lunes, abril 20, 2026

UN LUGAR EN EL MUNDO

 


*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro

 

 

 




 

 

 

*

 

La desnudez fecundada por la intemperie

mientras el viento vuelve

y vuelve

un aroma escrupuloso nace en las barricadas

donde algunas almas hacen inútiles juegos

formas ciegas son el festín de las sombras

hombres lejanos dejan sus máscaras

para que sus desguarnecidos rostros lloren

en la distancia incolora un dios no creíble

cierra sus propias heridas

 

*De Oscar Vicente Conde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESTA CASA YA VIEJA*

 

Esta casa ya vieja es mi árbol,

donde siempre regreso a sus ramas,

y tengo sombra o el agua de la lluvia;

es mi patria chica, con su historia,

su aire, su murmullo y sus tibiezas,

y la plantó mi padre para hacernos

un lugar en el mundo, entre el viento,

en un tiempo que después no dio respiro,

pero eso ya no importa, o importa menos;

aquí está de pie, ante los años hoscos,

como una plural memoria íntima

de lo que pudo ser y sigue siendo.

 

*De Eduardo Dalter.

.

*El poemario "La canción de las notas perdidas" (2026) se presentará el próximo jueves 23 de abril, a las 18 hs, en el salón del bar La Poesía, de San Telmo, con la participación del autor y los poetas Juan Carlos Moisés, Santiago Espel, Fernando Kofman y Claudio D'Apice.

.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

El agua corre por imitación

se adapta a los cuerpos expande

su sustancia líquida

chocan los átomos

partículas elementales, campos

quedan regados mientras los brazos

luchan contra la corriente.

En realidad se trata de otro asunto:

el cuerpo está estancado en el mismo lugar,

pero no sale a flote

el agua no arrastra, está ahí.

Toda la luz ilumina las piernas, ese torso

quién no querría

dejar un beso en cada hombro

partir a casa

por un sendero distinto

desandar el día

bajo una luz suave, cortar una flor

y todo lo que se muere renace

con otro nombre.

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El viajero de lo imposible. *

 

 

1

 

 

“Mi corazón está ya en estas praderas,

en estas aguas anubladas por la niebla.”

Salvatore Quasimodo.

 

 

 

Llegadas las alas ennegrecidas

de esa inquietud,

hemos de odiarnos

con el amor, sabemos

que no tenemos

otra razón, salvo

ser extinguidos

por el diluvio del fuego

prometido, o por el silencio

al no existir.

 

 

2

 

Extendí el brazo

para buscarme entre ellos

definiéndome

en su soledad

o en sus rostros macerados

por el olvido, y ninguna voz

vino a mi encuentro,

salvo el grito

que no escuché, antes de partir

a su encuentro.

 

 

3

Y fue su ciudad

nido en las palmas

de mis manos,

mi lengua se perdió

en la disyuntiva

de sus callejuelas;

la sombra se hizo

con las mentiras

que traía en mi rostro

y en una voluble esquina

me esperaba la vida,

a la que nunca quise conocer

en primer plano.

 

*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es

Columbus. Ohio

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

*

 

Que la última hormiga del planeta transporte la última hoja

hasta llegar al último montículo de tierra

nosotros

antes de la implosión

uterinos seres del planeta tierra

blastocitos y después

de la belleza del cuerpo

camino de animales astronómicos

una constelación

y vos

parado en el último planeta

a punto de saltar hacia otra galaxia

y yo orbitando

por el universo oscuro hasta alcanzar

pupilas de animal diminuto

profundidad de ojos libélula

vos

que ves mi mirada impregnada de luces de noche

y el pelo desastre feliz

por mi modo de caminar y de hablar

de reír y de hacerlo juntos

me ves increíble decís

pero yo me siento

caracol deshabitada

sin lugar entre los animales del camino astronómico

que tengo que abrir la cajita de insectos encantadores

para recordar

recordarme

los filamentos plateados

la iridiscencia de pelitos

caricias en la cara

alas rozándome los hombros

ojito insecto mirándome de frente.

Avanza

mi eclipse

siento que sos

mi sueño

libélula azul

arco del sol

movimiento aparente de estrella

y yo quieta.

Quizá pueda

recobrar la noche

lo que es de la noche

qué será de mí cuando

el sol haya finalizado su arco

mañana

por dónde saldrá

y otro intento

de ser yo quien

salga a volar

pienso entonces

en el planeta errante

habitado por mis días

y un final

de tarde con marea viva

arrancándome los sueños de agua con agua

y yo recostada en la arena

y las alas chiquitas

mojadas

al aire.

 

 

*De Lorena Suez. suezlorena@gmail.com

Lic. en Cs. de la Comunicación / Psicóloga Social

La percepción como máquina. Escritura onírica.

Mentoría de procesos creativos.

Talleres virtuales de lectura y escritura.

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

 

*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 

-CUARTA PARTE-

 

 

Pasaron los días. Mi crónica aumentaba. Párrafos y más párrafos se apiñaban en la pantalla. Algunas líneas eran sólo enumeraciones. Quizás mi mente se estaba volviendo perezosa o, simplemente, me costaba relacionar ideas, extraer conclusiones, ir más allá del escenario que recorría en mis caminatas. Era momento de ir más lejos. Tendría, tarde o temprano, que viajar hacia el sur, a la región oscurecida que veía desde las zonas altas de la ciudad. Tenía necesidad de los espacios vacíos que surgían después de cada nueva experiencia en el lugar. Por eso, en las charlas con Lucrecia, dejaba que ella llevara la iniciativa. Cada nueva historia, por intrascendente que fuera, era un camino que se ramificaba en mi mente. En las noches, antes de dormir, trataba de imaginar el camino que tendría que seguir hacia el sur.

Una mañana encontré a Lucrecia afuera de la casa. Parecía que estaba esperándome. Miraba la calle con desidia. Se arregló el mechón oscuro en la frente. Por primera vez reparé en las pecas de su nariz y en el leve perfil de sus senos.

–Te voy a contar un secreto.

–¿Cuál es?

–Me gusta recolectar papeles e información, como a ti. Pero hay algo más: una vez encontré fotografías viejas en una bodega, queda a poca distancia de aquí. Algunas están muy deterioradas. Le he dicho a mi padre que vaya conmigo o que me diga si conoce a la gente de las imágenes, pero no tiene interés. Incluso, cada vez que toco el tema, me dice que no vaya más ahí, que estoy perdiendo el tiempo.

– Como si hubiera muchas cosas que hacer en la ciudad –le dije.

Lucrecia me miró y volvió a arreglarse el cabello. Su rostro parecía, por la luz, más anguloso. La nariz un poco aguileña era la de su padre y la forma de sus ojos, los párpados un poco caídos, recordaban la expresión fatigada de él. Sin embargo, las escasas palabras que habíamos intercambiado desde que nos conocimos, habían sido suficientes para darme cuenta de dos personalidades distintas. Esa diferencia no se explicaba por las diferentes generaciones a las que pertenecían sino por cierto espíritu indagador, reflexivo, que Lucrecia había desarrollado a pesar de su escasa formación. Su padre era hosco, casi montaraz. Ella parecía ajena a la lenta órbita de la ciudad, lejana a la vida simple de sus pobladores. Por un momento pensé que me estaba engañando y quizás mi rostro dejó entrever la duda porque ella, de inmediato, me dijo:

–Es verdad lo que te digo. Tengo una pequeña caja de metal en la que guardo las fotografías. La conservo atrás de la casa, en un cobertizo que construyó mi padre hace mucho. No me atrevo a traerla acá por si él quiere deshacerse de ella.

Me pregunté por qué había esperado tanto para decírmelo. Sin embargo, me sentí satisfecho por esa nueva ruta que acababa de encontrar. Ella no percibió mi complacencia porque siguió enfrascada en sus pensamientos.

–No sé. A veces siento que no lo conozco, que es un extraño. Quizás contigo se atreva a decir más cosas –me dijo mientras pateó una piedra. El sonido del impacto perduró unos instantes en la calle.

La calle estaba vacía. En al menos tres casas había letreros que anunciaban remates urgentes de hacía muchos años. Los teléfonos de los ofertantes estaban diluidos por la lluvia. El pasto estaba crecido y hierbas de todo tipo se alzaban hasta el inicio de las ventanas.

–Vamos a verlas –dije

Mientras caminamos al cobertizo, le pregunté por la ubicación de la bodega. Ella, animada, sólo me dijo:

–No hay que caminar mucho para llegar ahí.

Su rostro, alumbrado por un reflejo, se inclinó a la izquierda. Me percaté que la angulosidad de su rostro no era por las bocanadas luminosas del invierno, sino por una pérdida progresiva de peso. Lo comprobé en los tendones del cuello y en las profundas órbitas de los ojos. No pude adivinar nada.

Entramos al cobertizo. No me había llamado la atención desde mi llegada. Prendimos un foco que colgaba, frágil, del techo. Olía a humedad. Había palas, rastrillos, unas tijeras grandes. El metal de esos objetos estaba cubierto por una delgada capa de óxido. Tendrían mucho de no usarse. Lucrecia se arrodilló y buscó en un rincón que había cubierto con pedazos de madera y un letrero encontrado en las calles que anunciaba el nuevo sabor de un refresco. Sacó la caja de metal. Parecía la pequeña maleta que usa un niño para llevar su comida a la escuela. Los ojos de ella brillaron cuando me acercó su tesoro. Le gustaba ver mi interés y siguió el movimiento de mis manos mientras tomaba la caja, inseguro de abrirla.

–Vamos a mi habitación. Ahí las podremos ver mejor –propuso.

Entramos al hotel. Subimos con rapidez las escaleras. El padre de Lucrecia estaba fuera. Aun así llevaba oculta la caja debajo de mi chamarra.

Lucrecia me pidió el tesoro y se sentó en la cama. Parecía que la emoción del momento la había desgastado y tuvo que dejarme la tarea de abrir la caja. Destrabé el broche y ella comenzó a extender sobre la colcha varias fotografías. Me hizo señas para que mirara con detenimiento. Me senté junto a ella. De forma gradual aparecieron fotografías que, casi de inmediato, traté de ordenar en una secuencia que me diera algunos significados. Las fotografías no tenían ninguna identificación ni fecha. Parecía que, deliberadamente, habían borrado cualquier número, cualquier letra. En una, por ejemplo, se mostraba la silueta de un faro y una familia compuesta por padres, abuelos y un par de niños que departían con sonrisas afables en un día de campo. Sus ropas parecían modernas aunque no sugerían una época en especial. Había otras que retrataban misterios cotidianos: un par de hombres en un bar, con las bocas abiertas, como si el fotógrafo se hubiera inmiscuido a la mitad de una discusión. La luz de una lámpara iluminaba los rostros detenidos al momento de decir una palabra, acometer con ahínco a una pregunta, esperar con la mirada a que llegara un momento propicio y secreto. Atrás, como telón de fondo, una mezcla de rostros: morenos, apiñonados, con los ojos escondidos tras la niebla de un cigarro o con las cejas enmarcando un gesto de fastidio. Algunas imágenes eran en blanco y negro, pero no evidenciaban ninguna antigüedad precisa, sólo un tiempo pasado que hablaba con palabras huecas, con espacios diseñados para no llenarse nunca. Varios personajes no posaban para la fotografía sino que deambulaban y, simplemente, eran captados en medio de un movimiento. Me remitían, no sé muy bien por qué, a la calculada coreografía que veía todos los días en las calles. Era como si estuvieran posando de forma inconsciente, como si supieran, en todo momento, que alguien estaba a punto de disparar con la cámara. Subir las escaleras, caminar en un sendero escoltado por densos árboles, estar en un escritorio con la mirada puesta en un montón de papeles, mirar un charco en una calle llena de autos inservibles, eran escenas de una película muda, una secuencia que, quizás, necesitaba más elementos para formar un todo congruente. Otra posibilidad era que los fotógrafos quisieran convertir a sus modelos en huellas, claves para desentrañar durante el insomnio y cuyo objetivo fuera sugerir al espectador alguna desgracia, el fragmento de una memoria que significara algo en el futuro, una advertencia.

–¿Y bien? –preguntó ella– ¿qué opinas?

Pensé que mi guía me estaba probando de una manera inocente. Lucrecia quería saber, en un solo momento, que elaborara la historia que contaban las fotografías y que, de forma inconsciente, extendiera mi explicación hasta confesar de dónde venía y cuál era mi verdadero interés en el país. Pero yo sólo le daba continuidad a la imagen de ella, como la había visto antes, frente a la ventana, mirando la ciudad como una permanente extranjera.

Estaba a punto de hacer otra pregunta, cuando la interrumpí:

–Vamos a la bodega. Podríamos encontrar más cosas.

–Muy bien –dijo Lucrecia, un poco deslumbrada por mi iniciativa.

–¿En cuánto tiempo estaremos ahí? –pregunté.

–A mediodía llegamos.

–En marcha –dije.

Salimos de la habitación. Llevé una libreta para hacer anotaciones, no quería fiar la visita a la memoria. No sabía si estaba el padre de Lucrecia. Había silencio en su cuarto. Me di cuenta de que la llegada de Lucrecia había alterado su rutina y, ahora, tenía que encontrar, sin muchas ganas, nuevos patrones para sus jornadas. Bajamos con rapidez por las escaleras. Ella trajo un par de manzanas de la cocina y me hizo señas de que la siguiera a la parte trasera de la casa.

Lucrecia me señaló una bicicleta amarilla; junto a ella estaba una de color negro.

–Un día alguien la dejó enfrente de casa –me dijo.

Pedaleamos por las calles de la ciudad. Éramos los únicos ciclistas de la zona. Como la zona habitada era pequeña, todo mundo se dirigía a pie a sus quehaceres. Imaginé a la gente olvidando, por inercia, de sus cosas. Objetos intrascendentes o recuerdos valiosos eran dejados por todos lados, sin ningún sentimiento de culpa. Pensé que esos objetos les recordaban su biografía, acaso una memoria inhóspita y dolorosa.

Después de un rato de pedalear y de internarnos por un camino de tierra, llegamos a nuestro destino. Lucrecia señaló la bodega. Su cabello resplandecía por la luz que, a cada minuto, aumentaba su intensidad. Era luz de invierno, luz que no calentaba la piel pero que deslumbraba cuando salías de un espacio en penumbras. Lucrecia, seguramente, tenía sus ideas sobre las imágenes. Por eso las había recolectado. Quizás esperaba que yo diera orden al caos. Cualquier otro habitante de la ciudad habría ignorado las fotografías, al igual que las revistas, las notas, los textos huérfanos que esperaban bajo estantes, metidos entre cajas, sometidos ante la paciente humedad que desmenuzaba palabras, diluía imágenes y viñetas hasta volverlas un amasijo irreconocible.

Antes de entrar miré los árboles que estaban alrededor. La bodega tenía una puerta semicircular y de color gris. Parecía un granero. Hilvané la imagen que tenía enfrente con las fotografías que había visto antes. La bodega era, a través de ese contexto, un barco fantasma, de repente arraigado en una zona boscosa.

La puerta no tenía candado ni seguro. Entramos mientras un pájaro negro nos veía desde la rama de un árbol. Nos internamos por la penumbra de la bodega. Estaba vacía. Traté de calcular cuánta gente podría estar ahí. Había telarañas las esquinas. Lucrecia se adelantó y me dijo:

-Por aquí estaban las fotografías.

Caminó hasta el fondo de la bodega. Olía a encerrado, a papeles viejos, devorados por la humedad. La acompañé. Ella se acuclilló y buscó en una caja de cartón. Yo busqué entre pedazos de cristal, hojas secas que había empujado el viento hasta esa zona. Me iba a dar por vencido cuando encontré, junto a un pedazo de cartón que tenía, en un extremo, una cinta adhesiva, un par de fotografías. Era un hombre y una mujer sentados en el piso. La fotografía, por la calidad de papel y el tipo de imagen, había sido hecha en una cámara automática tipo Polaroid. Era perceptible por el brillo y el marco grueso color blanco. Saqué la libreta roja y leí una frase que estaba en la penúltima página: “Parece que esperaron lo peor. Los creyentes invocaron a Dios, pero el desánimo comenzó a generalizarse. ¿Para qué rezar cuando la realidad requería acciones urgentes? Lucrecia miró la imagen. A ella, al inicio, sólo le importaba el descubrimiento de más imágenes, como si fuera una coleccionista demasiado enfrascada en la cacería de más ejemplares. Después, se interesó en las relaciones que había entre ellas, lo que decían para quien supiera interpretarlas.

Di un nuevo rodeo por la bodega. Las ventanas superiores, algunas estrelladas, rectangulares, capturaron más luminosidad. Entonces, cuando bajé la mirada, comencé a ver rastros rojos en el piso y en una de las esquinas de la bodega. Las huellas habían pasado desapercibidas por la escasa luz, sin embargo, en ese instante de luz quedaron al descubierto. Una mancha alargada sugería un brote impetuoso de sangre. Había rastros pequeños, bosquejos de dedos que parecían arrastrarse por la pared. Intenté descifrar las manchas como si estuviera ante una secreta caligrafía de cuerpos, trazos interrumpidos de pronto, un lenguaje que hablaba desde el dolor, desde la indefensión del instante que es devorado por la muerte. Revisé si había casquillos de balas o proyectiles de otro tipo. Nada. Sólo rastros rojos, atisbos humanos que habían querido decir algo, una última palabra, mientras la sangre salía y manchaba la esquina y una parte del piso. Lucrecia miró con curiosidad los rastros. Recorrí la bodega para poner en orden mis ideas. Era grande, quizás unos 200 metros cuadrados. Al fondo, sobre una viga de metal, anidaban varios pájaros negros. Sus cuchicheos disolvían el silencio. Sentía sus miradas rápidas, sus parpadeos fugaces. Lucrecia investigó en una de las esquinas y, en una orilla de una estantería de metal que tal vez servía para ordenar herramientas, encontró un sobre amarillo. Lo abrió y cayeron al piso decenas de fotografías. Fui junto a ella para revisar el nuevo descubrimiento. Por la calidad de las imágenes estaba seguro que habían sido sacadas con la misma cámara automática. Todas eran de la gente que había estado en la bodega. Una primera imagen mostraba unas veinte personas en la entrada. Al contrario de las imágenes anteriores, no estaban posando, parecía que el objetivo de la fotografía era dejar un registro de las personas y de su probable ingreso a la bodega. Como el registro apresurado de los pasajeros antes de entrar a un barco. Había hombres, mujeres y niños. Algunos de ellos daban la espalda al objetivo de la cámara. Parecía que el sol caía a plenitud. Pensé, mientras recorría con mis dedos la superficie lustrosa de la imagen, en la antigüedad y las circunstancias específicas de la toma. Varios de los retratados cargaban maletas y grandes bolsas de plástico. En las siguientes imágenes un par de hombres, que aparentaban unos cincuenta años, uno de ellos con gruesos lentes de pasta, parecían dirigirse a los demás. Una mujer, vestida con una falda larga y una blusa estampada con flores, los observaba con gesto serio, como si estuviera evaluando las implicaciones de las órdenes. Las imágenes, como las anteriores que había visto, eran atemporales. No había referencias para datarlas o ubicarlas en un espacio definido. Una siguiente fotografía mostraba a un grupo de personas al fondo de la bodega. La luz de la mañana entraba por las ventanas superiores. Un niño vestido con pantalones cortos y una playera amarilla estaba acuclillado. Las fotografías pertenecían a secuencias y sugerían un orden apenas discernible. Me pregunté si Lucrecia había pasado por alto revisar el mueble o si tenía conocimiento de las fotos y las había dejado ahí para que alguno de los dos las encontrara por accidente. Devolví las fotografías al sobre, lo guardé en mi chamarra y salimos de ahí.

 

 

(continuara)

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 







 

 

 

Cielo gris*

 

 

Tan sólo queda el cielo gris de las ciudades

cayendo sobre masas

sin rostro y sin pasado.

 

Sólo los mares sumergiendo arenas

de innumerables playas atestadas.

 

Sólo los pasos del poeta entre las calles

buscando con los ojos un rostro que no existe.

 

Sólo la multitud, sólo el derrumbe

de ese sol machacando las aceras.

 

Y un corazón que se desgarra

gritando nombres que no están

que jamás estuvieron

sobre el mapa incorrecto de las plazas desiertas.

 

De Sergio Borao LLop. sbllop@gmail.com

-De Metropolicromía. Poemas de Sergio Borao Llop

 

 

 







 

 

UNA DEL MONTÓN*

 

Soy la que soy.

Casualidad inconcebible

como todas las casualidades.

Otros antepasados

podrían haber sido los míos

y yo habría abandonado

otro nido,

o me habría arrastrado cubierta de escamas

de debajo de algún árbol.

En el vestuario de la naturaleza

hay muchos trajes.

Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.

Cada uno, como hecho a la medida,

se lleva dócilmente

hasta que se hace tiras.

Yo tampoco he elegido,

pero no me quejo.

Pude haber sido alguien

mucho menos individuo.

Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,

partícula del paisaje sacudida por el viento.

Alguien mucho menos feliz,

criado para un abrigo de pieles

o para una mesa navideña,

algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.

Árbol clavado en la tierra,

al que se aproxima un incendio.

Hierba arrollada

por el correr de incomprensibles sucesos.

Un tipo de mala estrella

que para algunos brilla.

¿Y si despertara miedo en la gente,

o sólo asco,

o sólo compasión?

¿Y si hubiera nacido

no en la tribu debida

y se cerraran ante mí los caminos?

El destino, hasta ahora,

ha sido benévolo conmigo.

Pudo no haberme sido dado

recordar buenos momentos.

Se me pudo haber privado

de la tendencia a comparar.

Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,

lo que habría significado

ser alguien completamente diferente.

 

*De Wislawa Szymborska.

(Prowent, actual Kórnik, 2 de julio de 1923 - Cracovia, 1 de febrero de 2012)

-Fuente: OFICIO DE POETA.

 (Compartido por Oscar Vicente Conde)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Pienso en una flor. Es que tengo el sesgo de lo bello aunque me mueva en paisajes asimétricos.

Escribo flor, flor de nácar, porque me deslumbra, me deja estática; colgados mis ojos de cada corolla estrellada…ay Hoya carnosa (así te nombran en botánica), robas mi voz y mi aire y, justo cuando un gesto me devuelve al pensamiento estrafalario, me cachetea lo inefable y mi soberbia se escabulle entre las hojas del arbolito que te acompaña. Me río de mí, jugando.

Y el asombro pasa, pero, si resisto, si estiro mi columna fascinada, henchida de vos, hasta que me roce cierta luz, algún destello de simpleza, dos tres palabras que no se esfumen antes de los portazos que cierran el cielo y secan las corrientes de aire, si puedo hacerlo antes de que me invada el laboratorio de cosas y constructos, podré verte. Verte.

No puedo renunciar a entender, tampoco me recreo solo en la contemplación. Es el asombro de quien tropieza con la benefactora vida, esa simple y ordinaria, el más llano sendero hacia lo extraordinario de ver.

 

*De Lorena Suez. suezlorena@gmail.com

Lic. en Cs. de la Comunicación / Psicóloga Social

La percepción como máquina. Escritura onírica.

Mentoría de procesos creativos.

Talleres virtuales de lectura y escritura.

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

El ajuar*

 

 

*Por Ana María Broglio.


Vivíamos en las inmediaciones de la estación González Risos, del Midland de Buenos Aires, a unos 18 km. al norte de Navarro, población que solíamos visitar para disfrutar de su laguna. Mi padre era trabajador ferroviario, viajaba en el tren y solía ausentarse por algunos días. Nosotras lo acompañábamos a la estación y lo despedíamos cada vez, como si fuera la última. Extendíamos los pañuelos y actuábamos como si nuestra despedida, hubiese sido una dramática escena de película. Madre nos tomaba de la mano y regresábamos a casa entre risas y canciones. Luego lo cotidiano volvía a la normalidad. Cuando sucedió lo del asalto todavía, si realizábamos cualquier suma o resta, para ayudarnos a contar, necesitábamos esconder los dedos debajo de la mesa. Recuerdo. Madre hacía un lugarcito en uno de los extremos y extendía un mantel bordado por ella misma antes de servirnos la merienda. Como era parte del ajuar de bodas, sobre uno de los bordes lucían, las iniciales de mis padres, enmarcadas en un corazón. Mamá era muy afecta a las novelas y encendía la radio siempre a la misma hora. Imagino, antes de casarse, ubicándola junto a los bordados y mientras escuchaba, sus manos tan delicadas como la tela, esmerándose en la perfección del trabajo. Cruzando hilos celestes y lilas, rosados y verdes. Cuando enfermábamos, abría ceremoniosamente la caja forrada en seda y extraía la toallita para el médico. Tan impoluta y hermosa, como si nunca se hubiese usado. Para que el facultativo, la apoyara sobre nuestra espalda y verificara el funcionamiento de los pulmones, la desplegaba amorosamente sobre la almohada. Era todo lo que había podido conservar del desgaste de los años, la toalla y el mantel para el té. Cuando entraron los ladrones, mamá estiraba la masa de los fideos del domingo. Era una noche de invierno fría y los leños ardían en el hogar. Esperábamos a papá. Nos hicieron acercar a la pared y comenzaron a registrar los muebles, guardándose lo que les parecía valioso. No había mucho que robar y se pusieron inquietos. Comenzaron a presionarla para que buscara las reservas que supuestamente ocultaba. Le brotaron lágrimas de los ojos y cuando negó poseer objetos de valor, joyas o dinero, uno de los hombres se dispuso a romper la cinta que cerraba la caja del ajuar. Fue en ese momento en que mamá se exasperó, tomó el palote de amasar y comenzó a dárselos en la cabeza. Ante semejante acceso de ira, soltaron, el primero la bolsa con lo que pretendían llevar y el segundo la preciosura forrada en seda. Al ver movimientos extraños, los vecinos habían alertado a la policía y mi padre irrumpió en la casa. Al mantelito lo heredó mi hermana y cuando nacieron mis hijos, también ceremoniosamente, me regaló la toalla. La vida no fue tan romántica ni decorativa para ninguno de nosotros pero ella, siguió manteniendo el orgullo de su ajuar de bodas, hasta el último día de su vida.

 

 

Ana María Broglio.

-A su memoria-

 

 

 

-Próxima estación:

GOBERNADOR UDAONDO.  

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

 LOMA VERDE.  

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

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-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

 

 


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