Saturday, January 30, 2010

COSAS TAN INOCENTES COMO VIVA LA VIDA...



*Ilustración de Ray Respall Rojas. (Cuba)




ROSA DE EBANO*




Pampa con cicatrices de destierro.
Flores de sal.
Espejo trizado por hielos de silencio.
Agua quieta dormida.
Agazapada, una rosa de ébano.
Sagrario oscuro semiabierto.
En la puerta, al acecho, la indefensión aguarda.
La indefensión es un lagarto negro que devora los pájaros sin sueño.
Paisaje duro.
Sábanas blandas de alhucemas fragantes.
Anidan las preguntas, la lluvia y el tintero.


Siete años de respuestas ausentes.
Una respuesta ausente es un collar de zarzas incendiadas.
Una zarza incendiada electrocuta las preguntas
Las preguntas cortan los hilos de acero de la noche.


La niña, una mitad salvaje, otra, jazmín de lluvia.
Obstinadamente se balancea en el topacio de los ríos de enero.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-San Luis- Argentina.






COSAS TAN INOCENTES COMO VIVA LA VIDA...





LA MARTITA*



¡¡¡Allá va la Martita!!! Dijo Raúl, señalando con el dedo…y todos miramos a la misma dirección y cada uno de nosotros hizo un gesto de susto y cerramos las manos hasta en convertirlas en puños apretados.

La veíamos pasar cada mañana, no tenía hora fija, ni sendero programado, a veces aparecía por la vereda de enfrente como viniendo del supermercado, otras, era como si apareciera de golpe caminando por la vereda nuestra y cruzaba justo enfrente de nosotros que mirábamos detrás de la ventana.
Caminaba rápido, con un ritmo monótono, marcado por pisadas iguales y enérgicas y miraba en dirección a nuestra ventana y nosotros rápidamente ocultábamos el rostro detrás de las cortinas para no dejarnos ver, nunca supe si alguna vez nos vio o nos presintió, pero el hecho de escondernos nos hacía invisibles o eso creíamos y todo esto nos producía un indescriptible nerviosismo, temblores y risitas constantes, además sudábamos un poco…
¡¡¡ya pasó, ya pasó!!!, decía el menor de mis primos, el más travieso y salíamos afuera corriendo a tropezones para ver que dirección tomaba o verla desaparecer a la vuelta de la esquina de la panadería.

Le decían La Martita pero nadie sabía bien su nombre, escuchábamos a mamá y a las otras tías hablar de todo y de todos en el barrio, pero cuando hablaban de ella, el tono de voz cambiaba, los silencios eran mas marcados, las exclamaciones mas profundas, las miradas más acentuadas y había cosas que no decían y solo hablaban con los gestos y las manos y nosotros tratábamos de adivinar ese parco lenguaje matizado.
Nunca supimos muy bien donde vivía, qué hacía, y adonde iba, nunca nadie se tomó el trabajo de dirigirle la palabra o de dedicarle u n saludo displicente.
. Era extremadamente delgada, su cuerpo no marcaba ninguna forma, la planicie de su pecho no coincidía con la curvatura de su espalda y claro los vestidos le colgaban lacios sobre sus hombros en caída vertical hacia abajo en colgajos de enaguas superpuestas, grises, eran los trapos que vestía o marrones según el antojo de ese día.
Un rostro magro y anguloso daba lugar a las marcadas y profundas ojeras, marco de negrísimos ojos de mirada recta, precoz, en cada giro veloz de su cabeza.
En la marcha y a cada instante se encogía de hombros y giraba la cabeza para un lado o para el otro con rapidez sorpresiva y de estar cerca te clavaba la mirada penetrante como puntas de lanzas disparadas.
Infundía temor la pobre Marta, y nosotros, corríamos como locos a nuestra casa para verla pasar muy cerca nuestro, pero separados por el cristal de la ventana y susurrando o clamando nos apretábamos unos contra otros o casi encimados para ver o percibir su firme paso, al toque virtual de nuestras manos.
Ella fue protagonista de mis pesadillas, adivinando el lugar donde vivía, los numerosos gatos que tendría, las sombrías habitaciones, y aún el lugar donde dormía, imaginado en lúgubres y mugrientas sábanas, y polvo por doquiera…

Esa mañana, nos habían despedido antes de la escuela, (reunión de maestros…creo), venía pensando lo que haría al llegar a casa.

La calma que traía se vio interrumpida de inmediato, es más, sucedió en forma abrupta y sorpresiva ya que vi a Martita delante de mí, la vi enorme, su delgadez hacía que pareciera mas alta, su cabeza inclinada hacia mi, dejaba caer a los costados del rostro un cabello largísimo, fino, desaliñado y negro que enmarcaba en forma macabra la mirada fija ahora concentrada en mi persona y su boca, sonreía en una mueca desdentada por donde pude ver brillar las encías con saliva.
Sentí terror mezclado con un profundo asco incontrolado y me fue imposible moverme del lugar en donde estaba, quedé fijada como un insecto clavado en alfileres de un coleccionista o como los conejos bajo el potente ojo de luz de un faro momentos antes del feroz disparo que lo llevará definitivamente a la muerte.
Ignoro el tiempo transcurrido, sentí mis lágrimas calientes sobre el rostro y el copioso temblor de mis mandíbulas.
La Martita estiró una de sus enormes manos sentí su calor en mi mejilla, me secó las lagrimas vertidas, acarició suavemente mis cabellos, ella también lloró con suaves contracciones y sentí a la mujer adentro de ella, sentí su sensible espíritu amarrado, su soledad, su hastío, su angustia acumulada, lloró en silencio y guardaré por siempre ese momento en mi memoria.
Ella lloró, lloró en nuestro encuentro, luego partió alejándose más lenta, y yo, al girar pude ver como llevaba sus manos hacia el rostro y a sacudidas movía sus hombros y su espalda.

Ahora soy yo, la que la espera cada día.
Ahora soy yo, que prepara una palabra, un gesto, una flor una melodía.
Para entregarle y poco a poco ser su amiga, demostrarle que ahora dejó de estar perdida y sola para siempre.
Ahora yo, le doy los buenos días y le muestro mi colección de figuritas.



*de Mirta Gaziano. mirtagaziano@arnet.com.ar
Julio 2009











La historia en bicicleta*



*Por Martín Caparrós
28.01.2010



La historia es esa bicicleta para dos, el hombre y la mujer que pedalean, un viento suave lamiéndoles las caras. A mediados de 1936 la guerra estallaba en España, en Alemania el partido nazi se deshacía de sus enemigos, en la Unión Soviética empezaban las grandes purgas del camarada Stalin, aquí mismo gobernaba el general Justo y se renovaba el pacto Roca-Runciman -por el que la Argentina se sometió al imperio de Inglaterra.
En Francia, mientras tanto, un Frente Popular integrado por socialistas y comunistas -sí, es cierto, sucedió- acababa de ganar las elecciones: la izquierda llegaba al poder por vía electoral.

El Frente liderado por el socialista -y judío, se encargaban de recordar sus enemigos- Léon Blum ganó las elecciones del 3 de mayo con el 57 por ciento de los votos: era apenas uno por ciento más que la suma de los resultados de todos sus integrantes cuatro años antes -cuando se presentaron separados y no ganaron nada. A fines de mayo, mientras Blum preparaba su gobierno, cientos de huelgas estallaron en todo el país -y, por primera vez, la mayoría de los huelguistas ocuparon sus lugares de trabajo. Muchos testigos las describieron como "huelgas de la alegría": bailes, festejos, obras de teatro, debates, amoríos amenizaban las ocupaciones. El país estaba paralizado. Tanto los militantes obreros como los patrones imaginaban que la propiedad de los medios de producción -y, más en general, el poder político-
estaba en juego; muchos hablaban -con esperanza, con miedo- de revolución.
Pero los comunistas obedecieron al padrecito Stalin -que les ordenó respetar el orden burgués- y, ya antes de asumir, el Frente Popular empezó a buscar el modo de acabar con las huelgas.

El 8 de junio de 1936 la CGT y las asociaciones patronales firmaron, bajo la garantía del flamante gobierno, los acuerdos de Matignon. El convenio incluía un aumento general del 12 por ciento, la creación de la figura del delegado sindical y la obligatoriedad de las paritarias, pero sus puntos más destacados eran dos reivindicaciones por las que los trabajadores habían peleado tanto: la semana de trabajo pasaría de 48 a 40 horas y todos tendrían derecho a quince días de vacaciones a costa del patrón.

"Largas caravanas de trabajadores caminaban hacia las estaciones ferroviarias de París", escribió entonces Simone Weil. "Me recordaban una boda de pueblo: lloraban de alegría, cantaban, gritaban cosas tan inocentes como viva la vida". Se abría, para muchos, una vida nueva -y lo celebraban con una euforia rara. De pronto, millones de personas que siempre habían sabido que el ocio era cosa de otros, de los ricos, tuvieron unos días para sí; millones de personas que nunca habían salido de sus ciudades se lanzaron al campo; millones de personas que habían oído hablar del mar y creían que nunca lo conocerían llegaron hasta ese lugar tan inimaginable y lo vieron por primera vez, y lo tocaron, y hundieron las patas en la arena. Era igualdad en acto: lo que siempre había sido para pocos pasaba a ser para todos. Las escenas, cuentan, eran conmovedoras; la más reproducida fue esa imagen donde aquella pareja joven, viento suave, pedalea sobre una bicicleta para dos como si el mundo les perteneciera: la historia en una foto. Tres años después vendrían la guerra y sus desastres, los millones de muertos, pero la conquista de las vacaciones pagas se mantendría -y empezaría a difundirse por el mundo: todos las reclamaban. En la Argentina un secretario de Trabajo, el teniente coronel Perón, firmó en 1945 un decreto que aseguraba ese derecho a todos los trabajadores: fue el principio del turismo social, los recreos sindicales, Córdoba, Mar del Plata, los patitos de goma.
Poco después, en 1948, las vacaciones fueron incorporadas a la Declaración Universal de Derechos Humanos -y pasaron a ser una de esas cosas que ya nadie discute.

Por eso ahora vivimos esa extraña parte del año totalmente distinta a todo el resto: cuando tantas personas recuperan, por unos días, el control de su tiempo. Hemos aprendido a considerar normal este negocio en que entregamos muchas horas por día para recibir, a cambio, cierto sustento: que otros
manejen -que hayan comprado- nuestro tiempo no nos parece extraño. Salvo en estos días en que, a cambio de esa entrega constante, obtenemos una menguada autonomía. Las vacaciones pagas se convirtieron en una costumbre que ya no se cuestiona. Más que un derecho adquirido: una de esas cosas de la vida que parecen haber estado siempre allí, que ya creemos naturales. Es muy fácil olvidar que empezaron, que surgieron de una larga pelea, que durante siglos nadie habría creído posible que los trabajadores hicieran esas cosas, que cualquiera que lo hubiera propuesto en -digamos- 1810 o 1500 o 1860 habría despertado, si acaso, carcajadas y, al final, una mirada de desprecio.

Es un ejemplo, uno entre tantos. Me impresiona lo fácil que nos ha resultado, en los últimos años, vivir afuera de la historia: alejados de la conciencia de que las cosas cambian, convencidos de que esto es lo que hay y que esto es lo que habrá: tan resignados. Y me impresiona cómo hemos conseguido incluso que algunas cosas cambien para volver a ser lo que ya era pasado. En la Argentina actual casi la mitad de los trabajadores está empleada en negro: sus vacaciones dependen de su situación individual, de su capacidad de presión, de la buena voluntad de sus patrones; más de medio siglo después de que se convirtieran en un bien para todos, volvieron a ser -en los hechos, no en la teoría- privilegio de algunos. Y eso sin contar a ese otro tercio de argentinos que -1810, 1500, ahora- no puede ni imaginar la posibilidad de vacaciones. Sólo porque nos convencimos de que no hay historia, porque vivimos resignados.



*Fuente: Crítica digital
http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=36737







*



Al ver mi sombra,
tu mirada llovizna
copitos de luz.



*


Desgrané tierra...
He tocado el vientre
que me contendrá.



*Haikus de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar







JUAN*



A “Balazo” Renzi



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



En aquel tiempo era un muchacho delgado, tímido y desgarbado que pretendía –sin éxito-pasar desapercibido.
En las reuniones estaba siempre en silencio, como si fuera mudo, pero apenas abría la boca para insertar una broma a guisa de bocadillo, ésta se convertía en un misil que daba en el blanco, porque aún la más inocente de sus intervenciones adquiría un carácter de crítica que la hacia aguda, frente a las conversaciones romas e insulsas del resto.
En el curso de una reunión danzante –como eufemísticamente se nombraba a los bailes- podía pasar invisible, ya que se negaba a bailar, sistemáticamente, aduciendo que no sabía. Pero quienes lo conocían bien aseguraban que tomaba esta actitud para estudiar las reacciones que los demás ofrecían a la sociedad cuando se soltaban al ritmo más que relajado de la música de moda. En su mesa del bar del club, donde lo más chicos nos arrimábamos tan sólo para festejar sus chuscadas, sus ironías filosas dichas con esa cara simple de chacarero (que era lo que había sido hasta hacia muy poco) es decir una cara como de asombro, pero de un asombro que ya era un rictus de costumbre en é, nunca estaba sólo.
Cuando tenía público (en especial un público entusiasta, que era casi como su cohorte personal) se ponía más fino y más lúcido, allí desgranaba sus humoradas ácidas para que esa media docena de adolescentes incondicionales le festejáramos todo, hasta los gestos cómicos que armaba casi sin mover las cejas, frunciéndolas en una levedad que sólo nosotros éramos capaces de interpretar y que dejaba más al descubierto al blanco de ese día, quien sería algún atribulado y arrepentido que lo habría querido contradecir o –lo que es peor- tomándole un poco el pelo, intentar revertir ese papel de tonto que hacía desde mucho tiempo, horas a veces, sometido a la inplacabilidad de su saña.
Y cuando entraba a la cancha, con las medias caídas, la camiseta afuera, el pantalón descolorido y su caminar cansino, con la impresión que un pie no podía moverse si el otro no lo autorizaba, todos sonreíamos felices.
El solamente corría en los clásicos –me asegura Osvaldo Gago- pero no estoy seguro que él, Juan, alguna vez corriera, que se dignara tomar velocidad con ese cuerpo bastante flaco, por otra parte, donde los huesos parecían navegar en un pequeño arroyo de aguas revueltas, como tratando de reacomodarse entre esas piedras gastadas por la corriente de todos sus años. Hasta que no tocara una pelota podría parecer que su puesto estaba cubierto allí por una convención, ya que el equipo se debe completar de cualquier modo. Pero cuando la tenía dominada, muerta y enamorada sobre su empeine, el mundo cambiaba de forma, todas las estrellas se cambiaban de lugar y los ríos detenían su curso.
Era como una sinfonía que no había sido escrita, pero ante sus desplantes hecho a los adversarios sonaba como una orquesta cuya partitura leía sin cesar en el aire.
A partir de allí, se jugaba el partido donde él estaba, lo demás (es decir todo el equipo adversario) dejaba de tener sentido aunque luego el partido se perdiera por alguna contingencia. Ese día los astros habían brillado ante su sola constelación y su única batuta. Con el tiempo su fama se fue extendiendo y podía jugar en los cinco puestos de la delantera de entonces, pero mi memoria lo planta en su número ocho en la espalda, haciendo de nexo, jugando un poco retrasado, no porque se lo imponía la responsabilidad de su puesto sino su propia pereza.
Con el tiempo hasta los adversarios empezaron a encariñarse con su delicada gambetas primero y luego ese muchacho de apariencia simple, de gestos humildes que de vez en cuando podía exhibir un inesperado gesto que lo acercaba a una acción despiadada. Pero no siempre era así.
Y tal vez todo dependiera de su humor cambiante de depresivo crónico, o de la inspiración del momento y allí sí, uno que lo conocía un poco sabía que podía estirar el límite de la habilidad hasta la humillación de los pobres desdichados que se le pusieran enfrente y hubiesen pretendido golpearlo, a cometer alguna mala intervención con ese cuerpo desgarbado y cansino, esas piernas que los dioses habían dotado de una coordinación con su mente que lo podía convertir en alguien parecido al genio que siempre admiramos en otro.
Algunas muchachas (la expresión es anacrónica) casaderas gustaron de él y hasta es plausible suponer que tuvieron cierto grado de enamoramiento. Pero él no dio un paso para entrar a esas fortalezas con las puertas bien bajas.
El lo sabrá a estas alturas, no sé.
Y un día se fue.
Un día gris, de llovizna, sin decir nada a nadie sin equipaje, se fue con lo puesto. No saludó a nadie tal vez para no prometer volver.
Cosa que no hizo hasta hoy, Se resistió a todos los acercamientos que han hecho sus amigos para traerlo al pueblo.
Cada uno sabrá sus cosas, allá él.
Pero sería bueno que los pibes que se criaron oyendo sus anécdotas antes de empezar a ser leyenda lo conocieran.
Y comprendieran por fin que Juan es de carne y hueso, que un día nos hizo muy, pero muy felices.
Como cuando dirigía con una de sus piernas imbatibles la pelota contra ese ángulo esquivo y la clavaba directamente en la red, que se quedaba temblando en el fondo de nuestras retinas.
Y allí están para siempre “esas muchas veces” que batió la valla del adversario casual, que ese día ponía su pobre humanidad bajo el implacable golpe de genio de Juan.

El mismo que se quedó sin volver.







Así en la tierra...*




*de Rodolfo Costa. bonirodo@hotmail.com



Lunes o Domingo el día


qué importa

el predicador

no toma en cuenta

días en rojo y menguantes cuartos

cuenta la sed cuenta la lágrima.

Viaja por la sal el aura

lo transporta de Canaan a Barracas

¿Mateo 26 o los policiales de Clarín?

¿quién oscurece y quién alumbra?

Muestra la otra mejilla su rostro,

hermano del silencio a media asta,

ojos color cielo en la Tierra,

Tierra de los come-tierra

Así en la Tierra pagan precio,

quienes buscan la tierra

sin Juan y sin Pedro

y la muñeca rota en el baldío

carasucia ojos de vidrio

lluvia cortina opaca

brazos abiertos cuatro locos pelos,

carasucias:

¿no viene hoy el Padre?

trompos de madera lanzados

esperan

giran esperando giran cabezas

¿no viene hoy el Padre?

Quienes lo mataron

¿contaban con su muerte?

Duelo de los pobres

¿por qué sangra de más?



-Dedicado al Padre Carlos Mugica


-Enviado para compartir por Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com






Al HERMANO HAITIANO*



*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu



Hoy te lloro.
Debí llorar ayer
o llorar siempre.
Nunca te faltó el hambre
ni la muerte.
Paseaste tu miseria
y voltearon el rostro.
No hubo en el Caribe cafetales ni cañaverales
en que tus brazos
no estuvieran.
No hubo riqueza en que tu sudor y tu sangre
no estuvieran.
Y regresaste siempre al fango y el adobe
con tu hambre.
No importaba tu historia libertaria
ni cuanto diste de libertad a otros.
¡Pregúntenle a Bolivar!
Sobrevivir apenas fue un milagro.
Sobrevivir en un mundo de racismo.
Invadido siempre por el odio
a aquellos negros libres
cuando aún
hasta el imperio era colonia.
¿Qué otra cosa podían saquear
que no fuera tu orgullo?
Hoy sangras más que nunca.
El futuro es tu hambre.
Hoy están junto a ti
abeles y caínes.
¡Cuidado hermano!
Los unos son palomas.
Los otros, los conoces,
son los buitres de siempre






Página*




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com




Satén, no

No. Esta página no es de satén. No imita las manos de un hombre. No talla el cuerpo de una mujer ni su ligado latido, pero uno sospecha que si esta página no fuera leída, alguien se vería obligado a correr con gesto suplicante hasta el sacerdote que regentea los abismos. Por simple principio de incertidumbre, esta página parece ignorar su efímero destino transparente, pero insiste, desnuda, rasgada, momentánea. Y así como la observación de un fenómeno modifica su naturaleza, la lectura de esta página la induce a su existencia.


Precio, no
No. No tiene precio. Lo que se va a saber luego de leer esta página no tiene precio. Bajo todas las formas perdidas, el lector se encuentra y se rehace. La sola lectura de lo que no tiene precio transforma a un simple bañista de ocasión en un animal azorado y exquisito. Así como el viento se ciñe a las frentes más ciegas, esta página se estrecha a su lector para despegar hacia arriba la voraz irregularidad de la llama. El lector de esta página se confunde con todo lo que lo rodea pero la fosforescencia es la clave de sus ojos.


Pétalos, no
No. Estas páginas no son pétalos, pero al tocarlas dejan en los dedos un imperceptible olor de flores. Si sus lectores, simplemente, se resignaran a las multas de la noche, no habría dama que se sentara a la grupa de un hombre, precipitada por la elevada alameda con rosas untadas de manteca y rodajas de sandías en el aire. Todo lo supuestamente voluptuoso quedaría reducido a una rutina de horarios, a un pobre juego de entradas y salidas. Los hombres quedarían reducidos a bañistas. Las lectoras no tendrían siquiera un gemido donde doblarse.


Mundo, no
No. El mundo no nace en esta página impresa. El mundo gira a la perfección sobre sus bisagras, indolente como una bestia atroz que se lame bajo el ala. En su mórbida superficie, desde diciembre hasta enero, el espectáculo del mundo está a cargo de fakires que se tragan antorchas con la boca llena de nafta mientras las sirenas empetroladas de purpurina los aplauden con el latido de sus gruesas pestañas. La bestia que es mundo no nace en esta página donde suspirar no es vivir y donde es dado presentir palabras que nos vivan.


Altura, no
No, esta página no declina como puro don de la altura. No aparece como todas las páginas de los diarios de la mañana. No está hecha para los simples bañistas de ocasión que se pavonean con su leitmotiv de turistas e imponen su enorme influencia de personas reales. Esta página no describe con lujo de detalles el color de la arena, ni el tránsito aéreo, ni los aterrizajes de emergencia. Esta página habla de la belleza de los intervalos de ciertas letras. De la gran pausa, del hombre, de la mujer, de los intersticios. Los otros diarios de la mañana hablan de los que gustan pasearse por la mórbida superficie del mundo como animales encadenados a su costado terrestre.


Tan bajo, no
No. Para que no llueva siempre tan bajo que las alas de las mariposas no puedan mojarse esta página no se escribe. No puede escribirse aunque lo quisiera. Pero a veces funciona como una débil balanza para calcular suspiros. A veces ilumina los tiernos pliegues del cuerpo en los que el animal humano se transparenta. Esta página también puede ser arrojada al mar en una botella o dentro de su sombra exacta, con su doble pliegue de tiniebla. Pero esta página no alcanza para hacer de un bañista un hombre ni para lograr que la palabra se salve de su temible destino de ser poesía.


Espejo, no
No. Esta página no es un espejo pero es un espejo imperfecto donde sólo se reflejan los brazos articulados de un cuerpo hecho para el acto. Su organismo escrito trata de vivir en el matorral desencantado de las noticias donde la dominante especie cazadora apunta con su fusil terrestre al animal palabra. Fruto de carne y letra, esta página, en el fondo se siente un cruzar único. La especie dominante quisiera borrarla pero su torpe mano no llega hasta los suspiros de la noche minúscula, invisible, donde está página se agiganta.


Rivalidad, no
No. Esta página no supone la rivalidad entre el libro y el diario. El titular no ofrece una primicia ni un best seller, pero tiene su peligro, corre su riesgo. Cosas que nadie quisiera saber, se dicen. Preguntas que nadie se hace, encuentran respuesta. Las columnas de esta página están secretamente retorcidas para la fuga. Todo su silencio significa. Las palabras de esta página, significan. Si este fuera un diario como cualquier diario de la mañana, sus palabras sonarían como todas las demás, pero en esta página, las palabras suenan como brazos extendidos y ofrecen su luz con sencillez de pájaro que vive.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-22113-2010-01-30.html



*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 31 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores mexicanos Gonzalo Macías, Ignacio Baca-Lobera y Javier Álvarez. Las poesías que leeremos pertenecen a Luisa Futoransky (Argentina) y la
música de fondo será de Machu Picchu (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067




*



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Thursday, January 28, 2010

EN EL FILO DE LAS COSAS MUERTAS...



*Ilustración de Ray Respall Rojas. (Cuba)




TESTIMONIO*


A Leonel Rugama


... miradme a los ojos,
decidme
que aún continúa
la batalla;


son tantos los muertos
que gritan
contra el impune
anonimato


que las nubes
amenazan
con empuñar
las armas.



*de Daniel Montoly © danielmontoly@yahoo.es







EN EL FILO DE LAS COSAS MUERTAS...





PAPELITOS DE COLORES*



Vio venir a la compañera de juegos de su infancia. ahora era una mujer. Su familia se había mudado a una casa mejor cuando él tenía diez años y no la había vuelto a ver. Hoy le había dado el impulso de recorrer las calles de su viejo barrio, con la esperanza secreta de encontrarla. Estaba
frente a él, con las trenzas rubias de otrora deshechas en una melena, los ojos abiertos como dos lunas, mezcla de alegría y sorpresa. Ella también lo había reconocido.

- ¡No puedo creer que seas tú! - le dijo sonriendo.
- Pues soy, he venido pisando recuerdos todo el tiempo. - respondió devolviendo la sonrisa.

Era demasiado bueno para ser real. Ella bajó los ojos, ruborizada, y los alzó con un brillo nuevo.

- ¿Recuerdas cuando jugábamos a coleccionar etiquetas de ropas, envoltorios de chicles, de caramelos, de cualquier cosa que nos llamara la atención? ¡Llegábamos hasta a registrar los botes de basura!

Él rió, asintiendo.

- Bueno - ella le besó suavemente la mejilla -, me alegra haberte visto. Tengo que seguir camino, me está esperando mi esposo. me casé con Flavio, el muchacho que a veces jugaba con nosotros.
- Dale mis saludos - respondió.
- Claro. ¡deja que le diga que vi al niño con quien hacíamos competencias de papelitos de colores! - dio algunos pasos y se volvió, mirándolo con picardía - ¡No sé cómo, pero siempre te ganaba!

Y dobló la esquina.

- Yo te amaba tanto que cuando encontraba los más lindos, las dejaba a tu paso y corría a esconderme - dijo él, sabiendo que no era escuchado.



*de Marié Rojas Tamayo.






LA MANO QUE MECE LA CUNA*


es la que gobierna al mundo


Desde niña solía preguntarme acerca de la diferencia entre la bondad y la maldad. ¿Por qué había buenos y malos? ¿Qué determinaba que algunas personas fueran buenas y otras, malas?
Criada en un escenario católico apostólico románico, hija de inmigrantes italianos, con olor a bacalao durante la cuaresma y recibiendo al vecindario para recoger ramillos de olivo del patio de casa, los domingo de ramos previos a las pascuas de resurrección; transitaba la escuela pública del bien hacer, la de la mejor alumna y aún mejor compañera; educada en la consigna de la solidaridad, la generosidad, la tolerancia, la justicia y la alegría de estar viva cada mañana al despertar, en fin, todo hacía pensar
que algo de la humanidad y su majestad se ponía en escena.
Hasta cierta edad, digo diez u once años (ya llegaban los setenta), creí entender que las instituciones habían hecho de mí, la persona agradable que sentía ser y que mi mini mundo, para mí inmenso e interminable, me devolvía, como tal.

Pecado de candor.
Mi espacio se tiñó al poco tiempo de verde militar, de sotana color obispo, de blanco inmaculado de maestra y de negro corazón morado de machucones de tristeza.
Desapareció la peluquera jipi de la esquina, el hijo del abogado del centro, mi compañera de volley, el pelilargo de las tardes de cine, el profe de ERSA, la profe de literatura, la cuñada de mi amiga, la gente como yo, que no desaparecí en ese exacto sentido.
Me pareció entender, entonces, que las instituciones habían hecho de mi mundo agradable, la verdadera porquería que en realidad era.

Pecado de mocedad.
¿A dónde van los pájaros que mueren. los que desaparecen. los hijos de los que desaparecen. las risas que no han podido reírse, los abrazos que nunca se dieron y las palabras nunca dichas de esos abuelos que debieron sustituir la ansiedad de la sala de partos por la quimera inenarrable de un campo de concentración?

Me piden no excederme de 2.500 palabras (o caracteres, está bien) para opinar que las instituciones, que somos nosotros, porque somos sus actores, sus hacedores, sus destinatarios y su contralor, han hecho de nosotros este silencio impune que sostenemos por costumbre e inercia, por resignación, porque no hemos hallado el modo ni el mecanismo de revocar la mano que mece la cuna.
El secuestro de personas, seguido de tortura y desaparición, en el escenario de uno de los tantos genocidios de nuestra historia argentina, que continúa atestiguando sus efectos hoy en día, se procrea y abastece en el marco de las instituciones: Iglesia, Fuerzas Armadas, Poder Judicial, Medios de Comunicación y puede continuar la enumeración.
Y en su seno y a su través se legalizan y se legitiman sus recursos, sus motivaciones y sus consecuencias.
El arrebato del derecho a la vida, la incautación de la identidad, la manipulación de los destinos y los desatinos, el ejercicio de la mentira y la extorsión, la negociación de la historia de un país, la expropiación del acceso de una persona a su origen y contexto, y esa misma expropiación
injiriendo en la vivencia legítima del dolor, la pérdida, la libertad, el conocimiento, la lucha, la duda, la verdad, sólo son pasibles de ser solventados por la connivencia, la complicidad, de las instituciones al
resguardo de la mano que mece la cuna.
Es la trama institucional y nosotros, sus actores, quienes debemos hacer alcanzables los horizontes, deshacerles el estigma de la imposibilidad como proyecto y ponernos a andar la construcción de un nuevo lenguaje posible, sin sujetos predicados.
Sin predicados sujetos.
Sin oración.



*de LUCÍA A. CINQUEPALMI. luciaguionbajo@gmail.com









Conservas*

*Un cuento de samanta schweblin


Dos libros de relatos (El núcleo del disturbio y Pájaros en la boca) le alcanzaron a esta joven narradora (Buenos Aires, 1978) para ser considerada entre los autores más interesantes de la nueva generación. En el relato que publicamos queda en evidencia su capacidad para generar climas inquietantes y pesadillescos con elementos tomados de la vida cotidiana.

28.01.2010


Pasa una semana, un mes, y vamos haciéndonos la idea de que Teresita se adelantará a nuestros planes. Voy a tener que renunciar a la beca de estudios porque dentro de unos meses ya no va a ser fácil seguir. Quizá no por Teresita, sino por pura angustia, no puedo parar de comer y empiezo a engordar. Manuel me alcanza la comida al sillón, a la cama, al jardín. Todo organizado en la bandeja, limpio en la cocina, abastecido en la alacena, como si la culpa, o qué sé yo qué cosa, lo obligara a cumplir con lo que espero de él. Pero pierde sus energías y no parece muy feliz: regresa tarde a casa, no me hace compañía, le molesta hablar del tema.

Pasa otro mes. Mamá también se resigna, nos compra algunos regalos y nos los entrega -la conozco bien- con algo de tristeza. Dice:

-Este es un cambiador lavable con cierre de velcro. Estos son escarpines de puro algodón. Esta es la toalla con capucha en piqué. -papá mira las cosas que nos van regalando y asiente.

-Ay, no sé. -digo yo, y no sé si me refiero al regalo o a Teresita-. La verdad es que no sé -le digo más tarde a mi suegra cuando cae con un juego de sabanitas de colores-, no sé -digo ya sin saber qué decir, y abrazo las sábanas y me largo a llorar.

El tercer mes me siento más triste todavía. Cada vez que me levanto me miro al espejo y me quedo así un rato. Mi cara, mis brazos, todo mi cuerpo, y por sobre todo la panza, están cada vez más hinchados. A veces llamo a Manuel y le pido que se pare a mi lado. A él en cambio lo veo más flaco. Además, cada
vez me habla menos. Llega del trabajo y se sienta a mirar televisión sosteniéndose la cabeza. No es que ya no me quiera, ni que me quiera menos.
Sé que Manuel me adora y sé que, como yo, no tiene nada en contra de nuestra Teresita, qué va a tener. Pero es que había tanto que hacer antes de su llegada.

A veces mamá pide acariciar la panza. Me siento en el sillón y ella con voz suave y cariñosa le dice cosas a Teresita. A la mamá de Manuel, en cambio, se le da por llamar a cada rato para saber cómo estoy, dónde estoy, qué estoy comiendo, cómo me siento y todo lo que se le pueda ocurrir preguntar.

Tengo insomnio. Paso las noches despierta, en la cama. Miro el techo con las manos sobre la pequeña Teresita. No puedo pensar en nada más. No puedo entender cómo en un mundo en el que ocurren cosas que todavía me parecen maravillosas, como alquilar un coche en un país y devolverlo en otro, descongelar del freezer un pescado fresco que murió hace treinta días, o pagar las cuentas sin moverse de casa, no pueda solucionarse un asunto tan trivial como un pequeño cambio en la organización de los hechos. Es que simplemente no me resigno.

Entonces olvido la guía de la obra social y busco otras alternativas. Hablo con obstetras, con curanderos y hasta con un chamán. Alguien me da el número de una comadrona y hablo con ella por teléfono. Pero cada uno a su manera presenta soluciones conformistas o perversas que nada tienen que ver con lo que busco. Me cuesta hacerme a la idea de recibir a Teresita tan temprano, pero tampoco quiero lastimarla. Y entonces doy con el doctor Weisman.

El consultorio queda en el último piso de un edificio antiguo del centro. No tiene secretaria, ni sala de espera. Sólo un pequeño hall de entrada, y dos habitaciones. Weisman es muy amable, nos hace pasar y nos ofrece café.
Durante la conversación se interesa en especial por el tipo de familia que formamos, por nuestros padres, por nuestro matrimonio, por las relaciones particulares entre cada uno de nosotros. Contestamos todo lo que pregunta.
Weisman entrecruza los dedos y apoya las manos sobre el escritorio, parece conforme con nuestro perfil. Nos cuenta algunas cosas sobre su trayectoria, el éxito de sus investigaciones y lo que nos puede ofrecer, pero entiende que no necesita convencernos, y pasa a explicarnos el tratamiento. Cada tanto miro a Manuel: escucha con atención, asiente, parece entusiasmado. El plan incluye cambios en la alimentación, en el sueño, ejercicios de respiración, medicamentos. Va a haber que hablar con mamá y papá, y con la madre de Manuel; el papel de ellos también es importante. Anoto todo en mi cuaderno, punto por punto.

-¿Y qué seguridad tenemos con este tratamiento? -pregunto.

-Tenemos lo que necesitamos para que todo salga bien -dice Weisman.

Al día siguiente Manuel se queda en casa. Nos sentamos en la mesa del living, rodeados de grillas y papeles, y empezamos a trabajar. Anotamos lo más fielmente posible cómo se han ido dando las cosas desde el momento en que sospechamos que Teresita se había adelantado. Citamos a nuestros padres
y somos claros con ellos: el asunto está decidido, el tratamiento en marcha, y no hay nada que discutir. Papá va a preguntar algo, pero Manuel lo interrumpe:

-Tienen que hacer lo que les decimos -dice. Entiendo lo que siente: tomamos esto en serio y esperamos lo mismo de los demás-, en la hora y al tiempo que corresponda.

Están preocupados y creo que no llegan a entender de qué se trata, pero se comprometen a seguir las instrucciones y cada uno vuelve a su casa con una lista.

Cuando concluyen los primeros diez días las cosas ya están un poco más aceitadas. Tomo mis tres pastillas diarias en horario y respeto cada sesión de "respiración consciente". La respiración consciente es parte fundamental del tratamiento y es un método de relajación y concentración innovador,
descubierto y enseñado por el mismo Weisman. En el jardín, sobre el césped, me centro en el contacto con "el vientre húmedo de la tierra". Comienzo inhalando una vez y exhalando dos veces. Prolongo los tiempos hasta inspirar durante cinco segundos, y exhalar en ocho. Tras varios días de ejercicio inhalo en diez y exhalo en quince, y entonces paso al segundo nivel de respiración consciente y empiezo a sentir la dirección de mis energías.
Weisman dice que eso va a tomarme algo más de tiempo, pero insiste en que el ejercicio está a mi alcance, en que tengo que seguir trabajando. Hay un momento en el que es posible visualizar la velocidad a la que la energía circula en el cuerpo. Se siente como un cosquilleo suave, que comienza por lo general en los labios, en las manos y en los pies. Entonces uno empieza a controlarlo: hay que aminorar el ritmo, lentamente. La meta es detenerlo por completo para, poco a poco, retomar la circulación en sentido contrario.

Manuel no puede ser muy cariñoso conmigo todavía. Tiene que ser fiel a las listas que hicimos y por lo tanto, hasta dentro de un mes y medio, mantenerse alejado, hablar sólo lo necesario y volver tarde a casa algunas noches. Cumple su parte con esmero pero lo conozco, y sé que, secretamente, ya está mejor, y que se muere de ganas de abrazarme y decirme lo mucho que me extraña. Pero así hay que hacer las cosas por ahora; no podemos arriesgarnos a salirnos ni un segundo del guión.

Al mes sigo progresando en la respiración consciente. Ya casi siento que logro detener la energía. Weisman dice que no falta mucho, que apenas hay que esforzarse un poco más. Me aumenta la dosis de las pastillas. Empiezo a notar que la ansiedad disminuye y como un poco menos. Siguiendo el primer punto de su lista, la madre de Manuel hace su mejor esfuerzo y trata de, gradualmente -esto último es importante y se lo subrayamos repetidas veces-, gradualmente, decía, ir haciendo menos llamados a casa y bajar la ansiedad por hablar todo el tiempo sobre Teresita.

El segundo es, quizás, el mes de más cambios. Mi cuerpo ya no está tan hinchado, y para sorpresa y alegría de ambos, la panza empieza a disminuir.
Este cambio tan notable alerta un poco a nuestros padres. Quizás es ahora cuando entienden, o intuyen, en qué consiste el tratamiento. La madre de Manuel, sobre todo, parece temer lo peor y, aunque se esfuerza por mantenerse al margen y seguir su lista, siento su miedo y sus dudas y temo que esto afecte el tratamiento.

Duermo mejor a la noche, y ya no me siento tan deprimida. Le cuento a Weisman mis progresos en la respiración consciente. Él se entusiasma, parece que estoy a punto de lograr mi energía inversa: tan pero tan cerca que sólo un velo me separa del objetivo.

Empieza el tercer mes, el anteúltimo. Es el mes en el que más protagonismo van a tener nuestros padres; estamos ansiosos por ver que cumplan con su palabra y que todo salga a la perfección, y lo hacen, y lo hacen bien, y estamos agradecidos. La madre de Manuel llega a casa una tarde y reclama las sábanas de colores que había traído para Teresita. Quizá porque había pensado en este detalle durante mucho tiempo, me pide una bolsa para envolver el paquete. Es que así lo traje, dice, con bolsa, así que así se
va, y nos guiña un ojo. Después les toca a mis padres. También vienen por sus regalos, los reclaman uno por uno: primero la toalla con capucha en piqué, después los escarpines de puro algodón, por último el cambiador lavable con cierre de velcro. Los envuelvo. Mamá pide acariciar por última vez la panza. Me siento en el sillón, ella se sienta al lado mío, y habla con voz suave y cariñosa. Acaricia la panza y dice, esta es mi Teresita, cómo voy a extrañar a mi Teresita, y yo no digo nada, pero sé que, si hubiera podido, si no hubiera tenido que limitarse a su lista, habría llorado.

Los días del último mes pasan rápido. Manuel ya puede acercarse más y la verdad es que su compañía me hace bien. Nos paramos frente al espejo y nos reímos. La sensación es todo lo contrario a lo que se siente al emprender un viaje. No es la alegría de partir, sino la de quedarse. Es como si al mejor año de tu vida le agregaras un año más, bajo las mismas condiciones. Es la oportunidad de seguir en continuado.

Estoy mucho menos hinchada. Eso alivia mis actividades y me levanta el ánimo. Hago mi última visita a Weisman.

-Se acerca el momento -dice él, y empuja sobre el escritorio, hacia mí, el frasco de conservación. Está helado, y así debe mantenerse, por eso traje la vianda térmica, como Weisman recomendó. Debo guardarlo en la heladera en cuanto llegue. Lo levanto: el agua es transparente pero espesa, como un
frasco de almíbar incoloro.

Una mañana, durante una sesión de respiración consciente, logro pasar al último nivel: respiro lentamente, el cuerpo siente la humedad de la tierra y la energía que lo envuelve. Respiro una vez, otra vez, otra vez, y entonces todo se detiene. La energía parece materializarse a mi alrededor y podría
precisar el momento exacto en el que, poco a poco, comienza a circular en sentido inverso. Es una sensación purificadora, rejuvenecedora, como si el agua o el aire volviesen por sí mismas al sitio en el que alguna vez estuvieron contenidas.

Entonces llega el día. Está marcado en el almanaque de la heladera, Manuel lo rodeó con un círculo rojo cuando volvimos del consultorio de Weisman por primera vez. No sé cuándo sucederá, estoy preocupada. Manuel está en casa.
Estoy recostada en la cama. Lo escucho caminar de un lado a otro, intranquilo. Me toco la panza. Es una panza normal, una panza como la de cualquier mujer, quiero decir que no es una panza de embarazada. Al contrario, Weisman dice que el tratamiento fue muy intenso: estoy un poco anémica, y mucho más flaca que antes de que el asunto de Teresita empezara.

Espero toda la mañana y toda la tarde encerrada en mi cuarto. No quiero comer, ni salir, ni hablar. Manuel se asoma cada tanto y pregunta cómo estoy. Imagino que mamá debe estar trepándose por las paredes, pero saben que no pueden llamar ni pasar a verme.

Ahora hace rato que siento náuseas. El estómago me arde y late cada vez más fuerte, como si fuera a explotar. Tengo que avisarle a Manuel, pero trato de incorporarme y no puedo, no me había dado cuenta de lo mareada que estaba.
Tengo que avisarle a Manuel para que llame a Weisman. Logro levantarme, me siento mareada. Me dejo caer al piso y espero un segundo de rodillas. Pienso en la respiración consciente pero mi cabeza ya está en otra cosa. Tengo miedo. Temo que algo pueda salir mal y lastimemos a Teresita. Quizá ella sepa lo que está pasando, quizá todo esto esté muy mal. Manuel entra a la habitación y corre hasta mí.

-Yo sólo quiero dejarlo para más adelante. -le digo- no quiero que.

Quiero decirle que me deje acá tirada, que no importa, que corra a hablar con Weisman, que todo salió mal. Pero no puedo hablar. Me tiembla el cuerpo, no tengo control sobre él. Manuel se arrodilla junto a mí, me toma de las manos, me habla pero no escucho lo que dice. Siento que voy a vomitar. Me tapo la boca. Él parece reaccionar, me deja sola y corre hacia la cocina. No demora más que unos segundos: regresa con el vaso desinfectado y el envase plástico que dice "Dr. Weisman". Rompe la faja de seguridad del envase, vierte el contenido translúcido en el vaso. Otra vez siento ganas de vomitar, pero no puedo, no quiero: no todavía. Tengo una arcada, y otra, y otra, arcadas cada vez más violentas que empiezan a dejarme sin aire. Por primera vez pienso en la posibilidad de la muerte. Pienso en eso un instante y ya no puedo respirar. Manuel me mira, no sabe qué hacer. Las arcadas se interrumpen y algo se me atora en la garganta. Cierro la boca y tomo a Manuel de la muñeca. Entonces siento algo pequeño, del tamaño de una almendra. Lo acomodo sobre la lengua, es frágil. Sé lo que tengo que hacer pero no puedo hacerlo. Es una sensación inconfundible que guardaré hasta dentro de algunos años. Miro a Manuel, que parece aceptar el tiempo que necesito. Ella nos esperará, pienso. Ella estará bien: hasta el momento indicado. Entonces Manuel me acerca el vaso de conservación, y al fin, suavemente, la escupo.


*Fuente: Crítica digital
http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=37632







ALFONSINA*



Un sol negro se te arrolla en la blanda cabellera
mientras la bruma cae sobre el mar de tu destino.
Cantos de sirenas besan
caracoles dormidos sobre la arena.
Un barco anclado en un viejo

y olvidado puerto recuerda:
los días habitados por presencias humanas,
y también la recuerda a ella,
con las mejillas terrosas,
acostumbrada a vivir siempre
en el filo de las cosas muertas.
Sigue siendo la misma

que intentó abrazar el mar
con tanta fuerza como cielo.


*de Melisa Ferraris. flordeloto1980@hotmail.com








EL BAÑISTA, EL MARQUÉS Y LOS PÁJAROS*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com




Clave
Otra vez el enero morboso. Con las noticias en el bolso, el bañista se va de la ciudad. El bañista va rodando por el terraplén. La nube de polvo que no es, harina. Otra vez la perspectiva alcantarillada, las flores sedientas, los monstruos floridos. Lentamente, el bañista, con la mano no levanta un brillo sino su imitación. El diario en el bolso es transparente y deja ver el maleficio. Si las noticias no llegan es porque el pasaporte está vencido. El bañista desinformado está a merced del verano, clavando cada mañana la punta de la sombrilla en un caribe turístico a toda espuma. Su sombra cruza otra ciudad.

Rueden
Después de haber rodado toda la vida, nosotros los pájaros, cada noche no somos más que una rama florecida a ras de suelo. Nos desprendemos más vivos que centellas de la muñeca de Dios y nos salvamos del enero morboso. Somos los suspiros de la estatua de cristal que se incorpora cuando el bañista duerme en brazos de su castora. Cada noche, nosotros, los pájaros, hacemos signos de recíprocas inclinaciones. Hay unos celos más conmovedores que otros. Un ala abierta no altera el destino estival del enero morboso. Los pájaros no tenemos tiempo de respirar. Nos asfixiamos en el fondo de nuestros ojos donde la expresión del bañista es la muerte de los fulgores.

Alumbre
No se ve en el cielo más que una estrella. El marqués de Sade ha vuelto a entrar en el volcán de donde había salido para comprar cigarrillos y echar un vistazo en los burdeles. Mal atado sale del mundo interior con hermosos flecos en las manos, pisando estrellas del mundo exterior y dando órdenes misteriosas a las acróbatas bañistas. El sexo del marqués es tan hermoso como la muerte del bañista. Con la lámpara ciclón alumbra todas las estrellas del infierno. Descubre el lecho de sábanas color de flores llamadas bola de nieve. Tiene escondido un libro con estas palabras estampadas: "Los crímenes del amor". En la oscura señalización terrestre un bañista duerme en brazos del horror.

Tapone
Mujeres desnudas en lo profundo de las flores comen los frutos de la noche. Con todas sus calderas doloridas, humo de jacintos, remotos tigres emergen de rutas subterráneas semejantes a corchos de perfumistas. Con la sombrilla al hombro el bañista clava la punta en la arena a fuerza de no poder cometer un crimen mejor. Tapona el frasco de los sueños como una virgen. El bañista elige el caribe para desgarrar la sombra espesa del vivir. Preso de sus inmensas raíces, ronca toda la noche. La sombrilla clavada en garganta no lo deja respirar.

Nazca
El mundo exterior, hecho de puntos, enerva la hoja resbaladiza de los duraznos. La pulpa arde, constelada de blancura súbita, donde no se sabe si es el amor o el odio lo que reluce. En cada punto hay un comisario dispuesto a impedir que el marqués de Sade escriba Justine.
El mundo interior se despliega por el fondo, nacido de una partícula desconocida y escaldada, que sólo de noche fulge y emprende. Como el tigre, el jabalí, o el silencio, el cazador nunca será confundido con la selva. El mundo interior nunca será confundido. El marqués y el bañista tampoco.

Obedezca
Con la cabeza abajo, el bañista carga la sombrilla en el hombro laborioso. Sus rojos labios no sorben la hoja sedosa de magnolia porque el enero morboso prohíbe toda expansión de amor. Enero es el mes de las postales y de los panqueques de arena. En enero, el bañista no se levanta con sus dos alas de caracol rotundo. Nadie hunde en su yema los dientes. Nadie sorbe su gran ala líquida, su ala nutriente. Nadie agita su ala empinada ni traga los mangos de menta picante. Enero no admite el ala líquida. Está prohibido el lento desnudarse del bañista. Los juegos del amor son indecentes.

Sálvese
El marqués camina en puntas de pie por la Bastilla y esconde en la mano el jugo de la mariposa mortal. Guarda en las entrañas el olor de la flor de castaño nunca aspirado por la madrina de Dios. Si fuera bañista, el marqués no miraría, aunque sea mal y al sesgo, su cuerpo en un pequeño espejo. No miraría cómo desde los riñones, la flor del castaño soltaría a borbotones el olor reproductivo. Sálvese quien pueda. En la Bastilla y en el caribe cae la curva blanca sobre el fondo negro. Retenidos por sus cables, los pensamientos matan, los pensamientos curan, los pensamientos conspiran.

Encuentre
Las palomas mensajeras nos llenan de besos de socorro. Nosotros, los pájaros intercambiamos amantes desde lejos. Pero los cazadores son más devotos que las palomas. Un reguero de sangre destartala el enero de color salmonete. Tan exclusivamente de paloma herida el sabor a alba. El bañista abraza su sombrilla como a una mujer desnuda. Hace memoria del cuerpo inimitable y se tiende sobre el áspero mar abstinente. Parte por la mitad la noche. Incluso las conchas del erizo, si es necesario. Mientras tanto, al otro lado del mundo la luna se encabrita sobre los bulevares de la gran ciudad y hunde las piernas bajo la nube frutal. Por la mañana lee un diario transparente. Las noticias que desea no llegan. El verano sigue su curso. En el fondo de la taza el bañista encuentra en cada sorbo su suicidio estival.


*Fuente: Rosario-12.






Todo el verano era nuestro*





*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Ese verano habíamos tomado la costumbre -a falta de piletas o ríos o arroyos cercanos de bañarnos en un tanque australiano, de un campo cercano al pueblo. No recuerdo el nombre de su dueño pero sí el del "Charaí", por una anécdota que aquí mismo habré de relatar. Es probable que haya sido en los campos más cercano que la entonces existente "Estancia Maldonado", tal vez, aventuro, cercano al lote que llamaban "El veintidós", donde ahora está "Puerto Martín", allí había una laguna que un puente de madera cruzaba, donde en épocas de crecida se juntaba una cantidad impresionante de mojarritas, que hasta se podían pescar con solo meter la mano. Manjar fritado por madre diligente en las noches que caíamos con los bolsitos repletos.
La neblina de los años obtura con suficiente espesor como para que pueda ser preciso, y, el meticuloso que nunca falta me puede ubicar esa laguna en otra parte, aceptemos provisoriamente que yo escribo sobre una verdad relativa y sólo con las hierbas al viento de mi memoria.
Recuerdo de todos modos que ese verano las luz era distinta, tal vez porque era el último que pasaría en el pueblo, ya que había decidido venirme a estudiar. Decisión no exenta de temeridad porque era sólo mía, pero yo en ese tiempo tenía una confianza en el futuro del país y del mundo, que la realidad me haría pagar con creces, pero esa es otra historia que debe ser analizada en otra circunstancia, lo cierto es que yo partía de una exagerado amor propio y confianza en mí mismo, cuyo fundamentos partían de un contexto pueblerino pequeño y de mis escasos y totalmente inexpertos diecisiete años.
Hecha esta digresión, que no es tal, porque yo quiero atribuir aquella luminosidad del verano a algo superior al sol, a la explosión del verde en todos los montes arbolados de entonces que rodeaban al pueblo y de la invasión amarilla de mariposas, y los "picados" en la cortada de gramilla jugadas al atardecer con todo entusiasmo y el billar o el truco o el ajedrez, en el Club, al anochecer, en fin, todo esto no era más que la vida pugnando por florecer y expandir en actos que concretaran tanta ilusión que
se compartía con los amigos de ese tiempo lejano y totalmente inaprensible como el agua veloz se escurre entre los dedos.
Más difícil se me torna recordar a aquellos compañeros de incursión hasta aquel tanque australiano que oficiaba -a falta de algo mejor de pileta de natación.
Al día de hoy me resulta un misterio saber si nos reuníamos en algún lugar con nuestras bicicletas para ir hasta allí. Algo es seguro: íbamos casi todos los días luego de almorzar y no pasaríamos de media docena. Los hermanos Oscar y Raúl Blanco, Carlos Luquese, Juancito Alderete, y con seguridad, Antonio Leone, el entrañable, el infortunado Antonito, por lo que relataré después.
Antes escribí que ese verano era distinto y traté de explicar que se debía a mi optimismo de entonces, optimismo que era incentivado por una ilusión que a pocos días se transformaría en certeza. Porque mientras íbamos pedaleando hacia nuestro chapuzón cotidiano nos cruzábamos con los mismos o similares pájaros de siempre, con los mismos tamberos con sus tarros y sus carruajes tirados por cuatro caballos, esos percherones que trotaban con sus colas cubiertas de abrojos, sus remos gruesísimos cubiertos de barro y el belfo babeante que moja el "bocado" arremetiendo al latigazo del conductor que debe entregar la leche a tiempo en la cremería. Nos cruzábamos con ellos y nos saludaban con esos rostros morenos, hechos a todos los soles y a todos los vientos y a todas las intemperies que hostigaban trabajo tan duro. La mayoría nos saludaba con una gravedad rayana en la indiferencia, pero los más jóvenes nos gastaban alguna broma que no excluía la envidia de vernos tan libres, tan sueltos en esas inserciones natatorias y refrescantes que nos mitigaba tanta canícula.
Esta rutina, esta inmersión en tan improvisado balneario se iba cumpliendo con el correr de los días, y el recreo se cumplía varias horas hasta que, al caer el sol, cerrado ya amagaba con transformarse en víbora o fuego rasante, asabanando los pastos, pegábamos el regreso, chanceando o corriendo carreras
hasta la entrada del pueblo.
Pero un día, cuando estábamos en pleno jolgorio náutico, vimos a pocos pasos del tanque y nuestra alegría, acercarse al galope un jinete haciendo chasquear el látigo, peligrosamente en el aire y casi sobre nuestras desprevenidas cabezas. Salir apresuradamente con las ropas que estaban al costado del vástago del proletario molino de viento y correr como para una justa de atletismo fue sólo una. Como dejábamos las bicicletas en la calle, debíamos correr todavía un poco más de cien metros, que nos separaban de esa cinta de polvo salvadora. El jinete tan entusiasta y encarnizado en hacernos
batir el lomo a lonjazos no era otro que un tambero, que llamaban "El Charaí", mezcla de encargado y alcahuete del campo en cuestión, Para zafar de tan peligrosa persecución saltamos un alambrado, y en el otro potrero (si bien lleno de cardos) ya estuvimos a salvo de su énfasis represor. Saltamos en las bicicletas y yo tomé la delantera hasta que al doblar en el último callejón, que nos llevaba hasta el pueblo, vi un ciclista empeñoso, en una bicicleta de un rodado menor que la mía, con la evidente desventaja en que lo ponía el hecho de ser de mujer, ya que era más lenta, y cuando giré el rostro para ver quien era el dueño de esas piernas que pedaleaban sin piedad y con denuedo, vi el rostro de Antonito Leone, que ni me miró cuando se fue alejando del grupo, a quien recién alcanzamos cuando nos esperó para entrar todos juntos en la última calle del pueblo, garantía de nuestra seguridad.
El susto no fue óbice para que algunas semanas después intentáramos tan riesgosa aventura, pero con seguridad teníamos la alegría vedada y bañarnos por turnos, mientras uno hacía de "campana", quitaba libertad a nuestros gestos al que en ese tiempo dábamos un valor absoluto.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-22086-2010-01-28.html








La Gran Salina*



*de Ricardo Zelarayan.



La locomotora ilumina la sal inmensa,
los bloques de sal de los costados,
los yuyos mezclados con sal que crecen entre las vías.
Yo vacilo....
y callo....
porque estoy pensando en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La palabra misterio hay que aplastarla
como se aplasta una pulga,
entre los dos pulgares.
La palabra misterio ya no explica nada.
(El misterio es nada y la nada no se explica por sí misma.)
Habría que reemplazar la palabra misterio
(al menos por hoy, al menos por este "poema" )
por lo que yo siento cuando pienso en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La pera trepida en el plato.
La miel se desespera en el frasco cerrado,
para desesperación de las moscas que le acechan posadas al vidrio.
Pero yo no me explico
y hasta ahora nadie ha podido explicarme
por qué me sorprendo pensando
en la Gran Salina.
El hombre de chaleco del salón comedor
se ha quitado los anteojos.
Los anteojos trepidan sobre el mantel de la mesa tendida.
Todo trepida,
todo se estremece,
en el tren que pasa a mediodía por la Gran Salina.
Yo me he sorprendido mirando
la sombra del avión que pasa por la Gran Salina.
Pero eso no explica nada.
Es como una gota que se evapora enseguida.
Hay que distraerse, dicen.
Hay que distraerse mirando y recordando
para tapar el sueño
de la Gran Salina.
Un piano colgado como una araña del hilo
se ha detenido entre los pisos doce y trece...
Un camión pasa cargado de ventiladores de pie
que mueven alegremente sus hélices.
En 1948, en Salta,
fuimos de noche a cazar vizcachas y ranas,
y la conversación se apagó con el fuego del asado,
abrumados como estábamos por el cielo negro
y estrellado.
Nerviosamente encendíamos y apagábamos las linternas
hasta quedarnos sin pilas.
Tampoco puedo explicarme por qué sueño con pilas de linternas,
con pilas para radios a transistores.
Ni por qué sueño con lamparitas de luz,
delicadamente guardadas en sus cajas respectivas.
Ni por qué me sorprendo mirando el filamento roto
de una lamparita quemada.
Nunca he visto...
nunca he podido imaginarme
la lluvia cayendo sobre la Gran Salina.
Yo no tengo objetivos pero me gusta objetivar.
Desde chico intenté cortar una gota de agua en dos
(con una tijera).
Aún hoy intento,
apartando las cosas de la mesa
o ahuyentando amigos,
imitar, imaginarme, la lluvia sobre la Gran Salina.
Tomo una plancha caliente y le salpico gotas de agua.
Pero aunque pueda imaginarme todo,
nunca podré imaginarme
el olor a salina mojada.
Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana.
En la oscuridad, tropecé con un mueble...
y allí nomás me quedé pensando
en lo que no quería pensar...
en lo que creía bien olvidado!
Pero en realidad me estaba escapando
del sueño estremecedor de la Gran Salina.
Y ahora me interrogo a mí mismo
como si estuviera preso y declarara:
"La Gran Salina o Salina Grande
está situada al norte de Córdoba,
cerca (o dentro, no recuerdo)
del límite con Santiago del Estero."
Estoy mirando el mapa...
pero esto no explica nada.
La caja de fósforos queda vacía
a las cuatro de la mañana
y yo me palpo a mí mismo, desesperado,
con el cigarrillo en la boca...
Habría que inventar el fuego, pensarían algunos.
Yo en cambio pienso en los reflejos del tren
que pasa de noche junto al río Salado.
No puedo dormir cuando viajando de noche
sé que tengo a mi derecha
el río Salado.
Paro aún así sigo escapando del gran misterio...
del misterio de la sal inagotable de la Gran Salina.
Recuerdo cuando arrojábamos impunemente naranjas chupadas
al espejo ciego y enceguecedor de la Gran Salina.
A la siesta, cuando la resolana enceguece más que el sol.
Esperábamos llegar a Tucumán a las siete
y a las dos de la tarde tuvimos que cambiar una rueda
junto a la Gran Salina.
Un diario volaba por el aire...
el sol calcinaba las arrugadas noticias del mundo
del diario que caía sobre la Gran Salina.
Y vi pasar varios trenes
y hasta un jet...
Los pasajeros de los Caravelle
o de los Bac One-Eleven,
no saben que esa mancha azulada,
que a lo mejor están viendo en este mismo momento,
desde ocho mil metros de altura,
esa mancha azulada que permanece durante escasos minutos,
es la Gran Salina,
la Salina Grande.
Pero el jet anda muy alto.
La Gran Salina no conoce su sombra que pasa.
Los pasajeros del jet duermen...
se sienten muy seguros.
En el jet no hay paracaídas.
Los jets no caen. Explotan.
Hace unos años,
un avión que no era un jet volaba, creo, sobre Santa Fe.
De pronto se abrió una puerta
y una camarera tuvo que obedecer calladita
a las sagradas leyes de la física,
y demostrar su inequívoco apego a la ley de la gravedad.
Una ley dura como las piedras metidas en la boca de Demóstenes
que, según dicen, hablaba mucho.
Aquí hay que hacer un minuto de silencio.
Primero, por la dócil camarera sin cama del avión.
Después, por las palabras muertas,
muertas por no decir nada...
misterio, por ejemplo,
que sirve para no explicar lo inexplicable,
lo que yo siento cuando pienso en la Gran Salina,
lo que traté de no pensar un día que caminaba por la Gran Salina
tratando de distraerme y de no pensar dónde estaba,
escuchando una canción de Leo Dan
que pasaba LV12 Radio Aconquija
y el Concierto en sol de Ravel por la filial de Radio Nacional.
¿Qué pensaría Ravel, el finado,
si caminara como yo en ese momento
por la Gran Salina.
Ravel, púdico sentimental,
te imagino tocando el piano que hoy vi colgado
entre el piso 12 y el piso 13.
Sí, pobre Ravel de 1932
con un tumor en la cabeza que ya no lo dejaba componer.
Ravel tocando solo,
de noche (pero eso sí, absolutamente solo)
los "Valses nobles y sentimentales" en medio de la Gran Salina.
Estoy seguro que se hubiera interrumpido
al escuchar el silbato lejano de la locomotora,
para ver el haz de luz a la distancia
y la penumbra sobre la Gran Salina.
Días pasados fui al Hospital.
Hace años yo andaba por allí,
despreocupado y con mi guardapolvo blanco.
Pero ahora, de simple paciente,
sentí el ruidito angustioso
!Trank!
de la máquina de sacar radiografías.
!Y que pase otro! gritó el enfermero.
Pero el otro no podrá explicarme
por qué tengo sed,
por qué voy detrás del agua cautiva de la botella
y de la sal capturada en el salero,
yo, tan luego yo,
capturado en el sueño de la Gran Salina.
Un amigo, alto funcionario estatal,
me ofreció su pase libre para viajar por todo el país.
Total, me dijo, es un pase innominado,
cualquiera lo puede usar...
si se lo presto.
El pase sin nombre me deslumbró
como la marca de la cubierta que leí y releí
cuando cambiábamos la rueda junto a la Gran Salina.
Pero después pensé en Tucumán
(mi segunda provincia)
y en las vértebras azules del Aconquija
horadando las nubes blancas.
Ahora me entero que mi amigo,
el del pase sin nombre,
se separó de la mujer.
Aquí me callo...
Pero el silencio me hace pensar ahora
en lo que no quise pensar cuando miré el pase sin nombre que me ofrecían,
en lo que dejé de pensar hace un momento...
cuando vi pasar el ascensor con una mujer silenciosa
que no me quiso llevar.
Olvidemos el ascensor perdido
y pensemos de nuevo, de frente, en la sal
(cloruro de sodio)
y en el misterio...
Pero como nada es misterio
hagamos una traducción de apuro:
miss Terio
o miss Tedio
o chica rodeada de teros asustados
o algo por el estilo.
Pero no hay distracción que valga.
El ayudante de cocina del vagón comedor
se rasca la cabeza de tanto en tanto
pero sigue pelando papas sin distraerse
en el tren que se acerca a la Gran Salina.
Y el ascensor perdido con la mujer silenciosa
sigue recorriendo kilómetros entre la planta baja
y el piso quince.
El sastre de enfrente que ya comió
se asoma a tomar aire con el metro colgado en el cuello.
Yo pienso en comer, como se ve...
Son exactamente las 14 horas, 8 minutos, 30 segundos.
Y también, no sé por qué,
pienso en el acorazado de bolsillo Graf Spee
que en los comienzos de la última guerra
se suicidó antes que su capitán
frente a Punta del Este.
El Graf Spee yace a treinta metros de profundidad.
Ya nadie se acuerda de él.
Ni siquiera los hombres-rana
que bajaron a explorar sus entrañas.
Pero hasta los hombre-rana
salen a comer a mediodía.
Y a veces, para comer,
sólo se quitan las antiparras y los tubos de oxígeno.
Todavía hay gente que se asombra viendo comer a esos hombres...
con patas de rana.
Los hombres-rana reclaman al mozo la sal que se olvidó!
Dale!... Dale!
Hoy almuerzo con amigos
(si es que no se fueron).
Miraré de costado la sal y pediré pimienta en vez,
porque tengo miedo de quedarme callado,
ya se sabe por qué.
No quiero quedarme callado
ni distraerme,
ya se sabe por qué.
En realidad no se sabe nada
del sueño de la pilas,
de la lluvia sobre la sal,
de la chica del ascensor,
del sastre asomado con el metro colgado
o del tren que pasa de noche indiferente
junto a lo que ya se sabe
y no se sabe.
....................................................
....................................................
....................................................
Hace años creía
que "después del almuerzo es otra cosa"...
es decir que las cosas son otras
después del almuerzo.
Este poema (llamémoslo así),
partido en dos por el almuerzo
y reanudado después, me contradice.
No comí postre.
!Siento la boca salada!
Pero no voy a insistir.
El domingo pasado,
en casa de un amigo poeta,
conocí a un chileno novelista e izquierdista
que se fue a Pekín y que, posiblemente,
no vuelva a ver en mi vida.
Tímidamente, entre cinco porteños y un chileno izquierdista,
metí una frase de Lautréamont
que como buen franchute es uruguayo
y si es uruguayo es entrerriano.
Una frase (salada) para terminar (o interrumpir) este poema:
"Toda el agua del mar no bastaría para lavar una mancha de sangre intelectual"



-Enviado para compartir por Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com



*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 31 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores mexicanos Gonzalo Macías, Ignacio Baca-Lobera y Javier Álvarez. Las poesías que leeremos pertenecen a Luisa Futoransky (Argentina) y la
música de fondo será de Machu Picchu (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067




*



Inventren Próxima estación: EDUARDO CASEY.

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Friday, January 22, 2010

EDICIÓN ENERO 2010.


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS. (CUBA)


*


El frío se agolpa de una manera brutal, intenso, grueso, convocante a los interiores de todo tipo. No es fácil persistir; no es imposible, por ello.
Recuerdo, si, esos enormes fríos mañaneros en Hersilia, patria de mi primera infancia, donde caminaba junto a los bretes del ferrocarril, cruzando la vía, para ir a la escuela fiscal. Iba solo, con mis siete años a cuestas. Era otro mundo. Mi madre me abrigaba: guantes de lana, pulloveres, medias pesadas tres cuartas –los niños no usábamos pantalones largos hasta los catorce años- y, arriba de todo, el poncho. El mío era un poncho azul con líneas decorativas, dos o tres, blancas. Azul profundo. Tenías, además, algunas pintas rojas o coloradas, como decíamos antes.
No era el único que iba con poncho. No, porque era un atuendo normal. Nos cubría del frío y de la fina llovizna, cuando ella aparecía y se desbarrancaba sobre el llano.
El poncho, además, nos daba una identidad. Cada cual tenía el suyo con variaciones de colores y de flecos. De lejos sabíamos quien venía.
A esta vestimenta la vi en los arrieros cuando pasaban, con la tropa, frente a la que era mi casa, camino a los bretes. Entre el mugido de los animales, el ladrido de los perros que ayudaban iban ellos: los laderos y los de fondo, entremedio del polvaderal, protegido con los ponchos.
Niños, aún, miraba su paso escuchando los gritos azuzando a los animales, sin reconocer el cansancio de horas en esas tareas pero admirando la misma. Siempre alguno saludaba, chambergo en alto, fusta en mano, levantando el costado del poncho como un ala y, en la punta, la mano, supongo áspera, como una caricia a la joven vida.
El frío sigue azotando estos sures litoraleños. Espío por la ventana el patio, opacado su verdor. Cubren mis piernas un poncho salteño que supe comprar en uno de mis tantos viajes.
Y de pronto, mi patria de infancia.




*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
Julio/agosto 2009










La cañería*







A raíz de la propuesta de un amigo, que me invitó a ducharnos juntos para oir lo bien que canta tangos, es que escribo esta sucesión de hechos que nada tienen que ver con la ficción y, sin embargo, es lo más parecido a ella que me ha sucedido en años.



Hace dos semanas que estoy bañándome como los gatos, a las lamidas -es un decir- considerando el agua que puedo usar, previamente calentada en una olla bien grande, esas para locro o puchero sobre el mechero de la cocina a gas, eso si, no hubo necesidad de cortar el gas.



He mudado gran parte de la cocina al living y para enjuagar los platos y demás utensilios que uso, debo hacerlo en el baño, el único lugar donde hay agua, pero fría.



El edificio en el que vivo tiene cuarenta años o algo más, cuarenta años mal vividos y la cañería de agua caliente nos cantó “las cuarenta” y dijo basta, ergo, entró al edificio la tropa de cañistas, cañoneros, cañicultores… plomeros.



El primer golpe de los muchachos fue para romper azulejos, paredes y cielorrasos. Gracias a ello, ahora estamos todos los vecinos del ala CD comunicados. Mi hermana, que vive en el departamento de al lado, me da los buenos días introduciendo el rostro por el agujero negro situado a ras del piso, en la cocina. La madre de Atún, el gato de arriba, se entera de cada comida que preparo por el aroma que sube y se expande para bien y para mal, digo para mal por otra cuestión, pero, que tiene que ver con el agujero en el techo, cuando los muchachos trabajan en su departamento, llueven piedras del tamaño de una pelota de tenis las más grandes, otras se hacen polvillo, cuestión, que para hacer la comida me traslado al living o al dormitorio, donde suelo picar cebollas y ajos sobre la mesa de la computadora mientras leo los envíos y me engancho a escribir algún comentario.



El perro de mi hija, convidado de piedra en la casa los días de semana, los sábados y domingos, anda en estas horas muy desasosegado, como alma en pena con tanto ir y venir, entrar y salir de los plomeros. Tan perdido estaba hoy con los acontecimientos que relato, que le temblaban las orejas como nunca y yo no sabía que contestarle porque no hablo su idioma y a mi también me temblaban las orejas.



Los muchachos se retiraron de mi departamento a las dos de la tarde. El caño, por suerte, ya está colocado, con sus codos y juntas a punto para que pase el agua que, si Dios quiere y los muchachos, la darán mañana. Pero a las tres de la tarde, cuando gozaba de una relativa calma y comía algo, de parada, apoyado el plato en la mesada de la cocina cayó la primera piedra seguida de un aluvión de piedrecitas. Lo interpreté como una despedida, me acostumbré a mirarlas cuando caen y, seguramente las voy a extrañar cuando tapen los agujeros y ya no estemos comunicados los vecinos. Dejaremos de ser fraternos y nos saludaremos parcamente al cruzarnos en el hall de entrada.



Lástima que mi amigo vive tan lejos, sino, tal vez, hubiera aceptado su invitación. Un baño de ducha con abundante agua es lo que más deseo. No ha de cantar tan mal.







*de Ana Maria Diaz Velo. anadiazvelo@hotmail.com











VERDADES REVELADAS*


“Cuando se miran de frente, los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades, las bárbaras, terribles , amorosas crueldades...”

GABRIEL CELAYA



En la Escuela de mi pueblo me enseñaron muchas cosas.
Los 10 mandamientos por ejemplo.
El 5º, el 2º y el 4º no se hacen.
El 3º ni el 7º, no se dicen.
El 1º, el 2º, el 6º, ni el 8º, no se no se preguntan.
No se hace, no se dice, no se pregunta, no, no.
Dogmas de la fe, decían.
Aprendí que la gente cuando se muere se la entierra.
Se coloca en su tumba su nombre y apellido.
Se la invoca, se le reza.


Me enseñaron que había una vez.
Que América era un crisol de razas.
Que había un país de plata, plata robada, argenta.
Que Haití es un paraíso Terrenal.
Que hay guayabas, frutos del pan, mangos, muchos mangos.
(El mango es una fruta, aclaro)
Que hay flamencos, pelícanos y garcetas.
(Que los flamencos tienen las patas rojas, por mentir)


Con la adultez a cuestas, aprendí.
Que hay blancos que son negros y negros que son blancos.
Que en Haití una lengua oficial es la castilla.
Que en criollo se le llama Repiblik Dayti.
Que el patrón vive en el norte del Norte.
Que hay más negros que blancos.
Que la esperanza de vida es de 40 años.
Que hay más pobres que ricos.
Que de mil niños mueren 80.


Aprendí de las guerras.
Aprendí, que algunas, figuran en los anales de la Historia.
Otras, las mas pequeñas, no registran nombre, ni apellido.
Que hay hombres que sólo son un número.
Un número más, un número menos.
Mas por menos, siempre da mas.
Aprendí “que hoy he mirado los ojos claros de la muerte”
Y he repetido, sollozante, la verdad revelada por un cholo peruano.
“¿Con que valor voy a hablar de psicoanálisis?”



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-San Luis- Argentina.









ANTONELLA*



Esa niña

Antonella

todos los días pulsa el botón del timbre de mi casa.
Extraño el sonido cuando no lo hace; un extrañamiento
de que el día no fue completo.
Esa niña sólo pide algo “pa´comer”. No otra cosa. Y reja
de por medio, marcando distancias entre su mundo y el mío,
trato de complacerla.

Es una niña que sólo pide.

Y aquí, enredado entre las tripas del día,
no percibo que sólo pide. Tal vez, sí, exija un poco de
atención; un reconocimiento de ¡Aquí estoy!, de “yo también soy
el mundo”.
Lo hace desde su inocencia infantil, desde su mirar de ojos amarronados,
pelo negro recogido, carita redonda.

Y, azorado desde mi edad, desde mi estar, sólo respondo a su pedir.

Respondo levemente, casi con vergüenza por los abismos de los mundos
de cada uno.
Un levísimo hilo hace de puente.
Su sonrisa es la que extraño
cuando no suena el timbre.



*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar









Lluvia terrorista*



El Gobierno de los Estados Unidos de América a declarado enemigo público a la Lluvia. Después de una ardua investigación, la CIA ha presentado un amplio dossier con pruebas en las que se demuestra las ingerencias de la lluvia en los secretos de estado. Tachándola de entrometida y curiosa, dice haber detectado que se cuela por todas partes, accediendo a los archivos más secretos y deteriorando pruebas y documentos.

Como medidas para la lucha contra ella, el Consejo de Seguridad ha ordenado que a partir de la fecha los expedientes y demás documentos de rango secreto se utilice únicamente papel secante y en casos extremos papel parafinado.

Como complemento a estas medidas preventivas, se ha puesto en alerta al departamento de investigación para dotar al país de medidas protectoras contra la lluvia, de forma que su concentración y su libre circulación no pusiera en peligro los secretos patrios. Al cabo de dos meses se presentó el producto diseñado para esta lucha antiterrorista, con su diseño y plan de implantación. Seguramente hará falta la aprobación de un presupuesto extraordinario por parte del Congreso, pero este escollo será fácilmente
salvado debido a la concienciación del pueblo en estos asuntos.

A pesar del secretismo lógico en estos temas, se ha podido saber que el nombre del producto propuesto es "Alcantarilla" y parece ser que se refiere a un aparato de hierro con rendijas que se aplica directamente al suelo.


*de Joan Mateu. joan@cimat.es







Aparición de la Otra*



*Cuento de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar



Aquel viernes la mujer cerró su estudio contable y viajaría a la costa sin manejar su auto. Ya saliendo de Buenos Aires en el último asiento de un ómnibus, a media tarde presintió el fin del verano. Ella andaba cerca de cumplir cincuenta años, temible divisoria entre mujeres, y aquello también rondaría la inevitable discusión que tendría con su marido en la casa de veraneo. Algo nada agradable.

Unos futbolistas en los asientos cercanos quizá le aturdirían el viaje pero el hombre a su lado, sobre el pasillo, le sonrió que los muchachos viajaban cerca y le ofreció acomodarle el bolso en el portaequipaje. ‘Sí, gracias’ dijo y no sospechó nada en la tibia demora sobre su mano. Por una hora larga fueron cambiando frases de ocasión: ella habló de su hija de veinte años y no mencionó estar casada con un político ‘siempre en campaña’, y el hombre, algo menor, reconoció ser un perpetuo viajante ‘por ahora en seguros’ y divorciado hacía mucho tiempo. El ómnibus iba a buen ritmo hacia cuando el día cae plomizo sobre el campo, y al descender el grupo futbolero y acallado el murmullo, los dos quedaron en el último asiento lejos y apartados del resto.

Al rato y tal vez no de improviso, el hombre le tomó una mano con decisión y le habló sonriendo ‘al fin solos’. Acaso ella fingió distraerse pero más bien nadie vería cuando él musitó ‘permiso’ al quitarle los anteojos. Ni apenas atinó al usual ‘¿qué hace?’ sin convicción al ablandar los labios al imprudente beso y como si obrara por reflejo, aflojó una mano hacia el pecho del hombre debajo la camisa. Se apartaron a mirarse en los ojos y ya retomaron el juego que les conmovería más allá de la boca, creciente impulso tras ocultos fervores que refrena la especie. ‘Nuestra pasión también somos nosotros’, le recordó esa otra mujer que contuviera ella.
- Carlos- pronunció él al separarse y rozar suave sus ojos con dos dedos.
- Daniela- pronunció por primera vez en tanto él ambulaba su mano infructuosa en destrabarle un cierre. Y de haber sabido eso, la otra, Daniela, hubiera vestido una falda liviana en lugar de ese incómodo pantalón vaquero, sonrió…

Bajaron en el primer pueblo y entraron a una hostería donde él solía dormir. Sin demasiado preámbulo, en la habitación Carlos se adelantó a moderar el agua para bañarse juntos y al quitarse íntegramente la ropa, ella se alegró que ‘la otra’ le dispusiera esa libertad. Y juntos derivaron a linderos con incitaciones que en sus sueños ella anhelaría traspasar. Sin apremios cada uno ahondaría la intimidad sin límite o precepto, hasta culminar en el primer temblor tan ajeno a misa y confesiones, y gloria de compartir aquel desborde entre desconocidos.

Desde empezar el viaje hubo horas en un tiempo sin medida relojera, y no por ser llamada diferente se sintió feliz. Ella o aquella imaginaria recién aparecida, amada con la intensidad que prometen los sueños, se convirtió en hembra plena con más gemidos que palabras en aquel regodeo de explorar socavones de su cuerpo. Y quizá tan sólo descubrieras eso, le diría Daniela…

Al anochecer pidieron algo de comer, coincidieron en dos copas ‘del mejor vino blanco frío’ y charlando con alguna ternura al paso, se durmieron. Tal vez abrazados por un rato. A la mañana el hombre prometió ver a un cliente y volver pronto, la besó al salir y le puso en la mano sus datos y teléfonos ‘por cualquier cosa’. Ella dobló la tarjeta sin leerla y al verlo irse la dejó por ahí. Después recompuso su maquillaje, acomodó sin apuro el bolso de mano y dejó la habitación.

- ¿A qué hora hay micro a Buenos Aires? –preguntó.
- En veinte minutos – le dijeron. Así que tuvo tiempo para un jugo de fruta y subir al ómnibus que llegó puntual.


(enero 2010)

*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.









Deseos*



Quisiera ser tu fiesta, una guirnalda de flores rojas que encienda las mañanas. Una mesa con manteles blancos. Mar cálido que te acune en el vaivén. Lluvia que limpia. Una negra bahiana que bambolea en su cuerpo la música del mundo y te guarda esencias escondidos en el escote. Para jugar al tesoro escondido. Puntillas, filigranas, agujeritos para espiar. Una voz para contarte como se viaja a Itaca en el borde del poema. Quisiera ser telas, una seda para las caricias, terciopelo para el roce casual, la carta de Seda para leerte por teléfono. La selva con su techo de hojas y la luz que se filtra y el rumor de los insectos y la flor abierta y el lugar entre los árboles donde te espero para leerte en las manos, antes de liberarse las caricias.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







EL LEGADO*



Confieso, te idolatraba, Janus.
Te veía llegar entre cerezos.
Con pan envuelto en diarios.
Con el agua del río entre tus manos.
Entibiando pezones y polleras.
Buscando un cielo de huertos y de siestas:
Durazneros, vendimias en las grutas.
Amaba tu calendario de arenas y lagartos.
De estrellas degolladas. De brújulas.
Tu piel era mi frente y tus manos mis ojos.
A veces sorprendía tus rostros pensativos.
Dos puertas. Una llave. Abierto corazón de niña.
Comienzos y finales.
Te veía llegar y ya temía tu partida.
Las puertas se abrían en las guerras.
Con la paz, venía tu partida.
Partido corazón, manos partidas.
Aun lastimas mis sienes con tu flecha rota.


Confieso, te idolatraba Janus.
Mas, nunca me entregué.
Nunca dije por ejemplo un te quiero.
No se si lo entendiste.
Mi forma de amor es el repudio.


Yo aun no comprendía y me dolía enero.
No comprendía.
Que traías un comienzo de claveles rojos.
Que en granate mutaba, finalmente.


Aun no entiendo la partida.
Pero, sé, vendrán otros eneros y el legado.
Rojo clavel granate.
Dos puertas, una llave...y el asombro.
Clavado asombro en los ojos de los niños de enero.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








EL VIEJO*

A esa historia que escuche en la radio del niño que veía y conversaba con su abuelo
que hacía cinco meses había fallecido.




Se llenó de polvo y silencio,
la casa que a puertas cerradas
dejó de latir una mañana.
Dicen que alguien vio cuando se alejaba,
lo hizo en medio de la noche silenciosa,
una luna testigo le guardó el secreto.
Su nieta lo observó por la ventana
de la amplia cocina donde ardía un hogar.
Volteó la mirada hacia donde estaba la niña
y a modo de saludo dibujó una sonrisa.
Esta fue la última vez que lo vieron.
Después la pequeña dijo: “abrió unas alas enorme y voló al cielo”.
Nunca antes le habían contado sobre la muerte de su abuelo.



*de Melisa Ferraris. flordeloto1980@hotmail.com








La historia del ángel niño*


Robertico


Sobrevivió milagrosamente, al menos en sus primeros doce años, al exceso de amor que sentía por él.

Era hijo del mayor de mis medio hermanos, su padre sobrepasaba a mi madre en algunos años... Yo no entendía mucho esto de tener nueve hermanos adultos. Mientras otros niños cargaban a sus hermanitos, a mí me presentaban sobrinos del doble de mi edad, algunos a través de fotos. Como la mayoría de ellos se interesaba bien poco por mi vida, terminé ignorándolos.

Roberto fue el único que me tomó afecto, le llamaba “mi hermano”, a pesar de sus canas. Miraba confiada sus ojos azules, acompañados de un aire de tristeza que no pasaba ni cuando sonreía. Era un miembro más de mi extraña familia. Tengo fotos de él jugando conmigo a las muñecas.

Su hija mayor, Cary, era una jovencita muy pagada de su belleza, me llamaba “tía” en tono de burla. El menor, Robertico, contemporáneo conmigo, sufrió de poliomielitis al año de nacido y quedó confinado a una silla de ruedas. Se decidió trasladarlo a la capital para ser sometido a varias operaciones; las de los brazos le dieron un poco más de movilidad, las de las piernas jamás dieron resultado. Los períodos de recuperación y rehabilitación, los pasaba en mi casa.

Yo no soportaba la idea de que mi sobrinito, con esa sonrisa de ángel, no fuera capaz de caminar. Me propuse lograrlo, ¡y vaya si lo intenté! Me gané buenos regaños por sacarlo de la silla, hasta que aprendí que debía dejarlo en su trono de rueditas... pero esto no fue suficiente: si bien no podía caminar, esto no le impediría disfrutar de los placeres de los demás niños. La madre, que se desvivía por él, solía decirme que yo era como un virus, porque contagiaba a su hijo con mi exceso de energía. Déjalo, Nenita - me decía -, él tiene que aprender a ser feliz tal como es.

Un día mi sobrino me vio salir de la ducha, envuelta en mi bata. Expresó su contrariedad por no poder hacer lo mismo; a él lo bañaban en la cama, sobre una sábana de hule, a base de paños tibios. Aprovechando un descuido de los mayores, lo introduje con silla y todo en el baño, abrí las llaves, y lo dejé disfrutar de la primera ducha de su vida. Recuerdo como aplaudía, a pesar de estar medio ahogado por la presión del agua. Tanto fue mi entusiasmo, que entré a jugar con él, bata de felpa y zapatillas incluidas. Nos descubrieron porque el agua comenzó a llegar a la sala. Algo ganamos: a partir de ese día lo dejaron disfrutar del agua corriente.

En una ocasión nos llevaron a la playa y me dio pena mirar como se le perdía la vista tras las olas. Nunca supe dónde se metían nuestras madres: fui arrastrando su toalla, paso a paso, hasta llegar a la orilla; ahí lo fui introduciendo en el agua, confiada en que mis brazos podían sostenerlo, sabía que los cuerpos pesan menos en el agua. Obvié que debido a su inmovilidad era un niño obeso... tragamos tanta agua que no fue necesario castigarnos; hablo en plural porque con el tiempo nos castigaban a los dos, a mí por las ideas y a él por seguirlas con tanto entusiasmo y no gritar pidiendo auxilio.

Pero nada se compara con la tarde en que, ayudada por mis amigos, logré bajarlo a la calle. Él se quedaba mirándonos jugar desde el balcón, y se limitaba a decirnos adiós cuando pasábamos en nuestros patines, carriolas o bicicletas. Aquella tarde me habían dejado con la enorme responsabilidad de cuidarlo… tuve cuidado de bajarlo sin un rasguño. Había pensado hacerlo feliz, y así fue al inicio. Mas, al rato, lo noto cabizbajo y le pregunto qué le pasa. Me señaló la competencia de carriolas a punto de comenzar. ¡No llores, Rober! ¡Ya verás! Hoy corres, con carriola o sin ella – afirmé empujando la silla calle arriba, a donde los muchachos del barrio se estaban colocando en la línea de arranque.

Al conteo de ¡Uno, Dos y Tres!, salimos disparados. Mi genial idea fue usar la silla como carriola, afincando un pie en la parte trasera, impulsándome con el otro, las manos firmes en las dos agarraderas, asegurando el cinturón de mi copiloto para que no fuera a salir disparado con el arranque. No pensamos en la posibilidad de ganar, la silla con su ocupante pesaban demasiado, pero no recuerdo haberlo visto tan contento, ni siquiera el día de la ducha.

En ese momento llegaban las madres, recuerdo haber entrevisto la palidez del rostro de la suya y la mirada de furia de la mía. El susto me hizo perder el control de nuestra carroza, que siguió calle abajo conmigo aferrada, ambos pies subidos al tubo trasero, pensando que aquel era el último día de nuestras vidas. Nos salvaron unos transeúntes que corrieron a detenernos, porque con el impulso y la velocidad que habíamos conquistado, no funcionaba ni el freno de la silla, ni mi inventiva.

Esa noche, con las posaderas ardiendo y frente al televisor apagado, nos miramos sonrientes.

- ¡Cómo me divertí! Pensé que me moría... lo mejor es que estabas ahí y no me dio miedo – susurró.
- ¡Yo también! – suspiré, reclinando la cabeza en su débil hombro – Hubiera sido lindo morirnos juntos...
- Cuando me vaya para el otro mundo, voy a irme contigo.

Una vez probado que no había cura para su mal, volvieron a su casa y no lo vi más que en las pocas visitas que hice a mi familia materna. La última vez fui con mi hijo mayor, entonces de dos años, quise que mi pequeño conociera aquel mundo fascinante, correteara entre aves, cargara corderitos, sostuviera en sus manos un cerdito chillón y escurridizo, mirara el mundo desde la altura fascinante del lomo de un corcel… pero fuimos a una finca lejos del pueblo. Vi a mi sobrino sólo media hora antes de tomar el ómnibus de regreso y esa media hora la pasamos abrazados.

No volví al campo y él no regresó a la capital. Nunca dejamos de escribirnos, de enviarnos postales, o de llamarnos.

Me enteré de su agravamiento, quince años después, cuando no me daba tiempo a llegar a su lado. Es uno de los dolores más fuertes que he experimentado. No quería dejarlo ir, no era justo. Esa noche, soñé que un ave volaba a mi encuentro y cuando le tendía las manos para recibirla, se elevaba hacia el infinito. Desperté y fui a sentarme en la sala, había entendido la señal.

No paré visualizarme tomando su mano, hasta que recibí la llamada que me trajo la noticia: su paso por este mundo había concluido, ahora era capaz de volar.



*de Marié Rojas Tamayo.






ELLOS USAN ZAPATOS DE DOS TONOS*



No importa si salen con el pie derecho
O con el izquierdo


Lo de ellos es trazar el territorio
La comarca que les pertenece
Revalidar la asignatura pendiente


Ellos hacen el país
La postguerra
La economía y las rondas nocturnas


Tentados por la hoja que silba
Se han sentado en las aceras
Miran pasar el cadáver de sus amigos
Y se juran la sangre
Que a veces mancha
Los zapatos de dos tonos.



*de Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu









MIL PÁJAROS DE FUEGO*



Esa mujer es una revolución.
De ríos subterráneos. De espejos. De volcanes.
Sabe que no ha nacido para.
Que no ha nacido de.


Que puede ser madre bendecida. Célula madre.
Amada. Venerada. Idolatrada.
Madre de mayo. Madre de alquiler. Puta madre.
Santa venerada. Santa bárbara. Santa Juana de Arco.
Hécate. Hechicera. Súcubo.
Que puede ser Lilith y expulsada de las sagradas escrituras.
Repudiada maldita. Amante descastada.


Sabe que puede ser paloma: tibia y quieta.
Que puede tener la fuerza de un león.
Que pude ser alondra. Camalote. Hiedra.
Que con su legua pude voltear un potro a latigazos.


Pero ella busca el fuego. El vuelo.
El trueno y las voces de las nubes.
Se encuentra con el infierno congelado del Dante.
Desempolva retratos. Genes. Sabias manos nudosas.
Cubre con cortinas de lienzo. Paradojas. Cerrojos y anatemas.


Y busca porque encuentra, encuentra porque busca:
Hoy le han legado mil pájaros de fuego.
Mil pájaros de fuego que caben en el hueco de la mano.
Mil trigales, mil esperas, mil estrellas.
El fuego la rodea, la rodean los vuelos.
Se alejan los inviernos de pedradas lentas.
De helados médanos. De chapas escarchadas.
De putas tristes. De borrachos alegres.
De rodillas rapadas. De piojos. De salitre.
De basurales con fábulas dolientes.
De hospitales. De esputos. De violencia.


Se revuelca en gloriosa soledad de orfebre.
Revive los pájaros y el fuego.
Toma, con manos frías, la lumbre, la llave y la bengala.
Mira como van cayendo, una a una, estrellas en el mar.


Cuando las noches se vuelvan oscuras profecías.
Allí estarán, lo sabe.
Allí estarán, al alcance de su vuelo.
El trueno, las voces de las nubes
Y el esplendor de mil pájaros de fuego.
...mil pájaros de fuego...



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






NIÑO DEL TREN*



A Carlos Ramírez Tamayo



Niño del Tren,
Nacido en casa tan pobre
Que no la abatían las tormentas:
Como ella, entre miserias, resistía.
A su lado, paralelas, las líneas escoltaban su mirada.


Acunado por la nana del camino de hierro
Soñaba partir rumbo a lo desconocido.
Esperando el momento de la huida
En busca de quién sabe qué destino no dictado
Por humanos.


Sabía - el canto de los rieles lo susurraba en su oído -
Que su hado estaba en el vagón aquel,
Inalcanzable y cercano,
Cargado de ajadas sonrisas.


Un día, subió a lomos de la bestia mecánica.
¿A dónde lo llevó?
Nadie lo sabe.
Sólo conocemos que viró crecido, feliz,
Iluminado.


La historia de lo que aconteció
Al que corría descalzo siguiendo los raíles,
Quedó en ellos.


El Niño del Tren no llegó siquiera a ser anciano,
Ni siquiera sus hijos lo recuerdan, mas
Cuentan las estrellas que el carril llora su ausencia:
Su triste canto
Arranca lágrimas a la madrugada.



*de Marié Rojas.
(1999)







LA CASA*


La casa ya no existe. Fue tirada abajo y no quedan sino algunos escombros entre los altos yuyales bajo un pequeño montecito de acacias salvajes, un par de higueras, tal vez del mismo origen, y, un alto sauce cuasi centenario, que es o debe ser, con seguridad, lo único que queda de la antigua doble hilera que venía del camino y directamente desembocaba en el patio.
Si la casa no existe, sólo yo estoy en condiciones de reconstruirla. Yo, o el “Pichón” Bucelli que la habitó casi treinta años.
Si empezamos por la cocina tenía una ventana que daba al sur, y debajo de ella un gran cajón de madera pintado de verde, que oficiaba de depósito de marlos para la brillante cocina económica, una Carelli Nº 2, que se fabricaba (y tal vez se siga fabricando) en la ciudad de Venado Tuerto. Si uno miraba por esa ventana, lo primero que veía era esa construcción de varias casitas para los ponedoras y las cluecas, una larga hilera de dos pisos, y un poco más allá los enrejados de palo que hacían de gallinero, todo debajo de un montecito de paraísos copiosos, y allá junto al alambrado que limitaba de un alfalfar fragante, lleno de florcitas blancas, las dos casitas de esos inmensos perros guardianes: el León (negro, mandíbula inmensa, tal vez una bull dog, y el Capitán, un hermoso “manto negro” de estilizada y vigorosa figura) . Estaban –ambos- con un collar y una gruesa cadena al cuello, sujeta a su vez por medio e una argolla a un largo alambre que se sostenía por dos estacas de hierro, bien clavadas al piso de tierra. Eran perros guardianes, muy de vez en cuando los soltaban, según me contaron, pero yo siempre los vi atados.
De esa cocina, siempre poniéndose de espaldas a esa gran ventana que traté de describir recién, saliendo hacia el patio, es decir hacia el norte, tenía tres puertas, a la derecha una que estaba cubierta de una cortina verde y se usaba como depósito de las ricas facturas de cerdo, bien fresca, con su pequeña ventanita que cubrían tres copiosos paraísos. Enfrente la puerta de la izquierda desembocaba en el comedor, que se usaba solamente para las grandes ocasiones.
La otra puerta daba hacia una habitación de paso hacia el patio, y con otras dos puertas que comunicaban a dos habitaciones más.
En ese espacio había un baño, y afuera una bomba de mano, con una pileta de portland donde se ubicaba un pequeño jarrito de aluminio, para beber agua.
Ya en el patio, algunos fresnos daban sombra y a la vuelta, hacia la izquierda y sin comunicación directa pero en el mismo edificio la habitación de los arneses, donde una pequeña cama de hierro y un baúl de inmigrante, daba refugio al lombardo Francisco Cantoni y a quien todos llamaban “Chiquín”, mezcla de mensual y protegido. Enfrente, el galpón para depósito de bolsas de cereal. Yendo hacia el este, y siempre en la misma construcción, el garaje donde se guardaba un pequeño tractorcito “Pampa”, con el color verde original de fábrica y un Ford T a bigotes, pintado de verde mugre, un verde casi color tierra, un verde muy triste, un verde muy solo ¿o era negro, como ordenaba su inventor John Ford? Se mezclan aquí los recuerdos. Pero eso, ya, carece de verdadera importancia.
El espacio de la quinta, todo verde, todo fresco, estaba justo frente a la casa cruzando el patio que orillaban los limoneros y las mandarinas. Esa quinta estaba siempre rezumando agua, no se si provista por un caño desde el molino cercano, o bien con una bomba de mano en el mismo centro de la quinta, entre tomatales, pimientos, tomillos, zapallitos y repollos. Pero me vuelve siempre en el recuerdo de ese breve charco, producto del riego tal vez excesivo donde merodean abejas y mariposas. Una nube de mariposas blancas y amarillas. Esa quinta estaba rodeada por un alto tejido en todo su perímetro, pero no era muy breve.
Hacia el monte el corral de los caballos que se usaban de tiro, de los llamados percherones, robustos y rústicos, con los garrones peludos, llenos de abrojos y restos de barro seco. Más allá el potrero de alfalfa donde pastaban al atardecer, hasta ser nuevamente encerrados en el patio, con sus grandes bebederos, junto al molino, con su vástago golpeando, sus inmensas aspas que el viento movía a voluntad. Su estrecha escalerilla que atraía como un imán, porque desde allí se veía todo más hermoso: los sembrados, los chiqueros, los potreros, y el techo de la casa donde un molinillo nervioso proveía fluidos eléctricos a una batería que llamaban “acumulador” y servía para cargar electricidad a la radio.
Inútil repetir que en esa chacra pasó lo mejor de mi vida, mis primeros doce años. Me llevaron allí de bebé porque mis padres eran juntadores de maíz, y en esas jornadas de meses vivíamos allí.
En el centro de la troja de maíz se elevaba un mástil de hierro altísimo, con su cable de acero para el carrito volcador de espigas, y a lo alto un trapo blanco, atado a una caña, que llamaban “la bandera” y se usaba para ser izada cuando el mediodía llegaba y había que cortar el trabajo para almorzar, Pero en mi caso se usaba también cuando yo lloraba como un chino y entonces llamaban a mi madre para que me diera de mamar. Como ven, fui siempre celoso con mi estómago, tal vez de allí nació mi ansiedad. De la espera hasta que mi madre rehiciera esos 300 o 400 metros que la separaban de la casa y que trataba de acortar con pasos ligeros.
De la hilacha más supina parte este recuerdo. Allí se reúnen: el molino, la quinta y la puerta de la tranquera del corral, desde donde se estiraba un solo hilo de alambre de púas para inducir a la tropa de caballos hacia el potrero donde pastaban hasta el atardecer y luego se los volvía a su lugar, donde dormían, frente a los bebederos. Como ese hilo era atado al poste de la quinta y luego quitado ya que era el camino a las parvas, un día tropecé con él y dí con mi rostro distraído, ya que montado en mi indómito corcel de caña era en ese preciso momento perseguido por toda una tribu de comanches. Reboté literalmente y con el rostro sangrante. Empecé a llorar y gritar, fruto más del susto fue por la breve lastimadura en la mejilla izquierda. Si hubiese ido mirando hacia el frente me habría evitado el susto, ya que conocía de sobre su existencia. “Pichón” y Domingo, que controlaban el desenfrenado tumulto de la caballada ya que olían pasto fresco me auxiliaron enseguida. Domingo me llevó ante la tía María quien me hizo las primeras curaciones y “Pichón” corrió hasta el mástil de la troja a levantar la “bandera” para avisar a mi madre. Era mediatarde y ella se preocupó bastante y vino corriendo. Al final, no era nada, sólo un susto y una breve cicatriz en la mejilla izquierda, que a veces se deja ver. Es decir no dejó ninguna consecuencia.
Pero la herida del alma, la que se siente en brasa viva cada vez más que cuando recuerdo aquella casa que hoy no existe y mi vida feliz allí; en los primeros cabales, doce años de mi vida, eso ya no tiene retorno. Y como supo rematar un poema Facundo Marull: “y es triste, en verdad, es triste”.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar









YO Y EL OTRO*



Al otro, a Rubén Vedovaldi, es a quien le trabaja el nombre o su eco. Yo camino por la vieja casa y me doy a ver como crece el lapacho rosado que me regalaron como bonsái y puse en libertad en la tierra del lote. De Vedovaldi tengo noticias por el correo, por Internet, por teléfono, y leo sus versos publicados en tal libro, en tal periódico, en tal otra revista. Me gustan las tetitas de las quinceañeras en flor, las piernas de las locas perdidas, el cine de Polansky, las canciones de los Betales y Almendra, el olor de una tira de asado en la parrilla, y la voces de Gelman y Galeano; el otro comparte o no comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Nuestra relación no es hostil, yo sobrevivo, yo despierto del sueño, para que Vedovaldi pueda estrofar su obra más o menos literaria y eso más o menos me justifica.
Ha logrado ciertas páginas más o menos válidas, entre montañas de hojarasca prescindible, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo aprobado ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y del siglo. Yo estoy destinado a perderme, y sólo algún instante de mí podrá trascender en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su viciada costumbre de juguetear con la lengua y el habla.
Heráclito entendió que todo cambia; la piedra antes no era piedra y después dejará de ser piedra; el río antes no era río y, si el planeta se calcina, dejará de ser río.
Yo he de quedar en Vedovaldi, no en mí (si es que alguien soy), aunque me reconozca menos en sus libros que en los de otras y otros o que en un solo salvaje de saxo.
Traté de liberarme de él, y pasé del delirio surrealista a la búsqueda de una síntesis, al ejercicio del estrato fónico y del significante, pero esos ejercicios y piruetas de estilo son de Vedovaldi ahora y tendré que idear otras para mi, para el estilo de mi muerte.
Mi vida es una estrella más o menos roja, más o menos difusa. Ni Dios ni el Diablo creen en mi. Todo lo pierdo en los basurales del mercado. Todo es del olvido o de la AFIP, o del otro.
Uno es descendiente de campesinos italianos, el otro se tiene que inventar su propia patria e historia.
Uno siembra y canta en el desierto, el otro recoge placer y dolor del cuerpo; desaciertos, desconciertos, melancolías y malentendidos. No sé cuál de los dos está más solo, más lejos.




*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar












Los genealogistas*









Juana, mi madre, ocupaba los días con sus noches en el asunto de la filiación y en la búsqueda se remontaba hasta la cuarta o quinta línea en la ascendencia de familias, que tenían en común un personaje eminente.



Su obsesión, lejos de decrecer iba en aumento, de proponerse un tiempo para el estudio de cada genealogía y respetarlo, pasó a investigar tres y hasta cuatro en forma simultánea, lo que le ocasionaba infantiles rabietas cuando se le cruzaban sus integrantes.



Los elegía al paso en su afán por encontrar al pariente ilustre, inaugurando la pesquisa con Nicolás Avellaneda porque vivimos en la calle que lleva su nombre y lo sentía caro a sus afectos. Al no hallar resquicio alguno siguió con Mitre, avenida del barrio, ubicada unas veinte cuadras al oeste. Decepcionada después de enterarse que éste fue vencido por aquél en las elecciones de l874, pasó a Virrey Olaguer y Feliú, cinco a la derecha, a quien pronto abandonó porque se sentía criolla a ultranza. Desviándose dos a la izquierda se enfrentó con San Martín y sin atreverse, siquiera, a fijar la mirada en el cartel de la calle, cruzó con los ojos cerrados y continuó dos más hasta Urquiza, a quien descartó por manifiesta prole.



Volvió sobre sus pasos y por Libertad salió a Domingo Faustino Sarmiento, se sintió molesta, no había terminado la secundaria. Retrocedió de espaldas una cuadra y dobló a la derecha hasta Hilarión de la Quintana, brigadier uruguayo, segundo de Santiago de Liniers, francés. Paralela a la anterior, cuatro al fondo, cinco con el pasaje. -¡Extranjeros no!- afirmó en voz alta. Ese día volvió a casa hecha una furia, más temprano que de costumbre.



Durante un tiempo se abocó al estudio de genealogías que tenía en carpeta, pero luego retomó el hábito de ir y venir por el barrio buscando los nombres y los hombres que le despertaran curiosidad. En sus caminatas llegó a las puertas de la Capital Federal. En este punto, lista a adentrarse en el intrincado laberinto de sus calles, se maravilló con la avenida Maipú, ancha, bien iluminada, de doble mano y varios carriles. Desesperada la encontré una tarde preguntándose a los gritos quien había sido Maipú, no dispuesta a aceptar que su nombre evocaba una memorable batalla.



Debido al acontecimiento que relato fue necesario internarla. Su comportamiento fue objeto de estudio, un trastorno difícil de tipificar, coincidían los médicos.



Supe por ella que la visitó en la clínica un prestigioso siquiatra venido de Alemania para asistir al simposio realizado en Las Leñas, sobre los avances en el tratamiento de la claustroágorafobia asintomática. El médico, enterado de su caso, no dudó en correrse hasta Buenos Aires para asistirla.



En su charla con el doctor ella le contó que no tenía dudas sobre su origen , la dificultad consistía en dilucidar de quien era tataranieta o, eventualmente, chozna. Y fijando su mirada penetrante en los ojos rasgados del facultativo, mi madre le preguntó si él no era su padre. El médico le respondió que no, dada la diferencia de edades, sesenta largos ella, alrededor de cuarenta él. Convencida por razón de tamaño peso volvió a la carga por el lado de la descendencia.

-Cuando era muy joven- le confió- mi primer marido se fue con mi hijo que hoy tendría su edad. –Doctor- inquirió- ¿cómo es que siendo alemán tiene usted ojos tan oscuros? ¿Tomaría a mal decirme dónde nació? ¿Tiene mamá? ¿Su padre viene de un matrimonio anterior, es morocho, usa lentes, tiene una mancha de nacimiento en la espalda?



Andanada de preguntas sin respuesta, no había forma de apaciguarla y que su interés derivara en otro tema. El médico, tal vez subyugado por la historia que le contaba, balanceando la cabeza, con gesto risueño -musitó-si-, un si para si mismo, de asombro por alguna coincidencia, quizás. -¡Sí! -le contestó ella con énfasis-. Un si obstinado, categórico, y llorando agregó. -Hace muchos años partió a Alemania llevándote, hijo mío, querido hijo, por fin te encuentro.



Emocionada por lo trascendente de su descubrimiento mi madre volvió a casa tranquila, bien medicada y feliz. -Ya no más investigaciones- me prometió y comenzó a escribir cartas y más cartas a un destino improbable.



Ayer, algo excitante ocurrió en el vecindario. A la casona de enfrente se mudó una familia que, a juzgar por el apellido es de abolengo. Por mi cuenta decidí investigar su genealogía y hoy, acompañado por el canto del jilguero, ya estoy planificando las salidas.



Bien temprano me llegaré hasta el Registro Nacional de las Personas, antes debo hacer algunas averiguaciones en la biblioteca Delom, mejor voy a la tarde, allí abren a las diez. En la Capital iré a buscar antecedentes a la biblioteca Nacional; tengo previsto, además, pasar por la Casa de los Inmigrantes y de estar en tiempo, a la vuelta me corro hasta el Archivo General de la Nación, sino mañana, que sólo debo visitar un par de Embajadas y el Registro Civil de Balvanera, completo lo que quede de hoy…







*de Ana Maria Diaz Velo. anadiazvelo@hotmail.com











GOTERAS*


Anoche llovió y no pude dormir. La tapa de la cafetera que es mi casa tiene una gotera y, por desgracia, ésta se encuentra exactamente sobre la cabecera de mi cama.

Ya sabía que eso pasaría, mi hogar lo encontré en la alacena de una casa abandonada, nunca me pregunté por qué dejaron esa cafetera ahí, ahora lo sé: Porque era una porquería.

Levanté el colchón, que tenía más agua que una sopa, y lo puse en la entrada a coger sol. Luego fui al baño para ducharme un poco y poner a secar la ropa. Estaba embullado mientras me lavaba, ya que me imaginaba arreglando la tapa de mi casa, dejándola como nueva; al terminar ya la cama estaría seca y podría dormir tranquilo; pero mi fantasía cesó al sentir un ruido en la entrada.

Salí envuelto en la toalla, con el jarro de bañarme en mano, dispuesto a golpear a quien me atacase. Abrí la puerta lanzando un grito de guerra mientras movía mi arma de forma amenazante. Solo que mi grito de batalla se tornó muy pronto en un alarido de histeria: El colchón no estaba.

Mientras me golpeaba la cabeza con la jarra, culpándome por ingenuo, encontré un zapato tirado en la entrada, al parecer se le cayó al ladrón al salir corriendo. Recordé entonces que esa noche, aunque reparara el techo, no podría dormir pues el piso es húmedo y las sillas son muy incómodas, incluso para una siesta larga.

Cerré la puerta de un tirón, diciendo barbaridades, y me senté a relajarme mientras me ponía hielo en la frente. Entre tanto, deseaba todo tipo de desgracias imaginables al ladrón.

Cuando me aburrí de despedazar mentalmente de varias maneras al ratero, encendí la radio para entretenerme y dejar de pensar en mi siesta de la tarde. Tomé algunas herramientas, anudé fuertemente mi toalla, subí al tejado y me dispuse a empezar.

El hoyo era grande pero eso no me importó, tomé una chapa de refresco que vi cerca y la puse de forma que tapara el hueco. No sabía como unirlos, hasta que se me ocurrió clavarlo.

Me costó algo de trabajo, pese a que el parche que empleé es de un metal suave, el de la tapa de mi cafetera no, así que varias veces me martillé los dedos, sin contar que la mano con la que martillaba se me entumeció.

Tuve que recurrir al método de ponerme hielo para calmar el dolor que sentía en las manos. Me sentía satisfecho de mi trabajo y lo admiraba orgulloso: La abertura ya no se notaba y no había forma de que entrara agua, lo único malo era que las puntas de los clavos sobresalían bastante, ya que eran de buen tamaño. Los tenía guardados para clavar la planta baja de mi casa al suelo si había un torrencial fuerte.

Ya era medio día, decidí hacer café para alegrarme un poco la tarde, además, la música de la radio no era mala y eso de estar en el sofá refrescándome con una cazuela llena de hielos me empezaba a gustar. Por desgracia me relajé demasiado y me quedé dormido. Al despertar sentí un olor raro...

- ¡El café, se me quema! - fue todo lo que atiné a decir antes de que la cafeterita explotara, al igual que la estufa.

Por suerte la detonación me lanzó a la calle y no me mató, pero por desgracia la toalla en la que estaba envuelto se enganchó en uno de los clavos que sobresalían del techo.

La vecina de enfrente me vio parado en la calle dándome golpes de rabia y, como era de esperar, llamó a la policía. Me llevaron a prisión por estar exhibiéndome ante un miembro honorable de mi especie... Ni que lo fuera, vive en una caja de zapatos pasados de moda y se cree importante porque se ha hecho un balcón techado con una lata de atún: mejor estar desnudo en plena calle que vestido con el horrible pañuelo de flores que ella usa como túnica.

Ya dentro de lo que sería mi hogar por unos años, vestido a la moda de los inquilinos de aquí, me acosté en el colchón que se encontraba en el suelo.

- Después de todo, la lengua larga de enfrente me hizo un favor - me dije para consolarme -, este lugar es más grande que mi quemada casa, me dan comida gratis y tengo una cama. ¿Qué más puedo pedir?

En eso pude oír que daban un anuncio en la radio, por lo visto uno de los guardias tenía uno portátil: uno de nuestra especie había muerto de forma terrible, una lata de atún le había caído encima. Al cadáver le faltaba un zapato, esto se sabía porque los pies eran las únicas partes sanas que sobresalían del amasijo envuelto en una tela de flores que había debajo de los escombros; en el sitio había sido encontrado un colchón húmedo, de tan buena calidad que había sobrevivido al impacto.

Esa noticia me alegró de forma increíble. Me dirigí al lavamanos y abrí la pila, tomé una silla que estaba cerca, me senté y metí la manos en el agua helada para relajarme mientras disfrutaba viendo mi nueva cama... al menos en la cárcel no hay goteras.



*de RAY RESPALL ROJAS.
(A los 15 años)








Reyes magos*

a mi hijo Manu


Cortamos un manojo de pasto verde
llenamos una lata con agua
y colocamos todo cerca de la puerta/
después nos sentamos a escribir la carta:
- ¿que le vas a pedir a los reyes?-
- justicia papá - me dijo
- no, pero eso es muy difícil -
- cómo, ¿no son magos? -
- sí, pero... -
- no me dijiste que pasan por el ojo de la cerradura
porque es más fácil eso/ a que un rico entre al reino de los cielos -
- tenés razón Manu, le pediremos justicia -
y cerré la carta con un "que así sea".


A la mañana siguiente
el padre de Carlitos
consiguió trabajo en la fábrica de papel.-




NOTA: hace poco me enteré que mi hijo menor, sabía la "verdad" sobre los Reyes Magos hacía mucho tiempo, cuando le pregunté porqué no me lo había dicho, me dijo: "no quería romper tu ilusión".


Un abrazo impetuoso.
*de Aldo Luis Novelli aldonovelli@yahoo.com
/desde los bordes del desierto.






SUSANA Y EL UNICORNIO*


A Eduardo Coiro y su hija Paula



Ese amanecer, cuando fue con su padre a la cuadra, se sorprendió al ver un unicornio pastando entre los caballos.

Le gustaba ir bien temprano para escoger el animal de su gusto; le complacía ver como los ensillaban y ayudaba a cepillar sus crines. Pero esa mañana se había quedado sin palabras, contemplando el brillo de nube de aquel ser de leyenda, mezclado entre los caballos que se alquilaban para hacer prácticas de equitación.

- A esta niña parece que los ratones le comieron anoche la lengua – le dijo el granjero - ¿A quién te ensillo hoy?
- Por favor, quiero que me ensille al unicornio.
- ¿Qué? – dijeron su padre y el granjero al unísono.
- Aquel blanco, brillante...

Iba a decir “del cuerno en la frente”; pero se percató de que nadie más lo veía.

- ¿El nuevo? – sonrió el granjero - No le habíamos puesto nombre; el dueño lo vendió porque no sirve como animal de tiro... las patas muy finas. Le pondremos Unicornio, si te parece bien, aunque no sé si se deje montar por una niña, es un poco rebelde.

Susana corrió junto al unicornio.

“Lo has visto, ¿verdad?”, le dijo él con voz que ella comprendió que nadie más escuchaba.

- Pero... ¿por qué yo?

“El hombre solamente puede ver aquello en lo que cree, por eso ha dejado de ver ángeles, demonios, hadas y unicornios. Al ser ignorados nos vamos adocenando, terminamos trabajando para él, hasta que un día nos llega el olvido. Cada vez somos menos, apenas quedan dos hadas, excelentes niñeras; un demonio se alquila en fiestas como tragafuegos, conozco un ángel trapecista... Soy el último de mi especie. Si alguien nos ve, nuestra tristeza aumenta, una niña que aún cree en la magia no puede torcer el rumbo de lo ya escrito”.

Susana no tenía palabras, se acercó y le acarició las crines. Él posó mansamente la cabeza en su hombro.

- ¿Quién lo diría? – dijo el granjero acercándose – ¿Probamos a ensillarlo?
- No sé... – dudó ella, mirando al unicornio.

“Acéptalo. Mejor que sea contigo”.

Hasta que el sol le anunció que era hora de regresar, cabalgó en el unicornio, sintiendo su paso que apenas rozaba la hierba, disfrutando su voz como música, descansando para verle beber del arroyuelo, sin saber como agradecer aquel regalo que le llegaba en los umbrales de su adolescencia, momento en que sería obligada a incorporarse al mundo de los mayores, mundo que su madre no supo aceptar y que ella tendría que asumir, aunque para ello tuviera que admitir que donde veía unicornios había caballos, que donde hadas, señoras paseando cochecitos de bebés, que donde ángeles vendedores de globos... “Dales lo que te pidan, amor mío”, le parecía escuchar la frase de despedida de su madre antes de emprender el vuelo.

“No querrás terminar como ella”, le decía alevosamente la vecina cuando la veía hablarle a las muñecas. Pero sabía que su madre no era aquella mujer sin expresión que languidecía en un asilo de dementes, aquello era sólo la cáscara que había quedado cuando voló su alma. Su madre, compañera de las hijas del aire, disfrutaba al verla cabalgar en un unicornio.

Su felicidad se mezclaba con lo irremediable: Al terminar sus vacaciones tendría que volver a su rutina y el unicornio sería un simple caballo de alquiler. Éste era un lujo que apenas podía permitirse dos meses al año, y esos dos meses tocaban a su fin.

- Te quiero - le dijo mientras marchaban en trote suave.

“Si de veras me amas, hay una cosa que puedes hacer por mí: trae mañana una lima resistente, de las que cortan las más gruesas cadenas”.

No dijo más, se encerró en un triste mutismo mientras era desensillado, llevado a la cuadra y encerrado en su cuartón. Allí quedó resplandeciente, inconfundible entre los caballos. Susana había comprendido.

- Vendré temprano – le susurró antes de marcharse.

Una vez en casa, comió apresurada y dijo que tenía sueño; el padre lo entendió, había estado todo el día cabalgando. Era un alivio la afición de su hija por los caballos, así podía adelantar los trabajos de mantenimiento del parque, sabiendo que ella estaba en buena compañía... La de él, a pesar de todo su amor, no era la mejor desde el día en que tomaron la decisión irrevocable.

La niña sintió los pasos alejarse de su cuarto y saltó de la cama, para ir de puntillas hacia la caja de herramientas. Tomó lo que había ido a buscar y regresó a dormir.

Era noche aún cuando abrió los ojos, sabía que los peones y el granjero llegaban al romper el alba, así que debía apresurarse. Con una linterna en la mano emprendió el camino, tan conocido que podía haberlo hecho a oscuras. Saltó la cerca con facilidad y se encaminó a la puerta por donde asomaba aquella cabeza tan distinta de las otras. No temía a las reprimendas, estaba saldando una antigua deuda del hombre con sus creaciones... Sin decir palabra, comenzó a limar la pesada cadena.

“Susana, ¿recuerdas que nuestra mayor tristeza es ser reconocidos?”

Ella asintió sin dejar de limar.

“Detente y mírame: serás el último ser humano en ver un unicornio”.

Ella obedeció, con lágrimas en los ojos, comprendiendo que la lima no estaba destinada a cadena alguna. Pensando en lo que sucedería si un poeta, un músico, un pintor, o quizás otro niño que había crecido entre cuentos de hadas, llegara un día a esta cuadra, o a cualquier otra - siempre sería atrapado - y distinguiera aquel unicornio ensillado, cabizbajo, trotando en círculos alrededor de la pista... “No se trata de ver unicornios donde caballos”, sentía la voz de su madre, “sino de ver en cada corcel el sortilegio del unicornio”.

- Entonces... – dijo, conservando aún una gota de esperanza.

“¿Te importaría cortarme el cuerno?”



*de Marié Rojas.







EL QUE VUELVE SIEMPRE*



Ellos han estado aquí desde siempre. Yo soy el que va y viene.
Cuando llego al bar del Club (“la sede” la llama el “Negro” Bonomi) están todos allí, como esperándome. Como si yo nunca hubiera partido, y cuando se recuerdan tiempos y cosas y yo hago mi esfuerzo por recordar y no logro ver aquellos rostros o rescatar aquella anécdota, mi amigo Miguel, con una casi ternura implacable, me advierte: “no, vos ya no vivías acá, ya te habías ido” yo, casi con culpa acepto esa disposición aclaratoria de mi amigo, que, lo sé, no lo hace para lastimarme, sino para que no hurgue en mi recuerdo con tanto inútil ahínco.
No sé si fui muy estricto con la verdad más arriba. Porque en verdad - siguiendo al Maestro Troilo en este caso- “Yo nunca me fui del Barrio”, que en este caso concreto y específico se llama “El Jazmín” y su camiseta, orgullosamente, ostenta los colores rojiblancos.
-Yo elegí los colores me repite siempre mi amigo Roberto Escudero, primo por otra parte del inefable Miguel.
“Cholo” Belluschi, de imbatible memoria para los que en el mundo han sido, titular del “Ramos Generales Belluschi”, gran contador de cuentos y virtuoso amateur del bandoneón, y gran organizador de partidos de fútbol de toda la pibada jazminera, en esta ocasión pagó riguroso el importe de las siete camisetas, y fue, no podía ser de otra manera el Delegado natural en todas las transacciones deportivas del equipo “El Jazmín”.
Cuando mandó a mi amigo Roberto al bazar “La Primitiva” de don José Bessone, padre de Ibis, esposa del mismísimo “Cholo”, es decir, a casa de su propio suegro a comprar las amadas camisetas, lo mandó, según mi amigo, para que él eligiera. Habrá que creer entonces en el libre albedrío que practicaba el “Cholo”, y en la palabra de mi amigo.
-Vi unas camisetas de Estudiantes –las vi, me gustaron y las compré.
Ël, mi amigo, tendría doce años, era hincha del Huracán Foot Ball Club, y esos son sus colores. Es más, esas camisetas de Estudiantes se usaba a veces en algunos partidos como alternativa a la rojasangre con vistos blancos que era la habitual.
Hasta aquí los hechos digamos “institucionales”, porque bien sabemos que un club en ciernes, aún con mero equipo, no existe hasta que todos se pongan la misma camiseta, valga la expresión, es decir, los mismos colores. Hasta entonces, por más voluntad que haya, es un triste rejuntado. El otro dato no menor, es que había tantos chicos que jugaban muy bien en el barrio que daba para armar tres o cuatro equipos, que se organizaban y jugaban con otros nombres, entre esa legión de “mulettos” estaba obviamente yo.
Como mi barrio, el barrio “El Jazmín” se alzaba con todos los campeonatos , una vez quisieron comprar al arquero. Un puesto donde curiosamente no había reemplazante. O era Adelqui Mansilla, o nadie. Como éste estaba lesionado recurrieron a un morocho taimado de otro barrio, que, pese al soborno no perdió el invicto. Le habían prometido diez pesos, y un pantalón de fútbol.
En el partido siguiente salimos campeones ya con nuestro legítimo y querido arquerito.
Ese equipo –lo recuerdo- jugó hasta pasado el límite que permitía el reglamento, por edad. “Ese pibe, está pasado en edad”, se decía cuando se quería descalificar a alguien. Pero no sé por qué no se recurría al trámite expeditivo del documento prueba incontrarrestable.
Pero sucede que estos campeonatos no eran sino reuniones deportivas de verano, organizado por la Cooperativa Agrícola Federal de mi pueblo, tanto para alentar a esos bravos muchachitos que irían a la canteras de los clubes locales.
En ese equipo –no olvido sus nombres- estaban Adelqui Mansilla, al arco, en defensa Héctor Pezzoni, a quien decían, nunca sabré por qué, “Loca mía”, Edgardo Santos (Santitos), “Nino” Míguez, Roberto Escudero. Y en la delantera goleadora y eficaz: Roberto Ellena (“El Flaco Lenita”), “Chocho” Faravelli y Lorenzo Miranda. Hay una foto que fue tomada en la cortada de mi casa, y están rodeados por toda la pibada menor: “Tago” Sánchez, “Chorchi” López, “Chajá” Correa, los hermanos “Pili” y “Toto” Míguez y un servidor.
Cuando pienso en aquellas épocas tan lejanas, que parecen imposibles de haber sido reales, lo hago con la intención de no idealizar aquella niñez de muchas carencias, que no olvido, sino que me empeño en recuperar aquellas pequeñas alegrías que para nosotros era un mundo y sobre todo lo hago para que vuelvan las que están olvidadas.
Es casi como querer rescatar de un gran puñado de cenizas, algún palito, alguna hierba que se salvó del juego implacable de los años.
¿Qué derecho tengo yo de traer del pasado tanta anécdota perdida?
Porque esas vivencias fueron en verdad compartidas por un grupo de chicos, hijos todos de gente de trabajo, obreros, changadores, jornaleros, que hacía como podían sus pininos en esta vida de dureza que todos transitamos con mayor o menor fortuna.
El barrio “El Jazmín”, mi barrio, el fue el núcleo donde tuve mi primer contacto con el mundo de los otros, que eran como yo. Antes que la propia escuela primaria que transité con sumo placer.
Y en esas calles, bajo ese cielo sin color casi del verano, transité, corrí, jugué, me entreveré con mis amigos, sudorosos y descalzos tras una pelota de trapo.
Y la gloria esperada era marcar ese último gol de la tardecita, cuando las sombras de la noche nos corrían antes que el chistido admonitorio de nuestra madre.
Y en esa gradación estaba la máxima gloria, vestir la casaca roja del Huracán: que traspiré más tarde en esa escalera.
A mí me hicieron saltar un peldaño: nunca tuve el honor de vestir la camiseta del barrio, y es en verdad irreparable, es para siempre y convengamos también que es una reiterada tristeza que llevaré siempre como una mochila en mi espalda.


*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar










Retirados, no del todo*



Si nos quiere, llame:
somos los veteranos de más de cuatrocientas guerras
sobrevivientes de incontables catreras de batalla
cada cual con su sello porno-trapecista
estelares acróbatas ensartadores
rudos domadores polimorfos
en protagónicos papeles lucimos
inagotabilidad y envergadura


o porno-asistencialistas (los demás de nosotros, de este gremio)
que con inclinación de aficionados encarnábamos "el pueblo"
los que cumpliendo sus contratos "de bolo" (o relleno)
nos prendíamos en orgías exponenciales
reservadas generalmente para los grandes finales
de los sucesivos porno-derramadores
de la fuente de la vida
ficcional.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





OCTAEDROS*


“El mar no es mas que un pozo de agua amarga…”
IDEA VILARIÑO



Una navaja.
Raspa la garganta de la noche.


Un pensamiento de cristales octaedros
Rueda por la pendiente de la desolación.
Nítidos contornos.
Aguas claras. Amor oscuro.
Una iguana con precario equilibrio
Incrustado tatuaje de ocho triángulos equiláteros
Ocho triángulos equiláteros iguales.


Y una duda, amor, miénteme.


El pensamiento se hace carne y sangre
Atraviesa el precario equilibrio.
Afuera, solo queda la cola de la iguana.
Y una voz.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar




*



Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 24 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor música del compositor español Tomás Garrido. Las poesías que leeremos pertenecen a Alfredo Pérez Alencart (Perú) y la música de fondo será de Tarpuy (Perú). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org


Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067




*



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