Sunday, April 06, 2008

LAS COSAS OCULTAS...


Historia oculta*


Me planteo que quizás sea mejor no contar su vida. Es muy posible que todas aquellas vivencias tan particulares y los lugares recorridos no se conozcan.
Quizás no sea mala idea mantener el desconocimiento sobre todas sus cosas, sobre la gente que conoció y trató y sobre lo que hizo. La curiosidad, dicen, es insana, sin embargo la gente siempre acaba contándolo todo de los demás. Incluso de si mismo. Esta vez, sin embargo , creo que es preferible que no cuente nada de su vida. Si, esto es lo que voy a hacer.




*de Joan. joan@cimat.es






LAS COSAS OCULTAS...






Domingo, 06 de Abril de 2008

Invisibles*


Capítulos del libro Espejos/ Una historia casi universal, de Eduardo Galeano, que pronto estará en librerías.


*Por Eduardo Galeano



El héroe


¿Cómo hubiera sido la guerra de Troya contada desde el punto de vista de un soldado anónimo? ¿Un griego de a pie, ignorado por los dioses y deseado no más que por los buitres que sobrevuelan las batallas? ¿Un campesino metido a guerrero, cantado por nadie, por nadie esculpido? ¿Un hombre cualquiera, obligado a matar y sin el menor interés de morir por los ojos de Helena?
¿Habría presentido ese soldado lo que Eurípides confirmó después? ¿Que Helena nunca estuvo en Troya, que sólo su sombra estuvo allí? ¿Que diez años de matanzas ocurrieron por una túnica vacía?
Y si ese soldado sobrevivió, ¿qué recordó?
Quién sabe.
Quizás el olor. El olor del dolor, y simplemente eso.
Tres mil años después de la caída de Troya, los corresponsales de guerra Robert Fisk y Fran Sevilla nos cuentan que las guerras huelen. Ellos han estado en varias, las han sufrido por dentro, y conocen ese olor de podredumbre, caliente, dulce, pegajoso, que se te mete por todos los poros y se te instala en el cuerpo. Es una náusea que jamás te abandonará.


Americanos


Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?
¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?
Lo escucharon los peregrinos del Mayflower: Dios decía que América era la Tierra Prometida. Los que allí vivían, ¿eran sordos?
Después, los nietos de aquellos peregrinos del norte se apoderaron del nombre y de todo lo demás. Ahora, americanos son ellos. Los que vivimos en las otras Américas, ¿qué somos?


Fundación de las desapariciones

Miles de muertos sin sepultura deambulan por la pampa argentina. Son los desaparecidos de la última dictadura militar.
La dictadura del general Videla aplicó en escala jamás vista la desaparición como arma de guerra. La aplicó, pero no la inventó. Un siglo antes, el general Roca había utilizado contra los indios esta obra maestra de la crueldad, que obliga a cada muerto a morir varias veces y que condena a sus queridos a volverse locos persiguiendo su sombra fugitiva.
En la Argentina, como en toda América, los indios fueron los primeros desaparecidos. Desaparecieron antes de aparecer. El general Roca llamó conquista del desierto a su invasión de las tierras indígenas. La Patagonia era un espacio vacío, un reino de la nada, habitado por nadie.
Y los indios siguieron desapareciendo después. Los que se sometieron y renunciaron a la tierra y a todo fueron llamados indios reducidos: reducidos hasta desaparecer. Y los que no se sometieron y fueron vencidos a balazos y sablazos, desaparecieron convertidos en números, muertos sin nombre, en los
partes militares. Y sus hijos desaparecieron también: repartidos como botín de guerra, llamados con otros nombres, vaciados de memoria, esclavitos de los asesinos de sus padres.


Padre ausente

Robert Carter fue enterrado en el jardín.
En su testamento, había pedido descansar bajo un árbol de sombra, durmiendo en paz y en oscuridad. Ninguna piedra, ninguna inscripción.
Este patricio de Virginia fue uno de los más ricos, quizás el más, entre todos aquellos prósperos propietarios que se independizaron de Inglaterra.
Aunque algunos padres fundadores de los Estados Unidos tenían mala opinión de la esclavitud, ninguno liberó a sus esclavos. Carter fue el único que desencadenó a sus cuatrocientos cincuenta negros para dejarlos vivir y trabajar según su propia voluntad y placer. Los liberó gradualmente, cuidando de que ninguno fuera arrojado al desamparo, setenta años antes de que Abraham Lincoln decretara la abolición.
Esta locura lo condenó a la soledad y al olvido.
Lo dejaron solo sus vecinos, sus amigos y sus parientes, todos convencidos de que los negros libres amenazaban la seguridad personal y nacional.
Después, la amnesia colectiva fue la recompensa de sus actos.



La Justicia ve

La historia oficial de Brasil sigue llamando inconfidencias, deslealtades, a los primeros alzamientos por la independencia nacional.
Antes de que el príncipe portugués se convirtiera en emperador brasileño, hubo varias tentativas patrióticas. Las más importantes fueron las de Minas Gerais y Bahía.
El único protagonista de la Inconfidencia mineira que fue ahorcado y descuartizado, Tiradentes, el sacamuelas, era un militar de baja graduación.
Los demás conspiradores, señores de la alta sociedad minera hartos de pagar impuestos coloniales, fueron indultados.
Al fin de la Inconfidencia bahiana, el poder colonial indultó a todos, con cuatro excepciones: Manoel Lira, João do Nascimento, Luis Gonzaga y Lucas Dantas fueron ahorcados y descuartizados. Los cuatro eran negros, hijos o nietos de esclavos.
Hay quienes creen que la Justicia es ciega.


Olympia

Son femeninos los símbolos de la Revolución Francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.
Pero la revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, la guillotina le cortó la cabeza.
Al pie del cadalso, Olympia preguntó:
-Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?
No podían. No podían hablar, no podían votar.
Las compañeras de lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland.
Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por su antinatural tendencia a la actividad política. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de Estado.
Y la guillotina volvió a caer.


Los invisibles

En 1869, el canal de Suez hizo posible la navegación entre dos mares.
Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto, que el pachá Said y sus herederos vendieron el canal a los franceses y a los ingleses a cambio de poco o nada, que Giuseppe Verdi compuso la ópera Aída para que fuera cantada en la inauguración y que noventa años después, al cabo de una larga y dolida pelea, el presidente Gamal Abdel Nasser logró que el canal fuera egipcio.
¿Quién recuerda a los ciento veinte mil presidiarios y campesinos, condenados a trabajos forzados, que construyendo el canal cayeron asesinados por el hambre, la fatiga y el cólera?
En 1914, el canal de Panamá abrió un tajo entre dos océanos.
Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto, que la empresa constructora quebró, en uno de los más sonados escándalos de la historia de Francia, que el presidente de los Estados Unidos, Teddy Roosevelt, se apoderó del canal y de Panamá y de todo lo que encontró en el camino, y que sesenta años después, al cabo de una larga y dolida pelea, el presidente Omar Torrijos logró que el canal fuera panameño.
¿Quién recuerda a los obreros antillanos, hindúes y chinos que cayeron construyéndolo? Por cada kilómetro murieron setecientos, asesinados por el hambre, la fatiga, la fiebre amarilla y la malaria.


Las invisibles

Mandaba la tradición que los ombligos de las recién nacidas fueran enterrados bajo la ceniza de la cocina, para que temprano aprendieran cuál es el lugar de la mujer, y que de allí no se sale.
Cuando estalló la revolución mexicana, muchas salieron, pero llevando la cocina a cuestas. Por las buenas o por las malas, por secuestro o por ganas, siguieron a los hombres de batalla en batalla. Llevaban el bebé prendido a la teta y a la espalda las ollas y las cazuelas. Y las municiones: ellas se ocupaban de que no faltaran tortillas en las bocas ni balas en los fusiles.
Y cuando el hombre caía, empuñaban el arma.
En los trenes, los hombres y los caballos ocupaban los vagones. Ellas viajaban en los techos, rogando a Dios que no lloviera.
Sin ellas, soldaderas, cucarachas, adelitas, vivanderas, galletas, juanas, pelonas, guachas, esa revolución no hubiera existido.
A ninguna se le pagó pensión.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-101937-2008-04-06.html









Revelación*


*Leopoldo Brizuela

A Martín


Ella va. Toda es oídos
Estaban Echeverría, La cautiva



El papel aún está en blanco. Poco a poco, en la penumbra roja del laboratorio fotográfico, bajo el líquido revelador que hago ondular zarandeando la cubeta como un buscador de oro su tamiz, veo aparecer la imagen que anunció el archivo: Campamento del cacique Manuel Namuncurá; semanas después de su rendición. Circa 1886.
Las tolderías. El desierto liso, sin rasgos, sin sorpresas. El viento en las nubes alargadas, en el humo inclinado de una hoguera y en la bandera argentina, único indicio de que esta ciudad de cuero y caña que los indios levantan, desde hace siglos, cada día un poco más allá, ha sido convertida en una cárcel peregrina. Casi ninguna presencia humana. Sólo la sombra del fotógrafo, alargada por la luz rastrera del amanecer, adentrándose en lo que veo, una sombra que podría ser la mía excepto por el sombrerito de explorador. Y sentada delante de uno de los toldos, de pronto, una mujer. Es de la familia de Namuncurá: lo dicen, más que ninguna otra cosa, el pecho henchido, la frente alzada, como si aún sostuviera el pectoral y la tiara de plata que, decomisados el mismo día de la derrota, viajarán ya camino a Buenos Aires.
Hace un siglo, el tiempo que exigía una toma fotográfica era más extenso que cualquier paciencia. La nitidez con que van revelándose los rasgos de esta india, como cincelados en roca de la cordillera, sólo pueden deberse a una larga inmovilidad. Pero nada indica que esté posando para el fotógrafo.
Sus ojos, que no brillan sino por lo que reflejan, carecen de mirada. Las aletas de la nariz, las manos crispadas en las rodillas, denotan la misma extenuante atención con que, poco tiempo antes de un temblor de tierra, el paisaje espera. Cualquier tiempo pasado así es la misma eternidad, porque es la eternidad lo que se percibe.
Y sin embargo, los araucanos de las pampas se replegaban resueltamente ante ese monstruo híbrido de cinco patas y larga trompa que era por entonces una cámara, dador de una muerte a la que no sigue vida alguna; y si, como los condenados al llegar a una prisión, los indios eran obligados a comparecer ante el pelotón de los fotógrafos, ellos que solían fulminar con los ojos a sus enemigos ahora apartaban cautamente la vista, porque en la mirada está el alma, cimentando en el público de las ciudades una falsa fama de timidez o cobardía. La franqueza del rostro de esta india, enfrentando directamente a quien la mira, sólo puede deberse a una razón: es ciega y está mirando lo que oye. Quien no escucha no sabe ver, dice una canción araucana. Y yo, desandando el camino, miro la foto hasta que logro oír lo que ella escucha.
Más chirriante que el aullido del viento, más perentorio que el golpeteo de los toldos, más perturbador que los quejidos y los cuchicheos de la tribu y el husmear de algún perro entre platos y ollas de latón, oigo el canto de otra mujer. La mujer, que no aparece en la foto, canta con una voz maquinal, raída por el uso como la voz de los locos que monologan para ahuyentar la soledad; pero no es una canción araucana sino una canción de cuna cuya letra descifro apelando a mi propia memoria: yo mismo la aprendí de mi madre que la aprendió de mi abuela que la aprendió de su madre que la aprendió de su abuela. Cuando una mujer canta en la ciudad, convoca ese linaje secreto que nadie adivinaría. Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido. Cuando canta en el desierto, se deja atravesar por la emoción de quienes la rodean. La soledad del desierto, el miedo de los indios a los blancos, el miedo de las cautivas a los indios, y un odio, un odio casi insensato, todo eso canta por su voz. Todo, menos el chico que ahora mece seguramente entre sus brazos. El silencio de ese niño expuesto a tanta intemperie me recuerda mi propio abandono de hijo cuya madre envejece en la ciudad. Entonces reparo en que debo cambiar la foto de cubeta; tomo el papel con las pinzas (tengo la aprensión disfrazada de asepsia con que operan ciertos médicos) y lo hundo ahora en el líquido que detiene la revelación. Tanteo el espacio de lo oscuro, ubico una silla enclenque y me derrumbo, resignadamente, a esperar.
El efecto de todo un día de trabajo revelando placas —y llevo diez, ajeno a la rueda de las noches y los días que gira en torno de mi casa, porque me han dado sólo un mes para sacar a luz el archivo polvoriento del Museo de La Plata— se parece a la maldición que, según los araucanos, acarrea mirar un eclipse; interponiéndose entre ti y todo lo que veas, llevarás tatuada la imagen del sol y de la luna en su cópula prohibida, y toda tu vida se alterará. Ahora, en la noche de mis párpados, yo sigo viendo la foto. La única diferencia es que el movimiento continuo de los líquidos con que trabajo y las voces que he llegado a oír dotan a esta imagen, también, de animación. Veo de nuevo a la india quieta, sentada frente al toldo, escucho como ella el canto de la cautiva blanca, pero tan pronto se oyen pasos apurados que se acercan, la india vuelve violentamente la cabeza y como si sólo entonces recordara que no puede ver, con un esfuerzo casi doloroso se pone en pie y apoyada en un bastón, espera. “¿Sos vos?”, grita en medio de un silencio que nadie más se atrevería a romper, y en una lengua que nunca recordé y ahora sé que he aprendido. “¿Namuncurá?” Aparece en cambio un indio joven, el torso desnudo, las botas de potro y las bombachas que le ha obligado a usar, seguramente, el ejército nacional: tiene la apostura de un centinela, pero también la dolorida urgencia del soldado derrotado que vigila sólo para evitar que sean los enemigos quienes impongan el control. Su autoridad es el resultado de una negociación. La autoridad de la india, en cambio, es el fruto de una antiquísima sabiduría, capaz de reconocer en el otro a un subalterno apenas por el ruido alarmado de sus pasos.
“¡Muchacho!”, dice temblando de furia, señalando con su bastón hacia el toldo pequeño de donde proviene la voz de la cautiva. “¿La oye? ¡Ha estado así toda la noche, zumbando sobre su cría, sin parar!” El muchacho no le responde, parece excedido, aterrorizado por sus gritos, y da unos pasos hacia atrás, como intentando huir. “¡Muchacho!”, lo reconviene. “¿No va a hacer nada tampoco usted?” Al fin, el muchacho murmura: “No, señora”, y agrega: “Es la ley”.
Entre los araucanos de las pampas, una ley prescribe que durante los primeros meses de la vida del niño la madre sea aislada del resto de la tribu en un toldito cerrado y que sea allí favorecida por la suposición de inexistencia. Durante ese período, y hasta mucho tiempo después, la madre habla al niño en una lengua distinta, que el resto de la tribu finge haber olvidado y frecuentemente olvida a fuerza de fingir: esta lengua es para los indios nómades lo más parecido a nuestra sedentaria noción de patria. Que la cautiva blanca cante ahora para su niño, y que lo haga en una lengua diferente, no quebranta en absoluto esa ley, y nadie se atrevería a decir que la oye. Entonces, ¿de qué ley hablan?
“¿La ley?”, replica la india indignada, como quien dice: “Pero es su ley contra la mía”. Y grita:
—¡Pero yo estoy desde antes...!
Alguien, quizás un milico que vigila los límites del campamento, hace sonar un silbato como para advertir que el escándalo debe cesar, y el muchacho aterrado se acerca a la india e intenta sentarla de un empujón. “Como quiera, cállese”, le grita, imitando la entonación de los vencedores; y aunque no consigue voltearla, sigue camino y agrega: “¿O quiere que la vuelvan a castigar?”.
La india, enfurecida, blande amenazante su bastón (“a mí, m’hijito, nadie me ha castigado”) hasta que al fin comprende que el muchacho ya está demasiado lejos, y como para liberarse de la furia de ser ciega —porque hace poco que es ciega, lo sé, y cada cosa que no ve la hiere como una nueva afrenta—, se pone a caminar frenéticamente por delante de los toldos, con un renguear extraño, desarticulado, como si no tuviera pies. La voz de la cautiva se levanta, casi alegre, casi cínica, y la india se lleva las manos a los oídos, intenta librarse de esa tortura. Levantate Juana y encendé la vela y andá a ver quién anda por la cabecera. El dolor del niño que escucha indefenso entre sus brazos, mucho más que el tormento de la india, me recuerda mi propia angustia de hijo cuya madre se muere en la ciudad. Abro los ojos a la oscuridad del laboratorio fotográfico, veo el reloj que fosforece débilmente en la penumbra, una esfera minúscula y casi ridícula la inmensidad sin tiempo de lo imaginario. Faltan cinco minutos para que termine la revelación: vuelvo a tomar con pinzas el papel, lo hundo en la última cubeta tal como mi madre, en la ciudad, hunde sus últimos vestidos en el agua del fuentón. El recuerdo de sus manos artríticas, torturadas por el frío de este agosto, me devuelve a la imagen del cuerpo agitado de la ciega. Siento que al menos el sufrimiento de una mujer ya muerta, encerrado en el marco de una fotografía, es algo que podré entender. Y en efecto, ese renguear ansioso de la india, su andar sin rumbo en la espera de que una nueva comitiva venga a castigar lo que no pudo reprimir el centinela, son las palabras que prosiguen contándome esta historia.
Entre los araucanos de las pampas, me digo, hay sólo dos causas posibles para esa deformación de las piernas que se curvan tortuosamente hacia fuera, como los flejes de un tonel, y esas causas son opuestas. En los varones, es la marca de años y años pasados a caballo, de la temible simbiosis que los vuelve, en la batalla, poderosos como centauros, híbridos como cámaras fotográficas. En las mujeres, en cambio, es la consecuencia de una mutilación que se inflige a las cautivas pocos minutos después de su secuestro: para impedir que se escapen, el hombre que las ha elegido les descarna la planta de los pies, y ellas, o bien se sumen en una melancolía terminal, o bien aprenden a caminar de este modo inconfundible, como si a la vez fueran extremadamente torpes y estuvieran a punto de despegarse de la tierra. Esta ciega, me digo, debe de ser también una cautiva, y sin duda mujer de Namuncurá, porque sólo ese lazo admite a una cautiva en los toldos del cacique. Una esposa tan antigua, además, como para haber llegado a adquirir, pese a la invalidez, tanta destreza. Pero ¿cuál es aquella ley anterior que ella invoca? ¿Un privilegio de primera esposa, equiparable al escalafón de antigüedad que rige entre los militares? ¿La ley de ese otro pueblo indio al que pertenecía, seguramente vencido por la tribu de Namuncurá?
Por fin se oyen los pasos enérgicos de una comitiva, las voces bajas y perentorias con que, por la noche, los jefes se acercan a calmar los últimos motines. La india se planta frente al toldo, laboriosamente rígida como la tropa a la que un jefe ha de pasar revista, y como tomando fuerzas para cumplir con su papel. Y todo a su alrededor, por entre las aberturas que quedan entre las irregularidades del cuero del toldo, aparecen las cabezas temerosas de una docena de mujeres, de viejas, de jóvenes, de casi niñas. Ninguna tiene la petulancia de la ciega, y no obstante, así como todo silencio se define por los ruidos que lo enmarcan, es claro que esta mujer las representa. Ahora sé que éste es el toldo de las esposas, y que quien se aproxima es el mismo cacique Namuncurá.
De pronto, la cautiva blanca canta aún más alto, como para competir con las indias en la atención de su amo, María lavaba, San José tendía, y el niño lloraba del frío que hacía, y los rostros de las mujeres se crispan en la misma mueca de rebelión. En los cuentos que cuentan los blancos, en los que formarán nuestra memoria, se habla profusamente sobre el desprecio suscitado por las cautivas blancas en las esposas indias, que pronto hacían del gineceo una cámara de tortura, y la explicación, invariablemente, son los celos. Pero estas mujeres que veo ahora, de físicos modelados por el propio trabajo, madres, tejedoras, hechiceras, y además capaces de guerrear y de matar igual que sus esposos y sus hijos, ¿qué podrían envidiar a la mujer del enemigo? ¿Qué dé una belleza blanca que, como la luna, sólo brilla por lo que refleja? ¿Qué dé una educación que las deja mucho más a expensas de su dueño? Las huincas, pensarán las indias, son billetes. Y entonces ¿por qué les molesta que una mujer cante? Violentamente, los dos escuderos de Namuncurá entran en el cuadro de la fotografía y se parapetan uno a cada lado de la india; ella yergue aún más la cabeza, como si se dispusiera a recibir el castigo con una dignidad de desafío. Y entonces dos voces de varón se aproximan, hablando en un castellano que todavía yo no puedo entender.
—¡Señor! —grita la ciega, adelantándose a la llegada del cacique, con la misma elocuencia con que habló al chico, sólo que asordinada de solemnidad. Y despavoridas como gorriones que acabaran de oír un trueno, las mujeres se escabullen hacia adentro del toldo. No soportarían enfrentar, ni por una hermana, el célebre poder de su señor.
Esto es todo lo que sé de él: dentro de quince años, cuando su último hijo sea llevado al Vaticano por la congregación salesiana como prueba irrefutable de su labor evangelizadora, alguien lo presentará así ante el Papa: Es el hijo santo de Namuncurá, rey de un desierto grande como Italia y Francia, exterminador de ejércitos cristianos, torturador de colonos. Sin embargo, cuando ahora veo entrar a Namuncurá en los marcos de la foto, no es más que un viejo diminuto, enfundado a duras penas en el uniforme de coronel del Ejército Argentino que exigió, junto con una cuantiosa indemnización y la posibilidad de elegir el terreno donde habitarán los pocos sobrevivientes de su tribu, como condición para rendirse. La altivez de su rostro, que tanta crónica militar compara con el demonio, esos “ojos de tigre” que le ganaban el terror de la soldadesca enemiga, han dejado paso ahora a una mirada enramada por el dolor, y por el hartazgo del dolor, y a unos movimientos violentos pero indecisos como los de un pájaro recién enjaulado, igual de vacilantes que el español en que habla, prescindiendo por primera vez de un lenguaraz. Quien viene a su lado, vistiendo un uniforme casi idéntico, es el general Lorenzo Vintter, al que un vago malestar, muy probablemente físico, lo hace distraerse a cada rato de su acompañante, como si quisiera quedarse a solas con su úlcera. Después de oír tanto tiempo el araucano, este idioma de los jefes, que yo aprendí de mi madre en la ciudad, siento en cambio que lo he olvidado, y tardo mucho en descifrar lo que ellos dicen.
“Señora”, escupe Namuncurá, sólo para advertirle de su presencia. “¡Señor!”, responde ella en araucano, y señala con su bastón hacia el lugar donde canta la cautiva. “¿La oye?” ¡Ha estado cantando así toda la noche, señor!”
“¿Qué dice?”, pregunta Vintter a Namuncurá, con una impaciencia inconfundible: ahora que ya no mata indios, no sabe qué hacer con ellos. “Esta mujer fue mi mujer, general”, se disculpa el cacique, con la voz baja que un blanco usaría para decir es: es una loca. “Quiso matar a mi hijo. Grita, porque desde entonces el remordimiento no la deja dormir”. Sorprendido, Vintter pasa lista a los hijos mayores de Namuncurá, esos míticos capitanejos cuya derrota se festejaba puntualmente en Buenos Aires con una botella de Veuve—Cliquot, y trata de imaginar qué rencilla de salvajes pudo enfrentarlos con esta vieja enclenque y alucinada. La ciega, aunque no comprenda el español, se sabe engañada de algún modo, y avanza unos pasos, blandiendo su bastón.
“Toda la noche así, señor, zumbando sobre su cría. ¡Robándome la noche...! ¡Y aún no sé ni dónde iremos...!”
Namuncurá la esquiva, escandalizado, como si el solo contacto físico de su esposa fuera capaz de revelar al jefe blanco una secreta debilidad suya, y entonces ella se topa con el general Vintter, le palpa inquisidoramente el pecho uniformado y lo confunde con Namuncurá: galones y alamares barrocos recruzan por igual los uniformes de jefes y subordinados. Satisfecha, afirma en el piso su bastón y con la otra mano golpea suavemente el pecho del general, como quien llama a una puerta.
“¿Por qué la deja vengarse, mi señor?”, dice la ciega. “¿Dónde ha quedado nuestro pacto, Pie de Piedra?” Pero dado que Vintter permanece inmóvil y sólo mira sonriendo al cacique, como preguntándole qué debe hacer, ella, enardecida, empieza a bajar resueltamente la mano hacia los cojones, el comienzo de un ademán que Lorenzo Vintter no puede siquiera imaginar y que, de todos modos, la fusta de Namuncurá intercepta violentamente, y la ciega suelta el bastón y lanza un grito que provoca el alarmado cuchicheo de las esposas.
“¡Deje de joder, perra!”, grita el cacique, mirándola tambalearse como un trompo en el centro de su noche hasta que al fin logra aferrarse al parante del toldo. “¿O quiere que la vuelva a castigar?” Ella nada dice, el dolor es demasiado intenso para permitirle la palabra, sólo frunce entrecejo y párpados repitiéndose, quizás, “a mí nadie me ha castigado, señor”. Y el cacique le vuelve la espalda, como sellando otro pacto, y los dos escuderos se retiran, pues ha pasado el peligro.
Lorenzo Vintter hace rato que ha apartado la vista de la pareja, pensando quizá que el castigo de una esposa debe permanecer tan privado como el acto de embarazarla. Y ahora, desde esa distancia científica que tanto tranquiliza al enfermo y al hombre de armas, repara en la deformidad idéntica que comba las piernas de la ciega y las de Namuncurá: si alguno de sus hijos hubiera quedado vivo y fuera chueco, se dice, no sabría si su malformación es hereditaria, y en todo caso, no sabría de cuál de sus padres la heredó. Namuncurá llega a su lado, se cuadra haciendo entrechocar los talones de sus botas y lo insta a partir, con la expresión tranquilizadora de quien por fin ha logrado poner orden. Se disponen a salir de cuadro. La ciega, que se sabe derrotada y se cree ya sola, se deja caer con la lentitud de una polvareda que se aposenta de nuevo en el camino y se sienta en el piso. No se oye nada de las otras mujeres. Sólo el canto de la cautiva blanca se eleva, victorioso, Señora Santa Ana, por qué llora el niño, por una manzana que se le ha perdido, y de pronto el general Vintter, al oírlo se detiene y entiende: el hijo de Namuncurá que quiso matar la ciega no es ninguno de aquellos capitanejos, sino el bebé de esa cautiva encerrada en su toldito, esa muchacha fronteriza a la que describirá en sus diarios calificándola de loca porque se negó furiosamente a retornar a la civilización. Un mismo horror me une a ese jefe —el castigo, supongo, de mi propia indiscreción— y salto de la banqueta dispuesto a terminar con esta historia: tomo con los dedos el papel fotográfico de la última cubeta y lo cuelgo de la cuerda que cruza la oscuridad de mi laboratorio tal como mi madre cuelga en su patio sus últimos vestidos. Gotas de agua caen de él y se estrellan contra el piso con un sonido antiguo, y hacen subir un perfume suave y tranquilizador; es el sonido con que el siempre ha hablado el cielo, el que duerme a los niños y despierta a las semillas, y el que, en el breve período de oscuridad que debe acompañar al secado de las fotos, me susurra lentamente el final de la historia.
El mundo es agua —recuerda la india ciega, oyendo caer sus propias lágrimas sobre la tierra del desierto, ávida y reseca como la piel de un tambor—, y quien aprende a ver el agua sabe que no hay pérdida completa. Nosotros somos agua, la misma agua estancada desde el alba hasta el anochecer, y todo lo que perdemos regresa siempre en otro estado: no hay muerte en este mundo a que no siga vida alguna. Entre los araucanos de las pampas, los que pierden la vista vuelven a esa casa inconcebible que habitaba Dios antes de separar la luz de las tinieblas, antes de escindirse en la luna y el sol; y son ellos, los ciegos, los únicos que pueden volver a ver con los oídos, y ver más allá del desierto y del cielo, de las ciudades y el mar, hasta encontrar algún silencio donde decir, como Él el primer día: Aquí el hombre hará su casa. Cuando se rindió Namuncurá, cuando él pidió elegir el sitio de su derrota, las esposas susurraron a oídos de esta ciega: Quédate despierta en esta noche, hermana vieja, mientras todo araucano duerme y el blanco carcelero se calla de pesar. Sal a la intemperie, y oye hasta el final el silencio del mundo, más allá de lo que nunca ninguno de los nuestros ha podido oír; y oye también al fondo de tu sangre, allí donde aún hablan los muertos, allí donde un día estuvo Dios...Y dinos si hay algún lugar donde esta noche sea nuestra.
En tiempo de los abuelos, piensa la india, se penaba con la muerte a quien velara sin permiso en la noche del desierto, y aún a quien hablara en lugar de dormir, interfiriendo el diálogo del ciego con el inmenso vacío: era él quien decidía el rumbo a tomar el día siguiente. Y sin embargo, cuando la ciega entró en la primera noche como quien entra en su reino, y la cautiva blanca comenzó a cantar, a gritar hasta aturdirla, ¿por qué nadie se atrevió a callarla? “Sólo un blanco puede creer que está acunando”, pensaba la ciega, batiéndose en medio de la música como un pájaro en su jaula. “Me ha apresado en su poder, que es el envés de su mutilación, ¿y por qué nadie la mata? ¡Si canta para perdernos en la noche...! ¡Canta, y está vengándose de mí...!” Toda pena de ciego oye la oscuridad del tiempo, y ahora, mientras se aferra dolorosamente la mano castigada, el llanto de la ciega llora toda su historia. Ah, ¿cuándo comenzó verdaderamente la derrota? ¿Por qué se rindió su padre y la entregó a Namuncurá? ¿Por qué ella misma se entregó al cacique y le entregó seis hijos? ¿Por qué Namuncurá cedió al consejo de los curas y se rindió a Lorenzo Vintter, que festejó con brindis la muerte de los seis? ¿Por qué puso todo el futuro de la tribu en el vientre blanco de esa perra cautiva? La ciega no tiene una respuesta, pero sí una imagen que cifra todas las preguntas: es ese niño mestizo que la cautiva acuna entre sus brazos, y sólo recordarlo indefenso entre sus manos la consuela. ¡Ah, aquel placer de ser la única esposa que se apiada, y de hurgar entre las piernas de la huinca, cuando ella gritaba y gritaba a punto de parir...! ¡Ah, aquella ira de cortar el cordón a dentelladas y de alzar por fin al niño como un trofeo, como las cabezas de los indios en las bayonetas de los soldados vencedores...! ¡Y ese impulso de estrellarlo contra el suelo, como a los niños débiles, para que todos entendiesen...! Pero la perra huinca aulló a tiempo, y Namuncurá surgió desde la nada: arrancarle al niño de las manos y patear las brasas de la hoguera para que le quemaran los ojos fue todo un mismo movimiento. Las mujeres, mientras trataban de curarla, lloraban y maldecían, como dispuestas a rebelarse, pero ella decía: No es un castigo, ahora veré, todos verán.
Pero si vieron, piensa ahora, escuchando el canto de la blanca como una humillación, ¿por qué me dejan sola? ¿Y por qué él me dijo que me castigó?
La mañana avanza con su pomposa ventolera y sus ruidos menudos, ese lenguaje tan pobre que parece cifrar nuestra más íntima pobreza. Suena el clarín convocando a seguir viaje, y lentamente, con esa lasitud culposa de quien carece, por primera vez, de obligaciones domésticas, las mujeres salen del toldo rumbo a la carpa donde los soldados reparten el mate cocido. Cada una con su jarro de lata, prefiguran sin saberlo a sus propios nietos que, ya abandonada la reservación, se echarán a mendigar por las ciudades de la Patagonia conquistada. Nunca han parecido tan hermanas, y fingen unánimemente no escuchar ni a la cautiva blanca que parece presa de su propia obstinación y sigue cantando hasta mucho más tarde que las demás mañanas, ni a la ciega que llora con los ojos cerrados, temerosa de que alguna le pregunte si ha logrado vislumbrar adónde iremos y avergonzada de tener que responder: Tampoco hoy, tampoco hoy.
Como tras cada noche de vigilia inútil, la ciega siente en cada hueso que un infinito cansancio la disuelve, pero intuye que la batalla aún no ha terminado, y trata de mantenerse en guardia hasta que la cautiva deje de cantar. Ya es pleno día: lo percibe en el calor que le desentumece las manos y convierte poco a poco el poncho en una manta viva. Entre los araucanos de las pampas, cantar siempre tiene una función precisa: honrar al tótem, contar memorias, incitar al combate; pero ¿quién —se pregunta la ciega—, quién podría decirle para qué sigue cantando la cautiva ahora que también su niño debería despertar...? La Virgen se está peinando entre cortina y cortina, los cabellos son de oro, el peine de plata fina. Al principio, la ciega supone que la otra sólo canta para proclamar ante los demás que también esta noche la ha vencido. Pero de pronto, cuando percibe que se ha quedado a solas con su enemiga, comprende que ha de existir algún motivo nuevo, y alertada por el peligro, se interna desafiante y cauta en el canto de la otra, va perdiéndose en él entre vaivén y vaivén de la voz enronquecida, y una misma actividad la hermana con el niño que ha querido matar. Sin percibirlo, así, la ciega misma se duerme una, dos, tres veces, y como acicateada, despierta una, dos, tres veces también, diciéndose incomprensiblemente que si en verdad ahora se perdiera su pueblo ya no sabría adónde ir. Pero es muy difícil volver a la vigilia cuando ésta es sólo oscuridad y un implacable sopor se esfuerza por derrumbarle la conciencia. En los arduos días de la guerra, el terror de los blancos no la dejaba dormir, ahora, en la noche de la otra, no puede concebir peor terror que el de dormirse.
Si pudiera hablar, pedir auxilio, diría que una marejada de canto la arrastra implacablemente hacia el centro del río, o que se halla presa en una telaraña hecha de voz y de vaivén...y la imagen de una araña blanca que espera al fondo de este sueño casi la despierta para siempre. Hasta que al fin, cuando su noche se vuelve al fin igual a la casa adonde Dios mismo ya nunca volverá, y esa casa se puebla sólo de ese canto incomprensible, la cautiva calla, y la ciega oye, como sólo oyen los ciegos, hasta el fondo del corazón de su enemiga, y bajo sus pies se abre un vacío, un silencio tan profundo que nadie puede nombrarlo. Manotea torpemente, igual que cuando aprendía a volver a caminar y temía estrellarse contra el suelo, comprendiendo que fue para esto que la cautiva se quedó entre los indios, pero de nada le sirve. “¡Mamá...!”, dice por fin, sintiendo que la invade una alegría feroz; la alegría de volver a la patria después de un largo exilio, la alegría de una imagen que se libera de los marcos fúnebres de una fotografía, y oye a un tiempo la tierra de los muertos, y el corazón de los suyos... y allá lejos, al fondo del futuro, me oye también a mí. Espantado, me digo que quizá la noche que buscaban, ese silencio, ese vacío, ese papel en blanco soy yo: siento que una mano invisible me alza para que me vean los muertos, dispuesta a estrellarme contra el suelo, el mismo suelo en que fueron derrotados. Pero me aferro ridículamente a la banqueta y me pongo en pie de un salto, con la implacable pericia de quien detiene, fotografiando, el movimiento de una vida. Entonces me froto los ojos, me digo por primera vez que dejaré de trabajar en esto, en este encierro, en esta locura, y me dispongo a archivar la imagen de hoy.
Me cuesta reconocer el espacio del laboratorio a oscuras, y tanteo torpemente, con los brazos extendidos, en busca del interruptor de la luz. Durante un rato, sigue sonando en mi cabeza la canción de cuna de la cautiva, pero la acallo pateando maquinalmente el piso, haciendo volar el polvo que algún día fue señores y señoras. Hago la luz con un ruido demasiado parecido al del obturador como para que no me tranquilice, la luz que a estas horas está inundando las calles de Buenos Aires, la luz que hoy la ciencia hace llegar desde la Araucanía. De la cuerda en la que cuelga la foto casi seca, como de la colada que mi madre ha tendido en la ciudad, caen aún unas últimas gotas de agua, gotas que me servirían para cerrar un artículo si me decidiera a reseñar esta experiencia y si pudiera compararlas con el llanto. Pero me acerco, recuerdo que el día termina y ella me espera para una de nuestras últimas cenas, y el escaso líquido que resbala de la foto es como una vida que se va. La desabrocho, empuño el secador de pelo como quien empuña un Remington, y mientras dirijo al papel el chorro de agua caliente apenas si reconozco la imagen, como si viniera desde lo más profundo, pero también de lo más lejano de mi propia memoria. El desierto, las tolderías, la bandera argentina, la sombra del fotógrafo que podría ser la mía si no fuera por el típico sombrerito de explorador.
Salvo la india, me digo, mirando hasta el fondo el toldo de las esposas. Salvo la ciega, que ya no está.




*Leopoldo Brizuela nació en 1963, en la ciudad de La Plata. En 1977 publica sus primeros cuentos en la revista Oeste por consejo de Gustavo Nielsen. Comienza a colaborar como periodista en distintos medios gráficos. Ingresa a la carrera de Letras en la Universidad Nacional de La Plata en 1983, pero abandona los estudios dos años más tarde. Escribe cuentos y poemas, pero ninguna de sus obras logra repercusión. Finalmente su primer novela Tejiendo agua, obtiene el Premio Fortabat de Novela en 1985 y es publicada por Emecé. Inglaterra. Una fábula, novela ganadora del Premio Clarín, le vale la consagración y es publicada en España, Portugal, Francia, Alemania y Brasil. A través del suspenso, el humor, los relatos épicos, la fascinación religiosa, el misticismo artístico y la búsqueda del saber como un destino, Brizuela traza las tribulaciones de una compañía teatral inglesa heredera de William Shakespeare, cuyos miembros se transmiten por generaciones. Con el hábil manejo de los recursos que oculta la palabra, el autor nos sugiere en esta obra el encuentro ineludible de los opuestos: el de la cultura occidental "civilizada" con la apariencia silente de los salvajes sudamericanos; el amor entre una niña y un viejo homosexual; el del idioma inglés con el lenguaje de los indios patagónicos.
Dentro de su obra de ficción se encuentran también: El placer de la cautiva (nouvelle), publicada en Portugal y Francia, en el 2001; Los que llegamos más lejos (relatos), en el 2002. Un libro de poemas, Fado, editado en 1995, dos libros de reportajes y varias antologías sobre el oficio de narrar.
Otras de las distinciones que obtuvo son: Premio Edelap de Cuento, en 1996, y Premio Konex diploma al Mérito en la categoría “Cuento quinquenio 1999-2004”, en el 2004
Desde 1987 da clases de escritura creativa en forma particular y en organizaciones no gubernamentales. Coordinó durante diez años el taller de escritura de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Es colaborador habitual de Clarín, La Nación y Página 12.


*Fuente: http://www.abanico.org.ar/2006/08/brizuela.revelacion.htm








"SCENT OF A WOMAN"*




Son necesarias hembras que ahoguen
las hondas penas que tengo

Las hondas penas por las que rabio
(las que me miman
las que me matan)
pues no se van

¿Ciego y vivo?



*


Women are wanted,
a relief for my deep griefs

Deep griefs which drive me mad
(which overflow me
which kill me)
as they don't leave

Blind and alive?



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

"SCENT OF A WOMAN", filme dirigido por Martin Brest.
-Traducido al inglés por Leticia Balonés.






*


Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 6 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Alcyr Guimaraes. Las poesías que leeremos pertenecen a Christiano Whitaker (Brasil) y la música de fondo será de Bandolas de Venezuela (Venezuela). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


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