sábado, junio 19, 2021

UN HILO SUTIL SE DESPLAZA…

 



*Foto de Paloma Baigorria Arellano.

 

 

 

 

 

 

 

DESCANSO*

 

“Nada se compara a esa leyenda de semillas

que deja tu presencia”

VICENTE HUIDOBRO

 

Cansa el viento zonda, amor,

Tu ausencia mucho más.

Languidece la luna desteñida,

Jazmín del aire, en aire marchitado.

Tenuemente ilumina

El relincho cansado del caballo.

 

Cansa la sequía, amor,

Tu ausencia mucho más.

Magullados los cardos,

Siguen las huellas vacilantes

De los perros flacos.

 

Cansa la vigilia del carancho,

Tu ausencia mucho más.

Las penumbras vacilantes de la noche

Huyen, tras un lagarto azul.

Mi corazón muere de sed.

 

Cansa la soledad, amor.

Despojados, la rosa y el espejo

De presencias errantes,

Buscan la plenitud del aire.

Las semillas.

Del agua, del fuego y de la tierra.

 

Cansa el olvido, amor

Tu ausencia, mucho más.

El caldén, tan callado,

Con destino de poste,

Con sus vainas preñadas de agorera savia.

Camina lentamente sumándose

A mis pasos.

Enciende la lámpara y la luna.

Trayéndome el descanso

Profundo de tus ojos.

 

 

*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@gmail.com

 

 

 


 

 

UN HILO SUTIL SE DESPLAZA…

 

 

 



 

*

 

 

Dos o tres palabras en el lugar correcto

son capaces de iluminar un cementerio.

Una vez prendida,

no hay viento capaz de tirar la lámpara.

Las flores se vuelven brillantes

y empiezan a tener sentido

los nombres, los cuerpos.

Dos o tres palabras en el lugar correcto

tienen la ferocidad que abre un jardín.

No importa si está vivo o muerto.

 

Ahora estas son mis manos.

Todos los fósforos buenos fueron tirados al mar.


 

(Poema incluido en “Triza”)

 

*De Valeria Parisovaleriapariso@outlook.com


 

-Valeria (Muñiz, Provincia de Buenos Aires, 1970)

-Coordina MOJITO, taller y clínica virtual/presencial de poesía y el "Ciclo de poesía en Bella Vista".

-Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares, "La trilogía: Uva negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento Ediciones patagónicas (2018), Segunda edición AqL (2020), Zarmina, Ed. Mascarón de proa (2020); "Flores para no regar", Editorial AqL (2021).

-Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía, del Fondo Nacional de las Artes, año 2019, con su libro "Zarmina".

Varios de sus poemas fueron traducidos al francés, al portugués y al italiano.

-Administra el blog de difusión de poesía contemporánea https://laficciondelolvido.blogspot.com.ar

-Su blog personal es https://tantotequeria.blogspot.com

 

 

 

 

 

 

 

CARTA*

 

 

La del café negro y sin azúcar, como el mate. La de la cerveza a la tardecita (si es ipa tirada, mejor). La loca por el dulce de leche y cualquier cosa que tenga gusto a limón. La de la voz ronca. La que no pegaba una letra de una canción ni un ritmo ni en joda. La que no le tenía miedo a nada. La que era una leona adentro y afuera de la cancha. La de las mil y un anécdotas. La que siempre te tiraba una respuesta ocurrente. La fanática de Tini. La que te hacía reír hasta que te doliera la panza. La “bulinera”. La rebelde. La de la lengua geográfica y los “choridedos”. La de la risa a carcajadas. La tecnológica que tenía una aplicación para lo que se te ocurra. La no políticamente correcta. La que te decía todo, sin filtro. La que llevaba el humor y el sarcasmo en la piel. La bostera e hincha de ferro hasta la médula. La compañera. La que estaba en todas. La que no te fallaba. La que a veces mentía con pavadas. La calentona. La que no iba al médico ni a patadas. La competitiva que si no ganaba, te la empataba. La que no paraba hasta alcanzar sus objetivos. La ingeniera. La “fiminizi”. La organizadora de eventos. La incansable. La manija. La fiestera. La que no te “careteaba” nada. La que arreglaba cualquier cosa que se rompiera. La autosuficiente. La líder nata. La tía solterona. La enana. La que siempre podía con todo, ella sola. La Iro, la Iris, la Indira. La que era una amiga, hija, hermana, tía, sobrina las 24 horas del día, los 365 días del año.

Te llevaste de todas las personas que te quieren un pedazo enorme pero quédate tranquila que nos dejaste muchísimo más.

Gracias por siempre haber sido vos.

Te vamos a extrañar mucho.

Te amo, te amamos Iri

Anita.

 

 

*De Ana Lucía Medina Villalonga.

General Pico. La Pampa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Anular una jaula

 

cerrar una fosa

 

volar sobre tu mar

 

navegar tu cielo

 

Que mi voz se haga visible ante tus ojos.

 


*De Miryam Colombotto Seia. colombottomiryam@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La papelera: resignificar los restos*

 

 

*Por Jorge Isaías. jisaias4646@gmail.com

 

Un libro de poemas como quería Oliverio Girondo no necesita de prólogos, no necesita ser “protocolizado” porque corre el albur de cansar al lector que debe descubrir por sí mismo sin estar condicionado en su espíritu para que en entera mansedumbre encuentre el poema que lo estaba esperando.

Encuentro, comunión que no siempre se produce en la primera lectura y hasta puede tardar años en producirse o no consumarse nunca.

César Actis Brú ha querido en La Papelera –un libro de 1996-- salvar los restos de una escritura destinada metafóricamente al lugar de los papeles inútiles. Ha salvado esta “borra” de sentido, que como na adherencia no quiere morir, e insiste en ser aireado en un conjunto que el autor supone “heterogéneo”.

Si me lo permite el autor y con el permiso del benevolente lector de estos poemas que sucederán a mi letra salteable, escribiré un par de cosas que me sugiere este libro.

En primer lugar, podríamos objetar la opinión del propio autor ya que debemos partir de una premisa: los libros de versos no tienen por qué ser reunidos necesariamente en una secuencia “temática”. Y me hago esta pregunta para mí mismo, ya que no le he encontrado respuesta: ¿existe en la poesía aquello que la tradición nombra como “tema”? ¿Acaso Roland Barthes no aseguraba que toda literatura de occidente circulaba alrededor de dos definiciones o “lev motivs”: “te amo” y “tengo miedo a la muerte”?

Creo firmemente —si bien cuando de poesía se trata toda aseveración puede no ser pertinente— que “armar” una colección de poemas implica siempre un acto de inspiración como su previa escritura. ¿Con qué razón o sobre qué presupuestos se ordena un libro de versos? ¿No cambia la escena de esa baza compacta cuando sus piezas son movidas de lugar? ¿Y qué pasa cuando el lector de versos lo tiene entre sus manos? ¿Acaso los lee de la primera a la última página? ¿Nos acostumbramos a saltear —desordenado, arbitrario— la paginación numerada y leemos, al azar, deteniéndonos en este poema o aquel verso que más concita nuestro deseo o nuestro placer?

Esto, claro, a menos que uno fuera el autor del “Roman de la Rosa” o el “Cantor del mío Cid”.

Resumiendo entonces, amigablemente con el autor podríamos decir que no hay tal arbitrariedad en esa inteligente “recopilación” de La Papelera.

Porque hay una razón y es que entre las piezas que componen el libro Actis Brú ha permitido estacionar uno de los más excelente poemarios suyos —sino el más— y es el que nos presenta con su idea de “lectura”, pero que nos permite a nosotros, sus lectores, reformularla. Esa es, justamente, la maravilla y la riqueza de la poesía.

Ante su temor de no poder conformar un libro homogéneo, deberé aseverar que, entre esas piezas aparentemente anómalas, se desplaza un hilo sutil, un tono de parentesco lírico que las cohesiona de un modo que evita toda monotonía y nos depara una sensación de auténtico goce al repasar esos versos.

La vasta y reconocida cultura de su autor asoma en La Papelera, apenas entre las junturas de los versos que no admiten ripios ni excesos. Escritura sin adherencias —entonces— en un corpus que quiere presentarse como una muestra metafórica de ella.

Escritura engañosamente simple, que nos trae y nos lleva casi imperceptiblemente por el hondo y amable carril de sus versos.

Ociosamente actuaríamos si nos pusiéramos a elegir entre una y otra, ya que no podríamos acentuar preferencias sin llamar a la puerta de lo injusto. Pero para no evadir una opinión, que no por humilde puede a veces resultar atinada, nos inclinamos por alguna pieza de antología. Se trata de “Flumen Fluminis”, donde se juntan en un mismo accionar al pescador y al poeta, metaforizando así la paciencia de esa búsqueda axial de los poetas: la de la esperanza de la palabra aquella que le ayude en la construcción del verso perfecto.

La Papelera se presenta entonces como un artilugio, porque quiere presentar como inútil lo útil. Simulacro de inutilidad, entonces.

Es un libro que debe leerse con el corazón encalmado, con la misma “ardiente paciencia” con que algún día entraremos a las ciudades como quería Rimbaud. Solaz entonces para cuando no lo tengan los años nuestros, tan vapuleados y actuales.

Si fuéramos Borges, podríamos decir que un poeta es bueno cuando evita errores y no cuando perpetra hallazgos. En “Arte menor”, el poema se va desplazando como en filamentos de sentido y relumbran por entre la textura de esa trama que tanto la araña como el poeta tejen. Sentido hacia afuera pero también hacia adentro, íntimo, como una introspección que se hace metáfora. Leemos: “con las redes desechas/ de la vida, la esperanza y el tiempo”.

Nada más. Y nada menos podemos agregar, pues tal vez como en un espejo ilusorio el poeta puede suponer que existe una conexión muy íntima entre el tejido de la araña paciente y sus propias cavilaciones tejidas en absoluto silencio, que ni el laborioso accionar del arácnido perturban. Esa vigilia tal vez necesaria. Uno tal vez a cierta edad prefiera el silencio a las voces que son estentóreas. Prefiere entonces aquellos poemas que nos toquen con su antenita invisible, que nos toquen “como las olas del mar”, escribía Borges, esos poemas que convergen en nosotros como algo sensible, algo que nos deja un recuerdo indeleble, que nos protege de la vastedad del desastre. Si esta opinión es compartida por el lector, los versos también los serán.

En la página dieciocho, leemos: “Como estas aguas”; una comunicación, un compartir la emoción con un amigo poeta —Arturo Lomello— según la dedicatoria. Lleva al sujeto poético a interrogar sobre la densidad de “esas aguas”, que no solo son las que rodean la ciudad en que ambos vivían (digo: Actis y Lomello), la ciudad a la que se alude, sino las de la purificación, las primigenias del bautismo cristiano tal vez, aquello que nos compromete con Dios, que nos pone en este camino limpios de pecado original y a la espera (el compromiso) de seguir por la vida con la exclusiva responsabilidad de los actos futuros. “Remota y bautismal” será también esa reflexión que produce en nuestro ánimo el recuerdo del río “que nos interroga con sus aguas”, esas aguas que van a dar en la mar y nos grafican en su fluir interminable la finitud de nuestro paso por la tierra. Acaso ofrenda: “En el pálido hueco de mi mano”, sea la ofrenda al mensajero un recuerdo que somos solamente un “pedazo de carne pasajera” como escribió Cátulo Castillo. El agua es también el partir de los amigos, que como ellos, nos avisa que parte dejándonos más solos, como un niño a la intemperie.

La Papelera entonces se nos presenta como dijimos más arriba “simulando” una inutilidad que no tiene, que está lejos de percibirse apenas uno hojea y ojea sus páginas prietas. Es sin lugar a dudas un trabajo que adensa y profundiza la obra de César Actis Brú, enriqueciéndola diría yo, con estos textos que por suerte salvó, con sus manos llenas de amor, su clara adherencia a la mejor poesía de estos tiempos terribles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ADÓNDE VOLVER*

 


Uno envidia a quien es capaz de desnudarse, de dejar las prendas y los lenguajes, abandonar la merienda servida e irse; irse lejos, atravesar países tiempos y gentes. Todos sentimos alguna vez esa inclinación a soñar con el mar, con los caminos que se pierden, con horizontes difusos que borren el asfixiante aquí y ahora.

Se puede viajar, si, es posible disolver la pertenencia en escapadas, en huidas tempranas o tardías. Es posible cortar las cintas que nos aferran a la tierra, a la familia, a los amigos. Se puede, aunque sea esta una empresa de personas marcadas por algún secreto signo que no está visible en la frente.

Lo que perdura allá en un fondo de pozo con sapo y luna, es el miedo a no tener adónde volver.

La vida entera es la dificultosa construcción de aquel sitio que nos reciba al fin de la jornada. Puede que sea un intento fallido; que al acabarse la partida sólo un gato sigiloso murmure su aprobación solitaria a la viejita olvidada entre muros silentes, o que por ser el último en abandonar el ferrocarril, el anciano quede con los naipes en la mano, vacías las sillas de sus compañeros ya desvanecidos.

Pero habrán tenido puerto para la charla amable o ácida. Habrán hecho sus nudos de amores u odios donde fuesen reconocidos, donde la familiaridad les prestase un entorno que sintieran propio, intrínsecamente propio. Odiado puerto, amado puerto el del fin de la jornada, pero una amarra que nos contiene cuando el embate del mar. El vértigo absoluto de un viajero es no tener adónde volver.

Y no nos engañemos, viajamos tanto los que se van y pasan de vida a vida como los que nos quedamos, y hacemos rutina de veredas fatigadas. Todos debemos retornar a casa cuando el crepúsculo nos trae. Y algunos, no tienen adónde volver.

Quién escuchará la narración efímera de los incordios del día, quién compartirá la mesa, quién respirará quizás en otro cuarto, quizás en otra casa, pero quién respirará nuestro aire.

En qué lugar habrá una caja con fotografías de nuestra infancia, quién preguntará cómo estás, y aguardará la respuesta. Y, si me voy, quién recibirá mis cartas.

El vértigo absoluto de un viajero es no tener adónde volver.

 

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NEBULOSAS*

 

 

Este capricho mío de llorar descalza.

Pertinaz boca que beso y no me nombra.

Pájaro negro que grazna sobre el zumo de mis pálidas lunas

Recién nacida. Vieja rugosa y desdentada.

¿De qué múltiples rumores de espejos me arrancaron?

Yo jugaba entre lápidas. Besaba el aura de los muertos.

Árboles tristísimos y trigales venerables.

Y robaba flores a los ricos. Nardos y flores de papel morado.

Bravura de polleras cortas. Trenzas y largas falsedades.

Huía y huía y Dios me perseguía. No me alcanzaba

No lo consigue, aún. No lo consigue.

Fugitiva yegua con crines coloradas.

- ¿Tampoco viene este domingo, madre? -

Ella alisaba los pliegues de la almohada.

Una desnudez de hierro la arropaba.

Un vaso de agua y cuatro hembras yertas.

Y el reloj se detuvo. Y la noche.

Quise beber, tirada es sus faldas de albahaca.

Sus manos de Magdalena, cruzadas sobre el pecho.

Leve brisa elevando un cansancio de años.

¿Están todos? No. No están.

¿Por qué esa soledad? ¿Quién te obligó a orinar de pie?

¿Escuchas madre? Es la eterna nebulosa.

Es otra vez el mar… y la rosa y un puñado de sal.

Y una incansable visión de cabezas truncadas

Y este capricho mío de llorar descalza.

 

 

*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HISTORIAS INQUIETANTES*

 

*Por Jorge Isaías. jisaias4646@gmail.com


En los años ochenta una revista española, creo que se llamaba “Quimera” había reproducido un célebre reportaje realizado a William Faulkner, donde se despacha con una serie de anécdotas –reales o ficticias, poco importa- y que fueron mi delicia durante un tiempo. A este extenso reportaje difundí por medio de fotocopias en mi época en que dictaba Literatura Argentina y a fin de año su nombre y algunas de sus novelas llegaban a la sección “sugeridos”, con la última tiza de la última clase. Allí el autor comentaba cómo se hizo escritor. Siendo un adolescente se sentaba en un bar de una pequeña ciudad del Medio Oeste Norteamericano con un exitoso hombre de letras que fundó una dinastía, aunque hoy como casi todo hay quedado un poco en el olvido. Sherwood Anderson, de él se trata, puso en sus historias las grises vidas de los habitantes, es decir los granjeros de ese lugar, los pobladores de un pequeño condado con sus ambiciones y sueños y sus deseos y bajo su mirada penetrante realiza un agudo retrato de la vida americana en los inicios de la industrialización.

En “Winesburg, Ohio”, un libro estremecedor de veintidós relatos maestros donde narra la vida diaria de esos habitantes no exentos de fantasías.

Dicen los críticos que influyó profundamente en toda una generación de escritores, desde el mismo Faulkner, hasta Dos Passos, Steinbeck y el mismísimo Hemingway que estetizó su estilo tal vez demasiado carente de tensiones que le supo imprimir el autor de “El viejo y el mar”

William Faulkner cuenta que un día se puso a pensar que si la vida de Anderson era la de un escritor, a él le interesaba, que si a las seis de la tarde se estaba libre para tomar cerveza, esa vida era la que quería para él. Y se encerró a escribir. Extrañado, su amigo de la súbita desaparición del joven golpeó una tarde la puerta de la casa.

-Usted está enojado conmigo que no comparte más mis cervezas le preguntó

-- Señor Anderson, estoy escribiendo una novela.

-Dios mío- exclamó Anderson pegándose con la mano en la frente. Y se fue. Al mes, mientras el joven cruzaba la plaza se encontró con la esposa del escritor afamado, quien le dijo-

-Dice mi marido que si no le hace leer el original le consigue un editor. Y cumplió.

Así fue como salió “La paga de los soldados”, primer trabajo del que sería en 1949 galardonado con el premio Nobel de Literatura.

Whinesburg, Ohio estuvo muchos años agotado hasta que en 2014 apareció en una editorial porteña con un prólogo imperdible de Luis Chitarroni, Y se puso a circular de nuevo una buena literatura que nunca debería faltarle a los sufridos lectores de estos tiempos desangelados.

No es raro que lo ficcional deba ser “apoyado” por una batería documental, no importa si real o no. Quiero creer que la literatura sigue siendo ese mundo maravilloso que salta el corset de los géneros y tiene que ir dirigido al corazón del lector. Acaso esas mediatizaciones empezaron con la escritura de Don Quijote de la Mancha. Y si no que lo digan los textos del gran Arnaldo Calveyra que con sus libros sortea todos los géneros.

Ante este libro de Anderson no podemos ser indiferentes porque como todos los hombres diestros los narradores de raza empiezan dese el primer párrafo y nos pone las manos en el cuello y nos suelta al final de cada relato. Exhaustos y felices.

George Willard es el reportero que busca una historia para ser contada y no sabe que cualquiera de ellas puede ser relatada aun la más anodina.

Tal vez la matriz esté en la Antología de Spoon River, donde Edgar Lee Master pone en esas lápidas el embrión de lo que escribirán después otros, como el caso de Anderson.

Tantas vidas llenas de deseos, de angustias, en esos atardeceres donde el olor del cereal cortado en el campo iba invadiendo las últimas  callejas del pueblo, los carruajes de los campesinos que iban levantando el polvo hacia aquellas ramas que quebrarían el viento de todas las tormentas y las muchachas casaderas, definitivamente abandonadas a su suerte, irían desangrando como las cuentas de un rosario, casi sin esperanza, que alguien la saque de esa desidia, de esa vida gris como la maldición de los oradores religiosos, que irían repiqueteando como las patas de las gaviotas sobre los techos de cinc que las lluvias no lavan del todo y el fuego de todos los crepúsculos no los hace estallar cuando deflagra detrás  de las colinas donde ondea el trigo de todos los veranos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BYE BYE LOVE*

 

 

Utilizaron una canción movida, hay una mujer que se desdobla, es muchas mujeres, baila, se esconde, se transforma en muchas porque se cambia el peinado, el color del cabello. Es un comercial de shampoo, invita a la diversión, el cambio, el juego. Nos advierte que permanentes o planchado o trenzado no afectarán al cabello gracias a ese producto milagroso que lo fortalece y repara.

La música es pegadiza y vital, como debe ser. Claro que si una la escucha con un mínimo de atención y algo de memoria puede advertir que es una versión de la que usó Bob Fosse en “All that jazz”, para ese fantástico número musical en el final, cuando se despide de la vida y saluda a cada una de sus amantes, a su hija, a sus amigos, y se alegra de haber sido perdonado por todos y alejarse hacia la muerte que sucede en otro plano, solo, sin ningún glamour, en una cama de hospital.

Toda la película es sobre la muerte, esa amante hermosa, la única de siempre, la fiel, la que lo recibirá finalmente en sus brazos y se burlará de los alardes y debilidades ocultas. La muerte, esa mujer elegante que proporciona la salida apoteótica en el escenario. La muerte, única confidente y única seguridad. Ella estará allí.

Y la canción dice adiós, adiós amor, adiós adiós felicidad, hola soledad, pienso que voy a morir.

Bob Fosse en ese film logró que casi todas las amantes fuesen sus amantes de la vida real. Y cuentan que cuando se rodaría la última escena, la ensayó él mismo en vez del actor que lo representaba, y al finalizar el ensayo se volvió hacia uno y dijo con lágrimas en los ojos “¿Viste? ¡Me perdonaron!”

Narrar la propia vida, exponerse, transformarla en ficción para actuar sobre la realidad. Hacerse perdonar con las líneas que él mismo escribió, ficcionar su propia defunción que ocurrió luego de la misma manera, cigarrillos, alcohol, pastillas, vida enajenante y el corazón que ya no soporta.

Un poco más profundo, con más significado que la propaganda del shampoo. La misma canción, diferentes aspiraciones.

Me pregunto cómo la escogieron los publicistas. Saben que en estos días pocos son los que no comprenden esas palabras en inglés, adiós, amor, soledad, muerte. Quizás saben, también, que nadie se toma el trabajo de pensar, que todo se acepta si tiene buen ritmo y hay colores y una mujer bella. Aunque esa mujer bella sea la muerte, y una muerte bastardeada.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miedo al futuro*

 

 

Vi a una vecina caminar al revés. Si. Caminaba hacia la esquina de espaldas. Pensé que iba a tropezar. Sentí desesperación. Pero no, avanzaba con una seguridad demencial sin perder el equilibrio. Cuando llegué a su lado por un momento supuse que debía sujetarla, hablarle o al menos preguntarle el porqué. No me animé. La vi despierta -no en trance- con los ojos muy grandes mirando al pasado. En su mano derecha llevaba un ramo de jazmines y en la izquierda apretaba algo invisible en el puño.

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/

 

 

 

 

 

 

 

*

 

No es tarde para mirar el mundo como si recién acabáramos de conocer este planeta remoto y lejano.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

 

*

 


Hay un tren en la montaña que me vio nacer. Antes lo tomaba para pasear o mirar el paisaje del valle desde la cima. Era emocionante la rutina de prepararme para pasear en tren. Y era hipnótico su monocorde ritmo que solía adormecerme.

Una vez viajé lejos. Me alejé de mi familia con determinación porque no querían que me fuera de la montaña.

En el trayecto de regreso al pueblo luego de un viaje distinto durante años, luego de recorrer lugares nuevos y conocer gente diferente, noté desde mi visión lejana, que las vías del tren dibujaban sobre la montaña una línea paralela al valle. No había ascenso, solo una leve inclinación hacia un pico aledaño, que nada tenía que ver con el pico de la montaña que creí, desde siempre, visitar cada vez.

Noté ese rasgo y no dije nada, tampoco avancé en el razonamiento, ni calculé motivos, ni desconfié abiertamente de la inocencia de todos. Tuve como una de esas imágenes, esos pensamientos inconexos que es mejor no pronunciar porque, seguramente, provocarían desilusión, tristeza.

Nunca más sentí el deseo de subirme a ese tren. Tampoco volví a viajar tan lejos.

Por ahora prefiero sentarme, apartada, en la misma piedra que me sostenía cuando era chica, para cerrar los ojos y visitar los destinos reales que guardo en mi memoria, repasar las conversaciones en otros idiomas, los recorridos de trenes agitados, prefiero sentirme extranjera, no ser parte de este tren que se traslada sobre el mismo paralelo y vuelve a abordar al mismo pueblo, una y otra vez, una y otra vez, monocorde como su ritmo.

 

*De Lorena Suez. suezlorena@gmail.com

 

 

 

- Lorena nació en 1975 en la Ciudad de Buenos Aires, es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Psicóloga Social.

En 2016 publicó Intemperie, su primer libro de poemas, por Viajera Editorial. Participó en 2015 con su relato “Desde el Mandarino” de la Antología Tetas. Historias de Pecho, por Textos Intrusos. Hace varios años es convocada para leer en la Feria del Libro, en ciclos de poesía, programas de radio y eventos artísticos. En 2018 publicó Mis Vendavales, su primer libro infantil por la editorial Peces de Ciudad. Con Mis Vendavales viajó a España y presentó el libro en diversos espacios como bibliotecas, radios y librerías, alcanzando a un gran público infantil.

-Concluyó una novela inédita para adultos.

-Propone acompañar la creación literaria en modo individual y grupal.

 

 

 

 

-Próxima estación.

 

En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Provincial:

 

 

 

CARLOS BEGUERIE. 

 

 

 

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

 

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.  

 

LOMA VERDE.

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.  

 

 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.

 

 INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA. 

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

LA PLATA.

 

 

 

 

*

 

-Siguiente estación.

 

 

 En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Midland:

 

KM. 38.  

 

 

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.

 

MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA. 

 

JUSTO VILLEGAS.

 

JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

 

 ALDO BONZI.   KM 12.

 

LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.

 

 VILLA CARAZA.

 

VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

 

 

 

 

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

 

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

 

https://twitter.com/INVENTIVASOCIAL

 


No hay comentarios: