martes, enero 07, 2020

EL ARROZ BLANCO DE LA NIEBLA...


*Foto de Paula Novoa.








*


Fue inútil el tapado, el alumbrado público encendido,
el agua del río Brenta bajo el puente.

Cuando me tocó pasar
todo era
una sola oscuridad cerrada.

Yo tuve que cruzar
de lado a lado el río
como se cruza un límite, un diagnóstico.

Ah, si no fuera tanta la belleza
ya me habría cansado de juntar
las gasas estériles del miedo,
habría perdido el paso, el hambre.

Si no fuera tanta la belleza,
teniendo que cruzar el río
yo me hubiese quitado
el tapado de lana
para ser la perra muerta de esa noche.

Pero la belleza es amable y tenebrosa.

Nos ve el hambre.
Nos prepara el arroz blanco de la niebla.



*De Valeria Pariso.




-Valeria  (Muñiz, Provincia de Buenos Aires, 1970)
Coordina talleres de poesía y el ciclo de poesía en Bella Vista. Algunos de sus poemas fueron traducidos al portugués y al italiano.
Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares, "La trilogía: Uva negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento Ediciones patagónicas (2018).

-En 2019, con su libro "Zarmina", obtuvo el Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía, del Fondo Nacional de las Artes.

Sus poemas fueron incluidos en distintas antologías, entre ellas "Antología de poesía iberoamericana actual", Ed. Ex Libric, España, 2018; "Rapsodia ensamble de voces- Obertura- Editorial El mono armado, 2015; Movimientos/ Primera antología Ciclo Moserrat 2018, "Antología Federal de poesía de la provincia de Buenos Aires", del Consejo Federal de Inversiones.

-Administra el blog de difusión de poesía contemporánea https://laficciondelolvido.blogspot.com.ar








EL ARROZ BLANCO DE LA NIEBLA...








Emanuela*



Ese viernes 9 de noviembre fue la última vez que vi a Emanuela.
Yo tenía 13 años y le pedía, casi rogaba, a mi madre, que me dejara atender el kiosco. A la hora de la siesta, cuando casi no venía gente, ella accedía, pero nunca de noche. Me desenvolvía bien en el negocio: siempre fui simpático y bueno con las cuentas, pero ella temía que me distraiga y me equivocara al hacer alguna carga telefónica (algo que jamás ocurrió). Y además a la noche, el panorama cambiaba.
Empezaba a aparecer gente que no venía habitualmente, a comprar bebida, o cigarrillos o a hacer cargas telefónicas. Algunos ya venían “adobados” de la cena, y se ponían bruscos. Pero yo insistía, porque era mi oportunidad para ganarme algo de plata, que correría a gastar en el cyber de la vuelta junto a mis amigos.
Esa noche algo se había complicado y la reemplacé, gustoso, por un rato.
En eso apareció Emanuela.
El nombre nos causaba gracia, porque era un nombre de varón forzosamente convertido en femenino. Pero todos lo llamaban así.
Emanuela era un trans del barrio del fondo. Impresionaba su flacura, se le veían las costillas y su aspecto daba la sensación de que se había quedado “a medias”. Aunque aparecía vestido de mujer, tenía demasiado físico de hombre. Todo tipo de suposiciones se creaban cuando se tocaba el tema de Emanuela: que era muy pobre y no había podido operarse, que no le alcanzaba para la depilación definitiva, que se prostituía…nadie sabía con certeza y nadie preguntaría.
La cosa es que pocas veces pasaba por el negocio. Cargaba crédito para el teléfono y compraba caramelos gomitas de colores, cuando podía. Nos sobresaltaba a veces su cara angulosa en la ventana, cargada de maquillaje y animada por unos penetrantes ojos negros.
A veces decía algún chiste y simulaba no advertir cuando a algún amigo mío que estaba en el local se le escapaba una risita o un gesto obsceno.
Esa noche era viernes, hacía calor, y la sonrisa de Emanuela me sorprendió detrás del vidrio de la ventana. Por seguridad, atendíamos por una ventanita fabricada en la vidriera. La puerta tenía una reja que siempre estaba cerrada.
Emanuela quería crédito para su teléfono y se lo vendí rápidamente para volver a los juegos de la computadora que me entretenían mientras esperaba los clientes. Después de pagar se fue, caminando hacia el centro, que estaba a tres cuadras de allí.
Diez minutos más tarde, apareció otra vez en el negocio.
Temblaba totalmente. Su aspecto contrastaba tanto con el que tenía unos minutos antes, que me quedé paralizado.
Quería hablar, pero los dientes le castañaban con tanta fuerza que yo no podía entenderle nada.
En eso apareció mi mamá y él le preguntó, tratando de controlarse, si se podía quedar unos minutos en nuestra vereda, junto a la ventana.
—En la esquina hay un grupo y me la quieren dar— dijo.
Mi vieja le propuso entrar a casa, pero él no aceptó.
—Tengo que hablarle a alguien que me busque—respondió nervioso.
Sacó el celular del bolsillo pero no podía tocar las teclas por el temblor de las manos. Le pidió a mi madre que marcara el número.
Yo lo observaba pero él eludía mis ojos y miraba al suelo. Habló con alguien y esperó, un poco más calmado, sin dejar de vigilar hacia la esquina.
A los cinco minutos llegó un auto __ ¡Un autazo!__con vidrios polarizados.
Emanuela nos agradeció y se subió al coche, pero antes, levantó la cabeza y me miró.
No recuerdo mirada más triste, aterrorizada y humana que aquella.


*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar











THE GRAVEYARD*


Bringing my flowers now, while I’m living/ I won’t need your love when I’m gone./
Tanya Tucker



Una vez
se escuche el silencioso
grito quebrando todo,
que no haya
razón para el espanto.
Permítanles a la noche
que anochezca
y al viento que sacuda, implacable,
al viejo pino, mudo testigo
de tantas historias
nunca escritas, porque
qué puede ser la vida
sino una sonrisa breve
o, un ramillete de flores
en unas cercanas manos
desconocidas.


*De Daniel Montoly.










HUELLAS*


-A Paula Novoa-


Sus padres dibujaban huellas de camello por el parque.
A los 8 años ella siguió esas huellas sin temor al desencanto.

Eran verdaderas.

El Papá visitó al amigo del circo.
Como no tenían camellos prestó al elefante.


*De Eduardo Francisco Coiro.










*


Una escoba invisible
(es el tiempo que pasa)

ha barrido
antiguas miradas.

Intento un lenguaje nuevo.

Despierto a las cosas que me rodean

como si fueran nuevas

ellas y yo podemos entendernos.

Existen simplemente

–como siempre-
pero a mis ojos, cada detalle es nuevo.

Por instantes me desgajo en otra.

Es como sentirse fuera de lugar
en la propia piel

y celebro el volver a nacerme.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar












REFUGIO*



Traigo una piedra temblándome en los siglos.
Un talismán. Espacio de los santuarios de todos los azules.
De todos los arroyos. De todos los jirones de mi cuerpo.
Él llegó porque si. Como llega la lluvia.
Nos encontramos en un rincón de la palabra nueva.
Venía de trenes de cemento. De vagones de moho.
Yo, iba buscando de nuevo, las acacias.
Una metamorfosis de Eva y de manzana.
Abrió la puerta. Y en esa puerta, desnuda, lo saludo.
Desnudez más casta que una niña en el páramo.
El llega, ardiendo en lejanías.
Con un vino callado. Tan callado.
Como un toro. Como una plaza. Como un niño dormido.
...Y recordamos juntos...
Antiguas osamentas. Enlutado país, en renuncia de trigo.
Inservibles monedas, de indescifrables signos.
Viejos profanados en delirio de escarcha.
Jóvenes amordazados de purgatorios tristes.
Niños muertos sobre maderas vírgenes.
...Y aquí estamos. Fundando otra vez, refugios.
Un oasis, una pared de pircas. Una barricada.
Con boca amarga, con resaca.
Desmenuzando una tristeza en migas.
Con una cruel costumbre. Una necesidad. Un hambre.
De sur, de norte. De vida.
Sobretodo, de vida.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@gmail.com











Sentidos*



Una mesa con vista al mar, con oído al mar, con tacto al mar, con olor a mar, con gusto a mar, en el Pacífico ecuatoriano. El pescado, una corvina ligeramente apanada,  parece un príncipe que se pone una capa de mariscos bordados, los rosas camarones y langostinos junto a las ostras que brillan brillan  y juegan al crujiente contraste. El agua, los pájaros, un poco antes los delfines apareciendo y desapareciendo. Lo natural y simple que de tan raro se vuelve exótico, contrasta con otras playas. Un gusto suave y rotundo se pierde en el cuerpo. La memoria rescata la comunión, el momento sagrado en que nos entregamos al paisaje.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar












Otredad*



Añoro caminar por otras calles
indagar otros rostros, dispersarme;
abrazar otros cuerpos, adaptarme
al ritmo de otras muchedumbres.

No sé si es escapar o renacerse
pero en mis manos hay palomas
que no son de esta plaza


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com










*


Árbol del misterio, acá está la duda luminosa,
la cerveza fría, la espuma del coraje,
son sus manos las que sostienen las camelias blancas
para arrancarlas y darlas en ofrenda.
He bebido con él.
He hablado con él
hasta olvidar qué decía.
Llegamos a contar
ciento doce estrellas antes de rendirnos.
Hemos perdido tiempo contando estrellas.
Hemos ganado tiempo contando estrellas.
Hemos bebido poco.
Sin embargo, él ha arrancado tantas flores
y las ha dejado sobre todas las baldosas de mi casa
que sería posible no tocar el piso nunca más.
Qué maravilla.
¿Cuánto durará la vida para vivirla de este modo?
¿Cuánto la sed?
¿Cuánto la ilusión fabulosa
que nos mantiene alertas y entregados?

Árbol del misterio, no voy a devolverte las camelias blancas.


*De Valeria Pariso.




-Valeria  (Muñiz, Provincia de Buenos Aires, 1970)
Coordina talleres de poesía y el ciclo de poesía en Bella Vista. Algunos de sus poemas fueron traducidos al portugués y al italiano.
Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares, "La trilogía: Uva negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento Ediciones patagónicas (2018).

-En 2019, con su libro "Zarmina", obtuvo el Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía, del Fondo Nacional de las Artes.

Sus poemas fueron incluidos en distintas antologías, entre ellas "Antología de poesía iberoamericana actual", Ed. Ex Libric, España, 2018; "Rapsodia ensamble de voces- Obertura- Editorial El mono armado, 2015; Movimientos/ Primera antología Ciclo Moserrat 2018, "Antología Federal de poesía de la provincia de Buenos Aires", del Consejo Federal de Inversiones.

-Administra el blog de difusión de poesía contemporánea https://laficciondelolvido.blogspot.com.ar












El grito de la mandrágora*




Nosotros jugábamos en el campito, a veces era a la pelota, a veces cavábamos trincheras y las naranjas eran granadas que volaban sobre yuyos crecidos. Había árboles achaparrados, una alambrada vencida que nos permitía un ingreso con amenaza de invasión al lugar prohibido.
Cada tanto era el hallazgo de un sapo, la persecución desde lejos y temerosa de una iguana prehistórica. Y las nenas que hacíamos tortitas de barro y poníamos la mesa de latas oxidadas sobre el redondo tocón de un árbol talado hacía décadas.

El lugar no era por completo tranquilizador, pero en eso estaba parte del encanto. Solos no íbamos. Cruzábamos el hueco del perímetro en bandada parloteante, de a tres o de a cinco, a veces más; cuando el sol legalizaba con sombras definidas esa amenaza que se manifestaba en los atardeceres y se afianzaba por las noches. Nunca de noche al campito. Alguna que otra vez nos quedamos en el crepúsculo, pero el avance de la oscuridad ponía rostros en las cortezas, sonidos en los matorrales, y ni siquiera la bulla era tranquilizadora, sonaba falsa, y terminaban provocándonos más miedo esas nuestras voces forzadas que el silencio que se adivinaba por debajo. Entonces cada carancho a su rancho, desbandada y retorno a las casas iluminadas, a mamá y la mesa puesta y los deberes todavía pendientes. Calcar un mapa, resolver un problema esquivo. Y el campito oscuro dejaba de existir porque ya no era el lugar de juegos sino el lugar donde la muerte se pasea bajo la luz fría de la luna.

Y una tarde encontramos al ahorcado.
Nosotros lo encontramos pendiendo del árbol. Ya no era un ser humano sino una cosa como un maniquí, algo parecido a una bolsa o un muñeco de trapos.
Vino la policía, desde la vereda asistimos al enjambre de vecinos y escuchamos al nivel de las cinturas las historias encontradas que iban formando la historia final del suicidio, la que se repetiría para siempre; y en la que figuraba una novia y un abandono, y esa cosa dramática de la juventud.
A los pocos días estábamos de vuelta. Era nuestro lugar, y aunque vigilábamos el árbol por el rabillo del ojo en medio del juego de la mancha, nada nos atemorizó, ningún bulto fantasmagórico se materializó bajo la rama.
Fui yo la que descubrió la plantita.
Justo en el lugar, debajo del espacio vacío ahora donde había pendido el hombre. Justo allí asomaba una ramita vertical, verde y erecta.
Uno de los chicos nos habló de la mandrágora. Quién se había ocupado de contarle semejantes historias, no lo recuerdo; pero él nos dijo que antes, cuando ahorcar a los ladrones o asesinos era una costumbre bastante usual, ocurría que en el momento terrible de la asfixia el hombre eyaculaba, y tal condenado riego sobre la tierra producía una planta infernal. La mandrágora.
El sonido de ese nombre mágico nos enturbió los paladares. Comenzamos a imaginar el bulbo monstruoso que se gestaba debajo de la superficie, tubérculo con forma humana, raíz maravillosa y llena de secretos poderes.

Veíamos crecer nuestra mandrágora, y por esos raros aconteceres ninguno dio en ir con el cuento a sus padres. Era nuestro secreto.
La ramita solitaria se abrió en hojas afiladas; oculto por debajo percibíamos con el estómago el ser enterrado, maligno, hecho de muerte y luna.
Tampoco recuerdo quién habló por vez primera de la cosecha. Se fue instalando la idea como aparecen las primeras nubes antes de la tormenta, inadvertidamente, en forma difusa, hasta que el cielo está cubierto y uno no sabe cuándo desapareció el último manchón celeste.
Las discusiones tenían la ingenuidad de nuestros pocos años. Entre los argumentos y las estrategias aparecían disputas por una figurita, o de pronto se armaba un picadito con la pelota y la cosecha quedaba momentáneamente olvidada.

Había un grave problema, y era que al arrancar la mandrágora la planta produce un fuerte grito, y quien la desentierra muere instantáneamente. Eso decía nuestro amigo, y para nosotros él era el hechicero y no se cuestionaba la verdad de su sabiduría. Tampoco dudábamos de que si un hombre le pasaba el dedo medio por la palma a una mujer, ésta se le entregaría "mansita mansita"; recuerdo especialmente la expresión porque me hacía ver una mujer como un perrito panza arriba, la cara borrada, el cuerpo exánime, igual al de las monjas en éxtasis retratadas en las vidas de santos. Y un mago sostenía su mano, y le pasaba una y otra vez el dedo obsceno por el hueco ofrecido de la mano. Entonces decidimos traer a un chico de afuera, un extraño, que sin noticia del peligro nos proporcionase la raíz maravillosa.
Para qué propósito deseábamos la mandrágora, no lo se. La aventura estaba en la acción y en la muerte, que justificaban los desvelos.
Confusamente algunos tejieron aspiraciones fabulosas, diciendo que podríamos vender por cifras millonarias el prodigio a los gitanos, otros hablaron de la NASA, y alguno mezcló la historia con los cuentos de hadas, y proponía pedir deseos como si en vez de una mandrágora hubiésemos hallado la lámpara de Aladino.
Por qué tentar al destino, la finalidad de lo que haríamos no importaba. Queríamos que sucediese algo. No sabíamos qué, pero algo.
Uno de los chicos era de esas familias numerosas y extendidas. En su casa habitualmente salían colchones de la piecita del fondo, y parientes del campo brotaban de la nada estacionando un automóvil o una camioneta embarrada y rellenando los espacios de las habitaciones con voces que hablaban con tonadas raras.
Hubo un primito, primo segundo creo, una de esas relaciones por parte del abuelo o la abuela, vaya a saber qué grado de parentesco, pero a ellos les bastaba con descender de Adán para ser de la familia. El chico era un gringuito de dientes enormes, todo sonrisa y pies descalzos, que andaría por los seis o siete años y tenía la ingenuidad intacta, la confianza sincera y esa fidelidad canina hacia los chicos más grandes.
Nos citamos al atardecer debajo del árbol.
Podría describir con notas lúgubres el campito, pero en realidad y llegado el momento fue como si no se jugase nada. En su lugar seguían las piedras que marcaban el arco para los partidos de pelota, no había espíritus tenebrosos escondidos detrás de los arbustos.
Alguien le dijo que arrancase la plantita, así, sin ceremonia ni preparación, y con solicitud el gringuito aferró el tallo y las hojas, dio el tirón exacto con el que desmalezaba la quinta de su madre. Todos gritamos. No puedo asegurar que el aullido aterrador proviniese de la mata arrancada o fuese la unión de nuestros agudos chillidos infantiles. Después aseguramos haber escuchado el grito, pero quién sabe. En la mano sostenía limpiamente un tubérculo gordo y con ramificaciones que se asemejaba vagamente a un ser humano.

El nene murió, pero después. Vuelto al campo supimos que lo tomó una fiebre y apenas duró unos días. A la raíz la cortamos en pedazos y cada uno se llevó su parte. La porción que me pertenecía se secó, quedó como una pasa resumida, y fue olvidada en el cajón de la mesita de luz hasta que se perdió en alguna limpieza. Después vinieron cocineros televisivos y supe del jengibre.

No hablamos más del asunto. La magia se niega a acontecer con claridad, y nos permite darla al olvido y la duda. Afortunadamente.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com










*


La locura es una olla hirviendo, una flor que muerde o la tranquilidad de una silla de paja como la de Van Gogh.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com








Inventren




KM 55 *



*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com



Y pensar que antes aquí paraba el tren. Aunque de eso hace ya muchos años. El tiempo pasa, arrasando con todo. A la vista del aparente abandono, me parece un milagro que algo de todo esto se mantenga en pie. Me pregunto cuánto hace que un ser humano no espera al tren en este andén. Y me pregunto también qué me impulsó a mí a aceptar el encuentro en este lugar perdido.
Claro que yo no sabía que esto era un desierto. Solo ahora me percato de la inmensa soledad de este sitio. Si el asunto no fuera tan serio, pensaría que me gastaron una broma pesada. Ahora no me queda más que esperar. Pronto llegarán. El hecho de que yo ya esté aquí sentado, a la sombra de esta vieja pared semiderruida, solo significa que me adelanté, como siempre hago. Debo dejar ya esa vieja costumbre. Luego la espera se me hace eterna y empieza a afectar a mis nervios.
Era diferente en mi juventud. Entonces esperar no era más que una de las coordenadas de la cita. Me ubicaba en el sitio convenido y prestaba atención a todo el mundo. Bueno, en verdad, tan solo a aquellos que encajaban en el perfil de la persona con la que yo hubiese quedado. Inventariaba rostros, gestos, peculiaridades. Uno nunca sabe cuándo pueden servirle esas cosas. Eso me ofrecía un entretenimiento y amenizaba la espera. Naturalmente, hablo de encuentros con gente desconocida.
Como este.
Mentiría si dijese que estoy tranquilo. La naturaleza del asunto que me ha traído hasta este lugar no es como para estarlo. Pero ya no me quedaba otra opción. Todos los caminos han sido ya recorridos; todos los puentes, quemados. Frente a mí solo hay un precipicio y el consecuente salto. Despeñarse o volar. En eso consiste todo. En uno u otro caso, la opinión de mis allegados –si he de suponer que aún queda alguien que pueda ser considerado como tal- caerá sobre mí. Se me considerará un pusilánime o un malvado. Nada puedo hacer ante eso, salvo encogerme de hombros y mirar el reloj. Ya casi es la hora.
Todo esto no hubiese sucedido en otras circunstancias.
Si yo hubiese tenido un empleo, por ejemplo. O ingresos de cualquier tipo. Pero no. Lo determinante fue que me despidieran de la empresa en la que llevaba más de veinte años trabajando. La crisis, alegaron. Que no había trabajo para todos. Que yo ya no era joven y no podía rendir como antes. Que los tiempos habían cambiado y nada podía hacerse por remediar eso. Y así, de la noche a la mañana me vi en la calle. Demasiado viejo para optar a un trabajo y demasiado joven para acogerme a los beneficios de la jubilación. No obstante, no quise rendirme todavía. Aunque de nada sirvieron las incontables horas pasadas en busca de un empleo, de nada las fatigosas caminatas, de empresa en empresa, ofreciendo mis servicios a cambio de un mísero salario; de nada los centenares de currículos entregados en mano o enviados por correo electrónico; de nada las escasas entrevistas en las que ya todo estaba decidido de antemano en cuanto el empleador vislumbraba mis ya numerosas canas.
Así pues, no me quedó otra que tratar de obtener algún dinero por el medio que fuese. Debo admitir que fui engañado en tres o cuatro ocasiones por alguno de esos anuncios de los diarios en los que se aseguran grandes ganancias a cambio de unas pocas horas de trabajo en tu propio domicilio. A la hora de la verdad, todo es humo. Consideré la opción de fabricar manualidades y poner un puestecito en el mercado, pero todo eso exigía un gasto (en materiales e impuestos) que ya no podía permitirme. Estaba en las últimas. También hice imprimir un librito con algunos de mis mejores poemas y traté de venderlo de puerta en puerta. Pero descubrí que la gente no lee poesía. Entonces, tras una de esas puertas a las que llamé durante mi obstinado y casi inútil periplo, fue cuando los conocí. A ellos.
Miro mi reloj. Parece que se retrasan. Según he oído, retrasarse es uno de sus métodos favoritos para poner nerviosa a la gente. Y verdaderamente lo están consiguiendo.
Como sin duda lo consiguieron aquel día, cuando yo me presenté en su casa tratando de venderles mi poesía. El que me abrió la puerta me miró fijamente durante un segundo. Luego echó un rápido vistazo por encima de mi hombro, a uno y otro lado del estrecho pasillo. Al ver que no había nadie más, me agarró bruscamente por el brazo y me introdujo a la fuerza en su vivienda.
Sin soltarme, y haciendo caso omiso de mis protestas, me arrastró hasta un salón escasamente iluminado donde había otro tipo, me lanzó sobre un sofá no demasiado limpio y fijó su vista en el otro. Intercambiaron unas pocas palabras en un idioma que no entendí. Luego se acercaron uno por cada lado, amenazantes, y el más bajo sacó una navaja del bolsillo de su pantalón.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó. Yo tardé unos segundos en responder, lo que provocó un peligroso acercamiento de la punta de la navaja a mi cuello.

- Yo… Yo… Solo vendo libros… No he hecho nada.

Entonces vieron el librito en mi mano derecha. Uno de ellos agarró la pequeña mochila en la que llevaba varios ejemplares más y la vació sobre el sofá. La volteó y la registró con esmero. A saber qué estará buscando ahí, me pregunté. Luego me hicieron incorporarme y me manosearon todo el cuerpo. Como en un registro de los que hace la policía en las películas norteamericanas. Al terminar, parecían más satisfechos. Volvieron a hablar entre ellos. Después, todos nos sentamos en el sofá y empezaron a hacerme preguntas. Montones de ellas. Yo, encogido por la estrechez del mueble y por el miedo, di todas las explicaciones que se me solicitaron. Temía equivocarme, dar una respuesta que no fuese de su agrado y terminar así mis días en aquel antro oscuro. Finalizado el interrogatorio, el calvo se levantó y paseó como ensimismado por la habitación, mientras el otro guardaba la navaja nuevamente. Respiré, presumiendo o más bien deseando que lo peor hubiera pasado.
Se produjo un nuevo intercambio verbal entre ellos, con abundante movimiento de manos, y luego se quedaron mirándome, como sopesando algo.

- Dices que estás sin blanca, ¿no? – preguntó uno.
- Así es. – respondí con franqueza.
- ¿Te gustaría ganar un dinero trabajando para nosotros?
- Haré lo que sea. No tengo elección.
- Bien. Esto es lo que queremos que hagas…

Cruzar a Bolivia no fue difícil. Dicen que nada lo es si uno sabe medir bien sus opciones y los riesgos. Una vez allí, me presenté en la dirección indicada y recogí el paquete. Pesaba. Lo introduje en el maletero del auto, bajo la rueda de repuesto, tal y como se me había indicado. Los tipos del otro lado me miraban con mal disimulada suspicacia. Al parecer, yo no daba el perfil para llevar a cabo ese encargo. No fueron simpáticos. Yo lo único que quería era salir de allí, regresar y cobrar el dinero que se me había prometido. El retorno fue más complicado, siquiera por mi sentimiento de culpa. En todas partes me parecía ver patrullas de carretera. Los faros de los coches que circulaban en dirección contraria me angustiaban. Cualquier construcción al borde de la ruta se me figuraba un cuartel policial. En un momento todo podía derrumbarse.
Pero no fue así. Tras un trayecto que se me antojó eterno, conseguí atravesar la frontera, sudoroso y agotado. Luego emprendí el camino hasta aquí.
Y aquí estoy ahora, esperando. La espera me ha hecho tener pensamientos negativos. Y si… Pero ahí se ven los faros de un auto. Ya vienen. Solo espero que recojan su mercancía y me den lo acordado. Ojalá que no me maten. Que no me maten y dejen mi cuerpo aquí tirado, en este kilómetro 55, en este lugar abandonado por los hombres donde no queda ni la memoria de lo que un día fue.



*Anticipo de la estación Apeadero Km 55.




-Próxima estación:

Apeadero KM. 55.  



En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Midland:

  ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.




JUAN TRONCONI.


En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Provincial:

CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

***



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Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar



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