Saturday, June 20, 2009

A HILVANAR PERLAS DE NAFTALINA...



-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


Caminamos*



Por las obtusas calles de lo cotidiano
caminamos.
Sin nadie a los costados,
con una incomprensible guía en el bolsillo
y una no menos incomprensible fe en nuestro itinerario.


Alrededor hay rostros que nos miran con desconfianza,
acaso horrorizados
o interrogantes,
o indignados,
o con fingido espanto santiguándose ,
y en todo caso, ajenos, del otro lado de la vía.


Pero en cualquier esquina nos asalta
el rostro cómplice que nos contempla con cierta admiración
y cuya sonrisa nos empuja a seguir dibujando senderos
para los pies descalzos del mañana.


Y entonces la nieve en los zapatos ya no resulta tan pesada
ni vacilamos ante los inclementes empujones
o las mezquinas zancadillas que se van alzando a nuestro paso.


Aun así, las calles son las mismas que nos vieron
echar a andar en una madrugada yacente en el olvido.


Tal vez no hagamos más que dar vueltas en círculo,
erráticos vaivenes en la oscuridad.


Y sin embargo, caminamos,
sin nadie a los costados caminamos,
con una obstinación quizá heredada
de aquellos otros que algún lejano día caminaron
forjando sin saberlo caminos útiles,
ciudades habitables y espíritus.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com





A HILVANAR PERLAS DE NAFTALINA...




E L L A*



¿Por qué siempre terminaba haciendo lo que no quería? Esa pregunta le bailoteaba en el cerebro como un letrero luminoso. Luchaba, se deprimía, a veces hasta discutía pero siempre pasaba lo mismo: ¡terminaba haciendo lo que no quería!
Cuando se embarcaba en algún proyecto propio, nadie le decía que no, nadie abiertamente se lo impedía, pero ni bien comenzaba a dar los primeros pasos surgían los inconvenientes, las trabas, las dificultades, hasta que cansada de tanta lucha terminaba dejado todo de lado.
Recordaba claramente cuando se propuso estudiar inglés; tanto Martín, su marido, como Clarisa, su hija, se mostraron encanados, hasta pensaron que podían aprovechar ese conocimiento para algunas traducciones que ambos necesitaban.
Clarisa le trajo planes de estudios de distintos Institutos para que eligiera; todo ese entusiasmo le dio fuerzas y se lanzó “al agua”.
Comenzó a concurrir a un establecimiento que quedaba cerca de la casa; todo encajaba a la perfección: los horarios, la cercanía, una vecina que también hacía el mismo curso y la llevaba y traía en su auto. ¡Lunes y jueves, de tres a cuatro de la tarde! ¡Nada ni nadie la necesitaba! Fueron dos semanas maravillosas y ella era feliz, pero llegó la tercera semana; ese martes Clarisa la sacó de la cama a las siete de la mañana, ni siquiera se levantó, le gritó desde su cuarto.
- ¡Mamá! ¿Puedes venir?
El llamado la sacudió, tuvo miedo. ¿Qué hacía Clarisa en la casa? Normalmente se iba al trabajo a las siete y treinta sin desayunar – cosas de la silueta -, por lo tanto ella no se levantaba hasta las ocho.
- Llama a la oficina y diles que estoy enferma así envían un médico – volvió a gritar su hija.
Ella se lanzó de la cama más asustada aún.
- ¿Qué te pasa? ¿Qué sientes? – preguntó atropelladamente.
- No, nada; mañana me voy a reunir con el grupo para planificar las materias que vamos a rendir en julio y necesito por lo menos dos o tres días.
Por un lado su preocupación disminuyó pero una sensación vaga, un cierto presentimiento comenzó a tomar cuerpo en su interior.
Ella hizo la llamada y como ya se había desvelado se puso a ordenar la casa. Clarisa siguió durmiendo. Después del almuerzo que su hija tomó en la cama, y cuando terminó sus labores caseras, ella se arregló para concurrir a su clase de inglés.
- No puedes irte ahora – reaccionó Clarisa cuando la vio preparada para salir. – Si viene el médico ¿quién lo va a atender?
- Pero yo no puedo perder mi clase... – balbuceó ella.
- ¡Mamá! – la muchacha había vuelto a su tono suficiente. – No se va a acabar el mundo porque no concurras un día a tu clase de inglés, en cambio, si viene el médico y me levanto a recibirlo, no me va a querer justificar los tres días que necesito para estudiar. No creo pedirte mucho.
Y así comenzó a tener que dejar de lado su proyecto. Después de un mes que por distintos motivos (ajenos) no pudo concurrir a clase, su marido y su hija se enojaron con ella porque decidió no asistir más.
La última claudicación fue una pareja de perros ovejeros; a Clarisa se le había ocurrido traerlos, ella no los quería porque había poco lugar en la casa y sobre todo porque sabía que su hija no los iba a cuidar y se convertirían en un motivo más de esclavitud para ella. En un principio dijo que no les iba a dar de comer pero sintió lástima y ya de nuevo estaba haciendo lo que no quería
Esa mañana no sabía por qué sus cavilaciones la sumergían más que nunca en un pozo negro. Tenía ante sí el suplemento que el periódico trae los domingos y que no había podido leer el día anterior, lo ojeaba pero no lo leía; de pronto sus ojos se detuvieron en un aviso remarcado: “LOGRE CONTROL MENTAL. Consulte a...”
Fue como la lamparita roja de un semáforo, se prendía y se apagaba; cerró la revista y la dejó de lado, pero al poco rato estaba buscando nuevamente el aviso.
- Si pidiera un turno – se dijo – tal vez me ayudaría a sentirme mejor... ¿Por qué no? Nadie tiene por qué enterarse.
Sin darse cuenta se encontró junto al teléfono discando el número. Una voz muy acogedora contestó su llamado.
- Qui...quisiera saber...sobre el aviso del periódico... ¿Qué es? ¿De qué se trata? – Ella vacilaba, tenía miedo.
La voz acogedora explicó algo, no entendió bien qué, sólo retuvo que le dio una cita; colgó y se quedó largo rato junto al teléfono.
- No iré – se dijo al fin, - debe ser una estupidez. ¡No iré!
Después comenzó a moverse por la casa tratando de olvidar lo que había pasado y sobre todo, negándose a imaginar lo que podía pasar.



# # #

Fue la primera vez que no habló de sus cosas con nadie, en realidad trataba de no pensar. Y el día llegó, se levantó diciéndose a sí misma: “!No iré!”, pero había algo que la impulsaba, algo que la hizo arreglarse para salir y no faltar a la cita.
Al llegar a la dirección indicada volvió a vacilar, giró sobre sus pasos para irse pero no pudo hacerlo y entró. Se sentó en el borde de la silla lista para salir corriendo pero la atmósfera que allí se respiraba la fue tranquilizando. A los pocos minutos llegó una muchacha que se dirigió a ella como si la hubiera conocido de toda la vida, la hizo pasar a una habitación donde un hombre algo mayor le salió al encuentro; su nombre en ese momento se evaporó en el aire, no lo pudo retener.
- Creo – dijo después que ambos tomaron asientos – que venció su indecisión y concurrió a nuestra cita, se siente más tranquila, ¿verdad?
- Si – contestó ella – yo estoy muy mal y ...
- Nada tiene que explicar aquí, usted necesita hallar un nuevo camino en la vida, dejar de lado todo lo que la limita y comenzar a hacer lo que realmente quiere. Está cansada de lo digitado, de lo impuesto y más que nada, está cansada de ceder siempre. Aquí va a encontrar ayuda, o mejor dicho, usted misma se va a ayudar para lograr lo que quiere.
Cuando volvió a su casa todo parecía diferente y se impuso a sí misma no comentar con nadie lo que había iniciado, su mente sólo debía estar fija en el día y hora en que comenzarían las prácticas.
Cuando su marido y su hija volvieron esa noche la miraron con algo de curiosidad, ella era tan transparente que se notaba que algo no estaba en su lugar, pero todo fue como siempre, pasó y volvieron a meterse dentro de sus respectivos proyectos.
Las prácticas comenzaron, durante una semana ella salió de su casa rumbo a otro mundo; el grupo en el que había sido incluida la recibió bien y la ayudó a que perdiera el resto de aprensión que aún le quedaba. Y los logros comenzaron a hacerse evidentes; le asombró notar de cuánto era capaz. Al terminar el curso era otra mujer, tuvo la sensación de que estaba protegida por una muralla invisible, ya nada podía perturbarla. Luego, todos los días realizaba las prácticas en su casa y sus éxitos aumentaron en forma asombrosa.
Para descansar había elegido un paisaje marino, el sol tibio del atardecer, el ruido del mar acunándola y nadie a su alrededor. Allí se refugiaba todas las veces que podía, pero ese paisaje fue atrapándola día tras día hasta que comenzó a costarle el regreso; cuando lo notó redobló el esfuerzo para que no ocurriera y aunque a regañadientes volvía.
Martín y Clarisa comenzaron a mirarla con extrañeza, algo pasaba pero ¿qué? Ella se daba cuenta que por momentos ambos la observaban con un enorme signo de interrogación en los ojos, pero ya no importaba, por primera vez era feliz, muy feliz; el único problema era el regreso, lograr volver cuando iniciaba su “viaje astral”.



# # #

Esa tarde de invierno Clarisa llegó antes de su horario habitual; hacía mucho frío y pensó que no le vendría mal acostarse temprano y cenar en la cama. Cuando abrió la puerta de entrada le asombró que todo estuviera en tinieblas, era raro que su madre hubiera salido, no le había dicho nada. Entró y fue directamente a su cuarto, se preparó la cama para acostarse pero sintió hambre y se dirigió a la cocina. Tuvo la sensación de que algo no estaba en su sitio y siguiendo un impulso se encaminó a la habitación de su madre, al encender la luz quedó paralizada, ella estaba tendida sobre la cama. Se acercó despacio presa de un súbito pánico, tuvo que hacer un esfuerzo para tocarla y respiró aliviada, su cuerpo tenía calor; pensó que estaba dormida y la sacudió con suavidad, pero no despertó. Esto volvió a alarmarla e insistió más fuerte, pero nada.
Ya su miedo había alcanzado niveles nunca experimentados, corrió al teléfono y llamó al médico, luego volvió al lado de su madre y se quedó mirándola sin saber qué hacer; reaccionó cuando sonó el timbre de la puerta de calle.
El facultativo entró, la calmó, se dirigió al cuarto de ella y comenzó a auscultarla; a medida que lo hacía su rostro reflejaba cierta extrañeza.
- No sé que pasa – dijo -, aparentemente todo está bien, sólo noto un descenso del ritmo cardíaco pero que no justifica el estado de inconsciencia.
Por primera vez Clarisa tuvo miedo por su madre, por primera vez supo lo que era angustiarse por ella.
Martín llegó en ese momento, también él comenzó a experimentar sensaciones inéditas, no recordaba que su mujer se hubiera enfermado alguna vez ni siquiera simples resfríos.
¿Cómo podía entender lo que estaba pasando?
El médico le aplicó una inyección para reanimarla pero las horas pasaron sin que se produjera ninguna reacción. Dieron las doce de la noche en el reloj de la sala y todo seguía igual. Ante tal desconcierto y al no poder emitir un diagnóstico probable se decidió internarla en un sanatorio. Pasó una semana y no hubo variantes; Clarisa y Martín iban todos los días a verla esperando una reacción positiva pero nada pasó.
En la casa todo había cambiado para ambos; la hija tuvo que reemplazar a la madre en su conducción y el hombre se convirtió en una sombra que iba y venía sin sentido.
- ¿Por qué ha ocurrido esto? – se preguntaba.
Después de quince días de internación y de haberle practicado un sin número de pruebas que dieron resultados normales, el médico aconsejó volverla a la casa y designar una enfermera para su cuidado. El diagnóstico dado era confuso: “Podría tratarse de un síndrome catatónico o una crisis histérica o ...” y así se sumaron varios cuadros que no aclaraban nada, ella seguía en el mismo estado.
Comenzaron a pasar los días; Clarisa tuvo que aprender en poco tiempo lo que su madre hizo durante años y muchas veces se dijo a sí misma: “No sé cómo mamá pudo hacerlo todo sola”. Y ocurrió que comieron sin pan porque ella olvidó comprarlo o se quemó la comida en el horno por exceso de calor. Martín al principio protestó, después ya no dijo más nada; cuando estaba en la casa deambulaba por ella parándose de tanto en tanto en la puerta de la habitación donde su mujer descansaba, la miraba con una expresión vaga y se iba; por las noches casi no dormía, se sobresaltaba ante el menor ruido, le parecía que ella despertaba y le hablaba, pero no, todo seguía igual.
Pasó un mes. Todas las mañanas concurría la enfermera que cuidaba de la paciente, la higienizaba y alimentaba pero lo asombroso era que su aspecto parecía saludable, impresionaba como si sólo estuviese dormida.


# # #

Mientras tanto, tendida sobre la arena, una mujer disfrutaba el tibio calor del sol de ese atardecer interminable; el cielo era azul, placidamente azul y el mar acunaba con su sonido de vaivén...



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







MUSA FUERA DEL REBAÑO DE MUSAS




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



LOS BIENES

Fácil sería detenerla, atarla al respaldo de la cama, obligarla a permanecer en lo correcto, porque la musa soledad no corre, no grita, no se venga, sino que avanza lentamente por las calles de la ciudad. Mientras las musas envueltas en celofán son intocables porque miran el costado prestigioso, ella se detiene a contemplar los escondites, a escuchar los ruegos, a penetrar agujeros, y de todo lo demás.
La musa soledad no habla demasiado porque no le gustan las conversaciones sino las palabras en sí mismas. Tampoco lleva consigo grandes cosas porque los bienes que guarda no ocupan espacio, ni tienen cerraduras, ni protegen de la lluvia, ni calman el hambre, aunque despiertan cierta alegría, cierta belleza, cierta ternura bestial. Pero también es cierto que tiene problemas para pagar el taxi, el boleto del colectivo, las estampitas de los bares, pues lo único que sabe hacer la musa soledad es despertar ciertas cosas que no valen ni un centavo.


LOS BALDES

En las noches solitarias, salen las musas a establecerse, a rimar lágrimas buenas con besos buenos, a hilvanar perlas de naftalina, pero la musa soledad es solitaria. Bebe para acompañarse, para ponerse en estado de ensoñación y soltar la lengua de gitana hasta decir, por ejemplo, que todos los pétalos de la luna tienen el perfume de una misma flor. Y con sus lentas cadencias de musa somnolienta, escribe como si el cielo bailara hasta que un astro muerto cayera entre las hojas.
Por ser musa migratoria, conoció la belleza de las mujeres que oscilan entre los polos del destino y de la suerte, y cuyos senos, como dos baldes de leche, por cuestiones de corazón o yugo, bambolean, chocan, estremecen.



LOS ABRAZOS

Allí donde hay olor a vida derramada, la musa soledad encuentra un territorio. Donde hay un pájaro se hace vuelo. Donde hay una boca se siente nardo. Los bólidos terrestres, los florones que usan Chistian Dior y las vampiresas que viajan a Miami, mueren con la boca abierta ante semejante soledad.
La musa soledad se echa a rodar trastabillando en su propia turbulencia y escuchando su respiración de criatura desmelenada. En las noches solitarias coloca un amante en el lugar del padre, una mancha en el lugar de dios. Cuando el amante y dios se marchan le resulta útil haber aprendido el lenguaje de las estrellas húngaras, y la blandura de la boca busca otra blandura fuera del rebaño. Por eso es reverenciada. Por eso las ninfas dulcísimas no disimulan su amor como ella no disimula sus formas raras. Quién las ha visto lo sabe: saltan chispas y astillas de oro derretido cuando las ninfas y la soledad se abrazan.


LAS PUERTAS

La musa soledad no tiene miedo. Entra al alma por la puerta de la carne y entra a la carne por la puerta del alma. Ni recuerda que por las veredas del infierno se arrastran los esposos. Ni recuerda que las musas de celofán cosen con un hilo de temor la boca obstinada del silencio. Parece ignorar, incluso, que ella es una de esas criaturas inútiles y perjudiciales que sólo están en este mundo para corromper y ser amadas.
Ella no ve el mundo como las otras musas lo ven. No bebe de la misma fuente, ni copula bajo la misma luna, pero habita en él. Y es en ese mundo donde despierta una sed de montaña. Cuánto más bebe, menos calma su sed. Todos los domingos ocurre lo mismo, sin contar los días de la semana. Hay que ver qué caudalosas son esas mínimas libaciones de montaña.



Y SIN EMBARGO

Dulce provocadora de naufragios, la musa soledad se acuesta en las playas de arena imaginaria y a la hora en que los astros desaparecen, vuelve a su casa sintiendo bramar los autos salidos del infierno, las matronas que empiezan a despotricar, las moscas que buscan los desagües, el dinero que comienza a babearse, los fantasmas diurnos que se orinan los pantalones, las musas de celofán que se acomodan en los estantes de las librerías con la pollerita larga y las piernas juntas.
En cambio todo cuanto acontece a la musa soledad, es escritura. Con palabras puede convencernos de que el rocío es el esperma del cielo. Puede interrumpir por unas horas el transcurso maquinal de la jornada. Y sabe bien que no hay obligación de escribir la vida, de leer el mundo. Sabe bien que la poesía está encarcelada. Sabe muy bien que la metáfora no cura, no alimenta, no usa toga, no gobierna ni clausura. Nada de eso es novedad para la musa. Ninguna queja es novedad, ningún lamento, ninguna pena, ningún hastío, ninguna palabra es novedad, y sin embargo.



-FUENTE: Contratapa Rosario12 del 20 de junio 2009
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar







La Carolina*
-Del Inventren 2005-


Era una morocha de rulos, de profundos ojos negros, que siempre lucia un elegante pero antiguo vestido de seda color rosa, desbordante de volados, perteneciente a alguna de sus abuelas, y se peinaba con flores frescas sobre sus sienes. En el pueblo todos sonreían al verla pasar, ya que su alegría
contagiaba a cualquier vecino con quien se cruzara, siempre rumbo a la estación de trenes. Todos allí la conocían como La Carolina.
-Ahí va La Carolina / oliendo a naftalina -canturreaban por lo bajo los chicos de la cuadra, ocultando sonrisitas socarronas al verla pasar por la vereda de enfrente, sin que ella se inmutara, siempre sonriente, ajena a los cuchicheos.
Nadie sabía muy bien cuál era el motivo de su felicidad permanente, como tampoco existía alma alguna que la hubiese visto triste o enojada, ni conociera acaso sus verdaderos sentimientos. Sólo sabían que era una de las tantas hijas de Don Nemesio Nicolaides, aquel esquivo patrón de estancias de quien se contaban las más disparatadas historias, desde las más terribles hasta las más gratas, sin que nadie pudiera definir al personaje en una sola faceta.
Renuente de casar a sus hijas, se vanagloriaba de que ellas eran "todas puras", desafiando abiertamente a quien sostuviera o incluso insinuara lo contrario durante aquellas verdaderas fiestas populares que se organizaban en los campos de la familia, cuando se transmitían algunos de los partidos importantes del campeonato local, o las peleas de box donde combatían los campeones nacionales, o incluso cada uno de los capítulos de determinados radioteatros, siempre a la misma hora. En tales ocasiones, casi la mitad del pueblo se congregaba en varias hileras de bancos de madera, bajo la copa de los árboles, para disfrutar del espectáculo a través de la atenta escucha del único aparato de radio a galena que existía en la región, mágico y suntuoso.
Hacía ya algunos años que Don Nemesio era una incógnita para el pueblo -en caso de que aún estuviera con vida, recluido en su ancestral estancia colonial-, y La Carolina, en su aparente inconsciencia, cumplía casi al pie de la letra con aquel folclore familiar, conservando el misterio mediante su mutismo.
Casi nadie la había escuchado hablar desde que se hizo mujer.
Algunos hasta creían que era sorda. ¡Quién sabe.! Lo que todos aseguraban era que no se comunicaba, salvo por miradas, carentes de intensidad. A menos que marchara triunfante hacia la estación.
El expreso de las 17:15hs. pasaba todos los días, aunque sólo tres veces por semana -pocos años antes de que discontinuaran el servicio- transportaba pasajeros. En estas ocasiones, La Carolina se acercaba hasta el andén y lucía su sonrisa más radiante, contemplando con la mayor de las expectativas hacia las ventanillas de los vagones, saludando con la mano en alto cada vez que la formación partía o arribaba. ¿A quién esperaba? Nadie lo sabía. Se rumoreaban muchas cosas: la mayoría se inclinaba por imaginar algún amor secreto, cierto pretendiente que le prometiera casamiento años atrás y volviera a cumplir puntualmente con su palabra. También podría estar aguardando la llegada de alguna parienta muy querida, o quizá la llegada de alguna encomienda cuyo misterioso valor sólo ella y el remitente podrían conocer.
Sus hermanos varones habían emigrado hacía ya una larga década, buscando conchabarse como trabajadores golondrina, y nunca se los había vuelto a ver. Había quienes decían saber que habían cometido algún delito inconfesable y permanecían cumpliendo una larga condena a la sombra. Otros
aseguraban haber escuchado rumores de alguna pelea a cuchillo en un almacén de ramos generales, donde los hermanos se habían trenzado entre sí ante la aparición de una ardiente pollera, yendo a parar juntos al cementerio. ¿Por qué, teniendo una propiedad agropecuaria importante, los hijos varones habían abandonado el hogar? ¿Sería la crueldad del padre tan cierta como se fantaseaba? Lo que sí se sabía era que las apariciones de la familia por el pueblo siempre eran fugaces y a escondidas, con miradas torvas y actitudes muy poco sociales. Se limitaban a rodar en un sulky que había conocido épocas mejores, proveerse de mercadería, pasar por el correo y volverse a la estancia. Los negocios agropecuarios parecían no tener cabida con los empresarios o comisionistas del pueblo.
La Carolina, en cambio, arribaba siempre sola y a pie. Siempre con su mismo vestido antiguo, fuera invierno o verano, lloviera o brillase el sol. A veces se abrigaba con alguna mantilla, también rosada y vetusta.
Viéndola con detenimiento, parecía escapada de una fotografía en sepia, aunque su semblante no reflejase más que frescura y vitalidad.
Hasta que un día, a bordo del expreso de las 17:15hs., arribó un muchacho cuya fugaz existencia no estaba en los planes de nadie. Ni siquiera en los de La Carolina, si es que alguna vez había fantaseado con tal posibilidad.
Se llamaba Rodrigo Fuentes y era viajante de comercio.
Distribuía mercaderías en auge para la época, pero ninguno en el pueblo consiguió adivinar qué clase de productos representaba por aquella zona.
Sólo se supo que arrastraba fama de tipo elegante, entrador y buen mozo, y la mayoría de las jovencitas que lo vieron bajar del tren, con su traje gris perla, su maletín y su chambergo, cayeron prendadas de su encanto, suspirando embelesadas.
Sólo que allí también estaba La Carolina, y los ojos claros de Rodrigo Fuentes, en vilo sobre el estribo del vagón, fueron capturados de inmediato por aquella delgada y atractiva silueta con olor a naftalina. La muchacha, sin embargo, se mantuvo en su actitud habitual, saludando a los pasajeros que se asomaban por las ventanillas del expreso, ignorando la retribución de dichos saludos, como si los destinatarios nunca hubiesen estado allí.
Descendió del tren flotando sobre una nube de ilusión, incapaz de concebir la existencia de mujer más hermosa que La Carolina. Supo de inmediato que debía hacerla suya, casándose con ella, o incluso raptándola y escapando en mitad de la noche, atravesando los campos en una huída salvaje,
cargando con la chica sobre sus hombros, luciendo una desquiciada mueca de satisfactoria lujuria.
El silbato del expreso marchándose a sus espaldas lo hizo regresar a la realidad, para contemplar el hermoso perfil de la muchacha volviéndose y marchándose del andén de la estación. Rodrigo Fuentes no podía dejarla escapar. Atravesó la estación, seguido por los sonoros suspiros de
las muchachas del pueblo que lo contemplaban casi babeantes, y apuró el paso hasta darle alcance, cruzando a medias la calle.
Impulsado por lo desconocido, la tomó por la muñeca, deteniéndola. Ella se volvió y lo miró a los ojos, intrigada, aunque sin perder la sonrisa. La desnuda mirada de él revelaba una honda turbación,
imposible de disimular. Y aunque sentía la boca pastosa y el corazón le galopaba desbocado, el turbado viajante de comercio balbuceó:
-Sos. sos la mu-mujer. más her-hermosa que conozco. Te. Te amo.
Y acto seguido, le rodeó la cintura con un brazo, soltó el maletín para quitarse el chambergo y rodearle los hombros con el brazo restante, y le estampó un profundo y prolongado beso en la boca, ante el cual ella permaneció impávida, dejándolo hacer, sin siquiera reaccionar.
Las exclamaciones de sorpresa y estupor se oyeron por todos los rincones. No hubo quién entre los presentes no se sintiera conmovido ante lo que presenciaba - en su mayoría, cada uno por su lado, experimentaba algo similar-, no sólo por lo extraño de la escena, sino porque -a pesar de lo improbable de tal sensación- lo que ocurría traía consigo quizá todo el peso de la desgracia.
Hasta quizá hubo alguien, entre tanto testigo, que recordase la fatídica sentencia de Don Nemesio Nicolaides: "Todas ellas son puras". Y no existía hombre que se les pudiese acercar. ¿Ni siquiera sus hermanos?
La muchacha abrió los ojos al culminar el beso, y miró al viajante con expresión asustada, como si el beso de aquel improvisado Príncipe Azul la hubiese despertado de un bellísimo sueño para arrojarla de lleno en una pesadilla tan atroz que ni ella misma podía determinar su origen o alcance futuro. O quizá, hubiera vivido inmersa en tal pesadilla desde siempre, y sólo ahora se percatase de ello, incapaz de digerir la noticia.
La Carolina emitió un ahogado quejido y se estremeció en los brazos del recién llegado, como si un lacerante dolor la obligase a apartarse de él. El viajante deshizo el abrazo y la contempló absorto, sin recuperarse aún de la fresca humedad de aquellos labios. La muchacha se alejó de él dando pequeños tropezones, sin darle la espalda, con una inusual mueca de susto y dolor, hasta que por fin se volvió y echó a correr por la calle principal que salía del pueblo, en dirección a la estancia familiar.
Los testigos eran cada vez más numerosas, y sobre todos ellos se cernía un funesto ambiente de premonición.
Rodrigo Fuentes, incrédulo, la contempló alejarse sin saber qué hacer, ni tampoco pudiendo apartar su mirada de aquella espalda que se alejaba en línea recta, con la mantilla caída y aleteando sobre un costado, y extrañas marcas rojizas impregnadas en aquellos lugares del vestido donde
él había apoyado sus manos.
Aunque le demandó un enorme esfuerzo, con el paso de los segundos la pavorosa imagen comenzó a hacérsele posible hasta el punto de llegar a espantarlo: el dolor experimentado por aquella mujer estaba motivado por heridas recientes que le cruzaban la espalda y teñían el dorso de su antiguo vestido con el inequívoco rastro de la sangre.
Aquella muchacha había sido azotada con un látigo; no sólo una, sino muchas veces.
La pujante sensación erótica experimentada por Fuentes cedió violento paso a un odio irracional. Ni siquiera conocía a esta mujer, apenas había llegado a un pueblo que visitaba por primera vez, y sin embargo las emociones percibidas en escasos segundos eran de una profundidad inaudita.
Sentía que algo había cambiado dentro de sí desde entonces, quizá para siempre, pero que no le alcanzaría sólo con saberlo. Tendría que hacer algo al respecto. Algo que lo cambiaría todo.
Como en todos los pueblos, las noticias escandalosas vuelan de labios a oídos en cuestión de instantes. Y para cuando Rodrigo Fuentes recorrió las escasas cuadras que lo separaban de la estación al único hotel, regenteado en la misma oficina de correos, el empleado ya lo miraba con expresión de curiosidad y complicidad a un mismo tiempo.
Fuentes no sólo pidió una habitación. También quiso saber, sin dudar ni un instante, dónde podía encontrar alguien que le vendiese un arma de fuego. Con municiones, claro está. Tal vez todas las que pudiera conseguir.
El empleado, quizá experimentando la misma sintonía mental que parecían haber sentido todos los testigos de la escena anterior, extrajo un pesado y oscuro Smith & Wesson de debajo del mostrador y lo apoyó sobre la lustrada superficie de madera, con la culata dispuesta para que Fuentes la tomara. No emitió palabra, ni exigió un precio por él. Simplemente lo entregó, como si sus actos estuviesen predestinados desde hacía muchos años, dispuestos a ser ejecutados cuando el destino así lo dictase.
Fuentes lo miró a los ojos unos instantes, con una comprensión inmediata de la situación, y manteniendo el pesado silencio que lo rodeaba desde que bajara en el pueblo, apenas unos minutos antes, tomó el arma con mano segura y se la guardó en el cinto, contra la cadera, oculta detrás del bolsillo izquierdo del saco. Dejó el maletín sobre el mostrador, aún sin haber firmado ningún registro donde constara su nombre alquilando una habitación -sin haberla pagado siquiera-, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza hacia el empleado, y se marchó con rumbo desconocido.
En las afueras del pueblo, algunos jinetes comentaban extrañados haber visto a La Carolina huyendo hacia las casas como alma que lleva el diablo. Rodrigo Fuentes avanzó por las calles de ripio, siguiendo la mirada silenciosa de los vecinos que cuchicheaban entre sí y lo escrutaban desde las veredas, para luego desviar la mirada y contemplar el horizonte en dirección a la estancia de los Nicolaides. No hizo falta que nadie hablase, menos aún que él preguntase. Los hechos ocurrían como si un misterioso titiritero los manejase siguiendo el guión de un antiguo drama jamás escrito, aunque por todos conocido.
El recién llegado se adentraba hacia el camino rural, seguido por una temerosa muchedumbre que se mantenía reacia a acercarse, y que tampoco quería perderse detalle de lo que fuera a acontecer. No había caminado trescientos metros cuando la encontró tendida en el suelo, con la espalda empapada en sangre, y ambas manos cubriendo el rostro lloroso. Se acercó en silencio, se hincó a su lado, la tomó delicadamente por los hombros y la alzó en pie. Ella intentó resistirse apenas, porque al contemplarlo se relajó, desvaneciéndose al momento. Rodrigo Fuentes la alzó en brazos y regresó por donde había venido. El pueblo se abrió en arco al verlo venir, y nadie se extrañó por lo que ocurriría. Como si nadie, hasta esa misma tarde, hubiese hecho bromas respecto de la naftalina.
Atardecía cuando el viajante de comercio ingresó por segunda vez al hotel, trayendo consigo a una nueva pasajera, y se coló hacia la habitación sin dar explicaciones. Nadie se las hubiera exigido tampoco. Y mientras los curiosos se agolpaban silenciosos en la vereda de la oficina de correos, algunas miradas oteaban expectantes en dirección al camino que llevaba a la estancia de los Nicolaides, especulando cuánto tardarían en venirla a buscar.
La luna comenzaba a asomarse en el horizonte y el ambiente se impregnaba con el aroma de las tempranas cenas cuando los primeros vecinos dieron la alarma ante la llegada de un vetusto sulky, cargado de gente, procedente de las afueras. Al comando de las riendas, casi desconocido tras
el inexorable paso de los años, iba Don Nemesio Nicolaides, cargando sobre sus rodillas una enorme escopeta de dos caños.
Alguien golpeó a la puerta de la habitación. Dentro, Rodrigo Fuentes, en mangas de camisa, había retirado el dorso del vestido de la espalda de la muchacha, e intentaba curar aquellas heridas con un algodón embebido en alcohol. La Carolina, acostada boca abajo, se quejaba con ahogados gemidos, mordiendo la almohada, ausente de todo lo que ocurría, dominada sólo por el dolor y la vergüenza. Y como siguiendo aquel misterioso relato preconcebido, ante una nueva serie de golpes en la puerta el
forastero se calzó el saco y el chambergo y salió de la habitación, con la corbata floja y el revolver en la cintura, dispuesto a enfrentar su propio destino.
Las luces de los faroles iluminaban tenuemente la calle, pero lo suficiente como para que todos los presentes adivinasen la silueta del sulky aproximándose moroso hasta la puerta del hotel, cargando el peso de lo inevitable. Al detenerse, Don Nemesio saltó a tierra, quejumbroso, olvidando a su mujer e hijas a bordo del sulky, como si ellas formasen parte de un mudo equipaje. Tomó la escopeta con ambas manos y apuntó desde su cadera al forastero, quien se acercaba sin temor hacia él.
-¡Hasta ahí nomás! -exclamó Don Nemesio, y su poderosa voz contrastó con su aparente debilidad física. -¿Dónde está mi hija?
-Adentro -respondió Fuentes -donde Ud. no la pueda volver a tocar.
-Salí de ahí, pendejo, que voy a entrar a buscarla. Y enseguidita nos volvemos al rancho -anunció el viejo, haciendo ley de su palabra.
Con un gesto que en absoluto parecía ensayado, Rodrigo Fuentes desenfundó el revólver y apuntó al suelo, para que su adversario supiera a las claras de qué iba la cosa. El pueblo a su alrededor contuvo el aliento, apartándose unos metros, adivinando el peligro.
-La chica no va a ningún lado con Ud. -determinó Fuentes. -Así que mejor vuelva por donde vino. Y deje de molestar a esta gente, que ya es tarde y mañana tienen todos que madrugar.
-¡A mí nadie me ordena lo que tengo que hacer, hijo de una gran.!!! -comenzó a gritar Don Nemesio, llevándose la culata de la escopeta al hombro, mientras Fuentes alzaba su brazo, dando un paso atrás y amartillando el revolver, al apuntarle a la cabeza.
El aullido de espanto y dolor los estremeció a todos, aunque los hechos, aún en cámara lenta, ya se habían desencadenado como para que alguien pudiese detenerlos. La aparición rosada aleteó con su mantilla desde un costado y se zambulló entre ambos, agitando frenética los brazos a pesar
de su mutismo, provocando la sorpresa de todos. Don Nemesio y Rodrigo Fuentes, sin embargo, habían concentrado toda su atención en el enemigo, incapaces de ver hacia los costados.
Dos disparos fracturaron la noche. Un solo aullido desgarró los corazones. Y el espanto del pueblo adquirió dimensión de tragedia.
La Carolina se estremeció entre ambos hombres, vapuleada por la perdigonada sobre sus costillas y el balazo en el cuello, sacudida como una absurda marioneta cuyos hilos acaban de ser cortados, cayendo sin remedio sobre el escenario. Su cuerpo se desvaneció con la misma cualidad etérea que poseía al desplazarse hacia la estación, aunque ahora teñido de sangre, mancillado por una muerte segura. La mantilla aleteó detrás suyo plegando sus alas. El cisne local se había extinguido.
Ambos hombres contemplaron estupefactos aquel cuerpo sin vida, incapaces de comprender lo ocurrido. Dudaron, renuentes a aceptar la pérdida. Pero una vez que la idea se formó irrevocable dentro de sus mentes, generó tal sensación de odio que sólo podía calmarse derramando mayor cantidad de sangre.
Ambos volvieron a amartillar sus armas, apuntando con fiereza, chillando entre dientes su desprecio. El pueblo contuvo el grito. Las mujeres se agacharon a bordo del sulky, aullando de miedo y de dolor.
Un par de disparos semejantes volvieron a atronar la escena. La cabeza de Don Nemesio se impulsó hacia atrás, agujereada en la frente. La pechera de Rodrigo Fuentes quedó convertida en un siniestro colador. Y ambos cuerpos cayeron hacia atrás sobre el ripio mucho antes de que los ecos de
los estampidos se extinguieran en la noche.
La maldita trama, urdida desde tiempos inmemoriales, sostenida por un pueblo entero desde la indignación causada por el primer rumor echado a correr respecto de las crueldades de Don Nemesio, se había cumplido al fin. Sólo que había requerido de una cuota de sangre mucho mayor que la que
cualquier vecino hubiese podido imaginar.
Los primeros testigos avanzaron vacilantes rumbo a los cadáveres. Las parientes de Don Nemesio permanecieron inmóviles sobre el sulky, cubriéndose las bocas y los rostros. Y a lo lejos, como una cruel burla del destino, apareciendo como sutil fantasma que arriba para llevarse consigo a las almas difuntas, se dejó oír el agudo silbido de un tren.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar







Crítica de libros / Narrativa extranjera
Como el agua de un arroyo*

Bajo la forma de una novela epistolar amorosa, De A para X , el nuevo libro del narrador y crítico inglés John Berger, insinúa en realidad un tratado sobre micropolítica, un grito de rebelión intimista, una crónica de época y, especialmente, el autorretrato de una mente privilegiada



*Por Walter Cassara
Para LA NACION

De A para X
Por John Berger
Alfaguara
Trad.: Pilar Vázquez
202 Páginas
$ 49

"Si los hombres han sacrificado ideales y vida por la fabricación de un vehículo, toma dicho vehículo para huir de los cadáveres y acercarte a los ideales." La expresión, que pertenece a Karl Kraus, bien podría levantarse como una insignia sobre la primera página de este nuevo libro de John Berger, y sobre cualquiera de los muchos que este narrador y crítico de arte inglés lleva publicados hasta la fecha. Cuando escribe sobre pintura, cuando opina sobre el statu quo o cuando narra el sufrimiento de los excluidos del sistema como lo hizo en la sustancial trilogía De sus fatigas, que comprende Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag, Berger es un escritor que enaltece la dignidad de la vida como un bien supremo, por encima de cualquier ortodoxia ideológica y a contrapelo de una época en la que el
desaliento y la apatía moral son moneda común.
Ello se debe quizás a que Berger no es un intelectual comprometido con todos los laureles, ni uno de esos partisanos de traje y corbata que lanzan sus arengas contra la injusticia social desde los atrios mullidos del PEN Club y luego vuelven a su residencia de campo a empollar la gran obra. En cada una de las causas que defiende, en cada uno de los males que denuncia, Berger es un escritor que rehúye las fórmulas maximalistas; sostiene un doble compromiso -ético y estético- pero situándose siempre en el centro del ring, con los pies bien plantados sobre la tierra. Lúcidamente, ha sabido mantenerse a distancia tanto del nihilismo como del populismo, las dos "soluciones" más trajinadas -que conducen, al fin y al cabo, a un callejón sin salida- cuando hay que pensar en los términos de una "literatura
comprometida". En verdad, Berger nunca se ha sometido a ningún programa dogmático, nunca se ha contentado con expedir soluciones fáciles y mentirosas, sino que, acaso, ha querido tan sólo indicar que existen múltiples -y muchas veces imperceptibles- formas de resistencia frente a la barbarie desmedida que impulsa el capitalismo global.
De A para X trata justamente de eso, de la escritura y el amor (y quizá, también, ¿por qué no?, de la escritura amorosa) como una forma oblicua pero tenaz de la resistencia, entendida no ya como una fuerza reactiva o una revolución modesta, sino como un modo dinámico de participar y manifestarse en los pequeños y grandes acontecimientos de la época que nos ha tocado vivir. En cada una de las cartas que A´ida envía a la cárcel donde su amado Xavier cumple una condena por insurrección, se perfila un relato amoroso que se entrelaza con un ensayo vívido y rigurosamente documentado sobre esa vasta penitenciaría informática en la que se ha convertido el mundo actual.
De hecho, en el reverso de las cartas, las respuestas de Xavier no son las efusivas y previsibles palabras de un enamorado sino las interpelaciones y proclamas políticas de un revolucionario cuyo modo de pensar y de expresarse evoca de inmediato las románticas -y por momentos, casi rulfianas-
alocuciones del subcomandante Marcos, el líder y portavoz del grupo armado indígena mexicano denominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional, figura con la cual Berger se ha identificado ideológica y literariamente en más de una ocasión.
En la orilla opuesta de la negatividad sartreana, los personajes de Berger suelen estar exentos de mala fe y suelen también dejarse llevar en andas por la esperanza y la ternura, aun en las condiciones más adversas. Ello se debe quizás a que no pasan de ser una proyección de las buenas intenciones de su
creador o a que, en el fondo, no son personajes en el sentido tradicional, sino más bien voces que buscan intercambiar señales afectivas u opiniones personales sobre el mundo. En este sentido, podría decirse que De A para X es algo más que "una historia en cartas", como reza el subtítulo. Es un tratado sobre micropolítica, un poema epistolar, un grito de rebelión intimista, una crónica de época, o todas esas cosas juntas. Sin embargo, ante todo es el autorretrato de una mente privilegiada, que siempre
permanece alerta a los acontecimientos de la contemporaneidad y que sabe, también, cuando es necesario, situarse más allá de las contingencias.
Pese a que buena parte de su obra ensayística y narrativa bordea las ingenuidades de un catecismo utopizante, John Berger entiende que la única obligación de un escritor es escribir bien, esto es: escribir de acuerdo a una sensibilidad particular y una visión del mundo que muchas veces entra en
contradicción con la propia ideología y con la experiencia común. Es lo que el autor ha definido, a lo largo de sus muchas páginas consagradas a las artes visuales, como un "modo de ver", un concepto que funciona como una categoría estética y que evidencia a la vez esa inusual maestría -tan suya- para disolverse y encontrarse en los desamparados y los insurgentes; un modo de ver que es también una capacidad profundamente humana para establecer un diálogo introspectivo con cada uno de sus lectores, en un lenguaje diáfano y terso como el agua de un arroyo.



© LA NACION
*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1139924




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Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 21 de junio de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Luis Ochoa. Las poesías que leeremos pertenecen a Jaime Saenz (Bolivia) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una
feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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INVITACIÓN


El día 2 de Julio 2009, a las 18:30 horas, se realizará el concierto de premiación del 3. Concurso de Composición XICöATL „Ziehender Stern“, para piano.

Lugar: Museo Barroco
(Mirabellgarten, Salzburgo)

(Serán interpretadas las obras ganadoras y también las que merecieron una Mención de Honor.)

Obras:

„Muwieri“, para piano, de Laura Puras Braceras (España),

„Erosiones“, para piano y electrónica, de Jorge Sad (Argentina),

„Paisaje aéreo“, para piano y trío de cuerdas, de Víctor Ibarra Cárdenas (México),

„Fragmento para dominar el silencio“, para piano y trío de cuerdas, de Juan Pablo Carreño (Colombia),

„Una Visita nocturna a través de Ciudad de México: o cómo asustarse a morir“, para piano, de Andrew Glover (Inglaterra),

„Tumbao“, para piano y electrónica, de Miguel Farías Vásquez (Chile).

Más informaciones en: http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
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