Saturday, July 14, 2018

ESE OTRO EN NOSOTROS…



*Dibujo de Erika Kuhn.












Metamorfosis*



Ahora soy una hierba doméstica. Pero supe ser salvaje. Orgías fueron aquellas: no te puedo explicar la de bichos que entonces se balancearon entre mis lianas. Nada que ver con el perejil en que me he convertido.



*De Esther Andradi.
-De su libro "Microcósmicas", Macedonia Ediciones, Morón, 2015-2017.









ESE OTRO EN NOSOTROS…








*


Ya se irá
esta vital inexistencia
este nombre para mí
en lo que va de mi sonrisa a la fatal
otra
algo fuerte luego
antes de la descarga
lo sutil que me habita
huye
mientras expulso
lo que queda de mi paz

me vuelvo inmóvil eterna muscular en segundos
me inspiro elástica
profunda desde el psoas hasta el fondo sin fin de mis dedos
trago el aire luego
me desuno en partes desconocidas
me vuelvo increíble
me transformo
fea nueva otra
en algo espléndido.



*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com



-Lorena Suez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Psicóloga Social. Participa en los talleres de Siempre de Viaje y en los eventos de Viajera Editorial desde el año 2012. Forma parte de la Antología compilada por Virginia Janza, Tetas. Historias de Pecho (Textos Intrusos 2015).
Publicó "Intemperie".  Por Viajera Editorial. 2016.

-Su novela infantil juvenil “Mis Vendavales” esta cercana a presentarse.










CABRAS*



Rompieron las cercas, derrumbaron los muros, desmontaron las jaulas, destruyeron el orden y huyeron hacia el monte.
Entonces descubrieron que no todo campo es orégano.
Qué dicha.


*De Esther Andradi.
-De su libro "Microcósmicas", Macedonia Ediciones, Morón, 2015-2017.










*


Es más o menos así, levantarse en las mañanas:
uno intercambia
acciones por dinero
por ejemplo, y tuerce la boca
escribe cartas
hace la compra con gran juicio
bebe cerveza en las noches
piensa en el reciclado de basura
contesta llamados, y todo eso
está muy lejos de la realidad.
Existe la pregunta:
¿qué es, entonces, la realidad?
Quizá se trate de algo
que podrías tomar en serio
o bien pensar como un juego.
Subido momentáneamente a la vuelta al mundo
una emoción cae, tras otra,
como una gota, tras otra,
no es difícil trabajar y amar al mismo tiempo
enviar cálidos mensajes desde una silla
beber té en los ratos libres
comentar los destinos personales
los destinos del mundo
el destino del fax que no se llegó a enviar.
Es tener una vida
un mundo hecho de pequeñas estructuras móviles.
Las piezas pueden cambiar de sitio con solo quererlo.
Con unos cuantos libros y dos trajes, es posible mudarse,
siempre es posible mudarse
enfrente de la persona amada
saludarla en las mañanas
¡hola, buen día!
pero eso, hay que advertir,
no garantiza nada,
nada
nada.



*De  Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com



-Mercedes Álvarez nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, en 1979. Vivió en Mar del Plata hasta los diecinueve años. Entre 1998 y 2006 residió en España, donde se licenció en Sociología por la Universidad Pública de Navarra. Realizó un máster en Gestión Cultural. Publicó los libros Vecinos (Baile del Sol, España, 2010), Historia de un ladrón (Caballo de Troya, España, 2010), Imitación de los pájaros (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2013), Ficciones súbitas (comp., Eds De aquí a la vuelta, Buenos Aires, 2013) y Saigón (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015).
En 2013 ganó el premio Edmundo Valadés de cuento latinoamericano con el relato Grow a lover.










*


Si te dijera,
alguna vez, que hay una esquina
donde enterré tu nombre bajo un árbol
y te contara
que algunas tardes me deslizo
entera y mi corazón bajo la tierra,
sólo para escuchar
como te nombran las bestias subterráneas.
Y me cubro de hojas y de miedo
porque los fríos son duros,
allá arriba,
donde camino sola y no te encuentro.
Si te contara
como trenzo mi pelo mientras pienso
que había algo más,
que hubo pájaros azules en mi frente,
desatados andándome la tarde
cuando yo te quería.
Si vos supieras
que no te quiero ya,
pero son mías
las piedritas que minuciosamente colecciono
y los amores
que dejé por el camino.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com













VINO*




Mi cara se parece cada vez más a una pasa. Las arrugas me visten la sonrisa de lomo de tortuga, el llanto de crisálida, la seriedad de pasa nomás. Por eso bebo tanto. Para macerarme en alcohol y así poder tragarme. Lástima que no puedo sobornar al espejo.

Pero quizá termine disolviéndome en saliva, acogiéndome al privilegio de las hostias.



*De Esther Andradi.
-De su libro "Come, éste es mi cuerpo", Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1991-1997












La espera*




*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




Los de afuera, suponiendo que existan, quizás puedan considerar nuestro comportamiento demencial. Sin embargo no podemos controlar el temor cuando el crepúsculo llega y se extiende por las habitaciones de la residencia. Entonces nos acercamos a las ventanas y miramos el camino que sale de la entrada principal y se interna en el bosque. Somos viejos todos: algunos apenas pueden hablar, otros se mantienen en silencio, acostados en sus camas, mirando el techo o aparatos descompuestos. La vigilancia del camino es fundamental y, aunque no tenemos reglas precisas, cuando cae el crepúsculo tenemos la certeza de que algunos están apostados en las ventanas, esperando alguna señal –los faros de un auto, por ejemplo– para dar la voz de alarma. Están ahí, iluminados con velas (la luz eléctrica no funciona desde hace varios años), con los rostros empalidecidos y atentos, pensando en lo que ocurrirá si ven un auto o si un improbable extranjero emerge de entre los árboles para caminar, con paso decidido, a la residencia. Hemos pasado tanto tiempo aquí, solos, que esa posibilidad parece lejana. A pesar de esto un sector aún cree que alguien llegará y que ese encuentro creará una escisión en el tiempo. Los más radicales dicen que el mundo exterior, aquel que conocimos cuando éramos jóvenes, no existe más y que la residencia es una especie de isla, una roca rodeada de un mar estéril e infinito. Sólo nos queda esperar.

De la residencia sabemos poco: en algún momento se fundó y fueron ocupados sus dos pisos. Varias generaciones de ancianos llegaron, vivieron sus últimos meses o años y fueron reemplazados con rapidez. Geriatras y familiares poblaban los pasillos y sus voces se escuchaban hasta altas horas de la noche. Hubo un momento, un día ahora perdido en la memoria, en que uno de nosotros percibió un gesto de repulsión en un familiar que lo atendía. Algo normal, quizás una reacción que provocaban nuestros cuerpos en declive y que no podíamos controlar. Pero los gestos se repitieron: por aquí había una mueca, por allá un malestar que trataba de ocultarse con un sutil carraspeo. La desazón comenzó a extenderse entre los visitantes y, peor aún, entre los médicos. Las rondas de supervisión perdieron su rigor y pasábamos cada vez más tiempo en soledad, mirándonos entre nosotros, alejándonos del tiempo y buscando combatir la realidad con los recuerdos. Apenas hicimos preguntas que fueron respondidas con frases vagas. Nuestra indiferencia se justificaba por nuestro inminente final: unos días más o unos días menos eran irrelevantes en ese extremo del camino. Algunos, incluso, parecían agradecidos con ese abandono porque ya no tenían que ser partícipes de las atenciones que les prodigaban y que, muchas veces, eran fingidas. Entonces dejaron de venir: primero los familiares, después médicos y enfermeras. No ocurrió de inmediato: fue un movimiento lento, como un grifo que gotea hasta secarse por completo. Desaparecieron como si nosotros fuéramos víctimas de una infección invisible, asintomática y peligrosa. La residencia quedó casi sin ruidos. Los teléfonos en las oficinas, cuando eran descolgados, no daban línea. El estacionamiento no tuvo más autos. Sólo hubo leves hojas en la fuente y varios nidos de pájaros se sustentaron en los aleros. Los pasillos fueron habitados por nuestras fatigosas respiraciones cuya fuerza apenas empañaba los cristales en el frío de las noches.

Los días transcurrieron: muchos no podían caminar y, de costado en sus camas, como barcos arrojados por la marea, parecían calcular –con los ojos muy abiertos– el peso casi sólido de la penumbra. Sin embargo no se contagió el pánico. En nuestros rostros había tranquilidad, resignación ante un fin que llegaría antes de lo previsto. Las medicinas se acabaron. Una partida de enfermos, sin mucha esperanza, hurgó en una oscura habitación en busca de los últimos analgésicos. Pronto abortamos más estrategias de sobrevivencia. Sin hablarlo mucho nos convencimos de que las medicinas, los controles, las dietas, eran instrumentos sin poder, meros artilugios cuya única función era aletargarnos, convencernos de que no valía la pena oponerse a la inexorable muerte. Sin ellos nos volvíamos quizás más frágiles pero también más lúcidos. Nuestros pensamientos se aclararon. Sin embargo, en vez de indagar nuestro destino y las posibilidades futuras, nos dedicamos a explorar la memoria, como si en algún resquicio, en alguna imagen, se encontrara la explicación del rumbo que habían tomado nuestros últimos días.

Pronto vinieron las primeras muertes. Lo sabíamos cuando llamábamos a alguien por su nombre y no respondía. En algunos casos era evidente el triunfo de la enfermedad o el repentino colapso de un órgano vital. Sin embargo, otros viejos que aparentaban una salud irreprochable y que sólo tenían leves achaques, morían sin explicación convincente. Cuando pasábamos frente a sus camas y mirábamos su expresión vacía, sus labios flojos, brillantes por un último espumarajo, comprendíamos que su muerte había llegado por aburrición, por esperar demasiado tiempo a que algo sucediera. Entonces los envolvíamos entre las sábanas y dejábamos que los más fuertes los arrastraran por los pasillos para abandonarlos en los linderos del bosque. No había oraciones, acaso un buen deseo que se olvidaba cuando esperábamos tras las ventanas el improbable ataque de un animal carroñero. Alejados de una descomposición rápida, los cuerpos se sometían con dignidad a la acción del tiempo y, a los pocos meses, veíamos entre los árboles sus esqueletos ordenados y persistentes. La población menguó así que pensamos que sería buena idea dejar registro de nuestra existencia. En una pared del ala oeste grabamos nuestros nombres con un punzón encontrado en un cuarto que guardaba herramientas de jardinería. Ahí quedaron nuestras fechas de nacimiento y un espacio en blanco que esperaba ser ocupado muy pronto. No pasaba un día sin que especuláramos con el nombre del último encargado de esa labor.

Nuestro grupo se redujo a quince. Hasta entonces habíamos sobrevivido gracias a las conservas, sueros y latas que racionábamos ferozmente. Nos sentíamos sin fuerzas para intentarnos en el bosque y buscar una población cercana. Probablemente moriríamos a medio camino, deshidratados y devorados por el calor. Algunos subieron al techo de la residencia con la esperanza de llamar la atención de algún viajero que caminara por un sendero lejano. Regresaban siempre con rostros inexpresivos. Entonces, agotadas todas las opciones, nos acostamos en nuestras camas y nos dijimos parcas palabras de despedida. La luz de la luna iluminó nuestros cráneos desnudos: el fin llegaría pronto. Dormitábamos a ratos con los labios entreabiertos y la expresión apretada y ansiosa. Podíamos sentir a nuestros cuerpos debilitándose aún más. Nuestros estómagos ahora eran espacios vacíos que, al no poder expandirse más, se contraían como estrellas que canibalizan su propia energía hasta apagarse por completo. Entonces vinieron los primeros dolores por inanición. Nuestras mentes, anteriormente lúcidas por la ausencia de químicos, se volvieron borrascosas y fabricaban alucinaciones, imágenes distorsionadas que mezclaban pasado y presente. Contra toda lógica, persistimos. Sumidos en una pereza dolorosa, creímos enraizarnos en las tinieblas de las noches y en el ámbar de las mañanas. El horizonte de la muerte se presentaba siempre a la misma distancia como un espejismo que se graba en la mirada alucinada del viajero. Nuestros perfiles se afilaban con los días y las costillas, con cada respiración, esculpían su relieve. Por dentro, sin embargo, permanecíamos intactos: nuestras células parecían nutrirse de su propio vacío, mantenían sus límites engañando al desgaste. Alguien dijo con voz temblorosa –acaso con un matiz profético- que había tenido un sueño y que en ese sueño las sábanas que nos envolvían eran capullos que ocultaban una metamorfosis secreta y terrible. Por el momento, según él, estábamos en una fase larvaria que devendría en un alumbramiento, un amanecer que podría ser estabilidad o caos.

Perdimos la cuenta del tiempo. Las hojas del calendario se endurecieron y adquirieron un indeciso color amarillo. Las estaciones parecían ser las mismas. Seguíamos en nuestras camas, aburridos ante una muerte que no deseaba hablarnos, castigándonos por una falta desconocida. No comentábamos nada por cansancio o por temor a que las palabras elaboraran nuevos escenarios que, a la larga, nos llevarían a la locura. Los más cercanos nos entendíamos con la mirada o con las respiraciones que apenas quebraban el pulso de la noche. Entonces ocurrió: una tarde en la que el cielo, carente de nubes, parecía un ardiente desierto, alguien, cuyo nombre hemos olvidado, hizo a un lado las sábanas, comenzó a levantarse de su cama y se puso en pie. Sus primeros movimientos fueron vacilantes, como si su cuerpo imitara, inconscientemente, los primeros pasos de la infancia. Lo miramos con incredulidad y, después, con esperanza. El aventurero, un poco tambaleante, fue por sus pantuflas. Luego miró con expresión de triunfo una bandeja que desde hacía mucho no tenía comida. Cada pisada nueva era más firme que la anterior. Pronto lo imitamos y deambulamos entre las camas, sorprendidos y ansiosos. Caminar por el pabellón principal fue colonizar un nuevo mundo. Ya no sentíamos hambre y nuestras lenguas tenían una perenne sensación de humedad, como si acabáramos de beber un vaso de agua. Nos sentíamos diferentes, desconocidos. Alguien refirió, con una febril convicción, que nuestro deterioro se detendría indefinidamente. Lo escuchamos con temor porque, incapaces de morir, seríamos una anomalía, un accidente viajando a ninguna parte.

Desde entonces estamos aquí, respirando, sin pensar en el paso del tiempo. Vigilamos obsesivamente el camino que lleva a la residencia y la frontera del bosque. Nuestro temor es que nuestra realidad, demasiado increíble, sea una ilusión y que cualquier evento externo rompa la burbuja que nos contiene. Quizás ese evento nos redima con la muerte. Pero no tenemos esa certeza y por eso sólo podemos mirar por las ventanas, imaginar que estamos dormidos, en un punto del pasado, rodeados de médicos y parientes, en un segundo que se expande constantemente hasta crear las sensaciones y reflejos que percibimos en estos momentos. Otros imaginan –quizás su esperanza no sea del todo vana– que algún día nuestras fuerzas serán suficientes, abriremos la puerta principal de la residencia y saldremos a contar nuestra historia.





*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.











*



Este árbol mira sus ramas.
En los nudillos de su corteza
ya no brotarán yemas nuevas.
Recuerda que su cuerpo fue una selva
y una casa de pájaros
sosteniendo el clamor de los nidos
cuando en su peso latía la vida.

Todo era amado:

el sol

el aire

el agua

los zumos de su savia.


Hoy declina.
Es apenas tibia la luz.
En sus huesos vegetales
duele la falta de esperanza.



*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar

















MERCADO*



En el mercado me detengo ante la escultural calabaza. A un costado, una palta morada le hace un requiebro. La palta está partida a fin de demostrar eficazmente que es tan tierna como las que más. No puedo seguir adelante. Necesito confiar a alguien esta maravilla y entonces descubro que el mundo es un mercado y más valdría no hacer las compras sola.


*De Esther Andradi.
-De su libro "Come, éste es mi cuerpo", Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1991-1997














*


Duerme

lindo dentro de mí

un corazón

que tibio espera primavera.

Florecerá

o no.

Tal vez

repose crisálida y escape

cuando le llegue el tiempo,

como a las mariposas.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com












La Czarodziejka*




Hace años, mientras imaginaban formas fantásticas en hilos del humo de cigarrillo, Esteban le preguntó a Kalman si veía hadas en el humo.
Hadas que apenas se dejan ver antes de hacerse plenamente invisibles.
Antes de ser sólo parte del viento.

Kalman tenía padres y abuelos nacidos en la Europa central. Ha escuchado de ellos algunas leyendas populares que se transmiten en forma oral. Sus abuelos vivieron en Sniatyn que al tiempo del nacimiento de sus padres quedaba en Polonia.

En aquella geografía se mezclaban en extraordinario sincretismo creencias, leyendas, idiomas. Sus abuelos paternos hablaban Idish pero las hadas que los mayores del pueblo relataban a los niños para encantarlos o asustarlos eran polacas.

-Si no recuerdo mal - dijo Kalman- había un Hada que podía transformarse en lo que quisiera, ¡incluso ser humo!

La Czarodziejka podía estar en cualquier parte sin ser reconocida incluso salir de un repollo o vivir en el tronco de un árbol.

Una vez, el viejo Wojciech les dijo a unos chicos -entre los que estaba mi padre- que si se juntaban hombres a fumar con sus pipas en un claro del bosque bajo la luz de las estrellas. Ella tomaba la forma de una seductora mujer que desprendida del humo les dejaba ver su sonrisa. Los hombres de la pipa sabían desde niños que era un maravilloso acontecimiento. Quizás una única vez en la vida.  Pero la leyenda les advertía que si la buscaban por el bosque se extraviarían sin remedio a un tiempo desconocido.

Así que se quedaban allí mismo sin moverse fumando sus pipas, dejaban que la Czarodziejka siguiera su paso de encantamientos bajo una noche estrellada por aquel bosque que ahora queda en Ucrania.



*De Eduardo Francisco Coiro.









*


No es cuestión de que nuestra escritura sea descuidada o con adornos sino que escribamos a partir del salto que significa que deje de hablar nuestra voz y aparezca ese otro en nosotros.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com







Inventren







Aquel limbo del tío abuelo*




Unos minutos antes el tren había salido de la estación Atucha. El tío no podía conciliar el sueño. Miraba por la ventanilla ese cielo tremendo tan diáfanamente estrellado. Tan derramado en estrellas sobre un campo que se parecía al infinito.

El tío tenía como objetivo ver loteos pasando la estación 9 de julio. Había sacado pasaje hasta Mirapampa pero pensaba bajarse donde viera anuncios de lotes en venta. Como en un parpadeo se borró la continuidad del paisaje de cielo a campo que venía admirando. Cuando abrió la ventanilla recibió el golpe de una densa nube de polvo en el rostro.
Era polvo con brillos -como de luciérnagas- que se encendían y apagaban velozmente. Quizás era polvo de estrellas que impactaban en una velocidad incalculable en relación a la marcha del tren.

El tío se atemorizó. Cerró la ventanilla. Pensó que quedaría ciego pero tras unos instantes su vista se volvió normal. Afuera la nube oscura con brillos siguió unos instantes más, y  de nuevo la noche estrellada, ni rastros de esa polvareda. Fuese lo que fuese lo que había rodeado al tren había desaparecido.
Miró al interior del vagón, los pasajeros dormían. No habían notado nada anormal en ese transcurrir del tren.
Algo que no supo explicar bien le dijo que tenía que salir de ese tren lo antes posible. En la primera estación en que se detuvo el tren tomó su pequeña valija y bajó. Casi al pie de los peldaños vio dos hombres que se aprestaban a subir. "No suban. Este tren esta maldito" les dijo con ojos seguramente desorbitados por el miedo.

No sabe si les hablo en un español que no manejaba bien o en su lengua madre polaca.

La cuestión es que los tipos lo miraron como si fuese un borracho trasnochado y subieron por los mismos peldaños que el tío había pisado segundos antes para sentir la solidez del andén.

El asombro del tío siguió cuando al verse en el espejo de la sala de espera vio su cabellera tiznada de polvillo. Se sacudió pero al quitar la polvareda descubrió sus pelos poblados por canas que no tenía al subir en La Plata.

Lo asombroso -según Kalman- es la flexibilidad demencial con la cual su tío abuelo se adapto a una situación totalmente impensable.

Se quedo un tiempo en Polvaredas, busco trabajo en un campo cercano. Decidió no decir ni palabra de lo ocurrido en ese tren.

Más o menos dos años después de bajar en Polvaredas el tío reencontró a su hermana menor con marido e hijos recién instalados en la Argentina. Hartos de guerras y miserias humanas arribaron a Ensenada, última referencia que tenían por una antigua carta donde el tío les dejaba un domicilio. No esperaban encontrarlo con vida. A ese tío abuelo además de llegarle familia le llovieron lágrimas, abrazos y reproches.

Las lágrimas se secaron con el paso de los meses, los abrazos se aflojaron por costumbre, pero los reproches de su hermana siguieron y hasta se hicieron encarnizados. El tío escuchaba todo sin enojarse ni justificarse.
-¿Por qué no contestaste las cartas? -Papá y mamá murieron sin tener noticia tuya, pensaron que habías muerto o lo que es peor que no te interesaba saber nada de tu familia.

Un día, quizás cansado de visitar a su hermana en la casita de Ensenada para recibir ese clima tenso de reproche hasta en los silencios. De no poder ni sostenerle la mirada. El tío abuelo de Kalman habló. Llevó una valijita de cuero rígido - la misma con la que había subido al tren aquella noche en la terminal de La Plata y la abrió.

Primero puso sobre la mesa un pasaje de tren: que decía La Plata - Mirapampa fechado claramente el 24 de septiembre de 1917.

Ese día fue un Lunes -se extendió en un detalle al que nadie le dio importancia-

Luego puso un ejemplar del diario La Nación sobre la mesa con la misma fecha.
-¡Que me queres decir, le dijo su hermana con una mirada que pasó de ser severa a echar chispas de indignación... que desde que subiste a ese tren decidiste olvidarnos. No contestar cartas o irte a vivir a otro planeta...!

-Estuve viajando adentro de ese tren 30 años. Seguí con mi vida como pude o mejor aún -aclaró-: agradecido de no seguir allí adentro vaya a saber por cuantos siglos más. No le creyeron. Era como decirles que las hojas alguna vez fueron plumas. Que lo trataran como un mentiroso absurdo generó una pelea familiar que duro un tiempo.

Muchos años después Kalman recibió de manos de su tío las únicas pruebas de no haber faltado a la verdad aquel día con su familia. El pasaje del tren y ese diario donde se leía entre las noticias destacadas que el ministro de defensa Elpidio González solicitaba el estado de excepción para enfrentar la huelga ferroviaria de 1917.

La madre de Kalman, sobrina menor del tío, siempre le creyó. El misterio de los 30 años fue algo que Kalman reconoció como fuente iniciática de dos vocaciones: tanto de investigador científico como de escritor vocacional. Si hubiese sido una verdad comprobable  la experiencia del tío merecía un libro similar al de "Física de lo imposible". Si era una mentira urdida para encubrir su desamor o el desapego a su gente era un portal a literatura pura.

En sus indagaciones Kalman encontró unos pocos elementos a favor de la historia tal como la relataba el tío: No había ningún rastro de su permanencia en esas tres décadas previas a establecerse en Polvaredas, de 1917 a 1947 no había nada de nada. A pesar de estar encanecido era inusualmente joven por tener los años que tenía. Los que lo conocieron en esa época posterior a su viaje en tren no le daban no mucho más de 30 y pico de años.

De tanto ir a visitar a su hermana conoció a una muchacha llamada Haydee y se casó. Se los veía felices, se prodigaban en arrumacos con palabras de amor. Después unos meses surgió algo que el tío se había esmerado por negar: había una secuela o una rareza más atribuible a su viaje en el tren. La mujer le decía cariñosamente "mi bichito de luz".  En confianza le dijo a su cuñada que en la intimidad de la noche, cuando se emocionaba o excitaba el tío se encendía como una luciérnaga.

El tío se instalo con su mujer en Ensenada pero cerca del río pues amaba pescar. Hizo amigos raros como él con los cuales compartía noche de pesca con charla hasta amanecer. Ellos le aceptaban su historia, cada tanto, si el tío se emocionaba con algún recuerdo fuerte se encendía e iluminaba como un foquito hacia la lejana oscuridad del río. Sus amigos le decían señor de la luz o el iluminado según la ocasión.

Ya ostensiblemente viejo, hablaba mucho de su infancia en aquel pueblo de Europa central del cual partió antes de llegar a la edad necesaria para ser convocado al servicio militar. Su padre era carpintero pero quería un futuro militar en la familia. Más aun siendo el hijo mayor. Una vez, caminando con su padre por el bosque mientras iban a elegir un roble para hacerlo madera de mueble. Su padre lo obligo a marchar delante de él como lo hacen los soldados. El tío era apenas un muchacho de 14 años que intentó cumplir pero de mala gana. Esa falta de vocación enfureció a su padre que comenzó a patearle los talones cuando no marchaba correctamente llevando la punta del pie bien alto. Así. A pataditas correctoras tuvo que marchar hasta retornar a las afueras del pueblo donde seguramente por vergüenza su padre suspendió la instrucción de marcha para su futuro militar al servicio del imperio.

Desde aquella tarde detestó para siempre a su padre, a los militares, al imperio austrohúngaro. Ese día empezó a gestarse su idea de irse bien lejos donde no hubiera ni imperio ni guerras ni un padre que esperara tener un buen hijo militar en la familia. Así fue. Dos años antes del comienzo de la primera gran guerra dejó una nota "me voy, ya escribiré cuando este establecido"

Según parece trabajo embarcado apenas un año hasta que llego a un puerto argentino. Se radicó.

***

Kalman siguió pensando en lo sucedido con su tío abuelo hasta que él mismo cumplió sus 58 años. Ese día se dijo que ya era el momento para aceptar lo inexplicable en esta historia de su tío.

Era muy pobre como explicación decir que había sucedido una anomalía en el espacio-tiempo. Que su tío abuelo había sido un testigo privilegiado cuya mayor maravilla era haber desplegado una enorme fuerza psíquica para adaptarse, como el mismo decía a "esa gran patada al futuro" que había recibido.

En esos 30 años en el tren evitó enterarse del final de la primera guerra. De la guerra civil española. De la segunda gran guerra. De tremendas e increíbles matanzas. El siglo XX se desplegaba en horrores. Su pueblo natal fue devastado. Hijos y nietos de sus vecinos fueron enviados a campos de exterminio por los nazis.

De última, cuanta gente que vivió realmente día por día todos esos años que el tío abuelo pasó por alto adentro de un tren dirán si les preguntan que todo paso muy rápido. Que  30 años de vida fueron parpadeos.  Unos pocos suspiros. Kalman mismo sintió eso al cumplir sus 58 años cuando decidió abandonar las investigaciones teóricas que había intentado construir obstinada e inútilmente por años. Hasta una vez -ridículamente- llevó un diente de su tío a un científico colega para hacer una prueba con isótopos de estroncio y así rastrear las geografías por donde transcurrió la vida del tío en esas décadas adentro del limbo.


Lo que Kalman pudo comprender daría sus frutos de ahí en más en su escritura. Ejercitar ficción contra lo real que va muy adelante sorprendiendo con su implacable soberanía del acontecimiento.

Le quedó una imagen grabada por otras tantas que irán al olvido.  Era fin de año. Cuando todos estuvieron de acuerdo con el reloj en que indudablemente comenzaba un año nuevo.
El tío -que ya era un ancianito sin dientes- levantó la copa de sidra  y mientras la hacia chocar en el aire con otras copas pidió con su voz por encima de otras voces

“paz y felicidad para el mundo”.




*De Eduardo Francisco Coiro.





-Próximas estaciones de escritura:


JUAN ATUCHA.

–Por Ferrocarril Provincial-


JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.






***

-Por Ferrocarril Midland-



Km 55


ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.









InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
-Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.




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