lunes, mayo 06, 2024

EDICIÓN MAYO 2024

 


*Dibujo de Erika Kuhn.

https://obraerikakuhn.blogspot.com

 

 

 

 

 


 

 

 

*

  

Cómo podría

negar la suave vida que me pasa

entre los dedos,

el breve vértigo entre aliento y aliento,

esas cosas pequeñas

que me van puliendo hasta encontrar el hueso.

Después de todo,

qué es vivir

sino ganarle a la muerte una partida

cada vez.

Camino

entre las hojas del otoño

y el mundo cruje a mis pies.

Acaso

todo el misterio de vivir

sea sencillo

como las mañanas heladas de mayo;

atravesar la niebla con los ojos abiertos,

celebrar que salga el sol,

esos milagros

pequeños.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

-Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell.

-Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014).

Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador (La Magdalena, 2016).

Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018).

El orden del agua, (GPU Ediciones 2019).

MADURA, Editorial Sudestada (2021)

-Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche.

Halley ediciones (2022)

Patio.  elandamio ediciones. 2023

 

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LIBERTAD*

 

La vida es una inmensa pradera, pero la transitamos por arroyos o ríos que corren por el fondo de profundísimos cañones. Altas paredes nos mantienen en nuestro cauce, cada tanto una bifurcación de los cursos de agua nos permite virar hacia la izquierda o la derecha, y creemos de esta manera que podemos escoger. Pero la vasta llanura de allá arriba, pero el mapa que veríamos de poder sobrevolar el paisaje nos está negado.

Creemos que elegimos, pero nos limitamos a surcar los pocos caminos que se nos ofrecen. Y algunos van por el río multitudinario, lleno plagado rebalsado de canoas que se empujan se chocan se tocan, dan ilusión de compañía, otros navegan por cursos poco habitados, y se sienten únicos y creen que están solos porque son menos, y creen que ellos eligieron y los otros no, que las multitudes son arrastradas mientras que los solitarios guían hacen dibujan su propio destino, y esto lo piensan con satisfacción mientras el agua, la misma agua los arrastra también a ellos.

En qué consiste la libertad si en definitiva hacemos lo único que podemos hacer de acuerdo a nuestra educación, temperamento, mandatos imperativos de la especie, circunstancias. Qué sería ser libres si hay una red una telaraña que tiende sus hilos de amigo a pariente, de vecino a jefe, de deseado a deseante. Y si esa red nos agobia, pero nos sostiene, qué sería ser libre.

Sin la red; el salto al vacío, la responsabilidad absoluta, la completa y absoluta responsabilidad por las propias acciones, por la vida que no es ya la que nos toca sino la que nos hemos construido. Sin la red, la imposibilidad de echar la culpa de nuestros fracasos e insatisfacciones sobre espaldas ajenas.

Ser libre es demasiado peligroso. Quita el piso, nos suspende sobre el abismo, nos deja solos con nosotros mismos mirando nuestras propias caras asustadas. Es mejor ceder a la corriente, ser infelices por culpa de otros, no haber hecho realidad mis anhelos porque no me dejaron, te juro que yo hubiese sido si no fuese porque mamá.

Nada de dirigir la canoíta a la orilla, de escalar la pendiente, de caminar por la llanura. Sabemos que los temerarios se pierden, mueren de frío, enloquecen de soledad. Conviene dejar que las aguas nos arrastren, responder a las efímeras circunstancias, escoger en las bifurcaciones y creer que nada nos ata porque elegimos arquitectura y no abogacía, entre esta novia y no la de la casa de al lado, entre la mesa redonda y no la cuadrada para la sala. Qué cómoda libertad ejercemos entonces, qué segura libertad, qué amplia cárcel, realmente.

Y, quizás, no estemos errados, y la libertad sea una palabra demasiado grande como para usarla sobre este lado de la realidad. Y quizás sea que una realidad porosa no sea saludable, no convenga de ninguna manera a nuestra esencia de cardumen.

Pero elegir la libertad no es, vaya paradoja, cuestión de elección.

No somos libres de estar atados. Una vez que uno se dio cuenta de cómo es la cosa, no puede volver a confiar en la red de allá abajo que protege de la caída, la red agranda la trama, no ofrece protección, tiende a dejarse ver como una argucia débil frente a la inmensidad soledad y frialdad del cosmos.

Una vez que uno se dio cuenta de la fragilidad de las paredes, de lo inestable y cambiante de las creencias, una vez que uno se dio cuenta de que la muralla que rodea la ciudad está derruida en muchos sitios, queda a la intemperie, se siente desoladoramente libre, busca alguna celda para guarecerse.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Santa Fe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

El tiempo que tarda un mantel

en caer sobre la mesa,

suspendido en el aire

como en un letargo.

El amor tiene algo de ese lapso

misterioso

que nos hipnotiza

y nos deja en completo

silencio.

 

*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com

Concordia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PEREGRINOS*

 

¿Mutantes? No, me gusta más Peregrinos. Somos Peregrinos como llamaba Conrad a esos seres para los que faltaba una definición clara de identidad.

Pero de una forma a otra, somos la vida escapando como escapaban los malditos virus a todas las formas posibles de extinción.

Metáforas. Somos también seres surgidos de la metáfora. Por eso la literatura y la genética se imbricaron, una al servicio de la otra.

Y fue la imaginación puesta al servicio del poder de creación que las religiones atribuyeron por los siglos de los siglos a la capacidad divina.

Fue la dialéctica de Hegel un antiguo precursor.

A la larga sobrevivieron los que pueden creer. Y creer en sus propias creaciones. En la propiedad de materialización de los sueños narrados.

Dicen los que tienen recuerdos verdaderos, que Borges descubrió como "la mitología es la verdad última de la historia".

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

El frío me tomó por sorpresa

años saliendo

sin cuidados a la vida

yo

que podía entibiar el aire de la estación más helada

recorrí la ciudad

con mis brazos desnudos

calle negra y yo

minúscula

pasos entumecidos

y supe que no

no podría volver a casa

cinco años duró esa noche y aún

la piel en dos capas

una puntada

reverberación chocando contra el iceberg

el frío en mis ojos

grises mis mejillas

y una tristeza sin nombre en la curva de mi boca

probé con cremas

salamandras

masajes en los pies

compré mantas de lana de oveja

vestí mi casa con telares y alfombras

en pleno verano

tiritando

hasta que lágrimas

nacieron

andando los surcos de mi cara

la piel se encendió

abriéndole paso

a mi verdad

mis ojos

recuperaron su intención

el calor irrumpió

y yo

exhalé la tristeza guardada

el agua de mis poros como un río

y mi cuerpo, agua

furia

vida liberada.

 

*De Lorena Suez. suezlorena@gmail.com

-Mentoría de procesos creativos

-Taller de escritura y emociones

-Lic. en Ciencias de la Comunicación / Psicóloga Social

 

 

 

 






 

 

Metáforas porcinas: la humanidad y sus reflejos*

 

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

La historia de la convivencia del cerdo con la civilización humana es larga y bastante compleja: en la literatura, pasando por el cine y la pintura, sus rasgos no pocas veces nos representan con eficacia, con matices tanto negativos como positivos. Este artículo explora esas metáforas sustentadas en algunas de las características naturales del animal.

A menudo se olvida el papel del cerdo como animal mítico y su importancia para la civilización humana. Gatos y perros, por lo general, se disputan la presencia en las redes sociales, películas y un multimillonario mercado de artículos de consumo. Sin embargo, el cerdo ha acompañado al hombre no sólo como sustento sino como espejo en el que refleja sus fobias y obsesiones. De alguna manera, este animal funciona como un doble de nosotros. No hablo desde el punto de vista anatómico –hay que recordar las investigaciones para trasplantar órganos de cerdos a humanos– sino desde la cultura y sus expresiones. La domesticación de los animales de granja cuenta una historia que va más allá del uso comestible que le damos a algunas especies con las que compartimos el planeta.

 

Retratos literarios de los cerdos

 

En Cerdos. Un retrato, ensayo del filósofo austríaco Thomas Macho, recorremos diferentes representaciones iconográficas del animal. En primer lugar llama la atención la versión –por así llamarla– de los cerdos que poblaban las granjas de los siglos pasados. En las pinturas y grabados recopilados en el libro, los cerdos no parecen cerdos. Los animales representados en escenas pintorescas y bucólicas son animales esbeltos con una cresta rebelde en la cabeza y en el lomo. Recuerdan a jabalíes de menor tamaño y, acaso, con apariencia menos feroz. Con el paso del tiempo, la selección humana sobre los cerdos ha producido animales hiperbolizados que, por supuesto, no sobrevivirían en la naturaleza, al igual que otras especies modificadas por nosotros.

El salto del cerdo a la literatura lo podemos encontrar en documentos tan antiguos como la Biblia, en particular el Nuevo Testamento. Ya es un lugar común el pasaje en el cual Jesús de Nazaret enfrenta a un hombre endemoniado y traslada el mal que lo atormenta a una piara que, instantes después, se ahoga en un lago. Los cerdos, en este caso, se vuelven un receptor de aquello que nos deshumaniza. Sirven, también, como un instrumento para que la divinidad muestre su poder. Sin embargo, parecería que estos animales son el símbolo perfecto para reflejar en ellos nuestros defectos. Lo primero que viene a la mente, por supuesto, es la condición sucia o impura del animal a pesar de que, en la naturaleza y en las granjas, es limpio siempre y cuando viva en condiciones adecuadas. Las culturas de Medio Oriente han rodeado al cerdo de muchas prohibiciones sobre su consumo. El antropólogo Marvin Harris señala que, atrás del tabú, hay una razón práctica en la distribución de recursos comestibles en un ecosistema desértico: es mejor usar el grano para consumirlo directamente que dárselo al animal para que lo coma él con un rendimiento mucho menor, pues su carne alimenta a un porcentaje reducido de personas. De esta forma, la tentación por cocinar al cerdo debió ser combatida a través de la religión y leyes civiles. El ensayista inglés Charles Lamb bosqueja en uno de sus textos más curiosos, “Disertación sobre el lechón asado” (1823), el descubrimiento del sabor del cerdo a través de un accidente relatado en un antiguo manuscrito de origen chino. Un hombre encuentra su casa devorada por un incendio. Los cerdos, en particular los lechones, se asan fortuitamente en el evento y, así, después de probar su carne cocinada, el hombre deja de comer las cosas crudas y se entrega al deleite del platillo recién descubierto.

En Rebelión en la granja, mítico relato de George Orwell, más allá de la lectura del cerdo llamado Napoleón –representación de Iósif Stalin– y la crítica puntual al totalitarismo soviético, vale la pena pensar en una reflexión más profunda: el poder en manos de las clases subalternas y el descalabro de las utopías, pues la opresión vuelve con diferente rostro. En este caso, Orwell escoge a los cerdos y no a otros animales de granja como nuestros herederos una vez que hemos sido despojados de nuestra capacidad para dominar a los más débiles. Los nuevos animales preponderantes en la granja imaginada por Orwell le dan la razón al político inglés Winston Churchill, quien les tenía singular aprecio: “los perros nos admiran, los gatos nos miran como sus súbditos, pero los cerdos nos tratan como iguales”. Por supuesto, el trato igualitario –irónicamente– no es, en absoluto, compasivo o solidario. El cerdo puede volverse un humano que oprime a otro humano; es una versión que lleva al límite nuestros defectos. Sin embargo, la historia del cerdo como reflejo de nuestra maldad tiene más tiempo. En particular, destaca su uso como representación de una clase que se aprovecha del pueblo. Hieronymus Bosch, artista neerlandés, pintó en su famosa obra El jardín de las delicias –realizada a finales del siglo XV– a una monja convertida en cerdo para denunciar la corrupción del clero. Tiempo después, Luis XVI fue caricaturizado como un cerdo en varias ocasiones por los artistas revolucionarios. En el siglo XX son muy comunes los cartones que satirizan a los banqueros como cerdos glotones e insaciables. Es, por así decirlo, una clase parásita que sólo puede engordar a costa de nosotros.

 

Cerdos y otras especies al acecho

 

En las películas y ficciones distópicas los autores presentan a distintos animales apoderándose, de nuevo, del mundo: leones, jirafas, monos, gacelas, entre otras especies. En otro tipo de narraciones que especulan con el colapso humano, se describe una evolución acelerada de algunos animales mientras las personas retroceden a un estado salvaje. Es lo que ocurre, precisamente, en El planeta de los simios, novela del autor francés Pierre Boulle publicada en 1963 e inspiración para la franquicia fílmica del mismo nombre. Hay un pasaje, particularmente inquietante, no retomado en la adaptación y sus secuelas: los humanos son víctimas de una especie de pereza mental que aumenta con el paso del tiempo. Sin necesidad de luchar, los simios toman nuestro lugar como amos del planeta. Esto –el colapso intelectual de nosotros– no pasaría de ser una anécdota fantasiosa si no fuera por los estudios que muestran una creciente falta de concentración en los estudiantes por el abuso de la tecnología. Incluso la contaminación y alimentación industrial son señaladas como causas de un deterioro cognitivo en millones de personas. ¿Los cerdos –famosos por su inteligencia– podrían representar el papel de los simios en nuestras ficciones para el futuro?

Nuestro rechazo ancestral a los cerdos obstaculiza que los imaginemos en las ficciones que especulan con nuestro futuro. Habría que decir que un mundo dominado por los cerdos –más allá de la imaginación literaria– no es tan lejano como podríamos pensar. En primer lugar, la población de estos animales ha ido en aumento. El consumo de su carne ha transformado de manera radical a la industria ganadera. La idílica granja que se nos muestra en las etiquetas de los productos porcícolas en los supermercados es, en realidad, una enorme infraestructura que produce una cantidad ingente de carne. Este fenómeno ha generado una paranoia: en los años recientes, noticias –desmentidas poco después– especulan con cifras que intentan demostrar que algún país tiene más cerdos que humanos. España ha sido una de las naciones mencionadas. Más allá de datos concretos, hay cierta fantasía macabra en la idea de que seamos superados en número por estos animales. En algunos países, incluso, los cerdos de granja han logrado huir y se han mezclado con cerdos salvajes. En Estados Unidos y Canadá más de seis millones de estos animales depredan ecosistemas enteros y ponen en jaque a los granjeros y sus cultivos. Su afilada inteligencia y su capacidad para evadir los intentos por controlarlos han hecho que algunas autoridades den por perdida la batalla. Además, contaminan el agua y son vectores eficientes de numerosas enfermedades. Cuesta trabajo pensar en un cerdo como una plaga, pues históricamente las asociamos a ratones, langostas u otros tipos de insectos.

Sin embargo, quizás nuestro enemigo más eficiente sea el cerdo, un animal criado intensivamente por el hombre que, en muchos aspectos, es una versión hiperbolizada de la sociedad que hemos creado.

 

-Fuente: La Jornada semanal.

https://semanal.jornada.com.mx/2024/04/28/metaforas-porcinas-la-humanidad-y-sus-reflejos-371.html?

 

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las

novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza

 (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo).

Recientemente ha publicado:

“La Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

“Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antes de ser parte del viento *

 

Hace años mientras escuchábamos “Avellaneda blues” de Manal, jugamos a imaginar formas fantásticas en los hilos de humo del cigarrillo. Entonces le pregunté a Kalman si creía seres que apenas se dejan ver antes de ser parte del viento.

Kalman tenía padres y abuelos nacidos en la Europa central. Ha escuchado de ellos algunas leyendas populares que se transmiten en forma oral. Sus abuelos vivieron en Sniatyn que al tiempo del nacimiento de sus padres quedaba en Polonia.

En aquella geografía se mezclaban en extraordinario sincretismo creencias, leyendas, idiomas. Sus abuelos paternos hablaban Idish pero las brujas que los mayores del pueblo relataban a los niños para encantarlos o asustarlos eran polacas.

-Si no recuerdo mal - dice Kalman- la Czarodziejka podía transformarse en lo que quisiera, ¡incluso ser humo!

La Czarodziejka podía estar en cualquier parte sin ser reconocida incluso salir de un repollo o vivir en el tronco de un árbol.

Una vez, el viejo Wojciech les dijo a unos chicos -entre los que estaba el padre de Kalman- que si se reunían hombres a fumar con sus pipas en un claro del bosque bajo la luz de las estrellas. Ella tomaba la forma de una seductora mujer que desprendida del humo les dejaba ver su sonrisa. Los hombres de la pipa sabían desde niños que era un maravilloso acontecimiento. Una única vez en la vida.

La leyenda les advertía que si la buscaban por el bosque se extraviarían sin remedio a un tiempo desconocido.

Así que se quedaban allí mismo sin moverse fumando sus pipas, dejaban que la Czarodziejka siguiera su paso de encantamientos bajo una noche estrellada por aquel bosque que ahora queda en Ucrania.

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 




 

 

 

 

LOS SILENCIOS DEL PECADO*

 

 “...Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia sin que las lágrimas afloren a sus ojos. Ella ha renovado mis dolores, y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve toda la violencia pasada...”

(Carta de Eloísa a Abelardo)

 

 

Amo el “Jardín de las delicias”

El resultado del cruce de dos rectas.

Imprevisibles e inesperados triángulos.

La fuente de la juventud y el huevo.

Oscuridad y sigilo fecundados. Silencio.

El silencio del inmortal deseo.

La sombra quieta de mi padre.

Las abejas inquietas en el pelo de mi madre.

Amo al silencio. Los ecos del silencio.

De las voces calladas. Antiguas profecías.

De la metamorfosis de una boca.

Del cazador. Cabalgando. Huyendo siempre.

De las manos. Números cardinales. A veces círculos.

De los pies que se van cuando amanece.

El búho y el martín pescador.

Amo los hombres-pez.

Las mujeres desnudas. La tentación.

Los sabores frutales, tan hondos, tan profundos.

Las uvas. El cielo y el infierno.

La bola de cristal craquelada. La inconstancia.

Los álamos. Los jinetes. Los espinos

Los adioses de corcel, patria en el vientre.

Amo la lechuza y la flecha.

Los silencios golpeando mis umbrales.

El abrazo intacto, embriagado, tendido.

Tu fatiga descansada en mi cansado pecho.

El miedo de la lluvia sobre tu piel de jade.

El temor y el milagro y lo dulce y lo amargo.

Las mariposas y los mejillones.

Amo la serpiente, el verde y el azul profundo.

Los campos rojos y los blancos lirios

Y los ojos, ah, amo los ojos.

Y los muertos que veo en los ojos de los gatos.

Los ojos que han mordido mi nombre.

Los ojos que ven alambiques y matraces.

Los ojos que mueren sin mis ojos.

Los ojos que aman los estanques turbios.

Y los ojos de Delfina e Hipólita.

Buscándose, huyendo en su hondo penar.

Y los ojos de Abelardo y Eloísa.

El ojo azorado del infierno de Rimbaud y Verlaine.

De Baudelaire y Louchette.

De Zorba y Bubulina.

De Medea y el hombre con un pie calzado.

Atados a una lira y una cítara.

Los ojos del vacío que apuestan a la vida.

Los ojos de la trasgresión y el pecado.

Amo, los silencios del pecado, entonces.

 

 

 *De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Todo

sucede afuera.

Las lluvias,

el viento entre las hojas,

los pasos de los hombres

en la tierra.

Hay un mar,

dicen,

un rastro de eternidad

entre lo efímero.

Como un guiño de dios

irónico y certero

para nosotros,

los fugaces.

Todo

se mueve afuera.

Dentro,

en el corazón

donde me habito,

una niña inmóvil

observa.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

 

 



 

 

 

 

FUEGUITO*

 

Es una noche cualquiera. Usted está en un lugar cualquiera, un bosque, la costa de un río, el jardín de la casa de algún amigo. Junta hojas y ramas secas, hace una buena pila. Se arrodilla sobre la tierra, acerca un fósforo a las hojas y espera. Su figura -rápidamente lo descubre- tiene la reverente actitud de alguien que aguarda un milagro. Tal vez se trate de una vieja ceremonia a la que está acostumbrado, y le baste forzar un poco la memoria para descubrir un vasto mapa de fogatas a lo largo de su historia. Pero esta noche -siempre suele ser así- vuelve a sorprenderlo y a exaltarlo igual que la primera vez. Ante el crepitar de la llama, usted se siente extrañamente en casa. Es como volver de una larga ausencia. Un reencuentro en el que, con el concurso de la noche y el silencio, se va desanudando un lenguaje al mismo tiempo familiar y secreto, alimentado de certeza y plenitudes breves. El fuego crece y mantiene un monologo en el que usted encuentra una correspondencia exacta. El fuego es puro movimiento y usted no es más que sus ojos y el calor de su piel. Rodeados por la oscuridad, protegidos, suspendidos, están en el centro del mundo. Usted siente que nada puede tocarlo. Escucha su mente desbrozar trabajosamente una idea: no soy el que fui ni soy el que seré. Simultáneamente toma conciencia de la banalidad de todo pensamiento.

A esta altura, usted es una sola cosa con el fuego, un presente inevitable. Se entrega, se abandona. Sin embargo, cree comprender que de esa comunión se desprende un sentimiento más amplio, que trasciende esta hora. A través del trabajo del fuego parece surgir una medida de orden. Los ojos fijos, subyugado, sin cambiar de posición, usted piensa que, detrás de su persistencia, el fuego es fundamentalmente inocencia, un regreso a la limpidez del origen, al remoto albergue de toda posibilidad. y comienza a percibirse usted mismo inocente, como una hoja en blanco donde todo puede ser escrito, donde todo está por ser iniciado. Y acá es donde vuelve a reconocerse. Y a reconocer los términos que han marcado sus pasos a través de los días, los meses y los años: permanecer desposeído, abierto a lo imprevisto, alerta, en permanente sospecha. Son principios de una doctrina que se ha ido forjando y cuyo sentido ahora el fuego le devuelve. Comprende que también en usted ha ardido siempre parte de ese fuego. Que esa es una llama de consumación. Una llama donde usted se ha sacrificado siempre a si mismo, ha sacrificado su vida, las posibilidades de su vida, los accidentes de su vida, tal vez con el único fin de deshacerse de su historia o de construir una historia diferente. Es posible que oiga voces a través del aire nocturno, sin saber si se trata de amigos que vienen a buscarlo o si son llamados que llegan desde otros años, desde otros ámbitos, suscitados por otros fuegos. Acomoda algunas ramas y piensa que cuando todo está dicho es bueno regresar al fuego, al origen.

Que es bueno, muy bueno, volver a arrodillarse ante su voracidad, estudiar su movimiento y el núcleo cambiante de su centro. Que es bueno para sus alegrías y para sus dudas. Que ahí, libre de toda esperanza, puede limitarse a mirar y a no pensar. Y en esa llama sin tiempo ve arder también el ciclo que termina precisamente esta noche, el ciclo que comienza, los muchos que vendrán con sus cargas de confusiones y riquezas, lo que ha sido, lo que será, y todo cuanto alberga la oscura, invencible memoria o nostalgia de la sangre.

 

*De Antonio Dal Masetto.

(Intra, Italia 14 de febrero de 1938 - Buenos Aires, 2 de noviembre de 2015)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Una de las cosas que más me aterran es la paranoia creciente ("piensa mal y acertarás") dada por el hecho de que siempre estamos a la defensiva, imaginamos algo malo del otro pero lo más grave es que no averiguamos, lo damos por hecho. Con este modo primitivo de pensar, no salimos de la selva, ayudamos a la difamación, y nuestra vida entera y relación con los demás es un malentendido continuo.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 


 

Nos veremos otra vez*

 

Llueve, y llueve fuerte. Afuera de la ventanilla el horizonte esta velado por una cortina de agua.

Nos queda intentar arreglar las cosas desde la literatura piensa el hombre.

El arquitecto Ricardo Klepka acaba de ver a Irene entrando al vagón. Le hace señas para que se siente al lado de él. Irene que tarda en reaccionar, pasaron más de 20 años. El pasado es otra persona, otro mundo al que ya no pertenecemos, y eso incluye a las personas que quedaron allí apresadas en esas capsulas congeladas.

El saludo es pura emoción, abrazo, besos. Esa sensación de vértigo que da el no verse en décadas.

¿Cómo me reconociste? –Pregunta Irene.

-Sos vos, igualita antes del tiempo, solo te falta el cigarrillo en los labios y el humo dejando fantasmas.

-Me prohibieron el cigarrillo, pero yo fumo a escondidas, es un ritual personal y no voy a renunciar mientras el cuerpo me lleve hasta un kiosco y pueda comprar los cigarrillos por mi misma.

Ricardo recuerda esa imagen en el estudio de arquitectura donde ambos trabajaban. La vista fija de Irene en la ventana, como no viendo o viendo otra cosa. Ese aire a la Pizarnik que descubrió cuando la vio leyendo un libro con la foto de Alejandra en la tapa.

Irene que le dice con aquel libro en mano y su infaltable cigarrillo en la boca:

-Decidí que iba a fumar una tarde a los 11 años viendo a mi abuelo fumar en el patio.

“Veía a mi abuelo fumando solo en el patio. Esa concentración de estatua viviente imposible de describir: ¿en qué pensaba?

Viéndolo con ese hilo de humo que se disipaba en el aire dejando siluetas que jugaba a descubrir mi abuelo era una locomotora mansa. Era de los viejos de antes, macizos, parecían invulnerables. Esos bigotes tipo manubrio de bicicleta que después descubrí que eran igualitos a los de Hindenburg.

Como los abuelos de muchos otros niños mi abuelo había sido foguista ferroviario.

El abuelo armaba sus propios cigarrillos sin filtro o fumaba en pipa, pero yo empecé a fumar en la adolescencia los negros

Parisiennes, éramos minoría las mujeres que fumábamos negros”.

En un momento se funden los recuerdos con la palabra presente de Irene que evoca los momentos compartidos: me encantaban esas horas donde no pasaba nada o no había trabajo y se hablaba, se fumaba y se tomaba mate hasta la hora de irse cada cual a su casa.

Llueve mucho, el tren parece un barco. En este momento ya debe haber gente con el agua al cuello. –dice Ricardo volviendo por un instante la mirada a la ventanilla

¿Te acordás del proyecto de la casa-barco? Dice Irene.

-Vendría bien retomarlo, todavía tengo cuadernos con apuntes y los planos enrollados.

De memoria: “El barco casa es una unidad transportable, pensada para ser utilizada como vivienda en medios urbanos manteniendo sus características de flotabilidad ante situaciones de inundación extrema” recuerdo la risa de los dueños del estudio, “ni en el Delta lo usarían”.

-Vos terminabas indignado Ricardo: "ustedes en la única tecnología en la que creen es en la bolsa de arena delante de la puerta"

-Algunas veces los maldecía en polaco y otras en ruso. Y si me preguntaban, les decía: consíganse traductor a mí me pagan por proyectista.

La música funcional del tren les acerca a Serú Girán.

¿Te acordás cuando lo desafinábamos a dúo? –dice Irene abriendo bien grandes sus ojos verdeagua.

 

Si te hace falta quien te trate con amor

Si no tenés a quien brindar tu corazón

Si todo vuelve cuando más lo precisás

Nos veremos otra vez

 

 

La estación, puente sobre el tiempo para desandar lejanías, será tan impredecible como el futuro mismo.

 

*De Eduardo Francisco Coiro

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 

-Próxima estación:

 

FRANCISCO A. BERRA.

 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN GOYENECHE.   

 

GOBERNADOR UDAONDO. 

 

LOMA VERDE.  

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

ESTACIÓN DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

D. SÁEZ.   

 

J. R. MORENO.   

 

 EMPALME ETCHEVERRY.

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

LISANDRO OLMOS.

 

 INGENIERO VILLANUEVA.

 

 ARANA.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

 


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