Friday, December 04, 2009

DE ZOOILÓGICOS...


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL.


SUSANA Y EL UNICORNIO*


A Eduardo Coiro y su hija Paula



Ese amanecer, cuando fue con su padre a la cuadra, se sorprendió al ver un unicornio pastando entre los caballos.

Le gustaba ir bien temprano para escoger el animal de su gusto; le complacía ver como los ensillaban y ayudaba a cepillar sus crines. Pero esa mañana se había quedado sin palabras, contemplando el brillo de nube de aquel ser de leyenda, mezclado entre los caballos que se alquilaban para hacer prácticas de equitación.

- A esta niña parece que los ratones le comieron anoche la lengua – le dijo el granjero - ¿A quién te ensillo hoy?
- Por favor, quiero que me ensille al unicornio.
- ¿Qué? – dijeron su padre y el granjero al unísono.
- Aquel blanco, brillante...

Iba a decir “del cuerno en la frente”; pero se percató de que nadie más lo veía.

- ¿El nuevo? – sonrió el granjero - No le habíamos puesto nombre; el dueño lo vendió porque no sirve como animal de tiro... las patas muy finas. Le pondremos Unicornio, si te parece bien, aunque no sé si se deje montar por una niña, es un poco rebelde.

Susana corrió junto al unicornio.

“Lo has visto, ¿verdad?”, le dijo él con voz que ella comprendió que nadie más escuchaba.

- Pero... ¿por qué yo?

“El hombre solamente puede ver aquello en lo que cree, por eso ha dejado de ver ángeles, demonios, hadas y unicornios. Al ser ignorados nos vamos adocenando, terminamos trabajando para él, hasta que un día nos llega el olvido. Cada vez somos menos, apenas quedan dos hadas, excelentes niñeras; un demonio se alquila en fiestas como tragafuegos, conozco un ángel trapecista... Soy el último de mi especie. Si alguien nos ve, nuestra tristeza aumenta, una niña que aún cree en la magia no puede torcer el rumbo de lo ya escrito”.

Susana no tenía palabras, se acercó y le acarició las crines. Él posó mansamente la cabeza en su hombro.

- ¿Quién lo diría? – dijo el granjero acercándose – ¿Probamos a ensillarlo?
- No sé... – dudó ella, mirando al unicornio.

“Acéptalo. Mejor que sea contigo”.

Hasta que el sol le anunció que era hora de regresar, cabalgó en el unicornio, sintiendo su paso que apenas rozaba la hierba, disfrutando su voz como música, descansando para verle beber del arroyuelo, sin saber como agradecer aquel regalo que le llegaba en los umbrales de su adolescencia, momento en que sería obligada a incorporarse al mundo de los mayores, mundo que su madre no supo aceptar y que ella tendría que asumir, aunque para ello tuviera que admitir que donde veía unicornios había caballos, que donde hadas, señoras paseando cochecitos de bebés, que donde ángeles vendedores de globos... “Dales lo que te pidan, amor mío”, le parecía escuchar la frase de despedida de su madre antes de emprender el vuelo.

“No querrás terminar como ella”, le decía alevosamente la vecina cuando la veía hablarle a las muñecas. Pero sabía que su madre no era aquella mujer sin expresión que languidecía en un asilo de dementes, aquello era sólo la cáscara que había quedado cuando voló su alma. Su madre, compañera de las hijas del aire, disfrutaba al verla cabalgar en un unicornio.

Su felicidad se mezclaba con lo irremediable: Al terminar sus vacaciones tendría que volver a su rutina y el unicornio sería un simple caballo de alquiler. Éste era un lujo que apenas podía permitirse dos meses al año, y esos dos meses tocaban a su fin.

- Te quiero - le dijo mientras marchaban en trote suave.

“Si de veras me amas, hay una cosa que puedes hacer por mí: trae mañana una lima resistente, de las que cortan las más gruesas cadenas”.

No dijo más, se encerró en un triste mutismo mientras era desensillado, llevado a la cuadra y encerrado en su cuartón. Allí quedó resplandeciente, inconfundible entre los caballos. Susana había comprendido.

- Vendré temprano – le susurró antes de marcharse.

Una vez en casa, comió apresurada y dijo que tenía sueño; el padre lo entendió, había estado todo el día cabalgando. Era un alivio la afición de su hija por los caballos, así podía adelantar los trabajos de mantenimiento del parque, sabiendo que ella estaba en buena compañía... La de él, a pesar de todo su amor, no era la mejor desde el día en que tomaron la decisión irrevocable.

La niña sintió los pasos alejarse de su cuarto y saltó de la cama, para ir de puntillas hacia la caja de herramientas. Tomó lo que había ido a buscar y regresó a dormir.

Era noche aún cuando abrió los ojos, sabía que los peones y el granjero llegaban al romper el alba, así que debía apresurarse. Con una linterna en la mano emprendió el camino, tan conocido que podía haberlo hecho a oscuras. Saltó la cerca con facilidad y se encaminó a la puerta por donde asomaba aquella cabeza tan distinta de las otras. No temía a las reprimendas, estaba saldando una antigua deuda del hombre con sus creaciones... Sin decir palabra, comenzó a limar la pesada cadena.

“Susana, ¿recuerdas que nuestra mayor tristeza es ser reconocidos?”

Ella asintió sin dejar de limar.

“Detente y mírame: serás el último ser humano en ver un unicornio”.

Ella obedeció, con lágrimas en los ojos, comprendiendo que la lima no estaba destinada a cadena alguna. Pensando en lo que sucedería si un poeta, un músico, un pintor, o quizás otro niño que había crecido entre cuentos de hadas, llegara un día a esta cuadra, o a cualquier otra - siempre sería atrapado - y distinguiera aquel unicornio ensillado, cabizbajo, trotando en círculos alrededor de la pista... “No se trata de ver unicornios donde caballos”, sentía la voz de su madre, “sino de ver en cada corcel el sortilegio del unicornio”.

- Entonces... – dijo, conservando aún una gota de esperanza.


“¿Te importaría cortarme el cuerno?”



*de Marié Rojas.





DE ZOOILÓGICOS...







LAS OTRAS PUERTAS*



En el umbral de la puerta
abierta por la noche,
el gato llueve.
Lo único que yo hice
fue cerrarla.
Ahora,
el gato maúlla.





LUBRICACIÓN PESADA*



Para los que convirtieron
a la espera
en una profesión
y una costumbre
acechar a lo oportuno,
a los que no se conforman
con lo que cabe
en una mano,
a los que impidieron
a los sueños
-glotones empedernidos-
a encontrar una salida,
para ellos:
lubricación pesada,
aceite de elefante.





JARABE DE ARAÑAS*



Paciencias
huecos de la realidad
para atrapar
la imagen de la eternidad,
mientras llueve
en la orilla del mundo.
Perseverancias
del acechador
de la existencia,
los inevitables límites:
el viento,
las ramitas que mueven
la tela de las esperas,
paciencia infinita,
jarabe de arañas.





POLVO DE MARIPOSAS*



Para la angustia
de las puertas abiertas
de par en par
en las casas abandonadas,
del derrumbe incesante
en las habitaciones vacías,
para los que están afuera
y todas las puertas
dan al misterio,
para aquella mesa
y esas sillas desiertas
para siempre:
golpes de vuelo,
polvo de mariposas.





LÁGRIMAS DE COCODRILO*



Para quienes
la conquista de algún ingenio
fue a expensas
de la ingenuidad
-las ilusiones
del zonzo cuidadoso-,
nada como el cinismo
de la industria
del talento:
el furtivo engaño
de las lágrimas
de cocodrilo.





CANTOS DE GALLO*




El gallo
cantó no tres
sino seis veces,
yo me quedé quieto
esperé un poco
y seguí durmiendo,
el gallo
hizo lo mismo.
Cuando desperté
la canilla permanecía
con su gotera
el pasto asomándose
por la ventana
y el gallo
picoteaba invisibles larvas
en el piso polvoriento.





ALAS DE ABEJA*



Desciende la penumbra
con sus párpados cerrados
y su inclinación
de alas quietas.
Desde una puerta misteriosa
que se abre a un paisaje
de nubes que pasan
desciende una abeja
que deposita un polen
invisible sobre los ojos
que despiertan.





CANTOS DE MURCIÉLAGO*



Poseo sombras y tinieblas
que como cataratas destilan
en el espacio
una lluvia de terciopelo
y de una oscuridad blanda
construyo mis túneles
de luces distintas
que mis ojos no ven,
transcurro cerca
de la risa de ciertos ángeles
mientras la noche
me recibe con un temblor
desnudo
cuelgo como nave de polvo
tras el espanto
que se arrastra
desde el otoño antiguo
de mis alas.





MOTIVOS DEL ZORZAL*



Me distraigo en mi canto
zurciendo mañanas imperfectas
picoteando el rostro
de la aurora
en bosques y pantanos
sin saber del propósito
de mi canción al aire
de la encendida alabanza
a la transparencia de la brisa
o al río inmemorial.
Los recuerdos y los amantes
se multiplican en el placer
de un cielo abierto.
Casi nada. La insistencia
de un canto, que, aunque breve
completa el sentido
de los días a la deriva.





EL DESVÁN DEL ORNITORRINCO*




Resabios del esplendor
de la tierra
de unicornios, dragones
y sirenas,
en su desván el ornitorrinco
con retazos diversos
entrama su compostura
y se burla de la evolución.
Se mueve feliz
y desde su ventana exigua
contempla el mundo,
pero, como en la industria
humana añora algo:
volar, poca cosa,
modestia de ornitorrinco
considerando nuestro anhelo
de eternidad
que las raciones del tiempo
disipan.






LA COMPLACENCIA DEL CAÍ*



Muy pocos aún
deambulan con organilleros
eligiendo en un azar
aparente los doblados
papelitos coloreados
de los destinos ilusorios.
No dudan, ágiles
en las orillas suburbanas.
Los que permanecen
en las horas del bosque,
vagan alegres
comiendo frutos y caracoles.
Como buenos sabios
aman los ríos
y en sus orillas
se complacen en descifrar
los diminutos guijarros
del destino.





ANIMALES DEL JARDÍN*



De poseer
un jardín privado,
albergue del ocio
y las memorias vulnerables,
lo habitaría con el bandicut,
el escuerquers, el nombats,
el tenrec que bosteza
inagotablemente
y el pequeño noolbenger
que se alimenta sólo
de polen, néctar
e insectos diminutos.
Huéspedes dilectos
para la intimidad
del murmullo de la hojarasca.






HOMO*



Mamífero que prefiere los trópicos
donde se encuentra con agrado.
Si de conductas se trata
no es muy distinto a los primates,
se halla a gusto con la poligamia
y la naturaleza para complacerlo
hace que las hembras sean más numerosas,
las crías nacen inmaduras y dependen
mucho tiempo de sus padres,
tendencia que se incrementó
con los siglos y la tecnología.
Son más cooperadores afuera
que dentro de su propia casa.
En general de naturaleza agresiva
se disipan en ambiciones y quimeras.
Construyen traiciones, olvidos,
castillos en el aire
y regresos imposibles.
Esencialmente son terrestres.






PAN DE COLIBRÍ*




Mi alimento singular
ha sido el pan
del néctar de tus sueños
en las tardes complacientes
de tus labios de fábulas
y breves abismos.
En las despedidas abiertas
he libado en el suspenso
de un tiempo diminuto
la dulzura susurrante
de un abanico de guirnaldas.
Pan de colibrí
que brota de la garganta
de la primavera
y en un aleteo inverosímil
se esparce
y me mantiene suspendido
como una canción inolvidable.



*Poemas de Santiago Bao. santinebao@gesell.com.ar

- De MEMORIAS DEL ZOO (Selección)
Ediciones Suárez, Mar del Plata, noviembre de 2005





Carnívoros*



“No sólo de pan vive el hombre……también come carne”, ironizaba Julián Bustos mientras el último ternero culminaba de trepar al último vagón jaula de “FÉNIX”. El cargamento debía llegar esa misma noche a Mercedes, ya que desde allí partirían con rumbo urgente, aunque desconocido para Bustos. Más allá de donde finalizara su misión, el destino del ganado en pie sólo era determinado por los responsables del frigorífico “Santa Anita”, quienes aguardaban con ansia aquel lote de vacunos desde hacía ya tres infinitos días.
Los terneros se agitaban inquietos a bordo de los tres vagones jaula, pero con el correr del tiempo Bustos ya se había acostumbrado a ese detalle. Con lo que no se podía familiarizar era con expresiones taciturnas y distantes como las que esa tarde presentaba el maquinista titular de “FÉNIX”, un Leandro Benítez apagado y acaso rencoroso. Bustos había oído como al pasar que Benítez la “venía piloteando” bastante mal desde hacía un par de meses, cuando comenzaron a investigarlo por un crimen que parecía no haber cometido, vinculado con su trabajo……pero que nunca se aclaró del todo. Sus compañeros habían ido apartándose de su lado, y Bustos sentía hasta cierta piedad por el pobre tipo. Sin embargo, ello no impedía que su talante sombrío le inspirara cierto temor, que crecía a medida que compartían las horas transcurridas durante los transportes.
Eran pasadas las siete cuando la formación reanudó la marcha hacia Mercedes, luego de una breve parada en Estación Pergamino. La tarde tenía un neto corte primaveral. Y Bustos disfrutaba en silencio del paisaje, mientras cebaba unos regios mates, que Benítez aceptaba sin despegar los ojos de la vía, ni acotar palabra alguna.
Lo hechos que se sucedieron a partir de la mitad del trayecto le evocaron a Leandro Benítez la siniestra repetición de una escena traumática, que lo obligó a renunciar a su puesto sin titubeos, y a Julián Bustos lo embargaron de un miedo y una indignación que –a pesar de haberlo intentado infructuosamente- no se le borraron durante lo que le quedó de vida.
Lo primero que vieron, al doblar una curva, fue un par de vetustas y oxidadas camionetas Dodge que apenas si podían moverse, cruzadas sobre los rieles. Benítez movió la palanca con destreza, deteniendo a tiempo a “FÉNIX”, haciendo chirriar los frenos con un estallido de chispas. La locomotora se quejó en un último estertor al detenerse, rozando apenas con su enorme parachoques uno de los abollados flancos de las camionetas.
-¿Pero quién mierda……? -, estalló Benítez, despertando de su letargo.
No consiguió terminar la frase. Una impensada horda de indigentes, entre quienes se hallaban varias decenas de infiltrados, evidentes punteros políticos que comandaban su errático y famélico accionar, surgió de la densa arboleda que se erigía sobre una de las cunetas y saltó hacia la formación armada de filosos cuchillos, trepando hacia los vagones jaula en medio de un colosal griterío de guerra, algunos con increíble agilidad, otros con notorias dificultades en la locomoción, producto de una vida plena de privaciones y falta de atención médica. Rostros desencajados, pieles escamadas, bocas desdentadas, miradas alucinadas… Todos ellos parecían vampiros, aunque sin la menor cuota de palidez, ávidos de sangre……y de carne, a fin de llevarse codiciosos hacia la olla o la parrilla. El ganado olfateó el peligro en el ambiente y comenzó a mugir desesperado, pataleando contra los flancos de los vagones y haciendo vibrar la formación, que al ser abordada por la horda amenazó con volcarse y descarrilar, arrastrando a “FÉNIX” consigo.
Bustos se asomó a la ventanilla de la locomotora sin conseguir articular palabra, estupefacto, dejando caer el mate recién cebado al piso de la cabina de “FÉNIX”, intimidado ante tamaña aparición espectral. Sabía que su misión era proteger el cargamento vacuno de cualquier contratiempo, pero jamás lo habían preparado para repeler un ataque como aquél, y menos aún había podido imaginar por su cuenta algo por el estilo. Así como nunca se había sentido tan impotente frente a una situación de peligro como en aquél momento. Benítez, por su cuenta, reaccionó de manera inversa; con el pavoroso recuerdo del frustrado asalto de la caja fuerte británica del siglo pasado delante de sus ojos, se desbordó de furia, no tanto frente a la injusticia de aquel acto –su responsabilidad lo limitaba exclusivamente a conducir la formación hasta destino-, como ante su propia frustración, y el funesto panorama que inconscientemente avecinaba para sí mismo.
-¡Loco!!! ¿Qué mierda se creen que están haciendo!!! -, chilló desde uno de los balcones laterales de “FÉNIX”, dando un par de pasos hacia la multitud, que ni siquiera lo oyó.
-Quedate piola, chabón, que la cosa no es con vos -, le indicó a escasos cinco metros sobre la cuneta un tipo grueso, con una visera de la Municipalidad de Mercedes calzada hasta las cejas, mientras sopesaba un enorme palo entre sus manos, a manera de garrote.
-¡Pero me están cagando el laburo!!! -, protestó Benítez, deseoso de sacarse de encima con sólo chasquear sus dedos a toda aquella gentuza.
El tipo no le contestó, ni dejó de izar y dejar caer el garrote sobre su palma izquierda, mientras contemplaba parsimonioso el vibrante y efusivo accionar de la gente que habían trasladado hacia allí desde territorios no tan vecinos. La emboscada había sido todo un éxito. Quizá, todo respondiese a un brutal política asistencialista suscripta por el municipio –o por la provincia toda, quién sabe…-; sólo que esta vez no les regalaban empaquetada la carne para el guiso o el asado, sino que se la tenían que procurar de inmediato por sus propios medios…
Los chillidos de los animales, así como de los hombres y las mujeres que asestaban cuchilladas a diestra y siniestra, parecían similares. La ferocidad de aquel ataque parecía denotar algo más que hambre; se asemejaba más a una venganza muda, cuyo destinatario principal ni siquiera era una persona o una corporación. El tren no hacía más que vibrar; varios terneros agonizantes trastabillaban y caían sobre el suelo irregular, cruzado por las vigas de acero de todo vagón jaula, generando temblores y estruendos que le ponían al maquinista y al encargado del frigorífico los nervios de punta. Luego de unos minutos, comprobaron que varias mujeres ensangrentadas se alejaban de la escena munidas por toscos trozos de carne faenada, aún con el peludo cuero pegado sobre sus costados. La sangre vacuna se derramaba indolente sobre los enrejados flancos de los vagones jaula, cayendo sobre los cantos rodados de la vía con un sello ciertamente horroroso.
Entonces, cuando la masacre parecía haber alcanzado su punto de mayor fragor, con el primaveral aire de la tarde impregnado por el fétido olor de la muerte -coronado por el de la sangre, el miedo y la bosta-, una abominación mayor tuvo lugar ante los incrédulos ojos de Julián Bustos y Leandro Benítez.
Los ángeles vengadores del sistema surgieron casi de la nada, sin que nadie reparase en su existencia, sobre la explanada opuesta a la arboleda. Cubiertos por el más cómplice de los silencios, habían llegado a bordo de sus patrulleros blancos y azules sin encender ninguna sirena o baliza, sabedores de su impunidad. Se habían apostado en hilera, protegidos detrás de sus vehículos, todos ellos enfundados en sus uniformes oficiales, sin pronunciar palabra, ejecutando órdenes tan precisas como los punteros que minutos antes comandaran el asalto. Como dos ejércitos enfrentados -uno de ellos probablemente financiado por el frigorífico “Santa Anita”, encargado de hacer un seguimiento muy próximo al cargamento, ante los reiterados rumores de un ataque de cuatreros, según los rumores de pasillo que Bustos consiguió milagrosamente evocar en aquel instante-, aunque ambos bandos sostuvieran en alto la misma bandera de la pobreza.
Alguien gritó, de pie sobre el techo de uno de los camiones jaula, queriendo alertar a sus compañeros en el último segundo. Aunque pocos lo supieran, en la barrabrava de Boca Juniors y en su barrio platense de Los Hornos lo conocían como el Gordo Nacho, muchacho dispuesto como pocos para el desorden y el beneficio sin esfuerzo alguno; extraña clase de gato salvaje que siempre caía de pie, cualquiera fuese la situación que le tocase enfrentar. Sólo unos pocos consiguieron escucharlo, demasiado tarde para reaccionar.
En aquel último instante, lo único que consiguieron distinguir el maquinista y el encargado del frigorífico, en medio del caos y la confusión generados por el griterío humano y animal –aunque ya casi no pudiesen diferenciarse entre sí-, fue el sostenido pero breve pitido de un silbato, iniciando las maniobras consistentes en repeler a los invasores. Sólo que, evocando por su ausencia a las oscuras y anchas bocas de los lanza-gases antimotines, las decenas de cañones de pistolas y escopetas que se parapetaban detrás de los patrulleros, sumados a igual número de ojos fijos a través de sus miras sobre blancos móviles precisos, presagiaban mucho más que lo peor.
Las últimas luces de la tarde agonizaron en medio de un ensordecedor y sincopado estruendo de disparos, que vomitaron fuego y muerte a discreción sobre aquel malogrado convoy ferroviario. Cápsulas y cartuchos servidos volaron por doquier alrededor de las fuerzas del orden, impregnando el espacio de la cuneta de las vías por el acre aroma de la pólvora. Fue un fusilamiento casi a quemarropa, sin contemplaciones. Nadie preguntó ni se cuestionó nada; todos obedecieron en bloque, disparando y recargando sin pensar. Mientras sus víctimas, humanas y –por desgracia, en el fragor de la contienda- también animales, caían al suelo entre alaridos de sorpresa y de dolor, cubiertos de sangre de pies a cabeza, tajeados por las cuchilladas, agujerados por los balazos, con los brazos en alto en un inútil y postrero intento de rendición, derramando vísceras sobre cada camión jaula y los cantos rodados de las vías, implorando en vano como sus congéneres entre los desolados muros del matadero.
Bustos se arrojó al suelo de la cabina ni bien sonaron los primeros disparos, que derribaron al tipo del garrote y la visera casi de espaldas, sin que se diese cuenta que estaba muriendo, mientras Benítez se zambullía detrás del encargado del frigorífico desde el balconcito lateral de “FÉNIX”. Desesperados reptaron sobre sus vientres hasta alcanzar la puerta del otro lateral, abriéndola hacia la arboleda, donde parecían querer escapar los últimos asaltantes -entre ellos, un aterrado Gordo Nacho-, seguidos de cerca por el silbido de los proyectiles. Las balas arrancaban fragmentos de corteza de los árboles en busca de los recién fugados, mientras las fuerzas policiales avanzaban en bloque, abandonando la protección de los patrulleros sin dejar de apuntar hacia la ya abatida multitud, yendo a la caza de los escasos heridos y moribundos……y de todo aquel que pudiese oficiar como solitario pero peligroso testigo del hecho.
Varios cañones los apuntaron cuando ambos se arrojaban desde “FÉNIX” hacia la cuneta de la arboleda. Sólo una milagrosa orden del oficial a cargo consiguió salvarles el pellejo, al reconocer en el último segundo a Julián Bustos como uno de los empleados del frigorífico “Santa Anita”. Algunos uniformados se adentraron entre los árboles disparando a ciegas, mientras la mayoría de los demás se encargaban de rematar a los caídos, y los pocos restantes se ocupaban de levantar a los empujones al maquinista y al encargado, apoyarlos de cara contra el costado de la locomotora, y esposarlos, a pesar de las vacilantes y quejumbrosas quejas de Benítez, sin apartar de sus cabezas los humeantes cañones de las armas.
Bustos se apoyó de espaldas contra la locomotora, dejándose caer al suelo hasta quedar sentado sobre el canto rodado, y vomitó hacia un costado, orinándose al mismo tiempo en los pantalones. Benítez temblaba, manteniéndose apenas en pie, con la mirada perdida a fin de evitar contemplar el rostro del horror, y el semblante desolado frente a su incierto futuro. Más allá, los últimos terneros mugían en estridente agonía, erizándoles la piel. Y decenas de cadáveres teñían de rojo la pampa húmeda.
Los orificios de bala de distintos calibres permanecieran sobre el lateral de “FÉNIX” durante el resto de su campaña ferroviaria, como cruel y mudo testimonio de aquella tarde de masacre. Sus eventos jamás se dieron a conocer en los medios de prensa, y sólo un par de aterrorizados testigos recordaron por siempre, aunque incapaces de relatarlos ante auditorio alguno.
“No sólo de pan vive el hombre……también come carne”, recordó –muchos meses después, con unas cuantas copas encima- haber pensado aquella misma tarde, como en un sueño, antes de emprender el viaje, el empleado Julián Bustos. “Carne de res faenada”, musitó con un inconfundible vaho etílico, sobre una anónima mesa del restorán “Fronteras”, antiguo boliche de los que se apeaban en la Estación Tambo Nuevo, dos o tres décadas antes; “carne que nos alimenta a todos, y que nos acostumbramos a comer desde bien chicos”.

Aunque, claro, rara vez esa carne faenada con la que se alimenta una nación… termine siendo humana.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar









UNIDOS*



Yo y Platero
nos la pasamos
decepcionándonos


Ni yo ni Platero
confiamos en que
pudiera otro vínculo
animal o humano
resultarnos posible


y mucho menos
yo con otro humano
o él
con otro animal.


*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar






Dueño del viento*



La voz de Ray Bradbury resuena como eco lejano. La secretaria recrea y ordena sus archivos de textos mientras deja sonidos para que caigan en el aire y se pierdan en la nada, aunque algunas frases llegan a mis oídos atravesando varios metros y esa puerta cerrada que comunica su oficina con la mía.
La voz de Ray. Recuerdo difuso que aparece en mi memoria, ¿será un cuento de "El país de octubre”?
No estoy seguro. Mi mirada busca por un momento las calles. El ventanal comunica directamente con una enorme avenida por la que circulan vehículos con sus respectivas bestias clónicas de tiro.
No esta demas aclarar que en este mundo ya no hay combustible fósil, ni sólido ni líquido.
Pero la ciencia logro recrear genéticamente enormes bestias de tiro. Para construir aspecto exterior y propiedades se ha recurrido a formas y nombres de dinosaurios y a los monstruos de la mitología griega. Cada uno de ellos se ha constituido en marca registrada y logo de los grandes monopolios de la industria clónica. Los dinosaurios de mayor porte son utilizados por empresas parar tirar trenes y transportes colectivos. Minotauros para tirar coches individuales. Los Coelophysis conectan el sur y el norte de la ciudad sólo en horario de resplandor diurno.
La ciencia de la bioenergía clónica hizo posible estas bestias de tiro modificadas genéticamente para consumir solo el hidrogeno que extraen y separan del aire o el agua con sus propios organismos, filtrando el aire viciado con sus branquias y produciendo el oxigeno vital para nuestra especie mientras ellos se alimentan y beben de vientos huracanados, lluvias y mares.
El más grande Dinosaurio clónico disponible fue rebautizado como "Dueño del viento" por los habitantes de esta ciudad que producen poesía como principal ocupación globalmente reconocida.
Todos estos hallazgos se iniciaron hace muchos muchos años, cuando el Oil llegó a cotizarse a 6499 petroros por barril, entonces la bioenergia comenzó a ser económicamente viable. El costo de las guerras de ocupación por los recursos naturales se hizo imposible. Esos aviones que recuerdan a sus F18 de última generación no tenían suficiente combustible y el costo de operarlos empezó a ser superior a la riqueza posible de obtener con guerras de aniquilamiento y colonización.
Atrás pasaron todas las guerras imaginables o no.
La guerra de los bosques y la amazonia.
La guerra de los hielos y el agua.
La guerra por la conquista del fondo del mar
La exploración y conquista de la energía dormida en la fuerza volcánica del centro de la Verne Terrae.

El cielo del ocaso esta definitivamente gris. Cielos grises y huracanados preceden a noches oscuras donde solo brillan los televisores que han sido arrojados encendidos a unas calles que no conducen a ninguna parte. Después de la hora del toque de queda lumínico, el caminante solo puede desprenderse de las penumbras con el brillo de los televisores y el fuego que se desprende de enormes tambores de 200 litros, los mismos que antes llevaban combustible fósil y en los que ahora -al antiguo modo haitiano de supervivencia- los Home Less queman rezagos de papel, ramas secas, sólo cenizas de fuegos del ayer.

Esto pasa, en este año, el 3623 cuando desde cierta confusión entre realidad y virtualidad, les escribo estas improvisadas líneas.



*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
Copynigh. Permitida la copia y reproducción del presente texto sólo en horario nocturno.






Correo:


*

Estimado amigo:

Queremos informarle de la publicación en Candaya del libro Paseador de perros, de Sergio Galarza (Lima 1976), elegido por esta novela Nuevo Talento FNAC.
Paseador de perros es la historia de un tour de force por las calles de Madrid y su periferia, una novela sobre aquello que no se ve en las postales turísticas, el relato de una vida contaminada por el odio y la desesperanza. Pero también hay lugar para otros sentimientos. Y para la música. Sergio Galarza rescata del anonimato las tragedias y los placeres de una ciudad que tiene mucho que contar, desde Malasaña hasta Coslada, desde Alcorcón hasta La Moraleja.

El narrador, un joven inmigrante, viaja en metro y en autobús de un lado a otro para llegar a tiempo a su trabajo: pasea perros. Así sobrevive. Parece un oficio sencillo, pero el desamor y la sensación de esclavitud del que trabaja de lunes a domingo, lo hacen tan vulnerable y frágil como lo son, por otros motivos, algunos de los personajes con los que se cruza: un anciano con un mapache enjaulado, una mujer adicta a la autoayuda y aterrada por su rostro, un matrimonio que espera su final y, sobre todo, perros, de todas las razas y tamaños.

Sergio Galarza reflexiona sobre los cambios que se han producido en las grandes ciudades tras la llegada masiva de nuevos vecinos de otras latitudes. La suya no es una visión “políticamente correcta”, pero se acerca a la verdad que se respira en las calles. Paseador de perros es la primera novela de lo que Galarza ha llamado su “Trilogía Madrileña”.

Sergio Galarza Puente nació en Lima en 1976. Estudió Derecho pero nunca ejerció dicha profesión. Trabajó en una universidad, fue redactor de noticias para un canal de televisión y editor de cultura para una revista. Su primer libro de cuentos es Matacabros y el último La soledad de los aviones. El reportaje Los Rolling Stones en Perú, coescrito con Cucho Peñaloza, fue reeditado en España por la editorial Periférica (2007). Vive en el barrio de Malasaña, Madrid. Colabora con las revistas Room y Letras Libres. Los domingos se transforma en un mediocentro rabioso en una liga amateur de fútbol. Y trabaja en una librería donde se permite la entrada a los perros. Le gustan las camisas de leñador.
Si desea adquirir el libro directamente de la editorial (14€, gastos de envío gratis para toda España), sólo tiene que responder a este mensaje, indicando la dirección donde quiere recibirlo y el número de ejemplares. En http://www.candaya.com/paseadordeperros.htm puede ampliar la información, así como consultar algunas de las noticias y comentarios que vayan apareciendo en la prensa.


*Olga Martínez y Paco Robles. candaya@candaya.com
Editorial Candaya
Tfs. 654095854 / 938970376


*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 6 de diciembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Víctor Varela. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerardo Contreras (Costa Rica) y la música de fondo será de Pedro Nel Martínez (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org
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Cuales son sus contenidos ?
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