martes, agosto 25, 2020

EN EL SUAVE FLUIR DE LAS COSAS...


*Dibujo de Erika Kuhn. https://obraerikakuhn.blogspot.com/











Ronda infantil*


Por aquellos tiempos no comprendíamos al espantapájaros
lo mirábamos de cerca y nos preguntábamos
habrá escuelas para espantapájaros ??
habrá trabajo para los espantapájaros ??
existirá el sindicato de espantapájaros ??
tendrán templos/ altares/ cementerios especiales
para ellos ??
alguien contemplará sus concupiscencias ??

era imprescindible abanicar los
sentimientos
conspirar con las uñas sucias
y los labios lastimados...
hasta que un día lo vimos llorar
el silencio asfixiaba como nunca esa tarde.


*De Hernán  Alberto Melfi. impresentable14@yahoo.com.ar














EL AUTOBÚS, BEATRIZ Y YO*



Beatriz se apoya de uno de mis hombros para levantarse de la silla de ruedas. Me da un beso. Y sonríe con esa sonrisa electrizante de la cual no he podido escapar desde aquel día que la conocí cuando bajaba de un autobús en la Bloomington Avenue con Sandusky Street. Quién iba a pensar que esa mujer hermosa terminaría casándose conmigo. Ahora, veinte años más tarde está postrada en una silla de ruedas padeciendo de los estragos de una Esclerosis Múltiple, avanzada, pero aún así, no ha perdido ni una sola pizca del optimismo que hace mágica su personalidad. Me pide que la ayude cambiarse el collar que lleva puesto por otro de grandes turquesas que compró en un viaje que hicimos a Santa Fe, Nuevo México ocho años atrás. Le digo, que, resulta mucho más fácil para mí, si permanece sentada en el borde de la cama. Empiezo a peinar su profusa cabellera negra con un grueso cepillo. Me reprocha en broma, que la peino como si estuviera peinando a un caballo. Pongo cara de enojo. Y luego sonrío. Salgo al patio y corto una de sus rosas favoritas, y se la coloco en la parte superior del moño. Se ve sencillamente maravillosa. Y su alegría me contagia por su manera única de reírse. A mis ochenta años, contrario a lo que fue mi juventud; vivo la etapa más hermosa de mi vida acompañado por la mujer que amo enfrentando junto a ella los grandes desafíos de cada día como si fueran regalos. Algunas veces fingimos que peleamos. Luego, ella deja que pasen unos minutos y la oigo que dice: Ven aquí, tonto! Me le acerco bromeamos como dos adolescentes que fuman de la pipa de la paz después de haber hecho la guerra. Mi Beatriz no será como la de Dante, pero para mí representa todo el cosmos. Es, una mujer que fue marcada por el destino a una edad muy temprana. Que batalló con la figura de un padre que aunque presente nunca estuvo en su vida. Lo mismo que contra los demonios de una madre llena de excusas para justificar su alcoholismo. Prácticamente, Beatriz se hizo a sí misma, porque asistió a la secundaria en la escuela de una reservación india Pueblo de Arizona graduándose con honores. Más tarde, estudió Educación en un Community College de Tucson e hizo una maestría en Desarrollo Infantil en la universidad del Paso, Texas. Y terminó trabajando por muchos años en distintos centros educativos repartidos por toda la geografía del estado. Ahora el monstruo se estaba devorando su capacidad motora progresivamente, pero aún así, su espíritu de mujer guerrera no se dejaba doblegar ni arrinconar. Ni siquiera por un segundo. Su determinación era la piedra angular de mi vida y estoy seguro que lo sabia. Tal vez, fue por eso, que su empeño por vivir era tan grande. Yo, en cambio, era un hombre al que las dudas y los problemas con la violencia política por poco le cuestan la vida. Que tuvo dos matrimonios anteriores que habían terminados en colosales divorcios. Sin hijos y lo que es aún peor; que estuvo vagando sin horizonte por muchos años hasta que la conocí. Su presencia lo revolucionó todo en mi vida, a pesar de las diferencias entre nosotros, como por ejemplo, de edad y culturales. Pero ahora nos encontramos ante una gran encrucijada; su salud se deteriora a cada día más. Y yo, que aunque me siento como un adolescente de espíritu, físicamente, no cuento ya con la energía para continuar cuidando de Beatriz como se merece. Odio tener que hablar de esto con ustedes, pero creo que tendré que empezar a buscar un lugar de cuidados para las personas de la tercera, pero no sé si nos aceptarán juntos. Yo no podré vivir lejos de su presencia ni tan siquiera por un día, pero solo pensar en ello me causa un dolor en lo más profundo de mí ser. Es, como si alguien me clavara un cuchillo directamente en el corazón. Imagínese cómo me siento, como ahogándome en un insondable océano de arena movediza, inmóvil, y sin saber qué hacer. Perdóneme, pero desearía que nos fuéramos juntos a dormir para no despertar jamás continuando con la odisea de nuestro amor en el más allá tal como la hemos vivido aquí, entre ustedes. Mi Beatriz y yo.



*De Daniel Montoly.











*


El amor,
como la muerte,
prescinden
de consentimientos.
Nos excluyen
del uso de la razón,
ese bastión humano
que nos mantiene a salvo
del instinto de la bestia
que duerme en cada ser.
Tal vez
el mito de la felicidad
sea sólo ese aprendizaje.
Dejarnos caer,
en el amor, en la muerte,
desprendidos del pensamiento,
entregados,
disueltos,
en el suave fluir de las cosas.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com


- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell.
Publicó: Cuadernos de la breve ceguera  (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)
La hija del pescador  (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018)
Su último libro publicado es El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.
















VISITA A LOS DIOSES*



El río es marrón, pero si habría que usar los colores para retratarlo en una tela, entonces viene el problema de ponerle blanco a veces, otras un increíble tono malva, y otras ese celeste engañoso con el que suele espejar el cielo. No se deja apresar este río, no se deja definir, fluye, cambia, se desprende de la piel y muta para confirmar a Borges que confirmó a Heráclito que dijo lo que todos sentimos alguna vez mirando el agua, que el río es el mismo, que el agua pasa, que la ilusión de bañarse en las mismas aguas es la mentira de creer que se puede detener el tiempo, que se lo puede volver atrás; la mentira de pretender que la forma mantenga el contenido en este colador que es el tiempo, que es la historia, que es este río que se precipita por la llanura, sobre el continente, a través de la inasible Historia.
Verlo desde la costa no es transitarlo en bote de madera. No es para nada, contemplarlo desde la orilla, sentir el ruido del motor Villa explotando en un escándalo continuo, recibir con eco los sonidos de los chicos morenos pescando en la barranca, los pájaros que gritan sus cosas allá arriba, las olitas que se enmudecen pero persistentemente agregan un sordo tamborileo que trepa por las tablas despintadas.
Hay que hacer el viaje en bote de pescador, bote hecho a mano para que las curvas tablas encajen y formen la silueta primordial del pez. En una lancha rápida, en un barco, en un velero, se puede llegar a creer que se entiende algo. En el bote de pescador la lentitud, la vista a ras del agua aquieta la soberbia, uno se conforma con formular apenas alguna pregunta cuya respuesta conocerán los dioses.
La borda fue amarilla, fue roja, ahora es las dos cosas y tiempo y viajes. La pintura descascarada corresponde con los remos macizos en el fondo, con las tablas un poco carcomidas, con este río que tiene agua nueva y es viejo como los mares océanos.
El bote avanza por la orilla que se derrumba. Barranca entrerriana a dos colores, arriba una tierra blanca que supongo calcárea, y abajo la arcilla que cede y forma cuevas y se termina tirando al río con la melena de pasto y algún árbol que se inclina y moja la copa y al fin acaba en el agua que todo lo devora.
Brazo ancho que cruzan los caranchos en planeo extático de depredador.
Brazo ancho el de este río navegado por camalotes.
Y basta hallar una boca, y meterse en el arroyo serpenteante. Las orillas ya con una dimensión humana, las riberas con camalotes floridos, un sendero de agua declaradamente marrón en el medio, estrecho, marcando los sinuosos visajes con la senda justa para el bote. Las flores flotantes agrupadas en varas violáceas, bellas, perfectas, ofrecidas al amor de los insectos y a la admiración de los hombres.
En los lados, el verde perfecto.
Los árboles se rizan en enredaderas que forman tiendas, que crean la sombra y el escondite. Entre el verde compacto se encienden unas hojas que al secarse se colorean de un naranja de fuego. Otras son llamas rojas imposibles. Otras hojas son amarillas. Pero el verde ejerce su dominio heterogéneo. Hay muchos verdes; cada planta contribuye con su hebra para formar un dibujo incognoscible.
La canoa entre los camalotes en la orilla. El asado que humea blanco y sabroso. Las libélulas, las mariposas, los hongos de sombrero blanco, de sombrero marrón. El sapito en la grieta de la arcilla con sus ojos desorbitados. Las pisadas del carpincho que subió del agua. Los cardenales de rojas cabezas persiguiéndose entre las vertiginosas ramas de un árbol. Mi presencia insignificante.
El día que gira con truenos lejanos.
Hay que empujar el bote para sacarlo del barro, hay que bogar con el remo que se hunde en el cieno flojo para que la hélice no se enrede en los camalotes.
El glorioso cielo de la tarde que cae cuando es la vuelta.
En el reflejo de las nubes sobre el agua veo las torres y cimas de la ciudad de los inmortales. Había intentado ser puerilmente feliz. Mancillada de civilización, viciada de literatura, me resigno a llevar mi mundo sobre los hombros. Cómo verá al mundo, cómo me verá a mí el Martín Pescador sobre la inmóvil rama del poniente.
No me hago el propósito de regresar. Cualquier propósito de la voluntad humana es ridículamente infantil frente a la inmensidad de los elementos.
Los hombres azules dicen en el Sahara "el desierto es más grande" para marcar la omnipotencia de ese vasto ser que dispone de las míseras suertes de hombres y de camellos. Miro en derredor y pido clemencia a este otro Dios que se recuesta sobre la América.
Yo me digo que el Paraná, el arroyo, los pájaros y los insectos son ahora sólo imágenes en mi memoria endeble. Yo, condenada a la desaparición, acabo diciendo, diciéndome, "el río es más grande".



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

















SI ABRIERAS EL ADIOS*



Si abrieras el adiós
y de su oscuro pliegue
me dieras la ausencia,...
recuérdame alzar mi nombre
de la arena
y colocarlo en mi piel
para que otros sepan
cómo llamar la sombra
que andaría por la piedra.
Si abrieras el adiós
como un ala siniestra,
habría una religión sin dogmas
y sin fieles, de catedrales quietas.
Y en su estéril silencio,
una sola conversa.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar














Un animal muy grande para un texto muy pequeño*


“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Mientras ella se pintaba, él le dijo, estás linda, a vos no te pasa el tiempo, a vos tampoco, le contestó ella, los dos sonrieron.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar












*


Es bella la vida con música en los ojos
la sonrisa hablándole a la vida
y tú, cantándole
a la princesa bella del alba
al amanecer límpido de voces.
La vida es bella
como bello es el amor
ante la sedienta tristeza que se apaga
por banales esquirlas.
Colgaremos cada pena
en el cordón de la desmemoria
para soñar el cielo que abre las estrellas
en la sonrisa del sueño.
Y tú y yo desde esta distancia
recordaremos una utópica vida de amor
sin dudas. Sin presagios.
La vida de amor y esta música
alimentan cada primavera del alma
no deja de dar vueltas y vueltas.
Cierra cada párpado a la lágrima marina
en la tibia conciencia alegremente saludable
de sabernos vivos amor
de sabernos...


*De Ana Lía Gattás. al_gz@yahoo.com.ar














HÍMERO*


El hombre se parece a Neruda.
Me mira con ojos escarpados.
Conozco esa mirada.
Me entrego al abrazo torpe, casi filial.
¿Sexo o amor? Toda la cuestión es esa.
“¿Temor a algo después de la muerte?”
No cordero. No oveja. Cabra de los montes, quizás.
Guarda la lujuria en su bolso de sílice.
Entrega a su hija la regla.
Ella, mide cuadrantes de rayuela.

La mujer se desnuda y corre al fuego.
Su hermana le coloca un vestido de malvas.
Su cabellera negra es exorcismo.
Arranca un mechón y lo arroja a un pozo triangular.
Ingresa. Saca y hunde la cabeza. Una y otra vez.
Salen brazos del costado del pozo.
La pintura de Picasso es un collage hambriento.
Siniestramente bello. Doloroso, sensual.

El hombre juega a la rayuela de palabras.
Me entrega un fajo de dólares.
Huelo el verde y me sabe a nada.
El hombre domina con el hambre: gana.
En mis manos un pequeño puñado de monedas.
Huelen a sal.

Aparece un árbol con flores azuladas.
Distante. Intocable .Casi ausente.
Me entrego a su contemplación.
Conozco esa mirada.
Guardo las congojas y el adiós en mi bolso.
El oráculo ha hablado


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@gmail.com
















*

El pensamiento es un orden que nunca nos pertenece del todo.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com








Inventren



-Próxima estación.
En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Midland:


ELÍAS ROMERO.

KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.
LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


**

-Siguiente estación.
En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Provincial:

CARLOS BEGUERIE.  


FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.




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