*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro
*
La desnudez fecundada
por la intemperie
mientras el viento
vuelve
y vuelve
un aroma escrupuloso
nace en las barricadas
donde algunas almas
hacen inútiles juegos
formas ciegas son el
festín de las sombras
hombres lejanos dejan
sus máscaras
para que sus
desguarnecidos rostros lloren
en la distancia
incolora un dios no creíble
cierra sus propias
heridas
*De Oscar
Vicente Conde.
ESTA
CASA YA VIEJA*
Esta casa ya vieja es mi árbol,
donde siempre regreso a sus ramas,
y tengo sombra o el agua de la lluvia;
es mi patria chica, con su historia,
su aire, su murmullo y sus tibiezas,
y la plantó mi padre para hacernos
un lugar en el mundo, entre el viento,
en un tiempo que después no dio respiro,
pero eso ya no importa, o importa menos;
aquí está de pie, ante los años hoscos,
como una plural memoria íntima
de lo que pudo ser y sigue siendo.
*De Eduardo
Dalter.
.
*El poemario "La canción de las notas perdidas" (2026) se presentará
el próximo jueves 23 de abril, a las 18 hs, en el salón del bar La Poesía, de
San Telmo, con la participación del autor y los poetas Juan Carlos Moisés,
Santiago Espel, Fernando Kofman y Claudio D'Apice.
.
*
El agua corre por imitación
se adapta a los cuerpos expande
su sustancia líquida
chocan los átomos
partículas elementales, campos
quedan regados mientras los brazos
luchan contra la corriente.
En realidad se trata de otro asunto:
el cuerpo está estancado en el mismo lugar,
pero no sale a flote
el agua no arrastra, está ahí.
Toda la luz ilumina las piernas, ese torso
quién no querría
dejar un beso en cada hombro
partir a casa
por un sendero distinto
desandar el día
bajo una luz suave, cortar una flor
y todo lo que se muere renace
con otro nombre.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
El
viajero de lo imposible. *
1
“Mi corazón está ya en
estas praderas,
en estas aguas
anubladas por la niebla.”
Salvatore Quasimodo.
Llegadas las alas ennegrecidas
de esa inquietud,
hemos de odiarnos
con el amor, sabemos
que no tenemos
otra razón, salvo
ser extinguidos
por el diluvio del fuego
prometido, o por el silencio
al no existir.
2
Extendí el brazo
para buscarme entre ellos
definiéndome
en su soledad
o en sus rostros macerados
por el olvido, y ninguna voz
vino a mi encuentro,
salvo el grito
que no escuché, antes de partir
a su encuentro.
3
Y fue su ciudad
nido en las palmas
de mis manos,
mi lengua se perdió
en la disyuntiva
de sus callejuelas;
la sombra se hizo
con las mentiras
que traía en mi rostro
y en una voluble esquina
me esperaba la vida,
a la que nunca quise conocer
en primer plano.
*De Daniel
Montoly. danielmontoly@yahoo.es
Columbus. Ohio
*
Que la última hormiga del planeta
transporte la última hoja
hasta llegar al último montículo de tierra
nosotros
antes de la implosión
uterinos seres del planeta tierra
blastocitos y después
de la belleza del cuerpo
camino de animales astronómicos
una constelación
y vos
parado en el último planeta
a punto de saltar hacia otra galaxia
y yo orbitando
por el universo oscuro hasta alcanzar
pupilas de animal diminuto
profundidad de ojos libélula
vos
que ves mi mirada impregnada de luces de
noche
y el pelo desastre feliz
por mi modo de caminar y de hablar
de reír y de hacerlo juntos
me ves increíble decís
pero yo me siento
caracol deshabitada
sin lugar entre los animales del camino
astronómico
que tengo que abrir la cajita de insectos
encantadores
para recordar
recordarme
los filamentos plateados
la iridiscencia de pelitos
caricias en la cara
alas rozándome los hombros
ojito insecto mirándome de frente.
Avanza
mi eclipse
siento que sos
mi sueño
libélula azul
arco del sol
movimiento aparente de estrella
y yo quieta.
Quizá pueda
recobrar la noche
lo que es de la noche
qué será de mí cuando
el sol haya finalizado su arco
mañana
por dónde saldrá
y otro intento
de ser yo quien
salga a volar
pienso entonces
en el planeta errante
habitado por mis días
y un final
de tarde con marea viva
arrancándome los sueños de agua con agua
y yo recostada en la arena
y las alas chiquitas
mojadas
al aire.
*De Lorena
Suez. suezlorena@gmail.com
Lic. en Cs. de la Comunicación / Psicóloga
Social
La percepción como máquina. Escritura
onírica.
Mentoría de procesos creativos.
Talleres virtuales de lectura y escritura.
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
-CUARTA PARTE-
Pasaron los días. Mi crónica aumentaba.
Párrafos y más párrafos se apiñaban en la pantalla. Algunas líneas eran sólo
enumeraciones. Quizás mi mente se estaba volviendo perezosa o, simplemente, me
costaba relacionar ideas, extraer conclusiones, ir más allá del escenario que
recorría en mis caminatas. Era momento de ir más lejos. Tendría, tarde o
temprano, que viajar hacia el sur, a la región oscurecida que veía desde las
zonas altas de la ciudad. Tenía necesidad de los espacios vacíos que surgían
después de cada nueva experiencia en el lugar. Por eso, en las charlas con
Lucrecia, dejaba que ella llevara la iniciativa. Cada nueva historia, por
intrascendente que fuera, era un camino que se ramificaba en mi mente. En las
noches, antes de dormir, trataba de imaginar el camino que tendría que seguir
hacia el sur.
Una mañana encontré a Lucrecia afuera de la
casa. Parecía que estaba esperándome. Miraba la calle con desidia. Se arregló
el mechón oscuro en la frente. Por primera vez reparé en las pecas de su nariz
y en el leve perfil de sus senos.
–Te voy a contar un secreto.
–¿Cuál es?
–Me gusta recolectar papeles e información,
como a ti. Pero hay algo más: una vez encontré fotografías viejas en una
bodega, queda a poca distancia de aquí. Algunas están muy deterioradas. Le he
dicho a mi padre que vaya conmigo o que me diga si conoce a la gente de las
imágenes, pero no tiene interés. Incluso, cada vez que toco el tema, me dice
que no vaya más ahí, que estoy perdiendo el tiempo.
– Como si hubiera muchas cosas que hacer en
la ciudad –le dije.
Lucrecia me miró y volvió a arreglarse el
cabello. Su rostro parecía, por la luz, más anguloso. La nariz un poco aguileña
era la de su padre y la forma de sus ojos, los párpados un poco caídos,
recordaban la expresión fatigada de él. Sin embargo, las escasas palabras que
habíamos intercambiado desde que nos conocimos, habían sido suficientes para
darme cuenta de dos personalidades distintas. Esa diferencia no se explicaba
por las diferentes generaciones a las que pertenecían sino por cierto espíritu
indagador, reflexivo, que Lucrecia había desarrollado a pesar de su escasa
formación. Su padre era hosco, casi montaraz. Ella parecía ajena a la lenta
órbita de la ciudad, lejana a la vida simple de sus pobladores. Por un momento
pensé que me estaba engañando y quizás mi rostro dejó entrever la duda porque
ella, de inmediato, me dijo:
–Es verdad lo que te digo. Tengo una
pequeña caja de metal en la que guardo las fotografías. La conservo atrás de la
casa, en un cobertizo que construyó mi padre hace mucho. No me atrevo a traerla
acá por si él quiere deshacerse de ella.
Me pregunté por qué había esperado tanto
para decírmelo. Sin embargo, me sentí satisfecho por esa nueva ruta que acababa
de encontrar. Ella no percibió mi complacencia porque siguió enfrascada en sus
pensamientos.
–No sé. A veces siento que no lo conozco,
que es un extraño. Quizás contigo se atreva a decir más cosas –me dijo mientras
pateó una piedra. El sonido del impacto perduró unos instantes en la calle.
La calle estaba vacía. En al menos tres
casas había letreros que anunciaban remates urgentes de hacía muchos años. Los
teléfonos de los ofertantes estaban diluidos por la lluvia. El pasto estaba
crecido y hierbas de todo tipo se alzaban hasta el inicio de las ventanas.
–Vamos a verlas –dije
Mientras caminamos al cobertizo, le
pregunté por la ubicación de la bodega. Ella, animada, sólo me dijo:
–No hay que caminar mucho para llegar ahí.
Su rostro, alumbrado por un reflejo, se
inclinó a la izquierda. Me percaté que la angulosidad de su rostro no era por
las bocanadas luminosas del invierno, sino por una pérdida progresiva de peso.
Lo comprobé en los tendones del cuello y en las profundas órbitas de los ojos.
No pude adivinar nada.
Entramos al cobertizo. No me había llamado
la atención desde mi llegada. Prendimos un foco que colgaba, frágil, del techo.
Olía a humedad. Había palas, rastrillos, unas tijeras grandes. El metal de esos
objetos estaba cubierto por una delgada capa de óxido. Tendrían mucho de no
usarse. Lucrecia se arrodilló y buscó en un rincón que había cubierto con
pedazos de madera y un letrero encontrado en las calles que anunciaba el nuevo
sabor de un refresco. Sacó la caja de metal. Parecía la pequeña maleta que usa
un niño para llevar su comida a la escuela. Los ojos de ella brillaron cuando
me acercó su tesoro. Le gustaba ver mi interés y siguió el movimiento de mis
manos mientras tomaba la caja, inseguro de abrirla.
–Vamos a mi habitación. Ahí las podremos
ver mejor –propuso.
Entramos al hotel. Subimos con rapidez las
escaleras. El padre de Lucrecia estaba fuera. Aun así llevaba oculta la caja
debajo de mi chamarra.
Lucrecia me pidió el tesoro y se sentó en
la cama. Parecía que la emoción del momento la había desgastado y tuvo que
dejarme la tarea de abrir la caja. Destrabé el broche y ella comenzó a extender
sobre la colcha varias fotografías. Me hizo señas para que mirara con
detenimiento. Me senté junto a ella. De forma gradual aparecieron fotografías
que, casi de inmediato, traté de ordenar en una secuencia que me diera algunos
significados. Las fotografías no tenían ninguna identificación ni fecha.
Parecía que, deliberadamente, habían borrado cualquier número, cualquier letra.
En una, por ejemplo, se mostraba la silueta de un faro y una familia compuesta
por padres, abuelos y un par de niños que departían con sonrisas afables en un
día de campo. Sus ropas parecían modernas aunque no sugerían una época en
especial. Había otras que retrataban misterios cotidianos: un par de hombres en
un bar, con las bocas abiertas, como si el fotógrafo se hubiera inmiscuido a la
mitad de una discusión. La luz de una lámpara iluminaba los rostros detenidos
al momento de decir una palabra, acometer con ahínco a una pregunta, esperar
con la mirada a que llegara un momento propicio y secreto. Atrás, como telón de
fondo, una mezcla de rostros: morenos, apiñonados, con los ojos escondidos tras
la niebla de un cigarro o con las cejas enmarcando un gesto de fastidio.
Algunas imágenes eran en blanco y negro, pero no evidenciaban ninguna
antigüedad precisa, sólo un tiempo pasado que hablaba con palabras huecas, con
espacios diseñados para no llenarse nunca. Varios personajes no posaban para la
fotografía sino que deambulaban y, simplemente, eran captados en medio de un
movimiento. Me remitían, no sé muy bien por qué, a la calculada coreografía que
veía todos los días en las calles. Era como si estuvieran posando de forma
inconsciente, como si supieran, en todo momento, que alguien estaba a punto de
disparar con la cámara. Subir las escaleras, caminar en un sendero escoltado
por densos árboles, estar en un escritorio con la mirada puesta en un montón de
papeles, mirar un charco en una calle llena de autos inservibles, eran escenas
de una película muda, una secuencia que, quizás, necesitaba más elementos para
formar un todo congruente. Otra posibilidad era que los fotógrafos quisieran
convertir a sus modelos en huellas, claves para desentrañar durante el insomnio
y cuyo objetivo fuera sugerir al espectador alguna desgracia, el fragmento de
una memoria que significara algo en el futuro, una advertencia.
–¿Y bien? –preguntó ella– ¿qué opinas?
Pensé que mi guía me estaba probando de una
manera inocente. Lucrecia quería saber, en un solo momento, que elaborara la
historia que contaban las fotografías y que, de forma inconsciente, extendiera
mi explicación hasta confesar de dónde venía y cuál era mi verdadero interés en
el país. Pero yo sólo le daba continuidad a la imagen de ella, como la había
visto antes, frente a la ventana, mirando la ciudad como una permanente
extranjera.
Estaba a punto de hacer otra pregunta, cuando
la interrumpí:
–Vamos a la bodega. Podríamos encontrar más
cosas.
–Muy bien –dijo Lucrecia, un poco
deslumbrada por mi iniciativa.
–¿En cuánto tiempo estaremos ahí?
–pregunté.
–A mediodía llegamos.
–En marcha –dije.
Salimos de la habitación. Llevé una libreta
para hacer anotaciones, no quería fiar la visita a la memoria. No sabía si
estaba el padre de Lucrecia. Había silencio en su cuarto. Me di cuenta de que
la llegada de Lucrecia había alterado su rutina y, ahora, tenía que encontrar,
sin muchas ganas, nuevos patrones para sus jornadas. Bajamos con rapidez por
las escaleras. Ella trajo un par de manzanas de la cocina y me hizo señas de
que la siguiera a la parte trasera de la casa.
Lucrecia me señaló una bicicleta amarilla;
junto a ella estaba una de color negro.
–Un día alguien la dejó enfrente de casa
–me dijo.
Pedaleamos por las calles de la ciudad.
Éramos los únicos ciclistas de la zona. Como la zona habitada era pequeña, todo
mundo se dirigía a pie a sus quehaceres. Imaginé a la gente olvidando, por
inercia, de sus cosas. Objetos intrascendentes o recuerdos valiosos eran
dejados por todos lados, sin ningún sentimiento de culpa. Pensé que esos
objetos les recordaban su biografía, acaso una memoria inhóspita y dolorosa.
Después de un rato de pedalear y de
internarnos por un camino de tierra, llegamos a nuestro destino. Lucrecia
señaló la bodega. Su cabello resplandecía por la luz que, a cada minuto,
aumentaba su intensidad. Era luz de invierno, luz que no calentaba la piel pero
que deslumbraba cuando salías de un espacio en penumbras. Lucrecia,
seguramente, tenía sus ideas sobre las imágenes. Por eso las había recolectado.
Quizás esperaba que yo diera orden al caos. Cualquier otro habitante de la
ciudad habría ignorado las fotografías, al igual que las revistas, las notas,
los textos huérfanos que esperaban bajo estantes, metidos entre cajas,
sometidos ante la paciente humedad que desmenuzaba palabras, diluía imágenes y
viñetas hasta volverlas un amasijo irreconocible.
Antes de entrar miré los árboles que
estaban alrededor. La bodega tenía una puerta semicircular y de color gris.
Parecía un granero. Hilvané la imagen que tenía enfrente con las fotografías
que había visto antes. La bodega era, a través de ese contexto, un barco
fantasma, de repente arraigado en una zona boscosa.
La puerta no tenía candado ni seguro.
Entramos mientras un pájaro negro nos veía desde la rama de un árbol. Nos
internamos por la penumbra de la bodega. Estaba vacía. Traté de calcular cuánta
gente podría estar ahí. Había telarañas las esquinas. Lucrecia se adelantó y me
dijo:
-Por aquí estaban las fotografías.
Caminó hasta el fondo de la bodega. Olía a
encerrado, a papeles viejos, devorados por la humedad. La acompañé. Ella se
acuclilló y buscó en una caja de cartón. Yo busqué entre pedazos de cristal,
hojas secas que había empujado el viento hasta esa zona. Me iba a dar por
vencido cuando encontré, junto a un pedazo de cartón que tenía, en un extremo,
una cinta adhesiva, un par de fotografías. Era un hombre y una mujer sentados
en el piso. La fotografía, por la calidad de papel y el tipo de imagen, había
sido hecha en una cámara automática tipo Polaroid. Era perceptible por el
brillo y el marco grueso color blanco. Saqué la libreta roja y leí una frase
que estaba en la penúltima página: “Parece que esperaron lo peor. Los creyentes
invocaron a Dios, pero el desánimo comenzó a generalizarse. ¿Para qué rezar
cuando la realidad requería acciones urgentes? Lucrecia miró la imagen. A ella,
al inicio, sólo le importaba el descubrimiento de más imágenes, como si fuera
una coleccionista demasiado enfrascada en la cacería de más ejemplares.
Después, se interesó en las relaciones que había entre ellas, lo que decían
para quien supiera interpretarlas.
Di un nuevo rodeo por la bodega. Las
ventanas superiores, algunas estrelladas, rectangulares, capturaron más
luminosidad. Entonces, cuando bajé la mirada, comencé a ver rastros rojos en el
piso y en una de las esquinas de la bodega. Las huellas habían pasado
desapercibidas por la escasa luz, sin embargo, en ese instante de luz quedaron
al descubierto. Una mancha alargada sugería un brote impetuoso de sangre. Había
rastros pequeños, bosquejos de dedos que parecían arrastrarse por la pared.
Intenté descifrar las manchas como si estuviera ante una secreta caligrafía de
cuerpos, trazos interrumpidos de pronto, un lenguaje que hablaba desde el
dolor, desde la indefensión del instante que es devorado por la muerte. Revisé
si había casquillos de balas o proyectiles de otro tipo. Nada. Sólo rastros
rojos, atisbos humanos que habían querido decir algo, una última palabra,
mientras la sangre salía y manchaba la esquina y una parte del piso. Lucrecia
miró con curiosidad los rastros. Recorrí la bodega para poner en orden mis
ideas. Era grande, quizás unos 200 metros cuadrados. Al fondo, sobre una viga
de metal, anidaban varios pájaros negros. Sus cuchicheos disolvían el silencio.
Sentía sus miradas rápidas, sus parpadeos fugaces. Lucrecia investigó en una de
las esquinas y, en una orilla de una estantería de metal que tal vez servía
para ordenar herramientas, encontró un sobre amarillo. Lo abrió y cayeron al
piso decenas de fotografías. Fui junto a ella para revisar el nuevo
descubrimiento. Por la calidad de las imágenes estaba seguro que habían sido
sacadas con la misma cámara automática. Todas eran de la gente que había estado
en la bodega. Una primera imagen mostraba unas veinte personas en la entrada.
Al contrario de las imágenes anteriores, no estaban posando, parecía que el
objetivo de la fotografía era dejar un registro de las personas y de su
probable ingreso a la bodega. Como el registro apresurado de los pasajeros
antes de entrar a un barco. Había hombres, mujeres y niños. Algunos de ellos
daban la espalda al objetivo de la cámara. Parecía que el sol caía a plenitud.
Pensé, mientras recorría con mis dedos la superficie lustrosa de la imagen, en
la antigüedad y las circunstancias específicas de la toma. Varios de los
retratados cargaban maletas y grandes bolsas de plástico. En las siguientes imágenes
un par de hombres, que aparentaban unos cincuenta años, uno de ellos con
gruesos lentes de pasta, parecían dirigirse a los demás. Una mujer, vestida con
una falda larga y una blusa estampada con flores, los observaba con gesto
serio, como si estuviera evaluando las implicaciones de las órdenes. Las
imágenes, como las anteriores que había visto, eran atemporales. No había
referencias para datarlas o ubicarlas en un espacio definido. Una siguiente
fotografía mostraba a un grupo de personas al fondo de la bodega. La luz de la
mañana entraba por las ventanas superiores. Un niño vestido con pantalones
cortos y una playera amarilla estaba acuclillado. Las fotografías pertenecían a
secuencias y sugerían un orden apenas discernible. Me pregunté si Lucrecia había
pasado por alto revisar el mueble o si tenía conocimiento de las fotos y las
había dejado ahí para que alguno de los dos las encontrara por accidente.
Devolví las fotografías al sobre, lo guardé en mi chamarra y salimos de ahí.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
Cielo gris*
Tan sólo queda el cielo gris de las ciudades
cayendo sobre masas
sin rostro y sin pasado.
Sólo los mares sumergiendo arenas
de innumerables playas atestadas.
Sólo los pasos del poeta entre las calles
buscando con los ojos un rostro que no
existe.
Sólo la multitud, sólo el derrumbe
de ese sol machacando las aceras.
Y un corazón que se desgarra
gritando nombres que no están
que jamás estuvieron
sobre el mapa incorrecto de las plazas
desiertas.
De Sergio
Borao LLop. sbllop@gmail.com
-De Metropolicromía.
Poemas de Sergio Borao Llop
UNA
DEL MONTÓN*
Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.
Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de
monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un
hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el
viento.
Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de
microscopio.
Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.
Pude haber sido yo misma, pero sin que me
sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.
*De Wislawa
Szymborska.
(Prowent, actual Kórnik, 2 de julio de 1923
- Cracovia, 1 de febrero de 2012)
-Fuente: OFICIO DE POETA.
(Compartido
por Oscar Vicente Conde)
*
Pienso en una flor. Es
que tengo el sesgo de lo bello aunque me mueva en paisajes asimétricos.
Escribo flor, flor de
nácar, porque me deslumbra, me deja estática; colgados mis ojos de cada corolla
estrellada…ay Hoya carnosa (así te nombran en botánica), robas mi voz y mi aire
y, justo cuando un gesto me devuelve al pensamiento estrafalario, me cachetea
lo inefable y mi soberbia se escabulle entre las hojas del arbolito que te
acompaña. Me río de mí, jugando.
Y el asombro pasa,
pero, si resisto, si estiro mi columna fascinada, henchida de vos, hasta que me
roce cierta luz, algún destello de simpleza, dos tres palabras que no se
esfumen antes de los portazos que cierran el cielo y secan las corrientes de
aire, si puedo hacerlo antes de que me invada el laboratorio de cosas y
constructos, podré verte. Verte.
No puedo renunciar a
entender, tampoco me recreo solo en la contemplación. Es el asombro de quien
tropieza con la benefactora vida, esa simple y ordinaria, el más llano sendero
hacia lo extraordinario de ver.
*De Lorena
Suez. suezlorena@gmail.com
Lic. en Cs. de la Comunicación / Psicóloga
Social
La percepción como máquina. Escritura
onírica.
Mentoría de procesos creativos.
Talleres virtuales de lectura y escritura.
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
El ajuar*
*Por Ana
María Broglio.
Vivíamos en las inmediaciones de la
estación González Risos, del Midland de Buenos Aires, a unos 18 km. al norte de
Navarro, población que solíamos visitar para disfrutar de su laguna. Mi padre
era trabajador ferroviario, viajaba en el tren y solía ausentarse por algunos
días. Nosotras lo acompañábamos a la estación y lo despedíamos cada vez, como
si fuera la última. Extendíamos los pañuelos y actuábamos como si nuestra
despedida, hubiese sido una dramática escena de película. Madre nos tomaba de
la mano y regresábamos a casa entre risas y canciones. Luego lo cotidiano
volvía a la normalidad. Cuando sucedió lo del asalto todavía, si realizábamos
cualquier suma o resta, para ayudarnos a contar, necesitábamos esconder los
dedos debajo de la mesa. Recuerdo. Madre hacía un lugarcito en uno de los
extremos y extendía un mantel bordado por ella misma antes de servirnos la
merienda. Como era parte del ajuar de bodas, sobre uno de los bordes lucían,
las iniciales de mis padres, enmarcadas en un corazón. Mamá era muy afecta a
las novelas y encendía la radio siempre a la misma hora. Imagino, antes de
casarse, ubicándola junto a los bordados y mientras escuchaba, sus manos tan
delicadas como la tela, esmerándose en la perfección del trabajo. Cruzando
hilos celestes y lilas, rosados y verdes. Cuando enfermábamos, abría
ceremoniosamente la caja forrada en seda y extraía la toallita para el médico.
Tan impoluta y hermosa, como si nunca se hubiese usado. Para que el
facultativo, la apoyara sobre nuestra espalda y verificara el funcionamiento de
los pulmones, la desplegaba amorosamente sobre la almohada. Era todo lo que
había podido conservar del desgaste de los años, la toalla y el mantel para el
té. Cuando entraron los ladrones, mamá estiraba la masa de los fideos del
domingo. Era una noche de invierno fría y los leños ardían en el hogar.
Esperábamos a papá. Nos hicieron acercar a la pared y comenzaron a registrar
los muebles, guardándose lo que les parecía valioso. No había mucho que robar y
se pusieron inquietos. Comenzaron a presionarla para que buscara las reservas
que supuestamente ocultaba. Le brotaron lágrimas de los ojos y cuando negó
poseer objetos de valor, joyas o dinero, uno de los hombres se dispuso a romper
la cinta que cerraba la caja del ajuar. Fue en ese momento en que mamá se
exasperó, tomó el palote de amasar y comenzó a dárselos en la cabeza. Ante
semejante acceso de ira, soltaron, el primero la bolsa con lo que pretendían
llevar y el segundo la preciosura forrada en seda. Al ver movimientos extraños,
los vecinos habían alertado a la policía y mi padre irrumpió en la casa. Al
mantelito lo heredó mi hermana y cuando nacieron mis hijos, también ceremoniosamente,
me regaló la toalla. La vida no fue tan romántica ni decorativa para ninguno de
nosotros pero ella, siguió manteniendo el orgullo de su ajuar de bodas, hasta
el último día de su vida.
Ana María Broglio.
-A su memoria-
-Próxima
estación:
GOBERNADOR
UDAONDO.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
InventivaSocial
Plaza virtual de
escritura
-Editor
responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog histórico
& archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/
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