miércoles, septiembre 16, 2015

EDICIÓN SEPTIEMBRE 2015.


*Dibujo de Erika Kuhn.







Paisaje desolado*



No hay orillas
para los palabras
herméticas:
inútiles para el caso
liberan entre dientes
lo que duele.

Querer decir
lo inaudible
en la noche
descampada.


*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com










TEMPORALES*



Después de las intensas tormentas todo volvía al sosiego. Pero las aguas que habían caído intensamente sobre los campos eran haraganas para irse, para encausar su furia en esos canales que abrían ante la desesperación  y la defensa de las cosechas, donde todo varón dispuesto y aún las mujeres  se ponían en esa tarea que exigía muchos brazos, sin casi tecnología en aquellos tiempos más que tranquilos y proclives al sacrificio, siempre.
En estos días de muchas lluvias, que la gente llamaba temporales, el trabajo era nulo a campo abierto, pero se aprovechaba para realizar otras bajo techo. Poner en condiciones los arneses que usaban los caballos para ser uncidos a los implementos  agrícolas, como arados, rastras, cortadoras de alfalfa, armadoras de fardos luego que desplazaron  a aquellas parvas que en las noches semejaban frailes oscuros, y durante el día visitaban bandadas de pájaros que iban a picotear el pasto donde se desplazaban multitud de gusanitos inquietos, que eran su manjar. No sé cómo armaban esas inmensas parvas a horquilla, y le ponían  varias chapas encima y las construían tan compactas que podían sostenerse sin que las pudrieran las lluvias. Una pala de cortar pasto muy filosa descansaba, apoyada, y cuando se requería su concurso, se cortaba la ración necesaria, que se cargaba en un carrito de dos ruedas tirado por un caballo manso, y se atravesaban los potreros desparramando en breves montoncitos para vacas o caballos que así se alimentaban en invierno, cuando el pasto escaseaba. (Parva se llamaba un inmenso libro de versos de Baldomero Fernández Moreno que editara en el año 1949, justo un año antes de morir. Un bello libro con xilografías  de Víctor Delhez)
Pero debo volver a aquellos atardeceres en que se producían los escampes, y en esa calma de fin del mundo, cuando ya las lagunas y los bañados y los canales desbordaban, y la fauna acuática comenzaba a dar voces díscolas, dispares y primitivas, como si vinieran del fondo mismo de la tierra, como si quisieran intervenir sin pedir permiso en el espectáculo de una naturaleza que se maravilla de sí misma.
Los caminos rurales y las mismas y las propias calles del pueblo, se tornaban intransitables, una vaga tristeza se iba  arrimando a aquella bola de fuego muriéndose, para renacer en ese arco iris que tardará en borrarse en las primeras sombras en que se diluye todo, mientras que dentro de las casas el sosiego cunde hasta en ese haz de lámparas cuando se vayan escondiendo tras las cortinas, donde los niños no se atreven porque piensan en los cuentos que escuchan sobre aparecidos y luces malas que la última vez trajo un tío lejano con sus grandes bigotes de filtrar el vino y ese sombrero negro que le ponía un aire de misterio a su boca que no conocía la sonrisa.
Tal vez alguien recuerde otras tormentas. Otros temporales, otros cañadones que se brotaban de agua que anegaron los trigales, los pastizales, los alfalfares tachonados de florcitas blancas y ese olor que ya no sucumbe al vuelo de ninguna abeja y de ninguna mariposa.
Todo esto traigo a mi recuerdo, lo voy construyendo como un tapiz tal vez que se arracima sobre uno con  una intensa pasión acuática.
Y queda en uno las aguas que desbordan hasta la más lejana memoria y ese resonar en los oídos de esa palabra de mi padre que repercute aún en mis oídos.
Qué habrá querido decir cuando trataba de leer el cielo antes de la tormenta y se decía a sí mismo:
Ojalá no nos agarre un temporal tan largo esta vuelta. Y sin entender uno rogaba que así fuera.


*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







*


Una voz brama al sol.

Lo baja a la escalera de la vida

y éste

se trepa en el corazón de los seres.

Eres un sol y no lo sabes



*De Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar













LA LUNA CÓMPLICE*


Ella sospechó que lo amaría siempre.
Querido Platón
Celima Bernal García



Volar a la luz de la luna, ¿hay algo comparable? Extendió sus enormes alas negras, tan semejantes a las de los murciélagos y se desperezó. Le gustaba ser una hija de la noche, si bien le afligía la maldad atribuida a los de su especie –muy anterior al género humano, aunque estos insistían en que habían sido los primeros seres pensantes del planeta-, por cuya causa fueron hostigados, maldecidos, aniquilados. El simple hecho de no ser mortales, fue lo que originó la persecución y los abocó al exterminio.
No les guardaba rencor; en el fondo le parecía injusto que los hombres dispusieran de tan poco tiempo. Le fascinaban sus creaciones, la poesía, la música, la variedad de formas de sus viviendas, los cuadros que colgaban en sus paredes... Le gustaba pensar que hubiera sido maravilloso un mundo en que compartieran la alegría de existir y aprendieran unos de otros.
Última superviviente, había logrado convivir con ellos pese a todo: Durante el día buscaba escondites en casas abandonadas, la torre del reloj de la avenida, aquel edificio semi derruido convertido en refugio de auras tiñosas, incluso entre los atrezos de un teatro… cualquier lugar donde las sombras se tornaran defensoras era su salvación. Al arribar la noche era dueña del espacio insondable que media entre lo creado y lo por venir.
Enfiló hacia el corazón del bosque, ningún humano iría a esa hora. Le agradaba sentarse a ver el río fluir desde la cima del árbol más alto. Los destellos de la luna hacían piruetas sobre las aguas… Para su sorpresa, había alguien ocupando su árbol. La última criatura que hubiera esperado encontrar. Uno de los inmortales de la luz, tan antiguos como ella, vistos en contadas ocasiones por los hombres, repetidos hasta el cansancio en cuadros, estatuas y canciones, convertidos en símbolos del bien, a pesar de que no eran ni mejores ni peores que los suyos.
-¿Cómo llegaste hasta aquí? –le preguntó sin poder creer que al fin veía a uno.
-Nunca fui el mejor en el vuelo -respondió él apesadumbrado-. Para colmo, quise ver el río más de cerca, descendí demasiado y me enredé en una liana… Terminé cayendo -le mostró un hombro magullado.
-¡Espera, eso no puede quedar así! -se lanzó en picada, sumergió un extremo de su bufanda en las aguas y regresó. Lavó suavemente la desgarradura mientras él intentaba no quejarse.
-Por suerte descubrí esa cueva –dirigió la vista hacia una cavidad al fondo, semioculta por la maraña de raíces y hierbazales-, allí pude esconderme mientras duró el día. Me aterrorizaba la idea de ser visto. Hace unos minutos me atreví a asomarme. No pensé que alguien fuera a llegar a medianoche.
-¿Y pensabas quedarte aquí…? ¿Hasta cuándo? –lo interrogó mientras secaba la herida con el extremo seco de la bufanda–. Así no puedes mover el ala…
-Pensé ocultarme hasta que llegara mi hora final.
-¿Los de tu especie mueren?
-Tal vez el fin nos llegue si lo deseamos. No sé, no perdía nada con intentarlo. No puedo ir con los míos. Con los hombres jamás podría convivir sin ser considerado un fenómeno. ¿Te imaginas?
-¿Lo dices o lo preguntas? Pero reconoce –sonrió-, la visión del río es tan bella que valió la pena el encontronazo que te diste con el suelo.
-Más bella es la visión de tu figura recortada contra el cielo estrellado, tus alas abiertas, el brillo de tus ojos nocturnos –sus miradas se encontraron, ella cruzó los brazos para disimular un estremecimiento-. Cuando te vi llegar sentí que todo comenzaba a cambiar. Cada hecho, por insignificante que parezca, encuentra su razón: De no haber caído, no te hubiera hallado.
Y ella supo que lo amaría siempre. Lo había sospechado al contemplar su silueta de contrastante palidez, su indefenso aire de aguilucho caído del nido... La luna cómplice sonrió tras una nube.
Cada anochecer fue a cuidarlo. Conversaban, reían a salvo del mundo de abajo y del de arriba, se relataban historias del tiempo que vivieron lejos uno del otro; contemplaban el cielo, intentando adivinar sus insolubles presagios…
Finalmente, él estuvo listo para reemprender el vuelo. Conteniendo el deseo de abrazarlo y decirle: “¡Quédate!”, no se atrevió siquiera a mirarlo a los ojos. Cuando amamos de veras hay que dejar ir: el amor es libertad, no prisión.
Le dolió no sentirse alegre al verlo tan dichoso. Más aun la entristeció que emprendiera el vuelo sin despedirse, y que lo hiciera con tan elegantes piruetas. ¡Le había dicho que era torpe, casi le creyó! Si eso era torpeza… ¿Cómo volarían los más diestros?
Había sido demasiado bueno para perpetuarse. “Solo perduran los sueños”, pensó mientras lo veía alejarse y el corazón se le encogía hasta parecer una nuez. Las criaturas más admiradas y las más temidas por los hombres, opuestas en apariencia: él, símbolo de esplendor, ella de oscuridad. Unidas por el conjuro del bosque, el río, la luna y algo que ella creyó compartido…
¿Cómo pensar que él renunciaría a la luz? ¿Por qué el tiempo transcurrió con tanta prisa? ¿Por qué dejó anidar en ella aquel sentimiento? Y ahora, ¿qué hacer con tanto amor?
Bajó la cabeza hasta colocarla entre sus rodillas flexionadas, se protegió cerrando las alas hasta cubrirla. Desde esa posición no lo vio llegar. Tuvo que rozarle la nuca con lo que traía en las manos.
-¿Qué es eso? –susurró, intentando encubrir el llanto.
-Una pluma de gaviota traída de la costa –rió él-, el inicio de nuestro nido. Nos iremos a las montañas, donde nuestros hijos tendrán una magnífica vista.
-Había pensado que… -comenzó a decir incorporándose.
-¿Pensaste lo mismo que yo? –le tendió su mano, aferrándola como si nunca fuera a soltarla-. ¡Solo nosotros, entre todos, podemos jurarnos amor eterno!



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.








ESPEJO ROTO*


“La tierra entre los dedos, la basura en los ojos, ser argentino es estar triste, ser argentino es estar lejos.
No decir: mañana, porque ya basta con ser flojo ahora.”
JULIO CORTÁZAR



Has cambiado los muebles de mi cuarto, amor.
Y sabes. Ciega por incertidumbre, soy.
Ciega y atolondrada. Imprudente. Irreflexiva. Inconciente.
Deambulo en busca del talvez. Caigo. Derribo. Derribo-me.
Voy en busca de la luz de tus brazos. De tu boca, la luz.
Ingenua. Candida. Inocente. Tonta. Temeraria.
Quien diría que me despojarías de todos los espejos.
Del agua de la piedra, del rocío, de las lagrimas.
Temblando, siento un poco de ti. No. Es la sombra de un búho
Ostentas tu soledad y yo la mía. Tibia espuma y sedal.
Quizás. Seguro. Tú, no eres tú ni yo soy yo.
Somos apenas, entre tantos, dos espejos rotos en la niebla.
¿Quién inventó el tiempo y la distancia?
Tibio, al alcance de mi furia, eras. Eras.
Siento el agua entre mis manos. Beso. Bebo.
Espejo roto. Sabor acre en mi boca. Sangre.

Ingenua. Candida. Inocente. Tonta. Temeraria.
Otra vez el falaz puñal y arena entre mis manos.
“No decir mañana, porque ya basta con ser flojo, ahora”


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar











El escritor*


Empeñaba sus horas en inventar un lugar donde mujeres, niños y hombres se reunieran a escuchar poemas, discutir metáforas, desenredar verbos tejidos en homenaje al amor, a la luna, al río, al otoño.
Llamó a gritos a los enamorados para que escribieran sobre el suplicio de amar, a secas viudas que lloraran en tinta su soledad, a remilgadas mujeres que desarmaran la luna y las rosas.
A serios catedráticos inmersos en construir una babel de metáforas. Y por que no, a los indefinidos, a los deprimidos a los indeseables. Solo pedía que escribieran, que leyeran a los mágicos, que escucharan a los mágicos.
Nadie lo escuchó, Se trepó al emblemático puente de su ciudad y se dejó caer con los ojos abiertos, deseando leer en el fondo del río, en su silencio brumoso, su último poema a la vida.


*De Elsa Hufschmid. elsifumi@yahoo.com.ar











El señor del agua*



Era ya la media mañana, cuando Cecilia interrumpió la conversación.

-Te vuelvo a llamar en un rato, llegó el señor del agua.

Paso algo más de una hora, hasta que volví a atender el teléfono.

Antes de retomar la conversación sobre su trabajo ordenando textos escritos a mano, múltiples papeles apilados-
Y la eterna indecisión mía para continuar por lo inconcluso en los arreglos de mi casa, me anime a una ironía:
"A que vos tenés una novela en proceso de escritura con el sodero..."

-Ah, no era el sodero, el señor del agua era uno de los amigos fieles de mi abuelo Ramón, mi casa era la casa de mi abuelo y él sigue pasando cada tanto a saludar, como en un ritual.
El abuelo falleció unos días antes de que se estrellaran los aviones en las torres gemelas.

La vida te abre puertas insospechadas desde el lenguaje a lo fantástico en la existencia de cada cual.
Esa era la intuición, por lo que le rogué a Cecilia que me contara algo de la vida de su abuelo y la amistad con el señor del agua.

Ramón era pescador, tenía amigos que lo acompañaban en la soledad de su pequeña isla de pesca.

Ya de pequeña lo escuchaba hablar del señor del agua y unos años mas adelante del señor de la luz como amigos fieles que lo rescataban un poco de la soledad.
La soledad era buscada. El abuelo tenía una pequeña isla donde había construido su refugio de pesca, era una casilla de madera de 3 por 3, elevada por gruesos troncos que ya existían al comenzar su vida de Robinson en el río.
El abuelo de Cecilia se había construido una casa sobre los árboles a la que se subía con una maravillosa escalera de madera dura que tenía 20 cm de alzada entre escalón y escalón y 30 de pisada. Una escalera digna de una mansión para subir unos 3 metros hasta el piso de la casilla.
Conocedor del río, y bien asesorado por el señor del agua, sabia que nunca jamás el río había crecido mas allá de los 2 metros.
En la casilla, que visitaba con mis hermanos, el abuelo tenía todo lo necesario para vivir por días aislado del mundo:
Una cocina de una hornalla que se alimentaba a gas de garrafa, Catre, colchón de lana, frazadas, alacena con algunas provisiones, mesa, conservadoras para guardar el pescado.
Salvo en luna llena, cuando no salía a pescar porque decía que la luz de la luna le pudría el pescado con rapidez, el abuelo se escapaba seguido a su mundo en el río.

En un momento, cuando la descripción se perdía, volví a preguntar sobre el señor del agua.

-Bueno, es un amigo del abuelo que conoció en el río mientras que pescaba en su juventud, vive en el río y no se si contarte más porque no me vas a creer.

-Quiero escucharte, dije con ansiedad

El abuelo era una personalidad fantasiosa, por eso no le creímos del todo lo del señor del agua y su otro amigo, el señor de la luz.
Hasta que nos tuvimos que rendir a la evidencia, yo era muy chica, tenia la edad que tienen mis hijos ahora y en aquel fin de año el abuelo invito a esta casa a sus amigos del río.

El señor del agua, era un hombre con mirada de hielo pero expresión tierna. Tenía ropas de náufrago y el aspecto de un náufrago que llegó hasta la casa chorreando agua. Mis padres lo increparon al abuelo por invitarlo, aunque con ese sentimiento profundo de buenos cristianos, lo hicieron pasar y le dieron ropas secas que el hombre del agua acepto con cierta vergüenza.

No habían terminado de aceptar la presencia del señor del agua, cuando una hora después llegó el señor de la luz, que te aviso antes de que preguntes que no era un electricista ni un iluminado sostenido por alguna religión.
Era un hombre que se encendía en una luminiscencia parecida a las de la luciérnaga.

Ramón les dijo a mis padres que el hombre era muy sensible y que al emocionarse se iluminaba.

El abuelo sentó a cada uno de sus amigos en las cabeceras, se notó que el hombre del agua y el de la luz no se habían dado la mano ni tuvieron contacto como otros invitados a pasar la noche del 31.

A la medianoche -en una época en la que no había dinero para fuegos artificiales ni se veía bien en el pueblo que haya ostentación derrochando dinero en pirotecnia-, los niños tuvimos un momento inolvidable: El señor de la luz y el señor del agua acercaron sus dedos índices hasta casi tocarse desatando un show de chispas como las de las estrellitas que se compran ahora.

Hasta el día de hoy me parece ver esas chispas con las que comenzamos el año nuevo.

Aunque el abuelo murió hace años y el señor de la luz también al poco tiempo. El señor del agua sigue viniendo de tanto en tanto. Hace un rato vino casi vestido y revestido de algas y camalotes, pero igual, como si el tiempo no pasara para él en su vida en el fondo del río.

-Dígale a Don Ramón que se viene la grande… -Me dijo para intentar prevenirlo de la gran inundación.

- Ya no le vuelvo a decir que mi abuelito murió. -Dice Cecilia con un tono entre triste y resignado.


(…)

No quise preguntar más. Una felicidad de instantes no se lleva bien con las preguntas.

-Has tenido una infancia maravillosa. Le dije

El relato que Cecilia había compartido me había desatado una dicha profunda.
Como la del vivir en el fondo de un río y salir cada tanto a visitar gente querida.


*De Urbano Powell.










Una, cualquier tarde*




lo que guardamos, la palabra

nuestro

el momento,

un saquito de té que dejamos

permanezca

en el agua

destiñe

como claridad en desalojo.


*De Lila Biscia. lilabiscia@gmail.com









*


Se sumerge en los ruidos del follaje, le  da miedo perderse y no poder salir del mar impenetrable y lujurioso. Tapices verdes ondean  su mirada. La selva se pone en ella, la penetra con sus hojas carnosas, esconde sus tesoros  de la luz. Hay que entrar a gustar el inquietante zumbido de la vida.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar










Brillantina*


De qué amarillo es
tu espíritu
de tierra firme.
Risa, laurel,
palabra al aire.
Mirada que atraviesa las miradas.
No conozco el silencio en tu presencia
y sé que cuando dormís
tu mano sigue escribiendo
sola
todas las recetas
que te faltan anotar.

Tantos amigos de la casa
la chola, vinzón, tito,
silvia, gabriela, elba
el ñumi, la chicha, el colita
el chiquitín.
Tantos papelitos
con direcciones, frases, poemas
y recetas para rejuvenecer.

Paltas cremosas
eco de carcajadas
cosas doradas en los cajones
cremas humectantes
pintalabios.

Manantial incesante,
yo no se qué día
fue que noté
un dejo de tristeza en tu mirada.
Un dejo, así,
como un ademán distraído.
Un dejo, que también te define
mami
tanto, tanto,
como ese amarillo difuso
que me es imposible precisar.


*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com







*


Mi viejo nunca escribió un poema
y sin embargo
fue un poeta hecho y derecho
por donde se lo mirase era un poeta
su nombre debiese figurar
en cualquier antología de poesía latinoamericana
que se precie de tal
tenía la mirada de poeta
el paso de poeta
la nariz de poeta
la voz de poeta
vestía como poeta
caminaba como poeta
reía como poeta
lloraba como poeta
mentía como poeta
discutía como poeta
encendía la parrilla como poeta
asaba la entraña como poeta
bebía vino como poeta
fumaba como poeta
jugaba como poeta
abrazaba como poeta
dormía siestas de poeta
tomaba el mate como poeta
estornudaba como poeta
orinaba como poeta
fue
por donde se lo mirase
un auténtico e indiscutible poeta
una vez escribió sobre una libreta
"un vino y medio de pan"
me dio el papel y fui al almacén de Don Blas
porque allí nos fiaban
y yo caminé orgulloso esas cuadras
porque llevaba en la mano
algo escrito por un poeta/


*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar










Nacimiento*



Nacimiento
o la nostalgia de cráteres desnudos.

Actuar en teatros vacíos.
Beber
gastadas bocas que ya no esperan nada
salvo el sabor amargo de la muerte
en copas que hasta la noche rechaza.

Caer en simas de desolación
implorando la clemencia del olvido
y contemplarse en el alba tenebrosa
de un incierto futuro
con el rostro fatal de un desdibujado doble
imitando risas falsas, actitudes
de prosaico espectador sin añoranzas.

Desde el fondo cruel de los espejos
te contemplan unos ojos apagados
y una voz pronuncia la implacable sentencia:
Los tranvías no se detienen para nadie.



 *De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com








*


Quisiera que no me reconozcas

y me ames.


*De Alejandra Alma. almaalma3h@gmail.com





***

INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


(De la Estación Ingeniero Williams – Ferrocarril Midland)



Carta encontrada en la estación*


*Por Urbano Powell.



"He jurado irme y olvidar, soy el último habitante de este pueblo y ya me voy, pero quiero que quien tenga en su mano esta carta -que he escrito con verdadera desesperación- sepa algo de este final previsible. Pasaron todas las calamidades posibles. Primero fue el cierre del ferrocarril, allí se fueron las familias de los ferroviarios, un poco antes de fugo nuestro jefe de estación con rumbo desconocido. Más tarde alternaron sequías e inundaciones, hasta que algunos campos quedaron en lagunas que solo sirven para pescar o cazar patos.
Unos años antes, -me olvido de lo fundamental- instalaron una repetidora de televisión y a partir de allí la gente empezó a encerrarse. Las mujeres a la hora de la siesta veían novelas y los hombres a la noche se reunían a ver los programas de Tinelli. Sin trabajo y con televisión la vida del pueblo fue cambiando paulatinamente, la gente seguía partiendo, en especial los jóvenes. Los viejos se morían y con ellos su saber ante la subsistencia. Al año pasado mi mujer y yo éramos los últimos habitantes del pueblo, pero ella ya no hablaba de nada, la tristeza del pueblo la llevo a encerrarse con las novelas que le iban llegando, y fueron años de novelas y soledad creciente: Antonella, Sodero de mi vida, Poliladro, La Elegida, Franco Buenaventura, Gasoleros, Luna Salvaje, Soy Gitano, Culpable de este amor....
Hace unos meses se rompió el televisor y mi mujer quedo de pronto con las pupilas muertas, tan inerte la mirada del Espantapájaros que ocupa en el andén el lugar del Jefe de Estación. Así que un día, al retornar de mi trabajo de peón en la estancia grande me encontré con una carta de Rita "Hace mucho que sueño con Juan Darthes. Hoy partiré a buscarlo en Buenos Aires. Perdoname".

Me parece imaginar el verla irse con una pequeña valija de mano, caminando varios kilómetros hasta la ruta y de allí a dedo hasta el primer pueblo, luego no puedo imaginar más. Disculpe usted que ha venido hasta esta lejanía buscando entender el final de este pueblo y se encuentra con esta historia dolorosamente intrascendente.

Sinceramente,
Javier Ortiz.

***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO.

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PARADA KM 79

ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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