martes, enero 11, 2022

EN EL OSCURO MANTO DE UNA VIDA...

 



*Foto de Francisco Silvestri.

 

 

 

 

 

 

 

 

La noche interminable*

 

Mi madre estaba allí, en la noche interminable

en la más fría y azul de todas

y yo, no sé por qué, le toqué la frente helada

y sentí que somos una piedra, disfrazada unos años

entonces le hablé como nunca lo había hecho

y le conté de ese río de lava roja

que aparece en mis sueños

y esa tarde flotando en el mar con ella

cuando descubrí sus ojos llenos de olvido

en los que vi un barco ardiendo

mi cuerpo de niño flotando en el río, boca arriba

debajo de un cielo oscuro

creo que antes de morir algo la había aniquilado

algo que no puedo pronunciar

pero siento que me acecha como a ella

y espera pacientemente devorarme

una sospecha me hizo abrirle un párpado

y vi el barco ardiendo nuevamente

la abracé fuerte

como nunca lo había hecho

mientras el río de lava me tragaba

 

 

*De Andrés Bohoslavsky.

-Del libro Una noche en bosque-poesía y otros poemas.

 (Leviatán, 2014).

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Darle al tiempo su moneda

y continuar

en el sencillo oficio de los días,

hacer el pan, trenzar el pelo, levantarse,

atreverse

al espejo gris de la mañana.

Cada reflejo gastándose despacio,

puliéndose en el hueso,

cada vez

más hondo,

eso que brilla más claro que un diamante

en el oscuro manto de una vida.

Todas las cosas efímeras

encierran

un regalo delicado.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado en 2021 por Editorial Sudestada

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

*Novela de Alejandro Badillo.

badillo.alejandro@gmail.com

 

 

 

QUINTA PARTE.

 

 

El viajero, en una de sus parcas anotaciones, hablaba de un río que corría paralelo a la ciudad. Me llamó la atención la referencia. No había muchos detalles en la información. Sólo elaboraba algunas suposiciones. La primera era que el río no surtía de agua a la ciudad porque la gente prefería el uso de pozos. No pudo averiguar el nombre del río. Era probable que el nombre se hubiera perdido. No me sentí con la confianza suficiente para decirle a Lucrecia que, en esa región, las cosas perdían paulatinamente sus nombres, como los colores de un letrero lavados por la lluvia. En algún momento la ciudad se sumergiría en el anonimato; espacios sin identidad, calles convertidas en profundos estanques de silencio.

Una tarde, después de la comida, pensé que era momento de ir más lejos. Lucrecia estaba en su habitación. Apenas intercambiaba palabras con su padre. Eran dos desconocidos que sólo compartían información funcional, hacían acuerdos para las cosas más elementales. Salí a la calle. Después de un tiempo de marcha, pasé por las últimas casas deshabitadas. Miré una loma. El sol ya había cruzado la mitad del cielo y enfilaba al otro lado del mundo. Un rato más de caminata y pude cruzar una elevación en el terreno. Mientras las hierbas me llegaban a la altura de las rodillas, pude ver la primera huella del río. Entendí por qué, a pesar de la distancia –relativamente breve entre el curso y el flanco derecho de la ciudad– no había escuchado el transcurrir del agua. La razón era que la corriente iba, demasiado lenta, casi sin hacer ruido, como una mano demorándose en los detalles de una superficie siempre desconocida, siempre nueva. En la corriente navegaban incontables bolsas de plástico, envases vacíos, botellas, molduras, entre otros pedazos apenas reconocibles. Montañas de siluetas de plástico estaban en las orillas. Pensé en los restos de un naufragio, ocurrido más allá de la muralla, en un mar tumultuoso, recorrido por furiosas corrientes y vientos. Pensé en un barco gigantesco con una perforación en su casco, a punto de irse a pique hasta llegar al lecho marino. De esa abertura, como en un parto interminable, salían mercancías que eran fracturadas, vaciadas, sometidas a la corrupción de la sal, a la fuerza incontenible del mar. Ese fenómeno podría ser el origen del río y su sustento. Entonces me pregunté cuántas personas habitaban esa parte del mundo. ¿2 mil? ¿20 mil? Quizás, la población decrecería tanto hasta desaparecer. ¿Ellos producían esos desechos o mi fantasía del barco era más que una locura? No había percibido en los habitantes, al menos hasta ese momento, una mención del río. Era un fantasma pasando tras la espalda de las personas, susurrando cosas, hablando para nadie.

Me acerqué aún más a una de las colinas de basura. ¿Cuántos años habían transcurrido desde el día en que fue abierto ese envase de leche? El olor era penetrante pero no insoportable. Seguramente gran parte de los residuos orgánicos se había degradado y lo que quedaba era material sintético que tardaría varios siglos, quizás milenios, en descomponerse. Ante mí se acumulaban miles de desechos que se traducían en cientos de toneladas. Iban en una procesión minuciosa y paciente. A la distancia, las siluetas de las montañas de basura semejaban formaciones naturales, aunque caprichosas y geométricas. La ribera del río había sido sometida a un lento proceso de erosión gracias al aumento de su caudal. En alguna parte, quizás en el nacimiento del río, más allá de la muralla, la lluvia había aumentado su frecuencia y el lecho se había ensanchado reclamando más tierra. Ignoro si las partes que reclamaba el río integraban un antiguo curso o eran territorios nuevos, colonizados por la fuerza del agua. No tenía muchas evidencias para especular.

Seguí caminando por la orilla del río. No podía demorarme ya que en ese lugar atardecía a temprana hora y sería difícil ubicar el regreso al hotel. Antes del último recorrido me puse en guardia pues quizás habría alimañas o ratas medrando. Me acuclillé y me fijé que la parte inferior de la acumulación de basura iba cediendo a la gravedad y algunos empaques se deslizaban hasta alcanzar el agua, flotar y correr con la corriente hacia el sur. Parecían pequeñas barcazas multicolores y bamboleantes. ¿A dónde iban? ¿Serían recogidos por otras manos o llegarían sin ningún contratiempo a un mar inmenso, quizás una continuación del mar que había dado origen a lo que estaba viendo? Otro de los asuntos que me interesaban era saber si, desde ahí, podía ver parte de la muralla. En efecto, se veía una parte que se internaba entre cerros. No sé si era una ilusión óptica pero, en algunas zonas, la altura parecía ser más pequeña.

Di media vuelta cuando, a lo lejos, en el origen visible del río, vi una luz diminuta que iba creciendo en tamaño. Iba, determinada, en el cauce. La luz, amarilla, a ratos evanescente, descubría restos de latas, bolsas de plástico y desechos indistinguibles. Esperé a que el pesado flujo del agua llevara la luz cerca de donde me encontraba. No pasó mucho tiempo para que distinguiera llamas, una humareda que enturbiaba su resplandor y un cadáver incendiándose lentamente. Me acerqué a la orilla cuidando de no resbalar entre los restos de plástico y algunos pedazos de cartón. En cuclillas, manteniendo el equilibrio, miré un cadáver envuelto en llamas. El flujo del agua, lento, lo llevaba como en una procesión solitaria y silenciosa. Las ropas que lo cubrían eran un sudario que servía de combustible a las llamas. Después, seguramente, las raíces del fuego llegarían a la carne y el cuerpo comenzaría a perder consistencia, a desbaratarse hasta hundirse y encallar en el denso fondo del río. Traté de distinguir la identidad del cadáver, si era hombre o mujer, pero las llamas habían invadido el rostro y borrado cualquier rasgo que me sirviera de guía. Me pregunté si la persona había sido asesinada o si era el suicida más reciente de la ciudad. También traté de imaginar cómo se había incendiado, a la persona que había acercado la primera chispa, un pedazo de tela empapado en alcohol o un cerillo. Después habría esperado con paciencia a que el calor devorara parte de la ropa antes de empujarlo al agua. Pensé en algunos ritos antiguos, en los que el fuego purifica el alma del muerto y lo guía en su paso al inframundo. Sin embargo, la escena que presenciaba era más una costumbre profana que una elaborada ceremonia religiosa. Me pregunté cuál era el mecanismo que hacía que flotara el cadáver o si era un proceso natural, desconocido para mí. Tal vez algunos órganos se llenaban de aire, se hinchaban, y, por un tiempo, lo remolcaban con esfuerzo a la superficie. Lo cierto es que su probable destino sería fundirse con los desperdicios flotantes del río cuyas aguas, desde hacía mucho, era inutilizables. La corriente iba, perseverante, a tierras ignotas, con su constante cauda de basura, desgajada poco a poco de los márgenes del río, como los granos en un reloj de arena. Algunos muertos, dependiendo la crecida de la corriente, no llegarían a la desembocadura del río y, seguramente, estarían kilómetros más allá, en las oscurecidas tierras del sur, entrampados en el légamo. Otros, los menos, completarían su viaje hasta el mar abierto que había supuesto. Quizás aún tendrían las bocas abiertas, los ojos como un par de abismos, fijos en el cielo, mientras sus restos eran últimos abrevaderos de insectos. Después el naufragio sería completo y sólo les quedaría reposar en el fondo marino, como restos de embarcaciones sin memoria. ¿Por qué no los enterraban? Aventuré suposiciones: los muertos como señales luminosas, ofrendas a la noche, súplicas a la gente que habitaba tierras desconocidas para que los ayudaran o, por el contrario, para que no los atacaran.

Caminé de regreso a la ciudad con el crepúsculo que casi desaparecía por la línea sinuosa de las montañas. Sentía la necesidad de estar mi habitación. El hotel empezaba a ser un refugio, un lugar con objetos familiares y costumbres que me daban cierta tranquilidad. Recordé a la mujer que se había disparado días antes y presentí, mientras un latido recorría mi espalda, los cientos de suicidas que habían dejado sus cuerpos sobre las calles empedradas, adentro de sus autos, afuera de edificios públicos o en los parques habitados por hojas quebradizas y un silencio que parecía abarcar todo. Los primeros testigos eran transeúntes ocasionales que, como lo había visto antes, se limitaban a revisar las ropas y, tal vez, llevar los cuerpos para prenderles fuego y ofrendarlos al río, alejarlos lo más posible para que la contaminación no inundara la ciudad. También, según mis sospechas, para usarlos como símbolos. Ahí iban, en una procesión luminosa, los hijos de ese pueblo. No pude dejar de pensar en los que habían decidido terminar sus vidas en camas solitarias, en cuartos vacíos, sábanas que, de repente, se manchaban de rojo, mientras permanecían, indiferentes, tocadores, espejos que duplicaban la escena y que seguían, en otro tiempo, empolvándose, llenándose de polillas, decayendo poco a poco hasta emparentarse con el polvo del suelo.

Subí las escaleras del hotel. Había luces en las calles y percibí un poco más de movimiento en las tiendas y algunos transeúntes. Me detuve cerca de la habitación de Lucrecia. El crepúsculo había acabado y la ciudad, las casas y edificios aún habitados, prendían sus luces intentando derrotar la oscuridad que se abatía sobre el resto del territorio. Quizás Lucrecia estaba cerca de la ventana, adivinando el curso del río oculto tras las últimas casas, kilómetros más adelante, y los parques deshabitados. Me acerqué y miré la puerta entreabierta. La habitación estaba iluminada. Distinguí su silueta y su espalda. Tenía un camisón blanco. Su respiración empañaba el vidrio. Deslizaba el dedo índice en la superficie fría. Por un momento pensé que, víctima del contagio, estaba a punto de abrir la ventana y saltar al vacío. Mi respiración se aceleró y mis sienes latieron con fuerza. Sin embargo, el gesto de Lucrecia, visto con más detenimiento, traslucía tranquilidad, una elaborada paciencia. Me convencí, aunque fuera por un instante, que delineaba con sus dedos el sinuoso curso del río, quizás los caminos o las estrechas veredas que rodeaban la ciudad y que conducían a los terrenos que nadie quería explorar, que se evitaban en todas las conversaciones. Devolví mis pasos al pasillo procurando no hacer ruido a pesar de que las tablas de madera emitían crujidos con cualquier presión. Entré a mi cuarto y busqué mi computadora. Comencé a escribir. El ritmo de mi escritura había cambiado. Ante el riesgo de quedarme sin luz, con poca energía en la batería, comenzaba a teclear cada vez más rápido, sin detenerme a corregir o modificar alguna palabra o frase. Mis dedos iban, fugaces, a las letras. Sin embargo, a pesar de ese cambio, noté que el tono de mis breves crónicas, demasiado impersonal, con escasos matices y tendiendo a la neutralidad, se acercaba a los papeles y artículos que había encontrado hasta ese momento. Incluso había semejanzas con las parcas descripciones del viajero. Tratando de eliminar esa homogeneización, contrarrestar esa influencia, comencé a describir mis estados de ánimo. Hablé de mi visita al río y destaqué la repulsión que me había causado el cadáver envuelto en llamas. Detallé el olor que despedía la montaña de basura y cómo su silueta se integraba al paisaje hasta parecer una formación natural. Sin embargo, no podía evitar la parsimonia en mi lenguaje, porque, en realidad, seguía siendo un extraño en el país y desconocía muchas cosas. No podía involucrarme emocionalmente con una interrogante. El interés por escudriñar, buscar restos, hacía que fuera inmune al desgaste de la molicie y la abulia de los días. Apagué la máquina. La electricidad se interrumpió. Cada vez que ocurría un apagón creía escuchar el murmullo de los habitantes. El frío arreciaba y el sonido del viento entre los árboles parecía más intenso. El hotel, con sus tres únicos habitantes, era una galera abandonada.

Pasaron los días. Mi crónica aumentaba. Párrafos y más párrafos se apiñaban en la pantalla. Algunas líneas eran sólo enumeraciones. Quizás mi mente se estaba volviendo perezosa o, simplemente, me costaba relacionar ideas, extraer conclusiones, ir más allá del escenario que recorría en mis caminatas. Era momento de ir más lejos. Tendría, tarde o temprano, que viajar hacia el sur, a la región oscurecida que veía desde las zonas altas de la ciudad. Tenía necesidad de los espacios vacíos que surgían después de cada nueva experiencia en el lugar. Por eso, en las charlas con Lucrecia, dejaba que ella llevara la iniciativa. Cada nueva historia, por intrascendente que fuera, era un camino que se ramificaba en mi mente. En las noches, antes de dormir, trataba de imaginar el camino que tendría que seguir hacia el sur.

Una mañana encontré a Lucrecia afuera de la casa. Parecía que estaba esperándome. Miraba la calle con desidia. Se arregló el mechón oscuro en la frente. Por primera vez reparé en las pecas de su nariz y en el leve perfil de sus senos.

–Te voy a contar un secreto.

–¿Cuál es?

–Me gusta recolectar papeles e información, como a ti. Pero hay algo más: una vez encontré fotografías viejas en una bodega, queda a poca distancia de aquí. Algunas están muy deterioradas. Le he dicho a mi padre que vaya conmigo o que me diga si conoce a la gente de las imágenes, pero no tiene interés. Incluso, cada vez que toco el tema, me dice que no vaya más ahí, que estoy perdiendo el tiempo.

– Como si hubiera muchas cosas que hacer en la ciudad –le dije.

Lucrecia me miró y volvió a arreglarse el cabello. Su rostro parecía, por la luz, más anguloso. La nariz un poco aguileña era la de su padre y la forma de sus ojos, los párpados un poco caídos, recordaban la expresión fatigada de él. Sin embargo, las escasas palabras que habíamos intercambiado desde que nos conocimos, habían sido suficientes para darme cuenta de dos personalidades distintas. Esa diferencia no se explicaba por las diferentes generaciones a las que pertenecían sino por cierto espíritu indagador, reflexivo, que Lucrecia había desarrollado a pesar de su escasa formación. Su padre era hosco, casi montaraz. Ella parecía ajena a la lenta órbita de la ciudad, lejana a la vida simple de sus pobladores. Por un momento pensé que me estaba engañando y quizás mi rostro dejó entrever la duda porque ella, de inmediato, me dijo:

–Es verdad lo que te digo. Tengo una pequeña caja de metal en la que guardo las fotografías. La conservo atrás de la casa, en un cobertizo que construyó mi padre hace mucho. No me atrevo a traerla acá por si él quiere deshacerse de ella.

Me pregunté por qué había esperado tanto para decírmelo. Sin embargo, me sentí satisfecho por esa nueva ruta que acababa de encontrar. Ella no percibió mi complacencia porque siguió enfrascada en sus pensamientos.

–No sé. A veces siento que no lo conozco, que es un extraño. Quizás contigo se atreva a decir más cosas –me dijo mientras pateó una piedra. El sonido del impacto perduró unos instantes en la calle.

La calle estaba vacía. En al menos tres casas había letreros que anunciaban remates urgentes de hacía muchos años. Los teléfonos de los ofertantes estaban diluidos por la lluvia. El pasto estaba crecido y hierbas de todo tipo se alzaban hasta el inicio de las ventanas.

–Vamos a verlas –dije

Mientras caminamos al cobertizo, le pregunté por la ubicación de la bodega. Ella, animada, sólo me dijo:

–No hay que caminar mucho para llegar ahí.

Su rostro, alumbrado por un reflejo, se inclinó a la izquierda. Me percaté que la angulosidad de su rostro no era por las bocanadas luminosas del invierno, sino por una pérdida progresiva de peso. Lo comprobé en los tendones del cuello y en las profundas órbitas de los ojos. No pude adivinar nada.

Entramos al cobertizo. No me había llamado la atención desde mi llegada. Prendimos un foco que colgaba, frágil, del techo. Olía a humedad. Había palas, rastrillos, unas tijeras grandes. El metal de esos objetos estaba cubierto por una delgada capa de óxido. Tendrían mucho de no usarse. Lucrecia se arrodilló y buscó en un rincón que había cubierto con pedazos de madera y un letrero encontrado en las calles que anunciaba el nuevo sabor de un refresco. Sacó la caja de metal. Parecía la pequeña maleta que usa un niño para llevar su comida a la escuela. Los ojos de ella brillaron cuando me acercó su tesoro. Le gustaba ver mi interés y siguió el movimiento de mis manos mientras tomaba la caja, inseguro de abrirla.

–Vamos a mi habitación. Ahí las podremos ver mejor –propuso.

Entramos al hotel. Subimos con rapidez las escaleras. El padre de Lucrecia estaba fuera. Aun así llevaba oculta la caja debajo de mi chamarra.

Lucrecia me pidió el tesoro y se sentó en la cama. Parecía que la emoción del momento la había desgastado y tuvo que dejarme la tarea de abrir la caja. Destrabé el broche y ella comenzó a extender sobre la colcha varias fotografías. Me hizo señas para que mirara con detenimiento. Me senté junto a ella. De forma gradual aparecieron fotografías que, casi de inmediato, traté de ordenar en una secuencia que me diera algunos significados. Las fotografías no tenían ninguna identificación ni fecha. Parecía que, deliberadamente, habían borrado cualquier número, cualquier letra. En una, por ejemplo, se mostraba la silueta de un faro y una familia compuesta por padres, abuelos y un par de niños que departían con sonrisas afables en un día de campo. Sus ropas parecían modernas aunque no sugerían una época en especial. Había otras que retrataban misterios cotidianos: un par de hombres en un bar, con las bocas abiertas, como si el fotógrafo se hubiera inmiscuido a la mitad de una discusión. La luz de una lámpara iluminaba los rostros detenidos al momento de decir una palabra, acometer con ahínco a una pregunta, esperar con la mirada a que llegara un momento propicio y secreto. Atrás, como telón de fondo, una mezcla de rostros: morenos, apiñonados, con los ojos escondidos tras la niebla de un cigarro o con las cejas enmarcando un gesto de fastidio. Algunas imágenes eran en blanco y negro, pero no evidenciaban ninguna antigüedad precisa, sólo un tiempo pasado que hablaba con palabras huecas, con espacios diseñados para no llenarse nunca. Varios personajes no posaban para la fotografía sino que deambulaban y, simplemente, eran captados en medio de un movimiento. Me remitían, no sé muy bien por qué, a la calculada coreografía que veía todos los días en las calles. Era como si estuvieran posando de forma inconsciente, como si supieran, en todo momento, que alguien estaba a punto de disparar con la cámara. Subir las escaleras, caminar en un sendero escoltado por densos árboles, estar en un escritorio con la mirada puesta en un montón de papeles, mirar un charco en una calle llena de autos inservibles, eran escenas de una película muda, una secuencia que, quizás, necesitaba más elementos para formar un todo congruente. Otra posibilidad era que los fotógrafos quisieran convertir a sus modelos en huellas, claves para desentrañar durante el insomnio y cuyo objetivo fuera sugerir al espectador alguna desgracia, el fragmento de una memoria que significara algo en el futuro, una advertencia.

–¿Y bien? –preguntó ella– ¿qué opinas?

Pensé que mi guía me estaba probando de una manera inocente. Lucrecia quería saber, en un solo momento, que elaborara la historia que contaban las fotografías y que, de forma inconsciente, extendiera mi explicación hasta confesar de dónde venía y cuál era mi verdadero interés en el país. Pero yo sólo le daba continuidad a la imagen de ella, como la había visto antes, frente a la ventana, mirando la ciudad como una permanente extranjera.

Estaba a punto de hacer otra pregunta, cuando la interrumpí:

–Vamos a la bodega. Podríamos encontrar más cosas.

–Muy bien –dijo Lucrecia, un poco deslumbrada por mi iniciativa.

–¿En cuánto tiempo estaremos ahí? –pregunté.

–A mediodía llegamos.

–En marcha –dije.

Salimos de la habitación. Llevé una libreta para hacer anotaciones, no quería fiar la visita a la memoria. No sabía si estaba el padre de Lucrecia. Había silencio en su cuarto. Me di cuenta de que la llegada de Lucrecia había alterado su rutina y, ahora, tenía que encontrar, sin muchas ganas, nuevos patrones para sus jornadas. Bajamos con rapidez por las escaleras. Ella trajo un par de manzanas de la cocina y me hizo señas de que la siguiera a la parte trasera de la casa.

Lucrecia me señaló una bicicleta amarilla; junto a ella estaba una de color negro.

–Un día alguien la dejó enfrente de casa –me dijo.

Pedaleamos por las calles de la ciudad. Éramos los únicos ciclistas de la zona. Como la zona habitada era pequeña, todo mundo se dirigía a pie a sus quehaceres. Imaginé a la gente olvidando, por inercia, de sus cosas. Objetos intrascendentes o recuerdos valiosos eran dejados por todos lados, sin ningún sentimiento de culpa. Pensé que esos objetos les recordaban su biografía, acaso una memoria inhóspita y dolorosa.

Después de un rato de pedalear y de internarnos por un camino de tierra, llegamos a nuestro destino. Lucrecia señaló la bodega. Su cabello resplandecía por la luz que, a cada minuto, aumentaba su intensidad. Era luz de invierno, luz que no calentaba la piel pero que deslumbraba cuando salías de un espacio en penumbras. Lucrecia, seguramente, tenía sus ideas sobre las imágenes. Por eso las había recolectado. Quizás esperaba que yo diera orden al caos. Cualquier otro habitante de la ciudad habría ignorado las fotografías, al igual que las revistas, las notas, los textos huérfanos que esperaban bajo estantes, metidos entre cajas, sometidos ante la paciente humedad que desmenuzaba palabras, diluía imágenes y viñetas hasta volverlas un amasijo irreconocible.

Antes de entrar miré los árboles que estaban alrededor. La bodega tenía una puerta semicircular y de color gris. Parecía un granero. Hilvané la imagen que tenía enfrente con las fotografías que había visto antes. La bodega era, a través de ese contexto, un barco fantasma, de repente arraigado en una zona boscosa.

La puerta no tenía candado ni seguro. Entramos mientras un pájaro negro nos veía desde la rama de un árbol. Nos internamos por la penumbra de la bodega. Estaba vacía. Traté de calcular cuánta gente podría estar ahí. Había telarañas las esquinas. Lucrecia se adelantó y me dijo:

-Por aquí estaban las fotografías.

Caminó hasta el fondo de la bodega. Olía a encerrado, a papeles viejos, devorados por la humedad. La acompañé. Ella se acuclilló y buscó en una caja de cartón. Yo busqué entre pedazos de cristal, hojas secas que había empujado el viento hasta esa zona. Me iba a dar por vencido cuando encontré, junto a un pedazo de cartón que tenía, en un extremo, una cinta adhesiva, un par de fotografías. Era un hombre y una mujer sentados en el piso. La fotografía, por la calidad de papel y el tipo de imagen, había sido hecha en una cámara automática tipo Polaroid. Era perceptible por el brillo y el marco grueso color blanco. Saqué la libreta roja y leí una frase que estaba en la penúltima página: “Parece que esperaron lo peor. Los creyentes invocaron a Dios, pero el desánimo comenzó a generalizarse. ¿Para qué rezar cuando la realidad requería acciones urgentes? Lucrecia miró la imagen. A ella, al inicio, sólo le importaba el descubrimiento de más imágenes, como si fuera una coleccionista demasiado enfrascada en la cacería de más ejemplares. Después, se interesó en las relaciones que había entre ellas, lo que decían para quien supiera interpretarlas.

Di un nuevo rodeo por la bodega. Las ventanas superiores, algunas estrelladas, rectangulares, capturaron más luminosidad. Entonces, cuando bajé la mirada, comencé a ver rastros rojos en el piso y en una de las esquinas de la bodega. Las huellas habían pasado desapercibidas por la escasa luz, sin embargo, en ese instante de luz quedaron al descubierto. Una mancha alargada sugería un brote impetuoso de sangre. Había rastros pequeños, bosquejos de dedos que parecían arrastrarse por la pared. Intenté descifrar las manchas como si estuviera ante una secreta caligrafía de cuerpos, trazos interrumpidos de pronto, un lenguaje que hablaba desde el dolor, desde la indefensión del instante que es devorado por la muerte. Revisé si había casquillos de balas o proyectiles de otro tipo. Nada. Sólo rastros rojos, atisbos humanos que habían querido decir algo, una última palabra, mientras la sangre salía y manchaba la esquina y una parte del piso. Lucrecia miró con curiosidad los rastros. Recorrí la bodega para poner en orden mis ideas. Era grande, quizás unos 200 metros cuadrados. Al fondo, sobre una viga de metal, anidaban varios pájaros negros. Sus cuchicheos disolvían el silencio. Sentía sus miradas rápidas, sus parpadeos fugaces. Lucrecia investigó en una de las esquinas y, en una orilla de una estantería de metal que tal vez servía para ordenar herramientas, encontró un sobre amarillo. Lo abrió y cayeron al piso decenas de fotografías. Fui junto a ella para revisar el nuevo descubrimiento. Por la calidad de las imágenes estaba seguro que habían sido sacadas con la misma cámara automática. Todas eran de la gente que había estado en la bodega. Una primera imagen mostraba unas veinte personas en la entrada. Al contrario de las imágenes anteriores, no estaban posando, parecía que el objetivo de la fotografía era dejar un registro de las personas y de su probable ingreso a la bodega. Como el registro apresurado de los pasajeros antes de entrar a un barco. Había hombres, mujeres y niños. Algunos de ellos daban la espalda al objetivo de la cámara. Parecía que el sol caía a plenitud. Pensé, mientras recorría con mis dedos la superficie lustrosa de la imagen, en la antigüedad y las circunstancias específicas de la toma. Varios de los retratados cargaban maletas y grandes bolsas de plástico. En las siguientes imágenes un par de hombres, que aparentaban unos cincuenta años, uno de ellos con gruesos lentes de pasta, parecían dirigirse a los demás. Una mujer, vestida con una falda larga y una blusa estampada con flores, los observaba con gesto serio, como si estuviera evaluando las implicaciones de las órdenes. Las imágenes, como las anteriores que había visto, eran atemporales. No había referencias para datarlas o ubicarlas en un espacio definido. Una siguiente fotografía mostraba a un grupo de personas al fondo de la bodega. La luz de la mañana entraba por las ventanas superiores. Un niño vestido con pantalones cortos y una playera amarilla estaba acuclillado. Las fotografías pertenecían a secuencias y sugerían un orden apenas discernible. Me pregunté si Lucrecia había pasado por alto revisar el mueble o si tenía conocimiento de las fotos y las había dejado ahí para que alguno de los dos las encontrara por accidente. Devolví las fotografías al sobre, lo guardé en mi chamarra y salimos de ahí.

 

 

(CONTINUARA)

 

 

 

**

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

 

Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.

Recientemente ha publicado:

 “La Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

“Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Estuve largo rato en la orilla

mirando el mar.

Mi paso trazaba

en la arena

huellas efímeras,

rastros de mí

que se lleva el viento.

En el mar, como en el amor,

las olas vienen,

las olas van.

Una ola, más voraz que las otras,

alcanzó mis pies.

Me quedé en mi sitio,

entregada

a la tibia violencia del agua

hasta que la espuma

se volvió transparente.

En el mar, como en el amor,

toda mirada

es inocente.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado en 2021 por Editorial Sudestada

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El blues de los pájaros*

 

 

Sobre el río flotaba el piano

y sobre el piano, sin rostros,

dos personas cruzadas de piernas

hablaban en voz baja

la charla giraba en torno a un poeta chino

que leía sus textos a los pájaros

si no volaban el poema era posible

atrás, el piano ardía sin extenderse al resto

últimamente recuerdo este sueño, esos detalles

y a ese extraño poeta chino

ahora sé quiénes son

los rostros aparecen sobre el piano

sin los cuerpos, los pájaros tocan blues

y yo estoy quieto, extasiado

sin poder volar

 

 

*De Andrés Bohoslavsky.

-Del libro Una noche en bosque-poesía y otros poemas.

(Leviatán, 2014).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La foto de Sofía*

 

Foto ocre, 1967, Kiev

a la izquierda de Vania, entre los pinos laterales

                                                  de la cabaña

aparece el cuerpo diminuto de Sofía

con sus sueños intactos

 

aún no sabe del barco

ni del pueblo perdido en tierra extraña

donde la casa se agrietará por la sal de sus ojos grises

por las noches desde hace treinta años

coloca junto a un plato vacío un pequeño retrato

y murmura

recordarlo todo / olvidarlo todo

 

hoy, al ordenar su ropa

del chaleco ruso escapa la foto

que ya no reconocerán sus manos

cruzadas sobre el pecho

sus ojos esta noche parecen interrogarme

por el sentido oculto de las cosas

 

me despierto

vuelvo a la foto y en el anverso encuentro sus palabras

escritas con letra infantil

Vania, te esperaré siempre

eternamente tuya

Sofía

 

*De Andrés Bohoslavsky.

-Del libro Una noche en bosque-poesía y otros poemas.

 (Leviatán, 2014).

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Sutilezas del lenguaje: para nosotros animales y personas mueren, para los yamanas los animales se rompen y los hombres se pierden. El lenguaje, cada lenguaje plantea mundos distintos. No hay un solo mundo.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

Inventren

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Nos veremos otra vez*

 

Llueve, y llueve fuerte. Afuera de la ventanilla el horizonte esta velado por una cortina de agua.

El arquitecto Jerome Ricardo Klepka acaba de ver a Irene entrando al vagón. Le hace señas para que se siente al lado de él. Irene que tarda en reaccionar, pasaron más de 20 años. El pasado es otra persona, otro mundo al que ya no pertenecemos. El pasado incluye personas que quedaron allí, apresadas en capsulas congeladas.

Pero el saludo es emotivo, abrazo, besos. Esa sensación de vértigo que da el no ver al otro en décadas.

¿Cómo me reconociste? –Pregunta Irene.

-Sos vos, igualita antes del tiempo, solo te falta el cigarrillo en los labios y el humo dejando fantasmas.

-Me prohibieron el cigarrillo, pero yo fumo a escondidas, es un ritual personal. no voy a renunciar mientras el cuerpo me lleve hasta un kiosco y pueda comprar los cigarrillos por mí misma.

Ricardo recuerda esa imagen en el estudio de arquitectura donde ambos trabajaban. La vista fija de Irene en la ventana, como no viendo o viendo otra cosa. Ese aire a la Pizarnik que descubrió cuando la vio leyendo un libro con la foto de Alejandra en la tapa.

Irene que le dice con aquel libro en mano y su infaltable cigarrillo en la boca:

-Decidí que iba a fumar una tarde a los 11 años viendo a mi abuelo fumar en el patio.

Veía a mi abuelo fumando solo en el patio. Esa concentración de estatua viviente imposible de describir: ¿en qué pensaba?

Viéndolo con ese hilo de humo que se disipaba en el aire dejando siluetas que jugaba a descubrir mi abuelo era una locomotora mansa. Era de los viejos de antes, macizos, parecían invulnerables. Esos bigotes tipo manubrio de bicicleta que después descubrí que eran igualitos a los de Hindenburg.

Como los abuelos de muchos otros niños mi abuelo había sido foguista ferroviario.

El abuelo armaba sus propios cigarrillos sin filtro o fumaba en pipa, pero yo empecé a fumar en la adolescencia los negros Parisiennes, éramos minoría las mujeres que fumábamos negros”.

En un momento se funden los recuerdos con la palabra presente de Irene que evoca los momentos compartidos: me encantaban esas horas donde no pasaba nada o no había trabajo y se hablaba, se fumaba y se tomaba mate hasta la hora de irse cada cual a su casa.

Llueve demasiado, el tren parece un barco. En este momento ya debe haber gente con el agua al cuello. –dice Ricardo volviendo por un instante la mirada a la ventanilla

¿Te acordás del proyecto de la casa-barco? Dice Irene.

-Vendría bien retomarlo, todavía tengo cuadernos con apuntes y los planos enrollados.

De memoria: “El barco casa es una unidad transportable, pensada para ser utilizada como vivienda en medios urbanos manteniendo sus características de flotabilidad ante situaciones de inundación extrema” recuerdo la risa de los dueños del estudio, “ni en el Delta lo usarían”.

-Vos terminabas indignado Ricardo.

-Algunas veces los maldecía en polaco, otras en ruso. Y si me preguntaban, les decía: consíganse traductor, a mí me pagan por proyectista.

La música funcional del tren les acerca a Serú Girán.

¿Te acordás cuando lo desafinábamos a dúo? –dice Irene abriendo bien grandes sus ojos verdeagua.

 

Si te hace falta quien te trate con amor

Si no tenés a quien brindar tu corazón

Si todo vuelve cuando más lo precisas

Nos veremos otra vez...

 

La próxima estación está bien lejos como el mismo futuro impredecible.

 

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 

 

Próximas estaciones por antiguo ferrocarril Midland:

 

 

Apeadero KM. 38. 

 

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.  

 

 

LIBERTAD.

 

-Final del recorrido literario por el Ferrocarril Midland-

 

En Libertad, la antigua sede de los talleres ferroviarios estará terminada la aventura literaria del antiguo Midland. Desde Marinos –una estación relativamente joven- hay un tren real –el Belgrano Sur- que puede recorrerse hasta Aldo Bonzi en el tramo original del Midland para continuar por las vías que fueron alguna vez del Compañía General Buenos Aires para hasta la estación Sáenz con promesa de futura extensión hasta Plaza Constitución.

Desde km 12 hasta Puente Alsina el recorrido está suspendido y por tramos la vía ocupada.

 

Queda renovada la invitación a participar en las tres últimas estaciones del Midland. Que la utopía del tren literario no se detenga y haya fuerza demencial literaria para seguir adelante con el extenso recorrido del Provincial. En este cierre del Midland acompañare en sucesivas ediciones con escritos de los amigos que han participado en esta hermosa aventura.

 

 

 

 

 

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