domingo, noviembre 30, 2025

ESTACIÓN GOYENECHE.

 


*Antigua foto del Ferrocarril Provincial.

-Fuente: https://meridianocultural.com.ar/ferrocarril-provincial/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Como quien se queda esperando al tren

y se pierde mirando los galpones de chapa

erguidos e impunes contra el horizonte.

 

Como quien recuerda que carga valijas

y comprende el peso

del polvo de siglos dormido en las vías.

 

Como quien se cansa de aguardar la tarde

sentado en un banco más solo

que el andén desierto de hierro y madera.

 

Como quien despierta de una pesadilla

y entiende de pronto que ya no hay regresos,

que no habrá partidas.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una noche en Estación Goyeneche*

 

Llevaba varios días deambulando por los campos. Durmiendo al raso o en alguna cabaña abandonada, compartiendo el espacio con toda clase de alimañas. Comiendo fruta de los árboles, cuando podía encontrar uno, o los restos de las provisiones que había podido llevar conmigo. No sé hasta cuando podré resistir así. Lo que sí sé es que no puedo volver a la ciudad. No hasta que los hombres de Heredia dejen de buscarme. Puesto que mi falta no fue grave, calculo que será cuestión de dos o tres semanas, un mes a lo sumo. O eso espero.

Mi sentido de la orientación es nulo. Me limitaba a recorrer senderos al azar, escondiéndome donde fuese posible cuando oía voces o ruido de vehículos a motor. No me importaba ignorar mi ubicación: Una vez pasado el peligro, ya preguntaría cómo regresar. De momento, disfrutaba (si es que la vida austera al aire libre puede considerarse un disfrute) del oxígeno que tanta falta hace en las ciudades, de la calma del campo, de las noches estrelladas y los sonidos de la naturaleza.

El edificio no lo vi hasta que estuve casi dentro de él. Aunque llamarlo edificio es, tal vez, algo generoso por mi parte. En realidad se trataba de una construcción en estado de ruina, aunque la fachada no estaba tan deteriorada como sugerían las enormes matas de hierba y arbustos de diversa índole que crecían junto a ella y la ocultaban parcialmente. Pensé que, transcurrido un tiempo equis, todo sería devorado por las plantas y del edificio en cuestión apenas quedaría la memoria, o ni siquiera eso. Todo tiende a ser olvidado, como nosotros mismos.

Rodeé las ruinas cautelosamente. Al principio no me atreví a entrar pero, teniendo en cuenta que se aproximaba con rapidez la noche y, además, el cielo presagiaba lluvia inminente, no me quedó más remedio. Recorrí el interior a la escasa luz que se filtraba por los agujeros existentes donde antes estaban las ventanas. No parecía que hubiese habido ningún derrumbe, lo cual me tranquilizó. Busqué un rincón donde tender la mantita que llevaba conmigo y me acosté para descansar. Debí quedarme dormido porque lo siguiente que recuerdo es que ya era de noche y un viejo estaba sentado junto a mí, con la espalda apoyada en la pared, alumbrándome con una pequeña linterna y mirándome de una forma que me pareció sarcástica.

Me incorporé de golpe y llevé la mano instintivamente a mi mochila. El viejo hizo un gesto ambiguo con la intención de tranquilizarme.

- No tengas miedo – dijo – Soy inofensivo.

Claro. No iba a decir que era un asesino en serie. Metí la mano en la mochila y saqué la navaja.

- ¿Quién eres? – pregunté – Y ¿qué haces aquí?

- Quien yo sea no tiene importancia. En cuanto a la otra pregunta: Vivo aquí. Tú eres el intruso y el que debería dar alguna explicación.

Lo miré durante unos segundos con detenimiento. Sí. Daba la impresión de estar viviendo en un lugar como aquél.

- Vale. Yo estoy de paso. – dije mientras guardaba el arma – No te molestaré más allá de esta noche.

- ¡Oh! No es ninguna molestia. Un viejo como yo sabe apreciar la compañía cuando se presenta. Considérate mi invitado. ¿Eres de la zona?

 

Sabía que, de todos modos, no podía confiar en él, así que me dispuse a dar respuestas evasivas.

- No. Vengo de lejos. De por allá. – hice un gesto vago con la mano.

- Entiendo. No te gustan los interrogatorios. Tienes razón. No debería preguntar, pero ya sabes: a cierta edad nos volvemos curiosos.

- No pasa nada. ¿De dónde es usted?

- Siempre viví por aquí. Donde podía encontrar trabajo. Por desgracia, nunca duraba mucho.

- Lo siento. Y ¿dónde es aquí? No tengo la menor idea de dónde estoy.

- Ya veo: Viajando al azar. Eso es disfrutar de la libertad.

Si él supiera…

- Te encuentras – continuó – en el partido de Monte, provincia de Buenos Aires, más concretamente en la antigua estación de Goyeneche.

- Nunca había oído hablar de ella.

- Fue bastante importante en su tiempo. Un punto intermedio del Ferrocarril Provincial de Buenos Aires. Luego cayó en desuso y finalmente se clausuró en 1961. Desde entonces, todo esto no ha hecho más que deteriorarse.

- Vaya. Una pena. Aunque, bien mirado, al menos nos sirve de refugio. Parece que va a llover.

- En este rincón no nos mojaremos. ¿Sabes? Hay como un halo de tristeza en estos lugares abandonados. ¿No lo notas?

- Creo que sé de lo que hablas. Sí. Yo también lo he notado.

- Tristeza y algo de misterio. – No entendí bien el sentido de estas enigmáticas palabras, pero sonreí mientras movía la cabeza afirmativamente, como si hubiera comprendido. (Lo iba a comprender con el tiempo).

La conversación se alargó hasta bien entrada la noche. Compartimos una botella de vino que el viejo sacó de su petate. Entre trago y trago, me habló de su infancia en la ciudad de San Miguel del Monte y su peregrinación por todos los pueblos de la zona. De sus amores fugaces (¡cómo nos gusta hablar de ellos!) y su inevitable deriva. De las noches de farra y las eternas noches de soledad. Me dio un poco de pena, la verdad. Tal vez por eso me largué a hablar yo también, aunque a esas alturas creo que hablaba el alcohol por mí. No puedo recordar qué dije o qué no. Llegó un momento en que ambos estábamos bastante somnolientos y decidimos dormir. Yo, por las dudas, lo hice con la mano cerrada en torno a mi navaja.

Al despertar, no había rastro del viejo. Ni su manta, ni la botella vacía ni las colillas esparcidas por el suelo. ¿Lo habría soñado? Me encogí de hombros, guardé mis cosas, me eché la mochila al hombro y salí al exterior.

Una vez fuera, me fijé en que alguien había pintado con tiza la leyenda “Goyeneche FCPBA”. Al menos ahora sabía dónde me encontraba. Pero me sentía intranquilo y no lograba descifrar el motivo. Cerré los ojos y repasé mentalmente mis movimientos desde el momento en que desperté. Comprendí de qué se trataba: Desde que salí de las ruinas me había asaltado una sensación extraña. Algo estaba cambiado con respecto al día anterior. Miré alrededor con atención y fue entonces cuando vi los cuerpos: Tres hombres yacían en el suelo, parcialmente ocultos por la hierba crecida. Me asusté. Seguro que eran ellos. Los sicarios de Heredia. Casi echo a correr. Pero la curiosidad pudo más. Eso y el hecho de que los tres parecían completamente inmóviles. Si hubieran estado espiándome ya habrían actuado. Es más, si hubieran venido a capturarme (o matarme, eso no lo tenía demasiado claro) podrían haberlo hecho mientras dormía plácidamente. Durante unos minutos no me moví. Ellos tampoco. O era el juego más retorcido del mundo o realmente estaban inconscientes (o algo peor).

Me acerqué a uno de ellos con cautela (la mano siempre en torno a la navaja). No reaccionó. Lo zarandeé con el pie. Nada. Me agaché a su lado y puse mis dedos en su cuello, como había visto hacer en las películas. No tenía pulso y su cuerpo despedía un frío que no dejaba lugar a dudas. No me hizo falta comprobar si los otros también habían muerto, puesto que estaban tirados en posiciones inverosímiles, doblados, con los miembros retorcidos, las cabezas giradas de un modo antinatural… ¿Qué había pasado? ¿Tal vez algún animal los había sorprendido justo cuando estaban a punto de atraparme? ¿Seguiría por allí dicho animal?

Me encogí de hombros y eché a andar, alejándome de aquel lugar. Ahora sí que no podía regresar. Nunca. Debería buscar otro lugar para establecerme. Tal vez incluso otra identidad, si era posible conseguir los papeles necesarios. Mientras me alejaba, no dejaba de pensar en algo que el viejo me había dicho durante nuestra charla, pero no lograba recordar el qué. De lo que sí me acordaba era del rostro curtido y de la mirada feroz que me pareció sorprender en él en algún momento. Pero sin duda, todo eso eran imaginaciones mías.

 

*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

https://sergioborao2011.blogspot.com/

 

 

 

 






 

 

 

ESPEJO*

 

Voy a contarte todo.

Para que sepas algo de tu especie de tierra.

Para que no me olvides.

Yo, no tengo recuerdos, ni peces, ni banderas.

No tengo olvidos, de simios, de manzanas.

No llevo báculo, ni cruz.

No sé de dónde vengo, menos adónde voy.

Te sorprendí en remolinos polvorientos.

Tropecé con la huida de otros muertos.

Asistí a tu primer nacimiento.

Observé el primer alegato de tu tajo.

Lloré contigo poniendo nombre al alba

Resolvimos la teoría del binomio.

Desciframos tus huellas dactilares de ave y saurio.

Vi cómo te crecieron las uñas.

El pelo, los pies, la indefensión.

Oímos voces que venían de otras voces.

Yo fui el primero.

Áspera cizaña. Torpe milagro de los médanos.

Seré el último testimonio de tu reloj de arena.

Tú, volverás al polvo.

Yo seré Cristo. Gilgamesh. Siempreviva.

Acaso… espejo.

 

*de Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL NAUTILUS A GOYENECHE*

 

“Soñé que el Nautilus seguía en el taller del Moncho, que allí estaba abandonado, que ni Gino ni el tío Nicolás lo habían retirado, que por lo tanto nada había sucedido, que el tiempo y sus acontecimientos se quedaron suspendidos allí mismo, cuando el futuro aun sería unos soplos invisibles de aire por respirar y nada había escrito…”

 

 

 

1. soplos invisibles de aire

 

Cuando el tío Nicolás descubrió al Nautilus en una calle olvidada de Lanús oeste sus vendedores le dejaron una frase que interpretó como una apurada del tipo no demores que lo vendemos, le dijeron: “vos crees que tenés todo el tiempo del mundo”. 

Fue una enseñanza existencial.

 

 

2. La utopía

 

El nautilus era la perfección del deseo: podía adaptarse a casa rodante, o colectivo de viajes de turismo o pesca. Para lo que fuera se veía bello como la utopía de la libertad. “hasta recorrer la ruta 40 completa no paramos”

Nicolás ya no trabajaba en el negro humo de la fábrica de neumáticos.

Hacía cobranzas en su moto tehuelche. Llevaba unas antiparras que desataron la imaginación de los amigos de Eduardo.

“ahí viene el mariscal del aire”.

Claro que el Tío no tenía dinero para cumplir el sueño del pibe ya muy grande.

 

 

 

3. Proyecto Nautilus

-según Kalman.

 

El tío de Eduardo no tenía dinero para comprar al Nautilus y menos aún para invertir en ponerlo en marcha. Ahí entro a la historia el Gino su vecino del barrio la huella. El Gino llegó por un enredo pasional. Aintza mujer del tío tenia de vecina cercana a una bella joven cuyo nombre era único e irrepetible: Blancanieves.  El proyecto Nautilus lo apasiono tanto o más para ganarse el afecto inalcanzable de la más hermosa muchacha de Llavallol. El tío y Aintza eran el arco iris para la ilusión que no se lograba con piropos al paso.

Gino le decían porque era un italiano pícaro como Gino Renni, pero su nombre era poco usual: “Egidio” aunque en aquel Llavallol de migrantes abundaban los nombres únicos como el mío: Kalman.

El Gino regateo el precio todo lo que pudo, pero pagó lo que le pidieron por el Nautilus. Contrató a un gestor para averiguar si tenía problemas de multas y puso al submarino con ruedas a su nombre.

De allí fue directo al taller del Moncho. Había que hacer de todo en mecánica, algunos parches de carrocería y un capricho que estaba dispuesto a pagar: colocar debajo del chasis enormes tanques flotadores para que el aparato no solo fuera por las rutas sino pudiera entrar a un lago apacible del sur como barcaza.

 

 

 

 

4. El espíritu de los abismos

-Según Esteban-

 

Para los muchachos del industrial, Llavallol era el ombligo del mundo.

Créanme que las historias personales que escuchamos fueron y serán la continuación casi perfecta de mitos o canciones infantiles.

Al Don

Al Don

Al Don Pirulero

cada cual, cada cual

que atienda su juego,

y el que no, el que no

una prenda tendrá.

 

Cada cual hace lo que puede con sus mandatos inconscientes. El verdadero juego que hay que atender. Por eso la historia de Egidio y Blancanieves, (o Gino y Blanca como se hacían llamar para el barrio) se sostiene en la opacidad.

Eran jóvenes, buscaban su lugar en el mundo.  Como dejó escrito Jung el espíritu de los abismos buscaba su senda para manifestarse.  Con el amor, con malentendidos entre el deseo y la comunicación, arriesgando tener una prenda mientras cada cual atiende a su juego

 

 

 

 5. El viaje inaugural

 

Ya no era la ruta 40 sino un objetivo posible y modesto en el interior cercano. Elegir fue un juego: cuatro lápices de colores, un mapa extendido de la provincia de buenos aires. Cerrar los ojos y marcar una zona. Luego se sortearon los colores. Aintza con lápiz azul.  Blancanieves con verde. Gino con rojo y Nicolás con violeta.

El bollito de papel lo eligió Blanca. Era el azul.

Que decía el punto marcado en el mapa: “Goyeneche”.

¿un pueblo homenaje al polaco Goyeneche?

Aintza recordaba haber leído el nombre en un letrero de la ruta 215 camino a Monte.

Vamos -dijo Gino. Si no podemos acampar allí seguimos a la laguna de Monte.

Por las dudas en el camino día pararon en La Estrella de Udaondo y se aprovisionaron de salamines, queso de campo, pan.

 

 

 

 

6. Música en viaje.

-según Eduardo.

 

Sí. Aquel presente de época era para Palito Ortega y Sandro.

Sin embargo, el pasado tanto como un futuro inevitable ya estaban escritos en “Naranjo en Flor”

El tío tenía muy presente la voz dramática del polaco Goyeneche. Gino quería que su Blancanieves escuchara la versión moderna de Horacio Molina.

 “Era más blanda que el agua, que el agua blanda.... Era más fresca que el río, naranjo en flor...”

Gino le tomaba la mano a Blancanieves mientras escuchaban, aunque el cambiaba “blanda” por “Blanca” suspirando un amor bien desafinado el Gino.

 “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos...”

Para todos, para cada cual llegaría un futuro insondable en el que la vida sería un pájaro sin luz.

 

 

 

 

 

 

7. La noche

Al recuerdo del tío Nicolás.

 

La estación estaba cerrada, no había nadie, ni rastros de población. Hicimos un fueguito entre las vías, para alumbrarnos, calentar la pava y a tomar unos mates antes de ir a dormir en el submarino rodante. El Gino y Blanca estaban acaramelados. Nos miramos con la vasca: vamos a darles la cama grande a los novios.

A la medianoche se escuchaban los grillos de la intemperie. Blanca y el Gino no terminaban nunca de jadear. Entonces sucedió algo mágico e inexplicable. Se escuchó una melodía de flauta, repetida, una y otra vez la misma… “el mismo Dios desde la oscuridad quiere que escuchemos esto” dijo Aintza. Hacia el oeste, donde terminaba el andén desde un frondoso cañaveral partía el sonido, por cierto, parecía un aprendizaje.  Nos dormimos abrazados sentados en los asientos de adelante mirando al cielo derrumbado en estrellas.  Cuando despertamos al primer amanecer solo soplaba el viento.

 

 

*Por Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TINTA ROJA*

 

"Paredón, tinta roja en el gris del ayer, borbotón de mi sangre infeliz…"

CÁTULO CASTILLO

 

En una bruma de ayeres, hoy, mi pared te busca.

No entendía tus manos.

No entendías mis ojos.

Sabías que en mi lecho moraban dioses y demonios.

Y elegiste ser Dios.

Sabías. Que mi cuerpo era una trampa de barro.

Que me gustaba que el viento jugara con mi pelo.

Que escribía con sangre, con sangre toda.

Sólo podías ver tinta, tinta roja, impostura.

Sabías. Que mi agonía no era carne, solo carne.

Me besabas la nuca y la llovizna.

Mirabas, distraído las distancias avaras.

Y en el faro del fin del mundo me buscabas.

Sabía que, a tientas, te buscaba y te hallaba.

Y no hallabas raíces en las turmalinas.

Creías ser alquimista y solo eras fuego.

Me veías Mesalina y yo era arena virgen, y agua.

Incendiaste el bosque de los almendros blancos.

Y la piedra se fragmentó y la arena partió y el agua.

Y se, aun me buscas, y te busco. Inútilmente.

 

Sabes y sé. No era tinta, era sangre, solo sangre.

Sangre, en el gris del ayer, sangre

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CENA DELICIOSA*

 

(Cap. 02)

 

Zumbido en mi celular: mensaje del amigo Coiro. Parece que luego de haber instalado el WhatsApp, ahora abusa de su utilización… Necesita con urgencia un nuevo texto para InvenTren: “Si me esfuerzo tanto para editar y publicar una estación de InvenTren por año, sabiendo que me faltan 15 para terminar el recorrido, ¡me muero antes!!!”, escribe, jocoso. Y como mensajea en sintonía con mis ganas de desoxidar la maquinaria literaria, le pido precisiones.

“La próxima estación es Goyeneche, en el Partido de Monte”, me aclara. Busco en internet: apenas una antigua parada del ferrocarril, cerca de la localidad de Abbott, que funcionó hasta el año 1961, con población rural dispersa.

Releo varias veces estas últimas tres palabras, y mi mente divaga. De pronto recuerdo un texto que quise continuar hace un tiempo, y lo releo…

 

 

 

*     *     *

 

Emma se acuesta y se tapa con esa manta que al nacer le tejiera su abuela, fallecida hace unos años, y de quien Emma apenas tiene recuerdos. Aún percibe ese sabor dulzón que le ha dejado la cena sobre la lengua. Mira el techo de su habitación a oscuras, donde se le aparece desdibujado el rostro del nuevo peón, Cosme. Lo ve tal como lo viera la primera vez, hace unos días, ordeñando las vacas en el tambo. Pálido y enjuto, silencioso, con una mirada tan profunda que intimida, y ese facón cruzado en la cintura, bajo los riñones, quizá tan afilado como sus dedos.

El recuerdo le asusta tanto como la noche. No sabe por qué, pero intuye que no todas las oscuridades son iguales. Las hay agradables, como la que siente en invierno dentro de su cama, bajo el calor de las mantas. Y las hay perturbadoras, como la fría oscuridad de la noche entre los árboles del monte, o entre las sombras del chiquero, donde los sonidos y las formas vaticinan la aparición de lo desconocido.

“Seguro que a Cosme lo contrató Don Eladio”, piensa Emma, aunque no se le ocurre motivo alguno por el que el patrón querría que alguien con esa impronta anduviera en los terrenos de su estancia. Acaso sea bueno en las tareas para las que lo contrataron, supone Emma. Pero, ¿en qué podría ser bueno Cosme? Acaso ordeñe bien las vacas. Y utilice bien ese facón para carnear a los lechones… Pero muchas de esas tareas también las cumple su papá. Qué raro…

Oye el sonido de la puerta de la casilla, apagado entre las sombras. Seguro ha de ser su mamá, volviendo del chiquero. ¿A esta hora? ¿O será su padre que ha vuelto? ¿Tan tarde? Algo no anda bien. Se incorpora sobre un codo en su cama, afinando el oído. Apenas se hacen notar los grillos en la noche. Y el lejano claxon de una locomotora a lo lejos. ¿Cómo será viajar en tren?, se pregunta, con curiosidad.

De pronto, inquieta y sin saber por qué, despejando su mente de fantasías viajeras, no quisiera estar sola en su pieza, ni en ningún otro lugar. Se levanta, se cubre los hombros con la manta de la abuela, se calza las ojotas y camina en la penumbra hacia la cocina. Su mamá no se encuentra allí, aunque el farol haya quedado encendido.

Se acerca hacia la ventana, descorre esa cortina de tela basta que nadie se ha molestado en limpiar desde hace años, y espía hacia el exterior. Las sombras de la noche apenas son disipadas por una luna incipiente. Sin rastros de nadie, y sin embargo… Se deja llevar por el impulso de la curiosidad, y abre muy despacio la puerta, intentando que sus oídos suplanten a sus ojos. Algo le dice que no lleve consigo ninguna luz. Su madre le regañaría por estar levantada. A esa hora ya debería estar dormida. Con paso trémulo, avanza sobre los guijarros de la entrada.

De pronto, se detiene y encoge sobre sí misma. Voces, acalladas, hacia el lado del chiquero.  La invade el temor, al mismo tiempo que necesita con urgencia que aparezca su papá. ¿Será él, hablando con mamá? ¿Pero por qué en secreto, y en el chiquero? La curiosidad puede más que el miedo. Y con el intenso deseo de saber que su papá ha vuelto por fin, avanza hacia el establo que funciona como chiquero.

Los sonidos se definen al acercarse, por encima de algunos ronquidos porcinos, quejosos por quienes vienen a molestar su descanso. Las voces que escucha Emma resuenan apresuradas y nerviosas, aunque intenten arañar la seguridad.

—¿Estás segura de que no te vio? —escucha que dice una voz de hombre.

—No, para nada. Emma puede ser una chica despierta, pero no estaba cerca cuando lo hice.

Es su mamá. ¿Por qué la nombra? ¿Y con quién habla? Ése no es su papá.

—¿Lo cocinaste bien?

—Si, claro. Emma se chupó hasta los huesos.

—¿Qué vamos a hacer con la piba?

Un temblor le estremece las entrañas. Algo le dice que vuelva junto a su cama y se esconda hasta que vuelva su papá. Entonces, un relámpago de lucidez disipa los temores que sintiera hasta entonces, para sumirla en el verdadero terror.

¿Y si su papá no vuelve?

—No la metas en esto —la voz de su mamá tiembla, casi con miedo. —Ella no tiene por qué saberlo. Mañana la llevo al pueblo, y la dejo con Doña Esperanza, la curandera. Ella la va a saber cuidar, se llevan bien, Emma la siente como una abuela. No quiero dejarla acá sola.

—Muy preocupada se te nota por la vida de la piba, después de esto que acabás de hacer.

—Los problemas que tenía con Alfredo son cosa mía. No alcanzaba que lo dejara. Bastante me hizo sufrir antes de venir acá. Además… El que me dio la idea fuiste vos.

—Merecía algo peor este Wilson— y agrega, luego de hacer una pausa: —Vení para acá, negra…

Las voces se acallan pero los sonidos no. Emma necesita verlos, saber quién es, enfrentar el horror a los ojos. Asoma la cabeza por encima del borde inferior de la ventana del chiquero. Un par de sombras se recortan contra el hueco de la ventana de la pared de tablones, al otro lado del establo. Siluetas abrazadas, que se besan con urgencia. Las manos del hombre acarician los glúteos de su madre mientras respira entrecortado. Alma se interrumpe con brusquedad, separando sus labios del rostro del extraño y advirtiendo, imperiosa:

—¡Basta, acá no! ¡Quedate quieto!

—Es que me volvés loco, negra… —insiste el otro, queriendo besarla y manosearla otra vez.

Emma se estremece de asco, abrazándose a la manta tejida.

—¡No! —exclama ella, empujándolo por los hombros para separarse de él. —Mañana vamos a tener tiempo. Andá para las casas, y pasame a buscar por la arboleda, al lado de la ruta, ni bien levante el sol. En cuanto deje a Emma con la vieja, huimos para siempre de este lugar.

El hombre gruñe, pero acepta, dejando caer los brazos. Emma se agacha, temblando de pies a cabeza. ¿Qué hizo mamá con su papá? Aceptar la sola ocurrencia de la idea le resulta espeluznante. ¿Qué pasó con su mamá, qué le han hecho? ¿Y por qué dice así como así que la abandonará por la mañana? Retrocede unos pasos, sin dar la espalda al hueco de la ventana por la que acaba de espiar, ni darse cuenta de los postes de madera que su papá dejó allí cerca, hace un par de días, con los que repararía los alambrados cuando volviera de acompañar a Don Eladio.

Tropieza de espaldas. Su caída no es más que un murmullo, aunque alerta a los demás.

—¿Y eso? —exclama el hombre.

—¡No, vení! —le implora Alma, quizá intuyendo quién los estaba espiando, anhelando no tener que derramar otra sangre.

Emma se levanta de un salto, tropezando con sus ojotas mal puestas, mientras gira la cabeza al envolverse en la manta de nuevo y mirar hacia atrás por sobre su hombro. A través de la puerta del establo se asoma con decisión una silueta delgada, facón en mano, que la tenue luz de la luna descubre con horror.

Cosme.

El grito sale de la garganta de Emma con una intensidad desconocida. Tiene que correr, huír de ese hombre y de ese facón. Trastabilla en los primeros pasos hasta recuperar el equilibrio. “¿Hacia dónde?”, piensa. Cosme tiene piernas más largas, enseguida la alcanzará. Correr hacia el camino que la lleva hacia el poblado, y de allí a la ruta, no tiene sentido. Tiene que volver y esconderse. ¿Dónde?

Acelera el paso hasta llegar a la casilla, se zambulle dentro y cierra de un portazo, corriendo el pasador. Levanta la tapa de madera que hay en el centro de la sala y comienza a descender por la escalera de madera vertical hacia el sótano. Al estar ya casi sumergida en el piso de la sala, tantea la tapa y la vuelve a cerrar sobre su cabeza. Antes de que desaparezca bajo la línea del suelo, oye los golpes y los insultos de Cosme contra la puerta de la casilla.

Una vez su mamá le había contado que la casilla no disponía originalmente de dicho sistema, pero que Don Eladio le había permitido a su papá que cavase un enorme pozo y fabricase un sótano para estibar mercaderías. No tiene demasiado lugar, pero al menos puede sentarse en la oscuridad sobre el piso de cantos rodados que hiciera su papá. Por encima de su cabeza, al otro lado de la tapa de madera, se oyen ruidos invasores: un cuerpo que cae, una maldición, la voz apagada de su madre. Quizá Cosme haya logrado entrar por una de las ventanas.

—¡No la lastimes, por favor! —implora la voz de Alma, quien parece hacer a un lado los repulsivos rencores experimentados hacia Alfredo y recuperar aquel entrañable afecto que sintiera hacia Emma al sostenerla por primera vez en sus brazos.

Cosme no responde, pero sus pasos veloces sobre la madera del suelo se oyen a lo largo de cada rincón de la casilla. Por fin, se escucha el sonido del pasador de la puerta, y la voz de Alma, una vez dentro.

—¿Dónde está?

—Eso decime vos, ¿dónde se metió? —la increpa Cosme. —Debajo de la mesa y de las camas no está, detrás de las puertas tampoco. Decime… ¿Tu hijita es un fantasma?

Entonces, el tono de voz de Alma se aquieta. Sus pasos se oyen por encima de la cabeza de Emma. Parece agacharse, intentar oír algo, olfatear la madera de la tapa. Y con decisión, cierra el pasador del sótano.

—¿Qué hacés? —la regaña él.

—Está ahí abajo —replica ella, y la inquietud se apodera de su voz, escupiendo frases a toda velocidad: —¡Por favor, no le hagas nada! Vámonos… Cuando lleguemos a lo de Doña Esperanza, le dejo una nota a la vieja diciendo que pase por acá y la saque de ahí. Unas horas al oscuro no le van a hacer mal. Además, abajo tiene comida. ¡Por favor! Ella no tiene nada que ver.

Silencio entre ambos. Emma tiembla en la oscuridad, aferrándose las rodillas, cubierta por la manta hasta la cabeza. Su mamá podría haberse callado, y dejarla escondida allí. ¿Por qué tuvo que decirle dónde estaba? ¿Y si a este tipo nada le importa, y abre la tapa de cualquier modo, cegándola con la luz del farol y el brillo letal del facón en su mano? No hay escapatoria. Sólo una prueba de amor podría salvarla.

—Si esta piba llega a hablar, y nos encuentran, la primera en caer vas a ser vos, negra —sentencia Cosme. —Antes de que me maten, yo te mato. Porque al calabozo no vuelvo más.

—Te lo juro —implora Alma. —Emma es una nena muy buena, incapaz de hacer daño. Nadie nos va a seguir.

Un nuevo silencio tensa el ambiente. Emma tiembla aún más, sintiendo que su vida pende de un hilo, aferrándose a una mínima posibilidad de salvación. Teme por su vida, y también por la de su madre, aunque lo que siente le resulte confuso. Sufre por este inminente abandono, pero al mismo tiempo sabe que lo que ha hecho su madre esta noche es algo horrendo. Su papá no merecía algo así. ¡Hacerla cómplice a ella, al servírselo en la cena! Y encima, tampoco es justo que como broche de oro se vaya con este miserable que acaba de conocer. ¿O no será así? ¿Serán antiguos conocidos? ¿Desde cuándo han venido planeando esto? Emma no logra pensar con claridad, con tantas ideas superpuestas.

—Te espero afuera —dice Cosme en voz baja, mientras se oye el susurro del facón al entrar en su vaina y sus pasos al alejarse.

Emma alza la vista, hacia la silueta iluminada de los espacios entre los tablones de la tapa. La silueta de su madre proyecta sombra sobre el piso mientras Alma se pone de rodillas, y murmura contra la tapa, la voz quebrada por el llanto.

—Perdoname, hijita… No es tu culpa… No tenés nada que ver… Perdoname…

Emma no sabe qué decir. Tampoco entiende lo que siente. Sólo sabe que su vida ha cambiado para siempre. Y la de su madre también.

Alma se aleja sollozando, y cierra la puerta de la casilla tras de sí. Ha dejado el farol encendido, cuyo rumor es lo único que se oye, junto con la respiración de Emma. Y la completa soledad, magnificada al irse apagando el farol con el paso de las horas, que transcurrirán lentas y pegajosas hasta que alguien, con fortuna, la venga a rescatar.

Para regresar a una realidad que ya no es la suya.

Para enfrentarse con un futuro por completo imprevisible y desconocido.

 

 

*Por ALBERTO DI MATTEO. licaldima@gmail.com

Octubre de 2025.

 

-Alberto Di Matteo. Escritor por vocación, y psicólogo de profesión.

Escribe desde principios de su escuela secundaria. Su papá le contaba cuentos (inventados por él) antes de dormir, y de allí Alberto intuye que le surgieron las ganas de contar. Ha participado en diversos certámenes literarios.

-Ha publicado en Inventiva Social cuentos para la serie InvenTren desde los recorridos literarios iniciados en el año 2002.

Hace suyas las palabras de John Cheever, "escribo para entenderme y entender el mundo".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Una niña perdida en el jardín de signos,

se abraza a las palabras y resiste,

en el exacto centro de lo que no se dice.

 

* Cristina Villanueva.

-A su memoria-

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

-Próxima estación:

 

GOBERNADOR UDAONDO.  

 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

 

LOMA VERDE.  

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO DALMIRO SAENZ.   

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

 

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