lunes, mayo 23, 2011

PROHIBIDO ENTRAR CON PELUCA...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




EL CUENTO DE UNA OLA*


Para Alan René y para todos los niños que aman las olas



Hay olas de todos tipos en el mar: grandes, medianas y pequeñas, olas que levantan y mecen los barcos, llevándolos a otras tierras.

Algunas olas, las más osadas, llegan hasta las playas, deseosas de conocer a los seres humanos. Cuando regresan a la mar, cuentan a sus hermanas lo que vieron.

Hay olas enormes como edificios, muy peligrosas y bravuconas... No, no nos gustan estas olas. Si ves una de ellas, es mejor que te alejes a toda prisa de la costa.

Hay olas grandes y de buen carácter, que impulsan a los que practican deportes acuáticos. Éstas olas, si sabemos ser sus amigos y estamos bien entrenados, son buenas.

Hay olas juguetonas, que el viento lleva y trae, con ellas nos salpicamos, nos mojamos los pies, echamos a navegar nuestros barquitos de juguete... nos agrada correr hacia esas olas.

Hay olas traviesas, que nos sorprenden cuando la mar parece estar muy tranquila. Por lo general vienen por nuestra espalda y nos elevan... ¡Uy! Luego nos colocan de nuevo en la arena y se marchan, riendo de su trastada.

Hay olas alborotadoras, que hacen mucho ruido al romper contra las rocas. Pero no por gusto arman tanta bulla: Son tan fuertes que gastan la roca, poco a poco, arrancándole pequeños pedacitos, que luego van a formar la arena.

La ola de mi cuento no pertenece a ninguna de éstas que les he mencionado: es una ola muy, pero muy pequeña, tan diminuta que nadie le hace caso. Ni los peces voladores, ni las gaviotas, ni los albatros, ni las tortugas, ni los delfines...

Nació en el océano, junto a otras hermanas que se hicieron grandes y marcharon a mecer enormes buques, a romper contra las rocas... Y ella se quedó así, tan pequeñita que el océano le inspiraba temor, temía perderse entre tantos peces, los barcos la empujaban de un lugar a otro, el viento la arrastraba de aquí para allá.

Nuestra olita se sintió muy triste... “No sirvo para nada”, pensó, y se dejó llevar a la deriva. Así, sin apenas notarlo, llegó a una playa.


Escondida tras la espuma de las olas traviesas y las juguetonas, la ola pequeña se puso a observar a los que jugaban en el agua. Había personas de todos los tamaños, edades y colores.

Entre estas personas estaba Alan René, un niño de cuatro años a quien su papá no dejaba alejarse mucho de la orilla. Alan René tenía en la mano un cubito plástico rojo con estrellitas azules.

Desde que nuestra amiga vio a Alan René suspiró de emoción... ¡Cuánto le habría gustado ser su amiga! ¡Era tan lindo, con sus ojitos azules como el mar profundo y sus hoyuelos a ambos lados de la sonrisa!

“¿Qué más da lo que pueda desear?”, pensó, mientras el niño caminaba unos pasitos hacia adentro del agua, “Nadie me ve, ni siquiera este niño tan bonito, ¡es como si no existiera!”

En ese momento, Alan René resbaló. No estaba muy hondo, pero de haberse caído, hubiera pasado un buen susto, pues el agua hubiera cubierto su cabeza. Nuestra olita, con todas sus fuerzas, lo empujó hacia arriba. Alan René se incorporó y vio a su salvadora.

“¡Qué ola más linda!”, exclamó, recogiéndola en su cubito plástico rojo con estrellitas azules, donde cabía perfectamente. “¡Me has salvado, gracias!... Vamos, para que conozcas a mi papá, después te devolveré a tu casita azul y enorme, pero cada vez que pueda vendré a verte y a jugar contigo”.

Y allá fueron, felices de haber encontrado un amigo en el lugar y bajo las circunstancias menos esperadas.

“A partir de ahora no sentiré más miedo”, pensó la olita mientras dentro del cubo de Alan René, “no es el tamaño lo que importa, sino lo que seamos capaces de hacer: ¡Se puede ser pequeño por fuera y muy grande por dentro!”.



*De Marié Rojas Tamayo.
23 de mayo de 2011. (Día de mi cumpleaños)









*


Estaba mirando la tele cuando apareció ese aviso. Unas pocas aplicaciones del producto
rejuvenece al menos 5 años o más. Palideció, lo había usado casi como un juego, ahora su destino era incierto. Qué pena que no pudo leer la propaganda en el diario a la que tuvo acceso antes.
Claro con sus 5 años no sabía leer.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






Un mal sueño*



¿Acaso es el sueño, la boca sin censura que lo escupe todo segundos antes de ser fusilada con los primeros rayos del sol en el paredón de la mañana? Me interrogo mientras reconozco mi reflejo en el espejo. Lavo mi cara, busco la toalla y tu rostro que se recuesta contra la puerta, me observa pensante. _Habla, si tienes algo para decirme. Te exijo, puesto que conozco los gestos que te frecuentan. Y frunciendo el ceño liberas el latigazo de tu lengua para abrir aún más la herida con la que he despertado hoy en la cama. Entonces preguntas en tono despectivo. _ ¿Anoche soñaste, no es cierto? Dime la verdad y no ocultes nada, conozco muy bien todo tus secretos. Si algo te perturba son los sueños. Te he sentido toda la noche dar vueltas a mi lado. ¿Otra vez esas malditas pesadillas? Realmente me tienes cansada con todo ese asunto.
Por un breve instante miro curioso tus ojos tratando de entenderte, al no conseguir nada, cuelgo la toalla y salgo del baño. No hay respuesta y eso logra desesperarte. Eres como un espectro que me persigue, y paso tras paso tus palabras van lacerándome la espalda, esperando la calma que supuestamente traerá mi respuesta.
No tengo intenciones de hablarte por lo tanto me siento y preparo el café. La pava caliente, la mermelada y el paquete de masitas estacionados en fila sobre la mesa del comedor, me esperan como siempre aguardando la voracidad de mis fauces y la rutina del desayuno. Caes pesada a mi lado al sentarte en la silla, desplomándote como una roca cuesta abajo, totalmente decidida a partirme la cabeza con el agudo filo de tu lengua. _ ¿Qué diablos te sucede Rubén? Tres semanas llevas con este asunto de los sueños y no me dices nada. No duermes en toda la noche, das vueltas de acá para allá. No lo entiendo, algo te esta pasando. Después quedas como un zombi todo el maldito día. Despierta de una vez, de seguir así te echaran del trabajo, no puedes seguir faltando de esa manera. Tres o cuatro días pueden esperarte en la editorial, pero no quince. Qué haremos después si el gerente te despide, con lo mío no hacemos nada. Vamos a quedar en la miseria, Rubén. Y yo así… no sigo, me llevo los chicos de mi madre y acá se termina todo. ¡Piensa bien lo que vas hacer, porque esto no esta funcionando!
Ceremonioso el café en mi mano acepta la dulce ofrenda en cada cucharada de azúcar que coloco en su oscura garganta, entonces preparo un posillo mas esperando que me acompañes, y como te gusta, lo sirvo. No hay palabras, nos quedamos en letargo. Una mosca se posa sobre la cuchara cubierta de mermelada y como el vaso que rebalsa, sin entender por qué, me desborda en el pecho un río de amargura que busca salir por la boca. Se parte el dique del silencio y la presión de tantos días de angustia rajan los cimientos, resquebrajándolo todo. Caudaloso, el llanto me ahoga hasta estrellarse sobre la mesa, mojando el mantel. Mientras tanto tú, indiferente, miras sin gesto alguno, como si te importase poco el dolor que se escurre por mi alma. _Deja de llorar, que llorando no vas a lograr nada. Me dices entre dientes. _Escucha Rubén, ahora me marcho al trabajo porque estoy llegando tarde, y por si no lograste darte cuenta, he sido yo la que estuvo trayendo dinero en estos días. No sé si me explico... Así que deja de llorar como un idiota, despierta a tu hijo para ir a la escuela y luego llama al gerente de la editorial para explicarle que mañana te reincorporas. Golpeas la puerta al cerrar y me quedo solo en la mesa abrazado a mi congoja. Me levanto, llevo los restos del desayuno a la cocina, y mientras guardo los posillos en la alacena me encuentro de lleno con nuestra foto de bodas sobre la heladera, te observo un largo tiempo. Tan jóvenes, tantos proyectos. Mi corazón jurándote amor eterno y tus labios prometiendo el mundo en cada beso. De pronto cierro los ojos y un tintinear de campanas suenan a lo lejos, todo se desvanece a mi alrededor, ligero y confuso.
Estalla furioso el despertador sobre la mesa de luz, y el ruido metálico de sus pequeñas campanillas me arranca de raíz del profundo sueño en el que estaba, mientras todo encuentra sentido y un inexplicable alivio desata el nudo ceñido que tenia en mi garganta. Sólo era una pesadilla, pienso para mis adentros. Gracias a Dios sólo era una pesadilla, un mal sueño que ya ha terminado. Pero la pena que causo todo aquello aun sigue latiendo amarga en mi pecho. Por reflejo, seco mis ojos todavía húmedos. _Estuve llorando, me digo asombrado. Me levanto y voy al baño, lavo mi cara, busco la toalla. Me miro en el espejo desmenuzando la pregunta que formulé en el sueño y no logro recordarla. De pronto tu sombra aparece en la puerta. Estás despierta. Preguntas cómo me siento. _Bien, respondo. Entonces te acercas, tomas mi mano y te acompaño a la cama. Me besas, te beso, mientras tus caricias me van tranquilizando por dentro. _Un mal sueño, murmuras. Digo que si moviendo la cabeza, y enternecida con mi dolor, comienzas a acunarme hasta dejarme dormido. Profunda y completamente dormido.



*De Alfredo Castelli. castelli700@hotmail.com
MARIA JUANA. Pcia de SANTA FE.







CALLE CON PARAÍSOS AÑOSOS*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Si yo pienso en esa calle –cuyo nombre ignoro- que pasaba (y pasa) delante de esa esquina donde mi abuelo tenía su boliche, no puedo dejar de pensarla ancha, solitaria, acompañada de dos largas hileras de viejos y coposos paraísos, que quién sabe a qué ecologista primitivo se le ocurrió plantar y cincuenta años después un bárbaro llegó a la comuna y se empeñó en dejar ese pueblo que flotaba en medio de la pampa, como un islote a la deriva, en un páramo, sin un mísero arbolito donde se refrescaran de sombra las iguanas.
Pero si yo lo pienso como era en ese tiempo tan remoto no puedo dejar de verla como la veo en los sueños, casi llena de esplendor otoñal, cuando los pájaros se refugiaban a dormir en esas últimas hojas agónicas que irían a proteger sus sueños nocturnos y el griterío de los gorriones obturaba con sus ruidos hasta la raíz violeta de todos los crepúsculos.
Esa calle nacía en los hondos zanjones del barrio “Las Ranas” y era cortada por las vías del tren, festoneadas por altísimos hinojales donde se perdía un jinete montado, proseguía luego, en la esquina de la “casa Bessone” y cuando comenzaba la tercera estaba el boliche de mi abuelo. La calle desde allí seguía hasta morir en una cortada donde vivían los Prámparo. Valentín a quien llamaba “El manco”, con su hijo del mismo nombre a quien nombraban Luisito, que era su segundo nombre, ya que se llamaba como el padre; en una casa continua vivían los abuelos de Luisito –compañero de primaria- y también una tía soltera de nombre Antonia, en frente vivían mi tío Berto y su familia, los Gaffuri y el famoso carrero a quien apodaban “El Portugués”. Revivir desde allí hasta el almacén de mi abuelo, que estaba en la misma vereda es un asunto muy arduo, pues se me superponen sucesivas imágenes, aún desde aquellos tiempos remotos en que el asfalto sólo era un sueño.
Porque en ese tiempo estábamos casi en estado de inocencia y de abandono inicial. Porque aquel tiempo era un tiempo fuera de los tiempos, un tiempo fijado, sin descanso, algo que no nos interfiere en su mero discurrir.
Si yo hoy me paro –imaginariamente, se entiende- en esa alta vereda de ladrillos bien cocidos, frente a esas lajas duras, de cemento, que la comuna ponía desde allí hasta la calle, para que en los días de lluvia, los valientes transeúntes no cayeran en esos hondos zanjones y fueran arrastrados por la corriente, si me paro digo, allí ¿qué recuerdo? ¿qué cosas, qué colores, qué tonalidades según la luz del día o la incidencia de las estaciones con sus mutaciones y sus expectativas?
Ya invierno, ya verano –siempre más altos y más luminosos y más libres- o en la brotante primavera de los frutos maduros y el porvenir de mariposas que irían a deflagar en la boca calcinada del verano. ¿Y el otoño? Siempre venía inflamando plátanos, estatuas, sublimando el galope del caballo en medio de lo noche, acariciando los rincones más queridos y añosos y más íntimos, guardando como una brasa bajo la ceniza lo mejor de nosotros y protegiendo los recuerdos más felices. Los que brotan con sólo pensar en ellos y uno no tarda en sentirse bien con pensarlo así. Comprendo ahora que no describí esa calle todavía. Si yo me paro en esa alta esquina donde está el almacén y miro hacia el sur compruebo que olvidé todas las casas de la mano izquierda. Apenas entreveo el alto y vetusto caserón que estaba casi en la esquina, justo enfrente de mi abuelo y que era el “Bar El Palenque” de don “Paco” Olave. Pero como tal, es decir como edificio que estaba sobre la calle no es hablar con precisión. Mejor esas habitaciones estaban con salida a la calle Mitre, es decir la transversal. Siguiendo esa línea solo recuerdo la casa de mis tíos, María y Berto, de feliz y agradecida memoria y mis tres primas.
Entreveo un cerco de altos ligustros en toda esa cuadra y alguna casa que no reconoceré, quién vivía allí. Si trato de describir la otra, es decir la que empieza en el “Almacén Las Colonias” los recuerdos son más precisos, si cabe la expresión, ya que esto se escribe sesenta años después.
Apenas pasado el edificio del almacén y las habitaciones de la familia, todo en un cuerpo, había una alta puerta de madera que daba a la calle, y el jardín de mi abuela y el aljibe. Luego en ese terreno había una casita donde vivieron mis tíos menores: Eduardo y Aurelio, hasta que el viejo los corrió con un talero, y al final el lugar sirvió para los trastos. Luego venía la casa de Ataliva Galván, muy señorial para el barrio. Posteriormente vivió la familia de don Juan Cuello, pero eso fue cuando yo ya era adolescente. Si seguimos por esa vereda de tierra (sólo lo que correspondía a la casa y al negocio de mi abuelo estaba cubierta por grandes ladrillos bien cocidos) estamos ya en la huerta de los portugueses. Allí moraban los Teixeira, compuesta por un carrero a quién justamente llamaba así por su nacionalidad y que era un hombre muy odiado porque maltrataba mucho a los caballos, su sobrina casada con el panadero Juan Pedrol –flaco, rubio, alto, de bigotazos anchos- muerto muy joven, Y más joven murió el “Portuguesito” Alberto Teixeira, otro de los sobrinos del carrero. Todavía lo recuerdo: en una reposera, con un libro entre las manos, delgado, demacrado y de bigotito fino, cuando pasábamos con mi madre por esa vereda, al ir yo corriendo delante de ella, era detenida por su voz dulce y desmayada, sus manos, ligeramente afiladas y pálidas, su rostro como sin sangre.
-¿Qué tal mi amigo? Y un día detuvo a mi madre y le alcanzó un género para que me hiciera alguna ropa.
-Yo ya no lo usaré – le dijo.
Sé que conversaba conmigo, pero no recuerdo nada. Sólo que es una espina, de las primeras, que de vez en cuando aparece y que siempre me lastima.








Una de piratas*




*Por Juan Sasturain


"Vamos a dar cuenta de alguien cuyo nombre es muy conocido en Inglaterra. La persona a la que nos referimos es el capitán Kidd, cuyo juicio y ejecución pública aquí le convirtió en tema de todas las conversaciones, de suerte que sus acciones se han cantado incluso en baladas; sin embargo, ha transcurrido ya considerable tiempo desde que ocurrieron estas cosas, y aunque la gente sabe en general que el capitán Kidd fue ahorcado y que su crimen fue la piratería, en cambio apenas ha habido nadie, ni aun en aquel entonces, que conociese su vida y hazañas ni por qué se hizo pirata." Así es el prometedor
comienzo del capítulo que el ignoto capitán Charles Johnson dedica a William Kidd en el primer tomo de A General History of de Robberies and Murders of de Most Notorious Pyrates, editado por Ch. Rivington, en Londres, en 1724.
El libro fue muy popular, se reeditó varias veces y tuvo su segunda parte en 1728. Ha sido la fuente habitual para conocer vida y (malas) obras de los piratas de esa época, la que corresponde a lo que llama Philip Gosse, autoridad mayor en el tema, "el declive de la piratería pura": el último cuarto del siglo XVII y los comienzos del XVIII.
Es en este libro firmado por el capitán Charles Johnson donde aparecen las aventuras del mítico Capitán Misson y de su lugarteniente, el cura Caraccioli, fundadores de la célebre Libertaria, república utópica y socialista con programa y consignas que anticipan en medio siglo las de la Revolución Francesa; también se registran las de Avery, el pirata afortunado; las del Capitán Teach, alias Blackbeard, y las del célebre John Rackam y sus temibles chicas de abordaje, las piratas Mary Read y Anne Bonny, cuyos grabados con el pecho al aire suelen ilustrar las sucesivas ediciones de esta crónica maravillosa de gente terrible y movediza. Hay un notable narrador detrás de estos textos.
Por eso no debe ser descaminada la teoría que -a partir de las investigaciones filológicas del profesor norteamericano John Robert Moore publicadas en 1932- atribuye nada menos que al gran Daniel Defoe, uno de los fundadores de la novela moderna, la autoría de estos relatos que, como todas sus obras maestras, de Robinson Crusoe (1719) a Moll Flanders y Diario del año de la peste (1722), cabalga entre lo histórico testimonial y la ficción en proporciones indemostrables.
De cualquier modo, según la versión del capitán Charles Johnson/Daniel Defoe -que es, por otra parte, la que la historia a secas corrobora-, el capitán William Kidd no fue nada de lo que su nombre y las historietas que leíamos de pibes nos evocan. El verdadero Kidd no es ni Burt Lancaster ni Errol Flynn, el pirata arquetípico, el héroe más o menos romántico o tenebroso asimilable (con reparos) a las figuras de Drake y Morgan, para nombrar a los emblemáticos iconos impuestos por la mitología literaria y
cinematográfica. Ambos pertenecen a otro mundo y a otro momento, anterior.
Si el mítico Drake es -como Walter Raleigh, el poeta- el héroe isabelino que muere en el Darién en 1596 luchando -se supone- contra el oscurantismo del Imperio Español; y si el otro, el tremendo asesino y saqueador de Panamá que retrató de cerca su cirujano Oexmelin termina en la cama y con toda la gloria en Jamaica en 1688, el oscuro William Kidd es un bochorno. Un bochorno tardío y sin posibilidades de mitologizar.
Para fines del siglo XVII ya existía -dice Philip Gosse- un "itinerario regular de piratas". Y continúa: "Una agrupación de marineros preparaba su barco en cualquiera de los puertos de Nueva Inglaterra y zarpaba para el Mar Rojo, el Golfo de Persia y la costa de Malabar (al occidente del Indostán).
El Imperio del Gran Mogol, de la India, estaba por entonces en decadencia y no contaba con escuadras defensivas. No obstante, existía un considerable comercio nativo de cabotaje en buques de dotación mora. Estos barcos eran fácil presa de los crueles y bien armados piratas ingleses y norteamericanos, que los acechaban desde determinados sitios estratégicos.
Una vez cargados sus buques -bordados y sedas de Oriente, joyas y ornamentos de oro y plata, etc.-, los piratas regresaban a los puertos de las plantaciones norteamericanas, donde siempre hallaban compradores bien dispuestos, sin ponerse a inquirir la procedencia de los géneros". Una plaga conocida, funcional y tolerada.
Muchos que "trabajaron el itinerario" por esa época, como Thomas Too, William Mage, John Ireland y Thomas Make y otros, todos conocidos piratas, vivían sin recato alguno en Nueva Inglaterra. No tenían de qué temer: Darby Mullins, miembro de la tripulación de Kidd, declararía durante el juicio contra éste que "no era pecado el que un cristiano les robase a paganos".
Antes tampoco había estado mal robarles a los papistas españoles. Sin embargo, a William III, la corona inglesa, se le ocurrió en apariencia reprimirlos y encomendó al gobernador de Massachusetts, conde de Bellomont, que armara un corsario legal para la tarea punitoria, con patente doble: para apresar a los piratas y -por otra o la misma parte- combatir a los buques franceses, por entonces en guerra con Inglaterra.
El elegido para capitanear la tarea fue un armador poseedor de varios buques mercantes, un burgués honorable: William Kidd. Nacido en Greenock, Escocia, hacia 1645, hijo de un ministro calvinista, el joven Kidd fue durante un tiempo corsario inglés en aguas americanas. Prosperó, se relacionó, y hacia
1696, cuando partió a cazar piratas ilegales y buques franceses, era un gordito cincuentón de peluca empolvada para los retratos. Quedaron esperándolo mujer e hijos en Nueva York. Su barco, la Adventure Galley (algo así como "La goleta audaz"), portaba treinta cañones y algo más de ciento
cincuenta hombres. Todo bien.
Pero todo mal, porque la tarea represora tenía su consigna tácita: "Si no pillas (de pillaje), no cobras". El gobierno no equipó oficialmente la empresa, sino que se armó una compañía privada con distintos socios más o menos secretos que compartían gastos y aspiraban a repartirse el esperado botín del barco recaudador. Entre los socios, Bellomont iba como principal testaferro de encumbrados nobles de la aristocracia y el gobierno británico; además de la Corona, claro, y del mismo Kidd, minoritario.
La cuestión, brevemente, es que tras pasar por Madeira, Cabo Verde y entrar en el Indico nueve meses después de la partida, el desconcertante Capitán Kidd, al no encontrar a quién apresar, pasó de la represión del delito a la acción directa en su provecho: el 30 de septiembre de 1697 confiscó
provisiones a un barco moro -pecado venial-, el 27 de noviembre saqueó ya sin ambages al Maiden tras abordarlo y luego -la presa que terminó de cebarlo- se apropió de todo lo que traía el armenio Quedagh Merchant: sedas, muselinas, azúcar, hierro, salitre y oro. Ambos barcos tenían patentes de corsario francesas, diría después en su defensa. No pudo probarlo.
Pero en el fondo, lo fatal para el destino de Kidd no fue su desafuero pirata, sino una reyerta fatal a bordo: saldó una discusión con su condestable William Moore, al que trató de "perro piojoso", con un certero mamporro con un balde de metal. Le partió la cabeza. Lo mató, con toda la tripulación como testigo. Eso, más los cargos por piratería, serían fatales para él.
Ya pegando la vuelta, recaló en Madagascar, cuna consuetudinaria de piratas y allí, tras repartir el botín del Quedagh Merchant entre su gente, intimó con el malafamado filibustero Culliford, con quien
-cuenta Johnson/Defoe- bebió "bamboo", una bebida no habitual entre los consumidores de barba negra y pata de palo adictos al brandy y al ron.
Cuando, camino a casa, ancló en la isla de la Anguila, se enteró de lo que se decía de él en Londres, de que el escándalo de la identidad de los financistas había estallado y siguió rumbo a Nueva York a buscar consejo y -se supone- comprensión, en el conde de Bellomont. Nada de eso. No bien amarró en Boston en julio de 1699 -casi tres años después de su partida-, el gobernador lo mandó engrillado a Inglaterra en el Advice.
Lo juzgaron por pirata y por asesinato. Entrampado por sus nobles socios, para los que era un peligro, no pudo probar que había atacado "legalmente" a naves corsario francesas (le escondieron las patentes) ni que la muerte de William Moore había sido en defensa propia.
Lo colgaron el 23 de mayo de 1701, hace hoy 310 años, junto a otros cuatro, en Wipping Old Stairs, el lugar de las ejecuciones, sobre el Támesis, y lo dejaron ahí un montón de días para ejemplo de paseantes de a pie o navegantes por el río.
Esa fue la verdadera y triste historia del Capitán Kidd, una vergüenza en todos los sentidos.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-168679-2011-05-23.html








LAS INFINITAS HUELLAS*


" cuando te duermas
con tu mejilla de aves de paz roja sobre mi pecho
sentiré tus cabellos crecer y tus uñas crecer
y tomaré de tu aliento la redondez terrestre
para que en nuestro sueño no falten los duraznos."
HUGO TOSCADARAY



¿Adonde van las golondrinas?
¿Cuando calla el verano, adonde van?
Ojos furia. Encendidas mareas.
Tormentas, dudas, maremotos.


¿Y las risas y los soles y los latidos de ámbar?
¿Y el dibujo inconcluso? Boca de adolescente triste.
¿Y la magia? No hay conejos saltando la galera.


Sin embargo salta. Desnudo. Ciego. Espejo. Río.
Se acoplan en una profunda vocación de greda.
Universo con los pies en el aire.
Heredades de huertos. De secretos cristales.
Presagios. Quijotescos duelos.
Números impares. Abril. Enero.
Lluvia de azahares. Argolla que retiene.
Duraznos de febrero.
Zumos de una naranja triste.


Saben los nombres más hondos de la noche.
El nombre del gemido.
El grito del puñal


Saben las respuestas, las preguntas cambiadas
Las dudas.
La certeza habitada en una hoja seca.
Las voces. En papel. En humo. En buzones de viento
Las eternas, perpetuas resonancias.
Los códigos. Las señales de humo.
Las infinitas huellas, lluvia arena, estrella matutina.
Las semejanzas.
El conjuro contra las soledades.
Los pasillos despoblados de miedo.
Los olores. Los zumos.
¿Importa, acaso?
¿Importa acaso, amor?
¿No saber, donde van la golondrinas cuando el verano calla?



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar



*

Inventren Próxima estación: CORBETT.


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viernes, mayo 20, 2011

DEL OTRO LADO DEL SOL SE OCULTAN LAS PENUMBRAS VERDADERAS...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




«Jazmines y verdugos»



*Por Cristina Castello. castello.cristina@gmail.com


Un pelotón de verdugos persigue
A los jazmines que danzan con la brisa
Libaneses, palestinos. Humanos.
Se les mueren los soles en los párpados
Tienen horizontes cortados con tijeras
Se alimentan de llantos succionados
Y en el alma acunan una paloma muerta.
La savia los repele y la muerte los saquea
Tienen vedados todos los firmamentos
La plegaria a un dios ensordecido surca sus jirones
Y Tánatos vence en cada batalla a Eros.
Las campanas no tañen ángelus de pétalos
Los campanarios despavoridos silban esqueletos.
Como fuegos artificiales el Poder juega misiles
Que estallan los fragores de bombardeos y de huesos.
Y ellos mueren abortando, tal flor antes de ser nacida
Pero qué, qué hago yo con mi sola voz que brama.
Millones de estrellas suicidan mis mejillas
Mientras mi alma cruza las galaxias de cedros
Para que el universo abreve nidos en cálices
Por ramos de piececitos de bebés bien nutridos
Por un cielo que dirija la orquesta del coro de ángeles
Y una cama que por el mar navegue jazmines, a la paz


©Del libro «Orage/Tempestad», de Cristina Castello, publicado en París en octubre 2009.
-Escrito en París, 18 julio 2006 Mientras Palestina y el Líbano regurgitan pavor.
www.cristinacastello.com









Oscuro bosque sin pájaros*


Hansel Y Gretel tiraron miguitas para volver cuando estaban perdidos en el bosque oscuro.

Muchos años después los golpeadores hicieron del bosque un lugar siniestro.
Desaparecieron a otros niños de su sangre y su historia.
Los niños robados no tenían migas para volver al camino.


Como una maravilla del cuerpo se desprendieron las llaves del regreso.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






A mi hija*


Por esa vida que arderá en tus venas
sufro
Sufro desde ya mi niña, por tu futuro,
por las argucias que se valdrá la vida
para probarte, para torcer tu camino
sufro.
Por las angustias, tus desvelos y dolores.
Esa vida que late en tu sangre también
te dará alegrias y placeres.
Arderá con tu pasión por transitarla.
Yo solo miraré.
Te dí alas, solo acompañaré tu vuelo.
Sola y muy quedo gozaré o sufriré.
Te dí la vida nada más.
Nada menos.



*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar





Las holladuras de los anónimos.*


*Por Jesús Brilanti. lugburtian@hotmail.com


Tendremos que navegar a la deriva para despertar al día siguiente y mirar, que el cauce del río ha inundado la aleación entre mi karma y la sensibilidad.
Tendremos que volar por entre los rayos del sol para dormir a la noche siguiente, y soñar que las raíces de mi pasado han menguado el desdoblamiento de las almas y los orgasmos.
Caminando llegaremos a recoger las holladuras de los anónimos, allá en aquel lugar donde el humo penetraba en los anaqueles de mi tórax; allá donde la brisa emborrachaba la razón y las risas ondulaban por debajo del líquido seminal.
Los laberintos de aquel paraje mostraban ansiedad y manifestaban con llanto su deseo de ser cuestionados por algún mortal, pero los seres humanos se habían hastiado de la muerte cual topaban por las callejuelas de los laberintos, ahora la muerte ha muerto y las entradas permanecen clausuradas; la memoria perdida, dilapidada allá en los collados del vapor y éste perdido y encontrado en las lágrimas del ateo.
Lloremos entonces las ausencias, las ausencias de las divinidades, la omisión de los esplendorosos, la de los arcángeles y el no estar más aquí de esos labios vaginales.
Lloremos por las contracciones cerebrales que abofeteaban las veladoras en los altares, y que propagaban la esperanza de que el Juicio Final alimentara mortalmente nuestra incredibilidad.
Tendremos que encontrar las cadenas que dejaron los elfos escondidas entre la arena del camino, el sendero que podría perderse en el tenue andar de un viejo trozo de pared arcaica.
Tendremos que naufragar en las montañas de la vaciedad para percatarnos que del otro lado del sol se ocultan las penumbras verdaderas.








TOMAR LAS ARMAS*



*Por Danilo Martin Gatti. desarma_ysangra@hotmail.com



Un hombre se inclina a recoger su lápiz,
Se ha caído.

Se inclina con cuidado, pues el cuerpo (como todo lo demás) ya no es el de antes.
Este hombre se inclina, y al hacerlo, pensamientos lo abordan, imágenes se le cruzan
Delante.
Como electricidad.

De repente, parece ganar vértigo y perder equilibrio.

Le cuesta cada vez más llegar, la vista se le nubla, la mente se puebla.
El hombre sigue allí.
Así.

Inclinado,
Con la mitad de su cuerpo hacia abajo, estirando su mano,
A punto de tomar el lápiz,
Pero no.


Transpira.

El hombre ahora teme, que todos a su alrededor noten lo que le sucede.
Súbitas palpitaciones lo asustan.
El hombre siente que el tiempo se detiene.
Todas las miradas, adivina, sobre él.

Sufre.

Trata de concentrarse, de apurarse. De centrarse en ese lápiz.
Es en vano.
Inventa excusas para el momento de incorporarse. Imagina que cara pondrá, como fingir que nada pasa, que nada paso por su cabeza.
Cuando, en realidad, todo ha pasado.


El aire del lugar ya es irrespirable, la tensión parece apoderarse de todo.
Cree, el hombre, que todo a su alrededor ya es niebla, bruma…
Al menos eso quisiera.


Imagina las risas solapadas, como sobradoras. De costado, pequeñas, con la boca entre cerrada.
Imagina las cargadas, las preguntas inquisidoras.
Ya lo sabe,
Ya lo saben.

El hombre tiene pánico.
¿Notaran, entonces, lo que paso?
Aun peor ¿Sabrán, al fin, lo que verdaderamente piensa? Lo que oculta. Aquello que esconde bien atrás de su mente, de sus ojos.
¿Adivinaran en su rictus el alarido contenido que grito? ¿Verán en sus gestos la cara de espanto que percibió?
¿Y qué hay de las voces?
¿Y qué hay de sus silencios?
¿Descubrirán el peso de sus silencios?

Se dice a sí mismo “eso no debe suceder”,
No puede permitirlo.

El hombre, lento, como una clavija, como un engranaje sin aceitar, se incorpora. Se toma con una mano la base de la espalda pretendiendo dolor.
Una vez incorporado los mira, uno a uno. A todos, a toda la ronda alrededor de la mesa.
Detrás de sus lentes empañados todos parecieran haberlo notado.

(A decir verdad, detrás de esos lentes empañados el mundo entero parece distinto)


En silencio,
Planea su huida.


Un hombre se inclino. Un hombre ha caído.
Para siempre.
Para no volver a ser el mismo.






CON LA PIEL ESCRITA EN GOLONDRINAS*


"Nadie estuvo en su ropa, en su patria, en sus raíces.
Un silencio de lobo avanzó y corcoveó por estas calles.
El terror derribó puertas y espió por las mirillas..."
EDUARDO DALTER


He escrito cada una de las puertas de la que fue mi casa.
Me he escrito la piel en golondrinas.
En ojos de carbón. En turmalina negra.
Teñí la patria de trigo desgranado.

Ahora me encuentro en un país con fauces.
Atlas de desamores.
Doblo la esquina del deseo y encuentro casas, puertas.
De todas esas casas, una me ha de habitar.
De esas puertas, alguna, ha de ser la mía.
¿Se han borrado las huellas?
¿Somos Hansel o Gretel?
¿Se han escondido los caminos?
¿Han huido los niños y los nidos?

¿Qué hacer con este temblor de rosedales?
¿Con estas vísceras de toro, en amarillo?
¿Con esta puerta ojival que no me nombra?

Una larga avenida y un grito, me responden.
En bermellón, en azul lirio, en jade.
En sepia. No entiendo lo que dicen.
Pero sé, con la piel escrita en golondrinas.
Que solo soy, una mas, inquilina de amores.
Y un reflejo, una foto, un espejo, de la inmortal palabra.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

-Poema basado en fotografías de Pedro Martínez. Exposición 2010. ESPAÑA







Yo soy la Nube Roja*


al jefe Red Cloud, Oglala Sioux


Beginning in 1866, Red Cloud orchestrated the most successful war against the U. S. ever fought by an Indian nation... he continued to fight to preserve the authority of chiefs such as himself, opposed leasing Lakota lands to whites, and vainly fought allotment of Indian reservations into individual tracts under the 1887 Dawes Act: Elsie M. Cavender, en Dakota Indians



Yo soy la Nube Roja, voz de viejo cacique
y aún más viejo Guerrero.
Nací como sustancia del Altísimo.
Como nube fue mi voz y es todavía;
pero la nube es también lágrima y la humedad,
si la sintieras en mis ojos.

Es indicio que gimo
por mi pueblo y la nube, si la ves enrojecida,
es indicio de sangre. Sangre cayó
en los territorios donde estuve,
donde me conocíste,
despojándome de tierras,
masacrando los búfalos,
empujándome como horda a tus reservaciones
(que fueron cautiverios para nubes rojas como yo,
que viajan cielos, que cruzan inmensidades).

Yo Nube Roja / Chief Red Cloud / el líder
y así decías cuando yo era un jovencillo huérfano
de padre, hijo de madre Oglala, madre buena
como fue la Tierra antes de que arribaran.
Mi tío fue Jefe del Humo; él era espíritu
de fuego, descifraba las formas fantasmales
y crecí como él, en planicies norteñas
de Nebraska, viendo el humo que arde con el fuego
y la nube que se condensa y llovizna con el aire...

Es cierto que había tristeza, entonces,
... pero eramos guerreros con sabias emociones,
poníamos el corazón en las palabras,
cumplíamos las promesas... hasta que llegaron
(donde aún hoy vive la pequeña comunidad
de mis hermanos, los que hoy sufren)...
Aduzco lo mismo que mi tío, en los días
que con él hice mi crianza: Eres tú quien divides,
Teniente, eres tú, el coronel blanco,
cara pálida, William Fetterman.

Tú, que no puedes amar a mis hermanos.
Tú, que defiendes caravanas de mineros
y expulsas a mis lakotas del Este, destruyes
en mis aldeas en la Gran Minnesota:
y escribes en tus anales: 1862 y 1863,
soy el que los extermino.

Con regimientos de Fort Phil Kearny,
Wyoming, yo los tendré en mis manos
y no quedará uno.

Sí, ya no tuve vecinos de paz,
nadie fraterno. Tú sacaste al criminal del guerrero
(el buen guerrero que yo fuí, cuando amaba
desde el Cielo y en él, era un corazón nube y agua).
Hoy soy Nube Roja / nube sangre / nube lágrima.

... porque tú querías oro y espacio, tú pervertiste
a tribus como Utes, Crow, Pawnees y Shoshones,
tú nos llevaste a las sangrientas batallas
fraticidas, territoriales, ventajeras
y, siendo joven, la inocencia se pierde.
Tú me hicíste tu terror, yo te batallo
porque tú me batallas y me despojas primero.

Yo soy Nube Roja, ahora no la voz,
ahora no la tranquila tarde que el sol tiñe,
ahora soy sangre, desde 1866, soy tu sangre
y tu amenaza, tu guerra,
lo que origina el odio.
Me despedazo como una nube que se destaja
como lágrima viva y baja a tierra,
a la nación Lakota,
baja a los campos mineros de Montana,
baja al sur de Colorado y a las navas
del Platte River, baja mi nube-lágrima
de Wyoming y el Sendero de Bozeman,
a todo el corazón sagrado de mi antigua Lakota
baja y baja y baja. Baja a matarte, Coronel.

Voy a atacarte durante todos los inviernos,
a partir de diciembre.
Me temerán los Garrington
por las Colinas Negras y la mitad occidental
de Sur Dakota, voy a llegar a Wyoming
y Montana y firmarán la paz en Fort Laramie.

Yo no estaré, junto a Caballo Loco
ni Toro Sentado; yo necesito ser lágrima
en los días que se rompan
los tratados y se quebrante a mi gente.

Es lo que me dice el Espíritu
en las Danzas Fantasmales
porque mi nombre es Nube Roja
/ lágrima de sangre.

No, yo no estaré en el juego de convenios
donde no hay palabra y la burla se impone
porque el agua al sol se seca
y hay que aprender a esperar la noche
en la Guerra Lakota...
Cuando se enfrenta a Custer y McGillycuddy,
Thomas Bland me será más sincero.

Me verás impugnar lo que han traído
en nombre del Gobierno: leyes rotas,
rotas promesas, rotos corazones,
rota la autoridad de mi pueblo.



*CARLOS LOPEZ DZUR. baudelaire1998@yahoo.com
De EL LIBRO DE LA GUERRA



-Carlos López Dzur, miembro de la Generación de Escritores y poetas del Setenta en Puerto Rico. Comenzó a publicar sus libros en los '80; educado en la Universidad de Puerto Rico, San Diego State University, Universidad de California y Montana State. La mayor parte de su obra expuesta en las redes de la internet. Estudió Historia y Filosofía Contemporánea. Tiene más de una veintena de libros escritos (prosa y poesía). Entre ellos, «Teth mi serpiente», «Tantralia», «Lope de Aguirre y los paraísos soñados», «Berkeley y yo», «El pueblo en sombras», «Heideggerianas» y otros. La Editorial Alebrijes publicó su libro poético «Yo soy la Muerte».





Correo:



Como una Aerolínea, el Sol en Prahuaniyeu*


Hoy supieron de la misteriosa Meseta del Somuncurá. Hoy supieron que la ruta transversal, desde El Alto Valle a Los Altares jamás fue construida.

Allí, triste paradoja, el Sol brilla como en pocos lugares en la Tierra.

Quizá alguno insistió e insistió con su teléfono celular de poder hablar, allí, en medio del más duro clima del Territorio Continental. Sí, seguro que insistieron con la señal así, como cuando estaban en un acto en 2003, en el profundo Valle de Ocloyas: Creían que inauguraban un teléfono e Internet por gracia nomás.

También habrán sabido que Los Menucos estaba en alguna parte, así como el apellido de la intendenta y ella misma, perpetuado casi como el nombre del movido Pueblo de la Línea Sur de Río Negro.

Prahuaniyeu, o Prahuaniyeo como acostumbran a pronunciar algunos locales sobre el final de todos los "niyeo" que hay por la zona.

Hoy se enteraron (algunos nuevamente), que los chicos van a la escuela en verano y no en invierno por allí. Hoy se enteraron que hay gentes por esos pagos que, ni siquiera, figuran en los mapas, salvo por el glorioso mapita satelital que estos días descubre todo, menos esos puntos raros y misteriosos del Primer Mundo (Tapaditos con simpáticas rayas nomás).

El ripio era eso, justo lo que accede a Prahuaniyeu. Eso que apenas comienza a ser Historia en la Ruta 23. Eso que muchos quisieran se convirtiera el resto del ferrocarril del Estado, la Línea Viedma - Bariloche.

Solo sopla el viento, pero no porque un vendaval sojero hubiera tocado esas tierras, sino porque la Madre Tierra así lo quiso alguna vez, a excepción del sobre pastoreo que supimos darle gracias a nunca asignar la propiedad a los 3.000 huincas y originarios que sufren la inmensa soledad de sus pocas
hectáreas. A los ingleses sí les dieron escritura, hace tiempo y a lo lejos.

Pero no, no es hora de rezongar. 22 son muertos por quien sabe que razón momentáneamente misteriosa.

Pero que si podía aterrizar? ahímasito nomás estaba el aeropuerto de Los Menucos, salvo se diera la gran casualidad, que desde que el Turco Memen bajó unos minutos en los '90, jamás lo volvieron a mantener. Ah! cierto, si Bahía Blanca, Base Aeronaval Estratégica no tiene balizas, qué las va a
tener ese pueblito de por allá!!!

No, no se preocupen, quedan unos 1.500 pueblos y parajes más que nadie conoce y que ni en el mapa figuran. No me pregunten cuántos tienen teléfono, allá por el 2006 eran más de 600.


*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Ingeniero White - Buenos Aires



*

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jueves, mayo 19, 2011

LAS HISTORIAS NUNCA DICEN SU ÚLTIMA PALABRA...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




IMPERDONABLE*



Imperdonable.
Rasgar las enaguas de las hadas,
Pisar los charcos descalza,
Romper el hechizo con varas usadas.
Imperdonable.
Soplar las salamandras de tu fuente,
Abrir las puertas de tu sangre
Y posar desnuda.
Rebanar los deseos,
Apurar los labios,
Oscurecer sin estrellas.
Imperdonable.
La verdad sin espacio.
La incomodidad de las piedras
Y el azul de las venas.
Imperdonable, decir que no te amo.



*De Silvia Milos. milossilvia@yahoo.com.ar








En una cena romántica*



Era una noche de lluvia, en la estación otoño. Afuera llovía
imperceptiblemente dando una cuota más de romanticismo.
Juana se había puesto un traje sensual negro, su remera de cashmilon tenía
en sus mangas unas prensillas de color plata, que adornaban el perímetro de
sus brazos.
Su pollera de tela suave y adherente, contorneaba su esbelta figura
constreñida en un corsé con varillas de acero, así resaltaban su cintura y su busto.
Matías estaba de lo más elegante, vestía un suéter de lana merino azul,
sus pantalones blandían en la distinción.

Brindaron por ellos dos, prometiéndose una noche de festejos.

El pidió un vino blanco helado, un lomo a la portuguesa con unas papas
fritas a la española.
Ella con más recato ordenó un lomo a la parrilla con ensalada de rúcula,
tomate, cebolla y ajo para compartir con su pareja.
Después de jaranear y divertirse dentro del restaurante, comiendo
opíparamente entre charlas y mohines de calor, por el vino y el futuro
encuentro más intimo. Celebraban la fresca compañía,
Matías encargó a la mesera el postre: un panqueque de dulce de leche, que
llegó a la mesa burbujeante por el subido calor de la delicia.
Juana por su dieta y para sentirse en forma, solamente quiso un café
americano.
Era un encuentro de incontable intensidad y desahogo.
Habían bebido en copas brillantes y húmedas. Saboreando cada uno la
proyección del cuerpo a cuerpo.

Matías con la ilustración de un gourmet se dispuso a probar el fogoso
dulce. Con sus distinguidas manos tomó el tenedor y apaciblemente introdujo
en su boca una ración deseada lindando con la glotonería.
Pero en un relámpago, la magia del gusto se convirtió en desastre. De
repente, sobre la vajilla cayeron sus dientes postizos, dejando una
sonoridad metálica en la cerámica blanca. En un segundo de malabares, Matías
tomó la servilleta y con sus ágiles dedos arrebató sus porcelanas unidas de
acero con la servilleta y las guardó velozmente en su bolsillo del pantalón.
Juana, creyéndose canchera, le sugirió que los pusiera en una de las copas
con agua. Entre risas y vergüenza el negó su solución.

Matías terminó comiendo su panqueque dificultosamente. No podía reírse
mucho, pues las ventanas de su ausencia, le hacían muy peliagudo continuar
con la comida y la conversación.
Pagó la cuenta y el con un gesto de inseguridad, la invitó a irse del lugar.
Se marcharon sin saludar a gente conocida.

La noche de lujuria terminó cada uno en su respectivo hogar.

El con su bolsillo pegajoso y traidor.

Ella se dispuso a sublimar en su cuarto con la computadora.



*De Azul. azulaki@hotmail.com









Letras rojas de Ataliva Galván*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Una de las anécdotas con más coincidencia y fuerza de leyenda que circula por el pueblo, vincula a don Ataliva Galván como asiduo concurrente a los prostíbulos del pueblo. Cosa muy natural, digamos así, por la época aquella tan lejana. Lo que no resulta muy normal es que él, mientras esperaba que lo atendieran, se hacía descorchar una botella de champán y bien trajeadito y peinado, con el sombrero negro en el perchero, repantingado en su silla, extraía un puro del bolsillo de su chaleco y se lo hacía encender con un billete de cien pesos que extraía diligentemente de su billetera de cuero crudo de cocodrilo.
Las anécdotas --todos sabemos- son sólo eso, pero a veces aparecen como reales y es cuando definen la psicología de una persona, y en este caso don Ataliva pasa al terreno del personaje, tal la categoría que el recuerdo que dejó su cuerpo menudo en mi pueblo, dan fe de alguna virtud singular que lo ascendió a ese podio. Los dineros, que el mito popular sostiene fueron ganados en la lotería, con ese tren de vida, pese a ser una suma importante, fueron dilapidados pronto, no sin tener la precaución de comprarse una casa grande con los limoneros en un profundo patio, separadas las habitaciones, por una larga galería interna, sin puertas.
Allí daba refugio a varios hombres, venidos como él nadie sabía de dónde, y que recalaban en los trabajos rurales o en la afiliación al Sindicato de Obreros, adherido a la F.A.T.R.E. que proveía mano de obra a las casas cerealeras, bien para cargar cereal en los vagones o en camiones que iban hacia el puerto de Rosario para su posterior exportación, o bien para proporcionar jornaleros que acompañaran en el reparto de mercaderías de los negocios, llamados "almacenes de ramos generales". De esos hombres recuerdo algunos nombres: Salustiano Mesa, Ponciano Neyra, "El Nutria" Díaz, "El Loco" Fleitas, que sin mi palabra estarían para siempre muertos.
Cuando don Ataliva se fue quedando sin dinero, y eso fue bastante pronto ya que con esa vida dispendiosa necesariamente, razonablemente, se le tenía que "terminar la blanca" como dicen en España, volvió a su antiguo oficio de pintor y de letrista de carteles.
A don Ataliva, de cuerpo presente, lo conocí a mis cuatro años, según consta en otros escritos míos. Mi abuelo había permutado la pequeña chacra por un boliche de mala muerte, al que pomposamente llamó "Almacén Las Colonias" y apenas abierto al público, lo observé toda una tarde en su paciente trabajo
de dibujar esas letras pintadas de rojo sobre los vidrios de ambas hojas de esas grandes puertas que para mí eran casi el cielo.
A veces he pensado, extremando la justificación de estos que algunos llaman vocación y Pavese llamaba "vicio absurdo", que mi inclinación por la escritura me viene de esa tarde, soleada e iniciática de 1950, cuando transitaba el país la gloria de la niñez, ya que desde el gobierno se decía que en la Argentina los únicos privilegiados éramos los niños. Aclaro que estoy exento de ironía, una ironía a que nos tienen acostumbrados los fracasos sucesivos que vimos luego.
Para nosotros, era una notoria verdad.
Hecha esta digresión, retomo. Me gusta pensar de todos modos, que esa tarde, mientras mi madre tomaba mate con mi abuela, quien siempre le ponía al mate dulce una cascarita de naranja, y yo parado en esa vereda de ladrillos que a mí se me hacía altísima, observaba fascinado el trabajo paciente de don
Ataliva, que no me dirigió la palabra, ni siquiera me miró en ese largo rato en que lo estuve observando.
Mi interés y mi curiosidad eran altísimos y no percibí el paso nervioso de los carros lecheros que iban con sus inmensos tarros a los barquinazos hacia la vieja cremería, levantando una polvareda que no hacía mucha gracia al pintor, ya que podía perjudicar su tarea. De este inconveniente tampoco se quejó.
Cuando hubo terminado su tarea, lavó con mucha parsimonia sus pinceles, y puso todo dentro de una valijita de lata: lijas, trapos sucios y limpios, aguarrás, y obviamente los pinceles usados para la ocasión. Luego sacó su pequeño puro y lo encendió con un fósforo de cera de marca "Ranchera". Esta vez no buscó "el dinero vil" como acostumbraba decir, parece, y se dirigió hasta su casa que estaba tejido de por medio a la quinta de mi abuelo.
Otro día pasaría a cobrar, supongo, o tal vez le quedaban las ventanas sin terminar. Hoy no lo recuerdo.
El recuerdo de este hombre lo constituyen sucesivas anécdotas que se superponen como capas delgadas de cebolla. Son las cosas que de él me han contado los mayores, gente del pueblo, mis tíos y en especial mi viejo, que le tenía cierta simpatía, cosa bastante difícil desde ya, como esperar que cayera una helada el día de Reyes. Pero a veces sucedía. Yo creo que él, mi viejo, aprobaba esa singularidad de este copoblano inofensivo y simpático, que se paseaba orondo por las calles del pueblo, con su bastón, al
atardecer. A los hombres los saludaba con una leve inclinación de cabeza, sosteniéndose el sombrero. Pero cuando sus pasos se cruzaban con una dama, hacía una inclinación exagerada, se sacaba el sombrero e irremisiblemente decía:
Dispense usted señorita, que tenga muy buen día.
Y se perdía bajo los altos plátanos que rodeaban el veredón, mientras el polvillo de sus bolitas peludas caían obturando todas las primaveras de la historia de aquel remoto pueblito rural.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28742-2011-05-19.html







EL SENTIDO COMUN… Y LA ESTUPIDEZ HUMANA*



-Ensayo-

Suele decirse que el Sentido Común, es el menos común de los sentidos… Este concepto según parece, viene acuñado desde la más lejana antigüedad, cuando la humanidad vio que podía ya entonces reconocerse: una parte como común, criteriosa, lógica, razonable; y la otra que actuaba curiosamente, orillando la estupidez misma. Einstein lo dijo así: que dos cosas eran evidentes; lo infinito del universo, y la estupidez humana, pero que de la infinitud del universo no estaba del todo seguro…
Para ilustrar a mi modo la idea, me baso en ejemplos cotidianos, en los que más o menos todos podremos encontrar similitudes en las que seguramente coincidiremos.




I


En cierta ocasión, visitando el magnífico Museo del Automóvil, fundado por el ejemplar deportista, que fue don Juan Manual Fangio, en Balcarce, aunque podría haber sido en cualquiera de muchos otros lugares diversos; nos pasó lo siguiente:
Al ingresar, en la portería nos retenían la cámara familiar de fotos, con la que pensábamos retratar el momento de nuestra visita en su interior, junto a los legendarios automóviles de carrera del quíntuple campeón mundial. Semejante limitación echaba a perder parte de la fiesta, que era atesorar en fotos la memorable visita.
Al momento creí entender la razón; si cada visitante disparaba decenas de flashes, con el tiempo podrían deslucir la apariencia de esos tesoros de la mecánica que se exhibían, como pasa en museos europeos de El Prado, o de El Louvre, o en la Capilla Sixtina , donde tampoco permiten disparos de luces para fotografiar las pinturas de las preciosas telas o de los centenarios frescos…
Pero, no exactamente…
_…Lo que pasa, señor; es que los visitantes suben sus niños a los autos para fotografiarlos, y con los zapatitos, cierres, u otras prendas, podrían deteriorar las pinturas de los coches…_ Me explicó amablemente…
Apabullado ante la absurda lógica, quedé asombrado por la desconcertante bifurcación del razonamiento aplicado por la Dirección del Museo…
¿Por qué no prohibir simplemente que los visitantes suban los niños a los autos, y si las cámaras no están imputadas eximirlas llanamente de culpa?
Años después volvimos y afortunadamente las cosas cambiaron y pudimos ahora sí, usar nuestras cámaras, fotografiando los coches libremente.




II


Para un mejor aprovechamiento del agua de la red, se dispuso que en cada domicilio para lavar las veredas del frente de las casas, se prohibía el uso de mangueras, y sólo podría usarse baldes: quedando establecido que usando éstos se utilizaría menor cantidad de agua. Es de pensar que la pobre manguera debió haberse sentido discriminada, sin ser culpable de nada.
Hubiera sido más razonable recomendar no usar más de tanta agua por cada uso, o alguna limitación de medida; y no de un modo casi infantil como éste, que permite que quién tira agua con un balde pueda tirar toda el agua que quiera, y por más cuidadoso que usted sea, nunca pueda hacerlo con la bendita Manguera.



III


No está permitido el uso de vidrios tonalizados en los autos, se los hacen quitar en las revisiones técnicas, ya que por obscuros podrían disminuir la visibilidad, influyendo según este criterio en la seguridad del tránsito; pero, qué contrasentido: todavía no han descubierto que no deberían entonces permitir usarse anteojos para sol.




IV


Es lógico que quien rinda para conducir una motoneta o un ciclomotor, tenga un permiso para eso solamente; y no pueda por ello conducir un camión, o ni siquiera un auto de calle. Pero es absurdo que quienes conducen pesados camiones por rutas y ciudades, quienes conducen autos, remises; de día y de noche, no puedan hacerlo en una pequeña moto, ni en el más pequeño pueblo.




V

Una tarde un agente policial me entrega una citación a nombre de mi hijo mayor, para que se presente en la comisaría local, a las ocho horas de la mañana siguiente. Él estaba residiendo temporalmente en Resistencia donde estudiaba en la facultad. Hablé con el comisario, a ver si yo podía hacer algo, y me dijo que esas citaciones venían de la jefatura y que ellos se limitaban a entregarlas; pero que sabía que eran citados para informarles del Acto de conmemoración de Malvinas en Reconquista, el día tal, en el cual eran invitados a participar.
¿Una invitación? Pero comisario, Usted llega a una casa con una citación, y… arma un revuelo, créame; una verdadera preocupación, por no saber uno de qué se trata…
Si es por un reconocimiento, un honor que se le hace por ser un ex combatiente, de saberlo, será recibido con todo beneplácito, ¿No le parece?




VI


En la defensoría del menor con asiento en Reconquista, hacía años gestionábamos una demanda judicial para la reinscripción de nuestro nieto, ya que en el juzgado en que estaba anotado su nacimiento, habían desaparecido los libros.
Una mañana me llamaron para que concurriera a las ocho horas de la mañana siguiente. Me fui contra reloj, pero allí tuve que esperar un par de horas para que me atendieran. La oficial que me atendía me explicó que me habían molestado a mí, sabiendo que era el abuelo, que vivía cerca, y así evitábamos que tuviera venir mi hijo, el padre, a hacer el trámite; cosa que agradecí.
Abrieron un legajo, el de la causa, y me dieron dos fojas para que las fotocopiara en un kiosco cruzando la calle.
Eso era todo. Podía retirarme…
Me quedé con la pregunta en la garganta…:
¿Hubieran hecho venir a mi hijo desde Resistencia, citado a las ocho de la mañana, para sacar una fotocopia? ¿Lo harían así siempre?
Pensé en gente que vive lejos, al norte y al oeste, en zonas retiradas, con malos caminos, escasos transportes, pocos medios económicos… ¿Perder seguramente un par de jornadas, para estar temprano a horario para semejante nimiedad?




VII


De este género podríamos cortar mucha tela.
Algo parecido puedo referir del acto convocado en la legislatura de la provincia de Santa Fe, a fines del año 1982, año de la guerra de Malvinas, donde los Legisladores santafesinos honrarían a los héroes de la gesta reciente.
Pero aquí hay además otro componente, que es la irrespetuosidad y la arrogancia, que ornamenta muy frecuentemente a nuestros funcionarios,
La convocatoria era para las nueve de la mañana en la plazoleta del palacio, donde los ex combatientes recibirían ante familiares y público, distinciones y medallas conmemorativas. Era verano y comenzó a hacer calor, y las sillas en las que nos ubicamos desde temprano estaban a pleno sol. Fueron pasando las horas… y dieron las diez…, y las once y las doce…, y la una… y las dos… A eso de las dos, comenzaron a aparecer de a uno los señores diputados y senadores: por un largo pasillo techado con lona verde y fueron ubicándose despaciosamente en la acogedora sombra del amplio palco, también techado; brazos en alto, buscando los aplausos, mientras los agasajados se abrasaban con el sol y el calor del pavimento, habiendo hecho un aguante de largas horas; mientras ellos exhibían sonrisas frescas, rebosantes y generosas.
Era evidente que el acto estaba armado para ser ellos los protagonistas, con gran lucimiento, en actitudes ampulosas para con el público y para con los fotógrafos; por lo que los condecorados se sintieron sólo usados como espectadores, como invitados de piedra, o como quienes eran llamados al festín para que comieran la migajas.
Volvimos asqueados.




VIII

Puse ya suficientes ejemplos, con los que trato de mostrar, cómo muchas veces quienes dirigen, o toman decisiones, no se detienen a pensar un minuto, o lo necesario; como si pensar gastara, o fuera una pesada carga, y si lo fuera; vale la pena el esfuerzo, ya que muchas veces afecta, para bien o para mal, las jornadas de muchísima gente.
Y hay muchas otras cosas “grosas”, en donde somos quizás nosotros, en nuestra ignorancia, los que pensamos que los demás han pecado de un enfoque escaso de análisis.
En una visita a un museo de ciencias naturales, donde se exhibían fósiles de dinosaurios de millones de años, el anfitrión, guía del museo, en un momento de la charla nos desasnó a muchos de nosotros; en que los esqueletos nunca eran originales, de hueso, tal como se encontraron, sino que eran réplicas de plásticos y resinas, vaciados sí de esos originales, que se guardaban en laboratorios especiales. Generalmente se encuentran sólo partes del animal y el resto se fabrican basados en éstas.
Pero surgió el tema ya muy trillado, pero inevitable, de las teorías de cómo o por qué los dinosaurios desaparecieron de la faz de la tierra.
La más común y difundida, tal vez la más aceptada o impuesta, es la del asteroide, o meteorito mayor, un bólido que cayó alguna vez del cielo, y aparte del tremendo impacto con el que afectó al planeta; como cambiar el eje de rotación, la duración de los días, cierto desvío de su órbita; creó un inmenso cráter que elevó a la atmósfera millones y millones de toneladas de rocas y suelo pulverizado y agua vaporizada, que alcanzaron a la estratósfera y lo rodearon cubriendo el cielo como con un manto gigantesco, que oscureció totalmente la luz del sol, siendo por muchos años una larga y negra noche, donde no brillaba ni una estrella. En ella las plantas no pudieron hacer su fotosíntesis y se secaron; y sencillamente los dinosaurios, herbívoros o carnívoros, no tuvieron qué comer y fueron muriendo de hambre… Tal vez tampoco habrá llovido, así que ni agua habrán tenido…
Algunos ríos y ciertamente los mares no alcanzaron a secarse, así que los peces se salvaron: los pájaros comieron las últimas semillas; pero ya con los mamíferos la cosa se complica… ¿Cómo miles y miles de especies sobrevivieron?
Uno se asombra, pero la verdad; es de que se hayan quedado con una explicación tan sencilla.
Esto recuerda que ya antes los sabios se habían quedado con aquello de que la tierra era plana, y estaba sostenida por grandes elefantes, que a su vez nadie sabía dónde pisaban los pobres. Algunos se contestaban que esos elefantes eran realmente gigantes y tenían unas patas, muy, muuuy laaargas…



*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
– Avellaneda Santa Fe; 5/05/2011








Una noche con la verdad*




*Por Marcelo Birmajer



La vieja lo aguardaba con el mate recién hecho y espumante. Dejó arandelas negras en la madera con su pava de hierro caliente.
Dreidel le contó acerca del ladero del sindicalista enterrado en la quinta de Deragüe.
-Ese hombre no está muerto -informó la vieja.
A Dreidel le pareció una más de sus bravuconadas de bruja.
-Morales -se jactó la vieja.
-Morales -confirmó Dreidel.
Pero el asunto había salido en todos los diarios. La vieja tenía tanto acceso a esa información como él mismo.
-Era un lanzador de cuchillos -siguió la Rosales, pasando por alto la expresión suspicaz de Dreidel.
Dreidel sonrió como si la vieja fuera uno de esos mitómanos que acostumbraban a ubicarse en todas las fotos del pasado: habían estado junto a Cohn-Bendît en el mayo del 68, junto a Trotsky en la Revolución Rusa, junto a Mandela en la cárcel de Robben Island. Si nadie los reconocía, era porque Stalin y los revisionistas los habían borrado con photoshop. Pero Dreidel hubiera pasado días enteros escuchando a la Rosales contarle cualquier cosa. De modo que apagó su sonrisa y dejó ir su incredulidad junto con el pájaro carroñero que continuaba dando vueltas en la noche, alrededor de la casa, entre el techo y la luna. Cada tanto, escuchaban el aleteo.
-A este Morales le gustaban, en parte, los hombres -dijo la Rosales-. Pero tenía una debilidad: su propio hijo. Desde la muerte de la madre del niño, Morales había podido dedicarse tranquilo a la conquista de jóvenes. Pero a su hijo lo cuidaba. Le enseñó a lanzar cuchillos y muy pronto fueron un dúo perfecto. Cuando el chico cumplió diez años, se conchababan con distintos circos. O actuaban los dos solos, en los pueblos. No se iban con un circo en particular. A veces Morales le arrojaba los cuchillos al hijo; a veces el hijo a Morales. Yo lo conocí cuando pasaron por acá con el circo Troyani, en enero del 68. Habían llegado en los últimos días de diciembre del 67, pero él vino a verme ya en enero.
Dreidel relampagueó, porque había pensado en el año 68 hacía solo unos minutos. La vieja sonrió, y continuó:
-Me vino a consultar porque se enteró de mis poderes, y creía en estas cosas. En estas cosas que te resistís a creer. Y lo bien que hacés. Me pidió un consejo. Yo sabía todo de él. Lo dejé hablar. Me dijo que llevaba su vida perfectamente, excepto un tema sobre el que necesitaba consejo: su paternidad. La madre del chico había muerto en el parto, y desde entonces se las había arreglado. Le había enseñado el oficio y se llevaban muy bien.
Pero ahora el chico estaba entrando a la adolescencia, y tenía otras inquietudes. Quería estudiar como los demás adolescentes, comenzar el secundario. Los estudios y la vida de lanzador de cuchillos se contraponían.
¿Seguirían siendo tan unidos, podría ayudar a su hijo si elegía un destino tan distinto? Le dije que le daría mi consejo a cambio de un lanzamiento de cuchillos. No llevaba los cuchillos consigo, me explicó. Pero mi mirada no le dejó lugar a dudas.
Dreidel se avergonzó como si su madre le hubiera contado una intimidad.
-Me dio lo que quería -avanzó la Rosales sin dejar, a su vez, lugar a dudas-. Y le di mi consejo: cuídate de tu hijo.
Dreidel la miró como la debió haber mirado el ladero del sindicalista cuarenta años atrás. Pero la expresión de Morales era de furia.
-Se enojó mucho -detalló la vieja, ahora con una sonrisa-. Nunca he visto a un hombre tan enojado después del único acto que parece calmarlos. Pero este era un lanzador de cuchillos: conocía otras emociones. Me dijo gritando que se lanzaban cuchillos con su hijo, el uno al otro, desde hacía años. Que
confiaban cada uno en el otro más que cada uno en sí mismo. Que él ya me había pagado y ahora yo le estaba vendiendo carne podrida. Menos mal que no había ningún cuchillo cerca, porque creo que por primera vez hubiera tirado a matar. Se fue puteando.
Dreidel se tomó un mate. La vieja salió al aire libre para cambiar la yerba.
El pájaro, al verla, se acercó. La vieja le tiró la yerba vieja como para espantarlo y le gritó como a un perro. El pájaro se alejó con un vuelo lento, pero escarmentado.
La Rosales regresó a su casa de lata, cebó otro mate con yerba nueva y retomó la historia. A Dreidel, después de sorberlo, le parecieron yuyos que estimulaban la atención.
-Regresó a verme seis años después. El hijo tenía veinte años, ya era un boludo grande. El padre le había permitido, nomás, hacer el secundario. Le pagó todo lo que necesitaba y lo mantuvo, hasta que se recibió de bachiller en un colegio público.
Dreidel se avergonzó, una vez más, por no haberles dado a sus padres la satisfacción de terminar el secundario; mientras que individuos con menos oportunidades lo terminaban en el tiempo correcto.
-Poco después de verme por primera vez, en el 68, como ya no tenía su partenaire, y no quería seguir a un circo, porque no quería apartarse del hijo, ni tenía fuerzas para conseguir una nueva pareja... Una nueva pareja para lanzarle cuchillos -aclaró la Rosales-. Porque de los otros conseguía a granel, pase y tire. Pero por todo eso, en vez de seguir en lo suyo, en el 68, cuando su hijo comenzó a estudiar, había comenzado a trabajar para Vandor.
-¿Vandor? -preguntó Dreidel, sabiendo perfectamente de quién hablaba, pero queriendo confirmar si aquella vieja perdida en la punta del mundo en efecto conocía la historia reciente de la Argentina; no ya como un alumno que, a diferencia de él, hubiera terminado la secundaria, sino comenzado el terciario.
-Vandor, sí, el que mataron.
Dreidel decidió arriar cualquier resto de incredulidad y escuchar a la vieja como lo que en verdad era: un oráculo.
-Trabajó para Vandor, en tareas ingratas, donde podía dejar ver su talento de cuchillero. No sé con cuánta eficacia, hasta que lo mataron.
-Hasta que mataron a Vandor -intentó ordenar Dreidel.
La vieja asintió.
-Después siguió con sus sucesores. Porque, si lo pensás un poco, los nuevos mariscales sindicales de Perón eran de la línea de Vandor.
Dreidel lo había pensado más que un poco, y estaba totalmente de acuerdo.
-Y entonces siguió con éste y con aquél, siempre en la misma línea, hasta llegar a trabajar con su último jefe, al que también mataron. El hijo de Morales, Norberto, siguió la carrera de Letras. Morales había recorrido un camino muy largo y muy sinuoso. Cuando su hijo quiso hacer el secundario, Morales, para ayudarlo, se aplicó al saber con tanto talento como el que tenía para lanzar cuchillos. Aprendió matemáticas, física, literatura... a la par de su hijo. Incluso trabajando como matón de ocasión. Y en cuanto el hijo se metió en la carrera de Letras, que dejó por la mitad por esta historia, no porque fuera mal alumno, el propio Morales estudió Letras también.
"Les ocultaba celosamente a sus colegas del bajo fondo sindical que leía Shakespeare, Dostoievsky, Tolstoy... Pero los leía. Quería seguir tan cerca de su hijo como pudiera, como cuando se lanzaban cuchillos. Y tenía otra particularidad, este Morales: sus presas, a partir de los setenta, siempre eran jovencitos de izquierda. Trotskistas, maoístas, montoneros... Los de su línea política no lo atraían. Digo su línea política refiriéndome al patrón para el que trabajaba, no porque él tuviera una línea política en
particular. Entre los de izquierda, en cambio, tal vez porque lo atraían de un modo perverso, se sentía cómodo.
"Morales nunca mató a ninguno de ellos. Más trabajaba de proteger a su patrón que de matar por matar. Es verdad que en esa tarea, una vez, se cepilló a otro matón, a cuchillo. Pero no era un asesino.
"Vino a verme, como te dije, seis años después. Abril del 74. A él le gustaban de izquierda, también, porque en esas agrupaciones condenaban el encuentro entre hombres; entonces, fuera de su cama, se aseguraba el silencio. No iban a contar nada que los pusiera en evidencia. Pero en la cama le contaban todo. Sus amantes montoneros le informaban más de su hijo, sin saber que era su hijo, que el propio Norberto. Norberto se había puesto de novio con la Negra Pelusa, del Frente Villero.
"A Morales lo alegró saber que Norberto tenía novia: sentía pánico de que fuera como él; pánico de transmitirle, genéticamente, lo que consideraba una maldición.
"Pero lo preocupó saber que la novia era montonera. Al fin y al cabo, eran sus enemigos. Cuando me vino a ver, en abril del 74, acababan de matar a su patrón. Se encontraba desguarnecido. Y había escuchado algo que le recordó mi consejo. Venían por él. Estaba en la nómina montonera de futuros cadáveres. Su primer reflejo fue sospechar que la Negra Pelusa había seducido al hijo para usarlo de señuelo, o entregador involuntario. Morales no concebía que su hijo pudiera voluntariamente mover un dedo contra él. Pero sí podía ser utilizado.
"Yo le dije que no sabía tanto: solamente podía repetirle mi consejo. Y eso era todo lo que sabía. Era la verdad. Morales me preguntó qué podía hacer. Todavía no había hablado ni una palabra con su hijo. Durante varias semanas, me vino a ver una vez por semana. Viajaba desde Buenos Aires, subía el cerro
y volvía a Buenos Aires en micro. Usaba los viajes para pensar. Pasaba las noches insomne. Finalmente, le dije que como los dos habíamos leído Romeo y Julieta podía hablar claro: los Romeos nunca aceptan separarse de sus Julietas. No pueden escuchar ninguna razón, ver ningún futuro, hasta que matan y mueren. Si él intentaba separarlo de la Negra Pelusa, advertirle de algún modo que podrían intentar utilizarlo como trampa, el chico se ofendería y escaparía. No volvería a verlo. Y quizás, en esos tiempos, no lo viera nunca más.
"'Pero, entonces -me dijo Morales- va a morir como un estúpido. Es muy joven.'
"Se lo expliqué en el escenario de Romeo y Julieta -dijo didáctica la vieja-. ¿Cuál hubiera sido la salvación de esos dos chicos?
-¿Por qué se mataron Romeo y Julieta? -preguntó de pronto la vieja a Dreidel, mirándolo a los ojos. La intensidad de los ojos oscuros era la de la foto.
Dreidel meditó un instante y respondió:
-Por un malentendido.
-Sí -aceptó la vieja-. Pero el malentendido no fue que Romeo creyera que Julieta había muerto. El malentendido fue creer que obraban por amor.
-¿Y cuál era su verdadera motivación? -preguntó Dreidel, sabiendo que retomaban una vieja discusión.
-La de cualquier joven -respondió la Rosales-. Ser otro, oponerse a su propia familia, intentar modificar sus orígenes para sentir el sabor más puro de la libertad. Claro que son todas pamplinas: uno es quien es y viene de los padres que viene, y no hay nada que hacer al respecto. Pero durante la juventud, la ilusión de que uno puede modificar el pasado es muy excitante. Ahora bien: lo único que importa es salir vivo y relativamente indemne de la juventud, para superar ese error y llegar a ser un adulto responsable. Si a uno lo matan entonces, en el medio del fragor de creerse otro, muere como un estúpido. Y si en el medio de ese fragor colabora con la muerte de su padre, llegará a viejo como un ser destruido.
"Ahora, decime, Romeo, que se había enamorado con igual intensidad de otra mujer solo unas páginas antes... ¿No podía darse cuenta, acaso, de que también a Julieta podría olvidarla con el pasar de los años, que no valía la pena sumergirse en semejante tragedia ni acabar con su vida por un par de
revolcones?
-No -dijo con seguridad Dreidel.
-Tenés razón -aceptó la Rosales-. No podía saberlo. Solo pudo haberlo sabido después de muerto; tarde. Morales no podía permitir que fuera tarde para su hijo. Quería una vida entera para su hijo. La muerte del patrón, como te dije, lo había dejado totalmente desguarnecido. También te dije que había matado a uno. Ahora que el patrón no estaba, la causa judicial avanzaba. No faltaba nada para que, incluso en el medio de aquella sangría, lo llevaran preso por homicidio. Gente de su propia corriente, pero que le tenían tirria a Morales, que lo odiaban por haber sido el protegido del patrón, aprovechaban la muerte del patrón para cobrarse los vueltos. Por entonces nadie sabía bien quién había matado a quién ni por qué. Había muertos tan anónimos que no solo ellos eran NN, sino también sus asesinos. A Morales le
hubiera venido bien un viajecito. Y entonces, se lo llevó por delante el camión.
-Así murió -apuntó excitado Dreidel-. Pero no fue un accidente, lo asesinaron.
-Fingió morir en el accidente de autos -alumbró la oscura noche la vieja--.
Y el accidente de autos fue fingido: los Montoneros habían roto los frenos y preparado el camión cisterna contra el que "chocó". Morales siguió la corriente y fingió morir. Todo fue un gran fraude, pero con una cuota de realidad: Morales exhumó al hombre al que él mismo había matado y lo enterró
en la quinta de Deragüe, como si fuera su propio cadáver.
-El hombre que se enterró a sí mismo -apuntó Dreidel.
-Nadie preguntaba, entonces, por qué se enterraba a un hombre en una quinta.
Se daba por bueno el asunto con tal de que estuviese muerto y enterrado en algún lado.
-Al día siguiente de la "muerte" de Morales -dijo la vieja después de una pausa-, la Negra Pelusa comenzó a alejarse de Norberto. A diferencia de lo que pasa con la mayoría de los jóvenes enamorados, el alejamiento de la amada no lo enamoró aún más. Aceptó la distancia, y finalmente fue él quien
terminó la relación.
-¿Descubrió que ella efectivamente había colaborado con los Montoneros en el atentado contra su padre? -preguntó Dreidel.
-No -dijo con seguridad la vieja-. Descubrió algo mucho más importante: que la amaba en tanto ella fuera la enemiga del padre. Y que ella lo amaba en cuanto fuera el hijo de su enemigo. Cuando Morales desapareció del mapa, desapareció también el amor. Si el Príncipe hubiera tenido éxito y los Montesco y los Capuleto se hubieran reconciliado, Romeo y Julieta se habrían separado. Si las familias se hubieran reconciliado, ellos se habrían separado. Nunca nadie se mata por amor: solo por odio. Ese hubiera sido un final distinto para Romeo y Julieta: las familias se amigan, y los amantes se separan incruentamente. Descubren que lo que los une es el odio adolescente contra sus respectivos padres, contra sus ancestros.
-¿Norberto supo el día del atentado que Morales no había muerto?
-Ni él ni nadie. El único modo de que los Romeos vean el futuro es mostrárselo. No hay modo de explicárselo. Están ciegos de la razón.
"Solo podemos instruirlos por medio de las sensaciones, nunca de las explicaciones.
-¿Y Norberto lo perdonó?
-Morales abandonó todo. Un mes después llamó a su hijo desde la Polinesia.
El hijo se reunió con el padre. Siguieron lanzándose cuchillos el uno al otro hasta que dejé de saber de ellos, y no volví a mencionarlos hasta hoy, que me los trajiste no sé por qué. Este mate está horrendo. ¡Son las once de la noche, la puta que te parió!


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-161552-2011-02-01.html





El cuento por su autor*



*Por Marcelo Birmajer

A principios de los años '90, trabajando para el programa de Fabián Polosecki, El otro lado, me encargaron seguir un circo. De posta en posta, de función en función, sostuve diálogos memorables con la mujer barbuda, los enanos, los payasos, los equilibristas, el tragafuegos y el hombre bala.
Pero la conversación que literalmente quedó clavada en mi memoria fue la que sostuve con el lanzador de cuchillos. Este hombre, ya mayor, con los ojos húmedos, me explicó que desde hacía treinta años le lanzaba cuchillos a la esposa. Muchos años después, en un asilo de ancianos al que fui a dar una conferencia, tuve acceso a una historia que volvía a involucrar a un lanzador de cuchillos, pero que se los arrojaba a su hijo. Fui contando ambas historias, en orden de aparición, a lo largo de distintos libros,
artículos, guiones. En alguna versión, la esposa del lanzador escapaba corriendo, aduciendo que su marido quería matarla. En otra, narraba el primer día en que el hijo le lanzaba cuchillos al padre. Pero los relatos nunca me parecían a la altura de los testimonios que había escuchado. Creo que me jugaba en contra, por un lado, la protección de la intimidad de los implicados; pero, más importante: no había pasado el tiempo suficiente para que esas anécdotas reales se convirtieran en una ficción madura.
En el año 2001, en una nota que me hizo para este mismo diario, le comenté a la periodista Verónica Abdala que intentaba escribir una historia de amistad. Trataría, seguramente, de dos amigos, llamémoslos Pedro y José: por motivos que José desconocía, Pedro dejaba de hablarle. Incluso,
aparentemente, lo olvidaba por completo, al punto de no reconocerlo cuando se cruzaban; más que un enojo, una amnesia selectiva. Nueve años después publiqué esa novela: La despedida. Pero Pedro, que finalmente se llamó Natalio, luego de retirarle hasta el saludo a su amigo Dreidel, hace algo mucho peor que olvidarlo: se muere de pronto, sin explicarle por qué dejó de hablarle.
Dreidel busca desesperado las razones del silencio, enojo o reproche tácito de su amigo, y en esa odisea conoce a un adinerado abogado que guarda bajo el jardín de su mansión el cadáver de un guardaespaldas sindical; y a una bruja que aparentemente conoce los secretos del Más Allá, pero que le proporciona la primera pista racional, y que también, azarosamente, conoce el secreto enterrado en la mansión del abogado.
La bruja se apellida, en primera instancia, Rosales; y la historia que le narra a Dreidel es, finalmente, en su mejor y completa versión, la de los dos cuchilleros a los que escuché a principios de los '90 y mediados del 2000. Me gusta incluir cuentos autoconclusivos dentro de mis novelas. Lo hice en El alma al diablo, con mi historia Cicatrices, que luego se publicó a su vez en forma de libro ilustrado. El cuento del día que me perdí en la playa, en Mar del Plata, lo publiqué en forma de cuento en mi novela Tres
mosqueteros, y también lo incluí como relato autoconclusivo dentro del guión
El abrazo partido, interpretado en un inolvidable monólogo de Adriana Aizenberg.
En orden cronológico, esta es la última versión de la historia. Pero creo que también es la última versión a secas. ¿Cuándo una historia ha dado todo de sí, cuándo ha llegado a su punto final? Creo que como en casi todo: cuando ya no tenemos más ganas de contarla. Pero nunca se sabe. A diferencia de los seres humanos, las historias nunca dicen su última palabra.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/161552-51760-2011-02-01.html






Chau Bergman*


Cuando el otoño se acerca,
lo siento en ese vestido violeta tan suave que atrapa miradas
La muchacha hacía la fila del Lorraine
Seguro que con un joven pero no lo recuerda

La Fuente siempre a punto de aparecer y quedaban doncellas.


No se había ido nadie, ni siquiera los abuelos,
Aunque sabía de ella, la muerte no le constaba.

Ahora no está el cine, no hay doncellas, el muchacho se acomoda en el olvido-

La muerte la ha tocado a la muchacha tanto

Ella prefería el tacto casi terciopelo del vestido aquel

o los ojos que se tiraban por su cuerpo como por un tobogán

Es lo que hay, se dice, y recuerda las religiones inventadas sólo para pensar
que algo quedará después, una almita o una reencarnación o qué se yo.

Para mi, lo -único que explica la muerte es la falta de espacio

Imagínense chocando con Ema cuando baja del carruaje.

Elegí mal, ella no era de verdad, pero quién lo dice.

Todo eso porque murió el director de la película
que estába por empezar
Y la muchacha con su enorme cartera colgada y su libro se siente aún, a salvo.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar





*

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miércoles, mayo 18, 2011

LA OTRA ORILLA...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





Metáfora sobre huesos*


Cargo sobre mis hombros mi esqueleto cada día más roído, más pesado.
De entre sus ranuras brotan anémicos árboles, hambrientos de savia nueva.

No florecerán
No habrá frutos.

Pasa un tiempo y no los siento, pero de pronto descargan todo su peso sobre mi, las rodillas flaquean y debo apoyarme para no caer. Amo estos viejos y sufridos huesos. Conozco de sus luchas, de sus largas caminatas sobre piedras punzantes.
En algún minuto de este milenio nos fundiremos y con una sonrisa cómplice, descansaremos en paz.



*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar








DESTELLOS ESTELARES*

Ensayo


Estiman que el universo tiene una edad de unos trece o catorce mil millones de años, partiendo de que habría nacido del Big Bang, o sea de La Gran Explosión; en la cual una masa súper concentrada explotó arrojando restos al espacio, formándose así el universo, y en el cual aún siguen viajando y aglutinándose en nuevos cuerpos celestes, mientras que estallan a su vez; agregando escombros, proto-estrellas; en un esparcirse caótico, que nacen en todos lados y viajan en todas direcciones.
No sólo el universo se expande por aquel gran estallido, sino que continuamente nuevos astros mueren, se extinguen, o explotan, aportando polvo de estrellas, con el que nacen nuevos cuerpos de distintos tamaños, que a su vez van concentrándose en nuevas galaxias y constelaciones, con sus soles y planetas, lunas y asteroides…
Un continuo renacer, una actividad que se fue haciendo en cámara lenta, que podría parecer caótica, pero que responde al equilibrio cósmico, gobernado por leyes que aún la ciencia trata de comprender más a fondo. Una expansión que lleva casi una eternidad, vista en términos humanos.
Hoy se trata de ubicar donde tuvo lugar aquel gran estallido, siguiendo las trayectorias, los vectores de los cuerpos celestes que se esparcen, y la distancia que viajaron en este largo tiempo. Eso si el universo se agrandara como un globo a medida que se infla; pero todos los estallidos secundarios generan una aspersión desordenada que arrojan restos en todas direcciones en un pandemónium indescifrable.
Se estima que el centro está a 14000 millones de años luz (*), y aún no se lo alcanza a vislumbrar, y menos aun la “otra orilla”, las antípodas del gigantesco espacio que parece no tener fin.
Lo que podemos deducir es que nada está en su lugar. Al menos no en el lugar en que los vemos; que se han estado moviéndose y se siguen moviendo constantemente.
La estrella más cercana: Próxima centauro, está a cuatro años luz de distancia; o sea que su luz tarda en llegarnos todo ese tiempo. Podremos deducir en consecuencia, que hace cuatro años que ya no está allí donde la vemos, porque en ese tiempo se cambió de lugar y seguirá moviéndose. A menos que haya dejado de existir durante ese lapso.
Nuestro sol está a sólo ocho minutos luz de tiempo, o sea de distancia. Tenemos que pensar que allí sigue estando, dado que antes de apagarse dará señales durante miles de años, y sabemos que hasta hace un momento aún estaba radiante.
Pero de las estrellas más lejanas no podemos decir lo mismo. Sabemos que ya no están en ese lugar tampoco, ya que evolucionan consumiéndose poco a poco, o explotando, o transformándose en soles, o en cuerpos gaseosos gigantes, enanas rojas, novas y supernovas…
Hay instrumentos como el telescopio espacial Hubble que buscan encontrar las galaxias más lejanas, comparándolo a un viaje en el tiempo, ya que al ver un astro tan lejano, sólo veremos lo que fue de él en aquel tiempo; dado lo que tarda en llegar a nosotros su luz.
Si todo se ha estado moviendo en millones de años, si ninguno entonces está en su lugar; se entiende que nos digan que lo que vemos cuando nos muestran una estrella o una galaxia lejana: es un espejismo de lo que fueron y donde estaban, miles o millones de años atrás en el tiempo.
Desearíamos saber dónde estaría hoy esa estrella. O galaxia, nebulosa, o lo que fuera; y cómo sería en este preciso momento, y además saber si aún existe.
Podríamos pensar que el cielo, el espacio; no es para nada lo que vemos. Nada es allí igual a entonces. Ese cielo estrellado es una postal de lo que fue. Salvo el Sol, los planetas de nuestro sistema, y los cuerpos brillantes más cercanos; el cielo de hoy nos defraudaría si viéramos el resultado neto, lo que fue quedando…
Si se pudiera reconstruir e ir borrando los que ya no existen, como en el juego de la batalla naval: (hundido…, agua…, hundido); podría quedar una población muy disminuida de astros reales, que no fueran una postal antigua, una ilusión óptica, en la inmensa e infinita bóveda celeste.
Podríamos llegar a pensar que las estrellas más cercanas, serían las mismas que hace miles de millones de años estuvieron en el centro del espacio, que las vemos dos veces, y aún estas podrían ya haberse extinguido.
¿Qué nos quedaría como resultado una vez logrado borrar del cielo aquellas estrellas y galaxias, cuya luz emitieron muchísimo tiempo atrás, que ya no existen como tales; y quedarnos con solamente los cuerpos estelares que sí existen?
No es para nada disparatado hacer este planteo. Quizás los reales sean muy pocos y cercanos, porque muchísimos transformados los volvemos a ver casi al lado nuestro, y todo lo demás podría ser sólo un recuerdo.
El Creador nos ha querido regalar un cielo lleno de brillantes luces, que son reales como luz, aunque muchos ya no tengan cuerpo. Nos ha regalado la luz y la ilusión que en conjunto nos conmueve, nos hace estremecer con sólo contemplarlo. Nos acerca más a Él.
Y nos dejó como en un gran libro abierto, el registro de toda la historia del universo, lleno de tantos misterios, para que la humanidad contemplándolo, pueda sacar sus conclusiones y profundizar en la sabiduría que está escondida en él… y seguir gozando la belleza del cielo; y aún lo más grandioso es que ya ni importa siquiera si materialmente una parte de él fuera sólo luz, y destellos estelares…



Nota: (*) Velocidad de la luz en un segundo: 300.000 Kilómetros.-
Próxima Centauro (de Alfa Centauro):
4 años luz= 1.23 “parsec”. 3.800 billones (Millones de millones) de Kms.



*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
– Avellaneda Santa Fe; 12/05/2011







Un genio de la creación*



Los colegas decían:
Que era medio loco, porque le agradaba investigar en cosas impensables de la medicina para su época.
Como ser tratar de llegar al tronco cerebral e intentar corregir las células nerviosas empeoradas implantando otras neuronas sanas.
Alcanzar los cromosomas a través de una técnica propia, que había investigado años, leyendo, experimentando y poniendo todo su esfuerzo en conseguir a ese microcosmos, hasta el momento nadie capaz de abordar a esas inexplorables cadenas de la genética.
Además, por supuesto, tenía un gran conocimiento de la anatomía y fisiología humana, por lo que le era bastante beneficioso para conseguir la forma de curar. No sin un consagrado sacrificio de horas de investigación.
Su método era manipular con sus dedos, tocar puntos fundamentales de las defensas del tejido nervioso y reconstruir las células monstruosas y recomponerlas en puras y útiles para seguir con su funcionamiento eficaz.

Estaba en contra de la comercialización de la medicina tradicional, que atiborra con medicamentos que lo único que hacen es dar más dinero a los laboratorios bioquímicos. Empresas multinacionales que se reditúan notablemente con las propagandas y prometen un mejoramiento rapidísimo en el peor de los casos, operar quirúrgicamente sin intuir los efectos secundarios. Pero que en realidad no indagaban la verdadera causa del problema.
El recorrido de su trabajo, ha sido con muchas horas de concentración y acoplo de prácticas, que sin duda ha incluido grandes periodos de su tiempo, en pos del bienestar y la salud.
Es un ser humano que ante todo demuestra su sensibilidad en la calidez con que trata a los niños pequeños. Ellos, con su interior poco contaminado con las poses, la adulación y la sencillez de las caricias, esgrimen su bienestar sin hipocresía.
Allí, en la sala de espera pude comprobar su idiosincrasia. Lo he vivido en carne propia. En los vaivenes de la oscura soledad de lo que para otros es impenetrable. Conseguí con mis ojos sostener su elocuente figura de un caballero de la sensatez y el sentido común.
Su humor mordaz y sumamente inteligente, ha abierto las puertas a la verdad.
La maestría de sus dedos cual luciérnagas que hacen luz a las profundidades del desconsuelo y la desolación al no contar con una respuesta a las dolencias. Ha previsto que sus contemporáneos lo critiquen, le teman y lo admiren.
Por no entrar en los cánones de la norma científica.
Son los estigmas del discurso médico autoritario y sin ningún tipo de preguntas a responder.

El es admirable, enigmático y locuaz muy pocos pueden entender su capacidad de amor, su templanza y su responsabilidad.
Quizás sólo piensen en él en forma egoísta y competitiva buscando sus defectos y su forma de actuar.

La soledad de su sapiencia tiene el precio de los creativos, los descubridores.
Muchos, no pueden ubicarse en su lugar. Se sienten amenazados en su mediocridad.
Con tantos años de compartir sus ilusiones nos sentimos compañeros de su vida. Estaremos siempre apoyando sus proyectos aún en nuestros peores momentos de dolor y desesperanza.
Somos unos loquitos los que apostamos a sus acciones, a su lucha tenaz y a sus desvelos.
Con un amor inmenso te admiramos y te queremos, sabemos de tu solitaria y ardua tarea. Tu interés por mejorarnos y tu personalidad tan fuerte que nos hace sentirnos sumamente protegidos, en la afligida soledad que implica el dolor.

Por eso, y tantas cosas que nos das: como la esperanza, la valentía de la lucha y la imagen de fortaleza que nos brinda tanta seguridad, estamos tan agradecidos de tu gusto por encontrar una liberación de nuestros sufrimientos.
Es que queremos puntualizarte nuestro apoyo incondicional y agradecerte tus horas, preciosas horas que nos dedicas para defendernos.



*De Azul. azulaki@hotmail.com
Para Raúl. Un genio de la creación.
11/5/11.-







LOS ELEGIDOS*


Para Néstor Cerpa Cantolini


La guerra lo escogió como uno
de los elegidos
uno de aquellos pocos
que se echaron a cabalgar
con la noche
para ir a conquistar
los luceros


*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es







VAN LOS ECOS EN BUSCA DE LA VOZ*


Mientras escribía palabras que querían a la gente, Julio Cortázar iba haciendosu viaje, viaje al revés, por el túnel del tiempo. Él estaba yendo desde el final hacia el principio: del desaliento al entusiasmo, de la indiferencia a la pasión, de la soledad a la solidaridad. A sus casi setenta años, era un niño que tenía todas las edades a la vez.
pájaro que vuela hacia el huevo: Cortázar iba desandando vida, año tras año, día tras día, rumbo al abrazo de los amantes que hacen el amor que los hace. Y ahora muere, ahora entra en la tierra, como entrando en mujer regresa el hombre al lugar de donde viene.



*De Eduardo Galeano.
-De Memoria delfuego.





*



Es muy tarde y tengo miedo.
Del infinito punto de partida de los besos.
De las excepciones y de las causas equivocadas.
De la suavidad de tus dedos, y del tironeo.
Del camino ficticio en el que estás parado.
De tu presencia, y de tus pensamientos.
Uno solo que yo no sepa, y podría fácilmente perderme en la locura.
De las miradas que muerden los sentidos.
De lo inaceptable y diagnosticado.
Del murmullo de las amapolas, ¿Podes creerlo? Tengo miedo.
De la lujuria programada, y del café humeando cerca de tu boca.
Del caprichoso adolescente que llevas dentro.
De los actos desmedidos, y de la incitación a la mentira.
Es muy tarde, y hasta la luna atorada en la ventana tiembla.
Visitante inoportuna. Ella sabe.
Llegar y partir sin consecuencias.



*De Silvia Milos. milossilvia@yahoo.com.ar








EL ÁRBOL SINGULAR*


"...Me arranco la piel seca... Caen de mis dedos al vuelo,
Virutas antipáticas y grises...incómodas heridas, como valles, un cadáver
en la piel seca de mis labios.."
ELENA MEDEL (España)



Esa mujer, o aquella o esta. Es lo mismo.
A esa mujer se le han ido cayendo uno a uno
los árboles del pecho.
Boca arriba yacen durazneros inquietos.
El sabor y el olor se acoplan en torbellinos de humo.
Las naranjas son lunas llenas preñadas de arrecifes.


Hay un desgarro verde que le moja los hombros.
Se vuelca por su boca, la sacude.
Corre por su garganta, la estrangula.
Su corazón, un pájaro agónico.
Su estomago, una bolsa rota.
Nido de escorpiones, sus vísceras.
Los álamos le suben por los pies, la sacuden, le lloran.
Gigantes imbatibles, derrotados. Eunucos.


Y han pasado las sombras más puras y los ríos.
Y los niños y las manzanas tatuadas en el vientre.
Han abatido el árbol del amor:
Sus diez estambres y su único pistilo.
El árbol de Guernika, el árbol de los cuervos.
El de Ipé, el palo santo, el olivo.
El árbol del cielo y su fruto alado.
El profano árbol de la genealogía.
A esa mujer se le han ido cayendo uno a uno
los árboles del pecho.
Uno a uno, los brazos, los pétalos, los ojos.
Lo dedos, los gajos, los retoños.
Uno a uno, los pechos, los cabellos, los frutos.
Las vainas, los labios, los adioses, los dioses.
Las cáscaras, la piel, las costras.
Las raíces, la dignidad, los vestidos.


Pero el que más le duele, la fragmenta, la parte.
Es la caída, lenta, irremediable y lenta, del árbol singular.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





*

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