, una sustancia que alentaba mis movimientos, me volvía más vulnerable a la enfermedad. Y mi voz repetía las mismas palabras. Yo, estoy seguro, quería decir otras cosas, llamar a mi madre, pedir auxilio, decir que no estaba de acuerdo pero, a pesar de mis esfuerzos, sólo podía repetir: “también yo, también yo, era algo que iba a suceder”. Me detuve y me senté en un sillón. Había un pájaro atorado en mi garganta. Había una risa adentrándose en la noche. Y el pájaro, vuelto tigre, vuelto navaja que recorre los nervios de un trueno, iba por mis venas sembrando caminos de luz, incendios que se extendían entre mis músculos y en los huesos. El cáncer estaba en mí y su voz susurraba ancianos en su última hora, hundidos en la luz blanca de los hospitales, una luz que era como un disparo, como las pupilas detenidas de un animal muerto. Eran escamas de luz las que estaban en el sueño. Y el cáncer susurraba zapatos vacíos, un hombre refugiado en un túnel y que intenta prender un fósforo entre temblores. Lo último que recuerdo es la luz de la luna rompiendo el equilibrio de un par de nubes y asomándose en la noche como un cráneo vacío.






***




Estoy amordazado y con los ojos vendados con un trapo. Escucho voces de hombres, indecisas, lejanas. No entiendo lo que dicen. Tengo atadas las manos a la espalda y mi torso está firmemente sujeto con unas cuerdas al respaldo de una silla. Apenas puedo moverme. La espalda me duele y la garganta está pegajosa, seca. “No te preocupes, en cuanto cobremos la recompensa te podrás ir”, me dice alguien, jovial, como si fuera una transacción de todos los días. Huele a quemado. Me intento concentrar en la oscuridad bajo mis párpados que moldea una negrura súbita, agresiva, como la que sufre alguien que queda repentinamente ciego. Tienen mi cartera y mi teléfono celular. Muevo las piernas y trato de hablar pero las palabras no pueden salir de mi boca, apenas emito murmullos, balbuceos. Les quiero decir que no pueden hablarle a nadie. Mi madre está muerta. Los teléfonos de mi padre y mi hermana están perdidos en un sinnúmero de nombres, referencias, apodos, claves. Estoy solo. Después de que murió mi madre los tres nos fuimos alejando, quizás porque nos culpamos en secreto de su enfermedad y nos da vergüenza confesarlo. Cada discusión con ella, cada esperanza rota, cada desencuentro, fueron debilitando su cuerpo y abrieron puertas, descubrieron rendijas que aprovechó el cáncer. Las células, desvalidas, temblorosas, comenzaron a mutar por el influjo, por la destilación persistente y maligna. Por eso es mejor mantenernos aislados, conectados por llamadas esporádicas, hechas cuando se acerca algún cumpleaños o la Navidad. Hay una sensación húmeda en el ambiente. ¿Dónde estoy? ¿A dónde me van a llevar? ¿Me quedaré aquí días, meses, años? ¿A quién le sirve este sacrificio? ¿Cuánto dinero valgo? Trato de imaginar a mis captores pero a mi mente sólo acuden rasgos vagos, como los remanentes de un sueño, las ondas de un charco que pronto diluyen sus límites. Ellos son como los cientos o miles de personas con los que nos cruzamos a diario sin que nos importe su vida, si están alegres o si llegan a sus casas con la cabeza baja, arrastrando los pies, con los labios apretados y enfermos.
Suena de nuevo la lluvia. No sé si esté cerca del final. Ahora valoro mi timidez, mi displicencia para relacionarme con otras personas. Sin embargo, cuando la recuerdo a ella encuentro un motivo para no abandonarme del todo. Quizás sea una trampa, una salida que busco inconscientemente para seguir vivo. Trato de no pensar en los próximos minutos. Intento hacer un mapa mental de la ciudad, contar los pasos que di con mis captores hasta este lugar. Trato de no pensar en el golpe que me dejó desvanecido, con un hilo de conciencia que registró señales turbias, fragmentos revueltos, retazos de nada. Abro los ojos una vez más, a pesar de toparme con la tela que me impone un mar profundo, negro, cenagoso.





***





Era 1999. Los últimos días de 1999. R tenía 22 años. “El nuevo siglo”, decían en los programas de televisión. En muchas plazas tenían un reloj electrónico con la cuenta regresiva. R deseó estar en la ciudad de México. Ahí las cosas eran más importantes, más grandes. ¿Quién se iba a acordar de la celebración en esa ciudad de provincia, la ciudad que desde hacía algún tiempo habitaba? Las computadoras no podrán procesar el cambio de fecha y el mundo se sumirá en una larga oscuridad. Había una sensación de esperanza y nerviosismo. Esa noche cenó con sus padres y su hermana. Después, fue al zócalo con un amigo. Había poca gente. El reloj digital, una especie de rectángulo de color plateado, marcaba las 12 de la noche. El tiempo, desde ese momento, iría más rápido. El año 2000 era el punto de inicio a una nueva vida. R trataba de imaginar experiencias nuevas. Quizás, podría conocer a alguien, una mujer con la cual entablar una relación profunda, que mantuviera en equilibrio el deseo y la complicidad. Sin embargo, se sentía cómodo con su soledad. Le gustaba, en los ratos libres de la universidad o cuando faltaba a clases, recorrer las calles del centro en busca de libros, entrar a cafeterías o ir al cine en la mañana, a la primera función, y jugar con la probabilidad de ser el único espectador. Después de recorrer el zócalo R y su amigo entraron en un bar. En las mesas había ceniceros llenos de colillas y botellas a medio consumir. La música retumbaba en los cristales. Pidieron cervezas. Eran 12:30, 12:45 de la noche. En poco tiempo se sentiría con más fuerza el frío del invierno. En la plaza los árboles estaban adornados con luces de colores. Por eso, quizás, la gente se dejaba contagiar de confianza, buenos deseos. Después del primer trago pensó que el ambiente era muy similar al de cualquier viernes o sábado por la noche. El tiempo parecía detenerse en el humo que flotaba entre las sillas, entre los meseros de perfiles indecisos en la penumbra. Se preguntó si las diferencias, los cambios en su vida, empezarían a surgir esa misma semana o si, por el contrario, a partir de ese momento, después de regresar a casa, se daría cuenta de que los días eran sólo números, hojas de calendario distintas, amaneceres con ligeras variaciones en la luz. De repente, mientras la gente seguía festejando, se sintió viejo. Después de aquella salida las reuniones con su amigo fueron más esporádicas. Después de acabar la universidad se vieron un par de veces hasta que, sin ninguna razón aparente, como un acuerdo sutil, dejaron de buscarse.





***





Imagino el pasado como una sustancia viscosa que se diluye lentamente entre las manos. Parece que estoy rodeando por animales carroñeros. En esta oscuridad trato de encontrar algún parque de la infancia. Hay un pozo frente a mí, un universo que no se puede palpar y que sólo late a la distancia. Si pudiera escribir la primera palabra sería “basta”. Ellos murmuran. Huelo un poco de alcohol en el ambiente. Después escucho palabras como “liberar” y “dinero”. Llegan los primeros asomos de sed. Mi boca se abre y pienso que mi posición es la de un mendigo, un ciego en una calle por la que no pasa nadie y que sólo puede esperar el cuchicheo de una paloma o el rumor extraviado de algún auto. Por eso es mejor asumir la oscuridad como un refugio, un momento en el que ellos no pueden entrar. Mis brazos comienzan a entumecerse. Siento diminutas hormigas en mis manos y en mis piernas. A veces la oscuridad deja traslucir un poco de luz, es una línea blanca que parece la frontera de un mundo, un espacio vacío. Me aferro a cualquier señal. La línea blanca se transforma y, ahora, parece un límite curvo, una frontera lunar, intermitente; es un anzuelo que flota en mi mente, un resplandor cuyo único objetivo es desgastarme.





***





¿Qué hacemos con él? ¿Cómo resolver la situación? ¿Dejarlo ahí, amarrado en la silla, hasta que el destino decida por nosotros? ¿Cómo evitar la culpa? ¿Cómo separarme de Jonás y Roberto que sólo viven en el presente? ¿Debo salir de este lugar y perderme en las calles hasta que pase el tiempo y haya una conclusión? ¿Debo invocar al demonio del alcohol para que regrese la valentía? ¿Quiénes somos? ¿Por qué este hombre parece tranquilo, resignado a su suerte? ¿Acaso predice, en su oscuridad, una muerte sin dolor, sin violencia? Aún llueve. Las voces se vuelven agrias. Les digo que necesitamos un plan, que no podemos estar aquí para siempre. Ellos discuten si es conveniente utilizar las tarjetas bancarias del hombre. En su billetera tiene muy poco dinero. Al inicio, cuando entramos aquí, parecía que todo estaba resuelto. Llegaron los escupitajos y las maldiciones. El hombre parecía reaccionar. Se había desvanecido en el camino y lo llevaron cargando como un bulto mientras yo, atrás, fingía custodiarlos. Ahora el hombre sondea la oscuridad con sus ojos vendados, como un animal acorralado, que busca hacerse una imagen real de sus atacantes. Después parece calmarse. Jonás le pregunta cuánto dinero tiene y, ante su silencio, comienza a revisar, enfebrecido, su cartera. Salen volando papeles, recibos, tarjetas y algunas monedas. Roberto aguza la vista, como si pudiera contar, a la distancia, el mínimo tesoro que está en el piso. Quizás ya sabe que no será suficiente, que no valdrá la pena y, ahora, el hombre en la silla parece tener el control. Porque sin suficiente efectivo habrá que pensar en otras opciones. Por eso me miran, me interrogan con sus gestos volátiles y sus respiraciones ansiosas. Jonás le dice al hombre que le hable a su familia, que les diga que necesita dinero y que vayan ahí. Roberto le dice que es un error, que el hombre sonará falso en su petición y sus familiares sospecharán y llamarán a la policía. Jonás lo mira con ojos torpes, aún invadidos de alcohol. El hombre sigue en silencio. Y Roberto le da un puñetazo en la cara. Surge la sangre y se escucha un leve quejido. El hombre alcanza a murmurar un “no sé”. Su voz parece un eco que alcanza a perdurar entre las paredes, entre nuestros cuerpos que se estremecen por la adrenalina, por la fiebre que nos invade y que no acaba. Un poco de sangre sale del labio superior. El hombre inclina la cabeza y semeja, por un momento, un viajero exhausto después de muchas jornadas de viaje, un viajero erosionado por el calor, divagando en las entrañas de un laberinto sin salida. Parece que lo devoró el desierto, que la sed le secó la boca para impedir cualquier grito de auxilio. Entonces, Jonás mira las tarjetas de crédito y dice que podríamos sacar dinero de ellas. Sigue lloviendo. No para de llover…





(Continuará)



*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.












Descielada*



Cae en las nubes,

fusión-pasaje-iris,

por la ventana abierta de su posible sueño.


Vuela, envuelta en luces o alaridos de color,

sobre la ausencia de la ciudad fantasma que la expulsa,


Recrea cúpulas con porciones de aire,

una nada de azúcares le oculta la sonrisa

de vecina en exilio del paraíso.


Rueda en el vacío texturado de suave,

el cielo es demasiado perfecto, se dice


"me quedo con el viaje"


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar















El Tano*

A Antonio Dal Masetto (1938-2015).



A instancias de mi amigo, un poeta cordobés que fue mi primer editor, leí un libro titulado Siete de oro, de un autor joven y desconocido y de una editorial que capotó muy pronto. Era el ya lejano año 1970.



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



A instancias de mi amigo, un poeta cordobés que fue mi primer editor, leí un libro titulado Siete de oro, de un autor joven y desconocido y de una editorial que capotó muy pronto. Era el ya lejano año 1970.
Me fascinó esa novela de aprendizaje, escrita por un prosista muy joven de origen italiano, pero radicado en el país.
Pasaron muchos años y siempre pensé adónde habría ido a parar con sus huesos y si la Musa lo habría abandonado, luego de una primera incursión tan afortunada.
Pero en 1983 apareció otro libro suyo, una especie de policial argentino llamado Fuego a discreción.
En 1970 yo era empleado en la librería Aries, pero en 1984 ya tenía un negocio propio con un socio y amigo, el entrañable y nunca bien llorado Carlitos Berrini, quien un día llega de Buenos Aires con una noticia: había conocido a un vecino de un amigo suyo que era escritor, ambos vivían en el Bajo. No era otro que Antonio Dal Masetto. Cuando me interesé, me dijo: "En una semana lo tenés acá presentando un nuevo libro". La otra primicia: el acto era en Ross, y la maestra de ceremonias iba a ser la gran escritora y queridísima amiga Angélica Gorodischer.
Cuando ese viernes llegué a mi librería me informa nuestro colaborador de entonces, Horacio Tubbia, que Dal Masetto había pasado y prometido volver.
"¿Qué cara tiene?", le pregunté.
"Parece un pizzero", me contestó.
Y al poco rato apareció efectivamente Dal Masetto de cuerpo entero. Gran campera clara, muy holgada y llena de bolsillos, vaqueros, mocasines y un enorme bolso al hombro, dando la impresión de que no había pasado por el hotel.
Nos dimos la mano y comenzamos una conversación animada por mi admiración por ese primer libro que me había conmovido, lo mismo que su larga ausencia posterior.
―Pensé ―le dije― que nos habías abandonado.
Me miró fijo y contestó.
―Pasa que me enamoré y me fuí a Brasil.Y dejé de escribir
―Esa no es una razón para dejar de escribir ―le contesté.
―Pasa que ella tenía 17 años y yo el doble, y tuve que trabajar de todo. Hasta tuve una pizzería ―me dijo.
―¿Y ahora? ―pregunté.
―Se terminó el amor. Y volví a escribir.
―Vos perdiste un gran amor y nosotros te recuperamos.
Se rió con ganas
De inmediato fuimos a la presentación y luego a comer a una parrilla de aquel entonces, llamada La Margarita. Estuvimos hasta la madrugada hablando de todos los temas.
Al despedirnos nos dejamos los teléfonos, pero nunca nos hablamos. Igualmente, yo seguí sus libros con devoción.
Esa mañana el aire venía del río y yo pensé, o creo que pensé: "Esta fue una noche plena de mi vida que siempre recordaré".
Gracias, Tano.

















LAS INVENCIONES DEL TIEMPO*


“Es justo inventarle un ancestro al abandono.”
Estrella del Valle


En la oscuridad todos tenemos un primo
o una sobrina que nos reclama
como parte de sus ancestros,
poco importa que los pedazos de carne
no coincidan entre sí, que los dientes
y las huellas dactilares
sean confusas. Entre las páginas
acumuladas como polvo
sobre los gritos de un nombre
que se avecina para vernos
reclamándonos entre sus ojos, como
a uno de los suyos.


*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es












Las plantas son humanas?



Tanta despedida y despedidos
y voces en discos para ahorrarse sueldos
y Ceos que calculan  sacarle más a los más vulnerables y se ríen
y  sus dientes brillan con la alegría del depredador

el pan y las rosas, el trabajo, el ballet, el cine, el arte, la cultura y la alegría
mordidas y la información trastornada en silencio

Salgo al jardín  con llanto atascado por tarascones de mentiras
veo en el banco blanco con su antigua belleza de volutas y vacíos
entreabrirse y avanzar como un saludo verde
espanta tristeza


una mano de hojas
acaricia mi cuello que se inclina
naturaleza brava  me levanta
para que les enseñe
a esos
los del derrame de ácidos dolores

la humanidad y la poesía



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar











*


Sutilezas del lenguaje: para nosotros animales y personas mueren, para los yamanas los animales se rompen y los hombres se pierden. El lenguaje, cada lenguaje plantea mundos distintos. No hay un solo mundo.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com










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LA PLATA.






***




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