miércoles, marzo 18, 2009

EN EL ORDEN PERFECTO DEL UNIVERSO SE HABÍA ABIERTO UNA BRECHA...



CARACOL*




Te has metido en tu casa, caracol de nácar.
Concha dura, cuerpo blando.
Comes, respiras y defecas.
Cuando sales al bosque y el verdor te aturde.
Cuando las avellanas se te ofrecen.
Giras. Orinas en el mismo poste y entras.
No has podido, caracol.
Volver al dorado huerto de tu infancia.
O te has quedado en él-
Prudente Prometeo, encadenado.
Han golpeado a tu puerta, caracol.
Y no has abierto.
La mujer de las rojas manzanas ha partido.
No dolor. No placer. No: No.


Solo queda la espera: los piés hacia delante.
No habrá canción llanto martillo, beso.
No habrá un borracho triste que te llore.
Acaso el poste extrañe el calor de tu orina.





*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar













EN EL ORDEN PERFECTO DEL UNIVERSO SE HABÍA ABIERTO UNA BRECHA...














La pregunta*







a Gastón Gori





Venía con una pregunta rodando junto a mis pies,
de acera en acera, de baldosa en baldosa,
trepándose por los postes de luz para
descender, con más fuerza, en un cordón plateado del aire.
Luego, corría en zig zag
entre los vehículos estacionados,
se acodaba en los tapiales bajos.
o columpiaba sus extremidades en los altos muros,
para, de repente, treparse a un ómnibus
espiándome por el vidrio trasero.
Creía que se iba, que su susurro de letanía
se dormía irresoluto en algún banco nocturno de plaza mal iluminada;
pero, no. Mágicamente subía por las espaldas
jugando con mi pelo dejando el aire en suspenso,
para, después, seguir con sus rondas,
sus persistentes rondas de preguntas preguntando
desde mil rostros y otros tantos gestos.
No sé muy bien cuando y en qué momento
la pregunta me habitó; fue un instante
desprevenido, inasible, asombroso,
que me está llevando una vida responderla.







*de cacho agú. cachoagu@yahoo.com.ar

(Para los que lo conocen, lo recuerden. Para los que no, que lo lean por primera vez.
Es un poema escrito hace recién como veintitantos de años. Dedicado a Gastón Gori y a las largas conversaciones que mantuvimos bajo la bignonia de su casa. Figura en mi libro "Paisajes de Luz".
No tiene título pero podríamos decirle: "La pregunta". Y aquí va, con un abrazo)















Asomándose desde la Abrupta Costa*






*de Italo Calvino




Me estoy convenciendo de que el mundo quiere decirme algo, mandarme mensajes, avisos, señales. Es desde que estoy en Pëtkwo cuando lo he advertido. Todas las mañanas salgo de la pensión Kudgiwa para mi acostumbrado paseo hasta el puerto. Paso por delante del observatorio meteorológico y pienso en el fin del mundo que se aproxima, más aún, está en marcha desde hace mucho tiempo. Si el fin del mundo se pudiera localizar en un punto concreto, este sería el observatorio meteorológico de Pëtkwo: un
cobertizo de palastro que se apoya en cuatro postes de madera un poco tambaleantes y abriga, alineados sobre una repisa, barómetros registradores, higrómetros, termógrafos, con sus rollos de papel graduado que giran con un lento tictac de relojería contra un plumín oscilante. La veleta de un anemómetro en la cima de una alta antena y el rechoncho embudo de un pluviómetro contemplan el frágil equipo del observatorio, que, aislado al borde de un talud en el jardín municipal, contra el cielo grisperla uniforme e inmóvil, parece una trampa para ciclones, un cebo puesto allí para atraer las trombas de aire de los remotos océanos tropicales, ofreciéndose ya como despojo ideal a la furia de los huracanes.
Hay días en los que cada cosa que veo parece cargada de significados: mensajes que me sería difícil comunicar a otros, definir, traducir a palabras, pero que por eso mismo se me presentan como decisivos. Son anuncios o presagios que se refieren a mí y al mundo a un tiempo: y de mí no a los acontecimientos externos de la existencia sino a lo que ocurre dentro, en el fondo; y del mundo no a algún hecho particular sino al modo de ser general de todo. Comprenderán pues mi dificultad para hablar de ello, salvo por alusiones.
Lunes. Hoy he visto una mano asomar por una ventana de la prisión, hacia el mar. Caminaba por el rompeolas del puerto, como es mi costumbre, llegando hasta detrás de la vieja fortaleza. La fortaleza está toda encerrada en sus murallas oblicuas; las ventanas, protegidas por rejas dobles o triples,
parecen ciegas. Aún sabiendo que allí están encerrados los presos, siempre he visto la fortaleza como un elemento de la naturaleza inerte del reino mineral. Por eso la aparición de la mano me ha asombrado como si hubiera salido de una roca. La mano estaba en una posición innatural; supongo que las ventanas están situadas en lo alto de las celdas y empotradas en la muralla; el preso debe haber realizado un esfuerzo de acróbata, mejor dicho, de contorsionista, para hacer pasar el brazo entre reja y reja de modo que su mano tremolase en el aire libre. No era una señal de un preso a mí, ni a ningún otro; en cualquier caso, yo no la he tomado por tal; e incluso de momento no pensé para nada en los presos; diré que la mano me pareció blanca y fina, una mano no diferente a las mías, en la cual nada indicaba la
tosquedad que uno espera de un presidiario. Para mí ha sido como una señal que venía de la piedra: la piedra quería advertirme de que nuestra sustancia era común y que por ello algo de lo que constituye mi persona perduraría, no se perdería con el fin del mundo: todavía será posible una comunicación en
el desierto carente de vida y de todo recuerdo mío. Cuento las primeras impresiones registradas, que son las que importan.
Hoy he llegado al mirador bajo el cual se divisa un trocito de playa, allá abajo, desierta ante el mar gris. Los sillones de mimbre de altos respaldos curvados, en cesto, para abrigar del viento, dispuestos en semicírculo, parecían indicar un mundo en el cual el género humano ha desaparecido y las cosas no saben sino hablar de su ausencia. He experimentado una sensación de vértigo, como si no hiciera más que precipitarme de un mundo a otro y a cada cual llegase poco después de que el fin del mundo se hubiese producido.
He vuelto a pasar por el mirador al cabo de media hora. Desde un sillón que se me presentaba de espalda flameaba una cinta lila. He bajado por el abrupto sendero del promontorio, hasta una terraza donde cambia el ángulo visual: como me esperaba, sentada en el cesto, completamente oculta por las
protecciones de mimbre, estaba la señorita Zwida con el sombrero de paja blanca, el álbum de dibujo abierto sobre las rodillas; estaba copiando una concha. No he estado contento de haberla visto; los signos contrarios de esta mañana me desaconsejaban entablar conversación; ya hace unos veinte días que la encuentro sola en mis paseos por escollos y dunas, y no deseo sino dirigirle la palabra, e incluso con este propósito bajo de mi pensión cada día, pero cada día algo me disuade.
La señorita Zwida para en el hotel del Lirio Marino; ya había ido a preguntarle su nombre al portero; quizá ella lo supo; los veraneantes de esta estación son poquísimos en Pëtkwo; y además los jóvenes podrían contarse con los dedos de una mano; al encontrarme tan a menudo, ella acaso espera que yo un día le dirija un saludo. Las razones que sirven de obstáculo a un posible encuentro entre nosotros son más de una. En primer lugar, la señorita Zwida recoge y dibuja conchas; yo tuve una buena
colección de conchas, hace años, cuando era adolescente, pero después lo dejé y lo he olvidado todo: clasificaciones, morfología, distribución geográfica de las diversas especies; una conversación con la señorita Zwida me llevaría inevitablemente a hablar de conchas y no decidirme sobre la actitud a adoptar: si fingir una incompetencia absoluta o bien apelar a una experiencia lejana y que quedó en vagarosa; es la relación con mi vida hecha de cosas no llevadas a término y semiborradas lo que el tema de las conchas me obliga a considerar; de ahí el malestar que acaba por ponerme en fuga.
Agrégese a ello el hecho de que la aplicación con la que esta muchacha se dedica a dibujar conchas indica en ella una búsqueda de la perfección como forma que el mundo puede y por ende debe alcanzar; yo, al contrario, estoy convencido hace tiempo de que la perfección sólo se produce accesoriamente y por azar; por tanto no merece el menor interés, pues la verdadera naturaleza de las cosas sólo se revela en la destrucción; al acercarme a la señorita Zwida debería manifestar cierta apreciación sobre sus dibujos -de calidad finísima, por otra parte, por cuanto he podido ver-, y por lo tanto, al menos en un primer momento, fingir consentimiento a un ideal estético y moral que rechazo; o bien declarar de buenas a primeras mi modo de sentir, a riesgo de herirla.
Tercer obstáculo, mi estado de salud que, aunque muy mejorado por la estancia en el mar prescrita por los médicos, condiciona mi posibilidad de salir y encontrarme con extraños; estoy aún sujeto a crisis intermitentes, y sobre todo al reagudizarse de un fastidioso eczema que me aparta de todo
propósito de sociabilidad.
Intercambio de vez en cuando unas palabras con el meteorólogo, el señor Kauderer, cuando lo encuentro en el observatorio. El señor Kauderer pasa siempre al mediodía, a anotar los datos. Es un hombre largo y enjuto, de cara oscura, un poco como un indio de América. Se adelanta en bicicleta, mirando fijo en sí, como si mantenerse en equilibrio en el sillín requiriese toda su concentración. Apoya la bicicleta en el cobertizo, deshebilla una bolsa colgada de la barra y saca un registro de páginas anchas y cortas.
Sube los peldaños de la tarima y marca las cifras proporcionadas por los instrumentos, unas a lápiz, otras con una gruesa estilográfica, sin disminuir por un momento su concentración. Lleva pantalones bombachos bajo un largo gabán; todas sus prendas son grises, o de cuadritos blancos y negros, incluso la gorra de visera. Y sólo cuando ha llevado a término estas operaciones advierte que lo estoy observando y me saluda afablemente.
Me he dado cuenta de que la presencia del señor Kuderer es importante para mí: el hecho de que alguien demuestre aún tanto escrúpulo y metódica atención, aunque sé perfectamente que todo es inútil, tiene sobre mí un efecto tranquilizador, acaso porque viene a compensar mi modo de vivir impreciso, que -pese a las conclusiones a las que he llegado- continúa siendo como una culpa. Por eso me paro a mirar al meteorólogo, y hasta a charlar con él, aunque no sea la conversación en sí lo que me interesa. Me
habla del tiempo, naturalmente, en circunstanciados términos técnicos, y de los efectos de las variaciones de la presión sobre la salud, pero también de los tiempos inestables en los que vivimos, citando como ejemplos episodios de la vida local o también noticias leídas en los periódicos. En esos
momentos revela un carácter menos cerrado de lo que parecía a primera vista, más aún, tiende a enfervorizarse y a volverse locuaz, sobre todo al desaprobar el modo de obrar y de pensar de la mayoría, porque es un hombre inclinado al descontento.
Hoy el señor Kauderer me ha dicho que, teniendo el proyecto de ausentarse unos días, debería encontrar quien lo sustituya en la anotación de los datos, pero no conoce a nadie de quien pueda fiarse. Charlando de esto ha llegado a preguntarme si no me interesaría aprender a leer los instrumentos meteorológicos, en cuyo caso me enseñaría. No le he respondido ni que si ni que no, o al menos no he pretendido darle ninguna respuesta concreta, pero me he encontrado a su lado en la tarima mientras él me explicaba cómo
establecer las máximas y las mínimas, la marcha de la presión, la cantidad de precipitaciones, la velocidad de los vientos. En resumen, casi sin darme cuenta, me ha confiado el encargo de hacer sus veces durante los próximos días, empezando mañana a las doce. Aunque mi aceptación haya sido un poco
forzada, al no haberme dejado tiempo para reflexionar, ni para dar a entender que no podía decidir así de sopetón, esta obligación no me desagrada.
Martes. Esta mañana he hablado por primera vez con la señorita Zwida. El encargo de anotar los datos meteorológicos ha desempeñado desde luego un papel para hacerme superar mis incertidumbres, en el sentido de que por primera vez en mis días Pëtkwo había algo fijado de antemano a lo cual no podía faltar; por eso, fuera como fuera nuestra conversación, a las doce menos cuarto diría: "Ah, me olvidaba, tengo que darme prisa en ir al observatorio porque es la hora de las anotaciones." Y me despediría, quizá de mala gana, quizá con alivio, pero en cualquier caso con la seguridad de no poder obrar de otro modo. Creo haberlo comprendido confusamente ya ayer, cuando el señor Kauderer me hizo la propuesta, que esta tarea me animaría a hablar con la señorita Zwida: pero sólo ahora tengo la cosa clara,
admitiendo que esté clara.
La señorita Zwida estaba dibujando un erizo de mar. Estaba sentada en un taburetito plegable, en el muelle. El erizo estaba patas arriba sobre la roca, abierto; contraía las púas tratando inútilmente de enderezarse. El dibujo de la muchacha era un estudio de la pulpa húmeda del molusco, en su dilatarse y contraerse, pintada en claroscuro, y con un bosquejo denso e hirsuto todo alrededor. La conversación que yo tenía en mente, sobre la forma de las conchas como armonía engañosa, envoltura que esconde la
verdadera sustancia de la naturaleza, ya no venía a cuento. Tanto la vista del erizo como el dibujo transmitían sensaciones desagradables y crueles, como una víscera expuesta a las miradas. He pegado la hebra diciendo que no hay nada más difícil que dibujar erizos de mar: tanto la envoltura de púas vista desde arriba, como el molusco tumbado, pese a la simetría radial de su estructura, ofrecen pocos pretextos para una representación lineal. Me ha respondido que le interesaba dibujarlo porque era una imagen que se repetía en sus sueños y que quería librarse de ella. Al despedirme le he preguntado
si podíamos vernos mañana por la mañana en el mismo sitio. Ha dicho que mañana tiene otros compromisos; pero que pasado mañana saldrá de nuevo con el álbum de dibujo y me será fácil encontrarla.
Mientras comprobaba los barómetros, dos hombres se han acercado al cobertizo. No los había visto nunca; arropados, vestidos de negro, con las solapas levantadas. Me han preguntado si no estaba el señor Kauderer; después, dónde había ido, si sabía su paradero, cuándo volvería. He respondido que no sabía y he preguntado quiénes eran y por qué me lo preguntaban.
-Nada, no importa - han dicho, alejándose.
Miércoles. He ido a llevar un ramillete de violetas al hotel para la señorita Zwida. El portero me ha dicho que había salido hace rato. He dado muchas vueltas, esperando encontrarla por azar. En la explanada de la fortaleza estaba la cola de los parientes de los presos: hoy es día de visita en la cárcel. Entre las mujercitas con pañuelos en la cabeza y los niños que lloran he visto a la señorita Zwida. Llevaba el rostro tapado por un velillo negro bajo las alas del sombrero, pero su porte era
inconfundible: estaba con la cabeza alta, el cuello erguido y como orgulloso.
En un ángulo de la explanada, como vigilando la cola de la puerta de la cárcel, estaban los dos hombres de negro que me habían interpelado ayer en el observatorio.
El erizo, el velillo, los dos desconocidos: el color negro sigue apareciéndoseme en circunstancias tales que atraen mi atención: mensajes que interpreto como una llamada de la noche. Me he dado cuenta de que hace mucho tiempo que tiendo a reducir la presencia de la oscuridad en mi vida.
La prohibición de los médicos de salir después del ocaso me ha constreñido hace meses a los confines del mundo diurno. Pero no es sólo esto: es que encuentro en la luz del día, en la luminosidad difusa, pálida, casi sin sombras, una oscuridad más espesa que la de la noche.
Miércoles por la noche. Cada tarde paso las primeras horas de oscuridad pergeñando estas páginas que no sé si alguien leerá jamás. El globo de pasta de vidrio de mi habitación en la Pensión Kudgiwa ilumina el fluir de mi escritura quizá demasiado nerviosa para que un futuro lector pueda descifrarla. Quizá este diario salga a la luz muchísimos años después de mi muerte, cuando nuestra lengua haya sufrido quién sabe qué transformaciones y algunos de los vocablos y giros usados por mí corrientemente suenen
insólitos y de significado incierto. En cualquier caso, quien encuentre este diario tendrá una ventaja segura sobre mí: de una lengua escrita es siempre posible deducir un vocabulario y una gramática, aislar las frases, transcribirlas o parafrasearlas en otra lengua, mientras que yo estoy tratando de leer en la sucesión de las cosas que se me presentan cada día, las intenciones del mundo respecto a mí, y avanzo a tientas, sabiendo que no puede existir ningún vocabulario que traduzca a palabras el peso de oscuras
alusiones que se ciernen sobre las cosas. Quisiera que este aletear de presentimientos y dudas llegase a quien me lea, no como un obstáculo accidental para la comprensión de lo que escribo, sino como su sustancia misma; y si la marcha de mis pensamientos parece huidiza a quien trate de seguirla partiendo de hábitos mentales radicalmente cambiados, lo importante es que le sea transmitido el esfuerzo que estoy realizando para leer entre las líneas de las cosas el sentido evasivo de lo que me espera.
Jueves. Gracias a un permiso especial de la dirección -me ha explicado la señorita Zwida- puedo entrar en la cárcel los días de visita y sentarme en la mesa del locutorio con mis hojas de dibujo y el carboncillo. La sencilla humanidad de los parientes de los presos ofrece temas interesantes para
estudios del natural.
Yo no le había hecho ninguna pregunta, pero al advertir que la había visto ayer en la explanada, se había creído en la obligación de justificar su presencia en aquel lugar. Hubiese preferido que no me dijese nada, porque no siento la menor atracción por los dibujos de figuras humanas y no habría sabido comentárselos si ella me los hubiese enseñado, cosa que no ocurrió.
Pensé que acaso esos dibujos estuvieran encerrados en una carpeta especial, que la señorita Zwida dejaba en las oficinas de la cárcel de una vez para otra, dado que ella ayer -lo recordaba bien- no llevaba consigo el inseparable álbum encuadernado ni el estuche de los lápices.
-Si supiera dibujar, me aplicaría solamente a estudiar la forma de los objetos inanimados -dije con cierta perentoriedad, porque quería cambiar de conversación y también porque de veras una inclinación natural me lleva a reconocer mis estados de ánimo en el inmóvil sufrimiento de las cosas.
La señorita Zwida se mostró al punto de acuerdo: el objeto que dibujaría más a gusto, dijo, era una de esas anclitas de cuatro uñas llamadas "rezones", que usan los barcos de pesca. Me señaló algunas al pasar junto a las barcas atracadas en el muelle, y me explicó las dificultades que presentaba dibujar
los cuatro ganchos en sus diversas inclinaciones y perspectivas. Comprendí que el objeto encerraba un mensaje para mí y que debía descifrarlo: el ancla, una exhortación a fijarme, a engancharme, a tocar fondo, a poner fin a mi estado fluctuante, a mi mantenerme en la superficie. Pero esta interpretación podía dar paso a dudas: podía también ser una invitación a zarpar, a lanzarme a mar abierto. Algo en la forma del rezón, los cuatro dientes remachados, los cuatro brazos de hierro gastados al arrastrarse
contra las rocas del fondo, me prevenían de que cualquier decisión produciría laceraciones y sufrimientos. Para mi alivio quedaba el hecho de que no se trataba de una pesada ancla de alta mar, sino una ágil anclita: no se me pedía, pues, que renunciase a la disponibilidad de la juventud, sino sólo que me detuviera un momento, que reflexionase, que sondease la oscuridad de mí mismo.
-Para dibujar a mis anchas ese objeto desde todos los puntos de vista -dijo Zwida- debería poseer uno para tenerlo conmigo y familiarizarme con él.
¿Cree que podría comprarle uno a un pescador?
-Se puede preguntar -dije.
-¿Por qué no prueba usted a comprarme uno? No me atrevo a hacerlo yo misma, porque una señorita de la ciudad que se interesa por un tosco utensilio de pescadores suscitaría cierto estupor.
Me vi a mí mismo en el acto de presentarle el rezón de hierro como si fuese un ramo de flores; la imagen, en su incongruencia, tenía algo de estridente y feroz. Con certeza se ocultaba en ello un significado que se me escapaba; y prometiéndome meditarlo con calma respondí que sí.
-Quisiera que el rezón estuviera sujeto a su cuerda de amarre -precisó Zwida-. Puedo pasar horas sin cansarme dibujando un montón de sogas enrolladas. Compre, pues, también una cuerda muy larga: diez, incluso doce metros.
Jueves por la noche. Los médicos me han dado permiso para un uso moderado de bebidas alcohólicas. Para festejar la noticia, a la puesta del sol he entrado en la posada "La Estrella de Suecia" a tomar una taza de ron caliente. En torno al mostrador había pescadores, aduaneros, mozos de cordel. Sobre todas las voces dominaba la de un anciano con uniforme de guardia de la cárcel, que disparataba ebriamente en un mar de chácharas:
-Y todos los miércoles la damisela perfumada me da un billete de cien coronas para que la deje sola con el detenido. Y el jueves las cien coronas ya se han ido en cerveza. Y cuando ha terminado la hora de la visita la damisela sale con el tufo de la prisión en su traje elegante; y el detenido vuelve a la celda con el perfume de la damisela en sus ropas de presidiario.
Y yo me quedo con el olor de la cerveza. La vida no es más que un intercambio de olores.
-La vida y también la muerte, puedes jurarlo -terció otro borracho, cuya profesión era, como me enteré enseguida, sepulturero-. Yo con el olor a cerveza trato de quitarme de encima el olor a muerto. Y sólo el olor a muerto te quitará de encima el olor a cerveza, como a todos los bebedores a quienes me toca cavarles la fosa.
He tomado este diálogo como una advertencia a estar en guardia: el mundo se va deshaciendo e intenta arrastrarme en su disolución.
Viernes. El pescador se volvió desconfiado de repente:
-¿Y para qué la quiere? ¿Qué hace usted con un rezón?
Eran preguntas indiscretas; habría debido responder: "Dibujarlo", pero conocía la renuencia de la señorita Zwida a exhibir su actividad artística en un ambiente que no es capaz de apreciarla; además, la respuesta exacta, por mi parte, habría sido: "Pensarlo", y figurémonos si me iban a entender.
-Asuntos míos -respondí. Habíamos empezado a conversar afablemente, dado que nos habíamos conocido ayer por la noche en la posada, pero de improviso nuestro diálogo se había vuelto brusco.
-Vaya a una tienda de efectos navales -cortó en seco el pescador-. Yo mis cosas no las vendo.
Con el tendero me sucedió lo mismo: apenas hice mi petición se le ensombreció el rostro.
-No podemos vender estas cosas a forasteros -dijo-. No queremos problemas con la policía. Y una cuerda de doce metros, encima..., No es que sospeche de usted, pero no sería la primera vez que alguien lanza un rezón hasta las rejas de la cárcel para que se evada un preso... La palabra "evadir" es una
de esas que no puedo oír sin abandonarme a un laboreo sin fin de la mente.
La búsqueda del ancla en que me he metido parece indicarme la vía de una evasión, acaso de una metamorfosis, de una resurrección. Con un escalofrío me alejo del pensamiento de que la prisión sea mi cuerpo mortal y la evasión que me espera sea el apartamiento del alma, el inicio de la vida ultraterrena.
Sábado. Era mi primera salida nocturna tras muchos meses y eso me inspiraba no poca aprensión, sobre todo por los resfriados de cabeza a que estoy sometido, tanto que, antes de salir, me enfundé un pasamontañas y encima un gorro de lana y, todavía, el sombrero de fieltro. Así arropado, y además con
una bufanda en torno al cuello y otra entorno a los riñones, el chaquetón de lana, el chaquetón de pelo y el chaquetón de cuero, las botas forradas, podía recobrar cierta seguridad. La noche, como pude comprobar luego, era apacible y serena. Pero seguía sin entender por qué el señor Kauderer necesitaba citarme en el cementerio en plena noche, con un billete misterioso, que me fue entregado con gran secreto. Si había regresado, ¿por qué no podíamos vernos como todos los días? Y si no había regresado, ¿a quién iba a encontrar en el cementerio?
Quien me abrió la puerta fue el sepulturero al que había conocido ya en la posada "La Estrella Sueca".
-Busco al señor Kauderer -le dije.
Respondió:
-El señor Kauderer no está. Pero como el cementerio es la casa de los que no están, entre.
Avanzaba entre las lápidas cuando me rozó una sombra veloz y crujiente; frenó y bajó del sillín.
-¡Señor Kauderer! -exclamé, maravillado de verlo andar en bicicleta entre las tumbas con el faro apagado.
-¡Chist! -me calló-. Comete usted grandes imprudencias. Cuando le confié el observatorio no suponía que se iba a comprometer en un intento de evasión.
Sepa que nosotros somos contrarios a las evasiones individuales. Hay que dar tiempo al tiempo. Tenemos un plan más general que llevar adelante, a más largo plazo.
Al oírle decir "nosotros" con un amplio gesto a su alrededor, pensé que hablaba en nombre de los muertos. Eran los muertos, de quienes el señor Kauderer era evidentemente el portavoz, los que declaraban que no querían aceptarme aún entre ellos. Experimenté un indudable alivio.
-Por culpa suya tendré que prolongar mi ausencia -agregó-. Mañana o pasado lo llamará el comisario de policía, que lo interrogará a propósito del ancla de rezón. Ándese con ojo para no mezclarme en ese asunto; tenga en cuenta que las preguntas del comisario tenderán todas a hacerle admitir algo
referente a mi persona. Usted de mí no sabe nada, salvo que estoy de viaje y no he dicho cuándo volveré. Puede decir que le rogué que me sustituyera en la anotación de los datos unos cuantos días. Por lo demás, a partir de mañana está dispensado de ir al observatorio.
-¡No, eso no! -exclamé, presa de una repentina desesperación, como si en ese momento me diera cuenta de que sólo la comprobación de los instrumentos meteorológicos me ponía en condiciones de señorear las fuerzas del universo y reconocer en ellas un orden.
Domingo. Con la fresca he ido al observatorio meteorológico, he subido a la tarima y me he quedado allí de pie escuchando el tictac de los instrumentos registradores como la música de las esferas celestes. El viento corría por el cielo matutino transportando suaves nubes; las nubes se disponían en festones de cirros, después en cúmulos; hacia las nueve y media hubo un chaparrón y el pluviómetro conservó unos cuantos centilitros; lo siguió un arcoiris parcial, de breve duración; el cielo volvió después a oscurecerse, la plumilla del barógrafo descendió trazando una línea casi vertical; retumbó el trueno y empezó a granizar. Yo desde allá arriba en la cima sentía que tenía en mis manos los escampos y las tormentas, los rayos y la calígine; no como un dios, no, no me crean loco, no me sentía Zeus tonante, sino un poco como un director de orquesta que tiene delante la partitura ya escrita y sabe que los sonidos que sufren los instrumentos responden a un destino cuyo principal custodio y depositario es él. El cobertizo de palastro resonaba como un tambor bajo los chaparrones; el anemómetro remolineaba; aquel universo todo estallidos y saltos era traducible en cifras para alinearlas en mi registro; una calma soberana presidía la trama de los cataclismos.
En ese momento de armonía y plenitud un crujido me hizo bajar la mirada.
Acurrucado entre los peldaños de la tarima y los postes de sostén del cobertizo había un hombre barbudo, vestido con una tosca chaqueta de rayas empapada de lluvia. Me miraba con firmes ojos claros.
-Me he evadido -dijo-. No me traicione. Tendría que ir a avisar a una persona. ¿Quiere? Vive en el hotel del Lirio Marino.
Sentí al punto que en el orden perfecto del universo se había abierto una brecha, un desgarrón irreparable.




*Fuente: Ciudad Seva.

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/calvino/asomando.htm










Ortiz*



Yo me lo perdí a Juanele.
A horcajadas en mi ignorancia de dos ruedas
y la torpeza en un cilindro,
pasaba por su casa a una velocidad indefendible.
Por el rabillo del ojo, mi timidez lo sospechaba.



Allí ese mundo con el recato de Gerarda,
el galgo agudo, un gato omnipresente,
y ése, su juanestar de seis en punto,
diluido entre las islas y las nubes,
o extendido en el ástil filial de su boquilla,
acaso demorado en las sutiles armonías del parque.
Me lo perdí en las madrugadas
de velador minucioso,
en los recodos íntimos
de sus apuntes de orfebrería,
entre las grevileas sinfónicas de octubre,
irisado de pájaros y arenas demoradas,
allí, en el mismo espacio en que mi juventud,
reloj de fuego, gastaba obscenamente
las enjundias del tiempo y de la sangre.



Yo me lo perdí a Juanele,
y sin embargo está conmigo ahora,
cuando en el alba que sube
un ángel inclinado
me tiende sus manos infinitas,
y hay una rama de luz que señala
el aire conmovido del naciente.






*De Abel Edgardo Schaller. abelnegroschaller@yahoo.com.ar















Los otros*



*Por Eduardo "Tato" Pavlovsky




El otro día salí de mi casa y me encontré con seis niños que me esperaban con las manos abiertas rogándome si les podía ofrecer un poco de comida (no de dinero). Los niños tendrían entre 3 y 8 años. Yo conocía a la madre, a la que había ayudado varias veces, y ella me dijo: "Doctor, por favor, tienen
hambre, quieren comer algo". Un tanto impresionado por la visión kafkiana de la cara famélica de los niños saqué 20 pesos y se los di, señalándoles una rotisería donde podrían conseguir el almuerzo del día. La verdad es que la alegría de los chicos fue enorme y partieron corriendo hacia el almacén.
Salí de mi casa caminando hacia Libertador cuando vi otro chico que se acercaba para pedirme comida. Le conté que hacía unos minutos unos niños me habían pedido comida y que estarían comprando en la fiambrería de la esquina -con un pequeño dinero que les había dado- y que tal vez podía pedirles algo. Salió corriendo y casi un coche se lo lleva por delante, tal era la velocidad y distracción que imprimió a su carrera. Seguí caminando hacia Libertador, donde tomé un taxi hasta Rodríguez Peña y Santa Fe.
Otros aires dije yo, otra ropa, otras mujeres. Me sentía en París. Cuando una señora con una beba en los brazos me agarró de un hombro y me dijo: "Don, me puede ayudar, hace un día que la nena no come. Vaya si quiere Ud. a la farmacia y cómpreme leche en polvo. Yo lo espero aquí. Para la nena es importante...". No tuve cuerpo ni bolas para ir a la farmacia, le di 15 pesos, que era el vuelto que me quedaba. La señora, muy agradecida, me dijo -con sus ojos verdes humedecidos por un llanto que no parecía fingido-
"que Dios lo ayude" y se fue caminando hacia la farmacia.
La indigencia, la pobreza, pensé, es una fábrica de construcción de delincuencia. Hacía un rato había escuchado a un psiquiatra por TV decir que la delincuencia es congénita y que no hay tratamiento posible para ella.
Sólo encerrarlos para toda la vida por su peligro, ante la mirada aprobatoria de los demás ignorantes que lo rodeaban.
Me acordaba de que en las favelas de San Pablo los niños luchaban a favor de los narcotraficantes en contra de la policía, porque los narcos les daban comida. ¿Por qué iban a luchar en contra de quien los alimentaba?
Pensaba -como lo he observado- que la delincuencia profesional toma a estos niños de la calle y los forma como especialistas del robo. Pensaba en los niños de las verjas que me pedían comida, en el niño que se me acercó después, en la joven señora que me pedía leche en polvo de la farmacia. Con
qué valores se formarán -cuando no existe el continente afectivo que los proteja-, cuando no tienen ropa, cuando no comen bien, cuando no tienen estudios ni recursos sanitarios, cuando sacan la comida de las bolsas de la calle, cuando ven hoy más que nunca la desigualdad social llegando a límites
insospechados.
El 30 por ciento de los niños en nuestro país son pobres o indigentes. No querer ver que existe pobreza e indigencia es responsabilidad del Estado, es aceptar que las crisis las podemos sufrir la clase media y la clase alta -2/3 del país-. Pero ese sector del subdesarrollo de los recursos humanos más elementales no sufre las crisis ni las entiende. Sólo percibirá el menor suministro del limosneo o la menor calidad de la comida que arrojan en las bolsas los privilegiados de siempre.
Pero siendo así -lo vemos así- no podemos dejar de percibir la desigualdad social cada vez más escalofriante. Me pregunto por qué el Estado no lo nombra y actúa en consecuencia. Tres generaciones de niños con daños neurológicos por falta de una educación adecuada y mal atendidos en los
hospitales porque muchos no tienen dinero para viajar.
Si no se ataca la pobreza como prioridad absoluta estamos matando literalmente a estas vidas sin futuro, sin alegría, sin esperanza, 1/3 del país. Vidas desahuciadas. Vidas desperdiciadas. Las corporaciones políticas parecen esquivar el gran problema. Pero esta gente -sólo ayudada por algunos
movimientos sociales- queda de espaldas a la vida. Sin pertenencia de país.
Sin arraigo. Todo esto nos pasa a nosotros y lo más terrible es que aún hoy hay recursos para sacarlos del infierno, del lugar de la promiscuidad, del hacinamiento, de la desnutrición y de la delincuencia. No debemos ser ahora indiferentes a la muerte de ocho niños por día en nuestro país de hambre. Es
un crimen. En serio. Crimen que tiene responsables.




* Psicoanalista. Autor, actor y director teatral.







-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-121720-2009-03-18.html







*


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lunes, marzo 16, 2009

CONTRA EL CRISTAL DE LA VIDA...


*FOTO DE WALTER ROIL.


Veranos*







Entre el mar y nosotros los libros. Abriendo el horizonte y el silencio. Policiales negros en una casa blanca. Ahora que el largo adiós a esos momentos ya fue dado. Entiendo que ese otro lado corrupto, sangriento, con largas rubias de largos tacos y detectives con un vaso siempre a mano. Sólo podía ser leído en el encanto, que quizá no fuera tan encantador, pero para mi lo era. Esos mundos extraños y lejanos estaban en los libros devorados mientras todos dormían y se acallaban los ecos de juegos, calesitas, paseos, y el fuego de los leños. Todo tenía las fisuras por las que luego se colarían los dolores. Ahora la violencia de la muerte y del paso del tiempo nos tocó. Un idilio derrumbado. El mar, como un gran animal furioso y bello, parece lo único cierto entre tantas carcomidas certezas. También la mano de él en el desayuno cubierta de picaflores, las niñas jugando, el perro, la receta de pan con queso, tomate y orégano, regalo de Italia al paisaje del jardín. Por suerte ya los leí, me digo ahora que el mundo parece un policial negro devastador y me falta el amparo de mi ficción de arena perdida y a veces recuperada.





*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar










CONTRA EL CRISTAL DE LA VIDA...






SEÑOR OREJAS*


Nadie recordaba claramente cuando había comenzado el hábito de Don Mario, un sexagenario afable, de sentarse todos los días entre la una y las seis y treinta de la tarde debajo del tilo de la puerta de su casa. Lo único que todo el barrio sabía era que por una cardiopatía irreversible lo habían jubilado a los cincuenta. Un día apareció sentado en su mecedora con la mirada huída hacia adentro o hacia fuera, según el momento y la situación.
Se fue dando espontáneamente un accionar que se hizo rutina y así pasó esa tarde. Clara, su mujer, sacó la mecedora y la colocó debajo del tilo, Don Mario se sentó blandamente y no tardó en aparecer Don Jesús.
- Buenas, Don Mario, vengo a hacerle un poco de compañía; no aguanto a mi mujer siempre rezongando porque tiene que lavar los cacharros del almuerzo. A veces preferiría no comer con tal de no oírla.
- ¿Usted la oye o la escucha? – preguntó socarronamente el anciano.
- Es lo mismo – fue la respuesta.
- No, si usted sólo oye puede no escuchar y entonces no se altera.
- No se me había ocurrido – dijo Jesús desconcertado por el descubrimiento.
- Quiere decir que si aprendo a hacer eso no me va a molestar que ella chille. No está mala la idea.
Jesús se quedó pensativo rascándose la cabeza como si de pronto ante él se hubiera abierto una ventana o una puerta.
- ¿Usted puede hacerlo? – preguntó mirándolo fijo.
- ¡Puf! – exclamó Don Mario con aire suficiente. - ¿Por qué cree que aún estoy en este mundo?
- ¡Parece mentira! Debo reconocer mi ignorancia, nunca me di cuenta de que esas dos palabras no significaban lo mismo. ¡Cuántos disgustos me hubiera ahorrado! Lo voy a poner en práctica y después le cuento.
Jesús se fue caminando activamente como un niño que quiere mostrarle a sus padres lo que aprendió en la escuela.
La sonrisa del anciano, entre maliciosa e irónica, iluminó un largo rato su rostro.
- ¡Hola, Don Mario!
Era Alfredito, su vecino de trece años que todos los días sacaba a Puqui, su pequinés de pésimo carácter, a dar una vuelta a la manzana.
- ¿Qué tal, Alfredito?
- Aquí estoy, podrido de esta vida. Tengo ganas de quedarme huérfano porque a mis padres ya no los aguanto.
- ¿Tan mal está todo?
- ¿Mal? ¡No! ¡Peor! Tengo una fiesta esta noche y mi madre no me deja ir porque no arreglé mi habitación. ¿A usted le parece?
- ¿Esa es tu obligación?
- Eso es lo que ella dice.
- ¿Y cuándo te lo dijo?
- Ya ni sé, debe hacer mucho tiempo.
- ¿Así que no es una novedad para ti?
- No, me lo repite tanto que me pudre.
- ¿Y cuántas veces lo cumples tú?
- Bueno, de vez en cuando, cuando tengo ganas.
- ¿Es obligación de tu madre hacerte la comida todos los días?
- ¡Por supuesto!
- ¿Y qué pasaría si ella hiciese la comida sólo cuando tiene ganas?
- ¡La mato! ¡Con el hambre que tengo siempre!
- Entonces tu madre tendría que matarte cuando no arreglas tu habitación.
- No es lo mismo.
- ¿Por qué?
- Porque yo soy chico.
- Si eres chico no puedes ir a la fiesta. Eso es de grandes.
- Don Mario, usted me está pateando en contra.
- No, te presento los mismos argumentos que tú me das.
- Con usted no se puede, mejor me voy a pasear a Puqui, adiós.
La carcajada de Don Mario se elevó en el aire y cayó sobre él como una brisa fortificante, después no pudo menos que pensar sobre la forma como el muchacho manejaba su lógica, siempre para su beneficio. En verdad había cambiado mucho el mundo, a él no se le hubiera ocurrido criticar a sus padres delante de un vecino, lo hubiera sentido como algo que lo llenaba de vergüenza o de culpa. Muchas veces pensó que ellos eran injustos, pero de ahí a decirlo había un trecho demasiado largo. Aparentemente Alfredito no tenía ese problema.

- Mejor para él – pensó en voz baja sin darse cuenta.
Una brisa suave lo envolvió en perfume de tilo, entrecerró los ojos pero no pudo rebobinar recuerdos porque apareció Sofía demandando su atención.
- Don Mario, que suerte que lo encuentro – dijo agitada. – Necesito hablar con alguien sino reviento.
Sofía era una cuarentona un poco agria, “porque no tiene marido”, decía Clara, pero tal vez no fuera esa la causa.
- Cuente, Sofía, ¿qué le ha sucedido esta vez?
La mujer se sentó sobre el pasto cuidando recatadamente de tapar sus rodillas con su falda amplia.
- Me llegó carta de mi hermana, la que vive en Buenos Aires; me echa en cara que estoy ocupando la casa de mis padres y no le pago por vivir allí. Es cierto que la casa está a nombre de las dos, pero ella tiene su propia casa y yo no.
- Situación comprometida ¿no? – razonó él como para adentro.
- Para mí es muy clara, yo no me fui de la casa, cuidé a mis padres y este reclamo no creo que se justo.
- Afectivamente claro que no lo es, pero legalmente si. ¿Usted lo aclaró con su hermana alguna vez?
- No, no hacía falta.
- Siempre es bueno aclarar las cosas.
Sofía lo miró perpleja, defraudada, no podía entender cómo Don Mario se ponía de parte de su hermana. El anciano la miró de reojo y notó su malestar.
- No se altere, Sofía – dijo lentamente. – Entiendo su posición y me parece justa, pero si me pongo en el lugar de su hermana no puedo menos que pensar que también ella tiene su razón. Usted piensa en usted y no en ella y su hermana hace lo mismo, piensa en ella y no en usted. Si cuando murieron sus padres cada una hubiera pensado en la otra, lo habrían hablado y ya no eistiría conflicto.
Sofía se levantó de un salto.
- Cuando empieza a jugar con las palabras ya no lo entiendo, me confunde; mejor me marcho – y con paso rápido se dirigió hacia su casa.
Don Mario quedó meneando la cabeza con cierta pena.
- ¡Jugar con las palabras! – comentó por lo bajo. – Yo diría jugar con las realidades que nadie quiere escuchar.
En un intento por relajarse acomodó su cuerpo en la mecedora, estiró sus piernas y creyó sentir cómo su sangre corría por sus venas y arterias. Era una curiosa sensación sentirse funcionar. Cerró los ojos rogando que nadie se acercara, ya no quería escuchar más.
El sol comenzaba a descender pero aún calentaba bastante, el murmullo de alguna torcaza a la distancia le hacía recordar al campo de sus mocedades al igual que el modo como el aire envolvía su cuerpo a esa hora de la tarde, sin ruidos para no despertar a quienes dormían la siesta.
Se había ido acostumbrando a saborear cada retacito de vida hasta sus últimas consecuencias. A los cincuenta le había costado horrores, cuando lo retiraron de la vida activa creyó que no lo resistiría y que su muerte no se iba a producir porque su corazón dejara de latir, sino por la angustia de no poder hacer que era como dejar de ser, pero después, el cariño de Clara, sus tardes bajo el tilo y la gente que se fue acercando, le señaló una nueva ruta, se convirtió en dos orejas, dos grandes orejas por donde entraban las rabietas de Jesús con su mujer, el desenfado de Alfredito, el egoísmo de Sofía, las ilusiones amorosas de Mariela, la soledad de Francisco, la chismografía de Juana y algunos más que no eran muy asiduos.
Él los escuchaba y al principio se quedaba con sus propios razonamientos, después ocurrió algo raro, necesitó decir en voz alta lo que pensaba y ya a la gente no le gustó tanto. Esa tarde había sido mucho más realista y todos se fueron enseguida. La gente necesitaba el espejito que le devolviera la imagen deseada, la más linda, por supuesto. Pero la realidad no era tan fea si se la sabía recibir y analizar, era otra perspectiva desde donde se podían ver las cosas.
- ¡Don Mario! ¡Don Mario!
Mariela lo sacudió por el hombro asustada.
- ¿Qué pasa, Mariela?
- No... nada... – vaciló la muchacha.
- No te asustes, hija – sonrió él buenamente, - no estoy muerto, todavía no. ¿Cómo andan tus cosas hoy?
Mariela sacudió la cabeza como echando a volar las malas ideas que la inquietaban, se acomodó junto a la mecedora y sonrió.
- Todo igual, Don Mario, Ale me mira de lejos, me parece que soy poco para él. Su familia tiene mucho dinero y yo no soy nadie...
- Si Ale se fija en eso es él el que es poco para ti, no se la hagas fácil, por lo general se valora más lo que cuesta conseguir.
Le acarició la cabeza y su mano pareció revitalizar a la muchacha.
- Intenta divertirte un poco. ¡Tienes tanto tiempo!
- Mariela...
Se escuchó a la distancia el llamado de la madre.
- Me llama mamá, hasta luego Don Mario.
- Hasta luego, hija.
La miró alejarse gozando la juventud que irradiaba.
- ¡Cuánta dulzura! - dijo para sí y volvió a distenderse en la mecedora. – Creo que esto es lo último que desearía ver antes de morir.
- ¡Don Mario! ¿Sabe lo que me dijo la perra de mi vecina...?
La voz de Juana chocó contra el cristal de la vida.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






Cotidianía*


Es una fresca mañana de domingo de finales del verano. Anoche ha llovido y un persistente viento sur, enfría el aire. Me he levantado a las 9 con intención de continuar con mis trabajos. Antes de desayunar me dispongo a caminar en busca de pan fresco. El cielo está semicubierto con una variada gama de nubes grises, blancas y amarillas, que van dejando lugar al diáfano azul que poco a poco se despliega. Como siempre después de las tormentas, la atmósfera está impregnada del perfume de la tierra mojada y los azahares. La calle está casi desierta. La ciudad duerme todavía. Puedo escuchar con claridad el ruido de mis pasos, y percibir sobre mi piel la brisa fresca y suave. De camino paso por la plaza, donde las pequeñas hojas de las gigantes tipas susurran con el viento. Más adelante me sorprende el verde intenso de un chivato. Un poco más allá me detiene una planta con enormes y abundantes hojas redondas como platos. No conozco su nombre. Debería. Entre las hojas aparecen ramilletes de sus frutos que parecen hongos. Continúo el camino entre palmeras, pinos, y el canto entusiasmado, a veces estridente de los
pájaros.
Una y otra vez me detengo a observar y disfrutar la cotidiana y casi siempre inapreciada exuberancia. Huelo, siento, toco, escucho y miro con un sereno placer.
Después regreso a casa envuelto entre fragancias, con el pan caliente entre los brazos.



*de Guillermo Heredia. guillermoeduardoheredia@gmail.com







Lunes, 16 de Marzo de 2009
MUESTRA FOTOGRAFICA WALTER ROIL, CRONISTA DE LA PATAGONIA
Al rescate del viento y la soledad*


La exposición que propone la Alianza Francesa incluye más de 50 imágenes tomadas por el fotógrafo alemán a partir de los años ’30 en el sur argentino. Las fotos cobraron notoriedad cuando el embajador francés, Frédéric Baleine Du Laurens, quedó impactado por su belleza.



*Por Facundo García


El acto de recorrer un mapa suele incluir ritos que cada uno guarda para sí. Entre los típicos se cuentan rastrear los puntos inhóspitos, el pueblo más austral o el que se encuentra más al norte. La sola mención de esos rincones despierta ensueños, y el sur argentino –con su largo linaje de aventureros que fueron a buscar ahí lo que les prometía la mente– es la mejor prueba de ello. El rescate que propone la Alianza Francesa (Córdoba 946) a través de la muestra fotográfica Walter Roil, cronista de la Patagonia se enmarca en esa tradición excéntrica. Son cincuenta y tres imágenes seleccionadas de entre las siete mil que se conservan en el estudio de los descendientes del artista. Medio centenar de recuerdos, que cumplen con el infrecuente mérito de haber registrado la belleza que pueden tener el viento y la soledad.
El don de captar esos detalles suele ser consecuencia de haber vivido experiencias interesantes. Roil había nacido en 1904 en Friburgo (Alemania), en una familia que desde pequeño estimuló sus intereses estéticos. Tocaba la cítara y el violín y, aunque quería ser guardabosques, la necesidad de un trabajo inmediato lo hizo salir por los pueblos para ofrecerse como auxiliar de fotografía. Pronto empezó a destacarse y así consiguió un empleo que combinaba su amor por la naturaleza con el oficio del que se estaba enamorando. Quedaba lejos, eso sí: llegó a Comodoro Rivadavia –por entonces un caserío minúsculo– el 25 de diciembre de 1926, contratado por un tal Polt.
Para un europeo de hace ocho décadas, pisar esas latitudes era lo mismo que llegar a la luna. No por azar ese coletazo que da el continente ha encendido por siglos los temperamentos más diversos, desde el de Orélie Antoine de Tounens –que se proclamó rey de la Araucania en 1860 para ser luego capturado, declarado demente y encerrado en un manicomio–; hasta el de Günter Pluschow, aquel héroe de la Primera Guerra Mundial que se obsesionó con recorrer en avión la zona hasta que un accidente le aguó la fiesta en Lago Rico (Santa Cruz), a principios de los treinta. En Walter, el frío y el difícil castellano complotaron para que su entusiasmo se evaporara un poco. Encima el descubrimiento de petróleo en el área y la consiguiente abundancia de obreros hacían que no hubiera chicas libres, de modo que entre idas y vueltas el alemán resolvió hacerse un viaje a su país, casarse y retornar al sur acompañado.
A partir de ahí los inviernos impiadosos parecen haberlo molestado menos. En efecto, en 1934, ya con dos hijos, abrió su negocio en Río Gallegos. A medida que se afincaba, posó su mirada en aspectos cotidianos y paisajes; y dos por tres se hacía una escapada a Lago Argentino cargando su cámara. El cuadro era tan imponente que lo invitaba a experimentar sacando varias impresiones y montándolas artesanalmente en largas series panorámicas. Un acierto de esa etapa, Niebla invernal en las calles desiertas, revela su capacidad para capturar el aislamiento, la desolación y una melancolía recia que busca esconderse en esos horizontes amplios, interrumpidos no pocas veces por el contorno de los barcos encallados en las costas del fin del mundo.
Roil se convirtió en un vecino destacado de Gallegos y, mientras la salud lo acompañó –murió en 1989, a los ochenta y cinco–, fue acumulando un testimonio invaluable de las bellezas locales y los cambios en la sociedad que lo rodeaba. Sospechaba que las tomas que hacía salvarían para el futuro una realidad en proceso de desaparición, y gracias a esa intuición fue que no tiró casi ningún negativo. Quizá el norteamericano Edward Curtis hubiera atinado a concretar un rescate similar; aunque a diferencia del “cazador de sombras” yanqui, Roil intentó esquivar la espectacularización forzada y los artificios. Sacó, por ejemplo, un escalofriante retrato de Capipe –“el último cacique tehuelche”– que lo inmortaliza en 1950, ya “occidentalizado”, sencillo y con las manos entrecruzadas como quien espera un mandado. Su expresión acusa sin estridencias, desde el orgullo herido a balazos.
Joyas como ésa hacen que recorrer la galería deje la sensación de que sería óptimo ver más. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la puesta en valor de las piezas es reciente. Muchas no estaban numeradas ni tenían nombre, a lo que hay que agregarle la variedad que aportaron sucesivas donaciones de material anónimo o semianónimo que hicieron amigos de la familia. Ahora los vientos son otros: la exhibición cobró notoriedad cuando el embajador de Francia, Frédéric Baleine Du Laurens, quedó impactado por esas obras, estructuradas con un criterio que hoy sorprende por su actualidad. El proceso de curaduría estuvo a cargo de Agnès de Gouvion Saint-Cyr, una verdadera eminencia (ver aparte) que en 2007 visitó el local que tienen hoy el hijo y el nieto de Roil en Río Gallegos. El catálogo resultante ya se expuso en el Festival Internacional de Arlés y comenzó su itinerario sudamericano en El Calafate, con auspicio presidencial.
Entre las reproducciones que se montaron en la Alianza, hay varias en las que el autor y los retratados son un enigma. Y eso que ya van tres años de clasificación e investigación. Debe ser que, como sucede con la iconografía del patriarca, su archivo esconde –bajo el telón de la sencillez– un mar de interrogantes.
Walter Roil, cronista de la Patagonia está abierta de lunes a viernes de 9 a 21, y los sábados de 9 a 13. La entrada es libre y gratuita. En los próximos meses estará recorriendo las sedes de la Alianza Francesa en varias provincias.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-13188-2009-03-16.html





El cielo y el horizonte*



Por Agnès de Gouvion Saint-Cyr *


La obra de Roil relata treinta años de ese territorio lejano donde el horizonte se junta con el cielo, donde el hielo y la nieve se mezclan con la arena, donde los aviadores son héroes, donde el hotel Londres acoge a curiosos e intrépidos.
Para apreciar su escritura se ha de aprehender la dificultad de fotografiar cuando la luz cambia al ritmo del viento violento que impulsa las nubes. Roil se convirtió en un maestro en el uso de los contrastes, incluso del contraluz, que transforman el día en una noche improbable. De pronto, el sol resplandeciente aplasta toda forma de relieve, satura el cielo de luz y blancura, y multiplica las distancias. Walter Roil afronta todas esas trampas, alarga las sombras, delimita los espacios con el contraste de las luces o acentúa la ausencia de materia.


* Inspectora general para la Fotografía del Ministerio de Cultura y Comunicación de Francia, curadora de la muestra.

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/13188-3925-2009-03-16.html







EN UN CASI OTOÑO*



sucede que los rojos y sepias

amarrados están en mis niñas

miles de castaños
amarillos
ámbares y rojizos

preñaron la paleta de sus espacios


envejecidos algunos
mustios otros

el paisaje se renueva en cada ciclo

preguntas me hago

respuestas no encuentro

de este pasar y pasar colores

sin apropiarme de ellos


*

las palabras
anticipando la quietud
de este otoño que asalta
recluidas quedaron en pequeña caja
pierdo la llave que las libere
entonces
el silencio es rey y amo



*

los gestos

cansados de tanto ensayo fallido

prefieren la distracción

de una noche engañosa

una mañana en madrugadas

iguales a otras

donde enajenarse es pretexto

no siempre infalible



*Poemas de Beatriz Martinelli. beatrizmar@ciudad.com.ar







Lunes, 16 de Marzo de 2009
LITERATURA ABELARDO CASTILLO EN LAS CHARLAS DE ETERNA CADENCIA
"Yo podría hacer de librero"*

El notable escritor habló de las nuevas generaciones literarias, reivindicó a los clásicos y despejó ciertos prejuicios sobre Cortázar. "Su virtud es ser leído por adolescentes. Un autor que no puede ser leído en la adolescencia es un mal escritor", señala.



*Por Silvina Friera


El bar de la librería estaba lleno. Las charlas en Eterna Cadencia convocan a un público lector que se arrima de acuerdo con lo que ofrece ese multifacético teatro de "operaciones literarias" que renueva su cartelera estética semana tras semana. El caótico tránsito de la ciudad demoró unos minutos la llegada de Abelardo Castillo. A pesar del retraso, el balance del diálogo con Patricio Zunini podría sintetizarse con la famosa frase que pronunció Julio César, en el Senado romano: "Llegué, vi, vencí". Tan enfáticas, entusiastas y certeras fueron sus respuestas, que logró que casi nadie se quedara con una duda o un interrogante en la punta de la lengua, algo que difícilmente se consigue en este tipo de encuentros. ¿Cómo presentar al autor de libros fundamentales de la literatura argentina de las últimas cinco décadas, Las otras puertas, El que tiene sed y Crónica de un iniciado, y al creador de revistas literarias que marcaron el rumbo de varias generaciones entre los '60 y hasta mediados de los '80?
La predilección literaria por determinados autores lo llevó a dirigir actualmente la colección Los recobrados en Capital Intelectual. "En el fondo hay un fuerte componente nostálgico, porque eran los libros de mi adolescencia y juventud, que me hicieron pensar que era necesario sacar una colección de libros que ya no se encuentran", señaló Castillo, que ha rescatado a autores como Alfredo Varela, Juan José Manauta, Humberto Costantini, Eduardo Wilde, Fray Mocho y Dalmiro Sáenz, entre otros. "¿Qué
hace que esos libros hayan caído en el olvido del mercado?", preguntó Zunini. "No sé ni me interesa, porque el funcionamiento del mercado es totalmente ajeno al trabajo del escritor -planteó Castillo-. Supongo que los olvidos son fatales en literatura, pero no se puede recordar a todos los escritores que han escrito. Al principio se olvidan autores que con el tiempo no sólo son muy recordados sino los únicos recordados. El propio Shakespeare en realidad fue redescubierto por los románticos."
"Los malos escritores son como los malos mentirosos: acumulan pruebas de los hechos que están narrando o de sus mentiras, embrollan el texto literario y lo transforman de alguna manera en ilegible. Cuando ves mucho apero, mucha sal con cuero y mucho mate, lo que no vas a ver ahí es a un escritor que está haciéndose el malandrín", ironizó Castillo. "Cuando leemos el Martín Fierro, no dudamos de la veracidad de Hernández al contarnos su personaje y el ámbito que lo rodea. Sin embargo, Hernández no habla ni de aperos ni del color del pelaje de los caballos; no recuerdo la palabra mate y no sé si manda achura por alguna parte. Pero cuando Hernández nombra a los indios, se pone expresivo, minucioso y mentiroso porque no conocía las tolderías",
ejemplificó. "Los malos escritores acumulan pruebas de lo que desconocen; de ahí esa frase de Gibbon, que le gustaba tanto a Borges, acerca de que en el Corán no hay camellos. Mahoma no necesitaba los camellos, si le pasaban por delante y se le metían en la tienda. Los tenía tan cerca que no los veía ni
los precisaba literariamente. Además estaba escribiendo en el nombre de Dios, ¡qué se iba a andar preocupando por los camellos!"
Castillo rechazó ser el padrino de los autores publicados en La joven guardia, que cuenta con un prefacio de su autoría. "Escribí ese prólogo sin haber leído el libro, y aclaré las razones por las que no lo había leído. Me pidieron un prólogo que fuera un acompañamiento a esos jóvenes escritores,
pero de ninguna manera quise ser padrino de los que estaban ahí. No leí los cuentos para no tener que opinar porque probablemente hubiera estado en desacuerdo con el 90 por ciento de lo publicado", admitió el escritor. "De ninguna manera me siento padrino de ellos, ni creo que ellos se sientan
ahijados míos. Algunos me deben detestar meticulosamente. Después leí el libro, y te diría que levemente me arrepentí de que estuviera ese prólogo", remató Castillo. "Cuando lo conocí a Borges, me dijo que hacía once años que no leía a escritores contemporáneos. Un tiempo después, Sabato me dijo que
hacía once años que no leía a los contemporáneos. Descubrí que hay una edad en la vida en que uno hace once años que no lee. Lo que no implica no leer libros. Soy un ferviente lector, como diría Borges un 'agradecido lector', pero me tienen que asegurar con mucha vehemencia que ese autor joven que me
presentan es digno de ser leído. No te olvides de que tengo 74 años; en mi biblioteca tengo más deudas que haberes."
"Cuando era adolescente, mi director espiritual era un librero que se llamaba Fiorentino, de José María Moreno y Rivadavia -recordó el escritor-.
Yo le preguntaba qué salió y me decía: 'La peste, hay que leerlo'. Y yo leía. Ahora no tengo ese librero y ya no hay libreros para hombres que pasaron los 70 años. Yo sí puedo hacer de librero, y decirte que tal vez sea más interesante pegarle una hojeadita a Rojo y negro, de Stendhal, que a cualquiera de las últimas novelas de los escritores norteamericanos que están escribiendo en este momento. Recuerdo una frase de Isidoro Blaisten a Humberto Costantini. Teníamos todos 25 años y Humberto tendría 35; había publicado un libro, nos lo dio, y a la semana siguiente nos preguntó qué nos parecía. Isidoro le dijo: '¡Pero vos estás loco, no terminé de leer a Dickens y te voy a leer a vos!'"
-¿Usted descubrió que Charlie Parker era "El perseguidor" de Cortázar?
-Si fui el primero, que creo que sí, no sé. Cuando me puse en contacto con Cortázar, me agradeció el descubrimiento. Y creo que nuestra amistad, o lo que fuera, nació por esa crítica que escribí en el '59 o en el '60. Yo decía que Johnny Carter no era un personaje de ficción; era un personaje que estaba basado en Charlie Parker.
La mención del autor de Rayuela le permitió dar cátedra sobre el cuento. "Cuando Cortázar dice que él escribe sin saber adónde va, miente. Desde la primera palabra que escribió en 'El perseguidor' hasta la última, sabía adónde iba. Todo ese cuento, uno de los más notables de la literatura en nuestro idioma, está hecho sobre una historia que ya conocía; del mismo modo que conocía también la de otro de los cuentos notables que hay en ese libro, 'Las armas secretas'. A mí me confesó, lo tengo en una carta, que siempre tuvo problemas con el final de ese cuento porque no podía engarzar el final real, que él tenía en la cabeza, con el final estructural, que es que el debe aparecer en el cuento. No hay cuentista que no conozca los finales de los cuentos que está escribiendo. Y si no lo conoce, es porque ya tiene una
confianza desmedida en su propia palabra y sabe que su inconsciente lo va a llevar hasta el punto correcto. Cortázar lo podía decir con el mismo énfasis con el que lo estoy diciendo yo. Lo que pasa es que a veces se ponía coqueto y decía que él escribía como iluminado, que no sabía adónde iba y las
palabras lo llevaban solo."
Ante el comentario de que uno de los prejuicios es afirmar que Cortázar es un escritor para leer en la adolescencia, Castillo se despachó a gusto.
"Todos los escritores son para leer en la adolescencia. Un escritor que no puede ser leído en la adolescencia es un mal escritor. Yo he leído en mi adolescencia a Dostoievski, Kafka, Sartre, Cervantes, Simone de Beauvoir, Stendhal, Flaubert. La adolescencia es una especie de estado muy parecido al
talento. El adolescente siempre está abierto a todas las ideas y a las formas literarias y estéticas. ¡Cómo es posible que los adolescentes se enamoren de un escritor como Herman Hesse, que escribe sus grandes libros alrededor de los cincuenta años, que era uno de los poetas más intensos de la lengua alemana, que tenía una cultura goetheana casi escandalosa! Sin embargo, los adolescentes no sólo lo comprenden sino que lo aman. Cómo puede ser que ese adolescente de 16 o 17 años, uno de ellos era yo, comprendiera a esa edad las ideas de un hombre de cincuenta que se había pasado la vida pensando. La virtud de Cortázar es ser leído por adolescentes."



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-13194-2009-03-16.html







Pequeña hemorragia*


En la tintorería no sabían como sacar las pequeñas marcas que dejaron las gotas de sangre en el sombrero blanco. Fue por una repentina hemorragia de imágenes. Ella quería tapar las huellas de esa desavenencia entre el cuerpo y las ideas.
Una ausencia escapando para siempre, estallando primero, derramándose después, casi dulce, suave, por los imperceptibles intersticios, como una tristeza coloreada. Recordó el momento en que sintió uñas escarbando en su cabeza. Pensó en todas las sangres que llevaron a esa pequeña rosita licuada. La sangre enjaulada como trofeo, en las sábanas de los recién casados, del otro lado del tiempo y del mar. La que se mezcla con el placer y la curiosidad de la primera vez. Las sangres menstruales que siempre traen un mensaje. La que vio en la mañana del golpe, que no salió en los diarios, muda, sin cuerpo, sombra sólida, amenaza, vendavales del miedo. Las que la antecedieron. La que vino después, deslucida sangre morena de los márgenes, caída en tiroteos, enfermedades curables, inundaciones. La sangre de los partos, contundente y laboriosa, la de los abortos de las mujeres pobres crucificadas en la hipocresía.
La de los actos temerarios. La que guarda en tubitos las incógnitas del cuerpo.
Pensó ella que después de todo, las gotitas que mancharon su sombrero, fueron algo distinto, como el romperse de una idea sin adornos, así vestidas de palabras las ideas no sangran, sonrió retocándose el rouge en el espejo.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






Correo:


Premio Ponce Boscarino
A las artes visuales
Objetivo: estimular la creatividad a través de la promoción de la producción artística.

Tema, técnica y disciplina libre. (MULTIDISCIPLINARIO)

1er Premio (no-adquisición)
a) Medalla recordatoria.
b) Diploma.
c) Incorporación al "Ciclo Permanencia" del Espacio de Arte Ponce Boscarino de mayo a diciembre de 2009
d) Participación (sin cargo) en la edición cotiz/ART 2009 realizado por digitART Ediciones Internacionales

2do Premio (no-adquisición)
a) Diploma.
b) Participación (sin cargo) en la edición cotiz/ART 2009 realizado por digitART Ediciones Internacionales

3 Menciones Honoríficas.
a) Diploma.

TODO ARTISTA SELECCIONADO será integrante de la exposición y RECIBIRÁ
CERTIFICADO DE PARTICIPACIÓN.

Jurados:
1 Representante Fundación Ponce Boscarino
1 Artista representativo del medio.
1 Representante digitART Ediciones Internacionales
Los artistas no están obligados a presentar curriculum siendo estos evaluados de forma directa por su /s obra/s presentada/s.

Lugar:
Salas A y B del espacio de Arte Ponce Boscarino Buenos Aires "Bartolomé Mitre 1575 local A" (Pasaje la Piedad) TEL. - 43724518

Recepción de obras: 6, 7, 8 de abril de 2009 de 16 a 19:30 hs

Inauguración: 16 abril de 2009 19:00 hs
Clausura: 30 abril de 2009
Visitas con entrada libre y gratuita de lunes a viernes de 16 a 20 hs.

Solicitar Bases y Condiciones: Contact@ponceboscarino.com
Visítenos en www.ponce-boscarino.blogspot.com
Consultas TEL. 011- 43724518 de 16 a 20hs.
Auspicia:
Cotiz/ART
digitART Ediciones Internacionales



*

Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 15 de marzo de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor paraguayo Agustín Barrios Mangoré. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Yawar Inka (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com






*


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sábado, marzo 14, 2009

POR LAS HUELLAS DE LOS PASOS DE LA VIDA...


*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.

Remedio*




Las lágrimas surgían de sus ojos, recorrían el lado izquierdo de su nariz como escape, curiosamente a pesar de la tristeza, le forjaban un cosquilleo cálido en su deslizamiento.
Esas lágrimas de dolores muy intensos, llevaban consigo la prisión de una enfermedad crónica. Irónicamente, en sus mañanas creía que podía mejorar de su artritis, le ponía lo mejor de si, libros de autoayuda, recetas magistrales, remedios caseros como: el aceite de bacalao, gran cantidad de medicamentos homeopáticos como árnica, apis, lisados de cartílago de tiburón, te verde, etc., etc., etc. Pero sus dedos continuaban deformándose, sus rodillas se inflamaban y su columna vertebral se iba encorvando como en un saludo oriental.
Tenía una colección enorme de estampas de santos que resplandecían, donde, detrás de sus imágenes había escritas oraciones de sanación. Se había saturado de leerlas y repetirlas en sus momentos de invocación y reposo forzado.
En la ironía de su cruel padecimiento era su notable lucidez. Sus neuronas no se volvían monstruosas como su corriente sanguínea. Sus células madre envejecían prematuramente.
Ella quería ponerle fin a sus molestias, no deseaba quedar tullida en una silla de ruedas o postrada en una cama mirando el techo.
Por lo cual decidió dar un vuelco a su historia, le habían facilitado otra opción más de la medicina moderna. Le ofrecieron cambiar su sangre, buscó un donante del grupo A positivo. Le hicieron una transfusión que duró un corto período de tiempo.
Su cero negativo se esfumó.-



*de Nora Azul del Rosario Akimenco azulaki@hotmail.com
14/3/09.





POR LAS HUELLAS DE LOS PASOS DE LA VIDA...





Tristezas, pero baldosas*



*Por Osvaldo Bayer



La última noticia que leí al dejar Alemania me invadió de tristeza e indignación. El Centro de Conversión Internacional Bonn publicó su crítica a la cesión de licencias para la producción de armas alemanas en el exterior.
Se ha comprobado que los crímenes cometidos contra la población africana de Darfur fueron llevados a cabo por milicias armadas con el fusil de asalto alemán G-3. Esas armas fueron vendidas por Irán, que ha obtenido licencias para fabricar armas alemanas. Dichas armas no sólo fueron empleadas contra
la población civil de Darfur, sino que también pueden haber costado la vida de integrantes del proyecto Ayuda al Desarrollo -en gran cantidad, alemanes voluntarios de ese servicio civil- y a soldados de las misiones de paz. Se señala en la protesta del instituto citado que dichas armas alemanas fabricadas en Irán han sido vendidas ya a Arabia Saudita, a Pakistán y a otros países. Es decir, explica, "a países con una comprensión problemática de lo que significan los derechos humanos". Con esto se fundamenta un
peligro inimaginable que puede provocar la reexportación de armas a terceros países, sin control alguno.
Pienso mientras vuelo sobre el océano en viaje de regreso: cómo Alemania, que en un cuarto de siglo tuvo dos guerras, que perdió a millones de jóvenes en los frentes, que vio caer a miles de mujeres y niños en los bombardeos a sus ciudades, puede ganar dinero al vender armas o dar licencias por ellas.
¿No ha aprendido nada? ¿No respeta ni siquiera a sus muertos? ¿Cómo un gobierno de coalición demócrata-cristiana y socialdemócrata usa esos términos: democracia, cristianismo y socialismo para luego ganar divisas vendiendo armas a los pueblos del Tercer Mundo? Los diarios titularon:
"Armas alemanas en Darfur". El título lo dice todo: ganar dinero con la muerte en el país más pobre de la Tierra.
Cuando llego a Buenos Aires leo la masacre que el estudiante Tim Kretschmer cometió en Winnenden. Dieciséis personas muertas a tiro limpio. Su padre tenía dieciséis armas de fuego en su casa. Su gobierno vende armas soslayando el Criterio 7 del código de conducta de los Estados europeos referido el peligro de "la incontrolable reexportación de armas a terceros países". El adolescente aprendió lo que permite su sociedad.
Pero el viaje fue acompañado por otra información que ya llegó a demostrarme lo que es la obscenidad del mundo que nos toca vivir: el remate en Nueva York de las sandalias, los anteojitos y una taza con plato del mahatma Gandhi, que fue comprado nada menos que por un multimillonario de Baandalore, la India, por 1,8 millón de dólares. Esas humildes pertenencias del hombre de la paz y el voto de pobreza se vendieron por millones y millones de dólares. Y el que los compró es nada menos que el rey de la
superficialidad. Se llama Vijay Mallya y le gusta llamarse el "rey del placer". A él le pertenece al más grande negocio de licores, la productora de cerveza Kingfisher, una empresa aérea y el stud de coches de carrera de Fórmula 1 Force India. Posee el yate más grande de todos los millonarios, que se llama "Indian Express", donde le gusta fotografiarse con jóvenes bellas de todos los países. Bueno, basta. El compró la humildísima herencia del mahatma Gandhi. Claro, por supuesto, dijo que iba a donar esos efectos a un museo de su país. Pero esto no vale para explicar la máxima humillación hacia ese hombre que todos amamos en nuestra adolescencia: mahatma Gandhi, el ejemplo inmortal de la bondad y el renunciamiento a todo lujo. La obscenidad, la banalidad de un mundo que compra y vende todo. Mahatma
Gandhi, Vijay Mallys. El multimillonario compra las sandalias de Gandhi.
Roberto Arlt hubiera escrito un libro genial con este tema.
Llego a Buenos Aires y me vienen ecos de lo que había ocurrido en El Bolsón, una de esas regiones patagónicas que viví en mi juventud y que siento como si siguieran esperándome. A algunos kilómetros de allí me tocó, hace ya medio siglo, defender como periodista a un plantador de nogales que había sido atacado por los representantes de los latifundistas de la región, apoyados por la policía local, que destrozaron todos sus plantíos y lo pusieron preso. Por defenderlo, en mi periódico La Chispa, fui expulsado de esa región, donde yo vivía con mi mujer y mis cuatro hijos, por la Gendarmería nacional acusado de que yo conspiraba contra la seguridad.
Ahora había ocurrido algo parecido. Pese a que había pasado tanto tiempo de mi experiencia, volví a sentir la misma tristeza e impotencia. Siempre ganan los así llamados dueños. Recibí la información de Radio Nacional de Bariloche por su periodista, Leonardo Jalil. Y esto fue corroborado por la
delegación Río Negro del Instituto Nacional contra la Discriminación y la Xenofobia, el INADI. Donde se señala que entidades ambientalistas, vecinales y sociales de Bariloche organizaron una marcha hacia la entrada de la estancia Lago Escondido para reclamar el libre acceso a las costas públicas de ríos y lagos de la Patagonia y contra la extranjerización de la tierra.
Esa estancia es propiedad del acaudalado inglés Joe Lewis. Pero la caravana de vecinos, absolutamente pacífica, fue detenida unos kilómetros antes de llegar al lugar y expulsada violentamente por un grupo integrado por el intendente de El Bolsón, del Partido Provincial Rionegrino, por el administrador de la estancia Lago Escondido, Nicholas van Ditmar (que a su vez es un poderoso empresario de negocios inmobiliarios), por el concejal Miguel Angel Gotta y unas cien personas autodenominadas "Amigos de Joe Lewis", armadas con palos. El INADI los calificó como "una banda parapolicial". La situación fue muy violenta, ya que los autotitulados defensores de Lewis propinaron trompadas, empujones, palazos y amenazas de muerte a la gente, sin compadecerse de los niños y mujeres. Al periodista de Radio Nacional le arrebataron la cámara fotográfica y le abollaron el auto, al que trataron de volcar a pesar de que había niños adentro. A otro periodista le pegaron una trompada en el estómago cuando trataba de entrevistar al intendente Romera. La violencia fue en aumento mientras la policía de Río Negro establecía una especie de "zona liberada" y permitía que los vecinos fueran atacados con palos por los civiles, sin intervenir.
Los atacantes llevaban carteles que decían "Gracias Joe". La vocera de la estancia Lago Argentino, Dalila Pinacho, en un comunicado le echó la culpa a Pino Solanas, a la CTA de Neuquén y a Radio Nacional Bariloche como "autores ideológicos" de la manifestación de vecinos.
El grupo defensor del medio ambiente y de la libertad de acceso a ríos y lagos debió volver, golpeado y amenazado, a Bariloche. Un caso más en que la razón la tienen los dueños de la tierra y no aquellos que sostienen los derechos indiscutibles del acceso al paisaje y del cuidado de la naturaleza.
Esperemos que la Justicia esta vez intervenga para defender los derechos de los argentinos a su tierra.
Pero mi regreso a la Argentina me deparó también un buen momento. Me fue entregado el libro Baldosas por la Memoria, obra de los Barrios por la Memoria y Justicia, editada por el Instituto Espacio para la Memoria. Sí, baldosas. Los representantes de los barrios ponen baldosas en los veredas de las casas donde nacieron, vivieron, estudiaron o fueron secuestrados los miles de jóvenes desaparecidos durante la dictadura militar. Allí, en baldosas, se ponen sus nombres y la fecha de su desaparición. Estarán
presentes para siempre. Nadie podrá pasar por allí sin detenerse y pensar sobre el ideal de esos jóvenes y sus sueños. El libro consta del listado de los desaparecidos, barrio por barrio, sus biografías y sus retratos. Me detengo ante el retrato de Silvio Frondizi, profesor universitario y defensor de presos políticos, que fue secuestrado hace 32 años por las Tres A en el barrio de Almagro y luego asesinado en Ezeiza junto a su yerno Luis Angel Mendiburu. Un año y medio después de su asesinato, la dictadura militar ordenó allanar el domicilio de Silvio y destruir su biblioteca. Así comenzó la muerte a rondar por las calles de Buenos Aires. Al colocar la baldosa en Almagro, un vecino dijo: "Los vecinos de Almagro deseamos cambiar el sentido de las marcas de la muerte por las huellas de los pasos de la
vida".
Desde la última página del libro nos mira Eduardo Adolfo Tejedor, maestro de la escuela primaria de Cabrera 3482. También era trabajador social. Tenía 27 años y era amante de la música clásica, la pintura y, señalan los testigos, tenía una "pluma envidiable". Pero su mayor deseo era practicar el oficio de "enseñar-aprender". Fue secuestrado el 3 de mayo de 1978 por una partida del ejército y, desde entonces, está desaparecido.
Cierro el libro. En contratapa avanza una manifestación que lleva adelante un cartel: "Coordinadora Barrios por la Memoria y la Justicia". Un libro, igual que las baldosas, para iniciar una senda hacia el camino a una sociedad de la dignidad. Para lograrlo, la memoria, el no olvidar. La baldosa.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-121494-2009-03-14.html








EL RACISMO EN EL NUEVO MILENIO, UNA VISIÓN PERSONAL*




*Por Juan Carlos Castrillón. castrillon67@yahoo.com.mx


No podemos percibir ninguna diferencia sustancial
frente a la naturaleza y frente a la muerte,
nos vemos obligados a decir que hay sólo
una especie humana.

Robert Antelme



Hoy, a nueve años de iniciados el nuevo siglo y el nuevo milenio, afirmar irrevocablemente que el racismo y cualquier otro tipo de prejuicio discriminatorio (sea social, cultural, de género, económico, etc.) es una de las peores taras de nuestro espíritu, una estupidez y un crimen contra los derechos humanos, se hace ―aunque debería ser bastante obvio―, urgente y necesario, una vez más.
El siglo XX, con sus guerras interminables, sus masacres anunciadas, sus desorbitadas injusticias, su mortífera devastación de la naturaleza producto de la infinita codicia de unos cuantos, y la lucha eterna de otros por mejores condiciones de vida, es un ejemplo horrible de lo que pueden ocasionar este tipo de “pensamientos” supremacistas, que por lo regular son parte de ideologías fascistas y de extrema derecha. Baste sólo mencionar como indignante ejemplo los nombres de algunos tristemente célebres dictadores, famosos en el mundo entero por sus violentos crímenes de lesa humanidad: Hitler, Mussolini, Franco y Pinochet, entre otros.
Después de los campos de concentración y de los gulags; de la segregación, las bombas nucleares y el alambre de púas; después de la esclavitud, los linchamientos y el movimiento a nivel mundial por los derechos civiles, después de enormes pintores como Picasso, Gauguin o Siqueiros y Rivera; músicos geniales como Charles Mingus, Duke Ellington o John Lennon; después de Ana Frank y de Primo Levi, ambos entrañables cronistas del infierno del totalitarismo; después de poetas y novelistas tan grandes como Aimé Ceasaire y Nicolás Guillén, o James Baldwin y el premio Nobel nigeriano Woyle Soyinka; y aún después de luchadores universales como Ghandi, Martin Luther King, Malcom X y Nelson Mandela, todavía subsisten grupos descaradamente racistas. Esto es peligrosamente estúpido y ridículo.
La ciencias, la biología, la antropología, la genética, la psiquiatría nos han ido aclarando y enseñando que ninguna de estas ideas tiene un sustento serio, más que el miedo irracional y la Ignorancia , así con mayúsculas. El psiquiatra argelino, Franz Fanon, en sus escritos sobre el colonialismo, analizaba al sentimiento racista como parte de un profundo complejo de inferioridad. Yo ―como me siento menos frente a los demás, alejado por algún problema mental, conocido como alienación― para combatir mi malestar busco a alguien a quien pueda menospreciar, usando cualquier tipo de pretexto pueril como el dinero, el color de la piel o la posición social, y así al hacer sentir menos al otro, yo me contemplo superior aunque sea por un momento.
Caer en este atrasadísimo mecanismo mental es de lo más sencillo. En nuestro país, a pesar de ser una nación netamente mestiza ―esto quiere decir mezclada― persiste una “cultura” (o mejor dicho una falta de cultura) de hacer menosprecio de los indígenas originarios de aquí mismo y antepasados nuestros. Es reprobable y corregible escuchar como el adjetivo “indio” es utilizado para hacer burla o desprestigiar a alguien por numerosos jóvenes en la calle. Es muy probable que estos muchachos ignoren que el termino “indio” es producto de una confusión de Cristóbal Colón, que al pisar estas tierras creyó haber llegado a la India.
Tampoco creo que sepan que en México resisten más de 60 etnias con costumbres, lenguas y conocimientos fascinantes, entre otras: nahuas, tzeltales, tzotziles, seris, mayos, huicholes, otomíes, popolucas, tarahumaras, mazahuas, purépechas...; o que conozcan los mitos mayas o los poemas de Nezahualcóyotl. Tal vez si volvieran la vista hacia su propio interior y miraran su parte más profunda, lograrían distinguir algo aún ardiendo entre sus venas. Tal vez el descubrir su rico pasado de mexicanos les ayudaría a entender su pobre presente sin casi identidad.
Por eso hoy, a siete larguísimos años de iniciado este nuevo milenio, yo les urgiría a las nuevas generaciones a exiliar para siempre en un pasado cada vez más lejano cualquier tipo de ideología discriminatoria o supremacista. Ya que desgraciadamente aún subsiste el dañino virus del pensamiento, ese cancer espiritual conocido simplemente como racismo. Quiero terminar éste escrito con las palabras de el poeta Francès de origen judio Edmond Jabés: pues el racismo no es sino expresión repetida de la negaciòn del hombre, de todo hombre en su riqueza y en su infinita pobreza.

¡Sólo existe una especie humana! Busca información. No dejes que te idioticen.
¡No al racismo!


*Por el colectivo La Decena Trágica.
-Contacto: ladecenatragica@yahoo.com.mx







Un trono para el pan*



El apabullante azul del cielo

quedo atrás.

El viento sur traía, a horcajadas,

los distintos grises

de las nubes cargadas de agua.


La tierra sedienta y dura esperaba.

En su vientre, las semillas,

negaban el brote.


El rugido de un trueno

anunció la lluvia.

Se abrieron las compuertas

y el torrente llega por fin.


Los surcos se empaparon golosos.

Ya vendrán los días de parir verdes.

Llegará el amarillear de granos.

Y el mantel será, trono para el pan.



*De Elsa. elsahuf@yahoo.com.ar







*


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jueves, marzo 12, 2009

¿CREES QUE HAY VIDA FUERA DEL HORMIGUERO?



*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.

Eso era lo que él creía...*



Con su mochila cargada de preguntas, viajaba en un tren antiguo. Sus largas vías estaban oxidadas por el paso del tiempo y de tanto esperar.
En su mirada, de un gris profundo, se visualizaba el borde puntiagudo de la nostalgia. En la búsqueda del tiempo perdido, el boleto que había comprado tenía el perfil sombreado de su papá. Estaba confundido, no podía distinguir entre el pasado y el presente. El futuro le hacía una mueca de desgano, ya que no le revelaba demasiados proyectos interesantes.
Eso era lo que él creía.
Se movía por la rutina de los horarios rígidos y horóscopos desanimados. No podía darse cuenta que sólo era un episodio más de cualquier cuaderno borrador escrito en lápiz, muy fácil de anular.
La delgada línea entre la fantasía y realidad, se transformaba en un peso agotador por la carga de afectos contenidos.
La inseguridad de no poder expresar lo que sentía, deseaba, ambicionaba, se le venía viento en contra.
Eso era lo que él creía.



*De Nora Azul del Rosario Akimenco azulaki@hotmail.com






¿CREES QUE HAY VIDA FUERA DEL HORMIGUERO?






Hormigas*


Dos hormigas obreras de cabeza negra y fuertes tenazas conversaban dentro del hormiguero mientras iban amontonando en aquella sala-almacén los víveres que traían las compañeras. Nunca habían salido del hormiguero y, en su ignorancia, elucubraban sobre el exterior.

- ¿Crees que hay vida fuera del hormiguero?
- Por supuesto que no. Somos las únicas habitantes de la tierra.
- ¿Tu crees? Ten en cuenta que el exterior es inmenso según me han dicho.
- Si, pero no hay nadie ahí fuera, únicamente simientes y no siempre.
- Es verdad, pero no pierdo la esperanza de conocerlo algún día.
- A mí no me interesa en absoluto, aquí estamos calentitas y con comida ¿Qué más se puede pedir?
- Me gustaría tanto poder ver si hay alguna criatura más.
- ¡Qué va a haber! ¿No ves que eso es imposible?
- Pues no sabes lo que daría por salir aunque fuera un ratito.
Enfrascadas en la discusión no se dieron cuenta de la presencia del oso hormiguero que con su larga lengua las sacó a pasear un instante.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es








Poema 3*



Y la mosca vuela,
y huye, y se esconde luchando por su vida.
Y casi te parece inteligente su último movimiento.
Y la cucaracha, y las pulgas pican tratando de sobrevivir.
Y todas las alimañas de la tierra tampoco quieren morir.
Y el hombre lucha por su vida, y se cae muchas veces, y muchas veces se
levanta.
Y se arrastra llorando.
Y la inmundicia le mancha las sienes.
Y es pisoteado por escuadrones de la muerte.
Y se trata de enflaquecer su espíritu por todos los medios.
Y se le insulta y se le echa a patadas a la calle.
Y se le golpea, se le espanta fácilmente con gases lacrimógenos,
y se le roba y se le encarcela,
y se le traiciona y se le engaña.
Y el hombre a veces se rebela
y con la llama de su turbia sangre incendia al mundo
buscando la justicia.
Te hablo a ti hombre,
vil cobarde.
Si te dices hombre,
combate.
No permitas que la máquina
que controla todo
inunde de conformismo tu escarnio corazón.



*de Juan Carlos Castrillón Soto. castrillon67@yahoo.com.mx
-De la obra "Blues de Amor y Odio para Cantar Algún Día"






CON RELACION A EPISODIOS PSICOTICOS
Familias gravemente perturbadas*



La autora se refiere a familias cuya organización sostiene los síntomas psicóticos de uno de sus integrantes.


Por María Rosa Glasserman *



* Julia grita desgarradoramente: "¡Me quiero matar! ¡Mi vida no tiene sentido!". Hasta hace un momento hablaba de otra cosa y reía. "¡Quiero quedarme acá!" (alude a la clínica de internación). "Esta es mi verdadera casa. ¡No le importo a mi familia!"
En el último anuncio de Julia de querer matarse, el padre le pegó y el hermano le sugirió ir juntos a las vías del tren, donde él, "para asustarla", se puso en el medio. Ella terminó internada. Después de dos
meses se reinsertó en su hogar y, por más que el equipo los asesoró, la familia depositó el cuidado de Julia en las acompañantes terapéuticas. A los quince días hizo otro intento de suicidio y hubo que reinternarla.
* Federico tiene ideas obsesivas, padece según los psiquiatras de un T.O.C. (trastorno obsesivo compulsivo). La madre dice que es evidente que él empeoró con el casamiento. Lo que antes era "muy leve" se intensificó a partir de la boda. Según él, sus síntomas aparecen o se agudizan cuando se siente tironeado entre su madre y su mujer. Por eso lo designo Túpac Amaru, por el peligro de quedar destrozado en el tironeo. Su mujer quiere que se muden lejos de la influencia de la familia de origen de él y cerca de la suya, y la madre de Federico manifiesta que "sería bárbaro, pero, ¿en qué otro trabajo le tendrían la consideración que le tengo yo cuando le aparecen las ideas que lo obsesionan?".
* Juan, de once años, grita desaforadamente y ataca a su madre, mientras su padre dice sentirse "defendido" por su hijo y enuncia frente a eso: "Paso por sensaciones distintas, situaciones de placer y de displacer. Es alguien que lo defiende a uno, en una discusión de dos, es alguien que inclina la balanza en mi favor. Eso me da placer. Y displacer, porque luego esto genera mayor agresividad de la madre hacia mí. Lo que pudo haber sido por segundos placentero se termina convirtiendo en minutos de displacer".
Ambos padres dicen que Juan padece de problemas de orden emocional, social, de aprendizaje y familiar. Nadie habla en sesión abiertamente de que este padre, desde hace muchos años, tiene una doble vida en una ciudad chica y que la madre quiere divorciarse y no se anima porque le teme, ya que fue
amenazada por él con matarla y matarse luego.
* Martín, de 26 años, estuvo ocho años tirado en una cama hablando de muerte, sin bañarse, sexualmente impotente, quemándose con cigarrillos, con una depresión medicada y psicoanalizándose con el hijo del analista de su madre. El pedía que lo sacaran de ese tratamiento porque sentía que no le servía y había visto a su analista dormido en sesión, mientras la madre alegaba que estos tratamientos llevan tiempo y que hay que tener paciencia.
A este cuadro lo complicaba la presencia, casi permanente, de un "vidente" que era consultado por los padres y "limpiaría" la casa con yuyos. El vidente le había sugerido al padre emprender un viaje a Nueva Zelanda donde, en determinada fecha, debía pararse bajo una estrella o constelación determinada, cosa que el padre cumplió con el aval familiar. Este padre se pasaba las noches matando babosas en el jardín, en un insomnio melancólico que Martín detectaba y acompañaba.
Después de dos años de una nueva psicoterapia y ya sin medicación, Martín, un día, "le contesta mal" a su hermano de 18 años, que está apurado por usar la computadora. La secuencia es la siguiente: mientras Martín está trabajando en la computadora, su hermano menor lo empieza a apurar para que se la entregue para recoger su correo. Como Martín se demora, su hermano le pega hasta hacerle sangrar la boca. Martín se asusta mucho, quiere devolverle el golpe al hermano, que corre a encerrarse en el cuarto de sus padres con ellos y su otro hermano.
Queda "el loco" de un lado y los "sanos" del otro. Esta conformación hace que los padres pidan una entrevista, a fin de que yo sepa que Martín debe irse de la casa para que los demás no corran peligro. Esto se plantea justo cuando faltan pocos meses para la independencia económica de Martín gracias
a un emprendimiento propio. Además tiene una novia, está mejor sexualmente y está sin medicación desde hace un año.
Todos estos ejemplos muestran claramente la importancia del contexto familiar en los pacientes graves y nos conducen a pensar más en familias con pacientes gravemente perturbados que en sujetos aislados. Aunque para todo sujeto el contexto familiar es importante, en estos casos aun el delirio que parece más incoherente cobra significación cuando el sujeto es observado con su familia.
¿Cuándo se podrá "internar" a las familias enteras y no aislar a Julia, Martín, Federico, Juan y otros que se "calman" en las internaciones, al ser separados de sus familias?; mientras tanto, la familia se alivia y reacomoda. ¿Podrán estos pacientes tener otro destino que no sea la exclusión del seno familiar? ¿Podrán estas familias hacer los cambios necesarios para contener y cobijar a estos seres perturbados de alguna otra manera que no sea la que les es habitual?
Este es nuestro desafío máximo. Altamente complejo, ya que el camino conocido -la repetición de viejas pautas de relación- suele ser más tolerable que la incertidumbre. Sin duda, estas familias sufren cuando albergan en su seno a personas con un intenso padecimiento, pero es muy difícil que hagan una lectura de corresponsabilidad. Antes de sentirse involucrados en las conductas del paciente, tienden a depositar en él la causa que los hace sufrir. Sin embargo, cuando hay un caso con un diagnóstico psiquiátrico, la organización familiar anterior al episodio psicótico, durante el mismo y muchas veces después, en el caso de no haber recibido ayuda, tiene las características sostenedoras del o de los síntomas. Es a esas familias a las que denominamos: familias gravemente perturbadas.
Hemos encontrado que el abordaje terapéutico indicado para este tipo de familias es un dispositivo clínico. Para el concepto de dispositivo me baso en Michel Foucault cuando dice que: 1) dispositivo es la red de relaciones que se establece entre elementos heterogéneos como los discursos, las instituciones, lo dicho y lo no dicho; 2) el dispositivo establece el nexo que puede existir entre estos elementos heterogéneos; 3) se trata de una formación que en un momento debió responder a una urgencia; 4) el
dispositivo, una vez constituido, permanece en la medida que tiene lugar un proceso de sobredeterminación funcional: cada efecto negativo o positivo, querido o no querido, entra en resonancia o contradicción con los otros y exige un reajuste. El dispositivo clínico incluye la red de relaciones que
se establecen, con ciertas normas que se instituyen en su co-construcción.
Entre los miembros del dispositivo clínico debe haber claridad relacional, cada uno de ellos debe circunscribir su área y alguien debe conducir y centralizar la información. Cuando esto no sucede, la incidencia es negativa y dificulta el progreso en los tratamientos de casos graves.
Cuando se trata a familias graves, el dispositivo clínico suele constar de terapeuta individual, terapeuta medicador y terapeuta familiar. En algunas ocasiones estas funciones se superponen, dependiendo de la singularidad del caso. El terapeuta familiar puede ser también el terapeuta individual, o en otros casos el psiquiatra medicador, con formación en psicoterapia, puede cumplir las funciones de terapeuta individual, aunque esto último no siempre es aconsejable, por ser de distinta índole las tareas de administrar la medicación de la del diálogo terapéutico.
Este dispositivo puede requerir de otros integrantes: acompañantes terapéuticos, médicos de otras especialidades, psicopedagogos, relación con las clínicas de internación u hospitales de día. Todos ellos formarán parte de la red y sus relaciones.
En cuanto al funcionamiento de este equipo, debe quedar claro que no es "igual" a la familia, aunque frecuentemente padezca de juegos "como" los de la familia, que pueden mantener o detener desarrollos de los miembros de ésta. Es por eso que es necesario que en el equipo, al igual que en la familia, se pueda crear un contexto de diálogo. Esto ocurre cuando se suspenden las certezas absolutas y cuando cada uno de los participantes facilita un espacio de escucha a los otros, situación ideal para empezar a cuestionar y cuestionarse. Cuando los equipos están afiatados es posible la suspensión de dichas certezas creadas por profesionales que suponen tener cierta "verdad", lo cual no quiere decir que no haya que tener reglas para abordar estos casos.
De hecho, las familias que consultan en estas circunstancias asisten desgastadas, muchas veces como producto de largos sufrimientos, con miembros familiares divididos, que atribuyen al paciente identificado el mote de "malo" o "loco", con frecuentes fantasías de que la solución es el aislamiento (internaciones, viajes, otras casas). En ese sentido, hay que estar alerta a la aparición eventual de síntomas en los equipos tratantes, como la exclusión de algún profesional, la falta de diálogo entre ellos, la invasión de funciones que corresponden a otro.


*Extractado de Familias gravemente perturbadas. Una clínica sin clausuras, de reciente aparición (Lugar Editorial).


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-121351-2009-03-12.html






FAMILIAS ENLOQUECEDORAS
"No sé qué hacer..."



*Por M. R. G.

Es posible sistematizar una serie de características que se repiten y dan cuenta de lo que acontece con las familias gravemente perturbadas.
Coaliciones transgeneracionales: Sabemos que una alianza es la unión de dos sujetos con un interés común, mientras que la coalición implica la unión contra un tercero. En el caso de estas familias, el agravante consiste en que la coalición suele saltear una generación. Por ejemplo, la unión de una
madre con su propia madre en contra del marido, o de una hija con su padre, en contra de la esposa-madre, y así muchas otras posibles combinaciones.
Esto suele ser parte de secuencias donde se juegan situaciones más complejas. Ejemplo de esto es el caso de Juan, cuyo padre "siente placer" cuando su hijo ataca a su esposa, aunque esta situación se le vuelve en contra, ya que luego su mujer se enfurece con él.
Mal manejo del estrés familiar: Algunas veces, los síntomas psicóticos aparecen por vez primera frente a una situación estresante para algunos o todos los miembros de la familia. Así es como Julia comienza con síntomas a los cinco años, cuando su madre pierde un embarazo avanzado y regresa del sanatorio sin el hijo esperado. La madre, muy deprimida, se encierra en su dormitorio; la abuela paterna no deja pasar a Julia y, cuando pide ver a su madre, la castiga físicamente.
Endogamia. A Julia le costó mucho compartir en sesión la preocupación que tenía por su tío (hermano del padre), que estaba padeciendo una depresión severa. Su padre le había dicho que no lo hablara en la terapia, ya que eso, como otros temas, son "privativos de la familia". Esto aparece como una paradoja, ya que se trata de una familia que tiene abierta la puerta del dormitorio conyugal con el canal Venus en la TV. Como se observa aquí, la demarcación entre lo privado y lo público es confusa, ya que se intenta
preservar una supuesta "intimidad" que en realidad no existe.
Oscilación entre límites excesivos o inexistentes: Julia es incorporada e informada de situaciones familiares, económicas, hasta de situaciones de la sexualidad de la pareja parental (inexistencia de límites subsistémicos) al mismo tiempo que es expulsada de informaciones en las que ella podría y
debería incluirse y opinar (límite subsistémico rígido). Ejemplo de ello es la programación de viajes familiares que no se le informan aunque esté incluida y de los que ella se entera a través de otros.
Modo comunicativo doble vincular: Algunas de estas familias se caracterizan por vivir en un estilo de comunicación doble vincular. Este modo de comunicación, descripto en los albores de la terapia familiar, se fue complejizando con la experiencia clínica y con nuevas investigaciones, ya que en las primeras descripciones se hacía hincapié en el vínculo madre-hijo, sin incluir a los otros miembros de la familia, especialmente al padre.
Los elementos principales de una situación de doble vínculo son: 1) dos o más personas, en las que una será denominada "la víctima"; 2) experiencia repetida: se supone que es un tema recurrente en la experiencia de la víctima; 3) una instrucción negativa primaria que puede tomar una de dos maneras: "No hagas eso porque te castigaré" o "Si no lo haces, te castigaré"; 4) una instrucción secundaria que contradice a la primera en un nivel más abstracto y, como la primera, está reforzada por castigos o señales que ponen en peligro la supervivencia; esta instrucción secundaria se comunica al niño, en principio, de modo no verbal; 5) una instrucción negativa terciaria que prohíbe a la víctima escapar del campo; 6) cuando la víctima ha aprendido a percibir su universo en patrones doble vinculares, cualquier
parte de la secuencia puede desencadenar rabia o pánico.
Podríamos incluir ejemplos clínicos pero, siguiendo con el análisis de Bateson y colaboradores, elegimos un ejemplo paradigmático. Se trata de un esquizofrénico y su madre. El joven, que estaba internado y recuperándose bastante bien, recibió la visita de su madre. Se alegró de verla e impulsivamente la abrazó, ante lo cual ella se puso tensa. El joven, percibiendo esto, retiró los brazos y ella le preguntó: "¿Ya no me quieres?".
El paciente se sonrojó y la madre le dijo: "Querido, no debes avergonzarte con tanta facilidad ni temer tus propios sentimientos". El paciente sólo pudo permanecer con ella por poco tiempo más, y luego de su partida atacó a un miembro del hospital y hubo que recurrir a la contención física.
La imposibilidad de salir de ese circuito cerrado en el que un nivel comunicacional (analógico: en el nivel del cuerpo) desmiente al otro (digital: en el nivel de la palabra) conduce a situaciones de violencia. La
salida en este tipo de situaciones es metacomunicar. En este caso el paciente podría haber dicho: "Mamá, no es que me avergüenzo, lo que me pasa es que no sé qué hacer, ya que, cuando te abracé, vos te alejaste". Cuando se da este tipo de respuesta, el sujeto no queda atrapado en un doble vínculo.
La pareja parental en casos graves: Habitualmente se dice que todo hijo sintomático tiene atrás una pareja de padres con problemas, mientras se agrega que no toda pareja con problemas tiene hijos sintomáticos. La diferencia fundamental es que los padres que tienen hijos sintomáticos suelen involucrarlos en sus problemas, por ejemplo coaligándose con el hijo en contra del otro progenitor. Así se generan juegos relacionales complejos donde el hijo con problemas tiende a quedar altamente involucrado en la pareja.
Otra característica de estos padres es que, a pesar de los problemas de la pareja conyugal, una vez que el hijo enferma se unen parentalmente para ayudarlo. Estas parejas conyugales suelen tener poco vínculo sexual, atribuyendo esta dificultad, especialmente las mujeres, al problema que tienen con el hijo: "No puedo tener sexo, estoy demasiado angustiada".
Mara Selvini Palazzoli (Los juegos psicóticos en la familia, ed. Paidós, 1990), al recortar los pasos previos a la eclosión del fenómeno psicótico en un hijo, se refiere al "impasse" de la pareja y a lo que ella llama "error epistemológico" de ese hijo, quien vislumbra una víctima y un victimario y decide, a través de su comportamiento, enseñar a la supuesta víctima a reaccionar.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/121351-38694-2009-03-12.html







EL REGRESO DEL FUEGO*



San Antonio de las Invernadas ya no existe.
Tampoco "el oro de los tigres", ni el cedazo del tiempo
Ni el niño
No se elige el exilio, llega.
Como llega la peste, las hordas de langostas,
El rayo que devora
Ha soñado en sepia, en azul, en sangre,
con las verdes colinas del regreso.
Ahora vuelve del exilio y encuentra otro.
Otro pero el mismo.
La flor del aire no es poética mentira.
Tampoco Tomás de Torquemada, que escondido,
en cada pirca acecha.
El miedo se adhiere a los huesos de los cerros desnudos.
¿De donde ha de venir la cerbatana?
¿Quién elevará la cruz la bandera la espada?
¿Quién borrara la sangre que aun tiñe las antiguas lomadas?
Sordos soliloquios en las rocas.
¿Quo vadis Dominé?
A mi patria, a hacerme crucificar de nuevo.


Vuelve, como el río de Heraclito, vuelve.
Lo espera el sol del Inca.
Trae el movimiento de los cuatro vientos y la quietud del pájaro dormido.


Intacta la pasión y el fuego.
No hay fuegos sin cenizas.
No hay cenizas sin fuego.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Chilaquiles*



La ciudad de los dioses ardió.


Incluso dios mismo ha conocido la muerte,
Gracias a los mortales,
Más de una vez.


Tantos idiomas, lenguajes, señales.


Mudamos tan apresurados de parecer
Que ningún dios ha sabido bien a bien
Lo que la humanidad sigue buscando.


Algunas veces uno que otro dios
Se ha atrevido a escuchar y ayudar:
En ocasiones lo hacía en algún idioma,
Otras veces escuchaba a alguien
Que le daba otro nombre, en otro lugar.


Si las cosas no han salido
Hasta el momento del todo bien,
Es debido a errores de traducción.
Paraíso se dice de otra manera
En otra parte y en otro lenguaje;
Lo mismo para serpiente
Y ya ni se diga de alguna oración.


Ningún dios ha creado algo
Nombrándole en algún idioma.
Pero lo que todo dios comprende
Es cuando decimos que
a + (-a) = 0
ó que
(a) (1/a) = 1
(para todo a, elemento de los reales)


Cuando alguien escuchó decir
"Dejad que vengan a mí"
Lo que en verdad se dijo
En aquella ocasión fue:
?i k ai, ai+1,., ak-1, ak


Habremos de elevar,
Por lo tanto,
Nuestras plegarias
Según la teoría de conjuntos;
Y cuando un verdadero milagro se requiera,
Tendremos que pedirlo
Utilizando alguna ecuación diferencial.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com









HABIA UNA VEZ*




a mi hermana, quien me contó

los más hermosos
cuentos

que escuché

los más
hermosos...



Cuando era niña
me contaban un cuento
que decía:
"Había una señora chiquitina
que vivía en una
casita chiquitina de un barrio
chiquitín.
Un día la señora chiquitina
despertó en su camita chiquitina
y tuvo un pensamiento
chiquitín..."


Así seguía
de pequeñez en pequeñez
hasta el final
pequeño
y siempre me provocaba
una tristeza enorme el cuento.
Después, gracias a Dios,
hubo otras historias
como la de Don Quijote
en cuyo corazón tan grande
cabían todos
absolutamente todos
los molinos del mundo
dando vueltas
o como la del gigante aquél
de Nazim Hikmet
quien comprendió que su amor
tan grande
jamás cabría en casitas pequeñas.



*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com





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