Sunday, November 12, 2017

EDICIÓN NOVIEMBRE 2017



*Dibujo de Erika Kuhn.










Amontonamiento de peras*




De regreso al Sol,
a mitad del camino
descubriste que le habías olvidado…


Hay mejores cosas que perderse en tu cuerpo


dijiste después de asegurar
que el verde de tus caricias
es demasiada melancolía.


Allí aguarda desde el despegue de tu mirada
donde caen las hojas del árbol,
el árbol que llora lluvia de estrellas,
las estrellas que son tus ojos de agua
y así se deshojan las ramas.


Es en barco como se llega al Sol , insististe
pero no podía creerlo desde este lugar
donde deambulan estómagos pulsantes:
nunca antes habías brillado,
nunca más volverás a hacerlo.


Y balbuceaste
que toda noche es un mar pequeño
Y te culpé por ser el cielo azul,
tranquila hoja de árbol:
esperar ha sido tu virtud.


Llega entonces tu añoranza
con el rezo que convierte en polvo el tiempo
logras luego que quinientos, cien,
o un par de años sean lo mismo.


Hasta el día en que nos veamos
asqueroso político bandido
y ni las medallas
ni las condecoraciones bastardas
evitarán que te tomemos en nuestras manos

Será lo último


Así decía la mosca
articulando su diminuta mandíbula
que provoca risa,
habla con solemnidad:


al alma nacer me hice tarde
me hice brisas
me hice grano de Luna
que en un delirio de roedor fue devorado


Desde ese momento espero aquí
a que el agua vuelva a ser
mi único sueño:


bañada por el marasmo sideral tu destello
siempre engulle tarde por las mañanas


Entonces tu voz se fuga por los poros de mi piel,
inmensidad que me agobia:
¡moldea una forma en la que pueda reconocerme!
pero esta vez, olvida la carne…


Después, cuando tu marea
se haya coloreado por completo
volveré a decirlo: siempre es mejor
lanzar semillas desde la lengua de un lago...


para que el reflejo se quiebre
para que puedas mirarte
descúbrete en medio del campo de los ecos
donde nacen las lluvias ombligo de maguey
donde los cerros juntan sus labios
para engendrar cada nombre de cada animal


Buscamos los nuestros.
Volvemos riendo.


*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com
















Paredón*




Esa enorme pared que ocupa íntegramente la manzana. Alta la pared. Un paredón, me corrige mamá. Esto es un paredón, me aclara otra vez y con el brazo que está suelto, el del otro lado, hace un ademán muy amplio señalando la pared, abarcándola, alimentando el aire con el movimiento de ese único brazo. Su mano, la que aprisiona mi propia mano, es cálida. Hace frío en esta calle donde sólo nosotras caminamos. Caminamos y caminamos a lo largo del extendido paredón. Venimos a comprar un par de zapatos, un par de zapatos, sí, repite mi madre porque la fábrica hoy  tiene los precios en oferta y la marca es buena y nadie puede andar sin zapatos, insiste mi madre, un buen par de zapatos son imprescindibles para una niña como yo que el año que viene comenzará la escuela. Desde hace días mi madre habla de aquel momento fulgurante en el que yo  iré por primera vez a la escuela.  Ahora ella  vuelve a hablarme de la escuela y yo imagino que es un lugar blanco plagado de pizarrones negros que es preciso limpiar con trapos húmedos. Ella me cuenta que en esa escuela hay una campana que reluce en un dorado que muchos dorados quisieran tener. La campana suena, esa campana será la que marque el ritmo de mi vida. La escuela, un lugar absolutamente blanco con una campana dorada y pizarrones que dan cansancio limpiar. Mientras caminamos a lo largo del paredón, la escuela se convierte en un punto  iridiscente que pretende hincarse en mi memoria, pero enseguida desaparece y ni siquiera un punto es, no es nada, una palabra que el aire lleva hacia quién sabe qué lugares de esta inhóspita calle que nos ve caminando a mamá y a mí. Un par de zapatos nuevos, eso venimos a buscar, y deberán ser negros y tal vez tengan una hebilla al costado o quizá cordones y entonces todo estará  muy bien. Yo necesito ya mismo ese par de zapatos, sin ellos qué será de mí. Sólidos, de suela gruesa, batallantes, expresivos y lo maravilloso de los zapatos -me da a entender mamá- es que vienen juntos, nunca solos, serán dos, dos zapatos conformando la maravilla de lo que  comúnmente se llama “un par”.

Claridades, hay claridades en el fondo de la calle, unos cuantos revoltijos de luz, parece que manos invisibles estuvieran oscilando y oscilando, lejos, allá adelante.

El paredón tiene un color indefinido que cambia, que se transfigura por los requiebros de la luz que surge desde ese fondo, una luz teatral, engañosa, una luz que le hace de tanto en tanto entrecerrar los ojos a mamá que sigue hablando de los zapatos negros que vamos a comprar con un tono cansado de voz. Con esos zapatos, dice,  nada malo podrá pasarte en la vida cuando yo ya  no esté. Me gustaría ver sus ojos, pero ella es más alta que yo y la luz nos molesta y casi se ha vuelto blanca la calle como si fuera una escuela y el paredón, inmutable al costado, imperecedero y yo todavía sin zapatos.



*De Irma Verolín. irmaverolin@hotmail.com



-Irma Verolín nació en Buenos Aires en 1953.  Se formó en la escritura poética  pero comenzó publicando narrativa. A partir del 2013 retomó la poesía y publicó dos libros, el segundo gracias al premio de la fundación Victoria Ocampo.  Novelas: “El puño del tiempo” y “El camino de los viajeros”. Cuentos: “Hay una nena que gira”, “La escalera en el patio gris”, “Una luz que encandila” y “Una foto de Einstein tocando el violín”. Poesía: “De madrugada” y “Los días”. La editorial Palabrava editará su próximo libro de poemas: “Árbol de mis ancestros”. Es autora de algunos libros de literatura infantil publicados en distintas editoriales. Ha recibido numerosos premios: Emecé, Internacional de Novela Mercosur, Internacional de Puerto Rico, Fondo Nacional de las Artes,  Primer Premio Municipal de C. de Buenos Aires “Eduardo Mallea” entre otros.

Algunas de sus novelas fueron finalistas de los premios Clarín,  Planeta, Fortabat y La Nación. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.














*


Ahora te cuento que durante años
intenté quitar el barro
que quedó pegado a mis zapatos
la tarde que visitamos el cráter del volcán.

No lo logré.

Llegué a pensar que había
una relación directa
entre la memoria del volcán y mi memoria.

Me acordé con terror de los marineros
que escuchan el canto de las sirenas
y enloquecen.

Dije: es el canto de la tierra sobre nosotros.

Temí andar sola
con la felicidad de esa tarde.

Entonces quise ser libre
y regalé los zapatos nuevos,
cuero negro,
número 38,
pensando
que el estallido podía ser disuelto
si el barro pasaba de una mujer a otra.

Perdón, desconocidas.

Por un momento creí que la cadena me soltaba.

O que la sucesión de otros pasos
-otra vez, perdón, desconocidas-
me liberaba del canto
y la certeza.



*De Valeria Pariso.


 -Valeria Pariso nació en la Provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares.
En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge.

Coordina talleres de poesía.

Sus blogs:












La mujer sin sombra*




Ella reparte cada mañana a torcazas y gorriones

–en migas– su corazón de pan.

Ellos devolvieron ese amor comiendo de su sombra.

Un día, ella desapareció.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar














*




Será que creo
que aún me queda tiempo,
que lo ando perdiendo por ahí,
como si hubiera
una extensión de mí que aún no conozco
escondida debajo de las piedras.
Solos, sin rumbo,
mi tiempo y yo nos demoramos en los patios
esperando como siempre a las luciérnagas.
Había, yo lo sé,
tantas en los jardines de la infancia,
tintineos de luz,
esparcidos en la noche como faros minúsculos.
Me gustaba
imaginarlas en un frasco
con los debidos agujeritos de rigor
iluminando la sombra clara de mi cuarto.
Nada sabía de la muerte.
Sorprendida,
encontraría al despertar
sus cuerpitos sobre el vidrio
en un último estertor solo y radiante,
como si esperaran por mí
para vengarse.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com














Anna*




El hombre ha salido a caminar sin dirección, fuma y sus pasos y sus divagaciones lo llevan lejos. Nubes fugitivas en el cielo nocturno, temblor de luna, tibios reflejos de faroles en las calles empedradas, árboles podados, ramas apiladas sobre las veredas y, al doblar una esquina, una figura parada en la mitad de cuadra, un descubrimiento para el hombre que vaga por la ciudad vacía.
La muchacha permanece detenida, vuelta hacia él y parecería que lo mirara o lo aguardara, tiene flores en las manos y sus ojos están en sombra. También el hombre se detiene y ahí permanecen, observándose, mientras transcurren los segundos y el hombre sabe, súbitamente, como en una revelación, que el nombre de la muchacha es Anna y que las flores quizás sean para él.
Después ella da media vuelta y comienza a caminar y el hombre la sigue y no acorta distancia y allá van por calles y calles, entre las casas mudas y los gatos, y siempre hay nubes arriba y temblores de luna y de tanto en tanto la muchacha gira la cabeza, tal vez para comprobar si el hombre continúa detrás de ella, tal vez para incitarlo a que no abandone la persecución. Y el hombre, a la distancia, comienza a conversar con la muchacha y su discurso es confuso y es lento y no pasa de ser un susurro, aunque está seguro de que ella, allá adelante, lo escucha. Murmura: En esta tierra rica fundamentalmente de cosas perdidas, tierra de atrocidades, indiferencias y miserias, no me resultará fácil hablarte. El hombre intenta e intenta y se esfuerza por construir una historia coherente. Y así avanzan y hay más calles y faroles y jardines y plazas.
Y ya no importa si esta necesidad de confesión es apenas un torpe ronroneo en el gran silencio que lo rodea. El hombre comprende que la muchacha que lo precede ha venido a convocarlo, que éste no es un paseo gratuito. Comprende que es tiempo de balances, rendiciones de cuentas. El aire está poblado de señales, voces rotas, llamados difusos, rubores de la memoria, nombres trabajosamente rescatados, enarbolados ahora por encima de muertes, olvidos, desprecios e ironías, nombres que vuelven intermitentes con los rumores que el viento trae un instante y arroja nuevamente a las aguas de la noche.
Ya no importa la torpeza, la confusión, las palabras que no acuden o que la imaginación niega. Ya no importa nada de eso. Porque ahora ahí está la muchacha marcando camino, guiando, abriendo una brecha, despejando. La volátil y firme figura de la muchacha nocturna, imagen que no transige, que no sucumbe, que no habla de derrotas, pero sí de firmezas y permanencias y sin duda de una obstinada libertad.
Paso ligero de la muchacha a través de la ciudad dormida, reverenciando, rescatando, enalteciendo para la noche del hombre que la sigue, para sus horas futuras, las imprevisibles, las fuertes oscilaciones de la vida. Entonces, una vez más, alrededor del hombre, la noche vibra de significados nuevos, alberga años y sabor de juventudes y caminar detrás de la muchacha por calles nuevamente familiares, después de tantos voluntarios o forzados exilios, en este septiembre cambiante, es retomar viejas sendas y descubrirse entero y dispuesto, sacudido por estremecimientos olvidados, inconsciencias, locuras, alimentos para raíces de otros tiempos.
La hora se carga de certezas, aquella figura va opacando dudas, pone ráfagas de asombro en el silencio de los días. Y nuevamente la muchacha gira la cabeza, muestra brevemente su perfil y avanza y todo el tiempo parecería decir: También éste, como siempre, como todos, precisamente éste, es el momento decisivo.





*De Antonio Dal Masetto.
(Intra, 14 de febrero de 1938 - Buenos Aires, 2 de noviembre de 2015)

-“LA ÚLTIMA PELEA” su novela póstuma, con edición al cuidado de Guillermo Saccomanno  ya se encuentra en librerías.

















LA LUNA EN EL ESPEJO*




No borres nuestros rostros de la heredad terrestre.
Están. Estarán, grabados la piedra.
Arraigados, en un ceibal, un camalote, un sauce.
Y te nutren, Y te nombran. Y te llaman.

No necesitas buscar en espejo de aguas.
Busca el camaleón, las algas, la bruma ardiente.
Sabes por ellos que tu huerto huele a mar.

No necesitas saber   quien es el hombre que te llama.
Búscalo en el gemido del viento.
En los cartones y en los basurales.

Y te duele la puerta cerrada.
Tapiada de cerrazón y adioses.
De mujeres solas y niños tristes.

Y el pecho se desgarra y el miedo.
Solo tú has de abrirla.
La llave está oxidada  y tus manos tiemblan.

Y buscas una señal, una bengala un beso.
Todo se deshace, como un sueño,
La miga del pan. El deseo, Las bridas.

Y cruzas ciegamente el vacío y el abismo.
Y la bestia te persigue con sus fauces abiertas.
Un terror del que ignoras su nombre.

Y te ahogas una y otra vez y otra.
Hasta que abres la puerta de tus miedos.
Y vuelves a la hormiga y la cigarra,

Y encuentras la cuna y el milagro.
La rosa de los vientos y el molino.
Y entiendes.
Hay que mirar el revés de la luna en el espejo.
La luna en el espejo, al revés.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@hotmail.com

















AMANTES.*




A Marcos lo espero de camisón transparente. Me quedo como una boba mirando por la ventana del primer piso de nuestro lugar secreto. Me gusta espiarlo cuando está llegando. Hoy es especial. Se cumplen dos años de nuestro primer encuentro. Tuvimos que romper muchas barreras para estar juntos. Yo soy la mejor amiga de su mujer y él el mejor amigo de mi marido. Fue algo imparable lo que nos agarró a los dos. No lo pudimos o no lo quisimos manejar. El amor terminó ganando. Ganándonos. Nos convertimos indefectiblemente en amantes descontrolados. Adolescentes calientes hambrientos de sexo; lejos de las complejidades de nuestros hijos y familias a las cuales amamos profundamente. Sé que va a venir con algo en las manos. Siempre lo hace en nuestras fechas importantes. Puntual como en cada una de nuestras citas lo diviso entre el gentío. Acaba de aparecer por la esquina sur. Trae un ramo de flores que le tapa, según el paso que hace, un poco la cara. Su porte. Su generosidad. Son suficientes para que comience a excitarme y me pregunto si no será mejor esperarlo desnuda sobre la cama. Su imagen es más fuerte que todos mis pensamientos. Quedo presa de su belleza. Hipnotizada lo veo avanzar. De repente algún mecanismo de éste mundo de mierda falla. Gente que se abre paso a la confusa acelerada de una motocicleta. Gritos. Desbandes. Un ramo de flores que va a parar al piso un segundo después de que Marcos se desplome como si lo hubiese fulminado un rayo. Un frío de muerte me recorre el cuerpo de pies a cabeza. Se me escapa un grito espeluznante. Lloro de inmediato. Hijos de puta. Chorros hijos de puta, pienso, mientras agarro una campera a la pasada y comienzo a bajar las escaleras a toda velocidad. Me voy acercando con el alma y el corazón destrozados. Estoy a punto de agacharme junto al cuerpo que ya no respira. La boca deja escapar un chorro de sangre roja. Pero no lo hago, porque mirando bien al sujeto tirado en el suelo, me doy cuenta que me equivoqué, que no es mi amante el muerto. Sigo de largo. Vuelvo sobre mis pasos. Cuando entro al departamento Marcos se está sacando la corbata. Qué haces vestida así. Yo entre carcajadas le digo que me escuche. Que tengo una historia muy cómica para contarle. Que no sabés lo boluda que fui. Y el papelón que acabo de cometer.



*De Sergio Fitte.











*



En el Planeta P-7382 prosperó hace milenios la estirpe asombrosa de Los Vendedores de Humo, seres horripilantes y de cerradas convicciones. Tenían estos un temperamento volátil y necesidades vaporosas. Nacidos de una antiquísima chispa o una explosión guardaban poco respeto por sus ancestros y las relaciones familiares. Su ambición de ascender solo era superada por su infantil búsqueda de vientos propicios. Comerciaban en los atardeceres con los colores opacos y las sombras sepias, eran vendedores sin escrúpulos, dados a las incorrectas proposiciones y a desaparecer al menor descuido del cliente. Su destierro del P-7382 se debió a la volatilización de su hegemonía y a la proliferación de los tules de nylon. En el Tercer Planeta fueron condenados a evadirse eternamente por oscuros conductos y chimeneas y a huir forzados por los escapes de los vehículos de motor.


*De Jorge Lacuadrajorgelacuadra@hotmail.com
















*


Fuera del malestar de las repeticiones, vive el limpio vacío del mundo.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com






Inventren








La huida*




Un tren en movimiento es una cárcel.

Con más razón para quien está huyendo.
Como a tantos otros, me acusan de un crimen que no cometí. No importa la verdad: Estoy sentenciado desde que tuve aquel desencuentro con el diputado. Lo vi claramente en su mirada. Antes o después, iba a pagar mi atrevimiento. Ignoro qué destino me tienen preparado, pero, en cualquier caso, las opciones de escapar a él son mínimas.
Por eso, cada par de ojos que se posan en mí representan un peligro. Son muchos quienes me buscan. El poder encuentra aliados en todas partes. La única realidad posible es la huida. Ningún rincón del país es seguro ahora. Sólo en el extranjero, lejos, podré eludir los largos tentáculos de mi enemigo. Mas no debo pensar en el futuro lejano cuando en un instante todo puede irse al carajo. Lo urgente es salir de aquí.
Todos los rostros que me rodean son una amenaza.  Por desconocidos, por multiplicados.
Vine a la estación porque me pareció el mejor lugar para pasar desapercibido. En principio, sólo tomé el tren por alejarme de aquí. El destino fue casual –era el tren que en ese momento se disponía a partir-, pero en Enrique Fynn tengo amigos que tal vez puedan ayudarme.
Ahora, cuando el tren ya abandona la ciudad y avanza hacia la interminable llanura, sólo ahora he caído en la enorme indefensión del proscrito que toma la decisión de subirse a un tren –un avión, un autobús, cualquier medio de transporte colectivo, en definitiva-. Por eso, trato de evitar las miradas de los otros pasajeros. Las gafas de sol ayudan, pero no son un muro tras el que esconderse. Sólo un diminuto camuflaje. Si alguno de mis perseguidores está a bordo, soy hombre muerto.
Haría bien, lo sé, en ocupar mi mente con otro tipo de pensamientos. La forma de burlar la vigilancia a que estoy sometido, por ejemplo. La acción que debería llevar a cabo si descubro a uno de ellos… esas cosas. Pero el temor me impide pensar: Un indicio claro de ello es que, justo antes de tomar el tren, he llamado a mis amigos para avisarles de mi llegada. Sólo un minuto más tarde he caído en la cuenta de lo inoportuno de mi visita. Por nada del mundo desearía meter en líos a mis amigos. Pero ya está hecho. No puedo volver atrás. Dejo mi destino en manos de este enorme artefacto que me traslada con rapidez entre campos y pueblos que, a esta hora, parecen abandonados.
A pesar del miedo, el cansancio acumulado en las últimas horas me induce a dormitar. Breves cabezadas de las que salgo con un sobresalto. Cada vez, miro alrededor con aprensión. Nada en el vagón parece amenazarme, pero con esta gente nunca se sabe.
Para un prófugo, todo son ojos. Ojos expectantes, acusadores, irónicos, traicioneros. Ojos enemigos.
Cuando, al volver de alguna de esas ensoñaciones, distingo una sombra en algún punto inconcreto del vagón, mi corazón se acelera. Cada vez que el tren se detiene, temo que suban, que me busquen, que me saquen esposado y vencido a la vista de todos y me metan en un auto verde, uno de esos autos verdes de los que no se regresa…
Una mirada fija es una alarma causando un estruendo insoportable en mi interior. Una inocente sonrisa se me antoja como la señal inequívoca de mi perdición.
Los kilómetros y las estaciones se suceden, pero mi angustia no mengua. No obstante, si he de ser sincero, no hay la menor señal de los sicarios. Se trata sólo de la sensación de ahogo propia de quien se sospecha rodeado.
Miro hacia afuera y percibo que ya estamos llegando. La próxima estación es Enrique Fynn. Allí tal vez pueda estar seguro uno o dos días, mientras decido qué hacer, hacia donde seguir huyendo…
Con suma precaución, la misma que he empleado en las últimas horas o días (en la huida llega a perderse la noción del tiempo), me preparo para salir de este encierro rodante. Abajo todo será distinto.
Sin embargo, la frecuencia de mis latidos no disminuye. Mientras el tren va reduciendo su velocidad y la silueta de la estación se perfila en el horizonte cercano, me asalta una revelación: Ellos están ahí, esperándome. Esta vez no se trata del pánico, sino de una fría certeza. No necesito verlos. Lo sé. Conocían mis planes y no han hecho otra cosa que alimentar mi esperanza, dejando que el viaje llegue a su fin. No habrá escándalo ni una persecución cinematográfica. Simplemente, alguien se acercará a mí y me susurrará al oído unas pocas palabras. Yo le seguiré en silencio, velando así por la seguridad de mis amigos, a quienes me prometerán no hacer el menor daño si colaboro. No me hará falta ver a uno de mis antiguos compañeros, quizá el más joven o aquel que siempre enrojecía al mirarte a los ojos, escondido tras una columna, observando con el corazón en un puño mi detención y, tal vez, respirando aliviado al comprobar mi sumisión. Después, el protocolo se cumplirá con precisión geométrica, del mismo modo que siempre. Y el mundo me olvidará como se olvida todo.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com








-Próximas estaciones de escritura:

PLOMER    
-Por Ferrocarril Midland-

JUAN ATUCHA.  
–Por Ferrocarril Provincial-


***
El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

***

El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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