Thursday, January 30, 2014

MIENTRAS LA SOMBRA MIENTE MÁRGENES SIN VIENTO...

 
 
*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
 
 
 
 
 
 
 
AMANECERES ALTOS*
 
 
 
*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
Cuando los amaneceres eran verdaderamente altos, casi con una presencia que no cabía en el mundo.
Esos amaneceres de entonces, cuando el sol pespunteaba sobre la copa de los paraísos y un concierto desordenado de pájaros, irrumpía en el temblor de las estaciones, sobre todo en el fulgor del verano, cuando el calor amenazaba en el zurear gangoso de las palomas y la sierra venturosa y persistente de las cigarras, invisibles en las hojas de los fresnos que se movían apenas para que el verano fuera una presencia un poco más agradable que el ruido de los carros, en el estallido de los látigos sobre la piel de los caballos o el empecinamiento de los jinetes que enfilaban su paso cansino o su trotecito gentil y apaciguado hacia los campos profundos donde los jinetes irían a cumplir sus tareas. Esas tareas que llevaban en sí mismas todo el esplendor de la luz, es decir que acabarían cuando las sombras se comían todo el crepúsculo.
El tipo de tareas no sólo incluían el redoblar de los cascos de los caballos que hacían sordamente resonar, el ruido de las herraduras cuando pasaran por los puentes de madera o de hierro que atravesaban los campos de esa inmensa estancia cercana al pueblo.
El tipo de tareas también lo delataba el atuendo de esos jinetes, extremadamente hábiles, ya que habían aprendido a cabalgar antes que saber caminar en la gran mayoría de los casos, incluso pertenecían a varias generaciones de centauros que habían nacido en esos campos y que en muchos casos al pueblo irían a la escuela, los menos, en petisos muy mansos, pero  el grueso de ellos llegaba a grande sin haberse acercado a ese conglomerado  de casas precarias que llamaban “el pueblo”, y donde sobresalía la cruz de la iglesia y la torre de aquella cerealera inglesa que se perdió luego para siempre y en su totalidad en un incendio. Lo demás era chato y  las veredas cubiertas de plátanos sobre todo alrededor de la estación del ferrocarril, un lugar de paseo que llamaban “El veredón”, con sus inmensos y bien cocidos ladrillos que hiciera la compañía inglesa que puso las vías y clavó un cartel que aún existe aunque no pasan más los trenes, con el nombre del pueblo pintado de blanco sobre el fondo de hierro fundido, muy negro, como lo es la noche en el fondo del mar.
Cuando trato de aprehender  ese tiempo y aún comprenderlo, masticarlo, lo hago con el  convencimiento que es tan inútil como sostener un puñado de arena entre los dedos ya trémulos. Todo se funde entonces en un tembladeral de años encimándose y primeras impresiones en “la matriz”  de las primeras veces fundacionales a que aludía Cesare Pavese en su teoría  tan original sobre el mito del escritor y aún al mito que se acompaña al hombre del principio de los tiempos y que no le será fácil desarrollar o explicar.
Cómo hacerlo cuando la niñez llevaba carencias, inhibiciones y miles de recuerdos donde la palabra de los mayores era ley indiscutible y sólo quedaba el recurso de las módicas trasgresiones a la sagrada ley de la siesta o la imaginación que a veces se compartía y a veces quedaba en el magma de sueños y de fantasías imposibles de traducir hoy día. Como esos amaneceres en donde los tordos caían pesadamente como carbones lustrados, muy negros, sobre el amarillo bellísimo y ondeante del trigo y el vuelo estremecedor de las garzas y las cigüeñas y los flamencos hacia los inmensos y lejanos espejos de agua que llamábamos cañadas.
Estaba también el pitar lento, muy lento de un largo tren carguero que cruzaba   como un gusano el verde de los campos, el paisaje de los molinos que tiraban el agua y las parvas y el jinete que arreaba hacia las casas un tropilla de caballos oscuros y ese jinete se detiene a ver cómo pasa el tren y levanta la mano que tiene colgando un talero, una mano que a veces tiene respuesta y otras veces, no.
Y tal vez en aquel tiempo fuera posible que algún niño en esas chacras perdidas mientras boyereaba unas ovejas pensaba en ese tren que se arrastraba tan lento, con ruidos de tuercas y fierros y rechinar quejoso como un cuerpo ya viejo que sucumbe a las ganas de detenerse, tal vez en ese tiempo de árboles coposos al costado del camino; todo esto se me ocurre hoy cuando la ciudad oprime a puro verano.
Borges ha escrito que el verano no es una estación, sino un oprobio.
De todos modos debo reconocer aquí, que cuando pienso en aquellos amaneceres tan altos que dejaban su resquicio de sombra se veía por ella una luz tan bella como imposible de asistir. Es decir que aquellos amaneceres se volvieron tan lejanos como sino hubiesen existido. Es más, es como si nunca hubiera existido el verano.
 
 
 
 
 
 
 
 
MIENTRAS LA SOMBRA MIENTE MÁRGENES SIN VIENTO...
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
una parte de este mundo protege su pausa
una pausa indefinida, sin brillo
sin grandes promesas de amansadores
 
¿querés partir?
¿querés quitar los anzuelos?
¿querés devolver el golpe?
 
cada espera es la nota de muchos
en el silencio
la casa de años, su seña
tardes de tilos en otra infancia
 
una parte de este mundo protege su pausa
mientras la sombra miente
márgenes sin viento
 
¿querés llegar?
¿querés retornar descalza?
¿querés más acá nombrarlo?
 
sin repetirnos volvemos a sernos
tal vez abajo
 
los restos de un cuerpo, la nada de un cuerpo
en la marea
que despedaza y contiene a la vez
 
 
*De Valeria Cervero. valecervero@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LETRAS, EN EL COSTADO IZQUIERDO.*
 
 
Mis ojos sin tus ojos, no son ojos, / que son dos hormigueros solitarios, /
y son mis manos sin las tuyas varios intratables espinos a manojos.
MIGUEL HERNANDEZ
 
 
Cuando era niña era mala para las abstracciones.
Lo soy aun.
Una manzana, mas una manzana eran dos manzanas.
Un padre mas una madre, eran dos padres.
Santo Tomás me decían.
Yo creía que era porque mi padre se llamaba Tomás.
No entendía las matemáticas, tan exactas, tan certeras.
Y seguía probando…
Y las cuentas no me daban…
Un padre más una madre:
El resultado era, dos mujeres, menos un hombre.
Tampoco entendía, no las entiendo aun, a las metáforas.
Metá : mas allá , fora: pasar , llevar.
Y cuando me leyeron el poema de Hernández.
Me metí en tus ojos moros y sentí el aguijón de las hormigas.
Y tomé tu mano buscando la caricia y me atravesó la espina.
Y metí mi corazón en el tuyo, y solo encontré vacío.
Y me dijeron, intenta escribir, entonces.
Y no podía…
Piensa en manos, dijeron.
Y pensaba en las manos de mi padre y escribía tinta y tango.
Y pensaba en las manos de mi madre: amor y ausencia.
Y pensaba en las manos de mi abuela: vellón y rosario.
Y pensaba en mí, y escribía lágrima.
Y las letras se borraban… y quedaba un papel blanco.
El papel blanco, como ahora.
Quizás las letras deba buscarlas en la herida del costado izquierdo.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
JEROGLÍFICOS*
 
 
 
Un hombrecito moreno sostiene un pincel con pintura negra. Debe pintar un ojo en el muro. Ha visto, en su vida de artista observador, miles de ojos diferentes, con los párpados arqueados, arrugados, escondidos, con el iris marrón oscuro, claro, con intrincadas venitas rojas, con destellos amarillentos o verdosos; ojos oblicuos, pequeños, enormes, separados o extraordinariamente juntos; ha notado asimetrías y formas puras o mezquinas. Ha visto miles de ojos con sus particularidades y miradas diferentes.
El hombrecito sostiene con firmeza el pincel, y con absoluta seguridad pinta un ojo lineal, simple y claro, idéntico al que pintaba su padre, su abuelo, su bisabuelo. Está, él mismo, enseñando a su hijo la exacta manera de representar un ojo.
Ana sale de su casa, suena una musiquita, y sabe por ella que su amiga Laura le ha mandado un mensaje. En la pantallita aparece la imagen de un animalito llorando, se ven las lágrimas que rodean su cabeza. Laura está triste. Ana le envía la imagen de un arcoíris entre nubecitas, las nubecitas nítidamente dibujadas con las curvas de una mano infantil.
Ana va a desayunar, mira las fotografías de los combos que se ofrecen, y señala a la empleada el combo cuatro. El combo cuatro consiste en un café con leche, una medialuna y un vasito de jugo de naranja, todo ello claramente representado en la fotografía.
 
El hombrecito moreno en un solo movimiento delinea eficientemente el ojo tal y como el ojo debe ser. Renunciando al desmesurado ojo de Picasso, al imposible ojo rojo y azul de un artista fauve, al ojo naturalista de Dalí, que coloca la realidad en medio del sueño. Renuncia al ojo estilizado de Giotto y al ojo de violento claroscuro de Caravaggio. Renuncia, el hombrecito moreno, a su propia experiencia para ceñirse a un lenguaje fijo, inmóvil y pautado. Pinta con incomparable precisión el mismo ojo. Exactamente el mismo ojo que el lenguaje oficial del faraón requiere, establecido por los sacerdotes y avalado por la tradición del imperio, que fija el tiempo deteniéndolo en un único instante, retiene las estrellas y asegura que el orden del mundo sea eterno e invariable.
Ana no necesita preguntar nada a nadie. Un cartel le indica la parada del autobús, las flechas en las paredes le marcan el camino, un tenedor le dice que hay un restaurante en esa dirección, un hombrecito y una mujercita esquemáticos le aseguran que por allí hallará baños.
Hemos vuelto a una esquematización del mundo. La infografía se va normalizando hasta constituir el verdadero lenguaje universal. Simple, claro, eficaz. Más extendido que el inglés, carente de complejidades. Expone verdades indudables y lima las desagradables aristas de la variedad de los seres y los objetos.
Ana sabe poner el dedo en un botón ficticio de su pantallita cuando suena una música, sabe que una nota anuncia que el ascensor llegó al piso cinco, sabe quién es el héroe, el villano, el personaje gracioso o la mujer bella. Todo eso se desprende con suma facilidad de unas cuantas notas indicativas en el rostro y la vestimenta.
El pintor de hace cuatro milenios renunció a la inconmensurable cantidad de ojos posibles para pintar uno, y sólo uno, durante toda su vida. No vaya a ocurrir como cuando Akenatón permitió en su reinado la libertad para los artistas, y se liberaron los dibujos y los cabellos, y los pensamientos, y ocurrió en esos tiempos que los sacerdotes perdieron el poder, y la capital del imperio se mudó, y hubo que volver atrás luego, y romper la piedra labrada, enterrar las flautas, y perder en el desierto los monumentos y el recuerdo de la época peligrosa que demostró que se puede cambiar la historia.
Simplificar, eliminar opciones, enrasar para que ninguna cima se eleve, ninguna sima atraiga con esa cosa absurda de deseo que causan los abismos. Poner un orden en los pensamientos, las palabras. Dar múltiple choice como forma de contactarse con la inagotable riqueza del universo.
Ana camina con seguridad. Nada la va a sorprender. Tiene la destreza de un mico de laboratorio para accionar los botones correspondientes. Lleva su teléfono móvil que la identifica con un número. Escucha la canción que pasan en todas las emisoras, mira el show que se comenta en todos los programas, se viste cuidadosamente con las ropas que le informan los medios que se usan en la temporada. Y Ana, como el lejano egipcio, no puede pensar en la posibilidad de que su sociedad desacomode las piezas, dé las barajas nuevamente, tome un sendero en vez de seguir la doble línea marcada en el ancho pavimento.
 
 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Caverna*
 
 
No es que seamos del todo inconscientes
de nuestra heredada condición de oscuros
y resignados habitantes sedentarios
en la caverna que pintó el filósofo.
 
(Aunque disimulemos, no ignoramos
que sombras sólo son, y no otra cosa)
 
Pero es más fácil permanecer quietos
sentados en silencio frente al muro
contemplando esas figuras móviles
y sus exuberantes maniobras.
 
Es más cómodo ver pasar las horas
sin esbozar un gesto, sin silbar una nota,
sin mirar hacia el sol -siquiera de reojo-
(porque la luz abrasa la retina).
 
Y si alguno levanta la cabeza,
si alguien susurra o canturrea,
si alguien grita que existen las estrellas,
entonces le miramos con desprecio,
le escupimos con furia, le arrojamos
las virulentas piedras de la ira
o el amargado esputo del silencio.
 
(No importará si el díscolo insurgente
es nuestro propio hijo, nuestra sangre,
el magma inmaterial de nuestra entraña).
 
Para preservar nuestra mentira
-nuestra tiniebla de imágenes fugaces-
le acuchillaremos ritualmente;
después veremos su sangre derramada
como si fuese otra, como si sólo fuese
la lava redentora de los dioses,
el fulgente licor de sus ensueños
-otra figura más en la pared bailando-.
 
 
-De Por si mañana no amanece
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
Él, que alimentaba a los colibríes*
 
 
 
Él, que gastaba tanta energía en sostenerse en, ese aire casi vuelo, besando unas flores. Fabricando mamaderas de sueños para darles,  derramando efímeras bellezas. Él que tenía esa ética como una caricia o una mano o un pensamiento  para los asediados por los poderosos. Él que nos llevó por las calles de Praga a ver el teatro negro.
 
A veces él no podía con las sombras.
 
Él que tenía su lado oscuro
 
ahuyentado por pinturas naives, colores  y buscaba en los libros una clave.
 
 
Él que amaba desplegar cuentos y canciones para sus hijas, que estuvo pujando en los partos, no pudo más.
 
Demasiada energía gastaba  en sostenerse  en el beso.
 
Algunas flores se fueron por un tiempo y  renacieron.
 
Decían que la historia y los sueños se habían terminado y renacieron.
 
 
Tendremos que imaginar su  abrazo.
 
Ahora con la ausencia de ese arroparse cercano,  sin su  piel amiga bordada de pelitos, tenemos que encontrarlo en su  cuadro de  rondas de aldeanas de colores que danzan entre verdes, en las ideas y los libros.
 
Demasiada energía.
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
a veces somos tan vacíos como fábricas abandonadas
nada nos llena, no nos complace nada,
miramos el dolor propio o ajeno del mismo modo
que miramos en una revista viejas fotografías de cantantes,
 
a veces estamos en esto o en aquello o en ninguna parte.
 
salimos a la calle y las cosas nos resultan imposibles:
una senda peatonal es la muerte vestida de insectos que
vibran
a la orilla del mundo
porque ciertas veces la mirada del otro, aunque ciego,
nos deja al borde de inmundos precipicios
de olorosas entrañas de los sueños que no alcanzaron a
abrirse.
 
a veces solo a veces el croar febril de las ranas
nos trae el recuerdo de la madre muerta
el aliento a colibrí del padre ausente
los días que, como maniquíes vivos pero descerebrados,
avanzan en tropel ante nuestra absorta mirada
de espectadores huidizos.
 
a veces el amor viene a patear los cables de los altoparlantes
por donde el miedo y el egoísmo nos hablan de la tierra prometida
pero eso dura un segundo
y luego el mundo vuelve a llenarse de grillos negros
y de roedores que pretenden nuestras caras.
 
a veces somos tan vacíos que damos pena
arrastramos nuestros huesos como cruces hechas de relojes
y ciertamente el mar nos mira con dulzura
como una hermana mayor a la que volvemos para que nos abrace
 
a veces el dolor propio o el ajeno es tan clavado y oscuro
que nos quedan las manos colmadas de abejas
de números
de burros que enferman de fiebre bajo nuestras camas
entonces pensamos en la niñez como el cielo que perdimos/
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
esculpida
tan sólo una cara de la piedra
el arte toma cuerpo
del paisaje
igual
la talla de tu sexo
el río sin edad
los pies
que el viento a veces danza
en la montaña.
 
 
*De Alejandra Alma.
https://www.facebook.com/alejalma
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***
 
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