miércoles, marzo 21, 2007

PODER ELEGIR HACE FELIZ

NUESTRA INFELICIDAD*



Nuestra felicidad no nos pertenece. La creamos no con las herramientas que nos son propias, sino con las que nos prestan. Y no depende como el siglo quiere hacernos creer de lo que poseemos, sino de lo que damos.
Puede ser una ingenuidad, pero ciertos antiguos saberes son tan ingenuos como el que un abrazo es más necesario que el pan, y que la sonrisa del amado calienta el alma en el invierno.
La felicidad no es una carcajada necesariamente. Sucede en una capa más profunda y es capaz de serenar los océanos del infortunio.
Para ser feliz es necesario ser generoso. Saber dar y saber recibir.
Una mujer que cocina para su hombre, el padre cansado que se fuerza a estar un ratito más a pesar del dolor de cintura, el muchacho que resigna unas tardes a acompañar la tragedia de su amigo. Hallan todos ellos una felicidad de melodía a media voz, la tranquilidad de estar donde hacen falta.
Pero necesitan, para poder ejercer su cometido de acompañantes, la retribución del reconocimiento.
Trabajar por la felicidad de alguien que nos ignora es un sendero que desemboca en la angustia. Y aquí acostumbramos considerar tonto a quien no requiere alguna clase de paga, y acostumbramos denigrar los trabajos desinteresados. Si no se pide nada a cambio, pensamos que debe de ser algo que no tiene valor.
Es cierto, no tiene precio. Es inapreciable lo que unos hacen por otros cuando se atreven a dar desde las entrañas, cosa nada fácil.
Una mujer que acaricia a su hombre dormido es feliz. Una señora que pone la mesa con las mejores tazas para recibir a sus amigas. Un hombre que enseña a su vecino cómo cambiarle el líquido de freno al automóvil es feliz.
La felicidad florece bajo los techos de chapa, estalla en el patio de una escuela, se enciende en una oficina. No tiene edad ni condición social. La llevan los privilegiados que son capaces de convidar con lo que tienen.
Quien es feliz porque lo envidian, retrasa unos momentos el salto hacia el abismo. Quien se alegra por el llanto de alguien, detiene un minuto solamente el roer de las orugas. Mentirá ser feliz el malvado, se mentirá a si mismo, hará la pantomima, montará su obra teatral. No hemos de darle fe. No le creeremos.
Pero mientras tanto todo nos lleva a la desdicha. La veneración del cinismo, la confusión de maldad con inteligencia, el mandato de arrebatar lo que no está fijado al suelo. Todo nos lleva al blindaje y la desconfianza. O somos ladrones, o tememos ser despojados.
Creemos que poseemos lo que guardamos, y somos esclavos de lo que nos negamos a dar.
La mujer no quiere ser usada, y se niega el privilegio de atender a su hombre. El hombre no quiere que la mujer lo domine, y se niega el privilegio de atenderla. Aferrados a nuestras mezquinas posiciones, amurallados todos, profunda, dolorosamente infelices. Pero eso si, indiscutiblemente dueños, patrones y propietarios de nuestra infelicidad.


*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





Poder elegir hace feliz...



El cielo entre durmientes*



*Humberto Costantini


Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios, adonde el sol no puede penetrar, pero ante los cuales se queda montando guardia, rabioso y vigilante como un perro en acecho.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera "¿salís?" con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio adonde me llegaban ruidos lejanos e incitantes entreverados con el aleteo de algún mangangá.
Por eso no le contesté nada y en seguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese "¿salís?" liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una transpirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo "¿qué hacés?" y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas o respira a través de unos globos lentos, pesados, que levantan nuevas ampollas en su pellejo y hacen un extraño ruido de glogloteo como si ya estuviera por soltar el hervor.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso, de cachorro, con que la tierra nos juguetea por las pantorrillas. Pero más lindo es no sentir nada de eso, sino esas ganas locas de meterse en la tarde como en una selva. ¿No es cierto, Ernesto?
Caminamos. Un aguacil grande y rojo viene a despedirnos, pasa zumbando a nuestro lado y siguiendo la línea de yuyos que bordea la zanja llega hasta el puente de la esquina y vuelve volando a toda máquina amagando un encontrón. —¡A que no lo agarrás!
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos. Flechillas, lenguas de vaca, huevitos de gallo. Esta es otra zanja, no la nuestra. ¿Habrá ranones por aquí?
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin por qué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes del teléfono. Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra...
Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril. —¡A ver quién llega primero!
Salimos como balas. Una ametralladora de pasos y el crujido de los terrones resecos. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo enormemente contento cuando dejo de verla y cuando siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros, pero llego primero arriba. Y desde arriba lo miro triunfante.
Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la espalda. Yo debo estar igual porque en la manga que me pasé por la frente queda una gran mancha negra y húmeda.
A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más lindo son los puentes. Cuando allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que se mueve sin cesar debajo mío.
Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre... Es imposible seguirlo. Anda por ese andamiaje de hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la carrera.
Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón. Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor, chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para reivindicarnos.
Las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge como una pedrada y casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados cuando pase el tren.
La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida.
El cascabeleo de algún lejano carro de lechero y el canto metálico de la cigarra no cortan el silencio, sino que lo hacen más denso aún, más expectante.
Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada de un tren. Los minutos transcurren lentos en el calor sofocante del reparo que forman las paredes del puente. Se mastica un yuyo o se sube de vez en cuando a mirar el reverbero distante de las vías.
—A no soltarse, ¿eh?
—No, a no soltarse.
De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de confundir.
Con cierta parsimonia nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está cerca.
Tomamos posiciones.
—¡Cuando yo diga saltamos!
El silencio, avasallado ahora por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá arriba.
—A no solt...
—¡Ahora!
Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. —¿No quemará la locomotora?—. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego , vapor y un ruido de pesadilla.
No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías.
La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.
—¡Vos te soltaste primero!
—¡Tenías una cara de miedo vos!
Otra vez el silencio. La sierra sinfín de la cigarra nos chista y se ríe de nosotros. Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.
—Si vos te quedabas, yo me quedaba...
—Yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.
Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. La tierra pegándose a la piel mojada. El reverbero de la calle o quizás las gruesas gotas de sudor que me empañan la vista. Ernesto hace garabatos con una ramita.
Y el tiempo que se desliza silencioso sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
La cigarra. Un gorrión con el pico entreabierto y las alas separadas. Los ladrillos del puente y allá a lo lejos una pared blanca que nos saluda como un pañuelo.
—Un, dos, tres... (antes de que cuente veinte aparece), cuatro, cinco...
Silencio. Las voces de la siesta.
Ahora sí. Es un tren este. El rumor lejano pero inconfundible. Nos ponemos de pie. Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin. El contacto de la tierra caliente en las palmas de las manos.
—¡Cuando yo diga!
El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar. —¡Ahora!, digo, y salto con todas mis fuerzas.
El ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro de mí, Ernesto se columpia en el suyo.
El ruido ensordecedor. La cara roja de Ernesto entre sus dos brazos en alto. Su camiseta amarilla y su pelo caído sobre la frente.
Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía.
Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que doy. Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.
El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor, el ruido, Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje y también porque es necesario gritar. Lo veo a Ernesto congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.
Gotas de sudor se me meten en la boca. –No doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto. –No doy más, me quedo hasta que se quede Cacho..
¿Cuánto faltará todavía? La cara de Ernesto gesticulando y escupiendo sudor. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? Grito y lo pateo para hacerlo bajar. ¿Cuándo faltará todavía? El ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? Los sesos a punto de estallar. Borrachera de ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?

* * *

Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes.
El silencio que crece de la tierra. El silbido lejano de la locomotora.
Seguimos colgados y nos miramos sonriendo.
La tarde canta en la voz de las cigarras.
¿Te acordás Ernesto, cómo cantaba?




Humberto Costantini nació en Buenos Aires en 1924, y murió en la misma ciudad en junio de 1987.
Poeta, narrador y dramaturgo, Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su casi secreta labor de investigador científico, los más diversos oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes enriqueció su prosa.
Heredero del grupo de Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos elementos, como ser los símbolos y las alegorías, los monólogos interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite, exasperando la realidad en grotesco.
Costantini fue una influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.
De por aquí nomás (1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos y policías (¿?) son algunas de sus obras más recordadas.

*Fuente:
http://www.abanico.edu.ar/2004/08/cielo.htm





Miércoles, 21 de Marzo de 2007
La vida, ese tupper*


*Por Celeste Galiano, Fabricio Simeoni y Federico Tinivella

"Quisiera ser tupperware para poder conservarte"
Salvador Trapani



Sin precintos ni avatares, pasarse la vida entre paredes de plástico resulta frágil.
Esperar cierto destape y seguir enhiesto. Sentirse fiambrera, cumplir el ciclo desde un recipiente, nacer, comer, reproducirse y morir en el cubículo inesperado de la conservación de la especie.
El señor Earl S. Tupper no podía imaginar el furor que iba a causar su invento cuando en 1946 pergenió el famoso tazón maravilla. Nada tuvieron que ver -y cabe la aclaración- el joven ni la mujer maravilla. Aunque sabemos perfectamente que don Earl pasaba horas escuchando wonderful world con dos
pocillos de porcelana en las orejas, para amortiguar el eco.
El "tupperware", que significa "mercancías de Tupper", permanece desde entonces entre nosotros, ayudando a la preservación de los alimentos. Y es que sirve para todo: congelar comidas preparadas, no preparadas, no comidas, congelar comidas congeladas y descongelar, sirve también para no congelar
absolutamente nada.
Guardar restos en la nevera y nevera en los restos y transportar los alimentos sin riesgo de que se desparramen. Por esta razón, el tupper cada vez viaja más a la oficina, a tu casa, a la luna y hasta se puede plegar para transportarlo en una riñonera, bolsillo o estuche. Humilde y hermético, comparte el don de los hombres sabios, el silencio.
Quitar el aire es su secreto; así ama, así mata, preserva ocultando.
¿Discreto por convicción? No, opaco por naturaleza.
70 y 30. 70 y 30. Cerrar un tupper con precisión exige pocas artes y mucha ciencia: 70% de fuerza en la mano izquierda y un 30% de la derecha, como disparar una 9 milímetros pero con mayor sutileza.
Danger. El uso de un tupper nuevo sin lavar imprime un sabor a momia irremontable, un gusto empalagoso difícil de explicar parecido a respirar pelusa de aspiradora mezclada con polvo de rincón. No olvidar, los tupper se curan como el mate, las ollas de hierro y las personas -a veces, claro.
Para apoderarse de algo uno debe crearlo cuidadosamente, pensó Confucio. Y Earl S. Tupper, con paciencia, aprendió a conquistar el mercado mundial de la practicidad. Jamás aceptó una campaña demasiado agresiva para promocionar sus ingeniosos ghettos atmosféricos. La guerra no se juzga, se evita.
¡Llame ya y obtenga 1000 tuppers, no causan sobredosis! Ni mangueras para enrollar, ni fajas reductoras, ni baba de caracol se ofrecen por más de dos unidades. Scheherezade y las 1001 noches, usted y los mil tupperware se animan al millar. La magia del vacío. Guardar significa amar, cuidar con
persistencia, exhalar protección y volverse querible. ¡Guarda!
De todos los colores y de ninguno, el tupper juega al espejo, caja de trucos. Camuflaje, supervivencia, en la Naturaleza todo lo importante lleva tiempo.
Earl intuyó que los vacuos eran tan importantes como los llenos y concibió un objeto que ordenara atesorando. Quien ordena es poderoso y el poderoso elige.
Poder elegir hace feliz. Sólo se trata de durar, pensó Earl S Tupper cuando corría presuroso hasta el lavabo. De niño la fobia social lo había tomado de la cintura como lo hacía su novia Caterina Mc Intoch en las tardes chorreadas de crema de maní, en las costura de los campos de Conectitut.
Ella lo aferraba de atrás y al oído solía susurrarle versos de Roco Sumbaba, un poeta africano que había viajado hasta el país del norte escondido en un barril de cacahuates desde Kenia. Le decía entonces Caterina "la selva me quema los labios, la lengua, se quema, se quema, se quema ahí", todos poemas escritos por Sumbaba en su viaje de exilio. Textos que se habían convertido en lectura obligada en el sur de Tenesse, de donde era oriunda Mc Intoch.
Esos poemas habían cavado hondo en el desierto mental de Earl. Entendía que el viaje de Roco, su encierro, lo habían conservado en buena forma. Comenzó a pensar que aquello que es sometido a un encierro perdura. Recordaba ahora a su abuela Murdel que permaneció cinco años en el baúl de un Buick, alimentada solo con insectos verdes. Los ancianos del pueblo dijeron, al verla salir, en un descampado, de aquel baúl abierto, que ella pensó cerrado esos cinco años, que se veía más joven.
Sólo se trata de durar, pensó Tupper una vez en el lavabo y aquella idea tomó forma de envase plástico, aquí todas las bolsas son de cartón, no como en Argentina. El plástico es un polímero que protege los alimentos, no como el cartón que les transfiere su aroma y humedad, sintetizó Earl en su cuaderno de anotaciones. Al instante corrió desnudo hasta el jardín, tropezó con el triciclo de Michael su nuevo amante, que dormía después de una borrachera y gritó "plastic", plástico en castellano. He ahí el comienzo de una relación perdurable entre los humanos y su vianda, hasta la llegada del freezer, asesino del tupper, no de su esencia, que todavía olemos en los poemas de Sumbaba.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-7811-2007-03-21.html





Intima*


Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.

Las cumbres de la vida son tan solas,
¡tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mi misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.

Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismos:
yo vacilaba, me sostengo en ti.

Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad; yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.

Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
llega a la tuya como un gran espejo.

¡Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
bajo el azur sin fin se sintió preso.

Imagina mi amor, mi amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú sabes que si pesan, si consumen
alma y sueños de olimpo en carne humana.

Y cuando frente al alma que sentía
poco el azur para bañar sus alas
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:

¡Imagina! ¡Estrechar, vivo, radiante
el imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a dios, al sol, la flor, el aire
¡la vida toda porque tu eras vida!

Si con angustia yo compre esta dicha,
¡bendito el llanto que manchó mis ojos!

¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por sus labios rojos!

¡Ah! tú sabrás mi amor; mas vamos lejos,
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.

Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
me abriré dulcemente para ti.



*De Delmira Agustini.

*Fuente: http://www.patriagrande.net/uruguay/delmira.agustini/index.html





Correo:

*

Queridos amigos, los invito a enviar uno o dos poemas de su autoría escritos para Frida Khalo, máximo 30 líneas por poema.
Tres líneas de currículum del autor, incluyendo país, ciudad y fecha de nacimiento. Todo en archivo adjunto.
El encabezado deberá decir Poema para Frida Khalo.
Enviar a los correos: linajes-editores@att.net.mx con copia a linazeron@yahoo.com

La recepción máxima de los poemas será el 15 de abril de 2007. .

El libro será en homenaje al centenario del natalicio de la pintora y será editado por una dependencia gubernamental, la cual dará a conocer a los poetas seleccionados en el mes de mayo.
Será presentado en un acto en la Delegación Coyoacán con asistencia y lectura de los poetas que puedan asistir.


Dear friends. I invite you to send 2 poems dedicated to Frida Khalo, if you have. Maximum 30 lines per poem. Please Send a short curriculum of 3 lines with country, city and date of birth, everything in attached mail. the poems sent in English will be translated the Spanish.

The book will be in tribute to the centenary of birth of the painter and will be published by a governmental dependency. The poems you would received until maximum the 15 of April.

Please send all to linajes-editores@att.net.mx with copy to linazeron@yahoo.com


Regards and a lot of hugs

*Lina Zerón
www.linazeron.com


*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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martes, marzo 20, 2007

UN ESPEJO EN EL TECHO

FUÉ AL PASAR*


Yo creí que tus ojos anegaban el mundo...
Abiertos como bocas en clamor... Tan dolientes
Que un corazón partido en dos trozos ardientes
Parecieron... Fluían de tu rostro profundo
.
Como dos manantiales graves y venenosos...
Hornos á fuego y sombra tus pupilas !... tan hondas
Que no se desde donde me miraban, redondas
Y oscuras como mundos lontanos y medrosos.
.
¡ Ah tus ojos tristísimos como dos galerías
Abiertas al Poniente !... Y las sendas sombrías
De tus ojeras donde reconocí mis rastros !...
.
Yo envolví en un gran gesto mi horror como en un velo,
Y me alejé creyendo que cuajaba en el cielo
La medianoche húmeda de tu mirar sin astros!


*de Delmira Agustini.
(de Cantos de la Mañana)
-Fuente:
http://www.damisela.com/literatura/pais/uruguay/autores/agustini/cantos/pasar_p2.htm




Un espejo en el techo...



MUJER FELIZ*


Había yo concurrido a una charla dada por un psiquiatra. La charla
trataba sobre la felicidad. El psiquiatra definió el grado de felicidad como
el nivel de aceptación en la relación de la persona con sus aconteceres; la
familia, los amigos, el trabajo, las diarias ocupaciones.
Ocurrió que la mujer sentada a mi lado era una persona feliz, y, para mi
dicha, esa mujer feliz me había otorgado el alto y honorable título de
amiga.
Ahora bien, cómo es que esa mujer es una de esas raras personas que han
incurrido en la extraña fortuna de ser felices. Habría que hacer un estudio,
pero no está en mi mano más que el esbozo de una descripción, incompleta y
externa como todos los intentos de aproximación al misterio.
Esa mujer que gozosamente confirmaba cada rasgo presente en las personas
felices camina con los pies hacia afuera como una bailarina. No es un dato
anecdótico. Como no puede ir por la vida con los brazos abiertos, va por
ella con los pies abiertos, abarcando con un abrazo desde la tierra al
universo y sus criaturas.
Es de esa clase de gente que una quiere tener cerca cuando el cielo
resplandece, y que una necesita cuando llega el otoño y el deshojarse de las
ilusiones. Tiene la incomparable capacidad de estar, de estar para quien la
necesite a la hora del mediodía o de la medianoche, de callar, reír o
hablar, de consolar sin mentir, de sonreír en silencio, de llorar lágrimas
de sal y música melancólica por una amiga en desgracia.
Es hija, madre y hermana, es esposa y amiga. Es decir, que ejerce con
solvencia todos los posibles modos de caricia y de estar en el mundo con y
para otros. De su marido ha dicho "lo quiero tanto", y no se me ocurre frase
más modesta y más hermosa.
Que haya amamantado a sus tres hijos y a sus siete sobrinos la colocan
en el terreno de la Pachamama, de las Venus Esteatopigias, de todas esas
deidades que desde el inicio de los tiempos dieron leche y vida a los
humanos. Que pueda narrarlo con bellas palabras es un encanto añadido.
Es, entonces, una especie de maga.
Si el timbre de su voz lo evoco en la frase ¡Qué-buéno!, así
pronunciada, ¡Qué-buéno!, en las situaciones en que una se daría a todas las
maldiciones que recuerde o pueda inventar. Si esa mujer dice qué-buéno
cuando se pone a cocinar a las once de la noche, y al otro día tiene que
madrugar para ir al trabajo. Si dice que hace falta or-ga-ni-za-ción,
sabiendo que nadie le hará caso, y no se enoja. Si extiende su afecto como
una manta infinita que abriga a todos y a todo. Si hace todo eso, debe de
ser, y es, una mujer feliz.
Descubro entonces que la felicidad no es una cuestión de sucedidos,
fortunas o resguardos. La mujer feliz deja que la felicidad le retoñe en los
pechos y la regala. No protege con muros su jardín, lo abre a los
visitantes. No guarda su felicidad en una cajita de sándalo e incienso, la
derrama, y al derramarla crece.
Es feliz porque nos hace felices. Y hacemos cola para sentarnos un
ratito a su lado en la hamaca.
No puedo decir que Edurne sea un hada. Es una mujer de verdad, y una
mujer feliz. No hay mayor magia que esa.




*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com








Martes, 20 de Marzo de 2007
Citas rápidas*


*Por Sandra Russo



En un hotel de diseño del centro de Buenos Aires, hay cierto nerviosismo a
eso de las seis y media. Falta un rato para "las 19", cuando según consta en
las tarjetas de falsa invitación, dará comienzo el juego. Ya se ven por aquí
y por allá mujeres de más o menos cincuenta años tomando cortados, solas o
de a dos. Aparentan esa tranquilidad que cuesta mucho aparentar. Esperan.
Mientras tanto, una especie de Alessandra Rampolla en versión boliviana, muy
sexy y muy correcta, encapsulada en su rol de anfitriona, circula por el
lobby, cuyo centro es una enorme pileta de no natación: en el agua flotan
diversos objetos que la convierten en una instalación. A ambos lados, filas
de mesas y sillas hipermodernas están ya dispuestas; dentro de media hora,
en esas mesas y sillas se sentarán hombres y mujeres durante ocho minutos
exactos: el juego consiste en eso. En conocer a diez personas del sexo
opuesto y conversar con cada una de ellas ocho minutos exactos, que serán
cronometrados por la Venus coordinadora. El juego pertenece a una nueva
modalidad de citas, las citas rápidas. La coordinadora prefiere llamarlas
fast dates. Ella habla un lenguaje curiosamente neutro, y sospecho que no es
porque sea boliviana. Bolivia ha quedado muy atrás en su biografía. Ella es
la cara de una empresa especializada en fast dates, y maneja a la perfección
el monólogo del vendedor del juego.
Dirá, por ejemplo: "Las damas y los caballeros que participan de nuestros
eventos no tienen tiempo para hacer vida social. Imagínate: ir a una
discoteca, bailar, conversar, quedarse tomando un trago, quedar en verse al
día siguiente... Eso lleva mucho tiempo. Aquí tienen la posibilidad de
conocer a diez personas del sexo opuesto en dos horas y de iniciar una bella
relación".
Como se trata de "una empresa seria" que "ante todo garantiza
confidencialidad", mientras esas damas y esos caballeros estén sentados en
el hotel, mesa por medio, conociéndose durante ocho minutos, ignorarán sus
respectivos nombres. Les han dado nicknames que los protegen. Es que el
juego tiene sus vaivenes. Deben ser protegidos de gente que a su vez quiere
ser protegida. La seguridad entra por esa grieta al mundo de las relaciones
personales, haciéndolas impersonales. ¿No será un costo demasiado alto? Para
las damas y los caballeros, no.
El juego se divide por "rangos", y hay eventos especiales para cada "rango".
El "rango" no es más que la franja de edades: si no fuera por el "rango",
las damas de cincuenta como las que hoy están aquí se quedarían sin
candidatos hasta en este juego y pese a haber pagado la inscripción. Los
caballeros de cincuenta y tantos prefieren a las treintañeras.
Les dan tarjetas ya tabuladas y marcadas con la primera impresión que les
provoque cada candidato/a. Son como antiguos carnets de baile. En las
tarjetas hay tres caritas que expresan: 1) satisfacción; 2) duda: merece una
segunda oportunidad; 3) desagrado. Tomándose ese examen mutuo, un rato
después de "las 19", el lobby está lleno de damas y caballeros sonriendo y
conversando, cada pareja en su mesa. A los ocho minutos, suena una campana
que toca la Venus de ojos celestes con un mohín que indica que todos deben
cambiar de mesa y compañero/a. Todos obedecen. Están ansiosos por ver quién
sigue. Quizá mientras conversen con el siguiente seguirán pendientes del
anterior, si es que les ha gustado, y relojeando a la dama con la que él se
ha sentado. Las variables posibles de atracción o rechazo escapan a la
manipulación del juego, así como las pasiones y los arrebatos, los
pensamientos recurrentes, la naturalidad y el azar, en fin, esos pormenores
tan importantes en cualquier historia de amor o deseo. El juego ofrece
seguridad y garantiza "gente para conocer", pero a cambio se reserva el
derecho de enamoramiento súbito, desprolijo y antojadizo. Aquí no se viene a
dejarse llevar, sino a evaluar y a ser evaluado.
Las citas rápidas florecen en un contexto en el que la soledad ya ha
empantanado demasiado a hombres y mujeres que deben convertirse en damas y
caballeros, como si fueran personajes surgidos de alguna trama de amor
cortés, o bien como los carteles de los baños públicos. Visto desde la
puerta del hotel, el juego sigue su curso, aunque ha habido inconvenientes,
que son los de la vida real: hay más damas que caballeros. Ellas deben
relucir más, ser más agudas y divertidas para que ellos marquen 1) o 2).
Afuera paró de llover y sin embargo todavía hace calor. La noche que llega
impregna el algodón de las remeras y las camisas de un sudor mezclado de
humedad y cansancio. Afuera hay embotellamiento, y hay patrulleros pidiendo
documentos a unos pibes. Las bocinas están enfurecidas y los hombres y las
mujeres que salen de sus trabajos caminan rápido para alcanzar el colectivo.
Y aún con la pesadez del clima y el tránsito, afuera de ese hotel todo está
vivo.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-81990-2007-03-20.html







CHIS­TE TRIS­TE*



*pieza teatral de ROLANDO REVAGLIATTI. revadans@yahoo.com.ar




Per­so­na­jes:
MU­JER
AN­CIA­NO
MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA
MU­CHA­CHA
MON­JA
HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO
HOM­BRE 1
HOM­BRE 2
AN­CIA­NA
MU­JER 2
MU­JE­RIE­GO
MU­JER QUE NO HA­BLA
MU­JER 1
HI­JO
CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL
MO­ZO

ES­CE­NA­RIO: A fo­ro, el fren­te de una con­fi­te­ría. Una am­plia puer­ta,
al me­dio. En un car­tel enor­me
so­bre la puer­ta se lee: "Con­fi­te­ría Grand". De­lan­te del de­co­ra­do,
una con­fi­te­ría de bal­ne­a­rio.
Es­ca­li­na­tas. Y en ellas, si­mé­tri­ca­men­te dis­pues­tas, ca­tor­ce
me­si­tas re­don­das con una si­lla ca­da una,
to­das de fren­te al es­pec­ta­dor. En ca­da si­lla un per­so­na­je. Otra
me­si­ta, la úni­ca de­so­cu­pa­da, tie­ne dos si­llas, am­bas de fren­te,
en pros­ce­nio y en el me­dio.

En ca­da me­si­ta hay lo si­guien­te:
MU­JER: Gran he­la­do.
AN­CIA­NO: Ga­se­o­sa.
Me­si­ta De­so­cu­pa­da: Ce­ni­ce­ro.
MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA: Té con le­che; apar­ta­do,
co­mo si ya lo
hu­bie­se be­bi­do. Un sán­gu­che de pan pe­be­te co­mi­do has­ta la mi­tad.
MU­CHA­CHA: Gran co­pón de cer­ve­za.
MON­JA: Me­ren­gue con cre­ma. Le­che cho­co­la­ta­da.
HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO: Pla­ti­to con acei­tu­nas. Pa­li­lle­ro con
es­car­ba­dien­tes. (Y un mi­cró­fo­no.)
HOM­BRE 1: Ver­mut con in­gre­dien­tes.
HOM­BRE 2: Ver­mut con in­gre­dien­tes.
AN­CIA­NA: Gi­ne­bra.
MU­JER 2: Si­dra. Pan dul­ce.
MU­JE­RIE­GO: Whisky con hie­lo.
MU­JER QUE NO HA­BLA: Agua mi­ne­ral.
MU­JER 1: Si­dra.
HI­JO: Cog­nac.

Dis­tri­bu­ción de iz­quier­da a de­re­cha:
Pri­me­ra hi­le­ra: MU­JER - AN­CIA­NO - MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE
LA CA­BE­ZA - MU­CHA­CHA.
Se­gun­da hi­le­ra: MON­JA - HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO - HOM­BRE 1 - HOM­BRE
2 -
AN­CIA­NA.
Ter­ce­ra hi­le­ra: MU­JER 2 - MU­JE­RIE­GO - MU­JER QUE NO HA­BLA - MU­JER
1 - HI­JO.

Ca­rac­te­rís­ti­cas de al­gu­nos per­so­na­jes, de­ta­lles de
in­du­men­ta­ria y de com­por­ta­mien­to:
HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO: Se­sen­ta y cin­co años. Pu­cho en la bo­ca.
Ha­bla so­lo, de mo­do
inin­te­li­gi­ble, du­ran­te to­do el trans­cur­so de la re­pre­sen­ta­ción;
ex­cep­to, por ejem­plo, cuan­do cree oír a su ima­gi­na­rio
in­ter­lo­cu­tor -tal vez, más de uno-, con el cual re­fle­xio­na y tam­bién
dis­cu­te. Una que otra pa­la­bra po­dría ser cap­ta­da. Hos­ti­li­dad y
re­ce­lo son los ma­ti­ces pre­do­mi­nan­tes en su ac­ti­tud. Sin em­bar­go,
aquí y allá, apa­re­cen tam­bién fu­ga­ces ras­gos sim­pá­ti­cos y
cor­dia­les. Es­tá sen­ta­do a la úni­ca me­sa en la que en su cen­tro hay
in­ser­to (co­mo un ele­men­to na­tu­ral, pro­pio de ella) un mi­cró­fo­no;
(no co­nec­ta­do -a sa­la- si­no re­cién en ins­tan­cia de­ter­mi­na­da).
Des­de lue­go, es­te per­so­na­je "ig­no­ra" ese mi­cró­fo­no, "no lo ve",
pa­ra él no exis­te, "no ha­bla por él" ni an­tes ni des­pués de
co­nec­ta­do.

MU­JER 2: Cua­ren­ta y cin­co años. Gor­di­ta.

MU­JE­RIE­GO: Lee un lar­go per­ga­mi­no.

MU­JER QUE NO HA­BLA: Ac­cio­nes que re­a­li­za:
a) Se sa­ca los len­tes de con­tac­to. Los guar­da en el es­tu­che. Se
co­lo­ca una go­ta de co­li­rio en ca­da ojo. Se po­ne an­te­o­jos de mu­cho
au­men­to y con co­lor.
b) Se co­lo­ca go­tas en la na­riz.
c) Con­sul­ta el re­loj (de hom­bre). In­gie­re una cáp­su­la.
d) Se echa ai­re con el va­po­ri­za­dor pa­ra el as­ma.
e) Se po­ne una pas­ti­lla en la bo­ca.
f) Se­ca su trans­pi­ra­ción con un pa­ñue­li­to.
g) Ob­ser­va de­te­ni­da­men­te su ros­tro en un es­pe­ji­to.
h) Se sa­ca al­gún ani­llo con di­fi­cul­tad. Ma­sa­jea el de­do
do­lo­ri­do. Guar­da el ani­llo en un mo­ne­de­ro. Bus­ca en la car­te­ra.
Sa­ca otro ani­llo. Se lo po­ne en el mis­mo de­do.
i) Sa­ca de la car­te­ra un ca­rre­tel de hi­lo de co­ser. Cor­ta una
por­ción de hi­lo. Guar­da el ca­rre­tel en la car­te­ra. Pa­sa el hi­lo
en­tre un par de dien­tes. Lo ob­ser­va. Re­pi­te la ope­ra­ción. Ti­ra el
hi­lo. Re­co­rre con la len­gua el si­tio en cues­tión.
MU­JER 1: Cua­ren­ta años. Muy gor­da.
HI­JO: Sie­te años. Bien ves­ti­di­to, pul­cro, pei­na­do. Se­rio.
CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­sen­ta años. Atil­da­do. Apues­to. Ele­gan­te.
Pe­ro de­ca­den­te. Cor­ba­ta lu­jo­sa,
al­go abu­cho­na­da, con al­fi­ler de cor­ba­ta. Cha­le­co. Za­pa­tos
re­lu­cien­tes.

Se oye al HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO.

MU­JER 2: ¡Mo­zo!
HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!
MU­JE­RIE­GO: "Te­re­sa Cla­ra A., 31, se­pa­ra­da, bien. Ol­ga Zu­le­ma H.,
23, sol­te­ra, bien.
Ma­yo 75: Ali­cia J., unos cua­ren­ta, dos hi­jas, muy bien.
Este­la P., 34, viuda, do­ble equis.
Ju­nio 75: Est­her Ol­ga, unos trein­ta, sol­te­ra, mal. Adria­na M.,
49, re­gu­lar, de pie."
AN­CIA­NO: Es tan ino­cen­te. ¿Có­mo se los pue­do mos­trar? Se pei­na
so­lo, se ali­sa. En­tro al ba­ño, lo
des­cu­bro, y él si­gue, es­tá en lo su­yo. ¿Les con­té lo de los
ani­ma­les?... ¡Ay, le gus­ta cal­car! Cal­ca. Es lo que más le gus­ta. Le
pi­den dos y ha­ce ocho. ¡Qué ri­co!... La ma­es­tra, se ve, él me di­ce, le
pi­de un ave y un ma­mí­fe­ro, una va­ca. O le pi­de un pes­ca­do. Y él
pre­pa­ra las co­sas, los úti­les, tie­ne va­rias plu­mas ya, la tin­ta,
la... la tin­ta chi­na; se es­me­ra ¿no?, quie­re ser pro­li­jo, y el
pa­pel..., con el pa­pel... Es lo úni­co que le gus­ta. Es una ce­re­mo­nia,
se ilu­mi­na, lle­na los cua­der­nos, se apli­ca, lo ha­ce con un
en­tu­sias­mo, que mi­rá que él no, pe­ro con una apli­ca­ción... Es
vo­lun­tad, tie­ne vo­lun­tad. Pa­ra eso. Los pa­í­ses... Cal­ca pa­í­ses.
Rí­os, la­gu­nas... Me sa­lió... Pe­ro mi­rá, ho­jas y ho­jas. Pu­ros
fe­li­ci­ta­dos. Ay... có­mo... La ma­es­tra de­be es­tar
sor­pren­di­da. La ma­es­tra de­be es­tar sor­pren­di­da.

Apa­re­ce el CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL por la puer­ta de la Con­fi­te­ría.
Ob­ser­va.

MON­JA: La Na­vi­dad la pa­so con él. El, or­ga­ni­za el ban­que­te; yo:
co­mo. Yo cla­vo los dien­tes, yo muer­do; él ben­di­ce el pan y el
pu­che­ro; las man­za­nas y los ome­le­tes, el ja­món y la so­pa; la tar­ta
de ca­da día y el tu­rrón, la so­da, las pas­tas, el bor­go­ña; la
re­mo­la­cha, la os­tia, el dul­ce de le­che del flan. Co­mo si fue­ra
mú­si­ca yo oi­go la co­mi­da, el con­du­mio. La pa­so con él. En paz.
¡Mo­zo!...

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER 2.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo.
Me agra­da­ría in­vi­tar­la a be­ber... otra co­pa.

MU­JER 2: No, no, mu­chas gra­cias, no.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted es­tá so­la y yo es­toy
so­lo. ¿Por qué no po­drí­a­mos be­ber una co­pa?

MU­JER 2: No, lo sien­to, gra­cias.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Pau­sa. Al
MU­JE­RIE­GO.) Se­ñor: us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría
in­vi­tar­lo a be­ber una co­pa.

MU­JE­RIE­GO: ¿Eh?... No, mi­re... Otro día.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ñor... Us­ted es­tá so­lo y yo es­toy
so­lo. ¿Por qué no po­drí­a­mos be­ber una co­pa?

MU­JE­RIE­GO: Por­que... No. De­ci­di­da­men­te.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Que­da ob­ser­van­do a
la MU­JER QUE NO HA­BLA.)

MU­JER: ¡Fue una no­che es­plén­di­da, es­plén­di­da, ma­má! ¡Nos tra­ta­ron
tan bien! Más que co­rrec­ta­men­te. Siem­pre pen­sé que así ten­dría que
ser. Nos pa­sa­ron a bus­car. A las tres a la ca­sa. Las ma­dres de ellas
los co­no­cie­ron. Y una has­ta lo hi­zo en­trar, ma­má. Lás­ti­ma que vos
no co­no­cis­te a mi..., a es­te jo­ven. En bue­na po­si­ción. En muy bue­na
po­si­ción. No, no... A mí me gus­ta­ría... No, no, ma­má, no, no es... No,
no es... pro­fe­sio­nal. En bue­na, en una só­li­da po­si­ción eco­nó­mi­ca.
Me lo dio a en­ten­der; no creas que me lo di­jo, que se ven­dió. Y muy
dis­cre­to. Los tres. No, no me de­jé to­car. No me to­có, na­da. Al
cru­zar. Eran
ama­gues, ges­tos... "Por aquí, así...", al ba­jar. "Cui­da­do con el rue­do
del ves­ti­do." Por el ro­ce, ma­má...: los es­ca­lo­nes. Las tres en una
gran con­fi­te­ría. Que no pa­re­ce de afue­ra. Con­fi­te­ría. De
mu­chí­si­mo lu­jo. Y mo­zos... Eso es... ¿de li­brea?... Atil­da­dos, de
ha­blar ba­jo, de ca­mi­nar en si­len­cio. To­dos. Una ver­da­de­ra cla­se
so­cial. No­so­tras re­lu­cía­mos, ma­mi­ta. ¡Ay, tan­to es­pe­rar, y no me
vis­te! Pe­ro no creas, tra­ta­mos de que no se no­ta­ra que era nues­tra
pri­me­ra vez. Tu­vi­mos aplo­mo, te di­ré, aun­que cla­ro, nos sen­tía­mos
ob­ser­va­das... Pe­ro no creas, ¡es­tá­ba­mos muy ele­gan­tes no­so­tras
tam­bién! Las se­ño­ras nos mi­ra­ban... al
en­trar. No­so­tras. Vis­te, ma­má, siem­pre mi­ran. Se mi­ra. Es­tá­ba­mos
tan di­cho­sas, ¡tan in­men­sa­men­te
cho­chas...! Eh...: gra­ti­fi­ca­das. ¡Cham­pag­ne, nos sir­vie­ron
cham­pag­ne he­la­do ma­ra­vi­llo­so! Y uno con­tó el
es­ta­cio­na­mien­to. Del cham­pag­ne. La con­ver­sa­ción... ani­ma­da,
ajus­ta­da, so­bria. No­so­tras nos de­lei­ta­mos. Al prin­ci­pio, un
po­qui­tín ten­sas. Es ló­gi­co. Ha­bía que afron­tar una con­ver­sa­ción.
To­das mo­du­lá­ba­mos, ele­gía­mos las pa­la­bras ade­cua­das... So­brias
tam­bién. Los mo­da­les... Nosotras... Ha­brías... Te hu­bie­ras... ¡Ay, te
hu­bie­ras sen­ti­do or­gu­llo­sa de tu hi­ja! Y de las ami­gas de tu hi­ja.
Y quie­ro que lo es­tés. No te amar­gues..., ya vas a ca­mi­nar... Va­mos a
sa­lir de és­ta. Siem­pre he­mos sa­li­do ade­lan­te. Mien­tras yo ten­ga
fuer­zas... Y be­lle­za. Una sa­na be­lle­za. Una cla­ra... ac­ti­tud. Pe­ro
sí, ma­má, me agra­da. ¡Có­mo no es­tar agra­da­da! Có­mo no es­tar
ilu­sio­na­da si vol­ve­rá a lla­mar­me y con­cer­ta­re­mos una nue­va
ci­ta, tal vez so­los... Pe­ro... no seas así... de­be­mos con­ver­sar en
so­le­dad. Ma­má: no quie­re de­cir apar­ta­dos, ab­so­lu­ta­men­te
so­los. ¡Oh, soy tu hi­ja!... Quie­re de­cir, que po­dre­mos vol­ver a esa
con­fi­te­ría o a... al­gún otro si­tio pú­bli­co si­mi­lar, y
con­ver­sar..., en fin..., se dan otros te­mas, se es más pro­fun­do, en
fin..., se char­la más en
par­ti­cu­lar, en fin..., una es­tá más en to­do lo que se di­ce. ¡Si vos me
vie­ras!... Aten­di­da, con­si­de­ra­da.
Res­pe­ta­da, ma­má, lo que vos que­rés.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER 1.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo.
Me agra­da­ría in­vi­tar­la a be­ber... otra co­pa.

MU­JER 1: Muy gen­til. Pe­ro no me se­rá po­si­ble acep­tar­la.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted es­tá so­la y yo es­toy
so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

MU­JER 1: Es que no... Le rue­go. Cré­a­me. Se lo agra­dez­co. Pe­ro no.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

MU­JER 1: Por fa­vor.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el HI­JO.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Ni­ño: tú es­tás so­lo y yo es­toy so­lo. Me
agra­da­ría in­vi­tar­te a be­ber otra co­pa.

HI­JO (sin mi­rar­lo): ¡No quie­ro!

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL que­da tur­ba­do.

HOM­BRE 1: Va a vol­ver.

HOM­BRE 2: Va a ne­ce­si­tar vol­ver al­gún día.

HOM­BRE 1: ¿Es­tá se­gu­ro?

HOM­BRE 2: Va a ne­ce­si­tar vol­ver un día de es­tos.

HOM­BRE 1: ¿Có­mo sa­be?

HOM­BRE 2: ¡Si no voy a sa­ber­lo yo!

HOM­BRE 1: ¿Y por qué?

HOM­BRE 2: ¡Si lo co­no­ce­ré!

HOM­BRE 1: ¿Us­ted es pa­rien­te?

HOM­BRE 2: ¡¡¿Pa­rien­te?!!

HOM­BRE 1: Sí. ¿Us­ted, es...?

HOM­BRE 2: ¡Ha­bra­se vis­to!

HOM­BRE 1: Bue­no, ¿es?

HOM­BRE 2: Tu­pé co­mo el su­yo... Pe­ro, si yo soy...

HOM­BRE 1: ¿A ver?

HOM­BRE 2: ¡Ah, no, in­so­len­te, no me pro­vo­que!

HOM­BRE 1: Si­ga, si­ga.

HOM­BRE 2: ¡Si lo sa­bré yo!

HOM­BRE 1: ¿Qué?

HOM­BRE 2: Que va a vol­ver.

HOM­BRE 1: Eso di­je.

HOM­BRE 2: Sí.

HOM­BRE 1: Sí.

HOM­BRE 2: Lo re­cuer­do.

HOM­BRE 1: Me ale­gro.

HOM­BRE 2: Per­fec­ta­men­te.

HOM­BRE 1: Di­je só­lo que iba a vol­ver.

HOM­BRE 2: Me te­mo...

HOM­BRE 1: Yo tam­bién.

HOM­BRE 2: No... Yo iba a de­cir... No im­por­ta. "Te­me­rás a tu Dios co­mo
a tí mis­mo."

HOM­BRE 1: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 1: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 1: ¡Es­te mo­zo!...

HOM­BRE 2: U otro.

HOM­BRE 1: Sí.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL (al HI­JO): Pe­ro, ni­ño... Tú es­tás so­lo y yo
es­toy so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

HI­JO (sin mi­rar­lo): ¡No quie­ro!

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pa­me tú. Us­ted. (Pausa. A la
AN­CIA­NA.) Se­ño­ra: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría
in­vi­tar­la a be­ber una co­pa.

AN­CIA­NA: ¡Otras que­rrán pa­rir de us­te­des!... ¡Ma­chos crue­les más
ma­chos dul­ces! ¡Brrrrhh!... ¡Qué frío! Só­lo los vie­ji­tos se agol­pan en
mi can­cel; los mu­cha­chi­tos ha­ra­ga­nean, pier­den la me­mo­ria. ¡Soy
aris­ca a pa­rir, sé­pan­lo!...

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­CHA­CHA.

MU­CHA­CHA: Ano­che, me hu­bie­ra vis­to co­rrer ba­jo la llu­via... Bue­no,
no sé en qué se trans­for­mó.
Em­pe­za­mos a co­rrer -yo es­ta­ba con el mo­zo de "Or­fe­bre"-, pa­ra
co­rrer, por em­bro­mar. El me quie­re co­mo a una no­via, yo an­da­ba
ti­ra­da y él es­ta­ba sim­pá­ti­co, chis­to­so. Sa­lió lo de las
cos­qui­llas, que oí
de­cir, se de­cía en otro tiem­po, que quie­nes te­nían más cos­qui­llas
eran más apa­sio­na­dos, más... Sa­lió de eso que se me da por ha­cer­le. Lo
em­pie­zo a co­rrer por la re­co­va. Llo­vía, no ha­bía na­die... Se me
em­pie­za a es­ca­par. Ni lo ha­bía aga­rra­do que, de pron­to, él se ar­ma
y se po­ne co­mo yo, me en­fren­ta co­mo pa­ra él co­rrer­me y se me vie­ne
en­ci­ma. Me le es­ca­po; y era des­con­cer­tan­te pe­ro me adap­té; no me
gus­ta­ba
de­ma­sia­do pe­ro me era con­fia­ble, y to­da­vía con un res­to de
di­ver­ti­da, de di­ver­sión, le si­go el jue­go. ¡Qué...! ¡Me avi­vo!... Me
estaba persiguiendo. El a mí. Sin jue-go. Me es­ta­ba per­si­guien­do de
ver­dad, me per­se­guía no sé pa­ra qué pe­ro con vio­len­cia. Le gri­té
bas­ta, le di­je bas­ta, ter­mi­ná, cor­nu­do; no muy al­to por­que ni
po­día, y ade­más es­ta­ba can­sa­da, to­do por la re­co­va, pe­ro ya la
otra cua­dra; y bue­no, bas­ta, y él se­guía... y él se­guía obs­ti­na­do,
ha­bía per­di­do la ra­zón. Co­rrí ha­cia la pie­za..., digo... pla­za;
llo­vía
fuer­te, fue un ra­ti­to. Me aga­rró. Me abra­zó por de­trás, me apre­tó.
Pri­me­ro con fu­ria, co­mo mal. Y por ahí, ¡plafff!..., no sa­bía qué
ha­cer con­mi­go, le dio ver­güen­za, no aflo­jó mu­cho los bra­zos; ya me
te­nía de fren­te, aflo­jó, pe­ro los bra­zos eran dos es­ta­cas,
de­re­chos, du­ros y sin ma­nos; agran­dó los ojos, no me po­día mi­rar. En
rea­li­dad, es­ta­ba fue­ra de sí, co­mo ha­bía es­ta­do fue­ra de sí, pe­ro
aho­ra con te­rror.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el AN­CIA­NO.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ñor: us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. Me
agra­da­ría in­vi­tar­lo a be­ber una
co­pa.

AN­CIA­NO: ¡¿Qué?! ¡Ni pien­so!...

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ñor... Us­ted es­tá so­lo y yo es­toy
so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

AN­CIA­NO: ¡Ya le di­je!

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Que­da de­mu­da­do.)

MU­JE­RIE­GO: "Ju­lio 78: Do­lo­res S., 35, ca­sa­da, cua­tro hi­jos, un
ba­la­zo, Es­pa­ña, do­ble equis.
Mar­ta G. R., 16, sol­te­ra, muy bien.
Agos­to 78: Sil­vi­na Li­lian D., 41, se­pa­ra­da, tris­te.
Vil­ma So­nia Elec­tra de V., 69, di­vor­cia­da, ma­ra­vi­llo­so.
Pau­li­na D. C., 25, sol­te­ra, ge­nial, Bra­sil, do­ble equis."

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el HOM­BRE 1. (Sos­ten­drá con el
HOM­BRE 1 pri­me­ro y con el

HOM­BRE 2 des­pués, diá­lo­gos se­me­jan­tes a los que ya ha
man­te­ni­do -en es­tos ca­sos: cor­dia­les-;
diá­lo­gos que se lle­van a ca­bo sin so­ni­do. Es­to em­pe­za­rá a ocu­rrir
al tiem­po que se ini­cia el si­guien­te
diá­lo­go en­tre la MU­JER 1 y la MU­JER 2:)

MU­JER 1: Es­toy muy apre­ta­da, en­lo­que­ci­da de pru­den­cia.

MU­JER 2: ¿Fuis­te al doc­tor?

MU­JER 1: No me re­vi­só. No me di­jo qué te­nía.

MU­JER 2: ¿Te dio al­go?

MU­JER 1: Na­da.

MU­JER 2: ¿Aná­li­sis?

MU­JER 1: Me mi­ró a los ojos. Tie­ne lin­dos ojos el doc­tor.

MU­JER 2: Ho­me­ó­pa­ta.

MU­JER 1: Sí, an­tes aná­li­sis. En ayu­nas. To­da­vía no sa­be­mos el
re­sul­ta­do. Des­pués la me­di­ca­ción.
¿Que­rés ho­ra?

MU­JER 2: Bue­no...; si es bue­no...

MU­JER 1: Me su­be una co­sa... No, no me su­be... Al­go no me ba­ja. El
cor­sé...

MU­JER 2: Hay que ali­ge­rar­se. Sí, hay que ali­ge­rar­se.

MU­JER 1: Me mi­ré en un es­pe­jo. Sor­pren­di­da. En el te­cho.

MU­JER 2: ¿Un es­pe­jo en el te­cho?

MU­JER 1: En el te­cho.

MU­JER 2: ¿Un es­pe­jo?

MU­JER 1: La úl­ti­ma vez. Ha­ce mu­cho. Era yo.

MU­JER 2: ¿Y có­mo?

MU­JER 1: ¿Y esa era yo? Sor­pren­di­da.

MU­JER 2: Acla­rá.

MU­JER 1: ¡Y era yo!... No sen­tía. No me lle­ga­ba bien. O yo.

MU­JER 2: Es­ta­bas... Ah, vos es­ta­bas...

MU­JER 1: El: un mim­bre.

MU­JER 2: Voy a ir.

MU­JER 1: Des­pa­ta­rra­dos. Son­reía. Lo mi­ré.

MU­JER 2: Es­cu­cha­me. Voy a ir.

MU­JER 1: Mi cor­pi­ño tie­ne seis bro­ches.

MU­JER 2: Pe­di­me ho­ra.

MU­JER 1: El me le­van­tó los mun­dos con los bra­zos: "¡Qué poe­ma
des­me­su­ra­do!", me di­jo.

MU­JER 2: ¿Te vas a acor­dar?... Los ojos... ¿de qué co­lor?...

MU­JER 1: El in­troi­to an­du­vo bien, lo me­nos es­pe­cí­fi­co. Yo
so­bre­sa­lía de mí. Y aho­ra no me que­po.

MU­JER 2: ¡Seis bro­ches!

MU­JER 1: Exac­to.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta, us­ted...

MU­JER: Mu­chas gra­cias. Pe­ro no acos­tum­bro.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted...

MU­JER: Por fa­vor, no in­sis­ta.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL se sien­ta en una de las si­llas de la me­sa
de­so­cu­pa­da.

MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA: Cla­va­da. Que­da­ré.
Cla­va­da. Es­ta ca­ra que se me pu­so. Con es­ta ca­ra que se me pu­so...
Ca­ra de ex­tra­ñar­te. Su­ce­dá­neo. Im­po­si­ble reír. Reac­cio­nar. Los
fan­tas­mas vie­nen a ca­ba­llo. Di­ver­sos. Nun­ca lle­gan y siem­pre
vie­nen. (Lla­ma:) ¡Mo­zo!... Es­tre­lla­da.
Que­da­ré. Es­tre­lla­da. Una es­tre­lla.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL en­cien­de un ci­ga­rri­llo. Fu­ma.

MU­JE­RIE­GO: "Di­ciem­bre 82: Do­ra K., 59, viu­da, muy bien.
Ce­li­na Ch., unos cua­ren­ta y cin­co, vir­gen, bien.
Bea­triz Lau­ra R., 34, sol­te­ra, bien, do­ble equis.
To­tal: Vein­ti­nue­ve.
Ene­ro 83: Mir­ta Lui­sa, 27, sol­te­ra, in­tras­cen­den­te.
Ne­né (Ade­la; nom­bre fal­so), 50, re­gu­lar, do­ble equis."

HOM­BRE 1: Se cla­ma inú­til­men­te.

HOM­BRE 2: Eso di­go.

HOM­BRE 1: Lo so­li­da­rio, ¿eh? ¿Qué de­cir de lo so­li­da­rio? ¿Qué
de­cir?

HOM­BRE 2: Po­co. ¿Qué?...

HOM­BRE 1: Se­gu­ra­men­te.

HOM­BRE 2: Y mu­cho me­nos de la pe­des­tre ge­ne­ro­si­dad, de la
am­pli­tud del es­pí­ri­tu.

HOM­BRE 1: Me­nos, me­nos.

HOM­BRE 2: La es­tre­chez de mi­ras con­co­mi­tan­te de una ver­da­de­ra
rea­li­za­ción hu­ma­na y lo hu­ma­no
de­sa­rrai­ga­do de lo con­co­mi­tan­te.

HOM­BRE 1: Así se­rá.

HOM­BRE 2: Es que... ¿por qué no es de otra ma­ne­ra?

HOM­BRE 1: Y...

HOM­BRE 2: ¿Por qué?

HOM­BRE 1: ¡Ese es el te­ma!

HOM­BRE 2: D. H. Law­ren­ce, Proust, Key­ser­ling, Ce­li­ne,
Krish­na­mur­ti, Ra­be­lais...: ¡Ma­gos! ¡Ma­gos!...

HOM­BRE 1: ¡Los leí, los leí!

HOM­BRE 2: Le creo.

HOM­BRE 1: ¡La tem­pes­tuo­si­dad de las pa­sio­nes!: obra de la
ci­vi­li­za­ción.

HOM­BRE 2: La...

HOM­BRE 1: Jus­ta­men­te. ¿Y a qué con­du­ce?... El ar­dor, la ex­tin­ción
de lo in­mi­se­ri­cor­de.

HOM­BRE 2: ¿A qué con­du­ce?

HOM­BRE 1: No con­du­ce.

HOM­BRE 2: Y en­ton­ces...: de­te­ni­dos.

HOM­BRE 1: Afin­ca­dos.

HOM­BRE 2: Pe­sa­dos. Amor­fos. Dó­ci­les.

HOM­BRE 1: Us­ted y yo...

HOM­BRE 2: Nos que­re­mos.

HOM­BRE 1: Pa­re­ci­do.

HOM­BRE 2: Dé­bil­men­te.

HOM­BRE 1: Crí­ti­cos.

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!...

HOM­BRE 1: Aus­te­ros. Sen­sa­tos, exa­ge­ra­da­men­te.

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo! De una so­la pie­za.

HOM­BRE 1: ¿No vie­ne?... In­mar­ce­si­bles, sin em­bar­go.

HOM­BRE 2: No.

Apa­re­ce el MO­ZO por la puer­ta de la Con­fi­te­ría. Va ha­cia la
me­sa don­de es­tá el CA­BA­LLE­RO
ES­PA­ÑOL. Se sien­ta en la otra si­lla. Se in­cor­po­ra. Va ha­cia la me­sa
don­de es­tá el HOM­BRE QUE
HA­BLA SO­LO. Co­nec­ta el mi­cró­fo­no. Vuel­ve a sen­tar­se. Se oye al
HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO
(aho­ra tam­bién por los par­lan­tes que hay co­lo­ca­dos en pla­tea).
Dis­mi­nu­ye la luz. Has­ta la os­cu­ri­dad
to­tal.

Con­ti­núa oyén­do­se al HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO. Te­lón.



*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear
noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono
noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten
el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la
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domingo, marzo 04, 2007

ENTRE LUCES Y SOMBRAS

ECLIPSE OCULTO*


El eclipse sucedió allá lejos, muy lejos, tan arriba en esa luna familiar y extraña, la luna siempre la misma, presente en las noches que no vemos y en las que vimos.
Se ha obscurecido la luna, se ha puesto roja, ha revelado su superficie convexa de esfera celeste. Allá detrás de las nubes, para otros ojos, para quien no se halle debajo de las nubes nocturnas que se empeñan en ser garúa para regalar un entramado sutil en los faroles.
Desde aquí y tras las ventanas hemos visto oscuridad y agua, hemos visto la textura móvil de las gotas minúsculas, y hemos apenas presentido que la tierra negó la luz del sol a nuestra siempre luna. Eclipse sin ojos, eclipse ciego.
Sabemos con las yemas de los dedos, con los vellos sensibles del borde del espíritu, con un leve temblor de la piel sabemos que esta noche y para nadie la luna se vistió de largo, se puso pendientes, se engalanó y bailó con gasa transparente. Hoy la luna puso fanal a la bombilla, se soltó la cabellera, se recostó en los cielos y extendió rubor en las mejillas.
Impúdica luna la luna a media luz. Luna de otoño, luna desvelada.
Horadan mis ansias esta lluvia y estas nubes. Detrás ha ocurrido el eclipse, y ya ha acabado. No lo vimos. Pienso que no veré muchos más.
Recuerdo otros.
Inclina a la meditación un hecho único y precioso. Nos deja a solas con los pasados en sepia y los mañanas de incertidumbre.
Siento la precariedad de mi silueta contra el negro de la noche. Ruego que me vea el hombre cuando ponga fanal a mi bombilla, cuando baile a media luz, cuando deje caer los velos.
Que no ciegue la lluvia a mi amor. Que no me oculten de él ni estas nubes ni otras aguas.



*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com






Entre luces y sombras...



A la altura de los chicos*



Francesco Tonucci es un pedagogo italiano que propone dar voz y voto a los niños en la vida cívica. Ahora toma las armas en defensa del recreo y el juego libre. Una presencia bienvenida para los que mañana estrenan guardapolvo.

"Si un chico se mueve acompañado de su padre, nadie se mete. Si se mueve solo, es un hecho público. Un chico solo vuelve segura la calle."


*Texto Fabiana Fondevila. Fotos Rubén Digilio
ffondevila@clarin.com


Como siempre en la vida, las banderas que Francesco Tonucci enarbola por el mundo son producto de un temprano amor. No hace falta mucha imaginación para ver al pedagogo italiano de barba blanca, antes de poseer título ni barba, perdido en las páginas de un libro que daría curso a su vida. El libro era
El Principito, y de él Tonucci aprendió lo siguiente: que los chicos saben muchas cosas, que intuyen todavía más y que se cansan de vivir dándole explicaciones a los adultos. A partir de la bella fábula de Saint-Exupéry, en la que el protagonista pone a prueba la lucidez de las personas invitándolas a descubrir a una boa digiriendo un elefante en un dibujo con
fuertes reminiscencias de sombrero, Tonucci tuvo un sueño osado: diseñar un mundo a la medida de los chicos. Acaso no haya sido el primero en soñarlo - seguramente tendrá competencia de unos cuantos soñadores infantiles - pero sí fue el primero en darse cuenta de que, dotados de voz, voto y tiempo para pensar, el mundo que piden los chicos no se parece en nada a Disneylandia.
Entre los reclamos no figuran ni chicle para las comidas, ni videojuegos en cada esquina, ni la clausura definitiva de las escuelas. En vez, los nuevos legisladores dictaminan que: 1. La bicicleta es más democrática que el coche. 2. Por la vereda debe poder pasar toda una familia. 3. Es mejor ir a
la plaza con los abuelos que con los padres, porque están menos apurados. 4. Los chicos tienen derecho a tener padres felices.
Su trabajo con los chicos terminó de convencer a Tonucci de que una ciudad diseñada a la medida de sus menores redundaría en una ciudad más apta para todos. Y puso manos a la obra. En mayo de 1991 creó en Fano, Italia, un programa llamado Laboratorio Ciudad de los Niños, con una clara vocación política. Su objetivo: generar una nueva filosofía de gobierno de la ciudad, tomando a los niños como parámetro y garantía de las necesidades de todos los ciudadanos. Hoy el programa se aplica en unas cien ciudades de Italia, un puñado de España, y aquí mismo, entre nosotros, en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, y otras ciudades.

¿Cuántas de las propuestas de los Consejos de niños se han llevado a cabo en la Argentina?

En la ciudad de Rosario se instauró un día dedicado al juego para todos los ciudadanos. Ese día las escuelas permanecen abiertas todo el día sólo para jugar, se cierran algunas calles al tránsito vehicular, y todos los organismos municipales dan una hora libre a sus empleados para sumarse a la diversión. Pero, además, más de 500 entidades públicas y privadas se sumaron a la iniciativa.

¿Cuál fue el argumento de los niños para sumar a los adultos al programa?
Muy simple: "Los adultos, si juegan, son mejores." Otra propuesta que se lleva a cabo es la de las multas morales, reprimendas impresas que dejan los niños sobre los autos mal estacionados, que les quitan lugar para jugar.


¿Escuchamos más o menos a los niños que lo que nos escucharon a nosotros?
Cuando los grandes de hoy éramos niños, el mundo de la niñez interesaba poco. Esto era una ventaja porque los niños tenían a consecuencia mucha libertad para hacer lo que querían. Hoy, que sabemos de la importancia de los primeros años de vida, ellos sufren el acoso de nuestra presencia constante y, al mismo tiempo, nuestra desvalorización.


¿De qué manera los desvalorizamos?
Pensamos que son tontos. Que, por ejemplo, si se los deja sueltos en la ciudad, se van a tirar abajo del primer coche que pasa. Esto no es así.
Tampoco son tenidas en cuenta sus ideas y opiniones. Y la verdad es que, sin condiciones de estrés, sin control exagerado, y haciéndoles saber que lo que decidan va a ser tomado en serio, los chicos hacen propuestas muy interesantes.


¿En qué difieren sus propuestas de las de los adultos?
Los chicos se hacen cargo de los demás. En nuestras calles han desaparecido los niños, los viejos, los minusválidos. Desde que llegué a Buenos Aires, no he visto una sola persona en silla de ruedas. Cuando se les da a elegir a los niños, suelen pensar también en los más débiles.


Sin embargo, los chicos también saben ser crueles y excluir o atormentar a los débiles. El famoso fenómeno del 'bullying'...
Los niños tienen una moral infantil, con una elaboración de reglas particular. Tienen un superyo débil, por eso cuando son usados como soldados en las guerras, son los peores, matan sin problema. Eso es porque se está montando una experiencia adulta sobre una conciencia de niño. Pero en general, esos casos de crueldad se dan cuando los chicos son a su vez víctimas de un sistema de represión y victimización. Sólo podemos evaluar realmente la moral de un niño cuando lo ponemos en condiciones de controlar
lo que hace. Esto lo expresó claramente un niño del Consejo del Niño de Fano, que dijo: "Cuando me di cuenta de que iban a tomar en serio nuestras propuestas, me sentí más responsable."


LA PIEDRA DE LA DISCORDIA
Si las ideas de Tonucci son siempre exigentes, hay una que produce una suerte de urticaria involuntaria en la mayoría de los padres: el reclamo por la autonomía de los chicos. El educador pide algo que hoy suena a ciencia ficción: que los niños vuelvan a andar solos por la calle, que se junten solos a jugar en la plaza, que caminen por su cuenta o en grupos hasta la escuela. "No sé qué hacer solo, porque nunca me quedo solo", dijo un niño de Fano. "Queremos de esta ciudad permiso para salir de casa", dijo un par de
Roma. Tonucci escuchó estos reclamos, y postuló que los niños necesitan, para madurar, la exposición lenta y gradual a riesgos que sólo ofrece la autonomía. Si no la reciben, señala, llegan a la adolescencia con urgencia de ponerse a prueba de un día para otro, sin experiencia previa.
A la lista de objeciones que cualquier padre moderno puede enumerar en un histérico soplo -que los secuestros , que los atropellos, que los pedófilos que pululan en cada esquina...- Tonucci responde con calma: "No es que los chicos no pueden salir solos porque las calles no son seguras; las calles no
son seguras porque los chicos no salen solos."
Esta osadía ya está en marcha en muchas ciudades de los niños, incluyendo algún municipio de la Ciudad de Buenos Aires. Con ayuda de la escuela, se hace primero un trabajo de preparación de meses, en el que se estudia con los chicos las distintas rutas posibles y se identifican los peligros. Luego los chicos salen solos de sus casas, se reúnen con sus compañeros en lugares designados y hacen el camino al colegio que mejor les parece. Se enfrentan, por supuesto, a numerosos desafíos. Y ésa es precisamente la idea.
"Cuando un chico va al colegio de la mano de un adulto, es un chico tonto, no toma ninguna decisión, responde siempre a los tiempos y a las urgencias del adulto. Es mucho más probable que sufran un accidente estando acompañados. En cambio, al estar solos prestan atención. Por un lado, porque
quieren demostrar que son responsables y por otro, porque no son pequeños proyectos de suicidas."
Para reforzar la seguridad camino al colegio, comerciantes y vecinos voluntarios ponen un cartel en sus ventanas que indica a los niños que ése es un lugar seguro: pueden entrar a pedir un vaso de agua, a hablar por teléfono o a pedir la intervención de un adulto si se están peleando. "La presencia de los chicos en las calles genera una actitud activa y protectora delos adultos", sostiene Tonucci.


¿Qué pasa con los chicos que hoy ya están en las calles, y no parecen modificar mucho la actitud de nadie?
Esos son chicos de la calle; los adultos los viven como una amenaza. Lo mismo pasa con los minusválidos que se ven hoy, que son siempre mendigos.
"En las ciudades donde se aplica el sistema, ha disminuido el delito en un 50 por ciento y prácticamente no ha habido accidentes de tránsito", insiste el educador, y acota: "Además, los chicos que van solos al colegio llegan mucho más temprano."


¡RECREEEEEEEEO!
Una de las últimas banderas de Tonucci y la que -entre otras misiones - vino a promover a la Argentina, es la importancia del recreo. "Los adultos le temen al recreo, lo ven como una explosión tonta y peligrosa de energía por parte de los chicos. Pero ésta es una lectura equivocada. Esa explosión es
causada por el clima de excesivo control y sumisión que sufren los chicos en las aulas. Al estrés de la atención, de la frustración por no entender, se suma la inmovilidad absoluta y antinatural que se les exige, hora tras hora.
De ahí la virulencia de esos breves respiros de libertad que son los recreos. El patio se considera un corral para que los chicos corran como locos y descarguen energía, pero ése no es el juego natural de los niños."
El pedagogo redactó un proyecto para devolver el recreo a los niños (ver Reinventar). A los adultos sólo se les pide que respeten ese tiempo, sin suprimirlo como castigo ni usarlo como chantaje para lograr buena conducta.
Y jamás robarle tiempo a ese oasis de juego para privilegiar "lo importante".
En esta cruzada bien podría ayudar el amigo de rulos ensortijados y capa, que tanto hizo por formar las ideas de Tonucci. El mismo que al encontrarse con un inventor de píldoras para la sed, que permitirían a las personas ahorrar un total de cincuenta y tres minutos por semana, pensó para sí: "Yo, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría muy suavemente hacia una fuente." Cosas de chicos.



*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/03/04/sociedad/s-01373800.htm






Ilusiones e hipocresías*
02/03/07

*Por Carlos del Frade

(APE).- Los cirujas no son solamente la última expresión, el epílogo del mercado de trabajo, el escalón final antes de lo ilegal. Los cartoneros son, por eso mismo, una de las más desesperadas y nobles actividades que despliegan los expulsados del llamado universo formal laboral. No quieren ser delincuentes y, entonces, se transforman en arqueólogos de la basura, buscadores de algo de valor que les permita enfrentar la mishiadura impuesta por las minorías.
Dos de ellos, los hermanos Lescano, revolvían las bolsas en las calles de la hermosa capital correntina.
De pronto apareció un papel que les aceleró el pulso.
En inglés y con seis ceros, los cartoneros supieron que tenían, entre sus manos, un millón de dólares.
Lo dieron vuelta del derecho y del revés y aunque no sabían si existía o no semejante cifra resumida en un billete, decidieron ir al Banco de la Nación Argentina en la ciudad de Corrientes, a la vera del Paraná.
Hay que imaginarse ese momento: sintieron, los cartoneros, que los milagros existían y que, por primera vez, les tocaba a ellos.
Fueron cargados de ansiedad, futuros inimaginables hasta ese papel, y pletóricos de inocencia.
El cajero recibió el pedido. Cambiarlo por dinero argentino.
Miró el papel, los relojeó a los hermanos y denunció el hecho.
Lo que vino después es obra de la permanente hipocresía del sistema.
Detuvieron a los hermanos Lescano y le iniciaron una causa judicial por supuesto intento de falsificación de dinero y daño a la entidad financiera.
Los acusaron por violar el artículo 282 del Código Penal que establece "una pena de tres a quince años para quienes falsifiquen o pongan en circulación moneda falsa", dice la información que apareció en distintos medios de comunicación del país.
La imagen del papel de la suerte, el billete de un millón de dólares, circula en algunos sitios de internet y sus realizadores son empresas privadas de publicidad que utilizan semejante símbolo de poder económico como sinónimo de sus cualidades a la hora de multiplicar el dinero.
También se informó que el máximo valor resumido en un billete de los Estados Unidos son cien mil dólares pero se utiliza para transacciones interbancarias.
Mientras tanto, en el sur, en la provincia de Corrientes, el papel de la suerte terminó convirtiéndose en una postal de pesadilla para los cartoneros.
Y está muy claro que los hermanos Lescano no son consumidores de internet.
Son desesperados habitantes del presente argentino.
Sin embargo, la justicia correntina los detuvo aunque dijo que es un delito excarcelable.

El colmo de la hipocresía.
Mientras todavía nadie hizo demasiado por aclarar el lavado millonario de dólares en la provincia de la yerba, los hermanos Lescano deben pagar por haber vivido el espejismo de una ilusión rantifusa.

No hay billetes que alcancen para pagar el costo de tantas falsedades de guante blanco.


Fuentes de datos: Diarios La Gaceta - Tucumán 23-02-07 y La Capital - Rosario 24-02-07



*Publicado en AGENCIA PELOTA DE TRAPO. agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar
http://www.pelotadetrapo.org.ar/





En Alemania, la locura y la escultura son parte de la misma muestra delirante*



En la ciudad de Heidelberg son exhibidas las "sillas flotantes" creadas por un enigmático personaje del siglo XVIII. ¿Era James Tilly Matthews un esquizofrénico, o sufrió una venganza de un médico delirante?

MISTERIO. Las "sillas flotantes" del enigmático Matthews.

Enrique López Magallón*
conexiones@claringlobal.com.ar


La Colección Prinzhorn es quizá única en su especie: contiene exclusivamente obras de arte realizadas por pacientes de hospitales psiquiátricos de Suiza y Alemania, entre 1890 y 1920.

La muestra permanente tiene su sede en la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Heidelberg. Consta de cerca de 5.000 piezas, entre acuarelas, bosquejos, cartas y otros textos, además de esculturas.
De acuerdo con los registros de la exposición, muy pocos de los pacientes contaban con una instrucción formal en artes plásticas. La mayoría se encontraban internos a causa de padecimientos relacionados con la esquizofrenia.

El caso Matthews

Un caso especial, sin embargo, es el que ocupa actualmente, y por poco tiempo, la sala principal de la Colección Prinzhorn. Pero para explicarlo hay que hablar primero de su autor.
Se trata de James Tilly Matthews, uno de los pacientes más célebres del hospital Bedlam, de Inglaterra. Era un comerciante de té cuya militancia política lo llevó a la reclusión. Además de sus actividades mercantiles, Matthews mantenía contacto con políticos y dirigentes considerados como
"revolucionarios". También realizó labores de mediación entre Gran Bretaña y Francia, durante el conflicto que separaba a ambas naciones a finales del siglo XVIII. Se le acusó entonces de ser un doble agente y, bajo la misma suposición, se le adjudicaron rasgos de esquizofrenia.
Matthews realizó un diseño con unos aparatos llamados que denominó "air loom"; o sea, algo así como "sillas flotantes". De acuerdo con él, una banda de maleantes se servía de los aparatos para crear ondas de aire fuertemente cargadas de magnetismo que, a su vez, sembraban en su cerebro ideas delirantes.
Con el correr de las décadas, y ya muerto Matthews, algunos personajes han fabricado aparatos siguiendo los diseños. Uno de estos prototipos se encuentra precisamente en la sala de exposiciones de la Colección Prinzhorn.

Las máquinas y la locura

Según el Dr. Thomas Fuchs, quien trabaja en la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Heidelberg, no es rara la aparición de máquinas en los delirios de pacientes que atribuyen a determinados aparatos cualidades suficientes para influir en la mente.
Algunos esquizofrénicos se muestran convencidos, por ejemplo, de que Bill Gates ha intervenido personalmente para estropear sus computadoras personales . Otros afirman que sus pensamientos son esparcidos por Internet a través de las cámaras conectadas a sus ordenadores.
Por supuesto, ante estas obras de arte surge la pregunta sobre si el paciente está realmente enfermo o no. La familia de Matthews, por ejemplo, nunca aceptó la versión sobre su locura y luchó por que fuera liberado.
Incluso se ha llegado a pensar que la leyenda negra que pesa sobre él fue una venganza del médico que lo atendía. En 1815, el galeno fue sometido a una investigación gubernamental en la que, en medio de un escándalo, el especialista perdió su licencia médica y su puesto.
El paciente, por su parte, fue dejado en libertad y absuelto de todo diagnóstico negativo. Murió un año más tarde dejando tan sólo el dibujo de las misteriosas sillas en las que, quizá, se encuentre la clave de una mente privilegiada y oscura.

*Fuente: Deutsche Welle.
http://www.clarin.com/diario/2007/03/04/conexiones/t-01373680.htm





Domingo, 04 de Marzo de 2007
literatura|ariel magnus y "la abuela", un retrato diferente de la shoah


"Se corrió del lugar de víctima"*

El escritor y periodista cuenta cómo nació el libro en el que su abuela, sobreviviente de los campos de Therensienstadt y Auschwitz, da su visión del horror nazi. "Ella es una mujer muy irónica, y en las charlas que tuvimos nos peleamos mucho... viendo lo que sufrió pude entender mejor su historia", dice.

"No pude volver a los autores alemanes de la posguerra; es un tema que prefiero tener lejos."


*Por Angel Berlanga


La abuela es un libro atípico entre los que tienen como protagonistas a sobrevivientes del Holocausto. Ariel Magnus, el autor, el nieto de esta sobreviviente de Therensienstadt y Auschwitz, cuenta de su relación con ella a partir de dos seguidillas de días que pasaron juntos. Con la idea de registrar su relato acerca de su vida y su paso por los campos nazis, en 2002 intentó una entrevista que resultó llena de tropiezos, antifluida; eso ocurrió en Brasil, el país en el que esta anciana vive tras la Segunda
Guerra. Al año siguiente ella lo visitó en Berlín -este periodista y escritor argentino vivió entre 1999 y 2005 en Alemania- y de allí surgió una crónica sobre esa nueva secuencia de días compartidos. El entrelanzamiento de ambas instancias estructura un texto en el que coexisten la vitalidad de esta mujer -nacida en Wuppertal en 1920-, su resistencia a evocar aquel horror -su madre y su hermana fueron asesinadas, y ella pesaba 35 kilos cuando fue rescatada-, las inevitables marcas que dejan esas experiencias, su sentido del humor y sus manías, su lejanía del lamento, con la explícita mirada del nieto, sus incomprensiones y su búsqueda por comprender, lo que le resulta difícil de aguantar y lo que le admira, las dificultades de comunicación.
-Usted plantea cierto rechazo por los libros sobre las experiencias en los campos. ¿Por qué?
-Aprendí sobre eso desde muy chico en el colegio alemán en el que estudié aquí, en Buenos Aires. Con alguna excepción, no pude volver a los autores alemanes de la posguerra; el Holocausto es un tema horrible, que prefiero tener lejos. Al tener un sobreviviente en la familia la cuestión está muy
cercana, y entonces te relajás y decís "este tema ya lo tengo, no necesito..." Que es una mentira, de cierta forma. Recién después de escribir este libro empecé a leer algo: Primo Levi, Hannah Arendt. Y punto. Con las películas también me cuesta.
-¿Qué decisiones estilísticas tomó al encarar la escritura?
-Cuando tenía sólo la entrevista no me cerraba; en principio quería desgrabarlo, tipearlo y entregarlo a alguna fundación para que quedara un testimonio escrito. No quería escribir sobre el tema, realmente. Y tardé mucho tiempo en darme cuenta de que en lo desastroso de esa entrevista había algo interesante; ella me cuenta su historia y no la entiendo, nos peleamos.
Pero al transcribir eso, así, digo un montón de nuestra relación. Cuando vino a visitarme a casa tuve que ponerme a escribir, porque pasaron muchas cosas significativas. Fue decisivo ponerme como personaje en el libro, cosa que yo no quería bajo ningún aspecto. Es un poco arriesgado, porque yo no soy interesante y mi abuela sí.
-¿Es intencional esa búsqueda por correrse del discurso de la víctima?
-Parte de ese tono se lo debo a la abuela. En muchos casos ella se corre de ese lugar. Fue una verdadera víctima y lo sigue siendo. Como yo no la veía así, sobre todo porque no lo transmite, en algún momento me costó quererla; viendo lo que sufrió pude entender mejor su historia. La idea fue mostrarla como ella se transmite. La abuela odia a quienes se hacen las víctimas y me parece fantástico. Así que fue una decisión, sí, pero impulsada por ella.
Creo que es un sobreviviente muy especial.
-¿Por qué?
-Es una mujer muy irónica. Logró volver al país de los asesinos de su familia pero pudo rescatar, ahí, los buenos momentos. Es súper sano lo que hizo con su historia. Y no es una intelectual, no es leída; entiendo que, además, nunca trabajó psicoanalíticamente su experiencia. Y se las arregló, tiró para adelante. Con la misma potencia que siguió a su madre a los campos de concentración, porque ése era su deber, luego siguió viviendo, formó una familia y fue feliz. En ese sentido su discurso es distinto; si tuviera un
discurso más destrozado tal vez no me hubiera instado a hablar con ella. Lo que más rescato de la abuela son sus momentos woodyallenescos, en los que es capaz de cosas notables. Ir sola a Auschwitz, por ejemplo, y después decir "me sentí un poco mal". Es kamikaze. Y se la banca. No digo que sea la
única, pero tiene un sentido del humor, una fuerza y una alegría que la hacen especial.
-Y desde lo emocional, ¿qué le produjo su relato? El libro parece soslayar un tanto ese costado.
-Yo estaba preparado para que me contara cosas tremendas, pero ella no es muy dramática. No le gusta contar eso, tuve que presionarla. Hubo cosas que me impactaron mucho: esa patada que le dieron cuando la separaron de la madre, que le deformó la cara. Creo que al contrario, el libro es un desarrollo de lo emocional con mi abuela, con quien no tenía una relación muy emocional. De chico la vi poco y no la quería mucho, decía cosas que no me gustaban: recién a través del libro empecé a conocerla. Me parece que
parte de la cuestión es emocional: si hablás de tu abuela es difícil escapar de eso. Trato de no ser kitsch, de conservar cierto nivel literario a pesar de las emociones. Los dos, por otra parte, somos más bien fríos. Quizá eso de la sensación de distancia. Que es real, por nuestras historias estamos
distanciados. Y vivimos lejos.
-¿Qué destaca de su forma de contar la historia?
-El desorden, los sobreentendidos, la rapidez -casi diría la urgencia-, por momentos la distancia. El hecho de mezclar lo vivido con lo que se aprende después. Eso desde lo formal; desde el contenido, el casi nulo amarillismo para contar. Se concentra en lo bueno y procura esquivar lo malo: eso como una decisión consciente y vital. "A esto no tengo por qué darle vueltas -me decía-, hay miles de libros, leelos, no me vengas a preguntar eso." Y los desvíos, detenerse en detalles como el nombre de un río o explayarse en larguísimas historias secundarias.
-"Por llamar la atención nos pasó lo que nos pasó a los judíos."
-Sí, eso dice mi abuela. Tremendo, ¿no? Y lo repetiría. Cuando lo dijo, los cuatro que estábamos con ella la miramos y le dijimos "¿cómo pensás algo así?". Pero luego, en frío, pensé que de alguna forma tiene que explicarse lo que pasó. Me parece horripilante, pero se acerca a una explicación: "Y, algo habremos hecho". Acá también está el "algo habrán hecho". Todo lo que sea judío y notorio le da mucho resquemor; ella preferiría pasar desapercibida. Y a la vez no toleraría que se pierda la tradición. Yo creo que de chiquita le enseñaron eso, que hoy subsiste: "Vos tenés la culpa". Le tienen que haber lavado tanto el cerebro, la denigraron tanto como ser humano que incluso le hicieron sentir que tenía la culpa de lo que estaba pasando.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-5565-2007-03-04.html





Miguel Ángel Buonarroti*


Potente solitario
alma, cuerpo, cosas
las manos de su Dios, su tierra, sus parientes

Tributo al biógrafo:
la Batalla de los Centauros
en la corte de los Médicis
y la Virgen de la Escala

Extraedor de mármoles
mucho enaltecer
Clemente Séptimo abriendo su biblioteca Laurenciana

El relieve en el meollo
capturado en el relieve.



Miguel Angel Buonarroti*



Puissant solitaire
âme, corps, choses
les mains de son Dieu, son pays, sa parentèle

Tribut au biographe:
la Bataille des Centaures
à la Cour des Médicis
et la Vierge à l’échelle

Extraire des marbres
de sublimes exaltations
Clément Sept ouvrant sa bibliothéque Laurentienne

Le relief dans l’âme
capturé dans les reliefs.



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
- castellano-francés & con traducción de Jacques Canut




*

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viernes, marzo 02, 2007

DE FAROS Y OLVIDOS

Herencia y muerte del padre a la luminosa sombra de un sueño*


(a José Razzano y Carlos Gardel)



libros y mujeres
(tango y otros escondrijos
que no advierto a la sombra de tu ser
perentorio)
y mujeres y mates y recuerdos de banfield
y fotografías
(lo mejor lo escribí)
hoy otra vez anoche esta mañana
por qué por qué aullaba yo
qué es eso de desguarnecerse
caer
morirse
por achicamiento
por consunción
esta mañana pregunté
en el sueño a mi padre
“justo cuando más te quería”

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar




De faros y olvidos


El mal absoluto*


*Por Osvaldo Soriano


Recuerdo aquel día del golpe de Estado que me tocó vivir desde Bruselas: el noticiero de la televisión belga mostraba tipos bigotudos, ceñudos y entorchados que parecían la caricatura de una irrecuperable republiqueta bananera. Esa mañana que supe que había perdido la Argentina de mi infancia, la de mi escuela y mi primer trabajo. Perdía, como millones de compatriotas, cosas íntimas e intransferibles; dejaba atrás una manera de explicarme la vida, los fundamentos sobre los que había construido mi propio imaginario. Tenía treinta y tres años recién cumplidos. Luego maduré boxeando contra la sombra de la dictadura, lejos, sin pensar mucho en mí, contando muertos, atragantado por nuevos rencores. Fui, con las Madres de Plaza de Ma­yo, con Cortázar, Osvaldo Bayer, David Viñas, con miles de otros mejores que yo, uno más de lo que los militares llamaban "campaña antiargentina". Ese es uno de mis más íntimos orgullos.
La dictadura ha significado, para mí, el mal absoluto. No me salen matices para explicarla. Quiero decir, asimilo a aquellos militares con el régimen nazi y eso me impide comprender las razones de los que trabajaron de cerca o de lejos para ella, de los que colaboraron e incluso de quienes fueron actores pasivos pero conscientes. No les creo una palabra a los que dicen aún hoy "yo no sabía lo que pasaba". Me es imposible perdonar aquel "por algo será", el "somos derechos y humanos". Me siguen pareciendo inexcusables las conversaciones y los toqueteos con el poder. Los almuerzos de intelectuales con Videla. La estrategia de la reverencia, el codazo y la palmada. Era mejor estar equivocado contra la dictadura que tener razón obedeciéndola.
Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos. Miramos con recelo, intentamos entender este fin de siglo, pero nada podrá hacernos olvidar, perdonar. Me acuerdo bien: volví por unos días a Buenos Aires, estaba viviendo en casa de Tito Cossa y Marta Degrazia, nos acogía Rafael Perrota en el viejo diario El Cronista, que había sido más o menos socializado y en esos días secuestraron a Haroldo Conti, el autor de Sudeste, una de las grandes novelas argentinas. Me viene a la memoria la cara de Videla, aplaudido en cines y estadios. La pesada ausencia de Conti, de Paco Urondo, Vicky Walsh, caída en combate pocos meses antes que su padre. Yo estaba vagamente enamorado de Vicky aunque ella no lo supiera.
De modo que no puedo escribir sin odio. Mataron a treinta mil jóvenes y a algunos viejos, guerrilleros o no. Destruyeron la educación, los sindicatos combativos, la cultura, la salud, la ciencia, la conciencia. Desterraron la solidaridad, el barrio, la noche populosa. Prohibieron a Einstein y a Gardel. Abrieron autopistas y llenaron de cadáveres los cimientos del país; dejaron una sociedad calada por el terror que en estos días asoma en el juicio de Catamarca. Somos al mismo tiempo el testigo que se desdice y la valiente monja Pelloni. Somos el juez iracundo, el abogado gordo y el tipo al que retaron por estar con las manos en los bolsillos. ¿Acaso no fue la dictadura, su largo brazo estirado a través del tiempo, la que mató a María Soledad? ¿No es el Proceso que sigue asesinando pibes, asustando, castrando por procuración?
En esos años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier costo por sobre la idea de felicidad compartida. El plan de aniquilamiento desató por su propia lógica una guerra a la vez humillante y absurda. Eso dejaron. Un escenario vacío y oscuro que había que tomar en silencio. No quedaban civiles armados en 1983; sólo conciencias heridas y una pena infinita. Lo curioso para quien volvía del extranjero era que la gente había enterrado definitivamente a Perón, se inclinaba por un abogado de Chascomús que antes le había propuesto a Videla un pacto cívico-militar y después impulsó un acuerdo radical-menemista.
Lo que pasó en las almas de los argentinos entre 1976 y 1983 es todavía un enigma. Los veinte años que hemos vivido después fueron una sucesión de avances y retrocesos, de incógnitas abiertas. Sé que hay mil hipótesis y las he escuchado todas. ¿Fue cielo alguna vez la tierra que se convirtió en infierno? No lo sé, los abuelos de nuestros padres decían que sí. Sin embargo no hay razón para creer en viejas fábulas. Hoy tenemos otras. Cuentos de príncipes y cenicientas, héroes con amnesia, sobrevivientes perplejos, chicos que no se rinden. ¿Por qué habrían de hacerlo si lo que está en juego es su futuro? Acaso a ellos les espera una gran aventura republicana, pacífica y fraternal. No se trata de una nueva ideología. Ni siquiera de cambiar la historia. Simplemente decirle no al olvido y levantar las viejas banderas de Mayo, las que alguna vez hicieron de este país una Nación rebelde y orgullosa.


*Publicado originalmente en Página/12 el 24 de marzo de 1996.





Hay terrorismos y terrorismos*



*Por Juan Gelman


Porque una cosa es el islámico Al Qaida y muy otra la cristiana -o democristiana- Operación Gladio que se llevó a cabo en Italia en las décadas del '70 y '80. La palabra "gladio" viene del latín "gladius", nombre de la espada de los gladiadores, pero los integrantes de la operación usaban más bien bombas que causaron la muerte de no pocos civiles en Milán, Brescia y otros puntos de la bota. Fue -¿fue?- una red clandestina de paramilitares dirigida por el general Gerardo Serravalles que se encargaba de los
atentados sistemáticamente atribuidos a las izquierdas del país en general, y al Partido Comunista italiano en particular. Las investigaciones de los jueces Felice Casson y Carlo Mastelloni obligaron al eterno primer ministro democristiano Giulio Andreotti a revelar, el 27 de octubre de 1990, la existencia de ese ejército clandestino y paralelo. Sintetizó su origen con brillante precisión.
"Después de la Segunda Guerra Mundial -dijo Andreotti-, el temor al expansionismo soviético y la inferioridad de las fuerzas de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) respecto de las fuerzas del Cominform llevaron a las naciones de Europa Occidental a abordar nuevas formas de defensa no convencionales, creando en sus territorios una red oculta de resistencia destinada a actuar en el caso de una ocupación enemiga mediante la recolección de informaciones, el sabotaje, la propaganda, la guerrilla." El entonces premier italiano -de quien se dijo que tenía la conciencia limpia porque nunca la usaba- dejó no pocos detalles en el tintero: por ejemplo, que la embajada de EE.UU. en Roma financiaba regularmente a grupos terroristas de ultraderecha. La Casa Blanca quería impedir a toda costa que el Partido Comunista -el más poderoso de Occidente- tomara las riendas del gobierno.
Algunas de esas estructuras clandestinas de la OTAN no esperaron una invasión soviética para operar. En varios países europeos -no en todos- organizaron atentados de los que culpaban a las izquierdas respectivas para desacreditarlas. Daniele Ganser, investigador y profesor de historia contemporánea en la Universidad de Basilea, llega en su libro Nato's Secret Armies: Terrorism in Western Europe (Frank Cass, ed., 2005) a la siguiente conclusión: a lo largo del último medio siglo, la CIA ha equipado,
financiado y entrenado a estos paramilitares europeos -en coordinación con el servicio secreto británico M16- que insistirían en la estrategia de tensión ahora para sembrar el temor al islamismo y justificar las guerras por el petróleo. Se trata, en suma, de influir en las sociedades y gobiernos de países europeos y esto entraña la muerte de civiles. Pero quién se fija en unos "daños colaterales" más.
El Comité Clandestino de la Unión Occidental (CCWU, por sus siglas en inglés), establecido en 1948, fue el primer organismo coordinador de Gladio.
Al crearse la OTAN en 1949, el CCWU se integró al Comité Clandestino de Planificación (CPC, por sus siglas en inglés) que se instaló en 1951 bajo la supervisión del mando aliado supremo en Europa. Pero las actividades tipo Gladio no se limitaron al Viejo Continente durante la Guerra Fría, hoy en su segunda etapa. Se ha probado que los atentados terroristas de 1953 en Irán fueron orquestados por agentes provocadores al servicio de la CIA y el M16.
Los comunistas iraníes fueron acusados del crimen. Agentes del Mossad israelí perpetraron los bombazos de 1954 en Egipto. Se atribuyó su autoría a grupos musulmanes. Como es sabido, el buen ejemplo cunde y son en este contexto inquietantes las declaraciones de Zbigniew Brzezinski ante el
Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense, el ex asesor de seguridad nacional de Carter y de Bush padre anticipó la posibilidad de autoatentado terrorista en territorio de EE.UU. "del que se culparía a Irán y esto culminaría con una acción militar norteamericana 'defensiva' contra
Irán" (véase Página/12, 11-2-07).
Los fines declarados de la OTAN eran la defensa de los aliados de EE.UU. en territorio europeo. Esa doctrina ha cambiado. La OTAN extendió sus operaciones a Afganistán y la admisión de ex repúblicas soviéticas en la organización -Polonia, Rumania, Hungría, otras- no es inocente: permite la instalación de más bases, sistemas de defensa y de misiles que cercan a Rusia y acercan los posibles objetivos militares en los países petroleros de Medio Oriente y Asia Central. A quien dude de que la "guerra antiterrorista" encubre la lucha por el control norteamericano del oro negro del planeta, tal vez interese la lectura de la doctrina sobre escenarios de guerra que el mando central de las fuerzas militares de EE.UU. (Uscentcom, por sus siglas en inglés) formulara en 1995 bajo el gobierno de Clinton. Propone invadir a Irak y luego a Irán con un propósito muy claro: "Proteger los intereses vitales de EE.UU. en la región, un acceso seguro y sin interrupciones de EE.UU./Aliados al petróleo del Golfo"
www.milnet.com/milnet/pentagon/centcom/chap1 . Hace doce años que Irán está en la mira. Sólo falta un pretexto para atacarlo. ¿Será el autoatentado que hipotizó Zbigniew Brzezinski?


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-81046-2007-03-01.html





El falso faro de Estados Unidos*


*Peter Singer. Experto en bioética, Universidad de Princeton


Al conmemorar el aniversario 230 de la independencia de Estados Unidos, en julio pasado, el presidente George W. Bush planteó que los patriotas de la independencia creían que todos los hombres son creados iguales, con derechos inalienables. Gracias a esos ideales, proclamó, Estados Unidos "sigue siendo un faro de esperanza para todos quienes sueñan en la libertad y un brillante ejemplo para el mundo de lo que un pueblo libre puede lograr".
Sin embargo, al mismo tiempo su administración retenía cerca de 400 prisioneros en la base naval estadounidense de Guantánamo, en Cuba. Algunos de ellos han estado allí por más de cinco años y ninguno ha sido llevado a juicio.
Muchos de los detenidos acaban de declarar ante el FBI que no tienen vínculos con el terrorismo, ni sabían por qué habían sido secuestrados y llevados a Guantánamo. Muchos no fueron capturados luchando en Afganistán.
Algunos fueron detenidos en Bosnia, Indonesia, Tailandia, Mauritania y Pakistán.
Si es que realmente existen los derechos humanos, es seguro que uno de ellos es el derecho a no quedar encerrado de manera indefinida sin ser llevado a juicio. La Declaración de Derechos de la Constitución de los Estados Unidos pone énfasis en ese derecho, especificando en la Sexta enmienda que en todas
las diligencias procesales "el acusado disfrutará del derecho a un juicio rápido y público, por parte de un jurado imparcial" y a "ser informado de la naturaleza y causa de la acusación y ser puesto frente a los testigos en su contra". A ninguno de los prisioneros de Guantánamo se les han garantizado estos derechos. Nunca se ha demostrado, según los estándares establecidos por la Constitución de EE.UU., que alguno de ellos realmente sea un terrorista.
Pero la Sexta Enmienda no se aplica a los prisioneros de Guantánamo, porque no son ciudadanos estadounidenses y se encuentran en un centro que técnicamente no es parte del territorio de EE.UU., aunque está bajo el control de su gobierno.
Digan lo que digan los tribunales de EE.UU. al respecto, secuestrar personas en todo el mundo, encerrarlas durante años sin determinar si son culpables o no, y someterlas a tratos vejatorios y abusivos es una flagrante violación de la ley internacional.

Copyright Clarín y Project Syndicate, 2007.


*FUENTE: Clarín. www.clarin.com





Los patios*


*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Para Raúl García Brarda


Antes los patios eran como si no hubiera patio.
Quiero decir que se confundían rápidamente con los arbustos y luego con el campo y cuando uno se descuidaba saltaba casi directamente al cielo.
Yo no tuve conciencia de qué cosa eran los patios hasta que no viví en la ciudad y los patios entonces tuvieron principio y fin muy concretos.
Por empezar, esos tapiales de ladrillos de canto que se usaban en las casas de los barrios obreros, como la de mi tío Camilo, allá en "Las Delicias".
En el centro -se sabe- todo tiene más sentido de cajón de cemento, por más malvones que se le pongan a los costados.
Yo no tuve conciencia de lo que eran los patios hasta que un domingo triste, en una pensión de la calle Sarmiento donde vivía, me puse a mirar ese pedazo de cielo húmedo y retaceado.
Esa sensación me persiguió por mucho tiempo.
En otros lugares los patios no son lo mismo .
En los poemas de mi amigo García Brarda, por ejemplo.
O como ese patio espléndido que no pude dejar de admirar en una callejuela cordobesa de Andalucía. Ese patio era otra cosa. Uno sentía que la gente allí debería vivir a pleno, casi como en un oasis o frente a un mar. Yo pasaba mirando todo casi distraído cuando lo vi y entré sin pensarlo. Sin pedir permiso ya que el gran portón morisco estaba abierto.
No había ser humano a la vista pero sí algunas ropas de mujer colgadas de una soga y pude tocar el brocal del pozo que era de piedra fresca, bajo el sol duro del verano.
Alguien dijo que los patios son un receptáculo del cielo. Es probable.
Y los pájaros huyen de esa boca como de la misma noche. A menos que se trate de gorriones que como sabemos se atreven a todo.
En la casa de mis abuelos había un patio con aljibe, árboles, glicinas, una higuera y más allá las casetas de los perros.
Pero el cielo estaba cerca, quiero decir tan a mano como esos gruesos paraísos debajo de cuya sombra jugábamos con mi amigo Valentín, remolcando esos autitos de carrera tan precarios que nos regalaban previo canje de un bono de color celeste a los chicos pobres del primer peronismo.
Juan Tossini era el jefe de Correos y con sólo retirar un día antes ese bono (a las chicas les daban uno color rosa, obviamente) uno podía ir el mismo 5 de enero a la tardecita a elegir un juguete. Lo de la elección supongo que dependería de la filiación política de los padres, que en los pueblos es más
que pública.
De todos modos nosotros sabíamos que éramos los únicos privilegiados de entonces y eso nos hacía muy felices.
Pienso muchas veces que de aquellos tiempos en los que los patios eran verdaderos patios ya no quedan sino los recuerdos. O los retazos de los recuerdos.
Como si una mano nocturna los pusiese lejos de nosotros y ahora para verlos no basta que alcemos la mirada o demos unos breves pasos levantándonos de la silla en que descansamos.
Ahora tenemos que esforzarnos y buscarlos muy lejos y caminarlos dentro nuestro agigantándonos en el mero recuerdo que no perdona tanto olvido.


*Fuente: Rosario-12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-7507-2007-02-27.html






Vidas paralelas*



Estuve enumerando
la cantidad de cosas
que no haríamos juntos:
no vamos a tener hijos,
no vamos a vacacionar
ni a convivir
ni a compartir amigos o parientes.
No vamos a debatir
el presupuesto familiar
ni a elegir una nueva lámpara
para el rincón del living.
No compraremos las provisiones
para la semana o para el mes.
No planificaremos
reformas en la casa.
No vamos a elegir
un programa de cine.
No asistiremos a bautismos
ni a cumpleaños ni a casamientos ni a funerales.

No vamos a compartir
muchas experiencias...


¡Es
que
sólo
tenemos
tiempo
para
amarnos!


*de María Rosa León. mrleon003@yahoo.com.ar



Correo:

1 de marzo*

Un saludo Juan Carlos y a todos.
Este día lo dedico a la memoria a mi abuelo Juan Jose Gatti.
Un hombre de luchas e ideales. Maquinista ferroviario homenajeado por la fraternidad
y olvidado por tantos otros .......


*Dra Mónica P. De Luca. mdeluca@isal.com.ar


Directora de ISAL
Instituto para la Seguridad Alimentaria
Creadora de los Proyectos
SES Secretaria de Seguridad Alimentaria de Argentina para America Latina
SERA Sistema de Evaluación de Riesgo Alimentario para el desarrollo de la Seguridad Alimentaria en Planes Nacionales, Provinciales y Municipales.
Organizadora de S.M.O (Site-Management Organization) y Comites de ética referidos a Seguridad Alimentaria
www.isal.com.ar


*

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InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
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Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas, solo verificar que un autor con nombre Y/o seudonimo , y una dirección personal de mail nos envia un trabajo.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
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