domingo, enero 25, 2026

LA VIDA TREPANDO POR LA GRIETA

 


*Dibujo de Erika Kuhn.

https://obraerikakuhn.blogspot.com/








 

*

 

 

Cuando decline la luz,

cuando sepamos que los finales

se han acercado.

Cuando notemos que quizás

la mañana no vea nuestros ojos.

Entonces, como cuando mi madre

se iba despidiendo,

no lloraremos por los otros caminantes

destinados, como nosotros, al olvido.

Lloraremos por los gazapos

destrozados por las trilladoras,

por los bosques incendiados,

por las islas de plástico a la deriva

en mares agonizantes.

Lloraremos por los dodos

y los ríos desiertos de peces.

Lloraremos por lo que hemos desmontado

y no tiene remedio.

Cuando llegue la noche

haremos duelo por la tierra,

por el cielo,

por el Paraíso que mancillamos,

y nos iremos, uno por uno,

con vergüenza.

  

*Por Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

-enero 2026-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Paraíso*

 

El mundo, como siempre, aún bien derecho,

perdía partes, formas, ideas, la decencia,

esas cosas subjetivas, subordinadas todas

a la extrema razón de la materia.

Para colmo

ya se agrietaban las utopías construidas

de apuro en falsa escuadra.

Pero también

hubo el amor, y nosotros dos adentro suyo,

habitantes de otro mundo: irreconocibles,

casi obscenos de alegría.

Como extraterrestres

que desconocían el protocolo

y la etiqueta del gran baile.

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Stranger Things: la serie y el culto a los años ochenta*

 

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

Este artículo estudia desde el punto de vista sociológico y cultural la famosa serie cuya ficción ocurre en los años ochenta del siglo pasado, al borde de los grandes cambios que la tecnología digital, las redes sociales y la Inteligencia Artificial han generado, y apunta: “Stranger Things busca mercantilizar la nostalgia por una época que aparece, en el imaginario colectivo, como una etapa en la cual las personas convivían lejos de las redes sociales y había la sensación de que los adolescentes aún podían decidir su futuro.”

 

Es 1983 y en el pueblo ficticio de Hawkins, Indiana, un grupo de adolescentes juega Calabozos y dragones. Las aventuras que vivirán a partir de la desaparición de uno de ellos –Will Byers interpretado por el actor Noah Schnapp– se extenderán casi toda la década. Stranger Things, serie narrada en cinco temporadas y cuarenta y un episodios, ha sido un éxito de audiencia y, sobre todo, un fenómeno cultural quizás comparable con otros productos como Game of Thrones. La historia mezcla distintos tópicos del género fantástico y de aventuras. La pandilla de amigos que intentan resolver un misterio mientras enfrentan diferentes retos propios de su edad es, desde hace décadas, un recurso usado muchas veces en el cine de Hollywood. Pactos de lealtad, el dilema del primer amor, el mal que se alimenta de los demonios internos, el miedo a madurar, el enfrentamiento con un enemigo formidable que puede controlar tu mente y, por supuesto, el exterminio del mundo, forman parte de una receta usada innumerables veces al grado de agotar la sorpresa. De hecho, algunos capítulos de la última temporada parecen una suerte de reciclaje de las temporadas anteriores exceptuando, por supuesto, la necesidad por lograr una explicación final y atar todos los cabos sueltos. Stranger Things sigue, en rasgos generales, el camino del héroe propuesto por el mitólogo Joseph Campbell: los personajes más importantes trascienden el mundo ordinario, cruzan varios umbrales, renacen de diferentes maneras y, al final, superan sus pruebas para obtener el conocimiento. La narrativa de la serie no apuesta –más allá de algunas actualizaciones– por romper los estereotipos de la ficción establecida, particularmente, por el cine convencional. Incluso, como suele pasar, lo sobrenatural es un empaque que sólo le da espectacularidad a un rito de iniciación que, a final de cuentas, es lo que vuelve humanos a los personajes y, de esta manera, conectan con la audiencia.

 

La idealización reconfortante

 

Gran parte del éxito de Stranger Things radica, también, en la reconstrucción audiovisual de los años ochenta y la nostalgia que es capaz de cautivar no sólo a las generaciones que vivieron en esa década sino a las posteriores. La esencia retro de la obra de los hermanos Duffer se condensa en la introducción de cada capítulo que usa una melodía producida con sintetizadores analógicos y una tipografía que imita la estética de las series de terror de la época. El espectador percibe una sociedad que aún no estaba dominada por la tecnología digital, aunque estaba a punto de dar el salto, en especial en Estados Unidos. Ya existía, por supuesto, la cultura de consumo representada por el centro comercial; sin embargo, las relaciones humanas, el trabajo, la vida cotidiana y el entretenimiento estaban ligados aún a lo material, a la imaginación libre y a lo orgánico. Stranger Things se esfuerza en la recreación minuciosa –una moda en muchas películas y series que apuestan por una hiperrealidad en la pantalla– no sólo para generar una credibilidad histórica en el espectador sino para lograr lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman llamó “retrotopía”, una visión reconfortante –en algunos momentos idealizada– del pasado ante un futuro amenazante. Si el primer cuarto del siglo XXI da la impresión de un futuro que adelantó sus peores pronósticos, tenemos como refugio la calidez hogareña de las familias de Stranger Things. Ya en 2022 algunos portales de interiorismo como Decotherapy elogiaban la “estética ochentera” de la serie reflejada en colores vivos, tapiz en las paredes, letreros neón y, sobre todo, la sensación de habitar espacios personalizados, lejos de la uniformidad minimalista de las casas prefabricadas que ofrecen un mismo paisaje vital para el ciudadano de la era global.

 

 

Mercantilización de la nostalgia

 

La fiebre por el pasado que explotan hábilmente productos de entretenimiento como Stranger Things busca mercantilizar la nostalgia por una época que aparece, en el imaginario colectivo, como una etapa en la cual las personas convivían lejos de las redes sociales y había –más allá del clima de temor propio de los últimos años de la Guerra Fría– la sensación de que los adolescentes aún podían decidir su futuro, justo como se muestra en el epílogo de la serie. En términos culturales, Stranger Things y la fiebre por décadas como la de los ochenta son síntomas de una crisis que hunde sus raíces en un agotamiento creativo propio de la era de los algoritmos y la llamada Inteligencia Artificial que erosiona, recicla, licua imágenes y contenidos. El siglo XX estuvo marcado por diferentes expresiones en la música, el cine y el arte que definieron el espíritu y temperamento de un puñado de generaciones. Cada etapa era distinta a la otra. No había, por así decirlo, un “reseteo” que buscara lo antiguo para exorcizar un futuro atemorizante. No es, necesariamente, que la inventiva y la creatividad en la cultura se hayan secado, sino que la tecnología digital ha convertido la expresión artística en productos casi instantáneos en busca de volverse virales.

 

 

La instagramización del mundo

 

El periodista Kyle Chayka publicó, en 2024, el libro Mundofiltro. Cómo los algoritmos han aplanado la cultura. El autor argumenta que la selección y la competencia por lo más popular han creado una suerte de estética vacía de contenido. El diseño del ficticio pueblo de Hawkins recrea la idílica vida de Estados Unidos en los ochenta, un espacio al servicio de la sociedad de consumo, pero que aún estaba lejos de la homogeneización estética no sólo de las cadenas comerciales omnipresentes en la actualidad sino de su estilo, una suerte de “instagramización”, término que usa Chayka para describir el estilo genérico de muchos espacios públicos y privados alrededor del mundo. Ese estilo, ahora llevado a una nueva etapa con la Inteligencia Artificial generativa, uniforma el paisaje visual de los lugares que contemplamos en las pantallas y que contamina nuestra vida cotidiana. En este ecosistema, lo no popular, lo no “instagrameable” no es recomendado por las redes sociales y se diluye en la ingente cantidad de información y datos que se generan todos los días.

En Stranger Things hay una paradoja curiosa: la especulación científica con la creación del “otro lado” (The other side), propia de la ciencia ficción, se enmarca en el contexto nostálgico de los ochenta. Las diferentes realidades sobrenaturales que se conectan en el pueblo de Hawkins contrastan, también, con una de las anclas materiales de la serie: el juego de Calabozos y dragones al cual son aficionados los niños protagonistas y al cual vuelven, años después, cuando cierran la historia. Para las nuevas generaciones, nacidas y educadas en la era de las pantallas, debe ser difícil imaginar a un grupo de amigos en un sótano alrededor de un juego de mesa con fichas, figuras de plástico, mapas y, sobre todo, textos de diferentes tipos que narran diferentes posibilidades para la historia que están construyendo en conjunto. También debe ser no sólo extraño sino incluso reconfortante –en medio de un entorno sometido a lo digital– observar toda la parafernalia material de la época: transmisores de radio, discos de vinilo, teléfonos fijos, máquinas de escribir.

 

 

La explotación del miedo

 

La música de Stranger Things es parte importante del fenómeno “revival” que inició con el cambio de siglo y que no se limita, en la actualidad, al regreso de artistas de los ochenta o de años anteriores, sino a la imitación del pasado por parte de las bandas actuales. Los foros de internet y cuentas en redes sociales especializadas en los llamados gadgets de antes parecen un intento desesperado por aferrarse a un punto fijo en la memoria, un período en el cual la historia avanzaba en lugar de permanecer fija y saqueando el pasado. Es lo que hacen los protagonistas de la serie: avanzan a un futuro que sí existe, lejos del mal encarnado por Vecna y el Mind Flayer (traducido como el Azotamentes), cuyo mayor poder consiste en explotar los miedos de los adolescentes, aislarlos, dividirlos y modificar su conducta. No deja de ser inquietante que las armas de los antagonistas de Stranger Things sean parecidas a los efectos que causan las redes sociales en las nuevas generaciones.

 

*Fuente: La jornada.

https://semanal.jornada.com.mx/2026/01/24/stranger-things-la-serie-y-el-culto-a-los-anos-ochenta-9654.html?

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Fue de tanto escuchar con un solo oído

que me quedé

sorda del otro oído

y si bien es difícil saber cómo ocurrió esta adaptación darwiniana

hay una pista:

lo que considero ironía

es en verdad literal

lo que considero honesto,

un revestimiento de palabras.

Me hablan de viento y digo agua

confundo

el miedo con el estoicismo.

Si le dejo

el análisis de la metáfora a un lacaniano en cambio digo,

la infancia es implacable

a veces aparece y nos deja

desamparados para siempre

escuchando, con el oído puesto en un vaso

el mundo adulto

del otro lado de la puerta.

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

-Autora de los libros Grow a lover y La gota en la piedra. Colaboradora en Revista Ñ. Escribo poesía, narrativa y ensayo. Soy magíster en gestión cultural. Algunos de mis trabajos periodísticos pueden leerse aquí: https://www.clarin.com/autor/mercedes-alvarez.html

Imparto talleres de escritura grupales e individuales y tengo una amplia trayectoria en el ámbito de la cooperación y el desarrollo de programas y actividades en el marco de las relaciones bilaterales.

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

El futuro silencioso*

 

*Por Juan Forn.

 (Contratapa del 4 de mayo del 2012)

 

El nene de Simon Reynolds descubre, en un viaje en colectivo, que en los colectivos de Nueva York hay una gaveta con mapas gratis de los distintos barrios de la ciudad. Se trae uno de cada viaje que hace, y le pide al padre ir en colectivo a cualquier parte. Cuando no encuentra uno de los que le faltan, no se lleva ningún mapa. En uno de esos viajes, al ver la cara de decepción de su hijo, Reynolds le propone ir hasta la terminal y traérselos todos. Reynolds, para definirlo mal, es un periodista de rock inglés, pero ya hablaremos de eso. Alcance con decir por ahora que Reynolds es lo que es porque un día de muy chico empezó a devorar música y no paró nunca más. Esa es su segunda piel. Por eso, su primera reacción es proponerle al hijo ir a la terminal y traerse todos los mapas. Pero el hijo le contesta que no quiere ir a la terminal; lo que quiere es ir juntando los mapas de a uno.

Reynolds tiene entonces una epifanía. Piensa que su hijo es hijo de tigre. Recuerda sus primeros tiempos en la música, cuando juntaba moneda a moneda durante la semana para poder comprarse un disco cada viernes y se le hacía tripas el corazón si lo que escuchaba, al llegar corriendo a su casa, no le gustaba, pero seguía escuchándolo febrilmente hasta encontrar algo que justificara la compra. Reynolds recuerda cuando todo era espera, la llegada de un disco, la ocasional aparición en la tele de alguno de sus ídolos (y si uno se lo perdía, no lo veía más, porque nunca se repetía, y casi nunca ponían en la tele a sus ídolos). Reynolds recuerda aquella espera y entiende que ése fue el combustible acumulado que lo detonó después a una vida de escucha ávida, cada vez más multifacética y enfermita, hasta saber quién toca en cada disco, en qué momento preciso ocurrió cada avance del rock y cómo se multiplicó en mil esquirlas.

Reynolds tiene algo que a mí me encanta: no cree que está escribiendo sólo de música cuando escribe, y abre el espectro en muchas direcciones, todas inteligentísimas, pero a mí lo que me pierden son sus exabruptos confesionales. Reynolds dice, por ejemplo, que ha invertido todos sus esfuerzos, desde la adolescencia, para paliar el estigma de nacimiento de su generación: haber llegado tarde a los ’60 y al punk. Reynolds es el gran crítico musical del momento, de Londres se fue a vivir a Nueva York, le publican todo lo que escribe y le piden más, pero algo lo está perturbando últimamente: la curiosa y cada vez más evidente lentitud con que avanza la primera década del siglo. De hecho ya ha terminado y Reynolds descubre que nada de lo que sonó en los 2000 no sonaba ya en los ’90.

El hijo podría tranquilizarlo: “No pasa nada, sos mi papá igual, sólo te estás viniendo viejo”, para no decirle que hay un momento en que uno va dejando de vivir en su época y empezando a vivir en su mundo. A algunos les pasa a los cincuenta, a otros a los cuarenta, a otros les empezó a pasar a los treinta o incluso antes (y así quedaron: demasiado poco tiempo en su época para alcanzar a construirse un buen mundo donde irse a vivir después). Reynolds ronda los cincuenta. Pero como está tan acostumbrado a su inteligencia, a procesar fructíferamente la demencial data que acumula día a día, año a año, suma la frase de su hijo al total de lo que tiene en las mil pantallas prendidas en su cerebro y elabora toda una teoría, que bautiza “Retromanía”, y que viene a ser el saqueo del pasado en busca de novedades. Dice Reynolds que las mujeres jóvenes de hoy a quienes les importa la ropa llaman a su ropero el archivo: eligen por década su vestuario (vintage o copias actuales retro). Y dice que los músicos hacen igual: eligen su sonido, lo arman como quien abre el ropero, y dice “guitarra Hendrix con base drum’n’bass etíope, caños y cuerdas balcánicos y encima una voz de francesita jadeando”. Dice Reynolds una cosa muy divertida: que antes los buenos periodistas de rock sabían más que los músicos de rock (yo fui testigo del día en que Fresán sentó a Calamaro a escuchar a Dylan en una época en que nadie escuchaba a Dylan: mediados de los ’80); y ahora, en cambio, los músicos saben de discos como buenos periodistas, como estudiosos. Y que esa música hecha por voraces coleccionistas de discos, escuchas enfermos de toda música que alguna vez buscó cambiarlo todo, es el opuesto exacto de la música de la que se nutren: ensambla perfecto, pero no cambia a nadie. Por eso la década sigue quieta, aunque los dígitos cambien.

“Recuerdo la adrenalina del futuro”, dice Reynolds: una sensación pura y dura, la sensación de que estabas oyendo el sonido de mañana, de que estabas ahí cuando el presente se movía. El que lo pone en pasado soy yo; Reynolds la describe en tiempo presente, porque no puede ser infiel a esa electricidad, él quiere seguir siendo moderno hasta el fin, por eso agrega: “Todavía creo que el futuro está ahí afuera”. Como diciendo: no hagan mucho caso a los exabruptos confesionales en un libro que es una máquina de cruzar data y sacar conclusiones. Pero yo no podía evitar oír ese agónico clamor generacional mientras leía: hubo un tiempo en que el presente se movía. Ya dije que Reynolds lo supo de oídas: en los ’60 no estaba; en el punk tampoco. Pero vivió toda su vida con la adrenalina del futuro en la cabeza. Le puso letra a esa canción. Hubo un tiempo en que periodistas a quienes el rock les había abierto la cabeza les abrían a su vez la cabeza a esos músicos que veneraban, y la música que salía de ahí abría más cabezas todavía, y el presente se movía. Y de pronto, a fines de 2010, en un micro neoyorquino, juntando mapas gratis con su hijo, sintió: qué lenta viene esta última década, por qué será.

Me traje de Buenos Aires el libro de Reynolds en mi último viaje, además de traerme a mi madre a vivir conmigo; quizá viene de ahí esta conciencia un poco exacerbada de los ciclos de la vida. Quizá venga también de algo que en ese mismo viaje me mostró mi amigo Ciro, algo que está escribiendo. Ciro tiene veinte años. “El 5 de marzo murió mi abuela. La última de los siete hermanos Etchegaray nacidos a principios del novecientos. Con ella se fue para mí la historia del siglo XX y la posibilidad de hablar con alguien que había ido a un concierto de Gardel, alguien que escuchó a Evita por la radio, alguien que nació cuando aún no había terminado la Primera Guerra Mundial y se refería a la Segunda como si hubiese ocurrido la semana pasada. Quise explicarle a un amigo lo que significaba para mí la ancha vida de mi abuela y le dije eso, le dije que ella estaba viva mientras se escribían buena parte de los libros que más nos marcaron. Cuando Joyce publicó el Ulises, Maruca tenía seis años. Y hasta que no tuvo treinta y dos no existía en el mundo el Adán Buenosayres de Marechal, que fue publicado en 1948”, y así sigue, maravillosamente. A diferencia de Reynolds, yo hace tiempo que ya no vivo en mi época sino en mi mundo, pero también creo en el futuro. Cuando leo cosas así, escritas por alguien de veinte, creo en el futuro.

 

-Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-193237-2012-05-04.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

No es culpa de nadie.

En toda grieta

que el tiempo talla

contra un muro

es natural

que el polvo sedimente.

Traída por el viento,

por la suerte,

cualquier semilla estalla.

No fue culpa de nadie.

Es un descuido

del ojo hastiado

de mirar el muro

eternamente azul.

¿Por qué debería sorprendernos

la vida trepando por la grieta,

deslumbrada de verde

en su avidez de luz?

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

-Mariana nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente vive en City Bell.

Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)

Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador (La Magdalena, 2016)

Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)

El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)

Madura (Sudestada, 2021)

Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)

Patio (elandamio ediciones, 2024)

Poesía reunida (Medusa editores, 2024)

Trinchera (Sudestada, 2025)

Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HECHIZO DE MADRE*

 

El hombre sostiene la siesta con el amor cerrándole los ojos.

El humo del cigarro envuelve al niño. Comarca de su sangre

Doy testimonio. Lo vi. Desprenderse de su cuerpo y volar.

El niño de pantalones cortos era un galope de cerrojos

Escuchaba de rodillas su voz que era la mía. Voz de silencio y sierpe.

Cuantas preguntas quietas de días y de noches.

Que hechizo de madre entre los pedregullos.

Cuantos sabores. Olores. Multiplicadas noches de respuestas.

Te hubiera congelado el mundo en ese instante.

Pero hay zozobras bajo tierra que acechan esta Patria de barro.

Y vinieron cuchillos, lenguas, flechas. Sanguijuelas voraces.

Y el hombre parte y el niño queda. Queda.

Se mira las huellas de sus manos. Las besa. Las lame.

Se agita. Lagarto en pajonales libertarios

Compite con la muerte, con el viento, con el hambre y los piojos.

Grandes costurones. Quemaduras. No será piedra entre las ratas.

Expresión entrañable. Parajes. Perennidad en la sangre.

Amorosos fantasmas que lo esperan. Lo habitan. Lo moran.

Como llenarte amor, amor. Si estas pleno de niño.

Como llenarte, amor, amor, si soy prolongación de tus manos.

Y las beso. Las lamo. Las tiemblo. Ay, amor el río entre las piedras.

El río entre las piedras, ay.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

La poesía logra sacarnos de esa enfermedad que tenemos de ser un mecanismo, un zombie, un robot de respuestas automáticas hecho de mandatos, lugares comunes, repeticiones que decimos sin siquiera pensar qué estamos diciendo, por qué, para qué. La gran poesía, claro. Esas cosas "símil poesía" es posible que nos hundan más en nuestra enfermedad robótica y nos quiten las últimas esperanzas.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/2026/01/casbas.html?

 

 


 

Casbas*

 

*Por Mónica Russomanno.

 

En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.

En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un expreso de medianoche.

Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.

Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén sin trenes.

Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aún. Todavía hace falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.

En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que ahora sé que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.

La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí.

 

No necesita transporte para escapar hacia adentro.

 

 

-Próxima estación:

 

GOBERNADOR UDAONDO.  

 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

 

LOMA VERDE.  

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

 


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