Saturday, May 03, 2014

Y EN EL OJO LO QUE CABE...

 
 
*Obra de Claudia Marting.
Rosario. Argentina.
 
 
 
 
 
 
 
SEMILLAS DE GRANADA*
 
 
 
Un pájaro ciego ha huido de mi pecho.
Picotea frutos de arbustos carnívoros.
¿Qué haré sin vos pájaro de lluvia?...
Mi madre me ha iniciado en el arte de la poda.
Estoy de pie. Frente al espejo que refleja al lobo.
Un hombre, otro hombre, uno más.
Me sigue su mirada de animal derrotado.
Diosa y Satán. Habitante de la noche. Soy.
Ven…revuélcate en mi fango.
Yo, usurera de amores.
Enfrento al tribunal del inframundo.
Talo cabezas, sandías y “las flores del mal”
Podo todo lo que sobra y falta.
A vos y a mi nos falta un hipocampo.
¡Llora sobre mi pecho ángel de arena!
Dispersa tus migajas en mi cama.
Bebe mí vino. Trinca .Traga.
Ven… hombre universal, guarda las monedas.
En huesos ásperos, la carne se consume
El mundo que nos habita es una babosa.
No, hijo mío, no toques los albores, aguas vivas, son.
Las siento en mi pubis y en mis voces.
¿Quién arrojó este fuego en mi frontera de agua?
¿Quién me cubrió de esta tristeza insomne?
Líquida. Como una lágrima.
Un jadeo, un beso de amante.
Una hembra ávida de lobos .Soy.
Devuelvo diente por ojo. Ojo por boca.
No creo es los milagros. Bendíceme, oscuridad.
Apaga la luz y las antorchas.
Hay un campanario que pronuncia mi nombre.
Él me ama así. Mujer lóbrega. Umbrosa.
Atrincherada en improvisados lechos.
Lágrimas de cocodrilo. “Nanas de la cebolla”
No hay pañuelos para el desamparo.
Roja, rojiza, sangra la granada.
 
 
*De Amelia Arellanoamelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
Y EN EL OJO LO QUE CABE…
 
 
 
 
 
El último tren*
 
*Por Victoria Mora. mvictoriamora@yahoo.com.ar
  
El tren no llega. Odio esperar. Este andén parece un cráter que se abre a mis pies y no paro de caer. Quiero irme ya ¿para que habré aceptado venir a este pueblo de mierda?, siguiendo un amor ¡que ingenuidad! Tendría que haberme quedado en mi ciudad, no sé si sería feliz, pero al menos no tendría esta grieta enorme que me atraviesa el corazón y llega hasta el andén para que me caiga. Encima de noche; con lo que odio caminar de noche estas calles, donde aún en la oscuridad los ojos siempre miran y juzgan. En cambio en Buenos Aires lo mejor es la noche, el anonimato, sus luces, su música, sus bares.
No te voy a negar que quisiera estar volviendo con vos. El rencor no me alcanza para mentir. Te odio y te amo tanto a la vez ¿Cómo es posible? −Dale vamos a vivir a provincia, necesito el aire limpio, el verde, la paz, Buenos Aires me agobia, me enferma ¿Cuántas veces me enfermé el último año? mis bronquios no dan más.
Sabías muy bien que no podía ir contra tal argumento, tu salud es lo primero. ¡Que imbécil! La primera vez cuando bajé del tren tuve que apoyarme en tu hombro porque casi me caigo del espectáculo que tenía en frente. Un puñado de negocios que no sumaban más que diez y un bar ocupando toda una esquina, algunas casas y el campo ¿Qué hago acá? Pensé, pero no te lo dije, y cuando te miré, esa sonrisa que me derrite el alma; entonces sonreí, y te dije que me gustaba que acá ibas a respirar mejor, que fue una buena decisión, que íbamos a ser felices.
Me esforcé ¡y como! Nunca me escuchaste quejarme, viajé cada día dos horas de ida y dos de vuelta a mi laburo, me fui cada mañana dándote un beso y sonriendo y volví cada día con otra sonrisa para vos.
La gente no me caía nada bien, chusmas todos viejas chusmas, hombres, mujeres, jóvenes o niños. Los primeros tiempos fuimos los extranjeros, hasta que empezaron a saludarnos por el nombre. Mostraban más afinidad con vos, te les metiste bajo la piel, se notaba que te adoraban. Siempre te hablaban amigablemente, a mi apenas un saludo con la mano o una inclinación de cabeza. Claro, yo nunca estaba y vos siempre pendiente de ayudar a los vecinos y adentro del club organizando una cosa y otra. Además, estaba tu enfermedad. Te encargaste de contarles los terribles tratamientos que habías pasado, que habías elegido el pueblo para recuperarte, lo importante  que era para vos quedarte en casa y disfrutar de una vida apacible. Notaban que necesitabas todos los cuidados que yo te daba.
A pesar de todo, estos últimos meses empecé a acostumbrarme, y hasta un poco el gusto le tomé a esta tranquilidad avasallante. Incluso ansiaba la hora de volver a casa. Hasta que un día me dolió una muela.
Ya me molestaba cuando tomé el tren seis y media de la mañana, intenté no darle bola, un analgésico y listo. Bajé en La Plata, compré un agua y me tomé una pastilla esperando el alivio que nunca llegó. Para el medio día ya no aguantaba más, no podía ni pensar. Le pedí permiso a mi jefe y me fui. Llamé a mi dentista y conseguí que me atienda de urgencia. Terminé todavía con dolor esperando el tren dos horas antes de lo habitual. Bajé del tren en  nuestra estación sintiéndome un poco mejor y hasta con cierta alegría de disfrutar un par de horas más de ese día juntos. Caminé las cuatro cuadras que separan nuestra casa de la estación, abrí el portón, la perra me saltaba y me movía la cola, fui por la puerta de atrás, cuando estoy a punto de agarrar el picaporte levanté la vista, a través del vidrio partido de la puerta, los vi:  los dos desnudos bailando un tango, y te miro y se te ve feliz, como pocas veces te vi conmigo, siento que la cabeza me va a explotar quedo inmóvil ahí mano en el picaporte y pies estaqueados al piso por unos segundos que se hacen eternos, hasta que reacciono.
Me di media vuelta y me fui, le pegué una patada a tu perra pesada que pegó un grito que espero hayas escuchado.  Volví a la estación como por inercia ¿A dónde iba a ir? Esperé el siguiente tren a La Plata, finalmente después de media hora lo tomé. A la tercera estación me bajé y me crucé a un bar a tomar un café y hacer tiempo. La cabeza me daba vueltas, no sabía que pensar, y tus palabras para convencerme de mudarnos no paraban de resonarme como un eco eterno, ¿habrá sido antes o después? ¿Cuándo empezaste a engañarme? No sé si quiero saberlo alguna vez. Calculé la hora y tomé el tren que me correspondía.
 Llegué a casa y te encontré pintando como si nada. Yo igual, como si nunca me hubiese encontrado esa misma tarde con la imagen de la traición.
Cenamos como todos los días, te dije que me dolía la muela y me fui a dormir temprano, en realidad no pude pegar un ojo. Cuando me aseguré que dormías, me levanté y en silencio junté un par de cosas indispensables y me fui para no volver.
Acá estoy, esperando el último tren, no vuelvo más, no sé a donde ir, no tengo a donde ir sin vos, caigo finalmente en la cuenta que no tengo a nadie en el mundo más que a vos, sin embargo no quiero simular. Las luces del tren que se acerca se hacen cada vez más grandes, de repente tienen tu rostro y tu cuerpo desnudo,  parpadeo. No es posible, y aun así, ahí estás, en esas luces, entonces, salto a tu encuentro.
 
 
 
 
*
 
 
Una calle se atreve al cielo nocturno
a pocas cuadras del centro.
Caminamos y saltan constelaciones
sobre nuestros desprevenidos
cuellos en tensión.
Los ruidos del pueblo desdeñan
la levedad de la jornada.
Verano y cuenta el sudor en las espaldas.
Sabemos
que buscar algo de fresco es
renunciar a la última
noche estrellada antes del regreso.
Más avanzamos y más se ofrece
la variedad de la Vía Láctea,
como si no guardara secretos
ante ojos terrestres que componen
historias de luces y distancias.
El cinturón de Orión ordena
lo que promete escapar.
La oscuridad nos abraza cercana
y hasta parece guiar nuestros pies,
mientras pequeños destellos con alas
juegan a confundirnos el espacio
en que avanzamos seguros
solo porque el ritmo nos apura a seguir.
O tal vez la oscuridad no es tal,
o la luz hace su camino de saltos
también en esta tierra.
 
 
*De Valeria Cervero. valecervero@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cansancio*
 
 
Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta. En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así. Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.
 
 
 
*De Sergio Borao Llop sbllop@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
Bajo amenaza*
 
 
 
El miedo siempre acecha
Para poder hablar
Contar lo que siento
 
Bajo amenaza del qué  dirán
Sufro el embate de lo angosto
 
Ojos que observan lo que hago
Oídos que censuran lo que digo
 
Siempre estoy bajo amenaza
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Silencio*
 
 
 
la palabra alimenta el peso de la herida.
 
ya no hay candor capaz de abastecer tanta derrota.
 
hago bosque de mis entrañas
 
el silencio hará de mí,
 
vestigios incorruptibles de la nada.
 
 
 
*De Lila Biscia.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Donde los ríos*
 
 
 
Ir por el tiempo
como si tal cosa
un paso atrás
dos adelante
y volver
para quedarse quieta
porque es aquí
donde los ríos.
 
......
 
Para qué preguntarse
que habrá de ser
qué hubiera sido
nada va a cambiar
el aullido del viento
 
.....
 
Yo vi en mi mano
al mundo detenerse
y lo sujeté fuerte
él me soltó
justo donde debía
 
....
 
Y en el ojo
lo que cabe
 
 
*De Marcela Lokdos. lokdos1@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Kawabata por La casa de las Bellas durmientes*
 
 
Quisiera dormirme en el palacio de tu imaginación y que me mires tanto que funden un jardín tus ojos de brillos enjoyados y tu mano apenas roce mi piel y saborees con tu boca mi sueño. Vos hombre, me atravesás con la flecha de tu pelo de nieve. No me das un beso para despertarme, estoy despierta para vos tras el velo del sueño que me finge dormida...
 
 
 
*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cáliz*
 
 
 
tintes únicos
del ínfimo sorbo
donde la vida estalla
y nos parece mirar
 
 
como si fuera eterna
 
como si fuera
nuestra.
 
 
 
*De Alejandra Alma.
https://www.facebook.com/alejalma
 
 
 
 
***
 
 
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