lunes, junio 22, 2009

HINCAR LOS DIENTES SOBRE EL HUESO DEL TIEMPO...




*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


SOÑANDO SUEÑOS DE TRAPO*



*Cuento de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar


Mi viejo y tres amigos armaban la tipografía y en una antigua Minerva imprimían unos volantes a repartir lejos del barrio. Una tarde que entramos al taller con el mate y las medias lunas, los cuatro buscaban resumir que el enemigo nos llenaba a cada uno de egoísmo, un arma impiadosa con la solidaridad. Sin esquivar alguna broma, entre ellos llevaría su tiempo conjugar con brevedad la idea y al irnos mi madre les cuestionó el término enemigo, por estridente. Ella prefería que cada renglón fuera una voz de papel y no panfletos estilo 'madrugada y fábrica sería lindo si nos explotaran menos'. Y menos en época de condecoradas arengas, advertencias a la población y aguas revueltas que exigían hablar en un murmullo.

Hincar los dientes sobre el hueso del tiempo puede ser un ejercicio que aterra y atrae a la vez, que dicho así suena a retórica sentenciosa pero es un modo de empezar. Más bien, mis primeros rastros parecieran diluidos en su índole, estribaciones de la memoria o cadencia condenada en sí misma; aunque podría ser la voz sin después de mi madre, furtivo rescate que se esfuma sin retorno o el cosquilleo que sorprendiera mi mano en la inicial caricia al lomo de un caballo. Aunque de aquel recuerdo dudo bastante por parecerme una desvaída rememoración recibida en la sangre; mis padres habitarían rumor de caballadas, chasquidos de rebenque, ecos de inundaciones suburbanas y silbos vigorosos de trasnochados compadres. Ellos venían de raíces que se iban licuando, inexorables, aunque
aún defendían cada palabra de acercarse al resto de la gente. Y así mi viejo compartía con tres o cuatro 'el tiempo superado es una sombra astuta como una desmemoria de sumergidas lluvias, una intuición apenas de ronda planetaria, cegadora de rostros borradora de nombres'.

Yo hubiese preferido que mi viejo no muriera en un hospital por una angina cualunque, pero y al fin de tanto repaso, entre mis primeros recuerdos brilla un tren allá abajo con sus ventanillas iluminadas en el corazón de una noche lluviosa y mis ojos reinventando aquella imagen tras la ventana de mi casa. ¿Y cómo era aquel rincón del mundo costeado por las vías, mi lugar cuando pibe sin vereda de enfrente? Un recuerdo difuso, pero en la escena brilla un tren chocante sobre sí al arrancar, y luego sus vagones serían veloces fotogramas a esfumarse cual un barco en enigmas de penumbra. Y esa escena cautivando mis ojos tendría un prisma diferente en el asombro, y alumbraría mejor ese muestrario fantasmal de seres infecundos, de rostros ausentes y doblemente solitarios en el silencio de voces humanas en los trenes de la madrugada. Cuerpos llevados por la noche como rehenes de un destino inviolable y al ser uno más, comprendí mejor las voces de papel de mi padre y sus tres camaradas que se llevaron las aguas revueltas del setenta. Tipos dispuestos a imprimir 'los últimos serán los primeros en morirse de hambre', y 'el mejor negocio de los ricos es una pelea entre los pobres'.

Mi madre, fervorosa de la moderación apreciaría 'al entender que éxito y egoísmo son sólo sueños de trapo, ya habremos perdido la última sonrisa', una oración que para mi viejo y sus amigos ya era una moralina frente a los ataques y escondites del enemigo, dentro de nosotros mismos.
(junio 2009)


*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.






HINCAR LOS DIENTES SOBRE EL HUESO DEL TIEMPO...






ME DUELES*



Me dueles, ¡ay, país! cómo me dueles
en todas tus vergüenzas y mentiras,
en tus hijos perdidos, en los crueles
verdugos de los desaparecidos.
En los falsos, malamente enriquecidos
con el hambre, y el paco, y las mujeres
y los mendigos niños desnutridos.
Me dueles en la escuela, y en las plazas,
en los que duermen cubiertos con cartones,
en las niñas violadas, prostituidas.
Me dueles en los rotos corazones
de aquéllos, que una vez, ilusionados,
soñamos con justicia e igualdad.
En los bosques, sin piedad talados,
en los corruptos y su indignidad.
Me dueles en tu cielo, tan nublado,
en tu campo y tus mares y tu sierra,
en el agua que nos han robado,
en los reales dueños de la tierra,
de la que son sin piedad desalojados.
Me dueles en tu fauna y en tu flora,
en el fuego que arrasó tus bosques,
en tu riqueza, que la rapiña humana
amenaza con torvos intereses.
En el humus agotado por la soja,
en la codicia de los poderosos,
todo eso me duele y me enoja.
Sin embargo aquí estoy, aquí me tienes,
y de poco o de nada te he servido.
Sólo trato, con mis poemas tristes,
de despertar algún noble sentimiento
con que pueda rozar los corazones
de aquéllos que conmigo te han sufrido.
Por eso y contra todo aún te amo
y lucho contra tantas sinrazones:
cargando con el dulce sufrimiento
de en esta hermosa tierra haber nacido.




*De Celina Vautier celka@arnet.com.ar







Almas bellas o bocas cerradas*



Por Alcira Argumedo *


En su artículo "El voto de las almas bellas" (Página/12, 15-06-09), Mario Toer nos invita a reflexionar sobre las próximas elecciones legislativas y se ocupa en especial del voto de las almas bellas, de aquellos que "quieren lo mejor para sí y para sus semejantes, pero padecen de una crónica aversión para repasar y comprender la historia y les cuesta entender la dimensión de la política". Al igual que Carlos Heller (Página/12, 14-06-09) cuando dice "el voto romántico es un voto perdido" es fácil percibir que se convoca a votar con realismo político ante opciones supuestamente claras: "O se es protagonista con las mayorías consolidando el curso que se ha abierto o se persiste en los antiguos cenáculos que rondan el 1 por ciento en algunos distritos o, a lo sumo, en la variante nutrida de fantasías de celuloide que se conforma con contar con alguna presencia tan sólo en la ciudad que siempre ha sido esquiva a las mayorías con incesantes reclamos por todo lo que resta por hacer". Durante los últimos seis años, el celuloide de Pino Solanas no registró fantasías sino realidades dramáticas, con información que nunca nadie pudo desmentir. Fue precisamente el contacto directo con esas realidades, con el potencial humano sufriente de la Argentina profunda, lo que nos llevó a formar Proyecto Sur y a la decisión de tener voz en el Parlamento. Porque no se trata sólo de "todo lo que resta por hacer" sino además de lo que hay que deshacer.
A modo de ejemplo, sin dejar de reconocer las cosas buenas que apoyamos del actual gobierno, en el próximo celuloide -Tierra sublevada- se aborda el tema de la minería a cielo abierto. Es conocido el veto a la Ley de Protección de Glaciares por parte del matrimonio Kirchner y el posterior aval a ese veto de un Parlamento sumiso, que antes había votado la ley casi por unanimidad. Tal decisión favorece sin duda a la empresa Barrick Gold y al gobernador kirchnerista de San Juan, José Luis Gioja, junto a sus socios o amigos; pero es preciso interrogarse si favorece a la inmensa mayoría de los argentinos, a sus hijos y a sus nietos. La información periodística señala que en el proyecto Pascua-Lama para la explotación de oro y plata a cielo abierto, la empresa utiliza 370 litros de agua por segundo: sacando
cuentas, esto significa que en doce meses gasta el agua potable que una población de 40 millones de personas bebería en 24 años; y el agua que esa cantidad de población podría beber durante un siglo, la liquida en cuatro años. A ello se suman 17 camiones con cianuro por mes, que son volcados en tierras y aguas, además de 200 camiones de explosivos mensuales, destinados a la destrucción de montañas y glaciares: es el Potosí o La Forestal de nuestros días. Las almas bellas saben que el agua potable es un recurso indispensable para la vida y tiende a escasear en un futuro no muy lejano; la resistencia popular crece a pesar de las intimidaciones, pero los realistas políticos prefieren mantener la boca cerrada. Este es uno de los problemas que vamos a intentar deshacer desde el Parlamento.
A fines de 2006, el presidente Kirchner promovió la modificación de la Ley de Hidrocarburos mediante la llamada Ley Corta, por la cual los yacimientos de petróleo pasan a las provincias y se prorrogan las concesiones: esa decisión significó entregar a las corporaciones petroleras reservas por un monto aproximado de 600.000 millones de dólares, equivalentes al doble del PBI actual del país. Apoyada por el presidente, la ley posibilitó la entrega de Cerro Dragón a la Panamerican Energy hasta su extinción total en el 2047.
Sobre esta base se prorrogaron o se entregaron nuevas concesiones en el resto de las provincias petroleras: el por entonces amigo gobernador Julio Cobos otorgó la mitad de los yacimientos mendocinos al grupo Vilas-Manzano (el mismo que robaba para la corona). Las almas bellas saben que esto es un
latrocinio, pero los realistas políticos cierran su boca porque de eso no se habla en la Casa Rosada. Es otro de los problemas por los que vamos a luchar para deshacer desde el Parlamento.
Entre lo mucho que queda por hacer, ante todo afirmamos que el hambre es un crimen en tanto es evitable y estamos dispuestos a promover una ley para garantizar el ingreso universal por hijo. Debe mencionarse que quienes pagan impuestos a las ganancias o son tributarios de AFIP ya lo reciben, porque lo descuentan de sus aportes; mientras a los trabajadores en blanco se les suma al salario. El desafío es extenderlo a los trabajadores precarios y en negro, a los desocupados, a las familias en condiciones críticas. Se calcula que el otorgar 350 pesos por hijo, permitiría -junto a otras medidas de mediano plazo- eliminar la pobreza y la indigencia, disminuyendo sensiblemente la mortalidad infantil. Por razones obvias, la suma se entregará directamente a las familias, sin intermediarios. El monto
calculado para erradicar este flagelo gira en un 2 por ciento del PBI, unos 7000 millones de dólares: las cifras comparativas indican que esto significa menos de la tercera o la cuarta parte de la renta energética -unos 25.000 a 30.000 millones de dólares por año- que queda en manos de las corporaciones y sus amigos; sin contar que se han venido otorgando subsidios del orden de 10.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas locales o transnacionales.
Considerando que durante los últimos seis años la economía argentina creció a las tasas más altas de su historia, nos preguntamos por qué millones de compatriotas continúan sufriendo en la miseria; por qué, junto a otros cambios, no se ha impulsado la reforma de un perfil impositivo de alta regresividad, no se tocó la ley financiera de Martínez de Hoz ni se eliminó el IVA para los artículos de la canasta familiar. Mencionemos también una revisión de la legitimidad de la deuda: si la acción delictiva de los capitales financieros especulativos llevó al derrumbe de Wall Street y de las economías de la Unión Europea y Japón, imaginemos su accionar en nuestros países. Las almas bellas se indignan, pero los realistas políticos prefieren mantener sus bocas cerradas.
Estas son sólo algunas de las propuestas que Proyecto Sur llevará al Congreso ante la magnitud de la crisis mundial, que marca un cambio de época al conjugarse con los impactos de la Revolución Científico-Técnica. Dado que se trata de una crisis de sobreproducción por carencia de demanda, el único camino para superarla es una redistribución en gran escala de la riqueza: continuar con políticas que benefician a los poderosos a costa del sufrimiento de los más, no solamente es injusto; significa estar a contramano de la historia. En consecuencia, no es cierto que debemos elegir entre la derecha y un oficialismo que representa al movimiento popular. La verdadera opción es entre la continuidad de las políticas que privilegian al bloque de poder dominante, conformado por las corporaciones y los grandes grupos económico-financieros -con sus tensiones y conflictos internos- o impulsar un giro en el rumbo de nuestro país, con un proyecto en favor de las mayorías sociales y de los intereses nacionales, dispuesto a frenar el despojo al que nos ha venido sometiendo ese bloque de poder. Al margen de las retóricas de oficialismos y oposiciones (González, Página/12, 16-06-09), demasiadas veces hemos sido extorsionados por una espuria polarización, donde las amenazas del mal mayor fueron frustrando la construcción de una fuerza política, decidida a revertir décadas de saqueo e impunidad y a promover un proyecto nacional y latinoamericano capaz de dar respuestas frente a los desafíos de un nuevo tiempo histórico. Por eso hoy se necesitan muchas almas bellas y no tantas bocas cerradas.


* Segunda candidata a diputada por Proyecto Sur en Capital.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-127043-2009-06-22.html






AMEN*



Lo conocí mucho antes del destierro


Antes de la luz.
Estaba en el espacio de un tiempo sin edad.


Habíamos recorrido los cauces del Río del Olvido.
Vimos las huellas de Caín entre amapolas y lirios pisoteados.
Encontramos golondrinas degolladas.
Testigos de la puerta tapiada de la bella durmiente.
Divisamos la morada del lobo y su cortejo.
En nombre del Padre al vacío empujaban el Hijo.
Fuimos al adiós de la rosa impoluta del martirio.


No conocía su voz ni sus silencios.
Oí su voz. ¡Ay! y era mi voz.
Voz silencio de arena y equinoccio de otoño.
Voz de sal y bálsamo en el costado abierto.
Voz de vides, de leños crepitantes.
Voz de puñal de plata.
Voz de grito.


No he tocado las yemas de sus dedos ni sus brotes.
No he tocado sus manos, ¡ay! sus manos. Conocidas, antiguas.
Manos con manchas angustiosas de tinta.
Manos aferradas a las salvajes crines de los vientos.
Manos de ocasos y de auroras.
Manos de pan y vino.


No he tocado las yemas de sus dedos.
Sin embargo, he andado y desandado sus arterias.
He besado el arco tenso de sus sienes.
He recorrido, con mi boca, la alfombra de sus huellas.
He descansado en sus cepas, niña triste de incienso.


Es el mensajero del retorno del agua.
De la palabra nueva. De la sal y la greda.
De la lumbre y el aire.
De la unidad de naipes fragmentados.


Si embargo, quizás nadie lo sepa.
Bajo la piel de árbol milenario, palabras escondidas
Escondidas palabras, saben a veneno, a bilis, a miel amarga.
Nadie ha de saber tampoco, cuando ahueca su mano
(Saciedad hoguera del poeta.)
Muere gota a gota…
Y a la vez renace.
Renace. Bálsamo, savia, zumo de eternidad, amén.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








Postal de un domingo en familia*


Un balance positivo


Este año el festejo del Día del Padre fue modesto y sencillo, sin regalos pero con besos, abrazos y una mesa en donde nos reunimos con nuestros hijos y sus familias.
La comida abundante y verdaderamente clase trabajadora estuvo al tono.
El infaltable asadito con chorizos, pollos y algo de carne, fue el menú, además de un truco especial que suelo hacer para no gastar tanto y que consiste en amasar varias docenas de empanadas que calentitas ofrezco a mis hijos hambrientos para templar el estómago y a mis nietas que aseguran que son las mas ricas del mundo. En realidad no se si es tan buena idea, por que este año rondamos por las cuatro docenas que desaparecieron antes que los primeros chorizos estuvieran a punto.
Como de costumbre el asado estuvo a cargo del padre mayor o sea mi esposo que disfruta enormemente tenerlos a todos reunidos. Las discusiones sobre política y las inminentes elecciones fue el tema que desarrollamos pero como en toda familia de ascendencia italiana siempre hay “mucho ruido y pocas nueces”. Los primeros encontronazos resultan por los distintos puntos de vista de cada generación y eso sí: mis hijos en última instancia se callán y escuchan al padre que puede que este equivocado para ellos, pero respetan lo que dice por que es su verdad, la verdad que ha mamado en casi setenta años de vida, trabajo y lucha para mantener a la familia. Su punto de vista en última instancia, es por lo menos aceptado como otra alternativa de la disputa.
Terminó el almuerzo, llegaron los postres, también modestos: flan con crema, gelatina de cerezas para quien guste y ensalada de fruta con esas bananas gordotas y mantecosas que cosechamos en nuestra casa de Ituzaingó. Si, esas que nadie cree que sean comestibles y no se animan a probar. Sí, esas que transformo en helado, tortas y ahora en ensalada de fruta.
Bueno, este fue nuestro domingo del Día del Padre, felices y unidos. Hijos que igual que el padre no son ricos, pero si trabajadores, cariñosos y sobre todo buenas personas.



*de Mirta Alicia Gisondi mirtagisondi@yahoo.com.ar
- Ituzaingó







CELOS*


Un hombre entró nadando contra las cuentas de la cortina barata.
Apenas saludó y ya el bolichero le estaba sirviendo una ginebra que se bebió de un golpe, sin respirar.
Afuera, el estrépito del carro del Vasco con su batería de tarros hizo su aparición de rutina.
-Buenos y santas…
-Buenas.
-Una grappa, don José.
Tenía las botas de caña alta, sumamente embarradas y sucias de estiércol.
-¿Pasó algo en el Bajo, don Brog?
-Que yo sepa…
-Dicen que el Loco Narváez mató a su mujer y a su propio hermano.
-Dicen que los celaba, terció el bolichero.
-Debe ser nomás, dijo el Vasco.
-Uno nunca sabe cómo termina sus días –agregó el hombre y se puso sombrío tirándose con el índice el sombrero hacia la nuca.
-Así es nomás, concedió el bolichero y pasó como en un acto reflejo la rejilla húmeda sobre el estaño, con la vista en la ventana donde la llovizna de marzo, aburridamente caía sobre los pinos indefensos en mitad de la plaza.


1985, invierno

*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar








*

Inexpresable



Raíces en el aire,


préstamo de la nada.

El territorio cuerpo busca
un velo o un puente

para el dialecto de la infancia.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar





Poema final*


no tengo nada que decir
que no haya sido dicho

no me quedan más espejos
en las comisuras de la boca

no me quedan sueños
en las galerías del alma

A veces pienso que escribir un poema
y ser un poema
no debe ser tan distinto

-fe de erratas para las personas del verbo-

Por eso mismo
y desde hoy mismo
yo también digo que quiero ser poema

Y me saco de encima las palabras gastadas
los fracasos, los destiempos
el diccionario y las enormes bibliotecas

Y me saco el sombrero de la costumbre,
el mal hábito de escribir cuando se está triste

me saco de encima el último bostezo
frente al poema sin sentido

me saco de encima las noches, los bares, el tiempo, los desengaños
me saco de encima el poema que no escribo

para así por fin
vivirlo.


*de María Julia Ruiz.
Reside en Santa Fe - july_77@hotmail.com
-Fuente: Luz azul nº 103.
*para comunicarse: cachoagu@yahoo.com.ar





*


Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 21 de junio de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Luis Ochoa. Las poesías que leeremos pertenecen a Jaime Saenz (Bolivia) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una
feliz audición!



ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




*


Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




*


INVITACIÓN


El día 2 de Julio 2009, a las 18:30 horas, se realizará el concierto de premiación del 3. Concurso de Composición XICöATL „Ziehender Stern“, para piano.

Lugar: Museo Barroco
(Mirabellgarten, Salzburgo)

(Serán interpretadas las obras ganadoras y también las que merecieron una Mención de Honor.)

Obras:

„Muwieri“, para piano, de Laura Puras Braceras (España),

„Erosiones“, para piano y electrónica, de Jorge Sad (Argentina),

„Paisaje aéreo“, para piano y trío de cuerdas, de Víctor Ibarra Cárdenas (México),

„Fragmento para dominar el silencio“, para piano y trío de cuerdas, de Juan Pablo Carreño (Colombia),

„Una Visita nocturna a través de Ciudad de México: o cómo asustarse a morir“, para piano, de Andrew Glover (Inglaterra),

„Tumbao“, para piano y electrónica, de Miguel Farías Vásquez (Chile).

Más informaciones en: http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
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Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
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sábado, junio 20, 2009

A HILVANAR PERLAS DE NAFTALINA...



-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


Caminamos*



Por las obtusas calles de lo cotidiano
caminamos.
Sin nadie a los costados,
con una incomprensible guía en el bolsillo
y una no menos incomprensible fe en nuestro itinerario.


Alrededor hay rostros que nos miran con desconfianza,
acaso horrorizados
o interrogantes,
o indignados,
o con fingido espanto santiguándose ,
y en todo caso, ajenos, del otro lado de la vía.


Pero en cualquier esquina nos asalta
el rostro cómplice que nos contempla con cierta admiración
y cuya sonrisa nos empuja a seguir dibujando senderos
para los pies descalzos del mañana.


Y entonces la nieve en los zapatos ya no resulta tan pesada
ni vacilamos ante los inclementes empujones
o las mezquinas zancadillas que se van alzando a nuestro paso.


Aun así, las calles son las mismas que nos vieron
echar a andar en una madrugada yacente en el olvido.


Tal vez no hagamos más que dar vueltas en círculo,
erráticos vaivenes en la oscuridad.


Y sin embargo, caminamos,
sin nadie a los costados caminamos,
con una obstinación quizá heredada
de aquellos otros que algún lejano día caminaron
forjando sin saberlo caminos útiles,
ciudades habitables y espíritus.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com





A HILVANAR PERLAS DE NAFTALINA...




E L L A*



¿Por qué siempre terminaba haciendo lo que no quería? Esa pregunta le bailoteaba en el cerebro como un letrero luminoso. Luchaba, se deprimía, a veces hasta discutía pero siempre pasaba lo mismo: ¡terminaba haciendo lo que no quería!
Cuando se embarcaba en algún proyecto propio, nadie le decía que no, nadie abiertamente se lo impedía, pero ni bien comenzaba a dar los primeros pasos surgían los inconvenientes, las trabas, las dificultades, hasta que cansada de tanta lucha terminaba dejado todo de lado.
Recordaba claramente cuando se propuso estudiar inglés; tanto Martín, su marido, como Clarisa, su hija, se mostraron encanados, hasta pensaron que podían aprovechar ese conocimiento para algunas traducciones que ambos necesitaban.
Clarisa le trajo planes de estudios de distintos Institutos para que eligiera; todo ese entusiasmo le dio fuerzas y se lanzó “al agua”.
Comenzó a concurrir a un establecimiento que quedaba cerca de la casa; todo encajaba a la perfección: los horarios, la cercanía, una vecina que también hacía el mismo curso y la llevaba y traía en su auto. ¡Lunes y jueves, de tres a cuatro de la tarde! ¡Nada ni nadie la necesitaba! Fueron dos semanas maravillosas y ella era feliz, pero llegó la tercera semana; ese martes Clarisa la sacó de la cama a las siete de la mañana, ni siquiera se levantó, le gritó desde su cuarto.
- ¡Mamá! ¿Puedes venir?
El llamado la sacudió, tuvo miedo. ¿Qué hacía Clarisa en la casa? Normalmente se iba al trabajo a las siete y treinta sin desayunar – cosas de la silueta -, por lo tanto ella no se levantaba hasta las ocho.
- Llama a la oficina y diles que estoy enferma así envían un médico – volvió a gritar su hija.
Ella se lanzó de la cama más asustada aún.
- ¿Qué te pasa? ¿Qué sientes? – preguntó atropelladamente.
- No, nada; mañana me voy a reunir con el grupo para planificar las materias que vamos a rendir en julio y necesito por lo menos dos o tres días.
Por un lado su preocupación disminuyó pero una sensación vaga, un cierto presentimiento comenzó a tomar cuerpo en su interior.
Ella hizo la llamada y como ya se había desvelado se puso a ordenar la casa. Clarisa siguió durmiendo. Después del almuerzo que su hija tomó en la cama, y cuando terminó sus labores caseras, ella se arregló para concurrir a su clase de inglés.
- No puedes irte ahora – reaccionó Clarisa cuando la vio preparada para salir. – Si viene el médico ¿quién lo va a atender?
- Pero yo no puedo perder mi clase... – balbuceó ella.
- ¡Mamá! – la muchacha había vuelto a su tono suficiente. – No se va a acabar el mundo porque no concurras un día a tu clase de inglés, en cambio, si viene el médico y me levanto a recibirlo, no me va a querer justificar los tres días que necesito para estudiar. No creo pedirte mucho.
Y así comenzó a tener que dejar de lado su proyecto. Después de un mes que por distintos motivos (ajenos) no pudo concurrir a clase, su marido y su hija se enojaron con ella porque decidió no asistir más.
La última claudicación fue una pareja de perros ovejeros; a Clarisa se le había ocurrido traerlos, ella no los quería porque había poco lugar en la casa y sobre todo porque sabía que su hija no los iba a cuidar y se convertirían en un motivo más de esclavitud para ella. En un principio dijo que no les iba a dar de comer pero sintió lástima y ya de nuevo estaba haciendo lo que no quería
Esa mañana no sabía por qué sus cavilaciones la sumergían más que nunca en un pozo negro. Tenía ante sí el suplemento que el periódico trae los domingos y que no había podido leer el día anterior, lo ojeaba pero no lo leía; de pronto sus ojos se detuvieron en un aviso remarcado: “LOGRE CONTROL MENTAL. Consulte a...”
Fue como la lamparita roja de un semáforo, se prendía y se apagaba; cerró la revista y la dejó de lado, pero al poco rato estaba buscando nuevamente el aviso.
- Si pidiera un turno – se dijo – tal vez me ayudaría a sentirme mejor... ¿Por qué no? Nadie tiene por qué enterarse.
Sin darse cuenta se encontró junto al teléfono discando el número. Una voz muy acogedora contestó su llamado.
- Qui...quisiera saber...sobre el aviso del periódico... ¿Qué es? ¿De qué se trata? – Ella vacilaba, tenía miedo.
La voz acogedora explicó algo, no entendió bien qué, sólo retuvo que le dio una cita; colgó y se quedó largo rato junto al teléfono.
- No iré – se dijo al fin, - debe ser una estupidez. ¡No iré!
Después comenzó a moverse por la casa tratando de olvidar lo que había pasado y sobre todo, negándose a imaginar lo que podía pasar.



# # #

Fue la primera vez que no habló de sus cosas con nadie, en realidad trataba de no pensar. Y el día llegó, se levantó diciéndose a sí misma: “!No iré!”, pero había algo que la impulsaba, algo que la hizo arreglarse para salir y no faltar a la cita.
Al llegar a la dirección indicada volvió a vacilar, giró sobre sus pasos para irse pero no pudo hacerlo y entró. Se sentó en el borde de la silla lista para salir corriendo pero la atmósfera que allí se respiraba la fue tranquilizando. A los pocos minutos llegó una muchacha que se dirigió a ella como si la hubiera conocido de toda la vida, la hizo pasar a una habitación donde un hombre algo mayor le salió al encuentro; su nombre en ese momento se evaporó en el aire, no lo pudo retener.
- Creo – dijo después que ambos tomaron asientos – que venció su indecisión y concurrió a nuestra cita, se siente más tranquila, ¿verdad?
- Si – contestó ella – yo estoy muy mal y ...
- Nada tiene que explicar aquí, usted necesita hallar un nuevo camino en la vida, dejar de lado todo lo que la limita y comenzar a hacer lo que realmente quiere. Está cansada de lo digitado, de lo impuesto y más que nada, está cansada de ceder siempre. Aquí va a encontrar ayuda, o mejor dicho, usted misma se va a ayudar para lograr lo que quiere.
Cuando volvió a su casa todo parecía diferente y se impuso a sí misma no comentar con nadie lo que había iniciado, su mente sólo debía estar fija en el día y hora en que comenzarían las prácticas.
Cuando su marido y su hija volvieron esa noche la miraron con algo de curiosidad, ella era tan transparente que se notaba que algo no estaba en su lugar, pero todo fue como siempre, pasó y volvieron a meterse dentro de sus respectivos proyectos.
Las prácticas comenzaron, durante una semana ella salió de su casa rumbo a otro mundo; el grupo en el que había sido incluida la recibió bien y la ayudó a que perdiera el resto de aprensión que aún le quedaba. Y los logros comenzaron a hacerse evidentes; le asombró notar de cuánto era capaz. Al terminar el curso era otra mujer, tuvo la sensación de que estaba protegida por una muralla invisible, ya nada podía perturbarla. Luego, todos los días realizaba las prácticas en su casa y sus éxitos aumentaron en forma asombrosa.
Para descansar había elegido un paisaje marino, el sol tibio del atardecer, el ruido del mar acunándola y nadie a su alrededor. Allí se refugiaba todas las veces que podía, pero ese paisaje fue atrapándola día tras día hasta que comenzó a costarle el regreso; cuando lo notó redobló el esfuerzo para que no ocurriera y aunque a regañadientes volvía.
Martín y Clarisa comenzaron a mirarla con extrañeza, algo pasaba pero ¿qué? Ella se daba cuenta que por momentos ambos la observaban con un enorme signo de interrogación en los ojos, pero ya no importaba, por primera vez era feliz, muy feliz; el único problema era el regreso, lograr volver cuando iniciaba su “viaje astral”.



# # #

Esa tarde de invierno Clarisa llegó antes de su horario habitual; hacía mucho frío y pensó que no le vendría mal acostarse temprano y cenar en la cama. Cuando abrió la puerta de entrada le asombró que todo estuviera en tinieblas, era raro que su madre hubiera salido, no le había dicho nada. Entró y fue directamente a su cuarto, se preparó la cama para acostarse pero sintió hambre y se dirigió a la cocina. Tuvo la sensación de que algo no estaba en su sitio y siguiendo un impulso se encaminó a la habitación de su madre, al encender la luz quedó paralizada, ella estaba tendida sobre la cama. Se acercó despacio presa de un súbito pánico, tuvo que hacer un esfuerzo para tocarla y respiró aliviada, su cuerpo tenía calor; pensó que estaba dormida y la sacudió con suavidad, pero no despertó. Esto volvió a alarmarla e insistió más fuerte, pero nada.
Ya su miedo había alcanzado niveles nunca experimentados, corrió al teléfono y llamó al médico, luego volvió al lado de su madre y se quedó mirándola sin saber qué hacer; reaccionó cuando sonó el timbre de la puerta de calle.
El facultativo entró, la calmó, se dirigió al cuarto de ella y comenzó a auscultarla; a medida que lo hacía su rostro reflejaba cierta extrañeza.
- No sé que pasa – dijo -, aparentemente todo está bien, sólo noto un descenso del ritmo cardíaco pero que no justifica el estado de inconsciencia.
Por primera vez Clarisa tuvo miedo por su madre, por primera vez supo lo que era angustiarse por ella.
Martín llegó en ese momento, también él comenzó a experimentar sensaciones inéditas, no recordaba que su mujer se hubiera enfermado alguna vez ni siquiera simples resfríos.
¿Cómo podía entender lo que estaba pasando?
El médico le aplicó una inyección para reanimarla pero las horas pasaron sin que se produjera ninguna reacción. Dieron las doce de la noche en el reloj de la sala y todo seguía igual. Ante tal desconcierto y al no poder emitir un diagnóstico probable se decidió internarla en un sanatorio. Pasó una semana y no hubo variantes; Clarisa y Martín iban todos los días a verla esperando una reacción positiva pero nada pasó.
En la casa todo había cambiado para ambos; la hija tuvo que reemplazar a la madre en su conducción y el hombre se convirtió en una sombra que iba y venía sin sentido.
- ¿Por qué ha ocurrido esto? – se preguntaba.
Después de quince días de internación y de haberle practicado un sin número de pruebas que dieron resultados normales, el médico aconsejó volverla a la casa y designar una enfermera para su cuidado. El diagnóstico dado era confuso: “Podría tratarse de un síndrome catatónico o una crisis histérica o ...” y así se sumaron varios cuadros que no aclaraban nada, ella seguía en el mismo estado.
Comenzaron a pasar los días; Clarisa tuvo que aprender en poco tiempo lo que su madre hizo durante años y muchas veces se dijo a sí misma: “No sé cómo mamá pudo hacerlo todo sola”. Y ocurrió que comieron sin pan porque ella olvidó comprarlo o se quemó la comida en el horno por exceso de calor. Martín al principio protestó, después ya no dijo más nada; cuando estaba en la casa deambulaba por ella parándose de tanto en tanto en la puerta de la habitación donde su mujer descansaba, la miraba con una expresión vaga y se iba; por las noches casi no dormía, se sobresaltaba ante el menor ruido, le parecía que ella despertaba y le hablaba, pero no, todo seguía igual.
Pasó un mes. Todas las mañanas concurría la enfermera que cuidaba de la paciente, la higienizaba y alimentaba pero lo asombroso era que su aspecto parecía saludable, impresionaba como si sólo estuviese dormida.


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Mientras tanto, tendida sobre la arena, una mujer disfrutaba el tibio calor del sol de ese atardecer interminable; el cielo era azul, placidamente azul y el mar acunaba con su sonido de vaivén...



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







MUSA FUERA DEL REBAÑO DE MUSAS




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



LOS BIENES

Fácil sería detenerla, atarla al respaldo de la cama, obligarla a permanecer en lo correcto, porque la musa soledad no corre, no grita, no se venga, sino que avanza lentamente por las calles de la ciudad. Mientras las musas envueltas en celofán son intocables porque miran el costado prestigioso, ella se detiene a contemplar los escondites, a escuchar los ruegos, a penetrar agujeros, y de todo lo demás.
La musa soledad no habla demasiado porque no le gustan las conversaciones sino las palabras en sí mismas. Tampoco lleva consigo grandes cosas porque los bienes que guarda no ocupan espacio, ni tienen cerraduras, ni protegen de la lluvia, ni calman el hambre, aunque despiertan cierta alegría, cierta belleza, cierta ternura bestial. Pero también es cierto que tiene problemas para pagar el taxi, el boleto del colectivo, las estampitas de los bares, pues lo único que sabe hacer la musa soledad es despertar ciertas cosas que no valen ni un centavo.


LOS BALDES

En las noches solitarias, salen las musas a establecerse, a rimar lágrimas buenas con besos buenos, a hilvanar perlas de naftalina, pero la musa soledad es solitaria. Bebe para acompañarse, para ponerse en estado de ensoñación y soltar la lengua de gitana hasta decir, por ejemplo, que todos los pétalos de la luna tienen el perfume de una misma flor. Y con sus lentas cadencias de musa somnolienta, escribe como si el cielo bailara hasta que un astro muerto cayera entre las hojas.
Por ser musa migratoria, conoció la belleza de las mujeres que oscilan entre los polos del destino y de la suerte, y cuyos senos, como dos baldes de leche, por cuestiones de corazón o yugo, bambolean, chocan, estremecen.



LOS ABRAZOS

Allí donde hay olor a vida derramada, la musa soledad encuentra un territorio. Donde hay un pájaro se hace vuelo. Donde hay una boca se siente nardo. Los bólidos terrestres, los florones que usan Chistian Dior y las vampiresas que viajan a Miami, mueren con la boca abierta ante semejante soledad.
La musa soledad se echa a rodar trastabillando en su propia turbulencia y escuchando su respiración de criatura desmelenada. En las noches solitarias coloca un amante en el lugar del padre, una mancha en el lugar de dios. Cuando el amante y dios se marchan le resulta útil haber aprendido el lenguaje de las estrellas húngaras, y la blandura de la boca busca otra blandura fuera del rebaño. Por eso es reverenciada. Por eso las ninfas dulcísimas no disimulan su amor como ella no disimula sus formas raras. Quién las ha visto lo sabe: saltan chispas y astillas de oro derretido cuando las ninfas y la soledad se abrazan.


LAS PUERTAS

La musa soledad no tiene miedo. Entra al alma por la puerta de la carne y entra a la carne por la puerta del alma. Ni recuerda que por las veredas del infierno se arrastran los esposos. Ni recuerda que las musas de celofán cosen con un hilo de temor la boca obstinada del silencio. Parece ignorar, incluso, que ella es una de esas criaturas inútiles y perjudiciales que sólo están en este mundo para corromper y ser amadas.
Ella no ve el mundo como las otras musas lo ven. No bebe de la misma fuente, ni copula bajo la misma luna, pero habita en él. Y es en ese mundo donde despierta una sed de montaña. Cuánto más bebe, menos calma su sed. Todos los domingos ocurre lo mismo, sin contar los días de la semana. Hay que ver qué caudalosas son esas mínimas libaciones de montaña.



Y SIN EMBARGO

Dulce provocadora de naufragios, la musa soledad se acuesta en las playas de arena imaginaria y a la hora en que los astros desaparecen, vuelve a su casa sintiendo bramar los autos salidos del infierno, las matronas que empiezan a despotricar, las moscas que buscan los desagües, el dinero que comienza a babearse, los fantasmas diurnos que se orinan los pantalones, las musas de celofán que se acomodan en los estantes de las librerías con la pollerita larga y las piernas juntas.
En cambio todo cuanto acontece a la musa soledad, es escritura. Con palabras puede convencernos de que el rocío es el esperma del cielo. Puede interrumpir por unas horas el transcurso maquinal de la jornada. Y sabe bien que no hay obligación de escribir la vida, de leer el mundo. Sabe bien que la poesía está encarcelada. Sabe muy bien que la metáfora no cura, no alimenta, no usa toga, no gobierna ni clausura. Nada de eso es novedad para la musa. Ninguna queja es novedad, ningún lamento, ninguna pena, ningún hastío, ninguna palabra es novedad, y sin embargo.



-FUENTE: Contratapa Rosario12 del 20 de junio 2009
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar







La Carolina*
-Del Inventren 2005-


Era una morocha de rulos, de profundos ojos negros, que siempre lucia un elegante pero antiguo vestido de seda color rosa, desbordante de volados, perteneciente a alguna de sus abuelas, y se peinaba con flores frescas sobre sus sienes. En el pueblo todos sonreían al verla pasar, ya que su alegría
contagiaba a cualquier vecino con quien se cruzara, siempre rumbo a la estación de trenes. Todos allí la conocían como La Carolina.
-Ahí va La Carolina / oliendo a naftalina -canturreaban por lo bajo los chicos de la cuadra, ocultando sonrisitas socarronas al verla pasar por la vereda de enfrente, sin que ella se inmutara, siempre sonriente, ajena a los cuchicheos.
Nadie sabía muy bien cuál era el motivo de su felicidad permanente, como tampoco existía alma alguna que la hubiese visto triste o enojada, ni conociera acaso sus verdaderos sentimientos. Sólo sabían que era una de las tantas hijas de Don Nemesio Nicolaides, aquel esquivo patrón de estancias de quien se contaban las más disparatadas historias, desde las más terribles hasta las más gratas, sin que nadie pudiera definir al personaje en una sola faceta.
Renuente de casar a sus hijas, se vanagloriaba de que ellas eran "todas puras", desafiando abiertamente a quien sostuviera o incluso insinuara lo contrario durante aquellas verdaderas fiestas populares que se organizaban en los campos de la familia, cuando se transmitían algunos de los partidos importantes del campeonato local, o las peleas de box donde combatían los campeones nacionales, o incluso cada uno de los capítulos de determinados radioteatros, siempre a la misma hora. En tales ocasiones, casi la mitad del pueblo se congregaba en varias hileras de bancos de madera, bajo la copa de los árboles, para disfrutar del espectáculo a través de la atenta escucha del único aparato de radio a galena que existía en la región, mágico y suntuoso.
Hacía ya algunos años que Don Nemesio era una incógnita para el pueblo -en caso de que aún estuviera con vida, recluido en su ancestral estancia colonial-, y La Carolina, en su aparente inconsciencia, cumplía casi al pie de la letra con aquel folclore familiar, conservando el misterio mediante su mutismo.
Casi nadie la había escuchado hablar desde que se hizo mujer.
Algunos hasta creían que era sorda. ¡Quién sabe.! Lo que todos aseguraban era que no se comunicaba, salvo por miradas, carentes de intensidad. A menos que marchara triunfante hacia la estación.
El expreso de las 17:15hs. pasaba todos los días, aunque sólo tres veces por semana -pocos años antes de que discontinuaran el servicio- transportaba pasajeros. En estas ocasiones, La Carolina se acercaba hasta el andén y lucía su sonrisa más radiante, contemplando con la mayor de las expectativas hacia las ventanillas de los vagones, saludando con la mano en alto cada vez que la formación partía o arribaba. ¿A quién esperaba? Nadie lo sabía. Se rumoreaban muchas cosas: la mayoría se inclinaba por imaginar algún amor secreto, cierto pretendiente que le prometiera casamiento años atrás y volviera a cumplir puntualmente con su palabra. También podría estar aguardando la llegada de alguna parienta muy querida, o quizá la llegada de alguna encomienda cuyo misterioso valor sólo ella y el remitente podrían conocer.
Sus hermanos varones habían emigrado hacía ya una larga década, buscando conchabarse como trabajadores golondrina, y nunca se los había vuelto a ver. Había quienes decían saber que habían cometido algún delito inconfesable y permanecían cumpliendo una larga condena a la sombra. Otros
aseguraban haber escuchado rumores de alguna pelea a cuchillo en un almacén de ramos generales, donde los hermanos se habían trenzado entre sí ante la aparición de una ardiente pollera, yendo a parar juntos al cementerio. ¿Por qué, teniendo una propiedad agropecuaria importante, los hijos varones habían abandonado el hogar? ¿Sería la crueldad del padre tan cierta como se fantaseaba? Lo que sí se sabía era que las apariciones de la familia por el pueblo siempre eran fugaces y a escondidas, con miradas torvas y actitudes muy poco sociales. Se limitaban a rodar en un sulky que había conocido épocas mejores, proveerse de mercadería, pasar por el correo y volverse a la estancia. Los negocios agropecuarios parecían no tener cabida con los empresarios o comisionistas del pueblo.
La Carolina, en cambio, arribaba siempre sola y a pie. Siempre con su mismo vestido antiguo, fuera invierno o verano, lloviera o brillase el sol. A veces se abrigaba con alguna mantilla, también rosada y vetusta.
Viéndola con detenimiento, parecía escapada de una fotografía en sepia, aunque su semblante no reflejase más que frescura y vitalidad.
Hasta que un día, a bordo del expreso de las 17:15hs., arribó un muchacho cuya fugaz existencia no estaba en los planes de nadie. Ni siquiera en los de La Carolina, si es que alguna vez había fantaseado con tal posibilidad.
Se llamaba Rodrigo Fuentes y era viajante de comercio.
Distribuía mercaderías en auge para la época, pero ninguno en el pueblo consiguió adivinar qué clase de productos representaba por aquella zona.
Sólo se supo que arrastraba fama de tipo elegante, entrador y buen mozo, y la mayoría de las jovencitas que lo vieron bajar del tren, con su traje gris perla, su maletín y su chambergo, cayeron prendadas de su encanto, suspirando embelesadas.
Sólo que allí también estaba La Carolina, y los ojos claros de Rodrigo Fuentes, en vilo sobre el estribo del vagón, fueron capturados de inmediato por aquella delgada y atractiva silueta con olor a naftalina. La muchacha, sin embargo, se mantuvo en su actitud habitual, saludando a los pasajeros que se asomaban por las ventanillas del expreso, ignorando la retribución de dichos saludos, como si los destinatarios nunca hubiesen estado allí.
Descendió del tren flotando sobre una nube de ilusión, incapaz de concebir la existencia de mujer más hermosa que La Carolina. Supo de inmediato que debía hacerla suya, casándose con ella, o incluso raptándola y escapando en mitad de la noche, atravesando los campos en una huída salvaje,
cargando con la chica sobre sus hombros, luciendo una desquiciada mueca de satisfactoria lujuria.
El silbato del expreso marchándose a sus espaldas lo hizo regresar a la realidad, para contemplar el hermoso perfil de la muchacha volviéndose y marchándose del andén de la estación. Rodrigo Fuentes no podía dejarla escapar. Atravesó la estación, seguido por los sonoros suspiros de
las muchachas del pueblo que lo contemplaban casi babeantes, y apuró el paso hasta darle alcance, cruzando a medias la calle.
Impulsado por lo desconocido, la tomó por la muñeca, deteniéndola. Ella se volvió y lo miró a los ojos, intrigada, aunque sin perder la sonrisa. La desnuda mirada de él revelaba una honda turbación,
imposible de disimular. Y aunque sentía la boca pastosa y el corazón le galopaba desbocado, el turbado viajante de comercio balbuceó:
-Sos. sos la mu-mujer. más her-hermosa que conozco. Te. Te amo.
Y acto seguido, le rodeó la cintura con un brazo, soltó el maletín para quitarse el chambergo y rodearle los hombros con el brazo restante, y le estampó un profundo y prolongado beso en la boca, ante el cual ella permaneció impávida, dejándolo hacer, sin siquiera reaccionar.
Las exclamaciones de sorpresa y estupor se oyeron por todos los rincones. No hubo quién entre los presentes no se sintiera conmovido ante lo que presenciaba - en su mayoría, cada uno por su lado, experimentaba algo similar-, no sólo por lo extraño de la escena, sino porque -a pesar de lo improbable de tal sensación- lo que ocurría traía consigo quizá todo el peso de la desgracia.
Hasta quizá hubo alguien, entre tanto testigo, que recordase la fatídica sentencia de Don Nemesio Nicolaides: "Todas ellas son puras". Y no existía hombre que se les pudiese acercar. ¿Ni siquiera sus hermanos?
La muchacha abrió los ojos al culminar el beso, y miró al viajante con expresión asustada, como si el beso de aquel improvisado Príncipe Azul la hubiese despertado de un bellísimo sueño para arrojarla de lleno en una pesadilla tan atroz que ni ella misma podía determinar su origen o alcance futuro. O quizá, hubiera vivido inmersa en tal pesadilla desde siempre, y sólo ahora se percatase de ello, incapaz de digerir la noticia.
La Carolina emitió un ahogado quejido y se estremeció en los brazos del recién llegado, como si un lacerante dolor la obligase a apartarse de él. El viajante deshizo el abrazo y la contempló absorto, sin recuperarse aún de la fresca humedad de aquellos labios. La muchacha se alejó de él dando pequeños tropezones, sin darle la espalda, con una inusual mueca de susto y dolor, hasta que por fin se volvió y echó a correr por la calle principal que salía del pueblo, en dirección a la estancia familiar.
Los testigos eran cada vez más numerosas, y sobre todos ellos se cernía un funesto ambiente de premonición.
Rodrigo Fuentes, incrédulo, la contempló alejarse sin saber qué hacer, ni tampoco pudiendo apartar su mirada de aquella espalda que se alejaba en línea recta, con la mantilla caída y aleteando sobre un costado, y extrañas marcas rojizas impregnadas en aquellos lugares del vestido donde
él había apoyado sus manos.
Aunque le demandó un enorme esfuerzo, con el paso de los segundos la pavorosa imagen comenzó a hacérsele posible hasta el punto de llegar a espantarlo: el dolor experimentado por aquella mujer estaba motivado por heridas recientes que le cruzaban la espalda y teñían el dorso de su antiguo vestido con el inequívoco rastro de la sangre.
Aquella muchacha había sido azotada con un látigo; no sólo una, sino muchas veces.
La pujante sensación erótica experimentada por Fuentes cedió violento paso a un odio irracional. Ni siquiera conocía a esta mujer, apenas había llegado a un pueblo que visitaba por primera vez, y sin embargo las emociones percibidas en escasos segundos eran de una profundidad inaudita.
Sentía que algo había cambiado dentro de sí desde entonces, quizá para siempre, pero que no le alcanzaría sólo con saberlo. Tendría que hacer algo al respecto. Algo que lo cambiaría todo.
Como en todos los pueblos, las noticias escandalosas vuelan de labios a oídos en cuestión de instantes. Y para cuando Rodrigo Fuentes recorrió las escasas cuadras que lo separaban de la estación al único hotel, regenteado en la misma oficina de correos, el empleado ya lo miraba con expresión de curiosidad y complicidad a un mismo tiempo.
Fuentes no sólo pidió una habitación. También quiso saber, sin dudar ni un instante, dónde podía encontrar alguien que le vendiese un arma de fuego. Con municiones, claro está. Tal vez todas las que pudiera conseguir.
El empleado, quizá experimentando la misma sintonía mental que parecían haber sentido todos los testigos de la escena anterior, extrajo un pesado y oscuro Smith & Wesson de debajo del mostrador y lo apoyó sobre la lustrada superficie de madera, con la culata dispuesta para que Fuentes la tomara. No emitió palabra, ni exigió un precio por él. Simplemente lo entregó, como si sus actos estuviesen predestinados desde hacía muchos años, dispuestos a ser ejecutados cuando el destino así lo dictase.
Fuentes lo miró a los ojos unos instantes, con una comprensión inmediata de la situación, y manteniendo el pesado silencio que lo rodeaba desde que bajara en el pueblo, apenas unos minutos antes, tomó el arma con mano segura y se la guardó en el cinto, contra la cadera, oculta detrás del bolsillo izquierdo del saco. Dejó el maletín sobre el mostrador, aún sin haber firmado ningún registro donde constara su nombre alquilando una habitación -sin haberla pagado siquiera-, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza hacia el empleado, y se marchó con rumbo desconocido.
En las afueras del pueblo, algunos jinetes comentaban extrañados haber visto a La Carolina huyendo hacia las casas como alma que lleva el diablo. Rodrigo Fuentes avanzó por las calles de ripio, siguiendo la mirada silenciosa de los vecinos que cuchicheaban entre sí y lo escrutaban desde las veredas, para luego desviar la mirada y contemplar el horizonte en dirección a la estancia de los Nicolaides. No hizo falta que nadie hablase, menos aún que él preguntase. Los hechos ocurrían como si un misterioso titiritero los manejase siguiendo el guión de un antiguo drama jamás escrito, aunque por todos conocido.
El recién llegado se adentraba hacia el camino rural, seguido por una temerosa muchedumbre que se mantenía reacia a acercarse, y que tampoco quería perderse detalle de lo que fuera a acontecer. No había caminado trescientos metros cuando la encontró tendida en el suelo, con la espalda empapada en sangre, y ambas manos cubriendo el rostro lloroso. Se acercó en silencio, se hincó a su lado, la tomó delicadamente por los hombros y la alzó en pie. Ella intentó resistirse apenas, porque al contemplarlo se relajó, desvaneciéndose al momento. Rodrigo Fuentes la alzó en brazos y regresó por donde había venido. El pueblo se abrió en arco al verlo venir, y nadie se extrañó por lo que ocurriría. Como si nadie, hasta esa misma tarde, hubiese hecho bromas respecto de la naftalina.
Atardecía cuando el viajante de comercio ingresó por segunda vez al hotel, trayendo consigo a una nueva pasajera, y se coló hacia la habitación sin dar explicaciones. Nadie se las hubiera exigido tampoco. Y mientras los curiosos se agolpaban silenciosos en la vereda de la oficina de correos, algunas miradas oteaban expectantes en dirección al camino que llevaba a la estancia de los Nicolaides, especulando cuánto tardarían en venirla a buscar.
La luna comenzaba a asomarse en el horizonte y el ambiente se impregnaba con el aroma de las tempranas cenas cuando los primeros vecinos dieron la alarma ante la llegada de un vetusto sulky, cargado de gente, procedente de las afueras. Al comando de las riendas, casi desconocido tras
el inexorable paso de los años, iba Don Nemesio Nicolaides, cargando sobre sus rodillas una enorme escopeta de dos caños.
Alguien golpeó a la puerta de la habitación. Dentro, Rodrigo Fuentes, en mangas de camisa, había retirado el dorso del vestido de la espalda de la muchacha, e intentaba curar aquellas heridas con un algodón embebido en alcohol. La Carolina, acostada boca abajo, se quejaba con ahogados gemidos, mordiendo la almohada, ausente de todo lo que ocurría, dominada sólo por el dolor y la vergüenza. Y como siguiendo aquel misterioso relato preconcebido, ante una nueva serie de golpes en la puerta el
forastero se calzó el saco y el chambergo y salió de la habitación, con la corbata floja y el revolver en la cintura, dispuesto a enfrentar su propio destino.
Las luces de los faroles iluminaban tenuemente la calle, pero lo suficiente como para que todos los presentes adivinasen la silueta del sulky aproximándose moroso hasta la puerta del hotel, cargando el peso de lo inevitable. Al detenerse, Don Nemesio saltó a tierra, quejumbroso, olvidando a su mujer e hijas a bordo del sulky, como si ellas formasen parte de un mudo equipaje. Tomó la escopeta con ambas manos y apuntó desde su cadera al forastero, quien se acercaba sin temor hacia él.
-¡Hasta ahí nomás! -exclamó Don Nemesio, y su poderosa voz contrastó con su aparente debilidad física. -¿Dónde está mi hija?
-Adentro -respondió Fuentes -donde Ud. no la pueda volver a tocar.
-Salí de ahí, pendejo, que voy a entrar a buscarla. Y enseguidita nos volvemos al rancho -anunció el viejo, haciendo ley de su palabra.
Con un gesto que en absoluto parecía ensayado, Rodrigo Fuentes desenfundó el revólver y apuntó al suelo, para que su adversario supiera a las claras de qué iba la cosa. El pueblo a su alrededor contuvo el aliento, apartándose unos metros, adivinando el peligro.
-La chica no va a ningún lado con Ud. -determinó Fuentes. -Así que mejor vuelva por donde vino. Y deje de molestar a esta gente, que ya es tarde y mañana tienen todos que madrugar.
-¡A mí nadie me ordena lo que tengo que hacer, hijo de una gran.!!! -comenzó a gritar Don Nemesio, llevándose la culata de la escopeta al hombro, mientras Fuentes alzaba su brazo, dando un paso atrás y amartillando el revolver, al apuntarle a la cabeza.
El aullido de espanto y dolor los estremeció a todos, aunque los hechos, aún en cámara lenta, ya se habían desencadenado como para que alguien pudiese detenerlos. La aparición rosada aleteó con su mantilla desde un costado y se zambulló entre ambos, agitando frenética los brazos a pesar
de su mutismo, provocando la sorpresa de todos. Don Nemesio y Rodrigo Fuentes, sin embargo, habían concentrado toda su atención en el enemigo, incapaces de ver hacia los costados.
Dos disparos fracturaron la noche. Un solo aullido desgarró los corazones. Y el espanto del pueblo adquirió dimensión de tragedia.
La Carolina se estremeció entre ambos hombres, vapuleada por la perdigonada sobre sus costillas y el balazo en el cuello, sacudida como una absurda marioneta cuyos hilos acaban de ser cortados, cayendo sin remedio sobre el escenario. Su cuerpo se desvaneció con la misma cualidad etérea que poseía al desplazarse hacia la estación, aunque ahora teñido de sangre, mancillado por una muerte segura. La mantilla aleteó detrás suyo plegando sus alas. El cisne local se había extinguido.
Ambos hombres contemplaron estupefactos aquel cuerpo sin vida, incapaces de comprender lo ocurrido. Dudaron, renuentes a aceptar la pérdida. Pero una vez que la idea se formó irrevocable dentro de sus mentes, generó tal sensación de odio que sólo podía calmarse derramando mayor cantidad de sangre.
Ambos volvieron a amartillar sus armas, apuntando con fiereza, chillando entre dientes su desprecio. El pueblo contuvo el grito. Las mujeres se agacharon a bordo del sulky, aullando de miedo y de dolor.
Un par de disparos semejantes volvieron a atronar la escena. La cabeza de Don Nemesio se impulsó hacia atrás, agujereada en la frente. La pechera de Rodrigo Fuentes quedó convertida en un siniestro colador. Y ambos cuerpos cayeron hacia atrás sobre el ripio mucho antes de que los ecos de
los estampidos se extinguieran en la noche.
La maldita trama, urdida desde tiempos inmemoriales, sostenida por un pueblo entero desde la indignación causada por el primer rumor echado a correr respecto de las crueldades de Don Nemesio, se había cumplido al fin. Sólo que había requerido de una cuota de sangre mucho mayor que la que
cualquier vecino hubiese podido imaginar.
Los primeros testigos avanzaron vacilantes rumbo a los cadáveres. Las parientes de Don Nemesio permanecieron inmóviles sobre el sulky, cubriéndose las bocas y los rostros. Y a lo lejos, como una cruel burla del destino, apareciendo como sutil fantasma que arriba para llevarse consigo a las almas difuntas, se dejó oír el agudo silbido de un tren.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar







Crítica de libros / Narrativa extranjera
Como el agua de un arroyo*

Bajo la forma de una novela epistolar amorosa, De A para X , el nuevo libro del narrador y crítico inglés John Berger, insinúa en realidad un tratado sobre micropolítica, un grito de rebelión intimista, una crónica de época y, especialmente, el autorretrato de una mente privilegiada



*Por Walter Cassara
Para LA NACION

De A para X
Por John Berger
Alfaguara
Trad.: Pilar Vázquez
202 Páginas
$ 49

"Si los hombres han sacrificado ideales y vida por la fabricación de un vehículo, toma dicho vehículo para huir de los cadáveres y acercarte a los ideales." La expresión, que pertenece a Karl Kraus, bien podría levantarse como una insignia sobre la primera página de este nuevo libro de John Berger, y sobre cualquiera de los muchos que este narrador y crítico de arte inglés lleva publicados hasta la fecha. Cuando escribe sobre pintura, cuando opina sobre el statu quo o cuando narra el sufrimiento de los excluidos del sistema como lo hizo en la sustancial trilogía De sus fatigas, que comprende Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag, Berger es un escritor que enaltece la dignidad de la vida como un bien supremo, por encima de cualquier ortodoxia ideológica y a contrapelo de una época en la que el
desaliento y la apatía moral son moneda común.
Ello se debe quizás a que Berger no es un intelectual comprometido con todos los laureles, ni uno de esos partisanos de traje y corbata que lanzan sus arengas contra la injusticia social desde los atrios mullidos del PEN Club y luego vuelven a su residencia de campo a empollar la gran obra. En cada una de las causas que defiende, en cada uno de los males que denuncia, Berger es un escritor que rehúye las fórmulas maximalistas; sostiene un doble compromiso -ético y estético- pero situándose siempre en el centro del ring, con los pies bien plantados sobre la tierra. Lúcidamente, ha sabido mantenerse a distancia tanto del nihilismo como del populismo, las dos "soluciones" más trajinadas -que conducen, al fin y al cabo, a un callejón sin salida- cuando hay que pensar en los términos de una "literatura
comprometida". En verdad, Berger nunca se ha sometido a ningún programa dogmático, nunca se ha contentado con expedir soluciones fáciles y mentirosas, sino que, acaso, ha querido tan sólo indicar que existen múltiples -y muchas veces imperceptibles- formas de resistencia frente a la barbarie desmedida que impulsa el capitalismo global.
De A para X trata justamente de eso, de la escritura y el amor (y quizá, también, ¿por qué no?, de la escritura amorosa) como una forma oblicua pero tenaz de la resistencia, entendida no ya como una fuerza reactiva o una revolución modesta, sino como un modo dinámico de participar y manifestarse en los pequeños y grandes acontecimientos de la época que nos ha tocado vivir. En cada una de las cartas que A´ida envía a la cárcel donde su amado Xavier cumple una condena por insurrección, se perfila un relato amoroso que se entrelaza con un ensayo vívido y rigurosamente documentado sobre esa vasta penitenciaría informática en la que se ha convertido el mundo actual.
De hecho, en el reverso de las cartas, las respuestas de Xavier no son las efusivas y previsibles palabras de un enamorado sino las interpelaciones y proclamas políticas de un revolucionario cuyo modo de pensar y de expresarse evoca de inmediato las románticas -y por momentos, casi rulfianas-
alocuciones del subcomandante Marcos, el líder y portavoz del grupo armado indígena mexicano denominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional, figura con la cual Berger se ha identificado ideológica y literariamente en más de una ocasión.
En la orilla opuesta de la negatividad sartreana, los personajes de Berger suelen estar exentos de mala fe y suelen también dejarse llevar en andas por la esperanza y la ternura, aun en las condiciones más adversas. Ello se debe quizás a que no pasan de ser una proyección de las buenas intenciones de su
creador o a que, en el fondo, no son personajes en el sentido tradicional, sino más bien voces que buscan intercambiar señales afectivas u opiniones personales sobre el mundo. En este sentido, podría decirse que De A para X es algo más que "una historia en cartas", como reza el subtítulo. Es un tratado sobre micropolítica, un poema epistolar, un grito de rebelión intimista, una crónica de época, o todas esas cosas juntas. Sin embargo, ante todo es el autorretrato de una mente privilegiada, que siempre
permanece alerta a los acontecimientos de la contemporaneidad y que sabe, también, cuando es necesario, situarse más allá de las contingencias.
Pese a que buena parte de su obra ensayística y narrativa bordea las ingenuidades de un catecismo utopizante, John Berger entiende que la única obligación de un escritor es escribir bien, esto es: escribir de acuerdo a una sensibilidad particular y una visión del mundo que muchas veces entra en
contradicción con la propia ideología y con la experiencia común. Es lo que el autor ha definido, a lo largo de sus muchas páginas consagradas a las artes visuales, como un "modo de ver", un concepto que funciona como una categoría estética y que evidencia a la vez esa inusual maestría -tan suya- para disolverse y encontrarse en los desamparados y los insurgentes; un modo de ver que es también una capacidad profundamente humana para establecer un diálogo introspectivo con cada uno de sus lectores, en un lenguaje diáfano y terso como el agua de un arroyo.



© LA NACION
*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1139924




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Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 21 de junio de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Luis Ochoa. Las poesías que leeremos pertenecen a Jaime Saenz (Bolivia) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una
feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




*


Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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INVITACIÓN


El día 2 de Julio 2009, a las 18:30 horas, se realizará el concierto de premiación del 3. Concurso de Composición XICöATL „Ziehender Stern“, para piano.

Lugar: Museo Barroco
(Mirabellgarten, Salzburgo)

(Serán interpretadas las obras ganadoras y también las que merecieron una Mención de Honor.)

Obras:

„Muwieri“, para piano, de Laura Puras Braceras (España),

„Erosiones“, para piano y electrónica, de Jorge Sad (Argentina),

„Paisaje aéreo“, para piano y trío de cuerdas, de Víctor Ibarra Cárdenas (México),

„Fragmento para dominar el silencio“, para piano y trío de cuerdas, de Juan Pablo Carreño (Colombia),

„Una Visita nocturna a través de Ciudad de México: o cómo asustarse a morir“, para piano, de Andrew Glover (Inglaterra),

„Tumbao“, para piano y electrónica, de Miguel Farías Vásquez (Chile).

Más informaciones en: http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


Cordial invitación de:

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viernes, junio 19, 2009

DECILE A ALGUIEN, QUE YO ESTOY AQUÍ...



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


*


Una niña perdida en el jardín de signos,
se abraza a las palabras y resiste,
en el exacto centro de lo que no se dice.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






DECILE A ALGUIEN, QUE YO ESTOY AQUÍ...





DOS HERMANOS*



En uno de esos pueblos desolados de la pampa nuestra se encuentran dos hermanos que no se ven desde hace años, desde que eran jóvenes.
Uno de ellos –que viene del sur en esos altos micros azules que cruzan como un veloz velero el mar amarillo de la pampa- es mi padre, y así me refirió el encuentro.
Se habían detenido en ese pueblo miserable, en la mera ruta prendida como un abrojo a la pampa, donde medraba una estación de servicio, paraban los ómnibus y no faltaba un pequeño barcito para probar un bocado o tomarse algo caliente.
Las pocas casas diseminadas por los alrededores eran desvaídos islotes en el medio de esa pampa inabarcable.
Mi padre sale a estirar las piernas por la vasta playa conteniendo manchas de aceite, mugre que desde la última lluvia nada sabía de limpiezas.
De pronto siente una mano en uno de los hombros y apenas vuelve la cabeza reconoce al Kelo que lo mira sonriente, con la naturalidad de alguien que comparte los días con nosotros, casi con el mismo aburrimiento.
-Hermano –le contesta el Kelo-, tanto tiempo. Vení, tomemos algo.
-No- le contesta mi padre-, Tengo miedo que el micro me deje en este pueblo miserable.
Y se volvió sobre sus pasos sin siquiera saludarlo. Tal vez el pobre Otoño le iba poniendo el último brillo del día sobre su lustrosa campera de cuero.
De este desamor, de esta locura debo extraer mis versos.
De esta indiferencia vengo.

1990, otoño

*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar






Mariposa*



*de Antonio Dal Masetto.



El hombre ha estado caminando al azar durante horas por las calles de la ciudad. ¿Qué lo atormenta? Su pesar tiene un nombre. Nombre de mujer. En este hombre que camina y camina hay algo irresuelto con respecto a esa mujer. Debe tomar una determinación. No es una determinación que vaya a modificar nada, todo está ya definido desde hace un tiempo, los hechos no cambiarán, no depende de su voluntad. Es en sí mismo donde el hombre debe resolver ese algo, dentro de sí, hacia adentro. Tal vez simplemente se trate de aceptar. Nada más que eso: aceptar. Pero no es fácil.
Regresa al edificio donde vive y al mirarse en el espejo del ascensor descubre que tiene una mariposa posada sobre el hombro izquierdo. Son las ocho de la noche, lo sabe porque acaba de mirar el reloj. Mientras el ascensor sube hasta el sexto la mariposa trepa por el cuello y el pelo del hombre y va a colocarse en la parte superior de su oreja izquierda. Al llegar al sexto, al hombre le cuesta apartarse del espejo y cuando se decide lo hace con cuidado, como alguien que lleva una carga preciosa. ¿Se lo imaginan recorriendo el pasillo hasta la puerta de su departamento con la mariposa en la oreja? ¿Pueden verlo caminando con el cuello rígido, sorprendido, complacido, extrañamente gratificado?
va directamente a pararse frente al espejo del living. La mariposa sigue ahí. El nombre de la mujer que lo acompañó durante todo el día, la imagen de la mujer, se mezclan con esa presencia de la mariposa.
El hombre escucha los mensajes del contestador telefónico, levanta una persiana, calienta café. Ahora, con la mariposa en la oreja, todo gesto rutinario adquiere un color y un peso nuevos.
De tanto en tanto vuelve al espejo. Juega a pensar que la mariposa lo eligió, ¿pero para qué? En una de las idas a la cocina la mariposa abandona la oreja, emprende un vuelo breve y va a pararse dentro de la pileta, sobre el aro metálico del desagote. Tal vez busque agua. El hombre hace que una gota se deslice hacia ella. Parecería que efectivamente la mariposa acepta el agua. Después se desplaza por el fondo de la pileta, intenta subir por una de las paredes, cae y queda echada de costado. El hombre la endereza y la mariposa vuelve a derrumbarse. Quizá se esté muriendo. Quizá vino acá a morir. Son las 9.40.
En la cocina, en una ventanita alta, hay dos macetas con plantas. El hombre toma suavemente a la mariposa de las alas y, estirándose, la coloca contra un tallo. La mariposa se prende, trepa. Se desliza por el lado inferior de una hoja, se detiene y queda colgada con las alas hacia abajo. El hombre se queda un rato observándola y después continúa haciendo sus cosas. A las 10.30, cena. A las once enciende el televisor durante diez minutos y lo apaga. cerca de la medianoche se desata una tormenta.
Llueve, sopla el viento y al mirar por la ventana el hombre tiene la impresión de que la ciudad acaba de inundarse. Quizá la mariposa lo buscó para escapar de la tormenta. A las dos se acuesta. Se duerme rápido pero se despierta apenas pasadas las tres y va a la cocina. La mariposa no volvió a moverse. Durante el resto de la noche el hombre se acuesta y se levanta varias veces. Amanece y la mariposa permanece colgada de la misma hoja. ¿Sigue viva o estará muerta? ¿Habrá realmente venido a morir acá, en su casa?
El hombre inicia su vida de cada mañana. Desayuna con una taza grande de café y le echa una mirada al diario que le dejan delante de la puerta. La tormenta pasó y amaneció con sol. Alrededor de las 9.30, al ir una vez más a la cocina, se encuentra con una sorpresa: la mariposa cambió de lugar. Ya no está colgada como toda la noche, sino parada sobre una hoja, otra hoja. Ahora, alta contra el resplandor del cielo, los colores de sus alas resaltan. Son anaranjadas, con manchas azules y pequeñas pintas oscuras. También las antenas se distinguen nítidas y sensibles en el contraluz. las idas y vueltas del hombre se reanudan. La mariposa es un pequeño faro en su mañana. También es un interrogante, una esfinge mínima en la ventana de su cocina.
A las diez descubre que otra vez cambió de ubicación. Lo mismo a las 10.30, a las once, a las 11.30 y a las doce, aunque nunca logra sorprenderla en movimiento. A las 12.30 la mariposa no está. Después la descubre aleteando en la parte baja del vidrio. El hombre se queda ahí, viéndola revolotear contra la claridad. Hay algo que debe hacer, pero no está seguro, en él vive una contradicción, la misma que lo acompañó la jornada anterior, durante tantas jornadas anteriores a ésa, mientras caminaba con el nombre de la mujer martillándole la cabeza. Tarda en decidirse. Le cuesta. le cuesta mucho. Por fin se sube a una silla, toma a la mariposa de las alas, abre la ventana y la lanza hacia afuera. Ve cómo se desvanece rápido en la luz del cielo y la imagen le provoca un sentimiento de pérdida al mismo tiempo que una felicidad breve. Todavía se pregunta: ¿hice lo correcto abriendo la ventana? ¿Debería haberla retenido un poco más? ¿Hice bien en dejarla partir de mí definitivamente?


-Fuente: "Señores más Señoras" Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2006







Informe sobre ciego*



*Por Juan Forn


En una película italiana basada en hechos reales que se llama Rojo como el cielo y cuenta la historia de Mirco Mencacci (uno de los mejores ingenieros de sonido de Europa, que se quedó ciego a los diez años), me entero de que en Italia, hasta 1970, había escuelas obligatorias para pibes ciegos: no podían ir a escuelas normales. Mencacci tuvo un accidente a los diez años, estuvo dos meses con los ojos vendados y cuando le sacaron la venda sólo veía una niebla amarillenta, como si todo estuviera fuera de foco. Cuando
llegó al internado estaba convencido, a pesar de lo que le habían dicho los médicos, a pesar de lo que le habían dicho sus padres, de que esa niebla se terminaría yendo si él se esforzaba realmente en hacer foco, y algún día lograría ver con la nitidez con que veía antes del accidente. Todos los pupilos del internado eran ciegos de nacimiento; él era el único que no había nacido así, cosa que lo convertía en el que más sufría la ceguera. En una escena memorable de la película, los compañeros de Mencacci le enseñan a ser ciego; es decir, a no ser inútil siendo ciego: le muestran cómo hacen ellos para bañarse, para comer, para "leer" la cara de alguien al tacto, para subirse a un árbol, incluso para correr. A cambio, Mencacci intenta explicarles cómo son los colores. La escena me hizo acordar la confesión de
Borges a Bioy, al volver de sus primeras conferencias en Oxford en 1963: "En Londres me visitó un ciego de nacimiento. Le pregunté si veía tinieblas, si estaba en un mundo oscuro. Me contestó que no. Yo, si cierro el ojo que ve, veo una tiniebla rojiza. Ellos no tienen conciencia de ninguna tiniebla.
Para ellos, los ojos y la palma de la mano tienen la misma conciencia de la oscuridad. No están en el ahogo en que uno los imagina. Aun cuando carecen de esa especie de tacto a distancia que tenemos los que vemos, no están oprimidos por ninguna oscuridad".
La mayoría de la gente repite que la amistad entre Borges y Bioy "excluía la confidencia" (es una irritante costumbre hablar en borgeano para referirse a Borges). Yo no estoy de acuerdo. Quizá Bioy le daba poco calce a Borges para hablar de sus amores (según su bizarro código de honor, no era aceptable hablar de una mujer anhelada pero, en cambio, era perfectamente lícito acostarse con las esposas de sus amigos). Quizá Borges prefería que no le hicieran confidencias. Pero que él las hacía, y que la mayoría de esas confesiones se las hizo a Bioy, en particular las referidas a la evolución de su ceguera, es evidente para cualquiera que recorra las 1600 páginas del Borges de Bioy. Era Bioy quien lo acompañaba siempre al oculista, a veces incluso lo llevaba a la rastra, por pedido de la madre de Borges, cuando éste se negaba a ir, y muchas veces era Bioy quien pagaba la consulta o conseguía que la eminencia médica de turno atendiera sin cobrarle a Borges.
Es famosa la anotación que hace Bioy en su diario al volver de aquella consulta en 1955, en que le explicaron a Borges que lo que tenía era efectivamente un desprendimiento de retina, pero no total, al menos hasta ese momento: "Cuando volvíamos a su casa, por distracción, casi choqué contra otro automóvil. Me sentí enfermo de disgusto. Un sacudón así podría dejar ciego a Borges".
Las confidencias de Bioy suelen ser a su diario; las de Borges, en cambio, son a su amigo. Como cuando le describe con toda naturalidad (y años después del hecho) la operación en el Cemic de 1956: "El dolor de las inyecciones es tristísimo, mucho más doloroso que en la encía. Te previenen que no te muevas cuando sientas el pinchazo porque si se desvía la aguja podés quedar ciego. Ves las manos del cirujano y después están tan cerca que ya no las ves. Cuando te cortan oís un ruido como si cortaran una seda; es la córnea.
Cuando te sacan la venda ves todo rojizo; es que el ojo está sanguinolento. Después la niebla virará del rojizo al amarillento".
Esperando en aquellos consultorios le contó Borges a Bioy que, cuando su madre y su padre (que era muy mujeriego y muy chicato también), vivían en Ginebra, una tarde él siguió por las calles a una mujer hasta que, cansada del asedio, ella se dio vuelta y le dijo: "¡Jorge! ¿Ni siquiera a mí me vas a dejar tranquila?". Era su propia esposa. El padre de Borges, que terminó su vida ciego, cuando nació Borges le miró ansiosamente los ojos y, al ver que eran claros, le dijo a su esposa: "Está salvado. Tiene tus ojos". Se equivocaba: los ojos de Borges heredaron el color de la madre pero la enfermedad del padre. A los ocho años, le preguntaron qué decía en una lata de té blanca con letras doradas. "No dice nada, es todo blanco", contestó Borges. Lo llevaron al médico. El diagnóstico fue cataratas. Como el padre, y cuatro generaciones de Borges antes, JLB supo en ese momento que se quedaría ciego tarde o temprano.
Lo que nadie imaginaba fue la manera en que aceptó la ceguera. En los años '60 era bastante común, para los que andaban por los alrededores de la plaza San Martín o la vieja Biblioteca de la calle México, encontrarse con Borges parado en una esquina, apoyado en su bastón, esperando que alguien lo
ayudara a cruzar la calle o a bajar al subte. Bioy anota esto que le dice en 1966: "Desde que soy ciego el tiempo fluye de otra manera. Antes, si tenía un rato libre, leía. Me molestaba esperar a una persona en la calle; los insomnios me parecían muy desagradables. Ahora, no. En cuanto estoy solo, en cuanto no hay alguien con quien conversar, estoy en una situación así, de modo que me acostumbré. No me importa estar esperando en una esquina. No me importa tener insomnio a la noche". Que a Borges no le importara no significa que a los demás tampoco. El verano siguiente, en Mar del Plata, dice Bioy: "Los demás no existen para Borges. Se desnuda delante de todo el mundo en la playa, va al baño sin cerrar la puerta, hoy no orinó en la letrina sino en el piso. Por esta mala puntería, con dolor en el alma lo he desviado de mi baño a otro que no usa nadie". Con el tiempo será más triste:
"Borges no ve la clara del huevo frito en el blanco del plato. Durante un tiempo que parece infinito repite el acto de llevar a la boca el tenedor vacío".
María Kodama terminó alejando a Borges de Bioy. Los amigos se despidieron por teléfono, cuando Borges ya estaba en Ginebra. Dos años después, sin embargo, una de las personas que estaban con Borges cuando murió le confesó a Bioy: "Unos días antes sintió la presencia de la muerte. Dijo: Ha llegado.
Está aquí". Bioy preguntó si la había descrito. Le contestaron que sí: "Como algo externo, rígido, frío". Así fue, coincidiendo por casualidad con un semidesconocido en un hotel de Europa, como llegó hasta Bioy la última confidencia que le hizo su amigo de toda la vida.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-126864-2009-06-19.html






Nochebuena*



*Eduardo Galeano


Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-Decile a... -susurró el niño-
Decile a alguien, que yo estoy aquí.


-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi lccnqplm@yahoo.com.ar






EL MAIZAL ENCANTADO*



A Samuel Sánchez, por deslumbrarnos con sus invenciones.


Era como viajar entre dos murallones verdes, erectos y en permanente balanceo, sólo la faja negra del asfalto y nosotros rompíamos esa monotonía especial del maizal, que se unían allá, en los confines, con la traza del camino. Ni pájaros, ni cantos, ni trinos, ni zorrino cruzando la ruta, ni lagartijas aplastadas y secas, nada.
-¿Por estos lugares se vino a vivir el Cina-Cina?
-Si. No le quités la mirada al croquis, que en una de esas por charlar nos pasamos.
-Hay que tener ganas y no se qué en la cabeza, para elegir este paraje para vivir y decir, cuando te mandó el croquis o esa especie de semi mapa en la carta, que le encantaba el lugar. Vaya encanto.
-Lo que pasa que vos no lo conocés al Cina-Cina, es un tipo especial, ya vas a ver, te va a encantar.
-Pero debe ser de antaño, si era conocido del Porfirio, tu Viejo, y ya era nombrado, -insistía la mujer del Negro que viajaba incómoda y medio de prepo.
A pesar de los diálogos que mantenía con su mujer, el Negro se andaba rodeando de silencios, orillaba ese territorio, solo eso, por ahora; pensaba, y pensar así, orillando los silencios, era una señal no visible de que en cualquier momento se rajaba, no cualquiera, desde afuera, detectaba ese tránsito. Todo se mezclaba en el Negro, era un revoltijo de cosas pasadas, presentes, el devenir, como si una cinta transportadora los expusiera, cuestiones mixturadas con anhelos, frustraciones, interrogantes.
El silencio avanzaba. Rumiaba. Le molestaba la incomodidad de su mujer, no entendía nada. Decidió, por fin hablarle del Cina-Cina, en una de esas se calma y lo deja masticar los silencios tranquilo más tarde.
-Es un tipo especial, -comenzó- siempre lo fue. Lo conocí por los sesenta.
Se presentó en la oficinas Centrales del Ferrocarril Belgrano. De entrada, como pidiendo contraseña, me preguntó sí yo era hijo del Porfirio y sobrino del Cacho. Al responderle que sí, que lo era, dio media vuelta y se fue. Al rato regresó.
-Fui al mingitorio, no daba más. Tengo derecho a mear, y en definitiva prefiero pasar por guarango y no que se me reviente la vejiga, además, el aguantar te jode la próstata.
Se paró bien de frente a mi escritorio. Estaba trajeado, por esos tiempos fumaba, de piernas abiertas balanceaba el cuerpo, de manera que su badajo cayera a plomo, y se moviera libre. Se vestía como un ciudadano, pero era un tape (gaucho del noreste), la parada lo denunciaba. Me interrogó, preguntó
por mi viejo y mi Tío, sus amigos, eran amigos del pago, San Cristóbal, al norte de la provincia de Santa Fe. Vaya a saber desde cuando, la misma maestra, los tres ferroviarios. Yo escuchaba. Y lo seguí escuchando desde ese día siempre, en sus cuentos, narraciones, invenciones, en sus fantásticas mentiras; toda una cultura, donde se mezcla la imaginación del que escucha con la del que transmite, en su narración o cuento, y que es, seguramente, parte de la imaginación colectiva. El arte de escuchar y acumular, es primario al de inventar, es que por esos parajes, primero se aprende a escuchar y luego, cuando el escuchador se siente pleno habla, todo un encantamiento.
El Cina-Cina, anduvo y vivió por todos lados, se jubiló en Córdoba, se había hecho medio cordobés, pero seguía siendo un tape.
Enriqueció por esos aires su caja de cosas escuchadas, y en una de esas aparece en Mendoza. Los hijos lo convocaron con sabiduría, querían que sus descendientes, es decir, los nietos del Cina-Cina, aprehendieran cosas que sólo el sabía y podía contar.
-No debe ser para tanto, -dijo la mujer del Negro que se llamaba Isabel- debe ser medio charlatán, engrupidor y encima de andar chocheando; también, con los años que calza, como para no.
-Fíjate en el croquis no sea cosa que nos pasemos, el callejón tiene un cartel que dice: Estación El Maizal. -Mirá el nombre que le vino a poner al callejón, original.
-Lo volví a encontrar en tierras mendocinas. Estaba igual, -mi mujer me fastidiaba, así que decidí seguir hablando- parece que de noche dormía dentro de un tonel con grasa, ni una arruga, lisito, la misma percha, pero siempre tape; andaba medio incómodo con los menducos (mendocinos), no lo entendían, decía: -Fijate mi rutina, me levanto temprano, verdeo en la cocina, hojeo el diario "Los Andes", salgo a caminar, al regresar me dedico al jardín, a los pájaros -me miró y prosiguió, yo comenzaba a abrir la boca en trance de ser pitonizado- Les cambio el agua a los pájaros, es que les puse unos tarritos en las horquetas de los árboles junto a otros con alpiste, mijo, maíz partido, cuando termino la preparación ritual, les silbo y se desprenden de los álamos, aguaribay o los eucaliptos en bandadas y es una sinfónica de trinos; aunque yo esté encaramado todavía entre las ramas invaden el árbol, pasan por encima de mi osamenta y si tengo algún granito de suelto lo picotean, no se asustan. Eso sí, ellos esperan mi silbido y recién se largan como escuadrillas en picada. Me bajo, los miro, los escucho y me digo: -No tenés pajarera Cina-Cina... A veces se descuelga algún atrevido gorrión antes que los otros, lo reto, pero no se vuela, me mira con ese rostro plumudo y percibo sus gestos de avergonzado en el movimientos de sus
pequeñas plumas. El otro día, esperando al menduco que camina conmigo todas las mañana encontré a dos perros atorrantes meándome los rosales. Cuando salí por la puerta que da al patio, embocadura por donde mi mujer me indica que la mateada ha terminado y me raja, ya no me soporta, es el momento
cuando comienzo a volar con mis fantasías mañaneras, tantos años escuchando lo mismo, como para no. Bueno, decía que salía y es cuando sorprendo a dos perros callejeros con las patas levantadas meta mear. Me quedo quieto, por eso de que es muy jodido y hace mal interrumpir el meo de golpe, sea perro o
humano. Esperé. Bajaron la pata y salí. Se sorprendieron. Quisieron rajarse. Les grité:
¡Alto!, quedensé donde están. Se quedaron. Se acomodaron frente a mí, patas y manos abiertas, las cabezas medio gachas y con los ojos bien abiertos. Les dije y bien fuerte: se me sientan -se sentaron-, no les da vergüenza andar meando plantas ajenas, esos son mis rosales. Vean, vean como los cuido, tiene hasta un anillo de algodón en el tronco con DDT para las hormigas, ustedes vienen lo mean y a la mierda el DDT, las hormigas agradecidas, no me vengan con el verso de que quieren marcar territorio.
El menduco que camina todas las mañanas con el Cina-Cina presenciaba la escena desde la iniciación con la boca abierta, un rato más y se le llenaba de moscas. Los perros ante cada afirmación del Cina-Cina se miraban de reojo girando un poco el pescuezo, movían sus cejas, gruñían despacio pero escuchaban atentamente, con la cola tiesa.
-Yo nunca los agredí -proseguía el Cina-Cina-, ni les tiré piedras, ni les puse carne envenenada como algunos hijosdeputa de por aquí, que cuando los vi, fui y los putié, la recogí y la enterré, y ustedes vienen ahora y mean mis rosales, que sea la última vez, ahora tomensen el raje. Los chocos se pararon en posición normal, antes de girar contestaron con dos ladridos, esa fue la respuesta, saltaron el cerco de ligustrines y se perdieron por un callejón.
-He visto todo, -dijo el menduco- usted es igual que Esopo, habla con los animales.
-No, yo no soy igual, él escribió sobre animales, yo hablo con ellos, no se si catea cual es la diferencia.
-¿...?
-No me mire así compadre, entienda, todos somos animales, la diferencia está en la palabra, hay que entenderse, esa es la cuestión; algunos tienen plumas, otros ladran, otros tienen escamas y viven en el agua, yo estoy parado, tomo mate y camino con usted. Digo, ¿comprenderán estos plumudos o
ladradores porqué salgo a caminar con usted?, Yo todavía no, pero, a pesar de todo, lo espero todas las mañanas.
-Al otro día, no se porque cuestión, salgo más temprano al jardín, hago la rutina, regreso a la cocina a tomarme otro verde, estaba fresco, el Tunpungatito enviaba un aire seco. Uno veía desde donde yo vivía, Chacras de Coria, el recorte del cerro precordillerano, azul, muy azul. Cuando estaba adentro siento unos ladridos, salgo y veo, los dos perros atorrantes en medio de la calle, me ven, dan dos ladridos más y corren hasta dos enorme eucaliptos, levantan la pata y lo mean, arañan la tierra con las manos, dos
ladridos más, esta vez si mueven la cola, y se van lo más campantes por el callejón.
-Hasta más ver, les contesté, nos vamos entendiendo. Entré de nuevo a la casa, busqué una palangana vieja de aluminio, la llené de agua y la coloqué debajo del eucalipto meado, donde marcaron su territorio.
-¿Eso te contó el Cina-Cina ese? Vos, seguro que lo escuchaste embobado, y te imaginaste perro o pájaro, menos mal que no habló de lagartijas o de iguanas, ya te veo con la cola larga...
Es mi mujer, no es mala, pero no entiende, es una urbana que no comprende que detrás de ese mundo masivo hay otro, distinto y hermoso, pensaba para adentro el Negro, como iniciando un camino. Al hablar de esa forma, la Isabel, daba la sensación de que un pequeño temor la iba penetrando; debía
ser por la convocatoria del Cina-Cina, el maizal y por él mismo, ya que para ella era un desconocido. El temor a sentirse desprotegida, digo, porque la conozco. Es que uno al vivir en esas inmensas ciudades y educado en ellas, cree ser poseedor de grandes y pequeños pensamientos, pero uno no se da
cuenta que no son de uno, sino de la multitud que cree ciegamente en las fuerzas de las instituciones y de su moral, y no percibe el poder de policía de esas instituciones que te moldean el pensamiento y tu opinión a través de la supuesta protección. Por eso, el valor, la compostura, la confianza, las
emociones y los principios están regidos por esa urbanidad que el mismo hombre ha creado para defender sus intereses. Por eso la existencia de Isabel y de otros, y la mía, -a pesar de haber vivido en zonas rurales, y haber sido educado con sus maneras- en las grandes urbes se vuelve insignificante y se puede vivir únicamente dentro la compleja organización de las multitudes organizadas. Por eso el sólo contacto con la naturaleza, a Isabel, le producía súbitas y profundas inquietudes en su corazón. Es que uno se siente solo, aislado de su especie urbana, a ésto se le suma la percepción de soledad, sus propios pensamientos y las sensaciones urbanas que lo abandonan, porque por aquí, por estos parajes, son inútiles. A la negación de lo habitual, que es lo seguro, se añade la afirmación de lo inusual que es lo peligroso. Miraba a Isabel de soslayo y la veía en franca transformación, un rictus distinto aparecía, duro y profundo. Comencé a aflijirme. No sea cosa que por mis locuras encantadas arruine a la otra
persona que vive conmigo, que es mi mujer, pero que no entiende algunas cuestiones. El paisaje le era extraño, hostil, a lo que se le sumaba, la desconocida personalidad del Cina-Cina.
-Este monte de maíz..
-No es un monte, -le contesté.
-Bosque de...
-Tampoco es un bosque.
-¿Entonces, qué es?
-Un maizal, eso, un maizal.
-¿...?
-El maizal es compacto, uniforme, no tiene lugares ralos, es disciplinado, nacen casi todos los granos al mismo tiempo, sus penachos se mecen como una danza, no es un mar verde y tiene una gran vida interior, es silencioso a las brisas, es una de las plantas más antiguas de América. Guarda en sus entrañas toda la sabiduría de las civilizaciones pasadas y seguía con mis desvaríos.
-Parece que vos fueras de maíz. Mirá que hay que tener ganas de venir a vivir en medio de un maizal en la soledad más absoluta, sin televisión, sin vecinos, ni cine, ni teatro, ni revistas...
-Fíjate en el croquis no sea que nos pasemos...
-No nos vamos a pasar, vamos a llegar. Hace horas que vamos dentro de este callejón de maíz. Vos fíjate en la ruta y en los caminos de la izquierda. Se conversaba, como una distracción. Ella era cada vez más consciente de que todo se volvía inexplicable, al maizal misterioso lo sentía, y esa sensación la hacía insignificante. Una fuerte inquietud avanzaba sobre Isabel, más, sabía por el tiempo que en cualquier momento aparecería el cartel que diría: Estación El Maizal. Venía de muy lejos y sentía cada vez más la aprehensión de desamparo, impresión que nunca había avistado en su mundo interior, y la presunción de que una misteriosa vida albergaba en el maizal. El Negro se tornaba cada vez más silencioso, observaba mortificado el asfalto y el maizal. Sabía que el Cina-Cina enfrentó este cambio con entereza, a pesar de ser un tape hecho y derecho. Enfrentarse con la naturaleza, aunque sólo sean problemas materiales, exige una cuota mayor de coraje y serenidad de espíritu. Ellos dos eran incapaces de una lucha semejantes, venían de otro lado. De otra sociedad, que por otras razones, no de ternura precisamente, había cuidado de ambos prohibiéndole todo pensamiento independiente, toda iniciativa, toda desviación de rutina. Solo podían seguir viviendo a condición de ser como máquinas. Y ahora libres, en medio de un maizal inacabable, no sabían como utilizar su libertad, su verdadera libertad. Sus facultades urbanas no funcionaban, eran inútiles, no detentaban otras, y cuando aparecía el desamparo, no sabían qué hacer. Todo ocurría en silencio. Los dos, al no tener práctica, eran incapaces de pensar por sí mismos, de balbucear un pensamiento nuevo. La aflicción ante lo desconocido los iba abrumando, los hacía impenetrables, aunque en forma desigual. Una especie de arrepentimiento invadía al Negro por arrastrar a la Isabel a esta locura de ver al Cina-Cina. Es que la carta invitación más el croquis los había encantado, era como una expedición de esas que se ven en las películas, que ni hormigas hay en el campamento, donde Deborah Kerr se pasea envuelta en gasas, Steward Granger de botas limpias y lustrosas y presume a la pelirroja y un negro les sirve un whisky con hielo, (¿hielo?).
Aquí por el momento no había hormigas, pero los rodeaba una soledad verde del carajo. Iban cada vez más adentro en ese mar de especulaciones, no había contención alguna.
-El cartel, -gritó Isabel- el cartel, doblá, doblá...
Encararon por el callejón de tierra negra, apretada por el peso de los carruajes de llantas de hierro, cóncava, huellas secas. Aquí sí apareció la vida, pájaros revoloteando, cuises corriendo de orilla a orilla, espantados por el ruido del traqueteo de la camioneta; de pronto, la aparición sorpresiva de algún campesino saliendo del interior del maizal como si fuera un desprendimiento, saludaba con el machete en una mano y con la otra hacía flamear un manojo de maloja, estaba desyuyando los surcos. Otros, les hacían señas de que más allá estaba la Estación, como si supieran que ellos vendrían...
La tranquera era un paso a nivel, como Dios manda, con la barrera y el gancho para el farol, los contrapesos y una campana como llamador. Pintada de negro y amarillo como dios manda, o mandaba. Los privados le cambiaron el color.
El Cina-Cina estaba ahí, sonriente, acicalado, lustroso, con su camperita de cuero, parado a lo tape, con el badajo al medio sintiendo el balanceo en el entrepiernas, los recibió con un abrazo de aquellos, bien apretado, lleno de gusto; sin soltarme le dio la mano a Isabel en forma reverencial, bien a lo tape, respetuoso, los invitó a trasponer el paso a nivel, digo, la tranquera.
-Mi señora nos espera, está desde esta mañana temprano metida en la cocina, no quiere que falte nada. Pasemos, yo voy en la bici, son como doscientos metros hasta la casa. Desde lejos se veía a la estación partida en dos en forma longitudinal, se recortaba sobre el verde maizal que daba al norte;
todo era bien nítido, un andén, las palancas de las señales, una balanza para pesar encomiendas, una carretilla para llevar equipaje, campana, dos faroles de barreras y otros enseres. Todo me intrigaba a medida que íbamos cruzando el cuadro de la estación. Al llegar vi dos letreros, uno en cada costado, Estación El Maizal, recién pintados, con letras y medidas reglamentarias.
Una parte del edificio era la estación, el otro, es decir la otra mitad, la casa donde vivía el Cina-Cina. Los ladridos de los perros alertaron a la señora de Cina-Cina que salió refregándose las manos en un repasador.
-Pasen, pasen, refresquensén un poco, en el baño hay agua limpia y fresca, hay una palangana y toallas, apuren, la mesa está servida. Todo pasaba repentino, como si el tiempo se acelerara. La palangana enlozada como los viejos baños de los coches dormitorios, con el contorno labrado con espigas
de trigo en relieve, y en el fondo, una dama envuelta en gasas o una rosa gigante, toallero, inodoro, ducha, era un baño ferroviario; al ver esto me dije y muy afligido, que algo desconocido y no tanto, aparecería. A pesar de ser ferroviario, presagiaba que se venía un viaje fantástico, digo: viaje, porque uno siempre viaja y sabe de los misterios que guarda el tren y lo que lo rodea, es la alienación del ferroviario, incurables.
Isabel, poco a poco entró en la cocina, se preocupó de los aromas nuevos e ingredientes. Lo miré al Cina-Cina, movía la cabeza y éste me respondió con una sonrisa de tape ladino, como diciendo: después viene lo mejor. Comimos humita en chala, choclos asados, otros hervidos, sopa de crema de maíz, un corderito con ensalada de granos de choclos y porotos, todo bien regado. El Cina-Cina ante mi llegada se había pertrechado de un buen vino. Era la ocasión, se festejaban años de amistad y de reencuentros. La
sensación de soledad fue mermando con la presencia de esta gente, el rostro de Isabel mejoraba, pero a mí me entraba otra intriga, despacio, como un puñal de hielo.
El Cina-Cina sonreía. Esperaba el tape, eran sus tiempos, llenos de pausas, en cambio los míos estaban cargados de ansiedad ciudadana. Años cargando comportamientos tabulados, llevándolos a cabo como si fueran propios, personales, opinaba y creía que mi opinión era original, inteligente, independiente; pero no, opinaba como el aparato de la sociedad estipulaba, decía las mismas boludeces que todos pronunciaban y votaba al candidato de todos, aunque portara otro apellido, que lo parió. Estaba libre de toda atadura y no sabía que hacer con mis manos libres. Liberadas. Con Isabel no sabíamos, éramos incapaces de poner en funcionamiento los mecanismos de la verdadera libertad, que estaba allí, en medio de un maizal. Éramos la inutilidad urbana.
Se durmió la siesta, digo, ellos, yo despierto y elucubrando sobre como el Cina-Cina había superado el cambio de la ciudad al campo, y me preguntaba, ¿qué fuerza interior lo empujó y determinó que ése era su lugar? Cuántos interrogantes. El Cina-Cina dormía. Viejo apodo que le venía de niño. Mi viejo comentaba que era tan flaco que se le asomaban los huesos por la piel como espina de cina-cina, un arbusto espinudo. Yo no sé bien si era de San Cristóbal, pero podía haber nacido por ahí cerca, Huanqueros, Ñanducita, Ceres, porque mi viejo nació en San Cristóbal pero mi abuela Elena, que era
toba, lo anotó en Ceres y por las dudas, porque no se acordaba bien, lo anotó también en San Cristóbal, en Ceres como Pedro Alejo y en San Cristóbal como Porfirio. De grande mi viejo eligió, se quedó con el Porfirio, éste tenía historias. También era contador de historias de ajenas, propias, inventadas, mentirosas y de las que raye, era de la zona, por donde dicen , anduvieron mucho los andaluces. Me arrullé pensando en mi viejo; se mezclaba el sueño, el Cina-Cina, el Porfirio, el maizal y me inquietaban las reacciones de Isabel. Siesteamos, luego mateamos, y empezó un largo viaje narrativo del Cina-Cina ante una pregunta, que él ya esperaba.
-No me llevaba con los menducos, no son mala gente, sólo que no me llevaba, sólo éso. Conversé con ella y rumbié para Buenos Aires. Fui a ver a tus amigos de la Administración de los Ferrocarriles, los que manejan los inmuebles, y como estaban vendiendo de todo, escuché que se vendían estaciones, ¿estaciones? ¡qué los parió! Me atendieron bien. Algunas la tienen las municipalidades, funcionan como oficinas de turismo, otras son museos, las conservan y las han arreglado, otras son criadores de chanchos, otras no las quiere nadie, otras se venden por dos mangos.
-El Negro me dijo que ustedes me aconsejaran.
-Bueno, mirá, aquí hay una que se vende con el cuadro de estación y todo, de barrera a barrera, es mucho terreno. -Macanudo, ¿cuánto vale?
-Casi nada, el precio es simbólico, es casi nada.
-¿Cómo que simbólico?.
-Si, tiene la estación partida, partida por la mitad, en forma longitudinal, hay que arreglarla. Mirá el plano. Está cerca de la Estación Monte Maíz, en medio de un maizal, se te puede hacer llegar luz eléctrica como tenía antes.
-¿Por qué se partió la estación? -fue la pregunta de rigor del Cina-Cina.
-A esa estación la construyeron los ingleses. Aquí cargaban la cosecha del maíz, trigo, cebada; todo el cuadro de estación era un lugar de acopio, en tiempos de recolección era un gigantesco campamento de cosechadores, crotos, linyeras bohemios que no eran otros que anarquistas sembrando sus ideas.
Hacían representaciones teatrales con sus conjuntos filodramáticos, donde actuaban los cosechadores y participaban en la construcción de los guiones para la obra. Cuando fueron a construirla se encontraron con un gigantesco magín...
-¿Qué es una magín?
-Es un inmenso agujero en la tierra, más grande que una vizcachera, algunos tienen fin otros no. Por el medio pasaba la traza de la vía, pero los constructores, creyendo que era peligroso la corrieron y en su lugar edificaron la estación con una base antisísmica, es decir un encofrado de cemento y ladrillo bajo tierra, por medio de este sistema construyeron la estación. En cambio si el tren lo atravesaba, por su estrépito y vibración podía hundirse, por eso desplazaron la traza, para evitar accidentes.
-Sí, pero no me dicen porque se partió longitudinalmente y no transversalmente la estación, eso es lo que quiero saber. Sino, no la compro.
-Nadie lo sabe, solo se sabe que justo por entre los dos edificios pasaba el viejo diseño de traza, entre ellos cabe el gálibo de un vagón de trocha ancha... Aquí el Cina-Cina sospechó. Esto no es cosa de humanos simples, aquí anda el duendaje suelto. Esto es cosa de ellos, están volviendo, y no es casual que yo esté justo con estos planos, en este lugar y que me haya enviado el Negro, no, no es casual.
-La compro, hagan el recibo. Todos sonrieron. Mas sospechó el Cina-Cina del duendaje, se habían soltado, era tiempo. Vine a verla, estaba derruida, la medí con los pasos, trancos largos, pedazos de cañas añadidas, me asomé al magín, y me dije aquí me quedo. Otro se hubiera rajado. Un sulky esperaba
con paciencia, su dueño le aflojó el freno al matungo para que pastoreara, mientras observaba, no se le escapó ni uno de mis movimientos. Regresé al pueblo y le envié un telegrama a mi mujer: empacá todo, que el Ñato te haga la mudanza, encontré el lugar. Y aquí estamos, disfrutando de la naturaleza.
Reparé los edificios, los peones de por aquí me ayudaron, cavaron alrededor del magín, corrieron la Estación con rollizo de troncos, ya que se podía desplazar, la calzamos y como ves, le hicimos un andén. Desde Buenos Aires me enviaron una mesa de auxiliar, un manipulador para el telégrafo, el teléfono de pared y el aparato stays para colocar la vía libre, los arcos para dársela a los maquinistas, el mueble portaboletos, un fechador, en fin, como ves está completa.
Lo miraba y lo miraba al Cina-Cina, porque además era cierto, estaba todo reconstruido, e imaginaba a la vez que algo en mi estadía iba a comenzar.
-Al comenzar la reconstrucción, se arrimaron comedidos para ayudarme y contarme, así es, contar era el interés central de éstos ayudantes, narrar sin afirmar, sino diciendo: ¨dicen que...¨
-Fijesé Don, dicen que en temporada el tren del maíz pasa por aquí. -Dejó colgando el fijesé Don, uno de ellos, el más suelto de lengua. Esperó mi reacción, se la manifesté con rapidez, no iba a andar tanteando, si el había jugado fuerte.
-¿Y cuándo es la temporada?, así nos preparamos, que joder, - dije desafiante.
-Para el fin de la cosecha. Cuando ésta termina, el tren cosechero o el maicero aparece; viene recogiendo la siega en las estaciones acopiadoras. Por eso este inmenso playón. En el galpón esa noche, antes de que pase el último tren, se hace una fiesta, una galponeada como le dicen, con choclo
asado, unos corderitos, vino, se viene el canto y los abrazos de los cosechadores que tienen el mono listo y se van para otra colecta: Algunos se separan, y eso es doloroso, laburando de sol a sol juntos, hablando de a sorbos todos los días, y de noche a tragos largos, y ahora la necesidad los separa, es fuerte el desgarro porque ha sido fuerte la amistad, fijesé Don.
-Entonces, cuánto tiempo tengo ¿ah?
-Veamos, se labra la tierra, rastrilla, se surca, se limpia donde se siembra, aparecen los sembradores, y a partir de los primeros brotes cuente, no es el mismo tiempo cada año, según las lluvias, seis meses, depende, aquí el tiempo se mueve de otra forma.
-Comencé a laburar mirando el crecimiento del maíz, este me marcaba los tiempos, todos los días los observaba, el horizonte se alzaba verde lentamente, y yo, meta aflijirme, -nos contaba el Cina-Cina- y la gente de campo que seguía viniendo a echarme una mano. Aparecieron los maquinistas, ferroviarios no, sino los que manejan las cosechadoras, las trilladoras, las sembradoras, esos. Con ellos creció la solidaridad, y cuando la fecha se aproximó dijeron:¨ nos vamos a la cosecha, esté atento cuando vea que
voltean la trinchera del último maizal, que antes se pone amarillento, -es un aviso- justo por donde pasa la traza de la vía, y los loros ya no revolotean por esa zona, son señales, el tren ya se aproxima, repitieron.
Isabel y yo con la boca abierta. Era la primera tarde del primer día, todos los temores de la ruta, el miedo a lo nuevo se fue diluyendo, nos entraba una especie de encantamiento, incrédulos en un principio, luego, crédulos a medias. Isabel se volvió hacendosa, su rostro se enterneció, dejó de rezongar, a mí me entró por pensar de otra manera. Salía a caminar sólo cuando los interrogantes me atoraban, el Cina-Cina, sonreía, siempre sonreía este carajo, algo veía en mí que yo no percataba. Cada vez echaba de menos más y más lo cotidiano de la ciudad, el club, las librerías, algunas charlas de café, monótonas, estériles, los chismes del laburo, las pequeñas enemistades, la cuestiones familiares, todo se diluía. Isabel ni se acordaba de sus amigas. Verla a ella era un poco como verme en un espejo. Nos renació el amor, la pasión y el deseo de estar juntos, ya no nos abarcaba la histeria diaria que anulaba todo acto de ternura. Era como si todo recién empezara...
-¿Cómo fue el primer tren que viste pasar Cina-Cina?
-Dentro de unos días te cuento, todavía no, falta poco para que te cuente y te transmita, y falta poco para que sientas, no para que veas al primer tren. Comenzó la cosecha...
Pasaron unos días y el Cina-Cina comenzó a limpiar toda la estación, silbando, canturreando. Apartado lo observaba, sino me convidaba al silbo yo me quedaba así, haciéndome el distraído. Cayó la última trinchera de maíz, se amarilló el horizonte y se aplanó, se llenó de máquinas y de ruidos metálicos. Los maquinistas pasaron por medio del playón, ¡estense atento Don! en dos días pasa, ¡estense atento! Partían hacia otro maizal.
-A los dos día, por la tarde, el Cina-Cina preparó el arco de la vía libre, llenó los faroles con kerosén, les recortó la mecha, los prendió y al atardecer se fue solo, sin convidarme, primero a la del sur, luego a la barrera norte. Iluminó la estación, regó el andén, todo estaba listo.
-Hoy pasa el tren. Vamos a comer, de paso les digo algo. Nos sentamos en silencio. Él silbaba, su mujer canturreaba y nosotros intrigadísimos.
-Esta noche pasará el primer tren de la cosecha. Cuando esto ocurra, ustedes se quedarán aquí adentro, porque aunque salgan no lo van a ver, y si ellos los ven y ven que son extraños y no gente preparada, se disuelven, porque se va el encanto, yo les explico después. Eso sí, lo van a sentir, cuando pase el tiempo lo podrán ver, pero para éso falta.
El Cina-Cina era de esos ferroviarios que se había tragado al ferrocarril con gente y todo, con sus fantasías, imaginerías y las esperanzas de décadas. Era su sujeto, y el misterio del tren se le incorporó en todo su ser, como a otros muchos, el misterio de adiós que guarda el tren, se le ampliaba. Es cierto, el tren circula de noche lleno de misterios, va cargado de vida y muerte, de noticias amargas o dulces, se nutre y siembra a su paso. Las mejores historias se desarrollan dentro de él, las más grandes
confabulaciones, asesinatos, amores, con música de fondo que es el traqueteo de su rodar. Sino que le pregunten a la Agatha Cristie, si hasta ella es ferroviaria, ningún otro medio está tan lleno de misterio y encantamiento como el tren, ninguno. Y nosotros, los ferroviarios, éramos parte de ese misterio y de ese encanto. Entendí, casi antes de que pasara el tren, que no por casualidad estaba ahí, que no por casualidad me invitó el Cina-Cina a pasar unos días con él en ese lugar y en ese tiempo, si éste hablaba con los perros, yo era cosa fácil.
Terminamos de cenar, bebimos bien, todo medio en silencio; nosotros mudos, el Cina-Cina y la señora normales, sólo nos miraban más de la cuenta.
Nosotros éramos la preocupación, no el tren, él, ya era rutina en tiempos de cosecha.
De repente comenzó a vibrar todo, suavemente, un sonido de cosas rozándose, el poderío crecía y el roce se transformó en tintineo sin interrupciones, era un tembladeral.
-Es el tren, -dijo el Cina-Cina- no salgan, recomendó de nuevo, tomó el arco con la vía libre y un papel enrollado, como si fuera un mensaje, de esos que les dan a los maquinistas con observaciones, y se paró en el andén de la estación con las piernas abiertas, haciendo balancear su badajo de puro tape no más. El jadeo estrepitoso del tren se aproximaba, era como un ronquido que brotaba de la tierra. Cuando pasó el tren parecía que entraba al comedor, todo un estrépito, el silbato a pleno y un olor azufrado penetró
en la habitación como un vapor, pero no era vapor, era humo de caldera, la locomotora era a vapor. Entró el Cina-Cina sonriente, con la otra vía libre en la mano, la que le tiraron los conductores del tren. Se sentó, se calmó, se tomó un largo trago de vino y por fin nos miró y escuchó nuestro silencio. Eso sí, ni nos acordábamos de la sociedad de multitudes, esto nos superaba.
-Pueden salir, -nos dijo. Salimos. La noche estaba clara, fresca, se iba terminando el verano, se doraban las plantas, y el cielo y las estrellas y la miniatura de uno ante tanta inmensidad, y de qué me caliento si sólo soy apenas un grano de maíz y no entiendo un carajo....
-Mañana la seguimos, trabajé mucho hoy, es el primer tren de la temporada, después todo es rutina, hasta mañana.
Cina-Cina, viejo zorro del monte, nos dejó cargados de interrogantes, nunca en mi vida había tenido tantos. Pero eso de la inutilidad ciudadana frente a la naturaleza se iba acabando, y este acabar era obra de él, me la pasaba reflexionando y hurgando mi vida anterior, todos los días me daba pie. Y la
Isabel andaba cavando estacas para armar un gallinero, punteaba la tierra para sembrar verduras; de noche venía cargada de aromas verdes, uno podía adivinar los andares de su día de solo olerla, de hocicar entre sus cabellos, de verla extenuada pidiéndote amor.
-Buenos días, ¿durmieron bien?, preguntó el zorro. Y estaba mateando sentado en la galería de la casa.
-Escúchame Cina-Cina, anoche escuchamos el tren, no lo vimos, pero ¿y las vías?, y el maizal del norte aún está en pie, nadie lo aplastó, ¿cómo es todo ésto?
-Todo esto tiene que ver con la terquedad de la esperanza, como dice mi amigo Luis, que es de Córdoba. Las vías están ahí, debajo del maizal, el maizal no es aplastado porque se acuesta al paso del tren, si te fijás está medio inclinado, recién para el medio día se pone derechito. El tren aparece y se esfuma con la complicidad del maizal, de la gente que lo habita, de los maquinistas de las máquinas agrícolas, de su solidaridad, de soñar juntos, de recrear lo mejor de nuestro pasado, para no olvidarnos, nunca de nuestras raíces; el maíz es el símbolo de la unidad, de la vida y todo esto alimenta nuestra imaginería, se potencia de tal manera que hacemos regresar el tren, a los crotos, a los anarquistas cantando en los fogones como docentes, llenos de fuego y pasión. Es una manera de vivir, la de no dejarse vencer nunca. Escuchar el tren es un paso, verlo es otro. No dejarse arrebatar ni los sonidos, ni los sueños, ni los cantares, ni el anhelo de ser hombres libres, esto tan sencillo es una proeza, como la pretensión de ver al tren. Isabel y yo, casi en ayunas escuchábamos atentos. Absortos ante las palabras del Cina-Cina, embrujados. No éramos los mismos, nunca más lo seríamos, pero las dudas del mundo nos carcomían. ¿Cómo qué es pura pasión?, si yo escuché el pito de la locomotora, la casa trepidó y percibí el olor a
humo de leña. ¿Era el misterio que guarda el tren, el encantamiento del maizal?, o somos nosotros y nuestra terquedad, esa que portan los ferroviarios hace más de cien años.
-Dicen que por Avía Terai, Rincón del Quebracho, Pluma de Pato, Negro Quemado, Añatuya, Chañar Ladeado y otros lugares, anda apareciendo el tren.
Que los tanques y cisternas tienen agua y que sus mangas gotean de nuevo. Que todo recién empieza, que es cuestión de tiempo, el tiempo de la gente. Como siempre, casi todo se inicia por los sueños, luego a uno le renace la esperanza, más tarde la aspiración por concretarlo y aunque parezca lejano, nada es lejano cuando los hombres y mujeres sueñan sueños que tienen que ver con la vida. Por eso, querido Negro, estás en este lugar, nos cobija el encanto del maizal, el encanto de sus habitantes es tan grande que hace
funcionar el tren, como un deseo fuerte que toma cuerpo y forma, aroma y música en su trepidar, como el que tenemos nosotros, los ferrucas, la gente de los pueblos sedientos, los que se quedaron sin agua, sin poder visitar al de más allá: víctimas de la desconexión entre pueblos...
-¡Frená, frená, pará! estás alucinado, ¿no te diste cuenta de todo lo que hablaste? Tenés los ojos vidriosos, estás tieso. Has hablado sin parar todo el viaje ¿Te acordás de lo que contaste sobre el tren fantástico que pasó por el medio de la casa del Cina-Cina? -¿Te acordás? le reclamaba Isabel a
viva voz para hacerlo volver, se había ido el Negro en el relato o monólogo, o lo que sea. El Negro sintió el reclamo, comenzó a volver, abandonaba poco a poco el territorio de los silencios; frenaba pausadamente la camioneta, pestañeaba de nuevo, salía de una rigidez particular, aspiraba profundo;
retornaba lentamente de algún lugar de silencios que solo él conocía.
Porque a pesar de haber parloteado sin parar, no había sido claro, es que no podía ser claro, aquí no había transmisión oral de una imaginación a otra, el que da y el que espera, el intercambio, la mixtura no se producía, la imaginería colectiva no cuajaba, todo era incoherente. Sus palabras estaban llenas de encantamiento, partían de otro sitio, venían de muy adentro, o de muy afuera, adentro estaba él, afuera el maizal. Detuvo la marcha, y le dijo a Isabel: yo vi y sentí el tren que pasó por la casa del Cina-Cina, por el medio de la estación partida. Vi y sentí el tren, olí el vapor de los cilindros y el humo denso de la caldera. Isabel, acordate, todo oscilaba, todo era vaivén...vos estabas conmigo. La miró, abrió más los ojos y se calló.
El Negro temblaba, estaba como afiebrado, apoyó la cabeza sobre el volante, lo aferró fuerte con sus manos, tomó mucho aire y gritó: ¡qué lo parió, era un sueño carajo! y quedó jadeante, se fatigaba, y en cada espasmo, miraba a su mujer solicitando cariño, afecto, tolerancia. Isabel lo miró con una
inmensa ternura, lo acarició y despacio, paso a paso, lo calmó, lo apartó de la excitación, aprovechó ese momento de sosiego y le dijo:
-Tranquilo, calma, aún no llegamos a la casa del Cina-Cina, todavía vamos por entre los murallones del maizal, descansá, es largo el viaje; es que el maizal y el asfalto se parecen a una larga traza de vía, y esto te confundió, es eso, el maizal y el asfalto te desorientaron y te vino el desconcierto; por eso te alucinaste, digo, te confundiste...es eso, nada más que eso; mejor dicho: es por el maizal y los sueños del Cina-Cina.


*de Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar
-Fuente: Crónicas del Terraplen. La Rosa Blindada. 2002







Correo:


"LOS INÚTILES"


La Delegación en Entre Ríos del INADI invita a la presentación de la obra teatral "Los inútiles", Ganadora del Concurso Nacional "Arte contra la discriminación" Disciplina Teatro- 2009.
El Programa Arte contra la discriminación convocó por segundo año consecutivo a artistas de todo el país a participar, a través del arte, de la construcción de una cultura inclusiva y solidaria.
En la convicción de que la cultura es factor constitutivo de identidad que genera valores y patrones de comportamiento, apostamos a su desarrollo desde el pluralismo y la libertad, para poder vivir en un país que respete y festeje las diversidades.
Estamos convencidos/as de que el uso de los espacios públicos, culturales y artísticos es una herramienta adecuada para sumar a la concreción de la agenda del siglo XXI: la erradicación de la discriminación, la xenofobia y el racismo, el logro de una sociedad justa con valoración de las diversidades y un desarrollo inclusivo.

Jueves 25 de Junio / 21:00 hs.
Centro Cultural Juan L. Ortíz

Un zorrito pequeñito pero muy feroz habitaba la campiña. Tenía patas y cabeza muy pequeñas. El resto no. Sus ansias voraces eran desmedidas en relación a su pequeña osamenta. Pero eso no lo desalentaba... se devora 15 vacas en una mañana…


Actúan: Guillermo Vesco, Carolina Rodríguez, Cristina Witschi, Oscar "Beto" Lescano, Alicia Herman y Amelia Uzín

Iluminación: Pablo Rolandelli y Oscar Lesa
Música Original: Sergio Scacchi
Espacio escenográfico: Pablo Rolandelli
Dirección: Oscar Lesa
Producción: Metamorfosis



Paraná, 19 de junio de 2009.
*Cristina Ponce. Delegada en Entre Ríos del INADI

El INADI tiene a disposición la línea telefónica gratuita 0-800-999-2345 durante las 24 horas para brindar un servicio de asesoramiento y recibir denuncias sobre actos de discriminación.
INADI / Entre Ríos: 25 de Mayo 114 - Paraná - Teléfono 0343- 4232034 - e mail entrerios@inadi.gov.ar
Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo
Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos
www.inadi.gov.ar




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Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 21 de junio de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Luis Ochoa. Las poesías que leeremos pertenecen a Jaime Saenz (Bolivia) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una
feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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INVITACIÓN


El día 2 de Julio 2009, a las 18:30 horas, se realizará el concierto de premiación del 3. Concurso de Composición XICöATL „Ziehender Stern“, para piano.

Lugar: Museo Barroco
(Mirabellgarten, Salzburgo)

(Serán interpretadas las obras ganadoras y también las que merecieron una Mención de Honor.)

Obras:

„Muwieri“, para piano, de Laura Puras Braceras (España),

„Erosiones“, para piano y electrónica, de Jorge Sad (Argentina),

„Paisaje aéreo“, para piano y trío de cuerdas, de Víctor Ibarra Cárdenas (México),

„Fragmento para dominar el silencio“, para piano y trío de cuerdas, de Juan Pablo Carreño (Colombia),

„Una Visita nocturna a través de Ciudad de México: o cómo asustarse a morir“, para piano, de Andrew Glover (Inglaterra),

„Tumbao“, para piano y electrónica, de Miguel Farías Vásquez (Chile).

Más informaciones en: http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067





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