miércoles, mayo 18, 2022

LO INENTENDIBLE DEL DESTINO.

 


*Foto de Noelia Ceballos.

 

 

 

 




 

 

El susurro*

 

 

Los días pasaban, parecidos entre sí como pasan los días. Ya el susurro era un integrante más del grupo, no alteraba los ritmos, las charlas se sucedían fluidamente, el té seguía su ritual, las mujeres tenían sus pequeñas conversaciones, en voz más baja a veces, para no ser oídas por los hombres que a su vez atenuaban sus voces para contarse pequeñas historias privadas. Sólo el susurro participaba en todo. Se deslizaba en suave ondulación hacia uno u otro grupo o alguna mujer en particular. Eso era especial. Nunca prestaba mucha atención a un hombre, prefería la suavidad de la piel femenina descubierta por el escote o un tobillo redondeado que iba a terminar en un zapato delicado, sin agresividad. Se pegaba a esa piel en suave caricia, se enroscaba en una pierna, subía por un brazo que se extendía para depositar un naipe en la mesita redonda. Siempre prodigándose en el grupo, salvo aquellos momentos en que se alejaba hacia los rincones más oscuros, investigaba los libreros o el interior de los jarros de plata.

Esto se prolongó hasta aquel día de mayo en el cual no se movió del cuello de Ana. Se quedó allí apoyado suavemente, sin moverse, sólo modulando sus sonidos en forma casi imperceptible. Todos pensaron que era sólo el capricho de un día. Igual que cuando había estado susurrando desde un tomo del “Orlando furioso” durante casi una semana, sin moverse. Ana estaba halagada. Siempre se había sentido algo relegada dentro del grupo, como más gris e insignificante. Sabía que esto no perduraría, pero esa tarde se sintió protagonista. Los demás opinaron que era un gesto casi caritativo del susurro, que volvería a ser compartido por todos al día siguiente. Pero cuando bajaron y ordenaron las bandejas de galletas, las tazas de té, sus labores o libros, notaron que el susurro ya estaba allí esperando con cierta impaciencia. Siseaba molesto moviéndose malhumorado entre las tazas hasta que Ana se sentó en su sillón habitual, el de pequeñas flores amarillas, con el pelo cuidadosamente recogido en la nuca. Él rápidamente encontró su lugar en el hueco de su cuello y volvió a su ritual de susurro amoroso comenzado el día anterior.

Los demás ya no pudieron desconocer esa clara preferencia. Se miraron unos a otros, mujeres y hombres unidos por su determinación. No podían dejar pasar esa alteración de la rutina. Miraron todos a Ana fijamente, mientras ella algo avergonzada sentía que el calor del susurro sobre su piel era grato y reconfortante. Cuando levantó los ojos hacía los demás, vio que todos estaban rodeándola, con miradas fijas y crueles. Las manos de los hombres parecían demasiado grandes con sus dedos estirados, los de las mujeres tenían las uñas demasiado largas.

 

*De Sonia Arismendi Pignataro.

Uruguay. (1939 – 2016)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INCERTEZA*

 

La persuasión avanza. Lentamente.

Hora a día. Día a gota. Gota a hora.

Carga una maleta pesada como el mundo.

Infecta los octubres con su dardo inmortal.

La angustia crece en hojas macilentas.

Se elevan y caen como mariposas muertas.

El patio de mi casa es una alfombra negra.

Por dentro tapian las ventanas lirios de luto.

La congoja es un vampiro ciego.

En un lago sin agua beben los peces su ceguera.

Una mujer pasa a mi lado con su vela blanca.

Un niño mira un perro.

Un hombre ojo carga el luto del monte.

Nadie parece verme.

¿Qué hacer?

¿Crucificar al hombre? ¿Matar la bestia?

¿Vaciar las ánforas?

¿Elegir el dulce tormento del amor?

¿El exilio de la lágrima?

¿El sutil beso de la rosa?

¿Acaso elegir el tormento, el exilio, lo impalpable de la rosa?

¿No es una forma absurda, ciega, cierta, segura de incerteza?

La persuasión avanza y cubre de polvo, el polvo

 

*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL GIGANTE*

 

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 

No sabemos cómo llegamos aquí. Simplemente estamos muy juntos. Vivimos codo con codo, en filas apretadas y rectas. En algún momento, suponemos, tuvo que existir un origen. Sin embargo, creemos que es tan remoto que no hay ninguna señal, ningún rastro que nos lleve a alguna historia. Nadie ha esbozado alguna teoría o posibilidad creíble. Apenas balbuceos o divagaciones que se diluyen en nuestros cuerpos hacinados en este cuarto. Estamos aquí desde que existimos. A lo mejor éramos, antes de tener conciencia, luces apagadas. Éramos un brillo apenas, una lumbre que no mengua y que busca, por su misma naturaleza, algún contagio. Y de repente uno de nosotros se encendió, abrió los ojos, y el que estaba a un lado comenzó a parpadear y a hacerse una idea de lo que era y de dónde estaba. Otro despertó junto a ellos y, sin poder hacer nada más, miró hacia el frente, justo para encontrarse a uno como él, muy similar en complexión y en tamaño. No pudo investigar más porque le daba la espalda. Adivinó que el extraño tenía vida (quizás por el leve estremecimiento que surgió en los hombros) y le supuso rasgos parecidos a los suyos. Después, miró a los lados: una larga fila de hombres, calvos y de mediana edad, se extendía hasta perderse en la oscura orilla del cuarto. Había varias filas; todas conservaban el orden y estaban apretujadas hasta el límite de la asfixia. Todos sus integrantes, sin excepción, miraban al frente. Sin una idea clara de su apariencia, sólo pudieron pensar en su rostro como un concepto, apenas preciso, como las imágenes que restan después del sueño. Quizás, uno de aquellos, uno de los primeros que despertaron, intentó huir del cuarto, pero pronto se dio cuenta de que no podía dar un solo paso. Estamos tan apretados que sólo podemos mover un poco la cabeza y el torso. Cualquier intención de escape lastima al otro y, además, consume una cantidad considerable de energía. Cada uno es obstáculo de los que lo rodean. Alguno aventuró que nuestra existencia es una operación matemática, quizás calculada durante mucho tiempo, en la cual cada elemento es imprescindible. Si alguien falta este universo se destruye y por eso estamos aquí, uniformes, mirando hacia el frente, como un batallón inmóvil. Nuestra condena –si podemos llamarla así– es mirar la espalda del otro que, a su vez, repite el mismo destino con el cuerpo de alguien más. Suponemos que, los que están al frente, sólo pueden contemplar el límite de la pared y ese mundo es lo único que conocen. Como los soldados que están en la vanguardia de una guerra absurda, sufren accesos de soledad o de silenciosa locura. Quizás intuyen la presencia de los que estamos atrás, confirmada de cuando en cuando por algún carraspeo o un aliento que se desboca y deja un eco. Se asumen –lo creemos así– como una formación rocosa que enfrenta la violencia contenida del mar y que está sumida en un letargo complaciente, acaso reflexivo, y carente de cualquier voluntad. Sin necesidad de comer o de realizar otra función corporal más que respirar y tener conciencia de nosotros mismos, esperamos que los primeros de la fila comiencen a mostrar los signos de una erosión lenta y progresiva. Tal vez, en algún momento, alguien se desvanecerá entre nosotros, como una vela que comienza su declive por falta de aire, y la reacción en cadena hará que regresemos al punto de inicio: un montón de cuerpos en fila; objetos estancados en lo profundo, viviendo en el légamo oscuro. Mientras tanto sólo podemos estar de pie, sin cansarnos, apoyando el peso de nuestros cuerpos en los otros. Conocemos hasta el mínimo detalle la espalda del que está enfrente. La parte posterior de su cabeza es un planeta revisitado miles de veces, una superficie en la que podemos soñar aunque nuestros sueños, cuando ocurren, son réplicas exactas de nuestro mundo: filas y filas de hombres; cuerpos sosegados y uniformes; gestos repetidos en otros gestos. En esos sueños también ignoramos la diferencia entre el día y la noche. Tampoco sabemos el lugar que ocupa el cuarto en el universo. Por eso en ocasiones no queremos dormir y enfrentamos, con ojos muy abiertos, el persistente horizonte de cabezas, como si fuera la línea de la costa, siempre invariable; una imagen que se repite mil veces hasta formar una sola evocación, un punto fijo en la marea.

Con el tiempo descubrimos que hay algunos más altos entre nosotros. La diferencia no es muy grande, pero suficiente para que destaquen. Desde su posición pueden contemplar el gran campo de cabezas. Ellos, de alguna forma, comprueban las pequeñas variaciones que existen entre los integrantes de las filas. Quizás las orejas, el perfil de la mandíbula, la forma de la nariz. Ellos, a quienes llamamos “los vigías”, nos han contado detalles importantes del cuarto: dicen que las paredes están pintadas de color amarillo y que es un cuadrado perfecto. También dicen que no hay puertas y ventanas y que, justo en el centro, existe un foco apagado. Algunos, los más cercanos a esta área, han podido comprobar esta afirmación. Dicen que el foco apenas destaca en la penumbra y que despide un destello inocuo y aún perceptible. Y nosotros llevamos la idea más allá e imaginamos una voz que nos confunde desde lo alto, un elemento que nos conmina al silencio cuando nuestras voces establecen intercambios demasiado extensos. Hay algunos que hablan dormidos y sus historias bullen en el cuarto: refieren que el filamento del foco es un insecto detenido en el tiempo cuyas alas, algún día, volverán a vibrar. Mientras tanto espera como nosotros. Espera oculto en la hendidura, en el filo congelado que marca el centro de su cárcel traslúcida. Y podría ser, en efecto, una hendidura, pero también la marca que deja una hoja cuando cae en la arena o la línea que perturba el agua mientras pasa un barco.

Uno de los misterios que más nos intrigan es la fuente de luz que nutre la penumbra del cuarto. Si no hay entrada ni salida deberíamos estar en una oscuridad total. Quizás emitimos, sin saberlo, un débil resplandor. Quizás nuestras respiraciones producen reacciones químicas en el ambiente entumecido. La penumbra parece ir y venir, alimentada por el movimiento de nuestros pulmones. Cuando está a punto de desaparecer un nuevo hálito le imprime fuerza y la oscuridad vuelve a su condición de crepúsculo. Otro enigma es el origen del aire que circula y que evita la corrupción de la atmósfera. Quizás las paredes que nos rodean son una frontera maleable y por ahí ingresan elementos extraños: volutas de polvo, el nervio de algo vivo que desaparece cuando lo miramos. Por esta razón –más como una intuición que un conocimiento– creemos que hay una realidad distinta afuera del cuarto. Estamos atentos a las probables señales que llegan a nuestro mundo. Pero después de un tiempo nos aburrimos, perdemos la concentración y volvemos a enfocarnos en nuestros cuerpos. Hemos pensado tantas veces en ellos que deseamos, a toda costa, olvidar que tenemos brazos, manos y piernas. Hasta el filo redondeado de las uñas se vuelve, de pronto, intolerable. Por eso intentamos evadirnos aunque sea un ejercicio imposible. Sólo nos queda matizar nuestras sensaciones y llevarlas a escenarios lejanos. Jugamos a desprendernos de nuestros cuerpos hasta lograr un leve entumecimiento y, de pronto, somos almas flotando, globos aún sujetados por la mano de un niño. Y dan ganas de reír por la idea. Sería un buen experimento: todos riendo en nuestros lugares, como una vibración inútil pero que nos reconcilia, por un instante, con nuestro destino. De alguna manera esa risa lejana, aún posible, puede romper el equilibrio del cuarto. Por eso nos contenemos, apretamos los labios y proseguimos la irrevocable tarea de existir. Como revancha, como un absurdo ajuste de cuentas, acrecentamos nuestros murmullos, pensamos en nuestras voces y elaboramos teorías aún más alucinadas: el cuarto es un lenguaje secreto y nosotros su alfabeto. La curvatura del foco es la frontera de un territorio nuevo, un planeta diminuto en el que viven otros como nosotros. Ahí están, mirando el vacío sin descubrirnos, elaborando una cartografía de la penumbra que contemplan y que da forma a su firmamento. Y quizás algún día ambos mundos se conecten. Cuando esto suceda habrá un fogonazo de luz y, al término del evento, seguiremos aquí, tratando de recolectar cualquier huella, buscando cualquier brillo para ocupar con algo nuestra memoria.

A veces sentimos que formamos parte de algo más grande, que somos los engranajes de un enorme e indescifrable mecanismo. Quizás, mientras permanecemos inmóviles, ocurre una secreta transformación: nuestras células interactúan, nuestras mentes se reúnen en un solo camino. Tarde o temprano nuestros latidos serán iguales. Los pensamientos serán raíces que se entrelazan y que prosperan en la tibia órbita del cuarto. Uno de los vigías nos dijo que somos fragmentos de un gigante que, algún día, despertará. Cada uno de nosotros, continuó, es una parte de él: acaso la palma de una mano poderosa, las líneas de su rostro que brotan y le confieren una vaga identidad mientras duerme. Por ahora sueña a través de nosotros, pero algún día tendrá control sobre todos sus miembros y emergerá de su molicie, como una figura que se libera de su sombra. Cuando llegue ese momento, el foco se prenderá y recordará un ojo que vuelve de su oscuridad para derrotar a la ceguera. El gigante comenzará a parpadear con lentitud, y a lo lejos alguien pensará en un faro que manda señales confusas, en la luna intermitente por el paso de las nubes. Con dificultad se apoyará en sus piernas y mirará con su única luz todo lo que lo rodea. Insatisfecho, se levantará por completo mientras el techo del cuarto se hace pedazos y las paredes amarillas se estremecen y se derrumban. El cuarto en el que vivimos será una serie de fragmentos, elementos desvinculados, huyendo de su centro como los restos de una explosión estelar. El gigante, nutrido por la luz del sol, sentirá a plenitud cada parte de su cuerpo. Después, convencido de su propia fuerza, saldrá a conquistar el mundo.

 

 

* “El Gigante” integra el libro “La Habitación Amarilla”

 (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

 

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo).

Recientemente ha publicado:

“La Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

“Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

FRONTERAS*

 

 

Uno va y viene por urdimbres

inventándose espacios en la trama

necesaria de los días,

allí conviven nuestras cegueras

con deseadas luces que nos niegan

-como Pedro antes del alba-

¿Qué delimita la frontera entre

un sol imaginario y éste

que quiebra oscuridades? 

El saber no sabe. Va de regreso

en una zona de nieblas.

No contesta

En la luz mestiza de la tarde

un simple gorrión sobrevuela

mi estupor y este intento

de comprender en qué realidad

se caen

los seres que se van.

En tanto, mis venas atan imágenes

bisagras trémulas

adioses indefensos.

Sobre la textura áspera del tiempo

la hebra suelta en mí

respira

y espera.

 

 

*De Miryam Colombotto de Seia. colombottomiryam@gmail.com

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

*

 

 

Pienso en el mundo

que dejé afuera al cerrar las ventanas.

En el pájaro de sombra

que teje la red cuando empieza la noche.

Puedo escuchar.

Escucho

el aleteo inaugural sobre mi frente.

He sido bendecida por dioses extraños.

¿Cuánto queda de mí,

cuánto roto me acompaña todavía

en esta casa blanca donde todos duermen?

Busco,

entre las migas de pan sobre el mantel,

el signo que descifre el acertijo.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado por Editorial Sudestada (2021)-

Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 

 



 


 

 

 

LOS MUROS Y LA MEMORIA*

 

 

El sueño era en la casa, en ese lugar donde ocurre lo nocturno.

Siempre el escenario de la cocina rectangular, el patio de baldosas rojas, la puerta despintada de hierro con esos vidrios traslúcidos que prefiguran la inmanencia de lo informe. Y la mesa que ya no existe pero que perdura allí donde las cosas perduran, entremezclándose la infancia con las nebulosas impresiones superpuestas. Las sillas pesadas, la banderola que no llega a ser ojo abierto hacia el cielo de afuera sino cárcel. Y por qué lo atroz y no los gorriones sobre los cables. Por qué cada vez lo maligno.

Quizás el lugar no pueda desprenderse del frío constante de las habitaciones, de la pintura gris de las paredes, de los zócalos negros, de las baldosas graníticas fijadas en su dura geometría de aristas. Es que la casa es la casa de los velatorios, de las muertes, la casa de largo pasillo sin aberturas, tan propenso a la pervivencia de los espectros. No puede pensarse un pasillo como ese sin saber que es invitación al fantasma. Es la casa de la Nita que se consumió de a poco, cuando el cáncer era una enfermedad vergonzante, la casa de las locuras y las alucinaciones. La casa de los placares con monstruos y las cajas de cartón llenas de plumas.

Cuando la sacaron a la Nita hubo que parar el cajón para que saliera por el pasillo, dicen. Y la imagen se fijó a los cielorrasos, a los marcos de madera que conservan las muescas de uñas y marcas de dientes. La casa del suicidio, la casa donde hubo aljibe con espectro silbador, un espectro que dejaba oír su agudo silbido cuando había que pasar patios y traspatios para llegar al excusado. Ya entonces, cuando la casa primera, ya entonces la nube y el ocaso, las zarzas sofocando a los malvones.

El sueño era en la casa. Claro. Cada vez que la ansiedad ataca por la madrugada, el sueño es en la casa.

Algo debe de haber. Quizás sea que los aborígenes también dejaron la muerte bajo los cimientos. Hay un antiguo cementerio muy cercano. Quizás la infelicidad de una familia que se deslía en horizontes de gentes que perdieron la razón, quizás la ciudad misma, acechada por el río que reclama su territorio, quién sabe. Pero algo debe de haber para que la casa funcione de escenario para las pesadillas, y aparezca de vez en vez, igual a sí misma, nítida y agónica.

Imagen bella la de las yeguas de la noche, las nightmares de los ingleses que llegan cabalgando desenfrenadas por los cielos obscuros. Crines al viento, bellas como lo es toda belleza amenazante y temible. Será de una de estas criaturas fabulosas la herradura que hallaron en el terreno. La casa es lugar de cabalgatas en lo negro, en el abismo de lo profundo. Por las noches se pueden escuchar los belfos exhalando vapores perniciosos, se huele el sudor de las bestias, y los cascos mueven los cuadros en los muros. Allí, las yeguas de la noche cabalgan al través de la casa inmóvil de permanente ocaso tormentoso.

Y esta vez, en este sueño, eran unos monstruos de rostro grotesco y vasto cuerpo. Pesados y brutales. Indestructibles. Sólo sabía, ella, que la única forma de matarlos era decapitándolos.

Puso los cuchillos sobre la mesada de mármol, los cubrió con una servilleta. Esperó con el pecho oprimido la llegada de los espantos, rodeada por la casa muda. La casa hostil. La casa de los sonidos pequeños.

Cuando cruzó el umbral de la cocina la primera figura enorme (los otros estaban allá en el comedor, venían por el pasillo), se acercó de espaldas a los cuchillos y despertó.

Sintió la frustración de que del otro lado la casa y sus monstruos siguen intactos, acechando a otros durmientes y otros sueños. No pudo matarlos, imposible destruir tan fácilmente el abismo de lo innombrable. Supo que volverá a estar en esa cocina, que los espectros no fueron exorcizados, que la casa espera pacientemente la cabalgata y el horror. Paciente, seriamente, la casa la espera. Con sus monstruos.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 


 

 

 

*

 

En los albores de la tragedia y de la poesía épica griega se habla de un héroe que es mediador entre el cosmos y el mundo humano. Es víctima casi fatal de la hybris que es el pecado de desmesura. El griego se maneja en la legalidad cósmica, a la que llama justicia (inhumana en el sentido de no humana y también combativa de lo terrestre y lo divino), es decir, la armonía, la mesura. Lo otro, y así por ejemplo la demencia o todo lo que sale de la Ley cósmica, contagia el universo entero como una peste. Es merecedor de la maldición, pero al resignarse, al aceptar el castigo, produce el restablecimiento de la armonía y la catarsis del espectador, la purga, a partir de la identificación. Según Anaximandro las cosas expían sus propios excesos, se trata de un universo en tensión: donde el orden es categoría de ser. Estamos frente a un héroe que devuelve el caos, es decir que exhibe la desnudez del mundo (o sus vísceras, si se prefiere) como un artista. Como hombre es maldecido por una legalidad cósmica inentendible que más bien recuerda a la fatalidad (el misterio, lo inentendible del Destino, aún por encima de los dioses): como artista extrema el Mal- Decir, muestra el caos oculto disfrazado de orden y legalidad cósmica, desenmascara la oculta maldición. Es ya imagen del escritor que utiliza todo el poder destructor de la palabra, su potencia de malentendido, de mentira, de paradoja.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

LA DESPEDIDA*

 

*Dedicado a mi hermano Esteban, quien cumpliría 57 años.

 

Llegué a la estación Elías Romero un miércoles con el tren de las 4 de la tarde. Me agradó verla entre altos árboles. Había sido una estación pequeña pero lujosa y elegante, y a pesar del tiempo, todavía se notaba su esplendor de antaño. 

Llegaba al pueblo, o más bien al caserío que se dispersaba por el paisaje rural, para acompañar a mi madre.

Mi madre se moría. Eran los últimos días de esa enfermedad cruel, larga, que la había estado consumiendo desde hacía meses.

Mi madre había decidido morir. Yo estaba segura de eso. Ella comentaba que tenía más afectos y conocidos “del otro lado” que en este mundo. Y los extrañaba.

Cuando enviudó se había mudado a ésta, la casa de sus padres y allí siguió sola los últimos diez años. Había creado un mundo de recuerdos, poblado de personas que mucho tiempo atrás habían partido. En su ausencia encontraba las respuestas a preguntas del pasado, les pedía perdón o consejo, y se animaba a decirles lo que nunca hubiera expresado delante de ellos.

La encontré acostada y a pesar de su debilidad, una intensa luz iluminó sus ojos cuando me vio. Ya no tenía fuerzas ni para hablar pero, sonriendo, me tendió su mano. Me impresionó su delgadez, la piel mustia, el cabello débil. Por supuesto, no se lo dije. Las dos sabíamos que yo me quedaría junto a ella hasta el final, que estaba próximo.

Pero no hablamos de eso. Recordamos, en cambio, buenos momentos. Anécdotas que nos divirtieron, personajes de nuestra ciudad, alguna travesura mía. Cada tanto se dormía y yo me retiraba en silencio.

Los lunes, miércoles y viernes pasaba el tren por la estación Elías Romero. Llegaban o partían algunos habitantes del pueblo, o gente del campo que había ido hasta allí para tomarlo. No me perdía ese acontecimiento: el paso del tren. Era lo único interesante en ese pequeño lugar, y tal vez podría traer algo diferente, novedoso, o extraño.

Como a esa hora mi madre dormía, salía de la casa con sigilo y caminaba por el sendero de baldosas grises hasta la vieja puerta de chapa y alambre del jardín. Tan pronto como aseguraba el pestillo y daba mis primeros pasos por la calle de tierra, empezaba a llorar.

No eran lágrimas que se deslizaran suavemente, Eran sollozos intensos, desesperados. No podía evitarlo, era involuntario. Sentía que todo el cuerpo se me sacudía, atravesado por el dolor y la angustia. Nunca lloré frente a mi madre, ni cuando era chica. No quería causarle esa tristeza. Ahora sentía asombro ante esa extraña que era yo misma, que no podía contenerse, que se descomponía de dolor ante lo inevitable. Me avergonzaba que alguien pudiese verme llorar así, A veces me paraba unos minutos junto a un antiguo fresno para tratar de tranquilizarme, antes de tomar la calle principal que iba a la estación. Y cuando escuchaba a lo lejos el silbato del tren acercándose, me limpiaba la cara y caminaba rápido hasta el andén.

En la estación había dos bancos de hierro y madera, que raramente estaban ocupados cuando llegaba el tren. Me sentaba en uno y contemplaba toda la rutina: el arribo de la locomotora, los pasajeros que bajaban, los bultos y las personas que subían, las indicaciones. Todo duraba unos 20 minutos y luego partía. Cuando ya no quedaba nadie, volvía a casa.

La segunda semana de mi estadía en aquel lugar llegó hasta el andén una niña, de unos 7 años. Me sorprendió que estuviese sola, pero parecía ser algo habitual en el lugar, y nadie se asombraba por ello. Luego me contó que vivía a unas cuadras de la estación. Traía en una de sus manos, colgada de una argolla, una jaula chica, de color plateado, con un pajarito amarillo dentro de ella.

No me gustan los pájaros enjaulados, y se lo dije, pero me respondió que era la única manera de tenerlo cerca. Lo llevaba a ver el tren, porque sentía que el pájaro no conocía más que el lugar donde estaba colgada la jaula. Me pareció insólito sacar a pasear a un pájaro, pero reconozco que tenía razón. El mundo para esa pobre ave se limitaba a unos metros debajo de una galería, entre plantas y tapiales.

Nos acostumbramos a encontrarnos, la niña, el pájaro y yo, cada vez que el tren se acercaba a la estación. Ella siempre se maravillaba ante la enorme locomotora, y aplaudía y saludaba a los pocos pasajeros, mientras yo cuidaba de la jaula. Éramos un extraño trío: una mujer madura, una delicada niña de largo pelo castaño y un pequeño pájaro inquieto.

Esos dos seres, tan inocentes, tan frágiles, me conectaban con la vida.

Cuando el tren ya no se veía en el horizonte nos volvíamos juntos y yo los seguía con la mirada hasta que doblaban la esquina. Me apuraba, imaginando que mi madre habría despertado y tal vez se hubiese levantado, pero cuando llegaba la realidad me aliviaba y entristecía: continuaba dormida, en la misma posición en la que la había dejado.

Una fría tarde de agosto, ochenta y tres días después de que pisé la estación Elías Romero por primera vez, mi madre murió.

Unas pocas vecinas, el cura y yo la acompañamos hasta el cementerio y la dejamos con un ramo de esos lirios violeta que tanto le gustaban.

Después volví a la casa, vacié la heladera, regalé algunas cosas a los vecinos y luego de dar mi teléfono a la secretaria de la Comuna, me fui al andén, a las cuatro de la tarde.

Esperé a mi pequeña amiga, pero no vino. El tren se acercó con la furia de siempre y aguardé hasta el último llamado, pero ella no apareció.

Más triste aún subí y me senté junto a la ventanilla, mientras la máquina, despacio, empezaba a marchar. Estaba buscando mi boleto cuando escuché un ruido del otro lado del vidrio y levanté los ojos.

El pequeño pájaro amarillo estaba frente a mi cara. Revoloteó varias veces y luego de vacilar unos segundos se alzó rápido, decidido, para perderse en el inmenso cielo gris.

 

 

*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar

-Santo Tome. Santa Fe.

 


 

Próxima estación por antiguo ferrocarril Midland:

 

LIBERTAD.

 

-Final del recorrido literario por el Ferrocarril Midland-

 

En Libertad, la antigua sede de los talleres ferroviarios estará terminada la aventura literaria del antiguo Midland. Desde Marinos –una estación relativamente joven- hay un tren real –el Belgrano Sur- que puede recorrerse hasta Aldo Bonzi en el tramo original del Midland para continuar por las vías que fueron alguna vez del Compañía General Buenos Aires hasta la estación Sáenz.

Queda renovada la invitación a participar en las últimas estaciones del Midland. Que la utopía del tren literario no se detenga y haya fuerza demencial literaria para seguir adelante con el extenso recorrido del Provincial. El cierre del Midland se acompañará en sucesivas ediciones con escritos de los amigos que han participado en esta hermosa aventura.

 

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

https://twitter.com/INVENTIVASOCIAL

 

 


viernes, mayo 13, 2022

EDICIÓN MAYO 2022

 


*Dibujo de Erika Kuhn.

https://obraerikakuhn.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

No hay porque correr

si no hay lugar a donde ir,

en este saberse árbol

y besar el músculo de la tierra

Siempre te amaré,

y no digo más que los pájaros

cuando rumorean la llegada de la mañana,

y no digo más que el agua clara

cuando gota a gota pretende río

No hay lugar a donde ir

Si no hay porque correr,

porque la casa se echa sobre nuestros huesos

y somos eso

para lo que nacimos nacer

Siempre te amaré,

y no digo en el desvelo de las camas

cuando la mañana es una noche

que no se supo dormir

y no digo el ruido seco en la palabra

cuando no hace falta porque yo sé

No hay lugar donde correr

siempre te amaré

 

*De Marcela Lokdos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Posibilidades*

 

 

cuando era niño pensaba

que había dos posibilidades

se era árbol o se era viento

cuando era niño pensaba

 

*De Jorge Montenegro.

 

-Jorge Montenegro nació en Córdoba en julio de 1959. Es actor, director, pedagogo teatral, dramaturgo y escritor. Autor del poemario Cuando era niño no era del todo normal (Cave Librum, 2021)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La abuela*

 

 

Mi recuerdo principal sigue en su mano.

Su mano

que alguna vez en el siglo pasado

fue melodramática y carnal,

y que pasó del mar directamente a la cocina

para encender el fuego y convertirse

en vanguardia inteligente

de una conciencia de lo justo; cargando

con las trifulcas y disgustos de la familia,

arropando a los que dormían inquietos en invierno,

desafiando el luto

con la aceptación de todo lo que sucede,

sabiendo que lo torcido y lo derecho

terminan por enfilar en un solo rumbo.

Su mano

respiración y poder articulados

entre objetos sabiamente sometidos,

y yo, que llegué cuando cerraba por última vez el horno,

para decirle que nada hay más hermoso que un huevo

ni más vivo que una mano de abuela en la cocina.

 

 

*De Joaquín O. Giannuzzi.

-Fuente: Joaquín O. Giannuzzi Obra Poética.

EMECE. Bs As. 2000

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buscar los cimientos*

 

 

Un monje tibetano camina por un típico sendero tibetano, y un tibetano yak se despeña sobre su cabeza, grande, peludo y oloroso. El monje no se inmuta, no se corre, espera con imparcial tranquilidad su destino de muerte o salvación, pues sabe que de todas maneras ese no es el fin ya que tarde o temprano va a reencarnar. Eso es fe, eso es creencia.

Pongo tres cucharaditas de azúcar en el café con leche, y con absoluta calma sorbo el líquido sin sorprenderme de que sepa dulce. Tengo fe en que el azúcar endulza, así como, cuando apoyo el lápiz sobre una hoja de papel y lo arrastro, no me llena de emoción constatar que una línea negra ahora se ve nítidamente sobre la blancura ya no impoluta de la hoja. Tengo la creencia firme de que el grafito sirve para dibujar, y esa fe no se contrapone a otras certezas, las cuales se me imponen como evidentes y a las cuales no considero necesario probar con postulados o argumentos lógicos.

Quien cree en un dios que lo vigila todo, todo, todo el tiempo, no podría realizar el mal si esa creencia fuese tan estructural como la de que si da un paso en el vacío se cae. Nadie al borde de un precipicio dará el paso excepto que haya decidido suicidarse. Quien dude de que realmente va a caer y no flotará es que tiene un problema psiquiátrico, aunque nos gustaría poéticamente suponer personas capaces de aletear como mariposas o desplazarse como nubes ociosas por sobre vertiginosos acantilados.

Quien cree en un dios observador juzgando cada acto, no tiene otra opción que la santidad. Y no sólo por el temor a un cruel infierno, sino por no defraudar a ese ser inconmensurable que se digna a mirar con tanto celo a su creatura. No se puede hacer otra cosa que lo que manda la propia creencia. Si creo que el suelo es sólido, entonces puedo caminar; si considero digno de fe que el sonido se mueve por el aire y llega lejos, puedo gritar que el agua está muy caliente para que bajen un poco el calefón; de otra manera debería ir probando prudentemente con un palo la densidad de la acera antes de dar un paso, y salir envuelta en una toalla para bajar el calefón por mí misma, ya que probablemente ninguno de los diez parientes y cincuenta amigos reunidos en mi casa pueda oírme.

Lo curioso es que se puedan creer cosas que se chocan entre sí o se pisan las vestimentas. Se habla del karma junto a la resurrección de la carne, se postula el feminismo escuchando canciones que otorgan a las mujeres el epíteto de perras, y en general, hay una compartimentación extraña de las opiniones que excusa el ejercicio de la lógica.

Actuar de acuerdo a lo que sinceramente se cree no asegura verdad ni bondad. La Inquisición, el tercer Reich, los regímenes totalitarios suelen exponer una sólida trama de postulados entrecruzados, firmes y absolutamente desdichados. Nada nos asegura estar en la senda correcta o que efectivamente exista una senda que sea la correcta. Pero sin embargo, sería bastante afortunado y acaso deseable que ejerciésemos de a uno y preferentemente de a millones la humana posibilidad de reflexionar, validar medianamente nuestros conocimientos y escoger la coherencia.

Cuando un nene se ilusiona con el Ratón Pérez aunque los ratones le den pavor, es porque ni cree verdaderamente que un roedor venga a hurgar debajo de su almohada, ni deja de creer en la moneda que hallará por la mañana. Es tierno y simpático que el chico crea y no crea a la vez, pero sería bueno que crezca y acomode la estantería, ya que un hombre de cincuenta años esperando que Papá Noel venga a levantarle la hipoteca es pura tontería.

Ser coherente es todo un desafío y acaso pueda verse como el anhelo de alguien de espíritu seco, carente de imaginación. Es casi imposible ser consecuente con lo que advertimos como la realidad y nuestra percepción de cómo es, cómo debería ser, cuáles son nuestras responsabilidades al respecto. No lo sé, tengo pocas certezas, una miríada de dudas y extensas constelaciones de preguntas, pero siento en la punta de los dedos y la boca del estómago una cosa extraña frente a la falsedad. Creo, al menos lo creo hoy, aquí y en este momento, que es razonable la tarea de barrer hojarascas dejando ver el suelo sobre el que trazaremos algún recorrido.

 

* De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Miro a los chicos

que juegan en la plaza,

tibios por el sol del mediodía.

Corren detrás de una pelota,

un relámpago rojo

entre las hojas amarillas.

Una cabeza enmarañada se detiene.

Observa

el reposo de una piedra sobre el pasto.

Se inclina,

y con devoción de arqueólogo despierta

a la hierba que moría dulcemente bajo el peso.

Lo miro,

mientras corre otra vez hacia la infancia.

No sabe

que ha cambiado el mundo para siempre.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado por Editorial Sudestada (2021)

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre los desconocidos-a-medias*

 

 

*De Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 

Con la gran cantidad de personas que hay en el mundo es previsible que sean cada vez más los desconocidos con los que nos podemos topar en cualquier momento. Esto es muy evidente en las filas atestadas para entrar a un insulso restaurante o en la pérdida de asientos disponibles en el transporte público. Un desconocido es un ente anónimo, el sonido leve de unos pasos o una oscura silueta en el cine. Es perturbador pensar las cosas en común que podemos tener con aquel hombre que está sentado en una banca del parque o con aquella mujer que espera la señal del semáforo para cruzar la calle. Si uno es paranoico los afables personajes que desfilan por nuestra ventana pueden ser potenciales asesinos, criaturas macabras dispuestas a asestarnos una puñalada en cuanto les demos la espalda. Nuestro delirio no es gratuito y sus orígenes son, para algunos, atávicos: miedo al extranjero que te puede contagiar la peste; miedo al trashumante que te arruina la vida con un hechizo.

Hay otra clase de desconocidos, desconocidos-a-medias, personas que sólo hemos visto una vez, quizás en una fiesta o en la fila de un banco y con las que quizás intercambiamos un saludo de cortesía o hicimos el consabido comentario sobre el clima. Estos encuentros se archivan en la memoria pero pronto se pierden en el tiempo. No hay nombre, sólo un vago rostro acompañado de alguna inútil referencia. El desconocido-a-medias se interna en las calles y recupera su saludable condición de anónimo. El problema es cuando, semanas después, lo vemos en un centro comercial o caminando en la misma calle que nosotros. ¿Qué hacer? Si lo ignoramos nos puede catalogar como individuos con poca educación y si lo saludamos corremos el riesgo de no saber qué decir. ¿Reciclar la charla anterior? ¿Estrechar la mano y esperar que él tome la iniciativa? La decisión que tomemos puede derivar en el ridículo o en resolver el dilema con solvencia. Entonces sucede lo que tememos: aquel desconocido-a-medias se acerca desde el otro extremo de la calle y ya es demasiado tarde para evitarlo. Nuestra mente se pierde en laberínticas suposiciones. Nos estrecha la mano mientras apenas balbuceamos un saludo. Un segundo se extiende y parece no acabar. Quizás el ruido del tráfico funciona como un elemento al cual aferrarse. Quizá, después del saludo, intentamos un esbozo de sonrisa que nos hace sentir tontos. Pronto el tiempo parece recuperar su velocidad normal y, de manera inesperada, el encuentro termina sin que sepamos, a ciencia cierta, lo que dijimos: si la inercia nos condujo a algún comentario ingenioso o, por el contrario, abundamos en lugares comunes que fueron escuchados, no con poca condescendencia, por nuestro interlocutor.

Lo que tampoco sabemos –acaso en ese momento lo comenzamos a sospechar– es que ese desconocido-a-medias entra en otra categoría que no acabamos de entender y que escapa a clasificaciones fáciles. Sin embargo, tenemos la inquietante certeza de que un nuevo encuentro está acechando a la vuelta de la esquina: cada cruce de miradas, cada saludo de cortesía en el banco o cada compra pueden engendrar un desconocido-a-medias que echará a andar el ciclo de probabilidades hasta que nos los topemos ahí, en la misma calle, y quizás lleguemos a la conclusión de no salir más de casa para evitar ese ejército que está dispuesto, en todo momento, a incomodarnos.

 

*Fuente: https://mulablanca.com/sobre-los-desconocidos-a-medias/

 

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo).

Recientemente ha publicado:

“La Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

“Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Una de las cosas que más me aterran es la paranoia creciente ("piensa mal y acertarás") dada por el hecho de que siempre estamos a la defensiva, imaginamos algo malo del otro, pero lo más grave es que no averiguamos, lo damos por hecho. Con este modo primitivo de pensar, no salimos de la selva, ayudamos a la difamación, y nuestra vida entera y relación con los demás es un malentendido continuo. Y "como si esto fuera poco, por el mismo precio" nos estresamos cada vez más, ayudamos a la confusión y al daño general.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

Estación Juan Tronconi*

 

 

Como consecuencia de un desastroso año escolar, a los 14 me enviaron a la casa de mi abuela en las vacaciones de verano. Era el exilio: un paraje desconocido en el centro de la provincia, cerca de Roque Pérez, en donde lo único que se destacaba era la estación de tren Juan Tronconi.

Yo estaba convencida de que era un castigo, pero en realidad había sido la solución desesperada que se le ocurrió a mi madre: Las peleas con su esposo eran cada vez más frecuentes y violentas y quería alejarme de ese ambiente hasta que encontrase alguna salida.  En esa época la casa de mi abuela era como el desierto. La única posible diversión: televisión con un solo canal, que caprichosamente nos obligaba a mirar lo que la repetidora transmitía.  Por suerte encontré los libros que mi madre había comprado en su adolescencia, lo que me dio un poco de esperanza.

No sabía quién era Juan Tronconi. Pensaba que era un prócer, un militar o algún ingeniero relacionado con trenes, pero después me contaron que había sido el dueño de las tierras en donde estaba la estación, un inmigrante que llegó a fines del 1800 y tenía una fábrica de chacinados. El tren había dejado de pasar ya hacía varios años y con él se había ido también el poco movimiento que tenía el lugar. Un conocido de mi madre me había dejado en la estación, desierta en medio de altos pastizales y me indicó el camino, al costado, por una calle de tierra.

Mi abuela vivía sola y estaba enferma. No tanto como para internarla, pero sí como para haber suspendido varias de sus labores domésticas y prolongar sus descansos en la cama.

Su casa había enfermado también, Húmeda, oscura, silenciosa. Desde el día en que llegué empecé a abrir las ventanas para que entre el sol. Todas las mañanas, él le daba un poco de vida a los muebles gastados, las cortinas añejas y vetustos retratos familiares.  Si no hubiese tenido 14 años tal vez me hubiera deprimido el imaginar todas las vacaciones en aquel lugar, pero mi curiosidad siempre me había ayudado en situaciones y lugares difíciles.

Pocos vecinos tenía mi abuela: dos o tres casas, a más de 50 metros de la suya. Por supuesto, no pasaba nada interesante en ese lugar. Me di cuenta con sólo verlo.  Pero en una de las casas vecinas algo me había llamado la atención. La ventana de la cocina de mi abuela daba a su patio, en donde cuatro o cinco durazneros estaban totalmente florecidos. Los primeros días me maravillaba verlos, mientras tomaba mi café y corría la cortina para que entre el sol. No había visto nunca, en mi ciudad, algo tan hermoso. Mi abuela notó esa fascinación y al pasar a mi lado dijo susurrando: “Aprovechá a verlos. No durarán mucho”.  Mientras la escuchaba, pensé cómo podía obtener una ramita, aunque sea, cubierta de flores, para el jarrón de nuestra mesa.

Ese día fui caminando despacio hasta el tejido de alambre que nos separaba del vecino y me quedé mirando los árboles. No había una sola hoja en los durazneros. Sólo el rosa indescriptible de las delicadas flores que cubrían las ramas.

Alguien salió de la casa y se acercó. Era un muchacho un poco mayor que yo, como de 16 años. Alto, delgado, moreno. Le pregunté si podría darme una ramita y cortó varias. Cuando me alcanzó ese precioso ramo una tímida sonrisa iluminó sus ojos negros.  Le pregunté su nombre y él el mío y nos saludamos estrechándonos las manos. Así empezó todo.

Una tarde, harta del aburrimiento, salí a caminar. Mi abuela se había acostado y yo sabía que hasta las cuatro, hora en que empezaba la novela, no se levantaría. Ella me había hablado de una enorme planta de tunas que estaba al lado de la estación Juan Tronconi y fui a buscarla, para ver si podía conseguir algunas.

El sol ardía. Caminé un buen rato por ese monótono terreno: pastos secos, unos pocos arbustos, algún pájaro solitario, hasta que llegué a la desolada estación de tren.  Algunas de las tablas del andén estaban rotas y la pintura de los bancos ya no brillaba. Pero todo parecía haber quedado en suspenso. Hasta el viejo pizarrón en la pared donde se anotaban los horarios del tren estaba intacto.

Ahí lo vi. El muchacho de los durazneros apareció por el otro lado del andén, como si estuviese esperándome.  Me contó algunas cosas sobre la estación. Él era muy chico cuando el tren dejó de pasar y sólo recordaba su silbato. Me relató también que poco a poco la estación había ido agonizando, sin gente, sin vida. Un antiguo empleado del ferrocarril iba una vez por semana a controlar que todo estuviera en orden y que nadie hubiese violentado el cuarto de depósito, él único que estaba cerrado  y contenía papeles, muebles y algunas máquinas y herramientas  que esperaban un destino aún incierto, como un museo o su destrucción.

Recorrimos todas las dependencias de la solitaria estación. Algunos lugares ya tenían moho, telarañas y habían sido visitados por gatos o perros sin dueño, buscando albergue o comida. Matas de gramilla y Dientes de León asomaban entre las baldosas. Aun así, era un hermoso lugar. Yo temía que hubiese ratas, pero Manuel me tranquilizó: Si estuvieran, se esconderían o escaparían al oír nuestros pasos.

El último cuarto al que entramos era pequeño y estaba totalmente vacío. Sus paredes habían sido pintadas de color verde oscuro, como las columnas del andén y por lo reducido y apartado pensamos que tal vez sería la oficina del Jefe de Estación o algo así. Había un ligero aroma dulzón; parecía imposible que hubiese quedado en las paredes tantos años.

Cerré la puerta y puse el pasador y le tendí la mano. Manuel vino hacia mí.

No habíamos planeado nada, ni siquiera hablamos. Sus manos, su boca, todo su cuerpo era mío. ¿Para qué hablar? La calidez de nuestro aliento decía todo. El abrazo era un discurso, el corazón estaba en la palma de nuestras manos y se deslizaba por la piel, enrojecida por el implacable sol de la siesta.  Nos encontramos allí así, sin saber qué hacíamos ni qué teníamos, sin preguntar ni prometer. ¿Hay amor más honesto que ése?

Así pasaron varias semanas. Él observaba el movimiento en la estación y el día después de la inspección del encargado ataba una cinta en la más alta rama del más alto de los durazneros, que ya estaban cubiertos de hojas verdes y frutos dorados.

Nadie lo sabía, nadie lo imaginaba. Jamás podría llevarlo a mi casa, presentarlo a mis amigas. No era un “buen candidato”, como decía mi tía. Ni siquiera era un candidato. Sin pasado y sin futuro. ¿Qué importaba? Entre mis manos, adentro mío, no era lo soñado: era lo real.

A fines de febrero nos descubrieron. Estábamos en el cuarto, casi dormidos. Yo había estirado mi mano para secar el sudor de su cara cuando escuchamos pasos y el ladrido de un perro. Con urgencia nos vestimos, mientras el picaporte subía y bajaba furiosamente y los golpes en la puerta sacudieron el silencio de la estación.

Manuel abrió y el hombre, empuñando una escopeta, nos miró con asombro. El disgusto en su cara era notable. Manuel lo encaró cortante “No haga nada, don. No volveremos aquí”.  El hombre había descartado ya la posibilidad de que fuésemos ladrones y me miró con enojo. Asustada, recurrí a su comprensión:

-Por favor, no diga nada. Mi abuela es una mujer mayor y podría afectarla este disgusto…

Nos salvó que mi abuela era la curandera del lugar. Había aliviado durante años los empachos y mal de ojo de casi todos los habitantes de la zona y muchos le debían favores y gratitud.

Con la promesa de no volver a acercarnos a la estación Juan Tronconi, nos dejó ir.

Nos despedimos unos metros antes de llegar a casa, todavía conmocionados por el suceso. Ví un lamento en sus ojos oscuros, pero me acercó hacia él por última vez con ese brazo que tantas veces había envuelto mi espalda, que me había sostenido vibrante cuando lo amaba.

No lo vi más. A los pocos días volví a mi ciudad, a comenzar un nuevo año de escuela, a las interminables peleas domésticas, y a las pavadas de mis compañeras.

Unos meses después murió mi abuela. Mi madre viajó sola hacia allá y la enterró en el cementerio de Roque Pérez.

La casa se vendió al poco tiempo, con los muebles y lo poco de valor que había adentro. Mi mamá trajo algunos libros, fotografías y otras cosas que no tuvo la frialdad de regalar o tirar. Ese año se separó finalmente de su marido y nos fuimos a vivir, las dos solas, a un departamento más chico.

Diez años después volví a Juan Tronconi.

Acababa de comprar mi primer auto. Usado, por supuesto. Recién hacía diez meses que trabajaba y había abandonado la facultad definitivamente. Manejé mucho más de lo que pensaba. Había olvidado lo lejos que quedaba el paraje, la casa, la vida, en Juan Tronconi.

Llegué a la estación, más abandonada que nunca.  Maderas despintadas, tejas salidas, algunos vidrios rotos.  El tiempo y la tristeza me recibían

Apoyé mi cabeza en el volante y suspiré. ¿Qué pretendía? ¿A qué había ido hasta allí? ¿A buscar qué? ¿Qué intentaba recuperar?

No sabía su apellido, ni si aún vivía en ese lugar, ni si seguiría siendo el mismo. Yo misma había cambiado. Diez años en los que me habían pasado montones de cosas. Era diferente por dentro y por fuera. Sin embargo, algo que no podía explicar seguía agitándose en mi pecho.

Ya estaba allí. Había manejado tanto, planeado el viaje tanto tiempo antes, no podía volver sin intentarlo.

Bajé del auto y caminé.

El barrio había progresado poco, nuevas casas se asomaban. No muchas, pero ya no era tanta la distancia que separaba un vecino del otro, La casa de mi abuela había sido pintada de amarillo, le habían agregado otra habitación y una cerca. Me estremeció un poco verla así y saber que no podía entrar, que era una extraña para los que vivían allí.

La casa de Manuel…ya no existía.

En su lugar habían construido un galpón bastante grande, que albergaba una pequeña fábrica de cordones y soguines. No estaba la casa, ni la pirca, ni los gallineros. Y lo peor: ni siquiera habían dejado uno solo de los durazneros.

A quienes pregunté no supieron decirme nada de la familia, ni lo que había pasado con ella. Eran gente nueva en el lugar.

Volví al auto y arranqué, en sentido contrario, hacia mi ciudad.

No quería llorar, no quería pensar. “No durarán mucho”, dijo mi abuela. Los durazneros, Manuel, no sufrirían ya el paso del tiempo. Estarían florecidos para siempre.

La estación Tronconi fue quedando cada vez más pequeña en el espejo, hasta convertirse en un punto difuso, lejano, al que no volvería nunca.  Un sitio que ya no pertenecería al paisaje de mi vida, que sólo podría hallarse, sin brújula, sin mapas, sin datos ni palabras, en el lugar más dulce, más cuidado del corazón.

 

*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar

 

 

 

 

Próxima estación por antiguo ferrocarril Midland:

 

LIBERTAD.

 

-Final del recorrido literario por el Ferrocarril Midland-

 

En Libertad, la antigua sede de los talleres ferroviarios estará terminada la aventura literaria del antiguo Midland. Desde Marinos –una estación relativamente joven- hay un tren real –el Belgrano Sur- que puede recorrerse hasta Aldo Bonzi en el tramo original del Midland para continuar por las vías que fueron alguna vez del Compañía General Buenos Aires hasta la estación Sáenz.

Queda renovada la invitación a participar en las últimas estaciones del Midland. Que la utopía del tren literario no se detenga y haya fuerza demencial literaria para seguir adelante con el extenso recorrido del Provincial. El cierre del Midland se acompañará en sucesivas ediciones con escritos de los amigos que han participado en esta hermosa aventura.

 

 

 

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