Friday, August 04, 2017

UN CARRETEL VERTIGINOSO SE DESCORRE…




*Dibujo de Erika Kuhn.









*


hay algo que me falta

que me ayuda a prolongar el espacio

los mares anaranjados me sumergen

un manto gira

para distraer esferas

la obturación genera espacios desconocidos

ayuda a detener

lo que se modifica

adonde se esconden los pájaros sin obstaculizar



me vacío hasta el límite

un carretel vertiginoso se descorre





*De Nestor Cheb Terrab.

-Poema de “La fauna de un topacio”. Viajera Editorial 2017



-Nestor Cheb Terrab. Nació el 5 de febrero de 1960 en Buenos Aires, Argentina. Sonomana es su primer libro de poemas, editado por Viajera, 2012.
Recientemente su obra fue comentada en la antología Poetas sobre Poetas de editorial Castalia.
En 2015 participó en los festivales internacionales de Zamora Michoacán (México) y en el de Quetzaltenango (Guatemala). En 2016 estuvo en el Festival Internacional de Poesía de Vittoria Gasteiz (España) y en el de Poesía Contemporánea de San Cristóbal de las Casas en Chiapas (México).
Forma parte de la antología de poetas contemporáneos de Lidia Vinciguerra con su poemario La piel gruesa del mundo (2016). Participa de la antología Voces de América Latina, compilación de la editora y escritora María Palitachi, con poetas de 21 países de Latinoamérica.











UN CARRETEL VERTIGINOSO SE DESCORRE…










*


Dicen que sobre los vidrios negros
escribía:
“concédeme un caballo,
tengo los pies pequeños
y llegará la muerte antes que yo”.

Dicen que al despertar, bajaba de su cama,
y arrastraba su cabello por la casa
hasta llegar al jardín.

Que se hacía una trenza con la hiedra
más dura y las flores caídas, dicen.

Que el día era de sol y ruido.
Que cantaba como si no importara.
Que no se miraba los pies para no acordarse.
Que reía.

Y que cada noche,
antes de dormir, escribía:
“concédeme un caballo,
concédeme un caballo,
concédeme un caballo”
sobre los vidrios negros.



*De Valeria Pariso.

-Valeria Pariso nació en la Provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares.

En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge.

Coordina talleres de poesía.

Sus blogs:


















El lugar de nadie*


Mientras avanzan a enfrentar a los soviéticos,
una agotada tropa de soldados alemanes topan por accidente
con un pueblo inocente y totalmente ajeno
a las noticias de la guerra.
¿Dónde diablos se encuentran?



*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




Mayo de 1941. Hitler planeaba el acecho definitivo a la Rusia Soviética. En el fragor de la Segunda Guerra Mundial las divisiones alemanas avanzaban con torpeza y con incierto fervor en territorio enemigo. Las líneas rusas aún no se adivinaban en el horizonte. Semanas atrás, en el frente más oriental, el agrupamiento acorazado de Günter von Kleist –uno de los generales más prestigiados del Tercer Reich– había tenido algunos escarceos que, a pesar de su intermitencia, cobraron decenas de muertos y no pocos heridos. Los soldados, algunos de ellos muy jóvenes, tenían poca experiencia en batalla. Quizás por eso, en las noches, mientras acampaban en valles cuyo silencio creaba una vaga sensación de infinito, compartían rumores sobre posibles deserciones mientras encendían con ansia trémulos cigarrillos que conseguían de contrabando. El humo, entonces, flotaba sobre sus cabezas y, en medio de las respiraciones y las miradas bajas, parecía lo único vivo.

El general Von Kleist miraba el cielo limpio de nubes y se acicalaba los bigotes. La estepa ya había reverdecido aunque la magra altura de sus pastos, en algunas partes aún amarillentos, dejaba entrever los daños de un feroz invierno. Cercano a las élites del partido nazi, se decía que Von Kleist gozaba de los favores de personajes como Goebbels, Hess y Göring. Sin embargo había algo en su carácter, quizás cierto matiz taciturno en sus palabras, que parecía alejarlo de aquellos hombres que buscaban cualquier pretexto para ordenar encarcelamientos y asesinatos. Algunos decían que su única guía en tiempos de guerra era un patriotismo ciego, fomentado desde temprana edad por un padre alcohólico que buscaba en los saldos de la guerra un remedio a su ruina personal y económica. Hitler había dado la orden de devastar los pueblos que encontraran a su paso: la tierra debía ser quemada y los hogares destruidos para que no sirvieran de refugio. En este escenario se movía el agrupamiento acorazado de Von Kleist que, con marcha lenta, como un animal de sosegadas costumbres, buscaba las señales adecuadas para empezar el ataque.

Von Kleist entró a su tienda, se aflojó los cordones de las botas y miró su mapa: en el camino habían quedado las ciudades de Lublin y Rovno con sus pilas de cadáveres en precario equilibrio, asediadas por voraces moscas. Aún quedaban en la memoria las fosas excavadas con prisa, agujeros que, a la distancia, semejaban una herida viva que mezclaba cuerpos de aliados y enemigos. Reemprendieron la marcha. Después de un par de jornadas, en las inmediaciones de un bosque, encontraron la fuerte resistencia de una dispersa pero determinada unidad rusa. Los soldados probaron su valor aunque los rusos se replegaron aprovechando su conocimiento del terreno. El combate se prolongó hasta el anochecer. Avanzaron penosamente entre la espesura y los restos incendiados de algunas cabañas. A lo lejos se veían ráfagas luminosas de metralla que eran más una advertencia que un intento serio de menguar las fuerzas enemigas. Kleist recibía noticias desde Berlín: en poco tiempo tendría refuerzos; su deber era abrir camino y debilitar al enemigo antes del embate final. El día siguiente transcurrió sin novedades. Kleist encomendó a Voggel, uno de sus subalternos más cercanos, que formara un grupo de soldados para ir a las aldeas vecinas a buscar pertrechos y comida. Los elegidos dejaron sus mochilas para viajar ligero y partieron en dirección al oeste. Sus siluetas vadearon unos matorrales hasta desaparecer por completo. Regresaron con las manos vacías. El cielo, después de algunos días limpios, fue habitado por nubes.

Los combates siguieron aunque fueron cada vez más escasos. El nervio recorría los cuerpos de los soldados. A veces disparaban en vano ante la sombra proyectada por un animal furtivo. ¿Detenerse a prender un cigarro podría alejarlos del camino de una bala perdida? ¿Aquella mirada que se entretenía en la rama de un árbol era, en realidad, el fugaz presentimiento de estar en la mirilla de un tirador solitario? Muchos se refugiaban en un silencio casi sólido que parecía moldear los rostros y volverlos más viejos. A pesar de los esfuerzos no pudieron diezmar al enemigo cuyos pasos parecían no tener peso. Avanzaron sin muchos problemas un par de kilómetros. Los combates desaparecieron. Sólo quedaba la amenaza enturbiando los pensamientos. Las comunicaciones fueron cada vez más esporádicas con el mando central que afirmaba, sin pruebas muy contundentes, que el enemigo estaba por retomar posiciones para un nuevo ataque. Debían esperar en el sitio hasta recibir órdenes. Von Kleist desconfiaba de los planes de sus superiores y tenía miedo de un ataque sorpresa fruto del espionaje. Algunos soldados temían que los estuvieran utilizando como carnada de una secreta estrategia. Varados, sin oportunidad de mostrar su valor ante un rival demasiado evasivo, casi inexistente, consumían el tiempo en verificar sus armas, leer diarios atrasados y contar a sus compañeros la vida que habían dejado atrás: mujeres y niños que esperaban su regreso en pueblos que no aparecían en los mapas. Von Kleist miraba el horizonte y después, solitario en su tienda, diseñaba en silencio, amparado por el breve calor de una lámpara, maniobras militares que parecían meros ejercicios de ficción, cartografías imaginarias para apaciguar el ansia de su mente. Más tarde iba a la cama y en sus sueños Europa ardía en una fogata inmensa cuyas lenguas de fuego llegaban hasta el cielo y hacían hervir los océanos de la tierra. Un día, harto de esperar, llamó a Voggel y a diez de sus soldados más confiables. Se alejaron unos metros del campamento. A lo lejos se veía una colina cuya cima se asomaba, indecisa, entre nubes bajas. Von Kleist les dijo que si ascendían quizás podrían vislumbrar la retaguardia de alguna división rusa movilizándose hacia el norte para unirse al frente. Con más devoción que argumentos los arengó diciéndoles que la gloria podría ser para su ejército y para el Tercer Reich. Hicieron los preparativos para salir el día siguiente y recorrer la ruta del bosque para no ser descubiertos por el enemigo en campo abierto. La nota en la bitácora oficial, escrita con parcas referencias que intentaban destacar el carácter ineludible de la tarea, indicaba un reconocimiento del terreno para tomar providencias en caso de un ataque sorpresa.

Se despertaron temprano y caminaron en silencio, acompañados por sus respiraciones que se hicieron trabajosas cuando encontraron las primeras dificultades en el terreno. El calor arreciaba. Algunos insectos siseaban entre las piedras. Casi no hablaron en el trayecto. A veces se detenían, alertados por el canto de un pájaro, pensando en una emboscada. Después de un par de horas de caminata llegaron a la cima. Del otro lado se vislumbraba una superficie plana y homogénea. No había ningún punto de referencia, alguna señal que indicara los pasos del enemigo. Tampoco, por más que miraron por los binoculares, encontraron restos de edificaciones. La colina parecía una isla rodeada de un verde impreciso, como el difuso brochazo en una pintura inacabada. Decepcionados por postergar el enfrentamiento inspeccionaron por última vez y emprendieron el camino de vuelta. El sendero era fácil de seguir aunque el sol permanecía alto y hacía penosa la marcha. A ratos bebían de sus cantimploras. Von Kleist intentó llamar al campamento para avisar de su regreso, pero el equipo de comunicaciones emitía una señal inestable que, en el mejor de los casos, generaba estática.

Al filo del mediodía llegaron a las cercanías del campamento. Cuando entraron al claro en el bosque vieron que no había rastro del ejército. No encontraron hombres, ni tanques, ni las huellas de las estacas que habían servido de ancla a las tiendas. Al inicio pensaron que habían llegado a un lugar distinto. Tal vez el calor y la prisa por regresar los habían hecho tomar un sendero erróneo. Sin embargo, Voggel identificó un arce de abundantes ramas en cuyo tronco seguían las marcas que habían dejado para instalar las tiendas. También creyó ver, en una superficie lodosa, el paso reciente de una batería antiaérea. Deambularon desconcertados. Alguien dijo que los rusos habían masacrado al ejército entero, sin embargo, no encontraron un solo casquillo, las ruinas de un tanque o un cadáver que sustentaran su teoría. Tampoco percibieron ese olor a carne quemada que causaba náuseas y cuya fuerza quedaba indeleble en la memoria de los que lo percibían por primera vez. Todo lo vivido, desde la salida de los cuarteles hasta la llegada a aquel páramo desolado, parecía un espejismo, una broma increíble de la memoria. Los soldados deambularon un rato en las cercanías mientras Von Kleist se enfrascaba en elucubraciones cada vez más fantásticas. La tarde se derramaba entre las ramas de los árboles más altos y un limo azul se fundía en el horizonte. Calentaron en una fogata los últimos sobrantes de comida y temieron que su futuro se pareciera a las vivas ascuas que disminuían su fuerza hasta volverse ceniza. Esbozaron otras probabilidades. Quizás la tropa había sido desbandada por el enemigo en un ataque sorpresa o tal vez habían seguido un señuelo que los habría llevado a una emboscada. Pero cada suposición se revelaba inútil al paso del tiempo: movilizar a toda la tropa en pocas horas era un ejercicio imposible. Von Kleist caviló en silencio y, después de unos minutos, con voz acre que no podía disimular la incertidumbre, les dijo que pasarían la noche en ese lugar y que, apenas clareara la mañana, irían en busca del resto del ejército. Los diez se cubrieron con sus abrigos y esperaron en silencio.

Al siguiente día se pusieron en marcha: seguirían bordeando el bosque hasta llegar a un río. Según el mapa, había dos o tres poblaciones cerca. Von Kleist confiaba en que estuvieran bajo el control nazi. Los soldados pensaron, sin atreverse a insinuarlo, en la posibilidad contraria. Las frentes sudaban. El camino parecía idéntico al de la jornada anterior. Después de mediodía encontraron el río. Llenaron las cantimploras y aprovecharon para descansar. Retomaron la marcha con las fuerzas disminuidas. En poco tiempo tendrían que buscar comida. Las armas y las botas pesaban más. Entonces, cuando el crepúsculo comenzaba a aparecer en el horizonte, descubrieron un pueblo pequeño, quizás algunas docenas de casas. No se veía ninguna señal de presencia militar. Seguramente el lugar era poco estratégico y había sido olvidado por la lucha.

Von Kleist encomendó a Voggel que investigara más. El soldado se quitó la parte superior del uniforme y se quedó con una playera blanca y una camisa a la que previamente le había despojado las enseñas militares. Se internó por las calles desiertas, malamente iluminadas por la escasa luz del sol. Unos minutos pasaron para que distinguiera el resplandor amarillo de una taberna. Algunos cantos caldeaban el ambiente y llegaban hasta la calle. El ánimo festivo contrastaba con la devastación que imperaba en gran parte de Europa. Voggel pensó que valía la pena el riesgo y se acercó para averiguar. Volátiles murmullos se confundían y pudo escuchar palabras en ruso, en ucraniano y en dialectos ininteligibles que remitían a los antiguos cosacos de la zona. Voggel pensó, no con poco temor, que cualquier habitante del pueblo podría dar la voz de alarma al descubrir a un soldado alemán deambulando entre ellos. Iba a volver para dar la noticia a sus compañeros cuando la puerta principal se abrió. Una mujer rubia lo saludó en ruso y le preguntó si iba a entrar. Voggel, tratando de ocultar su nerviosismo, asintió en silencio y caminó tras ella. Su ruso era limitado, apenas algunas frases que había escuchado cuando era asistente de un alto oficial de la Gestapo. Recordó a los prisioneros rusos, interrogados hasta el cansancio, clamando por piedad antes de ser objeto de las más variadas torturas. Se refugió en un extremo de la barra mientras buscaba en su mente pretextos para evitar algún contacto con los parroquianos. Trató de captar el mayor número de detalles antes de enfilar a la salida: una decena de mesas ocupadas por hombres que tenían más pinta de campesinos que de combatientes encubiertos. Una pequeña orquesta acompañaba el convite. Las cervezas espumeaban en sus tarros. Un gato pardo se paseaba con pereza entre las mesas. Debían ser ucranianos, rusos y algunos ruidosos gitanos. La mujer rubia –en ese momento descubrió que era una de las meseras– lo volvió a abordar y, por lo que pudo entender, le preguntó qué bebida quería. Él hizo gesto de excusarse y farfulló una torpe disculpa en ruso. Ella adivinó el acento y le dijo que seguramente venía de muy lejos. Él mintió y le dijo que visitaba el pueblo con unos amigos. Eran todos civiles y venían huyendo de la guerra. La mujer lo miró con extrañeza y afirmó que no había guerra ahí ya que el pueblo estaba en paz desde hacía muchos años. Voggel pensó que el aislamiento del lugar era tal que no habían recibido noticias de la guerra. Sin embargo, no podía confiarse ya que en cualquier momento avistarían algún avión o recibirían algún telegrama informando de las batallas. Se despidió antes de pedir algo y regresó por las calles, cuidando de que nadie lo siguiera.

Von Kleist y los otros ocho soldados escucharon, incrédulos, las palabras de Voggel. Algunos pensaron que la rubia mentía. Otros, poniendo en entredicho su valor militar, le pidieron a Von Kleist que se dispersaran antes de ser linchados por el pueblo. Indecisos y frustrados agotaron sus últimos cigarros. Von Kleist les dijo que tendrían que esperar en los márgenes del pueblo, a una prudente distancia y entre los árboles, a que amaneciera. La luna estaba oscurecida por espesas nubes. Organizaron guardias para poder dormir y reparar fuerzas. La madrugada transcurrió silenciosa y sin novedades. Las primeras luces de la mañana llegaron y se pusieron en pie, con los miembros entumidos y con renovada hambre.

Caminaron intentando reconocer el sendero que habían utilizado el día anterior. Sin embargo, después de un par de trabajosas horas, no encontraron alguna seña familiar. El bosque se extendía y parecía no tener fin. Las ramas de los árboles eran un entramado que impedía vislumbrar la lejanía. Von Kleist, ante la inquietud de la minúscula tropa, ordenó que se detuvieran. Consultaron mapas, probaron la brújula y trataron de utilizar el equipo de comunicación que seguía emitiendo un zumbido. Un soldado dijo que, sin alimentos, sería inútil aventurar exploraciones más ambiciosas. El comentario fue recibido con un silencio que, conforme pasaron los segundos, dio paso a tímidos gestos de aceptación. Von Kleist pensó en la poca gloria de un ejército desaparecido, con sus últimos integrantes deambulando, medio muertos de hambre. Casi podía imaginar sus cuerpos engullidos por el bosque, festín para gusanos y carroñeros más grandes. Les dijo que Voggel podría regresar al pueblo y obtener algunos bastimentos. Los demás esperarían a una distancia segura y aprovecharían el tiempo para decidir qué hacer. El riesgo era grande pero el hambre era acicate suficiente para emprender la vuelta. La tropa regresó. El suelo cubierto de hojas parecía amplificar sus penosas respiraciones. El sol ya estaba alto cuando divisaron las primeras casas. Voggel volvió a quitarse las insignias y enfiló a la calle principal.

Esperaron cerca de media hora su regreso. La única esperanza era la simpatía que Voggel había despertado en la mujer y que, efectivamente, la gente del lugar ignorara la guerra. El soldado regresó con un poco de carne curtida, algunas legumbres y varias latas de conservas. Les dijo que no había encontrado a la mujer pero que el dueño de la taberna, que vivía en el segundo piso del negocio, le había ofrecido comida después de escuchar la historia de un grupo de civiles huyendo de una guerra. Comieron con ansia y, una vez satisfechos, comenzaron las especulaciones. Alguien mencionó la posibilidad de someter al pueblo y obligarlos a confesar la verdad. Otro más apuntó que quizás tendrían algún sistema de comunicación que ellos podrían utilizar para contactar, en secreto, a las tropas alemanas. Un tercero, escéptico, dijo que el pueblo debería carecer de cualquier radio o telégrafo ya que no estaban al tanto de la guerra. Von Kleist interrumpió estas suposiciones: tantas posibilidades lo mareaban. Extinguió su cigarro con el tacón de su bota derecha y les dijo que tendrían que ser cautos, aprovechar la situación hasta poder tomar decisiones seguras. Después ordenó que se quitaran las enseñas militares y cualquier indicio que los identificara con el ejército del Tercer Reich. Pronto todos estuvieron con camisas blancas. Enterraron las pistolas (Voggel guardó una por si acaso) y se aseguraron de reconocer el paraje para ubicarlo rápidamente. Se internaron por las calles del pueblo y llegaron a la taberna. Ahí, frente al tabernero, la mujer rubia y un maestro de escuela que sabía alemán y que servía de intérprete a los curiosos y parroquianos que aumentaban en número, hablaron de Hitler, del ascenso al poder del Partido Nacionalsocialista y del advenimiento de una época dorada con el triunfo del Tercer Reich. Sin embargo, ante las referencias sólo había negativas e, incluso, gestos de incredulidad. No quisieron insistir. Esa noche, por invitación de los aldeanos y después de debatirlo en secreto varios minutos, se quedaron en tres cuartos habilitados en el segundo piso de la taberna. Las suspicacias disminuyeron aunque hubo algunos que no pegaron el ojo pensando en que serían traicionados por sus anfitriones. El día siguiente Von Kleist mandó a tres soldados a que hicieran un nuevo intento por reconocer el terreno y encontrar señales aunque fueran del enemigo. Los hombres regresaron fatigados y sin novedades. Con más confianza, solicitaron mapas de la zona. El maestro les ofreció un par y un pequeño atlas de páginas carcomidas. Ahí estaban el accidentado curso del río y la cima a la que habían llegado. Sin embargo, alrededor de esas mínimas referencias se extendía una zona indefinida constelada por nombres –pequeñas aldeas, parecían– que no les decían nada. Los mapas no abarcaban territorios lejanos y el maestro, tratando de mitigar el desconcierto de sus invitados, les dijo que estaban enterados de la revolución de 1917 por algún viajero que había llegado por azar a los límites del pueblo, pero que el imperio soviético desconocía su existencia o, simplemente, eran irrelevantes para ellos. Con el paso de las generaciones habían logrado la autosuficiencia y el escaso comercio que realizaban era con pastores y nómadas.

Los soldados pronto esbozaron algunas palabras en ruso y se integraron paulatinamente a la vida del pueblo. Alguno, incluso, comenzó a coquetear con la mesera rubia. Voggel ayudaba a administrar la taberna y un cabo puso en práctica su experiencia como herrero. Von Kleist, en las noches, buscaba alguna frecuencia en el equipo de comunicación que había traído del bosque. Decidieron que, por el carácter pacífico del pueblo, no convenía regresar por las armas. Transcurrieron los meses. Cuando se acercó el invierno ya habían perdido las esperanzas de regresar a la guerra y recuperar sus vidas. Algunos, quizás la mayoría, parecían conformes con su suerte. Von Kleist conservaba su autoridad aunque fuera más moral que castrense. Guardó la brújula más como un amuleto que como una herramienta. El grupo se reunía una vez a la semana para intercambiar opiniones y rememorar, en confianza, su pasado. Una de aquellas veces, después de que Von Kleist se había retirado para dormir, uno de los soldados refirió a sus compañeros que había creído ver, en uno de los callejones del pueblo, a uno de los hombres del agrupamiento desaparecido. Unos segundos de silencio se extendieron después de la confesión. El soldado pensó que sus compañeros se burlarían y agachó la cabeza. Sin embargo, poco a poco, se sucedieron experiencias similares. Las voces, al inicio inseguras, comenzaron a reconstruir, entre los rostros y palabras de los aldeanos, a algunos de los hombres que los habían acompañado contra los rusos.






-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.

















Frágil…*



este poema contiene
la fruta azul del secreto!

Voy a desprender palabras de árboles altos,
del mar, del amor y de vientos

para aquella niña leve
-niña de escarcha y silencio-

No he perdido su nombre ni sus calles ni su sed
y mi sangre los protege.

Fluyo hacia los huecos de la verdad que eras
cuando tenías el sutil poderío de los sueños.

Como tus ojos todavía me navegan
voy hacia ti, me nazco de oscuras cobardías.

Cerremos la puerta, los relojes nos acechan
una vez más, comulguemos del fruto azul, ése

que nos enseñó secretamente, para subsistir,
el poema.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar









*


Observo
mi cuerpo,
la sombra de mi cuerpo extendida en la tierra,
esa porción de mundo
que no es mía y me apropio
tapando el sol.

Mi oscuridad es otra;
lo que espera en la calma del viento,
inasible
como el polvo suspendido en el aire.

Lo que hace hermosa la carne,
me digo,
es la fragilidad.
Mi cuerpo,
que aún huele a fruto devorado en la tarde,
aprende a ser leve y fugaz.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com














*



Estoy parada frente al espejo del baño más pequeño de mi casa. Apoyo el vientre sobre el lavatorio, dejándome caer sobre él. Con los dedos en el pelo, anudo sin lógica mechones caprichosos, desnutridos. Me veo pálida por el sueño entrecortado, ojerosa y con la mirada más allá del espejo.
Una molestia punzante en el dedo medio del pie izquierdo.
Un sobresalto. Los dedos, todos, teclean sobre mis sandalias.
Intento así alejar las feas sensaciones. Una mordida profunda en el dedo medio del pie izquierdo, más bien el picor de una mordida o su imagen mental. No hay sangre ni posibilidad de comprobarlo.
Abstraída, todavía apoyada en el lavatorio, continúo inmóvil.
Apenas muevo los dedos y los brazos, pero no puedo cambiar de sitio. Estoy estacada al suelo.
Siento la mordida de un bicho. Bicho mordaz que aun espantando al pensamiento, salió de mi mente y me hizo el favor de irse por la rejilla del baño, para traerme de vuelta a mi peinado, a mis ojos, a mi letargo.



(Texto que abre Intemperie)


*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com
-Publicó Intemperie por Viajera Editorial 2017









Inventren






Oráculos*



*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com



Me leyeron las líneas de la mano en La Plata. Los posos del café en Villa Mercedes. Una mujer sumamente vieja y delgada, cuyos ojos refulgían como diminutos diamantes de fuego, me echó las cartas en un oscuro tugurio de Buenos Aires.
Todas las predicciones auguraban lo mismo: Debía ir a ese lugar. Tal coincidencia me alarmaba. Las razones nunca estaban claras. Unos decían una cosa, otros, la contraria; los más, esgrimían la consabida excusa de que la adivinación no es una ciencia exacta y de ese modo eludían dar mayores explicaciones.
Les cuento lo más curioso: yo nunca creí en esas patrañas. Fue una amiga quien me persuadió. ¿Qué mal podía hacerme? -preguntó, con esa convicción inocente de la que sólo ellas son capaces. Así pues, lo hice únicamente por complacerla (y de paso, me dije, tal vez ella, alguna de estas noches...)
Si la primera adivina (su cuchitril era un arquetipo de consulta esotérica engañabobos, con gigantescas cartas de tarot en las paredes, a modo de cuadros, y una bola de cristal sobre un tapete de terciopelo negro, colocado encima de la mesa hexagonal que ocupaba el centro de la sala, sobre la cual había una lámpara de gran potencia. El resto del cuarto estaba a media luz, para realzar el misterio, supuse) no hubiese mencionado el nombre, la cosa hubiese terminado ahí. Un juego inocuo, una frivolidad más entre tantas otras. Pero lo hizo. Y luego me miró, leyendo en mis ojos una intranquilidad que le animó a seguir por ese camino. Cuando salimos (mi amiga me acompañaba), mis comentarios acerca de esos lugares de adivinos y mi risa forzada provocaron su curiosidad. Algo había sucedido allá adentro y ella era consciente. Le conté lo sucedido (realmente no todo, sólo lo necesario. Tampoco es cuestión de airear chismes de otro tiempo) y dije que sólo se trataba de una casualidad, pero no quedó convencida. Propuso visitar otro sitio. Ella se ocuparía. Conocía gente. Yo aparentaba estar tranquilo, pero algo había permanecido dando vueltas en mi interior. Así que, entre risas, y sólo por contentarla, volví a aceptar.
La segunda vez fue en Morón. A Rebeca (mi amiga) le hablaron de un hombre anciano, recluido en una casa a las afueras y cuyo contacto con el resto de los vecinos era muy escaso. Se dedicaba a algo llamado libanomancia, un rito mediante el cual se puede adivinar a través de la observación del humo. Jugar con fuego no me atraía en absoluto, pero ya había dado mi consentimiento previo, así que no fue posible echarse atrás. Fuimos hasta allí, vimos cómo el viejo juntaba un montón de ramas secas y las encendía, sentándose luego junto a la hoguera e invitándonos a imitarle. Mientras aguardábamos, él contemplaba el humo, muy atento. Quizá para hacernos más llevadera la espera, nos estuvo hablando de su especialidad (también llamada capnomancia o ignispecia) y de los múltiples éxitos cosechados en más de cuarenta años de práctica. En un momento dado, enmudeció, me miró con una expresión severa y nombró el sitio. Después nos rogó que nos marchásemos. Dejé unos billetes sobre la mesa de la cocina y salimos a la brisa del atardecer. Mi amiga callaba. Dos veces no podía ser una mera coincidencia.
Pero si por un momento pensé que la cosa iba a terminar ahí, no conocía bien a Rebeca. Unos días después se presentó en mi casa, me obligó a vestirme con prisa, nos metimos en el auto y condujo hasta Quilmes. Allí nos recibió Madame Cheirét (o Chouriet, o algo similar). Su técnica era la fisiognomía. Esta especialidad consiste, según me fue explicando Rebeca durante el viaje, en el estudio de las cabezas y las caras. La mujer, ciertamente amable, me ofreció asiento en una silla antigua. Después, se colocó frente a mí, en un sillón situado sobre una especie de pequeña tarima, y se puso a mirarme con insistencia y atención. De cuando en cuando, se levantaba y pasaba sus manos por mi cabeza o mi rostro, como para comprobar la veracidad del testimonio ocular. Me sentía terriblemente incómodo, pero Rebeca estaba radiante. Aguanté casi una hora entera. Después, escuché la palabra que no deseaba (pero temía) oír, pagué, nos despedimos. Regresamos a la ciudad.
“En Rosario hay un tipo que se dedica a la grafomancia”, dijo Rebeca por teléfono dos días más tarde. “Mañana vamos”, contesté. Mientras yo trataba de fijar una cita para esa misma tarde (cine, cena y unas copas cómplices), ella me explicaba con detalle la “ciencia” en cuestión: Se trataba, según entendí, del estudio de la escritura. Tamaño, forma, inclinación, todo eso. No hubo más discusión. No oyó (u simuló no haber oído) mis razones, casi súplicas, para vernos esa misma noche.
Al día siguiente viajamos hasta Rosario. En tren. No me apetecía conducir tantas horas y, de paso, tenía la esperanza de quedarnos allí a pasar la noche y, ¡quién sabe! El Doctor Morales –tal era el nombre del grafomante- vestía una bata blanca cuando nos abrió la puerta de su estudio, un lugar atiborrado de objetos de diversa índole, muchos de los cuales desentonaban entre sí, dándole al lugar el aspecto de un trastero, un almacén de antigüedades o la vivienda de un demente. De entrada, me incliné por esta última posibilidad. El tipo nos condujo, a través de aves disecadas, aparatos de radio estropeados y muebles con irreparables desperfectos, hasta su despacho, no muy diferente, en realidad, de lo que habíamos dejado atrás, salvo por la luz, más nítida.
Me sentó a una mesa –previo desalojo del montón de objetos amontonados sin orden sobre ella- y me conminó a escribir. “Cualquier cosa”, dijo. “Da lo mismo si es una idea, unos versos de Dante o una colección de chistes sobre gallegos. Usted escriba. Para ponérselo más fácil, esperaremos aquí al lado. Cuatro o cinco folios bastarán. Lo dejo a su elección”. Después de proveerme de unas cuantas hojas de papel en blanco, lapiceros y una botella de agua, el doctor desapareció con Rebeca por una puerta diferente a la utilizada para entrar. Sospeché que conducía a la casa, a sus habitaciones. Sentí una cruel punzada de celos, cuyo aguijonazo aplaqué escribiendo casi furiosamente.
No me seducía la idea de dejar allí constancia de mis ideas, así que recurrí a los clásicos. Recordaba pasajes del Decamerón, del Quijote, de La Ilíada. También el cuento Ante la Ley, de Kafka. La rememoración de esos textos, leídos tantas veces en la soledad de mi cuarto, me sirvió para olvidar dónde estaba y qué estaba haciendo –y, sobre todo, el temor infundado de que, en ese mismo momento, el supuesto doctor y mi adorable Rebeca estuvieran demasiado juntos-. En el cuarto folio redacté dos sonetos de Borges y el quinto lo usé para reproducir El espejo que huye, relato de Giovanni Papini. Sin omitir una coma. Lo conocía de memoria.
Tardaron más de hora y media en regresar. Para entonces ya había usado otros tres folios, dejando en ellos fragmentos dispersos de Lugones, Poe, Chéjov y Pablo Neruda, el poeta con mayúsculas, como le llamaba cariñosamente uno de mis alumnos. Morales tomó asiento frente a mí y se abismó en la lectura de mis garabatos. Mi amiga se colocó justo detrás de él, leyendo por encima de su hombro. Yo la miraba con amargura y también un poco de ira, pero ella no me prestaba atención, concentrada como estaba en la contemplación de los folios escritos. Deseé estar lejos. Aunque fuera en ese lugar al que todas las señales parecían ligar mi futuro. El “doctor” tomaba notas, subrayaba algunas palabras, hacía círculos rojos alrededor de párrafos enteros. Yo esperaba el veredicto sin interés. La voz de Morales pronunció el nombre como una sentencia. Al oírlo, el rostro de Rebeca resplandeció, o eso creí ver. Fue sólo un chispazo, pero esa sonrisa borró de un plumazo mi malhumor. Caminamos charlando hasta un hotel. El conserje nos recibió con suma amabilidad. Hubo suerte (sin duda apoyada por el billete que deslicé con disimulo sobre el mostrador de recepción): Había, en efecto, dos habitaciones contiguas con puerta de comunicación interior.
En la cena me mostré encantador, conseguí que Rebeca tomase un par de copas de champán tras el postre, le prometí un nuevo viaje para la semana próxima: iríamos a ver al siguiente de su lista (a esa altura ya había confeccionado una vasta nómina de “especialistas” en asuntos esotéricos), pero la puerta de comunicación permaneció cerrada toda la noche. No dormí bien. En la madrugada, creí oír un ruido. Fui hasta la puerta con la esperanza de que ella, por fin… Traté de girar el pomo con precaución, mas no se movió ni un milímetro. Decepcionado y triste, volví a la cama y caí en un sueño entrecortado, repleto de imágenes tenebrosas. En medio de dos pesadillas, me juré terminar con todo aquello de inmediato.
En el desayuno, Rebeca me anunció que debía permanecer en la ciudad un par de días, trámites burocráticos para su madre, quien no andaba bien de salud. El viaje de vuelta fue una tortura. Me encerré en casa y juré no volver a salir en mi vida. Leí furiosamente, escuché música a un volumen que mis vecinos seguramente juzgaron excesivo, jugué al ajedrez contra un rival imaginario, ordené toda mi colección de sellos antiguos. No habían pasado tres días cuando Rebeca se presentó en mi puerta, se declaró asustada ante mi aspecto, me obligó a tomar una ducha, afeitarme, vestirme “decentemente” y acompañarla a un sitio. “Es una sorpresa” dijo. Esa energía suya siempre me desarma, así que obedecí. Sin la menor objeción.
Todos padecemos adicciones. Sean graves o insignificantes, nos acompañan a lo largo de nuestra vida y, a veces, ni las percibimos. Puede ser el alcohol, las drogas, el sexo, el ego –la más común y menos diagnosticada-, el chocolate o las bebidas dulces. En esa ocasión, mientras íbamos hacia Trelew, para visitar a un experto en ornitomancia (observación de las aves), descubrí que la adicción de Rebeca eran los gabinetes esotéricos. Y me arrastraba tras ella como a un perrito, con la excusa de hacerme un favor: era yo quien necesitaba “consejo espiritual”. El asunto resultaba muy extraño –no voy a negar lo evidente-, y mi curiosidad crecía con cada nueva respuesta afirmativa. Pero ¿quién necesita conocer el futuro? Bastante tenemos con soportar el peso del pasado y vivir lo mejor posible el presente.
En Corrientes fue la enomancia (lectura de símbolos en el vino).
En Mendoza la numerología.
En Luján, la sicomancia, que utiliza hojas.
Fueron semanas de viajes, escenas sacadas de películas en blanco y negro, habitaciones contiguas pero siempre separadas y esperanzas renovadas por la mañana, que veía arder cada noche en el fuego glacial de la soledad. La boca de Rebeca era una promesa eternamente pospuesta. Y el dinero empezaba a menguar de forma alarmante.
En Bahía Blanca, botanomancia (como se deduce del nombre, usa las plantas).
Xilomancia (madera) en Paraná.
Aluromancia (adivinación practicada con harina) en Junín.
Se ha dicho que la locura es hacer siempre lo mismo esperando un resultado distinto. Nosotros hacíamos justo lo contrario: Probar diferentes medios y obtener un mismo resultado. Llegó un momento en que ya parecía imposible la existencia de otra respuesta. Si eso hubiera sucedido, si se hubiese producido un cambio, tanto Rebeca como yo nos hubiéramos quedado atónitos y, con seguridad, hubiésemos pedido la repetición de la prueba.
Bibliomancia en Córdoba (El libro utilizado fue La Eneida, de Virgilio. Así solían hacerlo, se nos explicó, los romanos).
En Catamarca, ceromancia (se usa la cera de una vela).
Si al principio nos guiaba la búsqueda de una comprobación, ahora era más bien la esperanza del error: que en una de esas gravosas visitas, alguien pronunciase otro nombre, abriendo así una ventana a otra realidad, un agujerito minúsculo por el cual escapar de esta condena que se cernía, implacable, sobre mí.
Aeromancia (observación de los fenómenos atmosféricos) en Salta.
Tarot en Resistencia.
Al borde de la extenuación y la ruina, Rebeca insinuó una última posibilidad: En un lugar llamado La Serena, en Chile, existía un viejo cuya habilidad consistía en interpretar los signos de la arena. Tras dos horas caminando por la playa, agachándose de cuando en cuando para observar algún dibujo más de cerca, el anciano meneó la cabeza: Su dictamen fue implacable.
Era el último viaje. O más bien el penúltimo. Faltaba uno, naturalmente. Yo ya no tenía ni para gasolina. A la vuelta, vendí el auto y fui a la estación. Saqué dos pasajes para Ingeniero Williams y llamé a Rebeca, pero no obtuve respuesta. Dos días estuve telefoneando sin resultado. Fui a su casa, pero la portera sólo me informó, secamente, de su ausencia y no condescendió a dar más explicación. Me miraba con desconfianza. Pensé en contactar con la policía y denunciar su desaparición, pero algo me urgía más: Terminar con eso que me estaba calcinando por dentro. A la mañana siguiente, tomé el tren hacia Ingeniero Williams.
Hice la mayor parte del viaje dormido. O abstraído. Al llegar, bajé del vagón con un sentimiento de derrota en mi ánimo. Como si los fantasmas del pasado me hubiesen obligado a regresar. “¿Y ahora?”, me pregunté. En la estación no parecía haber nadie más, lo cual me contrarió, porque charlar dos minutos con el encargado o un viajero cualquiera, me hubiera servido para serenarme. Para sentir el suelo bajo mis pies.
Me senté en un banco, al sol. Recordé, como había venido haciendo durante esas últimas semanas, las escenas de veinte años atrás. Quise razonar que tal vez este regreso era mi expiación. Sin duda, no estaba preparado para lo que ocurrió a continuación.
De un rincón en penumbra, a mi derecha, a unos diez u once metros, surgió una voz que no pude dejar de reconocer.
- Te estaba esperando.
Pensé que se trataba de un espectro, pero el contorno del hombre de quien provenía el sonido parecía muy sólido. No podía verle el rostro (¿era realmente necesario?). Sólo el gabán, el sombrero, los zapatos. Las manos enguantadas.
- Te creía muerto – respondí, con un aplomo que no hubiera supuesto.
- He esperado mucho tiempo –dijo, como si no me hubiera oído.
- Veinte años – susurré.
- Veinte años – repitió él, como un eco acusador.
Podría excusarme alegando que lo ocurrido entonces fue accidental. Que yo no pretendía su ruina ni seducir a su mujer. Y mucho menos hacerle daño a él, a quien consideraba un buen amigo. Simplemente ocurrió así. Sólo defendía mis intereses. Eran las reglas. Pero incluso a mí, tras tanto tiempo, todo eso me sonaba a palabrería sin sentido. Había llegado la hora de la venganza y yo estaba dispuesto a dejarme matar sin una sola queja. Me parecía justo.
Fue entonces cuando percibí el perfume. Miré hacia el rincón. Tras la sombra del hombre, había otra, más pequeña, casi imposible de ver desde la zona soleada donde yo me encontraba. Y lo comprendí todo. Sin decir palabra, fijé la vista en el suelo, ante mí. Otro tren acababa de llegar. Iba en dirección contraria. Nadie bajó. Oí pasos a la derecha. Cuando miré, en el rincón no había nadie. Por un instante, aún tuve la esperanza de haber sufrido una alucinación provocada por el sol. Pero al volver la vista pude ver, como en un destello, un abrigo de mujer desapareciendo en el interior del vagón. La puerta se cerró y el tren echó a rodar sobre las vías. La estación quedó desierta. Pronto, el sol se pondría y la noche austral lo invadiría todo.






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