*Antigua foto del Ferrocarril Provincial.
-Fuente: https://meridianocultural.com.ar/ferrocarril-provincial/
*
Como quien se queda
esperando al tren
y se pierde mirando
los galpones de chapa
erguidos e impunes
contra el horizonte.
Como quien recuerda
que carga valijas
y comprende el peso
del polvo de siglos
dormido en las vías.
Como quien se cansa de
aguardar la tarde
sentado en un banco
más solo
que el andén desierto
de hierro y madera.
Como quien despierta
de una pesadilla
y entiende de pronto
que ya no hay regresos,
que no habrá partidas.
*De Mariana
Finochietto. mares.finochietto@gmail.com
Una noche en
Estación Goyeneche*
Llevaba varios días deambulando por los
campos. Durmiendo al raso o en alguna cabaña abandonada, compartiendo el
espacio con toda clase de alimañas. Comiendo fruta de los árboles, cuando podía
encontrar uno, o los restos de las provisiones que había podido llevar conmigo.
No sé hasta cuando podré resistir así. Lo que sí sé es que no puedo volver a la
ciudad. No hasta que los hombres de Heredia dejen de buscarme. Puesto que mi
falta no fue grave, calculo que será cuestión de dos o tres semanas, un mes a
lo sumo. O eso espero.
Mi sentido de la orientación es nulo. Me
limitaba a recorrer senderos al azar, escondiéndome donde fuese posible cuando
oía voces o ruido de vehículos a motor. No me importaba ignorar mi ubicación:
Una vez pasado el peligro, ya preguntaría cómo regresar. De momento, disfrutaba
(si es que la vida austera al aire libre puede considerarse un disfrute) del
oxígeno que tanta falta hace en las ciudades, de la calma del campo, de las
noches estrelladas y los sonidos de la naturaleza.
El edificio no lo vi hasta que estuve casi
dentro de él. Aunque llamarlo edificio es, tal vez, algo generoso por mi parte.
En realidad se trataba de una construcción en estado de ruina, aunque la
fachada no estaba tan deteriorada como sugerían las enormes matas de hierba y
arbustos de diversa índole que crecían junto a ella y la ocultaban
parcialmente. Pensé que, transcurrido un tiempo equis, todo sería devorado por
las plantas y del edificio en cuestión apenas quedaría la memoria, o ni
siquiera eso. Todo tiende a ser olvidado, como nosotros mismos.
Rodeé las ruinas cautelosamente. Al
principio no me atreví a entrar pero, teniendo en cuenta que se aproximaba con
rapidez la noche y, además, el cielo presagiaba lluvia inminente, no me quedó
más remedio. Recorrí el interior a la escasa luz que se filtraba por los
agujeros existentes donde antes estaban las ventanas. No parecía que hubiese
habido ningún derrumbe, lo cual me tranquilizó. Busqué un rincón donde tender
la mantita que llevaba conmigo y me acosté para descansar. Debí quedarme
dormido porque lo siguiente que recuerdo es que ya era de noche y un viejo
estaba sentado junto a mí, con la espalda apoyada en la pared, alumbrándome con
una pequeña linterna y mirándome de una forma que me pareció sarcástica.
Me incorporé de golpe y llevé la mano
instintivamente a mi mochila. El viejo hizo un gesto ambiguo con la intención
de tranquilizarme.
- No tengas miedo – dijo – Soy inofensivo.
Claro. No iba a decir que era un asesino en
serie. Metí la mano en la mochila y saqué la navaja.
- ¿Quién eres? – pregunté – Y ¿qué haces
aquí?
- Quien yo sea no tiene importancia. En
cuanto a la otra pregunta: Vivo aquí. Tú eres el intruso y el que debería dar
alguna explicación.
Lo miré durante unos segundos con
detenimiento. Sí. Daba la impresión de estar viviendo en un lugar como aquél.
- Vale. Yo estoy de paso. – dije mientras
guardaba el arma – No te molestaré más allá de esta noche.
- ¡Oh! No es ninguna molestia. Un viejo
como yo sabe apreciar la compañía cuando se presenta. Considérate mi invitado.
¿Eres de la zona?
Sabía que, de todos modos, no podía confiar
en él, así que me dispuse a dar respuestas evasivas.
- No. Vengo de lejos. De por allá. – hice un
gesto vago con la mano.
- Entiendo. No te gustan los
interrogatorios. Tienes razón. No debería preguntar, pero ya sabes: a cierta
edad nos volvemos curiosos.
- No pasa nada. ¿De dónde es usted?
- Siempre viví por aquí. Donde podía
encontrar trabajo. Por desgracia, nunca duraba mucho.
- Lo siento. Y ¿dónde es aquí? No tengo la
menor idea de dónde estoy.
- Ya veo: Viajando al azar. Eso es
disfrutar de la libertad.
Si él supiera…
- Te encuentras – continuó – en el partido
de Monte, provincia de Buenos Aires, más concretamente en la antigua estación
de Goyeneche.
- Nunca había oído hablar de ella.
- Fue bastante importante en su tiempo. Un
punto intermedio del Ferrocarril Provincial de Buenos Aires. Luego cayó en
desuso y finalmente se clausuró en 1961. Desde entonces, todo esto no ha hecho
más que deteriorarse.
- Vaya. Una pena. Aunque, bien mirado, al
menos nos sirve de refugio. Parece que va a llover.
- En este rincón no nos mojaremos. ¿Sabes?
Hay como un halo de tristeza en estos lugares abandonados. ¿No lo notas?
- Creo que sé de lo que hablas. Sí. Yo
también lo he notado.
- Tristeza y algo de misterio. – No entendí
bien el sentido de estas enigmáticas palabras, pero sonreí mientras movía la
cabeza afirmativamente, como si hubiera comprendido. (Lo iba a comprender con
el tiempo).
La conversación se alargó hasta bien
entrada la noche. Compartimos una botella de vino que el viejo sacó de su
petate. Entre trago y trago, me habló de su infancia en la ciudad de San Miguel
del Monte y su peregrinación por todos los pueblos de la zona. De sus amores
fugaces (¡cómo nos gusta hablar de ellos!) y su inevitable deriva. De las
noches de farra y las eternas noches de soledad. Me dio un poco de pena, la
verdad. Tal vez por eso me largué a hablar yo también, aunque a esas alturas
creo que hablaba el alcohol por mí. No puedo recordar qué dije o qué no. Llegó
un momento en que ambos estábamos bastante somnolientos y decidimos dormir. Yo,
por las dudas, lo hice con la mano cerrada en torno a mi navaja.
Al despertar, no había rastro del viejo. Ni
su manta, ni la botella vacía ni las colillas esparcidas por el suelo. ¿Lo
habría soñado? Me encogí de hombros, guardé mis cosas, me eché la mochila al
hombro y salí al exterior.
Una vez fuera, me fijé en que alguien había
pintado con tiza la leyenda “Goyeneche FCPBA”. Al menos ahora sabía dónde me
encontraba. Pero me sentía intranquilo y no lograba descifrar el motivo. Cerré
los ojos y repasé mentalmente mis movimientos desde el momento en que desperté.
Comprendí de qué se trataba: Desde que salí de las ruinas me había asaltado una
sensación extraña. Algo estaba cambiado con respecto al día anterior. Miré
alrededor con atención y fue entonces cuando vi los cuerpos: Tres hombres
yacían en el suelo, parcialmente ocultos por la hierba crecida. Me asusté.
Seguro que eran ellos. Los sicarios de Heredia. Casi echo a correr. Pero la
curiosidad pudo más. Eso y el hecho de que los tres parecían completamente
inmóviles. Si hubieran estado espiándome ya habrían actuado. Es más, si
hubieran venido a capturarme (o matarme, eso no lo tenía demasiado claro)
podrían haberlo hecho mientras dormía plácidamente. Durante unos minutos no me
moví. Ellos tampoco. O era el juego más retorcido del mundo o realmente estaban
inconscientes (o algo peor).
Me acerqué a uno de ellos con cautela (la
mano siempre en torno a la navaja). No reaccionó. Lo zarandeé con el pie. Nada.
Me agaché a su lado y puse mis dedos en su cuello, como había visto hacer en
las películas. No tenía pulso y su cuerpo despedía un frío que no dejaba lugar
a dudas. No me hizo falta comprobar si los otros también habían muerto, puesto
que estaban tirados en posiciones inverosímiles, doblados, con los miembros
retorcidos, las cabezas giradas de un modo antinatural… ¿Qué había pasado? ¿Tal
vez algún animal los había sorprendido justo cuando estaban a punto de
atraparme? ¿Seguiría por allí dicho animal?
Me encogí de hombros y eché a andar,
alejándome de aquel lugar. Ahora sí que no podía regresar. Nunca. Debería
buscar otro lugar para establecerme. Tal vez incluso otra identidad, si era
posible conseguir los papeles necesarios. Mientras me alejaba, no dejaba de
pensar en algo que el viejo me había dicho durante nuestra charla, pero no
lograba recordar el qué. De lo que sí me acordaba era del rostro curtido y de
la mirada feroz que me pareció sorprender en él en algún momento. Pero sin
duda, todo eso eran imaginaciones mías.
*Por Sergio
Borao Llop. sbllop@gmail.com
https://sergioborao2011.blogspot.com/
ESPEJO*
Voy a contarte todo.
Para que sepas algo de tu especie de
tierra.
Para que no me olvides.
Yo, no tengo recuerdos, ni peces, ni
banderas.
No tengo olvidos, de simios, de manzanas.
No llevo báculo, ni cruz.
No sé de dónde vengo, menos adónde voy.
Te sorprendí en remolinos polvorientos.
Tropecé con la huida de otros muertos.
Asistí a tu primer nacimiento.
Observé el primer alegato de tu tajo.
Lloré contigo poniendo nombre al alba
Resolvimos la teoría del binomio.
Desciframos tus huellas dactilares de ave y
saurio.
Vi cómo te crecieron las uñas.
El pelo, los pies, la indefensión.
Oímos voces que venían de otras voces.
Yo fui el primero.
Áspera cizaña. Torpe milagro de los
médanos.
Seré el último testimonio de tu reloj de
arena.
Tú, volverás al polvo.
Yo seré Cristo. Gilgamesh. Siempreviva.
Acaso… espejo.
*de Amelia
Arellano.
San Luis.
EL
NAUTILUS A GOYENECHE*
“Soñé que el Nautilus
seguía en el taller del Moncho, que allí estaba abandonado, que ni Gino ni el
tío Nicolás lo habían retirado, que por lo tanto nada había sucedido, que el
tiempo y sus acontecimientos se quedaron suspendidos allí mismo, cuando el
futuro aun sería unos soplos invisibles de aire por respirar y nada había escrito…”
1. soplos invisibles de aire
Cuando el tío Nicolás descubrió al Nautilus en una calle olvidada de Lanús oeste sus vendedores le dejaron una frase que interpretó como una apurada del tipo no demores que lo vendemos, le dijeron: “vos crees que tenés todo el tiempo del mundo”.
Fue una enseñanza existencial.
2. La utopía
El nautilus era la perfección del deseo:
podía adaptarse a casa rodante, o colectivo de viajes de turismo o pesca. Para
lo que fuera se veía bello como la utopía de la libertad. “hasta recorrer la
ruta 40 completa no paramos”
Nicolás ya no trabajaba en el negro humo de
la fábrica de neumáticos.
Hacía cobranzas en su moto tehuelche.
Llevaba unas antiparras que desataron la imaginación de los amigos de Eduardo.
“ahí viene el mariscal del aire”.
Claro que el Tío no tenía dinero para
cumplir el sueño del pibe ya muy grande.
3. Proyecto Nautilus
-según Kalman.
El tío de Eduardo no tenía dinero para
comprar al Nautilus y menos aún para invertir en ponerlo en marcha. Ahí entro a
la historia el Gino su vecino del barrio la huella. El Gino llegó por un enredo
pasional. Aintza mujer del tío tenia de vecina cercana a una bella joven cuyo
nombre era único e irrepetible: Blancanieves.
El proyecto Nautilus lo apasiono tanto o más para ganarse el afecto
inalcanzable de la más hermosa muchacha de Llavallol. El tío y Aintza eran el arco
iris para la ilusión que no se lograba con piropos al paso.
Gino le decían porque era un italiano
pícaro como Gino Renni, pero su
nombre era poco usual: “Egidio” aunque en aquel Llavallol de migrantes
abundaban los nombres únicos como el mío: Kalman.
El Gino regateo el precio todo lo que pudo,
pero pagó lo que le pidieron por el Nautilus. Contrató a un gestor para
averiguar si tenía problemas de multas y puso al submarino con ruedas a su
nombre.
De allí fue directo al taller del Moncho.
Había que hacer de todo en mecánica, algunos parches de carrocería y un
capricho que estaba dispuesto a pagar: colocar debajo del chasis enormes
tanques flotadores para que el aparato no solo fuera por las rutas sino pudiera
entrar a un lago apacible del sur como barcaza.
4. El espíritu de los
abismos
-Según Esteban-
Para los muchachos del industrial,
Llavallol era el ombligo del mundo.
Créanme que las historias personales que
escuchamos fueron y serán la continuación casi perfecta de mitos o canciones
infantiles.
Al Don
Al Don
Al Don Pirulero
cada cual, cada cual
que atienda su juego,
y el que no, el que no
una prenda tendrá.
Cada cual hace lo que puede con sus
mandatos inconscientes. El verdadero juego que hay que atender. Por eso la
historia de Egidio y Blancanieves, (o Gino y Blanca como se hacían llamar para
el barrio) se sostiene en la opacidad.
Eran jóvenes, buscaban su lugar en el
mundo. Como dejó escrito Jung el espíritu de los abismos buscaba
su senda para manifestarse. Con el amor,
con malentendidos entre el deseo y la comunicación, arriesgando tener una
prenda mientras cada cual atiende a su juego
5. El viaje inaugural
Ya no era la ruta 40 sino un objetivo
posible y modesto en el interior cercano. Elegir fue un juego: cuatro lápices
de colores, un mapa extendido de la provincia de buenos aires. Cerrar los ojos
y marcar una zona. Luego se sortearon los colores. Aintza con lápiz azul. Blancanieves con verde. Gino con rojo y
Nicolás con violeta.
El bollito de papel lo eligió Blanca. Era
el azul.
Que decía el punto marcado en el mapa:
“Goyeneche”.
¿un pueblo homenaje al polaco Goyeneche?
Aintza recordaba haber leído el nombre en
un letrero de la ruta 215 camino a Monte.
Vamos -dijo Gino. Si no podemos acampar
allí seguimos a la laguna de Monte.
Por las dudas en el camino día pararon en
La Estrella de Udaondo y se aprovisionaron de salamines, queso de campo, pan.
6. Música en viaje.
-según Eduardo.
Sí. Aquel presente de época era para Palito
Ortega y Sandro.
Sin embargo, el pasado tanto como un futuro
inevitable ya estaban escritos en “Naranjo en Flor”
El tío tenía muy presente la voz dramática del
polaco Goyeneche. Gino quería que su Blancanieves escuchara la versión moderna
de Horacio Molina.
“Era más blanda que el agua, que el agua
blanda.... Era más fresca que el río, naranjo en flor...”
Gino le tomaba la mano a Blancanieves
mientras escuchaban, aunque el cambiaba “blanda” por “Blanca” suspirando un
amor bien desafinado el Gino.
“Primero hay que saber sufrir, después amar,
después partir y al fin andar sin pensamientos...”
Para todos, para cada cual llegaría un
futuro insondable en el que la vida sería un
pájaro sin luz.
7. La noche
Al recuerdo del tío Nicolás.
La estación estaba
cerrada, no había nadie, ni rastros de población. Hicimos un fueguito entre las
vías, para alumbrarnos, calentar la pava y a tomar unos mates antes de ir a
dormir en el submarino rodante. El Gino y Blanca estaban acaramelados. Nos
miramos con la vasca: vamos a darles la cama grande a los novios.
A la medianoche se
escuchaban los grillos de la intemperie. Blanca y el Gino no terminaban nunca
de jadear. Entonces sucedió algo mágico e inexplicable. Se escuchó una melodía
de flauta, repetida, una y otra vez la misma… “el mismo Dios desde la oscuridad
quiere que escuchemos esto” dijo Aintza. Hacia el oeste, donde terminaba el
andén desde un frondoso cañaveral partía el sonido, por cierto, parecía un
aprendizaje. Nos dormimos abrazados sentados
en los asientos de adelante mirando al cielo derrumbado en estrellas. Cuando despertamos al primer amanecer solo
soplaba el viento.
*Por Eduardo
Francisco Coiro.
https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/
TINTA ROJA*
"Paredón, tinta
roja en el gris del ayer, borbotón de mi sangre infeliz…"
CÁTULO CASTILLO
En una bruma de ayeres, hoy, mi pared te
busca.
No entendía tus manos.
No entendías mis ojos.
Sabías que en mi lecho moraban dioses y
demonios.
Y elegiste ser Dios.
Sabías. Que mi cuerpo era una trampa de
barro.
Que me gustaba que el viento jugara con mi
pelo.
Que escribía con sangre, con sangre toda.
Sólo podías ver tinta, tinta roja,
impostura.
Sabías. Que mi agonía no era carne, solo
carne.
Me besabas la nuca y la llovizna.
Mirabas, distraído las distancias avaras.
Y en el faro del fin del mundo me buscabas.
Sabía que, a tientas, te buscaba y te
hallaba.
Y no hallabas raíces en las turmalinas.
Creías ser alquimista y solo eras fuego.
Me veías Mesalina y yo era arena virgen, y
agua.
Incendiaste el bosque de los almendros
blancos.
Y la piedra se fragmentó y la arena partió
y el agua.
Y se, aun me buscas, y te busco.
Inútilmente.
Sabes y sé. No era tinta, era sangre, solo
sangre.
Sangre, en el gris del ayer, sangre
*De Amelia
Arellano.
San Luis.
CENA
DELICIOSA*
(Cap. 02)
Zumbido en mi celular: mensaje del amigo
Coiro. Parece que luego de haber instalado el WhatsApp, ahora abusa de su
utilización… Necesita con urgencia un nuevo texto para InvenTren: “Si me esfuerzo tanto para editar y publicar
una estación de InvenTren por año, sabiendo que me faltan 15 para terminar el
recorrido, ¡me muero antes!!!”, escribe, jocoso. Y como mensajea en
sintonía con mis ganas de desoxidar la maquinaria literaria, le pido
precisiones.
“La próxima estación
es Goyeneche, en el Partido de Monte”, me aclara. Busco en internet: apenas una antigua parada
del ferrocarril, cerca de la localidad de Abbott, que funcionó hasta el año
1961, con población rural dispersa.
Releo varias veces estas últimas tres
palabras, y mi mente divaga. De pronto recuerdo un texto que quise continuar
hace un tiempo, y lo releo…
*
* *
Emma se acuesta y se tapa con esa manta que
al nacer le tejiera su abuela, fallecida hace unos años, y de quien Emma apenas
tiene recuerdos. Aún percibe ese sabor dulzón que le ha dejado la cena sobre la
lengua. Mira el techo de su habitación a oscuras, donde se le aparece
desdibujado el rostro del nuevo peón, Cosme. Lo ve tal como lo viera la primera
vez, hace unos días, ordeñando las vacas en el tambo. Pálido y enjuto,
silencioso, con una mirada tan profunda que intimida, y ese facón cruzado en la
cintura, bajo los riñones, quizá tan afilado como sus dedos.
El recuerdo le asusta tanto como la noche.
No sabe por qué, pero intuye que no todas las oscuridades son iguales. Las hay
agradables, como la que siente en invierno dentro de su cama, bajo el calor de
las mantas. Y las hay perturbadoras, como la fría oscuridad de la noche entre
los árboles del monte, o entre las sombras del chiquero, donde los sonidos y
las formas vaticinan la aparición de lo desconocido.
“Seguro que a Cosme lo contrató Don
Eladio”, piensa Emma, aunque no se le ocurre motivo alguno por el que el patrón
querría que alguien con esa impronta anduviera en los terrenos de su estancia.
Acaso sea bueno en las tareas para las que lo contrataron, supone Emma. Pero,
¿en qué podría ser bueno Cosme? Acaso ordeñe bien las vacas. Y utilice bien ese
facón para carnear a los lechones… Pero muchas de esas tareas también las
cumple su papá. Qué raro…
Oye el sonido de la puerta de la casilla,
apagado entre las sombras. Seguro ha de ser su mamá, volviendo del chiquero. ¿A
esta hora? ¿O será su padre que ha vuelto? ¿Tan tarde? Algo no anda bien. Se
incorpora sobre un codo en su cama, afinando el oído. Apenas se hacen notar los
grillos en la noche. Y el lejano claxon de una locomotora a lo lejos. ¿Cómo
será viajar en tren?, se pregunta, con curiosidad.
De pronto, inquieta y sin saber por qué,
despejando su mente de fantasías viajeras, no quisiera estar sola en su pieza,
ni en ningún otro lugar. Se levanta, se cubre los hombros con la manta de la
abuela, se calza las ojotas y camina en la penumbra hacia la cocina. Su mamá no
se encuentra allí, aunque el farol haya quedado encendido.
Se acerca hacia la ventana, descorre esa
cortina de tela basta que nadie se ha molestado en limpiar desde hace años, y
espía hacia el exterior. Las sombras de la noche apenas son disipadas por una
luna incipiente. Sin rastros de nadie, y sin embargo… Se deja llevar por el impulso
de la curiosidad, y abre muy despacio la puerta, intentando que sus oídos
suplanten a sus ojos. Algo le dice que no lleve consigo ninguna luz. Su madre
le regañaría por estar levantada. A esa hora ya debería estar dormida. Con paso
trémulo, avanza sobre los guijarros de la entrada.
De pronto, se detiene y encoge sobre sí
misma. Voces, acalladas, hacia el lado del chiquero. La invade el temor, al mismo tiempo que
necesita con urgencia que aparezca su papá. ¿Será él, hablando con mamá? ¿Pero
por qué en secreto, y en el chiquero? La curiosidad puede más que el miedo. Y
con el intenso deseo de saber que su papá ha vuelto por fin, avanza hacia el
establo que funciona como chiquero.
Los sonidos se definen al acercarse, por
encima de algunos ronquidos porcinos, quejosos por quienes vienen a molestar su
descanso. Las voces que escucha Emma resuenan apresuradas y nerviosas, aunque
intenten arañar la seguridad.
—¿Estás segura de que no te vio? —escucha
que dice una voz de hombre.
—No, para nada. Emma puede ser una chica
despierta, pero no estaba cerca cuando lo hice.
Es su mamá. ¿Por qué la nombra? ¿Y con
quién habla? Ése no es su papá.
—¿Lo cocinaste bien?
—Si, claro. Emma se chupó hasta los huesos.
—¿Qué vamos a hacer con la piba?
Un temblor le estremece las entrañas. Algo
le dice que vuelva junto a su cama y se esconda hasta que vuelva su papá.
Entonces, un relámpago de lucidez disipa los temores que sintiera hasta
entonces, para sumirla en el verdadero terror.
¿Y si su papá no vuelve?
—No la metas en esto —la voz de su mamá
tiembla, casi con miedo. —Ella no tiene por qué saberlo. Mañana la llevo al
pueblo, y la dejo con Doña Esperanza, la curandera. Ella la va a saber cuidar,
se llevan bien, Emma la siente como una abuela. No quiero dejarla acá sola.
—Muy preocupada se te nota por la vida de
la piba, después de esto que acabás de hacer.
—Los problemas que tenía con Alfredo son
cosa mía. No alcanzaba que lo dejara. Bastante me hizo sufrir antes de venir
acá. Además… El que me dio la idea fuiste vos.
—Merecía algo peor este Wilson— y agrega,
luego de hacer una pausa: —Vení para acá, negra…
Las voces se acallan pero los sonidos no.
Emma necesita verlos, saber quién es, enfrentar el horror a los ojos. Asoma la
cabeza por encima del borde inferior de la ventana del chiquero. Un par de
sombras se recortan contra el hueco de la ventana de la pared de tablones, al
otro lado del establo. Siluetas abrazadas, que se besan con urgencia. Las manos
del hombre acarician los glúteos de su madre mientras respira entrecortado. Alma
se interrumpe con brusquedad, separando sus labios del rostro del extraño y
advirtiendo, imperiosa:
—¡Basta, acá no! ¡Quedate quieto!
—Es que me volvés loco, negra… —insiste el
otro, queriendo besarla y manosearla otra vez.
Emma se estremece de asco, abrazándose a la
manta tejida.
—¡No! —exclama ella, empujándolo por los
hombros para separarse de él. —Mañana vamos a tener tiempo. Andá para las
casas, y pasame a buscar por la arboleda, al lado de la ruta, ni bien levante
el sol. En cuanto deje a Emma con la vieja, huimos para siempre de este lugar.
El hombre gruñe, pero acepta, dejando caer
los brazos. Emma se agacha, temblando de pies a cabeza. ¿Qué hizo mamá con su
papá? Aceptar la sola ocurrencia de la idea le resulta espeluznante. ¿Qué pasó
con su mamá, qué le han hecho? ¿Y por qué dice así como así que la abandonará
por la mañana? Retrocede unos pasos, sin dar la espalda al hueco de la ventana
por la que acaba de espiar, ni darse cuenta de los postes de madera que su papá
dejó allí cerca, hace un par de días, con los que repararía los alambrados
cuando volviera de acompañar a Don Eladio.
Tropieza de espaldas. Su caída no es más
que un murmullo, aunque alerta a los demás.
—¿Y eso? —exclama el hombre.
—¡No, vení! —le implora Alma, quizá
intuyendo quién los estaba espiando, anhelando no tener que derramar otra
sangre.
Emma se levanta de un salto, tropezando con
sus ojotas mal puestas, mientras gira la cabeza al envolverse en la manta de
nuevo y mirar hacia atrás por sobre su hombro. A través de la puerta del
establo se asoma con decisión una silueta delgada, facón en mano, que la tenue
luz de la luna descubre con horror.
Cosme.
El grito sale de la garganta de Emma con
una intensidad desconocida. Tiene que correr, huír de ese hombre y de ese
facón. Trastabilla en los primeros pasos hasta recuperar el equilibrio. “¿Hacia
dónde?”, piensa. Cosme tiene piernas más largas, enseguida la alcanzará. Correr
hacia el camino que la lleva hacia el poblado, y de allí a la ruta, no tiene
sentido. Tiene que volver y esconderse. ¿Dónde?
Acelera el paso hasta llegar a la casilla,
se zambulle dentro y cierra de un portazo, corriendo el pasador. Levanta la
tapa de madera que hay en el centro de la sala y comienza a descender por la
escalera de madera vertical hacia el sótano. Al estar ya casi sumergida en el
piso de la sala, tantea la tapa y la vuelve a cerrar sobre su cabeza. Antes de
que desaparezca bajo la línea del suelo, oye los golpes y los insultos de Cosme
contra la puerta de la casilla.
Una vez su mamá le había contado que la
casilla no disponía originalmente de dicho sistema, pero que Don Eladio le
había permitido a su papá que cavase un enorme pozo y fabricase un sótano para
estibar mercaderías. No tiene demasiado lugar, pero al menos puede sentarse en
la oscuridad sobre el piso de cantos rodados que hiciera su papá. Por encima de
su cabeza, al otro lado de la tapa de madera, se oyen ruidos invasores: un
cuerpo que cae, una maldición, la voz apagada de su madre. Quizá Cosme haya
logrado entrar por una de las ventanas.
—¡No la lastimes, por favor! —implora la
voz de Alma, quien parece hacer a un lado los repulsivos rencores
experimentados hacia Alfredo y recuperar aquel entrañable afecto que sintiera
hacia Emma al sostenerla por primera vez en sus brazos.
Cosme no responde, pero sus pasos veloces
sobre la madera del suelo se oyen a lo largo de cada rincón de la casilla. Por
fin, se escucha el sonido del pasador de la puerta, y la voz de Alma, una vez
dentro.
—¿Dónde está?
—Eso decime vos, ¿dónde se metió? —la
increpa Cosme. —Debajo de la mesa y de las camas no está, detrás de las puertas
tampoco. Decime… ¿Tu hijita es un fantasma?
Entonces, el tono de voz de Alma se
aquieta. Sus pasos se oyen por encima de la cabeza de Emma. Parece agacharse,
intentar oír algo, olfatear la madera de la tapa. Y con decisión, cierra el
pasador del sótano.
—¿Qué hacés? —la regaña él.
—Está ahí abajo —replica ella, y la
inquietud se apodera de su voz, escupiendo frases a toda velocidad: —¡Por
favor, no le hagas nada! Vámonos… Cuando lleguemos a lo de Doña Esperanza, le
dejo una nota a la vieja diciendo que pase por acá y la saque de ahí. Unas
horas al oscuro no le van a hacer mal. Además, abajo tiene comida. ¡Por favor!
Ella no tiene nada que ver.
Silencio entre ambos. Emma tiembla en la
oscuridad, aferrándose las rodillas, cubierta por la manta hasta la cabeza. Su
mamá podría haberse callado, y dejarla escondida allí. ¿Por qué tuvo que
decirle dónde estaba? ¿Y si a este tipo nada le importa, y abre la tapa de
cualquier modo, cegándola con la luz del farol y el brillo letal del facón en
su mano? No hay escapatoria. Sólo una prueba de amor podría salvarla.
—Si esta piba llega a hablar, y nos
encuentran, la primera en caer vas a ser vos, negra —sentencia Cosme. —Antes de
que me maten, yo te mato. Porque al calabozo no vuelvo más.
—Te lo juro —implora Alma. —Emma es una
nena muy buena, incapaz de hacer daño. Nadie nos va a seguir.
Un nuevo silencio tensa el ambiente. Emma
tiembla aún más, sintiendo que su vida pende de un hilo, aferrándose a una mínima
posibilidad de salvación. Teme por su vida, y también por la de su madre,
aunque lo que siente le resulte confuso. Sufre por este inminente abandono,
pero al mismo tiempo sabe que lo que ha hecho su madre esta noche es algo
horrendo. Su papá no merecía algo así. ¡Hacerla cómplice a ella, al servírselo
en la cena! Y encima, tampoco es justo que como broche de oro se vaya con este
miserable que acaba de conocer. ¿O no será así? ¿Serán antiguos conocidos?
¿Desde cuándo han venido planeando esto? Emma no logra pensar con claridad, con
tantas ideas superpuestas.
—Te espero afuera —dice Cosme en voz baja,
mientras se oye el susurro del facón al entrar en su vaina y sus pasos al
alejarse.
Emma alza la vista, hacia la silueta
iluminada de los espacios entre los tablones de la tapa. La silueta de su madre
proyecta sombra sobre el piso mientras Alma se pone de rodillas, y murmura
contra la tapa, la voz quebrada por el llanto.
—Perdoname, hijita… No es tu culpa… No
tenés nada que ver… Perdoname…
Emma no sabe qué decir. Tampoco entiende lo
que siente. Sólo sabe que su vida ha cambiado para siempre. Y la de su madre
también.
Alma se aleja sollozando, y cierra la
puerta de la casilla tras de sí. Ha dejado el farol encendido, cuyo rumor es lo
único que se oye, junto con la respiración de Emma. Y la completa soledad,
magnificada al irse apagando el farol con el paso de las horas, que
transcurrirán lentas y pegajosas hasta que alguien, con fortuna, la venga a
rescatar.
Para regresar a una realidad que ya no es
la suya.
Para enfrentarse con un futuro por completo
imprevisible y desconocido.
*Por ALBERTO
DI MATTEO. licaldima@gmail.com
Octubre de 2025.
-Alberto
Di Matteo. Escritor por vocación, y psicólogo de profesión.
Escribe desde principios de su escuela
secundaria. Su papá le contaba cuentos (inventados por él) antes de dormir, y
de allí Alberto intuye que le surgieron las ganas de contar. Ha participado en
diversos certámenes literarios.
-Ha publicado en Inventiva Social cuentos
para la serie InvenTren desde los recorridos literarios iniciados en el año
2002.
Hace suyas las palabras de John Cheever, "escribo para entenderme y entender el
mundo".
*
Una niña perdida en el
jardín de signos,
se abraza a las
palabras y resiste,
en el exacto centro de
lo que no se dice.
* Cristina
Villanueva.
-A su memoria-
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
-Próxima estación:
GOBERNADOR
UDAONDO.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO DALMIRO SAENZ.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
Plaza virtual de
escritura
-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

No hay comentarios:
Publicar un comentario