Tuesday, March 24, 2015

LAS PUNTAS HIRIENTES DEL SILENCIO...


*Obra de Claudio Uzal. ©
Gijón.









NACER ENTRE LAGARTOS*



Oscuro hombre de mis lápidas. Amado. Tan deseado.
Siéntate. No mires desde el pedestal de arena.

Respira las palabras de este eco terrible. Pavoroso.
Tengo una necesidad. Un apremio. Una urgencia.
Soy una bestia aterida, frígida, yerta. Pequeña.
Solo huecos en mi casa bienamada.
Oquedades que han sido mi resguardo.
Las termitas caminan por mi cuerpo. Suben. Bajan.
Una niña de retama y mirra, arde desde el fondo del olvido.
Ay, pobre niña de madera. Que sea rápido. Rápido.

¿Qué circulo de fiebre cayó sobre mi frente?
Leguas oscuras azotan mis labios agrietados
Mis pesadillas, desguarnecidos médanos. Mi memoria.
Mi único refugio. Mi guarida. Debo ingresar en ella.
Es curiosa la historia de los duelos.
El primero llegó con urgencia atenuada.
No recuerdo su rostro, tampoco el mío.
Solo recuerdo una mirada malva letra.
Yo, descalza y a él le apretaban los zapatos.
-A ella también le apretaba la garganta cuando no venía-
Madre. Madre. Si él no encontró su patria.
¿Cómo encontrar su sed de padre?

(¿Recuerdas? Te decía, mujer mía.)
¿A quien se le ocurre nacer entre lagartos?
Ahora sé, el sabor de lágrimas es igual a la leche.
No hay duda, en el espejo, no caben tres, solo dos.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar








LAS PUNTAS HIRIENTES DEL SILENCIO…









En un bosque sin juegos *


Hace 39 años, como Caperucita les pareció demasiado Roja los militares la secuestraron.
Con ellos, todos los juegos, y todas las preguntas, estaban prohibidas. Odiaban  las  formas de la inteligencia y  de la creación. Por eso imposibles  en esta historia, el humor y el erotismo que suscita el lobo animal. Eran más feroces que todos los lobos. Caperucita no apareció nunca más. También se robaron la comida solidaria de su canasta y el niño o niña, que cobijaba amorosa debajo del delantal.

Nosotros la recordamos en el aire con olor a flores de la libertad.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com











LA VIDA COTIDIANA DEL BROTE DE UN TALLO*


A Jacqueline Santana y Bryan Reyes (presos)
A Gustavo Salgado (asesinado)
A Betsy Ramírez y Julián Luna (desaparecidos forzados)



Somos del aguanieve.

Como tiempo sudoroso,
viento añejo
que se anuda en las plantas,
heno seco triturado en la boca.

Somos laderas crepitando
en el vestido blanco del volcán.

Aquella nube melenuda
deshilvanada en estambres.

Entonces te miro
y tus arbustos echan raíces
sobre la arteria de la luna.

Te miro:
con tus ojos en su lugar,
tu boca es la misma de siempre
y me devuelves un murmullo
que construye lluvias en el campo.

Pero somos del aguanieve,
cristales de este tiempo,
disueltos en torbellinos
de leyes de propiedad privada,
exploración petrolera.

La alegría tostada nos enseña
a ponerle nombre
a los cantos del amaranto,
caminar sobre el polvo estéril
de instituciones y leyes
que administran la pobreza,
nuestras muertes.

Soy, de múltiples modos,
un lunar sobre la piel de tu espalda:
aguanieve en el lodo de la costra de los murmullos
que en la cabeza vuelan desde aquellos días
en que tengo la impresión de haberte encontrado.

No se dirá que nos quedamos callados:
la obscenidad de nuestras palabras habla,
desafía un gobierno que nos desprecia
y habremos de marchar a nacer
como el hervor de los juegos cubiertos de nube,
sobre las hojas de maguey.


*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com




***

Nota del editor: En México se ha instaurado un gobierno autoritario, preocupado más por imponer intereses empresariales a la población, que por buscar el desarrollo de los mexicanos. Existe una situación muy complicada para todos quienes se oponen a este avance autoritario: la desaparición forzada se está convirtiendo en una práctica común, al igual que el encarcelamiento de disidentes políticos. Tan sólo como ejemplos de los más recientes, el gobierno mantiene en prisión a Jacqueline Santana y Bryan Reyes, quienes son presos políticos (http://www.sinembargo.mx/17-03-2015/1283078), en febrero asesinaron al dirigente social Gustavo Salgado (ttp://www.jornada.unam.mx/ultimas/2015/02/04/hallan-muerto-a-dirigente-social-en-morelos-3407.hhtml) y desde hace dos semanas no aparecen Betsy Ramírez y Julián Luna (http://www.noticiasmvs.com/#!/noticias/denuncian-ante-pgjdf-y-cdhdf-desaparicion-de-activistas-julian-luna-y-betsy-ramirez-832.html).











Patriotas *




*Por Victoria Mora.  
mvictoriamora@yahoo.com.ar




29 de Agosto 1963- Dieciséis días después del robo acometido en el Museo Histórico Nacional, se ha recuperado el día de ayer el glorioso sable corvo del General José de San Martín, reliquia que había sido hurtada por un grupo de facciosos de la Juventud Peronista



─ ¿Que hacés Pedro? Si soy yo Hernández…no, escucháme…el traidor hijo de puta de Cardozo pactó la devolución… si se cagó, por lo de Méndez y Julio…ya sé pienso lo mismo, no pudimos hacer nada, dice que no quiere que sigan persiguiendo a los pibes…todo al pedo…nos cagaron, viejo.

El sable había sido sustraído el pasado 12 de Agosto por una banda de asaltantes pertenecientes a la Juventud peronista que redujeron al ordenanza y entraron de forma violenta. Dicha agrupación se adjudicó el hecho inmediatamente por medio de una proclama de corte revolucionario-extremista-peronista, hecho poderosamente repudiado por todo el pueblo patriota argentino sin excepción.

Eran las siete menos diez de la tarde, el museo cerraba a las siete, cinco compañeros de la JP, esperaban sentados dentro del auto que luego les permitiría el escape. Estaban en la puerta del Museo Histórico Nacional. La fecha no era cualquiera, se eligió el mismo día en que se había logrado la Reconquista de Buenos Aires de manos de los ingleses. El Negro, encargado solo de manejar, fumaba sin parar, más nervioso que los cuatro que iban a entrar. Vieron salir a los últimos visitantes, bajaron y corrieron hasta la puerta, se acercaron al ordenanza que estaba a punto de cerrar: Vea Don, mis primos vienen de Tucumán, nos pasamos la tarde recorriendo y ya ve, se nos ha hecho tarde ¿nos permitiría entrar? Le prometemos no demorar demasiado. Entre la labia de Hernández y las caras de buenos que ponían los otros tres (especialmente Mendez) lo convencieron. No bien el viejo cerró la puerta del museo, Pedro le tomó ambos brazos por detrás y se los ató en diez segundos.  El hombre pedía por favor que no le hicieran nada, “Tranquilícese, nadie va a lastimarlo, quédese tranquilo, el pueblo peronista sigue vivo, cuéntele eso a los diarios mañana”. Hernández corrió a la vitrina, como habían planeado durante meses, y levantó el brazo que tenía el martillo con toda su fuerza, Julio le pegó el grito “¡Boludo! De arriba no, vas a hacer mierda el sable con los vidrios, de costado, acordate lo que te dije, ¡de costado!” Hernández, obediente, sin emitir palabra reventó la vitrina por el costado. Millones de gotas filosas volaron por todo el salón sembrando el piso. Con todo el cuidado los envolvió en un poncho, al sable y su vaina, no sin antes detenerse tres segundos ante su belleza y la emoción que le provocaba, ¡el sable de San Martín carajo! Pensó y contuvo las lágrimas. Mientras, Julio y Mendez tiraban por todo el museo el comunicado: El pueblo no debe albergar ninguna preocupación: el corvo de San Martín será cuidado como si fuera el corazón de nuestras madres; Dios quiera que pronto podamos reintegrarlo a su merecido descanso. Dios quiera iluminar a los gobernantes. Una vez que se cumplan las siguientes condiciones será de vuelto: anulación de los infamantes contratos petroleros, ruptura con el FMI, nulidad de los convenios leoninos con SEGBA y el levantamiento de la proscripción que pesa sobre la mayor parte del pueblo argentina: retorno de Perón al país ya.


Luego de ser sustraído por los delincuentes el sable habría estado en posesión del facineroso Jaime Cardozo quien tendría como misión entregárselo a Perón en el exilio madrileño.

─ Metéle boludo rajá ─ Méndez gritaba como si le fuera la vida en eso, aunque nadie los siguiera.

─ Calmáte loco, está todo bien─ lo tranquilizó Pedro.

Después silencio. Unas quince cuadras más tarde se bajaron Méndez y Pedro, Hernández y Julio eran, según el plan, los responsables de la entrega del sable a Cardozo, quien ejecutaría la parte final del plan: entregarle el sable a su conductor, así la trinidad estaría completa: San Martín, Rosas y finalmente El General.

Pararon en la esquina de Carlos Pellegrini y Santa Fe, de Cardozo ni noticias. Hernández empezaba a impacientarse: que mierda hacemos si no viene, nunca pensamos en otra opción, nunca se habló de…Acabala de una vez, lo interrumpió Julio y ahí nomás bajó del auto y del teléfono de la esquina que estaba al otro lado de la calle, lo llamó a Jaime, que atendió y cuando le escuchó la voz lo primero que hizo fue preguntar por la hora en que habían quedado, malentendidos los dos, pactaron otra esquina porteña.

Hicieron el traspaso, vieron irse el auto de Cardozo. Entonces Julio y Hernández celebraron aliviados con un sonoro abrazo de palmadas en las espaldas. Lo hicimos viejo, recuperamos el sable ¡viva Perón! Y se fueron al bar a celebrarlo. Su parte del plan había sido un éxito: la reliquia en manos de la JP y ni un herido…al menos hasta esa noche.

El honorable sable del prócer nacional habría permanecido en una estancia cercana a Mar del Plata, mientras su indigno poseedor aguardaba instrucciones.

Jaime cerró la puerta de su departamento, bajó dos pisos por escalera aferrado al bolso que llevaba en la mano derecha. Salió a una noche fría, más de lo que hubiese querido, subió al auto y puso el bolso en el asiento delantero como si fuera un compañero de ruta.  Cuando encaró la ruta 2 no pudo evitar sonreír, a los dos segundos se reía a carcajadas. El día anterior había dejado el auto con el mismo bolso en el baúl en la puerta de su compañía de seguros, saludó al policía que custodiaba la cuadra: “Cuídemelo jefe, miré que en el baúl tengo el sable de San Martín”, “Tiene cada idea usted…vaya tranquilo se lo miro como todos los días”. Siempre hacía tan bien su papel que nadie podía sospechar de su vida política. Por eso lo habían elegido. Ahora, camino a la estancia que había sido de su viejo, las carcajadas se le mezclaron con la bronca: el padre había muerto de un infarto unas semanas más tarde del bombardeo a la plaza, la oligarquía hija de puta le había robado al padre y a un líder político, él era pendejo pero no se olvida, estaba seguro que el viejo no había soportado tanta bronca. Prendió un cigarrillo y miró una vez más el bolso: sí, definitivamente él estaría orgulloso de su hijo.

Gracias a la diligente intervención de la Comisaría 14, con quien cooperó el personal de Robos y Hurtos así como la Dirección de Coordinación Federal, los malhechores pudieron ser identificados, y el sable finalmente recuperado.

La casa de brujas se desató cinco días después del robo

─ Cantá hijo de puta ¿Dónde tienen el sable? Confesá y se termina todo de una vez.

La electricidad recorriéndole el cuerpo no fue suficiente para quebrarlo. Julio siempre supuso que iba a aguantar llegado el momento. Sin embargo, entendió después de esa tarde, a quien no tuviera la misma voluntad. Él no dijo una palabra. Lo dejaron desnudo en una celda mínima. Con la cara hinchada casi sin poder abrir los ojos, trató de resistir al frío que le calaba los huesos. Se hizo un bollo en un rincón. Pasado un tiempo, que le fue imposible calcular, le tiraron una frazada, se cubrió, intentó dormir.

A Méndez le tocó peor. Su pasado en la policía bonaerense le significó un trato especial, sus ex compañeros se encargaron de hacerle saber lo que creían de su resistencia peronista. No pudo soportar cuando después de horas de tortura, además le dieron la dirección exacta de la escuela de su hija de catorce años y la hora en la que al día siguiente tenía que entrar. Eso fue lo último que pudo soportar antes de dar las coordenadas de la estancia donde se guardaba el sable.

El pueblo argentino estará eternamente agradecido a los grandes patriotas de uniforme que ponen orden e imparten la ley, a ellos nuestro respeto y agradecimiento más profundo. El sable ha recuperado el lugar que se merece: en el museo bajo custodia policial.









La Biblioteca de Cristina*



Están ahí, quietos, inmóviles, curiosos.
Desde la biblioteca me miran.
El soldado vestido con armadura gris oscuro tiene un escudo del lado izquierdo.
Títeres de la India con sus vestidos púrpura están sentados en el armario, sobre un mármol rosa, con sus miradas fijas, perdidas, me cuentan y cuentan.
En la pared también hay títeres vestidos con colores llamativos, cada uno de ellos me miran, los miro. Pupis italianos. Mágicos.
Me gusta observarlos. Cada uno me regala algo diferente.
La princesa tiene miedo; miedo que alguien la tire al fuego junto con el soldadito de plomo.
El de la armadura está triste, porque perdió su caballo en una pelea espantosa el día de San Valentín. Justo ese día se encontraría con su novia, no pudo. El otro, el que tiene la armadura más completa, ese es el que defendió al papá de Pinocho de los ladrones, mientras buscaba a su hijo de madera.
Me encanta mirar a estos bellos y un poco destartalados títeres. Me hacen recordar historias que alguien alguna vez me contó o leí.
Los títeres tienen misterios guardados muy dentro, tanto que sólo pueden hablar si alguien se acerca, los mueve, y les hace decir.
A mí me gustan así, aunque no hablen con voz ajena. Me dicen desde el silencio de su movilidad articulada.
Creo que es el ángel que está en el primer estante de la biblioteca el que les da vida. Una vida a veces angelada, y otras muy pero muy tristes.
Me voy, se quedan ahí, en la biblioteca, ellos leen sin que los pueda ver, pero sé con certeza que leen.


*De Mirta Tortorelli. mirtatortorelli@pmvalue.com.ar










Invisibilidad*




Hay esperas que no tienen respuestas.
Y llantos que son a destiempo.
No consuelan. No limpian.
Se dio vuelta el horizonte.
Y no me vio.
Quedé detrás.
En la íntima zona de la luna.
Limando las puntas hirientes
del silencio.
Mi hambre a veces
arranca gajos a la noche.
De ellos me alimento.
De la harina de sus huecos,
la que vuelve invisible.

Por eso debe ser...

Nadie me vio.

Ni me ve.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar








***
INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


Destiempos*


(De la Estación Indacochea – Ferrocarril Midland)


*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com


Hace tiempo que perdí la cuenta de las veces que alguien me acusó de soberbia, sin más motivo que unas palabras leídas o escuchadas en alguna parte. Las más de las veces -no deja de ser curioso- fue por tratar de desenmascarar a cerdos con piel de cordero (en contra del dicho popular, no son los lobos quienes se disfrazan de cordero, sino los cerdos. Miles de mujeres de todos los lugares del mundo podrán corroborar esta afirmación). Nunca me defendí de esas acusaciones: probablemente no sean del todo infundadas. No obstante, siempre me he preguntado si esta soberbia que me achacan -y de la que soy culpable- es realmente un defecto más terrible que la falsa modestia de quienes lanzan dichas acusaciones. Cuestión de poca importancia es ésta, tienen ustedes razón. Si lo mencioné es porque de algún modo está relacionado con lo que vine a hacer a esta parte del mundo.
He viajado algo. No demasiado, pero lo suficiente para comprender que un viaje es algo que sucede dentro de uno, no fuera. Por eso, ahora, cuando me dispongo a bajar del tren que me ha traído hasta aquí, sé que el tren, el pueblo, los páramos atravesados, la tierra amarillenta, los viajeros sonrientes y los viajeros huraños, son algo que está dentro de mí, que forma parte de mí. Por eso, a pesar de todo, no tengo miedo.
¿Por qué habría de tener miedo? se preguntará quien hasta aquí haya llegado. Pronto iremos con eso. Pero antes deberé explicar los sucesos que se encadenaron para traerme hasta Indacochea. Y ahí es donde entra la soberbia.

Sucedió que un desconocido me envió un mail. Se confesaba argentino y detallaba la ubicación exacta del lugar donde habitaba, así como algunas particularidades del mismo. Tras estas formalidades, a las que presté poca o ninguna atención, de forma amable pero inequívoca me acusaba de haberle plagiado. Según su parecer, mi relato "La transición del hielo" se asemejaba sospechosamente a uno que él había escrito años atrás y cuyo título era "Labio mudo". Añadía una serie de datos complementarios, tales como fecha de publicación, editor, etc. Y como colofón adjuntaba ambos relatos, el suyo y el mío, en archivos de texto separados.
De entrada me indigné porque la acusación era falsa. Después pensé que no merecía la pena hacerse mala sangre y borré el mensaje sin la menor intención de responder a él. No obstante, tras una ducha, un buen paseo y el posterior descanso a la sombra contemplando los patos, me pareció que al menos debería leer su relato para saber en qué se basaba la ridícula infamia.
Y así lo hice nada más regresar. Recuperé el mensaje (por suerte siempre me demoro un tiempo en vaciar la papelera de reciclaje), descargué los adjuntos y leí. Ciertamente, existían un par de similitudes superficiales, pero nada más. Me pareció tan absurdo como si el tipo hubiese argumentado que la acción de ambas historias transcurría en una misma ciudad no inventada. Justamente así -con cierto grado de ironía- se lo hice saber en mi respuesta (que, después de todo, no podía dejar de producirse) añadiendo que ni lo conocía a él ni conocía su obra, por lo que sus acusaciones no sólo carecían de fundamento, sino que eran completamente descabelladas. También le rogaba que antes de calumniar a otra persona, en especial si esa persona era yo, leyese con atención y cautela para, de ese modo, no caer en el error de confundir una cosa con otra. Creí que mi mensaje era lo bastante severo para que el asunto quedase zanjado ahí.

Me equivoqué. Unos días más tarde, llegó su respuesta. En esta ocasión se trataba de otro relato: "Los días del perro", que según su versión yo habría convertido en mi "Ópera con lluvia". El tono del mensaje era seco y pretendía ser hiriente. Al principio me hizo gracia, la verdad. Pero en cuanto empecé a leer, me invadió una sensación de desasosiego que en algunos momentos se teñía de incredulidad. En efecto, ambos relatos se parecían. No se trataba ya de dos o tres detalles nimios como en el caso anterior. El lenguaje y el estilo eran diferentes, los lugares no eran los mismos, los nombres de los protagonistas eran distintos, pero lo que se contaba en uno y otro difería muy poco. Yo estaba seguro de no haber leído jamás aquel cuento. ¿O tal vez lo leyese mucho tiempo atrás y lo olvidase luego, como confiesa Borges en relación a un cuento de Papini? Eso me hizo pensar en la fecha, que me apresuré a comprobar.

Mi confusión no disminuyó al averiguar que en este caso su cuento era más reciente que el mío. Lógicamente (¿lógicamente?) sospeché que era él quien me estaba plagiando a mí. Pero entonces -era inevitable preguntárselo- ¿por qué me acusaba? Pospuse esta duda para más adelante y contesté al mensaje en un tono todavía más arrogante que el empleado por mi interlocutor. Le hice notar el detalle de las fechas y le acusé de ser él quien plagiaba. También manifesté mi estupor ante sus injustificables acusaciones y hasta insinué la posibilidad de presentar una denuncia contra él.

Su posterior respuesta (que apenas tardó un par de días) rebosaba incredulidad. Jamás -afirmaba- se le había pasado por la cabeza la idea de plagiar a nadie. Y menos -añadía- a alguien a quien estaba seguro de no haber leído nunca antes. Obviamente, había algún error en las fechas -el obviamente quedaba atenuado por el tono inseguro de algunas otras afirmaciones- pero lo que era seguro -insistía- era que si había un plagiador -no dejé de notar ese condicional que significaba una nueva vía de comunicación, ajena tal vez a la disputa que cabía prever teniendo en cuenta el curso que estaba tomando todo el asunto- no era él.

Porque la historia empezaba a cansarme, mi respuesta fue escueta. "Lo que vale para usted -escribí- vale para mí. Yo no plagio. Tal vez sí me haya leído antes y no lo recuerde" -brevemente introduje la anécdota de Borges y Papini- "En cualquier caso, le rogaría que retirase ese cuento que tanto se parece a mi "Ópera con lluvia" de la web donde se publicó. Atentamente."
Pasó una semana y creí que todo se normalizaba. Además, otros asuntos más agradables habían ocupado mis horas en esos días y tenía el tema bastante olvidado. Hasta que llegó el siguiente correo. En él se hacía referencia a otros seis cuentos (tres suyos y tres míos). Su "Endiablado fagot" era calcado a mi "Musa abandonada", salvo por el estilo, naturalmente. En los otros dos casos, los cuentos eran aparentemente distintos, pero poniendo atención a sus símbolos y al significado oculto, no quedaban dudas: Unos eran clones de los otros. Pensé que el tipo trataba de tomarme el pelo; pensé que lo hacía simplemente por aburrimiento; luego pensé que estaba loco y que mejor sería olvidarse de todo ese embrollo. Tomé un analgésico y me puse a navegar por Internet, tratando de borrar acaso la desagradable sensación que me había dejado la lectura de aquellos cuentos.
Después de un rato leyendo noticias increíblemente parecidas a las noticias del día anterior y del mes anterior (crisis económica, corrupción, tornados, USA planeando bombardear algún país, mucho deporte –eficaz antídoto contra el nocivo vicio de pensar– y más corrupción), sin darme cuenta puse el nombre del tipo en el buscador y comencé a adentrarme en su mundo. Comprobé que muchos de sus relatos habían sido publicados en revistas electrónicas o en páginas de contenido literario. Leí uno al azar, por puro aburrimiento (o eso me hice creer entonces). Ya sin sorpresa, fui redescubriendo mis propios relatos en los de aquel desconocido. Leí durante horas. Creo que ya sólo me movía la curiosidad de saber si ese reflejo era infinito, el anhelo de hallar un relato que rompiese ese patrón. No sucedió. Pensé (quise pensar) que alguien dijo –o escribió-  en una ocasión que todo ya había sido escrito y ahora sólo reescribíamos; que tal vez, después de todo, la originalidad no existe. Pero todo fue en vano. Se apoderó de mí una intensa tristeza, y melancólicamente me dije que también eso era un reflejo.

Rescaté entonces el mensaje original del desconocido y lo leí con atención. En él narra que vive en un lugar llamado Indacochea, en la provincia de Buenos Aires. Lo llama lugar, -aclara- porque "tal vez pueblo sea un término exagerado para definir esos escasos edificios bajos y esa estación abandonada". Dice que habita una casa de dos plantas que no comparte con nadie. Que las pocas personas que hay por allí se dedican a pescar. Pero él no pesca ni hace nada. Salvo escribir. A veces. O sentarse a la orilla del Río Salado y pensar. O simplemente contemplar las aguas y las riberas mientras transcurre el tiempo que se lo va llevando, igual que la corriente se lleva las ramitas que en él flotan río abajo. De su explicación se desprende la idea de que habita un desierto que es más grande que el nombre que lo define.
Yo vivo en una gran ciudad que se asemeja pavorosamente a un desierto. Escribo o me siento a la orilla del río Ebro a contemplar las aguas y los patos. Mientras el tiempo fluye. Al leer me doy cuenta: No somos dos personas diferentes, sino una misma persona viviendo dos vidas paralelas en lugares distintos. ¡Cómo no íbamos a escribir lo mismo, aunque de otro modo!
Mandé un mail expresando estas ideas un tanto confusas. Fui tajante. Había que solucionar esto de un modo u otro. "Sería conveniente (eufemismo que muy bien podría cambiarse por imprescindible) -aclaré- que nos viésemos. Allá o acá. Donde sea". El habló de la completa imposibilidad de emprender un viaje. Imposible para él conseguir la plata necesaria para el pasaje de avión. Demasiados kilómetros…
Mi dificultad no era menor; la única diferencia era mi resolución para zanjar el asunto definitivamente. Conté el poco dinero que tenía; vendí las dos o tres cosas de valor que me restaban; pedí prestado. Con todo, pude juntar la plata necesaria. Sabía que nunca podría devolver los favores ni el dinero, pero ¿qué importancia podía tener todo eso? Si alguna vez regresaba…
Escribir no es gratis -pensé mientras hacía el escueto equipaje-. Entraña un riesgo. Uno puede encontrarse de repente o perderse para siempre entre esas encrucijadas. Los pensamientos son trenes que se niegan a seguir el itinerario de las vías. ¿Puede haber algo más peligroso en estos tiempos?
Y ahora estoy acá. En Indacochea. La estación quedó atrás. Una vereda de tierra me conduce hacia donde debo ir. Es como si mi voluntad, ahora, no contase. Mientras camino no puedo evadirme al sentimiento de familiaridad que me despierta  todo esto. Los árboles son como los árboles bajo los que alguna vez he paseado; el rumor del río resuena igual que el río que pervive en mi memoria y que acaso es la suma o la yuxtaposición de todos los ríos que en mi vida atravesé o bordeé; los pájaros entonan las mismas melodías que en otro tiempo escuché...
-El lector atento no habrá pasado por alto un detalle: Lo que estoy contando, según las evidencias, sucede hacia los años finales de la primera década del siglo XXI o los iniciales de la segunda. Pero el último tren a Indacochea vino en 1977. Dejaré que sea ese mismo lector quien aclare este modesto entuerto, porque el tiempo ya no me da para más: Estoy llegando ante la casa a la que me dirijo.-
Me detengo a unos metros. Respiro profundamente mientras contemplo la fachada. Una inmensa quietud me rodea. Dejo la maleta en el suelo, junto al umbral, y golpeo la puerta.
Lentamente, como las campanas de las iglesias en el toque de difuntos, los golpes resuenan en la hoja de madera vieja.
Lentamente, con esa lentitud que sólo es posible en el Sur, la puerta se abre.



-Sergio Borao Llop, publicó “El alba sin espejos” por el sello eBooks Literatúrame!





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