domingo, junio 08, 2008

COMO SI UN ÁNGEL LOS SOSTUVIERA



* Foto de Valeria Marioni y Florencia Soler Abbate. hijasdelviento@hotmail.com



Aurora Nº 1*


*Vicente Feliú


Te ruego no olvidar amores anteriores
que son como peldaños de un camino hacia siempre.
Te ruego no olvidar alegrías ni dolores.
Te ruego no olvidar. Olvidar es la muerte.

Una mirada azul, un beso de mañana,
son gestos que al quedar, te conforman el ser.
Invita a sonreír toda nueva esperanza
si miras lo pasado, si insistes en crecer.

No temas recordar otro nombre en mi lecho,
piensa que al corazón no lo colma un color.
En todo acto de amor hay tanto de ocurrido
que si a olvidarlo fuera, no quedaría ni amor.

A cuánta amada ida habrás de agradecerle
los momentos tremendos que ahora vivo contigo.
A cuántos que has amado agradezco en silencio
los símbolos del sueño, del candor y el cariño.

Si cabe conclusión en un canto a la vida
sin que suene a discurso aprendido en boleros,
si cabe conclusión, a flor de despedida,
no olvides que el amor es asunto de todos.



-Enviado para compartir por María Bar. mariabarleiva@yahoo.es





COMO SI UN ÁNGEL LES SOSTUVIERA EL ALMA...




PERRA CON RUEDAS*



Una amiga adhería a la frase "la mujer que sabe cocinar tiene que ocultarlo", una millonaria ejecutiva dijo hoy que las mujeres son buenas en los negocios pero después, para explicar su éxito comercial, dijo "pienso como un hombre".
Crecí en una biblioteca libre, donde yo sacaba los libros que me llamaban desde los anaqueles. Todos estaban escritos por hombres. Yo pensaba que si quería escribir, debía hacerlo como si fuese un hombre y buscar un seudónimo al estilo de George Sand.
El feminismo trajo muchas conquistas y significó un avance en importantes temas, permitió accesos vedados y abrió numerosos espacios y armarios cerrados desde siempre. Pero nos quitó la inocencia de mostrar la ternura a flor de ojos, la piel que se estremece por una tristeza etérea.
Tenemos que pensar como hombres si queremos un lugar de los conquistados tan duramente. Eso nos han dicho.
Una mujer exitosa no puede permitirse la ternura, la vulnerabilidad, la emoción fácil y sincera. Eso nos muestran las mujeres exitosas y sus pares masculinos quienes les exigen conductas masculinas.
Sin embargo, hace un tiempo vi una película en la que moría un perrito y lo enterraban en la nieve. El suelo estaba congelado, lo taparon con nieve y nada más. Al final, contra toda lógica, cuando llega la primavera vemos cómo se derrite la nieve, vemos un mechón de pelo que queda expuesto, vemos,
contra toda lógica, si, que el perrito se levanta, se sacude, se aleja trotando con esa felicidad alocada de las criaturas pequeñas. Y una llora, y sonríe, y siente que el mundo a veces puede ser redimido con un milagro.
Contra toda lógica.
La directora de esa película de la que no recuerdo el nombre era, claro, si, era una mujer. Y filmó una cosa de mujeres. No pudo resignarse a dejar morir el perro en el relato ya que podía evitalo.
Y también es de una mujer el remate del film en que un hombre va a hacer sacrificar a su perra, vieja y enferma, para que no sufra. Se lo dice a la amante, quien lo acaba de despedir para que ya no vuelva. Cierra, ella, la puerta. La vemos en su departamento, sola, muy sola, alelada por la soledad reconcentrada que le espera. Vemos cómo corre hacia la puerta, vemos cómo alcanza al amante en la escalera. Una piensa que se asustó, que se arrepintió, que le va a decir que va a seguir siendo la otra, la segunda, la trampa. Pero le dice, solamente esto, le dice que necesita hacerle una pregunta. Nada más, no escuchamos ni vemos el final de la conversación en la escalera. Termina la escena.
Después un cartel nos advierte que han pasado seis meses. La mujer trota en una costanera. La cámara la deja pasar, y vemos, detrás, a la perra de su ex amante corriendo feliz con esa sonrisa que tienen los perros cuando corren, y corre con las orejas voladizas y con un aparato de rueditas atadas
a la cadera. Cómo no llorar en el cine, en el camino de vuelta a casa, cómo no llorar ahora que lo escribo.
La directora de esta película de la que sí recuerdo el nombre, "The Savages", es, y claro, si, es una mujer. Cosa de mujeres el filme. Cosa de mujeres. Trata de padres, hijos, soledades y renuncias. Trata del mundo real y de cómo hacerse cargo de ordenar un poco el pequeño mundo de las pequeñas vidas. Cosa de mujeres, ciertamente, la de ordenar las gavetas y las repisas, hacerse cargo de los niños y los ancianos. Enjugar lágrimas.
No hay nada reprensible en ser tiernas, en ser vulnerables, en dejar que el mundo nos conmueva. Renegar de una misma hace que los espejos reflejen monstruos. Nos mata lentamente, insidiosamente, de a poco y desde adentro. Si es el amor, si es la ternura la que nos define. Una mujer jamás estará sola. Siempre encontraremos una planta, un gato, una perra con ruedas a quien amar, mientras recogemos pedazos de vajilla, colocamos fotografías en los portarretratos y tendemos la cama.
Y a mucha honra.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com








LA OCTAVA MARAVILLA*



*De Vlady Kociancich.


30



Profundamente dormido crucé el Atlántico. En sueños me habrán bajado del avión durante la escala en Madrid, porque después no lo recordaba y me desconcertó encontrarme en Orly con la tarjeta de tránsito en la mano. Mientras los otros pasajeros pegaban la nariz a los ventanales del aeropuerto para la mirada nostálgica que exige el paso por la Ciudad Luz, yo no sacaba los ojos de mi Bulova. Eran las cinco de la tarde. A las ocho y treinta salía el último vuelo de Francfort a Berlín.
De acuerdo con la opinión de compañías aéreas, una hora basta y sobra para cambiar de avión. Pero tengo una desagradable tendencia a recordar mejor mis fracasos que mis éxitos. Empecé a inquietarme. Miraba cada uno de los relojes electrónicos. Como robustos hermanos mayores, todos corroboraban la vocesita de mi Bulova. Al temor de leer mal la hora se agregaron, muy pronto, otros miedos igualmente ridículos: el de no oír la llamada de embarque, el de equivocarme de avión. Cuando el altavoz anunció una salida, corrí hacia la puerta numerada. era Braniff hacia Nueva York. La gaffe me serenó. Comprendí. No. No era tan tonto preocuparse.
Si perdía el último vuelo a berlín estaría obligado a pasar la noche en Francfort, sumando una mañana más al día de atraso. No me importaba tanto llegar tarde a la feria como encontrar que mi reserva en el Kempinski había vencido. Caer en una ciudad europea en medio de un congreso y sin habitación reservada significa, con suerte, una pieza en los suburbios, sin suerte, el tren. Me gusta tomar, cuando hay ocasión, el Trans-European Express, o cualquiera de sus parientes, pero la idea de andar pasando en sueños de ciudad a ciudad, en ese último recurso de alojamiento, mientras la ITB y mis obligaciones esperaban, me ponía nervioso.
Entre París y Francfort, no hice otra cosa que rezar que fuera cierto el lugar común de la eficiencia germana. de tanto en tanto, Fiumicino se me aparecía, bello y terrible como Lucifer, para recordarme la maldad de que es capaz un aeropuerto cuando se viaja con apuro. A manera de cruz, yo empuñaba el folleto de Lufthansa.
Cuando bajé en francfort sudaba. Pero Lufthansa no había mentido. Con infinito alivio contemplé las torres, rampas, pistas, aceros, vidrio, plástico, el duro estilo del futuro.
Me encontraba en uno de los aeropuertos más modernos del mundo. Tan moderno que en vez de carteles, los largos e intrincados pasillos tenían una señalización hecha de letras sueltas y números. La novedad me divirtió. Pensé: "Un siglo más y nos comunicaremos con el abecedario y los números primos".
Delante de la impecable cinta transportadora, que trajo mi equipaje inmediatamente, seguía riéndome solo, imaginando libros y diálogos cifrados que traducirían gigantescas computadoras a lectores ciegos y conversadores mudos. Así conté los paquetes de revistas (no faltaba ninguno), recogí la valija, apilé todo en un carrito reluciente. Ahora debía marchar al mostrador de Pan american y comprar el pasaje para Berlín. Entonces se me cortó la risa.
¿Dónde estaba el mostrador de Pan American?
Miré a mi alrededor. Hermosas letras y elegantes números. B-4, Cc-6a, AR-5. Y así, sucesivamente. El último de los pasajeros bajaba, inalcanzable, por una escalera mecánica. Tardé preciosos minutos en descubrir los teléfonos de información. Otros, en descifrar el cartel con instrucciones.
Medio minuto más en elegir entre los cinco idiomas. Aunque parezca absurdo, en estos casos siempre voto por el inglés. No porque lo domine tanto como para preferirlo a la lengua madre sino porque las eses sibilantes, la jota y la zeta del español, me confunden.
El diálogo fue corto.
-¿Podría informarme dónde se encuentra el mostrador de Pan Am?
-Segundo piso, corredor 3B, sección M, punto 4.
Colgué. Marqué el número del francés.
-¿Podría informarme donde se encunetra el mostrador de Pan Am?
Tampoco entendí, pero la voz de la telefonista sonaba más amable en la lengua de Hugo, de modo que me atreví a preguntar:
-Disculpe, pero no logro orientarme. ¿Cómo debo hacer para llegar al mostrador de Pan Am sin guiarme por letras y números?
Un silencio. Tal vez una muda exclamación: ¡Sudamericain!
-Muy bien. Dígame en qué piso está usted, señor.
Eché una ansiosa mirada a mi alrededor. Con tanta rampa, desnivel y entrepiso, no era fácil determinar si estaba en el primero, el segundo o el cuarto. Colgué.
el miedo de perder el avión multiplicaba espirales, ángulos, puertas que daban vaya a saber adónde. Iba a empujar el carro hacia cualquier salida cuando apareció un piloto de SAS. En medio de mi angustia no atiné a pedirle que me indicara el camino hacia Pan American. Le pregunté en qué piso estábamos. Sacudió la cabeza con esa tristeza resignada de quien corrobora, una vez más, la abundancia de estúpidos en el mundo, mientras yo, empujando el carrito, volaba hacia el teléfono, marcaba el número que me quedaba (el del español) y gritaba:
-¡Estoy en el primero, señorita, en el primero!
-Esto es Informaciones, señor.
la fría voz, española de diccionario, me serenó. Expliqué, me contestó:
-Debe descender un piso.
Ahora no estoy seguro de que oí descender. quizá dijo ascender.
Descender. Bien. Ni rampa, ni ascensor, ni declive. Nada más que la escalera mecánica. De sólo mirarla daba vértigo. y yo con un carro cargado de treinta kilos de revistas, más veinte de la valija, más el sobretodo. conocía esos carritos y sabía que fueron fabricados para engancharse automáticamente a los peldaños. Pero me costaba creerlo. Desde arriba, asomado al abismo, imaginé la valija despanzurrada, toda mi ropa en el piso. ¿Y con qué papel, con qué hilo armaría nuevamente los paquetes de ejemplares de ALAT?
Tragué saliva, empujé el carrito y salté tras él. El descenso me pareció eterno. Cuando estuve a salvo, fui informado de que el mostrador de Pan American quedaba dos pisos más arriba. Todavía hoy tengo pesadillas con esas escaleras mecánicas.
De la media hora que me restaba para alcanzar el avión, empleé cinco minutos en juntar coraje para meter el carro en la vía y escalar la cumbre. Me aterraba pensar en la posibilidad de un desenganche y yo, ahora debajo del carro. Apelé a la lógica: si el carro había descendido plácidamente, ¿por qué no iba a ascender de la misma manera? Tres segundos más tarde, a medio camino entre la cima de esa montaña y el hospital, rezaba: "Eficiencia alemana, Dios, que exista, que no me falle ahora, que no me toque un error de fábrica, un obrero distraído, un arquitecto imprevisor". Miré hacia atrás y tuve que agarrarme del pasamanos con todas mis fuerzas para no caer arrastrado por el vértigo. Intenté concentrarme en el punto de destino. "Para desenganchar el carro, acordate, hay que apretar los frenos y empujar y ya está". Vi el piso tan cerca que ya me creí en él, volando en dirección al mostrador de Pan
American. Apreté los frenos. Empujé.
Y el carro se trabó.
Se trabó y empezó a caer, milagrosamente enganchado tadavía, esa mole de valija y paquetes y metal, sobre mi cuerpo. No tenía escape por ninguno de los costados. Sin una gota de pudor, grité. Mi ángel de la guarda andaría por el aeropuerto de Francfort, me escuchó. Unas manos fuertes agarraron las manijas del carro, tiraron hacia arriba. Las mías, flojas por el vértigo y sudadas, no habían apretado suficientemente los frenos.
-Danke schön, danke schön -balbuceé.
Mi salvador era un hombre joven, un típico alemán de pelo rubio y ojos grises, que me ofrecía una sonrisa tranquilizadora.
-Bitte sehr.
Quise decirle que me había rescatado de la muerte (por lo menos de una estadía en el hospital más cercano con algunos huesos rotos) pero no hablo alemán. Hice un gesto de impotencia:
-Ich sprache nicht Deutsch.
-Ja. -La sonrisa brilló en su saludable cara alemana, se encogió de hombros y prosiguió su camino.
Temblando todavía, con un terrible dolor de cabeza y una puntada en el estómago, llegué al mostrador de Pan American. Minutos después me desplomaba en el asiento del último vuelo a Berlín. aturdido por la estremecedora experiencia de las escaleras mecánicas, agotado por la carrera, los nervios y luego la felicidad de avanzar hacia la cama en el Kempinski, cerré los ojos. me despertó la azafata con un golpecito en el hombro. dijo algo en alemán, yo asentí. Había aceptado el bocado de rigor.
Me disgusta comer en los aviones, en bandejita, platos y cubiertos de chiste, rodeado por extraños. Pero cuando la chica puso delante de mis ojos un sandwich anémico, sentí hambre y lo devoré. en vez de Coca-Cola, pedí una cerveza. El sandwich, más que una comida era una excusa, y la cerveza aunque milagrosamente fría, no estaba buena. sin embargo, me animaron. Por primera vez volví la cabeza hacia mi compañero de asiento.
Era el alemán de las escaleras mecánicas. Leía Stern muy concentrado y fumaba un cigarrillo de tabaco fuerte. la coincidencia me alegró y me entristeció al mismo tiempo. Tenía ganas de hablar con él y no sabía alemán. No soy demasiado comunicativo, pero el agradecimiento por su oportuna intervención rompió las barreras de la timidez y del idioma.
-Bitte... Du bist... Ich bin...
alzó los ojos de la revista y me miró sin reconocerme.
-Ich bin der man in dem mekaniken "stairs"...
Sonrió ahora.
-Ah, ja, bitte sehr.
tendría aproximadamente mi edad, pero levaba sus treinta años con la displicencia física del hombre que hace mucho deporte o vive al aire libre. La camisa de cuello abierta, los jeans, la tricota de lana anudada en la cintura, el informal corte de pelo (como si se lo hubiera tijereteado él mismo en un arranque de apresurada pulcritud), lo rejuvenecían. Vi arrugas junto a los ojos claros, celestes o grises. Muchas y hondas. No le agregaban años. Eran arrugas de risa.
esa cara, con esa sonrisa fácil y esas arrugas que parecían tener vida propia, me pareció extraordinariamente simpática. Hacía pensar en una de esas raras personas de naturaleza bondadosa, a las que todo divierte, que todo lo disfrutan.
-Ah, ja, die stairs! -exclamó.
Stairs. ¿Comprendería inglés? Le pregunté. Sí, comprendía.
Nada acerca tanto a dos desconocidos como compartir un idioma. Su inglés no era muy bueno -vocales demasiado abiertas, consonantes demasiado blandas, una sintaxis trabajosa que destilaba pesadamente del alemán- pero nos entendíamos. Sobre todo, me entendía. Cómo hablé.
Dos razones explican mi verborragia. Una, la lasitud que sucede a un estado de excitación violenta; dos, me daba cuenta de que a él le costaba hablar inglés y sentía la necesidad de mostrarme generoso con mi salvador llenando los blancos del diálogo.
Le hablaba de la Feria de Berlín.
-¿Usted es uno de los expositores? -preguntó.
Dije que asistía como periodista y, arrastrado por la elocuencia, exageré bastante sobre mi profesión.
-Así que escribe -comentó, como si ese hecho le interesara particularmente.
Me disculpé. Tanto como escribir, en fin. Pero traducía. Una repentina nostalgia por el postergado cuento de Conrad, que cargaba en todos mis viajes con la vana esperanza de traducirlo, me llevó a confesarle:
-Me gusta mucho traducir, tal vez porque se parece más al hecho literario que cualquier trabajo periodístico.
-¿Traduce del inglés?
-Sí, es el idioma que conozco mejor.
Suspiró.
-Y el italiano es una lengua tan hermosa. Siempre me propongo aprenderla, siempre postergo el estudio.
-A mí también, el italiano me gusta mucho y lo postergo.
Me miró sorprendido. Luego se echó a reír.
-Qué buena broma.
-¿Broma?
-La de que un italiano postergue aprender su propia lengua.
-¿Qué ialiano?
-¿Cómo qué italiano? Usted.
Me reí yo, ahora.
-No soy italiano, soy argentino.
Abrió la boca. quiso decirme algo y no pudo. Frescas carcajadas lo sacurieron. Era pura arruga, pura risa. Luego. Palmeándome el brazo, sofocado, exclamó:
-¡Pero te das cuenta, che! ¡Qué fauna, los argentinos, qué fauna! ¡Los dos porteños, rompiéndonos el alma para hablar en inglés!
Sé que no es un sentimiento de patriota, pero enterarme de que el simpático alemán de las escaleras mecánicas era argentino enfrió inmediatamente mi cordialidad.
Con mucho cuidado evitaba el contacto de la delegación argentina en los congresos y el cruce accidental en hoteles y medios de transporte donde oía el acento nacional. No sólo se trataba de una retirada prudente ante la amenaza de los tangos llorones y el desafinado folklore de turistas y emigrados, la queja y la comparación agotadora entre cada ciudad europea y Buenos Aires, la inevitable conclusión de que no se puede vivir en un sitio que no tenga 9 de julio, obelisco, Corrientes, dulce de leche y bifes de chorizo. Era (¿ a qué negarlo?) que las cuerdas de la guitarra (que hallo más placentera en la ejecución que la audición), el fuelle del bandoneón (que me aburre hasta hacerme llorar), el dulce de leche (que me empalaga), el bife (que reemplazo sin escándalo por cualquier alimento), las calles porteñas (que confundo) y, sobre todo, la inflexión y los giros idiomáticos de nuestro castellano, me arrancaban del apacible olvido europeo, me devolvían con una cachetada al recuerdo de Victoria, de mi pasado y de mi patria.
El anuncio de que en pocos minutos aterrizaríamos en Berlín me alivió. Pocos minutos que aprovechó mi ahora charlatán compañero de viaje para informarme que se llamaba Juan Pablo Miller y que estaba filmando una película. Fingí interés. Habló con fervor de la tecnología alemana. Recordé la falla del carrito, pero no hice comentarios. me abrumó con cifras en marcos y al cabo de un rato comprendí que se refería a la inversión de unos productores cinematográficos de Berlin. Completamente olvidado de su primera fase nostálgica y nacionalista (tango, Corrientes, bife, dulce de leche), me dijo, mientras recogíamos nuestro equipaje de la cinta transportadora:
-Esto no es la indiada, viejo. Acá se respeta la cultura.
En la parada de taxis le di la mano. Entonces me sonrió. La misma sonrisa, generosa y simpática, de las escaleras mecánicas, me avergonzó. Saqué una tarjeta del bolsillo.
-Cuando vuelvas a Buenos Aires, llamame y nos encontramos para tomar un café.
-Y aquí, ¿dónde parás?
Dudé un instante. Luego me dije: "Pero qué porquería que soy, realmente, qué fanático".
-En el Kempinski.
Silbó admirativamente.
-Caray -dijo.




*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-








La cabalgada de Plumkier*


Clop - Clop - Clop - Clop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - Clop - Clop - Clop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - Clop - Clop - Clop.

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Clop - Clop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - potoclop - Clop - Clop... ¡¡¡ Booooooo!!



*de Joan Mateu. joan@cimat.es







EL PERRO NEGRO*



*Por Miriam Cairo cairo367@hotmail.com



Los perros de mi calle son muy animosos. El buen humor les permite superar cualquier complicación, como huir de la perrera o sobreponerse en el día de las patadas que les propinan los vecinos que no los soportan. Por haber nacido en las calles, han desarrollado las astucias propias de los desposeídos. Si un coche los atropella, ellos cojean; si tienen hambre piden comida y si enferman de moquillo, mueren sin darle al asunto mayores vueltas.
Su aspecto es exótico: pelaje oxidado, orejas oblicuas y hocico indefinido: ni demasiado prominente, ni demasiado chato. Así como Mickey Rourke erotizó a las mujeres de los '90 con su aspecto callejero, los perros de mi calle tienen un encanto especial para las hembras. Los dueños deben cuidar que no se les escapen las glamorosas mascotas, porque ellas inmediatamente corren a buscarlos, a olerlos, a hacerse pasar la lengua.
No es un exceso autorreferencial, sino la observación exhaustiva del fenómeno, la que me lleva a sostener que, a la dicha conyugal, estos perros la han conseguido en segundas nupcias. Se les nota en la cara. Duermen junto a sus compañeras como si un ángel les sostuviera el alma. Ladran animosos durante el día y patrullan la cuadra como leones, por las noches. Tienen el vigor propio de los felices.
Mis perros andan desnudos en invierno y en verano. Entierran sus huesos en mi jardín, duermen sobre mis plantas y me agasajan con meneos de rabo cuando llego o me voy de casa. Ellos no son quejosos. No protestan por la falta de agua en los charcos; no se amargan si los perros vecinos pasean en coche ni
envidian que se recorten el bigote y se laven los dientes. Entre ellos, Fogwill podría distinguir a los que quieren ladrar como los perros de Aira, y a los que se niegan a imitarlos. Al viejo le gustaría estar sentado junto a mi ventana, viéndolos retozar y oyéndolos discutir, porque mis perros tienen un natural sentido del humor y de la decencia.
Una de las hembras de la cuadra, la más llamativa y celosamente cuidada por sus dueños, esta mañana ha venido a mi jardín a disfrutar del olfato procaz del perro negro. La perra, saltarina y nerviosa, no se quedaba quieta. Daba coletazos histéricos. Luego, correteaba con los ojos saltones y la boca entreabierta. Siguió corriendo durante mucho tiempo. No parecía cansarse.
Hasta que en un momento el perro negro la interceptó con la prestancia propia de los que han nacido de los lobos. Resueltamente la husmeó y le dio pequeños latigazos con la lengua. Los otros perros los rodearon y les hicieron coro. Todos los machos esperaban su turno para poseerla. La hembra jugaba a una fingida resistencia. Yo la conozco bien. Aunque lleve collar y ostente abolengo, es una perra cualquiera. Es capaz de soñarse lamida por el labrador de Enrique Iglesias.
El perro dio algunas vueltas a su alrededor con el fin de hacerse desear, hasta que fuera ella quien le aullara con urgencia. La hembra, primeriza pero intuitiva, se ubicó en la mejor pose que haya inventado la madre naturaleza. Entonces el negro la montó frente al blanquísimo de ojos amarillos, frente al oscurísimo de pecho dorado y frente al fortísimo mestizo de ovejero, que dejó preñadas a varias perras. Disfrutaba ser mirado por sus amigos, que esperaban ansiosos por clavarle el colmillo a la vaporosa presa.
El negro parecía un dios siberiano, brillante y poderoso. Con destreza animal desplegaba tan admirable vigor, que hasta a la virtuosa vecina de enfrente, viuda desde hace más de una década, le habrían hecho temblar piernas.
En un instante, la hembra dejó escapar un alarido cuando la flecha negra encontró la jugosa herida abierta. Ante el aullido, el negro se detuvo como un experimentado semental y otra vez la embistió con más ímpetu para que la hembra, la viuda y los amigos se le derritieran.
Los dueños llegaron advertidos por algún vecino preocupado por la conservación de las razas puras y de la sangre sin mezcla. La mujer, asqueada por el frenesí desaforado de su precoz cachorra y de las horribles bestias, gritaba, maldecía y trataba de separarlos, ignorando las enseñanzas que hemos recibido todas las mujeres buenas: nunca hay que hacerlo por atrás, porque al igual de lo que ocurre con los perros, los genitales, se sueldan.


*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-13851-2008-06-07.html






*


Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 8 de junio del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com


Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067



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Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

miércoles, junio 04, 2008

EDICIÓN JUNIO...





*Foto de Valeria Marioni y Florencia Soler Abbate. hijasdelviento@hotmail.com



INVENTIVASocial
Edición JUNIO 2008

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Crónica de lo que se carga en la mano*




Domingo Cualquiera
Por una extraña razón
Tu imagen se ha hecho presente,
Como un tropiezo
En lo alto de algún techo
O como una caricia
Lanzada desde una resortera.



Lunes (menos común que los demás)
Admiro en secreto tu mirada
Y el cálido reflejo de mis palabras,
Que resbalan trágicamente
Mientras guardamos silencio
Y hago como que no te veo.



Jueves (que más bien parece viernes)
Día por demás desastroso:
Tu mirada se hace risa
Cuando juego
A que nos encontramos,
Esperando sin prisa
Que pase el camión.



Día Cualquiera (que bien podría ser otro domingo)
Parece ser definitivo:
Aún no conozco
Palabra alguna para nombrarte
Pero sé de tu sonrisa
Y conozco la espera
Que comparto esporádicamente
A tu lado.



Otro Día, de Otra Semana
Esto no tiene remedio,
Y si lo tiene no he querido verlo:
Comienzo a soñar palabras
Con las que quisiera llenar tu nombre.
Describo sin suerte alguna
El subir y bajar de tu cabello,
Con el reflejo de tus mejillas
Que roban al pie de la letra
Mis deseos de acercarme.

Tus manos se sacuden,
Se juntan y se alejan,
Tal como solemos hacerlo:
Cada que somos separados
Por la llegada (algo trágica)
Del autobús de pasajeros.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







Calibrando demonios*



Adónde será aquel País
aquella patria grande
soñada en trasnoches de café
aquel engranaje de esperanza
diseñado con tantas manos
voluminoso desperdicio de ideas
derramadas sobre los bares
cuando atragantó el galope del pecho
y con ojos abrillantados
lo imaginamos enorme
un País que nos contuviese a todos
debía ser desmesurado.

Y no estuvo tan lejos
escurrió de la mano como arena
repercute en la cabeza y en el estómago.

Duele la genuflexión al norte
ignorando lista de muertos
desnutrición estadística
(sin daños colaterales)
obviados los muertos vivos
que sobreviven con ojos yermos.

Alguien robó las ideas
destripó lo soñado
y en su lugar nos dejó
la pesadilla
de no despertar.


*de diana poblet. soydian@yahoo.com.ar








SOLEDAD*



Musgo sobre mi piedra.
Piel de lagarto sobre mi piel de víbora
Con dos cabezas
Una para esconder (¿Detener con la mano
el río de Heráclito …? )
Otra para enterrar los ojos en el charco cenagoso.
El mismo charco, pero otro charco.
Un teorema inconcluso intenta resolver
Ecuaciones de ayeres insondables.
Retratos de puertas tapiadas
El tiempo es un lazo de luz
o un puñal falaz, clavado
en el engaño que llamamos infancia.
Allí está.
Nunca me abandona.
Su mirada ausente tiene el olor de una manzana.
hecha de plomo y sangre.

Por las pendientes cenagosas de la nada,
resbala el cansancio.
No hay piedad.
La tregua se aleja lentamente.
La marca candente aún humea.
El desamparo galopa, montado en Rocinante.
Lorenza no ha encontrado a Dulcinea.
Nuevamente ha vencido el “Caballero de la Blanca Luna.”
He abandonado todos los caminos
Todos los caminos me han abandonado.
Todos, menos uno:
El laberinto triangular que une vida
y muerte.
Raza de ausentes.
Estertor de vinagre sobre llaga abierta.
Ceniza .Polvo sobre mi polvo.
Huéspedes fugaces.
Intentan regresar aquellos secretos,
enterrados,
en la boca sellada de la tierra .
Palabras nunca dichas.
Vino y sangre inútilmente derramados.
La sombra de una bandada de pájaros ciegos
oscurece y apaga la palabra sepultada en ruinas .
Ruina entre ruinas. En el aire un olor a nostalgia
lastima
hasta morir.
(Hasta Lázaro, ha llorado consternado, en la tumba del olvido)

Ah Que deseo absurdo
Que inútil esperanza de cielos imposibles.
Tatuada hasta los huesos
de visitantes que creí inmortales.
Unas manos, una mirada, un ojo acuoso,
mendigo.
Ah. paradojal recuerdo.
El país donde estuvimos nunca estuvo
Incompletud.
No queda nadie para hospedar
este despojo
de rosas y de ortigas
Un túnel solitario entre Escila y Caribdis
Ah ¡Qué tormentoso absurdo!
(La niña, en su bolsillo esconde,
un puñado de almendras,
un espejo y al OTRO )

Tres silencios
han convergido en la gruta
de un enero sonoro
Tres silencios y un grito.
Aun me lastima el implacable médano.
Los fantasmas que he amado son los mismos
fantasmas
que he odiado, tanto, pero tanto,
que aun me duele el costado derecho.
Cicatriz de piedra cosmogónica

Unidad de soles fragmentados.
Una mitad de gritos, otra de silencios.
Es la primera pena.
El último olvido.
Mucho antes que el espejo reflejara
la agonía del tiempo,
ya estaba allí,
acechando,
semen de una semilla de algún ángel caído .
Más sola que los muertos, en su primer lecho
de amapola
y noche .
Una noche de conjuros y rituales.
Circe ha perdido el zapatito a media noche
Laberinto de voces
de oro en una torre de Babel
El espejo bifronte refleja
la mas terrible soledad .La soledad de a dos.
Soledad.
Duramadre nacida de torcaza… o basilisco.
Hija de la propia noche que engendro
y me ha engendrado.



*de Amelia Arellano arellano.amelia@yahoo.com.ar







Lucisombra*




Siempre mira atrás

la sombra
plegada
derrapa por los huesos
cuelga
en las cicatrices

de espaldas

La luz
está del otro lado

como un foco distante
un sol a quemarropa

Da voces de claridad

Escarba

con tenacidad de jardinera

La luz ama la sombra
La desea

Se goza
en el encuentro demorado

La sombra en el exilio
le ofrece sus aullidos

y deja huellas
como oraciones frescas

para que la alcance



*de Martha Valiente. puertopegaso@gmail.com







Aproximaciones*



*Alejandra Pizarnik

Bs. As. 1956-1958 (Inédito)



Abrazando tu sombra en un sueño
Mis huesos se arqueaban como flores


*

Los bordes de silencio de las cosas
Lo callado que recorre la presencia de las cosas


*

Estos ojos
Sólo se abren
Para evaluarla ausencia


*

Quien me perdió
En el silencio fantasma de las palabras


*

Pasos en la niebla
Del jardín de lilas
El corazón regresa
A su luz negra


*

Quisieras vivir siempre
Como algo olvidado en la mano de un muerto


*

¿Por qué escribo?
Por qué me sollozo en madrugada
Por qué de pronto este sabor a canto de cisne
Esta espuma verde acumulada en la garganta

Mi corazón es absurdo como una máscara en la lluvia
El espanto lo asemeja al mar
Mi cuerpo es una invasión de tambores en el silencio de la noche

Por qué estas noches como un oasis para brujas
Por qué esta conjuración de ausencias
Este secuestro de la hija del viento

Me rodea en las noches una logia exterminadora
Te llamo y no vienes
Te amo y no vienes

Por qué viniste como el relámpago
Y me dejaste sola en lo devastado

Si escucharas mi rumor a celda minúscula
Poblada de agonizantes
Mi jadeo de asfixiada

Si de prono me vieras en la orilla del despertar,
Cantante enmudecida en la cima de su asombro
Si me vieras atada a tu rostro


*

Canciones ambiguas
De algún país arrasado por las lluvias
Canciones de campañeros
Memorias de algún hombre que la noche amó


*

Un pueblo de luz arderá en la sombra


*

Si un mar por una lira
Ángeles furiosos ahogó en el viento


*

Noche amada nunca como ahora
En que la pierdo
En lo incierto del día
Que rompe lo que me une a mi vida


*

Todos comprenden lo que nadie
Nadie comprende lo que todos


*

No lejos del alba nace el día
Visión de las últimas flores
La luz gira en mi rostro que esperaba
Las nupcias de los cuatro elementos


*

Siempre habrá el miedo de otras voces
El miedo de otras voces


*

Es tarde para reconocer el sol
El sol está y mis ojos cantan
El sol está su primavera es negra
El sol está y es tarde


*

Éste es mi invierno elegido
Éste es mi deber ante la niebla y lo confuso


*

El amor dibuja en mis ojos el cuerpo anhelado
Como un lanzador de cuchillos
Tatuando en la pared con temor y destreza
La desnudez inmóvil de la que ama

Así, en lo oscuro, fragmentos de los que amé,
Lúbricos rostros adolescentes,
Entre ellos soy otro fantasma

A veces, en la noche,
Me dijeron que mi corazón no existe
Pero yo escucho canciones ambiguas
De un país arrasado por las lluvias


*

Lo que no te dieron.
Lo que no te dan.
Noviciado atroz


*

Así iba yo devorando tinieblas
Una flor en mi mano de sonámbula
Una sonrisa ajena pegada a mis labios
Mi cuerpo desnudo como una palabra
Mis deseos abrazados a su imagen


*

Si solamente hicieran una hoguera en mis labios
Para quemar las sílabas que no se unen


*

El gran pájaro de cuerpo de paja teclea el invisible piano de viento


*

La luz amontonándose inservible a espaldas del sol. Niebla en el pozo. Hacer dibujos en un viejo muro rosado.


*

Pájaros polvorientos
Con sangre vieja en las alas
Flores de metal olvidadas
Telarañas enamoradas del espacio
En donde vive el tiempo que pasa


*

Se han ocultado
Entre los sonidos de la noche


*

El jardín triangular
Que oprimo en mi mano
Chorrea flores de agua
Abejas de perfume azul
Fosforecen como ojos enemigos
Incrustados en mi huesos


*

Soledad cerrada y dichosa
Promesas de súbito cumplidas
Como campanas en un amanecer helado


*

Detrás de las formas sin consuelo
El día se abre como un canto doloroso
Un alarido mágico formulador en el viento


*


Apenas remitida del cielo cerrada en donde yo era sin color y sin forma
Sólo una contemplada.
Apenas devuelta de crepúsculos
De playa sola, de corazón silenciosa.


*

Yo creo en los espejos


*

La noche canta amordazada
Corazones incendiados
En la memoria de mi boca
Me penetran vasos vacíos


*

En la cavidad iluminada
En que este instante es perla pródiga
Escucho el ronco abrirse de mi memoria
Como una puerta al viento


*

Si morir es memoria cerrada


*

Yo trabajo el silencio
Lo hago llama


*

I

Yo no canto, no celebro
No bailo desnuda y ebria
Sobre mi ataúd.
Pero yo le ruego al poema,
Yo le pido la luna al poema


II

He desatado el corazón de la lluvia

Antiguas baladas
Alimentaron mi silencio.


III

El amor es este viaje inútil, pero muy suave,
Al otro lado del espejo.

Tantas criaturas en mi sed y en mi vaso vacío.


IV

La niña que fui
Ahora en mi memoria
Entre mis muertos

De lágrimas se nutrirá mil años
De destierro el sonido de su voz


*


Yo vi ese rostro partir la mañana
En dos noches iguales.
Mi cuerpo se pobló de muertos
Y mi lengua de palabras crispadas,
Ruinas de un canto olvidado



*


COMO YO LA QUERÌA
Morir como muere un animal pequeño
En los cuentos para niños.

Eso tan terrible
Lleno de hermosura


*

Las cosas amarilleaban frente a mis ojos
Recién venidos de un sueño de otoño


*

Si la noche no es azul,
Si el verano es una lenta plaga


*

Habla al gran espacio vacío
En donde corre una niña
Que ya no reconoces

Sólo deseo no tener nada con nada


*

Has dicho tantas palabras
Que ya no te atreves a oírme llamar


*

En mis huesos la noche tatuada
La noche y la nada


*

Escribes poemas
Porque necesitas
Un lugar
En donde sea lo que no es


*

El aire se eternizaba
En aras plateadas o coléricas

Se puede morir de presencias


*

Hay un rostro salvajemente asomado al día
Que se abre en dos noches iguales

¿ Quién cantará al amor?
No yo.
Yo amo.



*

Y finalmente

Un himno sin desdicha
Un sueño como una estrella


*

Ebria del silencio
De los jardines abandonados
Mi memoria se abre y se cierra
Como una puerta al viento



*

Perdida en el silencio
De las palabras fantasmas
Si vivir es memoria cerrada
Quien me pierde
En el silencio fantasma
De las palabras


*

Zona de la visión perpetua
Yo la atravesé en un misterioso gemido.


*

Yo he dado el reino de mi edad a la noche de los cuerpos
Para saber si hay una luz detrás de la puerta cerrada.


*

En un lugar de temblores
Manos oscilan enamoradas
En la dulzura de mi rostro
Sobre tu oscuridad ardiente.



*Alejandra Pizarnik.

-Gentileza de de Florencia soler abbate florencia_soler_77@hotmail.com







Siete de oro*

-Fragmento-



Pero, sobre todo, lo que venía a descubrir mientras avanzaba y fumaba contra el viento de aquel pueblo del Sur era que también yo había tenido mi niñez.
Que podía relacionar estos momentos con otros, que podía asociar y elaborar, si lo deseaba, mis propios mitos y mi propia historia. Y que si las cosas y las voces que me rodeaban adquirían esta noche un matiz particular era porque encontraban su justificación a través de aquellas otras. Descubría, en resumen, que esa forma de andar entre la gente, ese mirar sin intervenir, tenían un antecedente. Que yo o alguien que se parecía a mí había dado los mismos pasos y había saboreado las mismas miserias. Aquella figura, olvidada durante tanto tiempo, ahora me salía al paso, venía en mi ayuda, me ofrecía un punto de apoyo. La fidelidad y el amor piadoso que descubrí en mí por aquel otro me tuvieron despierto toda la noche. Era como si hubiese vuelto a nacer.
Me esforcé por recuperar caras, costumbres, paisajes. Recordé la casa de mi abuelo, blanca, gastada, la primera al costado del camino en aquella aldea de montaña. Mi abuelo. Por lo tanto era cierto. Tantos años corriendo con la mirada fija hacia adelante habían terminado por borrarlo todo. Recordé aquella vez que había ido a verlo, después del ataque. Estaba sentado, no se movía, lo habían colocado cerca de la ventana enrejada, en un costado de la gran cocina. Se había hablado mucho del asunto. Alguien había sacado el revólver del armario y había ido a esconderlo a la casa de algún pariente.
No era hombre de vivir atado a una silla. Nadie por aquellas regiones había andado tanto ni conocía mejor los caminos. Partía de madrugada con su paso parejo y se perdía por esos senderos. Además estaban sus cuatro viajes a América, a las cosechas. Parecía increíble que también él hubiese pisado estas tierras.
En el verano, cuando iba a visitarlo, me llevaba con él. Pero esa vez ni siquiera pude hablarle. Me había sentado enfrente y no había sabido qué hacer. Mi abuelo no se fijaba en mí. Crispaba los dedos sobre la madera de la silla, apretaba los labios y miraba por la ventana, al polvo del camino.
Hubiese querido recordarle todo lo que habíamos andado juntos. En aquellos días nos levantábamos antes del alba y partíamos. Cuando amanecía ya estábamos lejos. Avanzábamos con vigor y alegría, sin gastar aliento en palabras o movimientos inútiles. Yo llevaba un sombrero de paja igual al suyo y me apoyaba en un bastón igual al suyo. Marchábamos hacia aquellas montañas azules. "En la otra guerra", decía él, "por esas laderas morían como moscas". El aire de la mañana me hacía cosquillas en la cara y me llenaba de energía. Bebíamos agua en los manantiales y, cuando topábamos con un grupo de casas, íbamos a visitar a algún conocido. Entonces él tomaba un vaso de vino acodado a la mesa y yo comía una rebanada de pan con queso. Las mujeres siempre querían hablar conmigo, me llevaban a ver los cerdos, el caballo, un ternero recién nacido en la penumbra del establo. Yo rechazaba las caricias de aquellas manos huesudas. Mi abuelo se reía de esa hosquedad mía, le satisfacía mi mal carácter, me daba una palmada cómplice en el hombro, decía que nos parecíamos. De él, sin duda, heredé el silencio, esa forma de seguir y de aferrarme. Aunque tenía un apodo que no cuadraría conmigo. En aquellos pueblos dispersos lo conocían como Toni Furbo, Toni Astuto. Pensándolo bien, nunca me enseño nada. Me paraba delante de las cosas y me las mostraba. Eso era todo. pero talvez hubiese una forma de aprendizaje en caminar a su lado, en ver su risa, la mueca con que paladeaba un vaso de vino, el gesto amplio con que clavaba la azada en la tierra.
Al anochecer regresábamos arrastrando una oveja o un cabrito que luego él carneaba en el establo. Trabajaba arremangado y manejaba rápido el cuchillo.
Despues inflaba la vejiga y la colgaba de una viga del techo. Sacaba los trozos de carne por la noche porque aquello estaba prohibido.
Un día fuimos más lejos que nunca. En la entrada del pueblo, al pasar bajo un pórtico, vimos manchas de sangre sobre las piedras. "Aquí colgaron a uno, ayer", me dijo. Y me alejó de allí tomado de la mano. Era la época en que hombres demacrados entraban sigilosamente en nuestra casa cuando caía la noche. Vestían sucios uniformes de soldados. El los llevaba al sótano, allí se cambiaban de ropa y volvían a partir a través de los montes. Al despedirlos les recomendaba que se mantuviesen alejados de los caminos. Una mañana encontramos a uno tirado entre las vides. Fue en ese mismo sendero donde él y yo matamos una víbora a bastonazos. Después mi abuelo lo contaba riéndose, en la cocina, y decía que había sido yo solo el que la había matado.
Esa última vez que nos vimos hubiese querido hablarle de todo eso. Y de aquella hazaña suya con la yegua recién comprada, cuando había desafiado al maquinista del tren. pero mi abuelo ni se fijaba en mí. Seguía arañando la madera de su silla y miraba afuera, desesperado.
Recordé también aquel último viaje para ir a su entierro. Las lágrimas de mi abuela y de mi tía al abrazarme, tantas que al final me habían dado ganas de llorar a mí también. El sentimiento de culpa que en algún momento me asaltó al descubrir que no sentía pena alguna. Las caras arrugadas de las viejas,
las caras oscuras de los hombres, aquella gente que acudía a acompañar a mi abuelo en su último paseo con la misma puntualidad y gravedad con que sembraba y cosechaba. Aquella caminata entre montañas, bajo el sol, hasta el cementerio ubicado en otro pueblo. Mi falta de interés por lo que estaba sucediendo y, en cambio, la avidez con que había vuelto a buscar los lugares donde estuve con él, la forma en que había evocado aquellas caminatas, las manchas sobre el empedrado, sus manos humeantes en la media luz del establo, los caminos. Y también de qué modo había creído intuir, muy confusamente, que algo conciliaba todo eso, que cada cosa participaba a su modo de aquel rito, en esos montes, bajo ese cielo, allí donde vida y muerte debieron de parecerme esa tarde una ceremonia paralela.
Recordé, recuperé cosas perdidas, me reconocí aquí y allá, caminé con aquel otro al que acababa de reencontrar, le mostré lo que ya había visto, lo que ya conocía, casas, piedras, lago, los sometí a su criterio, a su gusto. Me detuve en el muelle, como el primer día, y estuvimos escuchando el fragor
del agua. Fumamos. Pensé que estábamos lejos de aquellos sueños primeros, lejos de aquella inocencia, lejos de Salgari y sus héroes, pero que sin embargo aún conservábamos algo en común, aún podíamos identificarnos y conversar. Había cosas que nos unían, cosas escondidas. Ese temblor ante la
sangre, por ejemplo. Y ese escalofrío, tan difícil de definir, que aparentemente no significaba nada, pero que era como una marca de nacimiento, que tenía el poder de teñir y transformar cuanto se le sometía, que tenía que ver conmigo, con lo que yo era, con lo que había sido, más que ninguna otra cosa, ese escalofrío podía más que los años, más que las costumbres, más que las traiciones y los abandonos. Y así anduvimos por el pueblo, pasamos frente a los bares cerrados, subimos juntos por aquella picada, vimos pinos negros, las luces, la sombra de las montañas, el sendero, los arbustos, la casa bajo la luna, la ventana, nuestra cama.



*de Antonio Dal Masetto "Siete de oro", fragmento del capitulo 10.
Editorial Planeta, edición de 1991.






HOMENAJE*



El hombre abre un libro y descubre la siguiente frase: "...es inútil, en el mundo no hay nada tan sólido como un buen culo", la lee un par de veces, cierra el libro y se pregunta si será cierto, medita largamente sobre el asunto, intenta rescatar imágenes de cosas sólidas, cosas que alguna vez ha
visto o sobre las cuales ha leído, las recorre mentalmente una a una, descarta, llega a la más sólida de todas, Egipto, la Gran Pirámide, compara una y otra vez, no está conforme, no está seguro, por lo tanto decide comprobar con sus propios ojos y sale a la calle, seis y media de la tarde, hora fatal, y ve de todo, los ve de toda forma y color, hay algunos que tienen la luminosidad de un faro abriendo las tinieblas de una costa marítima y que acá, en esta calurosa hora de la ciudad, ofuscan la luz del
día e igual que el faro atraen a los navegantes solitarios y a los gimientes pájaros extraviados, y son sólidos, muy sólidos, hay otros que, en cambio, parecen revestirse de neblina, se ofrecen y se ocultan, aparecen y desaparecen y tratan de convencer a todo el mundo de su inexistencia, pero dejan en la imaginación heridas profundas e incurables, y también los hay tristes, que son una gran lágrima y tienen aspecto de penitentes y es como si se acusaran permanentemente y se golpearan el pecho y se sintieran
culpables por existir y estos son realmente los más peligrosos para los caminantes incautos y de corazón tierno, sólidos, perfectamente sólidos, y los hay juveniles, desenfadados, inocentes como una mañana primaveral, pero basta mirarlos un par de segundos para sentirse manejando a cien por hora en
un camino de cornisa y con los ojos vendados, hay otros que son como brasas y a su paso despiden estelas similares a los fuegos artificiales en la noche del 31 de diciembre, dejan el mismo fugaz chisporroteo y después se extinguen y lo que queda en el aire es un sabor de desencanto y de cosas inasibles, hay otros que son declaradamente bélicos, están pertrechados con múltiples armamentos, usan exóticos camuflajes, avanzan igual que a través de una selva asiática y nadie que entre en contacto con ellos está libre de
conflictos, hay otros que son evidentemente felices, están satisfechos de sí mismos, transmiten bienestar y todo el tiempo tienen buenas nuevas para comunicar y aletean de acá para allá como bien alimentadas palomas de la paz, y están los cínicos, una raza especial, que llevan una sonrisa grabada y esa sonrisa es puro veneno, practican la magia negra, la hipnosis, y cuando eligen a su víctima la dejan marcada para siempre, sólidos, muy sólidos, los hay anarquistas, que se deslizan entre la gente con una aparente indiferencia, pero que en realidad no hacen más que conspirar, los hay maternales, óptimos para los tímidos y los desamparados y que son como la imagen de un establo de Navidad, los hay malignos, que surcan la ciudad como aletas de tiburón a flor de agua, suscitando peligros y malos pensamientos, los hay difusos, difíciles de apresar, que se desplazan a distancias irreales, lentos y esquivos como peces de aguas profundas, todos sólidos, sumamente sólidos, en fin, el hombre los ve de todas clases,
armoniosos, agresivos, creyentes, ateos, exaltados, levemente espirituales, apáticos, trágicos, antiguos, farsantes, apasionados, tímidos, arrojados, prepotentes, y siempre sólidos, perfectamente sólidos, y después, hacia el final de la tarde, en una calle cualquiera, inesperadamente, broche de oro
de una larga y productiva cacería, el hombre se topa con uno tan uno que después de ese uno ya no tiene sentido seguir buscando otro, y ese uno es alto, solemne, una catedral gótica, dobla una esquina, cruza una avenida, es como un barco cargado de preciosas mercancías desafiando el mar con todas
sus velas desplegadas, va enfundado en una tela vaporosa, azul, transparente, y cuando un pie avanza en su sandalia y se apoya y después el otro avanza en su sandalia y se apoya, dentro de la tela azul cada vibración de ese uno es una nueva afirmación del universo, el hombre lo sigue durante un trecho, después se detiene y lo mira alejarse en el resplandor del último sol, se sienta en el primer bar, pide una cerveza, se rasca la cabeza y definitivamente resignado razona: "Es inútil, en el mundo no hay nada tan
sólido como un buen culo."



*de Antonio Dal Masetto.







3. CONCURSO DE COMPOSICIÓN
XICóATL „ESTRELLA ERRANTE“




BASES DEL CONCURSO:

ÁREAS:
a. Composición para piano solo
b. Composición para piano y electrónica
c. Composición para piano y trío de cuerdas

v Para todas las áreas deberán ser enviadas seis (6) copias de la partitura (eventualmente 6 cds de la parte electrónica). Los ganadores del concurso se comprometen a enviar los materiales necesarios para la ejecución (particellas, material electrónico) hasta el 31 de diciembre 2008, para poder realizar el concierto en la primavera europea del 2009.
v En relación con los medios electrónicos en caso de una ejecución de la obra, los organizadores ponen a disposición los amplificadores en la sala; la compositora / el compositor deberá poner a disposición los demás materiales necesarios para la audición.
INEDICIÓN: No se permiten obras ya publicadas, premiadas en otros concursos, aceptadas para un estreno o ya ejecutadas públicamente.
TEMA: Las composiciones deberán tener base o nexos con la música latinoamericana clásica o experimental.
DURACIÓN DE LA OBRA: Cada obra enviada podrá tener una duración máxima de 20 minutos.
ANEXOS: Adjuntar una breve nota explicando el origen, fuentes, técnicas utilizadas, nexo con la(s) cultura(s) latinoamericana(s) u otras descripciones de la obra de máximo una página. Este texto será usado como nota de programa.

ENVÍO: Enviar SEIS EJEMPLARES de la obra y de la nota explicativa utilizando pseudónimo o palabra clave. En sobre cerrado anexo remitir los datos personales (dirección, fax, teléfono, e-mail, foto de ser posible) y un breve curriculum vitae.

Alternativamente se puede enviar la partitura y demás anexos solicitados (en archivos separados) en formato PDF por correo electrónico a la dirección: euroyage@yahoo.de . La parte electrónica de la obra, en formato WMA o MP3 y máximo 99 MB, debe ser subida (upload) en la página www.rapidshare.com. En el e-mail de participación se debe indicar el link correspondiente donde puede ser descargado (download) tal archivo.

Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de Agosto del 2008.
Las obras premiadas serán estrenadas en la primavera europea del 2009 en Salzburgo. No se retornarán las copias enviadas por los participantes.

PREMIOS:
1. PREMIO: 1.500 Euros
2. PREMIO: 1.000 Euros
3. PREMIO: 500 Euros

* Menciones de Honor para los trabajos sobresalientes.

* Los resultados del concurso serán anunciados en el No. 87 del Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL (Abril/Junio 2009).

Remitir las copias y anexos solicitados a:
CONCURSO XICóATL
Schießstattstr. 44/9
A-5020 SALZBURG
- AUSTRIA –
o a: euroyage@yahoo.de

más informaciones encontrará en: www.euroyage.com

EL JURADO ESTÁ INTEGRADO POR:
KLAUS AGER (AUSTRIA)
JORGE ANTUNES (BRASIL)
ALICIA TERZIAN (ARGENTINA)
ROLANDO CORI (CHILE)
ORLANDO JACINTO GARCÍA (CUBA)

El 3. Concurso de Composición XICóATL „Estrella Errante“ es posible gracias al auxilio de:
v El Gobierno del Estado de Salzburgo
v La Alcaldía de la Ciudad de Salzburgo
v La Asociación Música en el Museo (MiM)
v La Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericanos YAGE





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jueves, mayo 29, 2008

LA TRANSPARENCIA ES SÓLO UN ESTADO DE LA INOCENCIA...



*Dibujo de FLORENCIA freyja_walkyrien@hotmail.com



VI*




De todas partes me fui
como de aquel sueño negro.
De todo
menos de tu vientre
que me contuvo
en las noches
cuando el verano subía
con tu temblor hasta el cielo.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






LA TRANSPARENCIA ES SÓLO UN ESTADO DE LA INOCENCIA...






PAISAJES DE LUZ*


-Colección Mainumbi- 1989





INDICE

V e e r . . .

P o e m a s . . .

S o b r e D u e n d e s. . .

E p i l o g o. . .






V E E R



La transparencia es sólo un estado de la inocencia.



***


¡ Vamos a la aurora ! ¡ Vamos ya !

La luz estalla cercana, infinita,

naranja y madura.



***


ESTADO I

Aquí estoy, buscando la pascua de la palabra; definitivamente si. Aunque, en ocasiones, tenga el rumor del silencio.




ESTADO II

Buscar la transparencia. Es un modo de ser recipiente sin ser contenedor de la luz.





ESTADO III

La luz, en los cuerpos opacos, acontece sin violar; en los transparentes, crece sin estremecimientos.




La oscuridad no es mas que un aspecto de la luz.
En ocasiones le antecede y, en otras, le sucede.


Ver.
La luz y la sombra son constelaciones encadenadas; no existe una sin la otra.


Ver.
Lo que hay de sombras en nuestro universo es lo que mueve nuestra curiosidad.
La luz nos devela.


Ver.
Lo que hay de luz en nuestro universo es lo que mueve nuestra curiosidad.
La sombra revela ocultamientos.


La luz no sólo absorbe las sombras.
También crea espacios.


Ver.
La oscilación de la luz es sólo un juego.
¡Y oscila en las sombras!


Ver.
¿Por qué empecinarnos en creer que donde no hay luz sólo hay sombras?


Ver.
¿Por qué aseverar que la sombra es la negación de la luz?



Ver.
No reducir nada a cero. Si hay sombra es porque la luz la recrea. Si hay luz es porque la sombra le deja espacio.



La ojiva de la luz
es
porque el cono de sombra se proyecta.





La luz

obsesivamente

se abisma.






L A M I R A D A


Asomé, la mirada, en el hechizo de la luz.
Y se confundieron. Desde entonces, desde el principio de esos tiempos acuñados en esbeltos arco iris, son uno. Sólo la ausencia de cualquiera es suficiente para que el hechizo se quiebre.




Percepción...

quietud...

una palabra se aproxima

pasa...

y me devora el universo.

Sólo la luz se atreve.





La luz habita ciertas palabras.


Y se refractan
en el poema.







P O E M A S



Convengamos que la poesía es una dura piedra tamizada de musgos poblados de voces, de tiempo detenido, aullando quedamente en el corazón del hombre.
Esta allí, golpeando, librando una batalla apocalíptica, opacando lo perverso con sus letanías de siglos, con sus hombres enarboladores de la rima.




Todo momento no es más que una línea
donde camino y camino
alumbrando
para encontrar al hombre en mi.




Obturados los ríos, los que refractan la luz,
se vuelven profundos,
cavan las tierras con sus lenguas,
perforan lejanías, se agotan,
para crecer en otras figuras con sus manantiales transparentes
abecedeando el cauce.
Es milenario, ancestral a todo lo acaecido,
aún a aquello que adviene
el juego eterno entre la luz y la sombra.
¡Y nosotros allí!
A veces una
a veces, la otra...






Dulce presencia la de Ella
cuando
con un ademán
sonríe.
(a Hugo Mandón)


¿Aún estás allí?
Le pregunté a ella por su silencio.
Fue así que
un borbotón palpitante
naufragó
en mí.
Y ella permanecía inmutable
como omitiendo su estar.
Desde entonces,
la busco.


*


Próxima el alba

con la noche cargada en mis espaldas

voy sacudiendo sus cenizas

para encontrarme contigo.


*

Hay una breve llama en el rincón;
hay una cálida morada en la quietud de los pasos;
hay un sonido convocante en todas partes;
es que la noche,
con su espectro aparente de oquedad,
deja
todo un espacio para la luz;
y ésta
con su magia, trasluce confines.





Habíamos ido a la fronda
donde la luz dibuja gestos
y encontramos
lo que estaban mirando de nosotros.
Nos fuimos identificando,
con el aromo verde
y dijimos lo que dijimos en el idioma
de los pájaros.
Después, con la luz
formando cálidos cuencos, volvimos.
Hoy
quebrando lo cotidiano sembramos
sabiendo que ciertas simientes
crecen.



*


Me han crecido tiernas hojas en mis dedos,
precisamente en sus puntas,
que son una caricia de verde y fragancia
expandidas y dolidas.


*


Aquí estoy, quietecito.
Va mi mano renglón tras renglón,
cortejando su sombra con lo blanco del papel.
Arriba, duermen.
Acá, la noche se ha instalado sin urgencias,
sin interrogantes.
La noche, ese oscuro bosque de sugerencias,
está pasando lentamente cual oruga
camino al alba, sabedora de su agonía.
Pero, aún es joven, aún vive,
aún está despierta y yo aquí, quietecito.





Meces tu transparencia en el candor del aire,
en la lenta metamorfosis de la llanura,
en los pasos de las células a la conciencia,
en lo explicado y su contraparte.
Y me atrapas en tu dulce corteza milenaria
colmando mis odres de sed perenne.
He bebido una de tus gotas aumentando mis ansias
de bebedor contumaz de tu esencia.
Y sé de tu humedad
floreciente en mi piel de soles y desiertos
porque en ella crece esta plegaria.


*


Despacito como paso precavido,
como oración de monje en su celda,
como mariposa posándose en la flor,
como canción de cuna maternal,
como el amanecer.
Y más despacito aún:
como el crecimiento de una rama,
como el desgaste de la piedra en arena,
o el paso de una montaña.


*


Ya la hora del rezo acabó.
La noche, con su oscura urdimbre
convoca luces milenarias que chispean.
Mi sombra se confunde con la tierra
y si no fuese por estas sensaciones que me orillan,
sería imperceptible al silencio.
Hay luz adentro mío (me dije despacito),
es como una breve lámpara inapagable,
que se intensifica mágicamente
sin desbordar los límites.
La noche sigue afuera,
con sus decires interminables,
con sus canteras inagotables,
con sus olores penetrantes,
con sus rituales quebrados por el capricho,
con su espera del día.



Volver al papel con las manos ardiendo palabras
y fronteras sin excusas
y colores sin pintar.
Y no decir nada
para que el espacio penetre
perfore la geografía ósea
dejando caer la blancura en el rojo de las carne.
Y hacer un poema,
repetido y distinto
que abarque todo el hombre.


*


Tan difícil expresar aquello que reúne,
tan difícil mirar más allá de lo dado,
tan difícil horadar la piel que cubre,
que aún persisto martillando,
mordiendo a dentelladas diestras y siniestras,
caminando los umbrales de las palabras.
Y persistirá apuntando las sílabas,
las notas, los sonidos, los gestos, las miradas
que deparen, ignotas, la luz.


*


Dulce y amado es el calor de tu presencia
crepitando en los interrogantes
de mi propia debilidad.
Es cuando entonces me digo:
- ¡Me duele el hombre!
y me quedo anonadado en la turbulencia
del dolor. Casi exánime
a la espera de los aromas del jazmín florecido
para que aliente mi aliento.
Tal vez este no tuviese que ser un poema,
sino tan sólo un grito
naciente de la hondura que compartimos,
nosotros, los humanos.





El río pasa y no pregunta.
Una y otra garza conmueven el agua.
Los pájaros, agotan el aire.
El sol, casi en su cenit, alumbra
el lomo quieto del cauce.
Algún bigua atraviesa las distancias.
Los sauces, desde la otra orilla,
pueblan de verde el horizonte.
Las canoas van y vienen silenciosas.
Atrás,
la ciudad.
Aquí, el río pasa y no pregunta.



*


Venía con una pregunta rodando junto a mis pies,
de acera en acera, de baldosa en baldosa,
trepándose por los postes de luz para
descender, con más fuerza, en un cordón plateado del aire.
Luego, corría en zig zag
entre los vehículos estacionados,
se acodaba en los tapiales bajos.
o columpiaba sus extremidades en los altos muros,
para, de repente, treparse a un ómnibus
espiándome por el vidrio trasero.
Creía que se iba, que su susurro de letanía
se dormía irresoluto en algún banco nocturno de plaza mal iluminada;
pero, no. Mágicamente subía por las espaldas
jugando con mi pelo dejando el aire en suspenso,
para, después, seguir con sus rondas,
sus persistentes rondas de preguntas preguntando
desde mil rostros y otros tantos gestos.
No sé muy bien cuando y en qué momento
la pregunta me habitó; fue un instante
desprevenido, inasible, asombroso,
que me está llevando una vida responderla.






Las palabras, en ocasiones son
apenas reflejos de la luz que
me inunda.



*


Blanco espacio convocante
de la palabra.
O bien,
de un sentimiento a compartir,
de una emoción no reiterada,
de un dolor exhausto,
de un amanecer no nacido,
de un pasado no recordado,
de un poema que nace.
De los pájaros y sus vuelos negados; de los ríos sin cauce o de aquella vejez atravesada de olvidos que espía por la cerradura de un tiempo no comprendido; del salto de un atleta devorando al horizonte con sus piernas o un niño descifrando la coherencia de los adultos.
Es un espacio en blanco...
y yo con cenizas en mis manos.



La palabra, aquella que es clave en cualquier discurso humano, se encuentra, en ocasiones, en el fondo de las sombras. Descubrir su oscilación, su movimiento, es tarea diaria para dibujar el poema.

Pueden pasar jornadas sin una palabra.

Pueden pasar palabras sin una palabra.

Pueden pasar dolores, vientos, posturas, negaciones patentes, crucifijos inconscientes, llanura de voces, jacarandaes florecidos, una revolución cualquiera, un sufijo aceptado por la real academia,
una veda de mujeres, una maja desnuda, carnavales y competencias deportivas.
Un político y su amante, un impostor y su esposa,
un espía desmesurado,
un policía incorrecto;
pueden pasar juegos victorianos,
inmigrantes tras las huellas, idiomas muertos,
conquistadores o fusileros,
una muda de ropa o de plumaje,
un continente sin contenido,
un contenido sin una palabra.


Reintento la búsqueda. Voy nombrando,
arrojado voces al pasar
como un río salpica a la ribera,
como una mariposa de flor en flor,
como un paso le sigue a otro,
como el ademán antes del gesto,
como un horario a una cita,
como un sonido al eco,
como una caricia a la ternura,
como el tallo a la flor,
como una letra a la palabra...

Zigzagueo entre los motivos, entre los abecedarios del hombre, entre los residuos de la civilización, entre los silencios escandalosos de los marginados, entre mis propios laberintos...

Voy hambriento de hombre
en esta encrucijada de ríos,
como una cruz
que es mi propio peso anudado,
encorvado.
Un peso dromedario...





Ya no sé
dónde el límite esparce la luz
para un poema...
o bien dejar las palabras, las costumbre, las normas cotidianas, los quehaceres rutinarios, la poda de las plantas, las caminatas en los parques, el vuelo de los pájaros, la lectura de un libro...
quizás
no sea más que un síntoma
una levedad, un chasquido
de su llamado
en esta niebla.


*


¿ Estaremos a punto de brincar sobre nosotros mismos, acrobáticamente, creando en el salto la red que nos contendrá o seguiremos en la monotonía de la arena, matándonos unos a otros ?.


*


El hecho simple de caminar la noche,
dormidas las calles,
es ya todo un mundo que las habita.







LEYENDO A LI PO



La luna juega con mi mirada
jugando su ronda
y yo la mía

¡ A ver si nos entendemos !, me dijo.
Y la miré tras un cable,
me escondí tras un edificio,
me cobijé tras un árbol,
me arropé tras las sombras
y ella, fingiendo no ver mi juego,
contaba estrellas
esperando que uno de sus rayos
rozara mi figura para sombrearla.

Entonces, dije:

-¡Te voy a beber, luna lunera
y te quedarás sin luz para tu
ronda!
-¡Y tú sin sombra para la tuya!
-¡A ver si nos entendemos!, grite.

Y me emborraché de luz de luna
y ella de trazos de sombra.


*




SOBRE DUENDES



BREVE DE LUNA

La luna, en todo su naranja horizontal, fue despertando al pequeño mundo adormecido por las letanías de calor, que el sol fue arrojando con su luz.
Era un cascabel enorme haciendo fosforecencia en el agua. Los niños, con sus ojos de asombros, la saludaban alegremente. Los duendes del río, desde la penumbra de los juncos y otros verdes...




DEL NACIMIENTO DE LOS DUENDES

Desde el seno del río, con su panza hincada en los vegetales, surgieron.
No hubo movimientos discordantes; no hubo ausencias.
Todos, arremolinados, cabalgando arco iris, nubes indecisas, brisas ariscas, fueron llegando a las formas, fueron habitando al Padre Río.
Nadie objetó el nacimiento y no se adujeron pretextos para que no ocurra.
Así, los duendes, rondan la noche a destajo, abrillantándola sin temor; son amos de ella y de sus formas.



DUENDES DE LA NOCHE

Por aquí andan los duendes de la noche robándole luz a la luna; la convocan en sus hechizos inocentes sobre el marrón del agua y el camalotal dibujando estelas.
Uno se queda horas mirando cómo salen de sus madrigueras, inventadas en las barrancas, en las flores del irupe, del ceibo o del jacaranda.
Dicen que dicen que no existen, pero hay quienes los han visto montados sobre sábalos saltarines, persiguiendo luciérnagas.
Otros cuentan historias más complicadas, donde se sumergen en las honduras para hablar con los paties, cachorro, manduvies.
Hay quienes afirman que apuntan el pez al Martín Pescador a cambio de un vuelo nocturno para embolsar luz de luna. Lo cierto es que hay uno de ellos aquí, contándome estas historias.



Los duendes son los que llenan de nácar el río; los que dibujan sin tregua, sin cansancio, la cara alunada en el agua o el naranja en ambos extremos del día.
Son ellos los que reúnen los elementos, los mezclan, los disuelven, los esparcen, los iluminan, cavando aquí y allá, corriendo de este a oeste, sumergiéndose en las aguas o volando sobre ellas.
Durante el día, dejan que la luz se encargue de resolver formas y colores.
Es en la noche cuando su tarea cobra ritmo. Son los que esparcen la luz acumulada en los elementos haciendo de la noche un destello de anticipa claridad.






E P Í L O G O




PRIMAVERA EN EL PARQUE

Hay una incipiente madurez de los frutos perlando el aire. El lapacho, en su multitud, viste de rosa las aceras.
La vida, adormecida en los túneles protectores de la madre tierra, pulula en infinidad de tallos como dedos verdes buscando alcanzar el sol, cada vez más tibio y gratificante.
Los niños, van y vienen en sus risas, despertando todo con su frescura e inocencia.
Los días, con su tenue magia, van alargándose en la luz, van cubriendo a los pájaros que regresan de su exilio voluntario.
Los jóvenes, con sus cuerpos y movimientos, sus voces, sus ganas, van arrullando canciones vitales. Las muchachas, relucen su feminidad con ademanes, gestos y miradas furtivas.
Los viejos, recordando su andar, cuentan sus cuentas en la memoria, dejando retozar su piel en la calidez solar.
Y gea gira. Gira que te gira, envolviéndonos en cada uno de sus giros legendarios, de consorte agradecida ante la luz.




S A N T A F E


La ciudad posee tantas orillas como hombres.
Pero esta tiene uno y otro río y otro río y otro río.
Las riberas se hacen incontable y en ellas
hay uno y otro hombre y otro hombre y otro hombre.


Así las cosas, hacen de las miradas
una distancia de agua impronunciable
con una y otra música y otra música y otra música
que peinan el agua subiendo y bajando.


Pero esta ciudad, además, va orillando al hombre:
lo conmueve de tanto en tanto
con el río en la puerta de casa
y un pez durmiendo en su cama.





Beberemos el canto atravesando la luz.
¡Siempre la luz!
Así recojamos las crónicas de la muerte,
el mal trago del dolor.



¡Siempre la luz!








Siempre, al final del camino, la rosa.


-Poemas de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar








ESTÁ EN NUESTRA SANGRE*


*Horacio Rossi


La stoa, portal de la polis ciudad ahora llamada griega y está
El arado y el bajel que arado por sobre en cima de la mar y está
La viuda joven del pescador de esponjas que hoy cumple quince siglos en manos de la señora azul de fondomar,
Madre de todo, también del lapislázuli de las tejas de la iglesita linda con sus cupulitas muchas, sombreritas, y está
El silencio etrusco tras el negocio romano,
La hoguera en el bosque sagrado
Y la erigida por el miedo de los tenebrosos, que nunca podrá prevalecer, y está
La diosa del peine y el membrillo, de ojos zarcos,
Patrona de los poetas y enamorados y madre orgullosa del arquero del amor, y está, también, como desde siempre,
La arquería de la ballesta y la arquería de los edificios, mejor ésta, hacia arriba, y está
La yerba hiedra hierba árbola,
La agua cantarina hacia el verano que aún nos debemos,
Y la procesión hacia el poniente, a contraplaneta, hacia las islas afortunadas de tras la mar océana, hacia acá,
Navegación por tierra, por humo, por sueño,
Y está el rocío sobre las trenzas de las muchachas, sobre el pecho a dúo, sobre los lechos al amanecer,
Y la aldea vecina, tocable a ojo, a oreja, a nariz,
Está el maestro que espera y así es cómo enseña,
El aprendiz que insiste y así es cómo aprende,
Y está el coro cantando la missa te deum pues se casa el hijo del padre y nieto del abuelo con una mujer
De carne que es tierra, de tierra que es carne,
Y está la fuente de la plaza del pueblo
Y la forma del oro, la forma de la piedra, la forma del viento en los molinos de viento, la forma de l´agua en los molinos de agua, la forma de las frondas, la
Forma del paisaje, que es lo que hay de un horizonte al otro, horizonte
Que es una serpiente que se muerde la cola y no deja pasar, y está
El sol al sur,
La nieve por diciembre,
Los gestos, los cuerpos, los besos, las manos, la voz de los de uno,
Está la casa de, un día, adiós,
A la ventura o a la provincia detallada, a que se pueda haber
Hijos que duren, trabajen para ellos, hijas que se puedan casar,

Está en nuestra sangre l´acordeona orfeona, la gaita cornamusa, la violinería, los redobles cuando
Los bautizos kerbmesse velorios danzones bajo l´árbol de mayo y
Perderse nel bosque a buscar el acebo, el muérdago, y alguna otra cosita que se pueda encontrar, eso también y por sobre toda otra cosa, y está
El salto sobre el fuego en la noche sanjuana,
Cuando la vida vivía como nunca otra vez hasta ahora,
Y está la candelaria marea de estelares theorías, tales como
Los cuentos de ultramar, con mapa y todo, dizque ahí siempre es
Domingo, sí, pero sin nada que cumplir, menos aún sintiendo culpa inexistente, ¡ah, los cuentos
De una tierra sin culpa, tras la mar!,
Mar naufragiosa, interín, a ultrapasar, si quiere uno el premio
Y la serpiente nos deja pasar, y está
El viento caliente del sur, culpable de la primavera,
Está la causa de las causas, si es que hay,
Fascinaciones y contrariedades,
Soltarse y agarrarse y soltarse y no agarrarse más,
Acaso nada más que porque el circo de mundo nunca se está quieto
Y entonces gire asegurando la prohibida danza, dejándola a salvo, está,
Está en nuestra sangre
La danza, sí, la danza,
Siempre viva,
Y está el ciclo de las cosechas de fruto que es hijo y de hijo que es fruto,
Está la celebranza
Esperando el, sin comillas, cumplir es prometer,
Sin clausura de su índole de beso en la memoria,
Aroma y melodía,
Repitiendo los nombres, los temas, las palabras,
El milagro canción del misterio corazón,
La ronda, la rima,
La estrella matutina misma vespertina,
La familia,
La costumbre, tan usual que no existe,
La rosa, el jazmín,
El puerto a irse, quedando,
Y a irse quedando,
Trigo, algodón,
Moneda y cañones para poder no cumplir la palabra empeñada,
La hechura de las casas, que remeda hormigas, abejas, cigüeñas, pero figuronas, engreídas, siempre tan humildes y modestas, y está
La gana de existir
Sin pecado por nacer ni castigo por vivir, y, eso,
Está en nuestra sangre,
Sin olvido,
Hubo una vez, y habrá otra vez,
La vida
Es una rueda,
Que gira,
Y está en nuestra sangre, también,
El miedo tapador, la delación traidora, la represión cruel
De toda arte de luz, gozación de l´amor, en fin, pero sin fin,
La sagrada misión de existir siendo un beso en el tiempo
Si es que el tiempo existe y
Si no, en la luz que hay porque la somos
Desde las mansiones cathedrales godas y moras,
Desde las selvas celtas hiperbóreas y las aguas creteñas tartesinas
Hasta cómo nos hacemos llamar y entonces respondemos, a los gritos, y venimos corriendo, riendo, danzando, a recibirte,
Y, eso, está en nuestra sangre,
O lo somos
O no naceremos...


*Europeana de Horacio C. Rossi.


-Enviado por Verónica Capellino veroaleph@hotmail.com





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martes, mayo 27, 2008

LA REALIDAD NUNCA SE AJUSTA A NUESTROS SUEÑOS...


Por un salto en el Renglón*




Siento ganas de verte:
Sonriente,
Deprisa,
Con todo y tus pies subiendo y bajando:
Verde en tus praderas,
Libre en tu andar.

Y me encomiendo a la Virgen de los Remedios,
Porque necesito uno para saber cómo buscarte.

Tengo ganas de verte,
Porque el recuerdo me ha llegado:
Jugando,
Corriendo,
De aquí para allá:
Mirarte de lejos y saludarte sin más que eso;
Amaneciendo de arriba abajo,
Soñando de adentro hacia fuera.

Y para eso hago espera
En la lista de milagros de cada uno de los Santos,
Porque creo necesario uno de ellos para encontrarte.

Sé que te preguntarás
¿Por qué tengo ganas de verte?
Bien: porque me cansé de no hacerlo.

Por eso te busco,
Y cuando te veo
Lo disimulo:
Como el vidrio que enfría,
Como las luces que me iluminan:
Con tu mirada de tarde nublada,
Acabado el trabajo.

Por eso hasta le he rezado
A mi madre Coatlicue,
Porque ya para esto
Me he vuelto politeísta,
Con tal de encontrarte…



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






LA REALIDAD NUNCA SE AJUSTA A NUESTROS SUEÑOS...






Marcha atrás*


Sabía que estaba en un estado de shock. Acabada de tener un accidente de coche. Miró al lugar del acompañante y vio a su mujer en una extraña postura, sangrando y con los ojos muy abiertos. Estaba muerta.

- ¿Qué había pasado? - se preguntó.

Caminó por la carretera hasta que encontró un bar. Pidió una copa para recuperar fuerzas, luego otras más. Sin darse cuenta estaba tomando una tras otra con la sensación de estar emborrachándose. Sin duda era culpable de la muerte de su mujer. No debía haber bebido tanto. Seguro que estaba conduciendo borracho.

Le preguntó al barman cuanto tiempo llevaba allí y cuantas copas había tomado.
- No se preocupe señor- le respondió el barman- Si hubiera muerto mi mujer en un accidente de coche la semana pasada, como le ha pasó a usted, yo también estaría bebiendo.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es






LA OCTAVA MARAVILLA*



*De Vlady Kociancich.

22.



En tardes como ésta, cuando la reverberación del calor de febrero se oye como el sonido de finísimas cuerdas pulsadas en una sola nota interminable y todo lo que se toca es tibio y pegajoso, me resulta más fácil aceptar la inconcebible descripción que del mundo físico hacen los físicos.
Un día de verano en Buenos Aires me demuestra claramente que la solidez de las cosas no existe en la medida que la veo. Este cuarto, estas paredes y estos muebles, esta máquina de escribir, bajo la presión de un cielo nublado que empuja furiosamente el sol como el cocinero la tapa de la olla que se desborda, comparten conmigo una extraña vulnerabilidad. Salvando las distancias, la mesa y yo, conjuntos ordenados de electrones y de protones, sufrimos el mismo verano. Y no es consuelo para ningún hombre sospechar que este mundo que le parece tan compacto es como él, una criatura de vacío atravesada y sostenida por invisibles fuerzas en carrera, expuesta a todo, encerrada en su propia caja de tiempo.
Casi drogado por el calor, no me asombra que el edificio donde estaba la revista de turismo cuando fui a buscar a Paco Stein, aparezca en mi memoria ligeramente distinto al lugar donde trabajo hoy, aunque se encuentre se encuentre en la misma dirección, San Martín al 600, aunque tenga la misma decrépita fachada, el vestíbulo sin techo, abierto como un patio de casa de familia, y en el medio del patio la escalera ancha pero de empinadura peligrosa, por la que se sube al primer piso y al pasillo circular horadado de puertas, el mismo reloj gigantesco, de hierro, detenido en la hora de viente años atrás, que cuelga de una viga a pocos metros de la entrada, como un tosco agujero negro en la sombría luz natural del patio.
Aquel día, trepé la escalera hacia el centro de una enorme ruleta de puertas numeradas. Media circunferencia del primer piso exhibía, junto a los números de bronce, la calcomanía azul y amarilla de la ALAT -Asociación Latinoamericana de Turismo-, una estrella de seis puntas que edita, para los socios dispersos en comarcas remotas, la revista de nuestros paisajes.
En contraste con la grisura del viejo edificio, las oficinas eran luminosas, estaban pintadas de colores alegres, decoradas con carteles de publicidad. Indios de toda tribu sobreviviente protagonizaban diversos actos de persuación turística en un marco de jungla, volcán, desierto y puna. Algunos de aspecto miserable, otros con máscaras de diablos, plumas, ponchos, tatuajes, asidos a un tambor, a una flauta de caña, a una lanza, encorvados sobre un telar, abrazados a la última vicuña, entronados en la ruina de un monumento precolombino, amasando barro, vendiendo yuyos y amuletos, maniobrando canoas, competían esforzadamente con el desnudo primer plano de la voluptuosa carne africana de playa y cocotero, las huríes del trópico que, a puro cuerpo, sin necesidad de tanta arqueología ni de tanto folklore, decoran unos metros de costa. Un mustio poster de la Argentina, con un gaucho a caballo y una vista aérea de Buenos Aires, la París sudamericana, se asomaba entre las olas de ese océano multicolor como la cara del nadador que jadea, falto de aire, en el último puesto de una carrera transatlántica.
La empleada que me atendió era la rubia clásica contratada como recepcionista en tiempos de prosperidad editorial. Pregunté por Paco Stein.
-Me parece que está en La Cueva. Espere que le averigüe.
Me averiguó.
-Está -susurró confidencialmente.
Hablaba en susurros.
-Yo lo llevo -susurró-, porque encontrar La Cueva es muy difícil. Uno se pierde entre tantas puertas.
-¿No es en este piso? -susurré.
Lo contagiosa que es una voz muy baja. Como dos moscas zumbando en pleno vuelo, atravesamos lo que llamó las Areas -Arte, Publicidad, Distribución, Administración- sobre una elegante alfombra pared a pared, entre un moblaje de línea moderna, metálico, plástico, ostentoso.
El susurro de mi guía sonaba como papel de seda estrujado por manos nerviosas.
La verdad, Redacción no está ubicada todavía a nivel de empresa. ¿Ve esa escalera? Para romperse el cuello. Diga que nadie sube.
La escalera era de madera, tenía forma de espiral y carecía de baranda.
-Sé que arriesgo la vida -me susurró la rubia en la cara-, pero mejor subo primero y lo anuncio o el señor Stein me mata. Tiene un carácter, sabe.
La seguí apoyándome en la pared, apartando los ojos del vacío. La rubia me esperaba delante de una puerta.
-Esta es La Cueva -susurró-. El fin del mundo.
Cerró los ojos, se persignó rápidamente, golpeó la puerta y pegando la nariz al picaporte, susurró:
-Señor Stein, aquí lo buscan.
Silencio. La rubia me miró, sacudió la cabeza, entristecida.
-No oye bien. Cuando se concentra mucho, no oye a nadie.
Se persignó otra vez.
-Señor Stein, señor Stein, señor Stein -susurró en el agujero de la cerradura.
Creí oportuno intervenir.
-Paco, soy yo, Alberto.
Después de los susurros, el grito de Paco me ensordeció.
-¡No interrumpa! Y vos pasá.
-¿Vio? ¿Qué le dije? Tiene un caracter -susurró la chica y se arrojó por la escalera.
Miré hacia abajo. No, no había muerto. Agil como un gato, mi susurrante Virgilio taconeaba de regreso a su círculo de la comedia turística. Entré en La Cueva.
Era un cuarto de minúsculas dimensiones, con un tragaluz por ventana, al que no había alcanzado la mano modernista del arquitecto. Con Secretario General de Redacción y todo, la pieza seguía el plano original: un baño.
Lo primero que vi fue una pileta con espejo, un inodoro, un bidet. Sobre la tapa del inodoro había una pila de revistas. En la tabla que cubría el bidet se amontonaban galeras frescas, en espera de corrección. A un costado de los sanitarios, había un enorme escritorio de tapa corrediza y la roja cabeza de Paco Stein. Un olor espeso a papel viejo y nuevo, a tinta y a tabaco, a desodorante de ambientes y polvo, a medias velaba el inconfundible olor a ginebra.
Paco Bizqueó unas cuantas veces.
-Una:¿qué hacés aquí? Dos: cerrá la boca que te van a entrar moscas. Se nota que nunca viste una oficina de redacción. "Usted no se preocupa por la comodidad", te dicen. "Usted es un intelectual", te dicen. Sentate, que te vas a caer.
En aquella oscuridad vagamente siniestra, Paco pareció desdoblarse en dos personas diferentes. Una hablaba con la serena volubilidad de toda la vida, divertido y pedante. La otra mostraba en los ojos enrojecidos y la palidez de esa cara exhausta, una inquietud que encrespaba con ondas breves y nerviosas la superficie de su buen humor.
Obedeciendo a uno de esos impulsos de los que luego me arrepiento, había ido a buscarlo, a recuperar nuestra amistad de Villa del Parque. A justificarme, si era posible, por mis últimos actos de insensatez. Y también, ¿a qué negarlo?, porque necesitaba apoyo. Paco era mi único, verdadero amigo, y tenía lo que los porteños llamamos "calle" en cantidad suficiente para asesorar a un idiota sentimental que no se resignaba a perder a su esposa.
Como suele ocurrir, cuando uno más desesperado está, peor se expresa. No sé bien qué le dije. No me animaba a hablar de Victoria y tenía pavor de retirarme con las manos vacías. Me quejé, eso sí, de la gente que hace cosas. Me quejé de no ser capaz de hacer algo. me quejé de mi empleo en la oficina jurídica. Me quejé de la falta de aventura en mi respetable, mediocre vida. Y por fin, no muy coherentemente, exploté:
-Te juro que un día de estos mando todo al diablo. Vendo el departamento, me mudo a Villa del Parque, me la llevo a Victoria de vuelta al barrio, me pongo un kiosco de cigarrillos en la esquina de Jonte y se acabó. Qué tanto abogado ni tanta novela. Una casa con patio, una parrilla para el asado, un perro para sacarlo a pasear, yo en piyama todo el domingo, tirado en una reposera, con Victoria cebándome mate.
-Lo que vos necesitás, Alberto -dijo, mirando pensativo la hoja de papel pautado colocada en la
máquina-, es hacer algo.
Ese algo, agregó en seguida, acallando con un ademán enérgico mi protesta, era periodismo turístico.
Estaba tapado de trabajo, los redactores escaseaban y a los pocos que sabían escribir había que correrlos como perro de caza para que entregaran en fecha de cierre unas miserables gacetillas. La editorial pagaba bien. Por supuesto, yo no lo haría por plata. Debía conservar mi empleo en la oficina jurídica.
Una vez más, mi impulso original, como la bocha que arroja el jugador atropellado, me llevaba fuera de la marca. Yo había ido a buscar un amigo que me ayudara a defenderme del abandono de Victoria, no a pedirle trabajo. Maldiciéndome por esa incapacidad de decir lo que quiero decir, de hacer lo que quiero hacer, no contesté.
Paco encendió un cigarrillo y aspiró largamente el humo.
-Este mundo es muy raro, Paradella.
-Ya lo sé -suspiré.
-Sí, este mundo es muy raro. Pero por más raro que sea, no se puede volver al pasado, no se puede corregir lo sucedido. Mirá esta página. Si quiero, tacho. Si no me gusta, la abollo y al canasto. Saco una hoja limpia, la pongo en la máquina y empiezo de cero.
La vieja sonrisa se insinuó débilmente en su cara fatigada.
-Pero la vida no. A veces, de noche, me despierto horrorizado, porque dormido me acordé y soñé algo que pasó, algo que hice peor que tantas otras cosas mal hechas y es el único momento en que me gustaría creer en la existencia de un Dios que escuche. Le rogaría que me saque del tiempo, que me deje volver a ese episodio, que me dé una página limpia para reescribirlo.
La sonrisa era tan triste ahora que me acongojó.
-Paco, yo te conozco. Sos un buen tipo. Sos incapaz de acciones tan canallas que exijan un pedido de gracia.
Se encogió de hombros.
-Puede que tengas razón. Porque ¿sabés con qué me consuelo? Con la conciencia de que toda memoria humana es una memoria vergonzosa.
Más ductil que yo para cambiar de bando, dudo que exista otro.
-Ah, no, a mí no me parece que esa memoria sea completamente vergonzosa. También tiene buenos recuerdos. Momnetos de belleza, de heroísmo, de generosidad, de inteligencia.
Me miró con doble conmiseración: pena por mí y por él.
-Te enloquecieron tus lecturas, Alonso Quijano: Literatura de viejos y de chicos. Las huestes liberales galopando en un caballo flaco, derecho a las aspas del molino. Oíme bien, abombado. No hay más Villa del Parque. No hay vuelta. Y si volvés, vas a encontrar que ni siquiera existió. No tenés más remedio que estar con tu tiempo.
-Y ¿dónde creés que estoy?
-En Babia, para no perder la costumbre. Haceme caso. Tomá el trabajo. Despertate. Mirá la fecha. Te guste o no te guste, marca la época en que te toca vivir.
-¿Qué tiene que ver que prefiera el kiosquito en Jonte con la época en que vivo?
Categóricamente respondió:
-Participación y compromiso.
Casi me largo areír a carcajadas de esa superstición tan antigua y persistente como mis anacrónicas lecturas. Pero lo decía en serio. Nunca en realidad lo había visto tan serio como en ese momento, aunque la famosa sonrisa colgara delante de su ansiedad a modo de un pobre trasto de utilería, descartado de pasadas obras. Vi que esperaba mi consentimiento, con mal disimulado temor. Iba a decirle que estaba loco, que a gatas me alcanzaba el tiempo para trabajar en la oficina, conectarme con la Linda Gente y perseguir a Victoria, cuando comprendí.
Paco quería recuperar la memoria inocente de los días de Villa del parque. Tímido Alonso Quijano, me ofrecía la oportunidad de distrernos del probable naufragio de nuestras vidas, que tenían una sola cosa en común: el afecto sin sensiblería de dos hombres que una vez fueron dos chicos, que se criaron juntos, que cuidaron después, lejos del barrio y de la infancia, la casa propia que es una amistad.
-Muy bien -dije-. De acuerdo. Participación y Compromiso.
Y el abogado, el falso novelista, el marido desconsolado, el amigo tenaz, que habían entrado en tropel por la puerta de ALAT, salían acompañados por el periodista de turismo.
Si no hay otra salida, un hombre más o menos empecinado es capaz de aprender cualquier cosa.
Aprendí a hacer gacetillas, notas cortas, notas largas, reportajes, avisos de publicidad, descripciones de países nunca visitados. Aprendí a corregir, a recortar, a alrgar, a traducir y a copiar inescrupulosamente de revistas extranjeras, a omitir con astucia las trampas de nuestros avisadores, a "cubrir" reuniones, convenciones, seminarios y conferencias, a oír a los expertos, los intendentes, los subsecretarios, los agentes de viajes, los hoteleros, los directores de turismo, a ponerles alguna frase inteligente o por lo menos sensata en esas bocas de cuya palabra amiga dependía la revista y el sueldo del personal y que, como la Flora de Boticelli, soltaban eternamente una trenza de flores retóricas en favor del desarrollo de la industria sin chimeneas.
Descubrí que tenía un vigor de monomaníaco. Tal vez he heredado de tantas generaciones de campesinos y de obreros la espalda doblegada del trabajo sin oportunidad de cuestionamiento, la oscura religión del esfuerzo a largo plazo y la paciencia de la artesanía.
Con la absurda satisfacción del labrador que mira los trigales maduros de los que el caballero feudal le arrojará unas espigas para que no se muera de hambre, yo miraba la obra anónima en papel pautado, una emocionante realidad mensual de ciento veinte páginas y tres mil ejemplares. Ahí, en ese objeto de colores brillantes, fabricado para la vanidad de borrosos funcionarios, para la publicidad de hoteles, compañias aéreas y agencias de viajes, estaba secretamente la mano de Alberto Paradella.
Si la finalidad de mi nuevo empleo era distraerme, me distraje. Apenas me di cuenta de que aflojaba mi rendimiento en el estudio de abogados, casi no vi que paco, dedicado ahora a escribir su novela, raras veces aparecía en La Cueva. Me pasaba ya toda su parte del trabajo y nuestras conversaciones sólo tenían lugar en los congresos de turismo.
Alguna vez me detuve para preguntarme si todo andaba bien. En el fondo de aquella rutina había una cierta incomodidad. Hice mi lista de pros y de contras. Me abochornaba no sentirme feliz. ¿Tenía razón?
Había algo de llegada a puerto en mi nueva vida. Aunque la Linda Gente continuaba instalada en la casa, el cansancio y la obligación de escribir tantas notas me impedía compartir la fiesta y por lo tanto deprimirme. En medio del ruido, muy concentrado, tecleaba y tecleaba. Victoria, creo, me trataba mejor. Los horribles angelitos de cerámica, panzones y rubicundos, colmaban cada centímetro cuadrado disponible en los muebles de mi estudio. Con Besos de agradecimiento, borraba hasta el recuerdo de mis celos.
Paco se había sumado a la fiesta, uno más entre la Linda Gente y participaba de ella con una furia que me asombraba. Muy raramente estaba sobrio. Pero escribía. Hablaba sin cesar de esa novela como quien cuenta una pesadilla que lo obsesiona. NO quería mostrarme lo que escribía. "Escribo, no hago otra cosa que escribir. Todo va a la novela", decía enigmáticamente.
No me gustaba mucho ese puerto. Pero ¿deseaba otro destino? Porque ahí estaba lo que yo quería. Victoria, mi amigo y una especie de taller de carpintero donde contaba viajes por países desconocidos, viajes mucho más verosímiles que los que luego me sucederían.
-La realidad nunca se ajusta a nuestros sueños -suspiraba cuando estaba muy cansado o demasiado triste-. Pero la realidad no tiene la culpa. Tengo que ser un hombre de mi tiempo. Un hombre que toma lo que hay y lo disfruta como puede.
De bueno no había tanto que digamos. Pero era todo lo que yo tenía.




*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-









Rescátese*




Que lo último sea apaciguar una clave

Rescátese del contubernio celestial
nuevo suscriptor
infiera nuestro tapete

Entre amasados ladrillos
(como la fortuna se amasa)
la carrera de los ángeles
cronometrados por un funebrero

Pase a la mortalidad
(acopio de mortalidad)
nuevo suscriptor
o adherente
ofrézcase

Hay lo que busca
en el cuerpo

Promesas
mortales
en su mazo.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







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