Sunday, May 11, 2014

LA CARNE PRECISA DE TODOS LOS MILAGROS...

 
*Obra de Claudia Marting.
Rosario. Argentina.
 
 
 
 
 
 
 
 
“SAUDADES” *
 
 
“La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener”
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ.
 
 
 
Turbulenta. Marginada. Singular.
Así, te extraño.
Siento el vértigo en el exacto punto del hastío.
Un irrefrenable deseo de dejarme caer.
Primitiva. Hedonista. Irracional. Febril.
Parir amores sin pecado original.
Tiemblo de frío y nostalgia, corazón.
Un tazón de leche. Un fogón. Zapatos. Busco.
Virgen peregrina de los desarraigos.
¿Casualidad es el nombre del pájaro posado en mi boca?
No. No lo creo. No.
Las campanas no suenan porque si.
Los tabúes no se visten de gala porque si.
La turbulencia del deseo. ¿Se esconde porque si?
Aquí y ahora. Oscura. Desarmada y desnuda.
Así me quiero. Sin toga ni corpiño.
Así, puramente cubierta, mi osamenta.
Es necesario no despojarse del espejo.
Basta elevar la copa del destierro y beberla; de un trago.
La vida es un juego con reglas. Imposible, infligirlas.
Pero el barro es una tentación que no decae.
Empujar el cuerpo hasta el límite.
No. No me muero de frío, aunque tirite.
Muero, de tanto extrañarme, corazón.
 
 
*De Amelia Arellanoamelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
LA CARNE PRECISA DE TODOS LOS MILAGROS…
 
 
 
 
El ánimo y sus estados*
 
 
Un dolor inenarrable que se escapa a cualquier intento de  donarle un sentido, tan opaco, tan mudo, tan cerrado, tan intenso como una tortura. Macizo y duro, sin tiempo, casi como la representación de la muerte, peor, porque la muerte es piadosa en su anestesia. No puede durar mucho porque es imposible soportarlo…
Se va casi lentamente y se descubre la vida no una abstracción, haberlo perdido todo y recobrarlo, el placer de la voz que suena y el cuarto propio se habita y hay un libro, un café, la calma de acostarnos a leer fuera del frío.
 
 
*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
 
 
 
 
 
Cuando llorás los ojos se te ponen más verdes*
 
 
 
a veces veo llorar a la mujer embarazada
 
está envuelta en papel de oruga
 
se toca la panza
 
yo me toco la panza,
 
cuando la veo
 
me palpo
 
entierro los dedos
 
me encuentro
 
 
                                                pequeña niña oculta
 
                                                          tras la falda de mi madre.
 
 
 
*De Lila Biscia.
 
 
 
 
 
 
*
 
 
uno quisiera tomar la brizna de pasto
apoyarla en la lengua
sentir el dolor de la tierra
el sabor de los caballos
la antigua temperatura de la mujer que ha sido madre
el prehistórico aire
de los primeros caldos
donde allí la vida
donde allí el silencio
masticar la brizna hasta deshacerle los humores
del imaginario universal
portar los nombres involuntarios de las cosas
sentir en la vejiga el rumiar de los peces
tocar de pronto una mano hecha de amapolas
torcer avariciosamente el hocico humano
ladrar con alegría
la rueda de un automóvil que atraviesa la ciudad/
 
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
ESCARCHA DE LUNA*
 
 
“Mientras avanzábamos raudamente, veía que el campo giraba como un enorme disco iluminado bajo la luna llena, plateado por la escarcha…”
 
 
 
Mamá me entregó un bolso con la ropa y otras cosas y me acompañó hasta el portoncito batiente de la entrada.
El portillo estaba flanqueado por los dos altos y lozanos cipreses, que semejaban un poco, a dos verdes, gigantescas, y estilizadas espigas; que montaban guardia permanente, vigilantes y quietos, rodeados por un florido conjunto de plantas y plantitas del jardincito del frente. En él resaltaban profusas las enhiestas y copetudas crestas de gallo, de flores verrugosas y aterciopeladas de un furioso color carmín.
El camión azul deslucido de mi tío estaba en marcha y él aguardaba en el volante a que el motor se calentara. Yo le di un beso a mamá y corrí dando un rodeo para subir por el otro lado.
Se terminaba la tarde y comenzó a refrescar de golpe.
El sol, como un disco gigante color naranja pálido, bajaba sobre la quinta de naranjos que daba al oeste, y el cielo se había pintado del granate al rojo intenso; mientras algunas pequeñas nubes amarillentas y oscurecidas se recortaban con ribetes iridiscentes, como ovejas deformes pastando en un campo en llamas.
-Mañana va a helar- dijo mamá, despidiéndose, mientras nos poníamos en marcha.
Me sentí en la gloria.- Un vaho tibio se respiraba dentro de la cabina, emanado por el motor; tenía aromas de aceites cálidos y tan tenues que eran como un perfume metálico, agradable y reconfortante. Además, iniciar este viaje con mi tío era para mí un sueño.
Cruzamos el pueblo, el puente y la ciudad vecina, ambas aún con calles de tierra, y salimos a la ruta, también de tierra.
Enseguida cayó la noche y la oscuridad fue cercándonos. Los faros del camión iluminaban temblorosamente una porción no muy grande delante y un poco a los costados del camino, bañando escasamente de amarillo una pequeña mancha dentro de la inmensa noche cerrada.
Mientras, el ronroneo del motor iba quedando atrás con el camino recorrido; dejando a su paso un eco debilitado que rebotaba en los costados irregulares y nos iba persiguiendo junto con la noche.
Pese a la dicha que sentía, me fui durmiendo sin darme cuenta, acunado por el vibrar suave y parejo, y el regular sonido de la marcha que nos envolvía…
Hicimos así la mitad del camino. Me desperté al sentir que el camión disminuía la velocidad hasta casi detenerse y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles al cruzar las vías del tren. Un poco más allá mi tío se estacionó ante una casa o un tipo de negocio que daba a la calle.
Luego vi que tenía un alero pequeño que sobresalía sobre un surtidor de nafta, de los de aquella vez, altos, con un remate redondo como un caramelo, o una almeja, y una gran palanca con la que bombeaban el combustible.
Por la puerta abierta y por la ventana salía una larga porción de luz que daba un farol muy potente que se conocía como “sol de noche”; y blanca y luminosa cruzaba la calle y alumbraba la garita del guardabarreras del ferrocarril cerca de la vía. Sentí voces, y vi pasar gente en la ventana, e incluso algún chico jugando, quizás más adentro.
Mientras esperaba a mi tío, y terminaba de despertarme, pensaba en esa casa y en esa gente, que en verdad no conocía, ni conocía el lugar, y en realidad tampoco sabía mucho sobre en qué parte del camino estábamos, y hasta pensé que, tal vez habríamos llegado.
¿Cómo sería la casa de mi tío? A mis escasos nueve años era la primera vez que iba. Cada tanto mis primos venían a casa, ya que el negocio se proveía con estos viajes que eran frecuentes, y este coincidió justo con la feria escolar de invierno, así yo al fin puede colarme.
Mi tío volvió y el motor ronroneó de nuevo…
Ahí fue cuando me informé que estábamos a mitad de camino, de modo que enseguida reanudamos la marcha.
De cuando en cuando él encendía un cigarrillo, lo ponía en la boquilla y fumaba quedamente. Las caprichosas espiras de humo azul, como danzantes arabescos, alcanzaban a cautivarme antes de desvanecerse en el interior de la cabina. Cuando terminaba de consumir el cigarrillo, solía mantener la boquilla vacía largo rato entre los labios, y así la sostenía, incorporada y firme, casi todo el tiempo. Decía que era un buen truco para fumar menos.
Yo lo veía recortado contra la penumbra exterior, junto con el resto oscuro de la cabina, donde apenas brillaba tenuemente una pequeña luz en el tablero, casi espartano, propio de los modelos de entonces, de antes de- mediados de siglo. Lo veía pensativo y al mismo tiempo tan sereno, que me cohibía molestarlo o interrumpirlo en sus cavilaciones; hasta que él mismo vio que yo estaba despierto y abrió el fuego con una gran sonrisa, y con un gesto cariñoso soltó el volante y con la mano derecha me revolvió el cabello…
Charlamos larga y despaciosamente, mientras el camión devoraba raudamente buenos tramos del camino.
En realidad hacía apenas cuatro años que se habían asentado en aquella colonia casi virgen, de grandes campos, montes y bañados. También otros colonos habían hecho lo mismo por aquel entonces y se formó una población considerable, además les estaba yendo bastante bien a todos, así que mi tío estaba agrandando sus negocios, y aparte de vender y fletear mercaderías y comestibles, vendía insumos para el campo y estaba iniciando el acopio de cereales y ahora también algodón que estaban comenzando a sembrar como una novedad en aquella latitud agrícola.
Por largos ratos quedábamos en silencio, ensimismados cada uno en sus cosas. Yo mismo trataba de imaginarme cómo sería todo lo que me esperaba, lo que aún no conocía, e iba quedando cada vez más cerca.
De reojo veía que mi tío de cuando en cuando tarareaba una canción en voz tan baja que casi no estaba seguro que estuviera cantando.
Además la soledad de tremendos contornos me intimidaba por momentos. Ahora cruzábamos cerrados e interminables montes que reconocía a nuestros costados y escondidos arroyos que se reflejaban entre la negrura, y la luz de una luna que nacía frente a nosotros.
Pero tenía mucha confianza en él, mi tío era también mi padrino y lo veía como a un héroe, un verdadero paladín. Lo que no estaba al alcance de mi padre, él lo haría accesible, sin dudas, porque sabía que me quería bien.
Mi padre y él tuvieron suertes diferentes. Mi padre vino de Italia de niño y la vida lo trató muy duro. Desde pequeño tuvo que trabajar como único sostén, ya que quedaron huérfanos de padre recién llegados de Europa, y apenas nacidos los hermanitos más chicos. Mi tío era el más joven y accedió a todo más fácilmente, un poco quizás por ser el menor.
Estábamos llegando. Doblamos el último tramo. Se había alzado la luna, grande y ovalada. La teníamos ahora a la derecha y me permitía ver los grandes campos que pasaban corriendo, más fuerte acá cerca, y los grupos de árboles y casas más lejanas apenas se iban moviendo. Parecía que todo girara como en un plato gigantesco, teniendo como eje la luna, mientras bañaba todo con su luz pálida y platinada.
La casa se me apareció entre una extensa arboleda de variados tamaños, negra a trasluz, donde se recortaban altas grevilleas y pinos; y los techos metálicos se reflejaron fríos y blanquecinos por la escarcha recién caída y la luz de la luna.
Lo demás estaba en tinieblas, pero enseguida hubo linternas y luz en la cocina, y un par de perros alegres que aullaron y corrieron atropelladamente a saludarnos, antes aún que los demás de la casa.
Así llegué aquella primera vez a aquel lugar, que tanto significaría para mi de ahí en más, especialmente en el transcurso de mi niñez.-
 
 
*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda. Santa Fe
 
 
 
 
 
 
 
 
Boceto de incertidumbres*
 
 
 
Me despertó una lluvia breve,
indecisa. Apenas agasajó la noche.
 
También mi vigilia fue breve
pero alcanzó para recordar
las ausentes presencias.
El latido en mis sienes
fue un tambor líquido
que golpeó rítmicamente
hasta alcanzar el sueño
(ese sitio que puede ser territorio
de inquietudes no resueltas...)
Hoy no es día gris ni opaco
sorprende tanta luz, entibia
la mañana bajo el plumón del sol
y en la suma de tantas
realidades indefensas
se fatigan mis preguntas...
inútilmente hambrientas.
 
 
*De Miryam Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
 
 
 
 
 
 
Regresarás, porque el regreso*
 
 
 
Regresarás, porque el regreso
es la madera inevitable del árbol del destierro.
 
Regresarás vencido, caminando despacio,
y esos mismos lugares ya no serán los mismos.
 
El parque de tu infancia ya no es el mismo parque,
tiene otro olor el césped, otro color las piedras,
y esos viejos senderos no recuerdan tus pasos
porque otros son los pasos que ahora arañan su arena.
 
¿Dónde estarán aquellos atardeceres tibios?
¿Dónde el contorno ansiado de las adolescentes?
 
Contemplarás el lago, su silencio temible,
pero es otro silencio, no son las mismas aguas
que una vez reflejaron la imagen de tus sueños.
 
Sólo serán los mismos los nombres de las cosas,
los nombres de las calles, los números, los coches,
y tal vez las ausencias.
 
Y así, aun este último reducto será como un rechazo,
como un viento caliente soplando entre los árboles
y calcinando un poco más los restos mortecinos
de tu agotado corazón que lentamente va apagándose
hacia regiones ciegas donde todo es exilio.
 
 
-De El rostro prohibido
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
 
 
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
de tanto mar abierto
 
en la oquedad del cielo
 
las olas rasgarían
 
ahora...
 
los ojos de la tierra
 
las cuerdas que atesoran
 
el vaivén
 
la carne precisa
de todos los milagros
 
 
*De Alejandra Alma.
https://www.facebook.com/alejalma
 
 
 
***
 
 
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