sábado, diciembre 13, 2008

Y EL CUERPO SE VUELVE HUELLA DEL PROPIO DESAMPARO...



*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


La espera*



Cuando te vayas tejeré distancias con lanas de viento.
Te retendré en los colores, en las texturas que queden sin marcharse. Aguardaré asomada en la ventana, dejaré las puertas abiertas, encadenaré al perro.
Te veré venir bajo los álamos y comenzaré a ser feliz mucho antes.
No creas en mi impaciencia ni te distraigas con mi queja solitaria.
Hay tiempos de espera que no deben esquivarse.
Camina hacia mí, sin detenerte.
Inequívoco es tu sendero hacia mi puerta.
Infaltables, estaremos.
Porque no existe algo que logre alejarnos.



*De Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar





Y EL CUERPO SE VUELVE HUELLA DEL PROPIO DESAMPARO...




BESOS ROTUNDOS*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



EL SOCORRO
A veces hago algunas cosas bien. Es mejor tener el vuelo y no el pájaro. Yo podría decirle, "vamos, hombre, deje todo eso, no lo piense más", pero a mí no me gusta imitar el tono bonachón de las crueldades humanas. En cambio, soy hábil para la duda y la mirada pensativa. La pérdida de sus trajes, a mí me tiene sin cuidado. Prefiero que se arroje desnudo e ignorante contra el indescifrable brillo del presagio. Sé también que usted busca el socorro en mis palabras.



SUAVIDAD NOCTURNA
Yo sirvo un vino más alto que la tormenta. Cuando usted viene, cerramos las ventanas porque el día despelleja la carne trémula de las sombras.
Yo nunca le hablo con la voz del cielo, porque ese desgarrón de blancura no ennegrece mi suavidad nocturna. Tampoco le hablo de amor, porque su corroída raíz se conjuga con una doble mueca de verduga.



DERRUMBES
Usted es encantador cuando está de pie sosteniendo el peso de su ahogo.
Inclinado hacia una confesión de un tiempo agonizante. Encantador también cuando se derrumba sobre sus silencios. Le ruego, por favor, nunca se deshaga de ellos. Mi carne también se alimenta del suspenso. Está claro que el mundo es una vieja tabla obvia y carcomida. Haber sido lo que fui, hace que escriba lo que escribo.



LA SOLEDAD DE LAS PAREJAS
En cada pareja, la ausencia de amor es diferente. Puede ser amarga y pérfida pero crocante, con cierto aroma de lirios fatuos. En ocasiones, se vuelve lenta y suspirante, como un alma afligida que hierve en su cadalso. A veces se soporta con largas horas en el cuarto de baño, con la complicidad del jabón y el caer del agua. Y el cuerpo se vuelve huella del propio desamparo.
Es el leviatán expulsado del magnífico infierno, obligado a vivir en la yerma santidad del cielo. El cuerpo se vuelve un ídolo cautivo que se debate a ciegas desde su raigambre hasta la mínima nervadura del último nervio.
Haber vivido lo que viví me hace decir que la ausencia de amor asfixia los poros sabios del sexo.



ALTAS TRANSPARENCIAS
Siempre que pienso en usted, lo besaría. Es mi manera de no traicionar nuestra confianza alegre. Cuando el deseo de besarlo es más violento, no lo devoro, sino que escribo sobre libaciones ajenas. Un poco más acá de lo visible, debajo de este paladar que celebra el silencio, rememoro el acceso a las altas transparencias. He jugado a perderlo, a desconocerlo, a no esperarlo, pero al acecho tengo un trozo de incomparable eternidad. Nadie me va a convencer de que un abrazo sexual pueda ser prescindible, esporádico, superfluo.



LA LUNA
La luna no tiene miedo y se sostiene solitaria sobre la impersonalidad del mundo. Baja la cabeza sólo para besar el río. Es la amante que no teme porque sabe que volverá a tenerlo todo. Cada día mastica la tragedia de su esperanza.



SOPLOS Y ARPAS
Una infinita sucesión de sueños vivos y muertos pasan lentamente. Son miembros de mi raza. Son la visión luciente con la que me conduzco en la niebla mundana. Cuando usted viene, su soplo hace sonar mis arpas. Cuando no viene, mi soplo hace sonar mis arpas. Yo lo espero como un resplandor azul que cae sobre los agapantos. Cuando pienso en usted me acuerdo de la eternidad. Me acuerdo de la noche con sus alas anaranjadas.



EL GRAZNIDO
La jaula del pájaro se rompe en el aire. Desde la ventana del baño se escucha el graznido salvaje. En el baño, quien se sabe solo no está perdido.
Una hora, un mes, un año allí metido, urdiendo el secreto de no estar muriendo adentro de sí mismo. De mí no escuchará ninguna verdad. Todas han muerto. Excepto mis besos rotundos.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16452-2008-12-13.html







Dolorosa capacidad de postergación*


Esa es la frase con la que el hombre despierta. La que lo acompañara durante algún tiempo imprevisto.
No habrá extensiones a esa frase conclusión.
No se podrá desmentir a la realidad que la instaló con esa fuerza.
"Dolorosa capacidad de postergación" dira para escucharse en silencio en la más dura de las soledades:
la de una persona a expensas de su propia voz interna.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com








Securitas*




*Por Sandra Russo



Un ingeniero, otro ingeniero, un jubilado, un adolescente, otro adolescente, una familia entera, un bebé en un pelotero. La sucesión de víctimas de lo que se nombra como "inseguridad" va desfilando por los noticieros. Algunos casos resonantes y espectaculares para la televisión no son, sin embargo, reseñados por los diarios un día más tarde. No se sabe si es porque los casos son tantos que no se cubren todos -algo más bien absurdo, pero que queda flotando- o porque los medios electrónicos son más proclives a
ocuparse de casos que después no se confirman, como cuando lo dieron por asaltado a Ernesto Sabato y lo que finalmente hubo fueron ruidos en el techo. Los casos inflados no borran los casos reales, pero los ponen en un contexto que busca que alguna gota cause un derrame.
El jueves la televisión habló de un asalto a un pelotero. Un colmo. Y de un ladrón apuntándole en la sien a un bebé de un año. Un asalto a mano armada en un pelotero es una imagen tan forzada que puede uno preguntarse si estamos ante un éxtasis de sadismo delictivo, que podría ser, o ante una operación. Como fuere, hay un más allá en esa historia, algo que repica en el terror. Estas historias de asaltos tan horribles parecen sembraderales de terror que germinan en un contexto particular. En él, los medios de
comunicación son relatores permanentes de cada nuevo caso, y se espejan en las protestas de vecinos aterrorizados que piden más seguridad. En él, también está la propuesta de De Narváez, el Mapa del Delito, una especie de ONG con fines políticos que espera erigirse como la oreja de los que no tienen oreja. En él, hay jueces de la Corte Suprema de Justicia llamando a los tres poderes a hacerse cargo de los chicos marginales que están creciendo sin poder elegir más que entre el paco o el delito, por su cuenta o por encargo para la policía. Y hay hombres y mujeres atrapados en emociones viscerales, en el riesgo cierto y el promovido; hombres y mujeres que reaccionan pidiendo lo que ancestralmente se pide en períodos de inestabilidad bifronte: acecha más de un peligro, y cesa el raciocinio y hasta la fe, para dar paso a pedidos sociales inconfesables.
Recordé un par de ensayos que leí hace muchos años, de Umberto Eco y Furio Colombo, sobre cómo aquellas sociedades avanzadas de los '80 estaban encaminándose a una nueva edad media, en la que habría torretas, electrificaciones, guardias privados, barrios cerrados y cercados, miedo permanente. Uno de los objetivos de la creación de los Estados modernos, así como la de anteriores instituciones políticas fuertes, monárquicas o imperiales, fue la de tranquilizar. Es viejo como la historia de Occidente el reflejo que nace del miedo: lo único que lo aplaca es un poder de policía central, potente, ciego, que se saltee los detalles y arranque de cuajo el problema.
Los leí tantas veces que, aunque no encontré el libro, sí pude reconstruir algunos párrafos. En uno de ellos, Eco decía que la sensación de inseguridad moderna se parecía a la de la Edad Media, cuando después de siglos de guerra ininterrumpida, la aspiración a la misma securitas que había ofrecido con
éxito el Imperio Romano a sus colonias volvía a generalizarse. Desde entonces, el encargado de defender a la gente del delito fue el Estado.
Quise saber más de la noción de securitas. Escribí esa palabra y agregué "edad media". Apreté Enter. Lo primero que apareció rezaba textualmente: "Alarmas de Seguridad Securitas. La edad media de los vigiladores es de 38 años".
En aquel viejo ensayo, Furio Colombo hablaba de la "población sacrificable".
Fuera de los castillos y las torretas, quedaría la gente eliminable. La sociedad no se conmovería cuando se mataran entre ellos, sino cuando uno de esos bandos atacara intramuros. La violencia que se entiende como violencia no es aquella que cotidianamente se desata afuera de las murallas. Los delincuentes y los policías pueden pertenecer a la misma familia. Unos y otros están destinados a matarse. El diseño de ese mundo neomedieval incluía un gran segmento de población cuya existencia o inexistencia no entraría en
los parámetros de la "vida verdadera". Una frase: "Los hombres a quienes la exclusión ha convertido en iguales, están igualmente disponibles, desde la sangre de los rehenes hasta la sangre de los rebeldes".
Aquellas perspectivas fueron correctas. Todo fue avanzando hacia el estallido de la securitas que necesitan, mucho más que aquellos sujetos medievales que guerreaban a sueldo para uno u otro Señor, los sujetos que ha generado nuestra época: táctilmente desconectados de los demás, financieramente comprometidos, ideológicamente alineados para ver consecuencias y no causas. Hombres y mujeres que ahora globalmente pierden la seguridad del trabajo, la de la casa, la de los proyectos.
Sin retomarse a sí mismo desde aquellos esbozos teóricos de hace más de veinte años, Eco ha titulado su último libro, no obstante, A paso de cangrejo. La idea general de esa recopilación de conferencias es que el mundo camina para atrás. Que la avalancha de tecnología es una pantalla atrás de la que se esconden paradojas, como que el final de la Guerra Fría no haya implicado la paz, sino el regreso a la guerra clásica: Estados Unidos en Irak. Con el agregado de que no se sabe muy bien quién es el enemigo. Lo que sí se sabe es que en paz es más difícil cohesionar a una nación que en una guerra, y también se sabe que aunque nunca estén claros los bandos, ni sus verdaderos intereses, la industria armamentista siempre
estará ocupándose a abastecer por lo menos a un mínimo de mercados.
En el recuerdo de los más viejos hay una época o un lugar, al menos, donde se dejaba el auto con la llave puesta o se dormía sin ponerle la traba a la puerta. Sería oportuno preguntarse: en esos períodos, ¿cómo estaban todos?
Ese recuerdo es hoy una utopía, ese pasado. Los que le sacan jugo a la inseguridad exprimen ese anhelo irreprochable de una vida tranquila. Pero el eje nunca es la vida tranquila para todos, que es el verdadero cuadro de situación propicio a la seguridad. Más bien, dan garantía de que algunos serán eficazmente aplastados.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-116600-2008-12-13.html





*

En Obesos y famélicos (Marea), libro del que aquí se reproduce un fragmento, el economista británico de origen indio analiza las consecuencias de la globalización en los sistemas de producción y comercialización de los alimentos
Sábado 13 de diciembre de 2008 | Publicado en la Edición impresa



*Por Raj Patel



La humanidad produce actualmente más alimentos que en toda su historia, y sin embargo una cifra superior al diez por ciento de la población padece hambre. El hambre de esos 800 millones de personas ocurre al mismo tiempo que otro récord histórico: mil millones de seres humanos sufren hoy en día
sobrepeso.

El hambre y el sobrepeso globales son síntomas de un mismo problema. Es más, el camino que podría conducirnos a erradicar el hambre del mundo serviría de paso para prevenir las epidemias globales de diabetes y afecciones cardíacas, y para hacer frente a un montón de males medioambientales y
sociales. Los obesos y los famélicos están vinculados entre sí por las cadenas de producción que llevan los alimentos desde el campo hasta nuestra mesa. Guiadas por su obsesión por los beneficios, las grandes corporaciones que nos venden comida delimitan y constriñen nuestra forma de comer y nuestra manera de pensar sobre la comida. En los puntos de venta de la comida rápida es donde con mayor claridad se ven las actuales limitaciones, pues allí apenas podemos elegir el McNugget y el McMuffin. Pero aun cuando creemos encontrarnos lejos del ámbito de Ronald McDonald también hay limitaciones ocultas y sistémicas.

Incluso cuando queremos comprar algo sano, algo que nos mantenga alejados del médico, estamos atrapados por el propio sistema que ha creado las "Fast Food Nations" ("países de comida rápida", en alusión al libro homónimo de Eric Schlosser). Intente, por ejemplo, comprar manzanas. En los supermercados de Norteamérica y de Europa, las elecciones están restringidas a media docena de variedades: Fuji, Braeburn, Granny Smith, Golden Delicious y quizá un par más. ¿Por qué éstas? Porque son atractivas: nos gusta su piel lustrada e inmaculada, y tienen un sabor que, para la mayoría del público, es inobjetable; pero también porque soportan ser transportadas a través de largas distancias y su piel no se daña si son sacudidas en el trayecto desde el huerto hasta la góndola; además, toleran las técnicas de lustrado y los compuestos que permiten el transporte y que las mantienen atractivas en los
estantes, son fáciles de cosechar y responden bien a los pesticidas y a la producción industrial. ...stas son las razones por las cuales nunca encontraremos manzanas Calville Blanc, Black Oxford, Zabergau Reinette, Kandil Sinap o las antiguas y venerables Rambo en los estantes. No somos nosotros los que elegimos por nuestra cuenta porque, ni siquiera en el súper, elaboramos nuestro menú a partir de lo que nosotros elegimos, o de la estación o el país en el que nos encontramos, ni por la amplísima variedad
de manzanas existente, ni por la amplísima gama de alimentos y sabores existentes, sino sometiéndonos al poder de las empresas de alimentación.

Los intereses de las empresas que producen alimentos tienen ramificaciones que van mucho más allá de lo que nos ofrecen los estantes del súper. Son esos intereses los que generan el olor a podrido en el corazón mismo del sistema alimentario actual. Demostrar la habilidad sistemática de unos pocos en afectar la salud de la mayoría requiere una investigación global que implica viajar desde los "desiertos verdes" de Brasil hasta la arquitectura de la ciudad contemporánea, y moverse a través de la historia desde la época de los primeros cultivos hasta la batalla de Seattle. Es una pesquisa que descubre las verdaderas causas de las hambrunas en Asia y en África, por qué hay una epidemia mundial de suicidios entre los agricultores, por qué ya no sabemos qué contiene nuestra comida, por qué en Estados Unidos los afroamericanos presentan mayor tendencia al sobrepeso que los norteamericanos blancos, por qué hay vaqueros en el sur de Los Ángeles y cómo el movimiento social más grande del mundo está descubriendo maneras, a mayor o menor escala, de que pensemos y vivamos de un modo distinto respecto
a la comida.

La forma de comer alternativa a como lo hacemos actualmente promete solucionar el tema del hambre y las enfermedades relacionadas con la dieta mediante una manera de nutrirnos y de cultivar alimentos ecológicamente sostenible y socialmente justa. Entender qué problemas plantea el modo en que se cultivan los alimentos y cómo se ingieren también ofrece la clave para una mayor libertad y un camino para recuperar el placer de comer. Tan urgente es la tarea como enorme el premio.

En todos los países, las contradicciones entre la obesidad, el hambre, la pobreza y la riqueza se están agudizando cada vez más. Por ejemplo, la India ha destruido millones de toneladas de cereales permitiendo que se pudrieran en silos mientras que la calidad de los alimentos que comen los indios
pobres es la peor desde la independencia, en 1947. en el año 1992, en los mismos pueblos y aldeas donde la malnutrición había comenzado a atacar a las familias más pobres, el gobierno indio permitió que se colaran en su sistema económico, hasta entonces muy protegido, los fabricantes de refrescos
extranjeros y multinacionales de la alimentación. En el plazo de una década, la India ha logrado la mayor concentración de diabéticos del mundo: personas -muy a menudo niños- cuyos cuerpos se han quebrado bajo el peso del consumo excesivo de alimentos inadecuados.

La India no es el único país que padece estos contrastes. Son globales, y están presentes incluso en el país más rico del mundo. En 2005, en Estados Unidos 35,1 millones de personas no sabían si iban a poder pagarse la siguiente comida. Y esto coincide con el momento en que en Estados Unidos hay más comida que nunca en su historia, y también mayor número de personas aquejadas por dolencias relacionadas con la alimentación.

Resulta fácil acostumbrarse a esta contradicción; su versión cotidiana sólo provoca una desazón pasajera cuando, de camino a los supermercados llenos de comida a reventar, nos cruzamos con carteles que nos hablan de gente "hambrienta" y "sin techo". Hay excusas morales que sirven para calmar nuestra conciencia atormentada: los pobres tienen hambre porque son perezosos, o los ricos son gordos porque comen alimentos que engordan. Esta clase de sabiduría popular es muy antigua. De alguna forma, todas las culturas han comprendido que nuestros cuerpos son libros contables donde queda registrado el catálogo de nuestros vicios privados. Sin embargo, las frases inculpatorias no nos sirven para comprender las razones por las cuales hemos llegado a una situación inédita en la que hambre, abundancia y obesidad son conceptos más complementarios que en toda nuestra historia.

La condena moral sólo funcionaría si los afectados hubiesen podido hacer las cosas de forma diferente, si hubiesen tenido opciones. La prevalencia del hambre y de la obesidad afecta a la gente con demasiada regularidad y en demasiados lugares distintos como para que sean consecuencia de algún defecto personal. En parte, nuestro juicio yerra de forma tan notable debido a que todavía interpretamos los cuerpos a la manera antigua, sin darnos cuenta de que los tiempos han cambiado. Aunque en algún momento fuese cierta, la suposición de que tener sobrepeso es ser rico ya no es válida: la obesidad no puede explicarse exclusivamente como la maldición de la opulencia individual. Hay rasgos globales que marcan la diferencia. Por ejemplo en México, un país en desarrollo con un ingreso medio de 6000
dólares anuales, hay más adolescentes gordos que nunca, aunque el número de mexicanos pobres aumenta. La riqueza individual no explica por qué los hijos de algunas familias son más obesos que otros: el factor crucial no son los ingresos, sino la proximidad con la frontera de Estados Unidos. Cuanto más cerca viva una familia mexicana de sus vecinos del Norte y de sus hábitos de comida procesada rica en grasas y en azúcar, más sobrepeso sufrirán los niños de esa familia. Que la geografía tenga tanta importancia desmiente la idea de que la elección personal es la clave para prevenir la obesidad o, del mismo modo, prevenir el hambre. [?]

Uno de los efectos perversos del modo en que nos llega la comida a la mesa consiste en que ahora existe la posibilidad de que padezcan obesidad personas que carecen de los medios necesarios para comprarse alimentos. Los niños que se crían malnutridos en las favelas de San Pablo, por ejemplo, sufren mayor riesgo de obesidad cuando llegan a adultos. Sus cuerpos, afectados por la pobreza de la niñez, metabolizan y almacenan mal los alimentos, por lo que presentan mayor riesgo de retener como grasa la comida de mala calidad a la que tienen acceso. A lo largo y ancho del planeta, los pobres no pueden permitirse comer bien, y esto es cierto incluso en el país más rico del mundo: en Estados Unidos son los niños quienes sufren las consecuencias. Un equipo de investigación indicó recientemente que, si persisten los actuales modelos de consumo, los niños norteamericanos de hoy vivirán cinco años menos, debido a las enfermedades relacionadas con la dieta a las que estarán expuestos en el transcurso de sus vidas.

En cuanto consumidores, se nos incita a pensar que un sistema económico basado en el elección individual nos salvará de los males comunes del hambre y la obesidad. Sin embargo, es precisamente la "libertad de elección" la que ha incubado estos males. Aquellos que pueden dirigirse al súper se quedan pasmados ante la posibilidad de escoger entre cincuenta marcas de cereales azucarados, media docena de tipos de leche con sabor a tiza, estantes de panes tan saturados de productos químicos que nunca se pudrirán y estantes repletos de productos cuyo ingrediente principal es el azúcar. Por ejemplo, los niños británicos tienen la posibilidad de escoger entre veintiocho marcas de cereales para el desayuno, cuyo marketing está dirigido directamente a ellos. El contenido de azúcar de veintisiete de éstos excede las recomendaciones del gobierno. Nueve cereales para niños tienen un contenido de azúcar del 40%. Así pues, no es para nada sorprendente que en el Reino Unido el 8,5% de los niños de seis años y más de uno de cada diez chicos de quince años sean obesos. Y los niveles están aumentando. El ejemplo de los cereales para el desayuno es un signo de un rasgo global más amplio: las corporaciones que producen alimentos tienen todos los incentivos para vender comida sometida a un procesamiento que la hace más rentable, aunque menos nutritiva. Por cierto, esto también explica por qué hay a la venta muchas más variedades de cereales para el desayuno que de manzanas.

Nuestras opciones tienen límites naturales. Por ejemplo, la gente está dispuesta a comer un número limitado de frutas, hortalizas y animales disponibles en la naturaleza. Pero incluso en este caso, un poco de publicidad nos puede persuadir a expandir el alcance de nuestras opciones.
Pensemos en el kiwi, que hace mucho era conocido como la grosella china: para adecuarse a los prejuicios de la Guerra Fría, la empresa de Nueva Zelanda que lo lanzó al mercado a finales de la década de los años 50 le cambió el nombre. Era un sabor con el que nadie se había criado, aunque ahora parece que siempre haya existido. Y mientras agregan lentamente nuevos alimentos naturales a nuestros menús, la industria alimentaria suma todos los años decenas de miles de nuevos productos a los expositores, algunos de los cuales se convierten en elementos indispensables hasta tal punto que, después de una generación, no se puede pensar en vivir sin ellos. Esto es un signo de cuán limitada puede ser nuestra imaginación gastronómica, y también de que no estamos totalmente seguros de cómo, de dónde o por qué ciertos alimentos llegan a nuestra mesa.


La Arcadia perdida

El relato de cómo se producen los alimentos, aceptado por casi todos nosotros, se parece a los cuentos de hadas y a los programas infantiles de televisión. No revisamos hoy en día los mitos acerca de la producción de la comida que nos contaron de pequeños, y seguimos aceptando de manera acrítica
las leyendas de felicidad pastoril, las historias de campesinos que enterraban una semilla en la tierra, que la regaban y esperaban que el sol saliera para que la planta creciera fuerte y sana. Se trata, sin duda, de una manera de explicar cómo se producen los alimentos. Y glosa sus momentos más importantes. Pero estos cuentos chinos sirven para taparles la boca a los miles de pobres del mundo rural. Cuando el origen de la comida se reduce a una sola frase de una etiqueta, todo lo que no llegamos a entender, todo
lo que ni siquiera comprendemos que tendríamos que preguntar se convierte en un universo inmenso.

Por ejemplo: ¿quién es el personaje central de nuestro relato? ¿El agricultor? ¿Cómo es su vida? ¿Qué es lo que puede comer? Si preguntásemos, lo sabríamos: la mayoría de los agricultores del mundo lo pasan muy mal.
Algunos de ellos tienen que vender sus tierras y se convierten en jornaleros en las tierras que antaño habían sido sus propiedades familiares. Otros emigran a las ciudades, o incluso al extranjero. Los hay también que se suicidan.

Las preguntas son interminables. Por ejemplo: ¿qué es lo que planta un agricultor? La mayor parte de las opciones de cultivo que tienen los agricultores vienen estrictamente limitadas por el tipo de tierra que
poseen, el clima, su acceso a los mercados, el crédito bancario y un espectro de ingredientes visibles e invisibles en la producción de alimentos. No es el momento de chuparse un dedo, exponerlo al viento y
decidir qué estaría bien comer el próximo año. Si tienen esperanzas de vender sus cultivos a cambio de dinero en vez de comérselos ellos mismos, la mayoría de los agricultores tienen pocas opciones, particularmente los del Sur Global (el término que usaré en este libro para referirme a los países
más pobres del mundo). Estarán obligados a plantar los cultivos que el mercado requiere. Al fin y al cabo, el negocio de la agricultura está restringido por las reglas del juego que marca el mercado. Sin embargo, lo que este lenguaje oculta es que el territorio del mercado no es tanto un campo de juego como el filo de una navaja. Si hay lugar para tomar decisiones acerca de lo que se planta, éstas son muy duras y deben optimizar múltiples parámetros, con poco margen de error. El mercado castiga las malas
elecciones con pobreza. Para los agricultores que están muy endeudados, esto significa la bancarrota.

Los bancos y los distribuidores de semillas han desarrollado formas nuevas para enfrentarse a la insolvencia que provocan sus actos. Los contratos de arrendamiento, por ejemplo, reducen a los agricultores a simple mano de obra barata en sus propias tierras. No obstante, los campesinos están dispuestos a adaptarse a estos nuevos pactos agrícolas porque no tienen muchas opciones: con los bancos que amenazan permanentemente con la ejecución hipotecaria, cualquier tipo de agricultura, incluso la que destruye el suelo, es mejor que nada. De modo que el agricultor se ve forzado a "elegir" entre estas alternativas, y las otras opciones desaparecen. Al mismo tiempo que decrecen las posibilidades de los campesinos, otros -los grupos poderosos, las corporaciones, los gobiernos- expanden el imperio de sus
opciones. En cada etapa de la cadena de producción alimentaria se hacen elecciones en un amplio rango de asuntos que va de lo obvio a lo esotérico.
¿Quién determina los niveles seguros de los pesticidas, y cómo se define "lo seguro"? ¿Quién decide qué es lo que procede de dónde para cocinar? ¿Quién decide cuánto se les paga a los agricultores que cultivan los alimentos, o a los jornaleros que trabajan para aquéllos? ¿Quién decide si las técnicas de
procesamiento que se usan son fiables? ¿Quién gana dinero con los aditivos de los alimentos y quién determina si hacen más bien que mal? ¿Quién garantiza que haya energía barata y en abundancia para transportar y combinar ingredientes que proceden de todos los rincones del mundo?

Estas cuestiones tal vez parezcan increíblemente distantes, tan alejadas de nuestra experiencia como compradores de alimentos que es como si todo esto ocurriera en Marte. Sin embargo, las mismas fuerzas que configuran las opciones de los agricultores también llegan a las góndolas repletas de los supermercados. Al fin y al cabo, ¿quién determina la variedad de artículos que éstos acogen? ¿Quién decide cuánto cuesta cada cosa? ¿Quién gasta millones de dólares en descubrir que el aroma del pan recién horneado y los gemidos de Annie Lennox en los supermercados pueden hacer que los clientes compren más? ¿Quién decide que los precios sean más altos de lo que la gente más pobre puede pagar?

He aquí el meollo de la cuestión. La abundancia relativa de los estantes, los aparentemente bajos precios en la caja y la casi constante disponibilidad de alimentos son nuestra compensación. La "comodidad" nos
mantiene anestesiados como consumidores. Así es como nos disuaden de hacer preguntas comprometedoras, no sólo cómo han sido manipuladas nuestras preferencias y nuestros gustos individuales, sino cómo es que nuestra libertad de elección en el momento de llegar a la caja elimina la libertad de elección de las personas que cultivan nuestros alimentos.

[Traducción: Alejandro Manara]


*Fuente: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1078968






Calor*



Hacinados en aquel vagón de tren, sólo faltaba que el aire acondicionado dejara de funcionar. Como las desgracias nunca vienen solas, no solamente se averió la refrigeración sino que el sistema eléctrico que permitía bajar las ventanas se cortocircuitó y quedaron bloqueadas.

Los pasajeros se miraban los unos a los otros angustiados empezando a sudar copiosamente. El hecho de que el vagón estuviera abarrotado, al coincidir con la hora de acudir al trabajo, ayudó a que los viajeros empezaran a ponerse nerviosos y a respirar con ansiedad.

Al cuarto de hora ya se habían producido algunos desmayos y dos monjas habían empezado a rezar pidiendo en sus oraciones poder estar en un lugar fresco y amplio. Los pasajeros, de forma paulatina, fueron incorporándose a estos rezos, hasta que todo el vagón acabó implorando, en un rosario improvisado, que acabara aquel suplicio irresistible.

Dios en su infinita misericordia les escuchó y después del descarrilamiento les trasladaron a un lugar fresco y amplio, con mesas de aluminio y departamentos individuales refrigerados.



*de Joan Mateu joan@cimat.es



*


Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 14 de diciembre del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores colombianos Juan Sebastián Monsalve und Sebastián Quiroga. Las poesías que leeremos pertenecen a Elena Fassio (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067




Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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miércoles, diciembre 10, 2008

ERRANTES MIRAN LOS ERRANTES PASOS...



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


ERRANTES*



Trizada. Como castillo en las arenas del recuerdo.


Huye la tarde clara por la ventana abierta del cansancio.
Ya ha partido el Hombre.
Se ha llevado la precaria sombra de sus huesos.
Se ha llevado mi primer latido, la llave de oro y mi valija.
La bendición del pan y la rosa sangrante
Mi resolana y la frescura del sombrero de paja.
Con él se ha ido el silbido de un tango que se aleja


Se ha llevado mis zapatos de cristal.
Se ha llevado, Ay, se ha llevado mis anillos de agua.


Nadie ha llegado todavía.
Nadie des cubre la máscara de hierro.
Los perros ladran al eclipse solar.
Los cerezos revientan, lujuriosos, sus brotes.
Los errantes miran los errantes pasos de una luna coral.


Se acerca un barco. Un barco de papel y el tango “Sur”
Y yo, sin mis zapatos de cristal, sin mis anillos.
Ay. Sin mis anillos de agua.



*de Amelia Arellano arellano.amelia@yahoo.com.ar








ERRANTES MIRAN LOS ERRANTES PASOS...






Once*



Alejar lo sórdido
(cercano a las vías)
alejar los trenes
la prisa
la sed
el temblor
el miedo
no pertenezco ahí
soy gorrión en la pecera
Algo en mí es irrecuperable
algo en mi espalda
algo que suavizaba mi boca
algo que nadie tenía y atragantó tristeza
Algo en la fatalidad del viento
en el bullicio de gentes que no entiendo
en esta urbe que hierve sin ver
Algo en esa Señal increíble
que no viste.


Algo como subir al subte
diferentes estaciones
y elegir nuevamente
entre quince el vagón correcto.


Y verte y ver al mundo desnudo
y saber que pocas veces
que nunca
que improbablemente
haya una ternura tan brutal
como la mía.


*de Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar






Plagio*


Queridos lectores:

La presente es para comunicarles que la calidad de mis escritos viene determinada por la musa que lo inspira. También es importante la fuente que utilizo, ya que escojo perfectamente los autores a los que quiero parecerme para, apoyándome en sus obras, exponerlas de manera llana y natural.

En estos momentos estoy escribiendo una historia, que se publicará en breve, inspirada en una obra en la que hay dos amantes de dos familias italianas que están discutidas y que no quieren que se vean. Lamentablemente el final es trágico, pero creo que tendrá mucha aceptación.

Un saludo

Stefen Plumkier.


"Si algo funciona, ¿a qué inventar otra cosa?"
S. Plumkier


*de Joan Mateu joan@cimat.es






"Mirá el chupete"*




Hasta ese momento no me parecía extraño ver gente salir con las primeras gotas cayendo sobre el suelo (o si me parecía?). Como nunca llegaba tarde al taller y me preguntaba “tarde para quien? para que?”, fuese cual fuere mi propósito de llegar temprano este suceso me extraño demasiado como para dejarlo pasar con la lluvia que luego se secaba sobre la vereda.
Estaba yo firme esperando el colectivo, la cabeza despejada, de momento miro sin mirar la vereda de enfrente, miro de vuelta y veo a un hombre joven lavar su auto con el agua de la lluvia, sin jabón ni nada. Reconozco que en primera instancia no me sorprendió, ya que estamos en una época de ahorro y ajuste de cinturón, por lo que no sería extraño también ahorrar agua y de paso aprovechar el recurso que nos brindaba la naturaleza aquel mediodía.
Volví mi mirada hacia el extremo de la calle, a dos cuadras, por donde debía aparecer mi transporte. Me quede, cuanto habrá sido? quince minutos? Cinco? Un segundo…
Debí por esa curiosidad que nos asoma, voltear mi cabeza y mirar, sin que se diera cuenta que lo miraba. De pronto veo aparecer una cabecita como de un niño por detrás del auto, luego otra, y otra y otra y otra. Ya voy perdiendo la cuenta de cuantas han sido, cinco…talvez seis, que con trapitos se aproximaban por orden del padre a la tarea de aseo del automotor.
Van acercándose mas a lo que mi mirada enfocaba una niña y un niño, la primera, obedeciendo a su padre dedica su pequeño brazo a limpiar con un trapo una de las ruedas. Mientras el niño quiere apropiarse de tal labor y se genera una discusión. No pude escuchar nada de lo que intercambiaban los 3 allá enfrente, porque junto a mi espalda siento una presencia, un joven, un poco mas algo que yo, el cual con menos disimulo me acompaño viendo la imagen, del auto, el padre y los 5 o tal vez 6…
Quedamos en silencio, como la gente seria y respetuosa, no juzga, no se mete, observa, observa y observa, no importa que estén a dos pasos matando a alguien, no hay porque meterse.
Pasan minutos, horas, días, me pregunto porque me inquieta tanto la nueva presencia a mis espaldas, ¿que quiere? Porque mira la misma imagen que yo? ¿Porque no disimula aunque sea? Espera el colectivo…creo…como yo.
Escucho al sujeto articular las siguientes palabras “Mira el chupete”, las dice, las pronuncia pero no me las dirige, habla al viento, a la lluvia talvez o a algún acompañante imaginario de su inconciente, que decidió un día de lluvia esperar en la parada.
Al escuchar esas palabras, miro instantáneamente hacia enfrente, porque antes miraba de reojo al acompañante extraño, observo detalladamente la imagen, como quien mira una revista en la que hay que encontrar diferencias en dos cuadros aparentemente iguales, esta la nena empeñándose en limpiar la rueda que es del doble de su tamaño, el padre, dirigiendo y el niño buscando pelea.
En el suelo mojado por la lluvia, el barro y la mugre propia de la calle y la basura que la gente tira sin culpa, encuentro la diferencia del cuadro, en la revista, cuando comparo la imagen de antes y la de ahora, y ahí esta el chupete.
Miro a mi compañero; largo rato después de que este dijo esas tres palabras; que ya había dejado de prestar atención a lo que pasaba en la escena de enfrente y opto por mirar el camino, el mismo camino, por el que debía aparecer en cualquier momento el colectivo que él espera…yo también lo esperaba.
Dejo de mirar al sujeto a mis espaldas, cada vez mas a mi lado, que en “mi atrás”, dejo de esperar el colectivo, que no viene y que espero, dejo de ver la imagen de enfrente, cierro mis oídos (como si eso fuera posible) y miro el suelo, mis zapatos, ya sucios y mojados, descubriendo en ellos, por fin, mi propia pobreza.


*

Subo al colectivo, mi compañero de parada asciende justo detrás de mis pasos.
Temo más cuando esta detrás de mío que cuando lo escucho articular alguna palabra…supongo…porque solo lo escuche decir tres.
Intento pagar el colectivo y la tarjeta no funciona, porque no funciona? Pruebo de vuelta y nada. El colectivero me hace señas raras, y me deja subir sin pagar, no quiero subir sin pagar, pero quiero quedarme arriba. Camino por el pasillo, “no quiero subir sin pagar”, y me siento, en el medio, del lado de la fila que tiene un asiento. Quiero estar sola y mirar por la ventana, N-O Q-U-I-E-R-O S-U-B-I-R S-I-N P-A-G-A-R
Pasan las cuadras y quiero bajarme, yo siempre pague, esta bien que no es mi plata, pero me molesta subir sin pagar y encima hacer de cuenta como que no se nada.
Por un momento, unas cuadras, una ruta, dejo de pensar en el hombre que antes me acompañaba, miro para atrás y no veo donde se sentó (¿se sentó atrás?). Que más da, no quiero verlo, ojala nunca hubiera esperado en la misma parada que yo. Tal vez mas tarde sienta la necesidad de buscarlo, no quiero viajar sin pagar, desearía que el trayecto se acorte y llegar al lugar donde me bajo caminar las dos cuadras sin pensar en nada. Pero sigo arriba, me corro el pelo del ojo, miro hacia atrás y no lo veo, habrá bajado? Cuando? No quiero buscarlo, o si quiero? Quiero levantarme y preguntarle porque me mira? Porque no le dijo al padre que viera la diferencia que yo encontraba en la imagen, en el cuadro de la revista, el chupete, que lo juntara del piso, no le dijo, no le dijo.
Lo veo, mirando por la ventana compenetrado en la misma paisaje que repito todos los días, mira fijo, a veces pareciera que pega la cara a la ventanilla para estar más cerca, pero esta lejos del vidrio, en realidad. Se le parece a Rantés, mirará al sudeste? Que mira tan atentamente? Que quiere?
Llego la hora de bajarme, estoy a dos cuadras, pero ya quiero parar, como ya me conozco, no me gusta subir sin pagar, quiero pasar el mal trago y bajar, nada mas, bajar!
Me levanto y camino por el pasillo, veo a mi acompañante que me hunde la mira, entierra sus ojos en los míos y yo no puedo mirar fijo a nadie, como me dijo ayer Martín. Lo evado, a Martín, ayer y al sujeto. Que deje de mirarme, pienso.
Toco el timbre, bajo las escaleras y no quiero irme, pero no me voy a quedar sin pagar, quiero saber porque me mira, que tengo. Lo siento y lo veo mirarme, como si los dos viniéramos del mismo “Comió maní?”. Como si nos conociéramos, de una locura de antes, también mi remera no ayudaba mucho, como para que no se confundiera. Me bajo, al fin estoy en la vereda y no tengo mas presiones. Siento una puntada en la nuca y creo que me mira desde arriba del colectivo, amenazante porque no haberle acompañado, por no haberle dicho una palabra…algo. Por no decirle, si venimos del mismo lugar, aunque no se de donde, y los dos queríamos decirle al padre del chupete, y la nena, pero el barro y la lluvia, y las miradas, las tres palabras, me estaba incomodando, no me gusta subir al colectivo sin pagar.



*De Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com







Puerto Montt*


Una vez por semana papá viajaba a Rosario y volvía con un long play. Un día llegó con un disco simple: una canción de Los Iracundos. Fue instantáneo, era 1969, la revolución estalló en casa. Osvaldo Bazán.


*Por O. Bazán
08.12.2008

Papá nunca me llevó al fútbol. Papá no iba a la cancha, no veía fútbol por televisión, en realidad despreciaba el negocio del fútbol con una intensidad que también tenía para otros asuntos. Papá quería que escucháramos música, que leyéramos libros, que nos interesaran los diarios.
Nos quería curiosos aunque después no lo soportó. Y un día recitó Bécquer, golondrinas y eso, y dijo: "¿Ven?, eso es poesía. Tienen que saber poesía y matemática".

Me transmitió la voluntad de la literatura aunque no recuerdo jamás haberlo visto leer un libro. Me dio las ganas por la música pero nunca fue un exquisito en materia musical. Hubo un tiempo en que envidiaba a Fito Páez; el padre le hizo escuchar a Tom Jobim o a Frank Sinatra. Ahora que murió hace mucho, ya estoy reconciliado con papá, apasionado por Los Wawancó, el Quinteto Pirincho y Lafayette, un tecladista brasileño, maestro del órgano Hammond que versionaba los grandes éxitos de la época y -me enteré mucho después- fue casi el fundador del sonido de la Joven Guardia brasileña y músico de la banda de Roberto Carlos.

Papá, allá en el largo atardecer del pueblo santafesino, tenía un orgullo simple y concreto: el combinado podía soportar siete long plays juntos. Iban cayendo de a uno y a él le gustaba decir que podía escuchar dos horas de música sin levantarse de la silla para cambiar el disco. Y entonces, Wawancó, Quinteto Pirincho, Lafayette, sin interrupciones, sólo mirando de reojo cada vez que el pick up se levantaba y dejaba caer, pesado y con ruido inconfundible, el próximo disco.

Una vez por semana papá viajaba a Rosario y volvía al pueblo con un long play. Un día llegó con un disco simple. Raro, no compraba discos simples.
Pero se había entusiasmado con una canción que había escuchado por la radio.
Una canción de Los Iracundos. Fue instantáneo, la escuchó en el viaje de ida y entró a una disquería y la pidió. Era 1969. Fue una revolución en casa.

Ya no había dos horas de long plays. Era la canción una y otra vez, una y otra vez, y el pick up volvía y volvía.

La canción hablaba de un lugar rarísimo: Puerto Montt. La historia era la historia más triste del mundo.

"Sentado frente al mar/ mil besos yo le di/ después le dije adiós/ todo
termina aquí/ y ella me dijo así:/ 'Abrázame y verás/ que el mundo es de los
dos/ salgamos a correr/ busquemos el ayer/ que nos hizo feliz'./ Puerto
Montt/ me alejé de ti/ sin saber por qué/ y yo la dejé/ sola frente al mar/
bajo el cielo azul/ de Puerto Montt."

Puerto Montt fue para mí, un niño campesino con voluntad para la maravilla, el lugar en donde se rompían los amores. El mar por antonomasia.

La segunda parte de la canción, a mis seis años, directamente se reveló como sublime: "Mil violines en su voz/ susurraron un adiós/ y un amor que se quedó/ perdido frente al mar/ y el viento lo llevó/ Silencio sin piedad/ encontraré al volver/ mas en la soledad/ su voz me gritará:/ '¡No, no, te vayas de mí!'".

Me parecía el colmo de la poesía. ¿Cómo a alguien se le había ocurrido que podían sonar mil violines en una voz, en el mismo momento? ¿Y qué pasa cuando suenan mil violines juntos?

-Papi ¿Puerto Montt no existe, no?
-Sí, creo que queda en Chile -me dijo y fue a buscar un mapa. Estaba contento. Quería que nos interesáramos, mi hermano y yo, por las cosas que la vida tenía para ofrecer. Buscar juntos una ciudad en un mapa era para papá el mejor plan para hacer con sus hijos.

-Acá, acá abajo está Puerto Montt. Debe de hacer frío ahí. Eran los años en los que papá sabía todo.

Eduardo Franco escribió la canción sin haber estado jamás en Puerto Montt.
Pero ese paraje de desolación absoluta, de conciencia de que el fin es evidente y cercano, de que más allá no hay nada y el resto es viento cabe entero en la canción. Lo supe hace unos días, cuando llegué a la ciudad llevando en el auto, casi como un chiste, el CD de Los Iracundos. Puerto Montt es fría, azul y final. La enorme sorpresa fue comprobar que sentados frente al mar, los protagonistas de la historia continúan abrazados. Él no tiene nada para decir y en el rostro de ella estallan los mil violines. El resto, otra vez, es viento. Una enorme estatua de concreto de más de cinco metros de alto, conocida localmente como "Los monos feos" o "Los mazapanes" (el mazapán es la golosina típica de la región) mira hacia la bahía violentamente azul, oscuramente azul, atravesando para siempre el momento del dolor. Impresiona el tamaño del sufrimiento. Sabés que en minutos más ella quedará irremediablemente sola rodeada de azul y él se irá y ni sabrá por qué. Sin vuelta atrás. Sabés que no hay cómo encontrar el ayer que te
hizo feliz. Sólo silencio sin piedad.
La canción fue presentada por Los Iracundos en el Festival de la Canción de Buenos Aires en 1969. Salió segunda. Cuarenta años después nadie recuerda "Como somos" de Piero, que cantada por Fedra y Maximiliano ganó el primer premio. Papá siempre dijo que aquella elección había sido una injusticia.
Hoy sé que tenía razón.


*Fuente: Crítica Digital
http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=15323





*


Estoy presente en mis amigos.
Soy un torbellino de vivacidad y de ideales.
No quiero que sufran por mí.
Estoy ahora y siempre, acompañando a los que aún me nombran.
Mi envoltura corporal se trasmuto en ardor.
Parece una locura escribirles pero puedo.
La verdadera esencia se puede encontrar en el silencio o en el choque sutil de las copas de un wiski.
Hay un libro que no terminé de escribir, pero no importa. Otros lo forjarán en una reunión de hermandad.
Qué es la risa si no esta acompañada de un testigo.
Que es la ocurrencia, si no hay un par a quien pueda relatársela.
Las mismas lágrimas en retiro no tienen el volumen de la real nostalgia. Si no estas vos para escucharme, reprobarme, apoyarme y hasta ser fastidioso con tus reproches no tienen sentido.
La palabra amor, ternura y seducción, no existirían si hay una sola persona.-




*de Azul. azulaki@hotmail.com






El mejor chofer del mundo*




A fines de agosto o principios de septiembre, la sudestada vuelve. el Ford Taunus era nuevito, blanco el techo y celeste abajo. Volvíamos de la plata, era domingo. La ruta y las calles de acceso a la ciudad empezaban a inundarse.
Han pasado muchos años, pero cada vez que viajo hacia el sur la salida vuelve a ser igual.
Miro las casas pobres, bajas, de chapa, y escucho el temporal golpeando con fuerza el parabrisas del auto. Mi padre era muy miope, y usaba unos anteojos oscuros, de vidrio grueso. Volvíamos de la cancha de estudiantes, adonde íbamos domingo de por medio. Nuestro Ford Taunus con olor a completamente nuevo avanzaba a paso de hombre, entre baches y alcantarillas y camiones o autos que se distinguían apenas por las luces borrosas, titilantes. El diluvio arreciaba, y viajábamos en silencio. En el asiento de atrás venia mi hermano, pequeño genio, observador de todo, silencioso, mimado. Mi padre usaba trajes de seda y corbata de luto, porque seguía sin soportar la muerte de nuestro abuelo, la madrugada con las luces encendidas, la casa de florida.
También puedo sentir, ahora, el roce de la seda.
El aguacero se volvió color marrón, impenetrable. El viento golpeaba con furia, la noche se acababa de cerrar completamente. Ahora supongo que mi padre no pudo mas, porque me pidió que me acercara a el y me dijo: -lleva el volante.
Yo tenia 12 o 13 años, y el sur parecía el fin del mundo. Él siguió con los pedales y los cambios y tomamos el volante a cuatro manos, guiándonos por las luces apenas visibles que venían peligrosamente hacia nosotros. Gracias al diluvio, crecí. Gracias al sur, y a mi padre que no quería chocar, y al auto nuevo, y a mi hermano silencioso. Mientras escucho el aguacero contra el vidrio, ahora, puedo creerme que vuelvo a manejar con mi padre pegado, volviendo de la plata. La tormenta amenazaba con arrasarlo todo, pero no a nosotros, no al menos la lluvia, digo, mientras atravesábamos Dock Sud. No al menos a mí, porque estaba manejando por primera vez. Muchas veces, mas tarde, tuve miedo, miedo al desamor, al abandono final, a esa soledad de la que escapamos sin cesar. Muchas veces pensé que no iba a poder nada, que el derrumbe ya estaba consumado. Pero no aquella vez, no aquella noche, no en aquel diluvio. De repente me sentí transformado en lo que sospeche que era ser hombre. Ha vuelto a pasarme, nos pasa a todos. Ya no somos mas ese: somos otro.
Tuve una sensación de extraña plenitud, que vuelvo a sentir quizá desarticulada, pero reconocible, si paso otra vez por esas calles u otras partes, a veces muy lejos, sin motivo. -ya esta -dijo mi padre, cuando la lluvia pareció amainar y pudimos ver las calles inundadas.
Ahora el golpeteo del limpiaparabrisas sonaba con mas fuerza, como paletazos.
La oscuridad seguía, sigue. Las luces de los autos se cruzaban como reflejos espejados, que desaparecían de inmediato. El asfalto crepitaba de agua, debajo de las llantas que resbalaban y respondían apenas a los frenos empapados. Recline la cabeza contra el asiento y mi padre acelero. Yo no había cumplido trece años, porque ahora recuerdo que cuando cumplí trece mi padre me llamo desde Nueva York y me dijo, con una voz muy lejana que parecía venir interferida por un espacio de ondas infinitas:
-Feliz cumpleaños para el mejor chofer del mundo.
Nos reímos. si no hubiera sido por la sudestada de finales de agosto o principios de septiembre, no hubiera sentido que crecer es correrse de un lugar a otro, de repente, casi sin advertirlo, sin saber bien que paso. Es algo parecido a la caída de una copa. Si no hubiera sido por la miopía concluyente de mi padre, en aquel invierno hoy lejano entre tantos inviernos, no se me hubiera ocurrido nunca que se puede aprender de repente, un poco del susto, otro poco del coraje, otro tanto del amor.
Se puede aprender en plena sudestada, en una calle oscura del Dock Sud, siendo chico.
Cuando el Ford Taunus blanco arriba y celeste abajo cruzo la isla Maciel, y después el puente sobre el riachuelo y llego a paseo colon, ya iluminada, para dirigirse al centro, nos pareció que toda la civilización, y toda la vida, y casi la felicidad estaban ahí, eran nuestras.
Mi padre murió años mas tarde, también en septiembre, después de una sudestada igual a aquella, un día de sol.



*de Javier Torre.
Publicado en contratapa del diario Página/12 año 1990.







*


el arcoiris vuelca tu recuerdo en mis cabellos
cuando de sentirte hablan los recuerdos
cuando recuerdo que me llamas y te llamo


y así viene el arcoiris zigzagueando
desde el blanco de la ausencia sin distancias
hasta el verde del silencio que te nombra


un naranja de duraznos en tu boca
y un caprichoso rojo de vino cristalino
dibujan, trazan olas de uvas en la copa


abro amarillos a las hojas que pisamos
cierro el sinople en el río de tus ojos
beso el azul que recorre nuestras sábanas


y amo y canto
y me derramo en lluvias de palomas
cuando el color hace negrura en mis quebrantos
o cuando el gris opaca el pensamiento calmo
y grita el rosa de la rosa que ahora es verde
y saltan las espinas cuando partes y no vuelves
y duelen los recuerdos sin pinceles si no vienes...




*De Ana analia_gattasz@speedy.com.ar







El número once*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Cuando esa tarde el equipo de las casacas rojas, hizo su entrada al campo de juego, con toda la escuadra alineada detrás del trote de gladiador de su arquero, el inefable "Toti" Sciarini, hubo un momento de estupor en la ávida hinchada. Y ese estupor tenía sus motivos. Fácticos y de mera historia deportiva.
¿Quién era ese número once, pequeño, esmirriado ("enteco", diría mi vieja) que cerraba filas, el último?
Ese pequeño jugador, que nadie conocía, que nadie sabía de adónde había salido, que no tenía filiación, ni sangre, ni historia.
Todo el mundo empezó a preguntarse si las arbitrariedades del presidente no deberían tener un límite, no deberían acotarse aunque más no sea un poco.
¿Quién era ese delgado y chueco, de apariencia torpe, para nada elegante que se atrevía a usar esa gloriosa camiseta con tanto desparpajo?
¿Sabría él, sabría por ventura este desdichado quiénes habían sido los anteriores acreedores de ese glorioso número once, de esa casaca que usaron desde don Arturo Aichino y el "Pelado" Míguez, pasando nada menos que por Silvano Ferreira, Lallana, "El Negro" Durán, "Titi" Latini, Remigio Gramajo,
Y "Lalo" Negrini, Carlitos Salinas, "Quinterito"?
El día que este flacucho debutó, con esa pintita de nada o de poca cosa, predispuso muy mal al hincha que siempre busca resultados, y nosotros vaya si lo necesitábamos. Tanto, "como agua de mayo" dirían en España, ya que ese mes no suele ser pródigo en lluvias, precisamente, por allá.
Estamos contestes entonces que la parcialidad albirroja buscaba imperiosamente resultados. El equipo era sólido en defensa, tenía un medio campo correcto y hasta creativo, pero unos delanteros que se entretenían divirtiendo a la hinchada y a ellos mismos, tanto que se olvidaban de embocarla en el arco. Con decir que uno de los responsables de estos desajustes era "Balazo" Renzi, para quien introducir la pelota en el arco, hacerle besar la red con suavidad o violencia no era importante. Pero no.
Eso no sucedía muy a menudo y cuando llegaba a suceder reventaban las gargantas, y el alma se ponía a tono con un sueño muy bello, casi como el beso de la muchacha esquiva, con aquella que soñábamos siempre, sobre todo cuando poníamos la cabeza en la almohada, que nuestra madre hacendosa había
perfumado con cáscaras de naranjas secas en el baúl donde guardaba la ropa de cama.
Un sueño y una muchacha que no tenía que ser real, que podía ser extraída de aquellas viejas películas que veíamos en el cine "La Perla" Marilyn o Kim Novak, o aquella desvaída actriz delgada, de lacios cabellos que se llamaba Pier Angeli. En fin, uno podía asimilar esta felicidad insertada a aquella
real de la pelota besando la red.
Lo que a primera vista se nos presentaba esa tarde el asombro y la perplejidad era ese muchacho flaco y muy chueco, de grandes ojos que tenían la costumbre de no parpadear -eso era al menos lo que parecía-, enmarcados por un óvalo cetrino y un pelo rizado y corto que le arrancaba casi en las cejas.
Y ahora lo tenían allí, no perdido ante los ojos curiosos de la parcialidad rojiblanca, sino inmerso en desparpajo del que no parecía hacerse cargo, ya que lo usaba para desmarcarse constantemente y no lograba hacerse del balón.
Como nadie sabía de donde venía, mi padre con una de sus habituales frases descalificadoras aventuró:
-Será de un suburbio de Rosario.
Y acertó, según luego supimos. Y también cómo había llegado allí tan en secreto. Porque nosotros, habitúes de "La Sede", como la llamábamos al edificio del club, siempre nos enterábamos de todo. Aún de los detalles más insignificantes.
Había llegado por intermedio de un señor, rosarino para más datos, de apellido Parabatti, quien acompañaba a su hijo, el número diez de nuestra escuadra por años, a quien apodaban "Cubay".
Se había hecho tan amigo de todos, que hasta traía con él a su hijo menor, más o menos de nuestra edad, que sería de diez años entonces.
"Cubay" tendría 26. Viajaban en taxi que el club pagaba y venía domingo a domingo desde Rosario.
Este señor oficiaba de agente de datos y representante "ad honorem" en los hechos.
Trajo a casi todos los jugadores de entonces. El "Loco" Moreno, el "Rubio" Mule, al "Gringo" Giacumino, un arquerito flaco que era de las inferiores de Central, cuyo nombre olvidé, y claro que fue el descubridor del gran Juan Carlos Lallana, que jugaba en "Mercadito Lux", de barrio Ludueña, que tantas alegría nos daría y que terminaría en la selección nacional. Lallana, a quien don Renato Cesarini apodaría "El Pelé blanco".
Don Parabatti entonces, que trabajaba en el ferrocarril, que se dedicaba en su ratos de ocio a descubrir jugadores, hoy sería un "agente" que nadaría en plata, pero él, supongo, lo haría por puro romanticismo. Tal vez porque aunaba ese amor ilimitado al fútbol con su persona de bien, con sus ganas de compartir las jugadas que proporcionaban sus "pollos" o sus recién descubiertos cracks.
Pero no todos eran Lallana, no todos eran cracks.
Tal el caso de este esmirriado número once que venía a manchar -según nosotros- el honor de esa mítica camiseta.
Un día nos enteramos que "el número once", era apodado "Piraña", porque tardamos en conocer su apellido y yo con el tiempo lo olvidé.
Pero lo cierto es que -para ser sinceros- tuvo también su día de gloria, como la tuvo mucha gente que vistió la casaca color sangre, y ese día no fue un día cualquiera, ese día para su honor y para nuestro recuerdo, fue un clásico.
El día amaneció normal. Era primavera y la primavera en los pueblos venía con sus días llenos de gloria en ese tiempo como si fuera un día patrio.
Pero el nerviosismo cundía como un reptil lleno de veneno entre nosotros.
Nos empezamos a reunir temprano en la esquina "del Cholo", a conjeturar, a temblar y algunos, aunque no lo decíamos, a soñar con el triunfo.
No recuerdo cómo era la posición nuestra en la tabla y la de ellos tampoco.
Pero al final de un partido de trámite aburrido y trabado, ante un centro "a la olla" de Lorencito Miranda desde la punta derecha, el "Piraña" saltó con sus ojos muy grandes, de chico asustado y le pegó a la pelota un frentazo seco, hacia abajo, que picó una sola vez en el suelo y fue a besar la red, lejos de la manos del arquero Basualdo.
Nosotros gritamos el gol hasta el cansancio, máxime cuando a los dos minutos escuchamos el pito final.
Y cuando gozosos en el club festejábamos todos, no sé quien dijo que en verdad el número once era ficticio porque siempre había jugado de ocho, que habría sido su puesto, hasta allí.
Nosotros entonces al "Piraña" le perdonamos todos los malos partidos anteriores.
Con la comprensión que acondiciona el corazón humano ebrio del éxito.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16393-2008-12-09.html







Entre cenizas del aire*



Heredo de mi padre ojos entre cielo y mar nublado, como los suyos entrenados para mirar más allá en detalles de naturaleza y lejanía. También de él aprendí la capacidad irreversible de amar a distancia. Un amor humilde guardado en cofres de silencio. Amor postergado de piel y abrazo.
Amor para siempre sostenido en imágenes sin tempo ni baciare. En un día del pasado breve, en un cumpleaños de abril, él me dijo que veía a su finada madre tal cual, viva y bella, como si todavía estuviera en Paterno, como la última vez en ese puerto, antes de salir y no volver. Ahí estaba su arcón de memoria, y entendí que vivía para sostener desde su vida esa imagen amada. Era su llamita interior. La veía amasando, cocinando pan en horno de ladrillo. Preparando la "sopresatta", guardando pan y jamón de estación a año. Atesoraba cada rincón de recuerdo en esa casa, con su madre despertándolo con un racimo de uva negra en la boca.
Mi padre partió de Nápoles en el último día de primavera y llego aquí en invierno, para siempre perdió un verano en la montaña. Su sobrina Silvana, nacida poco antes que yo, había captado ese misterio mágico. Desde pequeña se dedico a traducir de sueño a sueño y de alma a alma. Sin distancia ni olvido.
Ella escribía para nosotros en castellano o italiano, pero también escribía en inglés, francés y hasta en chino. Tenia amigos en todo el mundo y su pasión era escribirles en su propio idioma. Cuando recibía las cartas de mi padre se las leía a su madre cegada por la diabetes.
Dos décadas atrás cuando preparaba su viaje del próximo verano. A la Argentina. A conocernos, Silvana dejo de escribir, se enfermo de leucemia y murió en pocos meses.
Sin saber de su destino, sin saber que la muerte le iba a sacar el verano y la vida misma, yo imaginaba ese abrazo en el aeropuerto, ese reencuentro imposible.
Mi padre no quiso tomar más la lapicera para escribir cartas. Trickster, mediadora entre el dolor y la distancia, Silvana no cumplió su sueño y una parte de los nuestros de padre a hijo quizás murieron con ella. El puente fantástico de ilusión y arco iris se pulverizo, voló en cenizas y en alas de golondrina cayó en cada lágrima inexplicable.
Cuando mi padre murió, al poco tiempo el Etna estallo en furia de lava y fuego, y yo sentí que ese reencuentro perdido sería entre cenizas del aire.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com







PÁJARO DEL TIEMPO*



"Acabo de ver salir un reloj
del corazón de un pajarito
tictaqueando doce campanadas"

JOAN MATEU




El pájaro corazón de reloj
arrastra el péndulo en sus alas
con segundos y minutos
que guardamos en un cofre.
Los libera, lanza al viento
sus designios más secretos
y sólo resta esperar
la magia que esconde
el tiempo.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





La Compañía*


Una amiga me contó que uno de sus hermanos era jesuita, que tuvo amores no divinos y un embarazo no deseado. Su superior le ofreció que si aceptaba olvidar a su hijo, la Compañía se haría cargo del chico de por vida; sino tendría que abandonarla. Martín Caparrós.


*Por M. Caparrós
08.12.2008


Hace unos días, mientras la relación entre la Iglesia y la Argentina aparece en los diarios con frecuencia, una amiga me contó una historia. Me contó que uno de sus hermanos era jesuita, profesor en un colegio de jesuitas, y que tuvo, ya casi cincuentón -quién sabe si por primera vez-, amores no divinos. Que la carne infernal pertenecía a una ex monja, una mujer tranquila, y que sus relaciones, serenas, espaciadas, ya llevaban unos años sin incidentes cuando ella se quedó, sin ninguna intención, embarazada.
Que él, leal a su orden -que era, de algún modo, el único hogar que conocía-, le contó a su superior su encrucijada: que por supuesto no pensaba en un aborto, pero tampoco encontraba otra salida. Que su superior no tardó en ofrecerle una tan claramente estructurada que el réprobo entendió que no era nueva: que si él resignaba cualquier reclamo de paternidad, si aceptaba no conocer a su hijo y olvidarlo, la Compañía se haría cargo del chico y de sus gastos de por vida y olvidaría el asunto; pero que, si no lo hacía, tendría que abandonarla para siempre. En síntesis: que tenía que elegir entre la Orden y su hijo. Que lo entendiera: que ellos aceptaban que un hombre podía tener esos deslices, pero que lo que no podían tolerar era que cosas como ésa se supieran.

Mi amiga me contó que su hermano pasó semanas debatiéndose en la duda y que, al final, cierta manera de la culpa pudo más: aunque no estaba convencido de querer ese hijo -o incluso a esa mujer-, le parecía poco cristiano abandonarlos, aun en manos de una organización tan poderosa. Así que decidió dejar su hábito y su empleo y buscarse la vida por fuera de la ley de san Ignacio. Ahora, me contó mi amiga, el hombre está en problemas: debe mantener una familia, y no es fácil conseguir un empleo cuando uno tiene más de cincuenta años y un doctorado en teología. La historia me impresionó mucho. No estoy seguro -nunca se puede estar seguro- de que sea cierta, pero no tengo ninguna razón para pensar que no lo sea; me impresionó, en cualquier caso, lo arcaico de la escena y, sobre todo, la idea de una respuesta preparada para esos casos y la imagen de todos esos hijos de jesuitas repartidos por el mundo, ignorantes del nombre de sus padres pero bien atendidos por el dinero de la Compañía -que conoce y acepta lo que pasa pero que no soporta que se vea. Somos, es obvio, hijos dilectos de esa idea:
callar y obedecer, decía san Ignacio, para Su mayor gloria. Hasta que, por las crisis, Dios deja de ser Dios, y entonces todo se derrumba.


*Fuente: Crítica Digital
http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=15325





Correo:


Estimado amigo/a:


Te invitamos a ver la pelicula "Argentina Latente" del director Pino Solanas, el próximo jueves 11 de diciembre a las 18.hs

La entrada es libre y gratuita.

Te esperamos.


*Edgardo Marchi. edm@mrecic.gov.ar

-Ministerio de Relaciones Exteriores Comercio Internacional y Culto.

Esmeralda 1218. -traer DNI-




Convocatoria*


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*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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lunes, diciembre 08, 2008

A MI ME PASA LO MISMO...



*Ilustración: Ray Respall Rojas.



DIFERENCIAS IRRECONCILIABLES*



Cuando un ángel llora
No amanece.
Cuando un ángel sufre
Caen estrellas.
Cuando un ángel sueña
Reconfigura el firmamento,
Dibuja nuevas constelaciones
Borrando de nuestras mentes
Presagios, cartas astrales
Y zodiacos anteriores.
Cuando un ángel ríe
Estallan auroras boreales,
Nacen arco iris...



Cuando un humano
Ríe, ama,
Sueña, sufre,
Llora, se desgarra,
No queda otra huella
Que la inasible memoria
A ser borrada con su muerte.



*de Marié Rojas.




A MI ME PASA LO MISMO...





El mensaje en la botella*



Las olas llevaron a la playa aquella botella con el mensaje en su interior. Con mucho cuidado consiguió sacar el papel de dentro y lo leyó:

"¡Socorro! Estoy perdido en una isla desierta. Llevo mas de un año tirando botellas al mar con mensajes y estoy desesperado porque el mar me las devuelve"

Con parsimonia garabateó unas palabras en el mismo papel. Lo enrolló y metiéndolo dentro de la botella la tiró al mar lo más lejos que pudo.

Añadió: " Te entiendo, a mi me pasa lo mismo"



*de Joan Mateu joan@cimat.es






LATIDOS*



Cada pueblo tiene su propio ritmo; su ritmo de caminar, de trabajar, de poner la mesa. Los movimientos les son propios como lo son el lenguaje y la música, ese otro lenguaje que quizás venga de la gente, quizás de la tierra y del paisaje que brinda.
En Japón he visto las artes marciales que se repiten en la forma de golpear los tambores, de bailar esas danzas que aúnan la lentitud y una contenida violencia, en los sonidos breves y guturales. La misma tensión entre lo estático y la rapidez extrema. Las enormes banderas son agitadas por figuras inmóviles, la precisión de las ikebanas de proporciones perfectas, la belleza de los jardines, la posibilidad siempre del horror y sin embargo la infinita paciencia; la habilidad aprendida, ejercitada y trabajada de un hombre que mezcla la tinta, que con un pincel escribe, dibuja, pinta la palabra como quien hace una señal definitiva. Hay un ritmo, una marca, un acorde que abarca cada cultura y le imprime las notas y los
silencios.
Una mujer daba a luz. Rodeada por su hijo, su vecina, su marido, daba a luz. En el suelo estaba la mujer, sobre un colchón delgado. Ella misma pujaba con un canto rítmico, todos la acompañaban y el acto de dar la vida de traer la vida era una canción. El niño encontraba el aire y el afuera traído, recibido, acunado ya por las voces y los sonidos que lo arropaban y le daban desde el inicio el ritmo de su pueblo.
La canción rítmica que se repite en lo cotidiano. En los pasos retumbantes de las sandalias de madera sobre el pavimento, en el ritmo de la danza de cuerpos que se deslizan y de pronto acaban en una pose de estatua, en el ritmo vertiginoso de la oración que también es comunitaria, y que crea la epifanía del ritmo de la vida que se repite circularmente.
Cerca del suelo, siempre. En comunidad. Y serán las sandalias, el martillito de metal que guía los rezos, los pujos de una parturienta; será la música, el ritmo, será la vida la que marque sus compases.
Y mientras tanto las historias son las mismas historias. El que muere, el que nace, el que crece y cambia, el que de pronto conoce una verdad oculta.
Así como imagino una voz distinta para las diferentes multitudes, una melodía propia para los paisajes de montaña, para los lacustres, para la selva. Así como los ojos rasgados del oriente y los ojos acuosos del norte.
Así como el sustento con maíz y batata o con arroz y verdura. Así como el sentido de lo cíclico o la creencia en una direccionalidad en la historia.
Así como todo eso crea culturas diversas, los ritmos se ajustan a los pueblos, los expresan, los definen.
Y con su propio ritmo todos los seres humanos bailan, nacen, mueren.
Sinfónicamente algunos, algunos discordantes, algunos solos. Todos, todos, llevando los compases heredados, aprendidos, amados u odiados. Cantando, si tienen esa fortuna, su propia canción.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







Censura‏*



Alguien me ha arrebatado las palabras. En la noche calurosa escucho la alarma de un auto. En mí también resuena el alerta. Donde están mis letras, solamente siento el murmullo ensordecedor que aturde, como si estuvieran entre rejas. Aprisionados están mis enunciados. ¿Qué les pasa?
Se los habrá llevado un pájaro carpintero, que taladra mi cerebro y aturde mi imaginar.
O será la censura que ha clausurado mi libertad.



*de Azul. azulaki@hotmail.com








Lunes, 8 de Diciembre de 2008
30 (TREINTA), INSTALACION DE ANDREA FASANI

Cuadernos para reforzar la memoria*



La artista visual, que trabaja sobre los recordatorios de desaparecidos que publica Página/12, mostrará hoy su obra en la iglesia donde, hace 31 años, un grupo de tareas guiado por Astiz emboscó a madres y familiares de víctimas de la represión.



*Por Gabriel D. Lerman


Uno, dos, tres cuadernos Gloria de 24 páginas, esos de color naranja, escolares, que se usaban para anotaciones breves, para que los maestros enviaran comunicaciones para los padres, para que un pequeño comerciante lo usara como libreta. Diez, veinte, cincuenta cuadernos apilados, esparcidos por el suelo, en cajas de archivo rigurosamente numeradas, fichadas. El color naranja domina la escena, lo mismo que el papel y esa guarda con la banderita argentina. Cientos de cuadernos que se van acomodando a lo que dé el lugar, el sitio, la explanada, la plaza o el salón en que son exhibidos. Cada cuaderno Gloria tiene un número y ese número corresponde a una persona, específicamente a un detenido desaparecido o a una víctima del terrorismo de Estado. Al abrirse, el cuaderno muestra en la primera página el recordatorio de los familiares y amigos de esa persona que sale en Página/12. Al pasar a la siguiente hoja se lee el nombre en caligrafía estricta y a continuación el nombre se repite una y otra vez. Sólo el nombre y el apellido, hoja tras hoja, escrito para no olvidarlo.
Además del número específico, la portada de cada cuaderno lleva el número 30 mil. De ahí surge el título de esta instalación creada por la artista visual Andrea Fasani: 30 (Treinta), que comenzó en 2006 cuando se cumplieron los 30 años del golpe y todavía continúa, como un work in progress, a medida que recorre el país y agrega información, recursos e insumos. Desde entonces estuvo en Río Gallegos, en Bahía Blanca, en Plaza de Mayo, en facultades de la UBA y del conurbano, en centros culturales y de la memoria, en eventos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Según el espacio, Fasani reagrupa sus materiales, procesa los datos y las reacciones percibidas, y ofrece una nueva vuelta de tuerca, se deja llevar. Ha hecho presentaciones de carácter más performativo, donde un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa escribían una y otra vez los nombres de cada desaparecido en el cuaderno correspondiente, en medio de un silencio conmocionante donde se oían las respiraciones, algún ruido que evocaba el habitáculo de un archivo solemne y aterrador. En otras ocasiones, los cuadernos directamente se brindan al público, que se acerca, elige uno y escribe. “No es un proyecto estático sino interactivo –dice Andrea Fasani–. Hay personas que siguen la instalación, que vienen y siguen escribiendo cuadernos. Hay personas que se enteran en el momento, como sucedió en el Bauen, gente de otras provincias, por ejemplo. Y rápidamente reconocen el mecanismo. Buscan en las listas. Yo tengo dos listados, es mi manera de trabajar, por orden alfabético y por número de cuaderno; yo las tengo expuestas esas listas, buscan el cuaderno y se ponen a escribir. Es decir, es muy interactiva.”
Lo cierto es que la instalación 30 (Treinta) es, de alguna manera, la simbolización acaso más lograda, el punto cúlmine de una búsqueda artística a la que Fasani le ha dedicado muchos años. A mediados de los ’90, cuando empezaron a aparecer los recordatorios de desaparecidos en este diario, ella era de las pocas personas que comenzó a trabajar con lenguajes que unían la plástica, lo audiovisual y lo escénico con un alto contenido político. Casi como eslabón perdido entre las vanguardias de los ’60 y el regreso fuerte y ya hipertecnologizado de las artes plásticas en los ’90, ella comenzó a retrabajar los conceptos de instalación, performance y experimentación sonora en pequeñas obras presentadas en clubes de barrio y centros culturales. Junto a Jorge Mancini, músico y viejo compañero de ruta, montó en 1996 Souvenirs argentinos, una performance extrema, para muchos revulsiva, que ponía los recordatorios de Página/12 por primera vez en escena, al hacerlos jugar sobre su cuerpo, de manera explícita y perturbadora, con clavos, trozos de carne y pintura roja que simbolizaba sangre. Aquello fue en el Círculo de Ajedrez de La Paternal; luego vendrían unas presentaciones igualmente impactantes en La Carbonera de San Telmo y otros espacios off.
“Somos muchísimos artistas que trabajamos con los recordatorios –dice Fasani hoy–. Eso constituye un desafío para mí porque tomo un elemento que ya está muy usado, ¿no?” Esta tarde, en el solar de la Iglesia de la Santa Cruz, en el barrio porteño de San Cristóbal, Andrea Fasani instalará nuevamente sus cuadernos e invitará a continuar dándole vida y obra a esta particular forma del recuerdo y la expresión. La emblemática iglesia, declarada el año pasado sitio histórico por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, será escenario de un conjunto de homenajes al conmemorarse otro aniversario de la siniestra emboscada del 8 de diciembre de 1977, en que Alfredo Astiz y un grupo de tareas de la ESMA secuestraron, al término de una misa de comunión, a la monja francesa Alice Dumon, y a diversas Madres de detenidos desaparecidos que venían reuniéndose allí.



*Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-12223-2008-12-08.html




Recuerdo de la muerte*




Hoy, a partir de las 12, Andrea Fasani presenta la instalación 30 (Treinta) en el Solar de la Iglesia de la Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal, Estados Unidos y 24 de Noviembre, como parte de las actividades de homenaje a los nueve desaparecidos de aquel siniestro diciembre de 1977, en que un grupo de tareas de la ESMA atacó a familiares de detenidos desaparecidos que se reunían en la iglesia. Ese 8 de diciembre fueron secuestradas allí la religiosa francesa Alice Domon, Angela Aguad, María Esther Ballestrino de Careaga, Raquel Bullit, Eduardo Gabriel Horane, José Julio Fondevilla, Patricia Cristina Oviedo, María Eugenia Ponce de Bianco y Horacio Aníbal Elbert. El mismo día desapareció de su atelier Remo Carlos Berardo, quien también participaba de las reuniones de la Santa Cruz. Dos días después fue secuestrada Azucena Villaflor, fundadora de Madres de Plaza de Mayo. Al mediodía se produjo la detención de la compañera de Domon, Léonie Duquet. El episodio fue protagonizado por Alfredo Astiz, quien se había infiltrado entre los familiares con el nombre de Gustavo Niño y haciéndose pasar por hermano de un desaparecido. Astiz había proporcionado los datos que guiaron a la patota de la ESMA, y terminó su tarea durante una misa de comunión, cerca de las ocho de la noche, marcando a sus víctimas con un beso. En el solar de la iglesia, descansan desde el 24 de julio del año pasado los restos de María Ponce de Bianco, Esther Ballestrino de Careaga, Angela Aguad y la hermana francesa Léonie Duquet, recuperados por el Equipo Argentino de Antropología Forense.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/12223-3696-2008-12-08.html






*



por qué no
un paisaje de cielo verde
como la esperanza que hace camino
un cielo verde como un jardín de cielo
que madure margaritas y sauces
un cielo verde de álamos verdes
alineados como los dedos de la mano
enmascarado detras de un arcoiris de primigenios colores
escondiendo blancos y azules
porque el cielo quiso vestirse de verde...



*De Ana analia_gattasz@speedy.com.ar






HABLANDO CON DIOS*


Antes de dormir, me dice que le resulta muy difícil aprenderse el PadreNuestro, le explico que para rezar solo hay que hablar con el corazón en la mano, dirigiendo nuestras palabras a Dios. Me pide que le muestre cómo, comienzo a hablar muy quedo: “Querido Dios, gracias por todas las cosas buenas que me has dado y por las que aún me aguardan, perdona mis errores,los de hoy y los de mañana. Cuida mucho a mis hermanos, a mis padres y a mi abuelita. Te ruego que nos des salud y alegría, que nos mantengas siempre juntos…”

-¡Para, para! – dice de pronto – Me voy a desmayar de la emoción.
-Es así más o menos como rezan todos los hombres que tienen fe, con sus palabras, o con las que han aprendido.
-¿Y son muchos? – me pregunta.
-Tengo esperanzas de que sean millones los que lo hagan…
-Pues Dios debe llorar cada noche, cuando tantas personas a la vez le hablan con el corazón en la mano.




*de Marié Rojas.







Correo:


*

Algo está pasando en la Estación Catamarca… HAN APARECIDO DUENDES QUE DICEN SER
“Los guardapalabras de la Estación”


Cuando uno entra por la punta del andén de la Estación Catamarca, se observan aún restos de símbolos que recuerdan luchas pasadas, emblemas, palabras utilizadas que andan enancadas en la brisa sobre una florcita de amor seco, algunas con voces que vienen de muy lejos. Todo es cuestión de creer que los duendes andan por ahí, por la galería, la balanza, o anidando en la campana o en la ventanilla de la estafeta o la boletaría, todo en correspondencia con la historia desarrollada en ese valle.
Al entablar conversaciones con veteranos hombres de la Estación, uno percibe que las palabras están ahí, que andan rondando por los recovecos de la Estación, que se han cobijado en los rincones, en los viejos boliches donde la nostalgia convoca a la memoria. Añejos verbos que espían desde los meandros para saltar sobre los hombres memoriosos que los vuelven a utilizar remozándolos en cada memorización. Porfiadas palabras que anidan y se enredan entre los dientes cuando intentan salir a través de la voz de los que aún viven y, que en su porfía ferroviaria y del lugar, siguen empeñados en que nada se pierda, en que todo se sepa, porque en definitiva hay que dejar sentado que por estos lugares siempre se luchó y se vivió, que se sigue luchando y viviendo. Es la reminiscencia que permanece y crece a través de la oralidad, para transformarse en memoria colectiva. Palabras que se corporizan en la transmisión hablada, de boca a boca, una manera de traspasar al otro toda una cultura de resistencia, lucha y vida, que nunca pudo ser detenida ni encerrada, menos desaparecida.
Por eso, hoy, en el andén de la Estación Catamarca se ha convocado a los duendes que guardaron las palabras en mil maneras diferentes.
Emprendedores y tenaces duendes, dirán, seguramente en cada narración con las palabras “aquellas” lo descubierto entre el malezal del olvido. Será, sin duda, otro momento inicial de la memoria, porque cada uno de esos momentos contribuirá a una construcción social. Y cada momento narrado será una derrota al olvido. Cada descubrimiento será un aporte. Hechos, personajes, acciones, aconteceres, vidas cotidianas, todo eso y más nos ayudará a re-elaborar los desacuerdos del presente, ver y entender mejor esta realidad que nos circunda, sino será imposible imaginar un futuro. Abrevar en el pasado que está lleno de enseñanzas, nos mostrará -a pesar de todo-, que la lucha y que la vida vivida no fue vano.
Los memoriosos guardapalabras de la Estación Catamarca estarán contándonos e invitando, en esa convocatoria memoriosa, rechazar el convite de vivir este presente, como un presente perpetuo, sin pasado ni futuro.
‘Despojados de su memoria, los pueblos se opacan, mueren’,

Para los duendes de la Estación Catamarca con todo mi respeto y afecto.


*Juan Carlos Cena. ferrocena@villacrespomibarrio.com.ar




ESTACION DEL VALLE DE CATAMARCA*


Los edificios vacíos nos hablan de algo, de alguien. Los edificios vacíos nos gritan una parte de la historia, solo hay que entrar y escuchar. En 1976 se cerró definitivamente la estación de Catamarca, junto con la Dictadura, llegó el silencio.
Algo está pasando en la Estación Catamarca….

El grupo de teatro comunitario “Los guardapalabras de la Estación” abre las puertas de la Vieja Estación , luego de 32 años de silencio y olvido. El 13 de diciembre a las 20hs, la Estación cuenta su historia !!!!


Los Guardapalabras de la Estación


De este lado de la vìa
Todavía pasa el tren
Para verlo hay que cruzarse
De este lado del andén.


Nuestro tren viene de lejos
Va llegando a la estación
Lo va tirando parejo
El fuego del corazón

Hacen ruido los vagones
Que van cargando la historia
Hace ruido la memoria
Cuando se la pone a andar.

Escuchamos las historias
Que nos cuentan los durmientes
Asomando en los rincones
De la querida estación.

Las palabras que guardamos
Son encuentro y despedida,
Son esperanza y son lucha
De un pueblo trabajador.

La estación tiene su historia
Olvidada en algún riel
Somos los Guardapalabras
La contamos para usted.



-Agrego: Por nuestra boca (Los Guardapalabras) hablaran los espíritus. JC Cena


*Envien palabras guardadas a Ana Radusky anaradusky@yahoo.com.ar






*


Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 7 de diciembre del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor mexicano Ignacio Moreno Nava. Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Villanueva (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Tel. + Fax: 0043 662 825067



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