miércoles, mayo 20, 2026

LA VOZ DE TODAS LAS VOCES

 


*Dibujo de Erika Kuhn.

https://obraerikakuhn.blogspot.com/

 

 

 

 


 

 

 

 

 

PALABRA SAGRADA*

 

La belleza del agua se hunde en el pasado.

Sigue los sueños transparentes del invierno.

Entonces, la voz de todas las voces

la invoca como a una diosa salvaje,

besa, suavemente, sus pies de ninfa

y todo transcurre

en el nacimiento de la palabra sagrada.

 

*De ÁNGELES OROÑO GLUR.

(San Cristóbal, Santa Fe, Argentina)

-De “La belleza del agua” CR ediciones / 2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Naciste, dicen, los cristianos recuerdan

con el pecado original.

La idea prosperó hasta que vino

el cuestionamiento, la previsible

rebeldía espiritual

así que te fuiste, para buscar

un camino propio

y no hubo sino afuera, eras

enteramente vos

agotándote en fiestas y en creaciones baratas

una página en blanco y una hoja en blanco

llena de garabatos

que llamabas arte.

No es de dobles la estructura

y lo sabías, aunque te tomabas

el contenido demasiado en serio.

Durante décadas te persiguió la infelicidad

esa manera de pasar a través de corrientes

de mover la cara

para no poner la otra mejilla.

Hablabas de libertad, de dejar la culpa a un lado,

pronto no quedó

de la estructura vital más que una casa en ruinas

dos horcones a la vista, dos peldaños rotos.

Desconcertado, sin posible ansiolítico a mano

trepaste a un árbol.

Dicen, es un error de juventud

abrazar la idea y la cosa. Pero no sabías, entonces,

creías

en Dios y en el demonio

y la tierra se abría al compás de Moisés.

Te despertaste un día, arriba del árbol, implorando, improvisado anacoreta,

te descubriste medio muerto y vampiro

una carne que no vibraba

una tragedia hecha de literalidad envolvía el árbol

que pretendías considerar sagrado.

Por primera vez imploraste: “venga a mí la culpa”, y en tres días se reconstruyó

la casa sobre sus horcones.

Todo está en este hemisferio

tan vivo como la planta que avanza hacia el sol

no se trata de fe

se trata

de la línea y la palabra, se trata

de permanecer con el símbolo.

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

 

*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 

SÉPTIMA PARTE

 

Esa noche, quizás para evitar la inquietud de saber dónde estábamos, los riesgos que entrañaba el agreste territorio que se extendía hacia el sur, seguimos platicamos sobre nuestras imaginaciones. Además, era una forma fácil, acaso sutil, de evitar nuestras biografías. Era cómodo convivir sin indagar el pasado. Lucrecia esbozaba una incipiente posibilidad. Al contrario, a mí me gustaba extender y usaba, cualquier referencia, aspectos casi inocuos que captaba, para extenderme, seguir las ramas de un gran árbol. De esa manera compensaba la poca información que obtenía. Mientras el sueño empezaba a anunciarse con sus latidos pesados, pensé en cientos o miles de personas caminando en grandes grupos por el bosque. Sería, podía suponer, como la migración que hacen algunos animales en busca de agua o de alimento. En este caso, sería una migración desesperada a juzgar por las fotografías y, sobre todo, por los restos encontrados en la bodega. ¿Habría más imágenes? ¿Alguno de los viajeros registró con su cámara la migración a través del bosque? Las imágenes, en ese caso, estarían junto a un esqueleto, como una ofrenda desesperada. El plástico o alguna parte metálica de la hipotética cámara durarían mucho tiempo, pero las imágenes serían vulnerables.

Lucrecia estaba silenciosa, quizás entrampada en alguna suposición volátil. Yo volví a pensar en las personas amontonadas en la bodega. Imaginé el sudor de los cuerpos. El miedo que se transmitía con rapidez por el simple contacto de la piel. En la oscuridad de la bodega, muy juntos unos con otros, era inevitable compartir la sensación de amenaza. Los ojos se agrandan. Cualquier palabra, por irrelevante que sea, adquiere rasgos diferentes cuando se comparte de persona en persona. Alguien podía adivinar la cercanía de la muerte a través de la respiración atribulada de alguien que está muy cerca, a pocos centímetros. Ahí, en la bodega, todos eran vulnerables pero, al mismo tiempo, el miedo al exterior era lo suficientemente fuerte como para no atreverse a salir. Y seguían ahí, amontonados, como ganado a punto del sacrificio y hubo un momento, una circunstancia imprevista, quizás una detonación o un grito o una amenaza que no puedo imaginar, que fue aprovechada para salir, huir a trompicones en dirección al sur. Probablemente muchos murieron de hambre y de cansancio. Quizás algunos fueron heridos en la estampida y dejaban rastros de sangre entre las ramas de los árboles.

Lucrecia comenzó a dormitar recargada en mi hombro. Sentí el peso leve de su cabeza. Su respiración entrecortada combatía, de alguna forma, el invierno. Su respiración era la de un esforzado viajero que sube por la ladera de una montaña y se detiene, en medio de una ventisca, para conservar el calor. El resuello se hacía más fuerte en trechos y su ritmo daba una sensación de fortaleza. Traté de mantenerme despierto. El calor llegaba a las piernas y, lentamente, calentaba todo mi cuerpo. No sabía la hora. Miré el reloj en la muñeca de Lucrecia y comprobé que se había detenido. ¿Habría animales cerca? ¿Encontraríamos a alguien vivo en los siguientes días? Quizás el calor podría atraer a algún animal o viajero como nosotros. Vi que tenía a la mano una de las libretas amarillas y, sin despertar a Lucrecia, improvisé algunos párrafos que me mantuvieran lúcido y soportar el embate del sueño. Quería permanecer el mayor tiempo despierto porque me sentía responsable de la seguridad de Lucrecia. Escribí sobre el destino de esa migración. Traté de calcular las oportunidades que habrían tenido para llegar a otras regiones del país, zonas que desconocían por completo y para las cuales tenían una mitología secreta y confusa. Incluso imaginé que algunos de ellos, después de vagar sin rumbo por el bosque, antes del colapso final, habrían hecho un último esfuerzo y regresado a la ciudad. En esta vertiente ellos volvieron, casi destrozados, a su lugar de origen y se dieron cuenta, con sorpresa y desilusión, que ninguno de los habitantes, vecinos suyos, se habían enterado de su huida, de su encierro en la bodega y de su milagroso escape. Entraron por la calle principal de la ciudad. Todos polvorientos, con heridas aún vivas y sangre fresca. Los habitantes se dieron cuenta de los recién llegados y los ayudaron a curarse. Pero nadie les preguntó la razón de su huida. Cuando intentaron contar su historia se dieron cuenta que no los escuchaban. Podían decirles cualquier cosa y la reacción de sus interlocutores era la misma. Las palabras habían perdido su significado. Quizás de eso habían huido: del silencio. La madre recibió al hijo como si acabara de regresar de alguna compra. Le preparó un bocadillo para cenar. Lo miró con gesto afable mientras devorada con ansiedad el pan y apresuraba un vaso de agua. El esposo recibió a la esposa con un beso en la mejilla y comentándole del reciente encuentro con un amigo. La miraba, con el vestido hecho jirones y moretones en los brazos, pero seguía hablando de la posibilidad de una comida con los vecinos y que en un futuro podría cambiar de trabajo. Los saludaron como siempre y ellos, atribulados, pero con la necesidad de retomar sus antiguas vidas, comenzaron a reintegrarse a sus actividades cotidianas. Pronto, las diferencias entre los que se habían quedado y los que habían huido, fueron cada vez más tenues. No hubo resentimiento y la extrañeza fue diluyéndose. Los habitantes de la bodega comenzaron a olvidar a los muertos en el bosque. Los rostros llenos de fatiga, los pies lacerados por la marcha, las gargantas entumidas por la sed y el esfuerzo, fueron un recuerdo cada vez más inestable, más volátil. Era una especie de homogeneización, como si la población que no había huido se apropiara de los sobrevivientes y los integrara a una normalidad que, de hecho, era una forma de perder la memoria, de olvido constante. Acaso, en alguna pesadilla, alguno de ellos se veía de nuevo en la espesura, mirando las huellas de sus compañeros, empeñados en seguir ese camino a ninguna parte, obsesionados en poner un paso tras otro hasta la muerte.

 

(continuara)

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde jóvenes*

 

aunque no lo sepan

las más nobles personas,

las elegidas

necesitan del abismo.

Con el correr del tiempo,

en ciertos instantes

la prisa del mundo los invade

y el brillo abandona sus ojos.

Dejan de ver la oscuridad

que habita bajo sus pies.

Es el precio

que dicen hay que pagar

por vivir aquí.

Algo se altera.

Pierden impulso

y acude un malestar

que las vuelve frágiles

ante cualquier vaivén.

 

*De Jorge Santkosky. jsantkovsky@go.org.ar

-De "La incomodidad" Editorial Huesos de Jibia 2015.

 

 





 

 

 

 

ALREDEDOR DE NABAM*

 

 

Yo soy yo, la que escribo y no la que escribió. Algunas veces, cuando releo la novela de ella tiendo a confundir las identidades y creo ser la otra, la que se obsesionó con ese personaje extraño y maravilloso que fue apareciendo apunte por apunte, en esas noches de insomnio en las cuales la historia le fue aconteciendo como dictada, como si ese ser imposible se escribiese y describiese a sí mismo, apareciendo pleno y corpóreo, ajeno a su imaginación.

La cosa comenzó a partir de un artículo del "Diccionario infernal" de Collin de Plancy, libro que pacientemente la esperaba en un anaquel de la biblioteca familiar desde antes de que naciera. Siempre había estado allí, lo descubrió en la infancia leyéndolo a escondidas de sus padres, y desde entonces esporádicamente releía algunos artículos, con la curiosidad incrédula que conviene a nuestros tiempos y la satisfacción por el estilo y el lenguaje antiguos. También allí, desde siempre, la aguardaba quizás Nabam para manifestarse.

En la página dedicada a los conjuros se recetan las palabras, signos y condiciones para invocar a los demonios, y tan bien organizadas se encuentran las huestes infernales, con sus capitanes, sus legiones y sus cadenas de mando, que a cada día de la semana corresponde un demonio, un horario para efectuar la ceremonia, una ofrenda que debe ser preparada con celo para entregar al compareciente.

La escritora no otorgaba fe a la brujería, pero le pareció que el tema era adecuado para crear una novela, y la primera noche hizo una descripción de Nabam, el demonio de los martes.

"Lo miro parado y es más bajo de lo que parece estando sentado. Esa falsa impresión la causa una cierta desproporción entre el cuerpo y los brazos, que resultan demasiado largos. Me desagrada. Tiene un exterior brutal desmentido por una delicadeza extrema en los dedos y la forma en que manipula los objetos. Desearía que fuese simplemente bestial sin esa cualidad falsa de cuidadosa cortesía. Cuando habla, agacha la cabeza, lo que hace que aparezca una línea blanca debajo de su iris. Ojos celestes, o grises, o verdes.

Difícil definición. El inicio de cada frase le provoca una sacudida y un adelantar el torso hacia mí, que en cada uno de sus avances retrocedo. Me llega su aliento a cigarrillo y alcohol, y algún aroma más como a perfume y transpiración. (Y flores marchitas). Me mira con una intensidad que me pone nerviosa. Respondo apurada, equivoco las palabras y mis expresiones me resultan estúpidas en el mismo momento de decirlas. Siempre igual. Serpiente encantadora de pajarillos. Pero yo no soy un pequeño pajarito; sin embargo frente a él soy un ser informe. Me desprecio. Cada vez que estoy contenida en su mirada, con su cuerpo atento y ominoso, me siento en la zona de trampa. Digámoslo de una vez, el hombre me resulta intolerablemente atractivo porque me repugna."

Este primer retrato se le dio como una revelación, como si hubiese visto realmente a Nabam, y al otro día la imagen del demonio se le presentaba constantemente, reclamando su atención aun mientras ejecutaba sus tareas cotidianas.

Tenía, entonces, al personaje. Cómo sería el desarrollo de la novela no era tan claro, excepto que le resultaba evidente que se enamoraría de él con secreto horror. En síntesis, una mujer invoca al demonio en una ceremonia hecha por broma, el demonio se presenta, se declara suyo, esta mujer debe convivir con él y se consignan las visicitudes y los diálogos que se dan entre ellos.

En algunos borradores utilizó un narrador omnisciente, en otros la tercera persona, pero los desechó y finalmente escogió el relato en primera persona, siendo la narradora una mujer que era ella misma, disfrazada apenas por detalles dispares o concesiones tenues a un intento de ocultamiento. Se puede notar sin ninguna dificultad al leer el libro cómo esos pueriles disfraces se diluyen a medida que la relación avanza, y finalmente aparece la escritora claramente retratada a través de sus palabras. Así, Nabam iba tomando forma y peso, y ella se despojaba de imposturas para reconocerse como protagonista del drama.

"No soy más que una mujer. Una patética mujer. No puedo escribir sobre sentimientos porque caería en la deplorable zona de la novela rosa, no no no no no no.

¿Qué se puede decir que no haya sido dicho admirablemente por otros?"

Este párrafo se encuentra en su diario, y por la fecha corresponde a las primeras etapas de escritura. No deseaba escribir una historia de amor, y era eso sin embargo el fondo de la trama, la secreta seducción del demonio. Sin embargo, un segundo leitmotiv ejercía un contrapunto constante, y era la relación del demonio con Dios, la imposibilidad de probar la existencia de Dios aún ante la presencia del demonio, igual de ignorante que las demás creaturas de los secretos designios del creador.

Así, este personaje en principio fantástico e increíble se va mostrando como ser arrojado al mundo, dotado de escasos poderes y aún más escasos conocimientos del más allá, siendo que al entrar en este territorio, al franquear la puerta de nuestra existencia pierde la memoria sobre las maravillas o espantos del otro lado.

Todo esto lo escribía ella sin consultarse a sí misma, con rapidez, finalizando capítulo tras capítulo casi sin efectuar correcciones posteriores.

"No me extrañaría para nada comenzar a escribir en lenguas. Jamás había sentido igual urgencia por otro relato, ni tanta seguridad al poner las palabras, que se siguen unas a otras como dotadas de una necesaria ordenación. Recuerdo un documental sobre el autismo, en el que un niño dibujaba un gallo copiando la imagen fielmente de su memoria, trazando líneas aparentemente azarosas, caóticas, hasta que como por milagro se completó la figura. Se explicaba que las líneas no tenían sentido para él, y que aleatoriamente podía realizar un trazo del ala, luego una pata, luego una pluma de la cola y el pico, pero que el gallo surgiría completo y perfecto al final, siempre igual al primer modelo, sin importar el orden o aparente desorden de la operación. Me pregunto si no estaré dibujando algo que tiene una existencia propia, me pregunto qué rostro aparecerá cuando coloque el punto que cierre el último capítulo, y si podré mirar ese rostro que me estará devolviendo la mirada".

Esa sensación de ser mera transcriptora, acaso de estar realizando un acto más de médium que de creadora la acompañó todos los meses en los cuales los capítulos se sucedían velozmente unos a otros, en los cuales el demonio narraba historias, reflexionaba sobre la humanidad desde su condición de creatura ajena, se instalaba con su rostro y su cuerpo detalle por detalle en las palabras y en esa realidad paralela que tomaba una consistencia de cosa cierta.

Y Nabam, claro, era hermoso y terrible, orgulloso, soberbio y completo en sí mismo, una enorme fuerza agazapada y acaso mentida en su presencia confortable. La violencia probable, la posibilidad de una súbita detonación hacía que el horror por su condición demoníaca permaneciera como bajo continuo por detrás de la melodía tranquilizadora de los diálogos calmos y la convivencia cotidiana.

El demonio se presentaba con una corporeidad en el relato que al principio le hizo dejar las luces encendidas por las noches y se resolvió luego en una especie de espera insensata.

"Me he descubierto en la calle mirando insistentemente los portales y las veredas, buscando la imagen familiar de mi demonio recostado contra el umbral de una casa o fumando silenciosamente desde la silla de un bar, libro en mano, sentado con esa actitud de dejarse estar, con ese reposo de animal cazador que reconocería de inmediato. Me ha parecido verlo, y no me he asombrado. Sería natural y fácil caminar hacia él y saludarlo, aceptando su comparecencia como algo necesario. 

Cuando escribo lo siento a mi lado, puedo percibir ese olor que le es característico, y no tengo miedo sino expectación. Frente al teclado de mi computadora, mientras describo cómo me seduce lentamente, soy seducida, ¿me seduzco? Y cómo lo extraño cuando lo busco en las habitaciones silenciosas y descubro que él no está aquí, que no puedo rodear su cuerpo ominoso con mis brazos.

Ayer, cuando llegaba a casa, la imagen de Nabam aguardándome, espalda en la pared, cigarrillo humeante en la mano de estatua, esa imagen era tan nítida y precisa que la decepción de no encontrarlo me sumió en una depresión que hube de conjurar continuando con la novela, donde vive respira actúa habla, me habla."

Reconociendo el grado de obsesión que su personaje le provocaba, la escritora no se alarmó por ella sino se limitó a disfrutarla, pues no creía en realidad en la existencia de los cielos o infiernos del catecismo. Pensaba, como lo consignó en otros apuntes, que esta momentánea suspensión de la incredulidad era el resultado de haber encontrado un carácter y una historia interesantes, cosas que favorecerían la obra, que prometía ser buena o en el peor de los casos menos mala que sus anteriores producciones, las que reconocía resignadamente como mediocres y carecientes de ese impacto que obliga al lector a mantener la atención en las páginas, y distrae del artificio del estilo y los mecanismos del relato.

"No te asustes, que cuando te dije que lo busco y me parece escuchar sus pasos demorados por las habitaciones, sé perfectamente que no va a ocurrir. Sólo es un sentimiento de posibilidad de la maravilla pero como juego. Déjame ser feliz con su compañía imaginaria mientras dure. No te preocupes, que no me estoy volviendo loca. Lo que pasa es que es tan hermoso."

Este fragmento de un mail a una amiga da cuenta de la alarma de ésta por esa inmersión en la irrealidad, y del intento de la escritora por tranquilizarla y quizás tranquilizarse a sí misma. Luego del frenesí de escritura de los primeros tiempos, hubo una súbita detención en correcciones mínimas y agregado o sustitución de palabras o frases que no alteraban la obra sustancialmente, sino que demoraban el desenlace.

"No he continuado con la novela. No puedo decir mi novela porque es suya, es la zona donde él camina y respira y me acaricia distraídamente. Me he percatado de que esta suspensión no se debe a falta de inspiración. Demasiado sé que ya el último capítulo está completo línea por línea, y es el miedo a la finalización, a escribir las palabras lo que me amedrenta. Sé que puesto el punto final, esto acaba, Nabam se transforma en un personaje con presentación, nudo, desenlace, y que narrar el desenlace equivale a darle fin a él junto con la novela. Está vivo mientras escribo, lo relegaré al pasado cuando concluya su historia. Me demoro en separarme de su presencia cotidiana, no me resigno a aceptar que sus últimas palabras sean consignadas y se resuelva finalmente en una foto más del álbum, que desaparezca como esos amigos que se van y se diluyen en la memoria."

Pero, resignadamente, luego de corregir una y otra vez pasajes ya revisados, en un solo día completó lo que restaba y colocó el temido punto último que equivalía al punto de muerte para la relación íntima con su personaje.

"Ya está, la cosa está hecha. Nabam está terminado, qué feo me suena. Ahora, a intentar vivir sin mi demonio. Pero qué dramática, yo que deploro las tragedias y esa penosa magnificación de las cosas, me entrego a la lástima por mí misma y por nada. Pero me engaño. Es el pudor, siempre ese pudor por los sentimientos lo que me obliga a intentar mentirme a mí misma. Los sentimientos me avergüenzan como la exhibición de las tragedias o la demostración de que al fin y al cabo yo tomo, también, seriamente mis sufrimientos, aunque éstos sean bastante lastimosos y dignos más de una sonrisa que de una lágrima. No es que no haya ocurrido nada, lo que me sucedió no sucedió en el terreno de lo diurno, de lo tangible, pero esta desazón, este pesar no son ficticios. Es un abandono, una carencia, y duele, me duele. 

A veces siento el impulso de retomar Nabam, de agregar otro capítulo, de fingir que puedo tocarlo cuando íntimamente sé que está completo y no puedo manipularlo sin perjudicar esa cosa de bruñido ya realizado."

Quizás resulte innecesario referir que ella estaba enamorada de Nabam. Se había enamorado de ese ángel caído hermoso y taciturno que página a página iba definiéndose como un ser negado al amor. Era la seducción del amado inaccesible, acaso la más perversa porque al no ser factible su satisfacción la transforma en una obsesión imposible de conjurar. Ella sólo podía depositar su amor en ese demonio, y el demonio sólo podía amar a Dios, que lo había expulsado de su amor.

Situación refleja, simétrica, insensata porque el demonio a fin de cuentas no existía.

"Te extraño mi Nabam, cómo te extraño. Y no es casual que extraño sea lo ajeno, lo diferente, lo alejado de uno y de sus costumbres, y utilicemos el verbo extrañar para expresar el intolerable vacío, la urgencia, el desesperado hueco que alguien deja en nosotros al marcharse. Cuando uno extraña, es porque el extrañado se ha convertido en ajeno, alejado, diferente, en un extraño."

Pasado un tiempo, dijo a sus amigos en tono de broma que poco a poco había remitido la enfermedad, y que ya no buscaba a su personaje por las calles ni esperaba hallarlo sentado en la silla de hierro de la cocina. Contó que había comenzado a escribir algunos cuentos, y que tenía la idea de una nueva novela.

Hay apuntes de esa novela, que recomenzó varias veces, sin hallar el tono justo ni la forma de narrar la historia. Los borradores revelan una escritura desganada, carente de inspiración, más de trabajo de redacción impuesto que de novelista.

"No hallo placer en la escritura, no puedo dejar el estilo de Nabam, su castellano antiguo, su fría observación a través de frases corteses. No puedo creer en estos nuevos personajes intrascendentes, meros personajes y no otra cosa, marionetas con los hilos al descubierto. Cómo habría sonreído Nabam, siempre tan pronto a burlarse de mí, si hubiese leído la frase 'marionetas con los hilos al descubierto'. Sin su mirada no puedo soslayar estas frases estúpidas y gastadas. Para qué engañarme, no puedo escribir este libro sin sombra, esta historia anecdótica e insustancial que tanto esfuerzo me demanda y que tan poco vale."

No destruyó los borradores, pero los guardó definitivamente y no volvió a escribir.

Sus conocidos dicen que ya no hablaba de Nabam, y que continuó su vida sin demostrar la íntima sensación de vacío de la que habla en su diario. Era quizás tan penosa para ella que no quería compartirla, y más aún cuanto que pensaba que no había verdaderos motivos, ya que se repetía que el demonio había sido un personaje en una trama y no había razones reales para sentirse abandonada. Cabría preguntarse qué es la realidad, qué significa esa palabra aplicada a los sentimientos.

"Trato de salir, de ver amigas, de volver a la realidad. Me persigue un vacío helado, una soledad que me atemoriza, la vergüenza de admitir ante mí misma que me enamoré de un ser inexistente y al que yo misma di forma sólo con palabras. Cómo decir esto, como admitir esto si no puedo confesármelo sin saber que es absurdo. Sin embargo, no es menos doloroso por ser absurdo. No, no duele menos."

Fue entonces que tomó la resolución de invocarlo. Tal vez lo meditó durante semanas, tal vez fue un impulso repentino. Como sea, ningún rastro escrito queda de ello, y cada uno puede formarse su propia opinión al respecto.

Repitiendo al personaje, repitiéndose a sí misma si convenimos finalmente en que ella era el personaje de la novela, con una tiza dibujó el círculo mágico y el pantaclo en el suelo, y pronunció su pedido de comparecencia a la noche del martes, al aire inmóvil de la habitación, a los improbables habitantes de esas oscuras regiones invisibles en las cuales no creía.

Sabemos que su pedido fue satisfecho, y también sabemos que no fue su demonio familiar, su doméstico acompañante quien apareció atraído formado o conjurado por la letanía. Qué terrible espanto se alzó frente a ella Dios nos guarde de saberlo. No fue posible reconocerla, pues su cadáver estaba desperdigado en jirones de carne y cabello y vísceras ensangrentadas. De nada había servido la pueril barrera de la línea de tiza, y la protección que asegura el conjuro es seguramente un engaño más de los demonios, que se complacen en juegos de esa naturaleza.

Ahora, en mis manos se encuentra la novela, y me hallo con súbito horror buscando la figura de Nabam recostado en algún muro, fumando en la silla de algún bar, respirando quedamente mientras hojea un libro. Línea por línea conozco su rostro y su cuerpo, y es tan hermoso. Es tan hermoso.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

¿Qué es ser escritor? No es ni tener muchos libros, ni premios, ni prestigio, ni entrevistas, ni agente literario, ni traducciones, todo eso es absurdo y en cierto modo, ridículo. Creo que tiene que ver con algo misterioso que empuja, lo quiera uno o no, a buscar en palabras algo más allá de las palabras, aun sabiendo que más allá de las palabras no hay nada.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

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La huida*

 

 

*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

 

Un tren en movimiento es una cárcel.

Con más razón para quien está huyendo.

Como a tantos otros, me acusan de un crimen que no cometí. No importa la verdad: Estoy sentenciado desde que tuve aquel desencuentro con el diputado. Lo vi claramente en su mirada. Antes o después, iba a pagar mi atrevimiento. Ignoro qué destino me tienen preparado, pero, en cualquier caso, las opciones de escapar a él son mínimas.

Por eso, cada par de ojos que se posan en mí representan un peligro. Son muchos quienes me buscan. El poder encuentra aliados en todas partes. La única realidad posible es la huida. Ningún rincón del país es seguro ahora. Solo en el extranjero, lejos, podré eludir los largos tentáculos de mi enemigo. Mas no debo pensar en el futuro lejano cuando en un instante todo puede irse al carajo. Lo urgente es salir de aquí.

Todos los rostros que me rodean son una amenaza. Por desconocidos, por multiplicados.

Vine a la estación porque me pareció el mejor lugar para pasar desapercibido. En principio, solo tomé el tren por alejarme de aquí. El destino fue casual –era el tren que en ese momento se disponía a partir- pero en Enrique Fynn tengo amigos que tal vez puedan ayudarme.

Ahora, cuando el tren ya abandona la ciudad y avanza hacia la interminable llanura, solo ahora he caído en la enorme indefensión del proscrito que toma la decisión de subirse a un tren –un avión, un autobús, cualquier medio de transporte colectivo, en definitiva-. Por eso, trato de evitar las miradas de los otros pasajeros. Las gafas de sol ayudan, pero no son un muro tras el que esconderse. Solo un diminuto camuflaje. Si alguno de mis perseguidores está a bordo, soy hombre muerto.

Haría bien, lo sé, en ocupar mi mente con otro tipo de pensamientos. La forma de burlar la vigilancia a que estoy sometido, por ejemplo. La acción que debería llevar a cabo si descubro a uno de ellos… esas cosas. Pero el temor me impide pensar: Un indicio claro de ello es que, justo antes de tomar el tren, he llamado a mis amigos para avisarles de mi llegada. Solo un minuto más tarde he caído en la cuenta de lo inoportuno de mi visita. Por nada del mundo desearía meter en líos a mis amigos. Pero ya está hecho. No puedo volver atrás. Dejo mi destino en manos de este enorme artefacto que me traslada con rapidez entre campos y pueblos que, a esta hora, parecen abandonados.

A pesar del miedo, el cansancio acumulado en las últimas horas me induce a dormitar. Breves cabezadas de las que salgo con un sobresalto. Cada vez, miro alrededor con aprensión. Nada en el vagón parece amenazarme, pero con esta gente nunca se sabe.

Para un prófugo, todo son ojos. Ojos expectantes, acusadores, irónicos, traicioneros. Ojos enemigos.

Cuando, al volver de alguna de esas ensoñaciones, distingo una sombra en algún punto inconcreto del vagón, mi corazón se acelera. Cada vez que el tren se detiene, temo que suban, que me busquen, que me saquen esposado y vencido a la vista de todos y me metan en un auto verde, uno de esos autos verdes de los que no se regresa…

Una mirada fija es una alarma causando un estruendo insoportable en mi interior. Una inocente sonrisa se me antoja como la señal inequívoca de mi perdición.

Los kilómetros y las estaciones se suceden, pero mi angustia no mengua. No obstante, si he de ser sincero, no hay la menor señal de los sicarios. Se trata solo de la sensación de ahogo propia de quien se sospecha rodeado.

Miro hacia afuera y percibo que ya estamos llegando. La próxima estación es Enrique Fynn. Allí tal vez pueda estar seguro uno o dos días, mientras decido qué hacer, hacia donde seguir huyendo…

Con suma precaución, la misma que he empleado en las últimas horas o días (en la huida llega a perderse la noción del tiempo), me preparo para salir de este encierro rodante. Abajo todo será distinto.

Sin embargo, la frecuencia de mis latidos no disminuye. Mientras el tren va reduciendo su velocidad y la silueta de la estación se perfila en el horizonte cercano, me asalta una revelación: Ellos están ahí, esperándome. Esta vez no se trata del pánico, sino de una fría certeza. No necesito verlos. Lo sé. Conocían mis planes y no han hecho otra cosa que alimentar mi esperanza, dejando que el viaje llegue a su fin. No habrá escándalo ni una persecución cinematográfica. Simplemente, alguien se acercará a mí y me susurrará al oído unas pocas palabras. Yo le seguiré en silencio, velando así por la seguridad de mis amigos, a quienes me prometerán no hacer el menor daño si colaboro. No me hará falta ver a uno de mis antiguos compañeros, quizá el más joven o aquel que siempre enrojecía al mirarte a los ojos, escondido tras una columna, observando con el corazón en un puño mi detención y, tal vez, respirando aliviado al comprobar mi sumisión. Después, el protocolo se cumplirá con precisión geométrica, del mismo modo que siempre. Y el mundo me olvidará como se olvida todo.

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

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