Sunday, November 27, 2016

LA ÚLTIMA FE QUE HABITA EN LA CENIZA…



*Obra de Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010)

-Ver galería en Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam












Ovillo entrecortado*



Tal vez ser y estar
no sea suficiente
para sostener un cuerpo
una historia
una generación de muertos
la memoria que va y viene
sobre un hilo encerado
tan fino
capaz de partirse
y caer zigzagueando
en el pozo de la ausencia
con un movimiento tan sutil e indiferente
que se asemeja a las aves cuando caen
la gravedad que empuja el cuerpo muerto
desafía la creación de volar
tal vez el recuerdo sea un ovillo violeta
entrecortado,
trozos unidos de existencia
y la palabra apenas una forma
de soportar el dolor.


*De Vanesa Álvarez. vanesui@hotmail.com








LA ÚLTIMA FE QUE HABITA EN LA CENIZA…











AHUECO MI MANO*



Ahueco mi mano
procurando que el aire quede amordazado allí
pero el aire se escapa
como si huyera de sí mismo
o no soportara perder la libertad,
debe sentirse solo el aire
de repente
lejos de mi mano.
Hay un hueco en el interior del hueco
donde el aire estuvo
apenas un tiempo escaso,
sin duda
yo podría  entrar allí
todo lo que soy
podría entrar allí.


*De Irma Verolín. irmaverolin@hotmail.com












Celestina*



A mi abuelo le amputaron la pierna
mi abuela la enterró en el patio
-dice que los médicos se la dieron-
al otro día el viejo murió
ella volvió a su casa
y sobre la tumba de la pierna plantó una celestina
que cuidó durante muchos días
hasta que al fin floreció
cortó las flores
las puso en un jarrón
al lado de su cama
el olor a flores pudriéndose
en medio del silencio
fue todo lo que le quedó.


*De Vanesa Álvarez. vanesui@hotmail.com











*

Y si me quedo qué.
Y si me quedo con el fuego en la piel,
ardida
como una brasa abandonada después del incendio,
la última brasita,
la precaria última brasita
la fatal última brasita a merced del viento.
Y si me canso qué.
Y si me quemo
y arrebato los campos, los pájaros, el cielo.
Si quiero arder
y ardo
como un Fénix hambriento
y devoro los restos de la tarde y la lluvia
y este hastío en el cuerpo.
Y si me duele qué.
Soy la última fe que habita en la ceniza.
Todo el fuego es mi fuego.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com











No me verás morir, mamá*



*De Luciana Reif. lc.reif@gmail.com


No me verás morir, mamá,
no me cuidarás hasta mis últimos días,
no sabrás con quién duermo
ni a quién amo, no mirarás
por el ojo de la cerradura,
no escucharás mis pasos
cuando llegue tarde a casa.
No sabrás si soy fiel, si cuido bien
a mis hijos, si soy feliz.
No estarás ahí cuando me duelan
los huesos viejos y cansados,
no me cuidarás cuando me este yendo,
no podrás interponer tu cuerpo
entre el mío y la muerte.
No sabrás quién soy,
no conocerás el color de mis canas
ni las arrugas de mis manos.
Te irás antes, no estarás ahí, mama,
no estarás cuando yo me  muera.


(Inédito)


-Luciana Reif nació en la localidad de Lanús en 1990. Es Socióloga y becaria CONICET por la Universidad Nacional de Avellaneda. Participó de la antologías El Rayo Verde (Viajero Insomne, 2014 y 2015). Poemas suyos fueron traducidos al italiano por el Centro Cultural Tina Modotti. Coordina junto con Valeria De Vito el ciclo "Lo que tan rápido fuga" y junto con Luisina Varona el blog "Un hogar fuera de mí". "Entrada en Calor" es su primer libro publicado (El Ojo del Marmol, 2016).












EL BRAZO IZQUIERDO DE LA INQUIETUD*



Yo pertenezco a un tiempo
que aún
no logra romper
la densa placenta
de luna agria,
un tiempo
para el cual
no se han inventado
otros números
que resulten creíbles,
que expliquen
el beso bipolar
incongruente, como
lo siento
recorrer ahora
por el brazo izquierdo
de mi ombligo,
como la blanca
inquietud
de un gusano
devorando
las hojas del reloj
biológico
de mi madre.
Y yo, olfateo
en el rabo equivocado
del perro
que me ladra
con el brazo izquierdo
de la inquietud
arremangado
por las arrugas
que entristecen
mi confianza
de hombre soltero,
ignorado
por el amor insatisfecho
de sus dos manos
íntimas.


*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es













Recursos de las sombras*



El aliento de la brisa
aletea en las cortinas, se lleva
los rumores del mundo.
Por la noche, cuando las manos
del reloj convocan un sueño que no llega
estos muros efímeros se levantan.


Los recursos de las sombras
tienen una cinta-azul-sedosa
por la que bajo hasta el fondo,
hasta no hacer pie
ni siquiera sobre un ensueño…


En momentos así quisiera liberar
un recuerdo prisionero. Apenas
puedo salvar una imagen,
robarla.


Áspera de astillas,
lastimada de impotencias
atravieso estos muros blandos
y monstruosos
y a falta de palabras me muerdo
la voz.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar















CUANDO NO TE PERTENEZCA*



Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada.
Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece lo mismo pero no es igual.
Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud, por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura, sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.
No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel desgarrada.
Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.
Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de felicidad.
Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a todos, y a todos los sigo queriendo.
No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio, esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una caricia lejana.
Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.
Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com












LO MEJOR*





El viento sopla para peinar
mis pensamientos.
La sangre en mis venas
se vuelve agua
soñando lluvias
perladas en mis hombros.
Quiero olvidar el paraguas
la capa
o el sombrero.
Mejor a piel desnuda
a cabellos revueltos
a uñas sin esmaltes
a pies llenos de barro.
Mejor parecerse a un árbol
en cuyas ramas se cuelgan
pájaros raros, tan raros
que nadie conoce.
Mejor ser un pez
nadando en un Cosmos
infinito.
Mejor despojarse
de la historia y del nombre impuesto.
Mejor volver al origen
aunque esta sea sólo una semilla.
Mejor hundirme en la tierra con la lluvia,
disolverse
y disolverse..


*De Patricia Dajruch. lalupayelbuho@outlook.com.ar













*



Con el filo

de mi lengua corté

a ras / el recuerdo

del último beso

que nos dimos.

No sangran

comprobé

las cosas secas.



*De María Belén Aguirre.
(Tucumán – 1977)









InvenTREN





El presente imperfecto*


*Por Héctor Ángel Benedetti.



Hacía mucho frío y todavía era de noche cuando llegó a la avenida Triunvirato, donde estaba la estación del Central Buenos Aires. Miró hacia el fondo de la otra calle: aunque cercana, la verja del cementerio solo se dejaba intuir por secciones, raramente iluminadas por los faroles de la vereda y los tachos encendidos de los primeros floristas que ya de madrugada trabajaban en sus ramos; del enorme pórtico griego tras las rejas se veía, o podía deducirse, su columnata. El ángel de la trompeta apenas era una mancha. Demasiado temprano para estar ahí (pensó). Desde la esquina, más allá del ferrocarril, la perspectiva se confundía pronto en la oscuridad a pesar de las débiles salpicaduras amarillas que significaban un tranvía o la vidriera de un café. Cruzó en dirección a la terminal. Caminó con pasos tranquilos, porque en realidad faltaba buen rato para abordar el tren que habría de ponerlo, horas más tarde, cien kilómetros más lejos.
Junto a la plataforma, el convoy estacionado parecía mayor de lo que en verdad era; sin embargo, de todas formas tenía su longitud: un mixto de cargas, encomiendas y pasajeros, encabezado por una locomotora de seis ejes, prendida y ansiosa por salir a echar vapor. La juzgó perfecta. No era una fascinación técnica, ¡qué sabía él de mecánica!; era más bien por aquel armónico esplendor de acero rodante, todo un arte de temple viril. Prefirió esperar arriba a que se hicieran las siete; buscó un asiento del medio. Lentamente su coche fue poblándose. No muchos viajeros, ninguno muy notable. Uno leía el diario con gesto de apatía; adelante, una señorita se concentraba en mirar por la ventanilla un punto fijo del andén. Llamó un poco la atención al subir una familia de caras ruborosas, con pinta provinciana, quizá de los campos de más allá del Pilar; marido y mujer de tanto en tanto hablaban en voz muy baja y con frases cortas. Los chicos se durmieron enseguida. Alguien de atrás tosió. Él leyó otra vez el boleto de cartón, que conocía de memoria; lo guardó en un bolsillo de su saco justo cuando sonó un silbato agudo y vino el sacudón de arranque. Afuera seguía sin amanecer.
Para las siete y media el tren ya había tomado la vía principal y comenzaba a despejarse cada vez más rápido del suburbio. Recién por Manzone asomó el sol; un sol invernal que los árboles obstruían, pero suficiente para mostrar el paisaje de las quintas, de unas calles de tierra que cortaban en diagonal, de un almacén, de una alcantarilla, de un caballo pastando, de otro ferrocarril que corría paralelo a pocas cuadras, de un ciclista solitario junto a la garita de un guardabarreras, de un palomar. Después de cruzar un puente de fierro (no reconoció el río: era el Luján), notó que el tren ingresaba a otro empalme y torcía un poco más hacia el norte, a la vez que el entorno se volvía definitivamente rural. Ahora, un caserón distante o un horno de ladrillos eran las novedades; lo habitual, el ganado y los molinos. La familia provinciana se bajó en Pavón. Doce kilómetros adelante vio la tapia trasera de otro camposanto, más antiguo que el de la Chacarita, donde subiera; era el cementerio de Capilla.
A las once menos cuarto el tren marchaba encajonado entre los pastizales de una trinchera: la entrada a la estación de Zárate. Aquí bajaron todos. El andén estaba varios metros abajo del nivel de calzada; la mañana, aunque muy luminosa, seguía siendo fría; en este lugar era, además, húmeda. Los pasajeros se repartieron por una escalera en herradura que ascendía hasta el edificio principal y pronto se dispersaron por la calle Mitre. Él no tenía tanto apuro. Ahí mismo compró un periódico, El Debate; y con ese andar tardo y desinteresado que fingen los forasteros cuando les sobra el tiempo en un pueblo que apenas conocen, se fue a leerlo a una confitería de la plaza, diez cuadras más allá.
Las noticias locales no le importaron, pero se fijó en el aviso de una pieza ofrecida en alquiler. También estudió la sección de empleos.



*   *   *


—¿Qué me pasó?
Casi no podía abrir los ojos, molesto por la claridad y el dolor de cabeza (sintió como si tuviera clavado un punzón en la frente). Intentó incorporarse de la cama, pero la enfermera lo reacomodó.
—Está usted bien, señor Ramírez.
—No me llamo Ramírez. ¿Dónde estoy?
—Tuvo un accidente y lo trajimos aquí; nada demasiado grave, pero perdió el conocimiento. No se asuste si por ahora no recuerda mucho. Su patrón se ocupó de todo, señor Ramírez.
—Ya le dije que no me llamo así. No sé de qué patrón me habla; por favor, dígame dónde estoy.
—En el hospital del Carmen, de Zárate.
—¿De Zárate? ¿Qué hago acá? Dios mío. Tenía que estar en Tribunales muy temprano. ¿Qué día es hoy?
—Quince.
La respuesta lo desconcertó.
—¿Acá el tiempo va para atrás? Salí de mi casa el dieciocho…
—¿El dieciocho de qué mes?
—El dieciocho de agosto.
—Estamos a quince de diciembre. ¡Ah, aquí viene el doctor!



*   *   *


Le prometieron la visita de un especialista. No soportó la dilación: al atardecer tomó su ropa  —la halló en una mesita junto a su cama— y se vistió con sigilo y rapidez. Se fue del hospital. En el saco descubrió unos pesos; a un viejo de la calle Pellegrini le compró el último ejemplar que le quedaba del diario El Eco tan solo para confirmar en qué día estaba y para tener la excusa de preguntar por la estación de trenes. El viejo le indicó que caminara hasta la avenida y doblase a la izquierda; iba a cruzar una vía, pero esa no le convenía para ir a Buenos Aires; según este hombre, era preferible seguir unas cuadras más por la misma avenida hasta la estación del Central Argentino, que ofrecía mejores horarios y un recorrido más corto (La vía que tenía que cruzar era la del Central Buenos Aires por la que él viniera, pero no la recordaba; la otra, la sugerida del Central Argentino, nada más le proporcionó que la borrosa imagen de una excursión de su niñez a la finca de unos tíos en San Pedro).
Con la cabeza aún latiendo y todos sus razonamientos aturdidos por las circunstancias, abandonó el diario en un cesto y se dirigió a la estación recomendada. Allí pidió un boleto. Sentado en el último coche, aguardó el toque de salida del servicio local a Villa Ballester de las ocho y cuarto, que luego combinaría con el eléctrico a Retiro. Miró su reloj. Miró por la ventanilla. La tarde había devenido en una noche magnífica.
El tren partió y al rato ya pasaba por un negro embarcadero de hacienda; después, por unos terrenos anegados que de a poco fueron erizándose en un pueblo grande y en una refinería tenebrosa; de allí salió a un malezal interminable bajo la luz lunar. Llegó a ver fugazmente unas cruces de palo y una pequeña ermita al costado del terraplén. Una pareja de chacareros se apeó en Otamendi. Sin saberlo cruzó de nuevo el río Luján. A medida que avanzaba, los campos se achicaron en granjas y se hicieron más frecuentes los pasos a nivel; en un punto ya todo fue ciudad. Se puso fría la noche.
Trasbordó y llegó en plena madrugada a destino, donde las cosas estaban como ayer.




*Héctor Ángel Benedetti es un escritor argentino nacido en General San Martín, provincia de Buenos Aires, el 10 de noviembre de 1969. Su obra comprende diversas materias; las más frecuentes son la narrativa de ficción (cuentos, novela), crítica literaria, relatos de viajes, e historia y análisis de temas relacionados con la cultura argentina.
Ha sido publicado por editoriales como Seix Barral, Planeta, Sudamericana, Corregidor, Proa y Siglo XXI Editores, entre otras. Varios de sus escritos premiados hoy forman parte de antologías.
Desde diciembre de 2010 integra la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Escritores.









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GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
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