miércoles, mayo 16, 2018

HABRÁ LO QUE QUEDA CUANDO CESA EL VIENTO…


*Foto de Paula Novoa.










*



La ilusión se apoya en creer que eso

que está sujeto al mástil

desde el día en que nos conocimos,

y el viento mueve,

y golpea con el aire, con los bichos,

con las bolsas plásticas, con el frío,

no es tu corazón,

no es mi corazón.



*De Valeria Pariso. valeriapariso@outlook.com



-Valeria Pariso nació en 1970 en la provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares. Tiene inédita la trilogía: "Uva negra", "Mascarón de proa" y "El castillo de Rouen".
Varios de sus poemas fueron traducidos al portugués y al italiano.
En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge.

Coordina talleres de poesía.

Tiene los blogs:









HABRÁ LO QUE QUEDA CUANDO CESA EL VIENTO…







*



Para qué nombro,

al fin,

para qué digo

sino es para encontrar cómo llamarme

desde las cuevas

más hondas del lenguaje;

mi voz

ese color de humo

en la pared

teñido por palabras vegetales.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com
















El último día de septiembre*




*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



(Parte 8 de 10)





A R le gustaba mirar los autos desde la ventana de su departamento. Después, iba a su habitación y comenzaba a escribir. Le obsesionaba la muerte. Tenía la sensación, en algunos momentos la certeza, de que la gente permanecía ignorante a su transitoriedad, a su condición frágil, casi fugaz. Por eso, en algunos momentos de su vida, le gustaba escribir, dejar registro de cosas aparentemente inútiles pero que, en el instante de suceder, eran precisas e, incluso, hermosas.
R creía que ella, su vecina, compartía esa visión. Veían los dos, de la misma forma, con el mismo interés, el andar del gato, el cierre de las tiendas cuando ganaba profundidad la noche o las rutas de los peatones en las calles aledañas y que él trataba de repetir en papeles sueltos, carpetas abandonadas y notas adhesivas. Le gustaba pensar que el edificio, ese edificio gris, un poco viejo, como tantos otros de la ciudad, era el centro de algo y que él, tarde o temprano, descubriría esa geografía subterránea y secreta. Y, a veces, después del orgasmo, después de sentir su piel como una superficie lánguida, convertida en un lento pulso de arena, tenía ganas de contarle todo: la muerte de su madre y la imagen de su cuerpo inmóvil, rodeado de sábanas blancas, a punto de entrar en el horno crematorio. Esa vuelta atrás podía ocurrir casi con cualquier detonante. Y estaba de nuevo en la espera, sentado en unas sillas de plástico, con personas llorosas, vestidas de negro, buscando en los azulejos del piso restos de su pasado. Salía del pasado para mirar de nuevo el filo de sus caderas y el contraste del cabello con las sábanas blancas. Le entraban ganas de hablar y decirle, mientras respiraba cerca de sus pechos, por qué prefería mantenerla anónima, recluida en el ámbito de lo material. Decirle que así creaba una confianza inmediata, artificiosa, que permitía alargar la ambigüedad, la esperanza de encontrarla de nueva cuenta en las escaleras o el miedo de que un día, quizás un verano húmedo, una mañana lluviosa, se enterase de su vuelta definitiva a Mérida. Saber que estaría de nuevo recorriendo aquellas calles blancas que él apenas presentía. Saber que no podría rastrearla porque no conocía su nombre y por eso desviaba la vista cuando visitaba su departamento y se topaba con un boleto de camión, un cuaderno escolar o un recibo de luz. Tener conciencia de que las huellas que su cuerpo había dejado en el suyo serían reemplazadas pronto. Él quería dejarla intacta en su ambigüedad, en esa ignorancia que los salvaba y detenía los días para revelar los detalles que escribía en aquellos papeles que luego abandonaba.




***




Ezequiel, ¿puedo llamarlo así? Bien, le informo que su solicitud de empleo ha sido rechazada. Sabemos de su experiencia en la fábrica y de sus años de trabajo. El problema es que no hay plazas disponibles. Sé que es difícil escuchar eso pero tengo que dar estas noticias todos los días. Espero que tenga suerte en el futuro. De verdad es difícil su situación. Yo no quisiera estar en su lugar. Hay noches en que me despierto con el miedo de haber perdido mi empleo. Es cierto. Me levanto empapado en sudor y con una sensación caliente en la garganta. Porque todo lo que he construido, la relación con mi familia, mis planes para el futuro, se derrumbarían. Mis deudas crecerían. Una avalancha de papeles, llamadas telefónicas, avisos notariales. Hay días en que, ocioso tras este escritorio, me pongo a imaginar que hay cientos como usted, medio ocultos entre los arbustos de los camellones y las calles. Hombres y mujeres, con antorchas azules, con palabras como hogueras y el temblor de la sangre en sus labios. Quizás algún día ocurra, no lo sé. Por eso le platico. Por eso intento convencerlo de que soy empático con su situación. Su temor es el mío. Pero ya sabe, así es el mundo. Las cosas tienen que girar. Los días avanzan. Usted, Ezequiel, se irá y será reemplazado por otro a quien le daré una nueva negativa. Hay días en que intento ser menos sincero, les bosquejo escenarios alentadores. “Mire, por el momento no hay vacantes, pero estoy seguro que habrá alguna disponible”. “Déjeme su solicitud de empleo y le llamaremos pronto”. Y dibujo una sonrisa en mi rostro y le extiendo la mano para despedirlo. Por un momento pienso que hice bien y luego deseo que salga lo más pronto posible. Porque pienso que en cualquier momento le diré la verdad, que no hay esperanza porque los puestos son cada vez más escasos, los recortes están a la orden del día y no hay señales de que esto vaya a cambiar. Una vez que controlo esa compulsión y el hombre o mujer se han ido me balanceo en mi sillón y destapo una botella de agua. Me siento acalorado. Inmediatamente pienso en la persona que acabo de despedir y descubro que he olvidado sus palabras, incluso su rostro. Es, aunque usted no lo crea, un fantasma. Y esos seres casi inmateriales, vestidos con ropa barata y zapatos llenos de polvo, son muchos y se acumulan conforme pasan los años. Cuando me retire habré visto miles de fotografías, estrechado miles de manos. Me habré despedido miles de veces y, también, miles de veces, habré atestiguado derrotas, quizás definitivas, humillantes. Es probable que muchos hayan intentado varias veces conseguir el empleo. Quizás han esperado un par de semanas antes de volver a esta oficina de paredes blancas y, al cabo de unos minutos, escuchar mi perorata. Algunos fantasearán con la idea de que soy yo el obstáculo para conseguir el empleo y, antes de dormir, antes de apagar las luces de sus casas miserables, desearán mi muerte.




***




Intento recordar las escaleras del edificio. Intento recordar el rostro de ella cuando le dije: “ahora vuelvo” y enfilé rumbo a la puerta. Intento recordar el último contacto con su cuerpo, como el nadador que intenta remontar la marea hasta llegar a tierra firme. Quizás siga aquí, indefinidamente. Y ella volverá a Mérida. Bajará por las escaleras con su gran maleta. Dejará huellas apenas discernibles en el barandal y en la puerta del edificio. No tiene muchas cosas. No estoy enojado. Acaso percibo, con más intensidad que antes, el carácter oscuro de Dios. Reafirmo, en mis pensamientos, los dedos de ella, inescrutables en la penumbra de su habitación. También pienso en los círculos negros del gato y en el ámbar de las calles. Mi cabeza comienza a pesar. Y sondeo las posibilidades: morir de un balazo, morir de hambre, morir de un golpe que afecte un órgano vital. Pero también puedo morir esperando. La sangre en mis labios tiene un sabor metálico, como si acabara de probar un fruto tóxico, un líquido lleno de veneno que, eventualmente, comenzará a robarme la conciencia, a cerrarme los ojos. Vuelvo de nuevo a Dios. Le quiero decir que no creo en él como lo hace la mayoría. También le quiero decir que creo en las paredes vacías, en el miedo que se precipita, en el agua que se derrama, en una respiración que regresa a su punto de inicio y que se queda ahí, estancada. Pienso en una marea que se retira y que expone al viento, a la bocanada agria del sol, restos de nuestras vidas: fotografías, notas olvidadas en las páginas de un libro, el polvo que se acumula en la curvatura de un foco, una canción que se quedó en el marasmo de las moscas, en el sopor inútil de un verano. Entonces, un poco más seguro, me encomiendo a esa fuerza llena de nada. Intento recordar el rostro de ella y las arrugas de sus sábanas. También la cafetera de color rojo y las sillas de madera. Soy el hombre que se mueve en el pasado. Soy un lápiz que sólo atina a garabatear en una inmensa hoja en blanco. Soy el hombre que espera su condena y que intenta evadir la espera despertando los laberintos de la memoria. Entonces creo que, si Dios existe, debe ser el Dios de las Sombras, el Dios de los Huecos Inaccesibles, el Dios de las Palabras que son Pozos Profundos, el Dios de los Clavos Oxidados, el Dios que Sirve Desperdicios entre las Tropas. Me entretengo un rato con eso. Invento nombres. Cuento los segundos. Pruebo, una vez más, la sangre en mis labios. Es como probar una sombra negra y azul: como probar la orilla cercana de mi muerte. Inicia la cuenta regresiva.




***




Pasaron varios minutos después de su salida. Ella se acercó a una de las ventanas. La lluvia parecía un fino polvo flotando en la ciudad. Sus pasos rodearon un sillón. Intentó distraerse recorriendo con la mirada algunos libros y unos zapatos que estaban en la entrada de la habitación principal. No tenía el número de su celular. Estuvo tentada a prender el televisor, pero le gustaba estar ahí, en la oscuridad apenas rota por la luz de la cocina. No debería tardar. Le pareció estúpido no haberlo acompañarlo a la tienda, no haber insistido. Sentía que estaba al acecho de algo: de una hoja caída, de la promesa roja del vino. Entonces, mientras esperaba, mientras su cuerpo se sumergía en una inmovilidad espesa, pensó en Mérida. Volvió a la habitación de sus padres y al balcón desde donde miraba el paso de un auto o a una pandilla ansiosa de perros. También volvió al descubrimiento de la soledad, cuando sus padres no estaban y ella se quedaba en casa, recorriendo las habitaciones o el jardín que siempre, de alguna manera, conservaba los rastros de la lluvia: tallos rotos, un angelito de cantera con los pies cubiertos de hojas, el minucioso desorden de unas piedras. El calor parecía emerger de las vigas del techo, del suelo, de las hojas de las plantas, como si cada objeto tuviera una fuerza propia, un diminuto generador de energía que dejaba en libertad ondas cálidas y lentas. Después salía en bicicleta para ir a la tienda más cercana. A la mitad del camino se detenía y miraba la casa de dos pisos, blanca, que parecía reflejar el sol como un espejo. Le gustaba pensar que siempre estaría sola, con todo el tiempo disponible para investigar las cosas del mundo. Sin embargo pronto se arrepentía e imaginaba que algún día tendría esposo e hijos. En realidad faltaba mucho tiempo para tomar cualquier tipo de decisión. Estaba conforme con su vida en esa ciudad que había abolido las estaciones y cuyo clima sólo cambiaba cuando llegaba un huracán. Recordaba uno que había golpeado la península y cuya fuerza llegó a tierra adentro. Los días anteriores al impacto cubrieron las ventanas con tablas de madera, guardaron objetos frágiles en cajas y fueron a un refugio que había instalado el gobierno. La zona apenas estaba poblada y el refugio tenía pocas personas. Había colchonetas en el suelo, botellas de agua y cajas de cartón con despensas. Ella jugó con otros niños mientras los adultos estaban pendientes de las noticias en la televisión. Cuando llegó la noche se escuchó el ruido del viento y de las ramas estremeciéndose. El ruido saturó el refugio y hacía necesario hablar en voz muy alta para que los demás escucharan. Sin embargo, no había una sensación de peligro inminente. Con el paso del tiempo todos quedaron en silencio, apenas mirándose, iluminados por la intermitencia de los focos. Ella pensó en sus juguetes, en la enorme casa, solitaria y estremecida. Cuando regresaron se abrieron paso entre hojas de palmera, ramas arrancadas de cuajo y maltrechas bolsas de plástico que parecían haber viajado desde muy lejos. En su cuarto una ventana se había cuarteado. Ella puso un dedo en la superficie transparente e imaginó el momento en que el viento acometió a la casa.




***




Le digo: “ahora vuelvo” y bajo por las escaleras. En la tienda que está cerca del edificio compraré café y una botella de vino. No importa la marca. Al inicio me molestó no ser precavido, olvidar lo necesario para la cena. Es, quizás, la convivencia que se retoma, la familiaridad con su cuerpo, con su voz que echa a andar un complejo mecanismo de sensaciones. Por eso, mientras camino a la tienda, la molestia desaparece. Desaparece porque, ahora mismo, la imagino recorriendo mi hogar, mirando aquellos objetos que sólo vislumbraba desde su departamento. Quizás, al inicio, sigue ocultando la emoción que le provoca descubrir la ropa que uso y que gravita sin orden alguno en un par de armarios. Quizás basta poco tiempo para que la confianza crezca y deambule a sus anchas. Por eso, cuando regrese, se habrá desarrollado un nuevo lazo, tal vez definitivo, que lleve a una nueva dirección el curso de nuestros días. Tal vez –y esto es sólo una enorme especulación– necesitaremos nombres, información, datos que nos obliguen a extrañar el silencio, extrañar el primer encuentro, la idea de no volvernos a ver. Me acerco a la tienda y siento un poco de ansiedad, como si estuviera realizando un acto prohibido, como si, de repente, todo mundo estuviera al tanto de mi situación y regresara a mí cierta vergüenza adolescente, una dosis de timidez que creí abandonada en el pasado.





(Continuará)



*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.










*



Habrá

aún

una tibieza para refugiarnos,

un hueco,

un resquicio,

un nido tejido por manos pequeñas.

Habrá

aún

tu voz en el aire temblada y huida,

tu voz que se escapa,

pájaro en la niebla.

¿Qué persigo,

a solas,

con los pies descalzos

y este cuerpo hambriento?


Habrá
lo que queda
cuando cesa el viento.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com













Vestigios*



Cae

para que algo acontezca

la tarde

Acechando

el cuerpo

Los fantasmas

susurrando

chillan al oído

Agitada

ella

descubre

la tristeza

y llora.


*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

















Querido Bertolt (respuesta de un hombre futuro)*



Cierto que escapamos de un tiempo sombrío, pero siguiendo las implacables leyes de la física, saltamos de la sartén para caer en el fuego. No obstante, también el fuego ha cambiado, queridos antepasados, como todo lo demás. Ya no es una llamarada que destruye lo que toca en cuestión de segundos. Ahora es un fuego frío que va socavando la esencia misma de las cosas sin cambiar apenas su apariencia, pero descomponiendo el interior hasta convertirlo todo en un cascarón hueco.

La injusticia sigue existiendo, pero ha aprendido a vestirse de etiqueta. Se escuda tras la ampulosidad de términos vagos, que la salvaguardan de la humillación pública que en el pasado pudiera provocarle su propia desnudez.

Sigue existiendo la guerra, el más vergonzoso de todos los inventos del hombre, pero también la guerra ha aprendido a mutar, a transformarse, a vestirse con pieles de cordero. También han cambiado las armas: Las ametralladoras, las bombas, el napalm, se nos antojan hoy armas inocentes. Esta era nos ha traído el arma más temible: la publicidad. Así, el control de los medios de difusión se ha convertido en algo estratégico. No es más poderoso quien más mata, sino quien mejor sabe vender la filosofía según la cual esas muertes eran necesarias.

Hoy los rostros de los justos están desfigurados, roncas sus voces, pues ya no es posible ser amables en un mundo en el que la amabilidad se ha convertido en el vehículo de la hipocresía, en un tiempo en que se enarbola la palabra verdad para justificar todas las mentiras, en una era en que todas las palabras finalmente han sido prostituidas por el uso aberrante que los humanos hemos hecho de ellas. Admiro y envidio tu optimismo, amigo Bertolt, pero el tiempo en que el hombre sea amigo del hombre es posiblemente la mayor utopía que puede concebir la mente humana. Tal vez nos quede, paradójicamente, una esperanza que proviene del horror: La deshumanización, el control de todo lo que nos rodea, que ahora ejercen los grandes holdings y que muy pronto estará en manos de las máquinas, puede ser el estallido que nos haga despertar, la piedra sobre la que se edifique una nueva humanidad, en la que aprendamos a vivir de otro modo, a desterrar todas esas palabras y a prescindir de todas esas vanidades que nos han llevado a este punto en el que hoy nos encontramos.

¿Podremos pedir nosotros indulgencia cuando llegue la hora, si es que acaso el futuro es posible, si es que el hombre puede al fin salvarse de sí mismo?




*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com













Lecciones de historia*



Mi nonno Beppo juntaba cadáveres, cosía amputaciones, administraba gasas y alcoholes en las trincheras de la guerra del 14. Era químico e iba en la retaguardia, arreglando lo que se podía. Así conoció a mi nonna, que había sido la novia de un amigo suyo caído en batalla.
 Mi nonno Emilio también estuvo en las trincheras. No se conocieron nunca. No supieron ni se imaginaron que dos generaciones después tendrían los mismos nietos. Mi padre y sus hermanos fueron destinados a cuatro frentes diferentes en la guerra del 39. Todos pasaron por los campos de prisioneros. Mi suegra veía con sus cinco años caer las bombas en los campos de Sicilia. Creía que eran confites de una novia que se casaba. Mi tía vio volar su casa, vio volar también el campo de refugiados en el que hallaba, vio caerse su pelo, escararse su piel y su lengua por la falta de comida y de agua potable.

 La semana pasada, recién, un grupo de padres supo dónde y cómo estaban enterrados sus hijos en Malvinas, otros siguen buscando.

Nada parece haber cambiado en el mundo. Y yo creo que nada va a cambiar. Será, como dice un conocido mío, la historia que se enseña en las escuelas es solamente la historia de la guerra y las conquistas. Será que, entonces, la muerte es lo único que cuenta. Hasta que ya no quede nadie para contarnos ni para contarla. y tal vez eso sea la salvación de un planeta que estamos matando en todas sus formas.


*De Flavia Pantanelli.




-FLAVIA PANTANELLI tiene 51 años. Es terapista del lenguaje y cuentista. Vive en Buenos Aires.

-Se formó con los escritores  Lunazzi, Bermani, Drucaroff, Consiglio y Kupchik, entre otros. Realizó la Formación Intensiva en Escritura Narrativa de Casa de Letras. Sus trabajos fueron distinguidos en  concursos municipales, provinciales y nacionales e internacionales en Argentina, en España y en México. Publica sus trabajos desde 2014 en revistas  y  antologías de Argentina,  Brasil,  España, México y Estados Unidos.
Participa de los proyectos solidarios PH15 (Argentina) y 30 SONRISAS CON HISTORIA (España).

-Traduce del italiano y es editora.

-En 2015 publicó los siguientes libros: HACEME LO QUE QUIERAS (Ed. Outsider, Buenos Aires, 2015) y CARNE ROTA (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2015, Segundo premio del Concurso de la  Fundación Victoria Ocampo).

-Su libro  EL EXTRAÑO LENGUAJE DE LAS CASAS recibió en 2017 la primera mención honorífica en el XIV Certamen internacional Altamirano de la Universidad Autónoma del Estado de México.

-EL EXTRAÑO LENGUAJE DE LAS CASAS ha sido publicado por la U.A.M para México.

-Sus libros HACEME LO QUE QUIERAS y CARNE ROTA fueron reeditados por la editorial Modesto Rimba.

-Su libro FARALLÓN  se encuentra actualmente concursando en nuestro país.

-En este momento trabaja en su primera novela MODOS DE CONVOCAR LA NADA.








*


“Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad.”


*Bertolt Brecht

-Eugen Berthold Friedrich Brecht
(10 de febrero de 1898 Augsburgo, Alemania - 14 de agosto de 1956 Berlín Este, RDA)









Inventren







Ninguno que mueva el aire un poco*



No pasa el tren. Nunca más desde el puente arrojársele flores ni escupidas ni piedras ni pedir un deseo ni poner sobre los rieles una moneda vieja el andén es ahora el telo de las ratas, no tiembla nuestra mesa como cuando nos casamos tampoco el vaso ni la lámpara ni tu cuerpo el mío se detuvo el metrónomo agudo de la campana los trenes pasaron todos hace rato cayó la basura crecieron los pastos la carcoma socava digiere el quebracho ningún infinito que una las vías ya no pasará ninguno que mueva el aire un poco no hay horarios ni maletas ni escobillón ni bar siquiera no quedan trenes que nos lleven lejos que nos lleven cerca que nos lleven por delante o bajo los cuales tirarse.



*De Flavia Pantanelli.






-Próximas estaciones de escritura:


JUAN ATUCHA.

–Por Ferrocarril Provincial-





 Próximas estaciones


JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.






***




Km 55


-Por Ferrocarril Midland


Próximas estaciones

ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.









InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
-Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.




jueves, mayo 10, 2018

LAS INVENCIONES DEL TIEMPO…


*Foto de Karina Giglio.









*


Miraste pasar los pájaros
en fuga
hacia lugares de nunca y hojas verdes
y aferraste en un puño
las últimas verdades que cayeron
desprendidas
con el peso levísimo del aire.
Huir se parece a morir,
pero fingiendo
que no hay coraje posible en el escape,
que ese salto mortal hacia el abismo
sólo requiere una destreza precaria,
insuficiente.
Ahora ves pasar los pájaros.
Quisieras
trepar hasta las torres,
incendiarlas,
arruinarte la vida,
la pequeña sustancia
que estás perdiendo de a poco
y sin notarlo.
Ser por una vez el héroe
de una tragedia que ya no te corresponde.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com











LAS INVENCIONES DEL TIEMPO…









¿A quién le preguntó?*



A veces me parece que anduve por la vida con una memoria vaporosa, una gasa para la red de cazar epifanías, trocitos de sol oliendo a sol,  o besando la roja ebullición de la  Santa Rita en el cielo de mi patio. Cazando con los ojos, o imaginando que lo veía, al  quetzal tan buscado entre lo árboles altos del parque nacional. Mojada la memoria en la   lluvia que  borda un encaje   para la hoja verde. Él se acordaría del resto, la precisión de las fechas y los itinerarios... Ahora no  puedo olvidar la llave salvo que quiera dormir a la intemperie...
¿Y si la intemperie fuera esto: no poder compartir los recuerdos?


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

















El último día de septiembre*



*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



(Parte 7 de 10)








Una vez soñé que tenía cáncer. Soñé que me sentía cansado. En el sueño subía las escaleras hasta la azotea del edificio. Miraba la ciudad, los anuncios, las construcciones más altas y los semáforos. Después, estaba en mi departamento. Había una sensación pesada en mis piernas. Había algo oscuro que se movía en silencio por todo mi cuerpo. Era algo que, en un inicio, identifiqué con somnolencia. Creo que bostecé. Después recuerdo haber caminado hasta la cocina. Mis pasos eran sombras. Mi respiración era un latido perezoso. Entonces, casi al instante, sin otra señal o alguna advertencia, supe que estaba enfermo de cáncer. Avancé más rápido por el departamento; cada habitación, el pasillo central, el recibidor, se extendían hasta semejar las arenas sin forma de un gran desierto. Avancé más lento. El cáncer era, así me pareció, un animal que me había herido y ahora estaba por darme alcance. Me sueño repetir para mí mismo, como un último consuelo: “También yo, también yo”. Mis palabras se impregnaban de un aceite oscuro, una sustancia que alentaba mis movimientos, me volvía más vulnerable a la enfermedad. Y mi voz repetía las mismas palabras. Yo, estoy seguro, quería decir otras cosas, llamar a mi madre, pedir auxilio, decir que no estaba de acuerdo pero, a pesar de mis esfuerzos, sólo podía repetir: “también yo, también yo, era algo que iba a suceder”. Me detuve y me senté en un sillón. Había un pájaro atorado en mi garganta. Había una risa adentrándose en la noche. Y el pájaro, vuelto tigre, vuelto navaja que recorre los nervios de un trueno, iba por mis venas sembrando caminos de luz, incendios que se extendían entre mis músculos y en los huesos. El cáncer estaba en mí y su voz susurraba ancianos en su última hora, hundidos en la luz blanca de los hospitales, una luz que era como un disparo, como las pupilas detenidas de un animal muerto. Eran escamas de luz las que estaban en el sueño. Y el cáncer susurraba zapatos vacíos, un hombre refugiado en un túnel y que intenta prender un fósforo entre temblores. Lo último que recuerdo es la luz de la luna rompiendo el equilibrio de un par de nubes y asomándose en la noche como un cráneo vacío.






***




Estoy amordazado y con los ojos vendados con un trapo. Escucho voces de hombres, indecisas, lejanas. No entiendo lo que dicen. Tengo atadas las manos a la espalda y mi torso está firmemente sujeto con unas cuerdas al respaldo de una silla. Apenas puedo moverme. La espalda me duele y la garganta está pegajosa, seca. “No te preocupes, en cuanto cobremos la recompensa te podrás ir”, me dice alguien, jovial, como si fuera una transacción de todos los días. Huele a quemado. Me intento concentrar en la oscuridad bajo mis párpados que moldea una negrura súbita, agresiva, como la que sufre alguien que queda repentinamente ciego. Tienen mi cartera y mi teléfono celular. Muevo las piernas y trato de hablar pero las palabras no pueden salir de mi boca, apenas emito murmullos, balbuceos. Les quiero decir que no pueden hablarle a nadie. Mi madre está muerta. Los teléfonos de mi padre y mi hermana están perdidos en un sinnúmero de nombres, referencias, apodos, claves. Estoy solo. Después de que murió mi madre los tres nos fuimos alejando, quizás porque nos culpamos en secreto de su enfermedad y nos da vergüenza confesarlo. Cada discusión con ella, cada esperanza rota, cada desencuentro, fueron debilitando su cuerpo y abrieron puertas, descubrieron rendijas que aprovechó el cáncer. Las células, desvalidas, temblorosas, comenzaron a mutar por el influjo, por la destilación persistente y maligna. Por eso es mejor mantenernos aislados, conectados por llamadas esporádicas, hechas cuando se acerca algún cumpleaños o la Navidad. Hay una sensación húmeda en el ambiente. ¿Dónde estoy? ¿A dónde me van a llevar? ¿Me quedaré aquí días, meses, años? ¿A quién le sirve este sacrificio? ¿Cuánto dinero valgo? Trato de imaginar a mis captores pero a mi mente sólo acuden rasgos vagos, como los remanentes de un sueño, las ondas de un charco que pronto diluyen sus límites. Ellos son como los cientos o miles de personas con los que nos cruzamos a diario sin que nos importe su vida, si están alegres o si llegan a sus casas con la cabeza baja, arrastrando los pies, con los labios apretados y enfermos.
Suena de nuevo la lluvia. No sé si esté cerca del final. Ahora valoro mi timidez, mi displicencia para relacionarme con otras personas. Sin embargo, cuando la recuerdo a ella encuentro un motivo para no abandonarme del todo. Quizás sea una trampa, una salida que busco inconscientemente para seguir vivo. Trato de no pensar en los próximos minutos. Intento hacer un mapa mental de la ciudad, contar los pasos que di con mis captores hasta este lugar. Trato de no pensar en el golpe que me dejó desvanecido, con un hilo de conciencia que registró señales turbias, fragmentos revueltos, retazos de nada. Abro los ojos una vez más, a pesar de toparme con la tela que me impone un mar profundo, negro, cenagoso.





***





Era 1999. Los últimos días de 1999. R tenía 22 años. “El nuevo siglo”, decían en los programas de televisión. En muchas plazas tenían un reloj electrónico con la cuenta regresiva. R deseó estar en la ciudad de México. Ahí las cosas eran más importantes, más grandes. ¿Quién se iba a acordar de la celebración en esa ciudad de provincia, la ciudad que desde hacía algún tiempo habitaba? Las computadoras no podrán procesar el cambio de fecha y el mundo se sumirá en una larga oscuridad. Había una sensación de esperanza y nerviosismo. Esa noche cenó con sus padres y su hermana. Después, fue al zócalo con un amigo. Había poca gente. El reloj digital, una especie de rectángulo de color plateado, marcaba las 12 de la noche. El tiempo, desde ese momento, iría más rápido. El año 2000 era el punto de inicio a una nueva vida. R trataba de imaginar experiencias nuevas. Quizás, podría conocer a alguien, una mujer con la cual entablar una relación profunda, que mantuviera en equilibrio el deseo y la complicidad. Sin embargo, se sentía cómodo con su soledad. Le gustaba, en los ratos libres de la universidad o cuando faltaba a clases, recorrer las calles del centro en busca de libros, entrar a cafeterías o ir al cine en la mañana, a la primera función, y jugar con la probabilidad de ser el único espectador. Después de recorrer el zócalo R y su amigo entraron en un bar. En las mesas había ceniceros llenos de colillas y botellas a medio consumir. La música retumbaba en los cristales. Pidieron cervezas. Eran 12:30, 12:45 de la noche. En poco tiempo se sentiría con más fuerza el frío del invierno. En la plaza los árboles estaban adornados con luces de colores. Por eso, quizás, la gente se dejaba contagiar de confianza, buenos deseos. Después del primer trago pensó que el ambiente era muy similar al de cualquier viernes o sábado por la noche. El tiempo parecía detenerse en el humo que flotaba entre las sillas, entre los meseros de perfiles indecisos en la penumbra. Se preguntó si las diferencias, los cambios en su vida, empezarían a surgir esa misma semana o si, por el contrario, a partir de ese momento, después de regresar a casa, se daría cuenta de que los días eran sólo números, hojas de calendario distintas, amaneceres con ligeras variaciones en la luz. De repente, mientras la gente seguía festejando, se sintió viejo. Después de aquella salida las reuniones con su amigo fueron más esporádicas. Después de acabar la universidad se vieron un par de veces hasta que, sin ninguna razón aparente, como un acuerdo sutil, dejaron de buscarse.





***





Imagino el pasado como una sustancia viscosa que se diluye lentamente entre las manos. Parece que estoy rodeando por animales carroñeros. En esta oscuridad trato de encontrar algún parque de la infancia. Hay un pozo frente a mí, un universo que no se puede palpar y que sólo late a la distancia. Si pudiera escribir la primera palabra sería “basta”. Ellos murmuran. Huelo un poco de alcohol en el ambiente. Después escucho palabras como “liberar” y “dinero”. Llegan los primeros asomos de sed. Mi boca se abre y pienso que mi posición es la de un mendigo, un ciego en una calle por la que no pasa nadie y que sólo puede esperar el cuchicheo de una paloma o el rumor extraviado de algún auto. Por eso es mejor asumir la oscuridad como un refugio, un momento en el que ellos no pueden entrar. Mis brazos comienzan a entumecerse. Siento diminutas hormigas en mis manos y en mis piernas. A veces la oscuridad deja traslucir un poco de luz, es una línea blanca que parece la frontera de un mundo, un espacio vacío. Me aferro a cualquier señal. La línea blanca se transforma y, ahora, parece un límite curvo, una frontera lunar, intermitente; es un anzuelo que flota en mi mente, un resplandor cuyo único objetivo es desgastarme.





***





¿Qué hacemos con él? ¿Cómo resolver la situación? ¿Dejarlo ahí, amarrado en la silla, hasta que el destino decida por nosotros? ¿Cómo evitar la culpa? ¿Cómo separarme de Jonás y Roberto que sólo viven en el presente? ¿Debo salir de este lugar y perderme en las calles hasta que pase el tiempo y haya una conclusión? ¿Debo invocar al demonio del alcohol para que regrese la valentía? ¿Quiénes somos? ¿Por qué este hombre parece tranquilo, resignado a su suerte? ¿Acaso predice, en su oscuridad, una muerte sin dolor, sin violencia? Aún llueve. Las voces se vuelven agrias. Les digo que necesitamos un plan, que no podemos estar aquí para siempre. Ellos discuten si es conveniente utilizar las tarjetas bancarias del hombre. En su billetera tiene muy poco dinero. Al inicio, cuando entramos aquí, parecía que todo estaba resuelto. Llegaron los escupitajos y las maldiciones. El hombre parecía reaccionar. Se había desvanecido en el camino y lo llevaron cargando como un bulto mientras yo, atrás, fingía custodiarlos. Ahora el hombre sondea la oscuridad con sus ojos vendados, como un animal acorralado, que busca hacerse una imagen real de sus atacantes. Después parece calmarse. Jonás le pregunta cuánto dinero tiene y, ante su silencio, comienza a revisar, enfebrecido, su cartera. Salen volando papeles, recibos, tarjetas y algunas monedas. Roberto aguza la vista, como si pudiera contar, a la distancia, el mínimo tesoro que está en el piso. Quizás ya sabe que no será suficiente, que no valdrá la pena y, ahora, el hombre en la silla parece tener el control. Porque sin suficiente efectivo habrá que pensar en otras opciones. Por eso me miran, me interrogan con sus gestos volátiles y sus respiraciones ansiosas. Jonás le dice al hombre que le hable a su familia, que les diga que necesita dinero y que vayan ahí. Roberto le dice que es un error, que el hombre sonará falso en su petición y sus familiares sospecharán y llamarán a la policía. Jonás lo mira con ojos torpes, aún invadidos de alcohol. El hombre sigue en silencio. Y Roberto le da un puñetazo en la cara. Surge la sangre y se escucha un leve quejido. El hombre alcanza a murmurar un “no sé”. Su voz parece un eco que alcanza a perdurar entre las paredes, entre nuestros cuerpos que se estremecen por la adrenalina, por la fiebre que nos invade y que no acaba. Un poco de sangre sale del labio superior. El hombre inclina la cabeza y semeja, por un momento, un viajero exhausto después de muchas jornadas de viaje, un viajero erosionado por el calor, divagando en las entrañas de un laberinto sin salida. Parece que lo devoró el desierto, que la sed le secó la boca para impedir cualquier grito de auxilio. Entonces, Jonás mira las tarjetas de crédito y dice que podríamos sacar dinero de ellas. Sigue lloviendo. No para de llover…





(Continuará)



*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.












Descielada*



Cae en las nubes,

fusión-pasaje-iris,

por la ventana abierta de su posible sueño.


Vuela, envuelta en luces o alaridos de color,

sobre la ausencia de la ciudad fantasma que la expulsa,


Recrea cúpulas con porciones de aire,

una nada de azúcares le oculta la sonrisa

de vecina en exilio del paraíso.


Rueda en el vacío texturado de suave,

el cielo es demasiado perfecto, se dice


"me quedo con el viaje"


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar















El Tano*

A Antonio Dal Masetto (1938-2015).



A instancias de mi amigo, un poeta cordobés que fue mi primer editor, leí un libro titulado Siete de oro, de un autor joven y desconocido y de una editorial que capotó muy pronto. Era el ya lejano año 1970.



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



A instancias de mi amigo, un poeta cordobés que fue mi primer editor, leí un libro titulado Siete de oro, de un autor joven y desconocido y de una editorial que capotó muy pronto. Era el ya lejano año 1970.
Me fascinó esa novela de aprendizaje, escrita por un prosista muy joven de origen italiano, pero radicado en el país.
Pasaron muchos años y siempre pensé adónde habría ido a parar con sus huesos y si la Musa lo habría abandonado, luego de una primera incursión tan afortunada.
Pero en 1983 apareció otro libro suyo, una especie de policial argentino llamado Fuego a discreción.
En 1970 yo era empleado en la librería Aries, pero en 1984 ya tenía un negocio propio con un socio y amigo, el entrañable y nunca bien llorado Carlitos Berrini, quien un día llega de Buenos Aires con una noticia: había conocido a un vecino de un amigo suyo que era escritor, ambos vivían en el Bajo. No era otro que Antonio Dal Masetto. Cuando me interesé, me dijo: "En una semana lo tenés acá presentando un nuevo libro". La otra primicia: el acto era en Ross, y la maestra de ceremonias iba a ser la gran escritora y queridísima amiga Angélica Gorodischer.
Cuando ese viernes llegué a mi librería me informa nuestro colaborador de entonces, Horacio Tubbia, que Dal Masetto había pasado y prometido volver.
"¿Qué cara tiene?", le pregunté.
"Parece un pizzero", me contestó.
Y al poco rato apareció efectivamente Dal Masetto de cuerpo entero. Gran campera clara, muy holgada y llena de bolsillos, vaqueros, mocasines y un enorme bolso al hombro, dando la impresión de que no había pasado por el hotel.
Nos dimos la mano y comenzamos una conversación animada por mi admiración por ese primer libro que me había conmovido, lo mismo que su larga ausencia posterior.
―Pensé ―le dije― que nos habías abandonado.
Me miró fijo y contestó.
―Pasa que me enamoré y me fuí a Brasil.Y dejé de escribir
―Esa no es una razón para dejar de escribir ―le contesté.
―Pasa que ella tenía 17 años y yo el doble, y tuve que trabajar de todo. Hasta tuve una pizzería ―me dijo.
―¿Y ahora? ―pregunté.
―Se terminó el amor. Y volví a escribir.
―Vos perdiste un gran amor y nosotros te recuperamos.
Se rió con ganas
De inmediato fuimos a la presentación y luego a comer a una parrilla de aquel entonces, llamada La Margarita. Estuvimos hasta la madrugada hablando de todos los temas.
Al despedirnos nos dejamos los teléfonos, pero nunca nos hablamos. Igualmente, yo seguí sus libros con devoción.
Esa mañana el aire venía del río y yo pensé, o creo que pensé: "Esta fue una noche plena de mi vida que siempre recordaré".
Gracias, Tano.

















LAS INVENCIONES DEL TIEMPO*


“Es justo inventarle un ancestro al abandono.”
Estrella del Valle


En la oscuridad todos tenemos un primo
o una sobrina que nos reclama
como parte de sus ancestros,
poco importa que los pedazos de carne
no coincidan entre sí, que los dientes
y las huellas dactilares
sean confusas. Entre las páginas
acumuladas como polvo
sobre los gritos de un nombre
que se avecina para vernos
reclamándonos entre sus ojos, como
a uno de los suyos.


*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es












Las plantas son humanas?



Tanta despedida y despedidos
y voces en discos para ahorrarse sueldos
y Ceos que calculan  sacarle más a los más vulnerables y se ríen
y  sus dientes brillan con la alegría del depredador

el pan y las rosas, el trabajo, el ballet, el cine, el arte, la cultura y la alegría
mordidas y la información trastornada en silencio

Salgo al jardín  con llanto atascado por tarascones de mentiras
veo en el banco blanco con su antigua belleza de volutas y vacíos
entreabrirse y avanzar como un saludo verde
espanta tristeza


una mano de hojas
acaricia mi cuello que se inclina
naturaleza brava  me levanta
para que les enseñe
a esos
los del derrame de ácidos dolores

la humanidad y la poesía



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar











*


Sutilezas del lenguaje: para nosotros animales y personas mueren, para los yamanas los animales se rompen y los hombres se pierden. El lenguaje, cada lenguaje plantea mundos distintos. No hay un solo mundo.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com










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