viernes, mayo 04, 2012

YA NO VIVO EN MI ÉPOCA SINO EN MI MUNDO...


-Dibujo: "Cantos de sirenas"
de Ray Respall Rojas.



AMOR DE SIRENA*



Mi amado hoy es de estrellas,
Es de esferas, sol, incienso,
Riscos, campanarios, alas…
Mi galante marinero.

Como efluvio de mareas,
Como seda son sus dedos;
Es un nido de alcatraces
El lecho en el que me tiendo.

Abro, por mirarle, el cofre
Donde oculto nuestro espejo;
Versos, caracolas, perlas,
Arpegios de ese mar nuestro.

Huracanes me lo acechan…
Arco iris lo hacen lejos,
Cielo triste de gaviotas,
Plumón de ave, primer vuelo.

De nube, ocasos, violines,
De rosas en el desierto,
De sutiles llamaradas
Es el puente que le cerco.

Mi amor, el de otras vidas,
Taumaturgo, aventurero,
Perdió, al cruzarlo, el mapa
De la isla en que lo sueño.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba




YA NO VIVO EN MI ÉPOCA SINO EN MI MUNDO...





PILAR*

           

*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Ahora resulta que Angelito Balquinta no era de Racing sino de Boca Juniors, según asegura Roberto Escudero, su antiguo vecino y como es muy memorioso habrá que creerle. Será así entonces.
¿Pero cómo, yo tardé sesenta años en saberlo? Y mientras esto sucedía, digo la vida, adónde estaba esta información escondida que no supe encontrarle el camino, ni la forma y vino así, de pronto como una revelación que como tal, siempre suele ser inesperada.
El placer que me produjo haber paseado con mi nieta Pilar (su manita breve en mi mano inmensa)  por el patio arbolado de mi casa paterna, ha sido inmensurable. De pronto soltó mi mano y entró por la puerta de la cocina y desde allí fue curioseando todas las habitaciones.
Cuando salimos a la calle le mostré los tres potrillos de Mariano Salvucci quienes al vernos saltaron bajo el sol cálido del mediodía como por un inmenso vidrio transparente. Están allí, en el terreno grande, que fue de don Irineo Rojas y tal vez de Cayetano Gallardo, allí en el mismo lugar otrora repleto de hinojales donde se escondía a jugar Ricardito Spina, hijo de aquel peluquero bonachón a quien llamaba “El pobre”.
Cuando volvimos a entrar bajo las sombras propicias de los dos primeros fresnos, Pilar quiso sentarse en la base de una vieja bomba de mano que alguna vez puso mi padre. Está oxidada, en desuso, pero sirve aún para que una enredadera silvestre se ocupe de vestirla tal vez para que no pase las noches tan tristes y desoladas.
 Pilar corrió también sobre el pasto recién cortado por la diligencia de mi hermano, ingresó al pequeño y desvencijado galponcito donde mi padre guardaba sus herramientas y yo ocupo con la leña que me corta Mario Compañy. Y cuando salió de allí tenía entre sus bracitos un inmenso perro de paño que perteneció a mi sobrino. Salimos a la vereda y  le mostré los perros, Ratín, de los Carriedo y Gentilicio, de mi hermano y su familia.
Luego le mostré el lugar donde había jugado a las bolitas con los otros chicos, debajo de la sombra del viejo paraíso que no está. Debajo de esa sombra propicia y protectora, nos encontrábamos una tarde jugando. Habíamos trazado un círculo en la vereda de tierra, habíamos puesto cinco bolitas cada uno distribuidas raleadamente para no ofrecer blanco fácil al bolón que arrasaría las piezas. Cuando nos alejamos veinte pasos para echar suerte quien arrimaba primero, y el que lo hacía más cerca de ese gran círculo tendría la primera opción para ir dejando bolitas fuera del círculo y quedarse con ellas.
Ramón López, o el gordo López, como  prefieran, era mucho más grande que nosotros y por lo tanto nunca lo dejábamos jugar, y estaba apoyado en el tronco añoso del gran árbol. Cuando nos descuidamos, se agachó, ágilmente manoteó todas las bolitas y salió a la carrera hacia su casa. Entre la sorpresa y el estupor y la reacción previsible empezaron a volar los cascotazos que apenas dieron débilmente en su espalda grosera.
Aunque de verdad, estas bolitas eran de cemento, muy toscas, es más, no sé si se fabrican hoy, y estaban pintadas: rojas, verdes, azules, amarillas, tal vez violetas; se vendían muy baratas en el almacén del Cholo Belluschi, quien las exhibía en un gran frasco de vidrio y por sólo diez centavos de entonces se podían llenar los bolsillos. Diferente eran las “lecheritas” como las llamábamos a unas blancas; para no hablar de las “nubes”, esas  hermosísimas que parecían tener una gasa dentro del vidrio transparente, y no la usábamos para jugar por temor a que un bochazo con esos grandes bolones de cemento o de acero las transformaran en tristes “cachuzas”, como se les decía a las que le faltaba un pedazo. Se usaban las “lecheras”, como valor de cambio. Si una de éstas valía diez bolitas ordinarias  las “nubecitas”, podían valer el doble o el triple. Según el valor del mercado de los niños de entonces, suponiendo que algo así existiera.
Es probable que todo esto lo haya pensado mientras iba mostrándole todos estos lugares a Pilar, y que fue una bendición del destino que me permite de algún modo azaroso enhebrar su brevísima infancia con la mía tan, pero tan lejana que ella no puede llegar siquiera a percibir todavía.
Y mientras volvía hacia los caballitos de Salvucci en el terreno de enfrente para que los viera 
–azorada- retozar, miré hacia el cielo muy azul, que cortejaban bandadas de pájaros en formación marcial y apenas desordenaba esa garza perdida, mientras pisábamos el oro bruñido de las hojas del fresno más viejo.

                                                               




CUANDO ÉRAMOS CREYENTES*

  
*De Monica Russomanno russomannomonica@hotmail.com


  No confío en los vendedores. Sospecho con ojos oblicuos de las muchachitas simpáticas que me aseguran que el cuero va a ceder, ni lo dude, apenas lo use un poco se estira. Desconfío del dependiente de la fiambrería que alaba lo excelso de un jamón cocido paralelepípedo perfecto (¿de un cerdo de cartón piedra? ¿de un cerdo pintado por Picasso en etapa cubista? ¿de cerdo?, me pregunto al fin y acortando la interrogación). No les creo para nada a los vendedores de automóviles que aseguran cuotas y financiaciones como oportunidades únicas e imperiosas.
     No le creo al gasista que me dice que el problema en el calefactor es el pipertrico de la gisbátula, ni le creo al médico que duda poniendo el dedo sobre el vademécum como sobre la tablilla adivinatoria de algún hechicero de arcilla y paja.
     Todos son recienvenidos, pasajeros que circunstancialmente ocupan este lugar esperando a que quien se baje en una estación próxima deje un asiento libre. Son los no profesionales, los que esperan ser descubiertos por algún evento televisivo, conseguir algún puestito en el estado, zafar; esto es mover rodillas y cintura, desprenderse del yugo y pastar apaciblemente al sol.
      Con reverencia escuchábamos al plomero cuando hablaba de soldaduras, codos y conexiones, con fe de beatos seguíamos las recomendaciones que salmodiaba el señor del bazar para cuidar la batidora eléctrica; recitábamos las instrucciones para la conservación de la paellera que nos había dado un herrero y cumplíamos la novena dictada por el paragüero para desanudar varillas y mantener intacto el velo impermeable.
     Ahora de inmediato nos damos a la sospecha.
     Escuchamos con cara de que sí pero pensamos mejor busco otro presupuesto, otra opinión, pero entonces cómo sé quién tiene razón, si seguro el próximo que consulte me va a decir otra cosa. Y la cara sigue tratando de ser impávida, pero qué desasosiego, y mucho fastidio encabalgado, y allá al fondo la resignación y la derrota.
     Creíamos, por aquellas épocas, que la gente sabía lo que estaba diciendo, creíamos que la gente se dedicaba a su oficio y mantenía visibles las banderas de su orgullo profesional. No sé si sabrían o no, no sé si el porcentaje de ineptos e ignorantes es mayor o menor por estos días, pero la sensación de sospecha, la sensación de que nos están diciendo mentiras convenientes es desconsoladora. Y esa horrible sensación de que ni tan siquiera nos mienten sólo por provecho sino por desidia, desinterés, ineptitud.
     Y leer algo en internet que algún ser ignoto puso allí porque se le dio la gana, y escuchar a algún político sosteniendo con énfasis e impunidad exactamente lo opuesto a lo que sostuvo cuándo, la semana pasada tal vez, quizás ayer a la siesta. Y que nos hagan promesas de felicidad desde la televisión, y no creerle a los productos para el cabello con esos extraños ingredientes activos como los polvos para lavar la ropa, y no creer en fin que haya algo seguro y sólido, y hasta estar contentos de que el tembladeral socave cimientos y permita que las torres inclinadas se den por término en los suelos.
     Pero esta sensación de no creer, pero esta enfermedad de la sospecha. Con ojos rasgados medimos las efusiones de los dependientes, calibramos el tono de los operarios, repetimos las fórmulas de atrás para adelante a ver si en el mensaje está la voz del diablo.
     Y qué pena que los niños del parvulario no le crean a la maestra, que las voces de los profesores se topen con muros de sospecha altos como fortalezas inexpugnables. Cuánta tristeza tanto sesgo, tanta desconfianza.
     No digo tanto como en un dios, pero sería bueno poder creer en nosotros mínimamente. Al menos en dos o tres personas, al menos por un rato.

                                                                                


*


Mi yo
No es solo mío
es tan grande y tan perfecto
mi yo
concierne a mis afectos
alli es donde es amplio
y opulento
entran en él tantas personas
que son multitud
alli descansan en distintos compartimientos
mis amores
los que son reconocidos
y los que guardo en secreto.-


*De Azul. azulaki@hotmail.com





El futuro silencioso*



*Por Juan Forn


El nene de Simon Reynolds descubre, en un viaje en colectivo, que en los colectivos de Nueva York hay una gaveta con mapas gratis de los distintos barrios de la ciudad. Se trae uno de cada viaje que hace, y le pide al padre ir en colectivo a cualquier parte. Cuando no encuentra uno de los que le faltan, no se lleva ningún mapa. En uno de esos viajes, al ver la cara de decepción de su hijo, Reynolds le propone ir hasta la terminal y traérselos todos. Reynolds, para definirlo mal, es un periodista de rock inglés, pero ya hablaremos de eso. Alcance con decir por ahora que Reynolds es lo que es porque un día de muy chico empezó a devorar música y no paró nunca más. Esa es su segunda piel. Por eso, su primera reacción es proponerle al hijo ir a la terminal y traerse todos los mapas. Pero el hijo le contesta que no quiere ir a la terminal; lo que quiere es ir juntando los mapas de a uno.
Reynolds tiene entonces una epifanía. Piensa que su hijo es hijo de tigre. Recuerda sus primeros tiempos en la música, cuando juntaba moneda a moneda durante la semana para poder comprarse un disco cada viernes y se le hacía tripas el corazón si lo que escuchaba, al llegar corriendo a su casa, no le gustaba, pero seguía escuchándolo febrilmente hasta encontrar algo que justificara la compra. Reynolds recuerda cuando todo era espera, la llegada de un disco, la ocasional aparición en la tele de alguno de sus ídolos (y si uno se lo perdía, no lo veía más, porque nunca se repetía, y casi nunca ponían en la tele a sus ídolos). Reynolds recuerda aquella espera y entiende que ése fue el combustible acumulado que lo detonó después a una vida de escucha ávida, cada vez más multifacética y enfermita, hasta saber quién toca en cada disco, en qué momento preciso ocurrió cada avance del rock y cómo se multiplicó en mil esquirlas.
Reynolds tiene algo que a mí me encanta: no cree que está escribiendo sólo de música cuando escribe, y abre el espectro en muchas direcciones, todas inteligentísimas, pero a mí lo que me pierden son sus exabruptos confesionales. Reynolds dice, por ejemplo, que ha invertido todos sus esfuerzos, desde la adolescencia, para paliar el estigma de nacimiento de su generación: haber llegado tarde a los ’60 y al punk. Reynolds es el gran crítico musical del momento, de Londres se fue a vivir a Nueva York, le publican todo lo que escribe y le piden más, pero algo lo está perturbando últimamente: la curiosa y cada vez más evidente lentitud con que avanza la primera década del siglo. De hecho ya ha terminado y Reynolds descubre que nada de lo que sonó en los 2000 no sonaba ya en los ’90.
El hijo podría tranquilizarlo: “No pasa nada, sos mi papá igual, sólo te estás viniendo viejo”, para no decirle que hay un momento en que uno va dejando de vivir en su época y empezando a vivir en su mundo. A algunos les pasa a los cincuenta, a otros a los cuarenta, a otros les empezó a pasar a los treinta o incluso antes (y así quedaron: demasiado poco tiempo en su época para alcanzar a construirse un buen mundo donde irse a vivir después). Reynolds ronda los cincuenta. Pero como está tan acostumbrado a su inteligencia, a procesar fructíferamente la demencial data que acumula día a día, año a año, suma la frase de su hijo al total de lo que tiene en las mil pantallas prendidas en su cerebro y elabora toda una teoría, que bautiza “Retromanía”, y que viene a ser el saqueo del pasado en busca de novedades. Dice Reynolds que las mujeres jóvenes de hoy a quienes les importa la ropa llaman a su ropero el archivo: eligen por década su vestuario (vintage o copias actuales retro). Y dice que los músicos hacen igual: eligen su sonido, lo arman como quien abre el ropero, y dice “guitarra Hendrix con base drum’n’bass etíope, caños y cuerdas balcánicos y encima una voz de francesita jadeando”. Dice Reynolds una cosa muy divertida: que antes los buenos periodistas de rock sabían más que los músicos de rock (yo fui testigo del día en que Fresán sentó a Calamaro a escuchar a Dylan en una época en que nadie escuchaba a Dylan: mediados de los ’80); y ahora, en cambio, los músicos saben de discos como buenos periodistas, como estudiosos. Y que esa música hecha por voraces coleccionistas de discos, escuchas enfermos de toda música que alguna vez buscó cambiarlo todo, es el opuesto exacto de la música de la que se nutren: ensambla perfecto, pero no cambia a nadie. Por eso la década sigue quieta, aunque los dígitos cambien.
“Recuerdo la adrenalina del futuro”, dice Reynolds: una sensación pura y dura, la sensación de que estabas oyendo el sonido de mañana, de que estabas ahí cuando el presente se movía. El que lo pone en pasado soy yo; Reynolds la describe en tiempo presente, porque no puede ser infiel a esa electricidad, él quiere seguir siendo moderno hasta el fin, por eso agrega: “Todavía creo que el futuro está ahí afuera”. Como diciendo: no hagan mucho caso a los exabruptos confesionales en un libro que es una máquina de cruzar data y sacar conclusiones. Pero yo no podía evitar oír ese agónico clamor generacional mientras leía: hubo un tiempo en que el presente se movía. Ya dije que Reynolds lo supo de oídas: en los ’60 no estaba; en el punk tampoco. Pero vivió toda su vida con la adrenalina del futuro en la cabeza. Le puso letra a esa canción. Hubo un tiempo en que periodistas a quienes el rock les había abierto la cabeza les abrían a su vez la cabeza a esos músicos que veneraban, y la música que salía de ahí abría más cabezas todavía, y el presente se movía. Y de pronto, a fines de 2010, en un micro neoyorquino, juntando mapas gratis con su hijo, sintió: qué lenta viene esta última década, por qué será.
Me traje de Buenos Aires el libro de Reynolds en mi último viaje, además de traerme a mi madre a vivir conmigo; quizá viene de ahí esta conciencia un poco exacerbada de los ciclos de la vida. Quizá venga también de algo que en ese mismo viaje me mostró mi amigo Ciro, algo que está escribiendo. Ciro tiene veinte años. “El 5 de marzo murió mi abuela. La última de los siete hermanos Etchegaray nacidos a principios del novecientos. Con ella se fue para mí la historia del siglo XX y la posibilidad de hablar con alguien que había ido a un concierto de Gardel, alguien que escuchó a Evita por la radio, alguien que nació cuando aún no había terminado la Primera Guerra Mundial y se refería a la Segunda como si hubiese ocurrido la semana pasada. Quise explicarle a un amigo lo que significaba para mí la ancha vida de mi abuela y le dije eso, le dije que ella estaba viva mientras se escribían buena parte de los libros que más nos marcaron. Cuando Joyce publicó el Ulises, Maruca tenía seis años. Y hasta que no tuvo treinta y dos no existía en el mundo el Adán Buenosayres de Marechal, que fue publicado en 1948”, y así sigue, maravillosamente. A diferencia de Reynolds, yo hace tiempo que ya no vivo en mi época sino en mi mundo, pero también creo en el futuro. Cuando leo cosas así, escritas por alguien de veinte, creo en el futuro.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-193237-2012-05-04.html








QUE LAS CAMPANAS NO LLOREN POR TI*


Como de cielo revuelto
van cayendo las palabras.
Han de cruzar ese río
y llegarse con el viento
a millones de oídos 
de madres y padres nuevos:
PARAD LAS GUERRAS.

Como de cielos revueltos
van cayendo sobre el puente
las palabras. Por debajo
corre sangre. Las aguas
se arremolinan, traen el calor
de los muertos:
PAREN LAS GUERRAS

Que se acaben esas voces
y que se partan las piedras...
Que el calendario se rompa
y se adormezca la tierra.
Que esas campanas
no llamen nunca a tu puerta:
POR QUE SE ACABEN LAS GUERRAS


*De Marta Zabaleta, mzabaletagood@gmail.com
Essex, Reino Unido, 1 de mayo de 2012
http://martazabaleta.blogspot.co.uk/2012/05/poesia-por-la-paz-de-marta-zabaleta.html





*

Siempre me dijeron que el monoteísmo significaba un progreso para la humanidad, me resultó muy difícil entenderlo. Pienso (como un pequeño consuelo) que si hubieran existido muchos dioses, alguno hubiera posado su divina mirada sobre la Esma.    


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com





Para leer en Aurora Boreal.

-Selección de poemas de Sebastián Fiorilli.
 http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1160:sebastian-fiorilli&catid=82:poesia&Itemid=199




*


Inventren Próximas estaciones:

ORTIZ DE ROSAS.
-Por Ferrocarril Midland-

SANTIAGO GARBARINI.
-Por Ferrocarril Provincial-


-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
 http://urbamanias.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


ARAUJO. BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROSAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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miércoles, mayo 02, 2012

UNA FLOR ROJA EN UN FLORERO AZUL...




*Dibujo: Ray Respall Rojas.




MOMENTO*



Es este momento mío,
tuyo y nuestro,
la visión que quiero
retener por siempre,
la que no deseo extraviar
en el laberinto de la memoria.

Si tuviera  la magia de dejarnos
atrapados en una burbuja
para juntos mirar al mundo
pasar a nuestro lado,
sin que importe ya más
si es día, o si anochece.

Si la gente es buena,
si la bolsa de Londres
subió o bajó sus valores,
si lloverá en Madrid
o si hay una huelga
de camioneros en Groenlandia.

Y abrazándote como ahora
permanecer junto a tus labios,
amor, amigo, extraño, espectro
con quien me fundo en cada minuto.
Haciendo que dure eternamente
lo inatrapable de un instante.

Partiría, entre estrellas ajenas,
hacia lo desconocido,
tomados de las manos,
sin mirar atrás ni hacia delante.
Sin temer al pasado,
sin saber si habrá un futuro.

Navegando, simplemente
volando... Sólo tú y yo,
en este café compartido,
mirando los monstruos
de azúcar que se dibujan
en el fondo de la taza.


*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba
(2003)




UNA FLOR ROJA EN UN FLORERO AZUL...





El viejo brujo*


¡Ea, ea, ea, ea, eeee! ¡Ea, ea, ea, ea, eeee! canturreaba a media voz mientras daba vueltas alrededor de la aldea agitando los dijes y sonajeros sagrados en una danza cadenciosa e interminable. Hacía tanto que no llovía que el viejo brujo, impulsado por la tribu, inició después de tantos años la danza de la lluvia.

Las tierras resecas, el ganado ...famélico y el sufrimiento itinerante de la tribu lo sacaron de su retiro y volvió a los conjuros. No eran rogativas ni súplicas, era una danza de amor. La lluvia y el estaban enamorados desde su primera invocación y ella venía a él para compartir su amor.

Las primeras gotas empezaron a caer después de que el cielo se fuera volviendo grisáceo y al chocar contra el suelo formaban cráteres de polvo semejando un pequeño paisaje lunar. El brujo, viejo y artrítico, al caer las primeras gotas se refugió en la tienda temeroso de enfriarse y agravar su enfermedad. La lluvia le buscó por todo el campamento como había hecho siempre para envolverlo en rocío, abrazarlo, amarlo. Le buscó infructuosamente, con la creciente ansiedad de una enamorada que hace tiempo no ve a su amado y va en su búsqueda después de un llamado que esperó muchos años.

En su recorrido por el poblado vislumbró la sombra del viejo brujo medio oculto en una tienda atisbando al exterior. Su amado se escondía de ella. La había llamado y ahora se ocultaba sin salir a su encuentro. Se entristeció sintiéndose rechazada y engañada, y en su dolor lloró desconsoladamente durante días sin consuelo por su amor herido, hasta que sus lágrimas inundaron el poblado sepultando a toda la tribu.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es



*

Hay que dejarse llevar
Sin miedo y sin apuro
El amor de los primeros años
Te visita idiotizado de idealización
Como en las novelas románticas
Parecería que uno tiene que sufrir
Para encontrase en ese estado de enamoramiento
Pero allí es donde el diablo mete las púas
De la inseguridad y el abandono…
Sin embargo la calidad del ensueño
Dependerá de cómo uno se percibe
Si yo me siento desvalido y sin rumbo
Buscando la perfección de mis actos
La condena de no ser lo que yo muestro
Está saboteando mi destino
Por eso te digo amor
Que me dejes estar más sereno
No quiero intentar ser diferente
No tengo que mostrar lo mejor de mí
Que creo que está fingido
Tengo que ser fuerte y afrontar mis tonterías
Mis locuras y mis desatinos
Luego de empaparme de esos defectos y
Amigarme de ellos
Seguramente encontraré mi cielo
Inmerso de sensibilidad y fortuna
Si no me quieres como soy
Te habrás perdido la oportunidad
De quererme con la honestidad
De mis apurados años.
Por eso te pido amor
Que me dejes transitar por tus vaivenes
Con la maestría de mi esencia
Y la pureza de mis sentimientos
Así solamente así no tendré tanto dolor
Que me quita el sueño
Y podré conquistarte puro
Para poder beber de tu fuente
Más tranquilo y sin sometimientos.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com






LAS DUEÑAS*


Arantza no pasea por el monte, lo adecenta. Rodeada de hijas, nietos, amigas de más allá del océano, centrada en el monolítico poder de las Madres, desde las altas cumbres de una vida de siete décadas criando, dando de comer, otorgando vida y haciéndose pasado referente, presente y futuro en esas vidas entregadas y acompañadas. Arantza con su bastón corta las zarzas que invaden el camino de su monte, de su país, de su universo. Nada indiferente al vasto mundo, desde su porción de eternidad pone coto al caos y se involucra. Todo le pertenece, el paisaje que la contiene y la familia que la circunda. Es la pagana divinidad anterior a los ritos y a los oscuros arcanos. Aquí y ahora, con la maquilla-cetro, con ese bastón que sirve para caminar, para ordenar y para amenazar al bullicio de la joven jauría bullanguera, mujer de tono agudo y risa que no es risa sino risas con toda la cara.
En otro continente y desde otros cielos, Gabriela dice sin ceremonias “yo no abandono a nadie”. Así con la grandeza de una estatura escasa y fuerzas relativas. Con la prepotencia de una entrega excesiva para los débiles, inconcebible para los tibios a quienes dice la Biblia que vomitará Dios de su boca. Tocada por la tragedia de una tía anciana, enferma y pobre, Gabriela se pone las botas y camina; a remar aunque el bote se llene de agua. “Yo no abandono a nadie”, y lo fácil que sería mirar para otro lado y dejar que los muertos entierren a los muertos, que las cosas sigan su curso, que algún otro reciba la pelota que cayó en la zanja.
Mientras tanto Edurne ha dado de mamar a propios y ajenos, y los niños hacen fila para compartir con ella su momento dichoso, y el marido que recibe su ternura, y las hermanas tocadas por la calidez de los ojos verdes con las arrugas más hermosas del mucho sonreír. Edurne mujer maravilla que trabaja y pinta con esos colores tan de Edurne, que anda en bicicleta y corre y lee y además arrulla y acaricia y pasa con su piragua debajo de sus puentes de su ciudad, en su río que desemboca en la mar que rodea y colorea al mundo.
Dichosas mujeres, estupendas mujeres de caldero y fuegos , de nacimientos y acompañamientos. Extraños pararrayos para las feroces inclemencias. Débiles cuerpos para fuertes voluntades. Ellas son las propietarias de la realidad, y allí están junto a lo verde y también para recoger las hojas que marchitan los otoños.
Qué sería de la humanidad sin estos tutores, ramitas enhiestas que enderezan árboles frondosos. Dichosas portadoras de la luz, sacerdotisas del hogar que calienta la casa, las que atienden a los niños y ponen en su lugar los trastos. No todas las mujeres tienen esa fe en la potencia imparable del pequeño amor que se acrecienta y abarca el mundo.
Arantza y Gabriela, Edurne y tantas otras. La soberbia de hacer y de intentar lo imposible, de ponerse enormes piedras sobre hombros endebles y sin embargo más poderosos que las muertes inevitables. Las redimirá para siempre el ser poseedoras del presente efímero. Pasarán, como todo lo que está dentro del tiempo, pero habrán puesto una flor roja en un florero azul, habrán dado con las manos una palabra, habrán colocado un eslabón en la cadena de lo mágico. Habrán poseído por un momento el universo.



*De Monica Russomanno russomannomonica@hotmail.com





Imán*


Es desde la cima
que divisa
en su imponencia
el bastión
Abajo
cascada
sigue
Decidida
¿proyecta?
Se rozan
los opuestos
coquetean
La sensualidad
deambula
Frenéticos
los frutos.




Fulgor*


Revueltos
en la espuma
en la arena
Revueltos
en la noche
en el cielo
Las sombras
danzan
ruedan
y se agitan
Extendidas
y se tocan
Mascullan cuerpos
y se invaden
Pensativa
la luna
espía
y con recelo.




Esbozo*



Sobre la mesa
de un bar
apoyada
una taza blanca
de café
El aroma
acaricia la mirada
ausente
Las manos
aferran la ilusión.




Despertar*


Aletargada
por la piedad
y en un hoyo
ridículo

y eso
aunque  
el camino
prosigue.

Demencia

Alarido
que amputa
el secreto
Y en la tersura
llaga
¿Qué otra cosa que el semblante
la mueca
agrieta?
El murmullo
acrecienta
las pulsaciones
¿Y quién
-confisca-
los espasmos?
La sábana
invisibiliza
el bisturí.


*Imán - Fulgor - Esbozo - Despertar  son poemas de Ana Romano romano.ana2010@gmail.com






ALICIA PLANCHA SU PAÑUELO.*



*Por Eduardo Pérsico.  epersico@telecentro.com.ar

Sólo algo no existe; es el olvido.
Jorge Luis Borges.



          Tal vez fuera la Madre Superiora quien dijera ‘las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo’, y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años.
         Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o ’por algo será’; pero ella no aparece y en herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera les crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida ni un minuto su cría. Así que pronto anduvo Alicia por la Plaza de Mayo junto a otras madres y de blanco pañuelo en la cabeza, apretadas del brazo afirmando el mandato de la sangre.

           En ellas no valen cobardías ni palabras menores y recorren la plaza sin el mínimo rezo, contrariando amenazas milicas y el cobarde ’yo no me meto en nada’. O el '¿qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas?' – que aullaron los cómplices ‘diarios de la patria'  anunciando que nada sucediera. Pero, ¿hijos de quienes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?

           Daniela no aparece y ni recuerda Alicia cómo aprendió a llorar en tono bajo y no inquietar los ruidos de la calle. Alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el resonar de un timbre solamente es deseo y los autos que pasan se llevan la noticia, en tanto para Alicia no es verdad ese sueño de monstruos asesinos y sellados cuarteles.

           No regresa Daniela y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. El  proyectil del tiempo ha de orientar su búsqueda si nada más que el aire, con su manera antigua, puede contar la historia sin rendirse un instante. Y a pesar de todos los pesares Alicia imagina el rostro de quien robó a su hija; y lo trae de ida y vuelta con la furiosa pena de no olvidarlo nunca. Porque al fin, distraído en menesteres del cielo y esas cosas anduvo dios por esos días, sordo ajeno al minuto cuando Daniela quince años, de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. Y ha de seguir Alicia preguntando a quién le confió dios conducir la manada...

            Pero cada pregunta clavándose las uñas ha sido derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no volviera a decirle que unos tipos de anteojos apagados por cumplir unas órdenes bestiales, la arrastraron y luego lo demás igual de miserable? Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años sin consuelo anda su pena visceral contra las voces muertas de los comunicados. ’Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias’ y otras jaranas que tanto han divertido a tipos de uniforme y de sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién amenazara ’las alumnas no deben reclamar ni sonreír a destiempo’, infamia que también le duele cada hora. Y el nombre de pretores de astrales intereses al ordenar ’ni una sonrisa adolescente puede quitar al rezo de su sitio’; y más tarde Daniela aullara en medio del tormento.

          Ha de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia; nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día. Sólo algo no existe, es el olvido, y el aire seguirá con su relato si Alicia plancha el pañuelo que llevará a la Plaza.  (1980)


-Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. 






Ellas se indignan*


Antígonas incesantes
marean la Plaza
con el desasosiego de la ausencia.
Recortan figuras en la memoria de luz
que tiene el aire.
Ponen la indignación al alcance de todos,
como un regalo,
para que no le sirvamos de felpudos
al espanto.
                 


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com






Correo: 


Mayo 2012 en “Museo de la Memoria”
Córdoba 2019, 2000 Rosario (SF), Argentina
54 0341 4802060/62


Ciclo: "Del derecho y del revés de las voces de la memoria”
Declarado de interes Municipal por el Honorable Concejo Deliberante


“…y aquello que sonaba era más que tañer de lira,
(…) era mas que toda voz, puesto que era todos juntos,
(…) surgiendo como la pura palabra que era,
(…) la palabra se cernia sobre el universo, se cernia sobre la nada,
flotaba más alla de lo expresable y lo inexpresable
Hermann Broch, citado por F. Grunfeld, Profetas malditos


Lunes 07/20:00
“Historia de la escritura. Escritura de la historia”

Ps. Laura Capella, psicoanalista
La creadora y coordinadora del ciclo comenzara con  una charla que el año pasado no pudo exponer en el ciclo y que es fruto de mas de veinte años de trabajo y especificamente el producto final de un cartel –pequeño grupo de trabajo- que con ese titulo  transito durante dos años con compañeros de la institución psicoanalítica a la que pertenece. Vincula escritura e historia con el psicoanalisis y sus implicaciones mutuas, así  como con la literatura y la cabala.


Lunes 14/20:00
“Voces de la memoria”

Ps. Laura Capella, psicoanalista

Como efecto de el trabajo sostenido en el que se despliega la preocupación por los efectos de lo que se da en llamar Memoria Colectiva (Maurice Halbwachs) y que se puede equiparar a la noción de discurso Amo y de inconsciente según el psicoanalisis, la disertante comenzara a trabajar el reves –o el derecho- de lo que viene desarrollando desde hace años, poniendo el enfasis en la voz, objeto de la llamada pulsion invocante segun Lacan o pulsión otica segun Jacques Nassif. Donde tramara canciones de cuna, recuerdos infantiles y relatos biblicos en los que la voz tronante de Jahve se dirige, entre otros, a Abrahan y a Moises y a traves de ellos a la humanidad toda.


Lunes 21 /20:00
“Palabras que dicen. La palabra que oculta y la que revela. La diversidad de su empleo en varones y mujeres. Su uso creativo en niños y niñas. Ambigüedad, originalidad y humor”.
Ps. Maria del Carmen Marini.  Mg. en Problematica de Genero. Integrante del grupo de investigacion Psique, de Casa de la Mujer  y del CEIM (Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Mujer ) de la Fac. Humanidades. Miembro del Foro en defensa de los DDHH del Colegio de Psicologos de la Prov. de Santa Fe, 2ª Circ.
Al titulo, sumamente claro, vale agregarle que se trata de un trabajo sobre evocaciones clinicas y de la vida cotidiana.



Lunes 28 /20:00
“El cuerpo de la voz”
Sabatino “Cacho” Palma, psicoanalista y teatrista.

El disertante, fiel a sus dos vocaciones se referira a:
1- Relación entre sonido y sentido: cuando la poesia nos hace dudar de su equivalencia, cuando el analista cuida los sonidos y se despreocupa del sentido. La verdad y el tono. La tension de las cuerdas y el tono de la voz
2- Relación entre sonido y mensaje: Lo semantico, lo locutivo y lo perlocutivo. La voz, su relación estricta con el Deseo y la acción humana. Primero fue sonido.
3- Relación entre cuerpo y voz: La pulsión invocante., la incorporación de la voz. La voz desexualizada e imperativa del super-yo. La musica en nuestro oido y el ritmo en nuestra subjetividad.



-Creación y coordinacion del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs. Salón Auditorio. Museo de La memoria.
 Córdoba 2019 (Cordoba y Moreno)
Entrada libre y gratuita
Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Blog: http://delderechoreves.com.ar
Cuenta Facebook: Ciclo Delderechoreves


Auspician:
·         Facultad de Psicologia, UNR
·         Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
·         CEIDH (Centro de Estudios e Investigacion en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
·         IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Etica y Practicas alternativas "Paulo Freire" - Facultad  de Derecho. UNR.)




*


Inventren Próximas estaciones:

ORTIZ DE ROSAS.
-Por Ferrocarril Midland-

SANTIAGO GARBARINI.
-Por Ferrocarril Provincial-


-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
 http://urbamanias.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


ARAUJO. BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROSAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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martes, mayo 01, 2012

LA LÍNEA INFINITA...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




DE VIAJE*


Miro mis cosas
diciendo adiós.
Quisiera diluirlas
en cuencas enormes
hasta que solo quede
la esencia que fue.
Tienen historia
por su llegada,
por su mensaje,
si las deshecho
muere una parte de mí
por vaguedades, quizá,
por lo que no explica
ni la mejor palabra
ni el recuerdo guardado
que no quiero compartir.
Voy aprendiendo
a despedirme,
a tomar distancia,
a decir adiós.
Sé que me escuchan,
que se resignan
y guardan mis secretos
en el arcón.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






LA LÍNEA INFINITA...





Como lágrimas en la lluvia*


Vine a gritar y me pobló el silencio.
Del son, sólo fantasmas nuestras voces.

Pues todas las palabras:
las que un día cantamos,
aquellas que callamos,
las que nunca debimos haber dicho,
también las que escuchamos,
pensamos inventamos escribimos,
las que en algún otoño nos dañaron
y las que despertaron un lánguido suspiro,
las que pintaron una sonrisa en nuestros labios
y las que no dejaron ningún poso en nuestro espíritu;
y aun éstas que ahora escribo,
éstas que acaso estás leyendo,
también se perderán en los pliegues del tiempo.

Sólo seremos ecos,
provisionales ecos rebotando
hacia un sol extinguido.



De Por si mañana no amanece

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/








LA LÍNEA INFINITA*



Pocas personas pueden darse el gusto de decir que conocieron un Buscador de Tesoros: Mi tío era un miembro de esa rara especie. El día que cumplió diez años, levantó buena parte del piso de la casa de mi abuela porque se empeñó en que su hogar escondía un cofre lleno de monedas de oro.

-         Si lo encuentro, mamá me dará un beso - decía mientras cavaba cada vez más hondo, con la ayuda de los hermanos, que se dejaban convencer por su espíritu aventurero.

No un beso, sino una paliza, fue la recompensa. Esa fecha marcó el fin de su crecimiento. No culpo a la golpiza, a no ser por las heridas que le dejó en el alma. Aunque lentamente, hasta el momento se había ido agrandando año tras año, dando cierta esperanza a las hermanas que lo medían marcando con trozos de carbón la puerta de la cocina, pero desde aquel día no se alzó un centímetro más, allí está aún la última raya, señalando el fin de su infancia.

La línea del tren pasaba a cincuenta metros de la casa, los hijos de mi abuela, y en especial Carlos, el mayor de los varones, eran conocidos como “niños del tren”. Dos veces por día temblaba suavemente el piso donde jugaban y se escuchaba el ritmo del ferrocarril de pasajeros, que continuaba su marcha más allá del manglar y la montaña, rumbo al mar. La noche era el momento que aprovechaban los vagones de carga para ejecutar sus compases, en rítmica sinfonía que no acababa hasta que la oscuridad cedía su turno al alba.

-         Un día me montaré en el tren. Puede parecer que se acaba donde termina la vista, pero yo sé que la línea no tiene fin, sigue siempre, más allá, termina en un país y sigue en otro… Llegaré al mar, haré un barco y viviré en él, hasta encontrar el tesoro. Ahora sé por qué no lo encontré: en el sueño me dijeron “está en tu casa”. Mi casa será el mar, porque voy a ser pescador - afirmaba mientras se quedaba mirando las enormes moles de hierro, cargadas de rostros ajenos...

Ya había salido un año antes con el hermano mayor, esgrimiendo el torpe trazado de un mapa, en busca de los tres árboles que su sueño de turno le había marcado como sitio del enterramiento. Después de horas de búsqueda los habían encontrado. La noche los había sorprendido cavando en la base de la montaña. Incapaces de saber qué rumbo tomar, se recostaron a uno de los troncos y al amparo de sus ramas encontraron el sueño. En esa ocasión fue tanto el susto que olvidaron el castigo. La falta de reprimendas le soltó la lengua para hablar por primera de su visitante nocturno.

Un ilustre aparecido se le manifestaba cada noche para revelarle el sitio donde estaba enterrado el tesoro que quería legarle, pero siempre algo interrumpía la confesión. Se trataba de un famoso pirata, cuyo nombre había prometido callar. Había sido asaltado por sus propios marineros.

-         Trataron que les dijera dónde estaba el cofre, pero él prefirió la muerte. Lo enterraron donde ahora pasa la línea del ferrocarril. La noche anterior me dio el mapa, pero era falso. Después me dijo la verdad, quería probar si era lo bastante hombre para ir a buscarlo. ¡Y se lo demostré!
-         Con tal que no te dé por levantar los rieles – se quejaba el padre -, mira que se forma un descarrilamiento, viene la justicia y nos lleva presos.
-         Eso te lo prometo, jamás haré daño al tren.

Hubo más escapadas, más búsquedas y excavaciones, pero cumplió su promesa de no alterar la línea infinita. Logró viajar en tren hasta el mar, tuvo su barco y fue pescador. Murió creyendo en sus visiones.

Acaso su suerte estuvo en no encontrarlo. Perdida la ilusión que le había dado motivos para vivir, se hubiera marchitado la llama que ardía en su interior... Aunque si alguien me preguntara, respondería que Carlos siempre tuvo un enorme tesoro que llevó consigo a donde quiera que iba: un alma tan vasta, tan llena de sueños, que no hubiera tenido cabida en cuerpo alguno que no fuera el suyo, hecho para soportar las mayores cargas.



*De Marié Rojas Tamayo.
(Del libro De príncipes y princesas, editorial El Far, Mallorca)








A 9 años

De la devastación de la ciudad de Santa Fe

La inundación comenzó en la madrugada del 29 de abril de 2003 cuando el río Salado salió de cauce e  ingresó por una brecha no clausurada en la defensa del cordón oeste.

-Por la memoria van estos textos de Oscar A.Agú.  Elsa Hufschmid y Eduardo Russo.




RETROSPECTIVA*

*Por Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar

El 2003 ya corrió su mitad de camino. Y digo corrió porque no transcurre sino que alucina su velocidad.
En poco tiempo hemos vivido tres años en uno. Golpeados, macerados por l´agua, hemos perdido todo y hemos encontrado de todo. No sólo fuera de cada uno de nosotros sino y además en cada uno de nosotros.

La bravura de l´agua se llevó lo inimaginable. Barrió con las despensas, las bitácoras, los baúles, las cajoneras y las pequeñeces. En horas se hizo agua, se diluyó la enorme e inmensa tarea de años.
Y nos dimos cuenta de la exacta dimensión de las cosas y de nuestra relación con ellas.
Y no quedan palabras.
   





FURIA DEL NACIMIENTO*

*Por Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar



¿Dónde se oculta el sol en ésta ciudad?
Quizás en el leve silencio de unos ojos ansiosos
Quizás esté oculto en la corta sombra de una mano
Quizás en todos los quizás que se nos puedan ocurrir.
Pero sí está oculto en los largos y hondos silencio del mundo arrasado,
vacío de todos los quizás que no fueron.
Los rostros deambulan en el turbulento mundo de las sombras
acunadas en la agua.
La agua que ahogó todos los quizás, todos los augurios, todos los/ esfuerzos.
Nos dejó desnudos en la ribera,
a la deriva camalotal,
en bancos súbitos de arena en medio del río,
en su viejo lecho al que le escuchó su llamado.
La turbulencia nos acusa en la desnudez y sólo brilla ella, sólo
/ella...
Estamos arracimados en la turba del río sin comprender
que él nos cruzó en medio de cada uno de nosotros;
tenemos el rostro del río y cuando nos miramos, unos a otros,
vemos nuestro propio rostro demudado.
Profunda metamorfosis cuya acción violenta,
inadecuada, absurda, loca... aún no comprendemos
la dimensión de nuestro nuevo cuerpo.
Quizás nunca lo haremos,
quizás surjan nuevos quizás,
con la misma fuerza de río, con la misma presencia.
Me voy durmiendo papel,
me voy alejando del sonido de las cosas arrasadas
voy buscando el sol en ciertas manos
en ciertos gestos
en ciertos pasos
que anuncian un poco de luz para hacer habitable el mundo,
hacerlo creíble:
los jóvenes, los voluntarios, los docentes,
las madres parturientas en los centros de evacuados,
en las historias nacientes.
Nada está dicho, nada ha terminado.
Está por comenzar el tiempo para muchos.
Será otro tiempo, otro sol, otra ciudad, otro mundo.





Primera crónica*


¿Qué nos ha pasado?
    El cielo se quedó llorando hasta no caber sus lágrimas. Tremendo lloro que aluvió terruños, sueños, casas, vidas, lumbres, albardones, silencios, muelles, barcazas, basurales, puentes, pobreza, riqueza, bienestar, analfabetos, marginales, sabios, ladrones, poetas, acosadores, rameras, niños perdidos, cerdos, caballos, árboles, horizontes . . .
    El cielo se anegó a sí mismo hasta el hartazgo y largó su vómito, largo en mañanas, en vísperas, en las horas de ángelus, en la vuelta de los siriríes, en el ladrido lobuno de los perros perdidos, en los vuelos largos y asombrados de los pájaros, en las alturas de los hormigueros que no pudieron ganar la altura . . . y el vómito de la agua cubrió lo nunca cubierto en la memoria.
    Y éramos espectros deambulando en las calles sórdidas y dormidas por la agua. Extendiendo las manos tocábamos la agua, vómito de cielo harto, y ya éramos visceralmente río.
    Deambulando en la noche, las sombras de la gente gemía. Gemía de dolor, de locura, de furia. Venían caminando hacia el poco alto desde el bajo por las aguas empecinadamente negras. Y llegaban ateridos, con sus niños en brazos, sin habla, llorando lo nunca llorado; llegaban con sus pocas ropas, sus puños cerrados, sus ojos idos. Llegaban sin saber dónde. Sólo llegaban donde la altura era una pobre y cierta protección a la desazón. Y uno allí, tendiendo manos, diciendo aquí estamos sin saber, por cierto, dónde. Confundidos, caminábamos la noche sin entender aún . . .
    Caminábamos en busca de una lumbre, de un espacio, de un rostro. Caminábamos como si la nada se nos hubiera caído sobre cada hueso llevándonos hasta el límite. Hasta el límite de la cordura, de las emociones, de la piel misma. Estábamos sin palabras. Estamos sin palabras . . .
    ¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde está mi barrio? ¿Dónde los sueños? ¿Dónde la sombra del árbol? ¿Dónde mis seres amados? ¿Dónde la foto de los abuelos? ¿Dónde el mate que me regaló papá? ¿Dónde todos los esfuerzos de una vida? ¿Dónde la plaza? ¿Dónde el jardín del patio? ¿¡Dónde!?





Segunda crónica*

Años buscando la orilla del río, el albardón propicio para la pesca y una mateada. Años arrimándonos en los tiempos libres o como tiempo de trabajo, según la ocasión de cada cual. Íbamos al río.

De pronto, sin bullicio de su parte, l’agua del río me trajo la orilla a la ventana de casa y el albardón fue la terraza o el techo, según la ocasión de cada cual. El río vino.

Nos inundó de espumas, de trastos viejos, de animales arrasados y putrefactos, de aceites y ácidos y llegada la noche, el silbo de las balaceras, los gritos de reconocimientos, de música loca, de helicópteros, de pestilencia y, sobre todo, la radio. Ella estaba acompañando la ansiedad. El tiempo ya no era libre, según la ocasión de cada cuál. El río se había instalado.

Habitantes sorpresas de su lecho no había respuestas. Algunos balbuceos, algunas mentiras que decíamos y tratábamos de creer para no ser arrastrados por la riada. Cada claridad, tenue y plomiza por esos días, reverdecía de pequeños brotes de esperanza que se apagaban lentamente con el día y se hundían en l’agua. Pero algo quedaba, algo de espera aún permanecía. Algo que nos permitió estar aún hoy.
Y al otro día dale que dale, de nuevo. Con nuevas y malas noticias. Que otro barrio, que el parque del sur, que avanzaba atropellando las calles del centro de la ciudad. Que todo era río. Que la laguna Setúbal y que el riacho Santa Fe y que el Salado... que todo era uno y la ciudad, y los amigos, y los de más aquí y los de más allá, todos con el mismo horizonte... y la espera, la dura espera para retornar a los viejos andariveles donde nos reconocíamos a diario.

Y al otro día nuevos brotes. Pequeños haces de luz que sosteníamos en las manos, en los sombreros, en los bolsillos para volver a sembrarlos cada mañana en esos largos días.




Tercera crónica*

Aquí estamos, protegidos de la intemperie severa incluido el invierno que se avecina, intentando sobrellevar nuestras vidas en estos predios de evacuados con gente de distintos lugares y de diversos barrios. Nos acomodaron y nos acomodamos como pudimos. Algunos tuvieron un poco más de suerte y fueron llevados a lugares más cómodos y con menos gente. Pero otros seguimos sufriendo el golpe en el espinazo de l’agua. Nos acompaña en nuestros fríos lechos, durmiendo sobre cartones, hasta que llegaron los primeros colchones y las primeras ropas. Nos sacamos la humedad de encima y nos vestimos con atuendos que manos generosas y compasivas nos hicieron llegar.

El frío carcomía nuestros pobres huesos. La poca comida ayudaba. El llanto de los niños, sus tocesitas nos acompañaban en las largas noches de espera. También el estar alerta para no ser sorprendido por los de siempre, por los que despedazan la gente con sus actos: fiolos, traficantes, abusadores.

Decían que venía la ayuda. Que ya nos alimentarían mejor. Que tendríamos abrigo. Y yo estaba entregado porque mis plegarias y mis pedidos y los de toda esta gente, se evaporaba en la lentitud de las horas.

Y uno no sabe qué hacer, qué hacer. Ha dejado atrás, en el barrio, todos los esfuerzos juntos. Aquél, a su caballo y su carro para recolectar basura, este otro perdió su pequeña despensa, aquel vendía cigarrillos, gaseosas y vino en su kiosco. Y ya no están esas cosas. Ya no están.

Sé que algunos se quedaron en los techos cuidando no sé qué. Que los chorros de siempre, que los oportunistas desmantelando lo poco que quedaba. Lo de siempre pero, eso sí, ahora en bote por las calles y a oscuras.





Cuarta crónica*

Yo estuve ayudando sin saber a quién. Pero ayudé. Puse mi lancha, mi piragua, mis manos, mis ganas, mi tiempo. Fui hasta la orilla alucinada del río y di una mano. No sé cuántas horas pasaron. El tiempo se diluyó en la marea humana desprevenida de todo, se diluyó con el horizonte oeste de la ciudad, se sumergió en el Salado, ese río manso y largo que lleva el nombre de Juramento, por allá, en las montañas de Salta. Ese río manso que sacudió nuestra presencia de una forma abrupta, casi animal, incontenible. Ese río Salado se llevó, también, mi tiempo, mis fuerzas, mi voluntad junto a la de miles, junto a sus trastos, sus cosas queridas, sus sueños.
Yo estuve ayudando sin saber a quién. ¿Importaba acaso? Era yo en cada rostro, en cada mano, en cada mirada. Era yo transmutado recorriendo sin rumbo otra ciudad, no mi ciudad. Era otra ciudad. Era otro yo. Era el yo de la ciudad aturdido, con los pasos perdidos, con las manos ateridas y sin tener dónde sostenerse.

Estuve ayudando hasta el límite y lo seguí haciendo.

Lo seguí haciendo hasta que las fuerzas comenzaron a flaquear, hasta que la nafta de la lancha sólo tenía su olor y de dinero para comprarla ni señales, hasta que una gripe me volteó de espaldas, hasta que me quedé dormido pasándose la hora de cierto compromiso. Lo seguí haciendo hasta más allá de esas trabas que la vida nos regala.

Ahora estoy aquí, mirando el río ya en su cauce, recordando lo pasado como una pesadilla no deseada. Escuchando los discursos de disculpas, de “yo no fui”, atajando penales hasta con las sombras de ciertos responsables que quieren sacarse la soga del cuello. Ahora estoy aquí y lo digo: fuimos nosotros los que pudimos. En ello radica la esperanza.





Quinta crónica*

Las aguas bajaron. La orilla del río se fue retirando de la ciudad, de los barrios, de éste barrio, de ésta cuadra, de mi casa. Y para ahí voy bajo la lúgubre luz de estos días grises, oscuros, obscenos.

Nunca fui inundado. Nunca me vi en esta situación. Nunca supuse que l’agua llegaría a besar mi ventana, adueñarse de mis espacios cotidianos, mecerse blonda en los lugares de mis seres cercanos y de mis cosas de años.

Y no puedo expresar toda esa sensación que me invade. No puedo. Voy viendo cada cosa que quedó y me voy despidiendo de ellas, una a una, con un adiós no definido, sabedor que quedará en mí todos y cada uno de estos actos. Decisión de dejar ir, de tirar aquello que está inutilizado, como de pronto, como si nada, como si todo, como si estuviese adherido a cada una de ellas sin mayores explicaciones.

Y me voy preguntando por lo que no veo. Me voy preguntando hacia qué rumbos se han ido a navegar todo lo que no veo. Sólo el espacio que dejaron, ese signo que indica el ya no esta, ya se fue. Usurpado por el río, cada espacio es testigo cierto y mudo de haber sido arrebatado en su intimidad. Y yo aquí, impotente, con las manos extendidas, la espalda encorvada, tirando, tirando.
Una montaña de trastos frente a mi casa. Se suma a otras, y a otras, y a otras. Una luna de olvidos necesarios se aloja en cada una de ellas. Un dolor, un llanto impronunciable. Y de pronto ese darse cuenta: l’agua puso a descubierto cuántas cosas tenía y no sabía para qué. De seguro las tenía guardadas para no sé qué oportunidad, qué evento propicio para mi vida.

Ahora estoy aquí aullando mi rabia, mi lejanía, mi inocencia. Escucho a los funcionarios con un cierto dejo. No sé bien para qué. Ellos tienen que darnos respuestas, no discursos. Transcurro esperanzado de que algo debo aprender. Tal vez que el río buscó su cauce. Que yo debo buscar el mío. Deberé, si puedo, sembrar soles. Pequeños soles en estos prados de angustia y dolor. Pequeños soles donde quepan pequeñas cosas iluminadas.





Sexta crónica*

El día después

Vendaval de historias cruzadas por el mismo destino.  No hay un por qué hay un ya está. Una vuelta de tuerca que no podemos deshacer. No sabemos bien para qué sirve.

Sí sabemos que estamos demudados. Volveremos a las fiestas posibles, a los pequeños actos cotidianos donde reconocernos,  a las veredas que nos acompañan en nuestros andar. Ya se que no es lo mismo. Que algo cambió y no sólo externamente. El deambular de los vecinos, de la gente, es otro. Su mirada aún está sorprendida, sus gestos denotan ese algo que aconteció y no tienen traducciones en palabras.

El día  después nos agobia porque, sin entender lo ocurrido, debemos empezar con el río en nuestras espaldas, con los gritos en las noches de espera, con el sueño alterado, con el reencuentro de lo perdido en otras cosas.

Debemos andar sin miramientos, aunque no veamos claro aún. Andar para que el camino se ensanche y haga posible. Andar sobre las aguas que no están, sobre el horizonte que vuelve a su juego, sobre los días que nos permiten reconocernos.
Este día después, lleno de nomeolvides,  de intentos por seguir, de basura deambulando, de pudriciones agobiantes, de balaceras inconclusas y muertes no pensadas, de malandras anclados y mordiendo la miseria misma, de manos juntas que nos recuerdan que no estamos solos, de pequeñas miserias cotidianas, de grandezas inmedibles, de aprovechadores sin máscaras sobrevalorando el pan de cada día. Todo junto, a cada vuelta de la esquina, en cada acto. La ciudad se desnudó a sí misma. El río nos dejó a la intemperie. Y vimos lo que nunca vimos, seres que se instalaron donde nunca, la pobreza sin taparrabos, la marginación allí mismo en las veredas mostrando toda su vastedad.

Todo junto. Todo mezclado. La ciudad quedó mostrando lo que nunca. Y uno allí, en medio de ello, milagreando la mirada y señalando lo no señalado.





Séptima crónica*

El tiempo marca su paso en la memoria. Hace ya un año que las aguas desmadraron su cauce y nos arrojó, a decenas de miles, a la intemperie absurda y desprolija de la noche y de los funcionarios.
Sólo me quedan imágenes fantasmales no precisas que acosan mis sueños. Imágenes que se fortalecen ante las ausencias y laceran lo más íntimo.
La memoria. Se fue. Se fue con l´agua. Toda mi historia se fue con l´agua que es decir mi propia identidad. Ya no puedo estirar la mano y decir: aquello me recuerda ... sólo, ante mi, la pared muda y golpeada donde ausentes retratos se extinguieron.
La memoria. La más reciente, nace del agua. Nace de esa noche del 29 de abril de 2003. Nadie sabía que estaba volviendo a nacer. Nadie lo sospechaba, siquiera. Pero fue un nacimiento duro y abrumador. Aún, de tan abrumados, sentimos l´agua golpeando en nuestros cuerpos. Sensación que nació junto a nosotros y para quedarse con nosotros. La llevamos puesta en lo oscuro de nuestras miradas. Allí ancló su estancia y no se irá.
La memoria. Por ello la intentamos recuperar. Por ello nos convocamos. Por ello la caminamos. Poblamos las calles con nuestro andar cada veintinueve para no olvidar. Para que no olviden. Para que no nos miren como los “chicos malos de la historia reciente”. A nosotros fue que nos pasó por sobre nuestros techos la catástrofe del río Salado, los que perdimos todo –lo poco o lo mucho que cada uno tenía.
La memoria del´agua esta presente aullando en nuestros miedos, en nuestra intemperie y desolación interior, en nuestra busca de identidades disueltas.

*Crónicas de Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar






 Llora conmigo, vecino*



Llora , vecino, llora
porque hemos perdido
parte de nuestra historia,
nuestros recuerdos, parte de nuestra esencia.
Estaba en papeles, cartas, fotos, documentos,
muebles, libros, años de trabajo.
Perdimos la belleza de nuestras flores,
las mascotas compañeras.
Despide con dolor y rabia
          cada pedazo
que amontonas en la calle.
No intentes desembarrar ese diccionario,
              ni el Martín Fierro,
ni aquel primer poema tonto a la luna.
Llora vecino, te espera gran trabajo.
           No volverá la emoción
de mirar las fotos de tu boda, la primer sonrisa de tu nieto,
           los rostros en sepia de tus abuelos.
Llora, las lágrimas salarán tus penas
pero darán fuerza a tu espíritu.
                     Y renaceremos.
Hoy el agua es enemiga sin culpa.
                   Si sino es avanzar
pero también enriquecer la tierra.
Guarda en su seno el mayor tesoro.
                     No la odies.
                   Vuelve a la lucha-
También es nuestro sino.
              Estamos vivos.
               No falta más.

          
*De Elsa Hufschmid elsifumi@yahoo.com.ar





Amiga*

Amiga mía, en mi casa las paredes no revientan embriagadas por el agua; el barro no me ha robado los colores del recuerdo; los libros alientan otros sigilo, hablan de pan y lágrimas, de locos y profundidades, de pinceles y amores apurados, pero no están humedecidos.
Tu casita se metió en la guerra, silenciosa, con su herrumbre pegada a las proclamas; guerra que despelleja espadas y ata las manos, guerra sucia que manda azotar contra el suelo aquello que más amamos.
 Amiga mía, me duelen tus lanitas llorosas, tus ramitas adormecidas, el tacho que se traga tus banderas; me duele la calle, que no ve lo que aquí ocurre, la ciudad lejana que ya comienza a olvidar, me duele rasgar, como un déspota, estos racimos de versos apelmazados por el agua.
Pero, sabés una cosa, las caras de las fotos buscan salir a la superficie, hacen fuerza por mantener un costado sano y gritan, y preguntan y son cientos de personas surgidas de tus entrañas que gritan: ¿Dónde estás, no ves que le estamos ganando a esta serpiente color marrón, color tristeza, color injusticia, color abandono, color furia e impotencia, color desidia, color revancha?
¿No ves que tu casa se va limpiando a oscuras, con lucecita de velas, como un pesebre?
En la puerta están esperando las ganas de decir, escribir, pensar, surcar; a pesar de esa marca del agua que parece un estigma.
Allá, muy lejos de las casas, de las canoas y los gemidos nocturnos, están ellos, los que ordenaron barbijo y guantes; ordenaron el miedo y su correspondiente lavandina, ordenaron el hambre y la súplica. No supieron ordenar las últimas migajas de un muro.
Vos, amiga mía, ordenaste los duendes, y están esperanzados, arriba, en el techo.
Estás poniendo de pie tu casa, lavando sus heridas. Otro día comienza, tal vez el mejor, ya no estás tan sola.

                                                                
*De Eduardo  Russo
17/ 05/ 2003
-Enviado para compartir por Elsa Hufschmid elsifumi@yahoo.com.ar







¿Por qué hablar de vos me duele tanto?*



*De Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com



Fue una tarde cuando el día moría, el sol se alejaba para dar paso a la noche y la primera estrella, tímidamente traviesa, se asomaba en el cielo invitando a sus hermanas a la danza cotidiana. Un guazuncho perdido se vio entre la maleza a unos metros de un rancho con ventanas y puerta abiertas, mientras una bandada de loros se retiraba a dormir.

Allí estaba Don Ignacio como siempre, taciturno, misterioso, con la mirada perdida en algún lugar del tiempo lejano, pero grabado para siempre en su corazón curtido por la inclemencia de la vida.

Don Ignacio parecía haber adquirido la imagen del paisaje agreste del Impenetrable.

No solía hablar demasiado, solo pasaba las horas en la puerta de su rancho a orillas del río Bermejo, tal vez recordando en silencio la algarabía de sus hijos jugando en el barro de la orilla.

Tres pequeños arrancados de su lado cuando la hambruna les borró la risa.

O tal vez evocaba en  silencio  la sonrisa de su compañera fallecida también de causas evitables si en el paraje donde reinaba la miseria y el abandono, hubiera habido un médico que diagnosticara a tiempo la tuberculosis.

Llegó de Corrientes ese hombre, hijo de “gringo” emigrante  de Europa en la bodega de un buque surcando mares  huyendo de las violentas represiones que siempre expulsan a los rebeldes hacia la serenidad.

Conoció allí a una nativa, la madre de don Ignacio que también trabajaba en la siembra de algodón y con quien tuviera sus otros  once hijos.

No podía calcularse la edad de don Ignacio, el tiempo estaba como detenido en ese gesto inexpresivo de su rostro del color de la tierra donde abriera sus ojos por primera vez.

Su vida estuvo siempre desequilibrada por la desgracia, el dolor hizo nido en esos ojos tan negros como la espesura de la zona en las noches sin luna.


Don Ignacio, como lo llamaban en el pueblo, tenía alma de poeta. La falta de oportunidades impidió que desarrollara ese don que le fuera otorgado.
Las pocas veces que hablaba  los vecinos rodeaban el banco donde se sentaba, para escuchar sus consejos que eran muy claros aunque difíciles de seguir cuando el miedo hacía su aporte.

El viejo era corajudo, nunca  bajó la mirada al “patrón” cuando gritaba, como hacía el resto de los pobladores del caserío.
Siempre les decía que debían  rebelarse, se negaba a que otro hombre pudiera ser su patrón cuando trabajaba en el monte antes de la salida del sol hasta el anochecer.



Cuenta la gente del lugar que una noche cerrada, la última que lo vieran, se oyó la voz del hombre y la de una mujer. Conversaban como si se conocieran de siempre, pero no era la voz de una lugareña, parecía una mujer fina con un tonito muy dulce por momentos quebrado por el llanto.
 “¿Por qué nombrarte me duele tanto? –preguntaba don Ignacio casi en murmullos - yo quiero cantarte, Patria, pero mi canto no es bueno, suena a latido del alma,  que nace tibio en mi pecho, pero hacen falta otros pechos que quieran cantar el canto. Patria, mi canto es apenas murmullo, tan sólo eso…
-Quiso la  historia que ojos sombríos se posaran en tu falda, abrieron  puertas de infamia, profanándote con saña de norte a sur, asesinando a tus hijos que resistían estoicos la furia devastadora.    Ríos, lagos y lagunas, montañas, cerros, oteros sucumbieron ante la fuerza expoliadora de los blancos que llegaban para quedarse, hasta que nuevos mandatos indicaron el tibio paso de manos a otras manos tan rapaces como aquellas-, continuaba.

-¿Cómo?-preguntó la mujer  indignada. ¿La corona española financió tanto atropello antes de que un grupo de argentinos me formara como Patria?
-¡Cómo poder explicarte! Si yo atrapé el recuerdo de lo que eras cuando esas fuerzas extrañas comenzaron a mirarte y a soñar con tu riqueza, respondió don Ignacio.
La mujer entre sollozos respondió:
-Siempre me consideré  tierra de paz y trabajo. Tierra de puertas abiertas con la que soñaban tus abuelos cuando la miseria y las guerras se desencadenaron allá lejos impulsadas por  conciencias frías y  ejércitos acunados con proyectos de odios.
-Esos ejércitos infames  se modernizaron tanto que ya no hacen falta  uniformes para uniformar  ideas. Ahora  son nombres de empresas cobijados bajo el manto  que les permite penetrar la subjetividad de tus hijos, Patria mía, succionando la sangre de tus arterias heridas.
 -Nuestros abuelos llegaron desde aquella Europa donde está la que   llamamos “madre” y a la larga vimos que  se trató de un Cronos que se fue devorando a sus hijos uno por uno, para luego depositarnos bajo las garras de otro Cronos que habla distinto y se hace entender imperativamente. -Así  lo hizo contigo y con tus patrias hermanas, esas que hablan tu lengua, que comparten tradiciones, que tienen el mismo olor y color de pueblo moreno y resisten cada embate desde el odio visceral que ostentan los criminales.
-Si se hubieran atrevido a unir sus  manos y almas, formarían la Patria Grande que soñaran los libertadores. Ese sueño  hoy es de unos pocos, pero cuánta falta hace, dijo la Patria,   sentándose sobre una roca filosa. 
-Me resisto a creer que los hayan herido tanto, que los llenaran de llagas y  que para poder mencionarme no puedan omitir  historias de lutos y  atropellos genocidas.
Don Ignacio suspiró, pasó el dedo índice  por el borde de sus ojos y siguió diciendo:
-Historia de destierros, robos, despojos e infamias enquistadas en los siglos convirtieron en jirones tu ropa celeste y blanca y pusieron en tu pecho un “I love you” que no es nuestro. No lo quiero, lo repudio, me da asco, nunca acepté que se instale. Lo dejó entrar el silencio cómplice de los amorales.
-Te inundaron de palabras que no son tuyas ni nuestras, nos mostraron otros mundos que dicen maravillosos, y para que no hubiera dudas, nos los trajeron en trozos como espejos de colores y fueron tantos los que lo consumieron que se instalaron nomás, como si nada. La voz del hombre se sentía entrecortada.
 ¡Cuánta sangre derramada, cuantos sueños libertarios para llegar a ver esto…! Cosa fuerte el interés, la moneda, el capital en los bolsillos de pocos mientras el hambre hizo nido en las panzas de los pobres.
-Fuiste mi linda Argentina, pasado de granero del mundo, tierra de trigo y de pan que parece no ser rentable. Ahora es tierra de yuyitos  promisorios que se exportan para alimento de los cerdos, allá lejos.
-¿Dónde? Preguntó la Patria.
-Allá, donde están los cerdos…respondió con indignación.
Y siguió la letanía de don Ignacio en la noche:
-Tierra abonada con sangre,  con despojos de rieles oxidados, de columnas de trenes olvidados que ayer llevaran tu canto a cada rincón de pueblos, que no murieron de muerte, sino por asesinato.
-De glaciares negociados, de aguas privatizadas, de minas a cielo abierto, de suelos contaminados,  de recursos entregados a las garras de la ambición.
No podía contener su lengua, don Ignacio, la rabia por el ayer asesinado corroía sus entrañas.
-Cómo nos cambió la historia, Patria querida, a quienes ayer te irguieran un culto de moral y esfuerzo, hoy llamamos desocupados. 
-¿Serán esos los que vi?, preguntaba la mujer –esos que gritan su marginación en columnas justicieras, buscando con desespero lo que les han arrancado, la dignidad que resiste a que la exoneren, nada menos…
-Sí, son esos, respondió don Ignacio
-“Espectros” que van con palos para enfrentar otras armas que los apuntan de lejos. De esas que escupen sus fuegos, arteros, que sí, los  matan, mientras te riegan con sangre y pocas veces se entiende.
-Mi Patria linda, te robaron primaveras, expropiaron tu mañana, te oscurecieron el alba volviéndote pedacitos de historia destartalada.
Un sollozo de mujer rompió la noche de pronto, el hombre siguió diciendo o le habló su corazón:
-Ay Patria, tráiganme un mago que te arme, de repente, que llegue un beso que borre las lágrimas de tus frente para ir pintando la gloria, recreando la memoria que te arrancaron un día para instalar otra historia.
-¿Por qué hablar de vos me duele tanto? ¿Será porque se tus ríos y lagos contaminados?
-¿Por  los niños sin escuelas? -¿Por sus padres sin trabajo?
-¿Por los piececitos descalzos que danzan pasos de olvido, al ritmo del crujir de tripas en sus pancitas con hambre?
-No, no, no, dijo con dolor la Patria. Don Ignacio continuó:
-¿Por los viejos que con tanto esfuerzo  te hicieron grande para ser luego abandonados a un destino de despojos?
-¿Por los descalcificados esqueletos de los hospitales que hoy gritan tanta desidia pero sin ser escuchados?
-¿O por el cóndor que asoma sus garras y lo presiento con el alma estremecida llena de dolor y espanto?
-Ay, no digas eso, dijo la mujer llevándose las manos al rostro.
-Pero que triste es nombrarte y que las letras que forman tu hermoso nombre, estén ahogadas en llanto.
-Me dolés Patria, me duele verte agredida, humillada. Si lográramos que a muchos les duela la misma historia, estoy seguro, la gloria se asomará de repente.
-Te quiero libre y en paz, estrecho filas contigo, quiero al viento tu vestido blanco con franjas de celeste cielo aclarándonos la aurora y en el medio de tu pecho quisiera ver como antes un sol solemne que arranque ese “I love you” que me duele…”
La patria se estremeció, en medio de su sollozo alzó sus ojos al cielo, besó la frente del hombre y se internó en la espesura del monte para ya no regresar.
Cuando despertó el día el banco de don Ignacio amaneció vacío. La puerta del rancho estaba abierta pero el hombre no estaba allí.
-Buenos días, don Ignacio, dijo la señora del rancho cercano. –Oiga don Ignacio ¿se siente usted mal?
Silencio, el hombre no estaba, nadie lo vio salir, los vecinos se agolparon en la puerta  y los niños preguntaban –Madre, ¿dónde está don Ignacio?
Nadie lo volvió a encontrar. Dicen que durante el día andaba el patrón rondando con los cuatro matones que lo acompañaban siempre y al ver al viejo sentado y mirando al horizonte dijeron “tené cuidado porque vas a acabar mal”.
-¿Dónde estará don Ignacio? Se preguntaba la gente. -Pucha que cuando anda el patrón con esos tipos ladinos, la mala suerte se escapa y algo pasa por acá.
-¿Por qué ya no está  don Ignacio?- preguntaban los chiquitos cuando andaban por ahí.
-Lo habrá tragado el Bermejo, ahora váyase a jugar, decía algún grande temeroso.
Fueron pasando los días y de eso no se habló más…






VIVIR LA PAZ*



"La paz no es solamente la ausencia de la guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz"
Rigoberta Menchú


Que es la Paz amor, preguntas.
Preguntas y miras tus doloridas manos.
Intentaremos ver que hay atrás de los cerrojos.
La salud, amor, no es ausencia de dolencia.
La oscuridad no es ausencia de sol.
El pan no es ausencia  de  hambre.
La muerte no es ausencia de vida
Y la paz, amor, que será la paz?
Puede ser un niño. Un ave. Un pez.
Un ataúd, una lágrima, una flor.
Puede ser la bendita locura del amor.
Un vaso de agua, y la sed.
La orfandad y la leche de mis pechos.
Puede ser el universo y el fuego.
No, no habrá paz, mi amor:
Mientras haya tiranos. Mercaderes del odio.
Dictadores, opresores, amos de la Pacha.
Mientras la flor y la justicia y la libertad.
Sean, apenas, una subsistencia.
No basta subsistir, amor. Hay que vivir.

                              Hay que vivir.                        



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar




Correo:


Llegó la hora de ahorrar petróleo*


Es obvio que un conductor automovilístico no coincidirá conmigo, pero que sepa que yo no coincido que por él paguemos todos más cara la energía que ya no tenemos.

Dicen los que por ahí saben algo, que todos los golpes de Estado en Argentina, desde 1930, "olieron a petróleo". Y puede ser... En el último, de tener la totalidad de las estaciones de servicio la marca de bandera, inmediatamente se pasó a devolver las imágenes foráneas a todas las que los fueran y, en poco tiempo, la propia YPF pasó a poseer un colorcito naranja entre sus círculos de la marca.

El Estado (Gobierno le llaman hace un tiempo), necesita de los impuestos a los combustibles para sobrevivir, así que eso de ahorrar combustibles ante la crisis podría traer otro tipo de crisis...la fiscal, por ejemplo.

Quizá no haya nada más perverso que el Estado resolviendo cuentas en detrimento del Pueblo. Así se justificó el aniquilamiento de los ferrocarriles en varias etapas sucesivas y coordinadas. Así se decidió que la ENTel no expandiera sus servicios telefónicos (y ni hoy llegue a muchos pueblos remotos el teléfono). Así se desintegró y sigue desintegrando el territorio en pos de mínimas porciones acaudaladas y millones de empobrecidos.

Hoy queda a la vista el sinceramiento de la crisis energética que se viene anunciando a oídos sordos hace años: Ya en 1990, los más expertos, anunciaban que de continuar con el camino neoliberal propuesto, las reservas se exprimirían hasta el final y los petroleros no harían inversión alguna, tal el estilo prometedor de un Estado que no volvería a controlar ni decidir nada. "La soberanía energética no es cosa del Siglo XXI" dijo el político español hace pocos días. Claro, un Siglo XXI muy parecido al Silgo XVII de las invasiones globales españolas, inglesas y demás de la muy culta Europa.

El sinceramiento amplio sobre la crisis energética exige que no se impulse más la instalación de GNC en automóviles de cualquier tipo (Excepto taxis y remises, como mucho). Exige que se aplique un mayor impuesto al GNC cargado a particulares en forma urgente. Exige poner cupos a los combustibles a todo vehículo que no sea de trabajo.

Sí claro, podrán aparecer los mercados negros. Pero no será tan fácil pasar un peaje de cualquier tipo sin mayores costos a los que llevan un conductor solitario.

Todos estamos sufriendo los problemas de energía. Muchísimos tenemos Gas Natural y la industria, el comercio y los servicios requieren de él más que un automovilista solitario.

La política energética debe acometer sobre el uso del viento y promocionarlo en forma verdadera y no en privilegios para los monopolios de cualquier tipo. Las Cooperativas de servicio, los municipios y las provincias deben ser apoyadas para su propia generación. El Estado es el único que puede garantizar la salida de la trampa verde en la que están sumidos los que intentan poner en marcha energía no petrolera (Los que explotan energía eólica encuentran más caro su mantenimiento que el de un generador a Gas o Diesel).

No puede ser que sigamos con la fiesta del auto cuando no tenemos combustibles para impulsarlos (Ni oxígeno para soportarlos).



*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
Abril 30 de 2012, Ingeniero White, Buenos Aires



*


Inventren Próximas estaciones:

ORTIZ DE ROSAS.
-Por Ferrocarril Midland-

SANTIAGO GARBARINI.
-Por Ferrocarril Provincial-


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-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


ARAUJO. BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


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SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROSAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

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ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

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