Saturday, December 22, 2018

EDICIÓN DICIEMBRE 2018.


*Foto de Verónica Merli.









*


No hay significados ocultos
en la manera en que el mar se hunde en las rocas
tampoco
en el grito del pájaro
o en la piedra que se incrustó en tu dedo
justo en el momento
en que decidiste meterte al mar.
La naturaleza no habla:
sos vos el que se queda ronco
de gritar en las noches
sos vos el que ve
en los visitantes
cada vez a un asaltante nuevo.
Cuando llegaste
quisiste saber el nombre de cada cerro
cada ascenso una conquista
cada mujer la cuenta perdida de un rosario
que nunca consiguió hacer decena.
Pero pensas "dios" y pasa una hilera de gaviotas
recordas "sexo" y vuela súbito un viento que levanta el pelo.
Los significados se erizan
una roca te cae sobre el corazón
si pasas por el cementerio
y casualmente pensabas en tu padre.
Entonces cerra los ojos
contempla el paisaje interno
sin luces
lo que se ofrece es solo esto
la alternancia de luz y sombra
la deslumbrante capa
que dibuja el sol sobre el mar
la roca erosionada por siglos de viento
el caracol que se retuerce
en la mano
el huevo en la orilla.
La interpretación no es más que un anhelo
una invención una posibilidad
lo que rompe la materia del lenguaje
para que reluzca la palabra.



*De  Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com



-Mercedes Álvarez nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, en 1979. Vivió en Mar del Plata hasta los diecinueve años. Entre 1998 y 2006 residió en España, donde se licenció en Sociología por la Universidad Pública de Navarra. Realizó un máster en Gestión Cultural. Publicó los libros Vecinos (Baile del Sol, España, 2010), Historia de un ladrón (Caballo de Troya, España, 2010), Imitación de los pájaros (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2013), Ficciones súbitas (comp., Eds De aquí a la vuelta, Buenos Aires, 2013) y Saigón (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015). En 2013 con el relato Grow a lover ganó el premio Edmundo Valadés de cuento latinoamericano.

-Recientemente presentó su libro de cuentos Grow a lover editado por Pensamientos Literarios (www.pensamientosliterarios.com)














El cuento como biografía*



Historia. Cuentos reunidos

Héctor Manjarrez
Era/ Universidad Autónoma de Sinaloa, 828 pp



*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



Ignoro si, en la academia, Héctor Manjarrez (Ciudad de México 1945) es incluido en la llamada Generación de la Onda. Nacido en 1945 en la Ciudad de México, lo separan pocos años de Gustavo Sainz (1940) y de José Agustín (1944), dos de los escritores más vinculados con aquel movimiento bautizado por Margo Glantz en un ensayo publicado en 1971. La Generación de la Onda, más allá del mote y de su uso, sirvió para representar a un grupo de autores que trataron de romper con la idea prevaleciente de lo literario, apoyados en los movimientos contraculturales de los años 60, el apropiamiento de la estética pop, el registro de los cambios sociales a inicios de la segunda mitad del siglo XX, entre otros elementos.


Los cinco libros de cuentos de Héctor Manjarrez, reunidos por Ediciones Era y publicados en coedición con la Universidad Autónoma de Sinaloa, representan muy bien las búsquedas de La Onda. Desde Acto propiciatorio (1970) hasta Los niños están locos (2016) tenemos, además de la construcción de un estilo en el cuento, la reafirmación de temas y obsesiones. Es interesante comparar la carrera de Manjarrez con la de José Agustín y Gustavo Sainz. Los tres autores se mantuvieron activos durante las décadas que siguieron a los 60. Sin embargo, a pesar de los libros publicados después de los años de esplendor de La Onda, cuando acaparaban todos los reflectores –pensemos en La tumba, De Perfil o Gazapo– queda la impresión de que la mayor parte del grupo trató de responder más a temáticas sociales que a una búsqueda individual. Si las generaciones anteriores tenían como ancla la historia de México algunas obras de los autores nacidos en la década de los 40 evidencian la necesidad de ir al parejo con los cambios cada vez más veloces que ocurrieron en el país en las últimas tres o cuatro décadas del siglo XX. La fórmula era estar actualizados siempre y no dejar que el tiempo convirtiera a los años sesenta –sobre todo su literatura– en una pieza de museo. Se mantuvo, por supuesto, el registro coloquial del lenguaje y cierta experimentación en la estructura de las obras, pero siempre al servicio de la discusión del momento. Esto se ejemplifica en los últimos proyectos de Gustavo Sainz en los que construía la trama a través de correos electrónicos o trataba de reflejar el cambiante mundo de las finanzas en los que cada segundo involucra un cambio y sus repercusiones son a gran escala.


La obra de Héctor Manjarrez, a contracorriente de esta intención, al menos en sus cinco libros de cuentos publicados hasta el momento, no sigue el correr del mundo, sino que se refugia en los años dorados de la niñez y la juventud. Cada uno de los cuentos funcionan como el fragmento de una biografía que se revisita con nostalgia. Por esta razón, además de las historias o los engranajes que las mueven, hay una particular atención a los escenarios: ciudades de Europa del Este, Inglaterra, la Ciudad de México, la provincia mexicana, entre otros. Sin caer en la trampa de leer una obra a través de la biografía del autor, hay una relación evidente entre las vivencias de Manjarrez y sus cuentos. La salida del país –una suerte de autoexilio compartido con otros miembros de su generación–, el desencanto posterior al movimiento estudiantil del 68, la experimentación con las drogas, la búsqueda de una revelación íntima a través del sueño y el encuentro en la naturaleza; al final del camino, el regreso al paisaje de la infancia, son las etapas, el viaje circular, que se pueden entrever en los cuentos reunidos por Ediciones Era. Por esta razón, más allá de una interlocución con el mundo, tenemos una indagación personal que se usa como materia prima para crear personajes e historias.


Quizás si exceptuamos Acto propiciatorio de 1970, los demás libros de cuentos de Manjarrez son escritos con una visión de remembranza, una memoria construida a partir de fragmentos. Si consideramos que el autor estuvo fuera de México entre 1962 y 1971, podemos pensar que salió de un país aún con férreas anclas en un pasado estático, casi monolítico, a uno en plena renovación, bullente, con crisis constantes y herido, a la postre, por los hechos de 1968. Quizás, si entendemos esto, podemos imaginar la labor de la escritura no sólo como el arte de contar una historia sino como el intento de recobrar una biografía y explicar algo que no se vivió a través de lo que se dejó atrás. Tratando de englobar un primer elemento que acerque al lector a los cuentos de Manjarrez, se debe resaltar que las historias no están determinadas por un solo foco. A veces más cerca de la novela corta que del cuento, las situaciones que sortean los personajes no son ejes definitivos sino pretextos para extender la narración y explorar cada uno de sus detalles. Acto propiciatorio, primer libro de cuentos, se puede entender como una búsqueda por romper el cuento tradicional y apostar por elementos anárquicos. “Johnny”, el primer texto, es buen ejemplo de ello. Partiendo de la figura de un cowboy convencional, Johnny Miles que, sin mayor explicación, aparece en la casa de una familia mexicana. Lo particular del cuento no es el acto de magia que tenemos que asumir sino la trama que se desarrolla a partir de ese evento. En lugar de resolver un misterio se muestran las relaciones que se construyen entre los personajes. La prosa, en este primer libro, rehúye la retórica deslumbrante, aunque no explota –como lo hará después– el registro coloquial de sus personajes. Lo relevante, en esta primera etapa, es la voluntad por abarcar grandes espacios temporales en lugar de ceñirse al breve espacio en el que se mueve el cuento tradicional, sujeto a un elemento que detona todo y que provoca un final casi inmediato. “The Queen”, otro de los relatos del volumen, sigue la misma idea: se desarrolla el personaje y sus exploraciones, son en realidad, las que dan forma a la anécdota. También, como a sus compañeros de generación, a Manjarrez le interesa cambiar el punto de vista, intercalar digresiones o narrar escenas que funcionan sólo para establecer un contexto y no porque aporten información significativa al cuento.


En su segundo libro de cuentos, No todos los hombres son románticos, Manjarrez se vuelca a algunos temas y obsesiones que recorrerán sus libros de cuentos y que se asoman en Acto propiciatorio. En primer lugar, está el sexo, pero no como un acto de iluminación espiritual sino como una forma lúdica, en la que se concentra la rebeldía. Si antes de los movimientos contraculturales el sexo era un tabú, ahora es un territorio para explotar. El cuerpo, para los personajes de estos cuentos, es una forma de conocimiento y de transgresión. “Historia” es, en muchas maneras, una especie de biografía sentimental del personaje y, además, un guiño. Manjarrez parte de los Beatles, el París que recorrió y escribió Cortázar, y se mete, de nuevo, en la biografía de un personaje. Como en los cuentos de Julio Ramón Ribeyro, los protagonistas de No todos los hombres son románticos experimentan el cosmopolitismo desde la carencia y apenas entrevén el glamur del turista que viaja a Europa con todos los gastos pagados. Como en su primer libro de cuentos, al autor le interesa más la construcción de un personaje que una anécdota que lo determine. “Política”, uno de los textos más interesantes, es un ajuste de cuentas –visto y sentido a través de Andrés, el protagonista– con los movimientos sociales que empezaron en los años cincuenta y que fueron objeto de la represión gubernamental. Por supuesto, aparece en el recuento octubre del 68, pero la intención del autor no es la denuncia social sino abordar, desde la biografía de una persona, los saldos que arroja la pérdida de una época. Más allá de una crónica puntual, Manjarrez busca –como lo han dicho algunos críticos- las preguntas. Andrés observa la disolución de los ideales y los paradigmas. Los años pasan y el escepticismo gana la batalla. Una de las últimas imágenes del relato, la de un hombre que no se reconoce en el espejo, es una metáfora generacional. Este cuento conmueve, precisamente, porque funciona como una especie de biografía colectiva en la que caben no sólo escritores, sino líderes estudiantiles, jóvenes que acumularon derrotas y que, en algunos casos, se convirtieron en extraños de sí mismos.


Si la biografía entrevista en esta recopilación de cuentos empezó en la Ciudad de México, en un punto anterior a la revolución de los sesenta, para después aterrizar en el exilio europeo, la siguiente parada implica un retorno al país. Anoche dormí en la montaña, publicado en 2013, es un viaje al pasado que se regodea en las experiencias psicodélicas de los años 70 y el movimiento hippie. Atrás quedó la rebelión del cuerpo y del sexo. Es cierto, los personajes aún son determinados por sus pulsiones, pero a diferencia de los anteriores, que apenas piensan en asuntos trascendentales, ahora leemos a hombres y mujeres ensimismados, reflexionando mientras caminan por escenarios que intentan entender. En este libro hay una voluntad por recrear los estados de ánimo que aparecen por el contacto con la naturaleza, el mundo indígena, la línea que divide el sueño de la realidad. Manjarrez usa, de una manera más explícita, los cuentos como los capítulos de una novela. A pesar de los chispazos de humor y la habilidad para la construcción de diálogos, se percibe cierta condescendencia en las narraciones. Llegados a esta etapa, el autor reproduce el formato de relato largo, casi nouvelle, y se abandona a la descripción de ambientes y personajes. En absoluto son cuentos fallidos porque son congruentes con su propuesta. Sin embargo, la fidelidad al mundo que se construye cuento a cuento impide que el autor busque en la atmósfera, entre otros elementos, herramientas para deslumbrar al lector.


Finalmente, en Los niños están locos, libro de cuentos publicado en 2016, Manjarrez parece, finalmente, regresar al punto de origen para decirnos que el mundo de la infancia es su territorio idílico, una zona en la que se mueve con mayor libertad. La solemnidad de Anoche dormí en la montaña se rompe con las aventuras de personajes adolescentes o niños. En este libro, Manjarrez explota la gran capacidad que tiene para recrear a la Ciudad de México. El mejor cuento de esta serie es “Atlante-Necaxa”. La virtud es, por supuesto, la escritura de personajes que, casi de inmediato, se vuelven entrañables. La historia, en apariencia simple, de una bronca en un partido de futbol, deja en evidencia los mecanismos y abusos del gobierno. Al contrario de otros cuentos del autor, la tensión se perfila a través de un sentimiento de amenaza que crece mientras avanza la lectura. Otro cuento futbolístico, “El arquero y lo que le sucedió”, es un estudio detallado de la ciudad y sus costumbres. Partiendo de un prólogo que se antoja demasiado extenso, Manjarrez pone manos a la obra y pinta con detalle autos, avenidas, camiones atestados de gente, edificios y la atmósfera de una ciudad que sólo existe a través de fotografías. El crecimiento de un niño y su iniciación romántica, que recuerda al Carlitos de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, son un colofón de esa revisita al pasado.


Una de las virtudes en los cuentos de Manjarrez es su oído para captar las tonalidades del habla. Es cierto, se regodea en lo coloquial pero nunca deja de ser exacto, no hay descuidos en la prosa. Al igual que autores como Ricardo Garibay, dueños de una buena técnica para captar el lenguaje de la calle, lejos de florituras o artificios vacíos, Manjarrez sabe explotar los diálogos para construir a sus protagonistas. La vocación del autor, en muchas ocasiones, es la de un escenógrafo que hace de sus recreaciones un personaje más de sus cuentos. A veces, la necesidad por contar demasiado, por traer toda la memoria de vuelta, hace que algunas historias pasen por baches o que el leitmotiv aparezca demasiado tarde. Sin embargo, cada uno de los relatos se mantienen vivos en la mente del lector y eso los hace perdurables.


**


*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.











*


La extrañeza de vivir siempre reconcilia. Y cuando una persona y otra se extrañan juntos, se asombran de vivir, aparece una unión que difícilmente se disuelva. El pensamiento se vuelve tensión perpetua. Y hasta los pozos del lenguaje y las incertezas se vuelven vínculos.



*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com











PALOMA NEGRA*


“...tengo miedo de buscarte y encontrarte...”
CHABELA VARGAS



Traigo una paloma negra.
Sangrándome en el pecho.
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.
Aletea. Cae. Garabatea mi inocencia con minúscula. Se levanta.
Evita los abismos de mi carne.
Sabe. No se improvisa el vuelo. Tampoco, hay cumbres imposibles.


Hay un afuera que golpea. Golpea, muy adentro.
Hay mujeres con zodíacos truncados.
Dioses de cenizas. Pórticos cerrados.
Manos con anillos, zurcidoras de azahares.
Vientre madre sandía, mente padre lenteja.
Cleopatra copula en los andamios.
Blanca nieve es supervivencia. No enloquecer, enloqueciendo.
Isadora aun no emprende el vuelo.
El letargo tiene sabor amargo.
La “casa del hornero” está vacía.
Barby vive en un hospicio de 10 pisos.
Tanto mides. Tanto pesas. Tanto vales.
María soledad vende su hambre.
Mitos y mordazas hacen olas.
Un solo hombre. Un solo bote.
Solo cabe una. Arriba o abajo.
Una sola: Eva o Lilith. Lilith o Eva.


Hay un adentro afuera.
Un adentro que se desborda en verde.
Un silencio de máscaras mayas.
Una alborada fecundada en la sed y en la lluvia.
Un hechizo de vuelos de caballos.
Un pájaro en la mano de una rama.
Un pulso de saliva y greda.
Pezones tibios. Sangre leche.
Una niña, un niño, una huella.
Que pronuncia tu nombre y el Nombre de tu nombre.
Un secreto sabor. Un coloquio entre tres.
Un as de bastos, una espada.
Un oro y una copa. Un grial que se derrama.


Traigo amorosas palomas en mis siete mares.
Vuelos. Tenues galopes, entrañables hiedras.
Pero mi madera memoriosa, no es velamen de olvido.
Traigo una paloma negra.
Sangrándome en el pecho.
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@hotmail.com











*



El océano piensa soy infinito

mis olas son abanicos de gotas golpeadas por la luz

hay una nena en la playa jugando con arena

que quiere venir a cabalgarme

le da miedo  y decide montar a las palabras


sé que a veces llaman a eso poemas

la nena esconde la belleza en el baldecito húmedo de arena

y espera



*De Cristina Villanueva libera@arnet.com.ar










...como una gota de agua*



Así de diminuta mi esperanza
así de frágil
vulnerable
líquida
transparente

reflejo de este momento
en la noche que se extiende
por ausencia de sueño.



Todo lo que elijo pensar
se pierde en un saco sin fondo.

El viento me sugiere
escardar los recuerdos

asirme a una imagen
que se parezca a lo que siento.


Elijo esta gota
pequeña
temblorosa

y Vital.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar



















COMIDA PARA LOS ASTRONAUTAS*




*De Irma Verolín. irmaverolin@hotmail.com




Mi padre se enfermó como se enferman los canarios. De golpe y porrazo sus piernas se doblaron y ya no pudo ponerse en pie. Hubo que llevarlo y traerlo, aunque mejor sería decir que tuvimos que arrastrarlo mientras él apretaba las mandíbulas arrugando toda la cara. La contraía en tal forma que daba la impresión de que le hacía una mueca de disgusto al mundo. Le desaparecían los ojos y los dientes postizos se le resbalaban hasta hundirle los pómulos. Sin decir una palabra, nosotros lo agarrábamos de las axilas y lo empujábamos.
Dicen que a su edad cuando alguien se cae ya nunca vuelve a ser el mismo. Y yo creo que él se empeñaba en tratar de ser el mismo para desmentir eso que todos sabíamos y por un motivo fundamental: mi padre confiaba por encima de cualquier cosa en que su persona jamás se traicionaría. Parecerse a lo que siempre fue, más que un acto de lealtad hacia sí mismo, era para él un rasgo de cordura. Lo que cambia, según el turbio criterio de papá, era un descalabro de la vida. Si para mí la vida es como el agua, algo que corre y no tiene forma, algo que no se puede tocar: un sueño, para mi padre era una barra de metal, algo fijo, inmutable, con lo que perfectamente es posible armarse contra cierta clase de adversidad que bien podría ser la muerte. De modo que mi padre había empuñado su vida contra cualquier futuro cambio.
Pero allí estaba, tendido sobre el mundo con las piernas inútiles, siendo llevado y traído de las axilas para que su cara se transformara desfavorablemente ante nuestros ojos asombrados y nuestros brazos cansados de sostener y empujar. Mal que nos pesara, debíamos rendirnos ante la evidencia: la tierra había comenzado a llamarlo y su cuerpo no se resistía. A nosotros nos correspondía luchar contra la fuerza de la tierra para ponerlo en pie o al menos para trasladarlo de un sitio a otro.
Era una tarea demoledora y triste que nos cansaba y entristecía mucho más si contemplábamos la cara de papá hecha un acordeón.
Ya sabemos que una enfermedad comienza por algún sitio y termina en algún otro y que, mientras tanto, hace estragos y que el cuerpo de la gente se deja estragar porque esa es su ley primera. El cuerpo de papá, en este caso, no fue una excepción. A sus piernas muertas, les sobrevino la falta de apetito. Al principio su boca pareció empequeñecerse, pero luego sucedió al revés, se volvió más grande.
- Si alguien no come, se muere- opinó el médico.
Yo pensé que para decir semejante pavada no se necesitaba ser médico. En fin.
Por lo visto era cuestión de sobornar el apetito de papá o seducirle el estómago, como bien dio a entender un pariente lejano. ¿Qué otra cosa quedaba por hacer?
Entonces, de un día para el otro, los cajones de la cocina se abarrotaron de libros con hojas laminadas llenas de ilustraciones gastronómicas, de recetarios hedonistas que recomendaban masticar con fruición y realzar las comidas con espesuras, salsas exóticas y condimentos perfumados. Desgraciadamente papá no comía con los ojos y la sensualidad que mayormente lo había atraído hasta aquel momento había sido muy distinta. A lo mejor, su falta de apetito era más recalcitrante que cualquiera de nuestros operativos de seducción. De manera que hubo que volver al médico luego de la derrota y, encima, con el papá más flaco.
El médico no dijo nada. Le golpeó las piernas con un martillo de juguete y lo miró a los ojos como desafiándolo o desafiando su inapetencia. Después nos miró a nosotros uno por uno y empuñó la lapicera. Sin decir ni media palabra llenó una receta. Debajo de “R/P” trazó unos signos francamente indescifrables y nos extendió el papel con cierto aire de triunfo. No quisimos preguntar nada más, porque claramente pudimos leer: Un tarro por día. Por lo visto la medicina se suministraba en tarros y, a juzgar por la cara de satisfacción con que el médico nos había entregado la receta, debía de ser efectiva.
Arrastramos a papá por el pasillo del consultorio y, al final, la gran bocanada de luz que llegaba desde la calle nos recordó que el mundo era ancho y ajeno y que la fuerza de gravedad no se toma descanso. La cuestión es que el largo tramo que nos separaba del coche se nos hizo larguísimo; aunque papá estuviera más flaco los tramos largos siempre nos extenuaban. Supongo que los días de arrastrarlo y arrastrarlo, al irse sumando, socavaron nuestras fortalezas y buenas predisposiciones. No hay nada que hacerle, a veces el tiempo se pone en contra de nosotros, lamentablemente este era uno de esos casos. Fui a comprar la medicina a la farmacia. Volví con una sensación de dicha gritando que no era un remedio sino una especie de alimento. Así me lo había explicado la farmacéutica. Tenía un nombre pretencioso que sonaba a metal con alguna que otra resonancia futurista.
- Ah, también me dijo la farmacéutica que esta fue la comida de los astronautas cuando viajaron a la luna – agregué.
De repente a papá se le iluminaron los ojos.
Depositamos grandes esperanzas en esos tarritos con inscripciones en inglés.
Venían en varios sabores con etiquetas alegóricas: marrón para chocolate, rosado para frutilla y blanco para vainilla. Papá eligió el blanco y a nosotros nos pareció muy bien, ya que la luna es de ese color y, a aquella altura de los hechos, no podíamos menos que relacionar a los tarritos con el evento más destacado de nuestro siglo: la conquista del satélite terrestre.
Papá bebía el líquido lechoso y espeso con cierta repugnancia. Nosotros lo mirábamos ilusionados y confiados en que ese líquido iba a resbalársele por las piernas hasta llenarlas de vigor. Estábamos prácticamente convencidos de que esos tarritos lo salvarían porque, después de todo, si los astronautas habían logrado poner su pie en la luna realizando la epopeya de vencer la falta de gravedad en ese terreno menos fortachón que la tierra, para sacarnos de la rutina con semejante episodio, eso se debía, sin la menor duda, al contenido de los tarritos. Por el mismo motivo considerábamos que el líquido lechoso iba a apartar a papá de la muerte para atraerlo hacia nosotros y devolverle a sus piernas su propia vida y, de paso, aliviar a la familia de la faena de arrastrarlo de aquí para allá.
Los naturistas no se equivocan cuando dicen que uno es lo que come. Eso creíamos nosotros ferviente y ardorosamente al verlo a mi padre inclinando hacia atrás su cabeza para vaciar los tarritos que sustentaron el prodigio de que el hombre hubiese llegado a la luna. Claro que también, al contemplarlo bebiéndose tarro tras tarro, no podíamos olvidar la información que circuló por el barrio un tiempo después del gran evento: el segundo astronauta que puso su pie sobre la luna se había hecho alcohólico. Nada más ni nada menos, pero no por haber bebido esos tarritos alimenticios sino por un desacuerdo con las leyes inflexibles de este mundo que habitamos. El astronauta había sufrido, allá en la luna, un shock emocional.
Mirábamos a papá bebiéndose su líquido salvador en aquel tiempo blanco que escapaba a la rutina y que todos en casa convinimos en llamar “convalecencia”, sabiendo que no era así, ya que a su edad cualquier convalecencia es por demás dudosa. La vida es frágil, demasiado frágil, acaso laxa, se desparrama tan fácilmente por los costados y se va por la canaleta. La vida es nutritiva, aunque siempre se va.
Llegamos a pensar en hacerle beber muchos tarritos a papá, más de uno por día, para que la fuerza de gravedad se volviera más fortachona bajo sus pies o para que la tierra no lo llamara o para que, al menos, él no escuchara ese llamado. Nosotros pensábamos tantas cosas. Por otra parte que los tarritos vinieran de varios colores era también un motivo de nuestro pensamiento. ¿No eran entonces iguales entre sí o igualmente efectivos? ¿Dependía su posible recuperación de la hora del día en que los bebiera o en la forma de hacerlo? Lo cierto es que nuestras esperanzas, todas nuestras esperanzas, estaban puestas en esos tarritos. Cada vez que abríamos una latita, a mi padre le temblaban las piernas porque él sabía que, para bien o para mal, aquellas latitas propiciaban grandes cambios.
Una sobrina mía tuvo la poco feliz idea de hacer artesanías con los tarros vacíos.
Quiso agujerearlos en la base y ponerles un hilo. Lo consideramos un reverendo sacrilegio. Si bien aquellos tarritos vaciados de vida se habían vuelto inútiles,
representaban lo que eran: el recipiente mismo de la salvación. Nos opusimos a que se desvirtuara su sentido y los guardamos tal cual estaban en un aparador.
Daba pena tirarlos a la basura una vez que papá los bebía. Se me antojaba que eran como naves espaciales vagando por el espacio sin astronauta y sin destino.
Por fin llegó un momento en la vida de papá en que un hecho concordó con los tarritos del líquido lechoso. Fui yo quien lo llevó, hicimos juntos el viaje. Tomamos un taxi en la esquina. Con gran pachorra arrastré a mi padre hacia aquel inmenso hospital. Entramos en una habitación blanca en cuyo centro una cama se introducía en cierto tubo metálico donde angostos discos plateados echaban luces que encandilaban. Como mi padre estaba más sordo que no sé qué y ya no había remedio para eso y como, además, debían darle órdenes por un altoparlante, yo me quedé junto a él. Me pusieron un delantal azul de hule relleno de plomo. Un enfermero me indicó que cuando la voz del parlante dijera: “No respire”, le tapara la nariz a papá, eso era más seguro. Y que cuando escuchara: “Respire con normalidad” se la destapara. Así lo hice mientras los discos de plata giraban alrededor del torso de mi padre que permaneció estático y obediente, ya sea respirando con normalidad o permitiendo que mi mano interrumpiera el camino del aire sin decir ni mu. Enseguida me dolió la espalda por el peso del delantal de hule y por estar agachada con mi cabeza metida también dentro de ese tubo. Le tapaba la nariz y se la destapaba siguiendo las indicaciones de la voz pastosa y rulemánica que surgía cada tanto del parlante. Tapar y destapar la nariz de mi padre. Sí, así lo hice. Él mantuvo los ojos bien abiertos. Como si se muriera atentamente y renaciera adentro de ese tubo que iba a captar el secreto funcionamiento de sus órganos, con la misma fidelidad con que las cámaras de los astronautas habían captado las imágenes de la tierra y del sol, pleno de redondeces indiscutibles y colores tornasolados y distantes.
Cuando salió de aquel tubo, papá se sintió mareado y, a pesar de que lo tomé por las axilas, trastabilló. Daba la impresión de que, de verdad, había regresado de la luna. Por alguna razón un poco ingenua pensé que ahora sí podíamos esperar todo de él. De él y del futuro.
Llevamos a papá al médico con los resultados de aquella exquisitez de estudio medicinal. El médico casi no dijo palabra. Movió constantemente su cabeza dando a entender un “no”, o algo parecido a un “no”.
Dormí mal aquella noche y soñé con el gran tubo en el que había metido a mi padre y con mi voz diciendo que respirara y que no respirara como si yo hubiese sido Dios dando vida y dando muerte. Hasta que, de esa forma inesperada en que suceden las cosas en los sueños, me vi flotando en el aire. También lo vi a mi padre, pero debajo de él estaba la luna, tierna y polvorosa, la gran luna lunar, llena de majestades, a pocos centímetros por debajo de sus pies. Era una luna completamente plateada. Una luna de ésas que usan en el cine, una luna fellinesca y sabía que si hubiese acercado mis manos al piso se hubiera deshecho entre mis dedos. Los pies de papá flotaban sin apoyarse, no porque él no hubiese sido capaz de hacerlo, ya que por algo había bebido y bebido las latitas merecedoras de tanta gloria sino porque estaba enterado de las consecuencias que acarrean tamañas hazañas. De modo que siguió flotando en la blandura de un Universo chato, que amagaba disolverse al menor pestañeo, mientras el espacio infinito y la tierra allá lejos lo convertían en un auténtico astronauta. Claro que no llevaba traje ni casco ni nada. Su cara relajada y sus piernas sueltas en el aire opaco. Y millones de latas vacías sin el alimento con líquido lechoso flotaban graciosamente a su alrededor.
“Es sólo un sueño”, me repetía y traté de despertarme y no pude. Me quedé pensando en lo oscuro que era el cielo abierto, en lo oscuro y lo grande que se veía en realidad, por eso el interior de las latitas vacías relampagueaba y los ojos verdosos de mi padre se parecían a los de pez fuera de su escenario natural. Todo eso pensaba mientras seguía tratando de despertar. Pero no pude. No pude. Vaya a saber cuánto tiempo estuvimos sin que nada pasara. De repente se me cruzó un pensamiento revelador: “¡Este no es mi sueño! Estoy metida en el sueño de papá”.
Al principio no me gustó nada el pensamiento y me puse muy tensa. Menos mal que después recapacité y decidí aflojarme. Hice bien, porque cualquiera en mi lugar hubiera sospechado que aquel iba a ser un sueño muy pero muy largo.



*Del libro “Una luz que encandila”
Formosa- Abril de 2009











Villancikón*



¡Qué buenos somos todos al llegar la navidad!

Parece entonces que ni marzo ni octubre,
ni abril (con su crueldad denunciada por Eliot)
hubieran sucedido. Pareciera
que los asesinatos fueron malentendidos,
las traiciones, descuidos; las mentiras,
un lapsus pasajero, un hecho intrascendente.

Ya no importan entonces los feroces balazos,
ni la sangre vertida por puñales impíos,
ni tantas violaciones vilmente ejecutadas
ni el tiempo cancelado en las agendas rotas
de tantos peregrinos que transitan la vida
ajenos a las bífidas conciencias de los hombres.

¡Qué fácil es entonces meter bajo la alfombra
de las hipocresías las heces cotidianas!
¡Qué fácil olvidar los crímenes que apestan
de norte a sur los mapas desangrados!

¡Bebamos y olvidemos!
¡Que los belenes y árboles de plástico
nos devuelvan (solo por un instante)
ese espíritu puro, esa alegre inocencia!

¡Bebamos y olvidemos!
No dejemos que enturbie nuestra fiesta
el recuerdo de aquellos que padecen
los terribles hachazos del olvido.

Pero al doblar el año nuevo los espejos,
esos insobornables confidentes,
otra vez acusarán con sus reflejos
como afilados dedos delatores,

volverán a brillar las navajas de la envidia
volverán a ser las cosas como siempre
fueron en esta tierra invertebrada:
hijos abandonados, amigos postergados,
ancianos desahuciados, rostros indiferentes...

¡Aparta de mí este cáliz! Padre, no permitas
que mi perdón alcance a los verdugos,
ni a aquellos otros que la mano esconden
después del lanzamiento de las piedras
que lapidan esperanzas de muchachos.

¡Aparta de mí este cáliz! Padre, no permitas
que se olviden los nombres de los muertos.
No me dejes callar aunque los labios
se nieguen al esfuerzo de moverse.

No beberé la sangre de sus venas,
no cobraré monedas irredentas.

No permitas que la memoria me traicione,
que nada borre las iniquidades,
las lágrimas, el miedo, las infamias...



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com









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Las personas que amamos son un lenguaje que no nos pertenece. La utopía es imaginar que es el nuestro.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com








InvenTREN







LO QUE HACEMOS EN LA OBSCURIDAD*




Cuánto Tiempo me digo, mientras espero en el andén. Es la primera vez que subo al tren desde aquello, y todavía es todo inseguridad y temor a no poder, a encontrar obstáculos infranqueables, a caerme.
Cuando se acerca el tren me afirmo en las muletas y no miro a mi alrededor, porque se que todas las disimuladas miradas están en el tutor de metal y plástico negro que llevo atornillado a los huesos de la pierna izquierda. Me dejan pasar primero, un muchacho me ofrece ayuda pero le digo que puedo sola con una sonrisa forzada, con esa terquedad de los débiles.
Me siento primero al lado del pasillo y me arrastro para quedar junto a la ventanilla, golpeándome la cara con una de las muletas. Hago como si no lo hubiese notado, y la gente se acomoda en el vagón. Nadie se sienta a mi lado, hay cierto horror por desfiguraciones, cegueras o muletas.
Espero que estemos en movimiento, me levanto y con extremo cuidado avanzo por los vagones buscando la seguridad del coche cine club, la cálida obscuridad que me permita sustraerme a la curiosidad de las personas que simulan no verme.
Me voy apoyando en los asientos con los codos, camino afirmando la pierna sana, llego por fortuna al vagón cine club. Al ingresar recibo la primera felicidad con el olor conocido a humedad, a polvo y al whisky de Oliver Reed que está fumando aunque supongo que está prohibido. Me siento como antes, ya en mi butaca y en penumbras es como si todo estuviese bien y en su sitio, como si hubiese llegado a algún lado en donde me estuviesen esperando.
En la pantalla hay un documental sobre la vida de cuatro vampiros. Veo cómo se despiertan en la última brizna de la tarde, cómo se reúnen a discutir la asignación de las tareas hogareñas, las salidas nocturnas, cómo los hombres lobo son un grupo opuesto con cual intercambian burlas y amenazas.
Los vampiros son perfectamente reales y posibles mientras la luz del proyector los hace aparecer en la pantalla. Les creo, me encariño con uno, me río de los gestos con los cuales me familiarizo de inmediato y me introducen en una complicidad gozosa. Sonrío todo el tiempo. Qué bueno estar aquí y qué ganas de que vieses la película para después reírnos de nuevo recordando una frase, una situación feliz, esas escenas que son graciosas por ser tan comunes y cotidianas transformadas en mágicas porque los protagonistas son vampiros.
La ilusión de ser un documental real es perfecta. Ya quisiera volver a verlo antes de que termine. No quiero que termine. No quiero despedirme de ellos. Viago, Deacon, Vladislav y Peter ya son personas en mi imaginación y mi memoria. Vivimos juntos en la obscuridad, donde todo puede ocurrir y todo es confuso. Donde no tenemos edad, el cuerpo se disuelve a negro y las voces ocupan los espacios.

Me quedo sentada, por qué si es un film cómico tengo esta extendida tristeza. Por qué.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





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JUAN TRONCONI.

–Por Ferrocarril Provincial-


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ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
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