*Dibujo de Erika Kuhn.
https://obraerikakuhn.blogspot.com/
PALABRA
SAGRADA*
La belleza del agua se hunde en el pasado.
Sigue los sueños transparentes del
invierno.
Entonces, la voz de todas las voces
la invoca como a una diosa salvaje,
besa, suavemente, sus pies de ninfa
y todo transcurre
en el nacimiento de la palabra sagrada.
*De ÁNGELES
OROÑO GLUR.
(San Cristóbal, Santa Fe, Argentina)
-De “La
belleza del agua” CR ediciones / 2025
*
Naciste, dicen, los cristianos recuerdan
con el pecado original.
La idea prosperó hasta que vino
el cuestionamiento, la previsible
rebeldía espiritual
así que te fuiste, para buscar
un camino propio
y no hubo sino afuera, eras
enteramente vos
agotándote en fiestas y en creaciones
baratas
una página en blanco y una hoja en blanco
llena de garabatos
que llamabas arte.
No es de dobles la estructura
y lo sabías, aunque te tomabas
el contenido demasiado en serio.
Durante décadas te persiguió la infelicidad
esa manera de pasar a través de corrientes
de mover la cara
para no poner la otra mejilla.
Hablabas de libertad, de dejar la culpa a
un lado,
pronto no quedó
de la estructura vital más que una casa en
ruinas
dos horcones a la vista, dos peldaños
rotos.
Desconcertado, sin posible ansiolítico a
mano
trepaste a un árbol.
Dicen, es un error de juventud
abrazar la idea y la cosa. Pero no sabías,
entonces,
creías
en Dios y en el demonio
y la tierra se abría al compás de Moisés.
Te despertaste un día, arriba del árbol,
implorando, improvisado anacoreta,
te descubriste medio muerto y vampiro
una carne que no vibraba
una tragedia hecha de literalidad envolvía
el árbol
que pretendías considerar sagrado.
Por primera vez imploraste: “venga a mí la
culpa”, y en tres días se reconstruyó
la casa sobre sus horcones.
Todo está en este hemisferio
tan vivo como la planta que avanza hacia el
sol
no se trata de fe
se trata
de la línea y la palabra, se trata
de permanecer con el símbolo.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
SÉPTIMA PARTE
Esa noche, quizás para evitar la inquietud
de saber dónde estábamos, los riesgos que entrañaba el agreste territorio que
se extendía hacia el sur, seguimos platicamos sobre nuestras imaginaciones.
Además, era una forma fácil, acaso sutil, de evitar nuestras biografías. Era
cómodo convivir sin indagar el pasado. Lucrecia esbozaba una incipiente
posibilidad. Al contrario, a mí me gustaba extender y usaba, cualquier
referencia, aspectos casi inocuos que captaba, para extenderme, seguir las
ramas de un gran árbol. De esa manera compensaba la poca información que
obtenía. Mientras el sueño empezaba a anunciarse con sus latidos pesados, pensé
en cientos o miles de personas caminando en grandes grupos por el bosque.
Sería, podía suponer, como la migración que hacen algunos animales en busca de
agua o de alimento. En este caso, sería una migración desesperada a juzgar por
las fotografías y, sobre todo, por los restos encontrados en la bodega. ¿Habría
más imágenes? ¿Alguno de los viajeros registró con su cámara la migración a
través del bosque? Las imágenes, en ese caso, estarían junto a un esqueleto,
como una ofrenda desesperada. El plástico o alguna parte metálica de la
hipotética cámara durarían mucho tiempo, pero las imágenes serían vulnerables.
Lucrecia estaba silenciosa, quizás
entrampada en alguna suposición volátil. Yo volví a pensar en las personas
amontonadas en la bodega. Imaginé el sudor de los cuerpos. El miedo que se
transmitía con rapidez por el simple contacto de la piel. En la oscuridad de la
bodega, muy juntos unos con otros, era inevitable compartir la sensación de
amenaza. Los ojos se agrandan. Cualquier palabra, por irrelevante que sea,
adquiere rasgos diferentes cuando se comparte de persona en persona. Alguien
podía adivinar la cercanía de la muerte a través de la respiración atribulada
de alguien que está muy cerca, a pocos centímetros. Ahí, en la bodega, todos
eran vulnerables pero, al mismo tiempo, el miedo al exterior era lo
suficientemente fuerte como para no atreverse a salir. Y seguían ahí,
amontonados, como ganado a punto del sacrificio y hubo un momento, una
circunstancia imprevista, quizás una detonación o un grito o una amenaza que no
puedo imaginar, que fue aprovechada para salir, huir a trompicones en dirección
al sur. Probablemente muchos murieron de hambre y de cansancio. Quizás algunos
fueron heridos en la estampida y dejaban rastros de sangre entre las ramas de
los árboles.
Lucrecia comenzó a dormitar recargada en mi
hombro. Sentí el peso leve de su cabeza. Su respiración entrecortada combatía,
de alguna forma, el invierno. Su respiración era la de un esforzado viajero que
sube por la ladera de una montaña y se detiene, en medio de una ventisca, para
conservar el calor. El resuello se hacía más fuerte en trechos y su ritmo daba
una sensación de fortaleza. Traté de mantenerme despierto. El calor llegaba a
las piernas y, lentamente, calentaba todo mi cuerpo. No sabía la hora. Miré el
reloj en la muñeca de Lucrecia y comprobé que se había detenido. ¿Habría
animales cerca? ¿Encontraríamos a alguien vivo en los siguientes días? Quizás
el calor podría atraer a algún animal o viajero como nosotros. Vi que tenía a
la mano una de las libretas amarillas y, sin despertar a Lucrecia, improvisé
algunos párrafos que me mantuvieran lúcido y soportar el embate del sueño.
Quería permanecer el mayor tiempo despierto porque me sentía responsable de la
seguridad de Lucrecia. Escribí sobre el destino de esa migración. Traté de
calcular las oportunidades que habrían tenido para llegar a otras regiones del
país, zonas que desconocían por completo y para las cuales tenían una mitología
secreta y confusa. Incluso imaginé que algunos de ellos, después de vagar sin
rumbo por el bosque, antes del colapso final, habrían hecho un último esfuerzo
y regresado a la ciudad. En esta vertiente ellos volvieron, casi destrozados, a
su lugar de origen y se dieron cuenta, con sorpresa y desilusión, que ninguno
de los habitantes, vecinos suyos, se habían enterado de su huida, de su
encierro en la bodega y de su milagroso escape. Entraron por la calle principal
de la ciudad. Todos polvorientos, con heridas aún vivas y sangre fresca. Los
habitantes se dieron cuenta de los recién llegados y los ayudaron a curarse.
Pero nadie les preguntó la razón de su huida. Cuando intentaron contar su
historia se dieron cuenta que no los escuchaban. Podían decirles cualquier cosa
y la reacción de sus interlocutores era la misma. Las palabras habían perdido
su significado. Quizás de eso habían huido: del silencio. La madre recibió al
hijo como si acabara de regresar de alguna compra. Le preparó un bocadillo para
cenar. Lo miró con gesto afable mientras devorada con ansiedad el pan y apresuraba
un vaso de agua. El esposo recibió a la esposa con un beso en la mejilla y
comentándole del reciente encuentro con un amigo. La miraba, con el vestido
hecho jirones y moretones en los brazos, pero seguía hablando de la posibilidad
de una comida con los vecinos y que en un futuro podría cambiar de trabajo. Los
saludaron como siempre y ellos, atribulados, pero con la necesidad de retomar
sus antiguas vidas, comenzaron a reintegrarse a sus actividades cotidianas.
Pronto, las diferencias entre los que se habían quedado y los que habían huido,
fueron cada vez más tenues. No hubo resentimiento y la extrañeza fue
diluyéndose. Los habitantes de la bodega comenzaron a olvidar a los muertos en
el bosque. Los rostros llenos de fatiga, los pies lacerados por la marcha, las
gargantas entumidas por la sed y el esfuerzo, fueron un recuerdo cada vez más
inestable, más volátil. Era una especie de homogeneización, como si la
población que no había huido se apropiara de los sobrevivientes y los integrara
a una normalidad que, de hecho, era una forma de perder la memoria, de olvido
constante. Acaso, en alguna pesadilla, alguno de ellos se veía de nuevo en la
espesura, mirando las huellas de sus compañeros, empeñados en seguir ese camino
a ninguna parte, obsesionados en poner un paso tras otro hasta la muerte.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
Desde jóvenes*
aunque no lo sepan
las más nobles personas,
las elegidas
necesitan del abismo.
Con el correr del tiempo,
en ciertos instantes
la prisa del mundo los invade
y el brillo abandona sus ojos.
Dejan de ver la oscuridad
que habita bajo sus pies.
Es el precio
que dicen hay que pagar
por vivir aquí.
Algo se altera.
Pierden impulso
y acude un malestar
que las vuelve frágiles
ante cualquier vaivén.
*De Jorge
Santkosky. jsantkovsky@go.org.ar
-De "La
incomodidad" Editorial Huesos de Jibia 2015.
ALREDEDOR
DE NABAM*
Yo soy yo, la que escribo y no la que
escribió. Algunas veces, cuando releo la novela de ella tiendo a confundir las
identidades y creo ser la otra, la que se obsesionó con ese personaje extraño y
maravilloso que fue apareciendo apunte por apunte, en esas noches de insomnio
en las cuales la historia le fue aconteciendo como dictada, como si ese ser
imposible se escribiese y describiese a sí mismo, apareciendo pleno y corpóreo,
ajeno a su imaginación.
La cosa comenzó a partir de un artículo del
"Diccionario infernal" de Collin de Plancy, libro que pacientemente
la esperaba en un anaquel de la biblioteca familiar desde antes de que naciera.
Siempre había estado allí, lo descubrió en la infancia leyéndolo a escondidas
de sus padres, y desde entonces esporádicamente releía algunos artículos, con
la curiosidad incrédula que conviene a nuestros tiempos y la satisfacción por
el estilo y el lenguaje antiguos. También allí, desde siempre, la aguardaba
quizás Nabam para manifestarse.
En la página dedicada a los conjuros se
recetan las palabras, signos y condiciones para invocar a los demonios, y tan
bien organizadas se encuentran las huestes infernales, con sus capitanes, sus
legiones y sus cadenas de mando, que a cada día de la semana corresponde un
demonio, un horario para efectuar la ceremonia, una ofrenda que debe ser
preparada con celo para entregar al compareciente.
La escritora no otorgaba fe a la brujería,
pero le pareció que el tema era adecuado para crear una novela, y la primera
noche hizo una descripción de Nabam, el demonio de los martes.
"Lo miro parado y es más bajo de lo
que parece estando sentado. Esa falsa impresión la causa una cierta
desproporción entre el cuerpo y los brazos, que resultan demasiado largos. Me
desagrada. Tiene un exterior brutal desmentido por una delicadeza extrema en
los dedos y la forma en que manipula los objetos. Desearía que fuese
simplemente bestial sin esa cualidad falsa de cuidadosa cortesía. Cuando habla,
agacha la cabeza, lo que hace que aparezca una línea blanca debajo de su iris.
Ojos celestes, o grises, o verdes.
Difícil definición. El inicio de cada frase
le provoca una sacudida y un adelantar el torso hacia mí, que en cada uno de
sus avances retrocedo. Me llega su aliento a cigarrillo y alcohol, y algún
aroma más como a perfume y transpiración. (Y flores marchitas). Me mira con una
intensidad que me pone nerviosa. Respondo apurada, equivoco las palabras y mis
expresiones me resultan estúpidas en el mismo momento de decirlas. Siempre
igual. Serpiente encantadora de pajarillos. Pero yo no soy un pequeño pajarito;
sin embargo frente a él soy un ser informe. Me desprecio. Cada vez que estoy
contenida en su mirada, con su cuerpo atento y ominoso, me siento en la zona de
trampa. Digámoslo de una vez, el hombre me resulta intolerablemente atractivo
porque me repugna."
Este primer retrato se le dio como una
revelación, como si hubiese visto realmente a Nabam, y al otro día la imagen
del demonio se le presentaba constantemente, reclamando su atención aun
mientras ejecutaba sus tareas cotidianas.
Tenía, entonces, al personaje. Cómo sería
el desarrollo de la novela no era tan claro, excepto que le resultaba evidente
que se enamoraría de él con secreto horror. En síntesis, una mujer invoca al
demonio en una ceremonia hecha por broma, el demonio se presenta, se declara
suyo, esta mujer debe convivir con él y se consignan las visicitudes y los
diálogos que se dan entre ellos.
En algunos borradores utilizó un narrador
omnisciente, en otros la tercera persona, pero los desechó y finalmente escogió
el relato en primera persona, siendo la narradora una mujer que era ella misma,
disfrazada apenas por detalles dispares o concesiones tenues a un intento de
ocultamiento. Se puede notar sin ninguna dificultad al leer el libro cómo esos
pueriles disfraces se diluyen a medida que la relación avanza, y finalmente
aparece la escritora claramente retratada a través de sus palabras. Así, Nabam
iba tomando forma y peso, y ella se despojaba de imposturas para reconocerse
como protagonista del drama.
"No soy más que una mujer. Una
patética mujer. No puedo escribir sobre sentimientos porque caería en la
deplorable zona de la novela rosa, no no no no no no.
¿Qué se puede decir que no haya sido dicho
admirablemente por otros?"
Este párrafo se encuentra en su diario, y
por la fecha corresponde a las primeras etapas de escritura. No deseaba
escribir una historia de amor, y era eso sin embargo el fondo de la trama, la
secreta seducción del demonio. Sin embargo, un segundo leitmotiv ejercía un
contrapunto constante, y era la relación del demonio con Dios, la imposibilidad
de probar la existencia de Dios aún ante la presencia del demonio, igual de
ignorante que las demás creaturas de los secretos designios del creador.
Así, este personaje en principio fantástico
e increíble se va mostrando como ser arrojado al mundo, dotado de escasos
poderes y aún más escasos conocimientos del más allá, siendo que al entrar en
este territorio, al franquear la puerta de nuestra existencia pierde la memoria
sobre las maravillas o espantos del otro lado.
Todo esto lo escribía ella sin consultarse
a sí misma, con rapidez, finalizando capítulo tras capítulo casi sin efectuar
correcciones posteriores.
"No me extrañaría para nada comenzar a
escribir en lenguas. Jamás había sentido igual urgencia por otro relato, ni
tanta seguridad al poner las palabras, que se siguen unas a otras como dotadas
de una necesaria ordenación. Recuerdo un documental sobre el autismo, en el que
un niño dibujaba un gallo copiando la imagen fielmente de su memoria, trazando
líneas aparentemente azarosas, caóticas, hasta que como por milagro se completó
la figura. Se explicaba que las líneas no tenían sentido para él, y que aleatoriamente
podía realizar un trazo del ala, luego una pata, luego una pluma de la cola y
el pico, pero que el gallo surgiría completo y perfecto al final, siempre igual
al primer modelo, sin importar el orden o aparente desorden de la operación. Me
pregunto si no estaré dibujando algo que tiene una existencia propia, me
pregunto qué rostro aparecerá cuando coloque el punto que cierre el último
capítulo, y si podré mirar ese rostro que me estará devolviendo la
mirada".
Esa sensación de ser mera transcriptora, acaso
de estar realizando un acto más de médium que de creadora la acompañó todos los
meses en los cuales los capítulos se sucedían velozmente unos a otros, en los
cuales el demonio narraba historias, reflexionaba sobre la humanidad desde su
condición de creatura ajena, se instalaba con su rostro y su cuerpo detalle por
detalle en las palabras y en esa realidad paralela que tomaba una consistencia
de cosa cierta.
Y Nabam, claro, era hermoso y terrible,
orgulloso, soberbio y completo en sí mismo, una enorme fuerza agazapada y acaso
mentida en su presencia confortable. La violencia probable, la posibilidad de
una súbita detonación hacía que el horror por su condición demoníaca
permaneciera como bajo continuo por detrás de la melodía tranquilizadora de los
diálogos calmos y la convivencia cotidiana.
El demonio se presentaba con una
corporeidad en el relato que al principio le hizo dejar las luces encendidas
por las noches y se resolvió luego en una especie de espera insensata.
"Me he descubierto en la calle mirando insistentemente los portales y las veredas, buscando la imagen familiar de mi demonio recostado contra el umbral de una casa o fumando silenciosamente desde la silla de un bar, libro en mano, sentado con esa actitud de dejarse estar, con ese reposo de animal cazador que reconocería de inmediato. Me ha parecido verlo, y no me he asombrado. Sería natural y fácil caminar hacia él y saludarlo, aceptando su comparecencia como algo necesario.
Cuando escribo lo siento a mi lado, puedo
percibir ese olor que le es característico, y no tengo miedo sino expectación.
Frente al teclado de mi computadora, mientras describo cómo me seduce
lentamente, soy seducida, ¿me seduzco? Y cómo lo extraño cuando lo busco en las
habitaciones silenciosas y descubro que él no está aquí, que no puedo rodear su
cuerpo ominoso con mis brazos.
Ayer, cuando llegaba a casa, la imagen de
Nabam aguardándome, espalda en la pared, cigarrillo humeante en la mano de
estatua, esa imagen era tan nítida y precisa que la decepción de no encontrarlo
me sumió en una depresión que hube de conjurar continuando con la novela, donde
vive respira actúa habla, me habla."
Reconociendo el grado de obsesión que su
personaje le provocaba, la escritora no se alarmó por ella sino se limitó a
disfrutarla, pues no creía en realidad en la existencia de los cielos o
infiernos del catecismo. Pensaba, como lo consignó en otros apuntes, que esta
momentánea suspensión de la incredulidad era el resultado de haber encontrado
un carácter y una historia interesantes, cosas que favorecerían la obra, que
prometía ser buena o en el peor de los casos menos mala que sus anteriores
producciones, las que reconocía resignadamente como mediocres y carecientes de
ese impacto que obliga al lector a mantener la atención en las páginas, y
distrae del artificio del estilo y los mecanismos del relato.
"No te asustes, que cuando te dije que
lo busco y me parece escuchar sus pasos demorados por las habitaciones, sé
perfectamente que no va a ocurrir. Sólo es un sentimiento de posibilidad de la
maravilla pero como juego. Déjame ser feliz con su compañía imaginaria mientras
dure. No te preocupes, que no me estoy volviendo loca. Lo que pasa es que es
tan hermoso."
Este fragmento de un mail a una amiga da
cuenta de la alarma de ésta por esa inmersión en la irrealidad, y del intento
de la escritora por tranquilizarla y quizás tranquilizarse a sí misma. Luego
del frenesí de escritura de los primeros tiempos, hubo una súbita detención en
correcciones mínimas y agregado o sustitución de palabras o frases que no
alteraban la obra sustancialmente, sino que demoraban el desenlace.
"No he continuado con la novela. No
puedo decir mi novela porque es suya, es la zona donde él camina y respira y me
acaricia distraídamente. Me he percatado de que esta suspensión no se debe a
falta de inspiración. Demasiado sé que ya el último capítulo está completo
línea por línea, y es el miedo a la finalización, a escribir las palabras lo
que me amedrenta. Sé que puesto el punto final, esto acaba, Nabam se transforma
en un personaje con presentación, nudo, desenlace, y que narrar el desenlace
equivale a darle fin a él junto con la novela. Está vivo mientras escribo, lo
relegaré al pasado cuando concluya su historia. Me demoro en separarme de su
presencia cotidiana, no me resigno a aceptar que sus últimas palabras sean
consignadas y se resuelva finalmente en una foto más del álbum, que desaparezca
como esos amigos que se van y se diluyen en la memoria."
Pero, resignadamente, luego de corregir una
y otra vez pasajes ya revisados, en un solo día completó lo que restaba y
colocó el temido punto último que equivalía al punto de muerte para la relación
íntima con su personaje.
"Ya está, la cosa está hecha. Nabam está terminado, qué feo me suena. Ahora, a intentar vivir sin mi demonio. Pero qué dramática, yo que deploro las tragedias y esa penosa magnificación de las cosas, me entrego a la lástima por mí misma y por nada. Pero me engaño. Es el pudor, siempre ese pudor por los sentimientos lo que me obliga a intentar mentirme a mí misma. Los sentimientos me avergüenzan como la exhibición de las tragedias o la demostración de que al fin y al cabo yo tomo, también, seriamente mis sufrimientos, aunque éstos sean bastante lastimosos y dignos más de una sonrisa que de una lágrima. No es que no haya ocurrido nada, lo que me sucedió no sucedió en el terreno de lo diurno, de lo tangible, pero esta desazón, este pesar no son ficticios. Es un abandono, una carencia, y duele, me duele.
A veces siento el impulso de retomar Nabam,
de agregar otro capítulo, de fingir que puedo tocarlo cuando íntimamente sé que
está completo y no puedo manipularlo sin perjudicar esa cosa de bruñido ya
realizado."
Quizás resulte innecesario referir que ella
estaba enamorada de Nabam. Se había enamorado de ese ángel caído hermoso y
taciturno que página a página iba definiéndose como un ser negado al amor. Era
la seducción del amado inaccesible, acaso la más perversa porque al no ser
factible su satisfacción la transforma en una obsesión imposible de conjurar.
Ella sólo podía depositar su amor en ese demonio, y el demonio sólo podía amar
a Dios, que lo había expulsado de su amor.
Situación refleja, simétrica, insensata
porque el demonio a fin de cuentas no existía.
"Te extraño mi Nabam, cómo te extraño.
Y no es casual que extraño sea lo ajeno, lo diferente, lo alejado de uno y de
sus costumbres, y utilicemos el verbo extrañar para expresar el intolerable
vacío, la urgencia, el desesperado hueco que alguien deja en nosotros al
marcharse. Cuando uno extraña, es porque el extrañado se ha convertido en
ajeno, alejado, diferente, en un extraño."
Pasado un tiempo, dijo a sus amigos en tono
de broma que poco a poco había remitido la enfermedad, y que ya no buscaba a su
personaje por las calles ni esperaba hallarlo sentado en la silla de hierro de
la cocina. Contó que había comenzado a escribir algunos cuentos, y que tenía la
idea de una nueva novela.
Hay apuntes de esa novela, que recomenzó
varias veces, sin hallar el tono justo ni la forma de narrar la historia. Los
borradores revelan una escritura desganada, carente de inspiración, más de
trabajo de redacción impuesto que de novelista.
"No hallo placer en la escritura, no puedo
dejar el estilo de Nabam, su castellano antiguo, su fría observación a través
de frases corteses. No puedo creer en estos nuevos personajes intrascendentes,
meros personajes y no otra cosa, marionetas con los hilos al descubierto. Cómo
habría sonreído Nabam, siempre tan pronto a burlarse de mí, si hubiese leído la
frase 'marionetas con los hilos al descubierto'. Sin su mirada no puedo
soslayar estas frases estúpidas y gastadas. Para qué engañarme, no puedo
escribir este libro sin sombra, esta historia anecdótica e insustancial que
tanto esfuerzo me demanda y que tan poco vale."
No destruyó los borradores, pero los guardó
definitivamente y no volvió a escribir.
Sus conocidos dicen que ya no hablaba de
Nabam, y que continuó su vida sin demostrar la íntima sensación de vacío de la
que habla en su diario. Era quizás tan penosa para ella que no quería
compartirla, y más aún cuanto que pensaba que no había verdaderos motivos, ya
que se repetía que el demonio había sido un personaje en una trama y no había razones
reales para sentirse abandonada. Cabría preguntarse qué es la realidad, qué
significa esa palabra aplicada a los sentimientos.
"Trato de salir, de ver amigas, de
volver a la realidad. Me persigue un vacío helado, una soledad que me
atemoriza, la vergüenza de admitir ante mí misma que me enamoré de un ser
inexistente y al que yo misma di forma sólo con palabras. Cómo decir esto, como
admitir esto si no puedo confesármelo sin saber que es absurdo. Sin embargo, no
es menos doloroso por ser absurdo. No, no duele menos."
Fue entonces que tomó la resolución de
invocarlo. Tal vez lo meditó durante semanas, tal vez fue un impulso repentino.
Como sea, ningún rastro escrito queda de ello, y cada uno puede formarse su
propia opinión al respecto.
Repitiendo al personaje, repitiéndose a sí
misma si convenimos finalmente en que ella era el personaje de la novela, con
una tiza dibujó el círculo mágico y el pantaclo en el suelo, y pronunció su
pedido de comparecencia a la noche del martes, al aire inmóvil de la habitación,
a los improbables habitantes de esas oscuras regiones invisibles en las cuales
no creía.
Sabemos que su pedido fue satisfecho, y
también sabemos que no fue su demonio familiar, su doméstico acompañante quien
apareció atraído formado o conjurado por la letanía. Qué terrible espanto se
alzó frente a ella Dios nos guarde de saberlo. No fue posible reconocerla, pues
su cadáver estaba desperdigado en jirones de carne y cabello y vísceras
ensangrentadas. De nada había servido la pueril barrera de la línea de tiza, y
la protección que asegura el conjuro es seguramente un engaño más de los
demonios, que se complacen en juegos de esa naturaleza.
Ahora, en mis manos se encuentra la novela,
y me hallo con súbito horror buscando la figura de Nabam recostado en algún
muro, fumando en la silla de algún bar, respirando quedamente mientras hojea un
libro. Línea por línea conozco su rostro y su cuerpo, y es tan hermoso. Es tan
hermoso.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
*
¿Qué es ser escritor?
No es ni tener muchos libros, ni premios, ni prestigio, ni entrevistas, ni
agente literario, ni traducciones, todo eso es absurdo y en cierto modo,
ridículo. Creo que tiene que ver con algo misterioso que empuja, lo quiera uno
o no, a buscar en palabras algo más allá de las palabras, aun sabiendo que más
allá de las palabras no hay nada.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
La huida*
*Por Sergio
Borao Llop. sbllop@gmail.com
Un tren en movimiento es una cárcel.
Con más razón para quien está huyendo.
Como a tantos otros, me acusan de un crimen
que no cometí. No importa la verdad: Estoy sentenciado desde que tuve aquel
desencuentro con el diputado. Lo vi claramente en su mirada. Antes o después,
iba a pagar mi atrevimiento. Ignoro qué destino me tienen preparado, pero, en
cualquier caso, las opciones de escapar a él son mínimas.
Por eso, cada par de ojos que se posan en
mí representan un peligro. Son muchos quienes me buscan. El poder encuentra
aliados en todas partes. La única realidad posible es la huida. Ningún rincón
del país es seguro ahora. Solo en el extranjero, lejos, podré eludir los largos
tentáculos de mi enemigo. Mas no debo pensar en el futuro lejano cuando en un
instante todo puede irse al carajo. Lo urgente es salir de aquí.
Todos los rostros que me rodean son una
amenaza. Por desconocidos, por multiplicados.
Vine a la estación porque me pareció el
mejor lugar para pasar desapercibido. En principio, solo tomé el tren por
alejarme de aquí. El destino fue casual –era el tren que en ese momento se
disponía a partir- pero en Enrique Fynn tengo amigos que tal vez puedan
ayudarme.
Ahora, cuando el tren ya abandona la ciudad
y avanza hacia la interminable llanura, solo ahora he caído en la enorme
indefensión del proscrito que toma la decisión de subirse a un tren –un avión,
un autobús, cualquier medio de transporte colectivo, en definitiva-. Por eso,
trato de evitar las miradas de los otros pasajeros. Las gafas de sol ayudan,
pero no son un muro tras el que esconderse. Solo un diminuto camuflaje. Si
alguno de mis perseguidores está a bordo, soy hombre muerto.
Haría bien, lo sé, en ocupar mi mente con
otro tipo de pensamientos. La forma de burlar la vigilancia a que estoy
sometido, por ejemplo. La acción que debería llevar a cabo si descubro a uno de
ellos… esas cosas. Pero el temor me impide pensar: Un indicio claro de ello es
que, justo antes de tomar el tren, he llamado a mis amigos para avisarles de mi
llegada. Solo un minuto más tarde he caído en la cuenta de lo inoportuno de mi
visita. Por nada del mundo desearía meter en líos a mis amigos. Pero ya está
hecho. No puedo volver atrás. Dejo mi destino en manos de este enorme artefacto
que me traslada con rapidez entre campos y pueblos que, a esta hora, parecen
abandonados.
A pesar del miedo, el cansancio acumulado
en las últimas horas me induce a dormitar. Breves cabezadas de las que salgo
con un sobresalto. Cada vez, miro alrededor con aprensión. Nada en el vagón
parece amenazarme, pero con esta gente nunca se sabe.
Para un prófugo, todo son ojos. Ojos
expectantes, acusadores, irónicos, traicioneros. Ojos enemigos.
Cuando, al volver de alguna de esas
ensoñaciones, distingo una sombra en algún punto inconcreto del vagón, mi
corazón se acelera. Cada vez que el tren se detiene, temo que suban, que me
busquen, que me saquen esposado y vencido a la vista de todos y me metan en un
auto verde, uno de esos autos verdes de los que no se regresa…
Una mirada fija es una alarma causando un
estruendo insoportable en mi interior. Una inocente sonrisa se me antoja como
la señal inequívoca de mi perdición.
Los kilómetros y las estaciones se suceden,
pero mi angustia no mengua. No obstante, si he de ser sincero, no hay la menor
señal de los sicarios. Se trata solo de la sensación de ahogo propia de quien
se sospecha rodeado.
Miro hacia afuera y percibo que ya estamos
llegando. La próxima estación es Enrique Fynn. Allí tal vez pueda estar seguro
uno o dos días, mientras decido qué hacer, hacia donde seguir huyendo…
Con suma precaución, la misma que he
empleado en las últimas horas o días (en la huida llega a perderse la noción
del tiempo), me preparo para salir de este encierro rodante. Abajo todo será
distinto.
Sin embargo, la frecuencia de mis latidos
no disminuye. Mientras el tren va reduciendo su velocidad y la silueta de la
estación se perfila en el horizonte cercano, me asalta una revelación: Ellos
están ahí, esperándome. Esta vez no se trata del pánico, sino de una fría
certeza. No necesito verlos. Lo sé. Conocían mis planes y no han hecho otra
cosa que alimentar mi esperanza, dejando que el viaje llegue a su fin. No habrá
escándalo ni una persecución cinematográfica. Simplemente, alguien se acercará
a mí y me susurrará al oído unas pocas palabras. Yo le seguiré en silencio,
velando así por la seguridad de mis amigos, a quienes me prometerán no hacer el
menor daño si colaboro. No me hará falta ver a uno de mis antiguos compañeros,
quizá el más joven o aquel que siempre enrojecía al mirarte a los ojos,
escondido tras una columna, observando con el corazón en un puño mi detención
y, tal vez, respirando aliviado al comprobar mi sumisión. Después, el protocolo
se cumplirá con precisión geométrica, del mismo modo que siempre. Y el mundo me
olvidará como se olvida todo.
-Próxima
estación:
LOMA
VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
Plaza virtual de
escritura
-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

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