jueves, abril 14, 2011

EDICIÓN ABRIL 2011.


*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




La seda de Vietnam*


La seda arropa un sillón, evita la pura desnudez del uso. Es el arte que viste el pragmatismo. El deseo y la necesidad en una unión indisoluble. Me la regaló una amiga viajera que vive en Barcelona y llegó hasta mi casa en las manos de otra amiga.

Vietnam que fue durante tanto tiempo para mi sólo guerra y NAPALM, ese fuego en la piel con el que el imperio quiere grabar en el cuerpo del otro la democracia o un sólo modo de vida posible, el de ellos.

Vietnam que fue la foto de una niña corriendo quemada.

Vietnam que fue el nombre de una rabia y un amor.

Vietnam que fue ese ardiente deseo de justicia de mi adolescencia.

Ahora inesperadamente es una tela con flores delicadas que casi vuelan en la tela sus arabescos de belleza.

La tela es reversible y desde el otro lado de la trama, de la historia, las mismas flores en colores más suaves.
Desde lo oculto surgen los matices. Ese rojo oscuro, se vuelve un rosa poderoso un gris acariciante.

El tiempo que pasó desde aquella fiesta celebrando cerca de mar azul la paz y una victoria arrasada de muertes.

Tiempo que trae en la femenina envoltura de la tela la vida que pulsa. La amistad que desoye las distancias y se hace presencia en mi casa que cobija.
En cada objeto tantas historias, no forman parte de la sociedad que los hace prescindibles para que compremos otro. No puedo, deshacerme de esta tela, me consuela de las heridas, me viste el alma.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








DOÑA JUANA, PÁJARO Y PRADERA.*


“No hay que tener miedo ni de la pobreza, ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo”
E DE FRIGIA




Doña Juana es pájaro y pradera.
Carga sus ochenta rosas penitentes.
Levemente.
Cual si fueran pétalos de seda.
De cristal. De vuelo de palomas.
Ha evadido el valle de las amarguras.
Y ama, apasionadamente.
Esta arena, esta tierra arcillosa que es su boca.
No le teme a la pobreza.
Es solo un monstruo ponzoñoso, dormido.
La ha escuchado llegar como el retumbe de mil potros salvajes.
Y le ha abierto la puerta, de par, en par.
La puerta de entrada y la puerta de salida.
-Solo es cuestión de tiempo-
Conoce la pobreza, como el río natal.
La ha visto trepar sobre la roca niña.
En los jazmines, en los sauces, en los palos santos.
En las madre - selvas varicosas.
En su luz. En las alas del sol.
En los techos espejados de escarcha.
En el agua oculta bajo la hiedra seca.
En su sed y en sus vides.
En su hambre y su saliva amarga.
En dulcísima pulpa de duraznos tempranos.
En sus benditas manos rocallosas.
En su oficio de ayeres.
En su canto de salvaje alegría.
En su canto... y su perenne eco.
Un eco, y otro eco, y miles ecos más.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







PESADILLA*



Estaba en el Circo Plumkier, dentro de una jaula con 10 tigres que se acercaban y tuve que saltar la reja de la jaula para escapar. La desgracia fue caer en el recinto de los cocodrilos. Inmediatamente dos de ellos, enormes y con la fauces muy abiertas, se lanzaron sobre mi con ánimo de comerme. Me zafé del primero mediante un escorzo y del segundo lanzándome al agua. Lamentablemente en el agua estaban los otros tres compañeros que al verme chapotear, nadaron hacia a mí a toda velocidad. Tuve la suerte de poder agarrarme al trapecio y salir volando por los aires. Dando una pirueta extraña uno de mis pies quedó enrollado en la cuerda y caí a plomo desde una altura de 15 metros; reboté en la cama elástica y caí dentro del carromato de los osos. Un oso enorme y peludo se acercó a mí con la fauces abiertas y moviendo las zarpas en actitud agresiva. Parecía enloquecido y rabioso. En todo este tiempo puedo asegurar que no sentí miedo. Cuando realmente me aterroricé fue al despertar y darme cuenta de que la pesadilla había acabado. A partir de ahí debía enfrentarme con el mundo real.



*De Joan MATEU. joan@cimat.es
Barcelona - ESPAÑA






DE OLVIDO Y SOMBRA*


Si pudiera de noche
perdidamene solo,
acumular olvido y sombra.
PABLO NERUDA


La noche abriga recuerdos
que acunamos en soledad
pretendiendo evaporarlos
y que partan con el día.
Solo que forman esfinges
que se lucen como olvidos
vestidos con añoranzas
que acusan, que lastiman...
Y clamamos por la noche
para que llegue el sueño
siempre solos y con frío.
Los covertores del alma
volaron al infinito.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







POEMA DES-POBLADO DE VERDE*



De qué sirve mi verde si vos no estás conmigo.


De qué sirven mis cenizas de amor

El sol,
Armado con lanzas de fuego,
Verdugo implacable del bosque profundo,
Despuebla mi pajonal de verde. Arde rojo de sangre y ceniza.
La luna, piadosa, le acerca la humedad plateada del amor.

De qué sirve la luna, en cenizas de ausencia
si al irte te has llevado mi esplendor hecho verde.

¡Oh, dioses del averno, acallad mi boca! ¡Oh, sol! ¡Oh, pajonal!
¡Despobladme de verde las manos! ¡Lo merezco!
¡Cambiad mi sangre por arena!
Olvidé:
El verde de la lagartija entre las piedras. El arco iris sonoro de los loros.
El verde denunciante de los árboles quietos.
Olvidé el picaflor, ese pequeño niño que busca el refugio de mis manos.

De qué sirve el solsticio que se anuncia
si mi corazón no es una yema verde, verde espera.
Vendrán otras esperas y una esperanza en verde.

El sol, desarmado, sin lanzas, ni fuego.
Compañero ardiente del bosque profundo, puebla mi pajonal de verde.
La ceniza se va y la sangre queda. La luna, más luna que nunca.
Le acerca la humedad plateada del arraigo.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Sigue caminando*


Pon en movimiento tus tobillos, vuelve a caminar esas calles de la vida.
Que en esa esquina te espera un zarpazo de profundas huellas? Cúralas y sigue.

Busca otra vereda, la de lapachos rosa que alfombran, obsequiosos, las baldosas.. Dobla esa otra esquina, quizás te encuentres a Dios que, sin conocer tus ojos, abofetea tu mejilla hasta obligarte a cambiar el
rumbo.
Y es el ocaso el que tienes de frente, quemando tu pecho el sol con sus últimos y ardientes rayos. Sigue caminando, no pares. Deja que tus huesos se entibien y vuelve a enfrentar ésta nueva esquina. Elige el rumbo y encara con nuevos bríos.
Tus calles embellecen en grises, tus manos se salpican de intrusas manchitas y es más lento tu andar.
Es momento de mirar con atención los jardines y los edificios. Esos antiguos balcones que desde tu niñez vigilan y ahora les descubres las armoniosas rejas de hierro con dibujos de angelotes artesanales.
Tienes tiempo ahora para recrear tus ojos, imaginar el rigor del trabajo,admirar los jardines, pararte y emborracharte con el perfume de los jazmines que cuelgan en los tapiales, cortar algunos y prenderlo en el ojal de la camisa.
Todo el tiempo para sentarte en el banco de la plaza y volar en un fugaz sueño a la felicidad.
Vuelve a la calle, te espera la vida.
Todavía te espera.
No tardes.


*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar







Estación Bouquet*

Cuatro renglones dedicados a Eduardo Francisco Coiro



Salíamos después de la siesta, cuando ya casi se podía caminar contra el sol.
Las vías lucían como dos caminos paralelos que conducían a otra vida, me explicaba mi papá. Eso me ponía medio triste. Por eso, prefería llamarle la atención parándome en una sola pierna y - ya bamboleándome, gritarle -Mira, papi, parezco un tero.
Y mi papá no podía decirme
- Bajate, Martita, que viene el tren.
Porque yo sabía que el tren sólo pasaba dos veces al día por Bouquet: una de ida, iba hacia Rosario, creo, y la otra hacia...pues no lo se. Regresaba, digamos.

Su ruido se sentía desde lejos, y los sábados a la tarde íbamos a la estación con mi mamá. Era como quien dice la vuelta al perro. Entonces caminábamos por el andén, no por la vía, claro. Mi mamá poco menos que se ponía sombrero para asistir a esa sesión inusitada de chismerío local. ¿Por qué vinimos? pregunta que no me contestaba, mientras ella saludaba a la señora que se bajaba del tren mientras esperaba sus valijas.

El pueblo no tenía calle mayor. Solo una plaza grande rodeada por los servicios menos prescindibles: la peluquería de hombres (donde me cortaban el pelo. De mujer, no había. Y mi viejo me prefería varón, en todo caso). La escuela Lainez. La Iglesia. La policía. El médico cirujano. El negocio que vendía los diarios y revistas, dulces, cigarrillos y caramelos, pero que no era el almacén. Ese quedaba a la vuelta. La carnicería, el cine, y la panadería, adonde dos años después mi papá llevaba a los peludos para que
los asaran.

Y como dije, el médico del pueblo, que era a la vez el padre de mi amiguita Betty, que se tuvo que ir de la escuela cuando pocos años más tarde a su papá, el Dr. Vidal, le prohibieron el ejercicio de la profesión porque lo acusaron de haber hecho un aborto. Ni ella sabía lo que era eso, ni yo tampoco. Y así perdí a mi compañera de banco. Desde entonces, me juré entender lo que era el aborto.

Yo crecí. Tendría ya cinco años y medio, cuando empecé la escuela de oyente. De repente, pusieron la religión obligatoria en las escuelas. Bueno, en realidad, en la práctica, era optativa, no obligatoria. Podías optar por hacer Religión o Moral. Mi papi y yo optamos por Moral. Así entró el cura en mi vida. Pero mi opción duró poco. Porque me significó horas - las de Religión - de estar arrodillada afuera de la clase, hasta que me sangraban las rodillas por los granos de maíz, ¿sabés? Así que me volví inmoral. O
sea, opté por estudiar Religión por todos los próximos años de escolaridad primaria y secundaria...

Pero como te decía, la 'opción' me dio el contacto con el cura.
Mi mamá quería que el cura me bautizara (de prepo, porque mi viejo se oponía), y cuando cumplí los 6 o 7, mi mamá me llevó a la Iglesia. Mi papá ya había conseguido trabajo y ya no salíamos más a caminar y al tren sólo lo escuchaba pitear y veía pasar lejos, desde mi casa en el campo, siempre dos veces al día. Fui a la iglesia en el pueblo, a aprender el catecismo. En auto, no, no en tren. Eran sólo 5 km de camino de tierra...

Al principio la cosa iba bien. Pero se arruinó todo cuando le pregunté al cura que era ese bultito de la Srta. Fulana de tal. O sea, la hermana menor de una modista de mi mamá. ¿Por qué se quiere hacer un aborto? Ese mismo día fui expulsada de la Iglesia católica... ¿Cómo que por qué?
¿No te das cuenta? Porque el cura le dijo a mi mamá que yo no respetaba los dogmas.
Chiflado, pensé yo. Cualquiera sabe que las cigüeñas vienen de París.

Las caminatas eran largas, mis piernitas muy cortas, y yo me aburría antes que mi papá. Para no ponerle molesto, los contaba. Mientras saltaba de durmiente en durmiente, como un pajarito... No siempre entendía lo que era la crisis que atravesaba la Argentina, pero mi papá hablaba mucho de eso. No
serían que los rieles nos ponían filosóficos? O a la Argentina la salvó Perón?



*De Marta R. Zabaleta, mzabaletagood@gmail.com
-desde el exilio en Londres.







JUSTITO*



*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar



El primer recuerdo que tengo de Justito Pezzino está ligado a un balde lleno de granadas que llevaba mi padre.
Yo tenía entre tres y cuatro años porque aún mi abuela materna -la dulce nona Elisa- no se había mudado a Rosario con mis tíos.
Esa tarde mi madre había recogido un montón de granadas de las tres plantas que estaban frente a la casa en el lugar que hoy ocupa el majestuoso ibirá pitá. Puso todas las entraron en ese gran balde y emprendimos los tres el trayecto hasta la casa que mi abuela ocupaba con sus dos hijos varones, en el extremo del pueblo frente a Domingo Fusco, don Félix Maestri, "luego infortunado" y pegada a la mansión de los Zinny.
Íbamos por el medio de la calle y debimos pasar por la calle de don Pablo Santacruz porque allí vivía Justito con el papá. Esa casa -todos me lo dicen, pero yo no lo recuerdo- estaba sombreada por el eucalipto más alto y más verde de aquel tiempo.
Frente a esa casa nos rodeó un grupo de chicos -varios años mayores que yo-, entre los que puedo colegir a los hermanos Suárez -Víctor y el "Negro"-, Lorencito Miranda, los más grandes de los Correa y tal vez el mismísimo "Pileta" Rodríguez o a Roberto Escudero. Al vernos con ese botín de esa fruta seductora se nos apiñaron y le comenzaron a pedir a mi viejo que llevaba el dichoso balde repleto. Él tomó un par que ya explotaban con sus granas queriendo salirse de la cáscara y se las dio a Justito, solo a él. Cuando nos hubimos alejado algunos pasos le comentó a mi vieja:
-Pobre, a este chico se le acaba de morir la madre.
Por primera vez yo oía que un chico podía no tener mamá, un chico entonces debería estar siempre triste y además las madres -comprendí- se morían.
Mi prima Gladys, me ha referido en una anécdota reciente de la crueldad inconsciente de los chicos compañeros de grado de ella, y de Justito, ya que hicieron el cursado juntos.
Huérfano de madre reciente, en la escuela la Directora retiró de la clase a Justito porque el grado debía trabajar para el regalo que le harían a la mamá.
Para evitarle el dolor lo llevó a la quinta y se pasó todo el tiempo con él, en un acto de amor para que el chico no sufriera y se pudiera distraer regando la huerta que hacían entonces todos. Luego del recreo regresó a la clase donde un compañerito le dijo:
-¿La directora te llevó a la huerta?
Supongo que Justito habrá asentido. Entonces el otro remató:
-No lo hizo para premiarte, lo hizo porque nosotros hicimos el regalo de la madre y como vos no tenés, te sacó del grado.
En algún momento que no puedo precisar se mudó con el padre a las habitaciones del "Sindicato viejo", es decir en esa construcción que era (y es) de los Correa, es decir, sus parientes. Allí ocupaban las últimas habitaciones, detrás de un aljibe y un par de limoneros, junto al garaje donde guardaban el automóvil del gremio. La primera parte de ese caserón había sido acondicionado para que funcionara el Sindicato de la F.A.T.R.E.
Al entrar había un salón que se había formado por medio de una pared que tiraron abajo y que separaba dos habitaciones grandes. Allí, en esas paredes desnudas resaltaban dos retratos gigantescos. Dos fotos mejor, enmarcadas en vidrio: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. "Dos mártires obreros", me aleccionó mi padre cuando muy niño le hube preguntado. Más atrás había una habitación pequeña donde funcionaba una peluquería, atendida por don Hilario Villarreal (siempre y cuando no estuviera de cosecha) y adonde nos uniformaban con "la cero", bien rapado todo niño hijo de obrero que apareciera por allí, y en rigor éramos todos, porque la solidaridad es así, sin tapujos. Así lo entendían aquellos hombres taciturnos que olían a cigarrillo y a agua de colonia los sábados, usaban grandes bigotes y
pañuelos "Gardel" al cuello, salvo mi tío Juan, que lo usaba bien colorado y por eso se había ganado el mote de "Carpecho" que lo acompañó hasta la tumba.
Con esta mudanza Justito se arrimó al barrio "El Jazmín" y entonces jugó con nosotros, se integró las inferiores del Huracán, nuestro club que tenía (y tiene) la cancha y la pileta de natación justo enfrente.
Hay una foto antigua, muy antigua que fue tomada por un fotógrafo anónimo, o tal vez por Florentino Bueno donde los más chicos acompañamos al equipo del "Jazmín": "Tago" Sánchez, Justito, Juanca López, "Chajá" Correa, "Toto" y "Pili Míguez y yo. Y él, Justito, tiene un gran flequillo sobre la frente
y mira para siempre a la cámara con sus pequeños ojos claros, como no queriendo creer que esa probable explosión del magnesio fuera a eternizar ese humilde grupo humano que está allí, apiñado junto al equipo del Barrio que -una vez más-, se había alzado con el campeonato de Baby Futbol en la canchita de la Cooperativa Agrícola Federal, que hoy es solo recuerdo de los mayores y eco de las nostalgias.






Rimas*



Un doctor arregla un motor

Una nena sube la escalera.

Un tomate come un chocolate..

Todas estas cosas ocurren a un tiempo

en un lugar donde se hacen inventos.


Una nena quería a su abuela


Una guitarra se rasca el alma

un caracol toca un tambor

todas estas cosas solían pasar

cuando no teníamos nada que estudiar


Un hada era mala

y viajaba en cuchara

la bruja era buena

y viajaba en berenjena

El príncipe era feo

y comía puchero

Todas esta cosas pasaban a la vez

en un mundo al revés.



*Autor Benito Seselovsky.

-Enviado por Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
(Abuela de Benito)







NADIE SABE…*



Al caer la hoja
en su última ventura hacia la abierta tierra,
el latido intransferible de su pena, nadie sabe…

De la noche
su lenta curvatura labradora
cuidando la simiente del poeta;

Del cristal de la gota
el último sonido que no pudo cumplirse
ahogado en la garganta ávida del líquen;

De la flor en el vaso
su añoranza del tallo, su angustia de ciclo acabado
bajo la luz veladora de olvido ante el retrato,
nadie, nadie sabe…

De esta palabra mía
que muerde los silencios y trepada en retina
se me va en mirada y lejanías;

Del camino sin tránsito visible
que orillando el insomnio sigue
un curso de eternidad perdida…

De todo lo que guardo retenido
porque darlo es abrir la herida
en último gesto arrojando las llaves,
nadie, nadie sabe…



*De Miryam Seia. miryamseia@cablenet.com.ar







-De MICROFICCIONES-*



La mujer presumió un sueño mientras transcurría un tiempo innominado. Lo devastador de la humanidad había colmado, a la saciedad, su hambre. El sueño irrumpió para hacer posible a lo que, los humanos, llaman realidad.
Luego, la especie humana quedó reducida a pequeños grupos esparcidos en la redondez.
La voz del tiempo se apagó. Habían recorrido sendas imaginadas que no llevaban a ninguna parte. Sólo a sus maquinaciones. La hembra, más instintiva, redujo su mirada en un hilo de agua que brotaba en algún lugar y a un escondrijo maltrecho. El macho, sólo adujo que debía aprender a cazar lo que podía y recordar la ceremonia del fuego.
Luego, lograda sus pretensiones, descubrió las estrellas. Nunca las había mirado. Y nació el asombro.



*De CACHO AGÚ. oscarcachoagu@yahoo.com.ar





ALUMBRAMIENTO*



Han pasado los relojes vacíos.
Han quedado cardones.
Voces madera
Ardor. Pata de palo. Azahares.
Me asomaré a la infancia


Descifraré signos:
Raro polvo mortal llamado hombre.
Jugaré con los sátiros.
Seré sacerdotisa de los amarillos.
Construiré pájaros de alcanfor.
Cábalas de azúcar.
Bailaré con los muertos.
Leeré sus manos.
Comeré cebolla.
Volveré a mi ribera
Exactamente, a la hora del gallo.


Nómade y gregaria.
Seré uva. Humo. Lengua de sapo.
Mi boca besará pájaros núbiles
Buscaré conchillas y efemérides.
Husmearé en monedas de cobre.
Desafiaré a Saturno.

Casa cristal arena.
Danza del vientre.
Feliz alumbramiento.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








Puntos aclaratorios, del tratado de libre comercio*



Cristo resucitó en el Tercer Mundo,
Pero murió de hambre
Afuera de un restaurante de lujo.


Siete días después,
Cristo volvió a resucitar,
Pero los militares lo mataron
Al confundirlo penosamente
Con un narcotraficante.


A la semana siguiente,
Cristo resucita
Sin mucho ánimo de hacerlo:
Camina por la calle y mira asombrado
Todas las cosas que hay para comprar.
Al notar que no traía dinero,
Pide un préstamo bancario y,
Después de comprar un televisor,
Se olvida por completo
De difundir la palabra de Dios.


Son los tiempos
En que alguien se ha acordado
Del Tercer Mundo,
Y otro Cristo
Vuelve a resucitar:
Pasa sus días como jornalero,
El dinero apenas le alcanza para comer,
Los días le pesan en la espalda
Y siempre lo vence el sueño
Cuando planea sus parábolas.
Un día lo despiden del trabajo.
Se ve obligado a vender dulces en la calle.
Todos los días se recuesta en su cama
Esperando que la próxima vez que resucite,
Las cosas puedan ir mejor.


Hace exactamente unas...
No sé cuantas semanas,
Cristo ya no quiere resucitar:
En lugar de eso,
Decide sigilosamente echar un vistazo
Para tener idea de lo que quizá le espere,
Pero de inmediato es aprehendido por la policía
Quienes alegaron que,
A juzgar por su apariencia,
Se trataba de un comunista.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







acuerdos*



lo mismo
es agua
es un lugar común
el agua
es un lugar común convenir:
el agua
insiste

lo mismo es común
la luna caliente es rotunda

al ocio lo carga el diablo
de lugares

el ocio trabaja
por lo que cimbra

agua conviniendo
despierta

el ocio vive
o: ¡bárbaros!: no se mata

el ocio es amor
o nada es otra cosa que no ocio
(ni el devaneo es del espasmo)

el agua clama venganza:
el espasmo a los dioses es vapor

y después hablamos de lo que desliza
sobre acuerdos de luna

el agua es a los tiempos


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






LA CORDILLERA*


Al norte de los montes pelados, allí donde la vegetación se adueña de las piedras y cubre los caminos con su suave pero ineludible abrazo, hay un pueblecito.
Se trata de una pequeña aldea formada por un rudimentario templo que data de épocas remotas y un puñado de construcciones antiguas, fabricadas toscamente con barro y piedras, que se encuentran dispuestas alrededor de la iglesia. Visto desde el aire, el conjunto pudiera parecer una galaxia de planetas negros sometidos a la atracción de un sol apagado, ya que los muros de la iglesia, de un marrón oscurecido, delatan su edad, la acción del clima siempre húmedo de estas regiones y la falta de cuidados.
Frente a la puerta de la antigua capilla se extiende una amplia plazoleta cuyo centro adorna una hermosa fuente de piedra, no menos antigua que los edificios circundantes, de la que no cesa de manar un agua fresca y cristalina.
Las construcciones que rodean la plaza son fuertes y austeras, con paredes muy gruesas y enormes chimeneas por las que, en invierno, puede verse surgir un humo denso y oscuro, producto de la combustión de los tarugos de leña, algo húmedos en esas fechas a causa de las heladas y de la nieve que poco a poco va blanqueando los tejados negros y cambiando el aspecto del poblado. Es un pueblecito aislado al que sólo puede accederse por un intrincado camino de algo más de metro y medio de anchura al que los aldeanos denominan pomposa y llanamente “carretera”.
“...No, señor. No somos muchos los que vivimos aquí. No más de dos o tres cientos, casi todos tan viejos como yo. Pero no crea que, aun siendo tan pocos, nos conocemos todos. ¡Qué va! Siempre está viniendo gente, como si aquí hubiera algo... Sí, vienen de otras aldeas pobres como la nuestra, de la sierra de abajo. Y también, fíjese, de la ciudad. Sí, sí, como le cuento. Pero siempre vienen del sur”.
Invariablemente del sur... Hacia el norte se halla la cordillera.

Nadie sabe qué hay al otro lado. De cuando en cuando, llegan hombres curiosamente ataviados, con largas barbas grises. Van provistos de extraños artefactos con los que parecen medir algo. Después de un par de días disfrutando de la hospitalidad de los aldeanos, famosa en todo el contorno, y trabajando con sus instrumentos que califican como “de alta precisión”, se marchan aparentemente satisfechos, pero unos meses más tarde vienen otros hombres con idéntica apariencia, con similares aparatos, con parecidas maneras y el mismo propósito. Realizan, con igual concentración, con pareja entrega, las ya sabidas mediciones y vuelven a marcharse hacia el sur del que vinieron. En sus rostros se refleja el sabor del éxito. Las investigaciones han debido ser fructíferas. Pero al poco tiempo, un nuevo equipo visita la zona.
“... y así desde hace años. Pero, ¿sabe? Algunos se quedan aquí en secreto. Abandonan sus modales, su pedantería y muy pronto se confunden con nosotros. Pero nunca conseguimos enterarnos de nada. No sabemos qué es lo que miran y remiran tantas veces por los aparatos. En el pueblo se dice que igual quieren saber cómo son de altas las montañas. Cuando llegan se les ve ansiosos, preocupados. Se ponen a trabajar como si no hubiera otra cosa en la vida, sin importarles que pueda descargar una tormenta, noche y día, hasta que encuentran o creen que han encontrado algo. A veces se pasan tres o cuatro días sin probar bocado, y eso que nuestras mujeres les llevan algo de comer, ya sabe, somos buena gente. No duermen. Sólo están pendientes de la montaña, como si hubiera ahí algo que nosotros no podemos ver y que es importante. Yo, la verdad, no creo que estén midiendo las montañas. El viejo Colás me dijo una tarde que lo que hacen es mirar a través de ellas para saber qué es lo que hay al otro lado. Debe ser algo muy bonito, digo yo, cuando todos se van tan contentos. Aunque mi hermana dice que son los guisos que preparamos para ellos lo que les pone de tan buen humor. Dice que en la ciudad se come muy mal. Y ella debe saberlo, porque estuvo una vez.”
Otros ancianos, más leídos, consideran que se trata de hacer un estudio sobre la composición de la roca que forma la cordillera, para excavar un túnel o abrir un acceso a través de la piedra. Desde tiempo atrás, dicen, corre el rumor de que el gobierno está construyendo una carretera que ha de atravesar la montaña y que pasará muy cerca de la aldea. Pero todo son conjeturas de viejos y rumores de gente desocupada cuya única función parece ser la de sentarse a las puertas de sus hogares, bajo los porches de piedra y tejas negras, viendo pasar los días y las estaciones y entablando largas conversaciones mil veces repetidas con sus vecinos más cercanos o con aquellos que se detienen a descansar un rato de su paseo matutino. Eso en verano, porque durante el invierno no son muchos los que se aventuran a alejarse de sus casas.
Los jóvenes, ante la falta de expectativas, se van hacia el Sur o hacia el Este, donde se dice que hay trabajo en la industria y buenos salarios; pero siempre regresan, cansados, viejos y sin riquezas, a su pequeño pedazo de tierra apenas cultivable. A veces, en la madrugada, es posible ver a alguno de los aldeanos con un macuto al hombro dirigiéndose hacia el Norte, hacia la cordillera. Nunca regresan. Jamás envían correspondencia.
“... Al principio organizábamos batidas por el bosque, rastreábamos las laderas y las cuevas, buscábamos en el riachuelo, pero nada. Nunca les encontrábamos. Al final, hasta de eso nos cansamos. Ahora ya no buscamos a nadie. Quien se va, sabrá por qué lo hace. Antes nos asustábamos. Ahora ya no se preocupa nadie. Sabemos que no han de volver y por eso nos hemos ido haciendo a la idea de que es algo natural. Los primeros días, su familia los echa de menos, pero muy pronto se acostumbran a la ausencia y todo vuelve a ser como antes...”
Desde tiempo inmemorial, estas escenas se vienen repitiendo año tras año como en una secuencia interminable. Siempre con idénticos resultados. En verano, muchos vienen a la aldea para, desde aquí, intentar el ascenso a las escarpadas cumbres de la cordillera. Todos los días llegan automóviles cargados de personas provenientes de los llanos del sur. Todos vienen ligeros de equipaje. Los automóviles, una vez que todos los pasajeros se han apeado, giran en la plaza y parten de nuevo por el camino en dirección a las ciudades del llano, en busca quizá de más intrépidos escaladores. A la mañana siguiente, los aventureros parten hacia la cordillera para no regresar.
“... En todas las conversaciones se habla de lo mismo. Nos preguntamos qué puede ser lo que hay al otro lado. ¿Qué es eso que hace que quienes se marchan decidan no volver nunca más? A muchos de nosotros nos gustaría verlo, pero somos demasiado viejos y el ascenso parece bastante difícil. Lo mismo no podíamos subir ni las primeras cuestas, que según se dice son las más tendidas. Aunque, entre nosotros, el viejo Colás, que estudió en la capital cuando era joven, dice que sí, que también nosotros, cuando nos llegue el momento, subiremos a esas montañas y pasaremos al otro lado aunque no seamos tan ágiles y nuestros huesos pesen demasiado.”
De momento, el pueblo se está quedando desierto. Los jóvenes se van al valle, a buscarse la vida en las ciudades. Y los viejos a la montaña. La tarde, ahora que se acerca el otoño, apenas logra reunir a media docena de ancianos en torno a la antiquísima fuente de piedra o en las toscas sillas de madera y anea de la taberna. Allí, sentados, van dejando pasar los largos inviernos y las hermosas primaveras mirando por las ventanas y hablando del tiempo y de los forasteros, en espera de lo que el viejo Colás llama el momento definitivo: El momento en que cada uno de ellos, cada uno de nosotros, sentirá la llamada en su interior. Entonces, aunque el día sea frío, aunque nieve y los senderos estén helados, meteremos en una bolsa los recuerdos y partiremos, con las primeras luces del alba y sin una lágrima, hacia las altas cumbres, en busca quizá de otros bosques, de otros valles, de otros barrancos y hondonadas, al otro lado de la Cordillera.




*© Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
- Facebook: http://www.facebook.com/profile.php?id=1371288779




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viernes, abril 08, 2011

HABÍA UNA VEZ UN PÁJARO...



-Dibujo: Ray Respall




SUMERGIRSE*


pasamos por muchas vi­das y por muchas muertes, saliendo de un punto que nadie sabe y dirigiéndonos a otro que tampoco cono­cemos
Brida. Paulo Coelho




Terminó de ajustarse el traje de submarinismo, comprobó que todo estuviera en orden y saltó por la borda del botecillo.

Pronto encontró lo que buscaba: Una caverna secreta, cálida, oscura, profunda, pequeña e ignorada por los de arriba, forrada de plantas que semejaban terciopelo… La primera vez que la vio, había evocado el útero materno.

Creemos haber borrado todo recuerdo de nuestra existencia prenatal, el instante de nuestra llegada a la vida, y hasta las experiencias anteriores, pero ciertas colisiones con la casualidad aparente nos demuestran que guardamos una recordación anterior a la que de modo consciente atesoramos.

Sabía que iba volver, solo había esperado el instante ideal. Se introdujo en ella lentamente, acomodando el cuerpo a la matriz. El bote ya estaría vagando a la deriva. Los sedantes comenzaban a hacer efecto, sería un tránsito tan dulce y apacible como había imaginado. Le habían anunciado que le quedaba poco tiempo de vida y pensó que, como último regalo, podía elegir el momento y el lugar para partir. Fue después de eso que comenzó a probar con el submarinismo y descubrió la oquedad en aquel rincón poco frecuentado de la costa.

Aunque lo rodeaba la negrura, fue un placer cerrar lentamente los ojos. Se sumergió en un profundo sueño del cual no sabía cuándo, bajo qué nombre, época o investidura, iba a despertar. Comprendió, como pocos tienen la oportunidad de comprender, que pasamos la vida esperando este momento, hacia el cual todos nuestros pasos convergen.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.











HORÓSCOPOS*



En Rouen, en la Normandía francesa, el 18 de Mayo de 1847 nace, de padres campesinos, Charles Perigot Damûet que después de una juventud llena de privaciones decide trasladarse a París con la idea de buscar fortuna.

En la misma fecha, en Kuala Lumpur, capital de Malasia una joven de la aristocrática familia Yap da a luz un varón al pone de nombre Woti que es educado en las mejores escuelas del país y al cabo de los años se traslada a Paris a completar su formación.

En verano 1869 Mademoiselle Fournarin, trabaja como camarera en una fonda de la Rue Rivoli donde acaba de incorporarse un normando llamado Perigot por el que se ha sentido atraída desde el primer instante. Fournarin, mujer de fuerte formación religiosa, se sorprende a si misma al responder a las insinuaciones de un varón cetrino de nombre Woti que cada tarde repasa sus libros en la mesita del rincón.

Ambas relaciones crecen paralelamente en el corazón de la doncella, hasta el momento en que los dos galanes descubren el doble juego de la dama lo que les lleva a batirse en duelo en las inmediaciones del Bois de Bologne.

Únicamente Woti sale indemne del duelo y la muerte de Perigot cae como una losa de culpabilidad sobre el corazón de la joven. En el entierro descubre la coincidencia en las fechas de nacimiento de ambos y se pregunta porque dos personas con el mismo horóscopo han tenido destinos tan dispares. Uno consiguió el amor y el otro la muerte.

Decide no creer en el destino que marcan los astros, pero después de meditarlo detenidamente admite que puede que no haya error, porque quizás el amor y la muerte sean lo mismo.


*De Joan Mateu. joan@cimat.es




*



La mano acaricia

creando en contra del olvido

Escrita como un libro o una carta

piel de lecturas.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







LOCURA UNIVERSAL*


"Los hombres no son ni buenos ni malos, es porque estan locos."
Reflexión de mi nieta Sarah Graziella


De pronto se dio cuenta que la realidad presente no era la misma de años atrás y eso la apartaba de la gente porque había hecho cambios que por su forma de ser no podía incorporar.
Esa mañana cuando salió de su casa tropezó con Martina que se mostraba radiante de felicidad.
- ¡Al fin una fuena noticia! - pensó.
- ¡Hola, Cleo! - casi gritó. - ¡No sabes lo que me pasó!
Cleo preguntó con un gesto y quedó a la espera.
- Tenía que pagar una cuenta y no me alcanzaba el dinero, ¡zaz! cuando salí a la calle encontré una cartera con mucho efectivo. Dios se acordó de mí.
- Y se olvidó del otro - replicó sin poder contenerse.
- Vamos, no vengas con moralinas, en este momento no te las acepto.
- De todos modos te hago una pregunta indiscreta: ¿en la cartera estaba el nombre y la dirección de su dueño?
- Si, - contestó encogiéndose de hombros, - pero él no sabe que yo la encontré.
El desparpajo de Martina la privó de todo comentario.
- Me voy, así soluciono mi problema cuanto antes. - y partió con una sonrisa en los labios.
Cleo quedó paralizada, por la avenida los automóviles pasaban a toda velocidad, las madres llevaban a sus hijos a la escuela, la gente caminaba abstraida, ajena a todo acontecer y los valores que justificaban la existencia del humano en este mundo quedaron sepultados en su jardín y les dijo adiós antes de cerrar la puerta de su casa.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







Había una vez un pájaro*



*Por Juan Forn


Tom Jobim fue a visitar al maestro Vilalobos. El maestro estaba en su estudio, escribiendo sobre la tapa del piano, mientras en el resto de la casa había un griterío imposible. Jobim le preguntó cómo podía trabajar así.
Vilalobos contestó: "El oído de afuera no tiene nada que ver con el oído de adentro". Clarice Lispector tenía el oído de adentro tan permanentemente prendido, que parecía estar siempre en otra. Es tristemente célebre que un día de 1967 se durmió con un cigarrillo prendido y se prendió fuego y se
salvó de milagro. Igual de famoso es su terrible mito de origen. "Mi madre estaba enferma, y por una superstición muy difundida se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad." La enfermedad era sífilis y se la habían contagiado los soldados rusos que la violaron, en Ucrania, durante
los desmanes posteriores a la guerra civil bolchevique. Lispector fue concebida deliberadamente para eso: para curar a su madre. Ya estaban huyendo a América. "Pararon en una aldea llamada Tchechelnik para que yo naciera y siguieron viaje." El plan era llegar a Brasil. Llegaron a Recife y muy pronto se hizo evidente que la madre no se había curado. Moriría cuando Clarice tenía nueve años. "Siento hasta el día de hoy esa culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano. Pero yo no me perdono."
Difícil toparse en la vida o en los libros con una persona tan enamorada a la vez de la vida y de la muerte como Clarice Lispector -salvo quizás Isaac Bashevis Singer, pero la gracia incandescente de Lispector es que sea mujer, además de judía ucraniana brasileña-. Si me conceden una breve incursión por la autopista de las generalizaciones, nadie entiende mejor el precio de la vida, en todos sus sentidos, que un judío. Y nadie entiende mejor la paga de la vida que un brasileño. Si esas dos naturalezas convergen en alguien, y no se neutralizan, se potencian de manera inconcebible. Uno de sus traductores,
Gregory Rabassa, dijo una vez: "Si Kafka fuera mujer y brasileña, si Marlene Dietrich escribiera..." Yo lo diría así: no hay nada más glorioso que una mujer loca de amor por la vida, y nada más pavoroso que una loca de amor por la muerte. Lispector era las dos. Reaccionaba con todo su cuerpo a cada primavera ("Siento un perfume de polen en el aire. Tal vez sea mi propio polen"), era capaz de salir a la calle un día de sol después de una gripe y no poder contenerse de decir, a quien quisiera escucharla: "Qué lindo es estar con los demás". Y a la vez escribir: "Después de morir no se va al paraíso: el paraíso es morir. Lo que llamo muerte me atrae tanto que sólo puede calificarse de valeroso el modo en que, por solidaridad con los otros, me aferro a lo que llamo vida y, a pesar de la intensa curiosidad, espero".
Me faltó contar que el padre de Clarice también murió cuando ella y sus hermanas eran adolescentes. Ya vivían en Río para entonces. Clarice se las rebuscó para estudiar derecho, mientras trabajaba de secretaria y después de periodista, a los 22 se casó con un diplomático y estuvo veinte años cumpliendo ese triste papel en destinos varios europeos, hasta que se divorció y volvió a Brasil con sus dos hijos (uno esquizofrénico) y se instaló en el departamento entre Leme y Copacabana en el que viviría hasta
su muerte en 1977. Había empezado a publicar sus libros rarísimos cuando era esposa de diplomático. Los siguió publicando cuando volvió a Brasil. Además, aceptaba el trabajo que fuese para parar la olla. Tradujo (con legendaria desidia) novelas de Agatha Christie y Simenon y Anne Rice. Escribió, con
seudónimo, un consultorio sentimental en el que sólo recomendaba el uso de productos Ponds (era la marca que financiaba la columna). En la pared de aquel living en Leme tenía un retrato que le hizo De Chirico en Roma, en 1941 (no era a De Chirico a quien debió haber conocido, sino al hermano loco
del pintor, que es el secreto mejor guardado de la literatura italiana, pero siempre pasan esas cosas: Duchamp pasó al lado de Gombrowicz en el Tortoni y ninguno de los dos lo registró, ninguno sabía quién era el otro). Creía en la magia, en cualquier magia. Nadie describió mejor que ella la relación con
los ansiolíticos ("Cuando tomo una pastilla no oigo mis gritos. Sé que estoy gritando pero no me oigo"). Torturaba a los amigos por teléfono en medio de la noche. Mentía como nadie, y decía la verdad como ninguno.
Eso se hizo evidente en 1967 cuando aceptó hacer una columna semanal, cada sábado, en el Jornal do Brasil. Sus amigos, su editor, todos le dijeron lo que tenía que hacer: "Sea usted misma". Ella, que se había pasado la vida preguntándose "si yo fuera yo, qué haría", pidió a sus lectores: "Avísenme si empiezo a convertirme en demasiado yo misma". Les dijo también: "Hoy sólo quería escribir, y serían dos o tres líneas, sobre cuando un dolor físico pasa. De cómo el cuerpo agradecido, todavía jadeando, ve hasta qué punto el alma es también el cuerpo". Y también: "Me siento tan cerca de quien me lee".
La leían los taxistas y los filósofos, los juerguistas que miraban hacia su ventana a ver si había luz, cuando pasaban por su calle, y las vecinas que le dejaban de regalo ollas de moqueca de pulpo recién hecha. Escribió durante seis años esa columna, cada sábado. Dijo en una de ellas: "Quiero que los otros comprendan lo que jamás entenderé". Les enseñó a los brasileños que se podía pensar sin ser racional ("Estoy habituada a no considerar peligroso pensar. Pienso y no me impresiono. Pero no soy intelectual, ni racional. Eso es usar sobre todo la inteligencia, y yo no hago eso: lo que uso es la intuición, el instinto. Voy a ver una película y no entiendo, pero siento. ¿Voy a verla de vuelta? No, no quiero arriesgarme
a entender y no sentir").
Estaba tan impresionada por los ojos tristes del joven Chico Buarque que quiso ayudarlo. El le dijo: "Rece por mí. No importa cómo. Porque tengo la secreta certidumbre de que usted está más cerca de Dios que yo, a pesar de lo maliciosa que es con El". Ella le contestó desde una de sus columnas: "Son las cuatro de la madrugada y es una hora tan bella que cualquiera que esté despierto está de algún modo rezando. Así que yo estoy rezando por ti, Chico". Sus hijos se quejaban de que nunca les contase un cuento que empezara Había Una Vez; la acusaban de no ser capaz. Ella dijo que sí era capaz. Y esto es lo que le salió: "Había una vez un pájaro. Dios mío". Hay quien lamenta el triste destino de esos dos hijos. Yo creo que no ha de haber estado nada mal vivir al lado de una madre capaz de decir: "A medida
que los hijos crecen, la madre debe disminuir de tamaño, pero la triste tendencia es seguir siendo enorme". Una madre que confesaba: "Siempre fue y será una fiesta para mí cuando se rompe en casa un termómetro y se libera la gota gorda de mercurio plateado contenida en él, ese núcleo indomesticable".
El corazón del mundo le latía en el pecho. Se murió un día antes de cumplir 52 años. Había una vez un pájaro. Dios mío.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-165784-2011-04-08.html








MALVINAS ME LLAMA…*



¡Laura!,

Malvinas me llama!
Tiembla mi voz,
Mi pecho se inflama,
La sangre reclama,
No puedo faltar…

¡Volver a ese cielo,
Tras tanto anhelar,
Ya sin truenos, sin humos!
¡Pisar ese suelo,
De huellas sangrientas!
¡Enfrentar ese mar!

¡Ver ese horizonte,
Quebrado por lomas
Llanuras y montes!
¡Volver a esas islas,
Aún irredentas…!
Pero sin el frío,
Sin hambre, y sin miedo,
Ni carnes sedientas…

¡Sin odio al inglés,
Y sin odio al sargento!
Con un camarada,
¡Subir la ladera
Al silbido del viento!
Y en la cumbre del monte
¡Sentir el alivio
De aliviar lo que siento…!


¡Madre!

Me abrazo a estas cruces
Que claman al cielo
Como garras blancas
De amigos inertes,
A quienes luchando
Los sorprendió la muerte


En el llano con turba
Sus cuerpos envuelven.
Pienso en estos héroes
Que nadie conoce
Y que ya no vuelven.
Rezo por ellos
Y rezo por ti…
¡Y siento en el alma
Que velarán por mí!


Cumbre doble
De cimas mellizas,
Y aquella covacha
De piedras muy lisas.
De noche llorando
Aún siendo un niño…
De frío y de miedos
Soñaba temblando
Llamándote: ¡Madre!
Para que me arropes
Y acaricien tus dedos…


Beso las rocas,
Escarbo la arena
Por todo hay señales,
Esquirlas, y vainas,
Borcegos y mantas…
Y eso me serena…


¡Hijos!

Quizás seamos héroes,
Mis hijos lo afirman...
Y tiene sentido….
Una gaviota
Distrae su vuelo…
Y escucho un gemido;
Como si Dios me hablara
En ese graznido…
Su voz clara siento;
En los valles el eco
en el ulular del viento:
“Aquieta tu aliento
Y tu corazón dispone;
La gesta difundirás,
Más, dónde pregones,
¡Pregona la Paz!”



*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda, 23/mayo/2007

-Dacio Agretti volvió a las Islas Malvinas en diciembre de 2006, 25 años después
de haber combatido en la guerra en 1982. Durante ese tiempo su anhelo fue volver para reencontrarse a si mismo, y reconfortar su espíritu.






El recuerdo*



*Santiago Dabove


La humanidad había perecido. La vida entera, animal y vegetal, también. Lo restante, la tierra, la piedra, el agua, los metales, la sal, el aire, eran como un sueño vano, pues todo se había gastado y las excesivas compresiones y nivelaciones convirtieron al Universo en un polvo cósmico.
Fue tan grande, tan inmensa la cantidad de mutaciones y transformaciones por que pasó la materia desde el caos originario, atrapada a veces por la Vida y vuelta a ceder a la Muerte, que al fin los átomos adquirieron la facultad del recuerdo y la consciencia moral, sin conservar nada formal, sensorial ni sensible, pues carecían de organización.
No había ya planetas, ni estrellas, ni soles, ni días, ni crepúsculos.
Una noche continua iluminada por fosforescencias y tenues relámpagos del potencial eléctrico que se escapaba. En esa noche interminable pasaban las exequias de la Vida y del Alma.
Muy vastos, muy largos tenían que ser los funerales de lo que fue tan vasto y casi eterno.
Y, a pesar del tiempo que fluía sin descanso y con la misma impasibilidad antigua, los átomos conservaban inalterable el recuerdo del corazón desgarrado de la humanidad y de las vidas que la acompañaron con menos conciencia que ella en el Mundo.
Y como estaba muy cargado de recuerdos ese polvo vago, en alguna manera semejaba a un ser viviente y a un cerebro. En cierto modo solamente, puesto que nada de lo que palpitaba allí buscaba ventajas, superaciones, explicaciones, análisis o premios. El recuerdo por sí mismo era lo que anhelaba y al mismo tiempo pesábale porque no era un recuerdo de cosas felices, sino por breves momentos, y en lo demás del tiempo sólo revivían dolores, luchas, náuseas y agonías.
Pero era un terco recuerdo que quería, por lo menos, ser estampado solamente en algún monstruoso mármol de algún desmesurado Panteón, porque se sabía pertinaz y más duradero que el mundo, aunque menos fuerte que el tiempo, al que nada resiste.
Y, en los mismos muros del cielo, "donde termina el infinito", y que son un Panteón y no otra cosa, las partículas entraron por las grietas del Panteón, que por muy antiguo ya empezaban a formársele, y allí reposaron, como el polvo en un aposento quieto y cerrado, olvidándose de la antigua reivindicación de dolor que traían por delante "que no haya olvido", "que no se consuma el engaño del corazón".
Y fue el Universo un viejo sepulcro lleno de polvo disperso, tan extenso y desamparado que era imposible tuviera un Comentador, un Historiador de las inhumaciones...
Y, sin embargo, por todas partes se sentía una poesía, una nostalgia, sin que se supiera quién la tenía, puesto que "todo" había perecido.


*Fuente: La muerte y su traje - Calicanto - Bs. As. 1976









LAS TIZAS ESTÁN DE LUTO*




Otra vez, la vida
se me escapa de las manos.
Y es mío este dolor temprano
que acompaña la espera de las aulas,
crece en mis alumnos
y en el otoño atardecido de cansancio.

Oigo el canto tempranero de los niños
que entre vientos y coihues
me zumba en la mañana.
Con tizas esparcidas en el aire
llenan pizarrones
de aromas libertarias.

Te evoca la gente de la tierra
sus antiguas rogativa en el sur.
Llamando a tu espíritu, la machi
acompañan los peñi, en guillatún

Te nombraran los niños
De la Cuenca,
Para que empujes el viento otra vez
te nombraran las voces de las aulas
Con andamios, albañiles
y docentes Del Neuquén

La poesía es un vuelo libertario
que busca justicia y verdad.
Ha salido cantando a los caminos
y de tu fuente, el alba beberá

Esta cantando por los nuestros.
Ha llorado cansada y con dolor.
Quien mato a Carlos, el maestro.
Un policía, un gobernador.



*De ENRIQUE JUAN FERRARI. enriquejferrari@yahoo.com.ar
23 DE ABRIL 20 HS 2007






Flecos del Gallego Blanco*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



No hay ninguna hilacha para tirar de ella cuando un rostro, o un nombre o un apodo, no se acompañan con el gesto de esa persona memorada.
A veces es como un presentimiento, una noción un poco oscura, un nombre que alguien dice en la mesa del bar, o cruzando una calle solitaria, que está hoy asfaltada y que transitamos --con una trampera cada uno - con Oscar Blanco, primer compañero de primaria que recuerdo. Oscar es el mismo cascarrabias que en el pueblo nombran "Gallego Blanco" y a quien mi madre le decía "Blanquito", y algunos --los menos- "El petizo". Yo, con mi fijación infantil, sigo llamándolo Oscarcito, como cuando nos cambiábamos las figuritas de los cracks de la época o yo le pedía algún libro prestado en nuestra compinchería de la escuela primaria, ya que hicimos los siete años juntos. Hacia el quinto y el sexto de entonces nos hicimos más amigos.
El, Oscar, venía junto a su hermano Raúl --todos los días después de almorzar-- a jugar conmigo entre los árboles que en mi casa siempre fueron numerosos. Allí se entretenían a mares sacando agua del pozo con un balde, a través de una cadena que circulaba por una roldana, ya que ellos vivían "en el centro", frente al Club Huracán, y la casa de ellos tenía un local al frente donde el papá, don Luciano - un español venido de León -, era dueño de una pequeña granjita. La familia la completaba doña Ana, la hacendosa mamá de grandes lentes con marco negro, que también ayudaba detrás del mostrador. Al agua ellos la extraían con un bombeador eléctrico.
De cadetes fungían Oscar y Raúl, luego de la escuela, a través de una bicicleta con una gran canasta de mimbre con la cual entregaban los pedidos.
El arreglo entre ellos --o la orden de don Luciano- era un viaje cada uno, que aún así no respetaban a juzgar por las grandes discusiones que a veces llegaban hasta las escenas de pugilato.
Oscar Miguel Blanco, con todos los alias que ostenta, es la única persona que me habló de Roque Vázquez. Lo que cuento de esta persona (que yo debí conocer, pero no me acuerdo) corre por su cuenta.
El papá del tal Roque era "ratonero" de la empresa Norte, cerealera de entonces. Quiero decir que su oficio (el del papá) era exterminar la numerosa prole ratonil que buscaba alimentarse de los muchos quintales que se almacenaban allí. Esta familia se fue pronto del pueblo, cuando Roque - un año mayor que nosotros- estaba en primer grado. El chiste es que cuarenta años después, pasando por la ruta, quiso volver "a ver su primera escuela".
No bien bajó del automóvil, se le aproximó Oscarcito, que vivía justo en frente, y lo espetó más como interrogatorio que como saludo: "¿Qué decís, Roque Vázquez?".
No quiero imaginarme el asombro de este ex niño --hoy hombre- que se perdió en la nada de mi tiempo, porque salvo esta anécdota que me fue referida por mi amigo no tengo otra noticia de él desde entonces.
Con una personalidad tan llena de amistad y de pocas pulgas de un hombre inteligente como es el Gallego Blanco, no es raro que sobren anécdotas, cuando hay mar de años y de distancia encima. Desde los primeros tiempos, los remotísimos años de entonces, cuando en la 156 se trompeaban duro en cada recreo con el "Bocha" Peiró, a quien la buena de la señorita Lidia sentaba junto a Oscar para que se amigaran o tal vez porque eran los dos más bajitos del grado, pasando por la adolescencia donde integramos la segunda división del Huracán y nos subíamos a esos traqueteantes camiones que nos
llevaban a pueblos vecinos que a mí --tal vez por la intemperie y aspereza de los caminos de tierra- se me antojaban lejanísimos y volvíamos casi siempre vencidos pero nunca derrotados, con el optimismo intacto, el espíritu en pie para nuevas aventuras futbolísticas.
Y el hoy nuestro, él allá en la Galicia de sus mayores y yo aquí, en esta ciudad del "río marrón". En este presente donde nos vemos sólo si coincidimos en el pueblo, muy de vez en cuando, pero que sin embargo no pone en juego el afecto y los recuerdos como una llaga viva.
Este último verano nos vimos en un par de oportunidades y yo, no por ponerlo a prueba sino sólo por charlar, le fui haciendo algunas preguntas sobre el pasado que nos incluye por generación, pero también por muchos momentos --algunos cruciales- que compartimos.
Comprendí que el Gallego sigue siendo el más certero, milimétrico y obsesivo cronista de cuanta anécdota dé vueltas por nuestras mentes olvidadizas, que sobrevuelan la melancolía arrasadora del edificio del club y esas mesas "que nunca preguntan".
Hasta recordaba de quién había sido aquel foul que trajo el penal y nos sacó olímpicamente del campeonato cuando militamos en la quinta división y jugábamos con camisetas descoloridas y desiguales que venían siendo usadas desde cinco años atrás.
Todo eso y mucho más me llevé esa noche cuando nos despedimos en esa calle de su casa que siempre transitamos de niños, que pasa por el club, y cuando me detuve para ver cómo se iba al tranco ligero de sus piernas cortas le grité: "¡Chau Oscarcito!". Y sin pararse, se dio vuelta y me saludó con la mano, internándose en la calle cubierta de sombra nocturna que pronto se lo tragó como nada.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28159-2011-04-07.html





*

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miércoles, abril 06, 2011

ESTACIÓN HORTENSIA.




InvenTren.




SUEÑOS Y VOCES DE TRENES*


A mi entrañable amigo Eduardo Coiro y su sueño de trenes.




Hay un tren extraño y un hombre peregrino.

El silencio hace nido en sus sueños.

Las golondrinas esconden su cansancio.

Allí, los pasos del recuerdo irrumpen.

Fenecen ante el estrépito de una despedida.

Ante el fragor de una bienvenida.

El hombre busca al niño.

Un silencio de yuyales enmudece la sombra del recuerdo.

Las voces y las miradas son una.

Plenitud de silencios y de voces. Ventanillas.

La mamma y un ramo de fragantes hortensias.

¿Presente se conjuga en pasado?


Desafía los tiempos y distancias.

Espera niño mío, quizás sea posible el regreso.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







Estación Hortensia*





“Hermoso día para pasear”, piensa, mientras el sol les arde sobre la piel, gradual pero implacable, en esta calurosa mañana de enero. Su hermosa y vivaz hijita de casi tres años lo toma de la mano y no deja de relatarle lo que ve, excitada y con ojos asombrados.
-¡Papi, unos pajaritos! ¡Uuuuuhhh! -, y agrega con decisión: –Yo voy a volar como los pajaritos.
-¿Y si en lugar de volar por el aire, volamos en un tren? -, propone él, midiendo la distancia que les resta: detrás de la arboleda de araucarias se encuentra la estación.
-¡Un tren, sí! Me encanta viajar en tren-, y se cuelga de su brazo, apurando la marcha.
Una suave brisa mitiga el progresivo calor de la mañana. Mire donde mire, estallan los colores bajo el poderoso sol del verano. Y al acercarse a los límites de la estación, contempla casi como al descuido, a un costado del camino de grava, un enorme macizo de hortensias que lo proyecta abruptamente hacia el pasado…
…¿Cuánto tiempo hace que no piensa en aquellas hortensias del jardín de su casa, en Mar del Plata? En aquel sendero de ladrillos húmedos que llevaban hasta el quincho, donde chirriaban las brasas de la parrilla, su padre acomodaba el fuego, y el asado con los chorizos se iba cocinando lento y parejo debajo de un cartón extendido. En la sombra mohosa de aquel pino centenario, cuya frescura regaba hacia las tres casas vecinas. En las ligustrinas que se desbordaban, aferradas con firmeza al alambre tejido. En la ropa limpia que su abuela había colgado de la soga que cruzaba el parque. En las rejas nuevas que su padre había hecho instalar pocos años antes, a raíz de los robos cometidos en el barrio, incluso en aquel mismo jardín, del que unos malditos rateros se habían llevado durante la noche un secarropas, algunas herramientas, varias reposeras plásticas, y la mesa de tablones de madera que conservaban desde hacía décadas.
¿Cuánto tiempo…? Los recuerdos le resultan extraños, como si perteneciesen a otra vida, o quizás a otra persona. ¿Acaso fuera así? ¿Cuántas cosas le han ocurrido durante aquellos años, desde la última vez que pisara aquel entrañable parque cubierto de hortensias? ¿Cuántas vivencias, compartidas o en soledad? Aunque a él le costara recordar momentos de soledad; siempre había preferido evocar momentos compartidos con sus afectos, tener más presente una risa que un silencio. Recuerdos de sus tres hermanos menores, recorriendo las parquizadas cuadras del Barrio Constitución hasta la playa, mientras cargan con el mate, a veces la sombrilla, y comentan películas vistas, o libros e historietas leídos. De su abuela, quien hoy ya no está, preparando las mismas tortas fritas con grasa vacuna que solían amasar y cocinar a la par en aquel campo de Entre Ríos, escuchándola decir que “al menos, con eso los chicos tenían un alimento para la tarde”. De su padre, acompañándolo a hacer compras a bordo de una vetusta camioneta Datsun, que continúa funcionando de manera inexplicable, escuchándole narrar las mismas anécdotas de siempre, referidas a su pasado familiar o laboral –vinculado de por vida con el ferrocarril-, ayudándolo a terminar las frases y recibiendo como habitual corolario la pregunta: “¿Cómo: ya te lo conté?”.
“¿Dónde se ha ido todo eso?”, se pregunta, hipnotizado por las frondosas hortensias, oyendo muy a lo lejos el incesante parloteo de su hijita, aferrada de su mano mientras ingresan a la estación, recorren el pasillo de la boletería cerrada, se acercan al andén. “¿En qué me convertí?”
Imágenes sin conexión aparente se le presentan delante de sus ojos; escenas editadas de diferentes películas conforman en un caos particular su propia película, la de su vida, tan errática y variada como la de cualquiera, con una enorme cantidad de detalles que la terminan haciendo única. Recuerdos de sus afectos primarios, claro está, pero también de sus amigos, sus ex parejas, sus compañeros y compañeras de trabajo… Todos aquellos que alguna vez, en determinado momento, han sido significativos en su vida y le han dejado una marca, que por pequeña que sea, hace una enorme diferencia: la de que hoy, él sea de esta manera y no de otra…
-Ahí viene el tren -, se escucha decir, al arrodillarse junto a su hijita y señalar con el brazo extendido hacia el horizonte, donde la inconfundible silueta del frente de una locomotora diesel se recorta contra la profundidad de la vía, haciendo sonar su estridente silbato en la distancia.
El se ha convertido en esto: hoy es padre de familia. Además de ser amigo inclaudicable de sus amigos, de atesorar el cariño hacia sus hermanos -aunque se vean poco, y dos de ellos también hayan sido padres-, de agradecerle a sus padres todo lo que han hecho por él –con sus aciertos y sus errores-, de ejercer con su título profesional y poder vivir de eso –algo que hasta hace unos años no le parecía muy tangible-, además de todo eso tiene una familia que adora, una hija que lo enternece como nadie pero que también lo saca de quicio, una mujer a la que considera un par y en quien confía plenamente.
El, de alguna forma, ha dejado de ser hijo y se ha convertido en hombre. Y la evocación de las hortensias se lo recuerda de manera inexorable.
-Vamos a volar…¡en tren! -, grita ella, agitando los brazos, dando emocionados saltitos a su lado.
-Si, hijita -, murmura él, mirando hacia el futuro. –Vamos a volar…



*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
Marzo de 2001












Sin pies ni cabeza*



Es 4 de abril. Fecha del cumpleaños de mi padre.
Lo recuerdo bajo el nogal que él planto hace muchos años. Hoy comienzo a cosechar las nueces que el árbol da todos los años durante los días cercanos a su cumpleaños.
Me parece escuchar su voz cuando decía a quien quisiera oírlo:
"Hombre avisado, medio salvado".
Sin embargo tengo la certeza de haber desoído advertencias una y otra vez durante mi vida.




*

El que no tiene cabeza tiene pies -decía mi abuela materna.

Fue con la fractura de tobillo cuando me di cuenta que antes no tenia cabeza para pensar mis cuestiones y que -por largos meses- tampoco tendría pies para andar.
Sin ninguna ocurrencia razonable para mejorar las cosas intentaba leer.
Había tenido el libro de Felisberto Hernández en un estante durante 30 ó más años.
Al comenzar la lectura de Las Hortensias -que tiene prólogo de Julio Cortázar- sentí agotamiento.
El cuento era demasiado terrible para mi situación de fragilidad física y anímica.
Quise distraerme con la televisión, pero me parece que el resultado fue peor aun.
Puse el canal Crónica TV. Era la hora del programa de Anabela Ascar: "Hechos y protagonistas" no estaban ni el "Hombre hormiga" ni un cantante perdido en el túnel del tiempo.
Ese día llevaba a su programa a un imitador de López Rega.
Había colocado un ataúd en una larga mesa armada con caballetes. Luego presentó a una mujer que a su vez imitaba a Isabel Martínez. (Era idéntica con el pelo tirado hacia atrás y elevado en un frontón).
El falso López Rega hizo que la falsa Isabel se acueste sobre la mesa para hacer su representación. La cabeza estaba tocando a la cabeza oculta en el ataúd. Se apagan las luces. Un par de reflectores iluminabann el rostro de la Isabelita.
El falso brujo hizo maniobras con sus manos en el aire. Hablaba con un lenguaje que nadie podría traducir.
Anabela puso la cara de Anabela. López Rega dijo que había logrado trasferir a su Isabel el alma de Evita.
Anabela le pidío al falso Lopecito que abra el ataúd, este ensayó una fingida resistencia pero enseguida la cámara mostro una muñeca de tamaño humano con el rostro de lejanamente parecido a la Evita de la foto que luce esa sonrisa enorme y su pelo atado con rodete.
Me sobresalté. Son rostros de Hortensias. -Pensé.
Iluminación o delirio bien propio, pude ver que López Rega era un digno y verdadero protagonista del cuento de Felisberto cuando detrás de un cortinado le soplaba palabras que la Isabel - Hortensia debía decir al aire en sus discursos televisados.
Me extraño un poco que la imagen de Crónica TV fuese en blanco y negro.

Recordé mi mano sujetando el crayón rojo -era madrugada y la neblina no dejaba ver demasiado- cuando escribí sobre un paredón blanco "Isabel títere fascista".



*

Deje pasar varios días e intente con otro cuento, pero la primera frase también me llevo lejos: "Úrsula era callada como una vaca"
Esto me impulso a leer el folleto que me había traído el tío Lito de un establecimiento rural, se lo dieron en uno de sus paseos en tren para derrotar a la soledad de los domingos (cuando no haya lluvia que lo detenga en su casa).


Establecimiento "Las Hortensias"
Huerta orgánica. Granja ecológica. Espacio de reflexión.
Estación Hortensia. Provincia de Buenos Aires. Argentina

Somos un espacio ecléctico que reúne en un ambiente rural:
Una huerta orgánica. Una granja modelo. Un hostal para visitantes con actividades al aire libre y ciclos de intercambio. Un espacio natural donde se programan encuentros para la reflexión de las cuestiones humanas. En su programa 2011 las reuniones se aplicaran al pensamiento sobre la histeria. En una época donde lo lábil domina los afectos.

-Que bien me vendrían uno días de recreación y pensamiento, bien lejos de mis problemas.
-Me dije con una sonrisa, antes de seguir leyendo:

Elegimos la producción ecológica para cultivar vegetales, frutas y aromáticas. Con métodos de “agricultura orgánica” mantenemos la fertilidad del suelo y su diversidad biológica. No utilizamos sustancias artificiales, químicos, pesticidas o elementos contaminantes.
En nuestros eventos no se permite la utilización de celulares ni existe la contaminación generada por televisores (....)


*


Entonces pude verme con Eleonora leyendo en fotocopia un texto de Pitirim Sorokin, nos reímos como niños con el nombre y apellido del intelectual ruso. Eleonora dejo su legado en mi memoria con una advertencia dicha como al pasar en una única frase. "vos sos pasto para la histéricas".
En el momento me pareció una rareza surgida de una desconocida con la que no tendría otra relación que la de estudiar una materia para la facultad.
Pero, con el tiempo esas palabras fueron madurando y creciendo, ganando espacio como una verdad revelada tardíamente.
Años después ubicarla. Tenía el teléfono de la casa de sus padres y ellos me contaron que tiempo después de recibirse dejo de militar en el Partido Obrero y abrazo una causa distinta: decidió quedarse a vivir en Tailandia trabajando en un programa que intenta preservar y rescatar a los orangutanes de la brutalidad de la sociedad. Podría haber intentado pedir una dirección postal para escribirle, pero enseguida desistí, supuse que no solo no recordaría su frase genial ni a quien estaba destinada sino que mi actitud de comunicarme con el objetivo de preguntar sobre esto seria francamente ridícula.
Pensé en los espejos a los que teme el protagonista de las Hortensias. En espejo del tiempo que se refleja en uno y en cada cual. En el espejo de los otros pueden dar -hasta involuntariamente- al patetismo propio.



*

Estación Hortensia. 315 Km. de Puente Alsina.

Vuelvo una y otra vez a intentar sin éxito concluir la lectura de "Las Hortensias".
Sigo siendo una persona que busca su lugar en el mundo; que necesita escribir pero debe vencer en cada palabra la inmovilidad. La parálisis de la angustia.

Sin encontrar las respuestas que necesito, al menos me distraigo unos días en este club de campo que brinda a quien lo necesite un buen "pastoreo" reflexivo sobre el tema de la histeria.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






PRESENCIA DE ABRIL*


Las hojas nunca repiten el otoño.
Se renueva la experiencia
de caer silenciosas
sobre su asombro y el mío.
No parece cierto que antes haya sucedido
será que hoy descubro
en cada árbol un sol encendido
que se inmola con la serena postura
de alguien que ha llegado a destino.


No hay palabras que describan
estas calles que caminamos juntos.
Están maduras de esperas, mullidas, rojizas...
Desmenuzo los recuerdos hasta hacerlos
polvo dorado sobre el alma en armonía.


Las hojas nunca repiten el otoño.
Lo hacen nuevo cada vez, como
si nunca antes hubiera sucedido.
Y yo no sé con qué palabras
hacerlo como ellas.

Acaso sean necesarios otra vez
nuestros pasos en la calle atardecida.


*De Miryam Seia. miryamseia@cablenet.com.ar









EL CAMAROTE OCUPADO*


-Sexta y última parte-



Un crujido de madera antigua, el chasquido de una cerradura al romperse, una puerta que se abre de par en par y la violenta aparición de un hombre dentro del camarote fueron los elementos que desgarraron aquel momento de intensa sensorialidad femenina. ¿E incluso masculina?
Ernesto cayó sobre su costado izquierdo con un quejido de dolor, bañado por el foco del pasillo a sus espaldas. El chorro de luz horadó la semipenumbra del camarote, revelando la intimidad de una imagen en extremo obscena y excitante. Las protagonistas chillaron ante la sorpresa, deteniéndose en el acto.
Los tres parpadearon incrédulos. Ernesto, conmocionado ante la visión de un par de mujeres semidesnudas, sólo luego de un par de segundos de estupor reconoció a la estudiante de Psicología, sin sus gruesos anteojos, yaciendo boca arriba sobre el suelo de goma, y a la mentada pasajera del camarote, con quien él pretendiese un acercamiento galante durante su breve paso por el vagón comedor, recostada encima de la chica. Lorena, por su parte, mientras lo contemplaba con mirada asesina, identificó al estúpido barman que había intentado seducirla en vano hacía ya tanto tiempo –quizá en algún otro viaje……u otra vida-, inventando absurdas historias de fantasmas. Y Claudia, desconocida como amante bisexual, se desconcertó ante la visión de aquella libidinosa mujer que yacía encima de ella, oprimiéndole los pechos contra los suyos, maldiciendo casi al unísono al intempestivo visitante.
Otra violenta corriente de aire helado se abatió sobre ellas, alcanzándolo a Ernesto sobre el rostro, quien volvió la mirada hacia el rincón de donde procedía la ventolina, aunque no llegase a tiempo a registrar certeramente lo que veía.
Un furioso sopapo se abatió de revés sobre él, sumado a un agudo e irascible chillido. Ernesto, reaccionando mediante un acto reflejo, se apartó de costado, rodando sobre el piso en dirección contraria, hacia la pared. Una amenazante figura se incorporó detrás suyo, y sin dejar de chillar, se abalanzó sobre su espalda, arreciando con una salvaje descarga de golpes.
-¡Tómatelas, hijo de puta!!! -, aullaba Lorena, pegándole sin cesar. -¡Dejame tranquila de una buena vez!!! ¿No tuviste suficiente con cagarme la vida mientras vivíamos juntos??? ¡Andate, la puta que te parió!!! ¡Aaan-daaaaa-teeeeeee!!!!
Ernesto giró nuevamente y la enfrentó, enmudecido ante la sorpresa o el absurdo. Intentó aferrarle los brazos para que dejase de golpearlo, pero le resultaba imposible; apenas si podía desviar los sopapos y trompadas, evitando que lo desfigurase. Claudia se incorporó, desconociéndose una vez más, quizá recordando el efecto de la cámara lenta en el cine, y se lanzó sobre la espalda de Lorena, atajando sus brazos por detrás, aunque sin lograr detenerla.
-¡Basta, basta! ¡Dejalo! -, imploraba la chica a medio vestir, deseando muy dentro suyo que aquella mujer volviese a estimularla como hasta hacía apenas unos segundos, regresando a la misteriosa burbuja autista de placer en la que la había sumergido al encerrarse juntas dentro del camarote.
Lorena se sentía ajena a sí misma. ¿Por qué le resultaba tan extraña su propia voz, como si se hubiera vuelto más grave……más parecida a la de un hombre? ¿Y de dónde extraía semejante fuerza, capaz de azotar a este tipo y dejarlo fuera de combate? Además, ¿quién era este fulano? El boludo del barman, claro, ……aunque un secreto pensamiento le decía que lo conocía de algún otro lugar, de otra época, de un momento afectivo diferente… ¿Sergio? La sola aparición de aquel nombre dentro de su cabeza la hizo enfurecer aún más.
El viento a su alrededor, agorero y siniestro, no dejaba de silbar…
Aún excitada, Claudia quería retenerla cerca del catre, lejos del empleado ferroviario, pero la pasajera del camarote era demasiado fuerte para ella. Lorena, poseída por una misteriosa fuerza que la impulsaba hacia delante, arreciaba contra Ernesto, quien a duras penas conseguía evitar que le rompieran la nariz.
Y entonces, por entre el griterío, los golpes y el escalofrío del viento, una decidida voz los inmovilizó, congelando la escena.
-¡Deténganse todos!!! ¡Atrás, íncubo maldito!!! ¡Vete de aquí!!! ¡Dios es mi Salvador y mi escudo!!! ¡Y aunque camine por el Valle de las Lágrimas y me enfrente a la Iniquidad, jamás temeré, porque sé que Él está de mi lado!!!
Los tres volvieron la cabeza hacia la puerta abierta. La desaforada imagen de Heriberto Fort, emergido de una alucinada estampa bíblica, empuñando la cruz de plata en alto como si se tratase de una espada flamígera, les causó una impresión tan sorprendente por su inmediatez como grotesca en su contenido.
Nadie supo muy bien qué hacer o decir. Hasta que la silenciosa tensión en el ambiente, apenas contorneada por el silbido del viento, fue desgarrada por una sonora carcajada. Lorena reía a mandíbula batiente, incapaz de comprender semejante aparición. ¿A quién quería derrotar este santurrón?
-¡No teman!!! -, arreció Heriberto, su pie derecho recargando el peso del cuerpo hacia delante, el puño firme y en alto, la mirada llameante. -¡Combatiré a esta súcuba hasta el último aliento!!! ¡Exorcisaré a la pérfida criatura, mitad hombre y mitad mujer, y recuperaremos para el rebaño a esta abandonada hija de Dios!!!
Lorena comenzó gradualmente a contener la risa, mientras Ernesto y Claudia la contemplaban sin saber qué hacer. Entonces la mujer se puso de pie de un salto, apenas vestida por una remera que le colgaba del cuello y un par de soquetes oscuros, y enfrentó al seminarista.
-¿Y vos de dónde carajo saliste, pelotudo? ¡Sos peor que cualquier otro hombre, más reprimido y más puto!!! ¡Tómatelas o te fajo a vos también!!! ¡Y te enrosco brazos y piernas con esa sotana de mierda, para después meterte la cruz bien en el culo, donde debería estar!!!

-¡No la oigan!!! -, chilló Heriberto, capturado por su personaje, impostando la voz como si se encontrase representando una épica ópera de Wagner. -¡Quiere confundirnos a todos con su malignidad!!! ¡Aléjensé!!! ¡Podré solo contra ella, con la divina ayuda del Señor, mi guía y mi pastor!!!

Una silueta apareció de improviso detrás del seminarista.
-Pero… -, balbuceó Fernando Suárez, el guarda. -¿Me pueden explicar qué está pasando? ¡Señorita, ubíquese y hága el favor de vestirse, que éste no es un tren nudista! Los pasajeros vuelvan a sus asientos, que ya estamos por arribar a la Estación Hortensia. ¡Y vos, Ernesto, ¿qué hacés ahí tirado?! ¡Levantate de una buena vez, que Gorriarán está como loco y quiere verte enseguida en el vagón comedor!
-¡Basta! -, protestó Claudia, volviendo a hilvanar sus extraviados pensamientos, habiendo perdido con tantas interrupciones, muy a su pesar y quizá definitivamente, aquella novedosa sensación erógena causada por otra persona de su mismo sexo. -¿No se dan cuenta de que esta mujer está mal y necesita ayuda de inmediato?
-¡Sí!!! –bramó Heriberto. -¡Yo, en mi carácter de abnegado Soldado de la Fé, seré el encargado de librarla para siempre de Todo Mal!!! ¡Refúgiate en Cristo, pecadora!!!
-Pero…, ¡si serás necio!!! -, estalló Claudia, colmada por la irritación. -¡Acá hace falta medicación, administrada por un psiquiatra!!! Y después, un buen tratamiento psicológico. ¡Nada de delirios místicos!
Lorena, sin mirar ni escuchar a nadie en particular, volvió a estallar en carcajadas, ante el estupor e indignación de Fernando, azorado ante su impúdica desnudez. Ernesto consiguió ponerse en cuclillas, para luego incorporarse lentamente, sin que nadie reparase en sus movimientos. Y estaba a punto de abalanzarse sobre Lorena y apresarla por detrás, poniendo un poco de orden a semejante descontrol, cuando otra enigmática silueta apartó a Fernando hacia un costado e ingresó en el camarote, con andar cansino pero majestuoso, enmudeciendo con su sola presencia al seminarista, quien se volvió sorprendido para contemplarlo. Desconcentrado, el seminarista bajó su brazo exorcisante, deponiendo el poder de la cruz.


El recién llegado vestía por única prenda un enorme poncho de cuero salvaje, calzado con ojotas y luciendo una vincha descolorida que le cruzaba la frente y alejaba de su rostro una extensa y tupida cabellera negra. De rasgos inconfundiblemente aindiados y untado con brillantes tintas vegetales que le cruzaban las facciones, parecía haberse fugado de alguna otra dimensión temporal, como si su presencia allí no cuadrase en absoluto.
-¡Todos quietos! -, les ordenó, con voz grave y pausada, sin necesidad de gritar, al tiempo que extraía debajo de su poncho una serie de diversos y extraños amuletos confeccionados con huesos de animales, entre los cuales comenzó a agitar uno de aspecto atemorizante, casi fálico, parecido a una maraca. –Las señales fueron inequívocas durante los últimos días. Los vientres de los terneros sacrificados y los mensajes de los huesos esparcidos sobre la tierra habían repetido lo mismo, una y otra vez. El espíritu ha vuelto, con la misma sed de sangre de siempre, dispuesto a asesinar a nuestros hombres y vejar sin piedad no sólo a nuestras mujeres, sino también a las de Uds. Por eso -, y esparció a izquierda y derecha (¿babor y estribor? … la trochita angosta oscila con “vaivén de barco” al desplazarse sobre rieles tan estrechos) unos polvillos de colores sobre el suelo de goma del camarote, -ungido como el último médico brujo de los tehuelches, declaro a éste como lugar sagrado, imposible de ser mancillado por el paso de cualquier espíritu que no pertenezca a nuestra tierra. ¡Aléjate de aquí, verdugo cruel de mis gloriosos antepasados! ¡Abandona estos terrenos, que reclamo orgulloso en nombre de mi pueblo!
La ráfaga de viento volvió a arreciar al término del discurso. El estupor de los presentes no se retraía en lo más mínimo. Nadie supo cómo actuar, hasta que el guarda, como autoridad del ferrocarril, emergiendo del mismo letargo que inmovilizaba a todos, protestó:
-¡No me diga que viene a exorcizar un fantasma! ¡Vamos, hombre, déjese de joder! ¡A usted lo mandó el escandaloso ése de la televisión, el Marcelo Tinelli! ¿Cuánto le pagó para armar esta patraña? ¿Dónde lleva la cámara oculta? ¿Entre medio de toda esa pelambre?
-Los aborígenes están cada día más aculturados -, reflexionó Claudia en voz baja, -despersonalizados por los mass-media…

-¡Es la pérfida acción del demonio! -, sentenció Heriberto. –Esto ocurre porque nadie se ha tomado en serio la misión evangelizadora de los infieles. ¡Pero eso cambiará en este nueva era que se inicia! -, y volvió a empuñar en alto la cruz de plata. -¡Volveremos a Cristo!!!


-¡No se burlen! -, exclamó el médico brujo, sin apartarse un ápice de su misteriosa y específica tarea, arrojando un poco más de sus polvitos de colores, haciendo sonar su fálica maraca de hueso, y defendiendo su vapuleada dignidad en contra del vulgar prejuicio occidental que los catalogaba como “pueblo oprimido”. –El ánima de ese cruel asesino vaga insepulta entre Uds. desde hace muchísimo tiempo, y ninguno ha sido capaz de evitar que su figura fatal atormentara a nuestros hijos por las noches. ¡Yo te convoco, entonces, General Julio Argentino Roca, a ser desterrado para siempre, y que acabes de una vez con ese martirio que nos acosa desde hace más de un siglo!


-¡Frígidos de mierda! -, estalló Lorena, temblando de furiosa calentura. -¡Hombres tenían que ser!

-Están todos borrachos… -, masculló Ernesto, incapaz de eludir la incredulidad, sin saber si ponerse a reír o a llorar a raíz de semejante absurdo. -¿Qué carajo está pasando en este camarote?
Una nueva ventolina se abatió sobre ellos, y por un instante se escuchó como si la ráfaga helada sonase al estilo de una maléfica risa de ultratumba. Entonces Ernesto, acopiando lo poco que aún le restaba de valor, giró la cabeza hacia aquel rincón del camarote donde creía que se originaba la misteriosa irrupción de aire helado. Una abrupta comprensión lo abofeteó de lleno, insultando su inteligencia, sintiéndose de inmediato el boludo más grande que pisase alguna vez un tren provincial de larga distancia. Por lo que exclamó a viva voz, indignado y herido en su más profunda autoestima:
-¡A ver si se dejan todos de joder y vuelve cada uno a lo que estaba haciendo! ¡Que bastante hinchadas las pelotas tengo por esta noche!
Y habiendo captado la atención del resto de los ocupantes del lugar, señaló con su dedo índice, para que no quedase lugar a dudas, hacia la pared opuesta a la puerta del camarote, donde nadie parecía haber reparado en un detalle tan cotidiano como banal.
Todos giraron sus cabezas, probablemente sin sorprenderse por nada de lo que pudiesen contemplar a esta altura de los acontecimientos, para descubrir que la antigua y elegante ventanilla de cristal biselado del vagón camarote, quién sabe durante cuánto tiempo, había quedado abierta…




*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
-Capítulos anteriores en http://inventren.blogspot.com/







DILEMA*


Muchas manos
Ayudan a una multitud de gente.
Una mano que aprieta,
Define el grado de nuestra conciencia,
O quizás revela el lugar que tomaremos
El día que cambie el rumbo definitivo
De la historia.
Cada dìa es una lucha,
Es la preparación previa al enfrentamiento
Inevitable cuenta regresiva,
Que ansío con ganas verla
En vida,
Pero es como la espera
De lo que nunca sucederá.
Me aferro a la fe ciega
De un instante
Donde todos
Nos parecemos a todo,
Y la crueldad vil
De quien selló
Mi jerarquía,
Sea sentenciado
Al mar de azufre
Que alguna vez
Leimos en nuestra niñez,
Solo que ahora
Ya no somos tan niños.


*De Daniela Wallffiguer. danielawallffiguer@gmail.com





Tren*



El tren era el de todos los días a la tardecita, pero venía moroso, como sensible al paisaje.
Yo iba a comprar algo por encargo de mi madre.
Era suave el momento, como si el rodar fuera cariño en los lúbricos rieles.
Subí, y me puse a atrapar el recuerdo más antiguo, el primero de mi vida. El tren se retardaba tanto que encontré en mi memoria un olor maternal: leche calentada, alcohol encendido. Esto hasta la primera parada: Haedo. Después recordé mis juegos pueriles y ya iba hacia la adolescencia, cuando Ramos
Mejía me ofreció una calle sombrosa y romántica, con su niña dispuesta al noviazgo. Allí mismo me casé, después de visitar y conocer a sus padres y al patio de su casa, casi andaluz. Ya salíamos de la iglesia del pueblo, cuando oí tocar la campana; el tren proseguía el viaje. Me despedí y, como soy muy ágil, lo alcancé. Fui a dar a Ciudadela, donde mis esfuerzos querían horadar un pasado quizá imposible de resucitar en el recuerdo.
El jefe de estación, que era amigo, acudió para decirme que aguardara buenas nuevas, pues mi esposa me enviaba un telegrama anunciándolas. Yo pugnaba por encontrar un terror infantil (pues los tuve), que fuera anterior al recuerdo de la leche calentada y del alcohol. En eso llegamos a Liniers.
Allí, en esa parada tan abundante en tiempo presente, que ofrece el ferrocarril Oeste, pude ser alcanzado por mi esposa que traía los mellizos vestidos con ropas caseras. Bajamos y, en una de las resplandecientes tiendas que tiene Liniers, los proveímos de ropas standard pero elegantes, y
también de buenas carteras de escolares y libros. En seguida alcanzamos el mismo tren en que íbamos y que se había demorado mucho, porque antes había otro tren descargando leche. Mi mujer se quedó en Liniers, pero, ya en el tren, gustaba de ver a mis hijos tan floridos y robustos hablando de foot-ball y haciendo los chistes que la juventud cree inaugurar. Pero en Flores me aguardaba lo inconcebible; una demora por un choque con vagones y un accidente en un paso a nivel. El jefe de la estación de Liniers, que me conocía, se puso en comunicación telegráfica con el de Flores. Me anunciaban malas noticias. Mi mujer había muerto, y el cortejo fúnebre trataría de alcanzar el tren que estaba detenido en esta última estación. Me bajé atribulado, sin poder enterar de nada a mis hijos, a quienes había mandado
adelante para que bajaran en Caballito, donde estaba la escuela.
En compañia de unos parientes y allegados, enterramos a mi mujer en el cementerio de Flores, y una sencilla cruz de hierro nombra e indica el lugar de su detención invisible. Cuando volvimos a Flores, todavía encontramos el tren que nos acompañara en tan felices y aciagas andanzas. Me despedí en el
Once de mis parientes políticos y, pensando en mis pobres chicos huérfanos y en mi esposa difunta, fui como un sonánbulo a la "Compañia de Seguros", donde trabajaba. No encontré el lugar.
Preguntando a los más ancianos de las inmediaciones, me enteré que habían demolido hacía tiempo la casa de la "Compañia de Seguros". En su lugar se erigía un edificio de veinticinco pisos. Me dijeron que era un ministerio donde todo era inseguridad, desde los empleos hasta los decretos. Me metí en un ascensor y, ya en el piso veinticinco, busqué furioso una ventana y me arrojé a la calle. Fui a dar al follaje de un árbol coposo, de hojas y ramas como de higuera algodonada. Mi carne, que ya se iba a estrellar, se dispersó en recuerdos. La bandada de recuerdos, junto con mi cuerpo, llegó hasta mi madre. "¿A que no recordaste lo que te encargué?", dijo mi madre, al tiempo que hacía un ademán de amenaza cómica: "Tienes cabeza de pájaro"


*de Santiago Dabove, incluido en "La muerte y su traje".
Buenos Aires, Alcántara. Edición de 1961. (págs 137-138)




*

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