viernes, julio 08, 2022

EDICIÓN JULIO 2022

 


*Foto de Noelia Ceballos.

https://www.instagram.com/noe_ce_arte/

 

 

 



 

 

 

 

 

Pensamiento afantasmado*

 

 

Y si eso fuera todo,

dirá la mujer del quinqué expulsada por el fuego,

y si eso fuera todo,

lo dirá porque aún no ha tomado en serio su tarea de difunta,

es decir,

de ser inmóvil, de no tener ni siquiera

pensamientos,

y si la nada es lo único que una puede guardar

en eso

llamado

corazón,

y si es eso de lo que no se habla,

o es de la injusticia

que llueve

como lluvia

finita

persistente.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

-Pertenece a su libro "Guernica", Huso, Madrid, 2020

 

 

 







 

 

EL DESPERFECTO*

 

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

  

Un trago. El preludio de una burbuja. Una nota ámbar en la garganta del hombre. La espuma que corona el tarro es sólida en la penumbra. El trago ámbar se retuerce en la garganta y él puede observar, a través del tarro, la deteriorada cristalería del bar. Hace calor y siente que invoca –cada vez que se enjuga la frente con el dorso de la mano– parvadas de ratas, insectos que, seguramente, pululan en los mosaicos del piso y que le hacen pensar en uñas sucias, calambres, bestias ciegas.

El bar está despoblado. El dueño del negocio, de manos lánguidas, ojos que fatigan el rostro, mira la calle. Parece un dios a punto de perderlo todo. Un reloj de manecillas, medio anclado en una pared, marca las once de la noche. El hombre evalúa si debe pedir otra cerveza y esperar a que el calor disminuya un poco. Quizás una nueva serie de tragos pueda estrechar el ancho caudal del insomnio. Porque apenas puede dormir y, cuando lo hace, siente que se interna en una planicie llena de pastos secos, repleta de árboles incendiados. Siempre despierta con dolor de huesos. Se asoma por la ventana y, cubierto apenas por unos calzoncillos, otea el horizonte desde su departamento en el noveno piso. La ciudad ruge, maloliente, a la distancia. Los edificios parecen pasados a fuego lento. En las noches vuelve a la ventana y puede ver cómo las nubes se congregan y se quedan inmóviles, cambiando de forma, boqueando como peces saturados de aire. Y a pesar de las nubes, de sus formas oscuras derramadas en la noche, no llueve. Parece que nunca va a llover. “Una sequía como no se ha visto en muchos años”, dicen los conductores en el radio.

–Deme la cuenta, por favor.

El dueño se acerca a la única mesa habitada del bar. Mira a su único cliente y le deja la cuenta garabateada en un papel. El hombre le extiende un billete y un par de monedas. Cuando el dueño regresa a su lugar original, a un lado de la ventana, el hombre comprende que desde hace una hora ambos han estado solos, metidos en una especie de duelo silencioso que involucra a las sillas vacías, el extravío de las servilletas y el refrigerador que parece un animal recluido en una esquina, lanzando destellos a la amplia llanura del bar. Comprende también que, en ese instante, el dueño empieza a sentir por completo su soledad. Por eso la lentitud de sus movimientos. Por eso la mansedumbre al contar las monedas que deposita, tintineantes y rabiosas, al fondo de un cajón. El hombre saldrá a las calles mientras el dueño hace el corte de caja y la soledad será alimentada por la esperanza de un nuevo cliente que llegará, como casi todos, resoplando, con la boca seca, falto de fe, como los hombres que vagan después de que su aldea ha sido devastada por los bárbaros. El letrero neón del bar hierve en la oscuridad. El dueño aumenta el volumen del radio. Los rodea una canción. Una voz de mujer hace malabares entre los acordes, dedica frases felices a los apaleados por el amor. El hombre no puede estar un segundo más ahí, así que da las gracias y sale del bar. Se escucha la sirena de una ambulancia. La ciudad sigue ardiendo pero, de forma inexplicable, no colapsa.

Los autos van veloces por la avenida. El hombre observa las cortinas cerradas de varias tiendas. Camina con la mente en blanco. Al fin, llega a su edificio, se interna por el pasillo principal y pulsa el botón rojo del elevador. En el espacio cerrado mira su reflejo en el metal de las puertas. Comienza el ascenso. El calor, ahora, es un pulso constante que se adhiere a sus brazos y a su nuca. Imagina quedarse ahí, atrapado, mientras el aire caliente le desbarata los pulmones. El bochorno es un animal enorme que trepa por su garganta, se introduce por sus oídos, respira dentro de sus fosas nasales, se apodera del ligero temblor de sus manos. Llega al noveno piso. La puerta del elevador se abre y observa, a su izquierda, casi como un regalo de bienvenida, la inerme silueta de una cucaracha muerta. Saca las llaves de su bolsillo derecho y da unos pasos hasta su departamento. Cuando gira la cerradura recibe, en pleno rostro, una bocanada caliente. Prende la luz de la pequeña sala y respinga cuando escucha una voz de mujer que sale de la cocina:

–¿Ya llegaste?

Se pone a la defensiva. Piensa que se ha equivocado de departamento, sin embargo ahí están los dos sillones que pagó a plazos, una novela policial que estaba a punto de terminar y que languidece en la mesa de centro. La pregunta sigue resonando en sus oídos mientras mira la repisa, regalo de su madre, que sostiene una maceta vacía. Entonces piensa en un robo disfrazado de un inocente equívoco, en una trampa elaborada y discreta. Trata de encontrar algún objeto que le sirva de arma, pero la dueña de la voz sale de la cocina y enfila a la sala. La mujer tiene unos sesenta años. El foco de la estancia le ilumina la mitad del rostro. Está vestida con una falda larga, con pliegues, y una blusa con encaje en las mangas. Parece sacada de un viejo catálogo de modas. Lo mira como ave deslumbrada. Él tiene la sensación de pólvora en los ojos. Hay un poco de misericordia en la expresión de la mujer, como si lo perdonara de antemano, como si las explicaciones o excusas fueran sólo parte de un complicado cortejo. Por eso se queda, a unos pasos de él, quizás esperando la iniciativa de un beso, una caricia en la mejilla. Como no llegan, adelanta un poco el torso y le dice, piadosa:

–Llegas tarde.

–Es mi departamento, señora.

Ella no hace caso a la afirmación y sube la mano derecha hasta anclarla en la cadera. El gesto es suficiente para que la luz ilumine los zapatos blancos, de tacón bajo, parecidos a los que usan las enfermeras. El hombre se siente ridículo mientras ella se afirma en sus senos pequeños, en el grosor venenoso de los labios. Todo el rostro, en realidad, tiene un sutil hábito de permanencia.

–Este es mi departamento, señora. ¿Cómo se llama?

Se arrepiente de haber hecho la pregunta porque será un nuevo anzuelo, una invitación que aumentará la intimidad. Ella mueve la cabeza: es la dulce abuela que niega una pregunta hecha a destiempo, la dama fatal que rechaza una curiosidad inadecuada porque nombrar algo, en ese triste lugar, es imposible.

–Ayer se fue la luz y estuvimos sudando toda la noche, a oscuras, mirando el ventilador detenido. Para colmo se acabó el agua y tuviste que ir por un garrafón. Es un fastidio. ¿Cuándo lloverá? –parlotea ella. El hombre intenta recordar en dónde estuvo la noche anterior, pero no puede. Quizás en el bar o en algún café que visita para no estar en casa, para huir de la soledad, del silencio que crece como un árbol cuyas ramas apuntan a ninguna parte.

–¿Quieres una limonada? – dice ella mientras regresa a la cocina. 

El hombre no puede elaborar una respuesta y deja pasar, impotente, los segundos. Se escucha el sonido del agua escapando por la coladera del fregadero. Imagina las manos explorando con fingida familiaridad los trastos y yendo al encuentro del apagador arriba de la estufa. La mujer regresa a la sala empuñando dos vasos repletos de hielos. Se sienta en uno de los sillones y deja su carga en la mesa de centro.

El hombre se sienta en el otro sillón, frente a la mujer. El terciopelo de los muebles, envejecido pero aún solemne, oficia el encuentro. Los vasos sudan su fiebre junto a la novela policial. Un pequeño charco se forma en la mesa de centro. El calor asciende desde el piso y le escuece los ojos. Ella parece a gusto en la atmósfera turbia y descifra, con su cuerpo sereno, el frío que empaña las paredes de su vaso, el desconcierto del hombre que la mira como un bicho raro.

“Tendré que llamar a la policía”, piensa él para no mirarla, para no suponer que el verano lo está volviendo loco. “Llamaré al teléfono de emergencia”, se insiste. Sin embargo, de cuando en cuando, vuelve al cabello de ella, a las madejas lustrosas entrelazadas con esmero, el broche de concha nácar, las arrugas junto a los párpados mal disimuladas por el maquillaje. La sombra de la mujer, escasa en la noche, proyectada desde la altura de su cabeza, hurga sin violencia las cosas que la rodean: unos zapatos que no alcanzaron a llegar a su lugar, un cojín abandonado en el piso, un recuerdo de Acapulco en el que un barquito se bambolea en un mar prístino, turquesa. La mujer sostiene su vaso con la mano derecha y hace un brindis:

–Por una Navidad más juntos –dice con la locura bordeando cada una de sus palabras.

“Navidad con este calor, en pleno junio”, refunfuña él sin importar que lo escuche. Sin embargo, sin saber muy bien por qué, levanta su vaso y le da un sorbo. El sabor amargo le llena la lengua. Imagina que así debe saber la boca de ella.

–Ya compré una guirnalda y un juego de luces. Mañana compramos el árbol, hay algunos en oferta –continúa ella.

En un rincón, junto a una cajonera, puede ver un empaque con una serie de luces y una larga guirnalda de plástico decorada con brillantina. Le molesta imaginar su ventana llena de destellos multicolores. Le molestan, quizás más, las esperanzas de la gente. Tiene la convicción de que los buenos deseos vienen acompañados de violentas costumbres.

–Feliz Navidad, amor –dice ella y acerca un poco el cuerpo hasta dejar las nalgas en la orilla del sillón. Las piernas sostienen esa figura que parece caer en un abismo. Ella, consciente del peligro, usándolo como último pretexto, se levanta y se acerca al hombre. Él echa atrás los hombros. Siente que el filo de sus clavículas, perceptibles bajo la blusa, explora el silencio del cuarto, que la orilla de sus caderas avanza a un ritmo diferente al del resto del cuerpo. Es como un sueño superpuesto a otro sueño y, por eso, los movimientos de su cuerpo, a pesar de ser meticulosos, no coinciden plenamente. Macerada por el calor, parpadea con agilidad, como si su mente luchara por ordenar varias ideas que surgen al mismo tiempo. Quizá los veloces parpadeos tienen como propósito prevenir cualquier ataque, fingir que está fresca, fuera de la órbita calurosa, dispuesta a lanzar palabras exactas que rebatan cualquier argumento. Pero al mismo tiempo el hombre detecta una debilidad: la lenta respiración que disminuye, hasta donde es posible, los daños del aire caliente. Ella cree que cada incendio en el aire la envejece. Y a pesar de eso la siente más verdadera, firme en sus piernas de venas abultadas, sustentada su presencia en los zapatos blancos, en las madejas de cabello cubriéndole las orejas y dejando en libertad el fulgor dorado de un par de aretes.

–Dime, amor: ¿desde cuándo vivimos aquí? –dice el hombre mientras se levanta del sillón, dispuesto a continuar la broma, mantener la distancia y ocultar, al mismo tiempo, el desconcierto. Quiere comprobar hasta dónde puede llevar a la mujer sin alzar la voz, amenazarla o emplear violencia.

Ella sonríe. Su respiración se acelera y su boca, avariciosa, deja en libertad una hilera de dientes blancos. Hay una mirada de triunfo, una revancha miserable porque quizás sabe que está ganando la impostura, que su fabricación inútil al fin da resultado. La soledad del departamento, la de un río muerto desde lo más profundo de su cauce, es su aliada.

–Desde hace muchos años. Cuando abandonaste tu trabajo en la fábrica. ¿Recuerdas? –responde animosa–. Ahora pasamos más tiempo juntos. La mujer le acaricia las manos. El hombre siente el pulso rocoso de sus venas, las brasas de su respiración que no se agotan sino que se renuevan en el aire tibio que los rodea, en un cariño casi infantil que escapa, poco a poco, en gestos breves, en el paulatino enrojecimiento de las mejillas. El hombre trata de imaginar su vida en pareja, pero no hay imágenes que acudan a su mente. Quizás están atoradas en el sopor del verano o en los gestos de la mujer que utiliza el dedo índice de la mano derecha para escarbarse los dientes.

El hombre husmea con impaciencia a su alrededor. Casi puede oler la piel de la mujer, la esterilidad de su vientre, el tinte rojizo que no puede derrotar por completo las numerosas canas. Hay en ella, en el aura que la rodea, una mezcla de frutas pasadas por el tiempo, de agua acumulada en el fregadero, insectos tostándose en el lento sol, desintegrándose hasta volverse polvo que flota y que se mete bajo los muebles, en los contactos eléctricos, en la pátina opaca que recubre las cortinas.

Ante la avanzada, el hombre va en reversa hacia la puerta y la mujer se acerca hasta acorralarlo. En ese momento, cuando intenta pensar en una nueva estrategia para echarla, poner distancia de por medio, se va la electricidad. El departamento naufraga en un limo que apaga las siluetas de los muebles. El bochorno, por un momento, parece hundirse pero sus latidos siguen y el hombre comprende que el calor tiene su propia luz y que necesita del anonimato de una habitación oscura para extenderse. El foco de la sala retiene una brizna de resplandor que se evapora lentamente. Lo único que queda vivo, entre los dos, es la ambición de ella, los ruidos íntimos de la ciudad que transcurren, indiferentes, a la escena.

–Otra vez, te lo dije –le reprocha, la amorosa.

El hombre bucea en la luz amarillenta de la ciudad que se mete en el departamento. Los vasos, su vida vertical, luchan por contener su deshielo. Él parpadea, animoso, como si ese acto fuera suficiente para fundir a la mujer con la oscuridad, desgastar su voz, dispersar el calor de su aliento en el aire que entra a cuentagotas por la ventana. La tiene que fragmentar, sacarla de foco, vulnerarla. Sin embargo, opta por lo más fácil:

–Voy a revisar los fusibles. Quizás pueda hacer algo –le dice a la mujer.

Ella, coqueta, le guiña el ojo derecho.

–Muy bien, amor. Te estaré esperando.

El hombre sale del departamento. Una lenta nausea perdura en su garganta. Se queda mirando la puerta blanca y el número 6. Es su departamento y no lo es. Hay luces prendidas en el pasillo, señal de que el apagón no afecta a todo el edificio.

Entra al elevador. Se siente un poco mareado. La luz que desciende de la lámpara rectangular tensa los hilos del vértigo. Los números rojos indican que se acerca a la planta baja. Sale del elevador y camina por el largo pasillo que da a la puerta principal y a la calle. Una ventana rectangular filtra la luz amarilla de los postes. En la orilla derecha del pasillo hay un montón de cucarachas muertas. Salen en borbotones por las coladeras, huyendo del calor, y mueren, casi de inmediato, entre frenéticos movimientos, extrañando los frutos secretos de las cañerías. El sudor se acumula en su frente.

Mientras encuentra el medidor y su registro piensa que tiene que juntar fuerzas, recobrar la determinación y volver al departamento para echar a la mujer. Es mejor no hablar a la policía. La llevará en brazos a la puerta principal del edificio y la dejará en la banqueta. Sonríe pensando en su maldad imaginaria. Se siente satisfecho porque, al fin, después de tantos meses de divagaciones sin rumbo, de ideas atolondradas que no van a ningún lado, hará algo definitivo. La dejará en la banqueta como un objeto, como un mueble que estorba y que sólo puede esperar, paciente, medio derruido, al camión de la basura. Abre el registro y, después de bajar la palanca, comprueba que las tiras metálicas de los fusibles están quemadas. Encuentra en un rincón algunas tiras de repuesto. Saca un par de una caja mientras piensa que será incómodo luchar con ella a oscuras, perseguirla por la sala como si fuera una niña. La luz del pasillo ilumina decenas de cartas amontonadas. Los vecinos las ignoran hasta que se despedazan y alguien, harto de la situación, las lleva a la basura. El hombre, después del cambio, empuja la palanca hacia arriba y escucha un leve chasquido. La luz, seguramente, regresó a su departamento. Antes de volver piensa que es buena idea ir a la calle por un poco de aire fresco y comprobar si tuvo éxito su reparación. La avenida sigue saturada de autos. Algunos transeúntes caminan en la acera de enfrente. En efecto, hay un resplandor en su ventana. Casi puede ver la sombra encorvada de ella. La imagina esculcando entre sus libros, evaluando fotografías, mirándose en el espejo de su recámara, acomodando algún mechón perdido con el filo opaco de sus uñas. Luego, seguramente, cuando escuche el transitar del elevador y el tintineo que suena cuando las puertas se abren, dejará en libertad una risa grotesca, una risa aguda que calentará más el departamento hasta hacer sudar las ventanas.

El hombre regresa al edificio. Siente aún, en el dorso de las manos, el recuerdo de las uñas cuidadas, de incierto color carmín. Pulsa el botón del elevador pero las puertas aún no abren. Quizás, una vez resuelto el problema de la luz, ella habrá desaparecido y sólo podrá comprobar, con desazón, con un poco de asco, las huellas de un cuerpo femenino en su cama, porque para la mujer habrá sido natural llevar más lejos la seducción, aprovecharse de su soledad y atraerlo a su sexo, a su vientre agrio, a sus piernas blandas abriéndose paso en la oscuridad, llevándolo a un punto sin retorno, para después burlarse de él y reclamarle que no ha podido dominar su desesperación, que le ha hecho el amor a una vieja. Las puertas del elevador tardan en abrir. Apenas corre el aire en el interior del edificio. Los escalones, los pasillos, las lámparas, parecen las entrañas de un animal agobiado por el sopor. Piensa en varios escenarios. El primero: aceptar la intromisión de la mujer como algo natural, un accidente extravagante pero posible. Su mayor temor es que, con el acicate del calor, la mezcla de soledad y desesperanza, le seguirá el juego hasta poseerla. Penetrará el cuerpo dulzón. Penetrará su sexo como el invasor que se solaza en una plaza desguarnecida. Quizás un dedo resucite el vigor perdido de los pechos y, ya entrado en materia, buscará, en medio del creciente bochorno, el frescor de su garganta, el temblor de los párpados que se volverán jóvenes y ya no habrá espacio para la impostura, tampoco para el disfraz de las palabras ni para las emociones. Le hará el amor minucioso, con movimientos mecánicos, mientras el ventilador ronronea. Más tarde, mientras ella duerma, explorará desde la distancia su cuerpo, mirará su nuca, escuchará si, en lo profundo del sueño, emite ronquidos. En la mañana irá por fruta y cereal para el desayuno. La atenderá como si quisiera reconstruir los restos imaginarios de una relación, como si recolectara, paciente, los despojos que deja el odio. Lavará la cafetera que no usa para servirle una taza y, mientras lo hace, le platicará de sus teorías sobre la falta de lluvia, los sueños en los que el calor aumenta tanto que el aire seca los cuerpos de la gente y la ciudad es poblada por siluetas inmóviles, endurecidas. Después la escuchará darse una ducha; se pondrá muy cerca de la puerta del baño para saber si canta alguna canción, si hay alguna señal de que se frota los pechos, el ombligo, las axilas; si hace algún esfuerzo para tallar sus pies o si encuentra las toallas en el primer intento.

Al fin, el elevador se abre. Inicia el ascenso. Su reflejo en las puertas metálicas es el de un hombre cansado. Piensa que otra opción es abandonar el departamento y buscarse una nueva vida. Quizás ella sea la señal de que necesita un cambio urgente y por eso necesita migrar a otra ciudad. Ella se quedará ahí, sustituyéndolo, viviendo lo que le debería corresponder a él: un lento purgatorio, una aburrición convertida en largas caminatas por las calles, horas en los bares, en cafeterías, en las bancas del parque, para demorar, hasta donde es posible, la llegada al departamento. Entonces, una noche de verano, después de muchos años, la mujer regresará al edificio y lo encontrará ahí, metido en la cocina, como un completo extraño que le preguntará la razón de su tardanza, le deseará feliz Navidad mientras le ofrece una limonada para menguar el calor y reanudar el encuentro interrumpido en una lejana noche, caldeada en la memoria.

El hombre se divierte con estas ideas. Está a punto de llegar al noveno piso. Unos segundos más y estará frente a su puerta. El elevador se detiene después de una leve sacudida. Se va la electricidad. Hay una pequeña luz de emergencia que apenas taladra su entorno inmediato. El hombre maldice su suerte. Ahora es todo el edificio. Tendrá que esperar a que algún vecino baje y arregle el desperfecto. Ya lo han hecho antes aunque a veces tardan mucho. Quizás, al cambiar sus fusibles, alteró sin querer otra caja de registro. Es posible que haya sido una coincidencia y que una sobrecarga, producida por decenas de ventiladores y sistemas de aire acondicionado funcionando al mismo tiempo, haya colapsado los circuitos. El calor aumenta en el espacio y ciega sus pensamientos. La luz de emergencia ilumina el cuadrado estrecho del elevador. El hombre siente que es un pez cocinándose lentamente. Se quita la camisa y la deja en una esquina. Se afloja el cinturón. Mira, con aprensión, el cadáver de una cucaracha. Es marrón claro y tiene medio desechas las alas. Cuando llegó a la ciudad le dijeron que pululaban en todas partes. Algunas alcanzan a volar, pero el calor entorpece su vuelo, lo vuelve un elemento absurdo, desequilibrado, que finalmente las derrota. Entonces quedan vulnerables al primer pisotón, a cualquier accidente. Trata de empujar a la cucaracha lo más lejos que puede; con la punta del zapato la deja en el carril por donde corren las puertas del elevador. Ahí, una vez que vuelva la luz, el bicho será despedazado, convertido en un amasijo irreconocible en el que el marrón se confundirá con otros colores.

La oscuridad del elevador parece un vientre materno veteado por leves franjas de luz, parece el inicio de los tiempos cuando el aliento oscuro de la tierra llegaba hasta la atmósfera e impedía el paso del sol. La temperatura, por lo tanto, disminuía. Le gusta pensar en eso para no llegar a la imagen de la mujer. Se acerca a la puerta y trata de meter los dedos en la intersección de las dos hojas metálicas. Tiene que medir sus movimientos pues demasiado esfuerzo puede agotarlo, quitar la humedad que aún retiene su cuerpo. Tiene la loca idea de que, si logra abrir el elevador, estará frente a un abismo. Se quita los pantalones y los zapatos. En calzoncillos, sudoroso, sigue intentando. Si las puertas se abren se dejará caer y, en el trayecto hacia la nada, el calor se desprenderá de él, capa por capa, hasta dejarlo en una superficie sin temperatura, sin tiempo, en donde la soledad es una frontera y no hay bares habitados por hombres que cuentan hasta la locura cada una de las burbujas aglomeradas que van y vienen en sus vasos de cerveza. Esta idea lo reconforta, se sienta en una de las esquinas del elevador mientras el cadáver de la cucaracha sigue indiferente a su suerte. Entonces comienza a escuchar un ruido diminuto. No es un mecanismo del elevador, tampoco los pasos de alguien del otro lado, tratando de rescatarlo. Se acerca hasta tocar con la mejilla derecha el frío metálico de la puerta. A unos centímetros descansa la macilenta cucaracha. Mira sus alas desparpajadas que alguna vez, quizás no hace mucho, garabatearon un vuelo. El sonido sigue y distingue un golpeteo. Como diminutos pasos bajando, a distintos ritmos, las escaleras. Como alfileres cayendo del cielo o miles de manos sembrando semillas frescas. Piensa en la mujer y le dedica unos segundos de odio. La odia amorosamente, con el rencor de quien sirve, en silencio, unas gotas de vino rancio. Entonces tiene una revelación. Arrima el torso a las puertas del elevador. El sudor comienza a menguar. Hay una tregua con el esfuerzo. El sofoco que lo inunda cede cuando escucha, sin ninguna duda, el sonido de la lluvia abatiéndose sobre las calles. Cierra los ojos y piensa que la lluvia durará para siempre, que los edificios sucumbirán a su embate y que el nivel del agua subirá hasta que la ciudad desaparezca por completo.

 

 

*Fuente: LA TEMPESTAD

https://www.latempestad.mx/el-desperfecto-alejandro-badillo/

 

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo).

Recientemente ha publicado:

 “La Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El piano bajo la lluvia*

 

 

Cuando el pianista terminó la ejecución de la sonata

el público de pie aplaudió a rabiar

extasiado por esa música de ensueño.

El mundo es extraño me dije

y sin saber por qué, pensé que las personas

no siempre sabemos quiénes somos

sino hasta que es tarde. A veces, demasiado tarde.

En el mismo instante

en que concluye mi pensamiento comenzó a llover

con intensidad

solo queda el piano mojándose

ni pianista ni público ni nada

como si esto nunca hubiese sucedido

o solo hubiera ocurrido en mi mente.

Mientras miro esta imagen desolada

se desliza hasta mis pies

mojada, doblada y casi destruida

una partitura para piano y diluvio.

 

*De Andrés Bohoslavsky. vladimirbeat@yahoo.com.ar

- "Medianoche en la plaza de los sueños" Editorial Leviatán 2021

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA BUENA TIERRA*

 

*Por Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

  

Su familia está obsoleta, la filosofía que la guía ha caducado hace setenta años, eso los ha hecho a todos ustedes genéticamente recesivos, por eso engendran hombres inútiles, que devienen diplomáticos afeminados o artistas esquizoides; y mujeres como usted o su madre, que no registran los cambios de los tiempos y pretenden seguir viviendo en una nube; su familia, señorita, todavía no acaba de entender el caudillismo mágico que ustedes generaron, uso la palabra entender como una metáfora de aceptar, y el país ya está en el nacional populismo, éste que ama el capital.

Exacto, darwinismo puro, usted lo ha dicho. De eso se trata. Es Darwin, no Freud, el gurú de estos tiempos. La sobrevivencia del más apto.

No se equivoque, no es la tierra, tener la tierra en estos tiempos es baladí, casi ingenuo; es más, se expone uno demasiado a la voracidad fiscal teniendo tierra a su nombre. Por ejemplo, la sociedad con mis hijos la presido yo, pero las decisiones las toman ellos, y ellos, cuando me ven comprar tierra, piensan en el geriátrico, tengo que hacerlo por mi cuenta y casi a escondidas. Mis hijos observan el contento que me embarga con la escritura de otro campo de su familia y me miran como si fuera un poeta del siglo diecinueve. Ellos no saben, y tal vez a mí me alegra que no sepan, por qué me hace tan feliz tener la tierra de los Paz Acevedo.

Es que lo que cuentan hoy son las máquinas, un buen tándem de siembra directa, sembradoras, fumigadoras, cosechadoras y tolvas; en realidad, unos cuantos, porque también es importante la velocidad, ya que con un lote de veinte o treinta sembradoras se termina con un campo en el día; ni siquiera silos hacen falta, ahora, con las bolsas, uno vende cuando le conviene, muy pronto, ser propietario, será estar a merced de otros que entendieron mejor el juego, casi tan triste como antes arrendar.

Claro que nada impide ser propietario y comprar máquinas, pero hay que estar atento y comprometido para eso, si no, es antieconómico; a las máquinas hay que amortizarlas para poder renovarlas y estar actualizado, eso implica un nervio depredador que las generaciones de su familia, a la que usted y su madre pertenecen, ya han perdido; porque, ahora, con la soja, tierra es lo que sobra. Ahora, señorita, hay tierra disponible en provincias que antes eran inviables, y, si el gobierno se pone denso con los impuestos, hay tierra en Uruguay, el Uruguay que siempre está, en Paraguay o en la medialuna de Bolivia, hasta en Brasil hay tierra, claro, si uno tiene la capacidad de fuego suficiente, porque Brasil es Brasil.

Le explico, ahora hay satélites que obtienen información del clima, el resultado de ese sondeo se carga en una base de datos, y, en base a esos datos, los pooles de siembra van con un ingeniero agrónomo, mis hijos son ingenieros, le toman una muestra de tierra, calculan el costo y el rinde, y ofrecen un valor promedio de arrendamiento; el dueño de la tierra ya tiene poco margen para decidir: información y tecnología, ésa es la llave del éxito.

Los terratenientes como su familia son una especie en extinción ya obsoleta. Sí, claro, yo también; pero para mí, tiene valor sólo la tierra de los suyos. En todo caso, yo, soy anacrónico, es que mis abuelos y mis padres agonizaron sobre esos campos, siempre al borde de la supervivencia. No recuerdo bien ¿cómo nos llamaba su abuelo?, sí, el que fue ministro del presidente de facto Agustín P. Justo, el último con agallas en su familia, si, ya recuerdo: Chusma ultramarina. Eso éramos: la chusma ultramarina.

Su madre tiene mi edad ¿lo sabía?, cuando íbamos a pagar el arriendo y quedábamos desnudos ante su padre, con los bolsillos dados vuelta, ella andaba merodeando y se reía. Recuerdo que su madre se reía de mi ropa y se tapaba la nariz porque olíamos como huelen los que trabajan de sol a sol; vea señorita, éramos limpios, no vaya a creer, sobre todo para ir a ver a su familia; pero cuando sudar es un hábito, el sudor es un olor omnipresente, se impregna en la ropa, en el calzado, en la piel; claro que está la comida también, la comida de los gringos favorece la transpiración, mucho ajo, mucha cebolla, mucha verdura y pimienta; y el vino, es verdad, el que está todo el día sobre el surco, si no toma vino, se derrumba.

Yo no la sujeto allí, no se equivoque, a su madre la tienen presa en esa casa las deudas de su tío, el embajador; después de la muerte de ese inconsciente, en el cual la familia había puesto tantas esperanzas, todos los deudores cayeron sobre ella. Yo ya le he comprado la tierra y la casa, pero con eso no le alcanza a su madre para pagar las deudas, corre el riesgo de ir presa, usted sabe. Yo le he ofrecido diez mil dólares por mes, siempre y cuando ella viva en esa casa, eso es lo que le hubiera rendido el pedazo de estancia que le quedaba; y es lo que actualmente le permite pagar las deudas y sobrevivir con ciertas estrecheces, no lo niego; pero usted no sabe cómo desarrollan la imaginación las privaciones.

Usted estudiaba filosofía, ¿verdad? Sí, lo admito, he seguido con interés el devenir de su familia. Cuando usted se fue a Buenos Aires a estudiar, pensé: Agronomía o Veterinaria, tal vez Economía; pero no, usted me sorprendió con Filosofía. Entonces me interesó mucho saber qué era la filosofía. Sí, he leído algunos libros, lo confieso, y no es que desmerezca la filosofía, pero en ese momento supe, sin ninguna duda, que este día llegaría inevitable. No entendía ni entiendo aún cómo podría usted sacar provecho de la filosofía, apreciar verdades tan contundentes; después de todo, no es una ciencia afín a su clase. Leyendo a Hegel entendí la crueldad de sus ancestros, la voluntad, ésa era la explicación; la voluntad dominante arrasa con las aspiraciones y los deseos de otras voluntades más débiles. La voluntad es la que vulnera la ética y altera la noción del bien y del mal, pero su familia se quedó detenida en el segundo estado de la dialéctica. ¿Lo recuerda? Primer estado: la afirmación, sus ancestros se transforman en amos; segundo estado: la negación del esclavo; pero ha ocurrido un tercer estado que ustedes no asimilaron: la negación de los esclavos a los amos. La negación de la negación. Los esclavos, al adueñarse de la materia, se adueñaron de la cultura. Ese tropiezo de su familia hacia el tercer estado les ha impedido llegar al cuarto: la conciliación de los deseos; entonces han perdido el reconocimiento y con él, el poder. Ha leído a Foucault, supongo; bueno, según mis módicos conocimientos, una de las ideas que sostuvo era que el poder construye la verdad. El poder impone la verdad que los demás deben aceptar. Cuando su abuelo tenía el poder, nosotros éramos la chusma ultramarina; ahora, yo tengo el poder y ustedes son obsoletos.

Sí, no lo dude, el del dinero ¿cuál otro? ¿O usted piensa que el poder de sus ancestros era moral? En su familia hay contrabandistas, encomenderos, esclavistas, pulperos usureros, asesinos de indios, políticos prostibularios, y algún soldado de la independencia también, no se lo niego. Sí, si me he informado bien, lo admito, y con todo eso ustedes construyeron un feudalismo tardío; pero cuando, en el siglo diecinueve, Inglaterra sacrificó a sus fisiatras para hacerse imperio, se produjo un corrimiento de la ruralidad hacia la periferia de los centros de poder que benefició a la Argentina y que su familia juzgó eterno. Pero ese tiempo acabó y con él sus conflictos, ya no hacen falta esclavos ni vasallos. El mundo que proponen mis hijos es más radical y menos conflictivo, ya no hay más explotados ni humillados, los han barrido sin ofrecerles ninguna alternativa. Ya no habrá más menesterosos en estos campos de Dios, sólo máquinas y maquinistas. Ha muerto el sujeto. Es la época del dominio de los entes.

Su padre nos recibía en la biblioteca de la casa, me alegró saber que aún la conservan, tal vez ahora que tengo tiempo me dé el gusto y le haga los honores. Sí, la biblioteca también es mía, lo dejé muy claro en el boleto de compra y venta, la casa con todo el contenido; su madre saldrá de ahí, si es que decide salir, solamente con lo puesto. No, no sabía que aún la conservaban, porque no he vuelto a verla nunca, cuando la visité a su madre para firmar la escritura, elegí la cocina.

Verá usted, cuando ella se reía, yo estaba incómodo en esa biblioteca, cuando por fin me tocó reír a mí, firmamos en la cocina, un lugar más afín a la chusma y que a la vez su madre detesta. Sí, claro, es el lugar de la servidumbre; pero también es el lugar del fuego, y la chusma ultramarina, como yo, tiene costumbres tribales.

Entiéndame, lo que yo quiero es que su madre amanezca cada día de su vida en medio de esa pampa que alguna vez fue suya, que abra la ventana, que salga y vea campos de soja hasta donde le dé la vista, soja ajena en tierra ajena, que para salir al pueblo use el convenio de servidumbre que le he concedido para atravesar mis campos, campos que alguna vez fueron de ella y que, para evitar la cárcel, deba vivir ahí toda su vida, por dinero, por mi dinero de chusma.

Si ella decide irse no hay dinero. Es libre de dar el portazo cuando quiera, pero el dinero sólo lo va a recibir si vive allí. No, no es la casa, si decide marcharse la derrumbaré hasta los cimientos, le pasaré el arado por encima. Dentro de un año, debajo del manto verde de soja, ni usted ni ella reconocerán el pedazo de tierra que les dio identidad, quitaré, además, todas las referencias, volveré esa tierra a su inocencia primitiva.

Libre del recuerdo de los suyos. Libre de aquellas risas.

 

 

-Horacio Martín Rodio (Buenos Aires Argentina, 1954), escritor.

Ha publicado los siguientes libros de cuentos Palabras de piedra. Ediciones Baobab (1999), Media baja. Ediciones Dunken (2012), La insistencia de la desdicha. Editorial las Ruinas Circulares (2018) y El cinturón de Orión. Editorial del Municipio de Las Flores. Entre los varios reconocimientos que ha recibido se pueden mencionar los siguientes: Primer premio Concurso de cuentos J. L. Borges Ciberboock 1996, Primer premio Concurso de cuentos suburbanos 1997 Ediciones Baobab, Primer premio IV concurso de cuentos “Traspasando fronteras” Universidad de Almería (España) 2009, Primer Premio Concurso de cuentos El Zorzal. Argentina. 2012, Primer Premio Cuento Concurso Mario Nestoroff 2013 San Bernardo. Chaco. Argentina, Primer premio Cuento Floreal Gorini, Centro Cultural de la Cooperación, 2015, Mención Cuento Premio Julio Cortázar La Habana. Cuba. 2015, Única mención de Honor IV Premio Internacional de Novela Héctor Rojas Herazo. Colombia 2020, Primer premio de cuentos Ciudad de Pupiales Fundación Gabriel García Márquez, Nariño, Colombia. 2021, y Primer premio libro de poesía. XV Concurso Nacional Adolfo Bioy Casares. Las Flores. Provincia Bs. As. 2021.

 

*Fuente: Revista Montaje.

http://revistamontaje.cl/index.php/2022/07/01/cuentos-de-rodio-la-buena-tierra/

 

 

 





 

 

 

*

 

 

La luz de la mañana descubre

sobre la mesa

el rastro de una copa.

Un círculo dulcísimo, perfecto,

ha teñido la madera.

Si hoy fuera otro día,

si mi corazón exigiera desazones,

cuánto daño me haría

ver el abandono

que mi descuido provocó

sobre las cosas.

Pero hoy es bella

la oscuridad,

y delicada

la línea que la ronda,

como un anillo que me une a otra Mariana

a la que no le preocupa demasiado

dejar sobre la mesa

las huellas de las alegrías

para poder seguir su rastro en la mañana.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado por Editorial Sudestada (2021)-

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ARMARIOS*

 

* Walter Benjamin.

 

El primer mueble que se abría obedeciendo a mi voluntad fue la cómoda. Tenía que tirar tan sólo del tirador y la puerta saltaba, empujada por el muelle. Dentro se guardaba mi ropa. Entre mis camisas, calzoncillos, camisetas que deben de haber estado allí y de los cuales no recuerdo nada, había, no obstante, algo que no se ha perdido y que hacía que el acceso a este armario me resultase una y otra vez seductor y fantástico. Tenía que abrirme camino hasta el rincón más recóndito; entonces daba con mis calcetines que estaban amontonados allí, enrollados y plegados según antiquísima costumbre, de forma que cada uno de los pares presentaba el aspecto de una pequeña bolsa. Para mí no había mayor placer que el meter mi mano lo más profundo en su interior; no sólo por el calor de la lana. Era la "tradición" la que, enrollada en su interior, tomaba siempre en mi mano y que me abría de esta manera hacia la profundidad. Cuando la tenía abrazada con la mano, y me había asegurado en lo posible de la posesión de la masa suave y lanuda, entonces comenzaba la segunda parte del juego, que conducía a la revelación emocionante. Pues ahora me disponía a desenvolver "la tradición" de su bolsa de lana. La aproximaba cada vez más hacia mí, hasta que se obraba lo más sorprendente, que "la tradición" saliese por completo de su bolsa, en tanto que ésta dejaba de existir. No me cansaba nunca de hacer la prueba de esta verdad enigmática: que forma y contenido, el velo y lo velado, "la tradición" y la bolsa, no eran sino una sola cosa. Y había algo más, un tercer fenómeno, aquel calcetín en el cual se convertían las dos. Si ahora pienso cuán insaciable fui para conseguir este milagro, me siento tentado a suponer que mis artificios no fueron sino la pequeña pareja hermanada de los cuentos que igualmente me invitaban al mundo de la fantasía y de la magia para acabar por devolverme de la misma infalible manera a la simple realidad que me acogía con el mismo consuelo que un calcetín. Pasaron años. Mi confianza en la magia ya se había perdido y hacían falta estímulos más fuertes para recobrarla. Empecé a buscarlos en lo extraño, lo horrible y lo fantástico, y también esta vez era ante un armario donde trataba de saborearlos. El juego, no obstante, era más atrevido. Se había acabado la inocencia, y fue una prohibición la que lo creó. Y es que tenía prohibidos los folletos en los que me prometía resarcirme con creces del mundo perdido de los cuentos. Por cierto, no comprendía los títulos: "La Fermata" "El Mayorazgo" "Haimatochare". Sin embargo, de todos los que no comprendía, debía responderme el nombre de Hoffmann, "el de los fantasmas" y la seria advertencia de no abrirlo jamás. Por fin logré llegar a ellos. Sucedía algunas veces por la mañana, cuando ya había vuelto del colegio, antes de que mi madre regresara del centro y mi padre de los negocios. En tales días me iba a la biblioteca sin perder el más mínimo tiempo. Era un extraño mueble; por su aspecto no se veía que albergara libros. Sus puertas, dentro de los bastidores de roble, tenían unos cuarterones que eran de cristal, es decir se componían de pequeños cristales emplomados, cada uno separado de los otros por unos rieles de plomo. Los vidrios eran de color rojo y verde y amarillo, y totalmente opacos. De esta manera, el vidrio no tenía sentido en esta puerta, y como si quisiera tomar venganza por el destino que le deparaba este uso impropio, brillaba con unos reflejos enojosos que no invitaban a nadie a acercarse. Pero, aunque me hubiese afectado entonces el ambiente malsano que rodeaba ese mueble, no hubiese sido un estímulo más para el golpe de mano que tenía proyectado a esta hora silenciosa, peligrosa y clara de la mañana. Abría bruscamente la puerta, palpaba el volumen que no había que buscar en la primera fila sino detrás, en la oscuridad, y hojeando febrilmente abría la página donde me había quedado; sin moverme, comenzaba a recorrer las páginas delante de la puerta abierta, aprovechando el tiempo hasta que vinieran mis padres. De lo que leía no comprendía nada. Sin embargo, los terrores de cada una de las voces fantasmales y de cada medianoche, de cada maldición, aumentaban y se extremaban por los temores del oído que esperaba en cualquier momento el ruido de la llave y el golpe sordo con el que, fuera, el bastón de mi padre caía en la bastonera. Un indicio de la posición privilegiada que los bienes espirituales mantenían en casa era que este armario fuera el único entre todos que quedara abierto. A los demás no había otro acceso que la cestita de las llaves que acompañaba en aquella época a cualquier ama de casa por todas las partes del hogar, la cual, no obstante, era echada de menos a cada paso. El ruido del montón de llaves al revolverlas precedía cualquier faena en la casa. Era el caos que se revelaba antes de que se nos presentase la imagen del orden sagrado detrás de las puertas de los armarios abiertos de par en par como el fondo de un relicario del altar. También a mí me exigía veneración e incluso sacrificio. Después de cada fiesta de Navidad y de cumpleaños había que decidir cuál de los regalos había que ofrendar al "nuevo armario" del que mi madre me guardaba las llaves. Todo lo que se encerraba permanecía nuevo por más tiempo. Yo, en cambio, no pensaba conservar lo nuevo, sino renovar lo antiguo. Renovar lo antiguo mediante su posesión era el objeto de la colección que se me amontonaba en los cajones. Cada piedra que encontraba, cada flor que cogía y cada mariposa capturada, todo lo que poseía era para mí una colección única. "Ordenar" hubiese significado destruir una obra llena de castañas con púas, papeles de estaño, cubos de madera, cactus y pfennigs de cobre que eran, respectivamente, manguales, un tesoro de plata, ataúdes, palos de tótem y escudos. De esta manera crecían y se transformaban los bienes de la infancia en los anaqueles, cajas y cajones. Lo que antaño pasaba de una casa de campo a formar parte del cuento -aquel último cuarto que está vedado a la ahijada de la Virgen María- en una casa de ciudad queda reducido al armario. El más sombrío entre los muebles de aquella época fue el aparador. Lo que era un comedor y su misterio sólo podía apreciarlo quien lograba explicarse la desproporción de la puerta con el aparador ancho y macizo cuyas cimas llegaban hasta el techo. Parecía tener unos derechos heredados sobre su espacio, lo mismo que sobre su tiempo, en el cual se erguía como testigo de una identidad que en épocas remotas podría haber unido los bienes inmuebles con los muebles. La limpiadora, que despoblaba todo por doquier, no podía con él. Sólo podía quitar y amontonar en un cuarto de al lado los enfriadores de plata, las soperas, los jarrones de Delft y mayólicas, las urnas de bronce y las copas de cristal que estaban en los nichos y debajo de las hornacinas, en sus terrazas y estrados, entre los portales y delante de sus revestimientos. La elevada altura donde ocupaban su trono anulaba todo uso práctico. Con razón el aparador se asemejaba en eso a los montes cubiertos de templos. Además, podía exhibir unos tesoros tales como los que a los ídolos les gusta rodearse. El día más oportuno para ello era cuando se daba alguna fiesta. Ya a mediodía se abría la montaña dejándome ver el tesoro de plata de la casa en sus galerías cubiertas de un terciopelo parecido a musgo verde gris. De todo lo que allí yacía no sólo se podía disponer diez, sino veinte y hasta treinta veces.

Y cuando veía estas largas, larguísimas filas de cucharitas de moca y posacubiertos, cuchillos para pelar fruta y desbulladores de ostras, se mezclaba el goce de ver tanta abundancia con el temor de que aquellos a quienes se esperaba se parecieran los unos a los otros como nuestros cubiertos.

 

- Walter Benjamin. "Infancia en Berlín hacia 1900"

Alfaguara, Bs. As. Edición 1990.

 

 

 

 





 

 

36*

 

Volvé a encender el fuego.

Las casas

suelen esconder

fríos eternos,

silencios

que deambulan

por los cuartos

como dueños,

sombras de la nada

en las paredes

velando el tiempo.

Las habitan

por pura compasión

los malos sueños.

Volvé a encender el fuego.

 

-Poema de "Cuadernos de la breve ceguera"

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado por Editorial Sudestada (2021)-

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 







LLEGAR*

 

La voz de mi padre sigue viajando. Partió con él, un Giugno 30 del puerto de Nápoles. Atrás hay un viaje en tren al que llamaba "la letorina".

No lo dijo nunca, pero en su voz lleva un eco, una cadencia de las lágrimas de toda su familia italiana que lo despide en el puerto antes del mar como horizonte. Mi padre lleva la promesa de vivir en Argentina.

El pasaporte con aquella expresión en la foto tan parecida a Paul Newman dice que llegó el Luglio 21 de 1952.

Creo que sigue viajando. Que ese barco, el Sebastiano Caboto todavía no hizo su escala en Río de Janeiro.

-Hay días. Momentos, en que necesito que llegue tantas décadas después...

"La voz del padre llega muchos, pero años después" - Oigo decir al amigo cuando le hablo de mi espera.

Será por eso que el otro día la voz de mi padre llegó.

Su voz. Su voz con un golpe duro de aire para que no me haga el distraído. En su voz venían sus ojos celestes en los que todavía reflejaba al mar inabarcable de la travesía.

A veces uno no sabe oír ni recordar.

Desde la voz viajaban las palabras de mi padre que no era de ironías ni de evadir una verdad. Pude oír bien clarito: "Tienes que ser tu propio padre"

 

*De Eduardo Francisco Coiro. https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/

 









 

*

 

Siempre estamos en otra parte: es el sentido de existir.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

  

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

AL FINAL DE LA CALLE*

 

 

Cuando cumplí los diez años mis tíos me hicieron un regalo maravilloso: me invitaban a pasar las vacaciones en su casa, en un pequeño pueblo de la provincia.

El lugar no tenía ningún atractivo turístico; creo que no llegaba a los cinco mil habitantes. Pero mis primos y yo nos llevábamos tan bien que era grandioso pensar en un verano juntos.

En el pueblo no existía el pavimento; tampoco era muy necesario: pocos autos transitaban por esos desolados caminos de tierra, todos iguales.

Cada calle no tenía más de diez cuadras de largo y al fondo, el campo.

Los chicos disfrutábamos jugando en ellas, generalmente descalzos, sintiendo deshacerse los terrones secos bajo la planta de nuestros pies. Nos subíamos a las veredas de ladrillos cuando se aproximaba algún auto solitario, avisados por la nube de polvo que se acercaba desde lo lejos.

Una vez a la semana pasaba un tren, que paraba sólo unos minutos y partía rápido, escapando de aquel aburrido lugar. Nos apurábamos a llegar hasta la pequeña estación y lo despedíamos con gritos, aplausos y saludos a inexistentes pasajeros. Después el andén quedaba silencioso y vacío, salvo por la visita de algunos muchachos que buscaban cuises en las interminables siestas de verano.

En la cuadra en que vivían mis tíos había una familia de la cual no conocíamos a nadie, salvo a un viejo paralítico que todas las tardes sacaban a la vereda en una silla de ruedas. Lo dejaban una o dos horas solo, sentado sobre un gran almohadón verde y allí se quedaba, inmóvil, todo el tiempo mirando hacia el final de la calle.

Pensábamos que tal vez no quería vernos saltar, correr o hacer equilibrio sobre alguna rama. Tal vez no le gustaran los niños, o no quisiera recordar cuando podía hacer lo mismo que nosotros.

La verdad es que no nos importaba demasiado y al poco tiempo ya era como parte del paisaje. A veces lo tomábamos como un límite –“Corremos hasta el viejo y volvemos”– y nunca tuvimos un intercambio con él, ni un gesto, ni una palabra. Lo ignorábamos y pienso que también él a nosotros, pero me intrigaba saber que buscaba ver al final de la calle.

En esas horas se adueñaban de la tarde los grillos, las chicharras y las ranas. Imposible encontrar alguno de esos bichos para atraparlo. Se callaban cuando nos acercábamos.

Era su momento en el día. Era su lugar en la Tierra, y gritaban. Tal vez nos gritaban a nosotros, intrusos en su mundo. Quizás se comunicaban entre ellos con algún lenguaje natural y desconocido para los hombres.

En las cunetas, entre las flores de sapo, en los baldíos con aroma a alfalfa y manzanilla, un universo de insectos esperaba la noche.

Pero mientras reíamos y corríamos por la tierra el viejo miraba, insistentemente, al final de la calle.

Yo no me había animado a aventurarme más lejos de dos o tres cuadras. Me daba miedo el campo oscuro. Pero una tarde les propuse a mis primos que vayamos un poco más allá, tratando de descubrir lo que el viejo veía y nosotros no.

Sabíamos que después vendría el reto, pero éramos varios para soportarlo. Y la curiosidad ya no se aguantaba.

Comenzó a bajar el sol y escuchamos a mi tía lejos, ocupada en la cocina.

Cuando empezó el canto del primer grillo, nos dimos la mano y emprendimos la caminata hacia el final de la calle. Las luces de las esquinas comenzaban a prenderse, pero donde íbamos nosotros la oscuridad llenaba todo.

Llegamos adonde terminaba la calle y nos topamos con un alambrado. Más allá, el campo. Los minutos pasaban, la noche se ponía más negra.

De pronto, primero una, luego tres, luego cinco. Luciérnagas. Lucecitas que no podíamos decidir si eran verdes o amarillas. Por todos lados. Apareciendo y desapareciendo. Cientos, tal vez miles, encima del campo. Algunas venían hacia la calle y tratamos de agarrarlas.

Parecían jugar con nosotros. Cada vez que estábamos a punto de atrapar alguna, desaparecía como el sonido de las ranas y los grillos.

Mi primo logró la hazaña. Cazó una y la encerró en el hueco de su mano. Todos nos asomamos para verla: ¡Imposible perderse ese pequeño tesoro que irradiaba una luz que podía verse desde lejos!.

Empezamos a correr volviendo a casa: nos acordamos de la cena.

Pero un presentimiento, o intuición, no sé, hizo que Víctor se parara junto al viejo con el bichito dentro de su mano.

Por primera vez en todo el verano el viejo giró la cabeza y miró las manos de mi primo. La luz de la luciérnaga se escapaba entre los dedos y llegó hasta la cara arrugada, iluminándola.

En eso escuchamos la voz de mi tía, llamándonos a los gritos.

Corrimos hacia la casa y mi primo abrió la mano. La luciérnaga salió volando. Pensábamos que estaría averiada, pero no. Prendió su luz dos o tres veces y se volvió hacia el final de la calle, perdiéndose en la oscuridad.

El viejo la siguió con la mirada y trató de mover su mano. Solamente pudo abrir los dedos.

Mi prima creyó que quería agarrarla.

Yo estoy segura que le dijo adiós.

 

*De Cecilia Zanelliceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar

 


 

Próxima estación por antiguo ferrocarril Midland:

 

LIBERTAD.

 

-Final del recorrido literario por el Ferrocarril Midland-

 

En Libertad, la antigua sede de los talleres ferroviarios estará terminada la aventura literaria del antiguo Midland. Desde Marinos –una estación relativamente joven- hay un tren real –el Belgrano Sur- que puede recorrerse hasta Aldo Bonzi en el tramo original del Midland para continuar por las vías que fueron alguna vez del Compañía General Buenos Aires hasta la estación Sáenz.

Queda renovada la invitación a participar en las últimas estaciones del Midland. Que la utopía del tren literario no se detenga y haya fuerza demencial literaria para seguir adelante con el extenso recorrido del Provincial. El cierre del Midland se acompañará en sucesivas ediciones con escritos de los amigos que han participado en esta hermosa aventura.

 

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

 

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

 

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

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