viernes, septiembre 16, 2022

UNA MARCA DE ALAMBRE DE PÚA EN LA OSCURIDAD

 


*Foto de Noelia Ceballos.

https://www.instagram.com/noe_ce_arte/

 

 


 

 

 

 

 

Helénica Sed*

 

 

Fundida en la cal

 de una isla blanca,

 sueño.

 

 Dame esa toga mediterránea

 y ataré mi cabellera húmeda

 a los pliegues del horizonte,

 pido.

 Que tu espuma es una joya

 entre la arena y la piedra,

 digo.

 

 Una hebra de sal

 roza mis hombros con timidez,

 siento.

 

 Mi cuerpo se hace líquido

 y se transforma,

 llego.

 

 Sueño, pido, digo, siento, llego.

 

 

*De Marcela Lokdos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Es curioso

lo poco que se sabe

de la gente que se ama.

Entre dos

que se quieren

se construyen puentes,

pero siempre hay pasadizos,

túneles donde se esconde la memoria,

bosques

de oscura fronda y lobos sueltos.

Qué poco sabemos

de ese otro,

y sin embargo

siempre

parece suficiente.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado por Editorial Sudestada (2021)-

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 

 







 

CUANDO NO TE PERTENEZCA*

 

 

Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada.

Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece lo mismo pero no es igual. Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud, por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura, sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.

No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel desgarrada.

Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.

Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de felicidad.

Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a todos, y a todos los sigo queriendo.

No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio, esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una caricia lejana.

Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.

Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Que gesto cuelga de tu manga

cuando la noche arrasa

como ráfagas de vestidos negros

Y una vez más

la lámpara guiña esa complicidad

que da la luz a un niño

cuando teme ser

el único despierto

en este mundo.

Que ocultas bajo tu almohada

sino una cara de puta

por si la noche

te deja a solas y desordenada

entre tus propios huesos

y tu aliento y tu pastilla

al pie de aquella lámpara

que apenas duerme,

por si acaso el mundo

es tan solo un niño

que tiembla.

 

*De Marcela Lokdos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los perros de la luna*

  

*Por Miriam Cairo. cairo367@yahoo.com.ar

 

Ahora vamos por el otro camino. Dale, vamos; ¿así que vos me soñaste? Sí, te soñé porque no le tengo miedo a nada. Yo sí tuve un poco de miedo. Yo también. Yo no, y soñé que vos venías para este lado. ¿Querés que vaya? Sí, vení. ¿Querés ir mi vida? Sí, tengo ganas. Andá, entonces, que yo miro por el espejo retrovisor.

Ahora se trata de dejar la cartera y el estado civil en el asiento de adelante y pasar para atrás las piernas, las manos, la cabeza, la lengua, la cintura y todos los otros dispositivos humanos, se trata de pasar la conversación apuntillada y el viento que entra por la ventanilla en esta noche, ¿de agosto? Sí, de agosto. Pasan también la síntesis, los incidentes ínfimos, los gestos tenues, el instinto gregario. Quedan en la guantera los chicles de menta y el puñal para la defensa propia, en caso de que, en el asiento de atrás, el desconocido del sueño se convierta en pesadilla.

¿Qué dirán los que nos miran? Nada porque miran pero no ven. A nadie se le ocurre que este sueño pueda pasearse en auto y rampar la noche como un lobizón comiéndose una blanca rana desnuda. Pocos entienden el dialecto de los sueños.

Ahora se trata de la llave de oro que abre la dimensión coral de la ocurrencia. Es natural que te quites esto, porque después de todo sos mi sueño, y sueño que te sacás esto para que yo pueda verte y tocarte esa dicha constelada. Estaba pensando en la agilidad onírica: de no haber sido yo, habría sido otra. Y de no haber sido vos, yo habría sido otro. Y de no haber sido ustedes, yo habría sido otro. Me confundís. Porque es mi sueño y no el tuyo. Claro, mi vida, es el sueño de él.

Ese perro quiere subir. Que suba. Que sube. No es un perro de verdad, no puede subir. Que es mi sueño y el perro sube. Que suba el perro de su sueño. Que es mi auto y el perro sube. Dámelo. Este perro que no existe qué hace. Me obedece. ¿Sigo derecho o doblo? Seguí, seguí, hasta el fondo. ¿Después qué hago? Bajás el perro y doblás a la izquierda.

 

Ahora se trata de que las mantas con alas van desnudando el frío, y las nubes se van tirando flores, y las estrellas allá arriba no tienen forma, y saco de este sueño el pie desnudo y lo meto en tu boca. ¿Qué llevás en los pies?, parece un regimiento de dragones. Parece una flecha rosada. En mi sueño son dragones. En mi boca, una flecha rosada. Es mi pie una lanza que traspasa las fronteras. Tu pie es una lanza; preguntame por dónde voy, amor. ¿Por dónde vas, amor? Por las lindes de la luna.

Ahora se trata de que la noche se pone a brillar en tus ojos que me miran por el espejo retrovisor; no sueltes las manos del volante, amor. Por supuesto, ¿estás bien mi cielo? Sí, mi vida. Ahora te llevo por los montes de Saturno y sigo viaje. Parece que sí. Yo estoy segura. ¿Es de día? Es de noche. En la luna siempre es de noche, amor. Y el perro no terminó de comer su comida. Sigo yo. Dale, seguí vos.

Mi amor, esta caja que tengo en el pecho respira y me duele todo. ¿Es lindo ese dolor, mi vida? Lindo como los pliegues de tus ojos que me miran por el espejo retrovisor. Él me dijo que te iba a hacer eso. Sí, sí, conversábamos de sueño a sueño y él también me dijo que vos podías hacer esto. Cosas que a una se la han dado, como la varicela o las cosquillas.

Sí, sí, a mí se me ha dado por el sueño, el fútbol, la tos convulsa y los ladridos de perro en la luna; hoy por ejemplo fue un día apoteótico: soñé que ustedes venían en auto, que vos te pasabas del asiento de adelante al asiento de atrás, y que metías un pie desnudo en mi sueño y otro pie desnudo en la boca de él, y que la gente de los otros autos miraba sin entender nada, y que hacíamos subir al perro de la luna, y que el perro me obedecía, me obedecía hasta más no poder; después me dio un ataque soberano de tos y escupí lirio tras lirio. Mi lirio. Tu lirio, amor, tu lirio. Mi lirio de Saturno. Sí, el lirio de ella, que antes no lo conocía pero ahora es igual a como yo lo escupía; y empecé a gambetear pelotas inmensas, planetas inmensos, del tamaño de una pelota que era del tamaño de Saturno por todo el césped del universo.

Ahora se trata de que este sueño se puede recorrer de punta a punta. Sí, se puede ir y venir, de punta a punta. Y además hay un jardín. Y una caverna. Y un cerezo de Japón y lirios de la luna. Y un perro de Saturno. Hay una melodía que plantó John Coltrane y un océano que abriste con el dedo y un fuego que me enciende desde tus ojos.

Otra vez tengo un pie en tu sueño y otro pie en tu boca. Otra vez tiene un pie en mi sueño y otro pie en tu boca. Otra vez tenés un pie en su sueño y otro pie en mi boca. Me pregunto hasta qué punto un perro callejero puede ser un perro de la luna. Qué hermosa pregunta, mi amor. Qué poca atención les prestamos a los perros que bajan de la luna. Sí, qué poca, siendo tan blanca y tan bella, mi amor.

 

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-50921-2015-09-05.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Es necesario escribir un poema

para esos días

en que quiero cerrar

la puerta,

acorazarme,

hacer una catástrofe en la casa

y hundirme en el mar.

Subirme

a una balsa que me arrastre

hacia el final de todos los océanos,

lejos de la humanidad.

Beber cicuta o un té de menta.

Cortarme el pelo como un monje tibetano

y recitar a Keats

hasta llorar o hasta dormirme,

y te atrevas a abrir la puerta

y me rescates

de mí.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado por Editorial Sudestada (2021)-

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 

 






 

 

 

SUS OJOS*

  

No había nada detrás de sus ojos

sólo un mar sin movimiento

un mar

de aguas oscuras

con peces nadando en cámara lenta

y sirenas desmenuzadas

en un fondo sin fondo

entre montañas hundidas

que alguna vez fueron

remotamente

animales que el tiempo extinguió.

Sus ojos

a pesar de todo

buscan

en mí

otro mar

parecido y distante

para acariciarlo con su mirada.

 

 

*De Irma Verolín. irmaverolin@hotmail.com

 

-De “LOS DÍAS”

Primer Premio Concurso de Poesía “Horacio Armani”

Fundación Victoria Ocampo 2014

 

-Irma Verolín ha publicado libros de cuentos: "Hay una nena que gira", "La escalera del patio gris", “Una luz que encandila” y “Una foto de Einstein tocando el violín”.

Novelas: "El puño del tiempo", "El camino de los viajeros" y “La mujer invisible”. Y también una serie de títulos en literatura infantil en distintas editoriales. Obtuvo diversas distinciones entre las que se destacan Premio Emecé 1993-94, Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires Eduardo Mallea, Primer Premio Internacional “Horacio Silvestre Quiroga”, Primer Premio Nacional Macedonio Fernández, Primer Premio Internacional de Puerto Rico, Primer Premio Internacional de Novela Mercosur. Tres de sus novelas fueron finalistas en los premios Fortabat, La Nación de Novela, Planeta de Argentina y Clarín.

-En poesía publicó “De madrugada” en Ediciones del Dock y “Los días”, editorial de la Fundación Victoria Ocampo, Primer Premio Horacio Armani 2014 otorgado por la misma fundación y “Árbol de mis ancestros”, Editorial Palabrava 2018. Algunos de sus poemas fueron traducidos al ruso, portugués e italiano. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.

-En 2021 publicó por Editorial Ciccus su libro de cuentos:

"Fervorosas historias de mujeres y hombres"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Qué golpe de suerte, la suerte.

No digo del azar,

sino el camino caminado,

el arribo por lo andado,

la llegada después del recorrido,

el destino de los pasos.

Qué golpe de suerte, la suerte.

Yo, que me creía golpeada

que la vida y los océanos

que la sed del agua,

que un vaso y otro más

para vaciar el mar

 y llevar mis pies

hasta la otra orilla.

No digo del azar,

no hablo de eso.

Soy todo lo que sucede

porque todo soy:

Mi golpe de suerte, la suerte.

 

*De Marcela Lokdos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta Luego*

 

 

La abuela se moría. Había entrado al sanatorio y sabíamos que de allí su única salida sería hacia la sala de velatorios. Estábamos tristes pero era muy anciana, el cuerpito abultaba ya lo que una niña pequeña debajo de las sábanas, la vida se le había dado con generosidad y la partida era dolorosa pero no trágica. Cosas que deben suceder, aceptábamos su pronto fallecimiento con esa facilidad que da la vejez, cuando esa vejez que justifica la resignación es de otro.

De las sábanas blancas asomaba la cara arrugada, unas manos pura vena azul y huesos frágiles. Cuando la ayudaba a incorporarse en el lecho, era tan leve. Molestaba el olor a comida hervida y el cloro de los pasillos, pero no parecía mal lugar para dejarse resbalar en la muerte. Estábamos todos, turnándonos para acompañarla, secretamente aliviados cada vez que finalizaban las horas estipuladas y no nos había tocado el momento aciago.

Yo, cada vez que sorteaba la puerta, sentía que había tenido la gracia de no ser quien recibiera el dudoso don de anotar la última imagen de vida y la primera de muerte.

Sabíamos que a lo sumo serían dos o tres días. No había retorno, y ella también lo sabía pero lo callaba para no apenarnos. Le comentábamos el cumpleaños del Juanchi, matizábamos la espera de lo inevitable narrando nimiedades y evitando alusiones al futuro.

Parece que si uno está enfermo de cáncer es algo superfluo enfermarse de otra cosa, resfrío por ejemplo. Nos han enseñado en la literatura que si una mujer sufre por su amado no puede justo en ese momento apretarse el dedo con la puerta. No es elegante, enturbia el relato.

Sin embargo la vida esquiva las sutilezas narrativas, y estábamos de duelo prefigurado por la abuela cuando ocurrió la muerte súbita de mi padre.

Víctima de un ataque cardíaco, mi papá, único hijo, debió ser velado antes que su madre. Eso no debía ser, no casa en la línea histórica que la madre sobreviva a su hijo, y que las muertes contiguas no guarden la lógica acostumbrada.

La familia se dividió entre el sanatorio y el cementerio, la abuela seguía con su tranquila agonía en la sala siete, maquillamos las lágrimas para que no tuviese que llorar al hijo. No le dijimos nada.

Con ingenuas poses actorales continuamos la farsa de lo cotidiano, esperando el final para poder entregarnos a los duelos. No fue fácil.

La ancianita se consumía, se apagaba modestamente. Le habíamos evitado sufrimiento, y eso nos tranquilizaba.

La mañana del último día mi madre entró a la habitación. Llevaba un camisón recién planchado, una botella de gaseosa, pilas para la radio que acompañaba el tiempo sobre la mesa de luz, una sonrisa impostada cubriendo su recién estrenada y todavía no asumida viudez. Esa noche había llovido, lo recuerdo, y sus zapatos hacían un ruido que sobre las baldosas imitaba el de las zapatillas de básquet en el piso de madera de una cancha.

Yo había velado el sueño de la abuela en una silla incómoda, había dormido mal, estaba un poco somnolienta y levanté la cabeza precisamente por el sonido deportivo de mamá. Me acuerdo. La abuela también abrió los ojos y habló con su vocecita temblorosa.

"¿Por qué no me dijiste que se murió el Cacho?" -preguntó.

Mamá se suspendió allí en el vano y me miró como retándome con los ojos; yo hice el gesto de que no, que yo no le había dicho nada.

"¿Por qué no me dijiste que se murió el Cacho?" -había preguntado.

Como no hubo respuesta agregó "esta noche vino el Cachito y me dijo viejita, la espero arriba".

 

Qué lástima haber estado dormida, me hubiese gustado despedirme de papá.

 

*De Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

La escritura es una marca de alambre de púa en la oscuridad, que así lastimada, produce una extraña clase de luz.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

 

SATURNO Y LA EXTINCIÓN*

 

 

Voy a Saturno. No es una broma. Me voy a Saturno. Me espera una estación sin proporciones, esto es, un edificio pequeño, flaco, como un cuzquito que se ha quedado en una adolescencia de adulto sin madurar. Una estación de tren en Saturno, sin anillos, sin estrellas fulgurantes, sin cometas cíclicos. Una estación baldía unos rieles sin paralelismo, un horizonte desvaído.

(Si, recuerdo mientras tanto la estatua, cómo no recordar mientras tanto esa estatua)

Me voy a Saturno, en tren. Ya no existe el tren, pero me voy en el tren a Saturno, un tren de vapores blancos, de traqueteo cinematográfico. Una estación de polvo y yuyo que huele a sequía y a deshoras muertas.

Hoy me voy a Saturno mirando por ventanillas sucias, en un asiento de madera, sin valijas.

(La estatua de mármol, los niños, el hombre tensionado, los músculos retorcidos, el grito, los chillidos, el intenso chirrido de la piedra)

Sé que me espera el edificio y que nadie ha puesto en hora el reloj.

Arribo. Saturno sigue devorando a sus hijos.

(Me devora el Dios, me devora el coloso a mí y a mis hermanos, o acaso soy yo quien devoro a mis hijos, quizás no importa quién mate y quién muera en medio de tanto dolor pétreo)

Llego a Saturno. No queda nada. Nadie. Todo, hasta el pasado muere aquí. Hay un grito en el cielo.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

Próxima estación por antiguo ferrocarril Midland:

 

LIBERTAD.

 

-Final del recorrido literario por el Ferrocarril Midland-

 

En Libertad, la antigua sede de los talleres ferroviarios estará terminada la aventura literaria del antiguo Midland. Desde Marinos –una estación relativamente joven- hay un tren real –el Belgrano Sur- que puede recorrerse hasta Aldo Bonzi en el tramo original del Midland para continuar por las vías que fueron alguna vez del Compañía General Buenos Aires hasta la estación Sáenz.

Queda renovada la invitación a participar en la última estación del Midland literario. Que la utopía del tren literario no se detenga y haya fuerza demencial literaria para seguir adelante con el extenso recorrido del Provincial.

 

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

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