Wednesday, July 04, 2018

LAS VOCES SE ALEJAN EN EL AIRE HACIA LA NADA…


*Foto: Miguel Crispín Sotomayor.
-Fuente: Foto de perfil Facebook.












COSAS*



Hay un niño jugueteando en mis recuerdos,
que lo alzo, que lo beso, y me sonríe.

Hay mujeres que las miro,
que me miran, y no me ven.

Hay un viejo que camina por mi cuerpo,
que le grito, que lo espanto, y no se va.

Hay un mundo que me quiebra las rodillas,
que me aplasta, y no logra arrodillarme.



*De Miguel Crispín Sotomayor.
-Poeta Cubano. (1948 – 2018)












LAS VOCES SE ALEJAN EN EL AIRE HACIA LA NADA…

-Textos de  Miguel Crispín Sotomayor-.









¿QUIÉN?


“Las voces se alejan en el aire hacia la nada”

Anónimo




¿Quién pedirá?

Por el indio milenario que dormita en las esquinas

y  por el negro que no sabe su apellido.


Por los mineros enterrados en el fondo de las minas

y los labriegos que cultivan las orillas del camino.


Por el obrero que enriquece su miseria.


¿Quién pedirá?


Por la mujer que vende el alma para salvar el cuerpo

y por el niño que cuelga de la falda de la madre.


Por el anciano que muere en un rincón.


¿Quién pedirá?


Por el soldado que asesina a sus hermanos

y el gobierno que le ordena asesinarlos.


Por las bombas que matan en lugar equivocado.


¿Quién pedirá por mí

y las ansias de justicia?



-Del poemario “Las campanas doblan por los vivos” (2013)












BUENO Y ÚTIL




De vez en cuando es bueno tirarse boca arriba a cielo abierto

y descubrir figuras en las nubes. Pronosticar el tiempo:

si el día estará en calma o azotarán tormentas.

Cerrar los ojos

y mirar hacia atrás y mirar adelante.

Lo viejo es la raíz, de lo que es nuevo.

De vez en cuando es bueno mirarse en el espejo

y con honestidad poner al descubierto

virtudes y defectos.

Amar sin los sentidos

amar y amar y amar hasta que duela el pecho.

De vez en cuando es útil pisar fuerte la tierra

y girar la cabeza como en un carrusel.












GLORIA



Entre las cosas que recuerdo con mayor agrado están las vacaciones escolares que disfruté durante la infancia y los primeros años de la adolescencia. Mis meses favoritos coincidían con el final del curso escolar y del año. El resto del tiempo lo pasaba en un mar de fantasías, esperando que llegara el momento en que se cerrara temporalmente la puerta del colegio para irme a la finca de la abuela Alberta, ubicada a menos de un kilómetro del barrio Cuatro Caminos, a dos del pueblito La Prueba y a unos 30 de Santiago de Cuba.

Montar a caballo, cazar, pescar e ir de gira al río y a los arroyos que estaban dentro de la finca; disfrutar del circo ambulante que acudía los domingos a La Prueba, acompañado de un tiovivo; y comer “ayaca”*, frituras de maíz, empanadas y carne de puerco asada, eran fantasías que se convertían en realidad y lo más cercano que yo conocía como paraíso.

Sin embargo, no siempre ese paraíso se comportaba como era de esperar y otra cosas se convertía en el acontecimiento más importante y recordable del período vacacional. En el verano del año 1959 lo fue, sin duda, el regreso de Gloria al caserío Cuatro Caminos.

Una parte de la historia de ella la escuché, en esa época, de boca de los hombres más viejos del lugar y otras las conocí por las quejas y maldiciones de las mujeres que de una manera u otra se vieron involucradas, pero pude presenciar todo cuanto ocurrió el día de su retorno.

Cuentan quienes la tuvieron como vecina, que nunca fue de una belleza tal como para volver loco a ningún hombre, pero su presencia los trastornaba y por algún magnetismo los atraía hacia su entrepierna sin importarles las consecuencias; que casados y solteros la perseguían como hembra en celo dispuesta a recibirlos y que varios de los más jóvenes perdieron la virginidad dentro de ella. Algunos creen que un lunar al lado de la boca, dos labios gruesos que siempre parecían llamar y la fuerza con que sus caderas balanceaban las flores estampadas en su falda, pudieron ser la causa de tantos desatinos. Otros, que dicen haberla conocido íntimamente, aseguran que era el olor y el calor que desprendía su cuerpo. No había brujería ni plegaria ni promesa a santo alguno que apaciguara su cuerpo y llevara la paz a los hogares de Cuatro Caminos.

Había pasado más de un año desde aquella mañana en que no la vieron desde muy temprano barriendo el patio y el pequeño jardín del bohío en que vivía con Seledonio, su padre, y tampoco en el resto del día ni en los  sucesivos.

Su desaparición dio lugar a diversos rumores: “que si se había ido a vivir al Rantel con uno de la familia Carbonell”; “que Seledonio, avergonzado, la tenía encerrada dentro de su finca en un “vara en tierra”*; “que cualquier día aparecería muerta en alguna cañada”. Hubo hasta quienes aseguraron que la noche  anterior había pasado un guardia rural y ella iba montada en las ancas de su “quarter horse”  y otras tantas versiones, con que las mujeres del entorno pensaban haber encontrado la paz y los hombres el desconsuelo. Ninguna cierta.

A las dos semanas de estar ausente, Rosa, la hija mayor del farmacéutico de La Prueba y única amiga que se le conocía, llegó  a Cuatro Caminos agitando una carta por encima de su cabeza  y  gritando a toda voz: “Es de Gloria y está en La Habana”. En poco tiempo todo el vecindario conocía lo que le interesaba de la carta. En ella decía que desde su adolescencia, a cualquier hora del día o de la noche, había tenido un macho encima solo por placer y para complacer, por lo que había decidido irse lejos y sacarle provecho a lo que durante demasiado tiempo había estado dando gratis, y terminaba: “Estoy bien, en uno de los bayú del barrio Colón, haciendo todo el tiempo lo que más me gusta sin que nadie me critique y además, gano dinero.”

El día y la hora en que regresaba se supo por Ñico, un botero que hacía regularmente viajes entre Santiago de Cuba y La Prueba, y el comentario de este fue suficiente para que se decretara el estado de alerta entre los vecinos.

Desde  el momento en que Gloria se bajó del carro en el entronque del camino con la carretera,  empezaron a correr las voces que señalaban el sitio por donde iba pasando: “ Llegó a la curva de los Milanés”, “ Está frente a la casa de Trigilio y Agustina”, “ Se acerca a la entrada de Domínguez”…  y en sentido contrario a ella se iban aproximando vecinas y curiosos a la cerca que separaba la casa de Seledonio del camino, para quien ya nada alteraba su rutina de vestir guayabera blanca, pantalón de caqui  y pasar la mañana  sentado en un taburete junto a la puerta del bohío.

Gloria caminaba despacio, segura y con la vista al frente como si ya conociera de antemano y en nada le importara las habladurías ni la desconfianza de las vecinas, que de inmediato achicarían la soga a sus maridos y alertarían a sus hijos de los daños que provocaban las enfermedades venéreas.  ¿Será descarada? ¿Qué sinvergüenza? dirían éstas, sin la menor tolerancia.

Al llegar a la entrada de la que había sido y volvería a ser su casa se detuvo y  mirando a los congregados removió su falda estampada como para disipar el calor que guardaba e improvisó, en tono profesoral, unas palabras para quienes la “recibían”:

“He vuelto- dijo- los tiempos han cambiado. Las putas, las criadas, los chulos y los ricos están por acabarse y yo estoy muy vieja para empezar otro trabajo o ir a una escuela a estudiar como propone el gobierno”. Y agregó en tono irónico, conciliador o misericordioso: “mis vecinas, no tienen de qué preocuparse.  Lo que hacía cuando estaba aquí ya lo he hecho demasiado y no siempre por mi gusto, por lo que no abriré más ninguna de mis puertas al público. El que no tenga como aliviarse, que se busque una yegua o use sus manos.”  Se volteó, atravesó el jardín, se abrazó a su padre y juntos penetraron en el bohío.

El sorprendente “discurso” enfrió los ánimos de las mujeres que se habían preparado para hacerle la guerra y desmayó el apetito de quienes recordaban y pretendían volver a obtener sus favores sexuales. No hubo aplausos, solo algunos comentarios de aprobación por parte de las mujeres y alguna que otra risita de incredulidad por parte de los hombres. Luego, el grupo se fue disolviendo en silencio y con menos prisa que con la que se había formado.

Pasaron los años y aquélla mujer, que había regresado en una de mis vacaciones de verano, siguió el destino que anunció aquel día. Desde entonces y hasta su muerte, en 1997, nadie pudo censurarle el menor desliz en su conducta, se integró a las actividades sociales de la comunidad y llevó una vida tranquila, en la finca que heredó del padre.

En ninguna casa, en ninguno de los caminos que partían o llegaban a los Cuatro Caminos se volvió a hablar de la “otra” Gloria.




* Ayaca: maíz tierno molino y sazonado, envuelto en hojas de la propia mazorca y hervido.

* Vara en tierra: techo de dos aguas con una pequeña puerta de entrada, que descansa directamente sobre la tierra.













A MI HERMANO, SIMPLEMENTE KINDE.



Negro, sí negro.

sus ancestros llegaron como esclavos.

Los míos en un barco como el Santa María.

Él sin saber sus verdaderos apellidos

ni de dónde habían venido.

Los míos los trajeron los abuelos

de la lejana Galicia.

Pero éramos hermanos.

De sangre, como bien se dice.

De historia, como debe ser.

Mellizos, con sus años de más.

Unidos en el tiempo

y en el camino.

Inteligente, sí,

aunque haya quien diga lo que diga.

Físico, matemático, profesor de una universidad,

atleta de combate, y hasta maestro de yoga.

Llegamos desde Santiago.

Él con su piel negra y yo

con el pellejo más blanco.

Hermanados

tal como el  ying y el yang

y viceversa.

Ahora, casi ahora mismo

se fue  “El Kinde” y me ha dejado doloroso el pecho

y los recuerdos.










DECIR



Yo te podría decir que para ser feliz

ya no me es necesario esto ni aquello.


Esto como tu risa, tu canto,

tu  cabellera suelta al viento

y pasos que sin prisa no dejan de correr.


Aquello como mutuas caricias, el amor hecho,

y el despertar unidos por un beso.



Podría decirte más:

que nunca estás en lo que pienso

o que me gustas más en los recuerdos

que en tu hoy olvidadizo.


Te podría decir, sin sonrojarme:

no te miento.










Mis Temores



Temo a la oscuridad,
a los relámpagos; a las crecidas
de los ríos y de los mares. A los volcanes,
a los terremotos
y a los ciclones.

A que se oculte el Sol
o no salga la Luna, temo.

Tengo además, otros temores:
A la democracia burguesa.
A las guerras de rapiña.
Al terrorismo de Estado.
A los políticos tradicionales.
A los traidores.

¡Es tanto a lo que temo,
que a morir temo de repente un día,  sin ayudar
a enterrar a mis temores!.












BREVE TESTIMONIO GENERACIONAL


A mi generación, muchos ya no están, pero estuvieron.


Yo conocí a un pueblo sembrado de ignorancia
y me fui a combatirla con libretas y lápices.

Conocí los cañones treinta y siete milímetros, las marchas
y los tiros nocturnos tendido sobre el lodo y arriba un temporal.

Y aprendí a distinguir entre estrellas y aviones,
lo que es un hombre rana y qué las noctilucas, a  controlar el miedo.

Conocí los resbalo en empinadas lomas y el café recogido
voltearse del morral en medio de la lluvia  y truenos estomacales.

Las frías madrugadas
y al mediodía el sol derretir el cerebro en un cañaveral.

Yo conocí el hambre con dos mudas de ropa para vivir el día. Y otra para hospital,
velorios y festejos. Los zapatos de yute con suela de madera, “estilo japonés”.

Conocí a luchadores que fueron guerrilleros y luego asesinados
por fuerzas represivas de alguna dictadura.

Conocí la miseria de los negros africanos, la crónica malaria y su tuberculosis,
y a niños disputarles la comida a los perros, en tachos de basura.

Yo conocí, lo que nunca se olvida.











NUNCA MÁS, NUNCA MÁS

“Never more”

-Poema “El cuervo” de  Edgar Allan Poe.




Un totí picotea

el cristal de mi ventana.

Lo conozco.

Se parece a la muerte.

Abro

y le pregunto:

¿Volverá?

¿Volveré a ser feliz?

Alza el vuelo

al tiempo que repite: nunca más, nunca más.

Y se pierde

en una multitud de ángeles y dioses.












RUPTURA

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡yo no sé!
César Vallejo.



Rompo la puerta
que me enmudece
y me olvida.

Rompo la cuerda
el lazo
y la rama que lo sostiene.

Rompo el rayo
que alumbra
cuando apetece.

Rompo la fe
y las imágenes.
Rompo el reloj.









AL HERMANO HAITIANO


A las victimas del terremoto del 2010



Hoy te lloro.
Debí llorar ayer
o llorar siempre.
Nunca te faltó el hambre
ni la muerte.
Paseaste tu miseria
y voltearon el rostro.
No hubo en el Caribe cafetales ni cañaverales
en que tus brazos
no estuvieran.

No hubo riqueza en que tu sudor y tu sangre
no estuvieran.
Y regresaste siempre al fango y el adobe
con tu hambre.
No importaba tu historia libertaria
ni cuanto diste de libertad a otros.
Sobrevivir apenas fue un milagro.
Sobrevivir en un mundo de racismo.
Invadido siempre por el odio.
¿Qué otra cosa podían saquear
que no fuera tu orgullo?
Hoy sangras más que nunca.
El futuro es tu hambre.
Hoy están junto a ti
abeles y caínes.
¡Cuidado hermano!
Los unos son palomas.
Los otros, los conoces,
son los buitres de siempre.









Los pájaros


Para Ana Gabriela y Diego Manuel



Los pájaros son cada día más atrevidos:
no respetan el viento ni fronteras,
se elevan y con miradas indiscretas
escudriñan por rincones y ventanas.
Disfrutan de la brisa del verano,
se cobijan del sol y de la lluvia
y abandonan la patria en el invierno.
Son ladrones de frutas y de granos
y riegan por doquier su blanca excreta.
Animales salvajes y sin alma:
no devuelven nunca los afectos
y tampoco agradecen mi protesta
cuando su vuelo lo interrumpe una escopeta.
La prisión es mordaza, es su muerte.
La libertad es su canto a la alegría.









Nunca debimos



Mañana será un día como otro.
Yo me levantaré casi dormido
y tú
te quejarás de dolores en la espalda,
yo también los tendré y sufriré callado,
¿para qué agregar maldiciones a nuestros huesos?
Simplemente diré: es el colchón,
hace mucho que sus muelles nos soportan.
Y tú responderás igual que ayer:
es verdad, mi amor,
nunca debimos confiar a un colchón
los recuerdos felices
que guardan nuestros cuerpos.









CARRUSEL
 

Estos pájaros
aferrados a la jaula
no quieren  empollar.
Sólo cantan y cantan
las mismas notas.
 
Este tren
que gira y gira
sobre las mismas vías.
Los mismos maquinistas.
 Los mismos pasajeros.
Cotidiano
 hasta el aburrimiento.
 
Este tiempo
que viaja y nunca llega.









Árbol viejo


A mis padres.


Poco a poco se desgaja este árbol viejo
las ramas van cayendo
por el tiempo
la débil savia que llega hasta sus hojas
las raíces podridas por los años
las sacudidas violentas de los vientos
las heridas recibidas por extraños
y los gusanos que carcomen desde adentro.

Se quiebran las ramas más queridas
las que ofrecieron sus mejores sombras
la primavera traerá nuevos retoños
que intentarán alimentar con sombra y frutos
como estas que han sufrido solitarias los otoños
y que vecinas ramas no amortiguan su caída.

Se muere este árbol
se pudre poco a poco
gajo a gajo en que me poso
pronto caerá con él
la enfermiza sombra y ajenos
son los árboles más próximos.







*Miguel Crispín Sotomayor.

Nació en 1948 en Santiago de Cuba. Falleció en La Habana en junio de 2018.

Graduado de Ingeniero Agrónomo en la Universidad de La Habana (1970). Trabajó durante años en el Ministerio de Agricultura, donde ocupó diversos cargos, hasta director nacional. Durante los años 1978-80 cumplió misión internacionalista civil en la República Popular de Mozambique como asesor del Ministerio de la Agricultura.

Hombre sensible. Patriota comprometido con su tiempo ha opinado en publicaciones como “Rebelión” , “Cuba información TV, España; “Apia Virtual” y “Machetearte” de México, “Aporrea”, de Venezuela y otras.

Ha escrito -entre otros- los poemarios: “En la Distancia” (2006), “Fantasmas de Quijote” (2007), “En la redondez del tiempo" (2009), y “Las campanas doblan por los vivos” (2013)

Era un querido amigo de Inventiva Social.







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