*Dibujo de Erika Kuhn.
https://obraerikakuhn.blogspot.com/
*
Se cruzan las pajaritas.
Todas las guirnaldas
Parecen nido.
Ay,
se enganchan las plumas,
Se enriedan.
Tienen prohibido
Cerrar los ojos
Abandonar su bandada.
Las veces que el viento las sedujo
Se hicieron puñadito sin alas
Montón de calor, hueso de árbol.
*De Natalia
Geringer.
-Santa Rosa - La Pampa.
LUNA
DIURNA*
Un
chico dibuja el árbol, la casita, un autito sospechosamente cuadrado, el cielo
celeste, un sol amarillo con rayos que le quedan verdes cuando se le mezcla el
trazo amarillo sobre el fondo celeste. La maestra le pregunta si va a poner una
luna en ese pedacito que le ha quedado vacío.
El nene, señalando el sol de marcador al agua, le dice que en su paisaje
es de día, pero la maestra le indica que no importa, que la luna puede estar en
el cielo de todos modos. Se nota la incomodidad del chico, que ahora sospecha
que la maestra se está burlando, o que lo ha llevado a una de esas cuestiones
engañosas en que la respuesta correcta está torcida y es difícil de ver.
La señorita se ríe y le asegura que la luna y el sol pueden compartir el
cielo ¿Acaso no ha mirado nunca hacia arriba cuando izan la bandera por la
mañana? El nene no entiende por qué le está diciendo algo tan absurdo, cuando
es sabido que el sol alumbra durante el día, y la luna se ve por la noche.
El aula tiene la puerta que da a una galería, y apenas se asoman pueden
confirmar que, efectivamente, una raja de luna es visible en el cielo
iluminado. No pasa todos los días ni a cualquier hora, pero algunas tardes y
algunas mañanas, sol y luna están sobre nuestras cabezas.
El nene podría haber jurado que la luna es nocturna siempre. Ese saber
era inmutable, firme, y no se resentía por haber presenciado cientos de veces
lo contrario. Sencillamente descartaba la evidencia en contra inadvertidamente
y sin proponérselo. Veía a la luna pero la ignoraba, su presencia no manchaba
una verdad sólida e incuestionable.
Habitualmente me pregunto cuántas lunas ignoro para resguardar mis
creencias, cuánta tozudez intelectual, cuánta falta de observación distorsiona
lo que creo saber.
Esto es así, digo, porque me resulta más confortable mantener mis
opiniones, porque temo reconocer que he estado equivocada, porque simplemente
no relaciono esto que veo con aquello que es un saber enquistado en mi
percepción del mundo.
Nos quita un poco el equilibrio, nos deja en la incertidumbre, pero es
también un paso delicioso ese de buscar lunas en los cielos diurnos, y poder
verlas, y colocarlas en nuestro torpe dibujito del mundo.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
*
Levanté la vista para
decidir
si quiero subir
o solo rasgar la cicatriz
que me dejó la infancia
*De Marcela
Lokdos.
La doble vida
del arquitecto Wang*
*Por Alejandro
Badillo.
A finales del año 2009 –noviembre para ser
precisos– recibí una llamada en mi departamento. Eran las 8 o 9 de la noche
cuando sonó el teléfono. Le daba un sorbo a una cerveza mientras escuchaba, del
otro lado de la línea, al editor principal de una revista especializada en
arquitectura que quería contratar mis servicios para un artículo.
¿Arquitectura? Al inicio pensé que era un error. Mi especialidad, por llamarla
de algún modo, era escribir columnas de opinión para un diario deportivo. Casi
todas, a decir verdad, trataban sobre futbol. Las columnas, como se puede
suponer fácilmente, eran bastante superficiales y la única motivación para
escribirlas era el pago puntual que recibía cada semana. Le dije al editor que
podría recomendarle a un autor más apropiado para la tarea porque desconocía
casi todo lo concerniente a la arquitectura. Sin embargo, la voz me pidió,
encarecidamente, que aceptara la oferta. Le insistí en que no tenía los
rudimentos necesarios para la empresa, pero el editor me tranquilizó diciéndome
que le interesaba una perspectiva que fuera más allá del conocimiento
especializado. Quería una crónica que retratara el espacio íntimo de Roberto
Wang, uno de los arquitectos más afamados del país. El objetivo –dijo,
remarcando la última sílaba de la palabra– era ofrecer una mirada distinta a
sus lectores, algo que acercara la arquitectura a un mercado editorial
diferente. Ellos me conseguirían una entrevista con el arquitecto Wang en la
que le podría preguntar lo que quisiera. Y estaba pensando en eso –las
diferentes maneras de escribir el texto, las preguntas adecuadas– mientras el
editor me seguía ofreciendo detalles importantes de la encomienda: tendría que
averiguar lo más que pudiera sobre el arquitecto, un descendiente de chinos
que, gracias a la buena fortuna de su familia, es decir su prosperidad y
astucia para los negocios, había podido estudiar en las escuelas de
arquitectura más prestigiosas de Estados Unidos y de Europa. Había realizado
innumerables proyectos, algunos emblemáticos para muchas ciudades. Por si fuera
poco, su nombre era mencionado todos los años como uno de los favoritos para el
premio Pritzker, el más importante del gremio.
Después de acordar el pago y la fecha de
entrega fui a la recámara y prendí la televisión. Quizás alguien le había dicho
al editor acerca de mis intereses literarios que abandoné cuando perdí varios
premios en fila y las editoriales no me contestaban los correos electrónicos.
En aquellos años algunos colegas estaban al tanto de mis intentos y mis respectivos
fracasos. Tenía tres novelas y varios cuentos escritos, todos guardados en la
memoria de mi computadora. En poco tiempo me olvidaría de su existencia y se
dedicarían a vagar, sin pena ni gloria, en los circuitos de mi máquina o
desaparecerían en el limbo de internet.
Al siguiente día confirmaron la cita: sería
el sábado en la noche. El editor había hablado con el arquitecto Wang. La
sorpresa es que le había gustado tanto la idea del reportaje que me invitaba a
su casa para cenar con él y su esposa. Antes de que llegara la cita me preparé
leyendo algunos artículos sobre su obra. Decidí llevar una pequeña grabadora y
una libreta para tomar apuntes. No se me podría escapar nada. Quizás, si
llegaba a buen puerto el encargo, podría proponer otros textos a la revista y
sumar ingresos a mi magro presupuesto mensual.
La casa del arquitecto Wang estaba en el
fraccionamiento residencial más exclusivo de la ciudad. Mientras me
identificaba con el guardia de seguridad, pensé que el término “casa” no era
apropiado para nombrar el lugar que iba a visitar. Sería una residencia
impresionante o, acaso, un palacio como los que aparecen en Las mil y una
noches. Destacaría de inmediato entre los otros inmuebles. Supuse que tendría
que ser llamativa de alguna forma: el color, la simetría, la sabia disposición
de los espacios. Quizás, cuando estuviera enfrente, tendría alguna especie de
revelación. Y se me saldrían las lágrimas o se me acabarían las palabras y
estaría inmóvil, en la calle, víctima de un arrobamiento. Con esas expectativas
llegué al número indicado según las instrucciones de mi editor. Me bajé del
taxi tratando de aparentar seguridad. Cuando eché un primer vistazo me
decepcioné: la residencia era muy grande pero, a mi gusto, ordinaria. Tenía dos
pisos y ventanas circulares que recordaban las claraboyas de un enorme barco.
Era de color lavanda y azul. Tenía un jardincillo frontal, delimitado por una
cerca de madera. Es cierto: había algo peculiar en el techo inclinado y, vistas
a la distancia, las líneas principales de la estructura recordaban un conjunto
de cajas colocadas con descuido. Por supuesto, para muchos ese diseño dialogaba
y acaso rompía con alguna tradición arquitectónica desconocida por mí. Me
recriminé mi falta de preparación y anoté las primeras impresiones en mi
libreta de notas. No podía olvidar ningún detalle. Me alisé la camisa y toqué
el timbre.
El arquitecto Wang abrió la puerta. Se veía
bien conservado para sus casi sesenta años. Le raleaba el cabello gris, pero
sus ojos chispeaban tras los lentes de pasta gruesa. Iba vestido con un saco
azul y unos pantalones de mezclilla. Me invitó a entrar. Caminamos por un largo
corredor. Después, con una sonrisa, mi anfitrión me indicó que podíamos pasar
al comedor. Para mi sopresa ya estaba servida la cena: vino tinto y fideos
fritos de arroz acompañados con camarones. No habría oportunidad para romper el
hielo y tener algún acercamiento preparatorio. En la mesa esperaba la señora
Wang. Había averiguado que también tenía ascendencia oriental. Se veía más joven
que su esposo. A veces aparecía con él en la inauguración de algún edificio o
en fotografías en revistas de sociedad. Sin embargo, no había mucha información
sobre ella. No tenían hijos. La señora Wang, después de saludarme, fue a la
cocina para traer un salero y copas para el vino.
—Entonces te mandaron de la revista —inició
el arquitecto Wang mientras me invitaba a sentar.
—Así es. No soy experto en arquitectura,
pero me interesa conocer una perspectiva más personal de su trabajo. Queremos
que su obra llegue a un público más amplio.
Me sentí mal por el tono complaciente de mi
voz, sin embargo había funcionado porque el arquitecto Wang sonrió satisfecho.
—Es muy bonita su residencia —le dije
después de pasar el primer bocado. Esperaba que mi mentira sonara sincera.
—Este lugar, en realidad, le debe su
belleza a la habitación amarilla —dijo el arquitecto Wang después de servir una
porción de pasta. Incluso, le podría confesar que es el verdadero secreto de mi
éxito. Pero no se apure, ya tendremos tiempo de charlar a profundidad. Antes,
hay que brindar.
—¿Por qué brindamos?
—Por el encuentro afortunado de esta noche,
por supuesto.
Asentí en silencio y brindamos los tres
chocando nuestras copas. El tintineo perduró, metálico, unos segundos. El vino
descendió, como un río lento, por mi garganta.
Estaba nervioso. No sabía si era apropiado
sacar mi pequeña libreta para tomar notas. Juzgué que le quitaría espontaneidad
a la conversación, así que tendría que apelar a la memoria. La habitación
amarilla sería, sin duda, un elemento a recordar. Quizás era una de las muchas
excentricidades del arquitecto Wang, así que convendría ahondar más en el
asunto para lograr un reportaje interesante. La afirmación que acababa de
escuchar sobre ese sitio me parecía una de esas ambiguas sentencias orientales,
una frase hecha para especular, rodearla con paciencia hasta extraer su
verdadero significado. Sonreí levemente: justo frente a mí, en el otro extremo
de la mesa, el semblante del arquitecto Wang recordaba vagamente al de un sabio
taoísta.
La mujer se dio cuenta de mi ensimismamiento
porque me preguntó:
—¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le sirva
más fideos?
—Sí, muchas gracias —le contesté tratando
de aparentar suficiencia.
La mujer tomó una cuchara y un tenedor
grandes y me sirvió en mi plato. Mientras lo hacía contemplé las cortinas
estáticas. El mundo parecía haberse detenido. Era como habitar un acuario. El
arquitecto Wang le dio un trago a su copa con delectación. Su esposa miraba con
nostalgia la botella de vino que estaba en el centro de la mesa. Sus manos
largas, de uñas rojas, parecían hurgar en las servilletas. Cuando se dio cuenta
que la miraba, se apenó y se sirvió un par de camarones más. No había música y
el silencio contrastaba con la abundante decoración de los espacios. El
silencio, pensé, era parte de una puesta en escena, una pátina opaca y acaso
antigua que impregnaba todo lo que veía: los cubiertos plateados, un florero de
cerámica fina, la alfombra decorada con motivos geométricos. Un arquitecto es
un artista, pensé, alguien atento a los detalles. No se le escapa nada.
Cualquier elemento había sido largamente evaluado hasta llegar a una convicción
definitiva. El arquitecto Wang me dedicó una mirada penetrante. La expresión
transmitía severidad, pero también confianza, como cuando estamos enseñándole
una lección a un niño pequeño.
—¿Podría decirme más sobre la habitación
amarilla? —le pregunté, con voz animosa, sintiendo que ya me había ganado su
cercanía.
Los lentes del arquitecto Wang emitieron un
destello que se perdió en la luz de la lámpara tipo Art Decó que nos alumbraba
y que colgaba del techo como un insecto estático y extravagante.
—No.
Me quedé sorprendido por su respuesta. La
había dicho con seguridad y, acaso, con cierta concupiscencia, como si hubiera
sido parte de un plan elaborado antes de recibirme. Había esperado mucho tiempo
para soltar ese monosílabo, dejarlo en libertad como un ave que ha pasado
largos años enjaulada.
—¿Por qué? —le pregunté.
El arquitecto Wang se quedó callado. Pero
su mutismo no era, de ninguna forma, un retroceso: era un sutil ataque que me
ponía a prueba. Él esperaba que yo me pusiera nervioso y, quizás, que cambiara
de tema rápidamente. Mi obcecación, de alguna manera, rompía su juego y el
gesto de contrariedad en su cara confirmó mi teoría.
—Es algo muy complejo. No lo entenderías.
Le di un sorbo a mi vino para
tranquilizarme. No podía dejar que me afectara su agresión disfrazada de
condescendencia. Podía mandarlo al diablo, despedirme y regresar a mi
departamento. Sin embargo, además del pago por el reportaje, estaba en juego mi
pundonor. Alcé mi copa un poco y miré el vino denso que se balanceaba como si
fuera un mar apenas perturbado por el viento. La botella, refulgente aún en la
mesa, mostraba en la etiqueta la leyenda “Chateau de Chantegrive”. Miré con
sospechas mi copa. Tal vez la bebida que ahora probaba tenía algún tipo de
sedante y, después de caer desmayado, me despertaría amarrado a una silla, como
en las películas de espías. El arquitecto Wang me torturaría hasta saber los
motivos que me habían llevado a su casa. Vino a mi mente el suplicio destinado
a los regicidas o a los que atentaban contra sus amos: el Leng tch’e. Sentí
escalofrío al imaginarme drogado con opio y siendo fileteado por un hábil
verdugo hasta llegar al corte número cien. El arquitecto Wang rompió mi
divagación:
—Pero no te preocupes. Hablemos de otras
cosas —dijo con una afabilidad impostada, consciente de que intentaba
reagruparme y seguir preguntando.
—¿Más vino? —me dijo su esposa, cuando miró
que mi copa estaba medio vacía.
—No, muchas gracias —respondí tratando de
conservar la paciencia. ¿Cuántas veces más me ofrecerían vino? En realidad, a
mí me gustaba la cerveza.
—Lo que te puedo decir, querido amigo, es
que la arquitectura es un arte complejo. He aprendido que tiene que ver más con
la sensación que con la imagen o el raciocinio. Un proyecto puede ser revelado
durante el sueño. La labor del artista es desentrañar esas premoniciones,
darles forma, descubrirlas. ¿Entiende?
Era un tipo pretencioso aunque, tenía que
admitirlo, tenía un discurso atrayente. Imaginé que eso era muy útil en el
círculo social en el que se desenvolvía. Podría tener encandilado, durante un
buen rato, al jet set de la ciudad. Me decía eso como un tipo de recompensa, una
compensación a mis esfuerzos.
Le sonreí por cortesía mientras pensaba que
tenía que replantear la estrategia para intentar preguntas diferentes. Sin
embargo, estar ahí, frente a él, custodiado por su esposa que apenas
parpadeaba, me ponía de mal humor. Tenía que alejarme un momento para pensar
mejor y regresar más fresco.
—¿Dónde está su baño? —pregunté.
—¿Puede ver el vitral que está en la pared
derecha, en el pasillo, justo al fondo?
Asentí con la cabeza.
—Enfrente está el baño.
Caminé por el pasillo. El vitral tenía la
imagen de un león en campo abierto. Recordaba un escudo heráldico apócrifo. La
luz de una lámpara se filtraba lentamente a través de la figura y parecía darle
movimiento. El baño no tenía nada fuera de lo esperado en una residencia lujosa:
jabón caro, una impoluta toalla con adornos de encaje; olores a especias
exóticas y flores. Mientras me lavaba las manos pensé que debía insistir
–aunque esta vez de forma más sutil– en la habitación amarilla. Quizás podría
llegar a ella tangencialmente y, de esta forma, conseguir que el arquitecto
Wang confesara algo relacionado con ella sin darse cuenta. A lo mejor tendría
algún otro tipo de fetiche, algo que podría usar como pretexto para llegar a mi
verdadero objetivo. Me eché agua en la cara. El aire tibio en el baño me
abochornaba un poco. El lugar, desde que había llegado, me transmitía una
sensación incómoda, casi amenazante: una mezcla de soledad y de impostura. La
decoración en algunos puntos exacerbada (cuadros de paisajes naturales, tapetes
con diseños caprichosos, plantas de interior arracimadas en macetas de
cerámica) contrastaba con zonas en las que predominaban muros vacíos y ausencia
de muebles. Parecía que el diseñador de interiores hubiera peleado consigo
mismo al momento de decidir qué estilo utilizaría en la residencia. Cuando
estaba a punto de salir del baño me miré en el espejo y me quedé estupefacto:
en el espejo se reflejaba el rostro del arquitecto Wang en lugar del mío.
Parpadeé y moví mi mano derecha: el
arquitecto Wang hizo lo mismo. Por dentro seguía siendo yo, pero el exterior
había cambiado. Sentí vértigo. Me palpé la cara y miré mis pies. Después revisé
mi ropa: estaba vestido con el saco azul y los pantalones de mezclilla. Todo
era del arquitecto Wang. Ahí estaban las arrugas, los lentes de pasta, el
vientre un poco abultado e, incluso, un leve entumecimiento en las rodillas, un
achaque propio de su edad. Tuve miedo. Cerré los ojos, volví a hacer la prueba,
pero la imagen era la misma en el espejo. Me acerqué a la puerta para tratar de
escuchar algo. ¿Ellos estarían, al otro lado, conteniendo la risa? Si seguía
consumiendo minutos en el baño, ellos se acercarían para preguntarme si todo
estaba bien. Yo trataría de convencerlos de que no entraran. Inventaría
cualquier pretexto para mantenerlos lejos. Bajé la tapa del inodoro y me senté:
era como si hubiera descendido al fondo remoto de un sueño. Atado a un lastre
que no conocía, estaría un buen rato así, sin saber qué hacer, esperando algún
tipo de revelación. Quizás todo estaba previsto desde mi llegada a la
residencia del arquitecto Wang y no lo había podido sospechar. Sentía el cuerpo
pesado y las sienes me latían poderosamente. Entonces vino la primera idea:
saldría de ahí como si no me hubiera pasado nada, y me presentaría ante mis
anfitriones con la esperanza de que el hechizo se acabara. Quizás las leyes de
la realidad no permitirían una duplicación y, una vez frente al arquitecto Wang
original, la velada volvería a la normalidad: yo –con mi fisonomía habitual de
un lado de la mesa–; él y su esposa del otro lado. Nadie se enteraría del
acontecimiento y la desagradable experiencia quedaría como un mal sueño. Me
levanté del inodoro con el pánico un poco más controlado. Me convencí de que el
mayor peligro consistiría en que, de repente, existieran dos arquitectos Wang
(¿Wangs?) en el comedor y que la buena señora, espantada por la visión, saliera
de la residencia gritando y alertando a los vecinos. Tenía que poner manos a la
obra, así que me ajusté los lentes de pasta y eché una última mirada al espejo:
el arquitecto Wang, con el cabello ralo, bolsas debajo de los ojos rasgados y
abundantes canas en las patillas, se veía aún desconcertado, pero mis ojos
combatían esa expresión con un toque de combatividad y desesperada convicción.
Abrí la puerta y me dirigí, de nuevo, al comedor.
Me asomé lentamente a la estancia. Era como
entrar a un mundo nuevo. Veía una parte de la mesa y la vitrina en la que
brillaban unos platos de cerámica fina. No soporté más la curiosidad y entré:
la señora Wang estaba, solitaria, en la mesa. No había nadie más. El mantel
blanco resplandecía. El plato que yo había usado y mi copa, simplemente, no
existían. Me quedé sin aliento. Sin un nuevo plan ocupé por inercia la silla
del arquitecto Wang y, después de un largo suspiro, me serví una porción de
fideos. Tenía que aparentar tranquilidad aunque no podía evitar mirar de reojo,
mientras comía, a la señora. Ella parecía no advertir ningún cambio y se
sirvió, displicente, un poco más de vino. Permanecimos en silencio, como si
fuéramos unos completos desconocidos. Por momentos creía ver un gesto de
satisfacción en su rostro, pero cuando movía ligeramente la cabeza para
comprobarlo, ella regresaba a su seriedad habitual. Impenetrable, seguía
masticando y bebiendo vino. Parecía complacida por el cambio. Le iba a pedir
que me dijera el secreto de la broma, cuando ella, a bocajarro, me soltó un
“buenas noches”, y se fue de ahí supongo que a dormir o a mirar la televisión
en la recámara principal cuya ubicación, por cierto, ignoraba.
En el comedor me sentí un náufrago sin
salvación a la vista. Podría irme de ahí y emprender una nueva vida con mi
extraña apariencia. Imaginé el desconcierto de mi casera al encontrar, en el
departamento, a un hombre maduro de aspecto oriental. Sin embargo, pensé que
esa opción, al menos por el momento, no era la mejor. Llené de nuevo mi copa.
Quería emborracharme. Quería salir a la calle y gritar. Quería ir a una
estación de televisión y describir, de cabo a rabo, mi historia. Miré el
pasillo que me había conducido al baño y el inicio de la escalera que llevaba
al segundo piso. Imaginé que la residencia era una especie de laberinto, una
galería de espejos mágicos que deformaban la realidad. ¿Cuántos cuartos
tendría? ¿Cuántos baños? ¿Cuántos dormitorios? Me levanté de la silla, un poco
aturdido, y me asomé por una de las ventanas circulares que daban a la calle.
Las otras casas tenían prendidas sus luces. Un perro ladraba. Un gato negro
hacía su acto de funambulista en una barda. Me recargué en el quicio de la
ventana. Pensé que el mundo era algo en constante movimiento; desde mi ingreso
al baño, había entrado en una nueva etapa. Las personas, a partir de ese
momento, eran parte de una sustancia mudable y líquida. Alguien, de repente, se
descubría transformado en otro. Podría ocurrir en cualquier instante: en la
parada del autobús, en la fila del banco, esperando la señal del semáforo para
acelerar, en medio de una fiesta, al despertar de una pesadilla, en el desayuno
o después de un largo bostezo. Pensé que esta nueva cualidad, por llamarla de
alguna manera, también afectaba a otras cosas. Por ejemplo: el árbol que tenía
enfrente –un abundante encino– a pesar de su apariencia exterior podría estar
habitado por la esencia de un bonsai que había estado muy tranquilo, unos
segundos antes, en un jardín interior al otro lado de la ciudad. Quizás esta
misma transformación se llevaba a cabo con objetos, elementos inanimados que
vibran desde su anonimato, burlándose de nosotros gracias a su aparente
inocuidad, y cambiando su esencia en una eterna migración sin control. Los
usamos todos los días sin saber que tenemos el espíritu de otras cosas en las
manos. Mientras más reflexionaba se desdoblaban nuevas posibilidades. Una,
quizás la más inquietante, era que esta transformación no se desarrollaba de
forma simple y acaso anárquica. Lo que acontecía era un intercambio. En ese
escenario, entonces, el arquitecto Wang se habría descubierto en mi
departamento, mucho más joven. Quizás estaba por salir rumbo a su residencia
para retomar su vida. Iría veloz, en un taxi, maldiciendo y arrancándose sus
(mis) cabellos. Revisé mis bolsillos y encontré el teléfono celular del arquitecto
Wang. El mío, seguramente, lo tenía él. Marqué mi número, pero nadie contestó.
Sin un plan definido, me quedé en la sala,
esperando a que el arquitecto Wang tocara el timbre. Iban a dar las 10 de la
noche. Había encontrado en la cocina un par de botellas de cerveza, destapé la
primera y le di un trago largo. Era difícil acostumbrarme a mi nueva condición.
El silencio, percibido a través de los oídos del arquitecto Wang, era turbio,
hecho de pequeñas interferencias. El mundo, tras sus lentes, perdía precisión y
vivacidad. Apuré la botella de cerveza y abrí la otra. Aventuré que el posible
intercambio no había ocurrido y que mi cuerpo estaba quién sabe dónde: en la
cima de un volcán, en un hotel de mala muerte, en un estadio de futbol o
pudriéndose en un basurero. Miré las puntas de los pies del arquitecto Wang,
extendí sus brazos y toqué sus escasos cabellos. Sentía las mejillas flojas y
los dedos torpes. Traté de no entrar en pánico. Recordé cada uno de los
momentos antes de entrar en la casa y la breve charla que había tenido con mis
anfitriones. Si lo más importante, según el arquitecto Wang –“la razón de mi
éxito” había dicho– era la habitación amarilla, tal vez ahí estaba la clave
para que todo regresara a la normalidad. Recorrería la residencia cuarto por
cuarto hasta encontrarla. Una vez ahí ocurriría algún tipo de revelación y,
como por arte de magia, todo regresaría a la normalidad. Tendría que
apresurarme. Empecé por la planta baja. Revisé un pequeño cuarto adyacente a la
cocina. Recorrí el despacho del arquitecto, un pequeño gimnasio y llegué a la
cochera que tenía dos Mercedes Benz último modelo. No había ninguna habitación
amarilla. Me dirigí a la planta alta cuidando de no hacer ruido para no
despertar a la señora Wang. Había un cuarto de huéspedes, una pequeña
biblioteca y un baño. Revisé una terraza y una especie de bodega. Agoté todos
los espacios disponibles y ninguno de ellos era de color amarillo. Había
objetos, es verdad, que tenían ese color, pero eran pocos y no pude discernir
ningún patrón o clave. Tomé nota de una toalla amarilla en uno de los baños,
una maceta amarilla que tenía una planta de sombra, un tapete amarillo en la
entrada de la casa, entre otras cosas. Al final, agotado por la búsqueda, entré
al único lugar que me faltaba: la recámara principal. Suspiré y abrí lentamente
la puerta: la señora Wang roncaba a intervalos irregulares. A veces era un
silbido que en ocasiones se fortalecía hasta alcanzar notas más graves. Estaba
de costado, medio oculta por las sábanas y varias almohadas. La penumbra era
suficiente para distinguir el color azul claro de las paredes y el rojo
deslavado del piso. Llamó mi atención, frente a la cama, una acuarela en la que
jugaba un grupo de macacos japoneses, de la nieve. Los animalillos parecían
divertirse en medio del paisaje invernal. Cerré la puerta sintiéndome vigilado
por sus ojos diminutos y su expresión curiosa. El ronquido de la señora Wang,
que se elevaba en medio de la noche, parecía confirmar la certeza de que no
existía la habitación amarilla. Sin más por hacer bajé a la sala e intenté
dormir.
Desperté en uno de los sillones con un poco
de resaca. La señora Wang me había dejado hecho el desayuno: unos hot cakes que
ya estaban tibios, jarabe de maple y mantequilla. También había un jugo de
naranja. Me recriminé no haber estado despierto para acribillarla a preguntas.
Ella ocultaba algo y, quizás por eso, había decidido huir. Fui a la mesa de la
cocina y seguí la esforzada labor de habitar al arquitecto Wang. Descubrí, a la
primera mordida, un diente con caries y, después, la trabajosa digestión que
desató una serie de ruidos en el estómago. Me puse de mal humor: la materia del
otro empezaba a cambiarme, muy pronto corrompería mi carácter habitualmente
bonachón. Después del desayuno pronuncié unas palabras en voz alta: su tono
agudo me molestaba. Ya lo había notado desde la noche anterior sólo que ahora
sonaba peor. Con el paso del tiempo quedaría apresado en él, viviendo en una
simbiosis que empezaría a erosionar mis recuerdos y todos los elementos que me
habían conformado hasta ese momento.
Con el estómago lleno regresé a la sala.
Traté de limpiar las telarañas de mi mente. Tendría que apelar a la supuesta
inteligencia del arquitecto Wang para reconstruir, paso a paso, lo que había
acontecido esa noche. En medio de las palabras, de los movimientos que iban y
venían en la cena –como en un ballet perfectamente coreografiado– había claves
para entender, pasadizos que evaluar. Sólo tendría que esforzarme y encontrar
la salida de ese laberinto. Miré los objetos que me rodeaban y los vigilé como
si fueran enemigos acechándome. La mesa de centro me interrogaba. Una vacía
botella de cerveza languidecía en el piso. Después de mucho pensar y, ante la
falta de más pruebas, pensé que toda la farsa estaba en mi cabeza: yo había
elaborado la fantasía de la revista y el encuentro con el arquitecto Wang para
poder entender algo trascendental en mi vida. La aburrición y cierta
desesperanza habían sido los detonantes. Todo estaba en algún lugar de mi
subconsciente y había fermentado durante largos años hasta que, finalmente,
escuché la voz del editor del otro lado del teléfono. Era una locura lúcida y,
por lo tanto, muy peligrosa. El arquitecto Wang había surgido –con todo y
esposa– de alguna lectura realizada hacía mucho tiempo. Quizás la materia prima
era un cuento ambientado en el lejano oriente –pensé en alguno de Las mil y una
noches, uno de mis libros favoritos– y el tiempo le había añadido
ramificaciones modernas. Todo había incubado en mi interior de forma inocente,
como en un juego de niños. El arquitecto Wang era yo mismo, acaso una versión
de mí que desplazó a otras que no pudieron cuajar en la revoltura de mi mente.
Por lo tanto, el verdadero significado de la habitación amarilla tendría que
estar en mí, en algún rincón de mi cerebro, escondido en la elaborada ficción
que había creado. Me tomé de la cabeza, como si haciendo presión en ella el
secreto pudiera quedar en libertad, como cuando un corcho es expulsado a
presión de una botella. Supe que, a partir de entonces, me convertiría en el
buscador de algo intangible y etéreo, un caballero templario obcecado por el
Santo Grial, un conquistador explorando la ruta de El Dorado. Revisité en la
memoria el momento cuando el arquitecto Wang pronunció “la habitación
amarilla”. Las palabras eran importantes, por supuesto, pero también el modo de
decirlas, el gesto que las había acompañado y que acabó por pulirlas para
presentarlas ante mí, con orgullo, como si fueran un elaborado anzuelo. Tuve un
presentimiento. Me dirigí al despacho y prendí la computadora. Los archivos
estaban repletos de planos, proyectos y cotizaciones. Revisé carpeta por
carpeta, pero en ninguna encontré alguna clave o referencia a la habitación. Me
arrellané en la silla, desconcertado. Miré varias fotografías repartidas en
repisas y en las paredes. El arquitecto Wang lucía sonriente, dominador de la escena.
También encontré reconocimientos y diplomas. Era una vida nutrida con mis
esperanzas y mis deseos no realizados. Imaginé que podría llevar mi ensoñación
al límite, perturbar la feliz vida del arquitecto Wang hasta destruirla. Haría
un escándalo en la inauguración de un edificio, robaría un banco o, incluso,
intentaría matarme. Colapsaría la realidad que me había fabricado a la medida,
la saturaría hasta desbordarla. Quizás, sólo así, llegaría al fondo del asunto.
Estaba por salir del despacho cuando miré la impresora que estaba a un lado de
la computadora. Volví a pensar en mi teoría: la impresora era, en realidad,
otra cosa: una ventana abierta, la llanta de un auto, un anuncio neón horadando
la noche. Me acerqué y me di cuenta que había una hoja en la bandeja de salida.
Tenía escrita tres palabras: “LA HABITACIÓN AMARILLA”. Las mayúsculas indicaban
que eran el título de algo. Busqué en las demás hojas, pero todas estaban en
blanco. Me quedé sentado en el piso. Sentí que el arquitecto Wang estaba en varios
lugares de mi interior. Me recorría como alguien que visita, por primera vez,
su nueva casa y explora todos los resquicios, mide los espacios mientras
empieza a acostumbrarse, a echar raíces. Los pensamientos se dispersaron, como
aves asustadas. El arquitecto las miraba pasar, en una especie de observatorio
ubicado en alguna parte de mi cuerpo. Entonces recordé mis intentos por ser
escritor de ficción y mis continuos fracasos. Pensé que “La habitación
amarilla” podría ser un buen título para un libro, quizás el inicio de una
novela o, mejor aún, una compilación de cuentos. Por supuesto, no tenía idea de
qué podrían tratar porque la habitación amarilla podía ser cualquier cosa: un
amanecer, la sensación de miedo que nos acompaña en la infancia mientras hay
una tormenta eléctrica, el momento de duda que surge cuando bebemos café y
alguien cruza la calle. Sin embargo, a pesar de lo ambiguo de la tarea, sentí
que podía realizarla, que estaba al alcance de la mano. Entonces, el arquitecto
Wang comenzó a hablarme. Su voz era una rama evanescente, un jardín en el que
comenzaban a entrelazarse nuestros destinos. La voz me decía que lo intentara.
Y yo no sabía si al terminar de escribir quedaría atrapado para siempre en el
cuerpo de él o, por el contrario, recuperaría al fin mi vida. Supuse que
tendría que confiar. Imaginé una habitación amarilla, con mosaicos del mismo
color y sin ningún mueble. Le añadí, como un detalle interesante, un foco en el
techo. Me senté frente a la computadora. Al inicio dudé, pero comencé a teclear
con incierta esperanza. Después de algunos intentos pude ver una puerta. Atrás
de ella estaba la habitación amarilla.
*Fuente: Neotraba
https://neotraba.com/la-doble-vida-del-arquitecto-wang/
-Alejandro
Badillo. (Ciudad de México, 1977)
Es autor de los libros de cuento Ella
sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas
volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El
clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de
Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros
Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo).
Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento
“Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario
del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.
Recientemente ha publicado:
“La
Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-
“Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-
*
Ese Hijo tuyo
Esa mejilla en la tuya
Es de Kiev
Es de Moscú.
Señora, de los ojos
abiertos
De los ojos abiertos
al dolor,
Nunca muertos.
Que no se cierren los
ojos de tus hijos
Que no se cierren los
ojos de Jesús
Tibios y acunados
Entre tus brazos
Que permanezcan
despiertos
los pequeños
los pobres
los siempre
sacrificados
De Kiev,
De Moscú.
*De Natalia
Geringer.
-Santa Rosa - La Pampa.
PERRA
CON RUEDAS*
Una amiga adhería a la frase "la mujer
que sabe cocinar tiene que ocultarlo", una millonaria ejecutiva dijo hoy
que las mujeres son buenas en los negocios pero después, para explicar su éxito
comercial, dijo "pienso como un hombre".
Crecí en una biblioteca libre, donde yo
sacaba los libros que me llamaban desde los anaqueles. Todos estaban escritos
por hombres. Yo pensaba que, si quería escribir, debía hacerlo como si fuese un
hombre y buscar un seudónimo al estilo de George
Sand.
El feminismo trajo muchas conquistas y
significó un avance en importantes temas, permitió accesos vedados y abrió
numerosos espacios y armarios cerrados desde siempre. Pero nos quitó la
inocencia de mostrar la ternura a flor de ojos, la piel que se estremece por
una tristeza etérea.
Tenemos que pensar como hombres si queremos
un lugar de los conquistados tan duramente. Eso nos han dicho.
Una mujer exitosa no puede permitirse la
ternura, la vulnerabilidad, la emoción fácil y sincera. Eso nos muestran las
mujeres exitosas y sus pares masculinos quienes les exigen conductas
masculinas.
Sin embargo, hace un tiempo vi una película
en la que moría un perrito y lo enterraban en la nieve. El suelo estaba
congelado, lo taparon con nieve y nada más. Al final, contra toda lógica,
cuando llega la primavera vemos cómo se derrite la nieve, vemos un mechón de
pelo que queda expuesto, vemos,
contra toda lógica, si, que el perrito se
levanta, se sacude, se aleja trotando con esa felicidad alocada de las
criaturas pequeñas. Y una llora, y sonríe, y siente que el mundo a veces puede
ser redimido con un milagro.
Contra toda lógica.
La directora de esa película de la que no
recuerdo el nombre era, claro, si, era una mujer. Y filmó una cosa de mujeres.
No pudo resignarse a dejar morir el perro en el relato ya que podía evitarlo.
Y también es de una mujer el remate del
film en que un hombre va a hacer sacrificar a su perra, vieja y enferma, para
que no sufra. Se lo dice a la amante, quien lo acaba de despedir para que ya no
vuelva. Cierra, ella, la puerta. La vemos en su departamento, sola, muy sola,
alelada por la soledad reconcentrada que le espera. Vemos cómo corre hacia la
puerta, vemos cómo alcanza al amante en la escalera. Una piensa que se asustó,
que se arrepintió, que le va a decir que va a seguir siendo la otra, la
segunda, la trampa. Pero le dice, solamente esto, le dice que necesita hacerle
una pregunta. Nada más, no escuchamos ni vemos el final de la conversación en
la escalera. Termina la escena.
Después un cartel nos advierte que han
pasado seis meses. La mujer trota en una costanera. La cámara la deja pasar, y
vemos, detrás, a la perra de su ex amante corriendo feliz con esa sonrisa que
tienen los perros cuando corren, y corre con las orejas voladizas y con un
aparato de rueditas atadas
a la cadera. Cómo no llorar en el cine, en
el camino de vuelta a casa, cómo no llorar ahora que lo escribo.
La directora de esta película de la que sí
recuerdo el nombre, "The
Savages", es, y claro, si, es una mujer. Cosa de mujeres el filme.
Cosa de mujeres. Trata de padres, hijos, soledades y renuncias. Trata del mundo
real y de cómo hacerse cargo de ordenar un poco el pequeño mundo de las
pequeñas vidas. Cosa de mujeres, ciertamente, la de ordenar las gavetas y las
repisas, hacerse cargo de los niños y los ancianos. Enjugar lágrimas.
No hay nada reprensible en ser tiernas, en
ser vulnerables, en dejar que el mundo nos conmueva. Renegar de una misma hace
que los espejos reflejen monstruos. Nos mata lentamente, insidiosamente, de a
poco y desde adentro. Si es el amor, si es la ternura la que nos define. Una
mujer jamás estará sola. Siempre encontraremos una planta, un gato, una perra
con ruedas a quien amar, mientras recogemos pedazos de vajilla, colocamos
fotografías en los portarretratos y tendemos la cama.
Y a mucha honra.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
*
La decepción empieza
cuando inventamos al otro como un espejo de nosotros y nos falla. Tal vez nunca
vimos a ese otro y la decepción tendría que enclavarse en nosotros mismos. Una
decepción que sirva para ser algo mejores, levemente mejores.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
¿Quién
quiere ser eterno? *
Yo viajaba sentado a la derecha de dos
tipos.
El del medio, de alrededor de 25 años, vestido
de jeans y camisa hawaiana. El otro, parecía un próspero comerciante enfundado
en un traje italiano caro, aparentaba rondar los 70. La charla que sostenían
derivaba acerca de la actividad del más joven: las finanzas. El economista
relataba sus peripecias, sus vaivenes en la bolsa, sus alzas y bajas, las
cuestiones relacionadas con el dinero y luego, durante un rato largo hablaron
de estos asuntos.
En eso estaban cuando sonó el teléfono del
mayor, que habló con alguien a quien le dijo, con tono misterioso:
- Querida, te paso con una persona que te
quiere saludar
Luego de charlar un par de minutos, el joven cortó y moviendo su rostro a la izquierda dijo: - Me pidió que no la vaya a ver, que ya está muerta.
- Bueno, viste como es ella – le contestó
el otro y siguió:
- Lo que tenés que hacer es escucharla,
aunque sea un rato, como si estuvieras interesado en la charla. Ella se dormirá
en unos minutos por efecto de los medicamentos y vos te podrás ir. Cuando esta
charla terminaba, el tren llegó a la estación ellos caminaban delante mío, así
que los vi despedirse me senté en un banco, encendí un cigarrillo y me quedé
pensando en esta historia.
En aquella mujer que moría en algún lugar,
sin importarle demasiado a nadie.
*De Andrés
Bohoslavsky. vladimirbeat@yahoo.com.ar
Próximas estaciones
por antiguo ferrocarril Midland:
Apeadero KM.
38.
MARINOS DEL
CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.
-Final del recorrido
literario por el Ferrocarril Midland-
En Libertad, la antigua sede de los
talleres ferroviarios estará terminada la aventura literaria del antiguo
Midland. Desde Marinos –una estación relativamente joven- hay un tren real –el
Belgrano Sur- que puede recorrerse hasta Aldo Bonzi en el tramo original del
Midland para continuar por las vías que fueron alguna vez del Compañía General
Buenos Aires para hasta la estación Sáenz con futura extensión hasta Plaza
Constitución.
Desde km 12 hasta Puente Alsina el
recorrido está suspendido y por tramos la vía ocupada.
Queda renovada la invitación a participar
en las tres últimas estaciones del Midland. Que la utopía del tren literario no
se detenga y haya fuerza demencial literaria para seguir adelante con el
extenso recorrido del Provincial. El cierre del Midland se acompañará en
sucesivas ediciones con escritos de los amigos que han participado en esta
hermosa aventura.
InventivaSocial
Plaza virtual de
escritura
-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco
Coiro.
Blog histórico &
archivo:
https://inventivasocial.blogspot.com/
https://twitter.com/INVENTIVASOCIAL
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