miércoles, abril 15, 2026

TIEMPOS PROFUNDOS.

 


*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam

http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Espejo*

 

Un hombre sueña que vuelve al barrio natal. Está a punto de llegar, comienza a doblar la esquina que lleva a su calle y a su casa, está en la plenitud de sus treinta y tres años, muy bien vestido para lo usual en él, camina erguido y seguro. Parado en la vereda de enfrente a su casa descubre en el pobre jardín, sin flores y desprolijo, a su madre jugando con un chico rubio de unos cinco años delgado y frágil. De algún modo indudable sabe que ese niño apocado es su hijo, la abuela le alcanza bolitas que el chico tira sin ningún objetivo claro y sin nada de entusiasmo. De pronto el niño lo ve y el gesto repetido de arrojar las bolitas se le congela, su mirada se concentra en el hombre de la vereda de enfrente con timidez, eso lo inmoviliza, su mano no se anima. La abuela lo alienta a que repita el mismo juego sin sentido para el padre del niño, su propio hijo, que los mira desde la distancia. El chico sólo sigue atento al hombre que sabe su padre con la vista alzada y la cabeza baja. Mudo, acorralado en su timidez. El hombre espera, pero el chico no se mueve, no le obedece a la abuela, su mano ni siquiera amaga intentar nada. El hombre entiende lo que le pasa, lo que piensa, lo que adivina, lo que ya sabe: nada que haga será suficiente. Nunca llenará las expectativas del padre ni las de nadie. El hombre sabe que el chico prefiere desaparecer, no estar, no ver, no sentir, no tener esa lacerante lucidez de saberse insuficiente. Que no hay ningún sentido en el juego ni puede haberlo porque él ya no es un niño. En su corta vida ha comprendido demasiado y tiene alma de viejo. El padre sabe que su madre ha hecho con el nieto el mismo trabajo que con él, que lo ha acobardado y desmerecido para emparejarlo con su mismo miedo a la vida. Eso lo llena de culpa y se pregunta qué hace de nuevo ahí, y si acaso él chico estará mirando a un padre, y si él estará mirando a un hijo.

 

*De Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras de piedra (Baobab, 1999), Media baja (Dunken, 2012) y La insistencia de la desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su libro de cuentos La oscuridad de los hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Futuro humano y Tiempo Profundo*

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

El tiempo es, ha sido y será motivo de creación y especulación tanto literaria como filosófica y científica. El Tiempo Profundo “cuyo rango abarca miles de millones de años de existencia de la Tierra” pone en evidencia y sin concesiones la segura desaparición de la humanidad, y acaso también del planeta mismo. Este artículo explora y documenta esas ideas y señala: “Si seguimos el camino que advierten los científicos, podríamos heredar al mundo del futuro profundo un mar silencioso y habitado por animales que parecen fantasmas.”

En uno de los ensayos incluidos en el libro Ocho cerditos: Reflexiones sobre historia natural titulado “Caída en la casa de Ussher”, el famoso paleontólogo Stephen Jay Gould reivindica al arzobispo y erudito irlandés James Ussher quien, en 1650, argumentó que el mundo se había creado en el 4004 aC, exactamente el 23 de octubre de 4004 aC al mediodía. Los padres de la Iglesia de siglos anteriores habían previsto que el mundo finalizaría 6 mil años después de creado, ya que Dios había hecho su trabajo en seis días y un pasaje bíblico –2 Pedro 3:8-13– afirma que “un día para el Señor es como mil años”. Gould refiere en su ensayo –en el que hace alusión al famoso cuento de Edgar Allan Poe– que el arzobispo había seguido el marco contextual disponible en su época: las genealogías bíblicas y la tradición cristiana plasmada en un libro cuya autoría es divina. De esta manera su aproximación había sido completamente racional, tomando en cuenta las herramientas y límites de su siglo. Siguiendo el planteamiento de Ussher, el mundo debió haber acabado el 23 de octubre de 1997 y así lo hizo saber el palentólogo en un artículo publicado en el New York Times ese mismo día, titulado “Today is the day”.

Con el paso del tiempo, el ser humano se dio cuenta de que el pasado y el futuro del mundo son más amplios de lo que había imaginado. El desarrollo del método científico y, particularmente, los avances en la Geología, abrieron un territorio inexplorado para el conocimiento y, sobre todo, para la imaginación. La aparición y desaparición del hombre en la Tierra será una mera anécdota en una historia muy larga. El demoledor paso del tiempo puede borrar casi todos los rastros de nuestra civilización. El mundo que habitamos tiene, según los investigadores, 4 mil 500 millones de años y le faltan otros 5 mil 500 millones de años antes de ser devorado por el Sol ya convertido en una Gigante Roja. Por supuesto, antes de esto pueden ocurrir muchas cosas que destruyan a nuestro planeta cuando no existan humanos: colisiones con asteroides o fenómenos espaciales de los que aún no tenemos noticia.

James Hutton, un hacendado escocés, publicó en 1788 Teoría de la Tierra, un trabajo que reflejó, por primera vez, las inmensas escalas de tiempo que esculpen nuestro mundo. A partir de estudios geológicos que demostraron cómo las rocas sedimentarias se elevaban gradualmente empujadas por el calor y la presión hasta convertirse en montañas, Hutton ayudó a popularizar el concepto de Tiempo Profundo teorizado por algunos investigadores y escritores que lo precedieron. Sin embargo, incluso en la actualidad pensar en miles de millones de años sigue siendo una tarea complicada. El filósofo inglés Timothy Morton acuñó, ya en nuestro siglo, el término “hiperobjetos” para describir objetos difíciles de percibir por su extensión temporal, espacial y complejidad.

El Tiempo Profundo, cuyo rango abarca miles de millones de años de existencia de la Tierra, ya había estimulado la imaginación de escritores como H.G. Wells. En La máquina del tiempo de 1895 el autor inglés especula con una división en la evolución humana y un panorama lejano a las utopías de la época que imaginaban –fieles a la idea de un progreso lineal e ininterrumpido, fruto de la Ilustración– fantasías tecnológicas en las que el hombre lograba, incluso, la inmortalidad. Una obra menos conocida en la cultura popular, como la novela Cántico por Leibowitz de Walter M. Miller, de 1960, describe una suerte de amnesia en la civilización que surge de los escombros de una guerra nuclear. Los sobrevivientes al desastre consideran como un profeta a un científico (Leibowitz) cuyas huellas y documentos son rescatados de un refugio antibombas. La humanidad, al inicio de estos nuevos tiempos, rechaza los pocos rastros de conocimiento que quedaron esparcidos por el planeta. Sin embargo, con el paso de los siglos repite –en una especie de condena cíclica que recuerda el Mito de Sísifo de los griegos– el camino de sus ancestros recorriendo etapas similares a la Edad Media, el Renacimiento y la era tecnológica que ocasionó la destrucción anterior. En este escenario, la civilización está atrapada en un determinismo fatal que se extiende a través de miles o millones de años.

Otro autor que exploró el Tiempo Profundo fue H.P. Lovecraft. El creador del terror cósmico –interesado en las ciencias y los descubrimientos científicos de finales del siglo XIX e incios del XX– imaginó un pasado inquietante para nuestro planeta. En la mitología lovecraftiana, la Tierra era habitada por unos seres monstruosos. La escala temporal había sido tan extensa que borró casi todas sus huellas. El ser humano, en esta fantasía, se cree dueño de un planeta que guarda secretos terribles en lugares inaccesibles como la Antártida –tema de su novela En las montañas de la locura de 1936– o en el fondo del mar, como se describe en los mitos de Cthulhu, el personaje más famoso del autor estadunidense. Es curioso –por no decir trágico– que la creciente contaminación de los mares beneficie a las medusas –animales tentaculares que recuerdan al monstruo lovecraftiano–, cuya abundancia ha ocasionado problemas en el dañado ecosistema marino e, incluso, en instalaciones nucleares que usan el agua del mar para enfriar sus reactores. Si seguimos el camino que advierten los científicos, podríamos heredar al mundo del futuro profundo un mar silencioso y habitado por animales que parecen fantasmas.

Tener conciencia del Tiempo Profundo no es, en absoluto, un ejercicio de evasión, pues nos sitúa de una manera diferente en un presente que nos aprisiona y nos impide pensar. Un ensayo que explora esta idea es Huellas. En busca del mundo que dejaremos atrás de David Farrier, profesor de Literatura y Medio Ambiente en la Universidad de Edimburgo. Farrier realiza un notable trabajo

de especulación estudiando lo que él llama “fósiles futuros”, es decir, aquellos rastros humanos que podrían sobrevivir al paso implacable de la erosión y al Tiempo Profundo que le resta a nuestro planeta. Las ciudades cercanas a la costa –primeras víctimas del cambio climático y del aumento del nivel del mar– serán, irónicamente, los primeros fósiles para el primer trecho del futuro inmenso que hay por delante, pues serán protegidas de la erosión del exterior. Sin embargo, las grandes obras de nuestra sociedad tecnológica –imponentes rascacielos e infraestructura que creemos eterna– serán reducidos a estratos geológicos difíciles de interpretar, una huella apenas visible de nosotros y del llamado Antropoceno, una era dominada por la actividad humana que extinguió a miles de especies y moldeó la geología del planeta gracias a su insaciable necesidad de recursos. El último fósil –el que efectivamente se internará en el Tiempo Profundo– son las instalaciones nucleares, particularmente los inmensos sarcófagos que resguardan los desechos radioactivos que durarán cientos de miles de años o más. Farrier visita uno de esos cementerios que legaremos a la posteridad localizado en Finlandia. El cuidado con el que se sella el sarcófago implica, por sí mismo, un mensaje al futuro lejano, pues la estructura hecha de hormigón y acero va a tener un viaje muy largo en el tiempo. Este mensaje, incluso, saldrá de las profundidades excavadas por los seres humanos gracias al movimiento de las placas tectónicas y quedará expuesto en la superficie. Los científicos e investigadores con los que trató Farrier le explicaron que, para ese entonces, no sólo el ser humano habrá desaparecido sino también su lenguaje y casi cualquier huella susceptible de ser interpretada. Lo único que quedará es una tumba sin ninguna inscripción y la esperanza de que su presencia misteriosa prevenga a quien sea que la encuentre. Este testimonio del pasado, lo más duradero que quedará de nosotros –un recurso energético destinado al fracaso, pues la energía nuclear nunca podrá sostener una civilización volcada a la extracción y el consumo– nos ayuda a mirar con otros ojos un presente que limita nuestra capacidad para entender la finitud que nos determina. Esa experiencia –paradójica para algunos– es liberadora.

 

*Fuente:

https://semanal.jornada.com.mx/2026/04/11/futuro-humano-y-tiempo-profundo-2469.html?

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 



 

 

 

 

 

*


Cuando estés, embebido en el sueño

de la dicha y la desdicha, coronado de flores,

o aullando al vacío

o con el alfanje a la cintura

podando una selva en trance

todo lo pasado lo presente y lo futuro

irán por fin juntos.

La cara de la esposa y la madre

la amante en ciernes,

cielo e infierno, la creación, y la descreación también.

Cara y cruz de las monedas, la vida toda,

valentía y cobardía; elevado el fulgor del sol

junto con la luna en un solo brillo.

Maldad y bondad

estupidez e inteligencia.

Y serán, tal vez, falsas revelaciones,

todo lo que queremos creer, y no es, en tanto que yo

acompaño el mal de altura

sobrevuelo selva, hombre y machete

en tiempos perdidos tejo

y no destejo nunca un hábito de novicia

para otros tiempos.

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CABEZA Y TIEMPO*

 

 El busto estuvo siempre sobre la mesita del living, una de esas cosas invisibles por exceso de permanencia, por desaparición de los sentidos a fuerza de repetición. Como el olor de la propia casa, única confluencia de rastros olfativos que nos está negada porque se halla ya incorporada de tal modo que desaparece, así el pequeño busto de mármol era un objeto transparente.

Años de pasar por la habitación sin reparar en la esculturita, blanquecina presencia cotidiana dentro del paisaje visual.

Justo ahora se le ocurre mirarla. Extiende la mano y la sensación del peso, la frescura de la piedra calza guante y zapato, dedo por dedo talón arco justo en las palmas. Hecho para ser observado de cerca, se revela a su mirada como una foto polaroid que corporiza una presencia de espíritu y mediúmnicamente invoca un fantasma.

Es una cabeza masculina y esa es la primera sorpresa, porque los bustos suelen ser retratos de mujeres más o menos lánguidas, con esa belleza anodina de las muchachas que parecen abstraídas en sus pensamientos, pero en las que se adivina un definitivo no pensar, se adivina la pose tentadora de la reflexión imitada rasgo por rasgo frente silenciosa ojos perdidos en una lejanía romántica labios quietos casi serios casi a punto de sonreír, una más bien nada, como conviene a una jovencita.

Pero es una cabeza masculina. Un hombre que la mira a los ojos con atención, minuciosamente cincelado cada pequeño detalle, con los rasgos firmes de quien no condesciende al engaño y se atreve a sostener con solvencia el puente sólido y perturbador de los ojos en los ojos. Por un rato no puede hacer otra cosa que mirar los ojos que la miran.

Siente que hay en dejar vagar la atención por el resto del rostro como una claudicación, un apartarse perturbado. Siente que cortar el puente es un reconocimiento de vergüenza, una especie de demostración de debilidad. El hombre la mira a los ojos, ella no puede apartar la mirada. Se dice que es gracioso, pero no tiene ganas de sonreír.

Con aceptación de derrota aparta entonces la vista y descubre las finas líneas de arrugas en la frente, las cejas de arco perfecto recorriendo con firmeza el contorno de las órbitas, los labios cerrados. Hay en la expresión del hombre callado y quieto una seguridad sin fisuras. Atento y cerrado en sí mismo, bloque de material pero de conciencia, único e indiviso apariencia peso color rasgos unívocos. Exceso de yo en ese hombre que confortablemente es él y no aparenta ni finge, que es él y no otro, tal como debe ser tal como fue creado desde siempre desde toda la eternidad, que si un vago escultor no lo hubiese tallado cincelado extraído de la piedra, otro lo hubiese hecho, pues se demuestra en la forma el grado de necesariedad. Y en la palma de su mano, en la palma de su mano.

¿Quién eres tú?, pregunta sin mover los labios ella que lo sostiene en la palma de la mano, ella que es sostenida desde la palma por esa pieza monolítica de maravilla. ¿Quién eres tú?, sabiendo que es solamente una escultura en su mano, una cabeza de mármol negada al habla negada a la palabra negada a la vida, esta vida que transcurre y modifica y hace crecer pero las más de las veces descompone, derrota, finalmente destruye y acaba y despedaza y desperdiga y finaliza.

Esos ojos esa boca que no puede responder la contemplan desde la eternidad. Desde la inmovilidad del tiempo quieto fija el hombre la mirada en sus ojos. Desde siempre, pero en este instante la mira. Y ella sabe ahora, siempre lo supo pero ahora sabe que va a morir, que habrá mañanas y tardes y noches acumuladas pero que va a morir, que su rostro y su cuerpo se derretirán en torno a los huesos, que su carne está construida con la fragilidad de lo perecedero y no de piedra inmutable. Este hombre que la observa se lo dice con tranquilidad, sin dramatismo sin exceso de desesperación. Con tranquilidad se lo comunica silenciosamente. Y la mira.

Deposita suavemente el busto en la mesita.

Se sienta en una silla.

Volverá a tomarlo en sus manos una que otra vez, cada tanto. Rehuirá los ojos cincelados y olvidará la cabeza tiempo y quietud y espacio estanco durante largas temporadas. Pero estará ahí, segura como segura es la propia muerte, algunas veces como amenaza, otras como promesa, las más como simple clausura si es que existe alguna clausura que pueda relacionarse de alguna forma con la simplicidad.

¿Quién eres tú?, dirá silenciosamente. ¿Quién eres tú?

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

 

*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 

-TERCERA PARTE-

 

El viajero, en una de sus parcas anotaciones, hablaba de un río que corría paralelo a la ciudad. Me llamó la atención la referencia. No había muchos detalles en la información. Sólo elaboraba algunas suposiciones. La primera era que el río no surtía de agua a la ciudad porque la gente prefería el uso de pozos. No pudo averiguar el nombre del río. Era probable que el nombre se hubiera perdido. No me sentí con la confianza suficiente para decirle a Lucrecia que, en esa región, las cosas perdían paulatinamente sus nombres, como los colores de un letrero lavados por la lluvia. En algún momento la ciudad se sumergiría en el anonimato; espacios sin identidad, calles convertidas en profundos estanques de silencio.

Una tarde, después de la comida, pensé que era momento de ir más lejos. Lucrecia estaba en su habitación. Apenas intercambiaba palabras con su padre. Eran dos desconocidos que sólo compartían información funcional, hacían acuerdos para las cosas más elementales. Salí a la calle. Después de un tiempo de marcha, pasé por las últimas casas deshabitadas. Miré una loma. El sol ya había cruzado la mitad del cielo y enfilaba al otro lado del mundo. Un rato más de caminata y pude cruzar una elevación en el terreno. Mientras las hierbas me llegaban a la altura de las rodillas, pude ver la primera huella del río. Entendí por qué, a pesar de la distancia –relativamente breve entre el curso y el flanco derecho de la ciudad– no había escuchado el transcurrir del agua. La razón era que la corriente iba, demasiado lenta, casi sin hacer ruido, como una mano demorándose en los detalles de una superficie siempre desconocida, siempre nueva. En la corriente navegaban incontables bolsas de plástico, envases vacíos, botellas, molduras, entre otros pedazos apenas reconocibles. Montañas de siluetas de plástico estaban en las orillas. Pensé en los restos de un naufragio, ocurrido más allá de la muralla, en un mar tumultuoso, recorrido por furiosas corrientes y vientos. Pensé en un barco gigantesco con una perforación en su casco, a punto de irse a pique hasta llegar al lecho marino. De esa abertura, como en un parto interminable, salían mercancías que eran fracturadas, vaciadas, sometidas a la corrupción de la sal, a la fuerza incontenible del mar. Ese fenómeno podría ser el origen del río y su sustento. Entonces me pregunté cuántas personas habitaban esa parte del mundo. ¿2 mil? ¿20 mil? Quizás, la población decrecería tanto hasta desaparecer. ¿Ellos producían esos desechos o mi fantasía del barco era más que una locura? No había percibido en los habitantes, al menos hasta ese momento, una mención del río. Era un fantasma pasando tras la espalda de las personas, susurrando cosas, hablando para nadie.

Me acerqué aún más a una de las colinas de basura. ¿Cuántos años habían transcurrido desde el día en que fue abierto ese envase de leche? El olor era penetrante pero no insoportable. Seguramente gran parte de los residuos orgánicos se había degradado y lo que quedaba era material sintético que tardaría varios siglos, quizás milenios, en descomponerse. Ante mí se acumulaban miles de desechos que se traducían en cientos de toneladas. Iban en una procesión minuciosa y paciente. A la distancia, las siluetas de las montañas de basura semejaban formaciones naturales, aunque caprichosas y geométricas. La ribera del río había sido sometida a un lento proceso de erosión gracias al aumento de su caudal. En alguna parte, quizás en el nacimiento del río, más allá de la muralla, la lluvia había aumentado su frecuencia y el lecho se había ensanchado reclamando más tierra. Ignoro si las partes que reclamaba el río integraban un antiguo curso o eran territorios nuevos, colonizados por la fuerza del agua. No tenía muchas evidencias para especular.

Seguí caminando por la orilla del río. No podía demorarme ya que en ese lugar atardecía a temprana hora y sería difícil ubicar el regreso al hotel. Antes del último recorrido me puse en guardia pues quizás habría alimañas o ratas medrando. Me acuclillé y me fijé que la parte inferior de la acumulación de basura iba cediendo a la gravedad y algunos empaques se deslizaban hasta alcanzar el agua, flotar y correr con la corriente hacia el sur. Parecían pequeñas barcazas multicolores y bamboleantes. ¿A dónde iban? ¿Serían recogidos por otras manos o llegarían sin ningún contratiempo a un mar inmenso, quizás una continuación del mar que había dado origen a lo que estaba viendo? Otro de los asuntos que me interesaban era saber si, desde ahí, podía ver parte de la muralla. En efecto, se veía una parte que se internaba entre cerros. No sé si era una ilusión óptica pero, en algunas zonas, la altura parecía ser más pequeña.

Di media vuelta cuando, a lo lejos, en el origen visible del río, vi una luz diminuta que iba creciendo en tamaño. Iba, determinada, en el cauce. La luz, amarilla, a ratos evanescente, descubría restos de latas, bolsas de plástico y desechos indistinguibles. Esperé a que el pesado flujo del agua llevara la luz cerca de donde me encontraba. No pasó mucho tiempo para que distinguiera llamas, una humareda que enturbiaba su resplandor y un cadáver incendiándose lentamente. Me acerqué a la orilla cuidando de no resbalar entre los restos de plástico y algunos pedazos de cartón. En cuclillas, manteniendo el equilibrio, miré un cadáver envuelto en llamas. El flujo del agua, lento, lo llevaba como en una procesión solitaria y silenciosa. Las ropas que lo cubrían eran un sudario que servía de combustible a las llamas. Después, seguramente, las raíces del fuego llegarían a la carne y el cuerpo comenzaría a perder consistencia, a desbaratarse hasta hundirse y encallar en el denso fondo del río. Traté de distinguir la identidad del cadáver, si era hombre o mujer, pero las llamas habían invadido el rostro y borrado cualquier rasgo que me sirviera de guía. Me pregunté si la persona había sido asesinada o si era el suicida más reciente de la ciudad. También traté de imaginar cómo se había incendiado, a la persona que había acercado la primera chispa, un pedazo de tela empapado en alcohol o un cerillo. Después habría esperado con paciencia a que el calor devorara parte de la ropa antes de empujarlo al agua. Pensé en algunos ritos antiguos, en los que el fuego purifica el alma del muerto y lo guía en su paso al inframundo. Sin embargo, la escena que presenciaba era más una costumbre profana que una elaborada ceremonia religiosa. Me pregunté cuál era el mecanismo que hacía que flotara el cadáver o si era un proceso natural, desconocido para mí. Tal vez algunos órganos se llenaban de aire, se hinchaban, y, por un tiempo, lo remolcaban con esfuerzo a la superficie. Lo cierto es que su probable destino sería fundirse con los desperdicios flotantes del río cuyas aguas, desde hacía mucho, era inutilizables. La corriente iba, perseverante, a tierras ignotas, con su constante cauda de basura, desgajada poco a poco de los márgenes del río, como los granos en un reloj de arena. Algunos muertos, dependiendo la crecida de la corriente, no llegarían a la desembocadura del río y, seguramente, estarían kilómetros más allá, en las oscurecidas tierras del sur, entrampados en el légamo. Otros, los menos, completarían su viaje hasta el mar abierto que había supuesto. Quizás aún tendrían las bocas abiertas, los ojos como un par de abismos, fijos en el cielo, mientras sus restos eran últimos abrevaderos de insectos. Después el naufragio sería completo y sólo les quedaría reposar en el fondo marino, como restos de embarcaciones sin memoria. ¿Por qué no los enterraban? Aventuré suposiciones: los muertos como señales luminosas, ofrendas a la noche, súplicas a la gente que habitaba tierras desconocidas para que los ayudaran o, por el contrario, para que no los atacaran.

Caminé de regreso a la ciudad con el crepúsculo que casi desaparecía por la línea sinuosa de las montañas. Sentía la necesidad de estar mi habitación. El hotel empezaba a ser un refugio, un lugar con objetos familiares y costumbres que me daban cierta tranquilidad. Recordé a la mujer que se había disparado días antes y presentí, mientras un latido recorría mi espalda, los cientos de suicidas que habían dejado sus cuerpos sobre las calles empedradas, adentro de sus autos, afuera de edificios públicos o en los parques habitados por hojas quebradizas y un silencio que parecía abarcar todo. Los primeros testigos eran transeúntes ocasionales que, como lo había visto antes, se limitaban a revisar las ropas y, tal vez, llevar los cuerpos para prenderles fuego y ofrendarlos al río, alejarlos lo más posible para que la contaminación no inundara la ciudad. También, según mis sospechas, para usarlos como símbolos. Ahí iban, en una procesión luminosa, los hijos de ese pueblo. No pude dejar de pensar en los que habían decidido terminar sus vidas en camas solitarias, en cuartos vacíos, sábanas que, de repente, se manchaban de rojo, mientras permanecían, indiferentes, tocadores, espejos que duplicaban la escena y que seguían, en otro tiempo, empolvándose, llenándose de polillas, decayendo poco a poco hasta emparentarse con el polvo del suelo.

Subí las escaleras del hotel. Había luces en las calles y percibí un poco más de movimiento en las tiendas y algunos transeúntes. Me detuve cerca de la habitación de Lucrecia. El crepúsculo había acabado y la ciudad, las casas y edificios aún habitados, prendían sus luces intentando derrotar la oscuridad que se abatía sobre el resto del territorio. Quizás Lucrecia estaba cerca de la ventana, adivinando el curso del río oculto tras las últimas casas, kilómetros más adelante, y los parques deshabitados. Me acerqué y miré la puerta entreabierta. La habitación estaba iluminada. Distinguí su silueta y su espalda. Tenía un camisón blanco. Su respiración empañaba el vidrio. Deslizaba el dedo índice en la superficie fría. Por un momento pensé que, víctima del contagio, estaba a punto de abrir la ventana y saltar al vacío. Mi respiración se aceleró y mis sienes latieron con fuerza. Sin embargo, el gesto de Lucrecia, visto con más detenimiento, traslucía tranquilidad, una elaborada paciencia. Me convencí, aunque fuera por un instante, que delineaba con sus dedos el sinuoso curso del río, quizás los caminos o las estrechas veredas que rodeaban la ciudad y que conducían a los terrenos que nadie quería explorar, que se evitaban en todas las conversaciones. Devolví mis pasos al pasillo procurando no hacer ruido a pesar de que las tablas de madera emitían crujidos con cualquier presión. Entré a mi cuarto y busqué mi computadora. Comencé a escribir. El ritmo de mi escritura había cambiado. Ante el riesgo de quedarme sin luz, con poca energía en la batería, comenzaba a teclear cada vez más rápido, sin detenerme a corregir o modificar alguna palabra o frase. Mis dedos iban, fugaces, a las letras. Sin embargo, a pesar de ese cambio, noté que el tono de mis breves crónicas, demasiado impersonal, con escasos matices y tendiendo a la neutralidad, se acercaba a los papeles y artículos que había encontrado hasta ese momento. Incluso había semejanzas con las parcas descripciones del viajero. Tratando de eliminar esa homogeneización, contrarrestar esa influencia, comencé a describir mis estados de ánimo. Hablé de mi visita al río y destaqué la repulsión que me había causado el cadáver envuelto en llamas. Detallé el olor que despedía la montaña de basura y cómo su silueta se integraba al paisaje hasta parecer una formación natural. Sin embargo, no podía evitar la parsimonia en mi lenguaje, porque, en realidad, seguía siendo un extraño en el país y desconocía muchas cosas. No podía involucrarme emocionalmente con una interrogante. El interés por escudriñar, buscar restos, hacía que fuera inmune al desgaste de la molicie y la abulia de los días. Apagué la máquina. La electricidad se interrumpió. Cada vez que ocurría un apagón creía escuchar el murmullo de los habitantes. El frío arreciaba y el sonido del viento entre los árboles parecía más intenso. El hotel, con sus tres únicos habitantes, era una galera abandonada.

 

 

(continuara)

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Si el cielo dibuja el plomo, una nube,

yo me meto bajo el agua y sudo agua

una composición voraz se agita

en lo translúcido

un hielo prístino y tóxico en la mano

una culebra ascendiendo por un pie

un cuerpo desnudo enfrente

alguna vez, el sexo dijo algo

una palabra penetró el oído

llegó desde muy lejos

recorrió siglos de humanidad para asistir al homo sapiens

cayó en la tierra a un paso

de la mujer, como un rayo que se esquiva

en un tiempo lleno de incertezas

la aventura, un anhelo

lo tóxico, el hielo prístino,

en medio del agua translúcida.

 

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sueño de minotauro*

 

 

En el alma de todo minotauro

late un anhelo de cielos entreabiertos,

un deseo implacable

de no ser el guardián de la penumbra

ni el habitante horrible del silencio

apenas quebrantado por el eco

de sus propios -circulares- pasos.

 

Quizá sueñe con ser -en su delirio-

la forma intemporal del laberinto.

 

*De Sergio Borao LLop. sbllop@gmail.com

-De Por si mañana no amanece.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

¿Adónde fueron a parar esas horas perdidas en la casa que nací? ¿Quién vive hoy en ella? ¿Quedan en algún lugar del aire tantas antiguas iluminaciones? ¿Puede haber otro paraíso (proustiano sí) que recuperar esos momentos? ¿Y si no es posible: puede acaso haber otro paraíso, no es suficiente infierno haberlo perdido para siempre?

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

Estación Funke*

 

 

        Me dijo el Coiro que en la estación de tren hay un observatorio astronómico, y me invitó a ir a verlo. Yo viajo desde Santa Fe, él desde Témperley, y se supone que nuestros caminos coincidirán al final de dos líneas de puntos, en un circulito negro en el mapa, convenientemente marcado con la figura esquemática de un telescopio apuntando al ancho espacio.

          Como en todas las aventuras Coirísticas, se advierte desde el vamos una cierta confusión, a pesar de larguísimos textos por WhatsApp que, sorprendentemente, siguen aportando más oscuridades e imprecisiones que datos.

          El trayecto desde Santa Fe es arduo, es complicado, está plagado de esquinas y torceduras aquejadas de sinuosidad. Los árboles y las alambradas, las vacas, las casitas de destino solitario, los caranchos perseguidos por pajaritos que intentan salvar sus crías. El barro y las lagunitas ahora que de pronto los cielos se prodigan en lluvia. La pesadez de los ojos cansados, el deslumbramiento lúcido por la noche mal dormida. La irrealidad de todo intento de cambio, eso de que una sigue siendo exactamente la misma pese a los kilómetros que se van alejando detrás de los colectivos. Esa molestia en el dedo donde me clavé ayer una espinita.

          Llevo horas de rodar sobre pavimentos grises, horas de espera en transbordos desteñidos, pero la pequeña herida que me hizo el tallo erizado de espinas sigue haciéndose notar. Qué extraño que la planta asustada siga en un patio ya tan en otra provincia, y la herida siga reclamando continuidad témporo espacial aquí en la yema de mi dedo. Esas perplejidades de quien se desdibuja en el reflejo de ventanillas sucias. No fue ni cómodo ni rápido el trayecto, pero estoy ahora aquí en Funke, mirando alrededor para encontrar la figura desgarbada del Coiro, las zapatillas apuntando una para cada lado, con ese aire de quien no pertenece al país ni al siglo, más extranjero que aquel que bajaba en la pampa de una carreta, todavía con el bamboleo del barco que lo trajo de las Europas meciéndole los huesos.

          Pero claro, el Coiro no está, la estación está abandonada, nadie sabe ni una palabra de un observatorio astronómico.

          Camino por las vías llenas de yuyos, me siento en una parecita de ladrillos. Percibo la humedad a través de la tela, y el olor agreste de los yuyos. Hay verbenas como sangre salpicada, y todo es claro y preciso. Puedo ver el paisaje como un cuadro hiperrealista, absurdo en la profusión innecesaria de detalles. El cielo es tan azul que duele mirarlo.

          Y aquí estoy, atrapada en un universo tan real que cada ínfima hoja de cada innumerable árbol proyecta su sombra diminuta sobre el suelo. Las cortezas de los álamos son complicadas, los dibujos no se repiten, y cada ladrillo de las construcciones posee su brillo particular, sus marcas y sus virajes al marrón o al naranja que los hacen individuales y únicos.

          Supongo que el Coiro hizo su esfuerzo y también ha venido a la estación Funke, pero él está en su propio lado del cristal. El Coiro arribó a Funke en un tren que ya no existe, y su estación de trenes se resuelve en un cuadro impresionista, difuso, con nubes apocalípticas en cielos violetas donde los azules se encuentran con la furia de los morados. Debe de estar él también esperándome, mientras un hombre de cara imprecisa lo hace pasar al observatorio, recién inaugurado pero ya obsoleto. No puedo verlo, pero adivino su mano girando la manivela de un telescopio del siglo diecinueve, bello e inútil, brillante de cobre y bronce.

          Me resigno a volver a mi casa, y mientras es de noche en los campos que saltan por fuera del colectivo, sé que los ojos del Coiro están absortos en el cielo estrellado de Van Gogh, aturdido en el giro desaforado de las estrellas.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

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APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

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